1
Túnel carpiano
Se fueron de su mano izquierda. Todos, los cinco dedos. Se largaron en mitad de la cena. No tuvieron ni la delicadeza de avisar o dejar algún dedo en la mano. Su fuga, la de todos, los cinco, no cogió por sorpresa a Eileen. Desde el principio del concierto supo que aquellos dedos iban a acabar haciendo precisamente lo que hicieron, pero tenía la esperanza de que aguantarían hasta los postres. No fue así.
Deseó que nadie se hubiera dado cuenta, pero Jim ya la estaba mirando cuando los ojos de ella se clavaron en los de él. Los ojos de Eileen eran de esos que no piden permiso para mirar. El ocasional bajista, Jim, se acercó a ella como un soldado en una vieja película que simulara la Gran Guerra: trincheras, humo, cables, pedales y trozos de cinta aislante. Jim, después de tantos años, estaba inmunizado ante esa mirada, pero casi todo lo que Jim sabía de cualquier cosa lo había escuchado en alguna canción y, a veces, eso resultaba confuso en su cabeza. Desdémona o Medusa, esos ojos ya no podían convertirle en piedra, pero debía reconocer que seguían dificultándole los primeros instantes de cualquier acercamiento. Eileen, consciente de ello, no podía ordenar nada a sus ojos, pero podía bajar la cabeza y retirar los ojos, como si se tratara de un animal bebiendo agua. En el aire, acoples y distorsión. A la distancia de una bayoneta la cara de Jim, su marido, aún intentaba, sin mucha fortuna, no mostrar preocupación.
—Debería cortármela.
Eileen era la rítmica de Prima Donnas, quien daba la cara, un paso por delante del resto, frente al micro. Cantaba a gritos y su aportación a la guitarra era fijar con acordes la melodía, por eso nadie a excepción de ellos dos notó la posición extraña de esa mano izquierda con los dedos huidos. El resto confundió la violenta frustración de Eileen ante aquella desobediencia con la rabia eléctrica de otras veces. La otra guitarra, Melanie —loca y sorda o sorda y loca, dependiendo del día y el novio—, llenó los huecos necesarios para que aquello siguiera sonando como había sonado: enorme, embarullado, puño contra hueso.
¿Quién del público iba a echar de menos sus cinco dedos?
Eran ya los bises de aquella última actuación antes del final de los finales de la banda. Aquellos dedos desagradecidos podrían haberse esperado a los títulos de crédito. Debería amputárselos. Los dedos. La mano. El brazo.
Uma, la bajista, se había negado a volver con ellas. Perdieron caché. Incorporaron a Jim a la banda de chicas. Recuperaron caché. Uma quiso volver. Sus llamadas no fueron atendidas. El caché ni se sintió aludido.
—Sigo pensando que es el túnel carpiano —le gritó al oído Jim.
Una buena teoría, la del túnel carpiano, un mal de guitarristas. Una presión excesiva en los nervios de la muñeca que puede llegar a debilitar los dedos.
Sí, seguro que se trataba de eso.
Podría serlo si no fuera por los calambres musculares que la atacaban, incluso dormida, en manos y pies.
Podría serlo si sus últimas caídas —divertidas, recurrentes, algunas a solas, silenciosas, nunca reveladas— hubieran sido causadas por el calzado, el alcohol, el suelo mojado o ese serrín traicionero de viejos lavabos.
Podría serlo si no supiera qué le pasó a tío Ronnie.
Pero lo sabía.
«Dale una oportunidad al túnel carpiano —se dijo esa noche—. Eres demasiado joven. No puedes tener tan mala suerte.» La reunión con las chicas estaba siendo divertida y excitante. Las actuaciones, explosivas. Aquella música nunca había sido mentira y tampoco lo era esa noche en que la estaban despidiendo. «Prohibida la mala suerte», pensó mientras Jim la atraía hacia sí con un abrazo para incrustarle los dientes en la nuca.
Ajena a todo eso, Melanie, furiosa y acelerada, había empezado Sad Tomorrow.
—Venga, idiota, no la vamos a dejar sola —gritó Eileen a Jim con el volumen apagado de su Gibson, colgada a su cuello como el escudo de Steve Rogers.
Se acercó al micro sostenida por tacones como pies de copa de champán, ceñido el vestido de novia abandonada, rasgado aquí y allá, buen escote, tetas planas y sujetador violeta. Al llegar, allí, en medio del escenario, con los pies hundiéndose en la moqueta sucia, empezó a gritar porque gritar aún podía, gritar en medio de aquella música poderosa, joven, invencible, eso aún podía hacerlo y es lo que hizo: gritar y gritar.
2
El plan
Un sofá rojo.
Recostado en él, con una toalla húmeda tapándole el rostro, Jim.
Escuchando y reconociendo algunas voces.
La de Cowboy hablando con Julián, que le tocó la punta de la bota, y Jim, alzando un instante la toalla, le guiñó un ojo como se supone que hacían los bucaneros. Después de actuar con Eileen y Prima Donnas en ese festival a finales de mayo, Cowboy y él lo habían hecho en un par de temas con la banda de Julián.
Por encima de su cabeza el zumbido de una enorme nevera de bar se interrumpía cada vez que alguien abría sus puertas superiores: botellas de cerveza, latas de Coca-Cola, aguas en plástico y dos latas de un brebaje desconocido rodando de un lado a otro sin que nadie pasara a la sensata acción de enderezarlas, bebérselas o darles un tiro en la nuca. Gente que no importaba entrando y saliendo.
Jim se dejaba guiar por el tono áspero y pausado de la voz de Julián para no escuchar nada más. En un escenario apocalíptico en el que desaparecieran todas las ciudades, Madrid podría volver a fundarse a partir de la manera de hablar de Julián. Está viejo, gordo y asustado, se decía Jim al mismo tiempo que se sentía mal por hacerlo: aquel tipo era el autor de grandes canciones, un colega generoso, pero el pánico de Julián convocaba al suyo en ese juego tramposo de adivinar el futuro con el presente de los otros.
—Entonces ¿cuál es vuestro plan? —preguntó Julián, y en su voz Jim creyó escuchar miedo, temblor, rótulas castañeando, porque ya nadie pensaba en Julián cuando se urdía un plan.
—Todo es cosa de éste —contestó Cowboy, mano ensortijada de anillos de plata alrededor de una botella de Alhambra.
Jim, resignado, bajó la toalla por debajo de la barbilla y se enderezó un poco, dispuesto a dar batalla a Cowboy. Andaba Jim por los primeros años de la treintena y era guapo de esa manera desmañada en que uno acaba olvidando que lo es. Llevaba por aquella época su pelo castaño cortado a dentelladas por las tijeras de Eileen. Ojos grandes y melancólicos, debajo de unas cejas pobladas, pómulos con poca carne y nariz desviada por un rodillazo en una pelea de críos. No muy alto ni muy delgado. Jim se desenvolvía práctico y resuelto, como alguien que vive convencido de que, de ser necesario, podría marcar en el último minuto. Ese tipo de persona.
Todo lo contrario que Cowboy, para quien la realidad dentro y fuera era todo lo mismo y a la vez. Nada parecía empezar y acabar para él, no había mejores o peores épocas ni más o menos amor en aquel momento que en cualquier otro. Era alto y desgarbado, flaco. Vestía de negro, como recién salido de un blues. Lucía largo su pelo negro encanecido, recogido en una coleta como de soldado a las órdenes de Gengis Khan, padre de todos los europeos. Nariz aguileña, ojos vulgares, los rasgos de la cara parecían de barro si venían después de demasiados días perdidos, demasiado alcohol y demasiada cocaína. Tenía quince años más que Jim pero aparentaba treinta más. Botas viejas, siempre las mismas y pendientes de lustre, sobre las que presumiblemente mentía de forma tenaz al decir que se las había dado Tom Petty. Vaqueros y una cazadora vaquera hiciera frío o calor, Cowboy era profundo si lo es un laberinto.
Julia, la mujer de Julián, abrió la puerta para requerir algo a éste. Antes, saludó al resto. Entró detrás de ella Eileen, cuya sed la imantó hacia la nevera. De ésta cogió sendas botellas de agua como si previamente hubiera pactado aquel botín con Julia.
Jim tenía sed, pero aún no sabía de qué. Eileen se había sentado encima de él y andaba tratando de abrir su botellín. Jim quiso ayudar y le cogió el culo de la botella, pero ella se negó casi con violencia. Él abrió la mano y liberó el botellín. Eileen lo consiguió con la izquierda y como premio bebió hasta saciarse. Luego, le ofreció lo que quedaba a Jim, que lo vació. Casi furtivamente, éste le cogió esa mano y le cubrió los dedos como si pudiera hacérselos nuevos dándoles calor. Ella no los retiró.
—Bueno, tú, vaquero... ¿te vienes con nosotros o qué? —preguntó Eileen.
—Creo que paso.
—¿Y eso?
—Igual grabo algo con Raúl.
—¿Nuestro Raulito? —inquirió Julián. El silencio le dio la razón.
Jim estaba a punto de felicitarle por la noticia, que desconocía y envidió como siempre envidiaba todo —le gustaba que todo le pasara a él sin tener forzosamente que quitárselo a nadie—, pero le interrumpió el gesto de Eileen sacándole la lengua a Cowboy, mitad estoy bromeando, mitad te odio, en aquel código de ellos dos, intransferible y exclusivo.
Cowboy y Eileen.
Eileen y Cowboy.
Ambos parecían saberse siempre líneas y movimientos de cualquier escena en la que aparecían. Réplicas y contrarréplicas brillantes que eran agujeros negros para quien entrara sin avisar. El personaje más lastimado, obviamente, era el de Jim, siempre con menos texto y lucidez de los que al actor que interpretaba a Jim le hubiera gustado. Al principio esa dramaturgia, esa complicidad, le ponía de mala hostia. Le agotaba tanta esgrima, tanto estar siempre en guardia ante lo que se decía, lo que se quiso decir, lo que igual no se dijo. Pero con los años había aprendido a dejarlo estar, a aceptar que aquellos dos estaban unidos por una membrana que ni él ni nadie podía perforar. Él tenía el cuerpo y el corazón de la chica —ese cuerpo menudo y caliente que en ese momento tenía encima suyo, con ese olor que reconocería entre todos los olores—, mientras que Cowboy tenía parte del cerebro y el amor de ella que no se alojaba en el deseo. No era el mejor trato del mundo, pero sí el mejor posible y él lo había aceptado finalmente.
—¿Y después de Raúl...? —preguntó Eileen.
—Luego tengo cosas.
—Oh, sí. Por supuesto. Cosas.
—Puedes apuntarte cuando quieras —intervino Jim ya definitivamente operativo—. Navegaremos bajo bandera falsa. Hasta hemos cambiado de agencia. Nada de Prima Donnas, nada de Aviñón, nada de Cowboy... Igual pillamos un batería. Habíamos pensado en Telmo, el del Rock-Star. ¿Lo conoces? Y si tú no te apuntas, igual buscaremos otro guitarra, no sé... Se lo he comentado a Íbon. —A Julián se le estrujó el hígado. Jim se percató de su torpeza: «¿Por qué no pensé en él?»—. También pensaba proponértelo a ti, Julián. Cerramos en Tarifa. Allí me apunto con los Egon Soda a dos actuaciones en el Tres Culturas o Tres Países, no sé cómo se llama aquello... Y en medio nuestro Cutre Lux Tour: campings, baretos, fiestas de santoral...
—Pero ¿para qué toda esa bobada, Jim? —le soltó Cowboy.
—El rey regresa a casa disfrazado de mendigo para saber cuánto le quieren sus súbditos —señaló Eileen, y Jim, que tenía enredados los dedos en su pelo, le dio un tirón.
—¿No te apetece volver a tocar por tocar, que te digan que no les gusta lo que tocas o cómo tocas...?
—Yo ya toco por tocar. A mí ya me lo dicen. Eres tú el famoso, el que ya no sabe qué toca, el de la tele y el concurso...
«Hace de eso tres años, gilipollas», se calló Jim. Su participación en aquel concurso era un tema que entre músicos como Cowboy o Julián le hacía sentirse incómodo.
—Vete a la mierda. Un verano tocando, bebiendo, riendo, comiendo y volviendo al principio, cuando éramos guapos, jóvenes y escoceses. Tocaremos los auténticos éxitos del verano y no tus temas prehistóricos y oscuras caras b de mierda...
Cowboy dejó el envase vacío de cerveza y, apoyado contra una tabla que hacía de mesa, cruzó los brazos y miró a sus amigos con casi sincera curiosidad. ¿Debía creerle? ¿Podía ser ése el motivo? Sabía que Jim se marchaba en otoño a Londres para darse el capricho de grabar con un viejo productor brillante unas cuantas canciones que acabarían desmenuzadas y saldadas en la red. Y Cowboy podía entender que le apeteciera esa chorrada de niño rico de sentirse músico feriante, pero ¿Eileen no tenía nada que decir?
Ésta andaba con la cabeza baja hasta que notó la mirada de Cowboy.
—¿Y tú...? ¿Tú por qué lo haces? —le preguntó como si Jim no estuviera allí.
—Me encantan los buenos finales.
Eileen era una buena razón para apuntarse a ese largo adiós de un par de meses ahora que ya no tenía domicilio en Barcelona. Del último piso, su padre, Centauro, lo había largado con la excusa, Hijo de la Gran Puta, de que necesitaba alquilarlo, él, que tenía dos o tres más. Todas sus cosas estaban o deberían estar en un trastero. En algún lugar debía tener el comprobante con la fecha límite del alquiler que le había pagado Centauro. Pero antes de que Cowboy pudiera verbalizar su indecisión o dejarse una puerta abierta, Jim habló:
—Eso sí, si vienes, te quiero bien.
—Vete a la mierda, carita guapa.
La mirada de Eileen se clavó como una estaca de madera donde Jim debería haber tenido un corazón. «No hay para tanto, joder. Vosotros os decís cosas peores», hubiera querido decirle él. «Pero tú no eres nosotros —le habría contestado ella—. Tú no sabes dónde y cómo golpear.»
—No le hagas caso. Vente. Nadie va a cuidar de nadie.
Cowboy cogió otra Alhambra de la nevera, la abrió y, sin contestar, salió a la fresca. Enseguida dio un primer trago lo más largo que pudo. Estaba molesto pero tampoco sabía decir por qué. Era una mezcla de sentimientos pisoteados, de sensaciones arriba y abajo que sabe que mal manejadas acabarán en el filo infectado. Al encenderse el cigarro le temblaban las manos. Supo qué necesitaba en esos momentos. Distinguió un corro de gente conocida, músicos, roadies, señores y señoras invitados, y se dirigió hacia ellos, arrastrando un poco la pierna jodida, la pierna que no había soportado una caída de cuatro pisos, la pierna dolorida como siempre después de una actuación.
No eran celos, nunca fueron celos.
Era algo más complejo que nunca había sabido expresar con palabras, sólo con canciones.
3
Cowboy compra
Petardos como disparos a mediados de junio preparando la verbena. El Hyundai con las luces de posición esperaba en el chaflán. Fue subirse Cowboy y ponerse en marcha. Al volante, aquel chaval, Juanito. Al lado de éste, una gitana vieja, aunque quizá sólo rondara los cuarenta. Juanito era un payo agitanado o un gitano payo, Cowboy nunca sacó nada en claro, pero supuso y bien que aquella mujer era su madre. En ocasiones se hacía acompañar por su novia, una cría anoréxica de ojos verdes, patitas de pollo, shorts rosa y dedos de mosquito que podían teclear a máxima velocidad el móvil, aquella noche le acompañaba su señora madre. Era entrada la madrugada. Muy tarde —o especialmente tarde— para un dealer de dieciocho años como Juanito. Un tío legal, agradable, decente y con todo a su favor: buena droga, puntual y limpio. Vendía cocaína como si te entregara un coche de alquiler. Aquí el seguro y aquí las llaves.
Cowboy se echó hacia atrás en el asiento. Se arrepentía de todo un poco sin poder determinar qué parte de aquella función —necesitar, telefonear, pedir, estar sentado en ese coche— debía más al arrepentimiento que a la pereza.
—No te importa ¿verdad? Es que tan tarde mi madre no me dejaba salir solo.
Cowboy supuso que se trataba de una broma para distender el ambiente. Nadie se esforzó mucho más en aquello. Juanito era modélico hasta en eso: si acaso dejaba la verborrea para el cliente. Farfulló la bruja a su hijo, pero, aunque lo intentó, los problemas de audición de Cowboy le impidieron saber qué. Juanito, de todos modos, no le contestó. Cowboy le indicó que girara a la siguiente. Se precipitó el conductor equivocándose. «La noche de los errores», pensó Cowboy. Aquél era un callejón sin salida en medio de bloques de pisos y además se encontraban taponados por un coche sin chófer. Juanito reaccionó con rabia cuando notó que golpeaba una de las ruedas del Hyundai contra el bordillo. No le solían pasar cosas así y los dos hombres sabían la causa: alguien no debería estar aquí, gitana de la gitanería.
Cowboy conocía de memoria aquella parte de la ciudad. Daba igual que llevara años sin pisarla. El gris de las aceras, el olor a taller mecánico de chapa y pintura, a fiesta de niños gritones, territorio de regreso en noches iguales a ésa en las que parecía —a la luz de farolas tan altas como palmeras que convertían luna y estrellas en vecinos de otros barrios— un escenario mal montado hecho de pedazos sobrantes de otros escenarios. Pasó Cowboy una niñez terrible en esas calles desde la enfermedad y el suicidio de su madre y una adolescencia bronca en la que planeó y ejecutó fugas que siempre salían mal. Sólo agarrado a una guitarra consiguió escapar de la tristeza y el miedo a perderlo todo cuando todo es casi nada. Conocía las esquinas con meadas de los mismos perros, las persianas bajadas, las mesas y sillas atadas con el mismo metal que las cadenas que aprisionaban las casas al suelo, los hombres y mujeres a sus pisos, a sus hijos, a la esclavitud de no tener dinero o deber demasiado. Vecinos que se sabían en qué puerta detenerse después de mil años del mismo recorrido, huecos de árboles castrados, comercios que cerraban antes de abrir. Vados de un rosa desvanecido, aceras desiertas, agujeros de luz en las ventanas, cenas en platos por retirar, qué dan hoy, a qué hora te despierto mañana, ni se te ocurra darme un beso de buenas noches que te arranco la cabeza del cuello. Conocía ese ballet. El temor a molestar al ogro. A no decir o hacer según qué. A beber más y mejor que él o ser más listo o no estar atado a una puta silla de ruedas como estaba Centauro, su padre.
—Tira para atrás. Ya voy mirando yo por si viene algún coche. No vayas deprisa. No sea que pase la Urbana y la tengamos.
El chaval desplegó el brazo por encima del respaldo de su madre. Exhibió su impecable sonrisa en cara guapa mientras fingía hacerle unas cosquillas en la nuca de pelo rizado que ella agradeció como un tajo. Todo tenso: la sonrisa, la caricia y la maquinaria bajo sus culos marcha atrás. Cowboy podía escuchar todo lo que decía aquel silencio. Y el silencio decía que ella no quería que el chaval traficara, que acabara en la cárcel, enganchado o baleado. Que ella odiaba a tipos como él, a todos los yonquis y a toda la policía, a las malas compañías, al primo Balín y el tío Maravillas.
Pero, ah, ¿qué hacer luego con las contradicciones, vieja bruja? ¿Cómo entenderse con ellas?
Porque el odio no se extendía al nuevo piso, ni a la tele enorme de plasma en el comedor inmenso, ni a la ropa nueva, las joyas ni las colonias caras, ni a los abrigos, las pieles sintéticas, ni los regalos a los otros hijos, a nietos y sobrinos: orgullo de barrio.
Para todo eso no le alcanzaba el odio.
Y a falta de odio, rezaba para que supiera su hijo cuándo dejar de ganar dinero, para no acabar en la cárcel, enganchado o baleado, darle nietos, ser formal.
Todo eso.
El coche acertó a salir sin problemas al carrer Cartagena. Rugió y esta vez enfiló bien.
—Esta calle empinada merecería estar en Disneylandia —soltó con gracia Juanito.
Una atracción en la que, al llegar a la cima, los coches fueran lanzados al espacio interestelar convertidos en cohetes. «¿Aún existe Disneylandia? —se dijo Cowboy—. ¿Hay gitanos en Disneylandia?»
De estar de mejor humor les hubiera preguntado a estos gitanos que tan a mano tiene.
Un medio payo y su madre, más mala que un dolor.
Dame la farlopa. Tengo prisa. Me esperan.
Juanito endureció la voz, cuando fue empalmando dos o tres semáforos en verde, para que su madre le pasara la cocaína que tenía embozada bajo la ropa. Dos gramos. Juanito dejó la droga en el compartimento que quedaba entre los asientos. Cowboy la cogió y pagó. La gitana cobraba. Sobraban treinta euros de los tres billetes de cincuenta.
—Gitana madre: hay cambio...
Juanito la fulminó con la mirada y ella buscó un billete de veinte y uno de diez para dejarlo de las peores maneras en la mano del músico.
—Déjame al llegar a Ronda.
—¿Seguro?
—Sí.
Hijos de puta. Uno y otro. Le habían hecho sentirse una mierda en esa puta madrugada de droga y dinero. Se fue alejando el Hyundai y echó a andar Cowboy hasta el carrer Ercilla. Al llegar a la portería, echó mano del manojo de llaves que no debería tener pero tenía. Llaves que abrirían las sucesivas puertas de uno de los pisos que Centauro aseguraba haber alquilado y que, todo parecía indicar, estaba vacío desde hacía meses. Con sus mueblecitos viejos y los marcos de las puertas maltratados. Sus cuadros escondiendo manchas, sus lámparas con bombillas mate y cañerías aullando de madrugada como perros tristes.
Una habitación, todo viejo, ochocientos euros.
Ochocientos euros, un lavabo pequeño, un balconcito.
Tres macetas, dos plantas, una de ellas inmortal, ochocientos euros.
Barcelona/Disneylandia.
Al girarse, tras abrir y cerrar con sigilo la puerta del domicilio para evitar sospechas de los vecinos, apareció Andrea por la puerta de la cocina con un vaso de vino en la mano, una boca en la cara y dos lunas negras sin pupilas dentro de los ojos.
—Nada. Me harté de esperar.
—¿Qué hacemos entonces?
Cowboy no contestó. Decidió que una ducha y entró en el baño. Mientras oía caer el agua sobre el cuerpo de su amante, ella telefoneó a su dealer que, casualmente, no andaba lejos de allí. Andrea bajó, pilló y regresó cuando él aún estaba secándose, luego se metió una raya y quiso follárselo pronto y ya. El baño de aquel piso era una huevera y salieron como una pareja de baile borracha a la que le sobrasen piernas, brazos y prisas. Él, como nutria de documental, y ella, con la ropa chorreando, sin que eso pareciera importarle. Cowboy hubiera necesitado un momento para besarla en condiciones y tratar de convocar al deseo, pero no hubo tiempo sino urgencia máxima. Le desabrochó la camisa y levantó el sujetador para tener delante aquellas tetas bonitas llenas de aceite o almidón, aunque en realidad no quería follársela, pensó, sino matarla y que aquello acabara a lo Sid & Nancy de una puñetera vez. Sin embargo, le encantaban aquellas tetas. «No son naturales», aventuró una vez más, algo que Andrea siempre negaba. Ella se le puso encima y le hizo entrar sin más protección que la que daban el Dios de la Oportunidad y el de la Estupidez. Quizá ya no podía quedarse embarazada. Quizá debería ingresar en un centro y limpiarse, curarse la cabeza y librarse de él. Quizá asumiera que esa erección era toda la que se podía gestionar por el momento.
—Estás muy pálida.
—Es la luz.
Pero siguieron y los movimientos de Andrea aguantaron aquella erección. Él se quiso retirar cuando estaba a punto de correrse. Ella se lo impidió. El corazón se le reventó a Cowboy después del orgasmo, descabalgado al lado de Andrea, que se lo miraba con sus ojos punta Staedtler número 3. Ella enseguida cambió de posición y objetivo y propuso otra raya como premio por la prueba superada.
—Si me sigo metiendo no podré follar más.
Ella fingió no escuchar. Él reconocía el rito. Andrea estaba loca de dolor en ese momento. Tanto odio y dolor que ni siquiera podía pensar en ello. No se soportaba, andaba enloquecida a tramos del día, matándose medio en serio como si fuera la suya una vida alquilada, y ahora quería follar, aunque él no pudiera y su polla flácida quedase entre sus piernas, follar, aunque él no estuviera allí, aunque ya hubiera muerto, follar, porque ella era una mujer a la que se desea y se folla siempre que ella quiere.
—Me estás haciendo daño —dijo él.
¿Qué coño le importaba eso a ella?
Quizá pedía algo de violencia. Quizá debería golpearla, pero no creyó Cowboy que fuera uno de esos polvos. Se trataba de su mierda y la droga y las horas de priva, y apenas podría recordar ninguno de los dos cuándo había empezado todo y en qué momento estos juegos de niños mimados se habían tornado partidas a perder, ruletas rusas con el tambor de la pistola vacío. Al menos ella tenía un hogar roto. Él no tenía absolutamente nada, aunque tuviera amigos aquí y allá de noches y ratos, sofás y casas donde quisiera, y su talento y trabajo y todo eso que no significaba nada en noches como aquélla. Se estaban matando y era justo cualquier castigo previo.
—Para, Andrea. No puedo más.
—¿Qué te pasa, joder? Vaya mierda de polvo me estás dando.
—He estado follando antes.
Ella nunca le creía cuando se lo decía y él se lo decía todas las veces que era verdad y todas las que no. En el instante en que le cogió de las muñecas para sacarla de encima suyo aunque fuera bruscamente, se percató de su lividez, como si se le hubiera ido toda la sangre de la cara. Los labios blancos, el rostro amarillo vela. Cowboy sabía cómo acababa aquello: en Sant Pau o en un bar tomando un coñac.
—¿Estás bien?
Andrea dijo que sí y se fue directa a hacer una raya para cada uno y que Cowboy se la follara como ella necesitaba que se la follaran aquella noche. La conocía furiosa y él no quiso complicar las cosas. Obediente, se metió la raya que Andrea, otra vez sentada encima suyo, le había servido sobre la cartera de piel de cebra. Ella dio buena cuenta de la suya. «Se le mueven las tetas al esnifar», verbalizó mentalmente el músico como si fuera un título de canción. ¿Qué llevarán por dentro unas tetas caras? No aceite de avión, no fondo de colchón. Casi tenía el tema.
—Vino con su madre, qué hijo de la Gran Puta.
—¿Quién?
La punta de la lengua en las encías amargas, respuestas rápidas a preguntas acuciantes.
—Aparta un rato.
—Vete a la mierda, Cowboy.
Se dejó caer sobre la almohada. Probó a cerrar los ojos. Tenía frío y pensó dónde cojones estarían las mantas en aquella casa y si habría mantas en ese hotel que no era un hotel. Pensó también que daría lo que le quedaba de vida por regresar al instante antes de todo aquello. La manzana en el árbol, con su puta serpiente escondida en el tronco.
—¿No me digas que no es imposible?
—¿El qué?
—Joder, no me escuchas.
—Sí que te escucho.
—¿Qué estaba diciendo?
Al rato, fingió quedarse dormido. Ella no podía estarse quieta y empezó a vestirse. Ya no quería follar, quería un hospital. Un certificado médico y encerrarse en casa una semana. No se encontraba muy bien. Dijo que se iba al ambulatorio de Cotxeres, que allí había menos gente en Urgencias que en Sant Pau. Que si la acompañaba. Ella sabía que estaba despierto, que la escuchaba, pero por amor propio no insistió. Empezó a lloriquear, pero no recordaba muy bien cómo era eso de tener lágrimas ni si iba antes la pena y luego el llanto o era al revés. No quería llegar a casa después de su hijo, el pequeño, el que también quería ser músico y drogadicto, así que se iba ya y seguro que en la calle, con el airecito, se encontraría mejor y podría volver a casa.
El ruido de la puerta al cerrarse. El ascensor bajando. El tiempo de encontrar un taxi, tambaleándose por Verge de Montserrat. A Cotxeres. Lléveme a Cotxeres.
Cinco, diez minutos.
Cowboy ya se vestía. Se calzó las botas sin calcetines al no encontrarlos. Sacó su papela, se hizo una raya de homenaje y bajó a la calle en dirección al ambulatorio. Al llegar se sentó en la salida a esperar a Andrea. Lo hizo en uno de los bancos de madera que el ayuntamiento había incrustado en el cemento. Desde Virrei Amat llegaban carriles de coches que se topaban con passeig Maragall como si fueran ríos potentes y poderosos. A un lado Horta, al otro el Guinardó. Cerró los ojos y se dijo que había sido buena idea salir del piso y dejarse abrazar por aquella brisa nocturna y que sus ojos miraran aquellas aceras casi desiertas por las que anduvieron sus abuelas y abuelos arrastrando los pies, esperando encontrar surcos de campos de la infancia. Profesores yendo al colegio de barrio cada mañana como emperadores y regresando a la hora de cenar, encorvados, sentenciados y conmutados en el último momento. Todos esos pasos de amigos, balones botando, chicas regresando de trabajar, chicas enamoradas de idiotas que siempre sabían algo que él no sabía. Zapatos y deportivas, tacones y suelas de plástico, ruedas de carritos hacia el mercado, huellas en juegos de pistas hasta casa de los primos a buscar ropa usada, chasquidos de puertas de coches con música dentro y novia hortera bajando, todos esos hilos pegajosos de un mundo muerto que tiran de ti cuando caes en su telaraña. Él, que se había ido tan lejos, que había subido a naves extraterrestres y despertado a la mañana siguiente, más allá de océanos e idiomas, continentes y escenarios, ahí estaba sin saber muy bien por qué, más allá de follarse a Andrea y a Tatiana, su madrastra, el tabú, y de esperar unas muy bien remuneradas sesiones de grabación, suspendidas una y otra vez, con la estrella eurovisiva del año.
Empezó a fumar. El relente de madrugada hizo que se abrochara hasta el último botón de la cazadora, a la que le faltaba uno desde hacía décadas. Lo apuró y lanzó la colilla, que cayó percutida y rodando por la rampa de minusválidos. Rampa de Centauros. Cowboy estaba seguro de que su padre siempre lo había vivido como una humillación. Le habían aplastado las piernas con un toro en el trabajo. Él iba bebido y estaba donde no debía estar. A partir de aquello nunca más probó gota de alcohol. Como si hubiera recurso de apelación y en vista de su buena conducta le fueran a devolver las piernas.
No la vio llegar. Tenía a Andrea frente a él con un sobre en la mano y algo de sangre en las mejillas. Ya era muy tarde: su hijo habría llegado. Todos sus planes habían salido otra vez mal. De eso, de la enfermedad de las malas decisiones, sabía ella que merecía morir.
—¿Tienes dinero para un taxi?
Ella no contestó. Una luz verde se acercaba. Cowboy hizo detener al vehículo. Le dio uno de los billetes gitanos y Andrea se subió al taxi. Pensó en indicar él al taxista a dónde tenía que llevarla, pero recordó que no lo sabía, que no lo había sabido nunca. Cerró la puerta. Se movió el auto parándose en el primer semáforo. Rojo, verde, Cowboy echó a andar. Quería sudar, cansarse. Passeig Maragall, Antoni Maria Claret, Periodistes. Sabía a dónde iba. Al llegar a Urgencias del Hospital de Sant Pau se sentó a esperar. Hasta que apareció una ambulancia y se bajó un conductor joven con pintas y cansancio adecuados para la farsa y la intención de hacerse un cigarro. En cuatro zancadas, Cowboy se plantó enfrente de él. Le pidió un cigarrillo y el chico le ofreció el suyo, sacó otro y empezaron a fumárselos. No dijeron nada más, como en un viejo western. Sólo les faltaban estrellas en el cielo y el ulular de un coyote.
A medio cigarrillo, Cowboy metió la mano en el bolsillo y le entregó la papela con el gramo y pico que le quedaba. El ambulanciero había oído hablar de él a algún compañero, pero hasta hoy no había sabido nunca si creérselo.
El tipo que se presenta a última hora de la madrugada y te regala la cocaína que le sobra para que lidies con el cansancio del resto de tu turno.
Hacía meses que nadie contaba la leyenda, por lo que si alguien hubiera pensado en ella habría creído que su protagonista estaba muerto o nunca había existido.
Ese tipo era músico, decían.
La chica de la curva, el músico de las ambulancias.
Había compuesto una canción para Antonio Banderas o alguien así y casi había ganado un Óscar o algo así.
Historias que uno escucha y medio olvida.
4
Eileen canta
Eileen era menuda y, según los días, guapa. Su aspecto siempre era el de haberse acostado demasiado pronto o demasiado tarde, nunca el de haber dormido las horas que probablemente necesitaba. Rizos Zimmermann en la cabeza, un pendiente con una cruz en una oreja, dientes blancos perfectos dentro de una sonrisa aún más perfecta y tatuajes que nunca quería explicar del todo en brazos y hombros. Aquella noche andaba contoneándose lo justo sobre el diminuto escenario, haciendo sonar sus panderetas de dedos, cantando como nadie, gritando como Dios, silbando como si llamara al perro: ¡Corren nubes negras, Sultán, es hora de subir a casa!
Hay tiempo.
No, no lo hay.
¿Y si Cowboy no se apunta?
Nos vamos de vacaciones.
A la playa, a cualquier sitio a hacer cualquier cosa.
Podríamos dedicarnos a perder el tiempo.
¿A qué viene esto? Dime la verdad.
Te lo he dicho: quiero sentirme músico.
Jim, tú ya eres músico.
Respeto.
No tener miedo de mis canciones.
Fuck.
Quiero estar contigo, con él.
El fin del verano.
El fin de todos los veranos, amor.
Fuck.
La secundaba la banda habitual del Revólver. Eileen como sorpresa no anunciada. Sólo iban a ser un par de temas, pero se sentía bien y ya llevaban cuatro. El bar era apenas seis veces aquel escenario. Había cervezas, copas blancas y negras sobre las mesas, a lo largo de toda la barra. Medio aforo: miércoles, Barcelona. Nadie parecía respirar cuando cantaba Eileen y cuando dejaba de hacerlo el silencio se alargaba y estiraba hasta hacerse transparente y entonces podías distinguir con nitidez el latido, la huella de que había sucedido algo especial. Eileen seguía fumando de ese cigarrillo que se había encendido en la última canción. Sin abrir la boca dejaba salir el humo en columnas de color azul. Le queda bien el humo, pensó Jim desde la barra, también el azul.
¿Vas a llamarle?
No.
¿Te gustaría volver a Escocia?
Nunca he estado en Escocia, Jim, no empieces con esa mierda romanticona.
Eras tú.
No.
Tu gemela mala.
Mi gemela peor.
La última canción. Los músicos parecía que no la conocían. Eileen, cara a ellos y de espaldas al público, les señalaba los acordes, por dónde iba el tema, qué traqueteo debía tener la melodía.
Jim dudó en pedirse otra cerveza.
Le encantaría que ella eligiera una de sus canciones.
Desde el público pedían sin esperanza alguna Lucky Guy. Empieza a sonar el camine de la canción.
Eligió un tema de Cowboy.
5
Eileen/No Eileen
Jim se puso el sobre perpendicular en los labios, partió en dos el aliento y recordó —o quizá simplemente se lo inventaba— haber leído algo así hacía mil años en alguna vieja novela americana de tapa blanda y joven autor muerto y el precio en pesetas en el dorso. En el interior del sobre, noticias desde el Frente Oriental, las mismas de siempre: la guardia estaba cansada, la economía se hundía y gol de Messi. Hacía mucho que ya no era 1982 pero en las radios todavía sonaban los Dexys Midnight Runners y por eso Jim la llamó también Eileen.
Eileen llevaba dibujada una raya negra debajo de cada ojo. Era bonita, mujer aún lejos de la treintena. Andaba pidiendo limosna al final de Victory Street, a escasos metros de donde ahorcaron vez y media a Maggie Dickson. La primera vez que Jim la vio soplaba viento del fiordo pero el sol calentaba lo suficiente para hacer agradable el ambiente, una de esas endiabladas muestras del clima contradictorio
