Años más tarde, ya adultos desde hacía mucho y cada uno enredado en su propia desgracia, ninguno de los hijos de Arthur Friedland recordaba de quién había sido realmente la idea de ir a ver aquella tarde al hipnotizador.
Era el año 1984, y Arthur no tenía trabajo. Escribía novelas que ninguna editorial quería imprimir, y relatos que de vez en cuando se publicaban en revistas. No hacía otra cosa, pero su mujer era oculista y ganaba dinero.
Durante el trayecto de ida habló con sus hijos de trece años sobre Nietzsche y marcas de goma de mascar, discutieron sobre una película de dibujos animados que estaban poniendo en el cine y que trataba de un robot que también era el Salvador, formularon hipótesis sobre por qué Yoda hablaba tan raro y se preguntaron si Superman sería más fuerte que Batman. Finalmente, se detuvieron ante los chalés adosados de una calle de las afueras. Arthur llamó dos veces con el claxon; unos segundos más tarde se abrió una puerta.
Su hijo mayor, Martin, había pasado las dos últimas horas sentado junto a la ventana esperándoles, mareado de impaciencia y aburrimiento. El cristal estaba empañado por su respiración, con el dedo había dibujado caras, serias, riéndose y de esas con grandes bocas abiertas. Una y otra vez había limpiado completamente el cristal y observado cómo su aliento lo cubría de una fina niebla. El reloj de pared había hecho tictac una y otra vez; ¿por qué tardaban tanto? Otra vez venía un coche, y otra vez no era, y otro más, y seguían sin ser ellos.
Y de pronto se detuvo un coche y tocó el claxon dos veces.
Martin corrió por el pasillo, pasando por delante de la habitación donde se había retirado su madre para no tener que ver a Arthur. Ya habían pasado catorce años desde que, rápido y sin pensar, había desaparecido de su vida, pero aún seguía torturándola que él pudiera existir sin necesitarla. Martin bajó corriendo los peldaños de la escalera, recorrió el pasillo de abajo, salió de casa y cruzó la calle, tan rápido que no vio el coche que se acercaba a toda velocidad. Los frenos chirriaron junto a él, pero de pronto ya estaba sentado en el asiento del copiloto, con las manos en la cabeza, y solo en ese momento su corazón se detuvo un instante.
—Dios mío —dijo Arthur bajito.
El coche que había estado a punto de matar a Martin era un VW Golf rojo. El conductor tocaba el claxon de forma absurda, tal vez porque sentía que tras un suceso así no era apropiado no hacer nada. Tras esto pisó el acelerador y prosiguió su camino.
—Dios mío —dijo Arthur otra vez.
Martin se frotó la frente.
—¿Cómo se puede ser tan tonto? —preguntó uno de los gemelos desde el asiento trasero.
Martin sentía como si su existencia se hubiese desdoblado. Estaba ahí sentado, pero a la vez estaba sobre el asfalto, inmóvil y descoyuntado. Su destino le parecía aún incierto, ambas cosas eran aún posibles, y durante un momento él también tenía un gemelo: uno, allí fuera, que palidecía poco a poco.
—Lo podían haber matado —dijo objetivamente el otro gemelo.
Arthur asintió.
—Pero ¿cómo es eso? Si Dios tiene todavía previsto algo para él… Lo que sea. Entonces no le puede pasar nada.
—Pero Dios no necesita tener nada previsto. Basta con que lo sepa. Si Dios sabe que lo atropellarán, entonces lo atropellarán. Si Dios sabe que no le pasará nada, entonces no le pasará nada.
—Pero eso no puede ser así. En ese caso daría igual lo que uno hiciera. Papá, ¿dónde está el error?
—Dios no existe —dijo Arthur—. Ese es el error.
Todos callaron, y a continuación Arthur encendió el motor y se puso en marcha. Martin sintió cómo se iban tranquilizando los latidos de su corazón. Aún faltaban unos cuantos minutos, y volvería a parecerle evidente el hecho de estar vivo.
—¿Y qué tal el colegio? —preguntó Arthur—. ¿Cómo te va?
Martin observó a su padre de lado. Arthur había engordado un poco, y su pelo, que en aquella época aún no era gris, estaba siempre tan revuelto como si jamás se hubiera peinado.
—Me cuestan las matemáticas, podría suspender. El francés sigue siendo un problema. El inglés ya no, por suerte. —Hablaba deprisa, para decir todo lo que pudiera antes de que Arthur perdiera el interés—. El alemán se me da bien, en física tenemos a un profesor nuevo, en química es como siempre, pero en los experimentos…
—Iwan —preguntó Arthur—, ¿tenemos las entradas?
—En el bolsillo —respondió uno de los gemelos, y así por lo menos Martin supo cuál de ellos era Iwan y cuál Eric.
Los observó por el retrovisor. Como cada vez, algo le resultaba falso en su parecido, exagerado, contra natura. Y, sin embargo, no empezarían a vestirse igual hasta unos años más tarde. Esa fase, en que les divertía no ser diferenciables, no terminaría hasta sus dieciocho años, cuando por momentos ellos mismos no estaban seguros de quién era quién. Después, de vez en cuando les invadiría el sentimiento de haberse perdido en algún momento y de estar, desde entonces, viviendo cada uno la vida del otro; al igual que Martin nunca pudo deshacerse del todo de la sospecha de haber muerto aquella tarde en la calle.
—No mires con cara de tonto —dijo Eric.
Martin se dio la vuelta y trató de agarrar la oreja de Eric. Casi la tenía, pero su hermano le evitó, le cogió el brazo y tiró hacia arriba retorciéndolo. Gritó.
Eric le soltó y constató alegremente:
—Ahora se echa a llorar.
—Cerdo —dijo Martin con voz temblorosa—. Cerdo imbécil.
—Es verdad —dijo Iwan—. Ahora se echa a llorar.
—Cerdo.
—Cerdo tú.
—Tú eres el cerdo.
—No, tú.
Luego no se les ocurrió nada más. Martin miró fijamente por la ventana hasta que estuvo seguro de que ya no se le saltaría ninguna lágrima. La imagen reflejada del coche se deslizaba en los escaparates al borde de la calle: distorsionada, estirada, encogida hasta ser medio redonda.
—¿Qué tal está tu madre? —preguntó Arthur.
Martin titubeó. ¿Qué debía responder a eso? Arthur le había hecho ya esa pregunta muy al principio, siete años antes, durante su primer encuentro. Su padre le había parecido alto, pero también cansado y ausente, como rodeado por una neblina. Sentía timidez ante ese hombre, pero a la vez, sin que hubiera podido decir por qué, compasión.
—¿Qué tal está tu madre? —había dicho el extraño, y Martin se había preguntado si realmente ese era el hombre al que había visto tanto en sueños, siempre con el mismo impermeable negro, siempre sin rostro.
Pero solo aquel día en la heladería, mientras hurgaba en su tarrina de frutas con salsa de chocolate, se había dado cuenta Martin de cuánto había disfrutado no teniendo padre. Ningún modelo, ningún predecesor y ninguna carga, únicamente la vaga idea de alguien que a lo mejor aparecería algún día. ¿Y ahora se suponía que era él? Sus dientes no estaban muy rectos, llevaba el pelo revuelto, tenía una mancha en el cuello de la camisa, y sus manos parecían curtidas. Era un hombre que hubiera podido perfectamente ser otro; un hombre que se parecía a cualquiera de las muchas personas en la calle, en el metro, en cualquier sitio.
—¿Cuántos años tienes exactamente?
Martin había tragado saliva y a continuación se lo había dicho: siete años.
—¿Y esa es tu muñeca?
Martin necesitó un momento para comprender que su padre estaba preguntando por la señora Müller. La llevaba como siempre consigo, debajo del brazo, sin pensar en ello.
—¿Y cómo se llama?
Martin se lo dijo.
—Curioso nombre.
Martin no supo qué responder. La señora Müller siempre se había llamado así; simplemente, ese era su nombre. Se dio cuenta de que estaba moqueando. Miró a su alrededor, pero ya no se veía a mamá. Había abandonado en silencio la heladería en cuanto había entrado Arthur.
Por mucho que Martin volvió a pensar más tarde en ese día y por mucho que se esforzó en rescatar su conversación de la oscuridad de su memoria, no lo logró. Probablemente se debiera a que había imaginado antes tantas veces su charla que las cosas que se dijeron de verdad al poco rato se habían confundido con todas las que se había ido inventando durante esos años: ¿había dicho de verdad Arthur que no tenía trabajo y que se pasaba la vida meditando sobre la existencia, o era más bien que Martin, más tarde, cuando sabía más de su padre, consideró esa respuesta como la única adecuada?
¿Y podía ser que Arthur, ante la pregunta de por qué les había abandonado a él y a su madre, hubiese respondido que quien está condenado al cautiverio, a una vida mezquina, a la mediocridad y la desesperación, no puede ayudar a otro porque tampoco a él se le puede ayudar, padecería cáncer, su corazón se obturaría de grasa, no viviría mucho y se pudriría mientras su cuerpo aún respiraba? Arthur habría sido absolutamente capaz de dar una respuesta así a un niño de siete años, pero a Martin le parecía poco probable que en realidad él hubiera formulado esa pregunta.
Solo tres meses más tarde volvió su padre. Esa vez fue a recoger a Martin a casa en un coche con dos niños fantasmalmente parecidos sentados atrás; al principio Martin los tomó por una ilusión óptica. Los dos, por su parte, le habían mirado con gran curiosidad primero y enseguida solo con curiosidad moderada; estaban concentrados por entero en sí mismos, atrapados en el enigma de su desdoblamiento.
—Pensamos constantemente lo mismo.
—Incluso cuando son cosas complicadas. Pensamos lo mismo.
—Cuando alguien nos pregunta algo, se nos ocurre la misma respuesta.
—Aunque sea incorrecta.
Entonces se habían reído con exactamente la misma voz, y Martín había sentido un escalofrío en la espalda.
A partir de entonces, su padre y sus hermanos habían ido a recogerle con regularidad. Habían subido en montañas rusas, habían visitado acuarios con peces adormilados, habían caminado por los bosques de las afueras, habían ido a bañarse en piscinas con olor a cloro llenas de gritos infantiles y de luz solar. Siempre se notaban los esfuerzos de Arthur, nunca estaba realmente centrado en lo que hacía, y los gemelos tampoco escondían demasiado bien que solo estaban allí porque les obligaban. A pesar de que Martin era perfectamente consciente de ello, habían sido las tardes más felices de su vida. La última vez, Arthur le había regalado un cubo de colores cuyos lados se podían girar, un nuevo juguete recién aparecido en el mercado. Martin enseguida empezó a pasar horas jugando con él, hubiera podido pasarse días, estaba completamente enviciado.
—¡Martin!
Se sobresaltó.
—¿Estás dormido?
Reflexionó sobre si debía pegarle otra vez, pero prefirió no hacerlo. No servía de nada, Eric era más fuerte.
Lástima, pensó Eric, le hubiera gustado darle una bofetada a Martin, aunque no tenía nada contra él. Simplemente, le enfurecía que su hermano fuera tan débil, tan callado y miedoso. Por otra parte, le seguía reprochando aquel momento siete años atrás en que sus padres los llamaron a la sala de estar para comunicarles algo importante.
—¿Os vais a divorciar? —había preguntado Iwan.
Sus padres habían negado asustados con la cabeza diciendo: ¡No, no, claro que no, no! Y Arthur les había contado que existía Martin.
Eric se había sentido tan sorprendido que había decidido hacer como si le pareciera gracioso, pero justo cuando quería coger aire para reírse, había empezado a su lado la risilla tonta de Iwan. Así es como era ser uno y a la vez ser dos y que ningún pensamiento perteneciera solo a uno.
—No es ninguna broma —había dicho Arthur.
Pero por qué ahora y no antes, había querido preguntar Eric. Otra vez se le adelantó Iwan:
—¿Por qué ahora y no antes?
Las cosas a veces eran difíciles, había respondido Arthur.
Había mirado desamparado hacia su madre, pero esta había permanecido sentada con los brazos cruzados, diciendo que tampoco los adultos eran siempre inteligentes.
La madre del otro niño, había explicado Arthur, estaba molesta con él, no había querido que viera a su hijo, y él, la verdad, se había plegado con demasiada complacencia, facilitaba las cosas, y solo recientemente había cambiado de opinión. Y ahora iría a ver a Martin.
Eric nunca antes había visto nervioso a su padre. ¿Quién necesitaba a ese Martin, pensaba, y cómo había podido su padre hacerles algo tan ridículo?
Eric había sabido desde una edad temprana que no quería ser como su padre. Quería ganar dinero, quería que le tomaran en serio, no quería ser alguien que secretamente diera pena. Por eso había atacado al niño más grande de la clase el primer día en el nuevo colegio, sin avisar, por supuesto, la sorpresa le había procurado la ventaja necesaria: Eric le había tirado al suelo, luego se había arrodillado encima de él, le había agarrado de las orejas y le había golpeado tres veces la cabeza contra el suelo, hasta sentir que su resistencia decaía. Solo entonces, para causar efecto, le había propinado un buen golpe en la nariz, pues la eficacia de una hemorragia nasal nunca fallaba. Y en efecto, el niño grande, que a Eric ya le estaba dando pena, había roto a llorar. Eric le hizo levantarse, y el otro se alejó a tientas, sorbiéndose los mocos, con un pañuelo en la cara que se iba tiñendo de rojo. Desde entonces, toda la clase le tuvo miedo a Eric, no se percataban de cuánto miedo tenía él.
Pues solo dependía de la determinación, eso ya lo sabía. Ya se tratara de los profesores, de los otros alumnos o de sus padres, todos estaban en desacuerdo consigo mismos, todos estaban divididos y poco decididos, hicieran lo que hiciesen. Eso era tan seguro como que dos por cinco son diez o que estamos rodeados por fantasmas, cuyo contorno a veces se hace visible en la penumbra.
—Me he equivocado de camino —dijo Arthur.
—¡Otra vez no!
—Es un truco —dijo Iwan—. Porque no tienes ganas.
—Claro que no tengo ganas. Pero no es ningún truco.
Arthur condujo hasta la acera y se bajó del coche. El aire cálido de verano entró a raudales, los coches pasaban a toda velocidad, olía a gasolina. Fuera, le preguntaba el camino a la gente: una mujer vieja negó con la mano, un joven con patines ni siquiera se detuvo, un hombre con un gran sombrero hizo gestos con la mano hacia la derecha, la izquierda, arriba y abajo. Arthur habló un rato con una mujer joven. Ella inclinaba la cabeza hacia un lado, Arthur sonreía, indicaba cualquier dirección, Arthur asintió y dijo algo, ella rió, luego habló ella, mientras él reía, a continuación se despidieron y ella le rozó los hombros al pasar. Él seguía sonriendo cuando entró en el coche.
—¿Te lo ha explicado? —preguntó Iwan.
—No era de aquí. Pero el hombre de antes sí que lo sabía.
Giró dos veces, y ante ellos se abrió la entrada de un aparcamiento. Preocupado, Eric miró fijamente en la oscuridad. Nunca le podría contar a nadie lo terrible que era para él cualquier túnel, cualquier agujero y cualquier sitio cerrado. Iwan, sin embargo, era de suponer que lo sabría; al igual que a Eric, le ocurría constantemente que pensaba los pensamientos de su hermano gemelo en lugar de los propios y de pronto surgían en él palabras que no conocía. También le pasaba a menudo que al despertar recordaba sueños de una atmósfera muy extraña: los sueños de Iwan eran más coloridos que los suyos, eran, peculiarmente, más amplios, el aire en ellos parecía mejor. Y a pesar de ello podían ocultarse cosas el uno al otro. Eric nunca había comprendido por qué a Iwan le daban miedo los perros, cuando eran de las pocas criaturas realmente inofensivas; no entendía por qué prefería hablar con chicas rubias a morenas, y era para él un misterio cómo las pinturas antiguas, que a él en los museos solo le aburrían, desencadenaban sentimientos tan complejos en su hermano.
Bajaron del coche. Tubos fluorescentes irradiaban una luz mortecina. Eric cruzó los brazos y miró fijamente al suelo.
—¿Tú no crees en la hipnosis? —preguntó Iwan.
—Creo que es posible hacer creer cualquier cosa a la gente.
Accedieron a la cabina del ascensor, las puertas se cerraron, Eric luchó contra su pánico. ¿Y si se rompía la cuerda? Cosas así ya habían ocurrido, volverían a ocurrir, en cualquier momento y en cualquier lugar, de modo que ¿por qué no allí? Por fin el ascensor se detuvo, las puertas se abrieron, caminaron hacia el teatro. «El gran Lindemann —rezaba un cartel—. Maestro de la hipnosis. Función de tarde.» En un póster se veía a un señor insignificante con gafas que se esforzaba visiblemente en mirar de forma tenebrosa y penetrante. Había sombras en su rostro, la iluminación era teatral, era una mala foto. «Lindemann —ponía al lado— le enseña a temer sus sueños.»
Un hombre joven comprobó bostezando sus entradas. Tenían buenos asientos, muy adelante, en la tercera fila. El patio de butacas estaba casi lleno, nadie ocupaba los palcos. Iwan miró hacia el techo recargado de adornos y se preguntó cómo lo habrían podido pintar. El artista engañaba hábilmente el ojo haciéndole creer en una bóveda que no existía. ¿Cómo se dibujaría algo así, para mostrar que en la realidad no había un segundo espacio sino una ilusión? En los libros no ponía nada de eso.
Nadie podía ayudarle. Ningún libro, ningún maestro. Uno tenía que aprender todo lo decisivo con su propio esfuerzo, y si no lo lograba, había echado a perder una vida entera. Iwan se preguntaba cómo soportaban la existencia las personas que no tenían ningún talento especial. Veía que su madre deseaba otra vida, y su padre estaba siempre en otro lugar con sus pensamientos. Veía que sus maestros en el colegio eran pequeñas almas tristes, y naturalmente sabía de las apariciones que torturaban a Eric. Siempre que aparecía en uno de sus sueños, se encontraba en un lugar oscuro y asfixiante, en el que no quería estar. También veía a Martin, que era demasiado débil y pasaba demasiado tiempo solo con su madre. Iwan suspiró. La hipnosis no le interesaba. Hubiera preferido estar en casa para dibujar. Dibujar mejor de una vez, solamente eso, eso era lo único que le interesaba, no quería ninguna otra cosa.
La luz se hizo más tenue y el murmullo se extinguió. Se abrió el telón. Lindemann estaba de pie en el escenario.
Era gordo, tenía una calva que los pocos cabellos peinados sobre la desnudez de su cráneo hacían aún más evidente, y llevaba unas gafas negras de concha. Su traje era gris, del bolsillo interior asomaba un pañuelito verde. Sin saludar, sin inclinarse, comenzó a hablar en voz baja.
La hipnosis, dijo, no era un sueño, más bien sería un estado de vigilia dirigida, no falta de voluntad, sino empoderamiento. Ese día iban a ver cosas asombrosas, pero nadie necesitaba preocuparse, pues, como era sabido, nadie podía ser hipnotizado en contra de su voluntad y nadie, jamás, había sido impulsado a hacer por hipnosis nada que no hubiera estado dispuesto a hacer en el fondo de su alma. Calló un momento y sonrió, como si hubiera contado un chiste difícil de comprender.
Una pequeña escalera llevaba del escenario a la sala de espectadores. Lindemann bajó, se ajustó las gafas, miró a su alrededor y caminó por el pasillo central. Evidentemente en ese momento estaba decidiendo a qué espectadores invitaría a subir al escenario.
—No os preocupéis —dijo Arthur—. Solo elige a adultos.
—Entonces tal vez a ti.
—Conmigo no funciona.
Se encontraban ante grandes acontecimientos, dijo Lindemann. Quien no quisiera colaborar, no tenía nada que temer, nadie se le acercaría demasiado, quedaría a salvo. Alcanzó la última fila, retrocedió con sorprendente agilidad y saltó al escenario. Para comenzar, dijo, algo fácil, solo una broma, una bagatela. Toda la primera fila, por favor, ¡que suba al escenario!
Un murmullo recorrió la sala.
Correcto, dijo Lindemann, la primera fila. Todos. ¡Rápido, por favor!
—¿Qué hace si alguien se niega? —susurró Martin—. Si alguien, simplemente, se queda sentado, entonces ¿qué?
Todas las personas de la primera fila se levantaron. Cuchicheaban entre ellas y miraban de mala gana a su alrededor, pero obedecieron y subieron al escenario.
—¡Formen una fila! —ordenó Lindemann—. Dense la mano.
Lo hicieron, vacilando.
Ahora ya no se iban a soltar, dijo Lindemann mientras recorría la fila, no lo querían, por eso no lo harían, y como no lo querían, tampoco podían hacerlo, y como no podían hacerlo, no habría sido incorrecto afirmar que estuvieran pegados unos a otros. Mientras hablaba agarraba aquí y allá, tocando manos. Fuerte, decía, las manos muy, muy fuerte, que nadie quedara fuera, que nadie se pudiera soltar, muy fuerte, indisoluble. Quien lo quisiera podía probar ahora.
Nadie se soltó. Lindemann se dirigió al público, hubo un aplauso vacilante. Iwan se inclinó hacia delante para ver mejor las caras de la gente en el escenario. Parecían indecisos, distraídos y paralizados en un agarrotamiento de la voluntad. Un hombre bajo apretaba las mandíbulas, a una señora con moño le temblaban las manos como si pretendiera soltarse pero le pareciera que su vecino y ella misma estaban agarrados demasiado fuerte.
Contaría hasta tres, dijo Lindemann, entonces se soltarían todas las manos. «Así pues: uno. Y dos. Y…» Levantó despacio la mano, dijo: «¡Tres!» y chasqueó los dedos.
Indecisos, casi de mala gana, se soltaron. Observaron incómodos sus manos.
—Ahora, a sentarse rápido —dijo Lindemann—. ¡Rápido para abajo, rápido! —Daba palmadas.
La señora del moño estaba pálida y se tambaleaba al caminar. Lindemann la cogió suavemente por el codo y la condujo a la escalera hablándole bajito. Cuando la soltó, ella empezó a moverse con mayor seguridad, bajó los peldaños y alcanzó su asiento.
Esto había sido un pequeño experimento, dijo Lindemann, una broma para empezar. Ahora algo serio. Lindemann subió a la rampa, se quitó las gafas y frunció los ojos oteando la sala.
—El caballero de ahí delante con el jersey y el caballero de justo detrás y usted, señorita, por favor, ¡suban!
Los tres subieron al escenario con una sonrisa forzada. La mujer le hacía señas a alguien, Lindemann lo desaprobó con un gesto de la cabeza, dejó de hacerlo. Lindemann se colocó al lado del primero de ellos, un hombre alto con barba, y le puso la mano delante de los ojos. Le habló unos momentos al oído y de repente exclamó: «¡Duerme!». El hombre se desplomó, Lindemann le sostuvo y lo tumbó en el suelo. A continuación se acercó a la mujer a su lado, y ocurrió lo mismo. Así como con el otro hombre. Todos estaban tumbados, inmóviles.
—Y ahora, sed felices.
Tenía que explicarlo. Lindemann se giró hacia la sala, se quitó las gafas de concha, sacó el pañuelo de adorno del bolsillo interior, y se puso a limpiarlas. Todos conocían hasta la saciedad las estúpidas sugestiones que hipnotizadores mediocres, chapuceros y presuntuosos sin talento, como abundan en todas las profesiones, gustan de inspirar a los sujetos de su experimento: como frío glacial o calor, rigidez corporal, fantasías de vuelo o de caída, por no hablar de lo que les encanta a todos: olvidarse de su propio nombre. Se interrumpió y miró pensativamente al aire. Hacía frío, ¿verdad? Un frío terrible. ¿Qué estaría pues pasando? Se secó la frente. Todos habían visto ya suficientes estupideces de ese estilo; para no perder tiempo, él se las iba a saltar. Por Dios, ¡qué calor!
Iwan se apartaba el pelo mojado de la frente. El calor parecía subir del suelo en oleadas, el aire estaba húmedo. También la cara de Eric brillaba. Por todas partes las hojas con el programa servían de abanico para dar aire.
Pero sin duda se podría hacer algo, dijo Lindemann. No debían preocuparse, seguramente ya estarían tratando de arreglarlo, el teatro tenía técnicos competentes. Enseguida pondrían en marcha el excelente aire acondicionado. Precisamente, en eso estaban. Ahí arriba ya se oía el zumbido de las máquinas refrigeradoras. Se sentía el soplo del aire. Lindemann se levantó el cuello. Pero ahora había corrientes terribles. El aire acondicionado era sorprendentemente fuerte. Lindemann se soplaba en las manos, cambiaba de un pie a otro. Qué frío hacía ahí, mucho frío, realmente muchísimo frío.
—¿De qué se supone que va esto? —preguntó Arthur.
—¿No notas nada? —susurró Iwan.
Su respiración se elevaba en nubecillas de vaho, tenía los pies insensibles, le costaba tomar aire. A Martin le castañeteaban los dientes. Eric se sonó.
—No —dijo Arthur.
—¿Nada de nada?
—Ya lo he dicho, conmigo no funciona.
Pero ya era suficiente, dijo Lindemann. Se acabó. Fin. No quería robarle el tiempo a nadie con bromitas así. A continuación, inmediatamente y sin demora, pasaría a algo interesante, a saber, la manipulación directa de las fuerzas de la mente. Las tres personas ahí en el suelo llevaban ya un buen rato siguiendo sus indicaciones. Eran felices. Ahora mismo, aquí y ante todas las miradas, estaban experimentando los mejores momentos de su vida. «¡Sentaos!»
Torpemente, se incorporaron con ímpetu y se sentaron erguidos.
—Ahora mira —dijo Lindemann a la mujer del centro.
Ella abrió los ojos. Su pecho se elevaba y se hundía. Había algo extraño en cómo respiraba y cómo se movían sus ojos. Iwan no lo entendía bien, pero intuía algo grande y complicado. Se dio cuenta de que una mujer en la fila de delante de la suya desviaba la mirada del escenario. El hombre a su lado movía indignado la cabeza.
—Ojos cerrados.
Los ojos de la mujer en el escenario se cerraron inmediatamente. Su boca quedó abierta, un hilillo de saliva salía de ella, sus mejillas brillaban a la luz de los focos.
Pero desgraciadamente, dijo Lindemann, nada era para siempre, y lo bueno era lo que antes terminaba. Todavía nos parecía la vida larga y misteriosa, pero la verdad era: nada permanecía, todo se descomponía, todo se extinguía, sin diferencias. Esto uno casi siempre lo reprimía. Pero no ahora, no, no en este momento. «Ahora lo sabéis.»
El hombre barbudo gimió. La mujer se volvió a hundir lentamente y se tapó los ojos con las manos. El otro hombre sollozaba bajito.
Pero, a pesar de todo, dijo Lindemann, se podía estar alegre. Un corto día entre dos noches interminablemente largas es lo que era la vida, por lo tanto había que regocijarse de los minutos luminosos y bailar mientras siguiera brillando el sol. Dio palmadas con las manos.
Dócilmente, los tres se levantaron. Lindemann marcaba el ritmo, primero lento, luego más rápido. Saltaban como marionetas, sacudían locamente sus miembros, dibujaban círculos con la cabeza. Había un silencio total, nadie tosía ni se aclaraba la garganta, el espanto parecía haber embargado a los espectadores. Solo se oían las pisadas y los jadeos del escenario y el crujido de las tablas.
—Ahora, tumbaos de nuevo —dijo Lindemann—. ¡Y a soñar!
Dos de ellos se desplomaron al instante, el hombre a la izquierda del todo permaneció en pie e hizo movimientos con las manos como si buscara a tientas, pero luego también a él le fallaron las rodillas y no se volvió a mover. Lindemann se inclinó hacia él y lo examinó atentamente. A continuación se dirigió al público.
Ahora deseaba ejecutar un experimento difícil. Muy pocos profesionales eran capaces de ello, se trataba del gran dominio. «Soñad profundamente. Más profundamente, como nunca habéis soñado. Soñad una nueva vida. Sed niños, aprended, envejeced, luchad, sufrid y esperad, ganad y perded, amad y perded de nuevo, haceos viejos, haceos débiles, haceos frágiles, y luego moríos, va tan rápido, y cuando yo lo diga, abrid los ojos, y nada de esto habrá ocurrido nunca.»
Juntó las manos, se giró hacia el público y calló durante varios largos segundos.
Este experimento, dijo, no siempre funcionaba. Así, algunos sujetos se despertaban sin haber vivido nada. Otros, sin embargo, le habían rogado que borrara su recuerdo del sueño, pues la experiencia había sido demasiado perturbadora para poder después volver a tener fe en la realidad y en el tiempo. Lindemann miró la hora. Pero mientras tanto, para llenar la espera, unas pocas cosas sencillas. ¿Niños en la sala? Lindemann se puso de puntillas. El chico de ahí en la quinta fila, la niña ahí en el lateral y ese joven de la tercera fila que era exactamente igual que el joven a su lado. ¡Arriba!
Iwan miró hacia la derecha, hacia la izquierda, detrás. Luego se señaló interrogativamente el pecho.
—Sí —dijo Lindemann—. Tú.
—Pero si dijiste que solo sacaba a adultos —susurró Iwan.
—Se ve que me he equivocado.
Iwan sintió cómo le subía la sangre a la cabeza. Le palpitaba el corazón. Los otros dos niños ya estaban camino del escenario. Lindemann le miró fijamente.
—Puedes quedarte sentado tranquilamente —dijo Arthur—. No tiene por qué darte órdenes.
Iwan se levantó despacio. Miró a su alrededor. Todos le estaban mirando, toda la sala, todos y cada uno del teatro. No, Arthur se equivocaba, no se podía negar, al fin y al cabo se trataba de una función de hipnosis, quien venía debía colaborar. Oyó a Arthur decir algo más, pero no lo entendió, su corazón latía demasiado fuerte, y ya estaba caminando hacia delante. Se deslizó entre las rodillas de los que estaban sentados y caminó por el pasillo central hasta el escenario.
Cuánta luz había allí arriba. Los focos eran inesperadamente fuertes, la gente en la sala solo esbozos. Los tres adultos estaban tumbados muy quietos, ninguno de ellos se movía, ninguno parecía respirar. Iwan contempló la sala, pero no pudo encontrar a Arthur ni a sus hermanos. Ya Lindemann se colocó delante de él, se arrodilló, le empujó un paso hacia atrás, cuidadosamente, como si fuese un mueble frágil, y le miró a la car
