Prólogo
Luna nueva
—HAY HUMANOS EN EL BOSQUE.
Aprieto los labios sin abrir los ojos. Tengo miedo de que me traicionen. Espero que Sin Sombra también siga con los párpados cerrados. Estamos tendidas de espaldas sobre la hierba fresca que se mece sobre nuestros hombros mientras que el sol acaricia nuestras caras.
No añade nada más, así que escojo con cuidado las palabras. ¿Qué es lo que diría si no supiera ya lo que está pensando? Enredo mis dedos en los brotes verdes y me esfuerzo en que mi tono de voz suene adormilado.
—¿Estás segura?
—¿Recuerdas que nos pediste árnica?
—Se terminó antes —asiento. Mi voz suena más despierta—. Con el cambio de tiempo a muchos ancianos les duelen las articulaciones.
—Fuimos hasta el valle después de una cacería. Encontramos restos de un campamento. Apestaba a ellos.
Los pájaros trinan a lo lejos, como si siguiéramos en calma. Ordeno a mi corazón latir despacio, y a mis nervios a quedarse bajo la piel, sin mover un solo músculo. Cuando vuelvo a hablar mi voz es un susurro:
—¿Crees que pueden encontrarnos?
—No sé si nos están buscando. —Incluso con los ojos cerrados puedo visualizar el encogimiento de hombros con el que mi amiga suele acompañar sus frases cuando está nerviosa—. Supongo que tendremos que estar más alerta.
—Ojalá pudiera acompañaros.
Es trampa, y me siento mal por usarla. Soy tan licántropa como ella, como el resto, pero yo nunca seré una guerrera. No importa que me haya dejado la piel intentándolo. Los ancianos lo llaman la maldición de la luna nueva: somos pocos los nacidos en la noche en la que la reina del cielo no nos regala su presencia, una de esas en las que ni siquiera se dibuja su silueta como si fuera una cuchilla blanca y curva. Fue una mala señal que la primera hija del líder eligiera esa noche para venir al mundo. «Harás grandes cosas» solía decir mi madre, para consolarme. Y yo quería creerla. «No solo los guerreros ganan guerras». Araño la arena bajo las flores. La echo tanto de menos…
Sin Sombra pone su mano sobre la mía y la estrecha. Sé que ahora sí que me está mirando, así que fuerzo una sonrisa. Siempre ha estado a mi lado, desde mis primeros recuerdos, pero cuando mi madre murió dejó de ser una amiga para convertirse en una hermana. Una parte imprescindible de mi vida. No sé qué hubiera hecho sin ella.
Por eso se me remueven las tripas al ocultarle la verdad, pero hay cosas que ni siquiera Sin Sombra puede comprender.
—Eres valiosa, Sauce, y tu padre también lo sabe.
Aprieto de nuevo los labios, pero esta vez no es para contener la verdad, si no las emociones. Es algo que me hubiera dicho ella.
Mi madre decía que eligió mi nombre porque el espíritu de los Sauces nos protege, para que me guardase allá donde fuera. Ella también era buena contando mentiras, o verdades a medias. Supongo que lo he aprendido de ella. Sé que la primera vez que se encontró con mi padre estaba sentada, con los pies en el río, rodeada por estos árboles. También sé que su primer beso fue en esa misma orilla, varias lunas más tarde.
Mis padres se quisieron como nunca he visto a nadie quererse. Bastaba con que ella sonriera distraída para que mi padre la mirase como si fuera el mismo sol que había bajado a la tierra y tintaba de vida y luz el horizonte. Cuando se marchó nos rompió por dentro. Nos dejó una de esas heridas que nunca sanan del todo. Puedo sentirlo cuando pienso en ella. El corazón rasga esa enorme cicatriz que mana dolor en vez de sangre. Lo veo también en el rostro de mi padre cuando algo le recuerda a ella. Un atardecer, unas flores blancas, o algún gesto que hago sin darme cuenta.
Mi madre era el puente que nos unía, y ahora somos dos barcas perdidas que chocan o se alejan, pero nunca se encuentran.
Sin Sombra me da otro apretón y me rescata de mis pensamientos. Se lo agradezco con una sonrisa y me incorporo, apoyándome en un codo para quedar de costado.
—Solo te lo digo porque creo que tenemos que estar alerta —dice.
—Lo estaré.
—Y… que tengas cuidado.
Ladea la cabeza, casi avergonzada de decirlo. Culpable de marcar una vez más la diferencia entre el resto de lobos y yo. Me trago esa sensación amarga de saber que incluso los que me quieren me consideran menos y me siento en silencio. Su pelo liso, tan blanco como el de una anciana, tiene un par de hojas de tréboles y briznas de hierba. Se las quito y ella arruga la nariz y sacude la cabeza de la misma forma en la que lo hace cuando se transforma en un precioso lobo blanco con los ojos del color de la sangre.
No es la única que se siente culpable.
Nacer la noche en la que la luna nos da la espalda ha hecho que sea un lobo más frágil. Mis garras no atraviesan con tanta facilidad la carne o la cadera. Mis mandíbulas no pueden partir el hueso. En forma lupina soy incluso más menuda que mi hermano Guerrero, que aún no ha cumplido los once años. Pero eso no me convierte en una criatura indefensa.
Soy rápida. Más ágil que el resto, y la más silenciosa. Puede que no pueda ganar a nadie de mi propia tribu en una pelea frente a frente, pero los humanos son más débiles que nosotros. Lo complicado es adivinar su estrategia y esquivar sus armas, sobre todo las de plata. Mi padre se opondría a que me aleje tanto de nuestro terreno para explorar las fronteras de nuestro bosque, pero no puede prohibirme lo que no sabe que hago. Hay humanos en nuestro bosque, pero no estoy sorprendida.
Ya los he visto antes. Por e eso enterré bajo las raíces de un árbol las reservas de árnica y les pedí que me trajesen más para que encontraran su rastro. Era más sencillo que explicarle a mi padre por qué me había alejado tanto de la tribu. No quería tener otra discusión con él, ni ver cómo trataba de no herirme mientras me pedía que me comportase como una niña indefensa. Así es como él me ve, eso lo que soy a sus ojos: inmadura, débil, incapaz de hacerle sentir orgulloso. Alzo la barbilla al cielo. Sin Sombra pasa un brazo por mis hombros y me consuela, pero por los motivos equivocados.
Yo les guié hasta los hombres, aunque no lo supieran. Y no puedo sentirme culpable por haberlos visto porque eso ayuda a mi tribu. No me importa que tenga que ser en secreto. Sabía que debía alejarme inmediatamente, que cada segundo que pasaba cerca de ellos me ponía en peligro, tanto a mí como al resto. Pero me quedé un rato más para observarlos. Había algo fascinante en poder observar a tus enemigos cuando no sabían que alguien les estaba viendo. Era peligroso y también hipnótico. El cosquilleo recorría la piel desde mi vientre y subía por las venas hasta convertirse en un picor suave en las palmas de mis manos. Supongo que era como mirar el baile entre las llamas de un incendio.
No parecían tan terribles al hablar entre ellos. Entendía su lenguaje, era el mismo que el de mi madre. Después de todo, ella era una humana que había renunciado a su mundo para abrazar el nuestro. En todas nuestras historias, los humanos son criaturas crueles, malignas, pero no parecían terribles con las primeras luces del día iluminando sus rostros aún adormilados. Usaban palabras suaves y bromeaban. Me recordaron a nosotros y, a la vez, eran de un mundo desconocido: con sus botas altas, esos trajes tan incómodos y las armas de metal que hacían que se me encogiera el estómago.
Pero no me marché ni siquiera al verlas. Me apoyé en el tronco de un roble y asomé la cabeza. Cerca del suelo, para que la hierba alta me ocultase. Una chica de pelo rojo empujó a su compañero al agua, y el resto estalló en carcajadas. Me encogí en mi escondite y después me di cuenta de que me estaba riendo como si estuviera con ellos. Con ese grupo de personas que seguramente trataban de darnos caza. Sacudí la cabeza, y entonces mis ojos se cruzaron con los suyos.
El aire se me congeló en el pecho. Se hizo un vacío en mitad de mis tripas y mi espalda se tensó más que la cuerda del arco que sostenía en sus manos. Sus iris eran tan oscuros y brillantes que se fundían con sus pupilas, fijas en las mías. Los hombros tensos, el grito de alerta preparado en la garganta. Me aferré a la corteza del árbol. Las risas de sus compañeros parecían tan lejanas que las sentía como gotas de lluvia fría. Pensé en huir, pero el miedo me paralizaba. Podía matarme antes de que me diera tiempo a transformarme. Tenía el arco y la flecha en la mano, estaba lo bastante cerca para que el disparo fuera sencillo. Podía morir, iba a morir y era culpa mía. Cerré los ojos.
Un latido.
Dos latidos.
El tercero me golpeó, con tanta fuerza que parecía que el corazón quería romperme las costillas.
No pasó nada.
Le miré de nuevo. Había clavado las uñas en la corteza del árbol y las piernas me temblaban. Seguía viva. No había escuchado el silbido de ninguna flecha rasgando el aire, ni sentía su filo rasgando mi carne. Seguía viva. El chico de ojos oscuros había bajado el arco y me daba la espalda. Sus hombros, anchos, seguían tensos, y tenía la cara ligeramente vuelta hacia mí. No era ningún estúpido que le diera la espalda al enemigo, confiado de su superioridad. Me dejaba huir.
No podía creerlo. Ni siquiera me sentía capaz de reaccionar.
Estaba ayudándome a escapar.
—¡Eh, Mael! Me da igual quién sea tu padre. Si no ayudas con el desayuno te quedas sin comer igual —gritó la chica pelirroja, con voz desenfadada.
Tensó una sonrisa. Había tal seriedad contenida en sus rasgos que me pregunté cómo no se daban cuenta de lo que pasaba. Luego me convertí en lobo y eché a correr, porque sabía que si me quedaba un instante más no volvería a preguntarme nada.
El corazón bombeaba con más fuerza que mis pisadas sobre la tierra húmeda y las raíces tiernas. Me moví con sigilo al principio, luego más rápido, acabé lanzando mis patas tan rápido como podía, con los pulmones en llamas y la presión del pulso en las sienes convertida en un zumbido acelerado. Caí hasta derrumbarme en el barro, temblando de miedo, de impresión, de incredulidad.
Viva y a salvo.
Sin Sombra me abraza más y yo le devuelvo el gesto. La punzada de culpa me atraviesa con más profundidad el pecho. No sabe nada, nadie puede saber nada. No lo entendería, ni siquiera yo lo hago. Sin Sombra roza su mejilla con la mía y me da un beso en el pelo.
—Estaremos bien. No te preocupes.
—Lo sé —respondo y le sonrío.
Aunque sea una sonrisa tensa, como la cuerda del arco con el que pudo matarme. Como la línea de su cuello cuando decidió no hacerlo.
Capítulo 1
RÍO RECITA ROMANCES DE NUESTROS ANCESTROS CON ESA VOZ QUE SUENA COMO UN ARRULLO GRAVE. Hubiera entrado en trance si no fuera por Guerrero, que salta entre Sin Sombra y yo de forma tan torpe que nos empuja a ambas.
—¡Cuidado! —Sin Sombra sujeta como puede el bol, aunque el estofado se derrama por su muslo.
—¡Serás bruto!
—¡Perdón! —Mi hermano es la viva imagen de nuestro padre. Yo me parezco más a mi madre, pero tenemos los mismos ojos de color ámbar. Sus cejas se arquean y vuelve a disculparse—. Creía que había hueco.
—Asegúrate mejor la próxima vez —gruñe Sin Sombra, que intenta limpiarse la mancha de comida de su pierna.
No puedo evitar sonreír al ver a Guerrero, más grande de lo que le corresponde a su edad, bajar la cabeza con gesto avergonzado. Sigue siendo un cachorro impulsivo en un cuerpo que cada vez se le queda más grande. Tiene tanta fuerza que no es capaz de controlarse, y sus movimientos se le escapan.
Ladea la cabeza hacia Sin Sombra, que arruga la nariz pero le sonríe a pesar de todo. Conozco ese brillo de curiosidad en los ojos de mi hermano y me temo que lo que va a seguir no es nada bueno:
—Dicen que vais a ir a por esos humanos.
—Los mayores decimos muchas cosas todo el tiempo, pero a los cachorros solo les tienen que interesar los cuentos —responde ella.
—Bueno, dentro de poco cumpliré los doce años. ¿Sabes que mi padre fue a su primera batalla con esa edad?
—Sí. Y desde entonces tiene una cicatriz que le cruza la cara —intervengo, rodeándole con el brazo desde atrás para empujarle—. No le quedó otro remedio.
—Pero se convirtió en un héroe.
Sin Sombra y yo intercambiamos una mirada de alerta. Me aparto de Guerrero para poder quedarme frente a él, a una distancia que nos permita mirarnos y que vea mi expresión seria. El gesto de Sin Sombra es aún más rígido que el mío. Impone más, a pesar de que en forma humana es más menuda que yo. Ayuda que sus iris llameen con un rojo sangriento, que tenga el rango de guerrera y que, en la noche, su piel tan blanca como su pelo la haga parecer un espíritu en busca de venganza.
—Tener que jugarse la vida porque no había otra opción no le convirtió en un héroe —responde, con una voz que suena igual que cuando afilamos acero—. Pudo acabar con él. No ha llegado tu momento.
—Puedo ayudar. Soy fuerte. Estoy listo —protesta mi hermano con el ceño fruncido.
—Aún no ha llegado el momento de estar al frente. —Mi voz suena más suave.
—¿Y qué sabes tú de esto?
Se da cuenta del daño que me hacen sus palabras una vez que las ha lanzado. Lo veo en la forma en la que se abren de par en par sus ojos. Él mismo se sorprende antes de que le dé tiempo a arrepentirse. Lo sé, también, por la forma en la que se remueve, como si buscara una forma de evitar que lo escuchara, y por cómo se ponen sus mejillas tan rojas como los iris de Sin Sombra.
Y lo sé porque conozco el corazón de mi hermano. Y sé que es joven, bruto e impulsivo, pero que no guarda ningún tipo de maldad. Por eso mantengo la voz suave.
—Lo sé porque nacer bajo la luna nueva me hizo más débil, pero no estúpida. Y porque soy tu hermana mayor.
—No quería decir eso, Sau… Perdóname.
—Perdonado.
Me abraza. Aunque haya crecido, aún no es demasiado mayor para eso. Apoyo mi mejilla en su pelo caoba y se lo revuelvo con la mano libre. Sin Sombra se levanta con la excusa de rellenarse el cuenco para dejarnos a solas en este momento.
—No importa que no seas fuerte. Siempre me tendrás a mí para protegerte.
—Soy la mayor —repito, pero esta vez me río—. No oses quitarme mi puesto.
Le tiro del pelo suave y se revuelve, lanzando bocados al aire y conteniéndose para no hacerme daño en uno de sus movimientos. Se le escapa la risa entre carcajadas y, cuando le dejo que se incorpore de nuevo, tiene el pelo manchado de arena y una expresión más tranquila.
Se apoya en mí, aunque para hacerlo tenga que encogerse de una forma cómica, y escuchamos juntos la siguiente leyenda que entona Río. Y aunque todo esté tranquilo no me logro sacudir ese pinchazo de preocupación. Porque mi hermano no tiene maldad, ni sabe ocultar la verdad como mamá y como yo, pero su sangre es como un arroyo bravo, imprevisible e impaciente. Y a veces tiene tantas ganas de crecer antes de tiempo como su cuerpo.
Ayudo a recoger y a apagar la hoguera mientras los guerreros de nuestro clan se reúnen con los ancianos, a distancia suficiente para poder debatir qué es lo que van a hacer sin que podamos escucharles. No se trata de secretismo, no hay por qué asustar a los cachorros. Los humanos que se unieron a nuestra tribu guardan la comida, preparan las tiendas o pelean con los niños más enérgicos que quieren seguir despiertos. Por suerte, esta noche no me toca lidiar con Guerrero, que aún se siente mal por lo que me ha dicho.
Piel de Plata, el otro único licántropo que comparte mi luna de nacimiento, me ayuda a organizar a los cachorros para dejar cada cosa en su sitio. Es alto, tan delgado en forma humana como lupina, tiene una nariz larga, rasgos secos y unos ojos hundidos y benévolos. Siempre se ha mostrado especialmente amable conmigo, por una razón más que evidente. También se llevaba bien con mi madre. ¿Quién no lo hacía?
No sé si alguna vez se puede dejar de echar de menos a alguien a quien has querido tanto.
Guerrero duerme en la tienda cuando nuestro padre regresa. Incluso en forma humana, su manera de moverse es la de un líder. El pelo, rebelde y de un color rojo oscuro, parece una corona de ascuas. Los ojos amarillentos parecen destellar en la oscuridad. Las líneas de expresión se le marcan en la piel como si cada una de ellas fuera la cicatriz de una batalla ganada. Su expresión siempre es solemne, aunque mi madre le hacía reír con carcajadas amplias que me recordaban al sonido de los pájaros al alzar el vuelo. Ya casi nunca se ríe.
Le espero sentada en el suelo, con los brazos alrededor de las rodillas y él enarca una ceja ancha con una pregunta muda.
—Que no pueda acompañaros no quiere decir que no pueda saber qué es lo que pasa. —Mi voz suena a reproche y frunzo los labios, pero no me echo atrás—. ¿Es grave?
—Nada que tenga que preocuparnos.
—Acabamos de establecernos aquí —digo con cierto pesar. Aunque esté en nuestra naturaleza viajar, es agradable tener un lugar al que llamar casa sin que vengan humanos continuamente a darnos caza—. Este sitio es bonito. Tiene todo cuanto necesitamos.
—Nos quedaremos aquí. No vamos a dejar que nos echen de nuevo.
—O que nos cacen.
—No tienes por qué tener miedo, Sauce —responde con voz algo más suave, como si quisiera tranquilizar a un niño pequeño.
—No lo tengo. Pero me preocupa. Y también me preocupa Guerrero. —Mi padre arquea las cejas de nuevo, para indicarme que me explique—. Tiene tantas ganas de unirse a vuestro grupo que me temo que haga cualquier tontería.
—No le dejes. Tienes que vigilar a tu hermano.
—Claro —asiento—. Los humanos del bosque… ¿vais a atacarlos?
—Estamos organizando una defensa. Les dejaremos tranquilos siempre que no se acerquen demasiado a nuestro asentamiento.
Frunzo el ceño y recuerdo sus risas, sus bromas, esa interacción tan relajada que me recordaba a la de nuestro propio pueblo. No parecían tan distintos. Ojalá no quisieran matarnos. Y no puedo evitar recordar al chico de ojos oscuros. Mael, así le llamaron sus compañeros. No son sus rasgos lo que se me ha grabado a fuego, es su expresión, tan contenida y tan profunda. Sus labios formaban una línea tensa y me pregunto qué palabras contenían. Cómo suena su voz. Muevo los dedos sobre las cicatrices viejas de mis rodillas.
Me gustaría confesarle a mi padre lo que pasó, lo que ese desconocido hizo por mí. Me gustaría pedirle que, si llega el momento, le dejen marchar como él hizo conmigo. Supongo que se puede estar en deuda con un enemigo.
Pero no soy capaz de contarlo sin delatarme.
Mi padre se cruza de brazos y gira la cabeza para mirar al bosque con tanta concentración que, si no supiera que lo hace para evitar mirarme, pensaría que espera ver a un ejército humano aparecer en cualquier momento.
Hace mucho tiempo que no pasamos un rato a solas. El último que recuerdo es en la tumba de mamá, antes de tener que abandonar ese lugar por los hombres que no dejaban de atacarnos. Los dos nos sentíamos tan culpables de abandonarla allí, bajo los sauces, que no pudimos decir palabra. Creo que no hemos vuelto a hablar de verdad desde entonces. A veces pienso que, cuando ella murió, también perdí a mi padre. Pero supongo que no es cierto, que hace mucho más tiempo de eso. Nunca podrá estar orgulloso de mí, nunca seré la licántropa fuerte que esperaba. Le defraudé desde el momento que vine al mundo y por mucho que me esfuerce no soy capaz de arreglar eso. Estiro las piernas y entrelazo los dedos, con la cabeza baja.
—Ojalá, algún día, puedas estar orgulloso de mí —suspiro.
Frunce el ceño. Retuerzo mis dedos. No había ninguna necesidad de volver la noche más incómoda. Me limpio la tierra de los tobillos para centrarme en algo y que sea más fácil ignorar cómo busca, sin éxito, una forma de consolarme. No puede decir que lo está sin que sus palabras suenen a mentira. Así que me levanto y le lanzo una sonrisa forzada antes de entrar en la tienda.
—Que descanses bien, padre.
Hay un «te quiero» que vacila sobre la lengua, pero me giro y lo sujeto contra el paladar. Quiero decirlo un día que no tenga un sabor amargo. Un día que el recuerdo de mi madre se sienta como un abrazo y no como una cicatriz abierta.
Capítulo 2
DOY UNA VUELTA MÁS EN EL JERGÓN ANTES DE DAR LA BATALLA POR PERDIDA E INCORPORARME CON UN SUSPIRO. He tenido un sueño confuso. Volvía a estar en el valle, y espiaba a los humanos, pero Mael no estaba con ellos. En el sueño, la preocupación por él era peor que la picadura de una serpiente. Si algo le había pasado, si mi tribu le había hecho daño, era culpa mía por no poder evitarlo. Me giré, sobresaltada, para encontrarle detrás de mí. Los labios cerrados, los ojos negros, el arco en las manos esta vez apuntaba a mi corazón.
No le dije que se detuviera.
—Háblame —pedí.
Desperté con un sobresalto cuando la flecha atravesó el aire y mi carne.
Arrastro los dedos sobre los párpados antes de enterrarlos en el pelo, como si así pudiera deshacerme del cansancio. No logré volver a conciliar un sueño tranquilo y apenas he descansado unas horas en toda la noche. ¿Por qué me dolía más su silencio que la herida? ¿Por qué, en el sueño, tenía tantas ganas de verle?
Dejo escapar un suspiro y me incorporo. No tengo que darle más importancia. Hay ancianos que dicen que, estando dormidos, los deseos se liberan y se materializan en nuestra mente, pero no creo que haya que darle más importancia de la que tiene. Los sueños son un reino de caos, nada más que eso. Y si estoy inquieta es porque tengo motivos reales para estarlo.
El grupo de los guerreros se ha ido pronto, en cuanto los primeros rayos de sol iluminaron el horizonte. Me desvelé cuando mi padre dejó la tienda. Se quedó un rato quieto en la entrada. No sé si organizaba sus planes o se despedía de nosotros, por si algo saliese mal. O si le pedía al espíritu de mi madre que nos cuidase mientras él se encargaba de alejar al enemigo.
No he vivido una época de paz duradera, ni una calma larga de las que hablan los ancianos, de esas que dicen que se termina haciendo tan tediosa como una tarde pesada de verano. Mi hermano se mueve en sueños, y me acerco a él para arroparle mejor con esa manta de pieles que se le empieza a quedar pequeña, como toda su ropa. Guerrero murmura en sueños algo ininteligible. Es curioso que me parezca soportable pasar la vida entera huyendo cada vez que los humanos se empeñan en darnos caza, pero me crispe de rabia al pensar que mi hermano tampoco va a conocer la paz. Me preocupa su impaciencia, su energía y la inconsciencia tan típica de los cachorros que empiezan a dejar de serlo.
Los pájaros trinan desde el bosque y le paso la mano por los hombros:
—Eh, dormilón. Hay que preparar el pan y afilar las armas. ¿O quieres escaquearte de nuevo?
Gime y se revuelve sin lograr despegar los párpados. Su cara es aún infantil en ese cuerpo que crece a trompicones y empieza a dejar de serlo. Me río entre dientes y le acaricio el pelo, apiadándome de él y dejando que duerma un rato más. No hay prisa. De momento no nos vamos a ir a ninguna parte.
Paso Nevado está ya en marcha cuando salgo. La anciana tiene un aura de solemnidad que va
