Amor platónico (Aula de pasiones 4)

Winter Cherry

Fragmento

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Capítulo 1

—No quiero que estés enfadada.

—No lo estoy. ¿No me ves?

Melanie miró a Jesús y sonrió de la manera más forzada que se le ocurrió para demostrarle que podía entregar una mínima chispa de humor en un momento tan agrio para ella. Él había decidió acudir a la reunión gracias a la invitación de su compañera de facultad, e incluso le había conseguido un lugar en una de las mesas redondas que se celebraban en la capital de Francia.

—No voy a hacer nada malo. Es una gran oportunidad para mí y no quiero desaprovecharla.

—Y seguro que tu amiga tampoco.

Jesús se acercó a Melanie y la abrazó. Intentó besarla en los labios, pero ella le hizo la famosa cobra y lo dejó con ganas de despedirse de ella de una manera algo más afectuosa. Chasqueó la lengua, se separó, cogió la maleta y caminó hasta la puerta del apartamento donde se dio la vuelta.

—Te llamo cuando llegue a París. Solo son dos días.

—Y dos noches.

El profesor bufó ante el último comentario de su pareja y salió al relleno con una mala sensación en su interior. Tenía claro que no iba a sucumbir a ninguno de los evidentes encantos de su amiga María, pero no quería que Melanie sufriera por una imaginación que revoloteaba a cada instante. Si bien era cierto que por su amiga no habían pasado los años y seguía siendo una mujer rubia, de piernas larguísimas y senos voluptuosos, él era feliz junto a su compañera de trabajo en el instituto y no quería echarlo todo a perder por un simple calentón. Iría a París, disfrutaría del congreso y saldría a cenar con algún colega de profesión. Poco más.

En el aeropuerto se encontró con María, que lo primero que hizo fue preguntarle por Melanie. Él le comentó que se había quedado en casa y ella sonrió como una niña traviesa al escucharlo.

—¿No ha querido acompañarte al aeropuerto?

—No. No le hace mucha gracias este viaje —contestó Jesús con la sinceridad de quien no ve el peligro acechando—. Es lo que hay.

—¿Y qué ha pasado? ¿No se fía de ti?

—Más bien, no se fía de ti y de mí.

—¿Cree que nos vamos a liar en París?

Jesús se encogió de hombros justo en el momento en el que le tocaba pasar por el arco de seguridad para embarcar. De no haber estado tan pendiente de colocar la pequeña maleta en la cinta transportadora y su chaqueta y el móvil sobre una bandeja de plástico, habría podido ver la mirada lobuna de su compañera de viaje y cómo le miraba el trasero y se lamía el labio superior. En cuanto se dio la vuelta, el rostro de María mutó a una máscara anodina.

—Esto es un rollo —comentó con inocencia.

El embarque no fue mucho más divertido y el vuelo se pasó como un suspiro. Mientras proyectaban una película, ellos decidieron pasar el tiempo charlando de sus cosas y poniendo sobre las pequeñas mesitas un sinfín de recuerdos sobre la época de la universidad, cuando ellos dos compartían aulas, amigos y, en ocasiones, sábanas. Ella llevó la conversación hacia esos momentos íntimos y él demostró la incomodidad del hombre que comparte su vida con otra mujer y no desea traicionarla.

Una vez en Paris, María se encargó de todo, ya que ella había reservado el hotel para los dos. Tomaron un taxi en el aeropuerto y llegaron a la Rue du Général Lanrezac donde se hospedaron en el hotel Balmoral, situado a pocos metros del Arco del Triunfo. En la recepción, Jesús se acordó de su mujer, y mucho más cuando se dio cuenta de que no se enteraba de nada de lo que María hablaba con el recepcionista. Su pareja habría estado como pez en el agua rodeada de tanto francés y se prometió a sí mismo llamarla en cuanto llegara a su habitación. Su amiga cogió las dos llaves y lo condujo hacia el vestíbulo de ascensores siguiendo las instrucciones que le habían dado en la recepción. Subieron hasta la planta segunda y recorrieron un par de pasillo hasta detenerse junto a la habitación doscientos quince. María le entregó una llave de tarjeta a Jesús y ella se acercó a la puerta contigua, donde abrió con una llave idéntica a la que le había entregado al profesor.

—¿Has cogido las dos habitaciones juntas? —preguntó desde el pasillo sin dejar de mirar la llave.

—Sí. ¿Pasa algo?

Masculló una palabrota antes de contestar.

—No. No pasa nada.

Entraron al mismo tiempo en sus respectivas habitaciones y Jesús se dio cuenta al instante de que había una puerta que comunicaba ambas habitaciones y que el pestillo que la cerraba estaba roto. Decidió llamar a recepción lo antes posible para que lo cambiaran con idea de evitar cualquier tipo de tentación por parte de María. Él seguía teniendo las ideas muy claras, pero temía que su amiga no tanto. De hecho, en cuanto se abrió la puerta y la vio entrando en su habitación, su corazón le dio un vuelco.

—Las habitaciones no están nada mal —comentó al tiempo que echaba un vistazo al cuarto de Jesús—. ¿Quieres que demos un paseo antes de cenar?

—Estaría bien. Voy a llamar a Melanie y, si quieres, nos vemos en media hora.

—Perfecto. Aprovecho para darme una ducha.

Jesús asintió sin darle demasiada importancia a las palabras de su amiga y con la idea en la cabeza de llamar a su pareja para decirle que había llegado bien y para pedirle por favor que no se preocupara. Se sentó en la cama y marcó. No hubo suerte. O Melanie no estaba en casa o no quería coger el teléfono. Acababa de decidir que lo mejor sería llamarla al móvil cuando la puerta que unía su habitación con la de María se abrió y apareció ante él su amiga y compañera de facultad con solo una toalla alrededor de su torso.

—Voy a darme una ducha.

Jesús tragó saliva al ver que la toalla que se había puesto le tapaba lo justo como para mostrar una pequeña porción de la aureola de los pezones.

—María, no quiero líos. Yo solo he venido por lo del congreso.

—Y yo también. Pero estamos en París y la noche es joven.

La mujer sonrió con picardía, llevó las dos manos a la parte superior de la toalla donde la había anudado y, con un movimiento ágil de sus dedos, la desató y la dejó caer al suelo para mostrarse completamente desnuda delante de Jesús.

En ese momento descubrió que Melanie tenía razones para preocuparse.

Jesús, por una parte, tenía las cosas muy claras, y el sentido de supervivencia que había desarrollado tras años de terapia le instaba a marcharse de allí, pero se veía incapaz de apartar la mirada del cuerpo desnudo de su compañera de profesión. María aprovechó el desconcierto del profesor de Filosofía para acariciarse los voluptuosos y firmes senos con sus manos. Sabía qué cartas debía mover para excitar a un hombre, y no dudaba en jugar la mejor de las bazas que fuera capaz de reconquistar a la persona que no había desaparecido de su mente a pesar de los años pasados. Cuando Jesús decidió, años atrás, darle una oportunidad a su relación con Melanie, ella se había sentido como un segundo plato, a pesar de haberle demostrado que podía satisfacerle tanto a nivel emocional como físico. Pero él había elegido a la estudiante de Filología Francesa de pelo negro y caminar elegante antes que a una joven estudiante de Filosofía de ojos azules y pelo rubio y lacio. Su cuerpo se había ido transformando con el paso de los años y poco quedaba de aquella desgarbada jovencita que se había enamorado perdidamente de un compañero de facultad bohemio y seductor, aunque él hubiera elegido, en el último momento, marcharse con otra a la que declaró su amor eterno.

María odiaba a Melanie por haberle robado al hombre de su vida y, con el paso de los años, no solo había seguido loquita por Jesús, sino que ese rencor hacia la profesora de Francés había ido creciendo hasta convertirse en algo enfermizo. Ni tan siquiera tenía claro si era mayor el amor que sentía por su compañero de profesión o el odio que copaba cada poro de su piel. Ahora había llegado el momento de la venganza, y tenía claro que aquel cuerpo lánguido y el pelo pajizo habían dejado paso a unas curvas de infarto y a una melena leonada y rubia que no pasaba desapercibida allá por donde fuera.

—¿He cambiado mucho en estos años?

María dio una vuelta completa muy lentamente y dejó que Jesús se recreara en su vientre plano, en su sexo completamente rasurado, en sus senos altivos y firmes y en sus posaderas redondas y algo marcadas por las horas de gimnasio. Él no pudo evitar sentir cómo el peligro acechaba en cada rincón de la habitación que se había convertido en una verdadera trampa.

—Has cambiado mucho —logró susurrar.

—Espero que para mejor —apostilló ella con el siseo meloso de una serpiente—. Parece que los años nos han tratado bien.

Dio un par de pasos hacia él y, cuando lo tuvo delante, se inclinó, colocó su mano en la barbilla rasurada, elevó su cabeza y lo besó. Podría haber sido un beso pasional, cargado de la lujuria de quien lleva años esperando la ocasión perfecta para recuperar al amor perdido, pero no fue así. Ella mantuvo el contacto todo lo que pudo, pero él no respondió de la misma manera y, al final, se separaron con el desconcierto flotando sobre sus cabezas. A pesar del fallido primer acercamiento, María tenía muy claro lo que debía hacer para conquistar a un hombre que, como todos, sabía que pensaba con algo distinto al cerebro.

***

Mientras tanto, a miles de kilómetros de allí, Melanie permanecía totalmente quieta, con la mirada perdida en una pared gris y anodina y el teléfono móvil en una de sus manos. Los timbrazos en el fijo habían cesado y ella necesitaba que Jesús insistiera para confirmar el mayor de sus deseos: que se había equivocado con él. No había sabido confiar en el hombre que tanto le había demostrado en todos los años que habían compartido y que, en ningún momento, le había dado el más mínimo motivo para desconfiar. Por su mente cruzó el pensamiento fugaz de que, con toda seguridad, ella misma, con sus celos y desconfianza, había sido la culpable de lanzar a la persona que amaba hacia los brazos de otra. Si bien había quedado claro que aquello solo era un viaje de trabajo, cualquier persona que no viviera rodeado de inocencia, como el propio Jesús, hubiera visto la red que le habían tendido donde otros solo hubieran contemplado un fin de semana entre colegas en una de las ciudades más bonitas y románticas de Europa. Suspiró una vez más, dejó el teléfono sobre la mesita del salón y cerró los ojos. El recuerdo fugaz del primer encuentro con Jesús cuando solo eran dos jóvenes sin un futuro claro regresó a su mente y trasformó su gesto adusto en una esperanzadora sonrisa.

***

Jesús se sentía culpable. Nada de lo que había ocurrido en la habitación del hotel entraba dentro de sus planes, y el fin de semana especial en el que la Filosofía se erigía como la verdadera protagonista había pasado a segundo plano. Cogió la maleta que aún no había tenido tiempo de desempacar y se dirigió hacia la puerta de la habitación. Una vez allí, se dio la vuelta y dirigió una última mirada a María, que ni tan siquiera se había preocupado de tapar su desnudez.

—Lo siento. No puedo hacerlo.

—¿Por qué? Es evidente que sigue habiendo algo entre nosotros, y creo que es mejor apagar este fuego.

Jesús hizo oídos sordos a la alegoría poética y negó con la cabeza.

—Ha sido un error venir a París contigo. De verdad, siento lo que ha pasado.

María se lamió los labios de nuevo con picardía, dio un par de pasos hacia él y volvió a acariciarse uno de sus voluptuosos senos con los dedos con la idea de atraer de nuevo a la mariposa hasta la telaraña que había tejido con mucho cuidado. Jesús sacudió la cabeza para intentar lograr una lucidez que parecía abotargada por el aroma dulce y penetrante de su compañera de viaje, y supo que tan solo tenía una posibilidad si quería actuar con un mínimo de dignidad.

—Lo siento —repitió de nuevo.

Salió de la habitación, cerró la puerta tras de sí y se apoyó en la pared del pasillo. El corazón le latía a mil por hora y sentía que las paredes giraban en su cabeza como un tiovivo. La imagen de Melanie apareció en su mente como la del angelito que luchaba contra el diablillo malo en el que se había convertido María. Mientras este último le gritaba que regresara a la habitación porque tan solo se vivía una vez y tenía a una mujer preciosa y completamente desnuda dispuesta a satisfacerlo sexualmente, el primero solo susurraba que no merecía la pena, que no debía arriesgarse a perder lo que tenía y que tanto amaba por un polvo con una mujer que era lo único que quería de él.

Ni por lo más remoto hubiera podido llegar a pensar que detrás del plan de María no había solo un deseo sexual no concedido, sino que un plan mezquino y maquiavélico, urdido por una mente enferma, estaba comenzando a tomar forma. Solo veía en aquella joven rubia de cuerpo voluptuoso y deseable a la compañera de facultad que estaba locamente enamorada, mientras él ya se había fijado en una chica de pelo negro y ojos marrones que pedía cada tarde, con un ligero acento francés, una Coca-Cola en la cafetería donde él que

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