Los cinco detectives 3 - Misterio de la casa deshabitada

Enid Blyton

Fragmento

Índice

Índice

Capítulo 1. De la escuela a casa

Capítulo 2. Fatty tiene unas cuantas ideas

Capítulo 3. Dos lecciones emocionantes

Capítulo 4. Un chico muy raro

Capítulo 5. El talento de Fatty

Capítulo 6. Fatty y el señor Goon

Capítulo 7. Una huida… y una sorpresa

Capítulo 8. Unos pocos planes

Capítulo 9. El viejo Ahuyentador es un engorro

Capítulo 10. Fatty investiga

Capítulo 11. Sorprendentes declaraciones de la señora Crump

Capítulo 12. Larry hace una gestión

Capítulo 13. ¿Quién es John Henry Smith?

Capítulo 14. Una nueva visita a Milton House

Capítulo 15. La habitación misteriosa

Capítulo 16. Fatty pasa un mal rato

Capítulo 17. El mensaje secreto

Capítulo 18. Bets huele a naranjas

Capítulo 19. Fatty huye y el señor Goon se lleva un susto

Capítulo 20. El inspector Jenks entra en acción

Capítulo 21. Desenlace del misterio

Los cinco detectives

Serie Santa Clara

Serie Aventuras

Serie Torres de Malory

Capítulo 1. De la escuela a casa

CAPÍTULO 1

De la escuela a casa

PIP SACÓ SUS BÁRTULOS DE PINTOR Y, TRAS ATIZAR EL FUEGO del cuarto de jugar, se sentó a terminar sus felicitaciones de Navidad.

—Te salen muy bien, Pip —comentó Bets, mirando por encima del hombro del muchacho—. Ojalá supiera dibujar los contornos como tú.

—Eres muy pequeña todavía —la consoló Pip, mientras se ponía a pintar unas rayas rojas que había trazado en la felicitación.

—Pero ¡si acabo de cumplir nueve años! —exclamó Bets—. Ya empiezo a ser mayor. Tú aún no tienes trece años, Pip, de modo que ahora solo me llevas tres.

—¿Cuándo vendrán los demás? —preguntó Pip echando una ojeada al reloj de pared—. Les dije que viniesen temprano. Es muy divertido preparar los regalos de Navidad juntos.

Bets se acercó a la ventana de la espaciosa sala en la que jugaban los niños.

—Ahí vienen Larry y Daisy —anunció la niña—. ¡Oh, Pip! Es estupendo volver a estar todos juntos otra vez, ¿verdad que sí?

Bets no iba al internado como los demás y solía sentirse muy sola cuando todos recomenzaban las clases y se iban su hermano Pip y sus tres amigos, Larry y Daisy Daykin, y Fatty Trotteville.

Pero ahora acababan de empezar las vacaciones y estaban todos en sus respectivas casas. Bets no cabía en sí de alegría. Volvía a disfrutar de la compañía de su hermano, se acercaba la Navidad y, por si fuera poco, Buster, el encantador perro de Fatty por el que la niña sentía tanto cariño, acudiría a verla todos los días.

Larry y Daisy subieron la escalera y entraron en el cuarto de jugar.

—¡Hola! —saludó Larry—. ¿Aún no has terminado tus felicitaciones? Yo todavía tengo tres por hacer y a Daisy le falta un regalo por terminar. Lo hemos traído todo aquí.

—¡Buena idea! —celebró Pip, metiéndose el pincel en la boca para afinar la punta—. Hay mucho sitio en la mesa. Fatty no ha venido todavía.

Un fuerte ladrido procedente de la calle atrajo de nuevo a Bets a la ventana.

—¡Es Buster! —exclamó la niña—. Ahí viene Fatty. ¡Caramba! ¡Me parece que está igual de gordinflón!

A los pocos momentos, Fatty y Buster entraron en la sala, el chico muy peripuesto y satisfecho de sí mismo, y el perro loco de excitación, echándose encima de todos y lamiéndoles.

—¡Hola, querido Buster! —profirió Bets—. ¡Oh, Fatty! ¿Sabes qué te digo? ¡Que Buster se ha adelgazado, pero tú no!

—¡Y habrá que verte después de Navidad, Fatty! —bromeó Larry, instalándose en la mesa—. No creo que adelgaces durante las vacaciones. ¿Has traído tus felicitaciones para terminarlas aquí, Fatty? A mí me faltan muy pocas para completar la lista.

Larry y Daisy eran hermanos. Fatty era hijo único, siempre muy vanidoso, y Buster era su fiel compañero. Los cinco chicos y Buster habían trabado una firme amistad.

Fatty depositó un libro grueso y una felicitación navideña muy bonita, que había hecho él, sobre la amplia mesa de trabajo.

—¡Qué felicitación más bonita, Fatty! —alabó Bets, cogiéndola en seguida—. ¿Es posible que la hayas hecho tú? ¡Vaya! ¡Es tan bonita como las que venden en las tiendas!

—¡Oh, gracias! —alardeó Fatty, complacido—. No dibujo del todo mal, ¿sabes? Este trimestre he vuelto a tener sobresaliente, y el profesor de dibujo aseguró…

—¡Cállate! —exclamaron Pip, Larry y Daisy, todos a una.

Fatty tenía la mala costumbre de presumir de sus habilidades, y sus compañeros se habían propuesto corregirle.

—¡Está bien, está bien! —refunfuñó Fatty, ofendido—. ¡Siempre contra mí! Ahora no pienso deciros para quién es esta felicitación.

—Me imagino que para tu adulador profesor de dibujo —masculló Pip, pintando cuidadosamente una hoja de acebo.

Fatty guardó silencio.

—Dime para quién es, por favor —suplicó Bets, mirándolo—. Quiero saberlo. Es preciosa.

—De hecho, tenía el propósito de mandar esta felicitación y este libro a un amigo nuestro, de parte de todos nosotros —declaró Fatty—. Pero, en vista de que Bets es la única que aprecia la felicitación, la mandaré por mi cuenta.

—¿Para quién es, entonces? —preguntó Daisy, cogiéndola para contemplarla—. Es estupenda. ¿Estos cinco chicos somos nosotros? ¿Y ese perro es Buster?

—En efecto —asintió Fatty—. ¿Adivináis para quién es? Pues para el inspector Jenks.

—¡Oh, qué buena idea! —celebró Bets—. ¿Y el libro también? ¿De qué trata?

La niña abrió el ejemplar. Era un libro sobre pesca.

—Has tenido una idea brillante, Fatty —reconoció Larry—. El inspector está loco por la pesca. Le encantarán el libro y la felicitación. Mándaselos de parte de todos nosotros. Son fenomenales.

—Esa era mi intención —contestó Fatty—. Podemos pagar el libro entre todos y escribir nuestros nombres en la felicitación. Mirad lo que he puesto dentro.

Fatty abrió la felicitación y sus amigos se inclinaron a mirar las elegantes y bellas letras de imprenta que componían la siguiente frase:

Felices Pascuas de parte de Los cinco detectives… y el perro.

—¡Genial! —exclamó Pip—. ¡Caramba! ¿No os parece que lo hemos pasado magnífico haciendo de detectives? Y confío en que en un futuro muy próximo tendremos más misterios que aclarar.

—Resolvimos el misterio de la villa incendiada y el misterio del gato desaparecido —recordó Daisy—. Me pregunto cuál será nuestro próximo misterio. ¿Creéis que tropezaremos con alguno durante estas vacaciones?

—No me sorprendería —respondió Fatty—. ¿Alguno de vosotros ha visto al viejo Ahuyentador?

El Ahuyentador era el policía del pueblo. Se llamaba señor Goon y los chicos lo detestaban. Él también los detestaba, sobre todo desde que, por dos veces ya, habían logrado resolver problemas bastante delicados antes que él.

Ninguno había visto al señor Goon, ni tenían particular interés en verlo. El policía, de cara colorada y ojos saltones como los de una rana, distaba mucho de ser una persona simpática.

—Propongo que firmemos todos esta felicitación —dijo Fatty, sacando del bolsillo una bonita pluma estilográfica.

Fatty tenía siempre lo mejor de lo mejor, además de abundante dinero para sus gastos, pero como le gustaba compartirlo con los demás, no había complicaciones.

—Primero, el mayor —aconsejó Pip.

Así pues, Larry cogió la pluma. Tenía trece años. El muchacho firmó cuidadosamente con su nombre y apellido: «Laurence Daykin».

—Ahora yo —dijo Fatty—. Cumpliré trece años la semana que viene. Tú no los cumplirás hasta Año Nuevo, Pip.

Y el chico firmó a su vez con el nombre completo: «Frederick Algernon Trotteville».

—Apuesto a que no te atreves a firmar con tus iniciales, Fatty —comentó Pip, cogiendo la pluma—. Diría FAT.

—Naturalmente que no —respondió Fatty, pues en inglés fat significa «gordo»—. Tú tampoco lo harías si tuvieses mis iniciales. La gente se burlaría de mí.

Pip firmó: «Philip Hilton». Luego Daisy puso su nombre: «Margaret Daykin».

—Ahora tú, Bets —indicó Fatty, pasándole la pluma—. Procura hacer buena letra.

Sacando la lengua, Bets firmó con su nombre y apellido, con letras un poco separadas: «Elizabeth Hilton». Después añadió: «Bets».

—Por si acaso no recuerda que Elizabeth soy yo —explicó.

—¡Claro que se acuerda! —exclamó Fatty—. Apuesto a que jamás olvida nada. Es muy listo. Para llegar a inspector de policía hay que tener mucho talento. Somos muy afortunados de contar con un amigo como él.

Lo eran, en efecto. El inspector, a su vez, sentía una profunda simpatía y admiración por Los cinco detectives, ya que estos le habían prestado una valiosa ayuda en dos casos complicados.

—Espero que podamos volver a ser detectives muy pronto —suspiró Bets.

—Creo que deberíamos buscar un nombre mejor —propuso Fatty, tapando su estilográfica—. Eso de detectives me parece muy tonto. Nadie nos tomará por detectives de primera categoría.

—En realidad no lo somos —replicó Larry—. No somos detectives, a pesar de que nos hacemos ilusiones de serlo. Los cinco detectives es un nombre adecuado para nosotros, pues simplemente somos unos chicos que averiguan cosas.

Fatty no estaba de acuerdo.

—Somos bastante más que eso —protestó sentándose a la mesa—. ¿Acaso no hemos derrotado al señor Goon dos veces? No tengo inconveniente en deciros que pienso ser un famoso detective cuando sea mayor. Creo que realmente poseo el talento ne

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