El arte de amar

Elizabeth Edmondson

Fragmento

 indice

Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Primera parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Segunda parte

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Noticia de última hora

Notas

Sobre la autora

Si te ha gustado esta novela, no te pierdas…

Créditos

Grupo Santillana

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Capítulo
1

Si no soy Polly Smith, entonces ¿quién soy?

—Es una pregunta muy profunda —dijo Oliver Fraddon.

Ambos estaban de pie uno al lado del otro en una galería en Somerset House, sede del registro de nacimientos, matrimonios y defunciones de todos los condados del Reino Unido.

—Se podría decir que es un compendio del mundo —prosiguió Oliver, arrastrando la mirada por las estanterías que iban del suelo al techo y que contenían miles de grandes tomos rojos con los vaivenes de millones de vidas, del presente y del pasado—. Todos registrados aquí, atrapados, inmortalizados. Volúmenes repletos de nombres y de identidades, de la A a la Z, gente común y corriente y gente extraordinaria. Nacemos, nos casamos, o por lo menos es lo que hacemos algunos, y morimos, y todos estos datos de nuestra vida quedan registrados en una de las páginas que están aquí. Es un pensamiento abrumador.

—Al diablo con los pensamientos abrumadores, lo que me preocupa es que no estoy entre aquellos que han sido inmortalizados aquí —dijo Polly.

—Es verdad. Sugiero que volvamos a la mesa y le pidamos ayuda al primer amable empleado que veamos. —Guió a Polly hasta la escalera de caracol, advirtiéndole que tuviera cuidado al bajar—. Ten cuidado, o terminarás siendo la entrada más reciente en el registro de defunciones.

La empleada que atendía el registro no tenía nada de amable. Usaba impertinentes que pendían de una delgada cadena y parecía cansada. Oliver se dirigió a ella:

—Esta joven parece haberse extraviado.

La secretaria levantó la mirada y observó a Polly con sus descoloridos ojos grises cargados de preocupación, ojos que resultaban más amables que su boca fruncida.

—Qué pena. ¿No te puedes encontrar? ¿No estás donde deberías estar? Dices que tu apellido es Smith, ¿no es cierto? Hay mucha gente que se llama igual, así que tendrás que darme tus datos correctos, fecha de nacimiento y dirección. Una vez que tenga esa información, podré encontrarte. A no ser que… —añadió, subiendo el tono de voz—, a no ser que seas extranjera.

—¿Tengo aspecto de extranjera? —preguntó Polly indignada, no porque le importara que la confundieran con una extranjera, sino porque quería hacer valer su legítimo derecho a figurar ante todos sus conciudadanos en aquellos grandes libros rojos.

—No, pero si hubieras nacido en el extranjero, aunque fueras tan inglesa como yo y el señor Grier, no estarías en la parte principal del registro, sino en los registros que guardamos en otro lugar.

—¿En zonas del bajo mundo? —le sugirió Oliver al oído a Polly—. La sección del fuego del infierno, con secretarios diabólicos que van de acá para allá.

—No entiendo —dijo Polly—. Nací en Highgate, calle Bingley, saliendo de Archway. Mi madre aún vive allí. El 1 de mayo de 1908.

—Sin embargo no hay entrada de ese nacimiento en el volumen correspondiente —señaló Oliver.

La secretaria se había quedado impresionada con Oliver…, era obvio para Polly. Si se hubiera hallado ella sola delante del escritorio, enfundada en su desgastado impermeable y su boina color borgoña, estaría aún esperando a que la secretaria levantara la vista de su fichero y sus papeles. Era Oliver, vestido como un caballero de los pies a la cabeza con un traje hecho a medida, quien había llamado su atención al instante. Con su sola presencia. Era injusto. Pero útil, se dijo a sí misma. Y, por supuesto, en cuanto abrió la boca su acento lo delató: era un típico producto de las clases altas, con la natural autoridad que Eton y Oxford les presta a los Olivers de este mundo.

Así pues, la mujer de los impertinentes los ayudó. Volvió con ellos a la sección de los libros rojos y encontró el volumen en el que debería haber estado la entrada de Polly.

—«Polly» es el apelativo familiar de «Pauline» —le dijo a la mujer, pero los resultados fueron los mismos. No había ninguna mujer de apellido Smith, con la inicial P, nacida en la calle Bingley, Highgate, el 1 de mayo de 1908. Había un Thomas Smith, nacido en Priory Gardens el 2 de mayo; eso fue lo más cercano a lo que buscaba.

La empleada cerró el libro, y Oliver lo tomó cortésmente de sus manos para volver a colocarlo sobre el estante.

—Debes obtener los datos correctos de tus padres —dijo la empleada—. Si naciste en una maternidad, quizá en el campo, tal vez te hayan registrado allí. Seguramente te registró tu padre, probablemente no sabía que debía hacerlo en el lugar donde la familia tuviera su residencia, no en el que naciste. Pregúntale.

—No puedo, está muerto.

—¿En la guerra? —preguntó la empleada, manifestando una súbita e inesperada simpatía—. Lo siento. Pero tu madre debe de saberlo. ¿Acaso no tiene el certificado original?

—Es una buena pregunta —dijo Oliver, mientras emergían de la majestuosidad de Somerset House al bullicio y el ajetreo de la avenida Strand—. Eso resolvería todos nuestros problemas.

Polly sonrió.

—Aunque tú lo tengas todo en perfecto orden en tu residencia, mi madre no es muy organizada con los papeles. Los guarda en cajas, pero sin ningún orden; es imposible encontrar nada entre sus cosas. Es ordenada con su música; siempre puede encontrar la partitura que quiere. Pero con los documentos es un desastre; después de todo, sucedió hace más de veinte años. Por supuesto que le pregunté, pero se puso tan nerviosa, parecía tan alarmada cuando le dije que revisaría todas sus cosas, que pensé que sería más fácil venir aquí y conseguir una copia. No se necesita el original para obtener el pasaporte, ¿no es así?

—Una copia de Somerset House es suficiente. —Oliver la apartó a un lado, fuera del camino de los transeúntes—. ¿Qué hacemos ahora? ¿Cancelamos la luna de miel? Ahora que lo pienso, tendremos que suspender la boda, ya que estoy seguro de que necesitas un certificado de nacimiento para casarte.

—No podemos suspender la boda porque aún no hemos fijado fecha. Sólo nos hemos puesto de acuerdo en que será en enero. —Para lo cual sólo faltaban algunas semanas—. Roger me dijo que fuera sacándome ya el pasaporte para tenerlo todo preparado. Le gusta llevarlo todo controlado. Lo que voy a hacer —añadió, de repente decidida— es tomar el tranvía e ir a casa a preguntarle a mi madre.

—Entonces te acompañaré al tranvía.

Caminaron por la avenida Strand hacia Aldwych. Polly iba muy pensativa y Oliver se dedicó a observarla en silencio. Una paloma se posó delante de ellos y luego alzó el vuelo con un fuerte zumbido, lo que distrajo la atencion de Polly, que se quedó mirando sus alas grises. Grises, pero de tantos matices diferentes que iban del blanco al púrpura intenso. Y qué energía en el movimiento, que combinaba el esfuerzo con la suave gracia del vuelo.

Un pájaro gris en un día gris; pero el cielo sombrío por encima de ellos no tenía color ni forma ni energía. Había un atisbo de azufre en el aire que anunciaba la proximidad de la neblina; los frescos días otoñales de octubre llegaban a su fin y Londres se había instalado en la melancólica desolación de un noviembre frío y húmedo.

—Los días oscuros me ponen triste —dijo Polly, mientras cruzaban la calle—. Me paso gran parte del invierno deseando que lleguen la primavera y los días más largos. Jamás estoy realmente contenta en invierno. Supongo que es por el frío y la falta de luz.

Polly y Oliver descendieron las escaleras de la estación de tranvía en Aldwych. Oliver le tomó la mano y se la besó, como era su costumbre, y luego esperó a que montase en el tranvía, levantándose el sombrero mientras ella subía. Oliver siempre usaba sombreros de ala ancha, generalmente grises o marrones. Ella corrió por las escaleras al piso de arriba y se abalanzó sobre el asiento del lado de la ventana, donde al fin logró sentarse tras ganar por unos pocos segundos a un hombre fornido que llevaba un paquete marrón. El tranvía comenzó a traquetear y, cuando salió a Kingsway, Polly distinguió a Oliver caminando de vuelta hacia Aldwych. Su exquisita figura, su traje a medida y su elegante sombrero, al igual que su paso apacible, le hacían destacar entre la muchedumbre ajetreada, hombres y mujeres que caminaban con las cabezas gachas y los rostros entumecidos de frío, vestidos con trajes y abrigos monótonos.

El tranvía se sumergió bajo el túnel de Kingsway.

Polly amaba y detestaba al mismo tiempo los tranvías. La inquietaban el estruendo, el traqueteo y su incesante vaivén, pero la tranquilizaba viajar en un medio de transporte que corría por sus vías de una manera tan directa y resuelta a través del caos del denso tráfico de Londres. Y ese tranvía en particular, el número 35, era parte de su vida. Había viajado en él al ir y volver al colegio todos los días, y más tarde, cuando obtuvo una beca para asistir a la Escuela de Bellas Artes, lo había tomado para viajar al corazón de Londres, donde se encontraba su universidad.

El viaje a su antiguo hogar duró cuarenta y cinco minutos a través de las calles del norte de Londres. Se bajó en Archway, como siempre hacía; podría haber caminado con los ojos vendados desde la parada del tranvía hasta su casa, y de hecho, más de una vez, cuando había vuelto a su casa entre la niebla espesa, podía decirse que prácticamente lo había hecho.

Polly miró el cielo y deseó que no acabara instalándose una de aquellas densas neblinas que se quedaban atrapadas en la garganta y siempre le producían náuseas y dolor de cabeza. Odiaba los días en que parecía que el sol nunca salía y los sonidos de Londres —el tráfico, las voces, los vendedores ambulantes, las campanas— quedaban silenciados por el aire cargado de humo y los vapores malsanos amarillentos y verdosos.

Caminó por la calle Bingley hasta el número 11, abrió la verja de un empujón y subió las escaleras hasta la puerta de entrada, de color verde oscuro y con un picaporte de bronce en forma de duendecillo. Por la ventana que estaba a la derecha de la puerta principal escuchó el sonido tembloroso de una escala de piano. Su madre estaba con un alumno. Echó un vistazo a su reloj. Diez menos cinco; eso quería decir que la lección terminaría en diez minutos. La puerta de entrada no tenía la llave echada, así que la abrió y la cerró suavemente detrás de ella. Dentro, se quitó el impermeable y la boina, se desató la bufanda de lana y los colgó del gancho detrás de la puerta. Luego caminó por el pasillo hacia la cocina, caldeada por el horno que su madre conservaba siempre encendido en invierno. Puso la olla al fuego y se sentó frente a la mesa de madera de la cocina, al tiempo que sus pies se enroscaban automáticamente alrededor de las patas de la silla como lo había hecho desde niña.

La cocina daba a un pequeño jardín, una afrenta permanente para los vecinos, cuyas impecables plantas, parterres de césped y parcelas de vegetales perfectamente alineados, coordinados con el resto, pregonaban los conceptos correctos de la horticultura. Su jardín era el único sitio donde la personalidad contenida de Dora Smith parecía ceder a un impulso más indomable. El lugar estaba atiborrado de plantas, no en ordenadas filas, sino de un modo que semejaba, como le gustaba imaginar a Polly, una jungla. Denso y profuso, no había nada pequeño salvo los minúsculos manchones suaves de violetas y campanillas que se cobijaban bajo las ramas colgantes de arbustos y matorrales.

Pero ningún jardín era atractivo en noviembre. Tenía un aire desolado, de final de estación. Los montoncitos de crujientes hojas otoñales habían desaparecido, y sólo quedaban algunos restos húmedos sobre el suelo o algunas hojas pegadas a las ramillas de los árboles. Los de hoja perenne daban un toque de color y de vida, pero hasta ellos estaban teñidos de gris, como si el aire brumoso también los hubiera cercado.

La olla se puso a hervir en medio de una emanación de vapores. Polly calentó la tetera marrón, puso una cucharada de té y la dejó sobre la cocina para que se hiciera. La puerta del salón principal se abrió: se escucharon voces, palabras de agradecimiento y de despedida; la puerta de entrada se abrió y se cerró, y la madre de Polly entró en la cocina.

—Te oí entrar —dijo—. Veo que has preparado té.

—¿Tienes una clase a las cinco?

—No. Tenía una, la pequeña Sally Wright, pero padece una enfermedad pulmonar y no puede salir cuando el tiempo se pone así. Mejor, pues si viniese, tendría que soportar media hora de toses. Aunque es una pequeña con mucho oído —añadió, queriendo ser justa—. Pero tengo otro alumno a las cinco y media. Sirve el té, Polly. ¿Quieres un bizcocho?

Polly tomó un bizcocho y lo mordió distraídamente, sin saber por un instante cómo abordar el tema del certificado de nacimiento.

Lo hizo sin titubeos, ¿qué sentido tenía darle vueltas al asunto?

—Hoy he ido a Somerset House para que me dieran el certificado de nacimiento.

Dora Smith apoyó su taza de té tan bruscamente sobre la mesa que hizo temblar el platillo.

—No estarás pensando en irte al extranjero para tu luna de miel, ¿verdad? —preguntó—. No te lo recomiendo, contraerás una terrible enfermedad; allí todo es muy sucio.

—¿Cómo lo sabes? Dijiste que nunca habías viajado al extranjero —dijo Polly, enfadada.

Hubo una breve pausa.

—Mi… La gente dice que eso es lo que les sucede a todos los que viajan. Además, no dominas ningún otro idioma, y en caso de hablarlo tu profesor de francés nunca se enteró: tus notas siempre fueron lamentables.

—Roger habla alemán y francés. Además, aunque no fuéramos al extranjero, necesito el certificado de nacimiento para casarme. Eso dice él.

—Realmente no veo por qué tienes tanta prisa por casarte. Roger todavía tiene que aprobar sus exámenes y…

—Ya los ha aprobado.

—Entonces, ¿por qué sigue dando clases y haciendo exámenes?

—Mamá, Roger es médico. Ya ha aprobado la carrera, pero aún tiene que hacer más pruebas, y exámenes, para trabajar en un hospital.

Polly no entendía la actitud de su madre con respecto a su compromiso con Roger. Dora Smith era una mujer con dos personalidades bien definidas. La que Polly conocía mejor era la de mujer sensible, práctica, que compartía las actitudes y opiniones de sus vecinos, entre las cuales estaba la certeza de que el objetivo principal en la vida de una joven era hallar un marido bueno y responsable, con un modo de vida respetable, y establecerse con él para ser una buena esposa y madre. Dentro de estos parámetros convencionales, Roger era una joya. Un médico era el mejor candidato al que la hija de Ted y Dora Smith podría haber aspirado, un yerno del cual su madre podría presumir entre sus amigas si a Dora le gustara presumir, lo cual no sucedía.

Pero Dora Smith tenía otra personalidad; también era la mujer que se había sentido decepcionada por el precoz talento artístico de Polly, que se había negado a elogiarla y, sin embargo, había defendido ferozmente el derecho de su hija a estudiar y ejercer su arte, aunque a ella no le complaciese.

—Si eres una artista, entonces debes recibir la formación adecuada para hacerlo lo mejor posible. No es lo mismo que ejercer el arte como distracción. Ésa es la diferencia entre el profesional y el aficionado.

Sin embargo, esa misma Dora Smith también había dicho, sagaz e inesperadamente:

—Si te casas con Roger, tu pintura dejará de brillar.

A lo cual Polly podría haberle replicado que su pintura ya había dejado de brillar; pero eso era algo que aún no estaba dispuesta a reconocer.

—¿Podemos centrarnos en el tema del certificado de nacimiento? ¿Estás segura de que no puedes encontrar el original? No veo cómo se puede perder, uno no pierde algo tan importante como un certificado de nacimiento.

Dora Smith no respondió, pero bebió un pequeño sorbo de su té, apartando la mirada de Polly y fijándola en la ventana. El reloj hacía tictac, la cocina emitía sus acostumbrados chisporroteos mientras se enfriaba, la gatera en la puerta trasera dio un golpe y un enorme gato atigrado se deslizó por ella. Le dirigió a Polly una mirada indiferente con sus grandes ojos de color dorado, hizo restallar su cola y se encaminó a investigar su plato de comida.

Dora seguía sin decir nada.

—No estoy en los registros de Somerset House —insistió Polly—. No hay ninguna Pauline Smith nacida en Highgate inscrita allí. ¿Acaso nací en otro sitio? ¿En una maternidad?

Su madre suspiró, y cuando apartó la vista de la ventana Polly vio que sus ojos brillaban con lágrimas.

—Mamá, lo siento. ¿Qué tienes? ¿Qué sucede?

Las palabras salieron con rapidez:

—Tú no naciste en Highgate; naciste en París. No he perdido tu certificado de nacimiento. Lo quemé.

—¿Lo quemaste? —Polly no podía creer lo que estaba escuchando—. ¿Lo quemaste? ¿Por qué? ¿Cuándo? ¿Sólo para impedir que viajara al extranjero? ¿Y cómo es posible que haya nacido en París? Tú jamás has estado en Francia; lo dijiste tú misma.

—Lo quemé cuando aún eras un bebé. —Dora Smith suspiró con dramatismo—. Oh, Dios, ¿por qué habrá querido ese maldito hombre llevarte al extranjero? ¿Por qué ha querido casarse contigo? Removerá todo el pasado. Yo esperaba que…

—¿Qué esperabas? —Polly sintió un frío resquemor en el estómago. ¿París?

—Necesitarás todos los datos si realmente vas a solicitar el pasaporte. Los anotaré en un papel.

Polly observó a su madre mientras se ponía de pie y se dirigía a un cajón donde guardaba cuartillas. Alisó el reverso de un sobre y escribió algo con letra muy clara. Luego se lo pasó a Polly y fue a situarse frente al fregadero.

Polly miró fijamente las palabras escritas con su elegante letra.

—¡No entiendo nada! —exclamó—. ¿Quién es esta…, no puedo ni pronunciarlo…, esta Polyhymnia Tomkins?

—Ése es tu nombre real —dijo Dora, apoyándose sobre el fregadero y abriendo el grifo, de modo que Polly tuvo que levantar la voz para hacerse oír.

—¿Tomkins? Yo me llamo Polly Smith. ¿Cómo es posible que alguna vez haya llevado el apellido Tomkins? ¿Y Polyhymnia? Ni siquiera se trata de un nombre de verdad.

—Yo no soy tu madre. Y Ted Smith no era tu padre.

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Capítulo
2

De vuelta al centro de Londres en el tranvía, Polly permaneció en su asiento indiferente a todo, sin fijarse en la gente, sin escuchar a las dos mujeres que iban en el asiento de al lado quejándose del tiempo, sin advertir el sonido metálico de la campana ni el balanceo del tranvía mientras avanzaba, sin darse cuenta de nada de lo que sucedía a su alrededor, mientras trataba de comprender lo que su madre, que no era su madre, le había contado.

¿Qué tipo de madre podía haber sido esa mujer que la había abandonado con tanta indiferencia al cuidado de su hermana cuando apenas tenía unas semanas de vida, para no verla nunca más, a quien evidentemente no le importaba si estaba viva o muerta?

¿Qué tipo de madre le ponía a su hija de nombre Polyhymnia?

—Polyhymnia es una de las musas —le dijo Dora Smith—. La musa del canto sagrado.

Nada menos que el canto sagrado. Pues no podía haber elegido peor nombre para ella ya que, para consternación de Dora Smith, Polly no tenía ningún tipo de oído musical. Había luchado con las clases de piano hasta que ambas habían renunciado aliviadas; y no podía cantar sin desafinar terriblemente; cuando cantaba en el colegio movía la boca en silencio, bajo las constantes miradas de reproche de la profesora de música.

Dora Smith se había mostrado reacia a hablar de su hermana, Thomasina. Otro nombre ridículo.

—Cada una tomó su propio camino. No nos parecíamos en nada.

—¿Dónde está? ¿Aún vive?

—No lo sé, y te estoy diciendo la verdad.

—¿Cómo puedes perder el contacto con una hermana? Si yo tuviera una hermana…

Un comentario hiriente. Era evidente que si ella no era hija de los Smith, entonces Dora Smith jamás había tenido hijos propios. Polly le había preguntado una vez, cuando era niña, por qué no tenía un hermano o una hermana, y Ted había apartado el periódico y la había mirado enojado, diciendo que no era una pregunta apropiada. Más tarde, cuando estaba dándose un baño, enjabonada desde la punta de la nariz hasta el dedo del pie por su madre, Dora Smith había dicho con un suspiro que le hubiera gustado darle un hermanito, pero el destino había decidido que fuera hija única.

No pude haber tenido mejores padres, se dijo Polly con fervor.

Dora Smith había dicho, con la voz apesadumbrada:

—Tú eres mi hija, Polly. Eres la única hija, la única niña que he tenido. Ted te amó como si hubieras sido suya, y, además, una sobrina es un vínculo cercano; la hija de una hermana. Eres mi sangre, eso tiene mucho peso.

Salvo que no parecía tener mucho peso entre las hermanas, especialmente si Thomasina había abandonado a su hermana y a su bebé sin pensárselo dos veces.

—¿Por qué París? —quiso saber Polly—. ¿Qué hacía ella en París?

Lo percibió una vez más. La evidente reticencia de Dora a la hora de responder a las preguntas.

—Era un poco bohemia, inquieta, nunca estaba feliz en un solo lugar. Supongo que tenía amigos en París.

Ilegítima. Polly fijó la mirada en la fría oscuridad, apenas iluminada por las luces de los coches y las farolas de la calle que relucían opacas a través de la neblina cada vez más espesa. Era ilegítima.

—Te refieres a que soy bastarda —había dicho, dirigiendo su furia hacia Dora.

—No digas esa palabra. Jamás.

—Es la palabra que usarán los demás. ¿Acaso mi madre no pensó en ello?

—Tu madre…, tu madre era una persona poco convencional. Ella no hubiera…, quiero decir, lo que la gente considera que es un estigma, para ella no lo era. La reñí cuando apareció en la puerta contigo en brazos. Le dije que debía casarse con tu padre, para que no sufrieras la desgracia de ser ilegítima, pero ella dijo que un bebé saludable jamás podía ser una desgracia.

—Qué gesto tan admirable.

—Te darán un certificado de nacimiento especial en Somerset House —dijo Dora—. Con algunos espacios en blanco. Thomasina se negó a completar los datos de tu padre.

—Pero será un certificado de nacimiento británico, ¿no es cierto? ¿Soy inglesa?

—Por supuesto que lo eres —dijo Dora, escandalizada—. Tan inglesa como un pudin de Chelsea. Al menos fue lo suficientemente sensata como para inscribirte en el consulado británico de París, que es lo que se hace con los bebés ingleses que nacen en el extranjero. Vuelve a Somerset House con esos datos que te he anotado, y sin duda encontrarán el asiento.

Resultaba extraordinario pensar que todos estos años había vivido pensando que era Polly Smith, cuando en realidad no lo era. Su pasaporte proclamaría al mundo que ella era Polyhymnia Tomkins. Una desconocida. No podía imaginarse como esta otra persona. Polyhymnia Tomkins era una ficción, alguien que no existía, al contrario que Polly Smith.

—Siempre dijiste que Polly era el diminutivo de Pauline.

—Ted dijo que no podíamos tener una hija llamada Polyhymnia. Dijo que se burlarían de ti en el colegio, y los vecinos lo verían extraño.

—¿Vivías aquí cuando nací? —le había preguntado Polly a su madre—. ¿Aquí, en Bingley Gardens? Me dijiste que siempre habías vivido aquí.

—No, cuando Ted y yo nos casamos vivíamos en el sur de Londres, en Putney. Cuando llegaste tú, Ted dijo que nos teníamos que mudar. Trabajaba en el ferrocarril de Londres, en Brighton y la costa sur, pero no le importó mudarse al norte porque solicitó un puesto mejor, en la empresa Grande del Norte. Se trataba de una promoción, así que estaba contento con el cambio, pero cruzar Londres todos los días para ir a King’s Cross resultaba muy pesado. Así que nos mudamos al otro lado del río, donde nadie sabría que no eras nuestra hija.

Otros padres no habrían hecho más por ella que Ted y Dora Smith. Polly lo sabía. Enfadarse con Dora por no haberle dicho quién era de verdad podía considerarse una actitud ingrata y poco razonable, pero no se sentía ni agradecida ni razonable.

—Sabía que algún día te lo tendría que contar, pero el momento no se presentaba nunca. Y llegué a olvidarme de que no eras realmente mi hija.

En realidad, Polly era su hija. No recordaba a Ted Smith muy bien; tenía sólo siete años cuando se fue a luchar a Francia, y nueve cuando llegó un telegrama diciendo que había muerto en combate. Con los ahorros que había dejado más lo que Dora ganaba como profesora de piano, a Polly nunca le había faltado nada, y tampoco le había faltado amor; Dora era muy generosa con esa mercancía.

Dora se había ocupado de que Polly estudiara en un buen colegio, había pagado las clases de pintura cuando fue evidente que tenía talento, y en lugar de terminar el colegio a los catorce, como tuvieron que hacer muchas de sus amigas para ganarse la vida, la animó a que continuara sus estudios y obtuviera una beca para la Escuela de Bellas Artes. Dora Smith había pagado lo que la beca no cubría, asegurándose de que Polly tuviera todo lo que necesitaba.

No era la primera vez que Polly se hacía preguntas sobre la familia de su madre. Había dos hermanas, ¿tenía algún tío? ¿Y sus abuelos? Dora siempre se había mostrado esquiva cuando ella le hacía preguntas sobre su familia.

—Mis padres eran bastante mayores cuando me tuvieron a mí, y hace mucho que murieron. —Era todo lo que estaba dispuesta a decirle a Polly.

¿Dónde habían vivido? ¿Dónde habían sido criadas Dora y, por supuesto, Thomasina?

—Oh, en varios lugares —había respondido evasiva.

Polly volvió en sí con un sobresalto. El tranvía había llegado a Kingsway, y todos habían descendido, excepto ella.

—Por favor, dese prisa —dijo el conductor, con el rostro tieso por el frío—. No tengo todo el día, ¿sabe?

Polly se sentía extrañamente desanimada mientras caminaba por las calles de arquitectura neoclásica hasta su casa en la calle Fitzroy. Abrió la puerta y percibió el fuerte olor a zapatos mojados y col hervida. La dueña escatimaba las bombillas, y la luz de la escalera era tan triste como el mundo nebuloso que se hallaba fuera. Polly subió los cuatro tramos hasta el piso más alto. Abrió la puerta de su desván, se quitó el impermeable y lo colgó detrás de la puerta. Luego se quitó la boina mojada y se pasó las manos por el cabello.

¿Tenía tantas ganas de tramitar el pasaporte? Sin un pasaporte no podría viajar al extranjero. Ni podría casarse, según decía Roger. ¿Sería cierto? Algunas ideas imprecisas sobre licencias especiales comenzaron a rondar por su cabeza, pero Roger esperaba que, al menos, consiguiera un certificado de nacimiento; querría guardarlo en su fichero con el resto de sus documentos.

Apenas obtuviera el pasaporte, daría la bienvenida a Polyhymnia Tomkins y le diría adiós a Polly Smith. Pero, legalmente, imaginaba que ya era Polyhymnia Tomkins, siempre había sido Polyhymnia Tomkins. Quien no existía era Polly Smith.

¿Tan importante es un nombre?, se preguntó.

Muy importante. Un nombre no era sólo una serie de letras dispuestas de una manera determinada. Un nombre era una persona. Podía ser más de una persona, tal vez hubiera docenas, cientos de Pollys Smith por todo el país. Pero cada una era identificada por su nombre. Sin un nombre no se era persona. Sería imposible ser verdaderamente humano sin un nombre. Una mascota recibía un nombre, un gato, un caballo, hasta una urraca amaestrada se destacaba entre otras de su especie por su nombre. Aunque los animales eran diferentes: un dueño nuevo podía cambiar el nombre de la criatura. Pero eso no sucedía con los humanos. Era un sello de humanidad que el nombre fuera una parte integral de la persona.

¿Y los huérfanos que eran adoptados cuyos nuevos padres les cambiaban de nombre? También las mujeres tomaban otro nombre cuando se casaban; una se transformaba en la señora de Roger Harrington, por ejemplo. Los criados de su novio le llamaban señor Roger, así que a ella la llamarían señora Roger.

Los espías cambiaban sus nombres, y también los delincuentes que huían de la justicia. Los autores escribían libros bajo seudónimos. Los actores y las actrices tenían nombres artísticos, como su amiga Tina Uppershaw, cuyo nombre real era Maureen Scroggs. Los artistas de cine comenzaban la vida como Mavis o Ken y se transformaban en Carole o Ronald, y se ponían un apellido altisonante, para llamar la atención.

Polly consideraba que los nombres tenían una dimensión especial. Cada letra tenía un color, y las palabras y los nombres eran una combinación incandescente de esos colores individuales. Polly era un azul y verde pizarra con destellos de luz y de amarillo. Pauline era otro color, más oscuro, pero como nunca lo usaba, no le afectaba. Smith era de color marrón y granate con toques de gris. Mientras que Polyhymnia ofrecía una gama mucho más complicada de luces y sombras, colores cálidos y fríos, que hacían una combinación fascinante pero extraña. Tomkins era un nombre gris y rosa, con un toque de borgoña.

Polly suspiró. Esas divagaciones estaban haciendo que su dolor de cabeza aumentase; debía frenar estos pensamientos que daban vueltas en su mente. Se obligó a concentrarse en lo que tenía a su alrededor; hacía tiempo que había descubierto que vivir completa e intensamente en el presente era un remedio que acababa con casi todas las preocupaciones.

La habitación de Polly era ideal para un artista. Tenía una claraboya que daba al norte y una ventana de buhardilla que daba sobre un parapeto a las chimeneas cargadas de humo de Londres. Su estrecha cama, cubierta por una manta azul y amarilla, estaba dispuesta bajo los aleros, lo cual quería decir que debía tener cuidado al sentarse para no darse un cabezazo con el techo inclinado. Su ropa estaba colgada de una percha detrás de una cortina y guardaba el resto de sus cosas en una amplia cómoda. El parqué no estaba cubierto, excepto por una pequeña alfombra azul a los pies de la cama. Al lado de la puerta había una palangana, un gran lujo. El baño estaba dos pisos más abajo, y lo compartía con los otros ocupantes de la casa: la propietaria, la señora Horton, su hija, una enfermera que volvía tarde y otros tres inquilinos.

Polly miró a su alrededor y lo que vio no fue el refugio que había sido hasta entonces para ella, un refugio y un lugar de trabajo, con su caballete montado en el centro de la habitación, sus pinturas y herramientas sobre una mesa arrinconada; no fue el lugar donde había vivido y trabajado, sino un lugar habitado por una extraña.

Se acercó al hornillo sobre el cual hervía el agua y cocinaba, abrió el gas, que salió con un siseo, y encendió un fósforo. El hornillo se iluminó con un suave crepitar. Tenía una olla con sopa que había preparado el día anterior y la puso a calentar.

Esta habitación pertenecía a Polly Smith. Y ella no era Polly Smith.

Se sentó a la mesa y abrió su cuaderno de bocetos. Desenroscó el capuchón de su pluma favorita y, con algunos trazos rápidos, se dibujó a sí misma. Un autorretrato realista: ése era el rostro que se reflejaba en el espejo; cuando terminó, se hizo otro, éste, severo y malhumorado: el rostro que se reflejaba en la foto que se había sacado para el pasaporte.

Luego dibujó otra figura, una joven sin rostro, que no llevaba falda suelta y jersey, sino un largo vestido que arrastraba al andar. Añadió un peinado elegante y espirales de humo que se elevaban de un cigarrillo introducido en una boquilla absurdamente larga.

Polyhymnia Tomkins, mujer sofisticada.

Ahora la pluma se movía a toda velocidad, y aparecieron más figuras sin rostro que bailaban sobre la página. Una mujer griega, con un vestido ondulante, que giraba alrededor de un pastor que estaba sentado frente a un órgano. Polyhymnia, la musa trabajando. A continuación apareció una mujer vestida con pantalones de montar y un casco de explorador, que miraba fijamente a un camello altivo. Debajo de eso escribió: Polyhymnia Tomkins, exploradora.

Luego, una mujer con un práctico traje de tweed que empujaba el cochecito de un niño que llevaba un sombrero de fieltro. Se trataba de la señora Harrington. Por supuesto, cuando se casara con Roger dejaría de ser Polly Smith de cualquier manera; perdería el Smith y el Tomkins para siempre. Y en cuanto al Polly, seguiría siendo Polly como siempre lo había sido.

La perspectiva no la alegró tanto como pensaba. Tendría que contarle toda la historia a Roger, por supuesto. Contarle que no se iba a casar con la respetable Polly Smith, hija de los respetables señor y señora Smith, de la calle Bingley, sino con Polyhymnia, hija bastarda de Thomasina Tomkins, de padre desconocido.

De padre desconocido. ¿Había manera de descubrir quién era tu padre, cuando tu madre había desaparecido sin dejar rastro? ¿Por qué su madre…, que no era su madre, sino su tía…, no había insistido para que su verdadera madre le dijera quién era el padre de la niña? ¿Por qué no se había esforzado más en averiguarlo cuando las pistas seguían frescas y era posible descubrir quiénes eran los amigos de Thomasina, y quién de entre todos ellos había sido más que un amigo?

Naturalmente, su madre podía haber tenido docenas de amantes. Podía haber… No, no iba a pensar en aquello ni por un instante. La voz de Dora Smith había manifestado exasperación cuando hablaba de mala gana de su hermana, pero no había desaprobación moral. No era una persona propensa al reproche moral, lo cual también la apartaba de sus vecinos.

Un hombre casado, seguramente, pensó Polly con todo el cinismo de sus veinticinco años. Una historia antigua y simple: una aventura amorosa que no tenía posibilidad de terminar en boda. El hombre se negó a reconocer al bebé, o tal vez Thomasina había sido demasiado orgullosa o amable para poner en peligro el matrimonio de su amante. Francia era un país católico; si el padre era católico apostólico romano, entonces el caso no tenía solución, aunque el padre hubiera querido casarse con su madre.

¿Había alguna manera de averiguar más cosas acerca de su madre? Era evidente que Dora no la ayudaría, aunque lo intentara.

—No diré una palabra más acerca de Thomasina, y no se hable más del asunto. Se acabó, es parte del pasado, y allí se quedará. No tiene ningún sentido hurgar en el pasado.

Era imposible discutir con Dora cuando tenía esa mirada. Ni la Inquisición hubiera podido sacarle una palabra a Dora Smith una vez que se le metía algo en la cabeza.

Por la cabeza de Polly revoloteó la idea descabellada de contratar a un detective, sin embargo ¿cómo podría pagar a un detective? Podía intentar buscar ella misma algo más, pero ¿por dónde empezar? Tomkins era un nombre ordinario, no tan común como Smith, pero debía de haber miles de Tomkins en las islas británicas. Dado que no tenía ni la menor idea del lugar del país de donde provenían Dora o su familia, sería inútil intentar averiguar algo más.

La sopa hirviendo subió hasta el borde de la cacerola, y Polly apagó el fuego justo antes de que se desbordara. La sirvió en un bol, untó levemente con margarina una rodaja de pan y, apartando el cuaderno de bocetos y el lápiz, colocó la sopa sobre la mesa.

Bebió lentamente, con la mirada extraviada en la distancia, advirtiendo no el mundo conocido que la rodeaba sino un lugar extraño, lleno de gente desconocida. Un mundo al cual estaba conectada, pero donde ella no estaba presente ni era real. Sacudió la cabeza. Luego echó un vistazo a su reloj. Oh, Dios. Las ocho y diez, y debía encontrarse con Roger a las ocho y veinte, cuando terminara su guardia en el hospital. Bebió lo que quedaba de la sopa de un trago, depositó el bol y la cuchara en la palangana, se puso el impermeable, se encasquetó con fuerza la boina, levantó el bolso y salió corriendo de la habitación.

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Capítulo
3

El doctor Roger Harrington estaba esperando en la esquina cuando Polly llegó jadeando. Robusto, guapo, tenía un aire competente y un hoyuelo en su fuerte mandíbula que revelaba una naturaleza firme, obstinada. Esa tarde tenía la mirada cansada, lo cual no le resultó extraño a Polly, pues sabía que había estado más de doce horas de guardia.

—Francamente, Polly, deberías intentar ser más puntual —dijo, al tiempo que ella levantaba la cara para recibir un beso.

—Lo siento.

—Había pensado que podíamos ir al cine, pero tendremos que darnos prisa si queremos llegar a tiempo.

Polly tuvo que correr para no quedarse atrás.

—¿Qué película ponen?

—Por el mal camino, interpretada por James Cagney.

Polly aguantó la película siguiendo con dificultad el argumento que se desarrollaba en la pantalla. No sabía cómo, pero debía contarle a Roger esa misma noche lo que había descubierto: que ella no era quien él pensaba que era, que estaba comprometido con una mujer que no existía y que, en realidad, su novia era la hija ilegítima de Thomasina y Dios sabe quién.

Peor aún fue que, una vez concluida la película, que a Roger le gustó muchísimo, su novio comenzó a hablarle, entusiasmado, de su último descubrimiento en el campo de la medicina.

—La herencia es la clave de todo —le escuchó decir—. Es lo que determina quiénes somos. Es imposible escapar a ella. Pasa lo mismo que con los caballos de carreras: tus padres, tus abuelos y tus bisabuelos determinan quién eres y qué eres.

—No sé mucho acerca de mis abuelos —comenzó Polly, viendo la oportunidad de iniciar la conversación.

—Eso no importa. He visto fotos de tu padre, un hombre decente, honesto, que murió valientemente, por lo que es evidente que tenía buen carácter. Eso es lo importante. Y tu madre no tiene nada reprochable: es una mujer saludable y razonablemente inteligente. Trabajadora, responsable, mira qué bien te crió aunque estaba completamente sola; no hay motivo por el que tú no salgas igual que ella. Además, ella tiene talento artístico, lo mismo que tú. En su caso es la música; en el tuyo, la pintura, pero se trata de lo mismo. Los temperamentos y las elecciones están predeterminados por nuestros genes, ¿lo ves?

Polly no estaba muy segura de lo que eran los genes y tuvo la sensación de que era preferible no saberlo.

—Yo mismo soy médico, hijo y nieto de médicos. Me corre por las venas.

Polly tenía unos cuantos argumentos en contra. Por un lado estaba Shakespeare, hijo de un guantero, ¿o había sido carnicero su padre? Era evidente que en ese caso no había genes literarios, a no ser que su madre hubiera sido poeta en secreto, pero tenía la sospecha de que para Roger la línea femenina no tenía tanto peso como la masculina.

—¿Y qué me dices de alguien como Leonardo da Vinci? —dijo, deslizando su mano en la de él.

—¿Qué tiene que ver con todo esto?

—Sus padres no fueron artistas. Era hijo ilegítimo, ¿sabes?

Se encontraban bajo una farola, y Polly podía ver cómo la frente sólida de Roger se fruncía.

—¿De verdad? Es un asunto muy delicado, y nosotros, como país, vamos a tener que tener mucho cuidado, ahora que están saliendo a la luz todos estos nuevos descubrimientos sobre la herencia. Resulta demasiado arriesgado tener chicos cuyos padres no se conocen. Además, es muy posible que los hijos de una mujer que no está casada hereden la corrupción moral y sigan el mismo camino.

No, éste no era el momento de hablarle a Roger de Polyhymnia Tomkins.

Una vez que llegaron a la casa de Polly, él cogió la llave y abrió la puerta de entrada. Luego le dio un beso casto y se fue caminando a toda prisa. Polly se quedó de pie durante un instante en la entrada, observando cómo se alejaba.

Él jamás subía con ella a su habitación por las tardes. La única vez que se aventuró a hacerlo fue a plena luz del día, a la hora del té, y entonces dej

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