1

La hembra de uro apareció de pronto entre los árboles al otro lado del río.
Un instante antes, Torak estaba contemplando los sauces moteados de sol, y de repente ahí estaba el animal. Era más alto que el más alto de los hombres y sus grandes cuernos curvos podrían ensartar un oso. Si cargaba contra él, Torak estaría en un aprieto.
Por desgracia, el viento llevaba su olor directamente hacia el uro. Torak contuvo la respiración al verlo arrugar el negro hocico y olisquear. El animal soltó un bufido y rascó la tierra con una pezuña enorme.
Fue entonces cuando Torak vio al ternero entre los helechos, y se le revolvió el estómago. Los uros son criaturas mansas, excepto cuando tienen terneros. Sin hacer ruido, retrocedió hacia las sombras. Si no la asustaba, quizá no le atacaría.
La hembra de uro volvió a resoplar y revolvió los helechos con sus cuernos. Al cabo de unos instantes, pareció comprender que Torak no le estaba dando caza y se tumbó en el lodo para revolcarse.
Torak exhaló un profundo suspiro.
El ternero se acercó tambaleante a su madre, resbaló, soltó un balido y se cayó. La madre levantó la cabeza y lo ayudó a ponerse en pie con el hocico; luego volvió a tenderse en el lodazal.
Agazapado tras un matorral de enebro, Torak se preguntó qué hacer. Fin-Kedinn, el líder del clan, lo había mandado en busca de un haz de corteza de sauce que habían dejado en remojo en el río; no quería volver al campamento sin él, pero tampoco quería que lo aplastara un uro.
Decidió esperar a que el animal se marchara.
Era un día caluroso de los inicios de la Luna Sin Penumbra, y el Bosque estaba amodorrado de sol. Los cantos de los pájaros resonaban entre los árboles; una brisa cálida del sureste traía el dulzor de la tila. Al cabo de un rato Torak se sosegó del todo. Oyó a unos jóvenes verderones disputarse a chillidos la comida en un avellano. Observó una serpiente que tomaba el sol en una roca. Trató de concentrar sus pensamientos en eso pero, como le sucedía con tanta frecuencia, divagaron hacia Lobo.
Lobo sería para entonces casi adulto, aunque apenas era un lobezno cuando Torak lo había conocido; un lobezno que tropezaba sobre sus patas y siempre quería que Torak le diera bayas de arrayán...
«No pienses en Lobo —se dijo con firmeza—. Se ha ido. Jamás volverá. Piensa en el uro, o en la serpiente, o...»
En ese momento vio al cazador.
Estaba en la misma ribera que él, a veinte pasos río abajo, pero a salvo del olfato del uro. Las sombras eran demasiado densas para distinguirle el rostro, pero Torak comprobó que, al igual que él, llevaba un jubón de gamuza sin mangas y calzas hasta la rodilla, con unas botas ligeras de pellejo sin curtir. A diferencia de Torak, lucía un colmillo de jabalí en una correa en torno al cuello. Era del Clan del Jabalí.
Habitualmente eso habría tranquilizado a Torak. Los Jabalíes tenían una relación cordial con el Clan del Cuervo, donde él llevaba viviendo las últimas seis lunas. Pero había algo extraño en aquel cazador. Avanzaba con paso torpe y dando bandazos, la cabeza oscilando de un lado a otro. Y pretendía acechar al uro. Llevaba dos hachas arrojadizas de pizarra en el cinturón y, al tiempo que Torak lo observaba incrédulo, extrajo una para sopesarla.
¿Estaba loco? Ningún hombre luchaba solo contra un uro. Un uro constituía la mayor presa del Bosque, la más fuerte. Atacar a un uro en solitario era buscarse una muerte segura.
La hembra de uro, contenta y despreocupada, profirió un gruñido y se revolcó aún más en el lodo, disfrutando de poder aliviarse de los molestos mosquitos. Por su parte, el ternero olisqueaba unas adelfillas a la espera de que su madre acabara.
Torak se puso en pie y avisó al cazador haciéndole apremiantes señales con la mano: «¡Peligro! ¡Retrocede!»
El cazador no lo vio. Flexionando un brazo musculoso, apuntó y arrojó el hacha. El arma cruzó silbando el aire para caer con un ruido sordo en la tierra a un palmo del ternero, que huyó asustado.
Su madre profirió un bramido de cólera y se incorporó pesadamente, tratando de distinguir al atacante. Pero el cazador se hallaba aún contra el viento y el animal no captó su olor.
Por increíble que pareciera, el hombre se llevó la mano a su segunda hacha.
—¡No! —susurró Torak con voz ronca—. ¡Sólo conseguirás herirla y harás que nos mate a los dos!
Sin hacerle caso, el cazador empuñó el hacha.
Torak pensó con rapidez. Si el hacha alcanzaba su objetivo, no habría forma de detener a la hembra de uro. Pero si la asustaba en lugar de herirla, quizá sólo haría ademán de atacar antes de huir con su ternero. Tenía que apartarla del alcance del hacha, y rápido.
Respirando hondo, empezó a brincar al tiempo que chillaba:
—¡Aquí! ¡Aquí!
Funcionó... en cierto sentido. El animal soltó un bramido de furia y cargó contra Torak, y el hacha fue a caer allí donde se hallaba un instante antes. Torak logró ocultarse tras el tronco de un grueso roble antes de que la bestia lo alcanzase, pero no tenía tiempo de trepar. El uro ya estaba casi encima de él. Lo oyó gruñir al subir por la ribera del río, sintió sus bufidos cada vez más cerca... En el último momento, el animal viró bruscamente, dando coletazos, para internarse en el Bosque con el ternero galopando detrás.
Cuando hubo desaparecido, el silencio fue ensordecedor.
Torak tenía la cara empapada de sudor cuando se apoyó contra el tronco y soltó un suspiro de alivio. El cazador permanecía en pie con la cabeza gacha, meciéndose de un lado a otro.
—¿Qué pretendías? —le recriminó Torak—. ¡Podría habernos matado!
El hombre no contestó. Tambaleándose, cruzó el río para recuperar sus hachas. Luego volvió arrastrando los pies. Torak seguía sin verle la cara, pero distinguió sus miembros musculosos y el cuchillo de pizarra de filo irregular. Si se enzarzaban en una lucha, Torak perdería. No era más que un niño; ni siquiera tenía trece veranos.
De pronto el cazador trastabilló, se apoyó contra un haya y empezó a vomitar.
Torak olvidó sus recelos y acudió en su ayuda.
El hombre estaba a cuatro patas y vomitaba una baba amarillenta. Arqueó la espalda y, tras una arcada convulsiva, escupió algo viscoso y oscuro, del tamaño del puño de un niño. Parecía... parecía pelo.
Una ráfaga de viento movió las ramas y un rayo de luz permitió a Torak verlo con claridad por primera vez.
Aquel hombre se había arrancado puñados de pelo del cuero cabelludo y la barba, dejando retazos de piel en carne viva. Tenía el rostro cubierto de costras color miel, como el cancro de un abedul. La baba le burbujeó en la garganta cuando escupió el resto de pelo. Luego se sentó sobre los talones para rascarse una erupción de ampollas en el antebrazo.
Torak retrocedió un paso y se llevó una mano a la tira de pellejo de lobo que llevaba cosida al jubón, el distintivo de su clan. ¿Qué le ocurría a aquel hombre?
Renn lo sabría. «Las fiebres —le había contado en cierta ocasión— son habituales cuando se acerca el solsticio de verano, porque es entonces cuando los gusanos de la enfermedad tienen más tiempo para trabajar: se arrastran desde los pantanos durante las noches blancas en que el sol nunca duerme.» Pero si se trataba de una fiebre, era distinta de cualquiera que Torak hubiese visto.
Se preguntó qué hacer. Todo lo que tenía era un poco de uña de caballo en su bolsita de medicinas.
—Déjame ayudarte —dijo—. Tengo un poco de... ¡No, no! ¡Para! ¡Te estás haciendo daño!
El hombre seguía rascándose, enseñando los dientes como hace la gente cuando el picor es tan insoportable que prefiere convertirlo directamente en dolor. De pronto hincó las uñas y se ensañó con las ampollas, dejándose un rastro de carne sanguinolenta.
—¡No hagas eso! —chilló Torak.
Con un gruñido, el hombre se abalanzó sobre él y lo inmovilizó.
Torak miró fijamente aquella masa de llagas y costras, aquellos ojos sin brillo y nublados por el pus.
—¡No me hagas daño! —imploró—. ¡Me llamo Torak! Soy del Clan del Lobo y...
El hombre se inclinó aún más hacia él.
—Ya viene... Está cerca —siseó en una vaharada de aliento fétido.
Torak tragó saliva.
—¿El qué?
El rostro ulceroso se contrajo de terror.
—¿Es que no lo ves? —susurró, salpicando a Torak de saliva amarillenta—. ¡Se está acercando! ¡Nos llevará a todos!
Se puso en pie con esfuerzo y, tambaleándose, entrecerró los ojos para protegerse del sol. Entonces, de pronto echó a correr y huyó despavorido entre los árboles, como si todos los demonios del Otro Mundo lo persiguieran.
Torak se incorporó sobre un codo, respirando agitadamente.
Los pájaros habían enmudecido. El Bosque observaba, horrorizado.
Lentamente, Torak se levantó. Sintió que el viento viraba hacia el este, volviéndose gélido. Un estremecimiento recorrió los árboles, que empezaron a murmurar oscuros secretos. Torak deseó saber qué estaban diciendo, aunque sí sabía lo que sentían, pues él sentía lo mismo: algo se alzaba y soplaba a través del Bosque.
«Se está acercando.»
La enfermedad.
Torak corrió en busca del arco y el carcaj. No había tiempo para recuperar la corteza de sauce. Tenía que regresar al campamento y avisar a los Cuervos.
2

—¿Dónde está Fin-Kedinn? —exclamó Torak cuando hubo llegado al campamento de los Cuervos.
—En el valle siguiente —contestó un hombre que limpiaba salmón—, recogiendo cornejo para astiles de flecha.
—¿Y Saeunn? ¿Dónde está la hechicera?
—Echando los huesos —respondió una muchacha que ensartaba cabezas de pescado en un tendón—. Está en la Roca; más te vale esperar a que baje.
Torak rechinó los dientes de pura frustración. En efecto, allí estaba la hechicera de los Cuervos, en lo alto de la Roca del Guardián: una figura menuda y con aspecto de pájaro, contemplando los huesos con rostro ceñudo; junto a ella, el guardián del clan plegó las tiesas alas negras y profirió un áspero graznido.
¿A quién más podía decírselo Torak?
Renn había salido a cazar. A Oslak, cuyo refugio compartía, no se lo veía por ninguna parte. Junto a las humeantes hogueras vio a Sialot y Poi, los jóvenes Cuervos de edades más cercanas a la suya, pero eran los últimos a los que acudiría; no les gustaba porque era un forastero. Todos los demás estaban demasiado ocupados en aprovisionarse de salmón para escuchar un disparatado relato sobre un hombre extrañamente enfermo en el Bosque. Y mientras Torak los observaba, casi empezó a abrigar sus propias dudas. Todo parecía perfectamente normal.
Los Cuervos habían erigido el campamento justo donde el Río Ancho emergía de un umbrío desfiladero, para fluir rugiente ante la Roca y dar paso a los rápidos. Eran los rápidos que los salmones remontaban cada verano en su misterioso viaje desde el mar hasta las montañas. La furia del río los obligaba siempre a dar media vuelta, y siempre volvían a intentarlo, precipitándose a través del espumoso caos en su brillante brincar y retorcerse, hasta que morían de agotamiento o bien alcanzaban las aguas más plácidas, más allá de la garganta, o bien eran ensartados por las lanzas de los Cuervos.
Para apresarlos, el clan sumergía palos en el lecho del río y tendía sobre el mismo una pasarela lo bastante fuerte para sostener varios pescadores armados con lanzas. Era una tarea que exigía destreza, y cualquiera que cayese al agua se arriesgaba a quedar lisiado o algo peor, pues el río era implacable y las rocas que sobresalían de los rápidos estaban tan afiladas como dientes mellados. Sin embargo, la recompensa era grande.
Los refugios de los Cuervos estaban vacíos. Todo el mundo se hallaba en las hogueras, ocupándose de la pesca del día antes de que se echara a perder. Hombres, mujeres y niños raspaban escamas y limpiaban pescado, mientras que otros cortaban tiras de carne anaranjada para separarla de la espina, dejándolas unidas en la cola para luego colgarlas con facilidad sobre los fuegos. Sialot y Poi machacaban bayas de enebro, que más tarde se mezclarían con la carne seca y cortada en tiras para endulzarla o, si era necesario, simplemente para enmascarar su sabor.
No se desperdiciaba nada. Las pieles se curaban para hacer bolsitas de yesca impermeables; de los ojos y los huesos se obtendría cola; los hígados y las huevas constituirían un manjar en la cena, así como una ofrenda para el guardián y los espíritus del salmón.
En todas partes del Bosque otros clanes acampaban junto a otros ríos para participar de semejante recompensa: los clanes del Jabalí, del Sauce, de la Nutria, de la Víbora. Y allí donde la gente no acampaba, acudían otros cazadores: osos, linces, águilas, lobos. Todos celebraban el ascenso del salmón, que les confería nuevas fuerzas tras los rigores del invierno.
Así había sido siempre desde el Inicio. Sin duda, se dijo Torak, un solo hombre enfermo no podía cambiar todo aquello. Entonces recordó el rostro lleno de costras y los ojos empañados por el pus.
En ese momento Oslak salió del refugio y Torak suspiró de alegría. Oslak sabría qué hacer.
Pero, para su asombro, Oslak apenas escuchó su precipitado relato, pues parecía enfrascado en amarrar bien la punta de su lanza de pesca.
—Dices que el hombre era del Clan del Jabalí —dijo con ceño y rascándose el dorso de la mano—. Bueno, pues entonces su hechicera se ocupará de él. Toma. —Le tendió la lanza—. Baja a las piedras planas del río y enséñame cómo pescas un salmón.
Torak se sintió desconcertado.
—Pero, Oslak...
—¡Venga!
El niño dio un respingo. Oslak no solía enfadarse. De hecho, jamás lo hacía. Era un hombre corpulento y amable, de barba enmarañada y rostro un tanto desagradable, pues había perdido una oreja y un trozo de mejilla en un encuentro con un glotón. Era típico de él no culpar al glotón. «Fue culpa mía —decía a quien se lo preguntara—. Le di un buen susto.»
Ése era Oslak. Él y su compañera Vedna habían sido los primeros en acoger a Torak en su refugio cuando éste se había ido a vivir con los Cuervos, y siempre habían sido buenos con él. Pero Oslak era también el hombre más fuerte del clan, por lo que Torak no protestó y aferró la lanza.
Al hacerlo, vio algo que lo hizo detenerse en seco. El dorso de la mano de Oslak estaba cubierto de ampollas.
—¿Qué tienes en la mano? —preguntó.
—Picaduras de mosquito —contestó Oslak, rascándose con vigor—. Las peores que he tenido nunca. No me han dejado dormir en toda la noche.
—No parecen picaduras de mosquito. ¿Te hacen daño?
Oslak seguía rascándose.
—Es extraño. Parece como si se me saliera el alma del nombre. Pero eso no puede ser, ¿verdad? —Con rostro temeroso e infantil, miró a Torak con ojos de miope, como si la luz le dañara.
El niño tragó saliva.
—No creo que puedas perder el alma del nombre a través de una herida; sólo por la boca, si estás soñando, o si estás... enfermo. —Hizo una pausa—. ¿Estás enfermo?
—¿Enfermo yo? ¿Por qué iba a estarlo? —Un escalofrío le recorrió el cuerpo de arriba abajo—. Pero no consigo mantener juntas mis almas.
Torak aferró con más fuerza la lanza.
—Voy a buscar a Saeunn.
Oslak puso mala cara.
—¡No necesito a Saeunn! ¡Lárgate ya! —De repente ya no parecía el mismo Oslak, sino un hombre imponente que se alzaba amenazante sobre Torak, apretando los puños. Entonces pareció recobrar la compostura—. Tan sólo... déjame en paz, ¿eh? Vete ya. Thull está esperando.
—Muy bien, Oslak —dijo Torak con toda la serenidad de que fue capaz.
Estaba a medio camino de la ribera del río cuando se volvió para mirar. Oslak seguía rascándose.
—Se me sale el alma —musitó Oslak, y se volvió para entrar en el refugio.
Torak distinguió la parte en carne viva que le quedaba detrás de la oreja, justo donde se había arrancado el pelo; la gruesa costra de color miel, como cancro de abedul. Un escalofrío le encogió las entrañas. Se apresuró hacia las piedras planas del río, donde el hermano pequeño de Oslak se hallaba en cuclillas limpiando el cuchillo.
—¡Thull! —exclamó—. ¡Creo que Oslak está enfermo!
Su relato brotó en un batiburrillo entrecortado, y Thull no pareció impresionado.
—Torak, no son más que picaduras de mosquito. Le pasa todos los veranos; lo vuelven loco.
—Eso no son mosquitos—repuso Torak.
—Bueno, pues ahora ya está bien —dijo Thull, señalando la pasarela.
En efecto, ahí estaba Oslak, agachado con una lanza en cuyo extremo se retorcía un salmón. Mordiéndose el labio, Torak miró alrededor. Todo parecía perfectamente normal: los niños jugaban con relucientes puñados de escamas de pez; unos cuervos jóvenes y temerarios molestaban a los perros picoteándoles las colas; el hijo de Thull, Dari, de cinco veranos, chapoteaba en el agua poco profunda con el uro que Oslak le había hecho con una piña.
Aún receloso, Torak aferró su lanza y se internó en el río.
Las piedras planas eran cuatro peñascos situados entre la pasarela y los rápidos donde los principiantes aprendían a mantener el equilibrio. Thull señaló la primera piedra, pero Torak avanzó torpemente hasta la cuarta, situándose en plena corriente y por debajo de Oslak. No sabía qué esperaba, sólo que debía vigilar.
—¡Mantén la vista fija en el salmón —exclamó Thull desde la ribera—, no en el agua!
Torak no pudo obedecer. Las piedras estaban resbaladizas de liquen y, en torno a él, las aguas verdosas burbujeaban, con el ocasional destello plateado de un salmón. La lanza, larga y pesada, le hacía difícil mantener el equilibrio. Tenía dos puntas afiladas de asta para agarrar y mantener sujeto el pez (siempre y cuando lograra pescar uno, algo que no había conseguido en sus intentos previos). Cuando vivía con su padre, sólo había pescado con anzuelo y sedal. Con la lanza, tal como Sialot no se cansaba de comentar, era tan patoso como un niño de siete veranos.
Se obligó a concentrarse. Arremetió con la lanza, falló y estuvo a punto de caerse.
—¡Deja que pasen de largo antes de apuntar! —vociferó Thull—. ¡Atrápalos de vuelta, cuando estén cansados!
Torak lo intentó de nuevo. Volvió a fallar.
De las hogueras llegaban estentóreas risotadas. A Torak se le encendió el rostro. Sialot lo estaba pasando en grande.
—¡Mejor! —exclamó Thull, más amable que sincero—. ¡Sigue intentándolo! Volveré después. —Fue a alimentar las hogueras, dejando a Dari en los bajíos, que en ese momento le cantaba suavemente a su uro.
Durante un rato Torak se olvidó de todo, concentrado en atrapar un pez sin dejar caer la lanza o caerse él mismo. No tardó en quedar empapado. El río estaba enfadado, y de vez en cuando arrojaba fuertes olas contra su roca.
De pronto oyó un grito procedente de la pasarela. Asustado, levantó la cabeza. Oslak había atrapado otro salmón. Lo mató de un golpe y se arrodilló sobre la pasarela para desprenderlo de la lanza.
«No le pasa nada», se dijo Torak, y suspiró de alivio.
No obstante, en ese momento Oslak se rascó la mano, se palpó detrás de la oreja y se hincó las uñas en la costra. El salmón resbaló de la pasarela y cayó al río. Oslak enseñó los dientes, se arrancó la costra... y se la comió.
Torak retrocedió y estuvo a punto de caer al agua.
El sol se ocultó tras una nube y el agua se volvió negra. El salmón perdido pasó de largo, mirándolo fijamente con un ojo apagado y muerto.
Torak dirigió la mirada hacia los bajíos. Dari no estaba. Oyó otro grito procedente de río arriba y se volvió. Vio a Dari en la pasarela, dirigiéndose tambaleante hacia su tío, quien no le advertía que parase, sino que le hacía señas de que lo siguiera.
—¡Ven conmigo, Dari! —exclamó con el rostro desencajado por un frenesí de trastornado—. ¡Ven conmigo! ¡No dejaré que se lleven nuestras almas!
3

En la ribera del río, ningún Cuervo había advertido qué estaba pasando. Torak tenía que hacer algo.
En la roca y aferrando la lanza, vio aparecer dos personas por distintas partes del Bosque. Desde el este llegó Renn, con su adorado arco en una mano y un par de palomas torcazas en la otra. Desde río abajo llegó Fin-Kedinn, cojeando levemente y apoyándose en su cayado, con un haz de tallos de cornejo sobre un hombro.
Ambos se percataron al instante de lo que estaba ocurriendo y dejaron sus cargas en silencio.
Para impedir que Oslak advirtiera su presencia, Torak exclamó:
—Oslak, ¿qué sucede? Dímelo. Quizá pueda ayudarte.
—¡Nadie puede ayudarme! ¡Estoy perdiendo mis almas! ¡Las están devorando!
La gente se volvió para mirarlo. La madre de Dari se precipitó hacia él con un grito, pero Thull la contuvo. La compañera de Oslak, Vedna, se llevó el puño a la boca. En la Roca, Saeunn permanecía de pie e inmóvil.
Renn había llegado a la pasarela, pero, a pesar de su cojera, Fin-Kedinn se le había anticipado. En silencio, le tendió el cayado.
—¿Quién está devorando tus almas? —le preguntó Torak a Oslak.
—¡Los peces! —Por la boca rezumaba una espuma amarillenta—. ¡Tienen dientes! ¡Dientes afilados! —Señaló hacia donde un salmón retozón quebraba y rehacía incesantemente su alma del nombre.
Torak sintió una punzada de miedo. Eso le pasaba al alma del nombre de cualquiera que se inclinase sobre el río; no era doloroso, a menos que estuvieses enfermo, pues entonces podía hacer que te sintieras tan mareado que cayeras al agua.
—¡No tardaré en quedarme sin ella! —gimió Oslak—. ¡Y entonces no seré más que un fantasma! ¡Ven, Dari! ¡El río nos llama!
El niño titubeó y luego avanzó hacia él, apretando la piña con forma de uro contra el pecho.
Torak se arriesgó a mirar a Fin-Kedinn.
El rostro del líder de los Cuervos seguía como tallado en arenisca. Llevándose un dedo a los labios, clavó la mirada en la de Torak. «Estás entre ellos y los rápidos. Atrápalos.»
Torak asintió con la cabeza, afirmándose sobre la roca. Tenía los pies entumecidos de frío y empezaban a temblarle los brazos.
Por fin Dari llegó hasta Oslak, que arrojó al suelo la lanza y lo tomó en brazos. La estructura de mimbre se combó peligrosamente.
—Oslak —dijo Fin-Kedinn. Hablaba en voz baja, pero de alguna manera se hizo oír por encima de los rápidos—. Ven a la ribera.
—¡Lárgate! —espetó Oslak.
Horrorizado, Torak advirtió que Oslak había atado una cuerda de corteza trenzada a los postes que sostenían el extremo de la pasarela: un buen tirón, y la estructura entera se derrumbaría, llevándose consigo a Oslak y Dari.
—¡Oslak, soy yo, Torak! No...
Oslak se volvió hacia él.
—¿Quién eres tú para decirme qué tengo que hacer? ¡No eres uno de los nuestros! ¡Eres un cuco! ¡Te comes nuestra comida, nos quitas nuestro refugio! ¡Te he oído escabullirte al Bosque para aullar llamando a tu lobo! ¡Todos te hemos oído! ¿Por qué no desistes ya? ¡Jamás regresará!
Renn se estremeció, compadeciendo a Torak. Éste no se movió, pues acababa de ver algo que Oslak no había advertido: Fin-Kedinn se hallaba en el extremo de la pasarela.
En ese momento Oslak se balanceó y la estructura de mimbre se meció.
Dari empezó a soltar alaridos.
Fin-Kedinn permaneció firme e insistió:
—Oslak.
Éste dio un bandazo hacia atrás.
—¡No te acerques!
Fin-Kedinn levantó las manos dando a entender que no iba a acercarse más. Entonces, mientras el clan observaba en tenso silencio, se sentó con las piernas cruzadas en la pasarela. Estaba a seis pasos de la ribera, y si Oslak tiraba de la cuerda, la pasarela se derrumbaría. Sin embargo, se lo veía tan tranquilo como si estuviese sentado junto al fuego.
—Oslak —dijo—, el clan me eligió como líder para que lo mantuviera a salvo. Sabes que es así.
Oslak se relamió los labios.
—Y eso haré —aseguró Fin-Kedinn—. Te mantendré a salvo. Pero baja a Dari. Déjalo que venga hacia mí. Deja que lo lleve con su madre. —El rostro de Oslak se relajó—. Bájalo —insistió Fin-Kedinn—. Es su hora de cenar...
El poder de su voz empezó a surtir efecto. Lentamente, Oslak se quitó del cuello los brazos del niño y lo bajó hasta el suelo de mimbre.
Dari levantó la vista como si le pidiera permiso y luego se volvió para gatear hasta Fin-Kedinn. Éste se movió para apoyarse sobre una rodilla y tenderle la mano.
La piña con forma de uro resbaló de manos de Dari y cayó al agua. Con un chillido, Dari hizo ademán de lanzarse a buscarla. Fin-Kedinn lo agarró del jubón y lo atrajo a sus brazos.
En la ribera, los Cuervos suspiraron de alivio.
A Torak le flaqueaban las rodillas. Observó al líder de los Cuervos levantarse y retroceder poco a poco y de lado hasta la ribera. Cuando estuvo cerca, Thull agarró a Dari y lo abrazó con fuerza.
En la pasarela, Oslak permanecía inmóvil como un uro pasmado. La cuerda se le deslizó entre las manos mientras contemplaba las aguas revueltas. Fin-Kedinn volvió en silencio por él y lo aferró de los hombros, susurrándole unas palabras que nadie pudo oír.
Por fin, Oslak desistió y dejó que Fin-Kedinn lo guiara hasta la ribera, donde varios hombres lo redujeron. Parecía confundido, como si no supiese cómo había llegado allí.
Torak se abrió paso hasta los bajíos, dejó caer la lanza en la arena y se echó a temblar.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Renn. La niña tenía el pelo mojado y la cara tan pálida que los tatuajes del clan eran tres rayas oscuras en sus mejillas.
Torak asintió con la cabeza, pero supo que no la había engañado.
Río arriba, Fin-Kedinn hablaba con Saeunn, que había bajado de la Roca.
—¿Qué le pasa a Oslak? —preguntó Fin-Kedinn mientras el clan se congregaba alrededor de ellos.
La hechicera de los Cuervos negó con la cabeza.
—Sus almas están luchando en su interior.
—Así pues, se trata de una especie de locura —puntualizó Fin-Kedinn.
—Quizá —convino Saeunn—. Pero no se parece a ninguna que yo haya visto antes.
—Yo sí —intervino Torak, y les habló del cazador del Clan del Jabalí.
La hechicera lo escuchó con rostro sombrío. Era la más anciana del clan por muchos inviernos. Los años habían dejado una profunda huella en ella, puliéndole el cuero cabelludo hasta adquirir el color del hueso viejo, afilándole las facciones hasta conferirle el aspecto de un cuervo más que el de una mujer.
—Lo he visto en los huesos —dijo con aspereza—. Un mensaje: «Se está acercando.»
—Hay algo más —agregó Renn—. Cuando estaba cazando, me encontré con una partida del Clan del Sauce. Uno de ellos estaba enfermo, lleno de llagas, medio loco y muerto de miedo. —Tenía los ojos tan oscuros como charcos de turba cuando se volvió hacia Saeunn—. El hechicero del Clan del Sauce quiere transmitirte algo: él también ha estado interpretando los huesos y durante tres días le han dicho una única cosa: «Se está acercando.»
Todos hicieron la señal con la mano para conjurar el mal o tocaron con gesto reverente la piel de la criatura del clan: la franja de relucientes plumas negras cosidas al jubón.
Etan, un cazador joven y entusiasta, dio un paso adelante con cara de preocupación.
—He dejado a Bera en la colina, comprobando las trampas. Tenía ampollas en las manos, como las de Oslak. He hecho mal en dejarla sola, ¿verdad?
Fin-Kedinn negó con la cabeza. Su rostro no reflejó emoción alguna mientras se mesaba la oscura barba pelirroja, pero a Torak le dio la sensación de que pensaba a toda prisa.
El líder de los Cuervos dio órdenes rápidas.
—Thull, Etan. Llevaos unos cuantos hombres y construid un refugio en el bosque de tilos, fuera de la vista del campamento. Llevaos allí a Oslak y mantenedlo bajo vigilancia. Vedna, no debes acercarte a él. Lo siento, pero es lo único que puede hacerse. —Con la mirada encendida, se volvió hacia Saeunn y añadió—: A medianoche celebraremos un rito curativo. Descubriremos qué está causando todo esto.
4

La aprendiza de hechicera tomó un cucharón de cuerno de uro y recogió cenizas ardiendo del fuego. Se las vertió, aún humeantes, en la palma de la mano.
Torak profirió un grito ahogado.
La aprendiza ni siquiera parpadeó.
A sus pies, Oslak se revolvía, pero las ataduras lo retenían con firmeza. Estaba sujeto a un lecho de paja para caballos, a la espera del hechizo definitivo. Bera ya había pasado por él y se hallaba de vuelta en el refugio de los enfermos, gritando y en peor estado que nunca.
La hechicera de los Cuervos y su aprendiza lo habían probado todo. La hechicera había embadurnado la lengua de los enfermos con sangre de tierra para arrancarles la locura. También les había atado anzuelos a los dedos y se había sumido en un trance para atrapar sus almas que vagaban sin rumbo. Y finalmente los había envuelto en humo
