Prólogo
Denbigh, Norte de Gales. 1886
El carruaje atravesó a gran velocidad los más de cien acres de bosques y jardines que rodeaban la sombría institución. El asilo Denbigh se alzaba en toda su magnificencia tras las dos imponentes columnas que custodiaban la verja de entrada. Era un edificio de inspiración Tudor, construido a mediados de siglo sobre los veinte acres concedidos por un donante anónimo, cuya identidad se conoció más tarde, siendo identificado como Joseph Abblet, de Llanber Hall. A la muerte de este, la propia viuda de Abblet, en memoria de su bienhechor esposo, había cedido generosamente el reloj que coronaba la torre principal del conjunto arquitectónico, concluyendo con esta acción el legado a los lunáticos de Gales. Aunque el proyecto inicial de construcción del sanatorio había sufrido toda suerte de desventuras, la providencial ayuda de varios benefactores, entre los que se contaba la propia reina Victoria, había hecho posible que se recaudasen las casi cinco mil libras que abrirían, por fin, las puertas del asilo Denbigh. En ese momento, las mismas puertas se abrían como si pretendieran engullir al recién llegado carruaje.
El coche alcanzó la verja y la atravesó, aminorando el ritmo a medida que la silueta fantasmal del asilo se dibujaba al acortar la distancia. Los caballos, dos percherones color marrón oscuro, se detuvieron abruptamente a un golpe de bastón en el techo del carruaje, inmovilizando el vehículo. Este se paró frente al portón de madera al que custodiaban altas y estrechas ventanas con pequeños paneles acristalados.
El ocupante descendió por el estribo, ordenando, con seco ademán, al criado que gobernaba a los equinos desde el pescante, que aguardase su regreso en el mismo lugar.
Golpeó la puerta con la empuñadura de plata del bastón, tres veces, tal y como habían acordado. Al momento, unos pasos apresurados al otro lado indicaron al recién llegado que todo marchaba según lo pactado. Le recibió un hombre robusto de papada temblorosa y nariz prominente cubierta de repugnantes tumores. Desprendía un hedor insoportable, una mezcla de mugre y sudor que, unida a su asqueroso aspecto, contribuía a que el personaje provocara una reacción de inmediato rechazo.
Pese a todo, lo acompañó durante el trayecto que se le antojaba interminable, ansioso por llegar cuanto antes al ala oeste de la residencia.
Se cubrió los labios con el pañuelo de seda púrpura, mientras avanzaba con paso firme por el interminable corredor que conducía a la última estancia. El hombre que le acompañaba no parecía afectado por el nauseabundo olor a miseria y humanidad perdida. Balanceaba rítmicamente el juego de llaves que pendía de su cinturón de cuero. Golpeaba con su vara de madera las puertas de las celdas que encontraban en el recorrido, solo por el placer de ver cómo alguien gritaba desde el otro lado para demostrar que seguía existiendo. Lo miraba y reía de forma perversa, consciente del poder que ejercía desde lo que el miserable consideraba su privilegiada posición, mostrando su dentadura negruzca donde faltaban las piezas principales.
Se detuvo finalmente frente a la puerta y repitió su mezquina acción, aporreando con más fuerza cuando recibió un sepulcral silencio como única respuesta.
—Aquí está. Este es el cabrón —dijo, asomando su horrible nariz por el minúsculo orificio que hacía las veces de hueco de ventilación y ventana, señalando con su dedo regordete al sujeto que permanecía sentado en el catre.
—Abra la puerta. Voy a hablar un momento con él.
El hombre negó con la cabeza.
—Ni hablar, amigo. Dijo que quería verlo y aquí lo tiene. No dijo nada de hablar con él.
—Necesito realizar algunas comprobaciones —insistió el otro con tono autoritario.
—En ese caso, el precio acaba de subir. —Señaló con su vara el bolsillo del abrigo de su acompañante.
—¿Cuánto? —El tono era de infinita irritación y, aunque no se lo dijo, pensó en su interior lo fácil que sería llevárselo de todos modos con solo mover algunos hilos. Sin embargo, no era el momento de realizar alardes ni medir voluntades, y aquella rata no merecía el esfuerzo. Aún aguardaba la respuesta. El carcelero seguía meditando el precio, fiel a su condición de granuja ambicioso.
—Cincuenta libras.
El caballero se mostró sorprendido porque aquella sabandija se tuviera en tan alta estima sin saber siquiera a quién se enfrentaba e hizo ademán de volver sobre sus pasos.
El carcelero, temiendo que su negocio se fuera al traste, añadió rápidamente:
—Podrá llevárselo si ese es su deseo. Nadie echará de menos a esta escoria.
Aproximó el rostro al ventanuco y analizó con detenimiento la figura que se recortaba en la penumbra de la habitación: los hombros enjutos, la cabeza ligeramente inclinada sobre el pecho y el cabello largo cayéndole a ambos lados del rostro oculto por la conveniente lobreguez. Era una inversión arriesgada. Podían ser cincuenta libras por nada. Aunque, por otro lado, creía que existía la posibilidad de que sus sospechas fueran ciertas y si era así, cincuenta libras eran un precio irrisorio a cambio de algo tan valioso.
—De acuerdo. —Sacó del bolsillo interior el precio convenido y se lo lanzó con desprecio.
El otro se apresuró a guardar el botín en algún lugar de los sucios pantalones.
El aristócrata le apuntó con la cabeza de buitre plateada que coronaba su elegante bastón, clavándole la mirada antes de que el hombre seleccionara una de las llaves para introducirla en la cerradura.
—Pero si me engañas, no habrá una sola cloaca en el mundo donde puedas esconderte de mí.
Aquella amenaza bastó para que al miserable le temblasen los dedos mientras manipulaba la llave.
—Descuide, señor.
—Aparta de una maldita vez —dijo haciéndole a un lado con el bastón.
—¿Quiere que le acompañe, señor? Con estos bastardos nunca se sabe, podría ponerse violento en cualquier momento.
—¡Silencio! Pronto, necesito más luz.
El hombre se apresuró a proporcionarle una lámpara de gas que el visitante sujetó con su mano derecha.
Se adentró en la estancia y colocó el bastón perpendicularmente en la entrada, impidiendo que aquella sabandija avariciosa fuera testigo del encuentro.
—He dicho que apartes. Aquí termina la visita guiada.
—Como quiera, señor. Esperaré a unos pocos metros. —Se alejó a regañadientes, toda vez que su discreción había sido recompensada de manera muy conveniente.
Se acercó a la caricatura de hombre, que permanecía absorto en analizar la forma y mugre de sus pies descalzos. Su hálito era apenas perceptible; nada en el tenue movimiento de sus hombros al elevarse con cada aliento podría indicar que, bajo aquellas ropas ajadas y plagadas de piojos, existía un ser humano que seguía respirando pese a las míseras condiciones del lugar que constituía su hogar.
Echó una rápida ojeada a la estancia, reparando en el orín de las paredes. Observó la gotera que provenía del techo a punto de desplomarse y repiqueteaba, incesante, en el fondo de una cacerola oxidada donde aquel desdichado satisfacía sus necesidades más primitivas. Reprimió una arcada, cubriéndose nuevamente los labios con el pañuelo, y apartó de un puntapié a una rata enorme que se paseaba a sus anchas alrededor de los pies desnudos del hombre impávido.
Después, su atención se centró en el extraño y silencioso inquilino de aquella pestilente habitación. Movió la luz frente a la mirada ausente del hombre y reparó en los innumerables hematomas que poblaban su cara. El otro ni siquiera parpadeó; se diría que ningún alma habitaba en el interior del ser al que aquella lóbrega institución había desprovisto de toda dignidad. Aun así, lo intentó de nuevo, balanceó la lámpara despacio, esperando que el hombre saliera de forma milagrosa del trance en el que se encontraba. Nada una vez más. Sus esfuerzos por reanimarlo estaban resultando tan inútiles que casi se convenció de que acababa de realizar una pésima inversión. Sin embargo, justo cuando estaba a punto de abandonar su misión, algo llamó su atención poderosamente.
El hombre había ladeado el rostro hacia él y sonreía de un modo que podría helar los mismísimos infiernos. Reparó enseguida en su oreja derecha. Al menos, en su oreja incompleta a la que faltaba el lóbulo y en cuyo lugar ahora había una cicatriz mal cosida. Pero no fue eso lo que le impresionó. Fue aquel rictus en sus labios, el repentino brillo de aquella mirada donde renacía la vida y la consciencia, devolviéndole oleadas de odio infinito… Apartó la mirada de aquellos inquietantes ojos y, en ese momento, la vio. Allí estaba. La marca que buscaba, la que indicaba que lo que le habían contado podía ser cierto. Estaba casi seguro de que lo había encontrado.
De pronto, la presencia de aquellos otros internos, pobres bestias a quienes alguna vicisitud había privado de todo raciocinio, se manifestó de un modo escalofriante. Cientos de alaridos resonaron entre las paredes del viejo edificio, recordando los aullidos de una jauría de lobos furiosos y hambrientos a los que el destino ponía una presa en el camino.
Se acercó a la puerta, retiró el bastón que franqueaba la entrada y golpeó el suelo con él repetidamente. Al instante, el gordinflón repugnante y la melodía insidiosa de su cinturón donde pendían docenas de llaves, hicieron acto de presencia.
Señaló al hombre del jergón y asintió.
—Aséalo y tenlo listo mañana al anochecer. Un carruaje lo recogerá. Y escúchame bien, cerdo inmundo —Sus ojos eran dos piedras llameantes que podrían haberlo hecho arder como una tea de haberse prolongado durante más tiempo su mirada —. Ahora me pertenece. Si vuelves a ponerle la mano encima, responderás con tu vida. No lo olvides.
El mugriento no se atrevió a replicar. Con torpes reverencias, cerró nuevamente la celda de aislamiento y se despidió del insólito caballero.
En el exterior, el cielo tronó con fuerza. Las nubes, teñidas de un gris intenso, descargaron una lluvia torrencial que amenazó con tragarse para siempre aquel lugar infecto donde las almas morían presa de la desesperación.
Capítulo 1
Londres, 1886
Celestia desplegó sobre el regazo el ejemplar de la prensa que había sustraído hábilmente del despacho de su padre. Resultaba humillante que a las alturas del siglo que estaban, el servicio todavía se mostrara reacio a seguir sus indicaciones con respecto a la correspondencia y la prensa que recibían en casa. Por supuesto, no culpaba a la buena señora Hurley, quien trabajaba para ellos desde que tenía uso de razón y había sido lo más parecido a una madre para ella. Ni tampoco al pobre señor Wilcox, quien, salvo por aquellas ocasiones en las que se excedía con el brandy, había sido un empleado ejemplar de su padre durante dos décadas.
En realidad, la culpa de que todos la considerasen un bicho raro por interesarse en leer la prensa cada mañana, no era de ninguno de ellos. Ni siquiera de su padre, quien desde la infancia había procurado educarla de un modo liberal y neutral, poniendo a su alcance todo libro e instrucción, todo conocimiento que una joven de mente inquieta como ella podía absorber e interiorizar. Celestia había tenido la fortuna de ingresar en el University College en la calle Gower, donde desde hacía una década admitían el acceso a las mujeres. Ella e Isabel, su amiga desde la infancia, habían obtenido excelentes notas durante los años cursados, aunque por desgracia, el padre de Isabel no apreciaba tanto como el suyo las ventajas de aquella instrucción.
Alistair Towsend adoraba a su hija, pero no era ciego ni carecía de sensatez, gracias a Dios. Celestia sabía que su padre, lo mismo que ella, confiaba más en su inteligencia que en sus atractivos físicos. Y aunque no carecía por completo de ellos, tampoco podría decirse que fuera precisamente una belleza. Tenía el cabello rubio, los ojos azules y una complexión fuerte que respondía al excelente apetito que demostraba, incluso cuando el protocolo lo desaconsejaba.
La señora Hurley solía regañarla cuando se negaba a ajustarse el corsé bajo el vestido, argumentado que no podría tragar un bocado si lo hacía. A Celestia no le importaba, como tampoco le importaban las críticas veladas de las damas cuando la veían engullir un buen pedazo de pastel en una velada de té. Al Diablo con ellas, que preferían tomar sorbitos de té mientras sus estómagos atrapados bajo el implacable corsé rugían de hambre. Celestia era consciente de que su figura ligeramente rolliza no podía competir con aquellos cuerpos frágiles que podrían quebrarse como ramas al primer abrazo de su amante. Y daba gracias al Cielo porque, aunque en conjunto, su persona resultaba bastante aceptable, no impresionaba a los solteros de Londres a menos que alguien mencionara su dote de cinco mil libras.
Por lo anterior, hacía mucho tiempo que Celestia había comprendido que era aquella sociedad hipócrita y rancia en la que languidecían los habitantes de Londres la culpable de que casi tuviera que robar la prensa para disfrutar de su lectura, plácida y solitariamente, en aquel banco de madera situado en Hyde Park.
Por suerte, había logrado ocupar uno de los más alejados del lugar donde se concentraba el gentío, cerca de la Serpentina. Isabel y ella solían escoger aquel paraje, donde juntas, leían y discutían el contenido de los artículos de la prensa.
Por su parte, le disgustaba leer mientras escuchaba el incesante parloteo de todas las cacatúas pretenciosas que desfilaban durante la temporada por aquel hermoso lugar y por cualquier otro donde existiera oportunidad de encontrar marido. Isabel compartía su opinión al respecto y, los días que lograba escabullirse de la vigilancia de su pérfida hermana, se reunía con ella en aquel pequeño remanso de paz.
Desde febrero a agosto, Londres se convertía en el escenario de toda clase de esfuerzos por acordar un buen matrimonio para una hija, hermana o prima lejana. Era como una enorme competición donde las jóvenes casaderas paseaban sus mejores galas por los parques, teatros y fiestas respetables de Londres. Todo ello en pos de lograr el mejor partido y la fortuna más próspera, lo cual no siempre estaba asociado al esposo más ejemplar y, no en pocas ocasiones, se remataba con una boda en la que la joven apenas contaba dieciocho años y el esposo podía ser su abuelo.
Pero así era Londres. Ruidosa y bulliciosa. Excepto en aquel privilegiado espacio donde Celestia se ocultaba del gentío mientras el sol le acariciaba el rostro y la brisa jugueteaba con los rizos dorados que escapaban por debajo de su sombrero.
Extendió los dedos sobre las rodillas para estirarse y dejar que una mariposa monarca revoloteara sobre ella. Era de un tamaño sorprendente para su especie y en sus alas, que se batían incesantes, predominaba el tono marrón anaranjado y negro salpicado de motas blancas. Finalmente, la mariposa se posó sobre su hombro un instante y Celestia sonrió, pensando que tal vez quería contarle algún importante secreto. Su amistad apenas duró un segundo, tras el cual, la mariposa volvió a batir sus alas pardas y emprendió el vuelo de nuevo.
Celestia cerró los ojos un momento, disfrutando de la agradable calidez que les regalaba aquella mañana de junio. Cuando los abrió para dedicar toda su atención a la lectura, sintió el fuerte tirón en su muñeca. Se miró la mano, confusa, observando la cinta rota que sujetaba su pequeño bolso y, al elevar la mirada, comprendió lo que había sucedido.
El bribón corría como si le persiguiera el diablo, llevándose consigo el botín de su fechoría, un diminuto bolso tipo bombonera, satinado de color verde que hacía juego con el vestido de Celestia y que, bajo ningún concepto, ella estaba dispuesta a perder. Había sido un regalo de su difunta madre y aunque estaba completamente pasado de moda, Celestia lo lucía orgullosa cada vez que tenía ocasión. Aquel rufián no la conocía si creía que iba a quedarse de brazos cruzados mientras se llevaba uno de los pocos recuerdos que le quedaban de su madre.
Sin pensarlo dos veces, alzó el faldón de su vestido por encima de las rodillas, dejando sus medias de color crema al descubierto. Sujetando el aparatoso vestido con las manos, emprendió la carrera tras el ladrón, saltando por encima de un par de setos y provocando sofocos en las damas y comentarios de los caballeros que se cruzaban en su camino. Su comportamiento estaba siendo un auténtico suicidio social, lo sabía, pero Celestia solo podía pensar en recuperar el objeto robado.
—¡Quieto ahí, tunante! —le gritó sin éxito alguno, pues aquella miserable rata estaba en excelente forma física y no mostraba intención alguna de detenerse.
Celestia no se dio por vencida, pero reconoció que el muy bribón estaba ya muy cerca de salirse con la suya, pues a pocos metros alcanzaría la puerta de salida y abandonaría Hyde Park con el objeto de su codicia. Por suerte, aquella bonita mañana había atraído a buen número de visitantes, lo cual dificultaba la carrera del ladrón, quien sorteaba con cierta dificultad a damas y caballeros, proporcionando alguna oportunidad a la joven que le perseguía.
Celestia echó una ojeada a su alrededor, donde unos caballeros detenían su partida de cricket para ser testigos de la algarabía que se había producido con motivo de la persecución. Corrió hasta ellos y saludó a un caballero que le resultaba familiar.
—Lord Garland —le saludó con rapidez antes de arrebatarle el palo de cricket—. Le prometo que se lo devolveré.
Y ante la mirada atónita del hombre, se colocó en posición, con la espalda erguida y una pierna levemente adelantada a la otra, entrecerró los párpados, levantó el palo en el aire y lo lanzó tan fuerte como pudo.
***
Celestia vio cómo el palo volaba varios metros, justo por encima de la cabeza del rufián, quien ya había sido interceptado por un caballero que lo mantenía inmóvil, mientras un agente uniformado irrumpía en escena, acudiendo a la llamada de auxilio efectuada por varios de los paseantes. Por desgracia, el palo, desprovisto de toda voluntad y raciocinio, no se detuvo, sino que giró una última vez sobre el ladrón y el agente, para finalmente aterrizar en la amplia espalda del misterioso caballero.
Celestia se apresuró a unirse a ellos, feliz por recuperar su bolso, aunque consternada por el ataque injusto al que había sometido al amable caballero. El agente de la Ley ya se llevaba a rastras al patán, mientras el salvador de su bolso seguía frotándose el hombro con la mano. Estaba a punto de pronunciar una disculpa, cuando el aludido giró sobre los talones y clavó en ella sus ojos de un intenso verde oliva.
La disculpa murió en sus labios. Celestia jamás había conocido a alguien a quien la furia le sentara tan bien. Porque era más que evidente que estaba enojado. Los ojos verdes lanzaban chispas en su dirección y apretaba los labios con fuerza en una delgada línea sobre la que se erigía una nariz no demasiado fina ni elegante. Celestia reparó también en su mandíbula rígida y tremendamente masculina, en el cabello negro que descendía ante las orejas en unas recortadas patillas, en su elevada estatura y… en el modo insolente en que él a su vez la estaba observando, recreándose en las piernas que permanecían a la vista de todos porque ella aún no había dejado caer su vestido. Se soltó el faldón de inmediato, lo que provocó que el hombre esbozara una sonrisa insolente.
—Le pido disculpas, señor. —Celestia lo dijo casi contra su voluntad, pues la expresión arrogante del hombre no provocaba en ella ningún deseo de mostrarse cordial. No obstante, tenía que reconocer que su comportamiento merecía una explicación—. Por haberle golpeado con ese palo de cricket. No era mi intención acertarle a usted, sino a ese maleante al que acaban de llevarse y que pretendía robar mi bolso.
El caballero se lo devolvió, con un gesto despectivo que tampoco ocultaba la perplejidad que le producía la conducta impropia de la joven.
—Tiene toda mi gratitud por haberlo recuperado —comentó Celestia, bajando un poco la guardia.
—En realidad, señorita, preferiría no haber tenido toda su puntería —replicó él —. Ha podido matar a alguien con ese palo, ¿lo sabía?
—Por fortuna, no ha sido así. En cualquier caso, le reitero mi gratitud, señor…
Le ofreció su mano enguantada y él se quedó un rato observándola, como si evaluase la conveniencia de aceptar el contacto. Tras unos segundos que a Celestia le parecieron una eternidad, el hombre estrechó ligeramente sus dedos sin apartar la mirada de su rostro.
—Durrell. Morgan Durrell. Y, ¿puedo saber por quién tengo el honor de haber sido apaleado? —lo preguntó con sarcasmo, pero todavía mantenía los dedos femeninos entre los suyos.
—Celestia Towsend —se presentó, tirando de sus dedos y notando que los del hombre le habían quemado a pesar de la barrera de sus guantes aterciopelados.
—Ni me atrevo a imaginar qué habría sido de ese pobre hombre si llega a enfrentarse a su venganza, señorita Towsend. Pero en lo sucesivo, sería más conveniente para todos que dejara a los agentes de la ley la persecución y caza de maleantes.
Se burlaba de ella descaradamente. Y por si Celestia no se sentía ya lo bastante humillada, él señaló con disimulo el tumulto que se había originado en las proximidades. Un gran número de damas y caballeros cuchicheaban, perplejos por la escena que acababan de presenciar y de la cual ella había sido la principal protagonista.
El mero hecho de lanzarse a la carrera tras el delincuente ya era suficiente para que su nombre recorriera todas las veladas de té y baile de las mejores casas de Londres. «Una dama jamás se muestra apresurada y, por supuesto, correr está absolutamente fuera de lugar en una joven a menos que quiera parecer vulgar y sin modales», le habría dicho la buena señora Hurley.
Por otro lado, mostrar en público los tobillos era suficiente para que una mujer fuera tachada de impúdica el resto de sus días, así que la completa exhibición de sus piernas ya la había convertido, con seguridad, en una descarriada a ojos de sus decentes vecinos. Por suerte, la señora Hurley no estaba allí para sermonearla. Con toda certeza, habría sufrido un vahído al verla correr con el vestido al aire y las medias al descubierto, pensó Celestia, aliviada.
Por añadidura, su conversación con aquel caballero al que no conocía y sin la compañía de algún tutor o sirvienta, estaba siendo fatal para su reputación. Lo cierto es que a Celestia no le importaba lo más mínimo, salvo por el disgusto que ocasionarían los comentarios maliciosos a su pobre padre, aquejado desde hacía algún tiempo de una afección de huesos. En realidad, Celestia había superado ya, y con gran diferencia, las dos temporadas que se consideraban adecuadas para que una joven presentada en sociedad encontrase un marido respetable.
Se había esmerado mucho en espantar adecuadamente a todo mequetrefe que se atreviera a cortejarla, mostrándoles desde la primera cita sus libros de ciencias, su colección de insectos y los anteojos que solía usar cuando la vista le fallaba. Por supuesto, alguno se había resistido a desecharla como candidata a esposa, animado, a bien seguro, por la sustanciosa dote que su padre ofrecía. Aunque el ardor apenas les duraba unos días, justo el tiempo que Celestia empleaba en arruinar los planes casaderos del pretendiente, obsequiándole con una buena charla sobre política o religión.
De hecho, la celebración de su veinticuatro cumpleaños el pasado mes de enero había sido como si colocaran directamente una lápida sobre la tumba de su viejo cuerpo de mujer casadera. Y aunque no se lo había dicho así a su padre, compungido y desanimado por la soltería de su única hija, Celestia apreciaba de manera muy favorable la ventaja de que los solteros de Londres no la convirtieran en el objeto de sus anhelos.
Era un respiro poder dedicarse a otros quehaceres más instructivos sin la presión de satisfacer la vanidad o la curiosidad, o ambas cosas al mismo tiempo, de aquellos caballeros por quienes ella no sentía ningún interés o afecto. Lo cual le recordaba que su deseo de disfrutar de la prensa diaria, interrumpida por el desagradable incidente del hurto, no había sido satisfecho todavía.
—Señor, de veras agradezco su ayuda. Pero, en mi defensa, debo decir que no habría corrido tras ese patán de no ser porque esos inútiles de la policía jamás están cerca cuando una dama les necesita. Y, aun a riesgo de parecer desagradecida, le diré que, si usted hubiera tenido la bondad de no interponerse entre mi palo de cricket y ese rufián, habría recuperado mi bolso sin causarle daño alguno a usted. Comprendo, señor, que es costumbre de los caballeros acudir al auxilio de las damas desvalidas cuando estas están en apuros. Pero, como ha podido comprobar, no soy ninguna dama desvalida y sé cuidar perfectamente de mí misma.
Morgan no daba crédito a lo que estaba escuchando. Aquella joven era, sin dudarlo, la más extravagante, petulante e… inquietante, de cuantas había conocido. Aún se permitía recriminarle porque había tenido la gentileza de acudir en su ayuda, toda vez que llevaba algún rato siguiéndole los pasos al ladrón y espiándola en la distancia cuando había comprendido que la señorita Towsend era la víctima perfecta para la fechoría que urdía. La miró con descaro, recreándose en el intenso azul de sus ojos, en los rizos que asomaban con rebeldía por el extremo de su sombrero, las mejillas encendidas por el ejercicio físico realizado y los labios jugosos y palpitantes.
—Me alegra escuchar eso, señorita Towsend. Porque yo tampoco soy un caballero. Supongo que eso nos convierte en seres afines, ¿no le parece? Sobre todo, después de que haya visto más de usted de lo que el decoro aconseja.
Celestia enrojeció visiblemente, mientras se sacudía las arrugas del vestido y recolocaba los rizos sueltos bajo el sombrero, con dedos nerviosos.
—No se equivoque, señor. Puede que no haya observado que mi hermano está esperando, junto a mi prometido, en ese carruaje que acaba de detenerse al otro lado del parque. Por lo que le sugiero que sea más comedido en sus comentarios.
Morgan desvió la mirada, solo para cerciorarse de sus sospechas: que la señorita Towsend era tan embustera como atrevida. Pero le divirtió que pretendiera engañarle para salvaguardar su dignidad.
—Señorita Towsend —pronunció las palabras con lentitud—. Sabe tan bien como yo que no hay tal carruaje. Usted vino a pasear sola, algo absolutamente desaconsejado tratándose de una joven de buena familia. Ha estado tomando un rato el sol, por cierto, también poco recomendable para el cutis, en aquel banco donde ha dejado su ejemplar del London Telegraph, y se ha entretenido un poco con una mariposa, todo ello antes de que el ladrón se atreviera a echarle el guante encima. Y, en cualquier caso, si fuera tal y como usted manifiesta, solo cabría añadir que, tanto su hermano como su prometido, son un par de cobardes por no acudir en su auxilio cuando usted le
