Índice
ESTO NO ES EL PRINCIPIO
EL SÍMBOLO OCULTO
PRIMERA PARTE
DOCE AÑOS DESPUÉS
OUTSET SQUARE
EL PREMIO DEL DÍA
VOCES EN LA OSCURIDAD
LA JAULA Y LA GUARDIANA
LOS PEORES ESCENARIOS
EL CUCHILLO DE LOS MANUVIOS
EL LAMENTO DE LA MANSIÓN
AL ANOCHECER
PIEDRAS Y RUINAS
LA PARTIDA
EL MUSEO DE ANTIGÜEDADES DE LOS OTROS MUNDOS
LA NOCHE DE TODAS LAS CATÁSTROFES
COSAS OCULTAS E HILOS DE MARIONETA
LAS CATACUMBAS
PRIMER INTERMEDIO
LA OBRA DE WINIFRED ROBIN
SEGUNDA PARTE
LA MARAVILLA MÁS ALLÁ
LA LLAVE MAESTRA
LA PESADILLA
EL HOMBRE CON LA BOLSA
EN APUROS CON EL PIEL DE HOJALATA
ASÍ ES COMO SON LAS COSAS
LA GUARIDA DE HICKORY
UNA VENTANA DISTINTA
PERSEGUIDOS
LA GARRA
LAS SALAS DEL BOSQUE DE SANGUIJUELAS
LA FLOR DE LA HONDONADA
LOS CAZADORES DE RECOMPENSAS
LA SALA DE UN MILLAR DE CARAS
EL CAMPO DE PRISIONEROS
EN LA BOCA DEL GIGANTE
LOS GUARDIANES
LA VERDAD SOBRE JOHN Y ELSA
LA GUARDIANA DE LAS PUERTAS, EL CONSTRUCTOR Y EL ESCRIBA
EL HOMBRE CON EL ROSTRO DE PORCELANA
LA HUIDA C
CAMBIO DE PLANES
LA VÍA EN ESPIRAL
SEGUNDO INTERMEDIO
NO ES LA CHICA QUE RECUERDA
TERCERA PARTE
DESPERTAR
EL DESTINO DE BLUEHAVEN
LOS MEJORES PLANES
EL GRAN AVENTURERO
LAS CAVERNAS DE CRISTAL
UN BUEN APRIETO
ENTENDER A WINIFRED
EL RÍO
A LA DERIVA
NOCHE DE PUERTAS ABIERTAS EN EL BUFÉ DEL ATAÚD
EL NIDO
EL ESPECTRO
LA MAREA DESATADA
OTRO MUNDO
LA VERDAD SOBRE JANE
ESTO NO ES EL FINAL
NOTICIAS DESALENTADORAS
AGRADECIMIENTOS
JEREMY LACHLAN
PARA MAMÁ Y PAPÁ
«No se puede trazar el mapa de estos terrenos sagrados. Este es un lugar entre lugares, y es mortal además. Aventureros, atención: solo aquel que lo merezca pase quizá entre los mundos».
ARUNDHATI RIGGS Y LA PUERTA COLOSAL


EL SÍMBOLO OCULTO
Su linterna persigue las sombras entre la oscuridad. Las telarañas se rompen en las puntas de sus dedos; las arañas huyen. Pasa una mano por el muro de piedra del túnel y respira hondo, saboreando la humedad, el polvo, lo desconocido. Se lo ha perdido. La gente la considera un vejestorio, pero son estúpidos. Winifred Robin es una de las grandes aventureras. Puede que sí sea vieja, pero su historia dista mucho de estar terminada. Esta noche algo ha cambiado. Intenta descubrir el qué, y por qué.
Winifred investigaba las catacumbas cuando hubo el terremoto. La tierra se sacudió, los pergaminos temblaron. Las velas se cayeron de los muros y se apagaron. Oyó un intenso ruido cerca, el eco de piedras que se rompen, pero no fue tanto lo que oyó sino lo que sintió unos instantes después lo que la dejó intrigada. Un aliento siniestro. Una ligera brisa.
Sopla hacia ella en este momento y hace danzar las telarañas. Winifred se encuentra cerca.
Hay un abismo después de la próxima curva. Una cavidad larga y negra, densa como una oscuridad de mil años que hasta la luz de la linterna esquiva. Winifred no considera dar media vuelta, ni por un segundo. Es una mujer que ha derrotado ejércitos, ha burlado la muerte, ha luchado contra dioses. Hay solo dos cosas que le dan miedo en todos los mundos. Las alturas no son una de ellas.
Con la linterna sujeta al cinturón, va subiendo por el borde del abismo. Una roca se precipita a la nada. La oscuridad la envuelve. No la oye tocar el suelo. Con la mano ahuyenta una extraña araña mientras avanza pegada a la pared. Son unas cosas peludas, del tamaño de la palma de una mano. El viento suave se arremolina a su alrededor desde las profundidades, pero logra llegar al otro lado. Se alisa la capa de color rojo intenso. Se aventura a sonreír.
Camina con cautela. La isla de Bluehaven está plagada de minas y pasadizos abandonados, pero este en concreto ha permanecido en secreto durante miles de años, cerrado al mundo. Ahora, con motivo del segundo aniversario de la Noche de todas las Catástrofes, dos años después de que empezaran los temblores, se ha abierto.
No cree en la casualidad. Sabe que los secretos se guardan por algún motivo.
Hay una pequeña estancia excavada en la roca al final del túnel. La linterna de Winifred rocía las paredes con una luz dorada al entrar. Frunce el ceño. Aquí no hay abismos ni arañas. De hecho, no hay nada. La estancia está vacía.
Gira sobre sus talones, buscando, con la esperanza de encontrar un pasadizo secreto, otro camino. ¿Puede que alguien haya estado allí antes que ella? ¿Y que haya trepado por el abismo desde un túnel distinto?
En el suelo no hay nada. Ni huellas ni disparadores letales encastados en la piedra. Winifred camina de un lado a otro de la estancia, pasa la mano por la pared del fondo, y entonces es cuando lo encuentra. Un pequeño símbolo medio borrado; de color rojo óxido, como el de la sangre reseca. Un antiguo jeroglífico. Un triángulo con un lado curvado hacia dentro, como la vela de un barco o una ola, inscrito en un círculo.
Increíble. Winifred conoce el símbolo; ha estado raspando las superficies de la gran biblioteca durante dos años para intentar descifrar su significado, y aquí está. Lo ha tenido bajo sus pies durante todo este tiempo, pero ¿cómo? ¿Por qué?
El símbolo llama a Winifred. Le susurra en una lengua extranjera y arcaica. Ella lo toca. El símbolo se ilumina con una luz blanca y cegadora. Una ráfaga de viento fantasmagórica aúlla a través de la estancia, levantándole la capa, arremolinando el polvo. Winifred trata de apartar su mano de la pared, pero la tiene pegada, clavada en el símbolo como si estuviera lacrada a un hornillo ardiente.
El dolor es atroz. Aunque no lo siente en su mano.
Sino en su cabeza.
Winifred ve cosas. Destellos ante sus ojos. Una historia que se despliega en su mente como un libro que se lee a toda prisa. Sin embargo, no se trata de una historia, simplemente. Esta es real o, al menos, lo será.
Se trata de una visión de lo que va a suceder.
Hay una persecución. Una jaula. Un sacrificio. Hay un viaje largo, un embaucador y un aliado. Hay horrores del propio pasado de Winifred, nacidos de las arenas de un mundo remoto, que la llenan de un cierto terror frío que no ha experimentado en años. Hay piedras y ruinas. Muerte y destrucción. En el preciso instante en que Winifred piensa que ya no lo puede soportar más, el viento fantasma cesa, la piedra que se erige ante sí se resquebraja en un millar de grietas y ella es arrojada lejos del muro. La oscuridad también la engulle.
Winifred no sabe con certeza cuánto tiempo hace que ha salido. Cuando vuelve en sí, su linterna apenas ilumina. El polvo se ha asentado. El símbolo ha desaparecido. Se siente extraña. Desprovista de toda energía, y sin embargo colmada de algo más. De una sombría determinación. La visión era un obsequio, una advertencia, un conjunto de instrucciones enviadas por los propios Creadores. Winifred ha visto, pero sobre todo entiende. Hay cosas que debe hacer.
Cosas terribles.
Este obsequio divino viene con un precio.
Winifred se levanta. Acerca una mano huesuda y cubierta de cicatrices a la pared agrietada. Ahora ya sabe qué es lo que yace detrás de esta piedra. Una maravilla donde las haya. Le tiembla la mano. No es capaz de recordar la última vez que lloró, pero se relaja un momento. Llora por las cosas que ha hecho, por las cosas que está a punto de hacer, y por el largo camino que se despliega ante ella. Cuando ha terminado, se aclara la garganta y se alisa la capa roja una vez más.
Es suficiente. Debe abandonar este lugar, abandonarlo y no volver jamás, porque la maravilla que se encuentra al otro lado del muro es para otra persona. Esta no es la historia de Winifred, al fin y al cabo.
Es la de Jane Doe. La niña de los ojos ámbar.


DOCE AÑOS
DESPUÉS
De nuevo estoy en un aprieto. Es el pan de cada día de alguien a quien llaman la Gran Maldición, la Indeseada, la Portadora de los Malos Espíritus, un Genio. Mal tiempo, cosechas que se echan a perder, mascotas que se extravían... Siempre me echan la culpa a mí. No tengo ni idea de lo que he hecho esta vez. Lo único que sé es que la señora Hollow está ejecutando otro ritual de purificación en lo alto de la escalera del sótano, mientras escupe en el rellano y agita una ramita de tomillo. Y también que murmura cosas del tipo «abominación repugnante» y «tacha catastrófica de proporciones inconmensurables» entre dientes.
No hay duda: ha vuelto a buscar palabras altisonantes en el diccionario.
Normalmente me pongo cómoda para aguantar el chaparrón. Me siento en la sombra, me muerdo las uñas, tarareo una canción. Pero hoy no.
Hoy debo estar en un sitio. Hoy tengo un secreto.
Me acerco a la rendija de luz que entra por la puerta abierta.
—Esto... ¿Señora Hollow?
—¡Chis! —Es una mujer alta y desgarbada. Sus ojos inquietos aparecen muy aumentados de tamaño con las gafas. Es, lisa y llanamente, una mantis religiosa de un metro ochenta al borde de un ataque de nervios. Saca un limón de su bolsillo y lo exprime a lo largo del marco de la puerta—. Necesito concentrarme.
—Entendido. Ahora toca escupitajo y vuelta. Perdón.
La señora Hollow se deshace del limón y el tomillo, escupe en sus manos —«stup, stup»— y a continuación da un giro sobre sí misma y exclama:
—¡Vete!
Entonces se queda inmóvil con sus manos en alto y los dedos separados.
No ocurre nada, por supuesto, pero la escena impone.
—Muy bueno —digo—. Lo que pasa es que debo ir al baño sin falta...
—Bah. Maldita sea. —La señora Hollow de pronto sale de su trance y se seca las manos en el delantal. Niega con la cabeza.
—Ha desaparecido. La vibración. Lo has estropeado. Deberé empezar de nuevo.
—Quizá si me explicara qué es lo que cree que he hecho...
—No has sido tú. Bueno, no se trata solo de ti. Ha sido él también. —Apunta con un dedo a mi padre, que está tumbado en su pequeño nicho, todavía despierto pero sosegado al fin. Vivimos en el sótano, ¿sabéis? Con ratas y eso—. Nos ha tenido toda la noche en vela. Daba unos gritos que parecía un alma en pena. ¡Se acabó! O aprendes a controlarlo o se va de patitas a la calle.
Se me suben los colores a la cara.
—No ha sido por su culpa. El temblor no le ha asustado en lo más mínimo.
—El temblor que tú misma has provocado, bicho raro de ojos...
—¡Beatrice! —chilla una voz desde arriba.
Es su marido, Bertram, una especie de foca barbuda embarrancada ante la mesa de la cocina. Apenas sale de allí porque a) es donde está la comida, y b) está aterrorizado; pero no solo le aterro yo, sino también los microbios, los animales, el polen y el simple contacto humano. El hombre le gritó a una percha en una ocasión, creedme.
—Suéltale el sermón.
Oh, oh. Cualquier cosa menos el sermón. Ahora no.
—¡Qué idea tan estupenda, cariño! —La señora Hollow se me queda mirando, de pronto, con una expresión muy seria, muy herida—. ¿Así es como nos lo pagas? Te acogemos, con toda nuestra bondad y mejor intención. Te damos de comer. Te damos trabajo. Diablos, incluso te bañamos cuando eras una bebé, ¿y tú lo único que haces para agradecérnoslo es no dejarnos pegar ojo en toda la noche? Mira, te voy a decir algo...
La mujer arrastra las palabras al hablar, pero aprendí a ignorarla hace mucho tiempo.
Claro, en parte lleva razón. Es verdad que los Hollow nos acogieron a mí y a mi padre, pero solo porque les tocó la peor suerte. Nadie nos quería cuando llegamos a Bluehaven, por lo que el ayuntamiento puso en un bombo los nombres de todas las parejas que vivían en la isla y escogió a los afortunados. Al cabo de media hora nos dejaron ante la puerta de la casa de los Hollow con dos gallinas y una vaca para suavizar el golpe. No hay «bondad» en sus corazones. No tienen amigos, hacen como si Violet, su única hija, no existiera, y me han tratado como a una esclava desde que tengo memoria. Limpio el cobertizo anexo, hago la colada, recojo los huevos, ordeño la vaca, recojo las cacas con la pala y friego los suelos, todo mientras cuido a mi padre a jornada completa.
Jane Doe, aprendiz de todo y oficial de nada.
—¿Me escuchas, niñata? He dicho que es por esto por lo que mereces morir sola y de una forma horrible.
—Oh. —Me toca—. Lo siento, señora Hollow. Lleva toda la razón. Soy mala hierba. Estoy podrida hasta la médula. Prometo esforzarme más de ahora en adelante. Buena señora.
Por suerte, a la mujer siempre le ha costado pillar el sarcasmo.
—Bien. Dentro de unas horas saldremos para la fiesta. Ya sabes lo que tienes que hacer.
Asiento con la cabeza.
—Quedarme aquí. Ponerme de cara a la pared. Rezar y suplicar el perdón. Como siempre.
—Exactamente. El Lamento de la Mansión es un día importante para todos nosotros. —Me apunta con un dedo—. ¡No lo estropees! Con un poco de suerte, los Creadores tendrán piedad de nosotros este año —añadió; es decir que, con un poco de suerte, me alcanzaría un rayo, me atacarían unos perros rabiosos o moriría acribillada por las abejas.
—Es justo lo que cabe esperar —digo, pero no lo creo.
La señora Hollow me mira con el ceño fruncido y luego señala a mi padre con un movimiento de cabeza.
—Que. Se. Calle.
Dicho esto da un paso atrás y cierra la puerta de un portazo.
—Por fin —murmuro.
Paso por al lado de mi colchón hecho jirones, tendido en el suelo, me escabullo en el nicho de mi padre y me tumbo como puedo a lo largo de su cama. Esta noche apenas ha dormido debido al terremoto. No dejaba de dar vueltas y de gritar, empapado en sudor. Al igual que los seísmos, sus crisis han empeorado últimamente. Son más intensas. Casi violentas. Sus grandes ojos marrones de nuevo lucen esa mirada vidriosa, perdida en algún punto en la distancia. La mayoría de la gente vería el armazón vacío de un hombre, pero en mi caso no es así. El fino pliegue en su frente. El temblor de sus manos. Sé que está en alguna parte, y que está asustado.
Quiere que me quede con él.
—Creía que no se iba a ir nunca —digo con una sonrisa forzada—. ¿Estás bien?
No contesta, por supuesto. De hecho, nunca le he oído hablar, ni una sola vez.
Ocuparme de mi padre es la única tarea que me gusta. Es duro. Es lo más triste. No tengo ni idea de qué clase de pesadilla le ha paralizado, y hace mucho tiempo que ya no intento averiguarlo. Es cierto que es capaz de levantarse y caminar si lo ayudo. Dos pasos lentos y arrastrados cada vez. Puede beber, masticar y tragar, utilizar el baño que hay en el rincón, pero poca cosa más. No habla. No ríe. No me abraza. No puedo jugar a juegos con él ni sacarlo a la calle. Lo peor de todo es que no puedo hacer nada para que esté mejor. Lo único que hago es ahuecar almohadas, remeter mantas, dar sopas, desmigajar el pan, cepillar dientes, lavar el pelo, cortar uñas y plantearme una y otra vez las mismas preguntas que me rondan por la cabeza desde hace años: ¿cómo era antes de que enfermara?, ¿cómo se llama en realidad?, ¿cuándo su pelo empezó a volverse deslucido y gris de forma prematura?, ¿cuáles eran sus comidas, estaciones, canciones y colores favoritos? Y las preguntas más trascendentales: ¿de dónde vinimos?, ¿cómo era mi madre?, ¿cómo se llama?, ¿tengo sus ojos?, ¿está en alguna parte, esperándonos en el otro lado?, ¿por qué no está aquí con nosotros ahora? En definitiva, ¿qué sucedió realmente la noche que llegamos a Bluehaven?
Sé que mi padre tiene todas las respuestas —por fuerza—, pero están atrapadas en su interior, como unos bichos escurridizos metidos en un tarro. Me limito a imaginar. Hay días en que me vuelvo loca, pero lo quiero, así de sencillo, lo que significa que las cosas no van a cambiar. Claro que me gustaría que saliera de este estado y me sacara de este lugar, pero los deseos son peligrosos y distraen. Esta es la vida que tenemos. Siempre ha sido así, y es probable que siempre lo sea. Al menos eso es lo que creía antes.
Ahora ya no estoy tan segura.
Al amanecer me ha despertado un «ra-ta-ta-ta». Me acababa de limpiar la baba del mentón y las legañas de los ojos cuando he visto una nota que se colaba por la rendija de la diminuta ventana del sótano. Aunque en realidad no era una nota. Era una fotografía antigua. Una imagen de mi padre durmiendo en una butaca en un magnífico estudio de un tono sepia; enfermo todavía, creo, pero algo más joven, con el rostro menos arrugado. He notado una fuerte opresión en el pecho. Nunca había visto una foto de él. He empujado un cajón hasta la ventana, me he encaramado a él y, de puntillas, he intentado por todos los medios ver quién la había dejado, pero quien fuera ya se había ido. He acercado la foto a la luz blanquecina y entonces es cuando he visto el mensaje que había escrito en el dorso.
Mi casa. White Rock Cove. 10 am.
Ven sola si quieres respuestas. E. Atlas
Eric Atlas. Eso no tenía sentido. Sigue sin tenerlo. ¿El nuevo e ilustre alcalde de Bluehaven merodeando por la ciudad de madrugada y colando mensajes por las ventanas? El tipo se había presentado a la casa hacía tan solo unas semanas. No lo vi, por supuesto, pero le oí desde el otro lado de la puerta del sótano. Sus botas pesadas. Su voz áspera. Dijo que había venido para comprobar cómo estaban los Hollow, y estuvo una hora sentado en la cocina mientras escuchaba sus quejas. Entonces, ¿a qué venía todo este secretismo ahora? ¿Por qué hoy? He caminado de un lado a otro del sótano, pensando, dándole vueltas. He analizado la situación, he reflexionado y he urdido un plan con Violet cuando ha bajado a hurtadillas para saludarme antes que se despertaran sus padres.
«Debes ir», dijo. «Puede que sea una trampa, pero debes ir».
Estaba en lo cierto. Era probable que fuera una trampa. Una estratagema para que yo me dejara ver. Una artimaña de tipo festivo o algo por el estilo, no lo sé. De todos modos, debo ir. Tengo que arriesgarme, lo tengo que saber.
No es una sensación que sobreviene cada día, esa sensación de que algo puede cambiar.
Saqué la foto arrugada de bajo la almohada de mi padre. El mejor escondrijo del sótano. En la imagen mi padre tiene una manta echada sobre sus piernas y hay un escritorio a su lado. Y una chimenea también. Detrás de él se ve un armario repleto de libros, armas y jarrones. Está claro que la foto no se tomó en casa de los Hollow. Entonces, ¿dónde se hizo? ¿Y cuándo?
La respiración de mi padre se acelera. Le cojo la mano, se la aprieto.
—No sufras, figura. Estaré de vuelta antes de que te des cuenta.
Debo apresurarme. El viejo reloj de pared está a punto de dar las nueve y media, lo que significa que puedo recibir la señal de Violet en cualquier momento. «Solo para distraer», le he dicho. «Nada de locuras. No la líes». Me lo ha prometido, me lo ha jurado incluso, pero me he fijado en el brillo de sus ojos.
Me recojo el pelo —largo, oscuro, tan enredado que seguro que rompería un peine— hacia atrás y luego me guardo la foto en el bolsillo y le doy un beso a mi padre en la mejilla.
—Más tarde te prepararé algo para comer, ¿vale?
Me vuelvo, no miro hacia atrás. Dejarlo solo ya resulta bastante duro.
Antes podía escabullirme por la ventana del sótano, pero de esto hace ya mucho tiempo, por lo que cojo el abrigo y subo sigilosamente las escaleras del sótano. Como los Hollow no cierran la puerta hasta que se marchan, huir no va a suponer ningún problema. Aun así, me quedo inmóvil un momento, aguantándome la respiración.
Entonces ocurre.
Se oye un fuerte crujido. Al fondo, en alguna parte, creo.
La señora Hollow chilla:
—¡Otra vez no! El cubo, Bertram, ¿dónde está el cubo? ¡Violet! ¡Vuelve ahora mismo!
Sonrío.
Esta niña no tiene arreglo. Con ocho años ya es toda una pirómana.
La puerta de detrás se abre con un chirrido, y esto significa que es hora de pasar a la acción. Salgo al pasillo, cierro con cuidado la puerta del sótano y me escabullo hasta la puerta principal tan deprisa y silenciosamente como puedo, haciendo todo lo posible, como siempre, para ignorar las Tres Leyes que cuelgan encima de la puerta, enmarcadas y bordadas, cubiertas de una fina capa de polvo. La norma en todas las casas de Bluehaven.
Entramos en la Mansión a voluntad.
Entramos en la Mansión sin armas.
Entramos en la Mansión en soledad.

OUTSET SQUARE
Bluehaven es un lugar de mala muerte. Un amasijo ruinoso de casas destartaladas y callejones sin salida que se amontonan en la orilla rocosa de la isla. Unas vigas de madera sostienen las paredes abombadas y los aleros medio hundidos. Las callejuelas están minadas de baches. Los temblores han hecho estragos. Dudo que haya un palmo de superficie en esta ciudad que no esté agrietado; esta es una de las principales razones por las que la gente de allí me mira con recelo en las contadas ocasiones en las que me dejo ver. Así pues, aunque brille el sol, aunque haga un calor de mil demonios y no haya respirado aire fresco en tres días, me echo la capucha sobre la cabeza en cuanto salgo a la calle. No puedo arriesgarme en lo más mínimo. Debo pasar desapercibida, caminar deprisa, andarme con cuidado con los sospechosos habituales.
La vieja señora Jones, que chilla como un espíritu atormentado siempre que me ve pasar. El señor Annan, que cierra todas las ventanas y solloza en la oscuridad. La anciana de rojo, la odiosa Winifred Robin, qué fastidio de mujer; no deja de acecharme desde la sombra, anda cuando yo ando, se detiene cuando yo me detengo, y se ha esfumado las pocas veces en que he vuelto sobre mis pasos para regañarla. Un horror, sin duda, pero me he acostumbrado. A todo. Los niños suelen echar a correr en dirección contraria en cuanto me ven, como si tuviera una enfermedad contagiosa. Las puertas se cierran de golpe, los pestillos se deslizan. La gente mayor murmura plegarias.
Esta mañana, sin embargo, es una ciudad fantasma. Está desierta.
—¡Eh, espera! —Violet sale disparada de la esquina, detrás de mí, con sus pequeñas botas rojas, radiante como un millar de soles—. Antes de que te pongas en marcha, que sepas que yo no he hecho explotar nada. Tan solo he prendido fuego a la basura. —Se pone a andar junto a mí—. Algo que había dentro de la basura ha explotado, pero no fue culpa mía.
—¿Te das cuenta de que, no sé, podrías haber llamado a tu madre para que subiera y todo arreglado?
Violet arruga la nariz.
—¿Y esto qué tiene de divertido? Además, no te puedo ayudar si me quedo encerrada en casa, ¿no crees? —Da una palmada—. Y bien, ¿cuál es el plan?
—Yo voy a White Rock. Tú te vuelves a casa.
—Oh, oh. Si te pillan incumpliendo el toque de queda, te tendrán un mes encerrada en el sótano. O peor que eso. Podrían desterrarte. Apuñalarte. ¡Oh! ¡Oh! ¡Podrían apuñalarte y luego desterrarte!
—Vaya. Trata de no alterarte demasiado, Violet.
—Claro, yo no quiero que nada de esto suceda. Pero seamos realistas: cada día estás encerrada en el sótano con John, lo que significa que yo soy tu única amiga; no te dejan ir al colegio, lo que significa que no eres la chica más lista de por aquí, y ahora se te ocurre salir a pasear un día en que la gente se reúne para, literalmente, quemar efigies tuyas en Outset Square.
El hecho de que los niños de Bluehaven sepan qué es esto de quemar efigies no puede ser normal, ¿verdad? No soporto este lugar, puñeta.
—¿Me estás diciendo que necesito toda la ayuda posible?
—Te estoy diciendo que me necesitas a mí.
—Entendido —accedo suspirando—. Puedes acompañarme hasta el límite de la cala, pero luego tendrás que irte. El mensaje decía que fuera sola. Si asustamos a nuestro huésped misterioso, todo habrá sido en vano. Y si sucede algo antes de llegar, vete corriendo a casa. No te detengas. No mires atrás. ¿Trato hecho?
Violet no pareció molestarse, pero ya se burlan bastante de ella porque vivimos bajo el mismo techo. No quiero ni pensar lo que podría ocurrir si la gente descubriera que somos amigas.
—Trato hecho —responde.
Me detengo en la esquina de Sunview y Main. Violet avanza con cautela para asegurarse de que no hay moros en la costa. Intenta silbar, pero todavía no sabe, y tose y se aclara la garganta hasta que yo capto la señal y me reúno con ella. Acaba de pasar un grupo de chavales. Una mujer barre la entrada de su casa unas puertas más abajo. Cruzo la calle con discreción, sigilosa como un forajido, y llevo a Violet hasta un callejón a toda prisa.
Bluehaven es un laberinto gigante, pero conozco todas sus calles y atajos. Por supuesto, ahora solo salgo para hacer algún que otro recado para los Hollow, como buscar leña o comprar arroz, pero antes siempre me escapaba, sobre todo por la noche. Merodeaba por las calles a la luz de la luna y hurgaba en los cubos de basura de los vecinos en busca de ropa o baratijas que pudieran haber desechado, tal vez incluso de un refrigerio de media noche para mi padre y para mí. A veces me aventuraba a trepar por los mangos y cocoteros y luego nos dábamos un festín. En muy poco tiempo me lo había pateado todo infinidad de veces.
—He estado pensando —comenta Violet de repente. Se agacha y se mete debajo de una ventana para asegurarse de que nadie la ve. Un movimiento inútil, porque la ventana estaba tapiada con tablas, pero por lo menos se divertía—. Si esto es realmente una emboscada —se pone en pie de un salto, se sacude el polvo—, creo que deberías seguir adelante. Pasártelo bien. Ser la mala de la película. Ir corriendo por ahí dando voces y decirles que si no te dan una caja de sílex hundirás la isla entera o algo así.
—¿Por qué iba a querer yo una caja de sílex?
—¿Y por qué no?
Un cruce con mucho movimiento. Doblamos a la derecha para tomar Kepos Road. La única opción es mezclarse entre la multitud durante un rato, seguir el torrente de gente. Pasar desapercibidas a la vista de todos y confiar en que nadie repare en nosotras. Me bajo aún más la capucha. Fijo la vista en mis pies, dejo que Violet me guíe. Temo que de un momento a otro una mano me agarre y me obligue a girarme, como si toda la multitud se volviera hacia mí a la vez.
Violet se detiene. Choco contra su espalda y alguien choca contra la mía. Me pongo en guardia, me preparo para salir corriendo, pero el tipo dice simplemente:
—Perdón —y sigue andando.
Casi me echo a reír.
—¿Qué ocurre? —murmuro.
—Hay dos carretas —susurra Violet—. Están ahí paradas, bloqueando el paso. Pero qué idiotas. Podríamos tratar de pasar por debajo, aunque...
—No —digo—. Ven. Es arriesgado, pero debemos cruzar por Outset.
Nos refugiamos en un callejón lateral y empezamos a correr. Siento que se nos escapan los segundos. Esquivamos papeleras, saltamos baches, nos deslizamos por debajo de un tendedero y trepamos por una pila de cajones y toneles, mientras el murmullo y el zumbido de Outset Square se intensifica a nuestro alrededor.
Introduzco la mano en el bolsillo. La foto misteriosa todavía está ahí, a salvo. La agarro con fuerza, reprimiendo las ganas de echar a correr hacia el sótano para asegurarme de que papá está bien. A veces juro que hay un hilo invisible entre nosotros que se acaba, se tensa y tira de mi corazón y mis entrañas siempre que me alejo demasiado. Siempre que voy demasiado lejos.
Hoy tira más fuerte que nunca.
Violet capta la expresión de mi rostro. Ya sabe de qué va eso.
—Está bien, Jane —me dice resoplando y bufando a mi lado—. Quiero decir que ahora mismo corre mucho menos peligro del que tú estás a punto de correr. Pero no te preocupes, la plaza estará a reventar. Todo el mundo estará demasiado ajetreado con los preparativos de la fiesta para darse cuenta de algo. Ya lo verás.
Y tiene razón. Outset Square bulle de actividad. El gentío preparaba los puestos y tablados. Empujaba unas carretas cargadas de fruta y asadores con cochinillo. Colgaba banderas de las farolas. Desplegaba largos estandartes entre las columnas de los edificios contiguos. La escuela Dawes Memorial. El Museo de Antigüedades de los Otros Mundos. El espléndido ayuntamiento. Las banderas y los estandartes son blancos, símbolos de la paz y la pureza. El Lamento de la Mansión conmemora el aniversario de la Noche de todas las Catástrofes. Es el único día del año en que la gente se reúne para celebrar y recordar las aventuras de la gente mayor. Para alabar sus dioses —Po, Aris y Nabu-kai—, también conocidos como los tres Creadores. Para cantar, rezar, comer, bailar y, sí, quemar efigies de mí y de mi padre. Ahí los tenéis. Colgando unas cosas altas y horribles en unas ruedas.
Puede que, en sus orígenes, la festividad fuera algo sombrío, pero al parecer hoy en día tiene un carácter más bien lúdico. Sin duda, yo no figuro en la lista de los invitados.
Y es que por nada del mundo debería estar aquí.
—Cómo me gusta esto —masculla Violet al pasar una carretilla llena de fuegos artificiales.
—Cálmate, pequeña pirómana. —La arrastro hacia la multitud—. Me gusta la idea de que estos desgraciados huyan de algo que no sea yo, pero ¿de verdad quieres que se repita la misma historia del año pasado?
—Oye, si no querían menores en las ruedas de dragón deberían haber puesto una señal o algo por el estilo. E hice estallar solo la mitad.
—Todavía estaban guardados. Escuché la explosión desde el sótano.
Violet suspira.
—Sí, deberías haberlo visto. —Entonces me mira con esos ojos de cachorrito—. Me gustaría que vinieras esta noche, Jane. Nunca has estado. ¿Por qué no haces un esfuerzo?
—¿De veras tengo que responder a esta pregunta?
—Podríamos disfrazarte. De árbol o algo así. Ponerte unas cuantas ramas, algunas hojas...
—No iré a la fiesta, Violet. Nunca. Y ahora, ¿puedes dejar ya el tema?
—De acuerdo. Dejo el tema. Tema cerrado. Pero ¿crees que sucederá este año?
—¿Que si creo que vas a hacer explotar algo? Probablemente sí.
—No, tonta. Lo que todo el mundo piensa. ¿Crees que despertará al fin?
Echo un vistazo a la multitud. Mientras empujan con esfuerzo, montan, barren, limpian, todos ellos observan la Escalinata Sagrada, situada al otro extremo de la plaza. Recta como un clavo y desmoronándose por los bordes, la colosal escalinata se extiende hasta la cima de la empinada colina, en el centro de la isla, y se eleva sobre las granjas dispuestas en terrazas mediante una serie de imponentes arcos. Suben y suben, escalan la escarpada y rocosa pendiente que lleva a la cumbre —la altura es vertiginosa desde ahí, el desnivel es casi el mismo que el de una escalera de mano—, hasta ser devorad
