INTRODUCCIÓN
Cuando, a primeros de noviembre de 1859, Elizabeth Gaskell visitó la población de Whitby en compañía de dos de sus hijas, Meta y Julia, llevaba ya más de una década dándole vueltas a la idea de escribir una novela ambientada en el Yorkshire de finales del siglo XVIII, y en su prólogo a la primera edición de Mary Burton (1848) insinúa que ya había iniciado un primer esbozo. Pero el viaje que allí emprende en compañía de sus hijas no tiene por objeto hacer ningún «trabajo de campo», sino que es consecuencia de la mala salud de Julia, y Whitby, una pequeña ciudad marítima conocida, en la época de Gaskell, por sus balnearios, parece el lugar adecuado donde recuperarse. Y aunque se hospedan allí dos semanas, sabemos, por una carta que Gaskell le remite a James Dixon, que el clima no invitaba a realizar muchas investigaciones topográficas: «Solo permanecimos allí quince días… y fue un noviembre tan nublado que era incapaz de orientarme si no miraba el mapa». Lo que no puede negarse, y el breve epílogo a la historia de Los amantes de Sylvia es una prueba de ello, es que sí recogió abundantes relatos orales de cómo era la vida en aquella población sesenta años antes, en la época en que la principal industria y riqueza del lugar procedía de la pesca de la ballena —y no era una población muy distinta del New Bedford que describe Herman Melville en Moby Dick—, pues toda la novela está salpicada de narraciones de la pesca ballenera, desde un punto de vista, eso sí, más realista y menos épico que el que adopta Melville.
Cuando, finalmente, se publicó Los amantes de Sylvia, en 1863, Elizabeth Gaskell era ya una autora de cierto prestigio entre la sociedad literaria, y había gozado de la amistad y la admiración de personajes como Charles Dickens, William Wordsworth, George Eliot o Charlotte Brontë, cuya biografía escribiría posteriormente.
Nacida en Chelsea, Londres, el 29 de septiembre de 1810, su nombre de soltera fue Elizabeth Cleghorn Stevenson. Su padre, William Stevenson, era ministro de la iglesia unitariana, una de las sectas más tolerantes del siglo XIX, y especialmente progresista en su actitud hacia las mujeres, lo que permitió que Elizabeth tuviera una buena educación, algo —como ella misma se encarga de recalcar en sus novelas— poco frecuente entre las mujeres de la época. Políticamente, además, el unitarianismo era una doctrina de tendencias casi libertarias, lo que se reflejará en Los amantes de Sylvia, donde uno de los temas principales es el conflicto entre la legalidad y la justicia, o lo que es lo mismo, entre el orden y el individualismo.
El 30 de agosto de 1832 se casó en Manchester con el reverendo William Gaskell, también de la iglesia unitariana. Tuvieron cinco hijas —de las que sobrevivieron cuatro— y un hijo, William, que murió de la escarlatina cuando contaba pocos años de edad. Sabemos que se integró perfectamente en la sociedad de Manchester, y que siempre fue provinciana de corazón, alegrándose enormemente cuando su marido rechazó la oferta de una parroquia en Londres. Su correspondencia la revela como una mujer inquieta, afectuosa, devota, aunque su reserva respecto a cuestiones más personales ha llevado a algunos críticos a sugerir que su matrimonio no fue del todo feliz.
En Manchester, precisamente, ambientó su primera novela, Mary Burton (1848), donde describe el conflicto entre los trabajadores de una fábrica y los propietarios, y que le valió la acusación, por parte de algunos críticos, de fomentar el enfrentamiento de clases, aunque no encontremos en la novela ningún mensaje revolucionario ni antiburgués.
Tampoco pudo escapar a la polémica con su segunda novela, Ruth (1853), donde aborda el tema de las madres solteras, un tema que en la época se consideraba muy poco «adecuado», y que le valió que dos de los miembros de la congregación de su marido quemaran el libro, y que este fuera retirado de una biblioteca pública de Londres.
En 1853 llegaría también la que ha sido desde entonces su obra más popular, Cranford, una curiosa utopía en la que el gobierno y la propiedad están en manos de las mujeres, y en las que los hombres resultan casi superfluos (y es curioso que, en Los amores de Sylvia, la familia en torno a la cual se vertebra el relato acabe formada exclusivamente por mujeres).
Norte y sur (1855) se considera una de sus obras más ambiciosas y logradas, y plantea el conflicto entre el Norte: la Inglaterra de las fábricas, la suciedad y la pobreza urbanas, de la competitividad, la franqueza y el conocimiento utilitario; y el Sur: la Inglaterra rural y supersticiosa, donde predomina la educación clásica y la ortodoxia religiosa, y donde las clases sociales son algo rígido y estancado.
En 1855 muere Charlotte Brontë, y su padre, el señor Branwell Brontë, le encarga a Gaskell que escriba una biografía para contrarrestar algunas necrológicas llenas de maledicencias y chismorreos. Durante dos años la escritora lleva a cabo una exhaustiva investigación, lee toda la correspondencia existente y entrevista a cuantos conocieron a la Brontë. Pero cuando, en 1857, se publicó el libro, solo le trajo problemas, pues en él se atacaba a una mujer con la que, se decía, el padre de Charlotte había tenido una breve pero intensa relación amorosa. Cuando un año más tarde apareció una edición expurgada, Gaskell comentó: «En cuanto a la edición mutilada que va a aparecer, me da mucha pena. Difamatoria o no, todo cuanto se decía en la primera edición era cierto».
En 1863 aparece la última novela larga que Gaskell publicaría en vida, Los amores de Sylvia, a la que siguen varias novelas cortas —My Lady Ludlow, La prima Filis y La bruja Lois—, hasta llegar a la que sería su obra más importante, Hijas y esposas, que no apareció como libro más que póstumamente, en 1866. Se trata de una novela extensa y ambiciosa, en la que Gaskell despliega todo su saber humano y literario para dibujar un alegato a favor de la razón y la inteligencia en oposición a la pasión y los sentimientos, y donde disfraza de novela romántica una narración de ideas y de iniciación, en la que el crecimiento espiritual y físico de Molly Gibson crea uno de los grandes personajes de la era victoriana. De ella Henry James afirmaría: «Pocas veces encontramos una historia de construcción tan delicada, tan elaborada, tan artística, tan veraz y rigurosa».
Reivindicada en los últimos años como una de las autoras más infravaloradas de su tiempo, Elizabeth Gaskell no es tan solo, como han dicho algunos críticos, el eslabón entre Jane Austen y George Eliot, sino que ocupa un lugar propio y destacado por la veracidad de su invención y su meticulosidad a la hora de construir la trama, y la modestia de su carácter y la sutileza de su intelecto se reflejan en una prosa que sabe narrar, observar y analizar en detalle las reacciones y sentimientos.
Elizabeth Gaskell murió de un fallo cardíaco el 12 de noviembre de 1865 en The Lawns (Hampshire), la casa que había comprado con los ingresos devengados por la publicación en forma de folletín de Hijas y esposas.
Sylvia Robson, la protagonista de Los amores de Sylvia, podría considerarse una suerte de anverso de la Molly Gibson de Hijas y esposas, y lo que convierte en antagonistas a esas dos jóvenes, cuyo crecimiento intelectual y físico traza la autora en ambas novelas, es su actitud hacia el aprendizaje. Quien haya leído la novela póstuma de Gaskell no podrá olvidar la actitud receptiva de Molly respecto a los saberes científicos, y cómo ese desarrollo de su parte racional sirve de contrapeso a su parte emocional a la hora de proporcionarle la felicidad (y al lector a través del final feliz). Muy distinta es la suerte de Sylvia Robson, y no es ajena a ello su desprecio de la instrucción y la cultura, que con paciencia e insistencia quiere imbuirle su primo Philip Hepburn, tan enamorado de ella que acaba convirtiéndola en un ídolo pagano. Si Molly hallará la dicha gracias a su espíritu abierto y curioso, Sylvia solo se labrará su propia desgracia por culpa de su obstinación, su cerrazón, y por dejarse guiar exclusivamente por los sentimientos.
Pero tampoco hemos de olvidar que, como todos los escritores realistas, Gaskell creía que el entorno forjaba el carácter, y el antagonismo entre esas dos muchachas acaba siendo el reflejo de dos épocas cuyo contraste ella misma se encarga de recalcar a lo largo de la novela. No son infrecuentes las intromisiones del narrador en Los amores de Sylvia, y casi siempre para recordarnos que estamos leyendo un texto ambientado en una época anterior —aunque apenas sesenta y pocos años—, como en el siguiente párrafo:
Resulta asombroso volver la vista atrás y ver lo distinta que era la mentalidad de la gente que vivía hace cincuenta o sesenta años; sentían, comprendían, sin pasar por ningún proceso analítico o razonamiento, y si ese era el caso entre la gente cultivada, más se acentuaba en la clase a la que Sylvia pertenecía.
Es decir, y como si preparara ya su monumento a la razón y la educación que es Hijas y esposas, Gaskell nos lleva a un entorno tosco, donde la gente no pasa «por ningún proceso analítico», y donde el mundo se habita por los impulsos de la emoción y los sentimientos (hecho que resulta aún más pronunciado en una pequeña ciudad de provincias como es ese Monkshaven que Gaskell inventa a partir de lo visto y oído en Whitby). En este registro se sitúan la propia Sylvia, Daniel (su padre), Charley Kinraid (uno de los «amores» de Sylvia), y William Coulson (el socio de Philip). Y al otro lado, en la orilla de la sensatez, el comedimiento, el pensar antes de obrar, encontramos a Bell (la madre de Sylvia), a Alice y Hester Rose, y, sobre todo, a Philip Hepburn, probablemente uno de los personajes masculinos de la novela victoriana que más a flor de piel llevan su parte femenina. Pues en ese entorno de violencias extremas que son las guerras napoleónicas; en medio de ese patrioterismo chovinista cuya máxima expresión intelectual es discutir cuántos franceses han de luchar contra un solo inglés para que la pelea sea justa; entre hombres duros como Charley Kinraid, curtidos en la durísima pesca de la ballena en los mares de Groenlandia; soportando las injusticias del reclutamiento forzoso por parte de crueles patrullas de leva, surge la figura de Philip Hepburn, un individuo sereno, constante, que sabe lo que quiere, que jamás se deja arrastrar por la pasión y cuyo único error en la vida es dejarse deslumbrar por el becerro de oro, es decir, por Sylvia, la hermosísima Sylvia que se convierte en objeto de deseo de todo Monkshaven al hacerse una mujer, y que llevará a Philip, como a los israelitas, a abjurar de su propio Dios.
Philip Hepburn es también el gozne que comunica en la novela el mundo de los hombres y el de las mujeres. Mientras que los primeros salen al mundo a luchar, a cazar ballenas, a contrabandear, o simplemente a correr aventuras, él permanece con las mujeres, en contacto estrecho con ellas a través de su empleo en la tienda de paños y comestibles del lugar, manteniendo, por así decir, la llama de la civilización en medio de la diáspora masculina. Y por ello es atacado muchas veces: Daniel, el padre de Sylvia, le acusará de legalista; la propia Sylvia le soltará que tiene leche y agua en las venas, y Charley Kinraid, el «otro» pretendiente de Sylvia, lo tratará con condescendencia. Y no solo eso, el propio Philip se ve como la antítesis del gallardo modelo masculino: encorvado, pálido, solo sus ojos —ese espejo del alma— destacan en su semblante, mostrando su espíritu para quien quiera verlo. Pero, paradójicamente, cuando el destino le reúna en el ejército con Charley Kinraid, el hombre viril y apuesto por excelencia, será Philip el verdadero rebelde: él, que entra en el ejército voluntariamente para morir, no pasará de infante de marina, mientras que Kinraid, apresado por la patrulla de leva, contra la que lucha denodadamente cuando lo apresan, acabará conformándose con su destino, y no solo eso, sino que, contrariamente al padre de Sylvia, que se cortó dos dedos para huir del ejército, acabará haciendo una brillante carrera.
Resulta sintomático que, en uno de los episodios de la novela, cuando Sylvia, tras mucho tiempo de no saber de Philip, tiene noticias suyas, cree imposible que se trate de él y que haya cometido un acto de valor, y opina que ha de ser su espíritu; pues en verdad el Philip que habita este mundo al separarse de Sylvia es un muerto en vida, alguien que busca una muerte real que no llega nunca, y que solo podrá alcanzar cuando comprenda el enorme y único pecado de su vida: la idolatría, haber amado más a su ídolo terreno —Sylvia— que a su Dios. Entonces Philip muere en paz, y Sylvia comprende por fin que solo él la había amado de verdad, y también que ese amor había sido un error, el error de unos seres que vivieron en una época a la que aún no había llegado la Ilustración, que Gaskell ve con una esperanza que ahora se nos antoja cándida, pues las mujeres siguen pareciéndose más a Sylvia Robson que a Molly Gibson, los hombres más a Charley Kinraid que a Philip Hepburn, y el mundo tiene más la forma de la crueldad que de la razón.
DAMIÀ ALOU
LOS AMORES DE SYLVIA
Este libro está dedicado a
mi querido esposo,
de parte de quien mejor conoce su valía
1
MONKSHAVEN
En la costa del noroeste de Inglaterra existe una pequeña ciudad llamada Monkshaven, que cuenta en la actualidad con quince mil habitantes. No obstante, eran menos de la mitad a finales del siglo pasado, y fue en ese período cuando ocurrieron los sucesos relatados en estas páginas.
Monkshaven no era un nombre desconocido en la historia de Inglaterra, y corría por la población la tradición de que había sido el lugar de desembarco de una reina sin trono.[1] En aquella época había un castillo fortificado en las colinas que se elevan sobre la ciudad, y ahora el lugar lo ocupa una casa solariega abandonada; y en época aún anterior a la llegada de la reina, y coetáneo con los restos más antiguos del castillo, un importante monasterio se erigió sobre esos acantilados, encarado a un vasto océano que en la lejanía se confundía con el cielo. La ciudad estaba construida a orillas del río Dee, justo en su desembocadura, en el mar del Norte. La calle principal corría paralela a la corriente, y otras más pequeñas partían de ella, y entre estas y el río quedaban recogidas las casas. Había un puente que cruzaba el Dee y, como es de suponer, una calle del Puente, que quedaba perpendicular a la calle Mayor. En la parte sur del río había unas cuantas casas con más pretensiones, rodeadas de jardines y campos. Era en esa parte de la ciudad donde vivía la aristocracia local. ¿Y quiénes eran las personas importantes de esta pequeña ciudad? No las ramas más jóvenes de las buenas familias que habían heredado una casa solariega sobre los páramos salvajes y desolados, que circundaban Monkshaven por tierra con la misma eficacia con que lo hacían las aguas por mar. No; esas familias se mantenían por encima del desagradable e intrépido comercio que había traído la riqueza a algunas familias de Monkshaven generación tras generación.
Los magnates de Monkshaven eran los que tenían un mayor número de barcos dedicados a la industria ballenera. Para un joven perteneciente a esa clase social, el curso que iba a tomar su vida era más o menos como sigue: entraba como aprendiz de marino en una de las grandes navieras —en la de su padre, probablemente—, junto con otros veinte muchachos, o incluso más. Durante los meses de verano, él y los demás aprendices viajaban a los mares de Groenlandia, y regresaban con sus cargamentos a principios de otoño; y los meses de invierno se empleaban en observar la preparación del aceite obtenido del esperma en los cobertizos de fundición, y aprendiendo navegación con algún profesor pintoresco pero experimentado, mitad maestro, mitad marino, que sazonaba sus enseñanzas con narraciones de las alocadas aventuras de su juventud. La casa del naviero para el que hacía de aprendiz era su hogar, y también el de sus demás compañeros, durante los meses que iban de octubre a marzo, cuando había poco trabajo. El lugar que ocupaban en la casa estos chavales difería según lo que habían pagado para su instrucción; algunos tenían la misma categoría que los hijos de la familia, mientras que otros eran considerados poco más que criados. Sin embargo, una vez a bordo prevalecía la igualdad, y si alguien podía reclamarse superior era solo en razón de su valor e inteligencia. Tras un cierto número de viajes, el mozo ascendía poco a poco al rango de capitán, y como tal tenía su parte en las ganancias; todos estos beneficios, junto con sus ahorros, se destinarían a construir un ballenero propio, si no tenía la suerte de ser hijo de algún armador. En la época en que sucede esta historia, había poca división del trabajo en la pesca de la ballena en Monkshaven. La misma persona que poseía seis o siete barcos estaba preparada, por educación y experiencia, para comandar cualquiera de ellos; también para encargarse de instruir a una docena de aprendices, cada uno de los cuales le pagaba una importante tarifa; y para ser el propietario de las destilerías, donde los cargamentos de esperma y barbas eran elaborados para su venta al público. No era de extrañar que esos armadores amasaran grandes fortunas, ni que sus casas, ubicadas en la parte sur del río Dee, fueran imponentes mansiones, llenas de sólidos y espléndidos muebles. Tampoco era de extrañar que la ciudad, en su conjunto, poseyera un aspecto anfibio, hasta un grado muy poco habitual en un puerto de mar. Todos dependían de la industria ballenera, y casi todos los habitantes habían sido o esperaban ser marineros. En algunas épocas del año, río abajo el olor era casi intolerable para cualquiera que no fuera habitante de Monkshaven; pero en esos muelles repugnantes los ancianos y los niños haraganeaban durante horas, como si se deleitaran con los olores del aceite de grasa de ballena.
Creo que ya hemos descrito bastante la ciudad. He dicho que, por la parte de tierra, a la linde de la ciudad le seguían millas y millas de páramo; por encima del nivel del mar se enseñoreaban los riscos púrpura, cuyas cumbres se veían coronadas de praderas que descendían las laderas de los acantilados en vetas verduzcas. De vez en cuando un riachuelo bajaba desde las alturas hacia el mar, convirtiendo su cauce en un valle más o menos ancho durante un prolongado período de tiempo. En las hondonadas de los páramos, igual que en esos valles, crecían y florecían árboles y arbustos; de modo que, mientras en las peladas extensiones de las tierras altas uno se estremecía ante la yerma desolación del paisaje, al llegar a una de esas depresiones boscosas se veía seducido por el acogedor refugio que proporcionaban. Pero por encima y alrededor de estos escasos y fértiles valles, había muchísimas millas de páramo, que exhibían su desolación en esa piedra caliza de color rojo que asoma sobre las escasas hierbas; luego, posiblemente, venía un trecho marrón de tremedal, un terreno poco firme para el caminante que quisiera tomar un atajo hacia su destino; luego, en las tierras arenosas más elevadas, aparecía el brezo púrpura, u otras especies más comunes que crecían hermosas y exuberantes. Ocasionalmente se encontraban matas de hierba fina y elástica, donde pacían unas ovejas de cara negra; pero ya fuera la escasa comida, o su agilidad caprina, se mantenían en una delgadez muy poco halagüeña para el carnicero, y tampoco era su lana de una calidad lo bastante buena como para que los propietarios sacaran gran beneficio. Hoy día estas partes están poco pobladas; mucho menos lo estaban en el siglo pasado, antes de que la agricultura se estudiara científicamente y tuviera la oportunidad de enfrentarse a los inconvenientes naturales que presentaban los páramos, y tampoco existían ferrocarriles que trajeran cazadores desde muchas millas de distancia para disfrutar de la temporada de caza, con su demanda anual de alojamiento.
Había viejas casas solariegas de piedra en esos valles; granjas que se veían desde lejos, con pequeños almiares de heno tosco y pobre, y, en el corral, pilas de turba casi más grandes para calentarse en invierno. El ganado de estos granjeros parecía medio muerto de hambre; pero también había una expresión singular e inteligente en sus caras, que rara vez se observa en los semblantes plácidamente estúpidos de los animales bien alimentados. Todas las cercas eran taludes de turba, sobre los que se apilaban algunas piedras sueltas.
Los escasos valles conocían una relativa fertilidad y exuberancia. Los estrechos prados que se extendían junto al río parecían capaces de satisfacer, con su hierba alta y abundante, el apetito de las vacas; mientras que en las tierras más altas la escasa hierba existente casi ni invitaba a molestarse en ir a buscarla. Incluso en esas depresiones, los sibilantes vientos del mar, siguiendo la corriente del río, atrofiaban y cercenaban los árboles a poca altura; pero seguía habiendo abundantes y densos arbustos, enmarañados con zarzas, rosales silvestres y madreselvas; y si el granjero de esos valles relativamente felices hubiera tenido una esposa o una hija que se cuidara del jardín, muchas flores habrían crecido en el lado occidental y meridional de la tosca casa de piedra. Pero en aquella época la jardinería no era un arte popular en Inglaterra; y en el norte sigue sin serlo. Puede que los nobles y los caballeros cuenten con hermosos jardines; pero al norte del Trent, que es lo que yo conozco, los granjeros y los jornaleros les tienen muy poca afición. Unos cuantos arbustos de «bayas», un par de árboles de grosellas negras (las hojas se utilizan para reforzar el sabor del té, y el fruto como medicina para los resfriados y dolores de garganta), un patatar (y no era tan común a finales del siglo pasado como ahora), un lecho de coles, matas de salvia, melisa, tomillo y mejorana, posiblemente un rosal, y abrótano en el medio; una parcelita de cebollas pequeñas, toscas y olorosas, y quizá un poco de caléndula, cuyos pétalos aromatizaban el caldo de vaca en salmuera; dichas plantas eran las que componían un jardín bien provisto en la época y lugar en que se inicia mi historia. Pero durante más de veinte millas tierra adentro uno tampoco se olvidaba del mar ni de su industria; restos de marisco, de algas, los despojos de las destilerías, eran el principal estiércol de la zona; enormes y terribles mandíbulas de ballena, peladas y blancas, formaban los arcos que había sobre los portones de muchos campos o extensiones de páramo. En todas las familias que tenían con varios hijos, por muy dedicados a la agricultura que estuvieran, había alguno que se había ido a la mar, y hacia allí la madre miraba con añoranza cada vez que cambiaban los sibilantes vientos de los páramos. En vacaciones se iba de excursión a la costa; a nadie le interesaba ir tierra adentro, pues lo único que había que ver era la gran feria equina anual, que se celebraba allí donde aquella tierra sombría se transformaba en aldeas y campos de cultivo.
Quien se adentraba en esas tierras no podía dejar de pensar en el mar; mientras que en otras partes de la isla, a cinco millas del océano uno ya se ha olvidado de la existencia del agua salada. El importante comercio con Groenlandia de las poblaciones costeras era, sin duda, la causa primordial de dicha circunstancia. Pero, en la época que relato, el mar vecino era, para todos los habitantes, una fuente de temor y de cólera.
Desde el final de la guerra con las colonias norteamericanas, la armada no había tenido excesivas necesidades de tripulantes; y los fondos que el gobierno destinaba a ese propósito disminuían con cada año de paz. En 1792, esos fondos llegaron a su mínimo en muchos años. En 1793, los sucesos ocurridos en Francia habían puesto a Europa en pie de guerra, y los ingleses vivían un frenético sentimiento antifrancés, que la Corona y sus ministros procuraban, por todos los medios, convertir en algo más eficaz que palabras. Teníamos barcos, pero ¿dónde estaban nuestros hombres? El Almirantazgo, no obstante, tenía un fácil remedio a su disposición, cuyo uso contaba con abundantes precedentes, y una ley consuetudinaria (si no escrita) que sancionaba su aplicación. Publicaban «órdenes de reclutamiento», en las que apelaban a los poderes civiles de todo el país para que apoyaran a sus oficiales en el cumplimiento de su deber. La costa se dividía en distritos, cada uno bajo la responsabilidad de un capitán de navío, que a su vez delegaba subdistritos a sus tenientes; y de este modo, se vigilaba y aguardaba la llegada de todos los barcos que regresaban a casa, y todos los puertos estaban sometidos a inspección; y en un día, si hacía falta, una enorme cantidad de hombres pasaba a formar parte de las fuerzas navales de Su Majestad. Pero si el Almirantazgo apremiaba en sus exigencias, también estaban dispuestos a dejar de lado todo escrúpulo. Los hombres de tierra, si el físico les acompaña, no tardan en convertirse en buenos marineros con el adiestramiento adecuado; y una vez en la bodega de la gabarra, que siempre aguardaba el éxito de las operaciones de las patrulla de leva, a esos prisioneros les resultaba difícil demostrar cuál había sido su ocupación anterior, sobre todo cuando nadie tenía tiempo para escuchar sus razones, ni estaba dispuesto a creerlas si las escuchaba, ni haría nada para liberar al cautivo en caso de que las escuchara y las creyera. Los hombres eran secuestrados, literalmente desaparecían, y jamás se volvía a saber de ellos. Las calles de una concurrida ciudad no estaban a salvo de la actuación de esas patrullas, como podría haber relatado lord Thurlow, después de un paseo que dio en esas fechas por Tower Hill, cuando él, el fiscal general de Inglaterra, sufrió en sus propias carnes la peculiar manera que tenía el Almirantazgo de librarse de todas esas fastidiosas personas que siempre hacían ruegos y peticiones. Tampoco los habitantes de tierra adentro vivían más seguros; muchos habitantes de los pueblos se iban a la contrata de peones y jamás volvían a casa a contar cómo les había ido; muchos campesinos robustos y jóvenes desaparecían del hogar paterno, y ni madre ni enamorada volvían a saber de ellos; tan grande era la necesidad de hombres que sirvieran en la armada durante los primeros años de la guerra con Francia, y después de cada gran victoria naval en esa guerra.
Los funcionarios del Almirantazgo iban al acecho de buques mercantes; hay muchos ejemplos de navíos que volvían a casa tras una larga ausencia, con una rica carga, y que fueron abordados a un día de distancia de tierra, y se llevaron a tantos hombres que el barco, con su cargamento, quedó ingobernable a causa de la pérdida de la tripulación, y fue a la deriva por el ancho y bravío océano, o quedó al mando incompetente de dos marineros enfermos e ignorantes; otras veces dichas naves simplemente desaparecían para siempre. Los hombres así reclutados eran arrancados de la proximidad de sus parientes o esposas, y a menudo privados de las arduas ganancias de años, que quedaban en poder de los capitanes de los buques mercantes en los que habían servido, al azar de la honestidad o la deshonestidad, la vida o la muerte. Ahora bien, toda esta tiranía (pues no puedo usar otra palabra) nos resulta inconcebible; no podemos imaginar cómo es posible que una nación se sometiera a ella durante tanto tiempo, ni siquiera bajo el entusiasmo bélico, o el pánico de una invasión, o cualquier leal sumisión a los poderes regentes. Cuando leemos que los militares solicitaban ayuda a los poderes civiles para que respaldaran a las patrullas de leva, que había pelotones de soldados vigilando las calles, y centinelas con bayonetas caladas en todas las puertas mientras las patrullas de leva entraban y registraban todos los agujeros y rincones de una casa; cuando nos cuentan que las tropas a veces rodeaban las iglesias durante el servicio, mientras las patrullas se quedaban en la puerta para apresar a los hombres cuando salían del templo, y los tomamos como ejemplos de lo que ocurría constantemente bajo distintas formas, no hemos de extrañarnos de que los alcaldes, y otras autoridades cívicas de las grandes ciudades, se quejaran de que había que poner fin a todo ello a causa del peligro que corrían los comerciantes y sus criados cada vez que se adentraban en las calles, infestadas de patrullas de leva.
Si fue el vivir en estrecha proximidad con la metrópoli —el centro de la política y las noticias— lo que inspiró a los habitantes del sur de Inglaterra ese fuerte patriotismo que consiste en odiar a todas las demás naciones; o si fue que las posibilidades de captura eran mucho más grandes en los puertos del sur, hasta el punto de que los marinos mercantes se habituaron al peligro; o si fue que el hecho de servir a la armada, para aquellos que conocen las ciudades de Portsmouth o Plymouth, poseía una atractivo para los hombres en virtud del arrojo y esplendor de un trabajo aventurero, lo cierto es que los habitantes de la costa meridional se tomaron la opresión de las patrullas de leva de una manera más sumisa que las indomables gentes del norte. Pues entre ellos, las posibilidades de obtener ganancias que fueran más allá de un salario en la industria ballenera o en el comercio con Groenlandia alcanzaban hasta al marinero más humilde. Este, con audacia y ahorro, podía llegar a ser propietario de un barco. A su alrededor había oficiales que lo habían conseguido; y ese mismo hecho iba borrando cada vez más las distinciones de clase; y las empresas comunes y los peligros, el perseguir todos juntos el mismo interés, unía a los habitantes de esa línea costera con un fuerte vínculo, de modo que si este se partía por alguna fuerza externa y violenta, se despertaban violentas cóleras y sed de venganza. Un habitante de Yorkshire me dijo una vez: «Mis paisanos son todos iguales. Su primer pensamiento es cómo oponer resistencia. Bueno, yo mismo, si oigo a alguien decir que hace un bonito día, me encuentro intentando descubrir que no es cierto. Y así ocurre con el pensamiento, con las palabras y con los hechos».
Por lo que podéis imaginar que el trabajo de las patrullas de leva no fue precisamente fácil en la costa de Yorkshire. En otros lugares inspiraban miedo, allí, solo rabia y odio. Una carta anónima le advirtió al alcalde de York, el 20 de enero de 1777, que «si esos hombres no eran expulsados de la ciudad el martes siguiente, o antes, la vivienda de su excelencia, y también su casa solariega, arderían hasta quedar reducidas a cenizas».
Quizá parte del resentimiento que imperaba en este asunto se debía a un hecho que he observado en otros lugares de ubicación parecida. Allí donde las haciendas de nobles de antiguas familias —pero de ingresos limitados— rodean un centro donde existe una industria o un comercio prósperos, se da una especie de animadversión latente por parte de los propietarios hacia los industriales, comerciantes, negociantes o armadores, en cuyas manos se halla la capacidad de hacer dinero, un poder que ningún orgullo hereditario, ni esa afición aristocrática a la indolencia, puede impedirles utilizar. Esta animadversión, sin duda, es mayormente de talante negativo; su manifestación más corriente es una ausencia de palabras y actos; con una actitud letárgica y refinada se hace caso omiso de todos los desagradables vecinos; pero lo cierto es que la industria de la ballena de Monkshaven se había vuelto tan próspera, en un grado impertinente y conspicuo, en los años anteriores a la época en que ocurre esta historia, que los navieros de Monkshaven se estaban haciendo ricos e importantes a un punto que los terratenientes que vivían tranquilamente en sus casas —antiguas mansiones de piedra desperdigadas por los páramos que rodeaban la ciudad— opinaron que el freno que las patrullas de leva iban a imponer sobre el comercio de Monkshaven era sabiamente ordenado por poderes superiores (a qué altura exacta colocaban esos poderes es algo que no me atrevo a decir) para impedir que se hicieran ricos de manera en exceso precipitada, que era un defecto que ya señalaban las Sagradas Escrituras. También, posiblemente, creyeron estar cumpliendo con su deber cuando prestaron apoyo a las órdenes del Almirantazgo con todo el poder civil de que disponían, allí donde se les solicitaba, y siempre que podían hacerlo sin tomarse demasiadas molestias en asuntos que, después de todo, tampoco les concernían.
Había también otros motivos en las mentes de algunos padres que, previsoramente, pensaban en sus hijas. Los capitanes y tenientes que llevaban a cabo ese desempeño eran en su mayoría unos solteros muy agradables, educados para ejercer una profesión distinguida, o al menos eran unos visitantes muy obsequiosos cuando tenían un día libre. ¿Quién sabía lo que podía resultar de todo aquello?
De hecho, esos valientes oficiales no eran impopulares en Monkshaven, excepto cuando entraban en conflicto con la población. Poseían esa actitud franca de su profesión; sabían que habían participado en combates cuya sola narración enardecería el corazón del cuáquero más pacifista, y ellos mismos no se hacían notar en el sucio trabajo que, sin embargo, sancionaban y permitían. De manera que, mientras que pocas eran las personas que pasaban por delante de la humilde taberna sobre la que ondeaba la bandera azul de la armada, como señal de que allí se encontraba la patrulla de leva, sin escupirle en signo de aborrecimiento, no obstante es probable que esa misma persona saludara con respeto al teniente Atkinson en caso de encontrárselo en la calle Mayor. Tocarse el sombrero era un gesto desconocido por esos pagos, pero movían la cabeza de una manera curiosa, sin agitarla ni tampoco asentir, pero dando a entender de todos modos una actitud amistosa. También los armadores invitaban de vez en cuando al oficial a almorzar o a cenar, sin perder de vista que en cualquier momento podía convertirse en un activo enemigo, y de ningún modo sentían la tentación de darle «las llaves de la casa», por muchas hijas solteras que pudieran adornar su mesa. Sin embargo, siempre que el oficial se diera maña en contar una historia interesante, fuera buen bebedor, y casi nunca estuviera demasiado ocupado para acudir cuando se le solicitara, se llevaba mejor de lo que cualquiera podría esperar con la gente de Monkshaven. Y casi todo el rechazo que despertaba la cuestión de la leva recaía sobre sus subordinados, que eran vistos como poco más que secuestradores y espías, «indeseables», como los consideraba la gente normal, y como tales estaban dispuestos a perseguirlos y acosarlos a la menor provocación, cosa que las patrullas de leva hacían sin ningún escrúpulo. A pesar de todo, eran gentes valientes y arrojadas. La ley les respaldaba, y por tanto lo que hacían era legal. Servían a su país y a su rey. Utilizaban todas sus facultades, y eso siempre era agradecido. Había muchas posibilidades de lograr gloria y triunfo utilizando el ingenio; sus vidas estaban llenas de aventura. Era un trabajo legal y leal, que exigía sensatez, agilidad mental, valor, y además participaba de esa extraña afición a la caza inherente a todos los hombres. A catorce o quince millas de la costa se encontraba el Aurora, un buen buque de guerra; y allí eran transportados esos cargamentos humanos de varias gabarras, que se apostaban en los lugares más convenientes de la costa. Una de ellas, el Dama Alegre, podía verse desde los acantilados que había sobre Monkshaven, no muy lejos, pero oculta por el ángulo de las tierras altas a la visión constante de la gente; y estaba siempre la taberna del Encuentro (como se llamaba por los alrededores a la que se veía rematada por la bandera azul de la armada) para que la tripulación del Dama Alegre holgazaneara e invitara a beber a los incautos que pasaban por allí. Hasta el momento, eso era todo lo que había hecho la patrulla en Monkshaven.
2
REGRESO DE GROENLANDIA
Un cálido día de octubre del año 1796, dos muchachas salieron de su casa rumbo a Monkshaven para vender mantequilla y huevos, pues las dos eran hijas de granjeros, aunque sus circunstancias fueran bastante distintas; Molly Corney tenía muchos hermanos, por lo que estaba acostumbrada a las incomodidades; Sylvia Robinson era hija única, por lo que mucha gente la tenía en más estima que los padres de la Virgen María a esta. Las dos tenían que hacer algunas compras una vez efectuada la venta. En aquella época, las mujeres que llevaban mantequilla y huevos al mercado las vendían sentándose hasta cierta hora de la tarde en los peldaños de una vieja cruz grande y mutilada; pasada dicha hora, si no se habían librado de sus bienes, los llevaban a regañadientes a las tiendas, donde los vendían a un precio menor. Las buenas amas de casa no le hacían ascos a acercarse hasta la Cruz de la Mantequilla, y, tras oler y despreciar los artículos que deseaban, mantenían una permanente esgrima de palabras con la intención, a menudo vana, de conseguir una rebaja en el precio. Un ama de casa del siglo pasado se habría considerado una incompetente en su trabajo de no haber seguido este proceso preliminar; y las esposas e hijas de los granjeros lo consideraban algo rutinario, y contestaban a la clienta con un humor bastante desenfadado. La clienta, de este modo, una vez descubierto dónde se vendían la mejor mantequilla y los huevos más frescos, acudía una y otra vez a despreciar los artículos que finalmente acababa adquiriendo. En aquellos días la gente disponía de mucho tiempo para entregarse a dichos menesteres.
Molly había atado un nudo en su pañuelo de lunares de color rosa para cada una de las importantes compras que tenía que hacer; en su casa se necesitaban algunos artículos importantes pero aburridos; y si se olvidaba de alguno, podía contar con que su madre le daría una buena regañina. Tantos eran los encargos que su pañuelo de bolsillo parecía un gato de nueve colas; pero ni una sola cosa era para ella, ni, por supuesto, para ninguno de los miembros de su numerosa familia a título individual. La familia Corney no disponía de demasiado dinero que gastar en otra cosa que no fueran las necesidades colectivas de la familia.
El caso de Sylvia era distinto. Se disponía a elegir su primera capa y, al contrario que muchas otras chicas, no tendría que utilizar una vieja de su madre que había pasado por las hermanas mayores y había sido teñida cuatro veces (Molly se habría conformado incluso con eso), sino que compraría una flamante capa de buena lana de Duffel solo para ella, sin ni siquiera una autoridad de más edad que la controlara a la hora de gastar; solo tendría a Molly a su lado, aconsejándola llena de admiración, y con tanta simpatía como pudiera convivir con la paciente envidia que sentía por las circunstancias más dichosas de Sylvia. De vez en cuando se desviaban del gran tema que ocupaba sus pensamientos, pero Sylvia, con inconsciente destreza, pronto hacía regresar la conversación a la cuestión de los respectivos méritos del gris y el escarlata. Las chicas caminaron descalzas y llevaron los zapatos y las medias en la mano durante la primera parte del camino, pero en cuanto avistaron Monkshaven se detuvieron y se desviaron por un sendero que conducía a las riberas del Dee. Por allí había grandes piedras redondas dentro del río; las aguas las rodeaban, se arremolinaban y formaban profundas charcas. Molly se sentó en la ribera cubierta de hierba para lavarse los pies, pero Sylvia, más activa (o quizá más alegre con la perspectiva de la capa), colocó su cesto sobre una parte de la orilla cubierta de gravilla, y, dando un buen salto, se sentó sobre una piedra casi en mitad de la corriente. A continuación remojó sus deditos rosáceos en la fría superficie del agua, agitándolos con alegría infantil.
—Estate quieta, Sylvia. Me estás salpicando por todas partes, y mi padre no me va a comprar una capa nueva.
Sylvia se quedó quieta, por no decir arrepentida, al momento. Levantó el pie del agua y, como para huir de la tentación, lo apartó de Molly y lo dirigió hacia el lado de su asiento de piedra en el que la corriente era menos profunda, interrumpida por guijarros. Pero, al verse interrumpida en su juego, sus pensamientos volvieron al gran tema de la capa. Estaba ahora igual de quieta que llena de ganas de retozar un momento antes. Se había reclinado sobre la piedra, como si fuera un cojín y ella una pequeña sultana.
Molly se lavaba lentamente los pies para ponerse las medias cuando oyó un repentino suspiro, y su compañera volvió la cara para mirarla. Dijo:
—Ojalá mamá no se hubiera inclinado por la gris.
—Vamos, Sylvia, ya me estabas diciendo lo mismo cuando llegamos a lo alto de la colina, y lo único que hizo fue pedirte que te lo pensaras dos veces antes de decidirte por la escarlata.
—¡Ya! Mamá habla poco, pero lo que dice, dicho queda. Papá es más como yo, hablamos mucho para no decir nada; pero las palabras de mamá son como piedra labrada. Están llenas de significado. Y después —dijo Sylvia, como si la ofendiera tal sugerencia— me pidió que le preguntara su opinión a mi primo Philip. Odio a los hombres que tienen opinión en tales cuestiones.
—Bueno, pues si seguimos sentadas aquí no llegaremos a Monkshaven ni para vender los huevos y la mantequilla ni para comprar la capa. El sol ya está bajando, así que vamos, chica, pongámonos en marcha.
—Pero si me pongo las medias y los zapatos aquí, y pego un salto hasta la gravilla húmeda, me pondré perdida —dijo Sylvia en un patético tono de perplejidad, divertidamente infantil.
Se puso en pie, sus pies desnudos se curvaron sobre la superficie de la piedra, y su delicada figura se balanceó como si estuviera a punto de saltar.
—Lo único que tienes que hacer es saltar descalza, y volver a lavarte los pies sin armar tanto jaleo. Para empezar, lo que deberías haber hecho es lo que he hecho yo y lo que hacen las personas sensatas. Pero no tienes sentido común.
La mano de Sylvia detuvo la boca de Molly. Ya estaba en la ribera, al lado de su amiga.
—No me des lecciones; no me gusta que me sermoneen por cada cosa que digo. Voy a comprarme una capa nueva, chica, y no te puedo prestar atención si me vas dando sermones. Tú tendrás mucho sentido común, pero yo tendré mi capa.
Podríamos dudar si a Molly ese reparto le pareció equitativo.
Las dos muchachas llevaban unas medias ajustadas, tejidas por sus propias manos, de estambre azul muy corriente en el condado; se habían puesto unos zapatos de cuero negro y tacón alto, que les cubrían totalmente el empeine, ajustados y adornados con relucientes hebillas de acero. Ahora no caminaban con paso tan vivo y libre como cuando iban descalzas, pero seguía habiendo en ellas esa ligereza característica de la flor de la juventud; pues ninguna de las dos había cumplido aún los veinte años; de hecho, Sylvia no tenía más de diecisiete en aquella época.
Ascendieron el empinado sendero cubierto de hierba, y las zarzas arañaron sus faldas escocesas; atravesaron el bosquecillo y llegaron al camino de herradura, y entonces «se arreglaron», como solían llamarlo; es decir, se quitaron sus sombreros de fieltro negro y volvieron a recogerse el pelo, se sacudieron todas las motas de polvo del camino; se alisaron los pequeños chales (o pañuelos grandes, llamadlos como queráis) que se desparramaban sobre sus hombros, sujetos bajo el cuello, y ceñidos a la cintura con las cintas del delantal, y luego se pusieron otra vez el sombrero, recogieron los cestos y quedaron a punto para caminar de manera decorosa hasta la ciudad de Monkshaven.
Tras la siguiente curva del camino de herradura aparecieron los tejados rojos y puntiagudos de las casas que, muy apretadas, quedaban justo debajo de la colina en la que se encontraban. El sol de otoño avivaba el color rojizo de las tejas y hacía más profundas las sombras de las estrechas calles. La angosta bahía que se abría en la desembocadura del río estaba abarrotada de pequeñas embarcaciones de todo tipo, que formaban un intrincado bosque de mástiles. Más allá aparecía el mar, una lisa extensión de zafiro, y apenas alguna onda alteraba su reluciente superficie, que se extendía a lo largo de leguas y leguas hasta confundirse con el atenuado zarco del cielo. Sobre esa tersa agua azul flotaban docenas de botes de pesca con velas blancas, aparentemente inmóviles, a no ser que midieras su avance tomando algún punto de referencia terrestre; pero aunque parecían quietos, silenciosos y distantes, el saber que había hombres a bordo, todos ellos rumbo a alta mar, aumentaba hasta lo indecible el interés que se experimentaba al observarlos. Cerca de la barra del río Dee había un navío más grande. Sylvia, que vivía en la zona desde hacía poco, lo miró con el mismo callado interés con que miraba a los demás; pero Molly, en cuanto distinguió qué tipo de barco era, exclamó:
—¡Es un ballenero! ¡Es un ballenero que vuelve de Groenlandia! ¡El primero que llega en esta estación! ¡Dios lo bendiga!
Y tal era su excitación que se volvió y estrechó las dos manos de Sylvia. A esta se le subió el color, y sus ojos centellearon de simpatía.
—¿Estás segura? —preguntó, ahora también sin aliento; pues aunque no distinguía por su apariencia a qué se dedicaba cada uno de los barcos allí fondeados, estaba muy al corriente del enorme interés que despertaban los balleneros.
—¡Son las tres! ¡Y no hay pleamar hasta las cinco! —dijo Molly—. Si nos damos prisa, podemos vender nuestros huevos y estar en el muelle antes de que toque puerto. ¡Rápido, chica!
Y bajaron la larga y empinada colina a un paso que era casi una carrera. No se atrevían a correr; de hecho, la velocidad a la que caminaban habría destrozado unos huevos menos meticulosamente empaquetados. Cuando terminó la cuesta, apareció ante ellas una calle larga y estrecha, que giraba y se desviaba de la línea recta como si siguiera el curso del río. Las dos chicas tenían la impresión de que nunca llegarían al mercado, que estaba situado en el cruce de la calle del Puente y la Mayor. Allí los monjes habían erigido una cruz de piedra hacía mucho tiempo; ahora estaba erosionada y mutilada, nadie la consideraba ya un símbolo sagrado, sino solo la Cruz de la Mantequilla, donde las mujeres del mercado se congregaban los miércoles, y donde el pregonero proclamaba la lista de inmuebles en venta, de cosas perdidas o encontradas, comenzando con su «¡Se hace saber!» y acabando con «Dios bendiga al rey y al señor de este feudo» y un muy breve «Amén», antes de marcharse y quitarse la librea, cuyos colores le delataban como criado de los Burnaby, la familia que poseía los derechos señoriales sobre Monkshaven.
Como es de suponer, el concurrido espacio que rodeaba la Cruz de la Mantequilla era el preferido para instalar una tienda; y en un bonito día de mercado como ese, y teniendo en cuenta la época del año, justo cuando las amas de casa comenzaban a echarle un vistazo a su provisión de mantas y su ropa interior de franela, y descubrían con tiempo cuáles eran sus necesidades, esas tiendas deberían estar llenas de clientes. Pero estaban vacías, más de lo que solían estarlo incluso en un día laborable cualquiera. Los taburetes de tres patas que se alquilaban a un penique la hora a las mujeres que acudían al mercado demasiado tarde para encontrar sitio en los peldaños estaban desocupados; algunos se veían derribados en el suelo, como si la gente hubiese pasado a toda prisa.
A Molly le bastó una mirada para captarlo todo e interpretar los signos, aunque no tuvo tiempo para explicarle a Sylvia su significado y la consiguiente acción que llevó a cabo, que consistió en irse corriendo a la tienda de la esquina.
—¡Los balleneros vuelven a casa! ¡Hay uno delante de la barra!
Fue expresado como un aserto, aunque su entonación fue la de una pregunta cargada de expectación.
—¡Sí! —dijo un cojo que remendaba redes detrás de un tosco mostrador de madera—. Ha vuelto ligera, y ha traído buenas noticias de las demás, como he oído decir. Hubo una época en que yo también iba embarcado con los mejores; pero ahora es voluntad del Señor que me quede en casa arreglando los aparejos de los demás. Fíjate, moza, en cuántos me han dejado sus cestos de todo tipo mientras ellos se iban al muelle. Deja aquí tus huevos y vete con ellos, pues a lo mejor algún día sufrirás también parálisis, y entonces te preocuparás por la leche derramada y por no haber aprovechado todas tus oportunidades cuando eras joven. ¡Sí! Todos están hartos de oír mis moralejas; más me vale encontrar a otro tullido como yo a quien endilgarle mis sermones, pues no todo el mundo tiene la suerte de los curas, que pueden largar lo que sea le guste a la gente o no.
El cojo colocó los dos cestos en el suelo con cuidado y con tanta palabrería como la anterior dirigida a sí mismo. A continuación suspiró un par de veces y reemprendió su trabajo y se puso a cantar.
Molly y Sylvia estaban ya casi cerca de los muelles cuando el cojo llegó a ese momento de júbilo. Siguieron corriendo, sin hacer caso del flato que les punzaba los costados, hasta llegar a la ribera del río donde la gente se había reunido. No había mucha distancia entre la Cruz de la Mantequilla y el muelle; en cinco minutos las dos chicas, sin aliento, habían conseguido un lugar desde el que observar, fuera de la multitud; pero al poco los recién llegados las empujaban y las hundían en el centro mismo del gentío. Todas las miradas estaban fijas en el barco, anclado justo delante de la barra, a menos de un cuarto de milla de distancia. El funcionario de aduanas acababa de subir a bordo para recibir el informe de carga por parte del capitán y examinar su contenido debidamente. Los hombres que le habían llevado en la lancha regresaban a la orilla, y portaban algunas noticias cuando desembarcaron a poca distancia de la multitud, que se movió como un solo hombre para oírlas. Sylvia agarró con fuerza la mano de Molly, de más edad y mayor experiencia, y escuchó boquiabierta las respuestas que esta obtenía de un rudo marinero que se hallaba a su lado.
—¿Qué barco es?
—¡El Resolución de Monkshaven! —dijo el marinero, indignado, como si cualquier ganso hubiera de saberlo.
—Ya lo creo que es el Resolución, y un barco bienaventurado es para mí —exclamó una anciana situada cerca de Molly—. Ha traído a casa a mi muchacho. Pues este le gritó a aquel barquero que por favor me dijera que se encontraba bien. «Dile a Peggy Christison», dice mi hijo (me llamo Margaret Christison), «dile a Peggy Christison que su hijo Hezekiah ha vuelto sano y salvo.» ¡Alabado sea Dios! ¡Y yo, que soy viuda, ya creía que no volvería a ver a mi muchacho!
Parecía que, en aquella hora de enorme dicha, todos contaban con las simpatías de los demás.
—Perdóneme, pero si me hace un poquito de sitio podré levantar a mi pequeño para que pueda ver el barco de su papá, y para que su papá también pueda verle a él. El pasado martes cumplió cuatro meses, y su padre todavía no sabe cómo es, ¡y ya tiene un diente, y otro que le está saliendo, bendito sea!
Dos habitantes de la Monkshaven más próspera estaban un poco por delante de Molly y Sylvia; mientras estas se movían conforme a la petición de la joven madre, oyeron parte de la información que estos armadores habían recibido de los barqueros.
—Haynes dice que enviarán el manifiesto de la carga a tierra dentro de unos veinte minutos, en cuanto Fishburn les haya echado un vistazo a los toneles. Solo ocho ballenas, según lo que cuenta.
—Nadie puede saberlo —dijo el otro— hasta no tener el manifiesto en mano.
—Me temo que dice la verdad. Pero trae estupendas noticias del Buena Suerte. Está en el cabo de Saint Abb, y lleva unas quince ballenas.
—Veremos cuánta verdad hay en eso cuando llegue.
—Pues será pasado mañana.
—Ese es el barco de mi primo —le dijo Molly a Sylvia—. Es primer arponero en el Buena Suerte.
Un anciano la tocó mientras hablaba:
—Le pido disculpas, señorita, pero estoy completamente ciego; mi chico va a bordo del barco que está fondeado delante de la barra, y mi mujer está postrada en la cama. ¿Tardarán mucho en atracar? Porque si la cosa va para largo, daré media vuelta e iré a decirle algo a mi señora, que debe de estar hirviendo de preocupación ahora que sabe que su hijo está tan cerca. ¿Puedo atreverme a preguntarle si el agua ya ha llegado a la altura del Negro Encorvado?
Molly se puso de puntillas para intentar ver la piedra negra así denominada, pero Sylvia, encorvándose y escrutando entre los brazos de la gente que se movía, lo vio primero, y le dijo al ciego que el agua aún no había llegado a esa altura.
—Pues entonces —dijo el anciano—, iré a ver a mi mujer para apagarle el hervor. Aún hace falta mucha agua para cubrir esa piedra. Tengo tiempo de ir a casa y decirle a mi mujer que no se preocupe, pues lo estará, por mucho que yo le pida que esté tranquila, que no pierda la alegría.
—Será mejor que nos vayamos —dijo Molly cuando se abrió un claro entre la multitud para dejar pasar al anciano—. Aún hemos de vender los huevos y la mantequilla, y hay que comprar la capa.
—¡Bueno, supongo que tienes razón! —dijo Sylvia, con pesar; pues aunque durante todo el camino hasta Monkshaven no había tenido otra cosa en la cabeza que la compra de su capa, poseía esa naturaleza impresionable que se contagia de los sentimientos de quienes la rodean; y aunque no conocía a nadie a bordo del Resolución, estaba tan impaciente por verlo atracar en el puerto como todos los allí presentes que tenían a un ser querido a bordo.
De manera que se dio media vuelta a regañadientes para seguir a la más prudente Molly rumbo a la Cruz de la Mantequilla.
Era una escena hermosa, aunque demasiado habitual para los que la veían en aquel momento como para que pudieran distinguir su belleza. El sol estaba lo bastante bajo por el oeste como para teñir de dorado la neblina que llenaba el lejano valle del río. Por encima de este, a lo largo de las dos riberas del Dee, se extendían las alturas de los páramos, alzándose una tras otra; las más cercanas tenían un tono pardo rojizo, del matiz de un helecho que se marchita, y las más lejanas eran grises y pálidas en contraste con el vivo color del cielo otoñal. Las tejas rojas y acanaladas de las casas se alzaban en apiñada irregularidad a un lado del río, mientras que los barrios de más reciente construcción se disponían de manera más ordenada y menos pintoresca en el acantilado opuesto. El río mismo se hinchaba con la llegada de la inminente marea, y sus aguas agitadas se derramaban hasta los mismísimos pies de la multitud que se congregaba en los muelles, a medida que las grandes olas del mar los iban invadiendo cada vez más. La parte del embarcadero estaba desagradablemente adornada de relucientes escamas, pues las redadas de pescado se limpiaban al aire libre, y no existía ninguna instalación higiénica que se llevara los restos de la operación.
La fresca y salada brisa hacía subir la marea, que azotaba y batía la costa desde el mar azul que había más allá de la barra. Detrás de las dos chicas, cabeceaba el barco de velas blancas, como si poseyera vida propia y estuviera impaciente por levar anclas.
Qué ansiosa estaba aquella multitud de corazones que latían con fuerza; qué poco podían soportar el suspense aquellos que estaban en tierra, cosa que no era de extrañar si pensamos que durante seis largos meses había sido como si aquellos marineros estuvieran muertos, pues sus seres queridos no habían tenido noticia alguna de ellos; confinados en los terribles y temibles mares árticos, lejos de la ávida mirada de amadas y amigos, esposas y madres. Nadie sabía lo que podía haber ocurrido. El gentío que estaba en la orilla permanecía ahora callado y solemne ante el temor de las posibles noticias de muerte que la subida de la marea podía llevar a sus corazones. Los barcos balleneros se dirigían a los mares de Groenlandia llenos de hombres fuertes y optimistas; pero las embarcaciones nunca retornaban con toda su tripulación. En tierra, a lo largo de medio año mueren entre doscientos y trescientos hombres. ¿De quién eran los huesos que habían dejado ennegrecerse sobre los grises y terribles icebergs? ¿Quiénes yacían difuntos hasta que el mar entregara a sus muertos? ¿Quiénes eran los que jamás regresarían a Monkshaven?
En muchos corazones rebosaba un intenso y callado temor cuando el primer barco ballenero anclaba delante de la barra en su viaje de regreso.
Molly y Sylvia habían dejado la multitud sumida en un silencioso suspense. Pero a unos cincuenta metros del embarcadero pasaron junto a una media docena de muchachas de mejillas coloradas y descuidado atavío subidas a una pila de maderos, colocados allí para que se secaran y para utilizarlos luego en la construcción de algún barco, desde los cuales, como si se tratara de los peldaños de una escalera, podían dominar el puerto. Sus gestos era desenvueltos y descomedidos; se daban la mano y, balanceándose de un lado a otro y llevando el ritmo con el pie, cantaban:
A toda avanza la quilla, a toda avanza el mascarón,
¡y dentro va mi mozo, el muy bribón!
—¿Por qué os vais ahora? —les dijeron a Molly y a Sylvia—. ¡Atracarán dentro de quince minutos!
Y, sin esperar una respuesta que nunca llegó, retomaron su canción.
Había grupos de viejos marineros, demasiado orgullosos para demostrar interés por unas aventuras que ya no podían compartir, pero del todo incapaces de ponerse a charlar de otra cosa.
La ciudad estaba callada y desierta cuando Molly y Sylvia entraron en la oscura e irregular calle del Puente, y el mercado seguía tan abandonado como antes. Pero habían quitado todos los cestos y los taburetes de tres patas.
—El mercado se ha acabado por hoy —dijo Molly Corney, con sorpresa y decepción—. Lo mejor será que vendamos a los tenderos, ellos sí que sabrán regatear. No creo que madre se enfade.
Ella y Sylvia se fueron a la tienda de la esquina a reclamar sus cestos. El hombre les gastó una broma por su retraso.
—¡Vaya, vaya! ¡A las chicas que esperan a sus enamorados tanto les da el precio que obtengan por sus huevos y su mantequilla! ¡Creo que en ese barco va alguno que daría hasta un chelín por una libra de esta mantequilla si supiera quién la preparó! —Esto se lo dijo a Sylvia mientras le devolvía su propiedad.
Sylvia, que no albergaba ninguna fantasía, se sonrojó, puso un puchero, echó la cabeza hacia atrás y al despedirse del cojo apenas se dignó dirigirle una palabra de agradecimiento o cortesía; estaba en esa edad en que uno se ofende por cualquier chanza sobre el tema. Molly la aceptó sin negar nada y sin ofenderse. Más bien le gustaba la infundada idea de tener un enamorado, y le sorprendía bastante considerar lo infundado que era ese pensamiento. Si pudiera comprarse una capa nueva como la que iba a tener pronto Sylvia, entonces tendría alguna oportunidad. Pero hasta que le sobreviniera esa buena suerte, se rió y se sonrojó como si la conjetura de tener un enamorado no estuviera muy lejos de la verdad, y así le replicó al cojo algo del mismo talante que su broma acerca de la mantequilla.
—¡Y le hará falta, y aún más, para engrasarse la lengua, si es que pretende conseguir que sea su esposa!
Cuando hubieron salido de la tienda, Sylvia dijo, en tono engatusador:
—Molly, ¿de quién hablas? ¿De quién es esa lengua que hay que engrasar? ¡Puedes decírmelo, no se lo contaré a nadie!
Lo decía tan en serio que Molly se quedó de una pieza. No le apetecía decir que no se estaba refiriendo a nadie en particular, solo a algún posible pretendiente, de modo que se puso a pensar qué joven le había hablado con más cortesía; la lista no era muy larga, pues su padre no era lo bastante rico como para que alguien la quisiera por su dinero, y su cara era más bien del montón. Pero de pronto se acordó de su primo, el primer arponero, que antes de irse embarcado la última vez le regaló dos conchas grandes y recibió un beso de los labios —un tanto reticentes— de ella. De modo que esbozó una sonrisa y dijo:
—¡No sé! No es bueno hablar de estas cosas antes de haberse decidido. Si veo que Charley Kinraid sabe comportarse, a lo mejor me digno escucharle.
—¡Charley Kinraid! ¿Quién es?
—Ese primo mío que es primer arponero, te lo he mencionado antes.
—¿Y cree que estás interesada en él? —preguntó Sylvia en voz baja, como si abordara un gran misterio.
Molly solo le respondió:
—No digas nada.
Y Sylvia no pudo averiguar si había cortado la conversación en seco porque estaba ofendida o porque habían llegado a la tienda donde llevaban a vender los huevos.
—Y ahora, Sylvia, si me dejas el cesto, conseguiré el mejor precio que pueda; y tú te puedes ir a elegir tu estupenda capa nueva antes de que oscurezca. ¿A qué tienda piensas dirigirte?
—Madre dijo que mejor que fuera a Foster’s —respondió Sylvia con una sombra de irritación en la cara—. Papá dijo que le daba igual.
—Foster’s es el mejor sitio, luego siempre puedes ir a cualquier otra. Estaré en Foster’s dentro de cinco minutos, pues me temo que deberíamos apresurarnos un poco. Deben de ser cerca de las cinco.
Sylvia inclinó la cabeza y se la vio muy
