Prólogo
Miraba absorto la nada incolora.
Desde hacía casi tres años.
Nadie le veía y él no distinguía a nadie. Cuando la puerta se abría succionaba el vapor suficiente para dejar entrever por unos instantes a un hombre desnudo, después todo quedaba envuelto en niebla.
Los baños iban a cerrar. Estaba solo.
Se ciñó el albornoz de felpa blanca, se levantó del banco de madera y bordeó la piscina desierta camino del vestuario.
Ni una ducha abierta, ninguna conversación en turco ni pies desnudos deslizándose sobre las baldosas. Se contempló en el espejo. Recorrió con el dedo la cicatriz aún visible de la última operación. Le había llevado tiempo acostumbrarse a su nuevo rostro. El dedo bajó por el cuello, cruzó el pecho, se detuvo donde comenzaba el tatuaje.
Abrió el candado de la taquilla, se puso los pantalones y luego la gabardina encima del albornoz todavía húmedo. Se ató los cordones de los zapatos. Volvió a asegurarse de que estaba solo y se dirigió hacia otra taquilla cerrada con un candado manchado de pintura azul. Marcó el código 0999 y abrió la puerta. Dedicó unos instantes a observar el revólver grande y hermoso que descansaba en su interior, lo agarró por la culata de color rojo y se lo metió en el bolsillo de la gabardina. Abrió el sobre. Una llave, una dirección y más detalles.
En el armario había una cosa más.
De hierro, pintada de negro.
La levantó hacia la luz, contemplando fascinado su filigrana. Tendría que limpiarla, frotarla, pero ya sentía la excitación ante la sola idea de usarla.
Tres años. Tres años en una nada blanca, en un desierto de días sin sentido.
Ya era hora, había llegado el momento de beber del cáliz de la vida. Debía regresar.
Harry despertó sobresaltado, la mirada clavada en la penumbra del dormitorio. Era él, había vuelto, estaba allí.
—¿Pesadillas, cariño?
La voz que le susurraba era cálida y serena. Se volvió hacia ella, unos ojos castaños escrutaban los suyos. El fantasma palideció hasta desaparecer.
—Estoy aquí —dijo Rakel.
—Y yo aquí —dijo él.
—¿Quién era esta vez?
—Nadie —mintió poniéndole la mano en la mejilla—. Duérmete.
Harry cerró los ojos y esperó a estar seguro de que ella también lo hacía antes de volver a abrirlos. Estudió su rostro. Esta vez él había aparecido en un bosque. Un paisaje pantanoso, ambos envueltos en jirones de niebla. Él había adelantado la mano, apuntaba a Harry con algo que no podía ver. Intuía el rostro demoníaco sobre su pecho desnudo. Luego la niebla se hizo más espesa y él se esfumó. Otra vez.
—Y yo estoy aquí —susurró Harry Hole.
PRIMERA PARTE
1
Miércoles por la noche
El bar Jealousy estaba casi vacío, pero aun así se respiraba con dificultad.
Mehmet Kalak observaba al hombre y a la mujer de la barra mientras les servía vino. Tenía cuatro clientes. El tercero ocupaba una de las mesas él solo y bebía su pinta a traguitos mínimos. El cuarto apenas dejaba ver unas botas de cowboy, y a intervalos espantaba la penumbra con la luz del móvil. Cuatro clientes a las once y media de una noche de septiembre en la mejor zona de bares del barrio de moda, Grünnerløkka. Un desastre, no podía seguir así. A veces se preguntaba por qué había dejado su puesto como encargado del bar del hotel más cool de la ciudad para coger por su cuenta y riesgo este bar decadente con una clientela de borrachos. Tal vez porque creyó que subiendo los precios podría cambiar los clientes de siempre por los que todo el mundo quería: los residentes de la zona, gente de mediana edad, con poder adquisitivo y nada problemática. O a lo mejor porque después de romper con su novia necesitaba un lugar donde pudiera matarse a trabajar. O porque, cuando el banco le denegó el préstamo, la oferta del prestamista Danial Banks le había parecido atractiva. O tal vez fuera tan sencillo como que en el Jealousy era él quien elegía la música y no un director de hotel que solo reconocía una melodía, la de la campanilla de la caja registradora. Había resultado sencillo ahuyentar a la antigua clientela, hacía mucho que habían encontrado un nuevo hogar en un bar barato a tres manzanas de allí. Pero había resultado más complicado atraer a nuevos clientes. Quizá debería revisar el concepto. Tal vez una única pantalla de televisión con la liga turca no fuera suficiente para considerarlo un bar deportivo. Y en cuanto a la música, quizá debería apostar más por lo seguro, por los clásicos como U2 y Springsteen para los chicos, y Coldplay para las damas.
—No es que yo haya tenido muchas citas por Tinder —dijo Geir dejando la copa de vino blanco sobre la barra—, pero he podido comprobar que hay mucha gente rara por ahí.
—¿No me digas? —respondió la mujer ahogando un bostezo.
Era rubia y llevaba el pelo corto. Delgada. Treinta y cinco años, pensó Mehmet. Movimientos rápidos, un poco nerviosos. Ojos cansados. Trabaja demasiado y hace ejercicio con la esperanza de que eso le proporcione la energía que siempre echa en falta.
Mehmet vio a Geir levantar su copa sujetando el tallo con tres dedos, igual que la mujer. En sus innumerables citas a través de Tinder siempre pedía lo mismo que ellas, ya fuera whisky o té verde. Parecía una manera de dar a entender que en eso también hacían buena pareja.
Geir carraspeó. Habían pasado seis minutos desde que ella había entrado en el bar y Mehmet sabía que ya estaba listo para dar la estocada.
—Eres más guapa que en tu foto de perfil, Elise —dijo Geir.
—Ya me lo habías dicho, pero te lo agradezco.
Mehmet limpiaba un vaso fingiendo que no escuchaba.
—Dime, Elise, ¿qué esperas de la vida?
Ella sonrió desanimada.
—Un hombre al que no solo le importe el físico.
—No podría estar más de acuerdo, Elise. El interior es lo que importa.
—Era broma. Supongo que en la foto de perfil salgo bastante mejorada, y tengo la impresión de que tú también, ¿no, Geir?
—Je, je —dijo Geir, contemplando algo confuso el fondo de su copa de vino—. Bueno, la mayoría de la gente elige una foto favorecedora. Así que buscas un hombre. ¿Qué clase de hombre, Elise?
—Uno que quiera ser amo de casa —respondió, consultando su reloj.
—Je, je. —A Geir no solo le sudaba la frente, sino toda su gran cabeza afeitada. Pronto tendría manchas de sudor en las axilas de su camisa negra slim fit, una elección sorprendente, puesto que Geir no estaba ni delgado ni en forma. Giró su copa—. Tenemos el mismo sentido del humor, Elise. De momento, para mí un perro es familia suficiente. ¿Te gustan los animales?
«Tanrim, por Dios, ¿es que no va a rendirse?», pensó Mehmet.
—Si doy con la persona adecuada, será porque me convenza tanto aquí… como aquí… —Geir sonrió, bajó la voz y se señaló la entrepierna—. Pero, para saber si es así, primero hay que comprobarlo, ¿no crees, Elise?
Mehmet tuvo escalofríos. Geir había metido la quinta y su ego iba a llevarse otro golpe en la carrocería.
La mujer apartó su copa de vino, se inclinó un poco y Mehmet tuvo que esforzarse para oír lo que decía.
—¿Puedes prometerme una cosa, Geir?
—Claro. —Su mirada y su voz eran las de un perro sumiso.
—¿Que puedo irme de aquí ahora mismo y nunca volverás a intentar ponerte en contacto conmigo?
Mehmet no tuvo más remedio que admirar la capacidad de Geir para esbozar una sonrisa.
—Por supuesto.
La mujer se echó hacia atrás.
—Gracias. No es que tengas pinta de acosador, Geir, pero he tenido un par de malas experiencias, ¿sabes? Un tipo empezó a seguirme y también a amenazar a la gente con la que me veía. Espero que comprendas que tenga cuidado.
—Entiendo. —Geir levantó su copa y la vació de un trago—. Como ya he dicho, hay mucho loco por ahí suelto. Pero no temas, estás bastante segura. Las estadísticas dicen que la probabilidad de morir asesinado es cuatro veces mayor para un hombre que para una mujer.
—Gracias por el vino, Geir.
—En el caso de que uno de nosotros tres… —Mehmet se apresuró a mirar hacia otro lado cuando Geir le señaló— fuera asesinado esta noche, la probabilidad de que seas tú es de uno a ocho. O no, espera, habría que dividir por…
Ella se puso de pie.
—Espero que encuentres la solución. Que te vaya bien.
La mujer se marchó y Geir se quedó un rato mirando su copa, moviendo la cabeza al ritmo de «Fix you» como si quisiera convencer a Mehmet y otros potenciales testigos de que ya había pasado página, de que ella era como una canción ligera de tres minutos de duración que se olvidaba en otros tres. Se levantó y se fue sin terminarse el vino.
Mehmet miró a su alrededor. Las botas de cowboy y el tipo que alargaba hasta el infinito su pinta de cerveza habían desaparecido. Estaba solo. El aire volvía a ser respirable. Con el móvil cambió la playlist del equipo de música. Puso la suya. Bad Company. Con antiguos miembros de Free, Mott The Hoople y King Crimson no podía salir mal. Y con Paul Rodgers de vocalista era imposible que saliera mal. Mehmet subió el volumen hasta que las botellas de detrás de la barra chocaron entre sí.
Elise bajaba por la calle Thorvald Meyer, entre modestos bloques de cuatro pisos que en su día acogieron a la clase trabajadora de un barrio pobre en una ciudad pobre. Ahora el precio del metro cuadrado igualaba al de Londres o Estocolmo. Septiembre en Oslo. Por fin había vuelto la oscuridad y habían quedado atrás las largas noches de verano, luminosas y molestas, sus estúpidas, felices e histéricas muestras de alegría de vivir. En septiembre Oslo volvía a su auténtico ser: melancólica, reservada y eficiente. Una fachada sólida que escondía lugares oscuros y secretos. Como ella misma, decían algunos. Apretó el paso; en el aire se intuía la lluvia, un sirimiri, el estornudo de Dios, como dijo una vez una de sus citas intentando resultar poético. Iba a darse de baja de Tinder. El día siguiente. Ya era suficiente, ya estaba harta de hombres salidos que con su sola mirada hacían que se sintiera como una puta por citarse con ellos en un bar. No más psicópatas y acosadores que se aferraban a ella como garrapatas, chupando su tiempo, su energía y su seguridad. Ya estaba harta de patéticos perdedores que hacían que se sintiera uno de ellos. Decían que las citas por internet eran la nueva manera de conocer gente, que ya no había de qué avergonzarse, que todo el mundo lo hacía. Pero no era verdad. La gente se conocía en el trabajo, en la biblioteca, a través de amigos comunes, en el gimnasio, en cafeterías, en el avión, el autobús o el tren. Se conocían como tenía que ser, sin tensiones, sin sentirse presionados, y luego podían conservar la ilusión romántica de que había intervenido el destino, de que su comienzo había sido inocente y limpio. Quería esa ilusión. Borraría su cuenta. No era la primera vez que se lo proponía, pero esta vez lo haría, esa misma noche.
Cruzó la calle Sofienberg, sacó la llave para abrir el portal contiguo a la frutería.
Empujó la puerta y penetró en la oscuridad del portal. Se detuvo de golpe. Eran dos.
Sus ojos tardaron un par de segundos en acostumbrarse a la penumbra y distinguir lo que tenían en la mano. Los dos hombres, con los pantalones desabrochados, se sujetaban el pene colgando. Reculó. No se dio la vuelta, solo rogó que no hubiera alguien detrás de ella también.
—Joder, sorry.
El taco y la disculpa fueron pronunciados por una voz juvenil, Elise le calculó entre dieciocho y veinte años. Y no estaba sobrio.
—Tío —dijo el otro muerto de risa—. ¡Me has meado en los zapatos!
—¡Es que he dado un bote!
Elise se ciñó el abrigo y pasó junto a los chicos, que se habían vuelto de nuevo hacia la pared.
—Esto no es ningún meadero —dijo.
—Sorry, es que había muchas ganas. No se repetirá, tía.
Geir iba deprisa por la calle Schleppegrell.
Meditaba, no estaba tan seguro de ese cálculo según el cual, entre dos hombres y una mujer, ella tenía una probabilidad de uno a ocho de morir asesinada; la cosa era un poco más complicada. Todo era siempre más complicado.
Había pasado la calle Romsdal cuando algo le hizo girarse. Un hombre caminaba a unos cincuenta metros de distancia. No estaba seguro, pero ¿no era el mismo que había visto al otro lado de la calle, mirando un escaparate, cuando salió del bar Jealousy? Geir apretó el paso, iba hacia el este, hacia Dælenenga y la fábrica de chocolate; en esa zona no había nadie por la calle, solo un autobús que parecía ir adelantado sobre su horario y esperaba en la parada. Geir miró a su espalda. El tipo seguía allí, a la misma distancia. A Geir le daba miedo la gente de piel oscura desde siempre, pero no podía distinguirlo bien. Se estaban alejando de la zona blanca y moderna para aproximarse a las viviendas sociales y a los inmigrantes. Geir podía ver el portal de su casa a unos cien metros, pero cuando se giró vio que el tío había echado a correr, y entonces salió por piernas aterrado ante la idea de que le diera caza un somalí totalmente traumatizado en Mogadiscio. Geir llevaba años sin correr, y cada vez que sus talones impactaban contra el suelo una conmoción le recorría el cerebro y la visión. Llegó a la puerta, consiguió meter la llave en la cerradura al primer intento, se lanzó al interior y cerró el pesado portón tras de sí. Se apoyó en la madera húmeda. Le faltaba el aliento y el ácido láctico le quemaba los muslos. Se dio la vuelta y miró por el cristal de la puerta. No vio a nadie en la calle. A lo mejor no era un somalí. Geir no pudo contener la risa. Joder, había que ver lo miedoso que se volvía uno solo por haber hablado un poco de potenciales asesinatos. ¿Y qué había dicho Elise de su acosador?
A Geir todavía le faltaba el resuello cuando abrió la puerta del apartamento. Cogió una cerveza de la nevera, vio que la ventana de la cocina estaba abierta y la cerró. Luego entró en el despacho y encendió la luz.
Apretó una tecla del ordenador y la gran pantalla de veinte pulgadas se iluminó. Escribió «Pornhub» y «french» en el buscador. Fue pasando las fotos hasta dar con una mujer que tenía al menos el mismo color de pelo de Elise y también un peinado parecido. Los tabiques del piso eran muy finos, así que enchufó los auriculares al ordenador antes de hacer doble clic en la foto, desabrocharse los pantalones y bajárselos. La mujer se parecía tan poco a Elise que Geir prefirió cerrar los ojos y concentrarse en sus gemidos mientras intentaba visualizar la boca pequeña y algo severa de Elise, su mirada despreciativa, la blusa sencilla y muy sexy. Nunca la habría tenido, jamás, de otra manera. Geir se detuvo. Abrió los ojos. Soltó la polla al notar que el vello de la nuca se le erizaba por la corriente fría que entraba por la puerta que era muy consciente de haber dejado cerrada. Levantó la mano para quitarse los auriculares, pero ya era demasiado tarde.
Elise echó la cadena a la puerta y se quitó los zapatos en el recibidor. Pasó la mano por la foto sujeta en el marco del espejo en la que aparecía con su sobrina Ingvild. Era un ritual cuyo significado desconocía, pero era evidente que cubría alguna necesidad muy humana, igual que las historias sobre lo que nos espera después de la muerte. Fue al salón y se tumbó en el sofá de su apartamento de un dormitorio, pequeño pero acogedor, y además de su propiedad. Consultó el móvil.
Había un mensaje del trabajo avisando de que la vista de la mañana siguiente se había aplazado.
No le había contado al tío de la cita de esa noche que trabajaba como abogada ofreciendo asistencia a víctimas de violación, ni que su estadística sobre el riesgo que corrían los hombres de ser asesinados no era del todo cierta. En los crímenes por motivos sexuales, la probabilidad de que la víctima fuera una mujer era cuatro veces mayor. No en vano, lo primero que había hecho cuando compró el piso fue cambiar la cerradura y poner una cadena de seguridad, un invento muy poco noruego que todavía no manejaba con soltura.
Entró en Tinder. Había sido correspondida por tres de los hombres que había deslizado hacia la derecha aquella tarde. ¡Ah!, lo que enganchaba no era quedar con ellos, sino esto, saber que estaban ahí fuera y que la deseaban. ¿Y si se permitía un último coqueteo verbal, un trío virtual con sus dos últimos desconocidos antes de borrar la cuenta y la app para siempre?
No. Debía darse de baja ya.
Entró en el menú, completó los campos y finalmente se enfrentó a la pregunta de si «de verdad» deseaba cancelar su cuenta.
Elise se miró el dedo. Temblaba.
Por Dios, ¿sería adicta? Adicta a saber que había alguien, alguien que no tenía ni idea de quién ni cómo era ella en realidad, pero al menos alguien que la quería tal y como era en su foto de perfil. ¿Muy enganchada o solo un poco? Descubrirlo era tan fácil como dar de baja su cuenta y proponerse estar un mes sin Tinder. Un mes, y si no era capaz de cumplirlo es que le pasaba algo grave. Acercó un dedo tembloroso a la tecla aniquiladora.
Y si era eso que consideraban adicta, ¿acaso era tan peligroso? Todos necesitamos sentir que pertenecemos a alguien y que alguien nos pertenece. Había leído que los recién nacidos pueden morir si no reciben un mínimo de contacto con la piel de otro ser humano. No creía que fuera verdad, pero, por otro lado, ¿qué sentido tenía vivir solo para una misma, para un trabajo que te devora? Para unos amigos con los que se veía sobre todo por obligación y porque el miedo a la soledad pesaba más que su aburrida cantinela de quejas sobre los niños, el marido o la falta de una de esas dos cosas. Y tal vez el hombre que estaba buscando estuviera en Tinder en ese mismo momento. Así que, vale, un último intento. Apareció la primera foto y la arrastró hacia la izquierda, a la papelera, al no te quiero. Hizo lo mismo con la segunda, y con la tercera.
Su mente divagaba. En cierta ocasión asistió a una conferencia de un psicólogo que había estudiado a algunos de los peores delincuentes sexuales del país. Explicó que los hombres mataban motivados por el sexo, el dinero y el poder. Las mujeres, por los celos y el miedo.
Dejó de arrastrar hacia la izquierda. Había algo vagamente familiar en el rostro de la foto, a pesar de estar oscura y algo desenfocada. No sería la primera vez que ocurría. Al fin y al cabo, Tinder emparejaba a personas que estaban próximas entre sí. Y, según la aplicación, ese hombre se encontraba a menos de un kilómetro de ella, incluso podría estar en la misma manzana. La foto desenfocada delataba que no se había estudiado los consejos prácticos para el uso eficiente de Tinder, y eso ya era un dato positivo en sí mismo. El texto era sencillamente «Hola». No hacía ningún esfuerzo por aparentar ser diferente. No era indicio de que tuviera una gran imaginación, pero al menos se mostraba seguro de sí mismo. Sí, estaba convencida de que le gustaría un hombre que se acercara a ella en una fiesta y le dijera tan solo «Hola», y con una mirada tranquila y firme le preguntara: «¿Seguimos adelante?».
Arrastró la foto hacia la derecha. A «Siento curiosidad por saber quién eres». Una vez más oyó el alegre pling del iPhone que indicaba que se había producido otro emparejamiento.
Geir respiraba con fuerza por la nariz.
Se subió los pantalones y giró la silla despacio.
La pantalla del ordenador era la única fuente de luz y solo iluminaba las manos y el torso de la persona que unos instantes antes se encontraba a su espalda. No veía su rostro, tan solo unas manos blancas que le entregaban algo. Era una correa de cuero negro terminada en una lazada. La persona dio un paso hacia delante y Geir se echó hacia atrás instintivamente.
—¿Sabes cuál es el único ser más simple que tú que conozco? —susurró la voz desde la oscuridad mientras las manos tensaban la correa de cuero.
Geir tragó saliva.
—El perro —dijo la voz—. Esa mierda de perro del que tú prometiste ocuparte y que se caga en el suelo de la cocina porque a nadie le da la gana pasearlo.
Geir carraspeó.
—Pero, Kari, vamos…
—A la calle. Y no se te ocurra ponerme la mano encima cuando te acuestes.
Geir cogió la correa del perro y ella salió dando un portazo.
Se quedó sentado en la oscuridad, parpadeando.
«Nueve —pensó—. Dos hombres y una mujer, un asesinato. En ese caso, las probabilidades de que la mujer sea la víctima es de uno a nueve, no de uno a ocho.»
Mehmet iba conduciendo su viejo BMW despacio, alejándose de las calles del centro, hacia la colina de Kjelsås, chalets, vistas al fiordo y aire más fresco. Giró hacia su calle, silenciosa y durmiente. Divisó un Audi R8 aparcado delante de su casa, junto al garaje. Mehmet redujo la velocidad mientras valoraba durante unos instantes la posibilidad de acelerar, seguir adelante. Pero sabía que solo conseguiría aplazarlo. Claro que, por otra parte, eso era precisamente lo que necesitaba: un aplazamiento. Pero Banks acabaría localizándole y este podía ser un buen momento. Era una noche tranquila, estaba oscuro y no habría testigos. Mehmet aparcó junto a la acera. Abrió la guantera. Observó lo que tenía allí guardado desde hacía días, precisamente en previsión de que se produjera una situación como aquella. Se lo metió en el bolsillo y tomó aire. Bajó del coche y empezó a caminar hacia la casa.
Se abrió la puerta del Audi y Danial Banks bajó. Cuando Mehmet le conoció en el restaurante Pearl of India, supo que el nombre de pila paquistaní y el apellido británico serían tan falsos como su firma en el supuesto contrato que habían firmado. Pero el efectivo que contenía el maletín que le entregó era auténtico.
La gravilla que cubría el acceso al garaje crujió bajo sus pies.
—Bonita casa —dijo Danial Banks, apoyado en el R8 con los brazos cruzados—. ¿No le bastó a tu banco para avalar tu préstamo?
—Solo soy inquilino, de la planta baja.
—Pues lo siento por mí —dijo Banks. Era mucho más bajo que Mehmet, pero no lo parecía cuando tensaba los bíceps escondidos bajo la chaqueta del traje—. Eso quiere decir que no me serviría de nada prenderle fuego para que cobres el seguro y pagues tu deuda, ¿verdad que no?
—Supongo que no.
—Pues lo siento por ti también, porque voy a tener que utilizar un método muy doloroso. ¿Quieres saber en qué consiste?
—¿No te gustaría saber antes si puedo pagarte?
Banks negó con la cabeza y se sacó algo del bolsillo.
—El plazo venció hace tres días y te advertí que la puntualidad es vital. Y para que no solo tú sino todos mis clientes sepan que no toleraré retrasos, tengo que reaccionar sin hacer excepciones. —Acercó el objeto a la luz. Mehmet sintió que le faltaba el aire—. Sé que no resulta muy original —dijo Banks ladeando la cabeza para observar la tenaza—, pero funciona.
—Pero…
—¿Qué parte de «Cierra el pico» no entiendes? Puedes elegir dedo. La mayoría elige el meñique izquierdo.
Mehmet sabía lo que le esperaba. Furia. Tomó aire hasta hinchar el pecho.
—Tengo una solución mejor aquí mismo, Banks.
—¿Ah, sí?
—Sé que no es muy original —dijo Mehmet metiendo la mano derecha en el bolsillo de la chaqueta. La sacó. Sujetaba algo con las dos manos tendidas hacia Banks—. Pero funciona.
Banks le observó sorprendido, asintiendo con la cabeza.
—Tienes razón —dijo Banks cogiendo el fajo de billetes y quitándole la goma.
—Cubre el importe del primer plazo hasta la última corona —dijo Mehmet—. Pero no te cortes, puedes contarlo.
Un pling.
Un match en Tinder.
El sonido triunfal de tu móvil cuando alguien a quien has desplazado hacia la derecha hace lo mismo con tu foto.
A Elise le daba vueltas la cabeza, su corazón galopaba. Sabía que se trataba de un efecto bien conocido del sonido de un emparejamiento en Tinder: aumento de la frecuencia cardíaca a consecuencia de la emoción. Que se liberaban una serie de sustancias placenteras que podían crear adicción. Pero su corazón no se había desbocado por eso. Ese pling no procedía de su teléfono.
Había sonado en el mismo momento en que ella había arrastrado la foto hacia la derecha. La foto de una persona que, según Tinder, se encontraba a menos de un kilómetro de ella. Fijó la mirada en la puerta cerrada del dormitorio. Tragó saliva.
El sonido tenía que proceder de un piso vecino. En el bloque residían muchos solteros, muchos usuarios potenciales de Tinder. Y ahora todo estaba en silencio, incluso en el piso de abajo, donde unas horas antes, cuando salió de casa, las chicas tenían montada una fiesta. Pero solo hay una manera de deshacerse de los monstruos imaginarios: comprobarlo.
Elise se levantó del sofá y dio los cuatro pasos que la separaban de la puerta del dormitorio. Dudó. Por su mente pasaron un par de casos de abuso en los que había trabajado.
Hizo un esfuerzo y abrió.
Se quedó en el umbral respirando con dificultad. No había nadie, al menos nadie cuyo olor pudiera detectar.
La luz del cabecero de la cama estaba encendida, y lo primero que vio fue las suelas de unas botas de cowboy que asomaban de los pies de la cama. Pantalones vaqueros y unas largas piernas cruzadas. El hombre tumbado estaba como el de la foto, en penumbra, medio desenfocado. Pero se había desabrochado la camisa dejando el pecho a la vista. Y sobre él llevaba tatuada una cara. La mirada de Elise se quedó enredada en ella, en ese rostro que emitía un grito sordo. Como si estuviera atrapado e intentara escapar. Tampoco Elise fue capaz de gritar.
Cuando el hombre de la cama levantó la cabeza, la luz del móvil iluminó su cara.
—Así que volvemos a encontrarnos, Elise —susurró.
Y al oír su voz comprendió por qué la foto de perfil le había resultado familiar. Tenía otro color de pelo y debía de haberse operado la cara, podía ver las marcas de los puntos.
Él levantó la mano y se metió algo en la boca. Elise lo observaba mientras retrocedía. Se dio la vuelta, consiguió respirar, supo que debía emplear el aire que había entrado en sus pulmones para correr, no para gritar. No había más de cinco, como mucho seis pasos hasta la puerta de la calle. Oyó que la cama crujía, pero él tendría que recorrer un camino más largo. Si conseguía salir al descansillo podría gritar y alguien acudiría en su ayuda. Ya estaba en el recibidor, había llegado hasta la puerta, bajó la manilla y empujó, pero la puerta no se abrió del todo. La cadena de seguridad. Tiró de la puerta, agarró la cadena, pero iba demasiado lenta, como en una pesadilla, y supo que ya era tarde. Algo le tapó la boca y la arrastró hacia atrás. Desesperada, sacó el brazo por la rendija, por encima de la cadena, consiguió agarrar el exterior del marco de la puerta, intentó gritar, pero la mano grande que apestaba a nicotina le apretaba la boca con demasiada fuerza. La arrancó de allí de un tirón y la puerta se cerró ante ella.
La voz le susurró al oído:
—¿No te he gustado? Tú tampoco estás tan guapa como en tu foto de perfil, nena. Solo tenemos que conocernos mejor. No tuvimos oportunidad aquella ve-vez.
Su voz, y ese tartamudeo final. Los había oído antes. Intentó dar patadas y escabullirse, pero estaba atrapada. La arrastró hasta colocarla delante del espejo y apoyó la cabeza en su hombro.
—No fue culpa tuya que me condenaran, Elise. Las pruebas eran concluyentes. Pero no estoy aquí por eso. ¿Me creerías si te dijera que ha sido una casualidad?
Emitió una risa burlona. Elise tenía la mirada clavada en su boca. La dentadura parecía estar hecha de hierro, pintada de negro y oxidada, con pinchos afilados en la parte de arriba y en la de abajo, como un cepo para zorros.
Rechinó ligeramente cuando abrió la boca, como si tuviera muelles.
Acababa de recordar los detalles del caso. Las fotos del lugar del crimen. Y supo que muy pronto habría muerto.
Él mordió.
Elise Hermansen intentó gritar dentro de la palma de su mano cuando vio el chorro de sangre que le brotaba del cuello.
Él volvió a levantar la cabeza. Se miró en el espejo. La sangre chorreaba por su flequillo, por las cejas, le resbalaba por la barbilla.
—Esto sí que es un match, nena —susurró.
Mordió otra vez.
Elise se sentía mareada. Ya no la agarraba con tanta fuerza. No era necesario, porque un frío paralizante, una oscuridad desconocida se extendía sobre ella, por sus entrañas. Consiguió liberar una mano y la alargó hacia la foto del marco del espejo. Intentó tocarla, pero sus dedos no llegaron a alcanzarla.
2
Jueves por la mañana
La luz de la mañana entraba con fuerza por las ventanas del salón y llegaba hasta el recibidor.
La detective Katrine Bratt se había detenido ante el espejo y contemplaba pensativa y en silencio la foto sujeta en el marco. Una mujer y una niña pequeña sentadas sobre una roca junto al mar, abrazadas. Las dos tenían el pelo mojado y se habían envuelto en una gran toalla, como si se acabaran de dar un baño en un frío verano noruego y quisieran conservar el calor agarrándose la una a la otra. Pero ahora algo las separaba. Una línea de sangre coagulada que se había deslizado por el espejo y la foto, entre las dos caras sonrientes. Katrine Bratt no tenía hijos. Puede que los hubiera deseado en algún momento, pero ya no. Ahora era una profesional que acababa de salir de una relación y se sentía bien así. ¿No? Un leve carraspeo la hizo levantar la vista. Su mirada se topó con la de un rostro surcado por cicatrices, la frente abombada y el nacimiento del pelo extrañamente retirado. Truls Berntsen.
—¿Qué quería, agente?
Vio que a él le ponía de mal humor que le recordara deliberadamente que, a pesar de llevar quince años en el cuerpo, todavía era un agente y uno de los que, por diversas razones, nunca tendrían la posibilidad de ser investigadores en el grupo de Delitos Violentos. Solo estaba allí porque le había colocado su amigo de la infancia, el jefe de la policía Mikael Bellman.
Berntsen se encogió de hombros.
—Nada, se supone que eres tú quien dirige la investigación.
Su mirada perruna era a la vez sumisa y peligrosa.
—Habla con los vecinos —dijo Bratt—. Empieza por el piso de abajo. Nos interesa especialmente lo que hayan visto y oído en el día de ayer y durante la noche. Elise Hermansen vivía sola, así que también nos interesa saber qué amistades masculinas tenía.
—¿Así que crees que se trata de un hombre y que se conocían de antes? —Katrine vio que junto a Berntsen había un hombre joven, de rostro expresivo, pelo claro. Guapo—. Anders Wyller, es mi primer día.
Su voz era clara y sonreía con los ojos, Katrine supuso que sabía encandilar a la gente. Las referencias de su jefe de la comisaría de Tromsø parecían una auténtica declaración de amor. Pero, bueno, también tenía un currículum a la altura. Excelentes notas en la Escuela Superior de Policía y magníficos resultados como «agente 2 destinado a tareas de investigación» en Tromsø.
—Puedes ir empezando, Berntsen —dijo Katrine.
Oyó que se alejaba arrastrando los pies, una forma de protesta pasiva por tener que obedecer las órdenes de una comisaria más joven y encima mujer.
—Bienvenido —dijo luego, tendiendo la mano al joven—. Siento que no estuviéramos allí para darte la bienvenida en tu primer día.
—Los muertos tienen prioridad frente a los vivos —dijo Wyller.
Katrine reconoció las palabras de Harry Hole. Al ver que Wyller le miraba la mano, se dio cuenta de que todavía llevaba puestos los guantes de látex.
—No he tocado nada desagradable —le dijo.
Él sonrió. Dientes blancos. Ganó diez puntos.
—Tengo alergia al látex.
Veinte puntos menos.
—Vale, Wyller —dijo Katrine Bratt con la mano aún tendida—. Estos guantes no llevan talco y tienen bajo contenido en alérgenos y endotoxinas, y si vas a trabajar en Delitos Violentos tendrás que ponértelos con cierta frecuencia. Pero, claro, siempre podemos transferirte a Delitos Económicos o…
—No, gracias. —Se rió él cogiéndole la mano, y ella notó su calor a través del látex.
—Soy Katrine Bratt y dirijo esta investigación.
—Lo sé. Tú formabas parte del equipo Harry Hole.
—¿Equipo Harry Hole?
—En el Horno.
Katrine asintió. Nunca había pensado en él como el «equipo Harry Hole», ese pequeño grupo de tres personas creado a medida para trabajar por libre en el caso de los asesinatos de policías. Pero el nombre resultaba adecuado. Después Harry había vuelto a la Escuela Superior de Policía para dar clases, Bjørn a Bryn como técnico de criminología, y ella a Delitos Violentos con el puesto de comisaria.
Wyller seguía sonriendo con ojos brillantes.
—Es una pena que Harry Hole no…
—Lo que es una pena es que no haya tiempo para charlar, Wyller, tenemos que investigar un asesinato. Ve con Berntsen, escucha y aprende.
Anders Wyller esbozó una sonrisa.
—¿Quieres decir que el «agente» Berntsen tiene mucho que enseñarme?
Bratt enarcó una ceja. Joven, seguro de sí mismo, sin miedo a nada. Eso estaba bien, pero… ¡por Dios! Esperaba que no fuera uno de esos imitadores de Harry Hole.
Truls Berntsen apretó el timbre con el pulgar. Lo oyó vibrar detrás de la puerta, en el interior de la vivienda, y pensó que tenía que dejar de morderse las uñas.
Cuando fue a ver a Mikael para pedirle que le transfiriera a Delitos Violentos, este le había preguntado por qué. Y Truls se lo había soltado tal cual, que quería avanzar unos puestos en la cadena alimentaria pero sin tener que matarse a trabajar. Cualquier otro jefe de policía lo habría echado con cajas destempladas, pero Mikael no podía. Sabían demasiado el uno del otro. En su juventud les unió una especie de amistad, luego un aprovechamiento mutuo como el del tiburón y la rémora. Pero ahora estaban unidos sin remedio por sus pecados comunes y la promesa de callarlos. Y por eso a Truls Berntsen no le hizo falta disimular al plantear sus exigencias.
Ahora empezaba a dudar de si había acertado con sus peticiones. En Delitos Violentos había dos categorías de puestos: investigador y analista. Y cuando el jefe de grupo, Gunnar Hagen, le dejó elegir a cuál de las dos quería pertenecer, Truls comprendió que no tenían intención de darle ninguna responsabilidad. Eso le convenía, pero tenía que reconocer que le molestó que, cuando la comisaria Katrine Bratt le enseñó las dependencias del grupo, le llamara «agente» cada vez que se dirigía a él e hiciera especial hincapié en explicarle cómo funcionaba la cafetera.
La puerta se abrió. Tres chicas le miraron con cara de espanto; estaba claro que se habían enterado de lo ocurrido.
—Policía —dijo mostrándoles su placa—. Debo haceros unas preguntas. ¿Oísteis algo entre…?
—… preguntas que esperamos podáis ayudarnos a contestar —oyó que decía una voz a su espalda.
El nuevo. Wyller. Truls vio como los rostros de las chicas perdían parte de su gesto consternado y casi se iluminaban.
—Por supuesto —dijo la que había abierto la puerta—. ¿Sabéis quién ha… ha hecho… eso?
—No podemos decir nada al respecto, lógicamente —dijo Truls.
—Pero lo que sí podemos asegurar —añadió Wyller— es que no hay ninguna razón para que tengáis miedo. Supongo que sois estudiantes que compartís este piso…
—Sí —respondieron las tres a coro, como si se esforzaran por ser la primera.
—¿Y podríamos entrar?
Truls comprobó que la sonrisa de Wyller era tan blanca como la de Mikael Bellman.
Las chicas les precedieron camino del cuarto de estar. Dos de ellas empezaron a recoger con mucha prisa botellas de cerveza vacías y vasos de la mesa, y se esfumaron.
—Es que anoche dimos una fiesta —dijo la que había abierto la puerta, a modo de disculpa—. Es horrible.
Truls no estaba seguro de si se refería al asesinato de su vecina o a que ellas estuvieran de fiesta mientras ocurrió.
—¿Oísteis algo ayer entre las diez y la medianoche? —preguntó Truls.
La joven negó con la cabeza.
—Else tenía…
—Elise —la corrigió Wyller, que tenía preparados cuaderno y bolígrafo.
Truls pensó que tal vez él también debería llevar algo para tomar notas. Carraspeó.
—¿Vuestra vecina solía recibir visitas de algún tío?
—No lo sé —respondió ella.
—Gracias, eso es todo —dijo Truls girándose hacia la puerta en el momento en que volvían las otras dos jóvenes.
—Tal vez deberíamos aclarar si vosotras dos tenéis algo que contarnos —dijo Wyller—. Vuestra amiga afirma que no oyó nada ayer y que no sabe de ninguna persona a la que Elise viera con regularidad desde hace tiempo o recientemente. ¿Tenéis algo que añadir?
Ellas se miraron y luego se volvieron hacia él negando con sus rubias cabezas a la vez. Truls vio como centraban toda su atención en el joven investigador. No le importó. Estaba muy acostumbrado a que le ignoraran. Acostumbrado a esa pequeña punzada que sintió en el pecho cuando, en el instituto de Manglerud, Ulla por fin se había dirigido a él solo para preguntarle si sabía dónde estaba Mikael. Y, puesto que aquello ocurrió antes de la era de los teléfonos móviles, ella le pidió si podía darle un recado. En aquella ocasión Truls respondió que iba a resultar complicado porque Mikael se había ido de acampada con una amiga. Lo de la acampada no era cierto, pero por una vez quería ver su propio dolor reflejado en otra mirada.
—¿Cuándo visteis a Elise por última vez? —preguntó Wyller.
Las tres volvieron a intercambiar miradas.
—No la vimos, pero…
Una de ellas soltó una risita y se tapó la boca horrorizada al darse cuenta de lo poco apropiado que resultaba. La que les había abierto la puerta se aclaró la garganta.
—Enrique ha llamado esta mañana y nos ha contado que Alfa y él habían hecho pis en el portal al marcharse.
—Es que se pasan mogollón, de verdad —dijo la más corpulenta de las tres.
—Solo estaban un poco borrachos —dijo la tercera, y volvió a reírse.
La primera les dedicó una mirada severa para intentar que se controlaran.
—El caso es que mientras estaban en ello entró una mujer en el portal, y han llamado esta mañana para disculparse por si nos habían hecho quedar mal.
—Bueno, al menos eso ha sido considerado por su parte —dijo Wyller—. Y creen que la mujer era…
—Están seguros. Han leído en internet «Mujer de entre treinta y cuarenta años muere asesinada» y han visto fotos del edificio, así que se han metido en Google y han encontrado su foto en la edición digital de uno de los periódicos.
Truls gruñó. Odiaba a los periodistas. Eran unos malditos carroñeros, del primero al último. Se acercó a la ventana y echó un vistazo a la calle. Y allí estaban, al otro lado de la barrera policial, con sus cámaras con teleobjetivo. Al llevárselas a la cara le recordaban al pico de un buitre, esperando a ver algo, un pedazo del cadáver cuando lo trasladaran. Junto a la ambulancia que aguardaba había un tipo con gorro rastafari a rayas verdes, rojas y amarillas, hablando con sus especialistas en escenarios de crímenes vestidos de blanco. Era Bjørn Holm, el jefe de la Científica. Saludó a su gente con un movimiento de cabeza y volvió a entrar en el edificio. Holm tenía un aire derrotado, iba encogido como si le doliera el estómago. Truls se preguntó si tendría algo que ver con los rumores que corrían en la sección. Katrine Bratt acababa de dejar a aquel tipo de cara redonda y ojos de besugo oriundo de Toten. Bien. Así alguien más sabría lo que se siente cuando te desgarras por dentro. La voz clara de Wyller seguía sonando a su espalda.
—¿Así que se llaman Enrique y…?
—¡No, no! —dijeron ellas entre risas—. Henrik y Alf.
Truls consiguió captar la mirada de Wyller y señaló la puerta.
—Muchas gracias, chicas. Eso era todo —dijo Wyller—. Un momento, ¿me podéis dar los números de teléfono?
Las jóvenes le miraron con una mezcla de terror y entusiasmo.
—De Henrik y Alf —añadió con una media sonrisa.
Katrine estaba en el dormitorio, detrás de la forense arrodillada junto a la cama, con el cuerpo de Elise Hermansen colocado boca arriba encima del edredón. La sangre que manchaba su camisa blanca indicaba que la mujer estaba de pie cuando le brotó a chorros. Era casi seguro que se encontraba delante del espejo del recibidor, donde la alfombra estaba tan empapada de sangre que se había adherido al parquet. Los rastros de sangre que iban del recibidor al dormitorio y las modestas cantidades que hallaron en la cama daban a entender que su corazón ya había dejado de latir en la entrada. La forense había estimado la hora de la muerte en algún momento entre las veintitrés horas y la una de la noche anterior, basándose en la temperatura del cuerpo y el rigor mortis. La causa de fallecimiento más probable era la pérdida de sangre como consecuencia de que la aorta había sido seccionada por una o varias de las incisiones que presentaba en un costado del cuello, sobre el hombro izquierdo.
Le habían bajado el pantalón y las bragas hasta los tobillos.
—He rascado y cortado las uñas, pero a simple vista no parece que haya restos de piel —dijo la forense.
—¿Desde cuándo les hacéis el trabajo a los de criminalística? —preguntó Katrine.
—Desde que nos lo pidió Bjørn —contestó la forense—. Se le da muy bien pedir favores.
—¿Ah, sí? ¿Otras lesiones?
—Tiene una rozadura en el antebrazo izquierdo y una astilla clavada en el dedo corazón.
—¿Indicios de abusos?
—No hay lesiones visibles en los genitales, pero esto… —Acercó una lupa al vientre del cadáver. Katrine distinguió una fina línea brillante—. Esto puede ser su saliva o la de otra persona, pero lo más probable es que se trate de líquido preseminal o semen.
—Esperemos que así sea.
—¿«Esperamos» que haya sufrido abusos?
Bjørn Holm acababa de llegar y estaba a su espalda.
—En el caso de que abusaran de ella, todo indica que fue post mórtem —dijo Katrine sin girarse—, así que ella ya no estaba presente y me encantaría que hubiera un poco de semen.
—Estaba de broma —dijo Bjørn con voz queda en su cálido dialecto de Toten.
Katrine cerró los ojos. Por supuesto que él sabía que el semen era el ábrete sésamo en un caso así. Y claro que estaba intentando bromear, procurando quitar tensión al ambiente enrarecido y doloroso que había entre ellos desde hacía tres meses, cuando ella se marchó de la casa que compartían. Ella también lo intentaba, pero no le salía.
La forense levantó la mirada.
—He terminado —dijo ajustándose el hiyab.
—La ambulancia ha llegado. Mi gente sacará el cuerpo —dijo Bjørn—. Gracias por tu ayuda, Zahra.
La forense se despidió con un movimiento de cabeza y se marchó deprisa, como si notara la tensión que había en el ambiente.
—¿Y bien? —dijo Katrine esforzándose por mirar a Bjørn y obligándose a ignorar su mirada apesadumbrada, que destilaba más tristeza que súplica.
—No hay mucho que decir —replicó él rascándose una gran patilla rojiza que asomaba bajo el gorro rastafari.
Katrine esperó, confiando en que todavía se estuviera refiriendo al asesinato.
—No parece que estuviera muy preocupada por la limpieza —dijo al fin Bjørn—. Hemos encontrado cabellos de varias personas, la mayoría hombres, que no creo que se pasaran por aquí ayer por la tarde.
—Era abogada defensora —dijo Katrine—. Tal vez una mujer sola, con un trabajo tan exigente, no pueda dar a las tareas domésticas la prioridad que les das tú.
Él esbozó una sonrisa y no la contradijo. Katrine volvió a sentir ese punto de mala conciencia que siempre conseguía provocar en ella. Por supuesto que nunca se habían peleado por la limpieza; Bjørn se apresuraba a fregar los platos, a limpiar la escalera o el baño, a lavar la ropa, a cambiar la cama, sin reproches ni discusiones. Como con todo lo demás. No habían tenido ni una jodida discusión en el año que habían vivido juntos. Él las evitaba. Y cuando ella desfallecía o flaqueaba, allí estaba siempre él, atento, abnegado, incansable, como una maldita e irritante máquina que hacía que se sintiera como una princesa tanto más idiota cuanto más alta la ponía él en el pedestal.
—¿Cómo sabes que los cabellos son de hombre? —preguntó ella suspirando.
—Una mujer sin pareja con un trabajo exigente… —dijo Bjørn sin mirarla.
Katrine se cruzó de brazos.
—¿Qué insinúas, Bjørn?
—¿Eh?
Su cara pálida adquirió un ligero tinte rojizo y sus ojos parecían aún más saltones de lo habitual.
—¿Que voy por ahí tirándome a tíos? Vale. Pues si lo quieres saber…
—¡No! —Bjørn levantó las manos como si quisiera protegerse—. No era eso lo que quería decir. Solo era una broma sin gracia.
Katrine sabía que debería mostrar piedad. Y hasta cierto punto lo hacía, pero no con la clase de compasión que te da ganas de abrazar a alguien. Su lástima recordaba más al desdén, un desprecio que hacía que quisiera pegarle, rebajarle. Y era por eso, porque no quería ver humillado a un buen hombre como Bjørn Holm, por lo que le había abandonado. Katrine respiró profundamente.
—O sea que hombres.
—La mayoría de los cabellos son cortos —dijo Bjørn—. Ya veremos si los análisis lo confirman. Lo que es seguro es que disponemos de ADN suficiente para tener entretenidos una temporada a los de Medicina Legal.
—OK —dijo Katrine girándose de nuevo hacia el cadáver—. ¿Alguna sugerencia sobre con qué puede haberla pinchado? ¿O picado? Hay un montón de pinchazos juntos.
Bjørn pareció aliviado al ver que volvían a hablar de trabajo.
«Joder, estoy fatal», pensó Katrine.
—No es fácil distinguirlo, pero forman un dibujo —dijo él—. O, mejor dicho, dos.
—¿Eh?
Bjørn se acercó al cuerpo y, por debajo del cabello corto y rubio, señaló el cuello.
—¿Ves que los pinchazos forman dos cuadrados un poco ovalados que se cruzan, uno aquí y otro aquí?
Katrine ladeó la cabeza.
—Ahora que lo dices…
—Como dos mordiscos.
—¡Joder, vaya! —se le escapó a Katrine—. ¿Un animal?
—Buena pregunta. Imagina que la piel se pliega y se desliza hacia fuera cuando se cierran sobre ella la mandíbula inferior y la superior. Y queda una marca como esta… —Bjørn Holm se sacó del bolsillo un trozo de papel semitransparente que Katrine reconoció al instante como el que utilizaba para envolver el sándwich que se preparaba todos los días antes de irse a trabajar. Tenía la forma de un cuadrado ovalado con los bordes dentados. Sostuvo el papel sobre las marcas del cuello del cadáver—. Al menos, parece que coinciden.
—Pero una dentadura humana no ha podido provocar estas heridas.
—Estoy de acuerdo. Pero las marcas son similares a las que dejaría un ser humano.
Katrine se humedeció los labios.
—Hay gente que se afila los dientes.
—Si se trata en efecto de dientes, puede que encontremos saliva alrededor de las heridas. En todo caso, si estaban delante del espejo del recibidor cuando él la mordió, las marcas indican que estaba detrás de ella y que era más alto.
—La forense no ha encontrado nada debajo de las uñas, así que apostaría a que le sujetó los brazos —dijo Katrine—. Un hombre fuerte, de altura media o por encima de la media, con dientes de depredador.
Contemplaron el cuerpo en silencio. Katrine pensó que parecían una pareja joven visitando una exposición mientras preparaban las reflexiones con las que tratarían de impresionar al otro. Pero Bjørn no buscaba impresionar a la gente, ella sí.
Katrine oyó pasos en el recibidor.
—¡Que no entre nadie más todavía! —gritó.
—Solo quería informar de que únicamente había gente en dos de los apartamentos, y que nadie vio ni oyó nada. —Era la voz clara de Wyller—. Pero acabo de hablar con dos chicos que vieron a Elise Hermansen cuando volvía a casa. Dicen que estaba sola.
—Y los chicos…
—Sin antecedentes, y aseguran tener un recibo de taxi que corrobora que se marcharon de aquí poco después de las veintitrés horas. Dicen que les pilló meando en el portal. ¿Les llamo para tomarles declaración?
—No han sido ellos, pero hazlo.
—Vale.
Los pasos de Wyller se alejaron.
—Llegó sola a casa y no hay ningún indicio de que forzaran la puerta —dijo Bjørn—. ¿Crees que le dejó pasar voluntariamente?
—Solo si le conocía bien.
—¿Y eso?
—Elise trabajaba como abogada asistiendo a víctimas de violencia sexual, era consciente de los riesgos, y la cadena de seguridad de la puerta parece bastante nueva. Creo que era una mujer prudente.
Katrine se puso en cuclillas junto al cadáver. Estudió la astilla que asomaba por la punta del dedo y la abrasión en el antebrazo.
—Abogada… ¿dónde? —preguntó Bjørn.
—En Hollumsen & Skiri. Fueron ellos quienes alertaron a la policía cuando no se presentó a una vista y no contestaba al teléfono. No es infrecuente que estos letrados reciban amenazas de agresores sexuales.
—¿Crees que ha sido un…?
—No, ya te digo que no creo que dejara pasar a nadie. Pero… —Katrine frunció el ceño—. ¿Estás de acuerdo conmigo en que esta astilla es de un blanco rosado?
Bjørn se inclinó hacia ella.
—Blanco es, eso seguro.
—Blanco rosado —dijo Katrine incorporándose—. Ven.
Salieron al recibidor, Katrine abrió la puerta y señaló el exterior del marco astillado.
—Blanco rosado.
—Si tú lo dices… —comentó Bjørn.
—¿Es que no lo ves? —preguntó incrédula.
—Está científicamente demostrado que las mujeres distinguen más gradación de colores que los hombres.
—Pero ¿esto sí que lo ves? —preguntó Katrine mostrándole la cadena de seguridad que colgaba del interior de la puerta.
Bjørn se acercó más. Su olor la hizo apartarse. Tal vez solo fuera la incomodidad que le causaba esa repentina intimidad.
—Restos de piel —dijo él.
—Los rasguños que tiene en el antebrazo. ¿Te das cuenta?
—Se rasguñó con la cadena de seguridad —dijo Bjørn asintiendo despacio—, lo que indica que estaba echada. No fue él intentando entrar, sino ella luchando por salir.
—En Noruega no usamos cadenas de seguridad, cerramos con llave y con eso nos basta. Si ella le hubiera dejado entrar, si ese hombre fuerte fuera alguien a quien ella conocía…
—… no habría vuelto a poner la cadena de seguridad después de haberla quitado para dejarle pasar. Se hubiera sentido segura, por tanto…
—Por tanto —le interrumpió ella—, él ya estaba dentro de la casa cuando llegó.
—Sin que ella lo supiera.
—Por eso echó la cadena, creyó que el peligro estaba en el exterior.
Katrine se estremeció. A eso se referían cuando hablaban de sentir placer y miedo a la vez. La sensación que invadía a una investigadora de homicidios cuando, de repente, veía y entendía.
—Harry estaría orgulloso de ti —dijo Bjørn riéndose.
—¿Qué quieres decir? —preguntó ella.
—Te has sonrojado.
«Estoy fatal», pensó Katrine.
3
Jueves por la tarde
A Katrine le costó mantener la concentración durante la rueda de prensa. Informaron brevemente de la identidad y edad de la víctima, de dónde y cuándo fue hallada, y poco más. En los casos de asesinato siempre se procuraba dar muy poca información en esas comparecencias iniciales; se trataba básicamente de «dar la cara» en representación de una sociedad transparente y democrática.
A su lado estaba el jefe del grupo de Homicidios, Gunnar Hagen. La luz de los flashes se reflejaba en su brillante calva, rodeada de cabello oscuro y rizado, mientras leía las pocas frases que habían redactado juntos. Katrine se alegraba de que fuera él quien hablara con los medios. No es que tuviera miedo de los focos, pero cada cosa a su debido tiempo. De momento su nombramiento para el cargo de comisaria jefe era tan reciente que resultaba más seguro dejar que Hagen tomara la palabra mientras ella aprendía de su técnica oratoria. Observó cómo el experimentado alto cargo policial trataba de convencer a la opinión pública de que la policía lo tenía todo bajo control, más por el efecto de su lenguaje corporal y el tono de su voz que por el contenido de sus palabras. Miró por encima de las cabezas de los más de treinta periodistas congregados en la sala de la quinta planta, y sus ojos se fijaron en el gran lienzo que cubría la pared del fondo. En él se veían varias personas desnudas bañándose, en su mayoría delicados jovencitos. Una hermosa e inocente escena de los tiempos en los que no se veían segundas intenciones ni se interpretaba todo de la peor manera posible. Eso era lo que le pasaba a ella, así que supuso que el artista era un pedófilo. Hagen repetía su mantra a cada pregunta de los periodistas: «No podemos responder a eso». Introducía algunas variaciones para que sus respuestas no resultaran arrogantes o sencillamente cómicas: «En este momento no podemos comentar ese extremo». O en un tono más amable: «Volveremos sobre ese punto más adelante».
Oía como los bolígrafos y teclados anotaban unas preguntas que, por supuesto, resultaban más explícitas que las respuestas: «¿El cadáver estaba en muy mal estado?», «¿Había indicios de violencia sexual?», «¿La policía tiene algún sospechoso y, en ese caso, se trata de alguien cercano a la víctima?». Preguntas especulativas que, a falta de otra cosa, añadían cierto morbo a la respuesta «Sin comentarios».
Al fondo de la sala, una figura familiar apareció en el umbral de la puerta. Lucía un parche negro y llevaba el uniforme de jefe de policía que sabía que siempre colgaba recién planchado en el armario de su despacho. Mikael Bellman. No llegó a entrar. Observaba. Katrine se dio cuenta de que Hagen también lo había visto, de que se erguía en su silla ante el mando más joven que él.
—Y esto ha sido todo —concluyó la responsable de comunicación.
Katrine vio que Bellman hacía un gesto para indicarle que quería hablar con ella.
—¿Cuándo será la próxima rueda de prensa? —gritó Mona Daa, la redactora de sucesos del diario sensacionalista VG.
—Volveremos a convocarlos…
—Cuando tengamos alguna novedad —interrumpió Hagen a la responsable de comunicación.
Katrine se fijó en que había dicho «cuando», no «si tenemos». Eran esos pequeños pero importantes matices los que daban a entender que los servidores del Estado de derecho trabajan sin descanso, que la justicia no se detiene y que solo es cuestión de tiempo encontrar al culpable.
—¿Alguna novedad? —preguntó Bellman mientras cruzaban el atrio de la comisaría.
Hubo un tiempo en que su belleza casi femenina, realzada por sus largas pestañas, el pelo bien cuidado aunque demasiado largo, y la piel bronceada con sus características manchas blancas, podían causar una impresión de cierta afectación, de debilidad. Pero el parche del ojo, que podría haber tenido un efecto teatral, conseguía lo contrario. Daba sensación de fuerza, de que era un hombre que no se detenía por la pérdida de un ojo.
—Los de Medicina Legal han encontrado algo en las heridas causadas por las dentelladas —dijo Katrine siguiendo a Bellman por las puertas de seguridad de la recepción.
—¿Saliva?
—Óxido.
—¿Óxido?
—Sí.
—Como en un… —Bellman llamó al ascensor.
—No lo sabemos —dijo Katrine colocándose a su lado.
—¿Y todavía no sabéis cómo accedió el asesino a la vivienda?
—No. La cerradura no se puede abrir con una ganzúa, y no se han forzado ni puertas ni ventanas. Queda la posibilidad de que ella le dejara entrar, pero no creemos que fuera el caso.
—Tal vez tuviera la llave.
—En el bloque hay instaladas cerraduras que utilizan la misma llave para el portal y las puertas. Según el registro de la comunidad, solo había una llave para el apartamento de Elise Hermansen, y esta la tenía en su poder. Berntsen y Wyller han tomado declaración a dos chavales que se encontraban en el portal cuando ella llegó a casa y los dos recuerdan sin duda alguna que abrió el portal con llave, que no llamó al telefonillo para que le abriera alguien que ya estuviera dentro.
—Entiendo. Pero ¿no puede simplemente haberse hecho con una copia de la llave?
—En ese caso tendría que haber tenido acceso a la llave original, además de dar con un profesional sin escrúpulos que tenga acceso a llaves de seguridad dispuesto a copiarla sin el consentimiento escrito de la comunidad. Es muy poco probable.
—Vale. No era de eso de lo que quería hablarte…
Las puertas del ascensor se abrieron y dos agentes pararon de reír en seco al ver al jefe de la policía.
—Se trata de Truls —dijo Bellman tras dejar caballerosamente que Katrine entrara primero en el ascensor vacío—. Me refiero a Berntsen.
—¿Sí? —dijo Katrine percibiendo un leve aroma a loción para después del afeitado.
Tenía la sensación de que, en general, los hombres habían dejado de rasurarse a fondo para después macerarse la piel en alcohol. Bjørn se afeitaba con maquinilla eléctrica y no utilizaba nada que desprendiera olor, y los hombres que había conocido después… bueno, en un par de ocasiones tal vez hubiera preferido una colonia potente a su olor natural.
—¿Cómo se está adaptando?
—¿Berntsen? Bien.
Estaban uno al lado del otro mirando hacia las puertas del ascensor, pero en el silencio que siguió a sus palabras Katrine pudo ver por el rabillo del ojo su media sonrisa.
—¿Bien? —repitió al fin.
—Berntsen desempeña las tareas que se le asignan.
—Que no serán gran cosa, ¿supongo?
Ella se encogió de hombros.
—No tiene experiencia como investigador y se le ha dado un puesto en el grupo de Homicidios, que es casi tan importante como la policía judicial. Siendo así, no le vamos a poner a pilotar la nave, no sé si me explico.
Bellman asintió con un movimiento de cabeza y se frotó la barbilla.
—En realidad solo quería saber si se comporta. Que no está… Que sigue las reglas.
—Que yo sepa sí, pero ¿de qué reglas estamos hablando?
—Solo quiero que no le pierdas de vista, Bratt. Truls Berntsen no ha tenido una vida fácil.
—¿Te refieres a los daños que sufrió como consecuencia de la explosión?
—Estoy pensando más bien en… su vida, Bratt. Está un poco… ¿cómo lo diría?
—¿Tocado?
Bellman rió brevemente y señaló la puerta.
—Tu planta, Bratt.
Bellman observó el trasero bien torneado de Bratt mientras se alejaba por el pasillo camino de la sección de Delitos Violentos y se permitió una fantasía loca durante los segundos que tardaron en cerrarse las puertas del ascensor. Luego volvió a concentrarse en el «problema», que por supuesto no era tal sino una oportunidad. Pero suponía un dilema. El gabinete de la primera ministra le había sondeado muy discretamente y de manera extraoficial. Se leía entre líneas que habría cambios en el gobierno y que, entre otros, estaba en juego el cargo de ministro de Justicia. La hipotética cuestión era qué respondería Bellman en el caso de que se lo ofrecieran. Su primera reacción había sido de asombro. Pero, tras meditarlo un poco, comprendió que la elección de la primera ministra tenía bastante lógica. Como jefe de policía, Bellman no solo había sido responsable del esclarecimiento del caso del Matarife de Policías, como ya era conocido a escala internacional, sino que también había sacrificado un ojo en el fragor de la batalla y era, hasta cierto punto, una estrella dentro y fuera del país. Un licenciado en derecho con facilidad de palabra, un jefe de policía que a sus cuarenta años había contribuido a proteger la capital noruega de homicidios, drogas y crímenes. ¿Acaso no había llegado la hora de encomendarle tareas mayores? Y, además, ¿era un problema que fuera tan bien parecido? ¿Acaso eso alejaría a las votantes del partido? Así que había respondido que, en el supuesto caso de que le ofrecieran la cartera, contestaría que sí.
Bellman se bajó en la última planta, la sexta, y pasó por delante de los retratos de sus antecesores en el cargo.
Pero, hasta que tomaran la decisión final, era importante que nada empañara su imagen. Como, por ejemplo, que Truls hiciera alguna tontería que pudieran relacionar con él. Bellman sintió escalofríos al imaginar el titular: «El jefe de policía protegió a un agente corrupto por amistad». Truls se había presentado en su despacho, había puesto los pies encima de la mesa y le había dicho a la cara que si le despedían al menos tendría el consuelo de arrastrar en su caída a un jefe de policía tan turbio como él. Así que fue fácil ceder al deseo de Truls de trabajar en el grupo de Delitos Violentos. Sobre todo porque, como Bratt acababa de confirmar, no iban a darle responsabilidades para que la volviera a cagar.
—Tu bella esposa te espera —le dijo Lena en la puerta de su despacho.
Lena había pasado la barrera de los sesenta años. Lo primero que le dijo cuando él asumió el cargo dos años atrás fue que no quería que la llamara «asistente personal», como decían ahora. Ella era y sería su secretaria.
Ulla le esperaba junto al ventanal, sentada en una de las butacas para visitas. Lena tenía razón. Su mujer era muy hermosa. Era menuda y frágil. Ser madre de tres hijos no la había cambiado. Y lo que era más importante: le había respaldado, había comprendido que su carrera necesitaba cuidado, apoyo, espacio para desenvolverse. Y que algunos deslices en la vida privada eran comprensibles cuando se vivía bajo la presión que conllevaba un cargo tan exigente como el suyo.
Había en ella algo puro, casi inocente, que hacía que todos sus sentimientos se reflejaran en su cara. Y ahora transmitía desesperación. En un primer momento, Bellman pensó que podía haberles pasado algo a los niños y a punto estuvo de preguntar por ellos. Pero entonces lo vio, un destello de amargura. Comprendió que había descubierto algo, una vez más. Mierda.
—Te veo muy seria, querida —dijo con tranquilidad mientras se desabrochaba la chaqueta del uniforme para colgarla en el armario—. ¿Es por los niños?
Ella negó con la cabeza y él suspiró fingiendo sentirse aliviado.
—No es que no me alegre de verte, pero siempre me preocupo cuando vienes sin avisar. —Colgó la chaqueta en el armario y tomó asiento en una butaca frente a ella—. ¿Entonces?
—Has vuelto a verte con ella —dijo Ulla.
Él supo que había ensayado cómo decírselo. Que no quería llorar. Pero las lágrimas ya asomaban a sus ojos azules.
Bellman negó con la cabeza.
—No lo niegues —dijo ella con voz llorosa—. He revisado tu teléfono. La has llamado tres veces solo en lo que va de semana. Mikael, prometiste…
—Ulla… —Se inclinó para coger su mano, que descansaba sobre la mesa, pero ella la apartó—. He hablado con ella porque necesito que me aconseje. Isabelle Skøyen trabaja como asesora de comunicación en una empresa especializada en lobbies y política. Conoce los vericuetos del poder, ha estado en ellos. Y también me conoce a mí.
—¿Conocer? —El rostro de Ulla se contrajo en una mueca.
—Si yo… si nosotros vamos a hacer esto, tendré que recurrir a cualquier cosa que pueda suponer una ayuda, una mínima ventaja frente a todos los que quieren ese puesto. Entrar en el gobierno, Ulla. No hay nada más importante.
—¿Ni siquiera la familia? —dijo ella entre hipidos.
—Sabes muy bien que nunca traicionaría a nuestra familia…
—¿Que nunca traicionarías a…? —gritó sollozando—. Pero si ya lo has…
—… y espero que tú tampoco lo hagas, Ulla. No a causa de unos celos sin sentido provocados por una mujer con quien hablo por teléfono por razones estrictamente profesionales.
—Esa mujer estuvo en política municipal apenas cinco minutos, Mikael. ¿Qué va a poder contarte a ti?
—Entre otras cosas, lo que no debo hacer si quiero sobrevivir en política. Su exper
