Hermano lobo (Crónicas de la Prehistoria 1)

Michelle Paver

Fragmento

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01.tif

Torak se despertó sobresaltado, pues no había pretendido quedarse dormido.

El fuego estaba casi apagado. El chico se puso en cuclillas en el frágil arco de luz y miró fijamente la negrura del Bosque que se cernía sobre él. No se veía nada. No se oía nada. ¿Habría vuelto? ¿Estaría ahí, observándolo con ojos ardientes y asesinos?

Notaba el estómago vacío y estaba helado. Se daba cuenta de que necesitaba desesperadamente comer algo, de que le dolía el brazo y tenía los ojos irritados de puro cansancio, pero en realidad no sentía nada de eso. Había montado guardia ante los restos del refugio de ramas de abeto rojo toda la noche, viendo sangrar a su padre. ¿Cómo podía estar pasando algo así?

El día anterior —tan sólo el día anterior— habían acampado durante el anochecer azulado del otoño. Torak había bromeado, y su padre se había reído. Pero entonces el Bosque se estremeció. Los cuervos graznaron. Los árboles crujieron. Y de la oscuridad bajo los árboles surgió una oscuridad más profunda aún: una gigantesca y arra­sadora amenaza en forma de oso.

De pronto se les echó encima la muerte. Un frenesí de garras. Un estruendo tan espantoso que hacía sangrar los oídos. En un abrir y cerrar de ojos, aquella bestia había hecho añicos el refugio. En un abrir y cerrar de ojos, había desgarrado un costado de su padre dejándole una herida en carne viva. Luego había desaparecido y se había fundido con el Bosque tan silenciosamente como la niebla.

Pero ¿qué clase de oso acechaba a un hombre para desvanecerse sin terminar la matanza? ¿Qué clase de oso jugaba con su presa?

¿Y dónde estaba ahora?

Torak no veía nada más allá de la luz del fuego, pero estaba seguro de que el claro era también un caos de arbustos y helechos aplastados. Olía a sangre de pino y a tierra arañada, y oyó el dulce y triste burbujear del arroyo a treinta pasos de él. El oso podía estar en cualquier parte.

Su padre gimió junto a él. Abrió lentamente los ojos y miró a su hijo sin reconocerlo.

A Torak se le encogió el corazón.

—So... so... soy yo —tartamudeó—. ¿Cómo te encuentras?

El dolor convulsionó el moreno y delgado rostro de su padre, cuyas mejillas tenían un matiz grisáceo que hacía resaltar el color morado de los tatuajes del clan. El sudor le apelmazaba el largo cabello oscuro.

La herida era tan profunda que, cuando Torak se la restañó torpemente con musgo de los árboles, vio brillar las entrañas de su padre bajo la luz del fuego y tuvo que apretar los dientes para no vomitar. Confió en que Pa no se hubiese dado cuenta, pero por supuesto lo había notado. Pa era un cazador. Se daba cuenta de todo.

—Torak… —jadeó. Tendió una mano y los ardientes dedos se aferraron a los del muchacho con la ansiedad de una criatura. Torak tragó saliva. Eran los hijos quienes aferraban las manos de sus padres, no al revés.

Trató de ser práctico, de ser un hombre en lugar de un chico.

—Aún me quedan algunas hojas de milenrama —dijo tanteando en busca de la bolsa de los remedios curativos con la mano libre—. Quizá eso detenga la…

—Quédatela. Tú también estás sangrando.

—No me duele —mintió Torak. El oso lo había arrojado contra un abedul, y tenía las costillas doloridas y un tajo en el antebrazo izquierdo.

—Torak… vete. Ahora. Antes de que vuelva. —Torak se quedó mirándolo. Abrió la boca, pero no emitió sonido alguno—. Tienes que irte —insistió su padre.

—No. No, no puedo.

—Torak… Me estoy muriendo. Habré muerto cuando salga el sol.

Torak aferró la bolsa de los remedios. Sentía un estruendo en los oídos.

—Pa…

—Dame… lo que necesito para el Viaje a la Muerte. Luego coge tus cosas.

El Viaje a la Muerte. No. No.

Pero el rostro de su padre era severo.

—Mi arco —pidió—. Tres flechas. Tú… quédate con lo demás. Donde yo voy… la caza es fácil.

Había un desgarrón en las calzas de ante de Torak a la altura de la rodilla. Se clavó la uña del pulgar en el muslo. Le dolió. Y se esforzó en concentrarse en su propio dolor.

—La comida —jadeó su padre—. La carne seca. Quédatela tú… toda.

La rodilla de Torak había empezado a sangrar, pero siguió clavándose la uña. Trató de no imaginar a su padre en el Viaje a la Muerte. Trató de no imaginarse solo en el Bosque. Solamente tenía doce veranos. No podría sobrevivir por sí mismo. No sabía cómo lo lograría.

—¡Torak! ¡Vamos!

Parpadeando furiosamente, Torak alcanzó las armas de su padre y las colocó a su lado. Separó las flechas y se pinchó los dedos con las afiladas puntas de sílex. Entonces se echó al hombro el arco y el carcaj, y escarbó en los restos del refugio en busca de su pequeña hacha de basalto. Como su fardo de madera de avellano había quedado destrozado en el ataque, tendría que embutirse sus cosas en el jubón o atárselas al cinto.

A continuación, agarró el saco para dormir de piel de reno.

—Llévate el mío —dijo su padre—. Nunca llegaste a… reparar el tuyo. Y cambiémonos los cuchillos.

Torak se horrorizó.

—¡Tu cuchillo no! ¡Lo necesitarás!

—Tú lo necesitarás más que yo. Y… estará bien que me lleve algo tuyo en el Viaje a la Muerte.

—Pa, por favor. No…

En el Bosque, una ramita se quebró.

Torak se volvió en redondo.

La oscuridad era absoluta. Allí donde miraba, las sombras tenían forma de oso.

No soplaba el viento.

Los pájaros no cantaban.

Tan sólo se oía el restallar del fuego y el retumbar del corazón de Torak. Hasta el Bosque contenía el aliento.

—Aún no está aquí —dijo el padre después de lamerse el sudor de los labios—. Pronto. Pronto vendrá por mí… Rápido. Los cuchillos.

Torak no quería intercambiar los cuchillos porque eso significaba que todo había acabado. Pero su padre lo estaba mirando con una intensidad que no permitía una negativa.

Apretando las mandíbulas con tanta fuerza que le dolieron, Torak sacó su propio cuchillo y se lo puso en la mano a Pa. Luego desató la funda de ante del cinturón de su padre. El cuchillo de Pa era hermoso y mortífero: tenía la hoja de pizarra ribeteada de azul y en forma de hoja de sauce, y el mango de asta de ciervo estaba forrado de tendón de alce para sujetarlo mejor. Al contemplarlo, Torak cayó en la cuenta de la verdad: se estaba preparando para una vida sin Pa.

—¡No pienso dejarte! —exclamó—. Lucharé…

—¡No! ¡Nadie puede luchar contra este oso! —Unos cuervos levantaron el vuelo desde los árboles. Torak contuvo el aliento—. Escúchame —siseó el padre—. Un oso, cualquier oso, es el cazador más fuerte en el Bosque. Ya lo sabes. Pero este oso… es mucho más fuerte.

Torak sintió que se le erizaban los pelos de los brazos. Al dirigir la mirada hacia los ojos de su padre, vio en ellos unas minúsculas venas escarlatas, y en las pupilas, una oscuridad insondable.

—¿Qué quieres decir? —susurró—. ¿Qué…?

—Está… poseído. —Su padre tenía el rostro sombrío. Ya no parecía Pa—. Algún… demonio… del Otro Mundo… ha entrado en él y lo ha vuelto malvado.

Una brasa chisporroteó, y los árboles se inclinaron un poco más para escuchar.

—¿Un demonio? —preguntó Torak.

Su padre cerró los ojos, en un intento de reunir fuerzas.

—Vive sólo para matar —dijo al fin—. Cada vez que mata… su poder aumenta. Lo destrozará… todo: las presas, los clanes. Todo morirá. El Bosque morirá… —Se interrumpió—. Dentro de una luna… será demasiado tarde. El demonio será… demasiado fuerte.

—¿Una luna? Pero ¿qué…?

—¡Piensa, Torak! Cuando el ojo rojo está en lo más alto en el cielo nocturno es cuando los demonios son más poderosos. Tú ya lo sabes. Entonces el oso será… invencible. —Tuvo que esforzarse mucho en respirar. A la luz del fuego, Torak vio latir muy débil el pulso en el cuello de su padre, como si fuera a detenerse en cualquier momento. Pa añadió— : Necesito… que me jures algo.

—Lo que sea.

Pa tragó saliva.

—Dirígete al norte, a muchos días de camino. Encuentra… la Montaña… del Espíritu del Mundo.

—¿Qué? —Torak se quedó mirándolo.

Su padre abrió los ojos y observó fijamente las elevadas ramas, como si viera cosas en ellas que nadie más fuera capaz de ver.

—Encuéntrala —repitió—. Es la única esperanza.

—Pero… nadie la ha hallado jamás. Nadie puede hacerlo.

—Tú puedes.

—¿Cómo? Yo no…

—Tu guía… te encontrará.

Torak estaba desconcertado. Su padre nunca le había hablado de esa forma. Era un hombre práctico, un cazador.

—¡No entiendo nada! —exclamó—. ¿Qué guía? ¿Por qué debo encontrar la Montaña? ¿Estaré a salvo allí? ¿Es eso? ¿A salvo del oso?

Muy despacio, la mirada de Pa se apartó del cielo para fijarse en la cara de su hijo. Parecía que se preguntaba cuánto más podría asumir Torak.

—¡Ah, eres demasiado joven! —dijo—. Pensé que dispondría de más tiempo. Hay tantas cosas que no te he contado, pero no… no me odies más adelante por ello.

Torak lo miró horrorizado. Luego se puso en pie de un salto.

—No puedo hacerlo yo solo. Debería tratar de encontrar a…

—¡No! —repuso su padre con una fuerza asombrosa—. Te he mantenido apartado toda tu vida, incluso… de nuestro propio Clan del Lobo. ¡Permanece alejado de los hombres! Si ellos descubren… lo que puedes hacer…

—¿Qué quieres decir? Yo no…

—No queda tiempo —lo interrumpió su padre—. Ahora júralo sobre mi cuchillo. Jura que encontrarás la Montaña, o que morirás en el intento.

Torak se mordió el labio con fuerza. A través de los árboles, desde el este, empezaba a llegarles una luz grisácea.

«Todavía no —se dijo, presa del pánico—. Por favor, todavía no.»

—Júralo —siseó el padre.

Torak se arrodilló y cogió el cuchillo. Pesaba mucho; era un cuchillo de hombre, demasiado grande para él. Con torpeza, tocó con la hoja la herida de su antebrazo. Luego se lo llevó al hombro, donde tenía cosida al jubón una tira de pelaje de lobo, el animal de su clan, y pronunció el juramento con voz insegura.

—Juro, por mi sangre en esta hoja y por cada una de mis tres almas, que encontraré la Montaña del Espíritu del Mundo, o moriré en el intento.

—Bien. Bien —suspiró Pa—. Ahora, ponme las Marcas de la Muerte. Date prisa. El oso… no está lejos.

Torak sintió el escozor salado de las lágrimas. Se las enjugó, furioso.

—No me queda ocre —musitó.

—Coge… el mío.

Sin apenas ver nada, Torak encontró el pequeño cuerno para los remedios curativos hecho con una púa de cornamenta, que había sido de su madre, arrancó el tapón de roble negro y se vertió un poco de ocre rojizo en la palma de la mano. De pronto se detuvo.

—No puedo.

—Sí puedes. Hazlo por mí.

Torak escupió en la palma, amasó una pasta pegajosa con el ocre y trazó pequeños círculos en la piel de su padre que ayudarían a las almas a reconocerse unas a otras y a permanecer unidas después de la muerte.

En primer lugar, con toda la suavidad que pudo, le quitó a su padre las botas de piel de castor y dibujó un círculo en cada talón para marcar el alma del nombre. Después trazó otro círculo sobre el corazón para marcar el alma del clan, aunque no le resultó fácil, pues su padre tenía en el pecho una vieja cicatriz, de manera que Torak sólo consiguió dibujar un óvalo torcido. Confió en que fuera suficiente.

Finalmente, hizo la marca más importante de todas: un círculo en la frente para señalar el Nanuak, el alma del mundo. Cuando acabó, estaba tragándose las lágrimas.

—Así está mejor —murmuró su padre. Pero Torak sintió una punzada de terror al ver que el pulso latía más débil todavía en el cuello de Pa.

—¡No puedes morirte! —soltó. Su padre le dirigió una mirada de dolor y de anhelo—. Pa, no pienso dejarte; yo…

—Torak, has hecho un juramento. —Volvió a cerrar los ojos—. Vamos. Quédate tú… con el cuerno. Yo ya no lo necesito. Recoge tus cosas y tráeme agua del río. Después… vete.

«No voy a llorar», se dijo Torak mientras enrollaba el saco para dormir de su padre y se lo ataba a la espalda, se enfundaba el hacha en el cinturón y se embutía la bolsa de los remedios en el jubón.

Se puso en pie y miró alrededor en busca del odre de agua. Estaba hecho jirones, así que tendría que traer agua en una hoja de acedera. Estaba a punto de marcharse cuando su padre lo llamó con un murmullo. Torak se dio la vuelta.

—¿Qué, Pa?

—Acuérdate. Cuando estés cazando, mira detrás de ti. Siempre… te lo digo. —Se esforzó en sonreír—. Tú siempre te… olvidas. Mira detrás de ti, ¿de acuerdo?

Torak asintió con la cabeza e intentó devolverle la sonrisa. Entonces se alejó hacia el arroyo dando traspiés por entre los húmedos helechos.

Cada vez había más luz, y el olor del aire era fresco y dulce. Junto a él los árboles sangraban: de los tajos que les había infligido el oso manaba la sangre dorada de los pinos, al tiempo que algunos espíritus de los árboles gemían muy suavemente en la brisa del amanecer.

Torak llegó al riachuelo, donde la niebla flotaba sobre los helechos, y los sauces se mojaban los dedos en la fría agua. Tras mirar rápidamente alrededor, arrancó una hoja de acedera y avanzó hacia el arroyo, mientras las botas se le hundían en el blando barro rojizo.

Se quedó inmóvil.

Junto a su bota derecha había una huella de oso: la de una zarpa delantera. Era el doble de grande que la cabeza de Torak, y tan reciente que se veía hasta dónde habían penetrado las largas y feroces garras.

«Mira detrás de ti, Torak.»

Se giró.

Sauces. Alisos. Abetos.

Ni rastro del oso.

Un cuervo se posó en una rama cercana y Torak dio un brinco. El pájaro plegó las tiesas alas negras y le clavó un ojo redondo y brillante como una gota de agua. Luego ladeó la cabeza, emitió un único graznido y levantó el vuelo.

Torak miró fijamente en la dirección que parecía que el ave había indicado.

Oscuros tejos. Abetos rojos de los que goteaba agua. Densos. Impenetrables.

Pero un poco más allá, a no más de diez pasos de donde él estaba, las ramas se agitaron. Había algo ahí. Algo gigantesco.

Torak trató de impedir que sus horrorizados pensamientos se le escaparan, pero la mente se le había quedado en blanco.

«El problema con un oso —decía siempre su padre— es que es capaz de moverse tan silenciosamente como el aliento. Podría estar mirándote a diez pasos de distancia, y tú ni siquiera te darías cuenta. No hay defensa posible contra un oso. No puedes correr más rápido que él, ni trepar más alto, ni luchar tú solo contra él. Lo único que puedes hacer es aprender sus costumbres y procurar convencerlo de que no eres ni una amenaza ni una presa.»

Torak se esforzó por permanecer inmóvil.

«No corras —se dijo—. No corras. A lo mejor no sabe que estás aquí.»

Se oyó un siseo. De nuevo las ramas se agitaron.

A continuación oyó unos susurros furtivos cuando la criatura se dirigió hacia el refugio, hacia su padre. Esperó en absoluto silencio hasta que hubo desaparecido.

«¡Cobarde! —chilló una voz en su cabeza—. ¡Dejas que se vaya sin intentar siquiera salvar a Pa!»

«Pero ¿qué podías hacer? —le dijo la pequeña parte de la mente todavía capaz de pensar como era debido—. Pa sabía que esto iba a ocurrir. Por eso te ha enviado a buscar agua. Sabía que iría por él…»

—¡Torak! —le llegó el grito desesperado de su padre—. ¡Corre!

Los cuervos graznaban entre los árboles. Un rugido sacudió el Bosque y se prolongó más y más hasta que Torak sintió la cabeza a punto de estallar.

—¡Pa! —gritó.

—¡Corre!

De nuevo se estremeció el Bosque. De nuevo le llegó el grito de su padre. Entonces, de pronto, el grito se interrumpió.

Torak se llevó un puño a la boca.

A través de los árboles vislumbró una gran sombra oscura en los restos del refugio.

Torak se dio la vuelta y echó a correr.

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Torak corría a trompicones entre las ramas de los alisos y se hundía hasta la rodilla en los tremedales. Los abedules susurraban a su paso, y él les rogó en silencio que no delataran su presencia al oso.

Le ardía la herida del brazo, y con cada aliento las costillas magulladas le provocaban un dolor terrible, pero no se atrevía a parar. El Bosque estaba lleno de ojos. Se imaginó al oso yendo en su busca y continuó corriendo.

Asustó a un jabalí joven que escarbaba en busca de castañuelas y murmuró entre dientes una rápida disculpa para prevenir un ataque. El jabalí soltó un bufido malhumorado, lo dejó pasar y siguió buscando tubérculos.

Un glotón le gruñó que no se acercara, y Torak le devolvió el gruñido con toda la ferocidad que pudo, pues lo único que escuchan los glotones son las amenazas. El animal se convenció de que aquélla iba en serio y desapareció hacia lo alto de un árbol.

Por el este, el cielo tenía un tono gris lobuno. En ese momento bramó un trueno. Bajo la luz de la tormenta, los árboles lucían un verde resplandeciente.

«Lluvia en las montañas —pensó Torak, medio atontado—. ¡Cuidado con las riadas!»

Se esforzó por pensar en esa posibilidad y apartar de sí el terror, pero no dio resultado, y siguió corriendo.

Al final tuvo que detenerse para recobrar el aliento, y se dejó caer contra el tronco de un roble. Cuando levantó la cabeza para observar las hojas verdes que se agitaban, el árbol murmuró secretos para sí e ignoró la presencia de Torak.

Por primera vez en la vida estaba completamente solo y ya no se sentía parte del Bosque. Era como si su alma del mundo hubiese roto los lazos con todos los demás seres vivos: árbol y pájaro, cazador y presa, río y roca. Nada en el mundo sabía cómo se sentía Torak. Nada quería saberlo.

El dolor en el brazo lo arrancó de sus pensamientos. De la bolsa de los remedios curativos sacó la última tira de albura que le quedaba y se vendó toscamente la herida con ella. Luego se apartó del árbol y miró alrededor.

Torak había crecido en esa parte del Bosque. Cada ladera, cada claro le resultaba familiar. En el valle hacia el oeste se hallaba el Río Rojo, poco profundo para las canoas, pero lleno de buena pesca en primavera, cuando el salmón remontaba el río desde el mar. Hacia el este, hasta llegar al límite del Bosque Profundo, se extendían los amplios bosques soleados donde las presas engordaban durante el otoño y había gran cantidad de bayas y frutos secos. Hacia el sur se hallaban los páramos donde los renos comían musgo en invierno.

Pa decía que lo mejor de esa parte del Bosque era que apenas había gente. Muy de vez en cuando un grupo del Clan del Sauce llegaba del oeste por el mar, o del Clan de la Víbora desde el sur, pero nunca se quedaban mucho tiempo. Tan sólo pasaban de camino a otro sitio y cazaban libremente, como hacía todo el mundo en el Bosque, sin percatarse de que Torak y Pa cazaban allí también.

Torak nunca se había cuestionado esa situación. Siempre había vivido así: a solas con Pa, apartado de los clanes. Ahora, sin embargo, ansiaba ver gente. Quiso gritar, chillar pidiendo ayuda.

Pero Pa le había advertido que permaneciera alejado de la gente.

Además, si gritaba podía atraer al oso.

El oso...

Sintió que el pánico le oprimía la garganta. Tragó saliva para controlarlo. Inspiró profundamente y echó a correr de nuevo, a un ritmo más constante en esta ocasión, y se dirigió hacia el norte.

Mientras corría, iba detectando indicios de presas: huellas de alce, excrementos de uro, el sonido de un caballo de bosque moviéndose entre los helechos... El oso no los había asustado. Al menos aún no.

Así pues, ¿se habría equivocado su padre? ¿Le habría fallado la cabeza al final?

—¡Tu padre está loco! —habían dicho los niños burlándose de Torak cinco años antes, cuando él y Pa habían viajado hasta la costa para la reunión anual del clan. Era la primera vez que Torak asistía a una reunión del clan, y había sido un desastre. Pa no lo había llevado nunca más.

—Dicen que se tragó el aliento de un fantasma —habían dicho con desprecio los niños—. Por eso abandonó su clan y vive solo.

Torak, a sus siete años, se había puesto furioso. Se habría enfrentado a todos ellos de no haber aparecido su padre para sacarlo de allí.

—Torak, no les hagas caso —había dicho Pa riendo—. No saben lo que dicen.

Había tenido razón, por supuesto.

Pero ¿tenía razón en lo del oso?

Camino adelante, los árboles daban paso a un claro. Torak salió a tropezones al sol… y sintió el golpe de un espantoso olor a podrido.

Dio un traspié y se detuvo.

Los caballos de bosque yacían donde el oso los había arrojado como si fueran juguetes rotos. Ningún carroñero se había atrevido a alimentarse de ellos, y ni siquiera las mos­cas los tocaban.

No se parecían a ninguna víctima de oso que Torak hubiese visto hasta entonces. Cuando un oso normal se alimenta, arranca la piel a su presa y le devora las tripas y los cuartos traseros, y se lleva el resto para comérselo más tarde. Como cualquier cazador, no desperdicia nada. Pero ese oso no había arrancado más que un único bocado de cada animal muerto. No había matado por hambre. Había matado para divertirse.

A los pies de Torak yacía un potrillo muerto, todavía con una costra de arcilla del río en los pequeños cascos, de la última vez que había ido a beber. Torak sintió náuseas. ¿Qué clase de criatura mata a una manada entera? ¿Qué clase de criatura mata por placer?

Se acordó de los ojos del oso, vislumbrados durante un atroz instante. Jamás había visto unos ojos así: en ellos no había más que rabia y odio hacia todo ser viviente. El caos ardiente y turbulento del Otro Mundo.

¡Pues claro que su padre tenía razón! Ese animal no era un oso. Era un demonio. Y mataría y mataría hasta que el Bosque estuviera muerto.

«Nadie puede luchar contra este oso», había dicho su padre. ¿ Significaba eso que el Bosque estaba condenado? ¿Y por qué él, Torak, tenía que encontrar la Montaña del Espíritu del Mundo, la Montaña que nadie había visto jamás?

La voz de su padre le resonó en la mente:

«Tu guía te encontrará.»

¿Cómo? ¿Cuándo?

Torak salió del claro para volver a hundirse en las sombras bajo los árboles, y echó a correr de nuevo.

Corrió durante una eternidad. Corrió hasta que ya no sintió las piernas. Pero al final llegó a una larga pendiente boscosa y tuvo que detenerse, doblado en dos y respirando agitadamente.

De pronto sintió un hambre voraz. Hurgó en la bolsa de comida y soltó un bufido de indignación. Estaba vacía. Demasiado tarde, recordó los pulcros atados de carne de ciervo seca, olvidados en el refugio.

¡Qué tonto eres, Torak! ¡Mira que echarlo todo a perder en tu primer día solo!

Solo.

No era posible. ¿Cómo podía haberse ido Pa, y para siempre?

Gradualmente captó un sonido, como un maullido débil, procedente del otro lado de la colina.

El sonido se repitió. Algún animal joven que llamaba a su madre.

A Torak le dio un vuelco el corazón. ¡Oh, gracias al Espíritu! Una presa fácil. El vientre se le puso tenso al pensar en carne fresca. No le importaba lo que fuera, pues tenía tanta hambre que se comería un murciélago.

Torak se echó al suelo y reptó a través de los abedules hasta lo alto de la colina.

Miró hacia abajo, hacia un angosto barranco a través del cual fluía una veloz corriente de agua. La reconoció: era el Río Rápido. Más hacia el oeste, él y Pa solían acampar en verano para recoger corteza de tilo con que hacer cuerdas, pero esa parte no le resultaba familiar. Entonces comprendió por qué.

Una riada procedente de la ladera había dejado un caos de maleza y arbolillos arrancados. También había destrozado una guarida de lobos al otro lado del barranco. Allí, bajo una gran roca roja y lisa con forma de uro dormido, yacían dos lobos ahogados que semejaban dos pieles empapadas, mientras que tres lobeznos muertos flotaban en un charco.

El cuarto estaba sentado junto a ellos, temblando.

El lobezno parecía tener unos tres meses. Estaba flaco y mojado, y se quejaba suavemente con un lloriqueo continuo y apenas audible.

Torak parpadeó. Sin previo aviso, el sonido le había hecho aparecer en la mente una visión asombrosa: pelaje negro; una cálida penumbra; leche rica y grasa; la madre que lo lamía para limpiarlo; arañazos de minúsculas garras y leves empujones de unos hocicos, pequeños y fríos, de suaves y esponjosos cachorros que le pasaban por encima a él, el lo­bezno más reciente de la camada.

La visión fue tan vívida como un relámpago. ¿Qué significaba?

Apretó fuertemente con una mano el mango del cuchillo de su padre.

«No importa qué signifique —se dijo—. Las visiones no van a mantenerte con vida. Si no te comes a ese lobezno, estarás demasiado débil para cazar. Y te está permitido matar a la criatura de tu clan para no morirte de hambre. Ya lo sabes.»

El lobezno levantó la cabeza y profirió un aullido de desconcierto.

Torak lo escuchó… y entendió su significado.

De algún extraño modo, que le pareció indescifrable, reconoció los agudos y temblorosos sonidos porque la mente de Torak conocía sus formas. Las recordaba.

«No puede ser», se dijo.

Escuchó los aullidos del lobezno y sintió que le penetraban en la mente.

« ¿Por qué no jugáis conmigo? —preguntaba el lobezno a su camada muerta—. ¿Qué os he hecho?»

Lo repetía una y otra vez. Mientras Torak escuchaba, algo se despertó en él. Se le tensaron los músculos del cuello, y en lo más hondo de la garganta notó que empezaba a formarse una respuesta. Pero luchó contra el urgente deseo de echar la cabeza hacia atrás y aullar.

¿Qué estaba ocurriendo? Ya no se sentía Torak. No se sentía un chico, ni hijo, ni miembro del Clan del Lobo; o al menos no se sentía sólo esas cosas. Una parte de él era lobo.

Se levantó una brisa que le heló la piel.

En el mismo momento, el lobezno dejó de aullar y se dio la vuelta para mirar en dirección a él. Tenía la mirada extraviada, pero había levantado las largas orejas y olisqueaba el aire. Lo había olido.

Torak miró al pequeño y ansioso animal y se mostró inflexible.

Sacó el cuchillo del cinturón y empezó a descender la ladera.

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El lobezno no entendía en absoluto qué estaba pasando.

Se hallaba explorando la cuesta que había sobre la Guarida cuando había llegado rugiendo el Agua Rápida, y ahora su madre, su padre y sus hermanos de camada estaban tendidos en el barro, ¡y no le hacían caso!

Mucho antes de que llegara la Luz había estado empujándolos con el hocico y mordiéndoles la cola, pero seguían sin moverse. No hacían ruido y olían raro: olían a presa. Pero no era el olor a la presa que huye, sino a la del No Aliento, la presa que se come.

El lobezno tenía frío y estaba mojado y muy hambriento. Había lamido muchas veces el

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