Cartas a mi amor imposible

Luna Dueñas

Fragmento

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Capítulo 1

Octubre, 2015

Una rubia oxigenada clava su mirada en mí, sentada tras un caro y reluciente mostrador de mármol gris y negro donde hay un cartel que reza “G&M, S.A” mientras yo camino hacia ella intentando mantener una sonrisa, que más parece que esté grapada en mi rostro a que me salga de manera natural. La he forzado tantos días sin sentirla realmente, que ya me estoy acostumbrado a ella. La rubia me mira como hacen todos los empleados de las empresas a las que entro con currículos en mano y con cara casi suplicante de que me den un empleo. Ya he visto esa mirada muchas veces, como diciendo: “Date la vuelta, no tienes nada que hacer aquí”.

—¿Puedo ayudarle en algo? —me pregunta con falsa amabilidad, porque ya sabe lo que se le viene encima y quiere acabar con ello cuanto antes.

Trago saliva e intento que mi voz suene lo más firme y profesional posible.

—Sí, em… me gustaría dejar mi currículo. —Casi puedo leer cómo una excusa para no coger estos dos trozos de papel, se forma en su mente y viaja a su boca.

—Lo siento, no los aceptamos en mano. Te daré el correo de la empresa, puedes enviarnos tus datos ahí. —Me sonríe como si me hubiese solucionado la vida y la rabia de nuevo se apodera de mí.

—Es que prefiero entregarlo así, ¿sabe? —Entrecierro los ojos y le muestro otra sonrisa forzada en respuesta.

—Y yo le digo que no aceptamos currículos de esa forma. —Ella aprieta la mandíbula.

—Solo le pido que me coja este trozo de papel, tírelo si quiere luego, pero por favor —le suplico—, solo acéptelo. Échele un vistazo. Haré cualquier cosa: suplencias, limpiar, traer cafés, me da igual…

—Lo siento, señorita, de verdad que no puedo ofrecerle otra opción. Política de la empresa. Será mejor que se marche.

—Por favor…

—Es política de la empresa —repite malhumorada.

—Política de la empresa. Ya veo… —susurro dolida.

¡A la mierda las políticas! Solo es una excusa para deshacerse de mí rápidamente y no tener que leer mi perfil, como había sucedido ya en las diez empresas que había visitado en esta mañana. Me tiende una tarjeta de negocio donde aparecen todos los datos y me vuelve a sonreír mientras me insta a irme, señalando amablemente la dirección a la puerta.

Y estoy a punto de hacerlo, pero me vuelvo a girar para mirarla a los ojos y reúno toda esa rabia acumulada que tengo desde las ocho de la mañana para hacer lo que hago.

—Gracias por venir. Puedes marcharte —me vuelve a decir con fingido tono de amabilidad.

Levanto la tarjeta y la hago una bola con mi mano delante de sus narices. Luego se la tiro y le doy en toda la frente con ella. ¡Diana! Ella me mira como si estuviese loca. Una loca de remate. Quizá no esté tan equivocada al pensar eso.

Una mueca de asombro se dibuja en sus labios y me mira con los ojos bien abiertos y llenos de rabia.

—¿Qué se cree…? —comienza a preguntar indignada.

—¿Sabe qué? —lo corto—. Pueden meterse su “política” por donde nunca les da la luz.

Su asombro va a más y yo decido que por hoy es suficiente el verle la cara a estúpidos, así que salgo de la famosa empresa textil y camino hasta el bullicioso parque central donde me siento en un banquito de madera descascarillado, lleno de grafitis, insultos y juramentos de amor marcados en negro.

—¡Aw! —emito un sonido gutural de rabia y pataleo levemente sobre el suelo mientras me paso las manos por mi corto, ondulado y negro pelo.

Unos niños que se lo estaban pasando pipa en el columpio más cercano, de repente se detienen y me observan como si se fuesen a echar a llorar ante la visión de tal monstruo gritón.

—Sí —les digo—. Esto es lo que les pasa a los adultos. Sed felices ahora que podéis, a partir de los veintitrés ¡vuestra vida se irá al traste!

Ellos solo se limitan a mirarme sin inmutarse, pero el más pequeño pronto comienza a hacer pucheros, por lo que su madre me lanza una mirada desaprobadora y se los lleva lejos de la loca de los currículos.

Dos años, ¡dos años desde que acabé la maldita carrera de administración! Y aún nadie me contrata porque “no tienes experiencia en la materia”, la frase preferida de todos. Dos años que han hecho que realmente llegue a odiar mi carrera. Bueno, de todas formas no me gustaba desde un principio, pero se suponía que tenía salidas, ¿no? Se suponía que los empresarios se iban a tirar cual vampiros sedientos a reclutarme como si fuese la mayor joya que habían visto en su vida. Me pregunto si valió la pena todos esos años estudiando números aburridos en vez de dedicarlos a mi verdadera vocación de ser escritora.

Cierro los ojos y me dejo caer con la cabeza hacia atrás en el respaldo del banco. Casi me echo a llorar de la rabia, cuando una bonita banda sonora instrumental llena mis oídos. Saco mi teléfono de mi recién estrenado bolso azul, y veo que es Paula la que me llama.

—Menuda aventura en el dentista. ¡Casi no puedo ni hablar con esta cosa! —murmura a través del aparato y su voz me llega rara, gangosa y dolorida.

A pesar de que llevo un día asqueroso, consigue sacarme una débil sonrisa. Paula es una de mis mejores amigas, lo que se diría una amiga de toda la vida, hemos crecido juntas, junto a Carla, Miriam y Ruth.

Las cinco éramos inseparables, nos pasábamos las tardes fuera de casa, sentadas en la calles atiborrándonos de chuches (cosa que me hizo ponerme como una vaca y cosa que afortunadamente ya he resuelto) y riendo como cinco locas a las que no les importaba nada, solo el estar juntas, hablar de chicos, cotillear y pasarlo bien. Nunca pensé en aquel entonces lo mucho que iba a echar de menos ahora, con veinticinco años, esos bonitos ratos despreocupados de adolescencia. Por desgracia la vida de adultas ha llamado a nuestra puerta, y ya no todo es lo que era, aquí en Villazul, nuestro pueblo natal al sur de España.

—¿Ya te han puesto la ortodoncia? ¿Qué tal con ella?

—Bueno… es raro… muy raro… y… —Paula titubea—… no puedo cerrar bien la boca. ¡Qué largos se me van a hacer los años con esto puesto!

—Piensa que es por una buena causa, y quedarás estupenda.

—¿Y a ti? ¿Cómo te ha ido? —Apenas entiendo lo que dice, pero logro intuir su pregunta.

—Las mismas excusas, las mismas caras de pena. Y regreso al piso con los mismos currículos con los que salí de él. Es un asco.

—Bueno, no desesperes —me anima.

Sí, eso he creído toda mi vida. Que si tienes la paciencia de saber esperar lo que te corresponde vendrá a ti, pero sinceramente, empiezo a dejar de creer en ello. También llevaba veinticinco años esperando por el amor de mi vida y se ve que tampoco sabía venir solo. Ni él, ni el trabajo que necesito desesperadamente para dejar de sentirme como un despojo de persona y una inútil. Quiero que mis padres se sientan orgullosos de mí. Quiero sentir que yo también puedo ser independiente, valiente y útil.

Quiero encajar en algún lado. Formar parte de algo.

Un trueno me saca de mis cavilaciones y de mi conversación con Paula. Miro al cielo que se tiñe de un negro gris intenso, casi negro.

—Creo que va a empezar a diluviar, te hablo por Facebook cuando llegue a casa.

Cuelgo, comienzo a recoger todos mis papeles y carpetas, me pongo el bolso a modo bandolera y me apresuro todo lo que puedo hacia el piso del centro en el que vivo. A pesar de mis prisas, cuando una diminuta gota brilla sobre la superficie de plástico rosa de la carpeta, sé que vaticina mi desgracia. El cielo comienza a descargar su ira y nos empapa a todos los viandantes, la gente corre de aquí para allá como hormigas que huyen de algún peligro que no pueden controlar y buscan refugio con necesidad, empapando cada centímetro de nuestros cuerpos. En mi carrera casi a ciegas, choco contra un chico de amables ojos marrones que busca también protegerse de la lluvia, como todos.

—Lo siento —logro murmurar sin verle bien la cara, antes de que ambos retomemos nuestros caminos.

Él sigue corriendo en su dirección. Y bueno, por mi parte, como siempre mi suerte me detiene en un semáforo donde tengo que esperar un eterno minuto calándome hasta los huesos a que cambie a luz verde para poder cruzar. A pesar de mis intentos por proteger los currículos, estos se acaban empapando, así que suspiro molesta, resignada y los tiro con rabia a la papelera más cercana. Más dinero tirado.

Puedo sentir ya cómo el agua helada se filtra por mi falda de vuelo negra, por mi camisa blanca y por mis botines de ante. Y en vez de correr, me quedo ahí, mirando al cielo mientras las gotas de lluvia me empapan la cara, me calan hasta los huesos. Pensando en que sí, si quizá este es mi destino, tengo que resignarme a que nada de lo que he soñado se cumpla algún día. Todo quedará en sueños imposibles.

Tengo que soportar estoica la tormenta. Justo como lo estoy haciendo ahora.

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Capítulo 2

Los chicos dejan de comer en cuanto entro al piso chorreando agua y poniéndolo todo perdido. Tengo el maquillaje destrozado y el pelo pegado a la cara y a la clavícula.

—Llama a Íker Jiménez, ¡creo que la niña del pozo acaba de hacer aparición en nuestra casa! —la broma de Leo hace reír también a Raúl, que está a punto de expulsar su comida por la boca por culpa del chiste.

Ambos se parten de risa mientras yo suelto mis llaves en la mesita del recibidor, y camino hasta el comedor, dejando un rastro de agua a mi paso. Reconozco que la broma tiene su gracia, pero estoy demasiado empapada y malhumorada como para unirme a ellos. Cuando me dejo caer en el amplio sofá rojo y me quedo mirando a la nada, ambos dejan de reír y me miran preocupados. Leo enseguida viene a sentarse junto a mí. Él siempre ha sido el más cariñoso de los dos, es una persona muy cálida y agradable. No me arrepiento de compartir piso y gastos con dos chicos gay de veinte años, a los que la vida les sonríe y todo en su mundo es rosa. Es bueno que me transmitan ese color de vez en cuando a mí también.

—¿No ha habido suerte? —me pregunta con un tono amable mientras me acaricia el brazo en señal de consuelo.

Niego con la cabeza y suspiro. Esto hace que más gotas salpiquen al suelo.

—Bueno, Lara, quizá es que los sitios a los que has ido hoy no son para ti. No te hundas, ya vendrá algo, te lo prometo.

Asiento ahora y lo miro sonriéndole. Leo tiene unos bonitos ojos azules y un estupendo y bien cuidado pelo castaño perfectamente engominado en un tupé. Con ese aspecto de angelito, es imposible no sucumbir a su positividad y sus palabras. Todo lo contrario a Raúl, que siempre ha sido un chico más reservado. Sus ojos verdosos siempre suelen mirar al suelo y no es muy hablador que digamos. No es mala persona, es solo que no tiene la labia que tiene su compañero de estudios.

—Gracias, Leo. Tu siempre tan positivo. —Le doy una palmadita en el hombro.

—Luego te pasaré la factura. —Me sonríe burlón. Se levanta y vuelve a atacar su plato de comida—. He hecho unos filetes con queso, ¿te unes?

—No, no me apetece comer ahora. —Me pongo de pie y señalo el pasillo—. Iré a darme una ducha y a intentar escribir algo, si es que puedo.

—Claro, ¡trabaja en tu bestseller y déjanos con la boca abierta! —Me guiña el ojo y cambia su atención de nuevo a la televisión donde le comienza a comentar a Raúl lo horrorosa que se ve una pobre chica tras un cambio de imagen.

Yo camino a lo largo del pasillo, hasta que las paredes verdes manzana de mi cuarto me dan la bienvenida. Dejo la carpeta en mi pequeño escritorio de madera, sobre el cual solo descansan una lamparita, un mp3, varios libros que estoy leyendo y un ordenador portátil que utilizo a menudo. Quiero ser escritora, sí, aunque ese sueño, como los demás, tampoco sea nada fácil, más bien es algo así como imposible. Pero crear historias me hace feliz, en esos mundos ficticios que creo puedo ser libre, puedo vivir todo lo que no me ocurre en el mundo real, todo lo que no me atrevo a decir. Escribir es una especie de forma de salir de esta jaula que es mi vida, así que escribo sin parar, esperando que algún día estas historias que a mí me hacen feliz, puedan hacer feliz a mucha gente más.

Tras una ducha calentita y una charla con mis padres por teléfono, me paso el resto del día sentada frente al ordenador, con un sándwich y un té. Quiero empezar a escribir una nueva novela, pero me falta inspiración, me quedo bloqueada. He intentado más de doce comienzos diferentes para mi nueva historia, pero ninguno acaba de convencerme. Ninguno acaba de… cuajar. A las doce de la noche y tras dar las buenas noches a mis pequeños, Leo y Raúl, decido meterme en la cama. Mañana será otro duro día de reparto de currículos, así que será mejor que un buen sueño reparador me devuelva las ganas de salir por esa puerta y seguir luchando por mi lugar en el mundo. El perro de la vecina del tercero se escucha de lejos, junto a sus tacones, cuando yo me quedo dormida.

Los adoquines de Villazul soportan mis pasos y mi desánimo una mañana más, una mañana gris, amenazante de lluvia, pero que no me pillará desprevenida esta vez porque sujeto con fuerza mi paraguas de plástico transparente mientras camino entre la gente, recorriéndome por segunda y tercera ocasión, muchas de las empresas del lugar. Algunas vuelven a aceptar lo que les tiendo, aunque sé casi con certeza, que mi currículo acabará en la basura, pero al menos lo cogen. Eso ya es algo.

Al cabo de unas horas, me siento tan cansada que pienso que mi espalda se partirá de un momento a otro en dos, así que tomo asiento en una de las calles más transitadas y me entretengo en mirar a la gente e intentar imaginar sus vidas, y a dónde se dirigen.

Siempre se me dio bien observar a las personas. Nunca fui muy popular, fui bastante invisible para gran parte de la sociedad, sobre todo la masculina, así que me dediqué a escanear a todos los chicos que se acercaban sin cesar a Carla y Miriam desde que éramos pequeñas. Eso me concedió un gran poder de leer las mentes de las personas, saber cómo iba a terminar una relación, saber cuándo iba a comenzar otra, saber cómo iba a reaccionar una persona ante tal situación, saber interpretar su lenguaje corporal, tan solo con observar sus comportamientos.

“Quizá ese hombre se dejó aparcado el coche en doble fila y por eso lleva tanta prisa”. “Quizá esa chica se ha vestido así de bonita para encontrarse con su novio”. “Quizá esos señores mayores estén buscando un bonito regalo para el cumpleaños de su nieto”… tantos quizás.

Cuando casi estoy a punto de volver a sumirme en la depresión y el compadecimiento, un chico amablemente me tiende un folleto publicitario. Se lo cojo por educación, como ese personal de las empresas a las que voy toman las hojas que les tiendo. Lo cojo, pero sé que este chico no tendrá un cliente nuevo y este pequeño trozo de papel de colores chillones acabará en la basura. Justo como mi vida.

Pero precisamente a causa de ese pensamiento, decido echarle un vistazo a lo que me ha dado. No tengo nada mejor que hacer. El pequeño papel casi grita entre mis dedos con letras grandes:

“¿Sientes que hay un pequeño artista en tu interior? ¡Déjalo salir!

Clases de pintura para adultos. Comienzo día 8 de noviembre,

lunes y jueves de 7 a 9 de la noche.

No te quedes sin tu plaza, te esperamos en la sala de servicios múltiples,

Tercera planta, Biblioteca municipal de Villazul”.

¿Clases de pintura? Recuerdo que solía amar dibujar. De hecho hasta gané un concurso de dibujo cuando estaba en sexto de primaria. Supongo que a esa edad, una no tiene demasiada competencia. Me río yo sola de mi propio chiste y me levanto. Cuando estoy a punto de tirar el folleto, algo en mí me dice que no lo haga. Que quizá esta puede ser una oportunidad buena para conocer personas, para salir de la rutina, para quizá traer de nuevo a la vida un talento dormido. Guardo el folleto en el bolsillo de mi abrigo y llamo a Paula para que demos un paseo. De algún modo acabamos en una pastelería céntrica.

—Creo que voy a apuntarme —le anuncio mientras ella lee el folleto arrugado.

—Clases de pintura… ¿En serio? —me pregunta levantando una ceja. Fuera llueve a mares, hemos hecho bien en refugiarnos en este pequeño rincón lila que huele a dulces recién horneados.

—¿Por qué no? Siempre me ha gustado dibujar. —Le doy un sorbo a mi cappuccino mientras escucho al bebé de la mesa de al lado llorar con la fuerza de un león.

—Sí, bueno, puede que no esté mal.

—¿Quieres apuntarte conmigo? —le ofrezco. Sé que ella tampoco está pasando por un buen momento, y que tenemos situaciones muy parecidas, encontrar un maldito trabajo puede ser muy complicado para muchas personas en estos tiempos que corren. Puedo comprender también como se debe sentir y que quizá esto también sea un escape para ella, un lugar al que correr cuando las cosas se vuelvan agobiantes.

Ella ríe y deja su limonada encima de la mesa.

—¿Yo? ¿Dibujando?

—¿Por qué no? —le respondo divertida.

—¿Quieres que haga llorar al pobre profesor, verdad? O no, quizá me saquen de ahí por delito contra el arte… Oh no, el arte desde luego no es lo mío. Y el deporte, me da pereza también, así que no, no cuentes conmigo para ninguna de esas dos cosas. ¡Además este maldito aparato me está empezando a volver loca! Y pensar que aún tengo que estar tres años más con él. Créeme, llevar esto en los dientes es horroroso, no quiero probar bocado en la calle, todo se me queda aquí atascado en estos hierros….

—De acuerdo, no insistiré más —digo riéndome mientras tomo un sorbo de mi cappuccino y escucho sus quejas.

Desisto de mi idea de convencerla, a cabezota no le gana nadie, y si Paula dice que no, es que no. Por mucho que cualquiera insista.

—Tú te lo pierdes —bromeo—. Si me toca un profesor guapo y sexy, quizá te arrepientas.

—Oh Dios, lees demasiadas novelas románticas. —Pega otro sorbo de su limonada negando con la cabeza.

Sí, en el fondo yo también sé que no tengo remedio.

—Es inevitable crearse expectativas después de leer cosas tan bonitas. La vida real es bastante decepcionante en comparación, ¿no crees?

Cuando llego a casa, mi nariz se llena con un agradable olor que hace que se me abra de repente el apetito. Leo asoma su cabeza por la puerta de la cocina y me muestra una amplia sonrisa, algo a lo que ya me tiene acostumbrada y que agradezco horrores.

—¡Lara! Siéntate en el comedor, he hecho lasaña para comer. Y está buenísima. No la he probado aún, pero ¡por Dios! La he hecho yo, es una apuesta segura.

—Presumido —le regaño cariñosamente por sus aires de grandeza.

Dejo el paraguas y me voy directa al comedor, donde Raúl ya está sentado en la mesa, esperando la cena y viendo la televisión.

—¿Qué tal el día? ¿Cómo han ido esos exámenes? —le pregunto en un esfuerzo por sacar tema de conversación, mientras tomo asiento a su lado en la mesa.

Él me mira por unos instantes, pero me responde mirando al poto que adorna la esquina de nuestro pequeño saloncito.

—Han sido difíciles, pero creo que puedo aprobar.

—¡Genial! Tus padres se alegrarán mucho.

El entusiasmo me sale algo más potente de la cuenta, pero es que, que Raúl te conteste a algo ya es motivo de celebración. Han sido casi dos años viviendo juntos, y apenas hemos tenido relación. Recuerdo que me vine a vivir sola a los veintidós. Encontré un trabajo estable como administrativa en una importante empresa textil, pero fui despedida al año siguiente por falta de fondos a pesar de que todos alababan mi trabajo. Mi intento de independizarme fue un completo fracaso, así que como no quería volver a casa como una fracasada, busqué compañeros de piso por internet y así fue como los conocí. Los gastos compartidos son más llevaderos y el fondo de mi cuenta bancaria no creo que aguante mucho más como no trabaje pronto, aunque intento ganarme un dinero raspando de todos sitios. Por supuesto que su compañía podría decirse que es el mejor bonus de todo esto. Odio vivir sola.

Leo aparece en el momento justo por la puerta con una enorme bandeja de lasaña que aún chisporrotea a causa del calor del horno. Ataviado con un divertido mandil, que simula que está en ropa interior, deja la bandeja sobre la mesa y nos regala otra de sus encantadoras sonrisas. ¡Qué pena que sea gay! Es una pérdida grande para las féminas y una gran alegría para el género masculino, también hay que decirlo.

—Lasaña. Hecha con todo mi amor, para mi niño y mi niña grande. —Me guiña el ojo.

Yo río. Leo no tiene remedio.

—Espero que os guste, y si no, preparaos la cena vosotros. —Se quita el mandil y nos acompaña en la mesa.

—Seguro que está delicioso —digo mientras me sirvo con cuidado un pedazo en mi plato. Tiene una pinta increíble—. Como todo lo que haces.

—Siempre viene bien escuchar halagos que no vengan de uno mismo —dice complacido.

Ambos volvemos a reír y los tres devoramos su lasaña en cuestión de minutos. Y confirmamos que sí, que su comida vuelve a estar deliciosa, como siempre. Decido recoger y limpiar todo después en muestra de agradecimiento, y él me ayuda a llevar todos los platos sucios y los cubiertos a la cocina. Estoy echando agua caliente en el fregadero cuando él entra con el folleto en la mano. Lo agita en el aire y me sonríe.

—¿Estás pensando apuntarte? No es muy tuyo traer folletos a casa.

—Creo que será una buena forma de evadirme del mundo. —Sonrío.

—Pues si tú vas, yo voy contigo. Imagínate, que ponen a un modelo fornido, guapo y desnudo como en las películas… y lo tenemos que pintar. ¡No me lo perdería por nada del mundo!

—Creo que has visto demasiadas películas americanas —digo repitiendo la frase de mi amiga Paula. Me peleo con un plato. ¡Cielos! Los trozos de carne reseca con el queso son difíciles de quitar.

—¡Déjame soñar! —exclama riendo—. Las clases comienzan el mes que viene, ¿quedamos mañana para inscribirnos cuando salga de clases?

—Claro, será divertido. Te recogeré.

—Esa es mi chica. Tengo mucho que estudiar, te veo luego.

Se despide de mí con un beso en la mejilla y se marcha a su habitación al igual que Raúl ha hecho minutos antes. Ah, la época estudiantil… ¡Cómo la echo de menos!

Termino mi trabajo como ama de casa por hoy, y también me retiro a mi cuarto, mi ordenador me espera para pasar otra estupenda tarde de currículos, comienzos de novela fracasados y charlas con amigas. Por suerte a partir del lunes, esta rutina, que cada vez se hace más tediosa, podría cambiar o al menos eso esperaba.

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Capítulo 3

El viernes, espero a Leo, paraguas en mano, en la puerta de su instituto. Cuando el reloj marca las dos de la tarde, el timbre al fin hace saber a los cansados y hambrientos estudiantes que pueden irse a casa a descansar. Aprieto más la carpeta rosa de los currículos contra mi pecho mientras observo el desfile incesante de personas que escapan en manada del edificio y no puedo dejar de sentirme nostálgica al verlos. Los más pequeños incluso me empujan al pasar a causa de sus prisas, así que decido hacerme a un lado hasta que veo a Leo. Su cara no tarda en aparecer por la escalinata de la puerta principal y se dirige corriendo hacia mi posición. Me da un beso en la mejilla como de costumbre y me observa sonriente.

—¡Qué guapa! ¿Has quedado con alguien? —pregunta burlón—. Espero que no me estés engañando en mi ausencia.

Río junto a él.

—Sí, he tenido una muy larga y apasionada cita con el sesenta por ciento de las empresas de Villazul —le sigo el juego—. Los currículos son unos amantes exigentes, ya sabes. Hay que dedicarles mucho tiempo.

Ambos dejamos el tema pronto, y nos encaminamos bromeando de otras cosas sin importancia hasta que llegamos a la biblioteca, un edificio mediano, de tres plantas, hecho de una bonita piedra gris. El olor al papel de los libros acentuado con la calefacción nos saluda en cuanto atravesamos las grandes puertas de cristalera que nos separa de la encargada. El silencio de la estancia me relaja automáticamente.

—¿Puedo ayudaros en algo? —ofrece la recepcionista con una sonrisa amable. ¡Qué bonito ver una sonrisa sincera por fin!

Leo la mira y me señala, como indicándole que yo soy la jefa aquí, la hermana mayor.

—Sí, queríamos saber si aún quedan plazas para el taller de pintura. Estaríamos interesados en apuntarnos —digo educadamente.

La joven chica asiente y nos tiende unos formularios.

—Creo que aún quedan plazas, de todas formas voy a llamar al instructor para que me lo confirme él mismo —nos insta a ir rellenando la solicitud mientras descuelga el teléfono y marca un número—. ¿Hola? Jorge, soy Pilar de la biblioteca, tengo aquí a dos personas interesadas en tu clase. ¿Queda alguna plaza libre?

Relleno el formulario diligentemente poniendo todos y cada uno de mis datos personales, cuando termino le paso el bolígrafo a Leo, que hace exactamente lo mismo, aunque ambos estamos muy atentos a la conversación. Sería una lástima no poder asistir, ya me había hecho ilusiones y realmente lo considero vital para escapar de la rutina. La sonrisa de Pilar cuando cuelga el teléfono nos confirma que estamos admitidos, y nos ofrece una hoja con todo el material que vamos a necesitar traer, y los horarios. Le damos las gracias, y tras comer en casa, salimos a comprarlo todo junto a Raúl, que se une a nosotros para despejarse de sus estudios. A nosotros nos alegra que pasemos tiempo juntos, quizá se comience a abrir más y lleguemos a conocerlo mejor.

El sábado, recibo un mensaje de Carla, que propone que hagamos una cena de amigas, aprovechando que este fin de semana está en Villazul, así que tras ponernos todas de acuerdo para vernos, me arreglo para la ocasión y a las nueve en punto de la noche estoy en la puerta de El Jardín, uno de los restaurantes de comida rápida más alabados y famosos de la localidad. La comida es barata, la gente amable, hay siempre un estupendo ambiente, y su decoración de madera, con un pequeño jardín artificial en el centro de la estancia, lo hace aún muchísimo más acogedor.

Espero pacientemente hasta que las demás aparecen una a una, y nos saludamos efusivamente. ¡Incluso Ruth está aquí! A pesar de que trabaja como niñera a tiempo completo y tiene muy poco tiempo para ella.

—Que conste que no cenaré nada —avisa Paula cuando estamos todas—. Es imposible comer fuera con este cacharro y no quedarme con todo un buffet libre de comida ahí dentro. Pero quería veros.

Todas reímos con su ocurrencia. No tardamos en entrar y colocarnos en una mesa central. El ruido de la gente hablando es atronador, así como el sonido de platos, vasos, y cubertería que se cae al suelo, aun así yo me siento bien. Aquí con mis amigas de toda la vida y rodeada de gente no me siento tan sola, siento que estoy en lugar correcto, en el momento justo.

Carla y Miriam nos cuentan sobre sus trabajos y sus anécdotas. Puedo ver el brillo en sus ojos de felicidad. Carla es intérprete y disfruta como una niña pequeña de su trabajo, destila pasión por él por todos los poros de su cuerpo y el poder comunicarse con otras personas que no lo tienen tan fácil, es realmente bonito. Le pido que me enseñe y estamos un rato jugando con nuestras manos y dándoles forma entre risas. Miriam es peluquera, así que también nos da unos truquitos sobre peinado y maquillaje que realmente nos viene bien saber y Ruth, siempre ha sido la más callada del grupo, pero eso no quita de que tenga un excelente sentido del humor. Centra su vida en cuidar de sus sobrinos y en mejorar académicamente cada vez más. Pronto nos ponemos al día con las noticias, yo no tengo mucho que contar sobre mi aburrida vida, y nos ponemos a parlotear sobre los viejos tiempos y los chicos que nos solían gustar.

—… ese chico me mandaba unos mensajes que me hacían sangrar los ojos, mirad. —Carla nos enseña el móvil y todas reímos con las ocurrencias del Don Juan de turno.

—¿De verdad esperaba que escribiendo de esa forma llamaría tu atención o te interesarías por él? —Ríe Miriam—. Bueno, al menos sí que llamó tu atención con esas faltas de ortografía, aunque no para bien.

Todas volvemos a reír, es un poco cruel, pero el mensaje no tiene perdón.

—¿Y os acordáis cuando a Paula le gustaba ese chico en el instituto? —Recuerdo mientras un camarero me retira mi plato—. Reíamos muchísimo con su forma de caminar.

—¡El tieso! —exclama Miriam mientras vuelve a echarse a reír incontroladamente—. Ese chico parecía tener dentro un palo de fregona, en serio.

—Un día al acabar de clases se subió con su amigo en una moto e iba más tieso que una vela. — Río a carcajadas—. Seguro que llegó a casa con dolor de espalda.

—¡Pues a ti también te gustaba! —me reclama Paula fingiendo enfado.

—Pero era solo por hacerte rabiar, ¡te morías de celos cada vez que decía algo sobre él y era tremendamente divertido! ¿Sabéis que ahora es modelo de ropa interior?

Todas estallamos en carcajadas de nuevo y ella me pega un puñetazo en el brazo a modo de venganza.

—Yo también sacaré tus trapos sucios entonces —amenaza Paula—. ¿Recordáis cuando nuestra querida Lara asustó a ese pobre chico en un pasillo del instituto? En la fiesta de fin de curso, él estaba hablando por teléfono y ella le soltó un grito que lo dejó sordo.

Las poco discretas carcajadas de Miriam sobresalen entre el murmullo y medio restaurante nos mira como si fuésemos cinco adolescentes locas y escandalosas. Todas nos unimos a sus risas.

—Perdona, pero era la una de la madrugada, y quería ver el instituto por dentro, me daba curiosidad. —Bebo un sorbo de agua y trago—. Además, ¿a quién se le ocurre ponerse a esas horas ahí? ¡Por pocas le pego un bofetón de lo mucho que me sobresalté! —Río.

—O haberlo matado a él del susto también —dice Ruth que rompe su silencio entre risas.

—Pobre Jojo —dice Carla, utilizando el mote de toda la vida del chico.

—Oye, ¿y tú amiga qué? ¡Yo me asusté el triple que él!

—Pobre Lara —repite cambiando a mi nombre y riendo.

—Ahora ya no me sirve —bromeo.

—¿Qué habrá sido de su vida? —comenta Miriam curiosa mientras le pega un bocado a una de sus patatas fritas—. Hace algo así como que media vida que no lo veo. Recuerdo los ataques de risa que nos daba cuando lo veíamos pasar por la calle.

—El pobre chico se pensaría que nos estábamos riendo de él —digo reprobadora—, vuestras risas no eran discretas precisamente.

—Ni las tuyas tampoco, guapa. —Miriam me señala con un dedo acusador.

—Oh, yo solía verlo bastante hace tiempo —confiesa Carla—, pero tampoco sé mucho de él. Solo recuerdo que estaba trabajando en Francia y creo que regresó hace unos meses.

—Mejor que se quede lejos. Moriría de la vergüenza si me lo volviese a cruzar. —Yo también pego un bocado a mi bocadillo recién traído por el camarero—. Si se hubiese llegado a enterar que nos hemos reído de él toda la vida y que hasta que lo llamábamos chico susto, me daría algo…

—Bueno, no te tienes que preocupar por eso, la verdad él no suele venir mucho por Villazul. —Carla se afana en que su hamburguesa no se desparrame por medio plato.

Los ojos de ese chico en la penumbra regresan a mi memoria, y realmente me hace preguntarme lo que mismo que mi amiga. ¿Qué habrá sido de su vida?

—¿Y recordáis cuando Ruth se cayó en aquella zanja de una calle en obras?…

Nos pasamos el resto de la velada riendo y contando miles de anécdotas divertidas sin parar, hasta que dan las dos de la madrugada y cada una nos vamos a nuestra casa, no sin antes despedirnos y prometer vernos lo antes posible o en Navidad a más tardar.

Cuando cierro la puerta del piso detrás de mí, compruebo que ni Raúl, ni Leo se encuentran, seguro andarán en cualquier pub poniéndose hasta las cejas de cerveza y ligando con chicos, o al menos intentándolo, así que vuelvo a cerrar con llave y me marcho a mi cuarto con una estupenda sensación después de la sesión de risoterapia con mis amigas.

El haber recordado todos esos buenos momentos, al menos esa noche, me llena de felicidad.

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Capítulo 4

—Por dios, Lara, ese abrigo está ya desteñido —me regaña mi madre, Celeste, cuando me ve aparecer en frente del ayuntamiento, lugar típico de encuentros, donde hemos quedado para acompañarla a comprar un regalo para el próximo cumpleaños de papá. Como a ninguna nos sobra el dinero hemos decidido aliarnos para comprar algo mejor.

—Mamá, lo compré hace solo un año —me excuso. Es mi abrigo favorito.

Ella me coloca bien el gorro y se siente genial, tener de nuevo a mi madre preocupándose por mí y cuidándome, aunque sea en pequeños detalles como este. Aún recuerdo cuando de pequeña me limpiaba la suciedad de la cara chupándose uno de sus dedos y restregando la yema sobre el manchurrón en cuestión. Ahora que me paro a pensarlo era bastante asqueroso. Pero era también un gesto lleno de cariño.

—Pues tenemos que buscar otro. Vamos a mirar.

Me sonríe y comenzamos a hacer la ruta por todas las tiendas del pueblo, buscando un regalo acertado y ahora también un abrigo para mí. No tardamos mucho en encontrar una bonita camisa y un reloj para mi padre, pero sí un poco más en dar con la prenda ideal para mí. Pero al mirar su precio veo que se me sale bastante del presupuesto. Cuando una está desempleada tiene que mirar por el dinero a todas horas. Mi madre me dice que no me preocupe y me ayuda a pagarlo.

—Te devolveré el dinero, mamá —le digo algo avergonzada mientras voy con ella a casa a tomar un té.

—Me basta con que dejes de usar el abrigo que tienes puesto —me dice cariñosamente.

—Gracias —digo conmovida—. ¿Cómo está papá?

—Viajando mucho, como siempre. Llevo más de seis días sin verlo. Es lo que tiene ser comercial, que o buscas clientes, o no ganas nada. Esta noche ha prometido llevarme al cine —dice ilusionada.

—Casi nunca salís a ningún sitio, os sentará bien —digo sonriéndole—. Yo estoy repartiendo currículos sin parar, espero que sirvan de algo y encuentre un trabajo pronto.

—Deberías haber estudiado medicina como te recomendamos, Lara. Es un trabajo seguro, con reputación, seguro que no estarías en esta situación ahora si nos hubieses hecho caso. —Hace un ruido con la boca disgustada.

—No empieces otra vez, mamá. Lo hecho, hecho está. —Compruebo mi teléfono móvil, pero sin ver nada realmente—. Encontraré algo pronto. O al menos eso espero.

—Sí, yo también lo espero. Tienes ya una edad en la que estar sin trabajo no es un lujo que te puedas permitir.

Sé que ella me lo dice por mi bien, pero hago todo lo que puedo. Pasamos el resto de la tarde haciéndonos compañía en casa de mis padres y le cuento mi plan de las clases de pintura. Alaba mi idea, ya que al igual que yo, piensa que será algo beneficioso para mí, para conocer gente y no estar siempre tan sola. Cuando dan las ocho y me da tiempo a saludar a papá, que milagrosamente ha vuelto a casa por primera vez en mucho tiempo, me marcho para dejarlos disfrutar de esa pequeña salida de enamorados.

En cuanto llega la fecha señalada, aquí estoy. Lunes. Siete menos cuarto de la tarde. Con mi mochila en la espalda, llena de pinceles, tubos de pinturas al óleo, un mandil blanco, y las ganas que tengo de comenzar esta aventura. Me quedo observando la fachada de piedra de la biblioteca, hasta que me decido a dejar de pensar y entrar directamente. Desgraciadamente, Leo se ha tenido que quedar en casa y me ha dejado sola ante el peligro. Pero los exámenes son lo primero, el jueves me acompañará. Espero. Siempre fui bastante tímida para hacer amigos, pero creo que voy mejorando con los años y este será un entrenamiento estupendo para soltarme en la materia aún más.

El olor a libro me vuelve a saludar cuando entro y la auxiliar, que me reconoce, me indica amablemente donde será la clase. Yo le doy las gracias y me encamino hacia la tercera planta, mientras acomodo mi pelo corto para que esté lo menos encrespado posible. Y por puros nervios, para qué mentir.

—¿Vas a la clase de pintura? ¡Espera!

La pregunta me sobresalta de repente y hace que me detenga a mitad de las escaleras, mirando a mi espalda. Una alegre mujer de pelo oscuro y enormes ojos marrones perfilados de un escandaloso azul, sube corriendo con una bala las escaleras hasta que me alcanza y me sonríe tomando aire agitadamente. Para una señora que debe estar en sus cincuenta ya, lo que acabo de ver es increíble.

—Me llamo Francisca —se presenta, jadeando a causa del esfuerzo—. ¡Yo también vengo a pintar!

—Encantada, Francisca, soy Lara —digo un poco cortada ante tanta efusividad.

—¡Qué mona eres! Pareces muy jovencita, ¿cuántos años tienes? ¿Eres de aquí?...

Y así respondiendo a sus preguntas como si de un interrogatorio se tratase, vamos recorriendo los anchos pasillos de parquet y de pintura blanca, decorados con bonitas macetas y cuadros relajantes. Hasta yo me atrevo a preguntarle cosas también a ella, que las responde encantada por mi interés. Desde luego Francisca es una mujer… interesante y peculiar. Sí, podríamos describirla así.

La sala de usos múltiples es una amplia habitación, llena de caballetes que ocupan prácticamente todo el espacio. El suelo es también de parquet claro, al igual que el resto de la biblioteca, y las paredes están pintadas de un cálido color lila, que es bastante agradable. Unas pequeñas ventanas dan a la bulliciosa calle de atrás. En la pared frontal, hay una pizarra blanca, un calendario y varios tablones de corcho que están llenos de fotos de alumnos de años anteriores y frases bonitas que la gente va dejando para decorar y subir el ánimo a los más pesimistas. Tendré que fijarme en ese tablón a menudo. Un reloj también preside la pared y nos informa que son ya casi las siete. El resto de la habitación son unos percheros, y unos grandes armarios detrás donde me imagino que guardan el material y los lienzos. También hay un equipo de música y una pequeña puerta que imagino será el almacén.

Como comienza a llegar más gente, elijo uno de los caballetes cerca de la ventana y del escritorio del profesor y me siento en el taburete de madera mientras acomodo mi mochila en el suelo y comienzo a sacar mis útiles. Francisca no tarda en venir corriendo y colocarse a mi lado.

—¡Qué emocionante! Es como volver a mis tiempos de adolescencia. —Da palmaditas de la emoción.

—Yo también estoy muy ilusionada —le sonrío—, he puesto muchas esperanzas en esto. Espero no decepcionarme.

—Suenas como una abuela de noventa años que ha perdido el encanto por la vida, chica.

—Pues sí, mi vida no se diferencia mucho de la de una mujer así.

—Pues quítate ese pesimismo, o te doy con el caballete ¡y te hago un chichón en la cabeza más grande que un huevo! Y no estarás muy guapa con él, te lo aseguro.

No puedo evitar reír. Quizá después de todo encontrarme con Francisca aquí es lo mejor que me podría haber pasado. Unas risas y gente positiva cerca nunca vienen mal.

La gente termina de llegar y todas esperamos pacientemente a nuestro profesor. Yo me dedico a matar el tiempo charlando con Francisca y poniendo una cantidad considerable de pintura en mi paleta apretando estos botes que parecen estar rellenos de pasta de dientes. Estoy muy concentrada en ambas cosas, hasta que lo veo entrar.

—Hola, buenas tardes —dice él con una voz agradable mientras camina y deja sus cosas sobre el escritorio.

Me quedo embobada no pudiéndome creer lo que ven mis ojos. Francisca me pega un codazo y es como si me trajese de vuelta a la realidad.

—¡Cuidado con la pintura! —exclama señalándome la paleta de madera.

Yo le echo un ojo y veo que he desparramado medio tubo de pintura roja en él y comienza a sobresalir por los bordes amenazando la blancura de mi bata.

—¡Aish! —exclamo molesta mientras suelto la paleta y el tubo, y me limpio las manos con un trapo.

—¿Qué pasa? ¿Te ha gustado el profe? —pregunta con picardía.

Yo río nerviosamente para quitarle hierro al asunto.

—Me he despistado un poco —me excuso sonriendo.

Ella asiente entrecerrando los ojos, cosa que me hace pensar que no se lo ha creído del todo. El “profe” comienza a saludarnos a todos, no somos más de diez personas.

—¿Hace frío fuera, verdad? —Típica conversación para romper el hielo, pero a la que todos responden como si fuesen niños de parvulario—. Aquí al menos estaremos calentitos —dice con una sonrisa.

Estoy tan nerviosa que no sé a dónde mirar, así que comienzo a dejar que mi mirada navegue por la sala mientras lo sigo escuchando hablar.

—Bienvenidos a este pequeño curso de pintura, espero que todos pasemos un año maravilloso aquí y que todo esto nos ayude a sacar aquellos sentimientos ocultos que no nos atrevemos a expresar, y que ahora sí tendremos oportunidad de hacerlo mediante esta actividad. Todos tenemos un pequeño artista dentro, así que ¿estáis preparados para sacarlo?

—¡Sí! —contesta Francisca con tanta efusividad que hasta me asusta y hace que la mire. Los ojos le brillan de emoción y sostiene su pincel pidiendo comenzar ya la clase. No puedo evitar sonreír.

Él también se ríe y luego fija su mirada en mí, lo que provoca que automáticamente mi diversión desaparezca.

—¿Estáis preparados para descubrir qué hay en vuestro interior? —Sus ojos atraviesan los míos y yo trago saliva mientras lo miro con algo de espanto.

¿Se acordará de mí? Quizá sí, y por eso ahora me odia y seguramente planea una venganza horrorosa contra mi persona. Asiento lentamente y él vuelve a sonreír cuando mira al resto de alumnos que como buenos estudiantes responden con un “sí” al unísono.

—¡Estupendo! Entonces comenzaremos a presentarnos y tras eso, iremos al grano y empuñaremos nuestros pinceles.

Todo el mundo se emociona mientras van sacando sus útiles y él se coloca también una bata blanca como nosotros para proteger su ropa.

—Ah se me olvidaba, mi nombre es… “Jojo”.

—… Jorge, encantado de conoceros. —Sonríe.

El chico del que tanto nos reíamos en el instituto. El chico que me asustó. Reencontrarnos de esta manera tenía que ser una broma del destino. O quizá una buena lección. La conversación del otro día con mis amigas en El Jardín vuelve a mi mente. Ahora creo más que nunca en ese refrán de “mienta al diablo…”,

Él comienza a enseñarnos algunas técnicas básicas para pintar con la brocha y todos hacemos caso a sus consejos practicándolos en nuestros lienzos. Cuando ya estamos más familiarizados con esta nueva herramienta, nos deja que dibujemos cualquier cosa que queramos sobre él. Así que yo me dispongo a hacer un bonito ramo de flores, cosa que siempre me gustó dibujar. De vez en cuando echo un vistazo a Francisca que está muy concentrada dibujando una especie de muñeco de nieve con cara de pocos amigos.

Sonrío y me centro en seguir con el mío, como tengo bastante pintura roja desparramada que no quiero desperdiciar, decido que el ramo será de rosas y comienzo a dar pinceladas inseguras mientras regulo mi respiración y me relajo. Pintar siempre ha sido un calmante natural para mí, así como el escribir. Estoy tan concentrada en mi intento de obra de arte, que ni me doy cuenta de que la cara de Jojo está al lado de mi lienzo, agachado, clavando esos enormes y algo tristes ojos verdosos en mí de nuevo. Mi mano se mueve inconscientemente y mancho el lienzo de rojo intenso con un brochazo.

—No quería asustarte, estabas tan concentrada, que ni me has escuchado cuando te hablaba.

Intento parecer simpática, nunca antes le he dirigido la palabra a Jojo en toda mi vida así que prefiero causar buena impresión, porque a saber lo que piensa de mí, la chica de los gritos.

—Lo, lo siento —respondo con nerviosismo mientras me coloco más erguida en mi taburete y él también se endereza—. Estaba pintando —gesticulo hacia el cuadro riendo con nerviosismo. Odiaba cuando hacía eso. Él no puede evitar dejar escapar una risa.

—¿Pintando en una clase de pintura? —Frunce el ceño como si hubiese hecho algo mal y me despista.

En otra ocasión seguramente le hubiese respondido con algo elocuente, pero estaba tan en shock por este primer contacto con él, que parecía que me había comido la lengua el gato.

—¡Es broma! —Vuelve a reír ante mi actitud de niña de cuatro años asustada—. Es muy bonito tu dibujo, ¿son rosas?

No sabía que tenía tan buen sentido del humor.

—Sí. —Vuelvo a dirigir el pincel al lienzo y pinto unos cuantos detalles más, intentando relajarme y ser yo misma—. Me encantan las flores, pero siempre he dibujado a carboncillo. Es mi primera vez con la pintura al óleo, espero que no acabe en desastre.

Le muestro un intento de sonrisa y él me devuelve otra. Por lo visto Jojo es el hombre sonrisas.

—Para ser la primera vez te está quedando genial. Sigue así.

—Gracias Jo… —logro detenerme a tiempo antes de soltar su famoso mote — Jorge.

Entonces él continúa su rutina paseándose y charlando con los demás, mientras yo me quedo peleándome con los pétalos de la rosa, temblando por dentro y pensando que esto quizá hubiese sido más divertido si Leo me hubiese acompañado. Aun así me las ingenio para mirarlo de vez en cuando de reojo.

Jorge parece haber cambiado bastante, su cara es mucho más adulta libre del acné juvenil, su pelo es mucho más corto, casi rapado, pero sus ojos siguen siendo igual de inquietantes que antes coronados por unas espesas y masculinas cejas oscuras. Y eso que solo los miré una vez hace ya más de diez años. Resoplo y dejo de mirarlo.

¡Qué mala suerte haberlo encontrado aquí! ¿Es que no había más profesores en toda Villazul?

—¡Lara, qué bonitas! —exclama Francisca admirando mi obra—. ¿Qué te parece mi muñeco?

Lo único que me salía decirle es que su muñeco podría ser el protagonista de las pesadillas de cualquier niño, pero con una sonrisa amable le digo que no está mal y que poco a poco mejorará. Ella se alegra de escuchar eso y se afana en continuar con su quehacer.

Y yo, yo tengo ganas de que acabe la clase para salir pitando de aquí y escapar de la mirada de Jorge.

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Capítulo 5

—¡Ábreme, te tengo una noticia que no te vas a creer! —exclamo sobre la superficie metálica.

La casa de Paula no está muy lejos de la biblioteca municipal, así que en cuanto dan las nueve y puedo escapar de Jojo y su seguramente falsa amabilidad, echo a correr a su casa. Su voz suena desganada por el porterillo.

—¿No me lo puedes contar otro día?

—No te interesa nada de lo que te cuente, ¿verdad? —digo algo molesta porque se quiera deshacer de mí.

—No es eso, es que son las nueve y media de la noche y estamos en mitad de la cena y no creas que es una tarea fácil con esta cosa en la boca. Me van a dar las doce comiendo.

—Está bien, solo escúchame y deja de hablar de tu aparato. El profesor de pintura… no te lo vas a creer…—tomo aire— ¡es Jojo!

Escucho como cuelga, y de repente se enciende una luz en el interior del portal. Está bajando. Pronto aparece y me abre la puerta para que pase dentro.

—Jojo, ¿ese Jojo? —pregunta incrédula, mientras traga la comida que aún tiene en la boca.

—Sí, ¡ese Jojo! No me lo podía creer, en serio, ¿no había más profesores disponibles en todo el pueblo?

—Menuda coincidencia. —Sigue tragando—. Pero no te preocupes, no creo que se acuerde de ti, ni de mí, ni de nosotras en general. Bueno, de Carla…

—Da igual que se acuerde o no —la interrumpo—. ¿Cómo le voy a mirar a la cara? Me he pasado media vida riéndome de él sin ni siquiera conocerlo. Y encima me trata bien, o eso parece. Me siento un monstruo horrible ahora mismo.

—Lara, deja el drama. —Ella pone los ojos en blanco—. Y no te preocupes, de todas formas nunca hemos sido sus amigas, ni siquiera hemos tenido relación alguna con él, así que déjalo pasar. Solo nos reíamos de una anécdota que nos pasó. Es lo que hace todo el mundo.

Asiento. Sí. Eso haría. Dejarlo pasar. No pensar en el daño que le pude causar. Conocerlo como si fuese la primera vez que lo veo. Sí. Todo irá genial.

Así, con ese mantra, me voy derechita al piso, donde ceno junto a Leo y le cuento un poco sobre la clase. Él aplaude emocionado y confiesa que está deseando unirse a nuestro grupo.

No sé por qué me da que Francisca y él se llevarán a las mil maravillas.

“Gracias por enviar su manuscrito, tras analizarlo, hemos decidido rechazarlo. Un saludo”.

Tomás De la Rosa

Responsable del departamento de edición.

Siento que mi corazón se parte otro poquito mientras leo las pequeñas letras negras que me muestra mi bandeja del correo. ¿Cómo pueden unas diminutas y digitales palabrejas doler tanto? He perdido ya la cuenta de cuántas editoriales me han dicho lo mismo. Esta vez tenía bastante fe, pero al parecer sigue sin ser mi momento. Suspiro, cerrando el correo y centrándome de nuevo en la página en blanco de Word, hambrienta de palabras que le den vida. Pero ahí está de nuevo, este maldito bloqueo que no me deja escribir nada y el rechazo que acabo de recibir con mi anterior y primera novela, tampoco me ayuda demasiado ni me anima a seguir con esto, así que resignada, cierro el ordenador portátil de un golpe, enrabietada. Hoy nada me sale bien.

Me levanto indignada conmigo misma y voy a visitar a Leo a su cuarto.

—Necesito estar con alguien, ese libro me va a volver loca.

En cuanto entro en su habitación intento que mis ojos se acostumbren a la oscuridad y al brillo de sus tres enormes monitores. Me tumbo en su cama bocarriba mientras observo cómo trabaja con un puntero sobre una especie de tableta y su dibujo se traspasa mágicamente a una de las pantallas. El mundo de la animación debe ser apasionante, porque está totalmente sumido en su tarea.

—Te vas a quedar ciego si trabajas a oscuras. —Él sigue ensimismado, con esta luz tenue realmente parece un modelo sacado de la mejor revista de moda. Sus ojos azules brillan como los de un gato.

—Me gusta la oscuridad —confiesa con una sonrisa—, me concentro mejor. Deberías probarlo, ya que imagino que vuelves a estar con tu bloqueo y por eso acudes a mí. —Suelta el puntero y me mira. Girándose con su silla en mi dirección. Me recuerda a un ejecutivo.

—¡Me asusta lo mucho que me conoces! —Me siento en la cama y quedamos a un metro de distancia—. No sé qué me pasa… ¿He perdido la poca capacidad de escribir que me quedaba? Llevo más de siete meses y solo he logrado escribir veinte míseras páginas.

—Creo que necesitas seriamente a un muso.

Río ante su comentario.

—¿De dónde sacaría un muso? El único contacto que tengo en mi vida con el sexo masculino es con mi padre, mi hermano, contigo y Raúl. Es deprimente.

Ambos nos echamos a reír. Él toma unos libros que tiene sobre la mesa y me los muestra.

—Quizá es porque no sabes dónde buscar. Yo por ejemplo me he regalado mucho la vista comprando estos hermosos libros de… —lee la cubierta seguramente por primera vez con fingido interés—… diseño y modelado 3D. —Alza una ceja y me muestra una mirada pícara—. Y el dependiente estaba muy bueno. De verdad. Era alto, con unos ojos oscuros, un tatuaje en la muñeca y una barba muy guay.

—Te estás yendo por las ramas —le advierto. Pero me hace sonreír con sus comentarios—. Jo, me lo he perdido.

—Algún día tendremos que pasarnos por allí. —Sonríe—. En busca de nuevos libros, claro está. Ningún otro interés.

Volvemos a reír.

—¡Qué suerte tienes! En cambio yo, me reencuentro con un chico del instituto, que no es grato precisamente.

—¿Qué me he perdido? —Sus ojos me reclaman que le cuente la historia, pero ya. Con pelos y señales. Y yo estoy deseando hablarlo con alguien después del rechazo de Paula. Esa Paula…

—La cosa es que había un chico en el instituto, le solían llamar Jojo de Jorge —comienzo creando expectación.

—Ajá, un chico… —Su sonrisilla se vuelve a asomar.

—No es lo que piensas, Leo, de hecho la historia es mucho más fea de lo que te estás imaginando.

—¿Y qué pasó con ese chico entonces? —Se acomoda en su mullida silla de ordenador.

—La cosa es que… ¿cómo te lo digo? —Lo miro y me cuesta decir las palabras correctas—. Digamos que tuvimos un primer encuentro no muy grato y accidentado. Desde aquel día lo bautizamos con un mote y cada vez que lo veíamos por la calle, nos daba la risa de recordar aquello. Mis amigas se partían, y parecía que nos estábamos riendo de él…

—¿Y tú también te reías? —me pregunta alzando una ceja, sabiendo ya de antemano la respuesta a esa pregunta.

—Odio decirte que sí. Sé que en realidad no estábamos haciendo nada malo, pero él se nos quedaba mirando como si quisiese arrastrarnos de los pelos y… ahora me siento mal.

—¡Qué exagerada! —Ríe Leo—. Por dios no te tortures por algo que hacemos absolutamente todos los humanos, reírse de los demás es el deporte más practicado a nivel mundial. Olvídalo.

—Me gustaría hacerlo, pero resulta que él es el profesor del curso de pintura.

Su boca se abre de par en par. Hacía mucho tiempo que no lo veía así de sorprendido.

—¿Él es el profesor? —pregunta aún incrédulo.

—Como lo oyes —respondo confirmándole la horrible noticia.

—Lo que no te pase a ti no le pasa a nadie. —Se echa a reír.

Yo intento reír con él para quitarle hierro al asunto y acabamos pareciendo dos locos borrachos en vez de personas adultas y cuerdas.

—Menudo marrón —suelta él, secándose las lágrimas de los ojos.

—Gracias por los ánimos —le reprendo.

—De todas formas, aunque la noticia es… —Leo busca una palabra adecuada para describir esta situación—… impactante, no creo que debas darle mucha importancia. Seguramente él ni se enteró de eso. ¿Acaso sabía que tú existías en aquel entonces?

—Chico, que directo eres. No. No lo sé. Ni idea, de vista quizá y poco má

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