Prólogo
LA CIUDAD DE LOS ÁNGELES
La ciudad fue suya una sola hora, la hora mágica precisamente, sólo suya. La mañana del accidente, entre las tres y las cuatro de la madrugada, cuando las calles están vacías y los ángeles vigilan, atravesó a toda velocidad el Wilshire Boulevard en dirección este, a ciento treinta kilómetros por hora, sin detenerse ni una sola vez en los semáforos en rojo que hay a lo largo del tramo llamado Miracle Mile, volando entre ellos sin aminorar siquiera la marcha. Unas rayas brillantes de rímel azul bajaban por sus mejillas.
Cuando tuviera que explicar lo que había hecho antes del accidente le diría a la policía que se encontraba en un club de Yucca, en Hollywood, uno de esos locales diurnos donde siempre hay un montón de periodistas apiñados en la puerta. Había pasado una hora esquivando a una estrella de películas de acción entrada en años mientras veía cómo sus amigos (niños bien del Westside y la juventud de Hollywood más solicitada; actores, agentes y músicos que habría mencionado a la policía sin ningún problema) se sacaban fotografías unos a otros con el móvil, se mandaban besos desde lejos y posaban con bebidas de todos los colores e ingredientes. El sargento de policía que la interrogó arqueó las cejas cuando le dijo que ella no había bebido, pero el alcoholímetro confirmó su historia. Un Virgin Cosmo que había dejado a medias.
Era su hora de las brujas. Entregó un billete de cien al aparcacoches para que le trajese su Aston Martin y se alejó saltándose los semáforos. Cinco manzanas después se detuvo en medio de Hollywood Boulevard, apagó el motor y disfrutó de una suave brisa de cachemira. El aroma a jazmín y romero procedía de las colinas. Conducía concentrada en el silencio, ajena al murmullo del motor. La calma de la ciudad a esa hora era estremecedora.
Alzó la mirada hacia los edificios y se imaginó a unos ángeles posados en el borde de los tejados, unos ángeles esbeltos con las alas caídas, de pie y en absoluto silencio, mirándola impasibles como si se tratase de un sueño eterno: «Te entregaremos la ciudad. Nadie nos mira. Libérate.»
Se llamaba Larkin Conner Barkley. Tenía veintidós años. Vivía en un loft de moda en el centro, en una zona habitada por pintores emergentes y músicos de las dos costas, no muy lejos del río Los Ángeles. Su familia era la propietaria del edificio.
Apretó el acelerador y sintió que el viento le levantaba la melena. Dobló hacia el sur en Vine y a continuación al este en Wilshire, riéndose a la vez que sus ojos se empañaban de lágrimas. Dejaba atrás los semáforos a toda velocidad, rojos o verdes, no importaba, le daba igual. El sonido de las bocinas se perdía en la carrera. Su larga melena de color cobrizo le azotaba la cara. Cerró los ojos y permaneció así un rato hasta que, de improviso, los abrió desmesuradamente y rompió a reír al comprobar que seguía avanzando a toda velocidad y que no se había desviado ni un milímetro de su trayectoria.
85... 90... 101...
Un Tuxedo negro descapotable de doscientos mil dólares de contorno borroso, manchado por una piel de alabastro y una melena de Medusa pelirroja, atravesaba veloz y libre la ciudad. Larkin pasó como un rayo por delante del parque McArthur y vio acercarse la autopista a toda velocidad —la Pasadena, una muralla que protegía la ciudad—. Aminoró la marcha, pero sólo lo suficiente, lo justo. A medida que los coches iban apareciendo y las calles se iban estrechando, pasó por encima de la autopista y se adentró en la maraña de calles de dirección única de la ciudad —la Sexta, la Séptima, la Cuarta, la Novena, Grand, Hill y Main...—. Giró donde le dio la gana, se equivocó de camino, corrió en dirección al río. Finalmente se vio obligada a frenar y todo se fue ondulando y empañando.
Se dijo a sí misma que debía de ser el viento seco de la noche que le agitaba el pelo el motivo de que se le hubiesen saltado las lágrimas al acabar la carrera, pero lo cierto es que siempre le sucedía lo mismo con independencia de que el viento fuese seco o no, de que su pelo fuese arriba o abajo. Y comprendió algo fundamental: durante los minutos en que había cruzado la ciudad como una centella, había podido y había sido ella misma, realmente ella misma, se había reconocido por unos momentos y se había vuelto a perder al aminorar la velocidad; había retrocedido mientras su verdadero yo se adentraba, apresurado y libre, en algún lugar de la noche vacía.
Cruzó Alameda dando bandazos, drenando la velocidad como si se tratase de una herida.
65... 60... 55...
Se desvió hacia el norte por una calle industrial y paralela al río. Cuando se encontraba a varias manzanas de su casa el air-bag explotó. El Aston Martin dio un bandazo hacia un lado y se detuvo. Un polvo blanco invadió el aire como una neblina, salpicándole los hombros. El otro coche fue como una forma centelleante, no más real que una sombra en el mar, que un latigazo resplandeciente quebrado por los prismas de sus lágrimas. Después se produjo el impacto.
Larkin se quitó el cinturón y se apeó tambaleándose del coche. Un Mercedes sedán plateado estaba junto a la acera con el guardabarros trasero roto y doblado. Un hombre y una mujer ocupaban los asientos delanteros. Él iba al volante. Un segundo hombre estaba sentado en el asiento posterior, en el lado donde se había producido el impacto. El conductor trataba de ayudar a la mujer, cuya cara sangraba. El hombre del asiento trasero estaba sentado justo detrás de él e intentaba levantarse sin conseguirlo.
Larkin dio un manotazo a la ventanilla del conductor.
—¿Están bien? ¿Puedo ayudarles?
El conductor la miró aturdido antes de verla realmente, y a continuación abrió la puerta. Tenía un corte sobre el ojo izquierdo.
—Oh, Dios mío, lo siento, lo siento de verdad —añadió ella apresuradamente—. Llamaré al 911. Pediré una ambulancia.
El conductor tenía unos cincuenta años, iba bien vestido y estaba moreno, lucía un grueso anillo de oro en la mano derecha y un reloj de gran valor en la izquierda. La mujer miraba atontada la sangre que cubría sus manos. El pasajero del asiento posterior abrió de golpe la puerta, cayó de rodillas y a continuación se puso de pie apoyándose en el coche.
—Estamos bien —dijo—. No es nada.
Larkin se percató de que se había dejado el móvil en el coche. Tenía que pedir ayuda para esa gente.
—Siéntense, por favor. Llamaré...
—No. Veamos cómo está usted.
El hombre del asiento trasero dio un paso, pero volvió a caer de inmediato de rodillas. Larkin lo vio con toda claridad, iluminado por los faros delanteros de su coche. Tenía los ojos gran-des y tan oscuros que casi parecían negros bajo aquella luz quebrada.
Larkin fue corriendo hasta su coche. Encontró el móvil en el suelo. Mientras tecleaba el 911, el Mercedes dio marcha atrás arrastrando el guardabarros posterior por el asfalto.
—¡Eh, espere...! —gritó Larkin.
Volvió a llamar, pero el Mercedes siguió su camino. Mientras trataba de memorizar la matrícula, vio cómo el hombre del asiento trasero se alejaba corriendo en mitad de la calle. Una voz metálica interrumpió su confusión.
«Operadora de emergencia, dígame.»
—He tenido un accidente de coche...
«¿Hay algún herido?»
—Se acaban de marchar con el coche. Ese hombre, no lo sé...
Cerró los ojos y repitió el número de matrícula. Tenía miedo de olvidarlo, de manera que sacó su barra de labios Cherry Pink Ice y se escribió el número en el brazo.
«¿Necesita ayuda, señora?», preguntó la operadora. Larkin sintió que se tambaleaba. «¿Señora...?
La tierra se inclinaba, y Larkin se sentó en el suelo mientras trataba de responder.
«Dígame dónde está, señora.»
Se tumbó sobre el frío y duro asfalto. Los edificios oscuros se apiñaban a su alrededor como si fuesen sacerdotes vestidos con sotanas negras, inclinados en actitud de oración. Escrutó los tejados buscando algún ángel.
El primer coche patrulla llegó pasados siete minutos, la ambulancia tres minutos más tarde. Larkin pensó que el asunto quedaría zanjado esa misma noche, después del interrogatorio de la policía, pero lo cierto era que su pesadilla no había hecho más que empezar.
Cuarenta y ocho horas después se encontraría con los agentes del Departamento de Justicia y con el fiscal. Seis días más tarde atentarían por primera vez contra su vida. Pasados once días conocería a un hombre llamado Joe Pike.
Su mundo estaba a punto de cambiar por completo. Y la transformación empezó justo esa noche.
PRIMER DÍA
MANTENTE ALERTA
1
La chica se apeó malhumorada del coche, poniendo cara de pocos amigos para darle a entender que odiaba la casa desvencijada y la calle abrasada por el sol que apestaba a chili y episote. Él, en cambio, opinaba que aquella casa anónima podía servir. Mientras la esperaba comprobó que en las casas de alrededor no hubiese nada amenazador, asegurando la zona como quien se aclararía la garganta. El sol de Los Ángeles era demasiado fuerte para llevar manga larga, pero no le quedaba otra opción. Se movió sigilosamente para ocultar lo que llevaba bajo la camisa.
—La gente que vive en casas como éstas tiene hijos con problemas —dijo ella—. No puedo quedarme aquí.
—Baja la voz.
—No he comido en todo el día. Ayer tampoco comí y ese olor me está revolviendo el estómago.
—Comeremos cuando estemos a salvo.
La puerta de la casa se abrió cuando ella le dio alcance, mostrando a la mujer que Bud había descrito: una señora rechoncha con dientes grandes y blancos y ojos afables llamada Imelda Arcano. La señora Arcano administraba el alquiler de varias casas de apartamentos y viviendas unifamiliares en Eagle Rock y en el pasado había colaborado ya con la oficina de Bud. Pike confió en que no se percatase de los cuatro agujeros que habían roto su guardabarros la noche anterior.
Se volvió de espaldas a la mujer para hablar con la chica.
—Tu actitud llama la atención. Cambia. Tienes que ser invisible.
—¿Por qué no puedo esperar en el coche?
No podía dejarla sola.
—Yo me las arreglaré con ella.
La chica soltó una carcajada.
—Quiero ver cómo te las arreglas con ella, cómo la seduces.
Él agarró a Larkin por el brazo y se encaminó hacia la casa. Por suerte la chica se colocó a su lado sin montar una escena y se encorvó para adoptar la postura que él le había enseñado. A pesar de que llevaba puestas un par de gafas enormes y una gorra de los Dodgers, él no veía la hora de que entrase y se perdiese de vista lo antes posible.
Cuando ambos llegaron junto a la puerta, la señora Arcano esbozó una sonrisa a modo de bienvenida.
—¿El señor Johnson?
—Sí.
—Vaya calor hace hoy, ¿no le parece? —añadió la mujer—. Dentro se está más fresco. El aire acondicionado funciona de maravilla. Soy Imelda Arcano.
Después de la pesadilla de Malibú la oficina de Bud había buscado la casa al vuelo, había soltado la pasta y le había contado a la señora Arcano lo que ésta necesitaba saber, que seguramente no era mucho. Para ella suponía dinero fácil, sin demasiadas preguntas y unos inquilinos de baja estofa que se marcharían en una semana. Con toda probabilidad la señora Arcano jamás llegaría a comunicar el alquiler al propietario ausente sino que se limitaría a embolsarse el dinero que le había entregado Bud. Debían encontrarse con ella con el único propósito de que les diera las llaves.
Imelda Arcano les indicó que entrasen con un ademán. El hombre titubeó mientras echaba una ojeada a la calle, que era estrecha y sin árboles, por lo que podía ver en ambas direcciones pese a que las pequeñas casas estaban muy juntas. Mal asunto. Las avenidas angostas se llenaban de sombras con la oscuridad.
Quería deshacerse de la señora Arcano lo antes posible, pero ésta se pegó a la chica —uno de esos gestos de mujer a mujer— y le hizo dar una vuelta por la vivienda, le mostró las dos diminutas habitaciones y el cuarto de baño, la microscópica sala, la cocina y el jardín trasero, que carecía por completo de hierba. Él se asomó a todas las ventanas y observó las casas del vecindario y la oxidada verja, que estaba cerrada con una cadena. En el patio de la casa contigua había un pitbull beis y blanco atado a un palo de acero, tendido en el suelo con el hocico entre las patas, aunque no dormía. Se alegró al verlo.
—¿Funciona la televisión? —preguntó Larkin.
—Sí, por cable —respondió la señora Arcano—. Tienes luz, agua y gas, todo lo que necesitas, lo único que falta es el teléfono. ¿Lo entiendes? No tenía sentido pedir línea a la compañía para una estancia tan corta.
Él le había pedido a la chica que no dijese nada y ahora estaban manteniendo una conversación.
—Tenemos teléfonos móviles —las interrumpió—. Denos las llaves y márchese.
La señora Arcano se irguió dando a entender que se había ofendido.
—¿Cuándo piensan entrar?
—Ahora. Cuando nos dé las llaves —repuso Pike.
La señora Arcano sacó dos de su llavero y se las tendió antes de marcharse. Pike la acompañó hasta su coche, dejando sola a la chica por primera vez en el día. No veía la hora de llevar el equipaje a la casa. Quería llamar a Bud. Quería saber de una vez qué demonios había ocurrido la noche anterior, pero, por encima de todo, quería asegurarse de que la chica estaba a salvo.
Permaneció junto a su coche mientras la señora Arcano se alejaba en el suyo, volvió a recorrer la calle con la mirada —ambos lados, las casas, lo que había entre ellas— y todo le pareció en orden. Entró sus bolsas y las de la chica, junto a la maleta que había cogido en el Rite Aid.
La televisión estaba encendida, la chica buscaba las noticias en los canales locales. Cuando él entró se echó a reír y lo remedó, hablando en voz baja y lisonjera.
—«Denos las llaves y márchese.» Oh, eso le habrá encantado. Sin duda la ayudará a considerarte poco digno de recordar.
Él apagó la televisión y le tendió la maleta de Rite Aid. Pero ella no la cogió; se había cabreado con él por apagar el aparato, de manera que la dejó caer en el suelo.
—Péinate —ordenó Pike—. Saldremos a comer algo cuando hayas acabado.
—Antes quiero ver si el telediario habla de nosotros.
—Con el televisor encendido no podemos oír. Y tenemos que oír. Quizá más tarde.
—Puedo bajar el sonido.
—Péinate.
Él se quitó la camisa y la arrojó al suelo junto a la puerta de entrada. En caso de que volviese a salir o de que alguien entrase la apartaría de allí. Llevaba una Kimber 45 semiautomática enfundada en la cinturilla de los pantalones. Abrió su bolsa y sacó una funda de pistola para la Kimber y una segunda arma, ya enfundada, una Colt Python 357 Magnum con el cañón de cuatro pulgadas. Enganchó la funda de la Kimber en la parte delantera de sus pantalones en posición transversal y la Python en el costado derecho. No había querido arriesgarse a que la señora Arcano las viese, pero tampoco quería ir desarmado.
Cogió un rollo de cinta adhesiva de su bolsa y se dirigió a la cocina.
—Imbécil —le espetó a la chica por encima del hombro.
Se aseguró de que la puerta trasera estuviese cerrada y a continuación se encaminó hacia el pequeño dormitorio que había en la parte posterior, cerró las ventanas y bajó las persianas. Pegó la cinta a los extremos y los lados de los alféizares y de las jambas, alrededor de cada persiana. Si alguien abría una ventana la cinta haría ruido al despegarse y él lo podría oír. Cuando las persianas estuvieron selladas cogió su cuchillo Randall e hizo una raja vertical de unos seis centímetros en cada persiana, lo justo para poder entreabrirlas y comprobar si alguien se estaba acercando a la casa. Mientras cortaba las persianas la oyó entrar en el cuarto de baño. Por fin cooperaba. Sabía que estaba asustada, tanto de él como de lo que estaba sucediendo, de manera que le extrañaba que se hubiese esforzado tanto. Además se sintió complacido al pensar que quizá podrían permanecer con vida un poco más.
Mientras se dirigía hacia el dormitorio de la parte frontal pasó por delante del cuarto de baño. Ella estaba frente al espejo cortándose su abundante melena roja. Sujetaba los mechones entre los dedos, tiraba de ellos y los cortaba con las tijeras baratas de Rite Aid dejando unos cinco centímetros de puntas dentadas. Unas cajas de tinte para el pelo Clairon, recién sacadas también de Rite Aid, rayaban la pila. La chica se observó en el espejo furibunda.
—Odio hacer esto —dijo—. Voy a parecer una de Melrose.
Se había quedado en sujetador, pero había dejado la puerta abierta, y Pike supuso que ella pretendía que la viese. Sus vaqueros de quinientos dólares le rodeaban las caderas por debajo de un sonriente delfín que saltaba entre los hoyuelos de los riñones. Llevaba un sujetador azul brillante y transparente, y el color le iba de maravilla a su piel olivácea. Ella lo miró jugueteando con su pelo, del que ahora sobresalían unas puntas recortadas. Las sacudió, les dio forma y a continuación las observó. El lavabo y el suelo estaban cubiertos de pelo.
—¿Qué te parece blanco? —le preguntó—. Podría teñirme de blanco. ¿Te alegrarías?
—Castaño. Anodino.
—¿Y azul? Sería divertido. —Se volvió para posar—. ¿Te gustaría? ¿Retropunk? ¿Completamente Melrose? Dime si te gustaría.
Él se dirigió al dormitorio de delante sin responderle. La chica no había comprado el azul. Quizá pensaba que no le prestaba atención, pero vaya si lo había hecho. Ella había comprado tinte de color rubio, castaño y negro. Cerró y aseguró las ventanas del dormitorio delantero al igual que había hecho con el resto de la casa. Luego regresó al cuarto de baño. El agua corría ahora y ella estaba inclinada sobre el lavabo mientras se masajeaba el tinte del pelo con unos guantes de plástico claro en las manos. Negro. Se preguntó cuánto tiempo le llevaría cubrir el rojo. Cogió el móvil y llamó a Bud Flynn sin dejar de contemplarla.
—Estamos aquí —le dijo—. ¿Qué sucedió anoche?
—Todavía estoy tratando de descubrirlo. No tengo ni idea. ¿Está bien la nueva casa?
—Se enteraron de dónde estábamos, Bud, me gustaría saber cómo.
—Estoy trabajando en eso. ¿Está bien?
—Quiero saberlo ahora.
—Por el amor de Dios, te he dicho que me estoy ocupando del tema. ¿Necesitas algo?
—Necesito saber cómo.
Cerró el teléfono a la vez que se ponía de pie. En ese momento el agua se deslizaba por la espalda de Larkin en dirección al delfín hasta que se enrolló el pelo con una toalla. Cuando sus miradas se volvieron a cruzar en el espejo la chica sonrió.
—Me estás mirando el culo.
El pitbull ladró.
Sin vacilar, Pike desenfundó la Python y corrió hacia el dormitorio trasero.
—¡Joe! —gritó ella—. Maldita sea.
Una vez en la habitación, entreabrió con los dedos la persiana mientras la chica se precipitaba hacia él. El perro se había levantado y guiñaba los ojos mirando algo que él no podía ver.
—¿Qué es? —preguntó ella.
—Chisss.
El perro trataba de divisar algo a su izquierda, la parte superior de su cabeza se había arrugado y sus cortas orejas estaban tiesas. Ahora olfateaba el aire y había dejado de ladrar.
Pike miró a través de la hendidura tratando de oír lo que escuchaba el perro.
—¿Qué pasa? —susurró la chica.
El pitbull rompió a ladrar de nuevo frenéticamente mientras saltaba y tiraba de la cadena. Pike se apresuró a hablar a la chica sin volver la cabeza cuando apenas vio que el primer hombre salía de detrás del garaje. Estaba sucediendo de nuevo.
—Ve a la parte delantera, pero no abras la puerta. Venga. Corre.
La toalla se deslizó de la cabeza de la chica cuando él la empujó hacia delante. Se echó las bolsas al hombro y la condujo a la puerta. Miró por la ranura de la ventana delantera: un hombre avanzaba por el camino de acceso a la casa en tanto que otro cruzaba el jardín en dirección a ésta. Pike no pudo ver cuántos más había fuera, pero sabía que no sobrevivirían si se enfrentaba a ellos desde el interior.
Cogió la cara de la chica entre las manos y la obligó a mirarlo. No debía tener miedo. Sus ojos se encontraron y él comprobó que estaban juntos en eso.
—Mírame. Olvídate de ellos y de cualquier otra cosa. Mírame hasta que te haga una señal. En ese momento deberás correr hacia el coche lo más rápido posible.
Una vez más, ella no titubeó.
Él abrió la puerta de golpe, localizó en un abrir y cerrar de ojos al hombre que estaba en el sendero y disparó dos veces su Colt. Acto seguido apuntó al hombre que se acercaba a él cruzando el jardín. Pike disparó a tal velocidad que los cuatro tiros sonaron como si fueran dos —baboombaboom— y a continuación corrió en dirección al centro del jardín delantero. No vio más hombres, de manera que agitó los brazos para indicar a la chica que podía salir.
—¡Adelante!
La chica corrió lo más deprisa que pudo. Pike se puso a su lado y avanzó hacia detrás como hacen los futbolistas en defensa para cubrir a un atacante, escudando el cuerpo de ella con el suyo mientras el pitbull seguía ladrando. En ese momento vio que llegaban otros hombres.
Cuando Pike llegó junto a los cuerpos se arrodilló para tocar sus bolsillos. Buscaba una cartera o algo que les pudiese identificar, pero estaban vacíos.
Un tercer hombre dobló una esquina de la casa y se plantó en el camino de acceso. Al ver a Pike retrocedió. Pike disparó sus últimas dos balas. Éstas dieron en una de las esquinas de la casa, y varios trozos de madera y estuco saltaron por los aires, pero el hombre se había guarecido y ahora la Python estaba vacía. El tercer hombre saltó hacia atrás y disparó tres tiros; no consiguió acertar a Pike, pero las balas abollaron su Jeep como si fuesen un martillo de bola. Pike no tenía tiempo de enfundar la Python, de manera que la dejó caer bruscamente para poder sacar la Kimber, disparó dos tiros más y abatió al hombre que estaba junto a la casa. Luego se precipitó hacia el coche. La chica había abierto la puerta del conductor, pero seguía de pie junto a ella.
—¡Entra! —gritó Pike. Otro hombre apareció en el borde de la casa disparando a toda velocidad. Pike le devolvió los tiros, pero el hombre ya se había puesto a cubierto—. ¡Entra!
Pike empujó a la chica haciéndola chocar contra el salpicadero, introdujo la llave con brusquedad y derrapó en dirección a la esquina. Conectó la tracción a las cuatro ruedas, hundió el pie en el acelerador y miró a la chica.
—¿Estás bien? ¿Estás herida?
Ella miraba hacia delante con los ojos enrojecidos y empañados. Se había echado de nuevo a llorar.
—Esos hombres están muertos —dijo.
Pike apoyó una mano en su muslo.
—Mírame, Larkin.
La chica cerró los ojos y se retorció las manos.
—Tres hombres acaban de morir, tres hombres más —prosiguió sin escucharle.
Pike suavizó el tono.
—No permitiré que eso te ocurra a ti. ¿Me oyes?
Ella seguía sin mirarlo.
—¿No me crees? —insistió él.
Larkin asintió con la cabeza.
Pike viró bruscamente en un cruce. Aminoró la marcha lo justo para evitar un choque y después aceleró en la autopista.
Apenas habían estado en la casa de Eagle Rock veintiocho minutos. Habían matado a tres hombres más y ahora se veían obligados a huir. De nuevo.
Lamentaba haber perdido el Colt. Era un buen revólver. Los había salvado la última noche de Malibú, pero ahora quizás acabaría con sus vidas.
2
A toda velocidad hacia el norte por la 101. Pike no hizo ninguna señal antes de cruzar los cuatro carriles que les separaban de la rampa de salida. Abandonaron la autopista como un ladrillo arrojado al agua.
Larkin dio un alarido.
Pasaron rozando un extremo de la rampa mientras Pike se desviaba en seco por los carriles sucesivos. Las bocinas y los neumáticos protestaron ruidosamente cuando el coche se desvió hacia la rampa de subida opuesta y volvieron por donde habían venido. La chica se abrazaba a sus piernas, hecha un ovillo como se aconseja hacer cuando un avión está a punto de precipitarse.
Pike dirigió el Jeep hacia la siguiente salida, tiró del freno en el último momento y volvieron a caer mientras no dejaba de mirar por el espejo retrovisor.
—Para, para, por favor, nos vamos a matar —gimió la chica.
Salieron por la USC, que a esa hora de la tarde estaba abarrotada de tráfico. Pike se desvió hacia la gasolinera Chevron que se encontraba al fondo de la rampa, avanzó entre los surtidores y la oficina y al final dio un frenazo. Permanecieron sentados con el motor en marcha. Pike introdujo varias balas en la recámara de la Kimber mientras observaba los numerosos coches que bajaban por la rampa. Escudriñó a los pasajeros de los vehículos, pero ninguno parecía comportarse como un asesino a la caza de su presa.
—¿Has reconocido a los hombres que nos han atacado en la casa? —preguntó.
—Esto es una locura, está muriendo gente.
—El del jardín delantero, has pasado por su lado. ¿Lo habías visto antes?
—No podía... No.
Pike se dio por vencido. Ella tampoco había visto antes a sus agresores, dos simples manchas desplomándose al suelo. Ni siquiera Pike había podido verlos bien: unos tipos ordinarios de veinte o treinta años con camisetas negras y pistolas, cortados por unas barras de penumbra y luz.
El móvil de Pike vibró, pero él hizo caso omiso. Retrocedió desde el fondo del edificio y se alejó de la autopista acelerando a medida que se cercioraba de que nadie los seguía.
Pike aminoró la marcha al aproximarse a un pequeño centro comercial, uno de esos sitios donde las tiendas cambiaban cada dos meses. Giró al llegar al final del centro y enfiló una estrecha avenida donde únicamente se veían contenedores y macetas.
Pike apagó el motor, se apeó del vehículo, lo rodeó y abrió la puerta del copiloto.
—Sal.
Larkin no se movía lo bastante deprisa, de manera que tiró de ella para sacarla del Jeep manteniéndola en posición vertical para evitar que se cayese.
—¡Eh! ¿Qué...? —protestó ella—. ¡Para!
—¿Has llamado a alguien?
—No.
Pike la inmovilizó contra el Jeep con la cadera mientras hurgaba en sus bolsillos buscando el móvil. Ella trató de desasirse, pero él la ignoró.
—Déjalo ya... —prosiguió—. ¿Cómo podía llamar? Estaba contigo, especie de monstruo. Detente...
Pike cogió bruscamente el bolso del suelo del coche y volcó el contenido en el asiento.
—¡Monstruo! No tengo teléfono. ¡Tú me lo quitaste!
Pike rebuscó en los bolsillos del bolso y a continuación cogió su bolsa del asiento posterior.
—No he llamado a nadie, ¡no tengo teléfono! —recalcó ella.
—Nos han encontrado.
—¡No sé cómo nos han encontrado!
—Enséñame tus zapatos.
—¿Qué?
Pike la metió de un empujón en el Jeep y la descalzó. Esta vez ella no se resistió. Se hundió en el asiento observándole mientras levantaba los pies.
Pike se preguntó si no le habrían colocado un transmisor. Quizá llevase un micrófono oculto desde el principio; la policía y Bud Flynn casi la habían perdido. Comprobó los tacones de sus zapatos, el cinturón y los botones metálicos de sus vaqueros. La chica inspiró profundamente cuando le quitó el cinturón.
—¿Así? —le preguntó. Pike hizo caso omiso de su sonrisa. Era tan horrible como perfecta—. ¿Quieres que me quite los pantalones?
Él se concentró de nuevo en la bolsa y ella se echó a reír.
—Eres un auténtico monstruo. Ésas son mis cosas. Las he tenido siempre a la vista desde que me fui con la policía, ¡monstruo! ¿Por qué no dices algo? ¿Por qué no hablas conmigo?
Pike no pensaba encontrar nada, pero en cualquier caso tenía que verificarlo, de manera que la ignoró. En los Marines había aprendido que los rifles se encasquillan la única vez que su dueño se olvida de limpiarlos, o que el ruido que se hace al abrochar una hebilla o al asegurar el equipo puede ser letal.
—¿Nos vamos a quedar aquí? ¿Estamos a salvo? —prosiguió la chica—. Quiero irme a casa.
—Casi te matan.
—Desde que estoy contigo casi me han matado dos veces. Quiero irme a casa.
Pike sacó su móvil para ver los mensajes. Bud Flynn lo había llamado tres veces. Apretó el botón de devolución de llamada mientras se preguntaba si no sería su teléfono el que controlaban. Para localizarlo debían conocer su número, pero Bud lo tenía. Quizás ellos lo supieran por eso.
Bud respondió al vuelo:
—Me has dado un susto de muerte. Creí que te habían matado.
—Nos han vuelto a encontrar.
—¿Dónde estás?
—Escucha. La chica quiere volver a casa.
Pike la escrutaba mientras hablaba y ella le sostenía la mirada.
Bud no respondió enseguida, pero cuando lo hizo el tono de su voz era suave:
—Calma. Que no cunda el pánico. ¿Está ilesa? ¿Todo en orden por el momento?
—Sí.
—A ver si lo he entendido bien: ¿estás hablando de la casa de Malibú o de la otra a la que te acabo de mandar, la que está en Eagle Rock?
Bud los había enviado a una casa en apariencia segura de Malibú la noche anterior y los había cambiado a la de Eagle Rock cuando los pistoleros atacaron la primera.
—Eagle Rock, me has dado dos casas malas, Bud.
—No es posible. No había forma de que supieran lo de la última.
—Tres hombres más han muerto. ¿Los federales me han protegido en esto o no? Debo saberlo, Bud.
Bud sabía ya lo de los dos cadáveres de Malibú. Los federales habían puesto el grito en el cielo, pero le habían prometido proteger a Pike y a la chica con la policía local.
No obstante, Bud no parecía ahora tan seguro.
—Hablaré con ellos —dijo.
—Hazlo cuanto antes. He perdido una de mis pistolas, la 357. Cuando la policía compruebe los números dará con mi nombre.
Bud emitió un pequeño silbido que sonaba más a cansancio que a rabia. Pike no insistió, sino que le dejó pensar.
—Está bien, escucha... ¿dices que la chica quiere volver a casa?
—Sí.
—Dile que se ponga.
Pike tendió a Larkin el teléfono y ella se lo llevó al oído con aire titubeante. Escuchó durante unos segundos y a continuación habló.
—Estoy realmente asustada —dijo—. ¿No puedo ir a casa?
Pike sabía la respuesta antes incluso de que ella le devolviese el aparato. Se encontraban en una avenida del sudeste de Los Ángeles, la temperatura oscilaba entre los treinta y cuarenta grados, pero la chica no parecía acusarlo. Se había pasado la vida protegida bajo el imperio económico de su familia, pero ahora se encontraba en el lugar equivocado y en el momento equivocado, probablemente por primera vez, tratando de hacer lo correcto. Y en ese momento lo correcto era que permaneciese con él.
Pike recuperó el teléfono en el mismo momento en que un coche enfilaba la avenida a lo lejos. Se interpuso de inmediato entre la chica y el coche que se aproximaba, pero después comprobó que el conductor era una joven latina, tan baja que debía levantar la cara para poder ver por encima del volante.
Pike alzó el teléfono.
—Soy yo.
—Está bien, escucha, se quedará contigo —dijo Bud al otro lado—. Creo que es lo mejor, y su padre está de acuerdo. Buscaré otra casa...
—Tus casas no sirven.
—Joe...
—Nos han encontrado ya dos veces, buscaré yo la casa.
—No puedes dejarme así. ¿Cómo podré saber...?
—Tú me la confiaste, Bud. Ahora es mía.
Pike colgó. La chica le observaba envuelta en el calor sofocante de la avenida.
—¿De manera que ahora soy tuya? ¿Es eso lo que has querido decir?
—Si quieres ir a tu casa te llevaré. Eres tú la que decides, no ellos. Eso es lo que quería decir. Volverás allí si es lo que deseas.
Pike sabía que no estaba muy convencida, de hecho, al final ella se encogió de hombros y dijo:
—Me quedaré contigo.
—Entra.
Pike la ayudó a entrar en el Jeep y a continuación escrutó los dos extremos de la avenida. Quería empezar a moverse, pero el vehículo constituía ahora un problema. Tal vez la policía supiese ya que estaba involucrado debido a la pistola, pero si un testigo había memorizado además su número de matrícula en Eagle Rock ahora podían estar buscando también un Jeep Cherokee rojo. Quería evitar a la policía, pero no podía quedarse cruzado de brazos. Si no se movían podían convertirse pronto en el blanco de alguien.
La avenida estaba vacía. En ese momento y en ese lugar eran invisibles. Si Pike conseguía que las cosas se mantuviesen así, la chica sobreviviría.
3
Pike se adentró en Bristol Farms por Sunset, Fairfax, y aparcó lo más lejos posible de la intersección para esconder el Jeep.
—¿Qué estamos haciendo? —preguntó la chica.
—Tengo que llamar a alguien. Sal.
—¿Por qué no llamas desde el coche?
—No me fío del móvil. Sal.
—¿No puedo esperar aquí?
—No.
Pike tenía miedo de que la reconociesen a pesar del nuevo corte de pelo y de las gafas de sol, aunque ella también podía cambiar de idea sobre el hecho de permanecer con él, salir corriendo y morir a manos de alguien. Apenas hacía dieciséis horas que se conocían. Eran unos auténticos extraños.
Larkin rodeó apresuradamente el coche para enterarse de lo que estaba ocurriendo.
—¿A quién estás llamando?
—Necesitamos neumáticos nuevos y un sitio donde refugiarnos. Además quiero saber algo más sobre la gente que está tratando de asesinarte. Si la policía nos persigue debemos movernos de otra forma.
—¿A qué te refieres? ¿Qué piensas hacer?
Pike estaba cansado de hablar, de manera que guardó silencio. Pasaron por delante del puesto de flores que había delante del mercado y se detuvieron junto a los teléfonos públicos. Pike introdujo varias monedas en uno de ellos.
Larkin le agarraba del brazo como si los vientos de Santa Ana pudiesen llevársela volando si no se anclaba a algún sitio. Echó un vistazo al interior del mercado.
—Tengo hambre —comentó.
—No tenemos tiempo.
—Puedo comprar algo mientras hablas por teléfono.
—Más tarde.
Pike era propietario de una pequeña tienda de armas en Culver City, no muy lejos del edificio donde vivía. Tenía cinco empleados: cuatro hombres y una mujer. Dos de ellos trabajaban a tiempo completo y tres habían sido policías en el pasado.
Un hombre llamado Ronnie contestó a la segunda señal.
—Armería.
—Te llamo en dos minutos.
Larkin le apretó el brazo.
—¿Quién era?
—Trabaja para mí.
—¿También es guardaespaldas?
Pike la ignoró y observó la esfera de su Rolex de segunda mano. Ronnie debía de estar dirigiéndose a la lavandería contigua para hablar con él.
Mientras esperaban, dos hombres de unos treinta años pasaron por delante de ellos tras salir del mercado. Uno de los hombres miró a Larkin de arriba abajo y el otro escrutó su cara. Larkin les devolvió la mirada. Pike intentó comprender si el segundo hombre la había reconocido. Decidió que no al verlos bromear en el aparcamiento antes de subir a un Audi negro.
—No lo vuelvas a hacer —le ordenó.
