Siempre en mi corazón

May Bonner

Fragmento

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Prefacio

Miró a través del ventanal hacia los campos que se extendían más allá de lo que alcanzaba la vista, pero en esta ocasión no sintió tristeza ni melancolía. Por primera vez en mucho tiempo, sir James Alton experimentó una sensación de cierta alegría y de esperanza en el futuro. Tener a todos esos chicos en casa le había infundido los ánimos que había dado por perdidos desde hacía tanto.

Su capataz, Philip Burnham, había llevado con él a Edward, su hijo de once años, cuando se trasladó para trabajar en la propiedad. Sir James enseguida había comprobado que era un niño noble e inteligente, siempre atento a todo y un magnífico jinete ya a su edad; aunque también le interesaba la lectura. Le resultó simpático desde el primer momento. Además, Philip había servido a sus órdenes en el ejército y había llegado a salvarle la vida en una ocasión, por ello cuando murió al cabo de un par de años de trabajar para él, sir James se hizo cargo de Edward y lo quería como a su propio hijo.

Muy poco después de la llegada de los Burnham, Richard Conway, su administrador, también había traído a su hijo Robert a vivir con él después de la muerte de su madre. En un principio los Conway se instalaron en Alton Cottage, pero después de hacerse cargo de Edward, sir James tuvo la idea de que vivieran en Altonfield para que los niños se educaran juntos. Robert era de una edad muy similar a Edward, aunque de carácter muy diferente. Era un niño más reconcentrado y siempre atento a lo que su padre le decía. Un padre que le educaba con mano de hierro.

Y por último estaba Elaine. Aquella niña que tenía ocho años a su llegada era su debilidad. Con su piel blanca, los ojos azules y los rizos dorados cayéndole por la espalda, le recordaba mucho a su madre. Su madre... Siempre estuvo enamorado de ella, pero nunca lo dijo. Cuando la conoció ya era la prometida de su primo Harold y se limitó a amarla en silencio. Los años habían pasado para él solitarios y tristes, pero ahora tenía la oportunidad de educar y cuidar a su hija después de que se quedara huérfana. A veces imaginaba que era su propia hija y de su amada. De hecho, la quería como si así fuera. La vida en Altonfield se había llenado de alegría con la llegada de esos niños y la casa había pasado de estar solitaria y silenciosa a llenarse de risas y juegos. Sir James se había sentido renacido.

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Capítulo 1

La principal preocupación de todos los que vivían en Altonfield —una de las casas más grandiosas de Inglaterra situada en el condado de Buckinghamshire— desde la llegada de los niños pasó a ser su educación. Sir James Alton no había cumplido aún los cuarenta años cuando Elaine llegó para vivir con él. A pesar de ser aún apuesto y mantenerse en perfecta forma, los sucesos de su vida lo habían hecho sentir viejo y cansado. Pero ahora sentía por fin que tenía un nuevo objetivo, así que lo dispuso todo para que los tres tuvieran la mejor instrucción posible y no hizo distinciones entre la niña y los niños, ni entre la clase social de cada uno. Todos serían iguales para él en ese aspecto. Aritmética y física, literatura y geografía. Sin descuidar los idiomas, naturalmente. Tenían profesores solo para ellos. Sus conocidos lo tomaron como una excentricidad, pero un hombre tan influyente como él podía permitirse el lujo de ser peculiar.

Hannah, el ama de llaves, era la que estaba siempre pendiente de los niños. Vigilaba de cerca si se alimentaban de forma adecuada y procuraba mantenerlos entretenidos contándoles historias e inventando juegos. Las mañanas las pasaban sumergidos entre libros. A Edward le gustaba estudiarlo todo, su curiosidad era insaciable. También a Elaine le gustaba estudiar, aunque sentía predilección por la física y la literatura. Siempre tenía un libro entre las manos. Robert, como los otros, era inteligente pero no mostraba excesivo interés por nada, a pesar de que su padre le obligaba a estudiar más que a los demás.

—Debes esforzarte el doble porque tú no tienes las ventajas que tienen ellos por su posición —le respondía Richard a su hijo cuando este protestaba.

No obstante, las clases de equitación eran las preferidas por los tres. Las cuadras de Altonfield eran famosas en todo el país y una de las más grandes. A los tres jóvenes les encantaba visitar a los caballos por la mañana y se divertían persiguiendo a las ocas que siempre andaban rondado por allí. Montaban muy bien, pero Edward los superaba claramente.

—¡Os echo una carrera! —solía desafiar Robert y todos se lanzaban al galope.

Una tarde, aprovechando que su profesor se había quedado dormido bajo un árbol en un descanso de la lección (para un hombre de su edad cuidar de los tres niños era agotador), Robert volvió a lanzar su desafío.

—El que llegue primero a los árboles gana —gritó Elaine.

Edward tomó enseguida la delantera, seguido muy de cerca por Robert, que espoleaba su caballo sin cesar. Elaine se dio cuenta de que algo no iba bien con su yegua, pues se iba quedando atrás, cuando normalmente era rápida como el viento. Se detuvo y comprobó que cojeaba ligeramente. Deseó de corazón que no fuera nada grave, pero se vio obligada a abandonar. Robert se dio cuenta de que la carrera se había convertido en un duelo entre Edward y él. Se aproximaban ya a los árboles cuando intentó tomar la delantera pasando tan cerca de su amigo que estuvo a punto de derribarlo. A pesar de ello, no consiguió ganar. Edward llegó primero.

—¡Has estado a punto de tirarme del caballo! —se quejó.

—Lo siento… No era mi intención, pero la próxima vez ganaré yo —gritó Robert sin bajarse tampoco del caballo.

No había discusión posible, Edward era un jinete extraordinario y aunque Robert también era muy bueno, no lo era tanto como su amigo. A pesar de todo, este le admiraba de verdad y no sentía por él ni celos ni resentimiento. Únicamente era consciente de ello cuando su padre le hacía notar su inferioridad respecto a Edward:

—Os vi correr… Edward hizo una gran carrera.

—Me ganó justamente, padre —respondió Robert.

—Naturalmente. Es mejor que tú y te ganará siempre.

—¿Por qué es siempre tan duro conmigo?

—Porque deseo que te esfuerces más. Si mi padre no lo hubiera sido también conmigo yo no estaría aquí ahora. No quiero ver relegado a mi hijo.

—Pero ¿por qué habrían de relegarme?

—Heredarán todo esto algún día —dijo extendiendo el brazo y hacia el horizonte.—Eso es lo que planea sir James, estoy seguro, pero no te preocupes —añadió mirándole fijamente.— Yo te enseñaré todo lo que debes saber. Firme y sin piedad, solo así lograrás sobrevivir.

En invierno, cuando la neblina cubría los campos y el bosque, imaginaban que vivían en Camelot y soñaban que, en cualquier momento, una hueste de caballeros de la Tabla Redonda aparecería cabalgando entre la niebla. En esa época del año, cuando el tiempo era desapacible, pasaban las horas jugando en la biblioteca donde, si accionabas el punto correcto, se abría una de las estanterías repleta de libros y podían esconderse en el pasadizo que se había añadido a la casa en tiempos de los Tudor, en la época de la persecución a los católicos. Allí se escondían para darle un susto a Hannah cuando iba a buscarlos para la cena.

Pero el verano era sin duda su estación del año preferida, pues podían pasar casi todo el tiempo al aire libre. Montaban a caballo, recorrían los bosques cercanos, paseaban en barca por el lago que se abría más allá de la arboleda y se sentaban bajo los árboles contándose mil cosas. Mil sueños:

—Cuando sea mayor viajaré por todo el mundo… —aseguraba Edward.

—Y yo iré contigo —se apresuraba a decir Elaine.

—¿Y me dejaréis aquí solo con mi padre? —preguntaba Robert con cierto tono de melancolía.

—Podrás venir con nosotros si quieres. Siempre seremos amigos —respondía ella acercándose y dándole un imperceptible beso en la mejilla.

Una tarde en la que volvían a soñar con viajes, Robert sonrió con cierta tristeza.

—No sé si querréis que os acompañe... Quizás prefiráis estar solos —dijo de repente recordando las palabras que siempre le repetía su padre.

—¿Por qué? A un amigo nunca se le deja atrás —aseguró Edward con convicción.

—Siempre estaremos los tres juntos —estuvo de acuerdo Elaine.

Así dejaban pasar muchas horas. Contemplando como el sol se filtraba a través de las hojas de los árboles y como brillaba el agua del lago al entrar en contacto con sus rayos. A Elaine le gustaba el tacto de la hierba fresca en sus pies, por lo que acostumbraba a andar descalza por la orilla mientras los chicos la observaban divertidos.

Cuando sir James no estaba ocupado le gustaba reunir a los niños a su alrededor para que le contaran todo lo que habían hecho durante el día. Elaine se sentaba a sus pies sobre la alfombra, y los dos chicos a ambos lados del sillón, y allí hablaban durante horas y horas. Sir James procuraba pasar todo el tiempo que le permitían sus obligaciones en Altonfield, pero a menudo debía ausentarse porque era llamado por el primer ministro o debía asistir a alguna sesión del Parlamento. No obstante, su ausencia más larga se produjo en 1812 al ser enviado a España para combatir a las tropas de Napoleón. Allí permaneció casi dos años. A su regreso se prometió a sí mismo quedarse en Altonfield, a vivir todo el año para intentar olvidar los horrores vistos durante la guerra.

Así, lentamente y casi sin que se dieran cuenta, los años de la infancia fueron quedando atrás. El tiempo pasó deprisa y un día fueron mayores. Elaine se había convertido a sus quince años en una hermosa jovencita de grandes ojos azules. Edward era ahora un apuesto muchacho de dieciocho años y de elevada estatura, aunque algo desgarbado todavía; y Robert seguía siendo, a sus diecinueve años, aquel chico alto y delgado de siempre.

Continuaban siendo tres amigos que compartían secretos e inquietudes, hasta que un día Edward y Elaine se miraron a los ojos y en ese maravilloso instante comprendieron cuánto se amaban, aunque todavía de una forma inocente, como solo lo hacían los niños. Daban largos paseos en los que apenas se atrevían a rozarse las manos porque una nueva y desconocida timidez se había apoderado de ellos. No obstante, procuraban buscar todos los momentos posibles para estar solos. Robert no recibió las novedades con alegría cuando se dio cuenta de lo que ocurría, pues intuía que las cosas ya no volverían a ser como antes.

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Capítulo 2

Sir James llamó a Eliane a su despacho muy temprano aquella mañana. Quería explicarle personalmente su decisión. Había reflexionado mucho sobre ello desde su regreso de Londres. Había decidido hacer una visita al White, su club, en la calle St. James para pasar una tarde allí antes de regresar a Altonfield, y se encontró con un viejo conocido al que hacía mucho que no veía. Hablaron de todo un poco mientras saboreaban un buen coñac y fumaban sus pipas, y finalmente este amigo le explicó que su hija había sido presentada en sociedad la primavera anterior.

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