Prólogo
Quince mil voces entonaron al unísono el estribillo de Sleeplessness, haciendo vibrar el aire de la gran sala de conciertos. Miles Baker sintió el subidón de energía por todo el cuerpo. Tal vez era toda esa gente electrizada con su música, cantándola con adoración hasta desgañitarse, con los brazos en alto y los rostros sudorosos. Tal vez era el golpe final de adrenalina que producía su cuerpo para hacer frente a los últimos minutos de una larga y extenuante gira. O, quizás, solo era el éxtasis que se había metido un rato antes. No importaba. En ese momento, en ese instante, con la música invadiéndolo todo, se sintió invencible. Intercambió una mirada con James Hathaway, cuyas manos mágicas parecían volar sobre el teclado, y vio una sonrisa feliz cruzar el rostro de su amigo. James hizo un gesto de fingida incredulidad, y el cantante y guitarrista de The Wave entendió perfectamente aquella comunicación sin palabras. «Tío, ¿cómo hemos llegado hasta aquí?», parecía preguntarle el teclista desde el otro lado del escenario, mientras la gente voceaba su canción. El tercer miembro del grupo, Aaron Reynolds, interrumpió aquella conversación silenciosa con un poderoso solo de batería que daba la entrada a la última estrofa de Miles.
—¡Gracias, Nueva York! ¡Es bueno estar en casa otra vez! —aulló el cantante antes de que la música acabara y los asistentes se alzaran en una algarabía de chillidos, aplausos y silbidos. El concierto había terminado y era momento de celebración.
Miles palmeó la espalda de James mientras abandonaban el escenario. Aaron los seguía con aspecto eufórico.
—Bien, chicos, muy bien. Ha sido un buen cierre de gira.
Gerry Fisher, su representante, se frotó las manos, satisfecho; sus pequeños ojos oscuros brillaban y su calva sudorosa relucía bajo las luces del backstage. Estaba exultante. La gira de The Wave había sido todo un éxito, salvo el desastre de Albuquerque, donde todo lo que podía salir mal salió peor. Pero el resto del itinerario supuso un éxito tras otro: Phoenix, San Diego, Los Ángeles, Pomona, Las Vegas, Reno, Sacramento, Eugene, Portland, Spokane, Seattle... Mes y medio sin parar, con conciertos casi diarios en buenas salas y con el cartel de «No hay entradas» colgado en taquilla. La banda, que había sacado a la venta su segundo disco en navidades, vivía su mejor momento. En una época en la que el rock parecía haber quedado relegado como música para minorías, The Wave lideraba las listas de ventas, llenaba salas y recopilaba críticas entusiastas.
Los músicos, contentos y cansados, se dirigieron hacia la zona de camerinos, mientras el resto del equipo los felicitaba. Gerry entró con los chicos en la sala reservada al grupo.
—La cosa está un poco eufórica ahí fuera, así que vamos a esperar a que se calme antes de sacaros. Relajaos aquí y os avisaremos cuando los de seguridad lo vean claro. No queremos que pase como en Los Ángeles.
Miles se rio al recordar el caos a la salida del concierto de LA. Los tres llegaron al coche con la ropa hecha jirones, moratones en las piernas y marcas de arañazos en los brazos y el torso. No había sucedido nada grave, pero su representante se había asegurado de que la situación no se repitiera con un mejorado plan de seguridad.
En la sala todo estaba listo para recibir a los músicos. Ian, o Brian, o como se llamara el último asistente de la banda (Miles era incapaz de recordarlo), había procurado que estuvieran cómodos mientras esperaban a que los hombres de seguridad consideraran la zona despejada y los chicos pudieran dirigirse al hotel para darse una ducha. Después, los llevarían a la gran fiesta de fin de gira que había organizado la discográfica para celebrar el éxito del grupo. Ian/Brian parecía salido de un coro religioso, pero debía de ser por las gafas redondas y aquel corte de pelo tipo monaguillo, porque en realidad se conocía a todos los camellos de la costa este y buena parte de la oeste, reflexionó Miles, mientras echaba un vistazo alrededor. Sí, el chico era bueno en su trabajo: mucho alcohol, comida, chicas... No faltaba de nada. Ian/Brian se acercó a Aaron, chocaron los puños al tiempo que emitían una especie de gruñido y, después, ambos desaparecieron hacia un lateral de la sala para compartir lo que fuera que había conseguido el ayudante. James ya tenía en la mano una cerveza helada y, tirado en un sofá, le hizo un gesto a una de las chicas para que se acercara. Dos segundos después la tenía de rodillas frente a él y el teclista de The Wave, con los ojos cerrados, los pantalones bajados y la cabeza echada hacia atrás, se había olvidado del mundo.
Miles abrió una cerveza. Tenía sed y toda esa adrenalina corriéndole aún por las venas. Quedaban por ahí varias chicas, las mismas groupies de siempre que los seguían de ciudad en ciudad, dispuestas a ofrecerse a cualquiera de la banda o incluso del equipo, porque una vez que el trío estaba ocupado, no hacían distingos. Había estado con la de los rizos teñidos de color rosa chicle después del desastre de Albuquerque. Un poco chillona, pero sabía mover el cuerpo y era todo lo que necesitaba en aquel momento. Hizo un gesto en su dirección y ella, con una sonrisa maliciosa, se dirigió hacia él. Miles bebió un trago largo de cerveza, la dejó sobre una mesa y arrastró a la chica hacia el rincón más oscuro de la sala. Ni siquiera se molestaría en buscar un poco más de intimidad. ¿Qué más daba? Aquel pudor entre la banda y las chicas se había perdido tiempo atrás, así que se limitó a acomodarse en un sillón y esperar su premio. La chica del pelo rosa se abrió la camisa y se subió la falda antes de ponerse a horcajadas sobre el músico. Sin besos. A Miles nunca le habían gustado demasiado y a su compañera tampoco parecían hacerle falta. Se acariciaron durante un rato con cierta rudeza, aunque ella hizo la mayor parte del trabajo, y luego la chica sacó un condón de algún bolsillo oculto en sus ropas, lo manipuló con rapidez y al instante Miles estaba dentro de ella. La mordió en el cuello, porque recordó que a ella le gustaba (en Albuquerque había suplicado varias veces que la mordiera con fuerza), y eso pareció excitarla más. Lo cabalgó con furia y Miles se corrió enseguida, sintiendo que toda la adrenalina, toda la energía, resbalaba por su cuerpo, dejándolo relajado, pero con esa sensación de vacío que solía quedarle cuando tenía sexo estando colocado.
La chica del pelo rosa le dirigió una sonrisa torcida antes de levantarse, recomponer sus ropas y regresar junto a sus compañeras. Todas conocían ya a Miles y sabían que no le gustaba que siguieran a su alrededor después del polvo. Seguramente pensaban que era un capullo, pero seguían volviendo igual. «El irresistible aura de la fama», pensó el joven con ironía mientras se abrochaba los pantalones. Se encendió un cigarrillo (sí, estaba prohibido fumar, pero ¿quién iba a decirle nada al nuevo dios del rock?), cogió otra cerveza y se dejó caer sobre el sofá junto a James, que, ya con las ropas en su sitio, charlaba con un par de chicas mientras comían sándwiches y bebían cerveza.
James caía bien a las chicas. Siempre amable y con ese aspecto de no haber roto un plato en su vida, incapaz de esconder que venía de una familia con dinero. Todo él, pese a la ropa extravagante para el concierto, el marcado delineador en los ojos, las uñas pintadas de negro y el corte de pelo desordenado, exudaba colegios de pago, equipos de lacrosse y vacaciones en los Hamptons. Él se aprendía los nombres de las chicas, incluso de aquellas groupies locas que los seguían por todo el país, conocía algunos detalles personales de sus vidas y a veces hablaba con ellas de música o de cine, aunque más bien eran monólogos del teclista ante su extasiada audiencia. No significaba que le importaran más que a Miles, claro, pero James les daba cierta sensación de familiaridad que las embelesaba: un ídolo al que no le importaba bajar de su pedestal para dedicarles unos preciosos instantes de su completa atención. De vez en cuando salía con alguna chica. No las groupies, por supuesto, sino alguna modelo de muslos escuálidos y gesto altivo a la que veía un puñado de veces cuando conseguían cuadrar agendas. Trataba de serles fiel y tenía más éxito en su empeño que Aaron, al que no parecía importarle tener una esposa en algún lugar de Illinois.
—No ha ido mal, ¿eh?
James interrumpió la conversación para mirar a su amigo con una sonrisa soñadora en los labios.
—Vamos a salir en todas las noticias. A mis padres les va a dar algo. —Se rio entre dientes, incapaz de ocultar su satisfacción.
Miles también se rio.
—Tío, ¿cómo hemos llegado aquí? —preguntó, verbalizando la misma frase que se habían dicho en silencio sobre el escenario.
—No tengo ni idea. Ha ido todo a tal velocidad que casi ni lo recuerdo.
Pero Miles sí que lo recordaba. Aquel concierto en el Pearl lo cambió todo, aunque en aquel momento no lo supieran. Sucedió tres años atrás, cuando el cantante de The Wave vivía en aquel piso mugriento de Bushwick, tocaba en locales de mala muerte, pasaba de un trabajo temporal a otro y pinchaba en una discoteca para poder pagar el alquiler del local de ensayos, hacer tres comidas decentes a la semana y costearse un par de vicios. Uno de sus vídeos musicales, en una terrible grabación amateur realizada por un amigo de James que estudiaba en Columbia, les había proporcionado miles de visitas en YouTube y abierto las puertas al Pearl, un local de Williamsburg muy popular en el circuito rockero neoyorkino. Allí se reunían los amantes del género para escuchar bandas poco conocidas pero con un futuro prometedor, seleccionadas por Jeremy Rogers, una leyenda del rock y uno de los dueños del local.
Aún era capaz de recordar la emoción con la que enfrentaron aquel concierto. En realidad, les parecía lo más natural del mundo actuar en el Pearl. Aquel era su sitio y ya era hora de que se lo reconocieran. Se lo merecían después de los miles de ensayos, de haber tocado en bares cutres por todo el estado, de los actuaciones que algún empresario sinvergüenza les dejó sin pagar, de pequeñas giras por lugares inhóspitos, de llamar a todas las puertas sin recibir respuesta, de navegar a través de las saturadas aguas musicales de Internet tratando de darse a conocer. Cuando llegó la oportunidad de tocar en el Pearl, los chicos de The Wave estaban listos para comerse el mundo, tan seguros de sí mismos que Miles se atrevió a cambiar la letra de una de las canciones en el último momento para hacer rabiar a una chica que no le hacía caso, una de las pocas que había rechazado meterse en su cama. Se lo dijo a los chicos en la furgoneta, mientras iban de camino al local y Aaron encontró divertida su pequeña venganza. James protestó un poco, pero al final optó por dejar que Miles, como siempre, se saliera con la suya.
El concierto en el Pearl había sido todo un éxito, pero estaban tan colocados que no fueron demasiado conscientes de la magnitud del clamor, de lo exquisitamente bien que habían tocado y que incluso la canción con la letra cambiada en el último momento (Miles no recordaba con exactitud las palabras utilizadas, pero salió una letra bastante mala, llena de vulgaridades) era musicalmente tan buena que causó furor. El público estaba entregado y algún cazatalentos andaba por la sala, porque dos días después se encontraron en el despacho de Gerry Fisher escuchando la propuesta más asombrosa. Y, entonces sí, todo fue a una velocidad vertiginosa: empezaron los ensayos extenuantes, dieron algunos conciertos cuidadosamente seleccionados por Gerry, y una chica de pelo azul se hizo cargo de sus redes sociales, de mover su música por la red y de ponerse en contacto con algunas emisoras locales de radio. Grabaron un par de maquetas en un buen estudio del East Village, ofrecieron más conciertos, rodaron un vídeo profesional que colapsó YouTube y fue brevemente mencionado en un programa de la MTV, tuvieron reuniones con varias discográficas, firma de contratos, más grabaciones tras pulir las canciones de la banda, más ensayos... Una estilista y su equipo transformaron el estilo descuidado de los chicos en otro estudiadamente descuidado y hubo sesiones de fotografía, presentación del primer disco, entrevistas, ensayos, conciertos, más entrevistas, más conciertos, festivales de verano... Su música se escuchaba en todas partes e incluso llegó a sonar en la temporada final de una conocida serie de médicos.
En las giras, los hoteles de mala muerte de los primeros tours dieron paso a hoteles medios y después a suites impresionantes. Salían en las revistas y los invitaban a todas las fiestas, donde todo estaba a su alcance, donde nadie les negaba nada, donde todo era un carrusel desenfrenado. Cambiaron cinco veces de ayudante el primer año, porque Miles y James tenían aquella ridícula competición por ver quién se ligaba primero a las asistentes del grupo, hasta que Gerry, harto, decidió que solo contrataría chicos para el puesto.
Tras la gira europea, fueron nominados a varios premios, ganaron un par de ellos, lo celebraron con una barra libre que duró tres días y se tomaron unos meses de descanso para componer el segundo disco. La discográfica apretaba y quería aprovechar el éxito de la banda antes de que se pasara de moda. Pero no se pasó de moda. Más ensayos, más grabaciones (esta vez en el mítico estudio de la calle 8), más conciertos, más sesiones fotográficas, más entrevistas, más rodajes de vídeos musicales, más nominaciones, más premios, más dinero, más hoteles, más fiestas locas, más chicas sin nombre, más alcohol, más drogas. La vida iba a toda velocidad y los chicos de The Wave estaban en la cresta de la ola.
—Eh, chicos, nos vamos —anunció Ian/Brian al tiempo que entregaba a las groupies unos pases para la fiesta que había organizado la discográfica en una conocida discoteca.
Miles, James y Aaron abandonaron la sala, rodeados de un montón de gente. Los sacaron por una puerta lateral y, aunque la calle estaba bastante despejada, aún quedaban varios grupos de fans que los recibieron con gritos y pancartas. James, sonriente, estrechó manos, firmó autógrafos y se hizo fotos con todos los que se acercaron. «Parece un puto político», pensó Miles con el ceño fruncido. Como si les hiciera un inmenso favor, el cantante accedió a hacerse un par de fotos con algunos seguidores, pero mantuvo el rictus serio y el gesto altivo propio de una estrella del rock. Era intocable y su público adoraba eso.
Tardaron un rato en llegar a la limusina, donde Gerry los esperaba repantingado sobre uno de los asientos, mientras tecleaba frenético en el móvil.
—Ha estado bien, ¿eh, chicos? Pero que muy bien —masculló de nuevo con su sonrisa satisfecha—. Ahora tenéis unas semanas de descanso antes de volver a la carretera. Tenemos hueco en unos cuantos festivales, una sesión en Boston, un par de conciertos en Canadá y después gira por Europa. A la vuelta, en septiembre, tenemos contratado un tour por Medio Oeste, luego México y, por último, Australia. Ya os pasará Ian el calendario. Van a ser unos meses duros, así que os recomiendo que aprovechéis estas semanas para descansar y coger fuerzas.
—Gerry, me aburres con tanta planificación —interrumpió Miles con tono indolente, al tiempo que se encendía un cigarrillo.
—No te pases, Baker —gruñó el agente. Después, le arrancó el cigarrillo que el músico sostenía entre los labios y lo tiró a través de la ventanilla—. Nunca habéis tenido una gira tan intensa. He visto a tipos mucho más duros que tú incapaces de enfrentarse a esto. Si crees que estas semanas han sido agotadoras, espérate a lo que viene. Ni comparación con la gira del año pasado. Y no creas que ahora vas a estar de vacaciones. No tenéis conciertos, pero sí promoción. Para empezar, mañana tienes la entrevista de Voices, a James lo esperan en la WNYU[1] y a Aaron le toca sesión de fotos.
Miles chasqueó la lengua con fastidio. Había olvidado por completo la entrevista de Voices. Hacía meses que Candy, o Sandy, o Randy (o como se llamara la chica del pelo azul), había concertado la entrevista, pero habían tenido que posponerla un par de veces. Voices era una conocida revista que llevaba más de veinte años ofreciendo una visión arriesgada de la actualidad nacional e internacional en materia política, económica, cultural y tecnológica. Con demoledoras columnas de opinión, entrevistas audaces y reportajes sólidos realizados por rigurosos periodistas que no le bailaban el agua a nadie.
—Tienes que estar despejado mañana, ¿me oyes, Miles? No es una entrevista para una revista de quinceañeros ni para un blog de un fan entusiasta. Es Voices y no pararán hasta sacar lo peor o lo mejor de ti.
Miles hizo un gesto desdeñoso con la mano. Le fastidiaba tener que madrugar para hacer una entrevista, pero llevaba tres años lidiando con periodistas y sabía darles lo que querían. Un buen titular, un par de frases llamativas y unas cuantas fotos con aspecto de ángel caído. Podía hacerlo con los ojos cerrados.
Llegaba tarde a la entrevista, cansado y con una resaca de campeonato. La fiesta había continuado en casa de uno de los productores y Miles no recordaba cómo había llegado a su piso del Soho, por qué Aaron se había peleado con el tío de la camisa con calaveras ni qué había sido de la pelirroja que había compartido con James.
Mandy, Brandy o Tandy, o como se llamara su jefa de prensa, lo esperaba en el vestíbulo del hotel The Standard. Daba largos paseos de un lado a otro, sin ocultar su nerviosismo, y, de vez en cuando, tironeaba de uno de sus cabellos azules. Era guapa, algo gruesa, pero atractiva, con ese montón de pecas en la nariz y la barbilla redondeada, con piercings en orejas, labio y nariz y, según había explicado ella misma en una fiesta legendaria en casa de Aaron, un inmenso tatuaje en la espalda de un fénix en llamas, aunque Miles solo había visto las lenguas de fuego que subían por su nuca cuando se recogía el pelo. La chica jugaba en el otro bando y tenía una especie de novia cerebrito que trabajaba en un laboratorio. Siempre estaba dando órdenes, regañando a James por subir fotos a Instagram sin que ella les diera el visto bueno y molesta con Miles porque se negaba a tener una cuenta en Twitter a través de la cual vomitarle chorradas al mundo. Ya lo hacía con sus canciones, así que no necesitaba hacerlo gratis y a diario en una red pública donde todo el mundo pensaba que tenía algo interesante que decir. Si él tenía algo interesante que decir, le ponía música.
—Llegas tarde y tienes un aspecto horrible —chilló su jefa de prensa en cuanto lo vio—. Hamilton lleva veinte minutos arriba. Ya puedes disculparte y tomarte en serio la entrevista. Esto es Voices y han mandado a su mejor entrevistador. Te va a despellejar vivo...
—Para ya, Brandy. Da las gracias que he venido y solo porque Brian se ha presentado en mi casa y me ha obligado a salir. Tengo una buena resaca y estoy de bastante malhumor, así que por mí el periodista ese puede...
—Andy, mi nombre es Andy, o Andrea, si lo prefieres. Llevo tres años trabajando contigo. Podrías hacer el esfuerzo de recordar mi nombre alguna vez. Y es Ian, no Brian —lo cortó la chica airada, mientras entraban en el ascensor—. Esto es serio. Tyler Hamilton no es uno de esos blogueros que besan el suelo que pisas. Es un periodista de verdad, de los que destripan senadores para desayunar y se meriendan a los banqueros más arrogantes.
—Estoy temblando, An-dy —pronunció su nombre muy despacio, remarcando cada sílaba. Después se quedó pensativo un rato—. ¿Tyler Hamilton has dicho? Me suena ese nombre, pero ahora no caigo...
Siguió a Andy por el pasillo hasta la suite que había alquilado la revista. Amplios ventanales del suelo al techo ofrecían una espectacular vista del río Hudson y el mobiliario, moderno y de calidad, tenía un aire sofisticado y al mismo tiempo confortable. Una camarera del hotel estaba sirviendo un completo servicio de desayuno, una maquilladora esperaba sentada en una silla de aspecto incómodo y en un rincón el fotógrafo terminaba de preparar su equipo. Junto a una de las ventanas aguardaba un hombre rubio, que debía rondar la treintena. Se acercó a Miles con la mano extendida, pero el gesto serio. Mierda... Tyler Hamilton... Lo reconoció de inmediato. De todos los periodistas de la ciudad, sin duda ninguno debía odiarlo más que aquel tipo. Solo lo había visto dos veces, pero no lo había olvidado.
—Tyler, siento la espera, pero ya estamos aquí —dijo Andy. La chica empezó a hacer las presentaciones, pero Miles la cortó con un gesto vago.
—Ya nos conocemos.
A los labios del periodista asomó media sonrisa burlona. Sus ojos castaños tenían un brillo acerado y parecía estar disfrutando el momento. Miles lo sabía: no iba a salir indemne de aquella entrevista y, en realidad, lo merecía. Aunque Hamilton al final se había llevado a la chica, ¿no? Eso debería atenuar un poco sus ganas de revancha.
Tyler Hamilton estaba aquella noche en el Pearl, cuando todo cambió para los chicos de The Wave. Iba como acompañante de una de las compañeras de piso de Miles: Alison. Alison Parker. Resultaba curioso cómo había perseguido a aquella chica durante meses y en aquel momento le costaba recordar los rasgos de su rostro. En realidad, no se trataba de ella, sino el desafío que suponía su indiferencia. Era un par de años mayor que Miles, recién licenciada y trabajaba de maestra en un colegio de Battery Park. Venía de algún lugar perdido de Carolina del Norte. One Tree Hill u Oak Hill o algo así, aunque había estudiado en Boston. La chica era más que guapa. Rubia, ojos azules, de rostro angelical y figura esbelta. Del tipo buena chica, que nunca le había resultado demasiado interesante, ni siquiera de adolescente. ¿Para qué iba a querer él una buena chica? No, definitivamente no eran su tipo, a pesar de que ellas parecían sentirse atraídas por él y más de una creyó que sería la elegida para sacar a la luz el lado sensible del salvaje rockero.
Sin embargo, Alison era diferente: tímida, aunque con carácter, y no le impresionaba el masculino atractivo de Miles Baker. En realidad, sus compañeros de piso no le gustaban demasiado a la maestra, pero no podía permitirse una renta más alta, así que tuvo que aguantarse. El músico era el que menos le gustaba de todos y lo evidenciaba cada vez que hablaba con él. Miles estaba acostumbrado a que las chicas lo encontraran irresistible, incluso aquellas a las que caía mal, y el rechazo de Alison lo descolocaba. Así que durante varios meses persiguió a la joven con un coqueteo burlón y poco sutil que ella rechazaba con exasperación.
No estaba enamorado de Alison, tan solo le parecía un poco más interesante que el resto de las chicas y le gustaba que supusiera un reto, pero no tenía nada que hacer con ella y fue entonces cuando se le ocurrió aquella broma, la de cambiar la letra de una de las canciones nuevas para dedicársela a Alison, que iba a acudir al concierto. La vio en el Pearl poco antes de subir al escenario, mirando embobada al tal Tyler Hamilton, que tiempo atrás había sido su vecino, su amigo o su novio, vaya uno a saber qué. Cuando fue a saludarlos, trató de marcar su terreno, pero supo que se estrellaba contra un muro. Alison estaba pegada como una lapa a aquel tipo y él parecía encantado. Así que Miles subió al escenario, ofreció uno de los mejores conciertos de su vida y para terminar cantó la canción de Alison, después de dedicársela. No recordaba las palabras que utilizó, iba demasiado colocado para ello, aunque sabía que no fue una canción bonita.
No vio a Alison después del concierto, pero al día siguiente se cruzó con ella en el portal. Estaba sacando sus cosas del apartamento, ayudada por ese individuo. Quiso disculparse, porque sabía que se había pasado, pero ella no lo escuchó. Hamilton parecía tener ganas de partirle la cara. Sin embargo, se contuvo y dejó que Alison librara su propia batalla con la valentía de una leona. Se fue con ese tío, la secretaria de Gerry llamó aquella misma tarde para concertar la cita que cambiaría la vida de los chicos de The Wave y el músico no volvió a saber de la pareja. Y, tres años después, Tyler Hamilton, que resultaba ser uno de los periodistas estrella de Voices, estaba frente a él. Si Mandy/Candy/Andy estaba en lo cierto y era un entrevistador tan temible, Miles no iba a pasar un buen rato.
—No pensé que te acordarías de mí —repuso Tyler con tranquilidad, mientras le indicaba con un gesto que se acomodara en el sofá circular situado frente a uno de los ventanales. Brandy/Randy despidió a la camarera y, viendo que Tyler y el fotógrafo ya tenían sus propios cafés, se sirvió uno, ignorando deliberadamente a Miles.
—Me acuerdo más de Alison —mintió Miles con una sonrisa torcida, pero se arrepintió en el acto de su bravuconería. La mirada de Tyler se endureció y la leve tensión de su mandíbula no auguraba nada bueno.
—Creo que será mejor que no te acuerdes demasiado de mi mujer.
Así que se habían casado, pensó Miles. No debería jugar con fuego, pero no podía evitarlo, era algo superior a sus fuerzas. Nunca había tenido el instinto de supervivencia demasiado desarrollado.
—Alison era... una chica muy especial —empezó a decir con voz ronca. La mano de Hamilton cayó sobre su hombro izquierdo. Parecía calmado, pero Miles sintió un agudo pinchazo en el hombro ante la presión de sus dedos. El periodista se inclinó hasta que los ojos de ambos quedaron a la misma altura, en un gesto claramente amenazador.
—Deja a mi mujer fuera de nuestra conversación —señaló, pronunciando muy despacio cada palabra, mientras miraba al músico con los ojos entrecerrados. Luego se separó de él, tomó asiento, clavó la mirada en el Hudson y recuperó su aspecto calmado—. Me acuerdo bien de aquel concierto. Siempre me ha gustado la música rock, pero no conocía a vuestro grupo. Ni siquiera había estado antes en el Pearl. Fue todo un descubrimiento aquella sala. Volví otras veces por allí y siempre encontré grupos que merecían la pena.
Miles se relajó y durante un largo rato hablaron de aquel concierto (aunque eludieron la ominosa canción final), del Pearl, de la llamada de Gerry que les cambió la vida, de la música que estaban haciendo en aquel momento, de la próxima gira... Saltaban de un tema a otro y Miles, sorprendido por la fluidez con la que podía conversar con Tyler Hamilton, se dejó llevar. Hablaron de cultura, de política, de la música comercial, de la piratería, del uso de Internet por parte de los nuevos músicos, de los intereses de las discográficas... En un momento dado, Miles echó un vistazo al reloj de su móvil.
—Oye, tío, llevamos una hora de charla. ¿No crees que deberíamos empezar la entrevista?
Una sonrisa burlona cruzó el rostro de Tyler Hamilton.
—Llevamos una hora de entrevista, Baker. No sé qué creías que estábamos haciendo...
Miles lo miró boquiabierto. Estaba acostumbrado al formato pregunta-respuesta cuando lo entrevistaban. Siempre le preguntaban las mismas tonterías: qué artistas lo inspiraban, cuál era su comida favorita, qué buscaba en una mujer, cuál era su canción preferida, cómo se llevaba con el resto del grupo... Pero Tyler no le había hecho ni una sola pregunta. Había mantenido una conversación inteligente, saltando de un tema a otro, como si fueran dos amigos tomando una cerveza, y el músico había dado controvertidas opiniones sobre el mundo de la música y sobre los temas de actualidad más candentes, como las leyes de inmigración o la pena de muerte. En distintos momentos habían hablado sobre The Wave y su música, pero también sobre otros grupos, con los que había sido especialmente crítico. Muy crítico. Dio un rápido repaso mental a la conversación mantenida y asintió satisfecho. No le importaban sus polémicas opiniones: le encantaba desafiar y Voices no habría querido entrevistarlo si no hubiera sido tan provocativo. Iba a ganarse unos cuantos enemigos con aquella entrevista, pero no le importaba en absoluto.
—Me gustaría profundizar un poco más en vuestra música, porque tengo la sensación de que esas letras tan crípticas tienen varias lecturas. Por ejemplo, dicen que So Good es una de las mejores canciones de amor de los últimos diez años.
—Eso dicen... —Miles esbozó una sonrisa ladeada, algo canalla, esa que siempre utilizaba con las chicas y los fotógrafos—. Solo que no es una canción de amor. Jamás he escrito una canción de amor.
—¿Nunca? ¿Un músico que no escribe sobre el amor? Siempre ha sido uno de los temas favoritos, incluso para los rockeros más duros. ¿Por qué The Wave no canta al amor... o al desamor, que es la otra cara de la moneda? —Tyler parecía sorprendido y, por primera vez en toda la entrevista, mostró auténtica curiosidad.
—No puedo escribir sobre algo que no he sentido nunca y que ni siquiera creo que exista.
Tyler lo observó con seriedad.
—¿Nunca te has enamorado?
El músico negó con la cabeza, sin perder la sonrisa burlona, pero poco dispuesto a profundizar en sí mismo. No iba a abrir su alma ante nadie y menos aún ante un periodista. Sin embargo, Hamilton no insistió. Lo miró largamente, casi con lástima, lo que irritó al rockero, pero después volvió a So Good. Miles no tuvo ningún problema en explicar que, en realidad, la canción era un elogio a las drogas. Tyler no pareció escandalizado.
—¿No dices nada? —inquirió Miles con malicia.
—¿Creéis que sois los primeros en consumir drogas? ¿Los primeros en reconocerlo públicamente? ¿O en dedicar una canción al tema? No sois muy originales. Los Rolling, Guns N’ Roses, Red Hot Chili Peppers, Aerosmith, The Doors... Hasta Los Beatles tienen su Lucy in the Sky with Diamonds. Rock y drogas... No es demasiado original.
Pese al tono desdeñoso del periodista, Miles creyó que aquel sería el titular de la entrevista, que la mejor canción de amor de la década era, en realidad, un himno que ensalzaba las drogas, o, tal vez, alguna frase de sus controvertidas opiniones políticas, pero en el siguiente número de Voices, con un Miles Baker fotografiado en la azotea del hotel, subido a la barandilla de la terraza, con los brazos extendidos, sus espectaculares ojos verdes mirando al cielo y con aspecto de estar a punto de caer de espaldas sobre el río Hudson, en una imagen que se convertiría en icónica, se leía: «Jamás he compuesto una canción de amor». Parecía una frase tonta, pero el país entero habló del tema durante semanas.
The Wave se marchó de gira antes de que saliera la revista. Seis meses después, en un hotel de Sydney, en el baño de una impresionante habitación con vistas a la bahía, Aaron Reynolds, batería del grupo, fue encontrado muerto por sobredosis. Y todo volvió a cambiar.
Capítulo 1
Decenas de chicas se agolpaban en los pasillos, porque no cabían en la sala de espera. Chicas con el aspecto más variopinto, aunque predominaban las ropas oscuras, los vaqueros rotos, atrevidos cortes de pelo , piercings y tatuajes. Hablaban tan alto que la recepcionista, una mujer de mediana edad con los ojos demasiado maquillados y el ceño fruncido, tuvo que exigirles silencio antes de volverse hacia la recién llegada con gesto amable.
—¿Qué quieres, cariño? —preguntó con dulzura, todavía mirando de reojo a las escandalosas chicas que invadían todo el espacio.
—Quiero presentarme a las audiciones.
Sin moverse del mostrador, la estudió escéptica, recorriéndola de arriba abajo con los ojos.
—Es una audición para un grupo de rock, cielo —explicó. Habló con cierta lentitud, como si quisiera hacer entender a la joven un mensaje oculto.
—Lo sé. Quisiera presentarme.
La recepcionista miró incrédula a la chica que tenía frente a ella y que parecía una universitaria cualquiera, no una rockera. El cabello largo y rubio recogido en una cola de caballo, vaqueros, camiseta de algodón de manga corta, Converse, pendientes discretos, mochila de cuero colgada al hombro y una guitarra acústica guardada en una funda oscura colgada al hombro. Mantenía la espalda erguida, hablaba con voz suave y educada y sus gestos desprendían cierta distinción propia de la gente con dinero. No, aquella chica no pegaba nada en aquel ambiente. Debería estar sentada en un aula de la facultad, estudiando Derecho o Literatura, no presentándose a una audición de música rock, pero le entregó igualmente un formulario para que lo rellenara y, cuando se lo devolvió, señaló hacia la sala de espera.
—Puedes esperar con el resto de las chicas. Os llaman por orden.
Kaylee Howard buscó un sitio en el que acomodarse, pero todo parecía estar invadido. Optó por sentarse en el suelo, entre una chica con un camino de clavos ascendiéndole por la mejilla izquierda hasta la ceja y otra con el tatuaje de una serpiente deslizándose por su cuello. Se hizo algo de silencio mientras se acomodaba y alguien masculló un «¿Qué pinta aquí la princesa?», pero Kaylee ignoró las miradas desdeñosas, sacó su iPod, se colocó los auriculares y se olvidó del mundo mientras escuchaba una sonata para violonchelo y piano de Mendelssohn. Durante veinticuatro minutos se abstrajo del ambiente, inmersa en la música, y cuando los instrumentos callaron, parpadeó con lentitud, como si estuviera regresando de un lugar lejano. Notó las piernas entumecidas, así que trató de moverlas despacio, devolviéndolas a la vida, mientras miraba a su alrededor. Ya nadie le hacía caso y una monótona voz masculina llamaba a las chicas por orden para pasar a la sala de audiciones.
La mañana transcurrió con lentitud. Muchas chicas hablaban entre ellas, otras trasteaban en el móvil, leían, escuchaban música, escribían... En uno de sus paseos por el pasillo para estirar las piernas, Kaylee se cruzó con otras dos aspirantes y una la golpeó con el hombro. Tenía la cara alargada, el pelo negro muy corto por la nuca, pero con un largo flequillo que le tapaba el ojo izquierdo, y llevaba una vieja camiseta de Los Ramones, vaqueros rotos y botas negras con hebillas laterales.
—Cuidado, princesa, que te puedes caer —masculló la chica y se rio con brusquedad. Kaylee alzó la barbilla, pero no respondió a la provocación, sino que volvió junto a sus cosas y se sumergió en una novela policíaca que llevaba en la mochila.
En algún momento la recepcionista dejó su puesto, seguramente para ir a almorzar, y al rato apareció un chico con bocadillos y bebidas, que llevó a la sala de audición. Kaylee no tenía hambre, pero se forzó a comer unas galletas de arroz que guardaba en su mochila. Las aspirantes siguieron pasando y empezó a ponerse de nuevo nerviosa al darse cuenta de que pronto sería su turno. Una chica con el pelo negro y rizado y largos pendientes con calaveras se levantó de un salto cuando pronunciaron su nombre. Solo quedaban tres aspirantes, así que no tardarían en llamarla. Las manos le temblaron un poco al guardar el iPod. Quiso salir de allí. Debería irse. Sí, sería lo mejor, coger su guitarra y su mochila y marcharse, pensó con el estómago encogido.
—Kaylee Howard.
Su nombre sonó con claridad en el pasillo. Era su turno, pero no se movió. Si no acudía a la llamada...
—Kaylee Howard —repitió la voz con cierto deje irritado.
Kaylee resopló, se puso en pie, cogió sus cosas y se dirigió hacia la sala de audiciones. Había decidido ser más valiente y no iba a echarse atrás.
Un chico rubio la esperaba en la puerta, aunque su vista estaba centrada en unos papeles que sostenía en la mano izquierda.
—Vamos, no nos hagas perder el tiempo. Todos tenemos ganas de acabar ya —gruñó sin mirarla y le indicó con un gesto que pasara a la sala. Dos hombres y una mujer castaña, sentados tras una larga mesa, hojeaban unos papeles y otro hombre calvo, de mediana edad, escribía en su móvil con el ceño fruncido. En un lateral, un tipo con greñas y aspecto cansado hacía tamborilear los dedos sobre un teclado. En el centro de la sala aguardaban un micrófono y una videocámara.
—Ve allí —le indicó el chico de las listas. Luego se situó detrás de la cámara, recolocó el trípode y manipuló el aparato con mano experta.
—Kaylee Howard, ¿verdad? —preguntó la mujer castaña, mientras consultaba sus papeles de inscripción. Alzó la vista un tanto sorprendida—. ¿Estudias con Margaret Armstrong?
El hombre calvo levantó la mirada del móvil y estudió con atención a la joven con sus pequeños ojos negros, pero Kaylee, sonrojada, apenas se fijó en él. Se limitó a asentir con la cabeza, incapaz de pronunciar una palabra. La voz se le había atascado en la garganta y no quería explicar por qué una estudiante de piano clásico se presentaba a una audición para cantar en un grupo de rock.
—Bien, mira a la cámara, di tu nombre y canta algo —dijo uno de los hombres—. Puedes usar la guitarra o darle indicaciones a nuestro pianista, lo que prefieras.
La chica arrastró una silla hasta el centro de la sala, ajustó la altura del micro, sacó la guitarra de su funda, se sentó y acarició las cuerdas con suavidad, sin arrancar un solo sonido. Respiró hondo. No pasaba nada. Volvió a ajustar la altura del micrófono. Era solo una audición. Ni siquiera estaba segura de querer pasarla, así que daba igual el resultado. La profesora Armstrong le había indicado que para la prueba solicitaban la interpretación de dos canciones de diferente estilo. Miró a cámara, dijo su nombre, tomó aire de nuevo y empezó a tocar las primeras notas de Looking for an Answer, de Linkin Park. Como era habitual en ella, en cuanto empezó a tocar, desaparecieron los nervios. Había arreglado la canción para ajustarla a su registro y también la había acortado hasta dejarla en un tema de un par de minutos. Al terminar, permaneció en silencio, aún absorta en la melodía que acababa de cantar. Un carraspeo la hizo despertar de su ensoñación y, tras parpadear un par de veces, fijó la vista en las personas que tenía enfrente. Uno de los hombres parecía mirarla con aprobación, pero el resto mantenía cara de póker.
—¿Qué más has preparado? —inquirió la mujer, sin darle tiemp
