Agazapados en las entrañas verde neón de un mercado de marisco en Chinatown, al final de un pasillo flanqueado de acuarios rebosantes de cangrejos, nos escondíamos en la bolsa de oscuridad que la devoradora de luz había creado, vigilados por miles de ojos alienígenas. Los pistoleros de Leo estaban cerca, y enfadados. Oímos gritos y ruido de cristales rotos cuando destrozaron el mercado a su paso, decididos a dar con nosotros.
—Por favor —oí llorar a una anciana—. No he visto a nadie…
Comprendimos demasiado tarde que nos habíamos escondido en un pasillo sin salida y ahora estábamos atrapados en nuestro pequeño resquicio, pegados a una cañería entre montones de crustáceos condenados a muerte, cuyos depósitos se apilaban en inestables torres de diez pisos, casi hasta el techo. Como contrapunto a los golpes y los gritos, por debajo de nuestras respiraciones entrecortadas de puro miedo, sonaban los incansables golpeteos de las pinzas de cangrejo contra el cristal como una desacompasada orquesta de máquinas de escribir escacharradas que me estaba taladrando el cráneo.
El ruido, por lo menos, enmascararía nuestras respiraciones. Tal vez bastara con eso, si Noor lograba sostener su oscuridad sobrenatural y si los hombres de andares pesados cuyos pasos resonaban cada vez más cerca no se detenían a observar el tembloroso vacío de contornos cambiantes que nos envolvía. Era como una ausencia en el espacio, una perturbación distinguible si la mirabas con atención. Noor la había creado desplazando la mano a nuestro alrededor con el fin de dibujar sombras según la luz se compactaba en la yema de sus dedos como glaseado fosforescente de un pastel. Se llevó la luz a la boca, donde resplandeció a través de sus carrillos y le iluminó el cuello al descender por su garganta… hasta que se la tragó.
Los matones de Leo la buscaban a ella, pero estarían encantados de capturarme a mí también, aunque solo fuera para descerrajarme un tiro. A estas alturas ya habrían encontrado el cadáver de H, que yacía muerto en su casa con los ojos arrancados por su propio espíritu hueco. Hacía un rato, H y el hueco habían rescatado a Noor del bucle temporal de Leo y, en el rifirrafe, habían herido a unos cuantos de sus hombres. El hecho no era tan grave en sí mismo. Lo imperdonable para Leo Burnham, cabecilla peculiar del clan de los Cinco Distritos, era la humillación. Le habían robado una fiera que consideraba suya en su propia casa, el centro neurálgico de un imperio peculiar que abarcaba gran parte de la Costa Este de los Estados Unidos. Si descubrían que yo estaba ayudando a Noor sería eso, más que nada, lo que determinaría mi condena a muerte.
Los hombres de Leo se estaban acercando y el volumen de sus gritos aumentaba por momentos. Noor no dejaba de reajustar su zona de oscuridad, reforzando los contornos con el índice y el pulgar cuando empezaba a difuminarse y rellenando la parte interior si se filtraba algo de luz.
Me habría gustado ver la cara de Noor, tener la oportunidad de interpretar su expresión. Quería saber qué estaba pensando, cómo llevaba la situación. Me costaba entender cómo alguien tan nuevo en este mundo era capaz de afrontar pruebas tan terribles sin desmoronarse. A lo largo de los días pasados la habían perseguido normales con helicópteros y dardos tranquilizantes, la había secuestrado una hipnotizadora peculiar que pretendía venderla en una subasta y, si bien escapó, acabó siendo capturada por la banda de Leo Burnham. Tras eso, Noor pasó varios días encerrada en una celda del cuartel general de Leo, fue rociada con polvo de sueño mientras escapaba con H y, al despertar, encontró a su rescatador muerto en el suelo. El impacto de ese descubrimiento fue tan tremendo que brotó de su interior un misil de luz concentrada potente como una explosión nuclear (y que, por cierto, por poco me arranca la cabeza).
Cuando se recuperó de la impresión, le conté una parte de lo que H me había revelado antes de exhalar su último aliento: existía un último cazador de huecos, una mujer llamada V, capaz de proteger a Noor y debía llevarla con ella. Las únicas pistas de su paradero eran un fragmento de mapa hallado en la caja fuerte de H y las instrucciones cifradas que el siniestro espíritu hueco de H, Horatio, nos había proporcionado.
Sin embargo, todavía no le había explicado a Noor los motivos por los que H se había esforzado tanto en ayudarla, nos había reclutado a mis amigos y a mí para su causa y, al final, había dado la vida para rescatarla de Leo. No le había hablado de la profecía. Apenas habíamos tenido tiempo para charlas, por cuanto llevábamos huyendo para no morir desde que oyéramos a los hombres de Leo en el rellano del piso de H. Pero había otra razón para mi silencio: teniendo en cuenta todo lo que Noor estaba descubriendo últimamente, temía que fuera demasiada información de una vez.
Una de los siete cuya llegada fue anunciada… Están destinados a liberar el reino peculiar… Su nacimiento presagia el comienzo de una nueva era. Una muy peligrosa… Parecían los delirios de un iluminado chiflado. El mundo peculiar había desafiado una y otra vez las tragaderas de Noor (por no hablar de su cordura) y me preocupaba que saliera por piernas si le hablaba de la profecía. Cualquier persona normal habría huido espantada hace tiempo.
No obstante, Noor Pradesh era cualquier cosa menos normal. Era peculiar. Y, por encima de todo, tenía un temple de acero.
En ese momento me acercó la cabeza y susurró:
—Entonces, cuando salgamos de aquí…, ¿qué plan tenemos? ¿A dónde vamos?
—Tenemos que marcharnos de Nueva York —le dije.
Guardó silencio. A continuación:
—¿Marcharnos? ¿Cómo?
—No lo sé. ¿En tren? ¿En autobús?
Yo todavía no lo tenía pensado.
—Ah —respondió ella con un amago de decepción en la voz—. ¿No podrías, no sé, teletransportarnos con magia? ¿Usando un portal temporal de esos que tú conoces?
—La cosa no funciona así. Bueno, supongo que a veces sí —rectifiqué, pensando en los portales del panbucleticón—, pero tenemos que encontrar uno.
—¿Y qué pasa con tus amigos? ¿No tienes a… alguien a quien recurrir?
La pregunta me encogió el corazón.
—Ni siquiera saben que estoy aquí.
Y aunque lo supieran…, pensé al momento.
Noté que mi respuesta la desanimaba.
—No te preocupes —la tranquilicé—. Ya se me ocurrirá algo.
En cualquier otro momento el plan habría sido sencillo: acudir en busca de mis amigos. Habría dado cualquier cosa por poder hacerlo ahora mismo. Ellos sabrían qué hacer. Me habían apoyado sin reservas desde mi llegada al mundo peculiar y sin ellos me sentía como un barco a la deriva. No obstante, H había mostrado una gran insistencia en que mantuviera a Noor alejada de las ymbrynes y, en cualquier caso, tampoco estaba seguro de seguir teniendo amigos, o por lo menos no tan incondicionales como antes. Lo que H había hecho, y lo que yo estaba haciendo ahora mismo, destruiría seguramente cualquier posibilidad de que las ymbrynes restauraran la paz entre los clanes. Y era muy probable que hubiera dañado de manera irreparable la confianza que mis amigos habían depositado en mí.
Así que estábamos solos. Y en esa situación el plan era sencillo, pero tosco a más no poder: correr mucho, pensar deprisa, cruzar los dedos.
¿Y si no éramos lo bastante rápidos? ¿O la suerte no estaba de nuestro lado? En ese caso nunca tendría ocasión de hablarle a Noor de la profecía. Y ella pasaría el resto de su vida, por larga o corta que fuese, sin saber por qué la perseguían.
Oí un estrépito a poca distancia y más gritos de los sicarios de Leo. No tardarían nada en llegar a la altura de nuestro escondrijo.
—Tengo que contarte una cosa —susurré.
—¿No puede esperar?
Yo había escogido el peor momento posible. Pero quizá fuese el único.
—Tienes que saberlo. Por si tenemos que separarnos o… pasa algo.
—Vale —suspiró—. Cuenta.
—Te va a parecer de locos, así que antes de que lo oigas ten en cuenta que ya sé lo que parece. Antes de morir, H me habló de una profecía.
En las inmediaciones, un hombre intercambiaba exabruptos con los esbirros, él en cantonés, ellos en inglés. Oímos un bofetón, un grito, una amenaza ahogada. Noor y yo nos miramos angustiados.
—¡Allí detrás! —gritó uno de los sicarios.
—Se refiere a ti —proseguí. Mis labios casi rozaban su oreja.
Ahora Noor estaba temblando. Los contornos de la oscuridad fluctuaban también a nuestro alrededor.
—Adelante —musitó ella.
Los hombres de Leo doblaron la esquina del callejón. No había tiempo para seguir hablando.
* * *
Los sicarios avanzaban por el pasaje hacia nosotros, arrastrando consigo a un pobre vendedor. Los haces de las linternas bailaban por las paredes, refractados por los acuarios de los cangrejos. Yo no me atrevía a levantar la cabeza por miedo a traspasar los confines de la oscuridad creada por Noor. Tensé los músculos y me mentalicé para enzarzarme en una lucha sumamente desigual.
Y entonces, a mitad de camino, se detuvieron.
—Aquí no hay nada más que acuarios de cangrejos —gruñó un hombre.
—¿Quién la acompañaba? —preguntó otro.
—Un chico, me parece, no lo tengo muy claro…
Se dejó oír un segundo bofetón y el vendedor gimió de dolor.
—Suéltalo, Bowers. No sabe nada.
Empujaron al hombre de mala manera. Cayó a trompicones, se levantó y salió corriendo.
—Ya hemos perdido demasiado tiempo aquí —gruñó el primer pistolero—. Seguro que la chica se ha marchado hace rato. Junto con los pirados que se la llevaron.
—¿Creéis que habrán encontrado el portal al bucle de Fung Wah? —preguntó un tercero.
—Es posible —asintió el primer hombre—. Enviaré a Melnitz y a Jacobs a comprobarlo. Bowers, revisa a fondo esta zona.
Conté las voces. Eran cuatro, puede que cinco. El tal Bowers pasó por delante de nosotros y vi su pistolera, que le colgaba a la altura de nuestros ojos. Alcé la vista sin mover la cabeza. Era un tipo fornido enfundado en un traje oscuro.
—Leo nos matará si no la encontramos —masculló Bowers.
—Al menos le llevaremos un wight muerto —alegó el segundo hombre—. De algo servirá.
Mi cuerpo se tensó de la sorpresa y noté un cosquilleo en los oídos. ¿Un wight muerto?
—Pero si ya estaba muerto cuando lo encontramos —señaló Bowers.
—Leo no tiene por qué enterarse —replicó el primero entre risas.
—Habría dado cualquier cosa por liquidarlo yo mismo —suspiró Bowers.
Llegó al fondo del callejón, situado a nuestra derecha, antes de dar media vuelta para avanzar de nuevo hacia nosotros. El haz de su linterna resbaló sobre la mancha oscura de Noor e iluminó un acuario situado junto a mi cabeza.
—Le puedes propinar una buena patada al cadáver, si te hace ilusión —sugirió el tercer matón.
—No… Aunque no me importaría atizarle un puntapié a esa chica —gruñó Bowers—. O hacerle algo peor. —Echó a andar hacia los demás—. ¿Visteis cómo ayudaba al wight?
—No es más que una fiera. No sabe lo que le conviene, todavía —respondió el primer hombre.
—Una fiera, tú lo has dicho —dijo el segundo sicario—. No entiendo por qué tenemos que tomarnos tantas molestias por ella. ¿Únicamente por sumar un peculiar más a nuestro clan?
—Porque Leo no perdona ni olvida —replicó el primero.
Noté que Noor se revolvía a mi lado e inspiraba profundamente para tranquilizarse.
—Dejadme un ratito a solas con ella —rezongó Bowers—. Ya os enseñaré yo lo que tiene de especial.
Se detuvo a nuestra altura y giró despacio en redondo al mismo tiempo que iluminaba las paredes y el suelo con la linterna. Mis ojos se posaron en su pistolera. El haz de luz atravesó el acuario de nuestra izquierda hasta detenerse directamente sobre nosotros. Incapaz de penetrar la oscuridad de Noor, el rayo se interrumpía a pocos centímetros de nuestras narices.
Contuve el aliento mientras cruzaba los dedos para que ni un pelo asomara de nuestro refugio de oscuridad. Bowers torció el gesto, como si hubiera notado algo extraño.
—¡Bowers! —gritó alguien al fondo del callejón.
El hombre se volvió a mirar, pero no desplazó la linterna.
—Reúnete aquí fuera con nosotros cuando hayas terminado. Cuando terminemos de echar un vistazo al bucle de Fung, inspeccionaremos un perímetro de tres manzanas.
—¡Y pilla un par de cangrejos bien gordos! —gritó el primer hombre—. Llevaremos algo de cena. Puede que eso mejore el humor de Leo.
El haz de la linterna enfocó el tanque de nuevo.
—No entiendo cómo la gente se puede comer estas cosas —gruñó Bowers para sí—. Son como arañas marinas.
Los demás se marcharon y nos quedamos a solas con el esbirro. Plantado a cosa de metro y medio, miraba el tanque de cangrejos con una mueca de asco en la cara. Bowers se despojó de la chaqueta y empezó a arremangarse. No teníamos que hacer nada más que esperar y en pocos minutos…
Noor se agarró a mi brazo. Estaba temblando.
Al principio pensé que se estaba desmoronando a causa de la tensión, pero escuché una rápida sucesión de inhalaciones y comprendí lo que estaba pasando: intentaba no estornudar.
Por favor, articulé con los labios, aun sabiendo que no me veía. No.
El hombre hundió la mano con cautela en el acuario que tenía más cerca. Sus dedos regordetes tanteaban en busca de un cangrejo mientras él hacía esfuerzos por no vomitar.
Noor se quedó rígida. Oía el rechinar de sus dientes según intentaba contener el estornudo.
El hombre gritó y retiró la mano del tanque a toda prisa. Lanzó una maldición al mismo tiempo que agitaba la mano en el aire como un poseso, pero no conseguía librarse del grueso cangrejo azul que se le agarraba con fuerza a un dedo.
Y entonces Noor se incorporó de sopetón.
—Eh —gritó—. Gilipuertas.
El hombre se volvió a mirarnos. Antes de que pudiera articular palabra, ella estornudó.
Fue un estornudo explosivo. Toda la luz que se había tragado salió proyectada en forma de un rocío verde fosforescente que salpicó el suelo y la pared de enfrente y envolvió la cara del hombre en una bola de luz. El resplandor no era tan intenso como para lastimarlo y mucho menos para provocarle quemaduras, solo lo suficiente para dejarlo un momento aturdido mientras su boca dibujaba una O de perplejidad con forma de huevo.
La pequeña bolsa de oscuridad en la que estábamos escondidos desapareció al instante. El hombre gritó y, por un momento, nos quedamos los tres pasmados, como paralizados por un hechizo. Yo acuclillado en el suelo; Noor de pie a mi lado, tapándose la nariz y la boca con la mano; Bowers con el brazo levantado y el revoltoso cangrejo todavía colgando del dedo. Cuando me incorporé a toda prisa, el hechizo se rompió. El esbirro corrió a cortarnos el paso al mismo tiempo que se llevaba la mano libre al revólver.
Arremetí contra él antes de que pudiera usarlo. Cayó de espaldas y yo me abalancé encima de él. Forcejeamos para agarrar la pistola. Un codo me golpeó la frente y un dolor agudo me recorrió de la cabeza a los pies. Noor se acercó por detrás y le atizó en el brazo con una barra metálica que había encontrado. El matón apenas si parpadeó. Apoyando las dos manos contra mi pecho, me empujó a un lado.
Corrí hacia Noor para alejarla del matón. Mientras yo la empujaba, el sicario consiguió hacer dos disparos. El estrépito fue brutal, no tanto restallidos como explosiones sónicas. El primer disparo rebotó en la pared. El segundo hizo trizas el acuario que él tenía justo al lado. Estaba de una pieza y, en un abrir y cerrar de ojos, había estallado en pedazos. Los cangrejos, el agua y el cristal roto se derramaban por doquier mientras los numerosos acuarios que se amontonaban sobre el recipiente roto empezaban a volcarse y a resbalar por el pasaje. El que ocupaba el puesto más alto se estrelló contra la columna de enfrente y los demás se hicieron añicos por encima de Bowers. Debían de contener cientos de litros cada uno y pesar un quintal entre todos, porque en menos de tres segundos el hombre estaba aplastado y medio ahogado. Mientras tanto, una serie de choques en cadena precipitó al suelo casi todos los acuarios del pasillo entre tremendas explosiones de ruido y cristal. Las rupturas no solo liberaron a los crustáceos prisioneros, sino que crearon una gran ola de agua fétida que arrasó el callejón y nos derribó a los dos.
Tosimos y escupimos aquel líquido repugnante. Miré a Bowers y me encogí horrorizado. Tenía la cara hecha trizas, iluminada por un fulgor verde, y su cuerpo cubierto de cangrejos que en movimiento parecía animado, aunque estaba muerto en realidad. Di media vuelta a toda prisa y me abrí paso por el estropicio hacia Noor, que se había deslizado pasillo abajo.
—¿Te encuentras bien? —le pregunté. La ayudé a levantarse y comprobé que no tuviera heridas.
Ella se examinó la piel a la luz tenue del callejón.
—Tengo los brazos y las piernas en su sitio. ¿Tú?
—Igual —respondí—. Será mejor que nos marchemos. Los otros sicarios no tardarán en llegar.
—Sí, el ruido se habrá escuchado hasta Nueva Jersey.
Entrelazamos los brazos para no perder el equilibrio y nos apresuramos hacia la otra punta del callejón, donde un neón con forma de cangrejo zumbaba y parpadeaba.
Apenas habíamos recorrido tres metros cuando oímos unos fuertes pisotones que corrían hacia la entrada del pasillo.
Nos quedamos petrificados. Dos personas, puede que más, se acercaban a la carrera. Estaba claro que nos habían oído.
—¡Corramos! —propuso Noor a la vez que tiraba de mí hacia delante.
—No… —Me detuve y planté los pies en el suelo con firmeza—. Están demasiado cerca. —El pasaje era largo y estaba sembrado de acuarios rotos; no tendríamos tiempo de llegar al final—. Hay que volver a esconderse.
—Hay que luchar —replicó ella al tiempo que reunía la poca luz que pudo encontrar.
Ese había sido también mi primer impulso, pero sabía que no saldríamos bien parados.
—Si luchamos nos dispararán y no puedo dejar que te hieran. Me entregaré y les diré que has salido huyendo hacia otra parte.
Ella sacudía la cabeza con vehemencia.
—Y un cuerno. —Aun en la oscuridad, advertí el destello de sus ojos. Dejó que se disipara la pequeña bola de luz que había acumulado y recogió del suelo dos fragmentos de cristal alargados—. O luchamos juntos o nada.
Solté un suspiro de frustración.
—Pues luchamos.
Nos acuclillamos sujetando los cristales como si fueran cuchillos. Los pasos se oían ahora con absoluta claridad. Estaban tan cerca que alcanzábamos a escuchar las pesadas respiraciones de las personas que se acercaban corriendo.
Y entonces doblaron la esquina.
Al fondo del pasillo una silueta se recortó contra el neón. Era una figura rechoncha, de hombros anchos, que me resultaba familiar, aunque no supe ubicarla de inmediato.
—¿Míster Jacob? —preguntó una voz que conocía bien—. ¿Es usted?
Un trémulo rayo de luz le iluminó la cara. Su mandíbula fuerte y cuadrada, los ojos cálidos. Por un instante pensé que debía de estar soñando.
—¿Bronwyn? —pregunté, casi a voz en cuello.
—¡Eres tú! —exclamó ella, al mismo tiempo que una gran sonrisa se extendía por su cara. Corrió hacia mí esquivando los cristales rotos y yo solté mi cuchillo improvisado junto antes de que Bronwyn me envolviera en un abrazo tan efusivo que me dejó sin aliento.
—¿Esta es la señorita Noor? —preguntó por encima de mi hombro.
—Hola —saludó Noor, que no entendía nada.
—¡Eso significa que lo has conseguido! —exclamó Bronwyn—. ¡Cuánto me alegro!
—¿Qué haces aquí? —atiné a preguntar en tono chillón.
—¡Podríamos preguntarte lo mismo! —respondió otra voz conocida y, cuando Bronwyn me soltó, vi a Hugh acercarse hacia nosotros—. Porras, ¿qué ha pasado aquí?
Primero Bronwyn, ahora Hugh. La cabeza me daba vueltas.
Mi amiga me trajo de vuelta a la realidad.
—Eso da igual. ¡Está sano y salvo, Hugh! Y aquí está la señorita Noor.
—Hola —repitió ella. Y luego, a toda prisa—. Veréis, hay como cuatro tipos armados que nos están persiguiendo…
—He aporreado a dos en la cabeza —respondió Bronwyn al tiempo que enseñaba dos dedos.
—Y yo he ahuyentado a otros dos con mis abejas —añadió Hugh.
—Vendrán más —advertí yo.
Bronwyn recogió del suelo una barra de metal que parecía muy pesada.
—Pues no perdamos tiempo, ¿no os parece?
* * *
Si bien el mercado de marisco subterráneo era un intrincado laberinto, nos abrimos paso por sus recovecos y revueltas lo mejor que pudimos, cada pareja tratando de recordar por dónde había entrado y cuál de los muchos ideogramas chinos que nos rodeaban significaba salida. El lugar era enorme y angosto al mismo tiempo, atestado de mesas, cajones separados por lonas colgantes y precarias instalaciones eléctricas que se columpiaban en lo alto como peligrosos nidos de cables y lámparas. El mercado estaba muy concurrido hacía un momento, pero los muchachos de Leo lo habían despejado en un periquete.
—¡No os quedéis atrás! —gritó Bronwyn por encima del hombro.
Siguiendo sus pasos, nos deslizamos por debajo de una mesa cubierta de inquietos pulpos vivos y corrimos tras ella por un pasillo de pescado expuesto en cajas que emanaban vapor de hielo seco. Al girar a la izquierda en la intersección con otro pasaje, vimos a dos de los sicarios de Leo, uno despatarrado en el suelo y el otro acuclillado a su lado, intentando despabilarlo con suaves cachetes en la cara. Bronwyn no redujo el paso y el hombre alzó la vista sorprendido justo cuando ella le atizaba una patada en toda la cabeza al pasar que lo tumbó al lado de su compañero.
—¡Cuánto lo siento! —gritó Bronwyn mirando hacia atrás.
Unos gritos se dejaron oír a cierta distancia. Otros dos esbirros de Leo nos habían avistado y ahora corrían hacia nosotros. Doblamos una esquina a la carrera y subimos una estrecha escalera como alma que lleva el diablo antes de cruzar una puerta y salir al exterior. La luz del sol nos cegó durante un instante tras la penumbra del mercado subterráneo. Estábamos de sopetón en plena hora punta de una transitada calle del presente. Coches, peatones y vendedores ambulantes se desplazaban raudos por todas partes como en un atolondrado baile.
Escapar con discreción en mitad de una muchedumbre es todo un arte. No es tarea nada fácil huir de alguien dispuesto a matarte sin atraer las miradas y fingiendo que no andas metido en nada más peligroso que un poco de ejercicio vespertino, sobre todo cuando dos de las personas que huyen están empapadas de la cabeza a los pies, otras dos están vestidas con ropa del siglo XIX y las cuatro van por ahí mirando por encima del hombro y a cada sombra con aprensión. Por lo visto no lo estábamos haciendo demasiado bien, porque despertábamos más curiosidad de la que habrían debido suscitar dos adolescentes disfrazados y otros dos calados hasta los huesos, especialmente en Nueva York, donde hay gente rara a patadas.
Caminábamos sin detenernos siquiera para cruzar las calles, haciendo caso omiso de los semáforos en rojo y de las señales de PROHIBIDO EL PASO A LOS PEATONES. Unas veces avanzábamos junto a la acera hasta encontrar un hueco entre el tráfico, otras cruzábamos a la desesperada, dejando que los coches pitaran y nos esquivaran porque casi preferíamos que nos atropellaran a ser arrastrados de vuelta al bucle de Leo. Sus esbirros nos perseguían como un resfriado mal curado, sin dar tregua por las destartaladas calles de Chinatown ni por las calles del turístico barrio italiano, y, cuando quedamos atrapados en la mediana de la concurrida Houston Street, estuvieron a punto de darnos caza. Los distinguíamos a la legua gracias a sus trajes anticuados. Por fin, justo cuando empezaba a dudar que pudiera seguir corriendo mucho más rato, Noor apuró el paso para alcanzar a Bronwyn y la obligó a doblar una esquina. Hugh y yo hicimos lo propio y poco después Noor arrastró a nuestra amiga de nuevo hacia un lado, esta vez a través de la puerta de una tienda cualquiera. Era un pequeño colmado que vendía cerveza, legumbres y productos secos.
Mientras el dueño nos increpaba a voz en grito, dos de los hombres de Leo pasaron por delante de la tienda sin detenerse. Noor ya nos estaba empujando por un estrecho pasillo hasta la puerta del almacén, donde dejamos atrás a un sorprendido empleado que hacía un descanso para fumar y cruzamos una segunda puerta, batiente y de metal, que daba al callejón de las basuras.
De momento habíamos despistado a nuestros perseguidores, o eso parecía, y nos concedimos un momento para recuperar el aliento. Bronwyn apenas sudaba, pero Noor, Hugh y yo estábamos destrozados.
—Buenos reflejos —le dijo Bronwyn a Noor, impresionada.
—Sí —coincidió Hugh—. Bien hecho.
—Gracias —dijo Noor—. No soy nueva en esta plaza.
—Deberíamos quedarnos aquí un rato —sugirió Hugh entre resuello y resuello—. Esperemos unos minutos para que piensen que nos han perdido y luego salimos.
—No me habéis dicho adónde vamos, ¿verdad? —insinué.
—A mí también me encantaría saberlo —asintió Noor, enarcando una ceja.
—De vuelta al Acre —fue la respuesta de Hugh—. El portal más cercano no es el más agradable del mundo, que digamos, pero no está lejos de aquí…
Yo no podía despegar los ojos de mis amigos. Y pensar que hacía solamente un rato una parte de mí temía no volver a verlos nunca o que se comportasen como si no me conocieran de nada si acaso nos reencontrábamos…
Sin previo aviso, Hugh me propinó un puñetazo en el brazo.
—¡Ay! ¿A qué ha venido eso?
—¿Por qué no nos dijiste que te marchabas a emprender una estúpida misión de rescate?
Noor nos miraba boquiabierta.
—Lo intenté —repliqué.
—Pues no te esforzaste mucho —me reprochó Bronwyn.
—¿Ah, no? Os lancé unas cuantas indirectas —insistí a la defensiva—. Y me dejasteis muy claro que no queríais ayudarme.
Hugh parecía a punto de volver a atizarme.
—¡Puede que no, pero lo habríamos hecho igualmente!
—De haber sabido lo que te proponías hacer, nunca te habríamos dejado intentarlo por tu cuenta y riesgo —declaró Bronwyn, que parecía enfadada conmigo por primera vez—. ¡Nos preocupamos muchísimo cuando descubrimos que no estabas! —Se volvió a mirar a Noor y negó con la cabeza—. Ayer mismo este chiflado estaba convaleciente en la cama. ¡Pensamos que te habían secuestrado en plena noche!
—Si os digo la verdad, no tenía nada claro que os molestase perderme de vista —confesé.
—¡Jacob! —Bronwyn me miró con unos ojos como platos—. ¿Después de todo lo que hemos vivido juntos? Eso duele.
—Ya te dije que era un picajoso. —Hugh sacudió la cabeza—. Colega, confía un poco en tus amigos, por el amor de los pájaros.
—Lo siento —respondí arrepentido.
—No me lo puedo creer, en serio.
Noor se inclinó hacia mí para susurrarme:
—Conque no tenías amigos, ¿eh?
—No sé qué decir. —Las emociones me inundaban hasta tal punto que de repente no quedaba sitio para las palabras en mi cerebro—. Me alegro mucho de veros, chicos.
—Y nosotros de verte a ti —dijo Bronwyn. Me abrazó de nuevo y esta vez Hugh se nos unió.
En ese momento sonó un disparo procedente de un extremo del callejón. Todos dimos un respingo y, al romper el abrazo, descubrimos a dos hombres vestidos de traje que se acercaban corriendo.
Vaya, y nosotros que creíamos habernos librado de ellos…
—Seguidme —ordenó Noor—. Los despistaremos en el metro.
* * *
Bajé las escaleras de tres en tres. Hugh se deslizó por la barandilla metálica. En el atestado vestíbulo, nos abrimos paso a empellones entre la maraña de viajeros típica de la hora punta. Noor se preparó para saltar el torniquete, no sin antes volverse para gritar:
—¡Haced lo mismo que yo!
Saltó y los demás la imitamos.
Llegamos al andén y lo atravesamos como el rayo. Mirando hacia atrás, comprobé que los esbirros de Leo todavía nos perseguían, si bien a cierta distancia. Noor se detuvo, plantó una mano en el suelo para saltar a las vías y nos ordenó que la siguiéramos. Gritó asimismo algo de llevar cuidado con la tercera vía, pero el anuncio que empezó a sonar en los altavoces del andén ahogó su voz.
No tuvimos más remedio que seguirla.
—¿Queréis que os atropellen o qué? —nos gritó alguien. Personalmente pensé que tenía razón, aunque ahora mismo eso me parecía preferible a la alternativa.
Nos apresurábamos entre los cuatro grupos de vías, trastabillando sobre huecos invisibles y oscuros raíles, cuando comprendí que Noor debía de haber hecho esto mismo otras veces. Saltaba a la vista que conocía la ciudad como la palma de su mano y pensé que alguien tan difícil de atrapar debía de tener mucha experiencia en huidas. Me pregunté por qué motivo y de quién habría escapado. Oyendo el tren que se acercaba, ansié con toda el alma tener la oportunidad de preguntárselo en el futuro.
El tren estaba demasiado cerca para mi gusto cuando Hugh y yo cruzamos el último par de vías zarandeados por la corriente del aire y el estrépito. Por suerte, Bronwyn y Noor nos ayudaron a trepar al andén de enfrente instantes antes de que el primer vagón pasara tronando por nuestro lado con los frenos chirriando como una criatura infernal.
Un instante después, los vagones descargaron a los pasajeros. De sopetón tuve la sensación de que había miles de personas en el andén, pero logramos subir a bordo a pesar de todo. Nos acuclillamos para no ser vistos en un vagón casi vacío y por fin las puertas se cerraron.
—Porras —dijo Bronwyn con aire súbitamente preocupado—. Espero que este tren vaya en la dirección correcta…
Noor preguntó adónde nos dirigíamos y Bronwyn se lo dijo. La otra enarcó las cejas.
—Pues qué suerte —observó—. Es la próxima estación.
La miré asombrado. De los cuatro, ella era la que menos información tenía acerca de lo que estaba pasando y pese a todo su seguridad y la tranquilidad que emanaba ya la habían colocado al mando.
Los altavoces anunciaron la salida y al momento abandonamos la estación.
—¿Cómo me habéis encontrado? —les pregunté a Bronwyn y a Hugh.
—Emma adivinó lo que te proponías. Como nos habías hablado tanto de ella… —Hugh señaló a Noor con un gesto de la cabeza—. Encantado de conocerte, por cierto. Soy Hugh…
Alargó la mano para estrechar la de Noor.
—Una vez que dedujimos dónde estabas, solo era cuestión de encontrarte —prosiguió Bronwyn—. Ah, y un perro nos ayudó. ¿Te acuerdas de Addison?
Asentí.
—Los secuaces de Sharon, allá en el panbucleticón, rastrearon tu trayecto hasta Nueva York y el hocico de Addison nos condujo al mercado —dijo Hugh—, pero fue incapaz de llegar más lejos.
Bendito animal, pensé. Había perdido la cuenta de todas las veces que había arriesgado la vida por nosotros.
—A partir de ahí fue muy fácil dar contigo —explicó Bronwyn—. Solo tuvimos que seguir los gritos.
—¿Os pidió miss Peregrine que fuerais a buscarme? —quise saber.
—No —respondió Hugh—. No sabe que estamos aquí.
—A estas alturas, seguro que ya lo sabe —apostilló Bronwyn—. Tiene un don especial para saberlo todo.
—Pensamos que si nos marchábamos más de dos llamaríamos demasiado la atención.
—Lo echamos a suertes —explicó Bronwyn— y ganamos Hugh y yo. —Miró a nuestro amigo—. ¿Crees que miss P se enfadará con nosotros por haber venido?
Hugh asintió con vehemencia.
—Se pondrá furiosa. Aunque también se sentirá orgullosa. Suponiendo que lleguemos a casa de una pieza.
—¿A casa? —preguntó Noor—. ¿Y eso dónde está?
—Es un bucle situado en Londres a finales del siglo XIX. Se llama el «Acre del Diablo» —respondió Hugh—. Bueno, ahora mismo es lo más parecido a un hogar que tenemos.
Noor frunció el entrecejo.
—Qué nombre más… acogedor.
—No es ninguna maravilla, pero tiene su encanto. Mejor que vivir a salto de mata, desde luego.
Noor no parecía convencida.
—¿Y allí solo viven personas como vosotros?
—Y como tú —le recordé.
No reaccionó o intentó no hacerlo, pero advertí un amago de emoción en el fondo de sus ojos. Tal vez una idea estaba empezando a calar en su mente. Nosotros.
—Allí estarás a salvo —prometió Bronwyn—. Sin hombres armados que te persigan… ni helicópteros.
Estaba a punto de asentir cuando recordé la advertencia de H sobre las ymbrynes, así como mi última conversación con miss Peregrine, cuando me dijo que se debían hacer sacrificios en aras de un bien mayor. Uno de esos sacrificios era la propia Noor.
—¿Y qué pasa con las instrucciones que nos dio H? —me preguntó Noor.
Había bajado la voz una pizca, pues no sabía si Bronwyn y Hugh estaban al tanto del asunto o si debían estarlo.
—¿Qué instrucciones? —preguntó Hugh.
Le relaté lo sucedido.
—Antes de morir, H me contó algunas cosas acerca de Noor y las personas que intentan capturarla. Me pidió que buscáramos a una mujer llamada V y me aseguró que ella nos proporcionaría información importante.
—¿V? ¿No es la cazahuecos que entrenó tu abuelo? —preguntó Bronwyn.
Ella estaba en el bucle de los intuitivos cuando el nombre de V salió a colación por primera vez. Por supuesto que lo recordaba.
—La misma —respondí—. Y H, mejor dicho, su espíritu hueco nos enseñó un mapa y nos dio indicaciones para encontrarla.
—¿H tenía un espíritu hueco? —musitó Bronwyn impresionada.
Yo extraje el fragmento de mapa de mi bolsillo y se lo enseñé.
—Resulta que ya no era un hueco. Se estaba transformando en otra cosa.
—¿En un wight? —dijo Hugh—. En eso se transforman los huecos, ¿no?
Noor me miró desconcertada.
—¿No dijiste que los wights son nuestros enemigos?
—Lo son —asentí—. Pero H era amigo de ese hueco en concreto…
—Esta historia se está volviendo cada vez más surrealista —se desesperó Noor.
—Ya lo sé. Y por eso creo que deberíamos acompañarlos al Acre del Diablo —respondí—. Necesitamos ayuda y todos los peculiares que conozco y en los que confío están allí.
La cuestión de si volverían a confiar en mí o estarían dispuestos a ayudarnos después de todos los problemas que había causado era otro cantar. En cualquier caso, tenía que intentarlo. Necesitaba a mis amigos. A la porra las advertencias de H.
Si miss Peregrine de verdad era capaz de enviar a la chica que acabábamos de rescatar de vuelta a manos de sus captores por razones políticas, o por la razón que fuera, entonces no era la persona que yo creía conocer. Y, si no podía mantener a Noor a salvo de los peligros en un bucle lleno de amigos, ¿cómo podría ayudarla a sobrevivir en la jungla de los Estados Unidos peculiares?
—Millard es un experto en cartografía —explicó Bronwyn.
—Y Horace es profeta —añadí yo—. A media jornada, al menos.
—Ya —respondió Noor, mirándome de soslayo—. Todavía me tienes que contar esa historia.
La profecía. Quería hablarle de ello en privado, no delante de otras personas. Además, ya no parecía que estuviéramos en peligro inmediato.
—Eso puede esperar —respondí.
Hugh y Bronwyn me miraron con curiosidad.
—Si tú lo dices… —replicó Noor, pero su tono de voz empezaba a delatar impaciencia.
El tren ya estaba reduciendo la marcha. Habíamos llegado a nuestra estación.
* * *
Salimos del metro deprisa y corriendo, de vuelta a las calles iluminadas por la luz del sol. Noor dedicó un momento a explicarle a Bronwyn dónde estábamos.
—Ya estamos cerca —prometió la segunda cuando se orientó, instantes antes de guiarnos en diagonal por una avenida de cuatro carriles entre las bocinas de los coches.
Atajamos por una pista de baloncesto en mitad de un partido para proseguir después por una desolada zona verde custodiada por una pareja de decrépitos bloques de apartamentos. El barrio se tornaba más decadente y destartalado con cada manzana que recorríamos, hasta que por fin acabamos a la sombra de un enorme edificio de ladrillo rojo cubierto de andamios y rodeado de vallas metálicas forradas de lona verde. Bronwyn se detuvo y retiró una de las lonas para revelar una abertura en la verja. Noor y yo nos miramos un momento con aprensión.
Bronwyn y Hugh nos indicaron por señas que los siguiéramos antes de desaparecer por el hueco.
Al momento, Hugh asomó la cabeza de nuevo.
—¿Venís o qué?
Noor cerró los ojos con fuerza durante un momento —si
