La reina hereje

Fragmento

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Índice

Cubierta

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Árbol genealógico

Agradecimientos

Nota de la autora

Prólogo

1. El faraón del Bajo Egipto

2. Tres líneas cuneiformes

3. Como escuchan los gatos

4. Los designios de Hathor

5. Un dulce aroma a higos

6. El festival de Wag

7. La plegaria a Sejmet

8. La primera victoria

9. Una boda tan solo

10. El matrimonio de un faraón comienza en el agua

11. La sala de audiencias

12. Un pueblo hambriento

13. Sopesar cada corazón por separado

14. Otra vida a cambio

15. Ahmoses de Caldea

16. Bajo la protección de Amón

17. ¿A quién velas?

18. Toda la verdad

19. Las garras de Sejmet

20. Egipto jamás tolerará a los ladrones

21. Pi-Ramsés

22. En el Valle de los Reyes

23. Ra es nuestro rey

24. Por el poder del rey

25. Ante los muros de Kadesh

26. El pesado sudario del dios Ptah

27. Morir por la espada

28. Un tratado duradero

29. Tu akhu por siempre junto al mío

Notas históricas

Glosario

Calendario

Notas

Sobre la autora

Créditos

Grupo Santillana

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A mi madre, Carol Moran.

Este libro jamás habría sido posible de no ser por ti.

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Agradecimientos

 

 

 

 

APROVECHÉ LOS AGRADECIMIENTOS de mi primera novela para dar las gracias a todo el mundo, desde mi maestra de séptimo hasta mi vecino. Por eso, voy a usar este espacio para concentrarme en aquellas personas que han contribuido especialmente en la creación de La reina hereje. Como siempre, estoy en deuda con mi madre, Carol Moran, quien me ha apoyado en el sentido más amplio del término con su generosidad y su maravilloso carácter. Mi esposo me ha apoyado desde el comienzo, editando el trabajo de principio a fin y, puesto que es pelirrojo, me gusta creer que se trata de mi propio Ramsés (aunque sin la imprudencia ni el harén, desde luego). A la mejor editora de Nueva York, Allison McCabe, quien insistió en que en alguna parte del libro debía figurar un iwiw y sin cuyo esmerado trabajo La reina hereje tal como está escrito ahora jamás habría existido. A Danny Baror, Dyana Messina, Donna Passannete, Heather Proulx, a mi correctora Laurie McGee y a Cindy Berman, gracias por haber formado parte del viaje de La reina hereje hacia su publicación. Y a mi magnífica agente, Anna Ghosh, quien se ha asegurado de que mi tercera novela, La hija de Cleopatra, encontrara su hogar en Crown, muchísimas gracias.

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Nota de la autora

 

 

 

 

HUBO UN TIEMPO, durante la Decimoctava Dinastía, en el que la familia de Nefertiti reinaba sobre Egipto. Ella y su esposo, Akenatón, se deshicieron de los dioses egipcios y en su lugar enaltecieron a Atón, la misteriosa deidad solar. Incluso después de que Nefertiti muriera y sus normas se considerasen heréticas, fue su hija Anjesenamón, junto a su yerno Tutankamón, quien la sucedió en el trono. Al morir Tutankamón, a causa de una infección, a los diecinueve años aproximadamente, el padre de Nefertiti, Ay, asumió el trono. Con su muerte, apenas algunos años más tarde, el último vínculo con la familia real fue la hermana menor de Nefertiti, Mutnedjemet. A sabiendas de que Mutnedjemet nunca se coronaría a sí misma, el general Horemheb la hizo su esposa por la fuerza para, de esta manera, legitimar su pretensión al trono de Egipto. La muerte de Mutnedjemet, al dar a luz, significó el fin de una era y la Decimonovena Dinastía dio comienzo cuando Horemheb cedió el trono a su general Ramsés I. Pero Ramsés era un hombre mayor al comenzar su reinado, y al morir la corona pasó a manos de su hijo, el faraón Seti.

Estamos en el año 1283 antes de Cristo. La familia de Nefertiti ha fallecido y la única sobreviviente del linaje es la hija de Mutnedjemet, Nefertari, una huérfana en la corte de Seti I.

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Prólogo

 

 

 

 

ESTOY SEGURA de que si me sentara en un lugar tranquilo, alejado del palacio y del ajetreo de la corte, sería capaz de recordar escenas de mi niñez anteriores a los seis años. Sin embargo, ahora solo tengo una vaga imagen de unas mesas bajas con patas en forma de garras de león que se agazapaban sobre lustrosas baldosas. Aún puedo oler el perfume a cedro y acacia del baúl en el que la nodriza guardaba mis juguetes favoritos. Y seguro que, si me siento en los bosquecillos de higueras por un día, sin otra distracción que la del viento, puedo reconstruir la imagen que acompaña el sonido de los sistros tocados en un patio en donde se estaba quemando incienso. Pero todas estas son impresiones confusas y resulta tan difícil ver a través de ellas como a través de un paño grueso de lino y mi primer recuerdo cierto es aquel de Ramsés sollozando en el oscuro templo de Amón.

Debo haber rogado para que me llevaran con él aquella noche. O tal vez el ama se hallaba muy ocupada junto a la cabecera de la princesa Pili como para percatarse de mi ausencia. Lo que sí recuerdo es nuestro paso a través de los silenciosos vestíbulos del templo de Amón y que el rostro de Ramsés tenía el mismo gesto que había visto en una pintura de unas mujeres que le rezaban a Isis por sus favores. Tenía seis años y hablaba sin parar. Sin embargo, esa noche comprendí que debía permanecer en silencio. Alcé la mirada hacia las imágenes pintadas de los dioses que se iluminaban con la luz de nuestras antorchas a medida que avanzábamos. Y cuando alcanzamos el sanctasanctórum, Ramsés me dirigió sus primeras palabras:

—Quédate aquí.

Obedecí su orden y me retraje aún más en las sombras, al tiempo que él se aproximaba a la imponente estatua de Amón. El dios estaba iluminado por un círculo de luz proveniente de una lámpara y Ramsés se arrodilló ante el creador de vida. El latido del corazón me retumbaba con tanta fuerza en los oídos que no me fue posible escuchar lo que él susurraba. Tan solo sus últimas palabras resonaron:

—Ayúdala, Amón. Tan solo tiene seis años. Por favor, no permitas que Anubis se la lleve. ¡No aún!

Se percibieron movimientos al otro lado de la puerta frente al santuario y un ruido de pasos advirtió a Ramsés que no se hallaba solo. Se mantuvo de pie, con lágrimas brotando de sus ojos, y yo contuve mi aliento al ver que un hombre, como un leopardo, emergía de la oscuridad. Llevaba una piel sobre sus hombros. Su rostro era liso como la máscara de un embalsamador, que es lo mismo que decir que pudo haber tenido tanto cuarenta como cien años, y su ojo izquierdo estaba tan rojo como un estanque de sangre.

—¿Dónde se encuentra el rey? —exigió saber el sumo sacerdote.

Ramsés, reuniendo todo el coraje de sus nueve años, se adentró en el círculo de luz proyectada por la lámpara y habló:

—En el palacio, su santidad. Mi padre no se apartaría de al lado de mi hermana.

—Entonces, ¿dónde se encuentra tu madre?

—Ella... también junto a mi hermana. ¡Los médicos dicen que va a morir!

—Entonces, tu padre envía a niños a interceder ante los dioses.

Entendí en ese momento por primera vez la razón de nuestra presencia allí.

—Pero le he prometido a Amón lo que sea que él desee —dijo Ramsés con desesperación—. Lo que sea que llegue a poseer en el futuro.

—¿Y tu padre nunca consideró llamarme?

—¡Lo ha hecho! Ha solicitado vuestra presencia en el palacio —se le quebró la voz—. Pero ¿cree que Amón la curará?

El sumo sacerdote avanzó por el suelo de baldosas.

—¿Quién puede saberlo?

—Pero me he arrodillado y le he ofrecido lo que fuese. He hecho lo que me fue pedido.

—Tú tal vez —repuso el sumo sacerdote con brusquedad—, pero el faraón no ha visitado en persona mi templo.

Ramsés me tomó de la mano y juntos seguimos el ruedo de la túnica del sumo sacerdote en dirección al patio. Una trompeta quebró en pedazos la tranquilidad de la noche y los sacerdotes aparecieron envueltos en largas capas blancas; y en ese momento pensé en el momificado dios Osiris. En la oscuridad fue imposible distinguir sus rasgos, pero cuando se hubieron reunido los suficientes, el sumo sacerdote gritó:

—¡Al palacio de Malkata!

Con las luces de las antorchas al frente, nos adentramos en la oscuridad. Nuestros carruajes avanzaron a través del frío de Mechir hacia el Nilo. Y cuando hubimos atravesado las aguas hasta las escalinatas del palacio, los guardias guiaron a nuestra comitiva dentro del vestíbulo.

—¿Dónde se encuentra la familia real? —inquirió el sumo sacerdote.

—En las estancias de la princesa, su santidad.

El sumo sacerdote se dirigió hacia las escaleras.

—¿Vive aún?

Al no responder ningún guardia, Ramsés echó a correr y yo detrás, temiendo que me dejasen en los oscuros vestíbulos del palacio.

—¡Pili! —gritó Ramsés—. ¡Pili, no! ¡Aguarda!

Subió las escalinatas de dos en dos y a la entrada de la habitación de Pili dos guardias armados se apartaron para dejarlo pasar. Ramsés abrió la pesada puerta de madera, ubicada al extremo de las escalinatas, y se detuvo. Escruté la penumbra. El aire estaba denso por el incienso y la reina, doblada por el dolor de la pérdida. El faraón se mantuvo de pie en las sombras, alejado de la única lámpara de aceite que iluminaba la habitación.

—Pili —susurró Ramsés—. Pili —lloró. Le tuvo sin cuidado que sollozar fuese impropio de un príncipe. Corrió hacia la cama y tomó la mano de su hermana. Los ojos de la princesa estaban cerrados y su pequeño pecho ya no se estremecería de frío. A su lado, en el lecho, la reina de Egipto dejó escapar un violento sollozo.

—Ramsés, debes ordenarles que comiencen a tocar las campanas.

Ramsés miró a su padre como si el faraón de Egipto fuese capaz de vencer a la misma muerte.

El faraón Seti le ordenó con un gesto de su cabeza:

—¡Ve!

—Pero lo he intentado —lloró Ramsés—. Le rogué a Amón.

Seti atravesó el cuarto y colocó su mano sobre el hombro de Ramsés.

—Lo sé. Y ahora debes decirles que hagan sonar las campanas. Anubis se la ha llevado.

Sin embargo, pude ver que Ramsés no podía soportar dejar sola a Pili. Ella le temía a la oscuridad, como yo, y la habría asustado tanto llanto a su alrededor. Ramsés dudó, pero la voz de su padre fue taxativa:

—¡Ve!

Ramsés me miró y quedó sobrentendido que lo acompañaría.

En el patio una anciana sacerdotisa se sentó bajo las ramas retorcidas de una acacia, sosteniendo una pequeña campana de bronce entre sus manos marchitas.

—Anubis vendrá a por cada uno de nosotros un día —dijo mientras su aliento cortaba el frío de la noche.

—¡No a los seis años! —sollozó Ramsés—. No cuando imploré a Amón por su vida.

La sacerdotisa rio con severidad.

—¡Los dioses no escuchan a los niños! ¿Cuáles han sido tus grandes logros por los cuales Amón debería atender tus súplicas? ¿En qué guerras has vencido? ¿Qué monumentos has erigido? —Me escondí detrás de la capa de Ramsés y ambos permanecimos inmóviles—. ¿Dónde ha escuchado Amón tu nombre como para reconocerlo entre tantos miles de plegarias? —inquirió.

—En ninguna parte —oí susurrar a Ramsés, y la anciana sacerdotisa asintió con firmeza.

—Si los dioses no pueden reconocer tus nombres —advirtió—, nunca escucharán tus plegarias.

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1

El faraón del Bajo Egipto

 

 

 

Tebas, 1283 a. C.

 

 

ESTATE QUIETA —me amonestó Paser con firmeza.

Aunque Paser era mi tutor y no podía decirle a una princesa lo que debía hacer, tendría más líneas que copiar si no le obedecía. Dejé de retorcerme dentro de mi vestido bordado y obedientemente permanecí con el resto de los niños del harén del faraón Seti. Pero a los trece años siempre estaba impaciente. Además, todo lo que podía ver era el cinto dorado de la mujer frente a mí. Un sudor espeso le bajaba por el cuello desde debajo de la peluca y le manchaba las ropas de lino. Tan pronto como Ramsés pasase en la procesión real, toda la corte podría escapar del bochorno y seguirlo hasta el fresco reparo de la sombra del templo. Pero la procesión avanzaba con terrible lentitud. Miré hacia arriba en dirección a Paser, quien buscaba abrirse paso hacia el frente de la multitud.

—¿Dejará Ramsés de estudiar con nosotros ahora que va a ser corregente? —pregunté.

—Sí —respondió Paser distraídamente. Tomó mi brazo y me condujo por aquel mar de gente—. ¡Abran paso a la princesa Nefertari! ¡Abran paso! —Mujeres y niños se hicieron a un lado hasta que nos encontramos a la mismísima vera del camino. A lo largo de toda la avenida de las Esfinges habían colocado altos recipientes con incienso humeante que llenaba el aire con el aroma sagrado del kyphi, lo cual haría que este día, sobre todos los demás, fuera auspicioso. Paser me empujó hacia delante cuando el sonido metálico de las trompetas llenó la avenida.

—¡El príncipe se aproxima!

—Veo al príncipe todos los días —murmuré con brusquedad.

Ramsés era el único hijo del faraón Seti y su niñez quedaba atrás ahora que había cumplido diecisiete años. Ya no estudiaría con él en la edduba, tampoco volveríamos a cazar juntos por las tardes. Por lo tanto, su coronación no era de mi interés, aunque cuando fue posible verlo, incluso yo debí contener el aliento. Estaba cubierto de joyas desde su amplio collar de lapislázuli hasta los puños dorados en tobillos y muñecas. Su cabello rojizo brillaba como el cobre bajo el sol y una pesada espada colgaba del cinto. Cientos de egipcios se adelantaban en tropel para verlo y, al tiempo que Ramsés avanzaba dando zancadas entre la procesión, me aproximé a él para tirarle del cabello. Y aunque Paser inspiró profundamente, el faraón Seti rio y toda la procesión se detuvo.

—La pequeña Nefertari —comentó el faraón, dando golpecitos en mi cabeza.

—¿Pequeña? —Henchí el pecho—. No soy pequeña.

Tenía entonces trece años y en un mes más cumpliría catorce. El faraón Seti rio ante mi obstinación.

—Entonces, pequeña solo por tu estatura —repuso el faraón—. ¿Dónde se encuentra esa nodriza tan tenaz que tienes?

—¿Merit? En el palacio, preparándose para el banquete, su alteza.

—Bueno, en ese caso dile a Merit que deseo verla en el Gran Salón esta noche. Debemos enseñarle a sonreír con la misma belleza con la que tú lo haces.

Me pellizcó las mejillas y la procesión continuó hasta su paso hacia el fresco reparo del templo.

—Permanece a mi lado —ordenó Paser.

—¿Por qué? Nunca antes te importó adónde iba.

Fuimos arrastrados dentro del templo con el resto de la corte y al fin cedió el pesado calor del día. En los pasillos apenas iluminados, un sacerdote ataviado con la larga túnica blanca de Amón nos guio velozmente al sanctasanctórum. Presioné con la palma de mi mano las frescas losas de piedra en las que se habían tallado y pintado las imágenes de los dioses, cuyos rostros no alteraban sus expresiones de alegría, como si estuviesen felices de vernos allí.

—Ten cuidado con la pintura —me advirtió Paser con brusquedad.

—¿Hacia dónde nos dirigimos?

—Hacia el sanctasanctórum.

El pasaje se ensanchó hasta dar lugar a una cámara abovedada que provocó un murmullo de sorpresa entre la multitud. Columnas de granito se erigían en la penumbra y las tejas azules del techo tenían incrustaciones en plata que imitaban el brillo del cielo nocturno. En una tarima pintada, aguardaba un grupo de sacerdotes de Amón. Lucían como garzas sus largas faldas blancas y sus piernas tersas estaban bronceadas. En ese momento pensé con tristeza que una vez que Ramsés fuese corregente ya no volvería a ser un despreocupado príncipe jugando en los pantanos, pero aún quedaban los demás niños de la edduba y recorrí la multitud con la mirada en busca de un amigo.

—¡Asha! —Le hice señas y cuando me vio junto a nuestro tutor, se acercó con cautela. Como de costumbre, sus largos cabellos estaban sujetos en un ajustada trenza. La misma que uno podía ver detrás de él, como un látigo, donde fuera que nos encontráramos cazando. Aunque era su flecha la que de costumbre derribaba al toro, él jamás era el primero en aproximarse a la presa. Por tal motivo, el faraón lo llamaba Asha, el cauteloso. Pero todo lo que Asha tenía de cauto, Ramsés lo tenía de impulsivo. Durante la cacería, siempre iba al frente aun en los sitios más peligrosos y su propio padre lo llamaba Ramsés, el imprudente. Desde luego, se trataba de una broma privada entre ambos y nunca nadie, a excepción del faraón Seti, le llamó de ese modo. Saludé a Asha con una sonrisa, pero la mirada que le dirigió Paser no fue tan acogedora.

—¿Por qué no te encuentras de pie en el estrado junto al príncipe?

—Porque la ceremonia no comenzará hasta que suenen las trompetas —explicó Asha.

Paser suspiró, y Asha se volvió hacia mí.

—¿Qué te ocurre? ¿No estás entusiasmada?

—¿Cómo podría estarlo, cuando de ahora en adelante Ramsés pasará todo el tiempo en la sala de audiencias y en menos de un año tú partirás al ejército? —le pregunté.

Asha se removió, incómodo dentro de su pectoral de cuero.

—De hecho, si he de llegar a ser un general —explicó—, mi entrenamiento debe comenzar este mes.

Resonaron las trompetas.

—¡Ha llegado el momento! —dijo, y su larga trenza desapareció en la multitud.

Un gran silencio se apoderó del templo y levanté la vista en dirección a Paser, quien evitó mi mirada.

—¿Qué está haciendo ella aquí? —protestó alguien entre dientes, y sin necesidad de darme la vuelta supe que aquella mujer se estaba refiriendo a mí—. No traerá más que mala suerte a este día.

Paser miró en mi dirección y al tiempo que los sacerdotes comenzaban a entonar sus himnos a Amón, simulé no haber escuchado lo que la mujer había susurrado. En cambio, observé cómo el sumo sacerdote Rahotep salía de entre las sombras de un pasaje abovedado. Llevaba pieles de leopardo sobre sus hombros y, a medida que ascendía lentamente al estrado, los niños junto a mí apartaban la mirada. Su expresión resultaba inmutable, como una máscara que nunca deja de sonreír, y su ojo izquierdo estaba tan rojo como una piedra cornalina. Densas nubes de incienso llenaban el aire del sanctasanctórum, pero Rahotep parecía inmune a la humareda. Tomó la corona desheret en sus manos y sin pestañear la ubicó sobre la dorada frente de Ramsés.

—Que el gran dios Amón acoja a Ramsés II, quien desde este momento es el faraón del Bajo Egipto.

Al tiempo que la corte comenzaba a vitorearlo estruendosamente, sentí hundirse mi corazón. Debía abanicar el aire con mi mano para librarme del aroma acre proveniente de las axilas de las mujeres. Los niños golpeaban dos tablas de marfil generando un sonido que inundaba la cámara por completo. Seti, quien a partir de entonces solo gobernaría el Alto Egipto, sonrió ampliamente. Con el entusiasmo intacto, los cortesanos comenzaron a moverse, aplastándome entre sus cinturones.

—¡Venga, vamos al palacio! —me urgió Paser.

Eché una mirada detrás de mí.

—¿Qué hay de Asha?

—Tendrá que encontrarte luego.

 

 

Dignatarios provenientes de todos los rincones del mundo acudieron al palacio de Malkata para celebrar la coronación de Ramsés. Permanecí de pie a la entrada del Gran Salón, donde la corte cenaba cada noche, para admirar el brillo de cientos de lámparas de aceite que reflejaban su luz a través de las pulidas baldosas. La sala estaba repleta de hombres y mujeres que vestían trajes bordados y las faldas más delicadas.

—¿Habías visto alguna vez tanta gente?

Me di la vuelta, sorprendida.

—¡Asha! —exclamé—. ¿Dónde te habías metido?

—Mi padre me requirió en la caballeriza para preparar...

—¿Para preparar tu partida a la milicia? —Me crucé de brazos, y cuando él percibió que me encontraba en verdad molesta, mostró una sonrisa encantadora.

—Pero en este momento estoy aquí contigo. —Tomó mi brazo y me guio dentro de la sala—. ¿Has visto a los emisarios que han venido? Apostaría a que eres capaz de hablar con cualquiera de ellos.

—No sé hablar shasu —dije solo para contradecirle.

—Pero ¡sí todos los demás idiomas! Si no fueses chica, podrías ser visir. —Miró en dirección al salón y exclamó—: ¡Mira!

Seguí su mirada en dirección al faraón Seti y a la reina Tuya, sobre el estrado real. La reina no iba a ninguna parte sin su iwiw, al que llamaba Adjo. El perro era blanco y negro, y descansaba la afilada cabeza sobre su regazo. Si bien su iwiw había sido criado para cazar liebres en los pantanos, lo máximo que llegaba a caminar por aquel entonces era desde su almohadón de plumas hasta el cuenco de agua. Y ahora que Ramsés era el faraón del Bajo Egipto, un tercer trono había sido acomodado junto a su madre.

—Ya veo que Ramsés se sentará junto a sus padres —dije desanimada. Normalmente había comido a mi lado bajo el estrado, en la larga mesa que compartíamos con los miembros más importantes de la corte. Y ahora habían quitado su silla, y pude ver que la mía había sido ubicada junto a Woserit, la suma sacerdotisa de Hathor. Asha reparó en esto mismo y negó con la cabeza.

—Es una pena que no puedas sentarte junto a mí. ¿Qué tema de conversación podrías tener con Woserit?

—Supongo que ninguno.

—Al menos, te han ubicado frente a Henutmire. ¿Crees que en esta ocasión te dirigirá la palabra?

Toda Tebas estaba fascinada con Henutmire, no porque fuera una de las hermanas menores del faraón Seti, sino porque no había nadie en todo Egipto con una belleza tan cautivadora. Sus labios estaban cuidadosamente pintados para hacer juego con la túnica roja de la diosa Isis y únicamente a la suma sacerdotisa le estaba permitido llevar aquel color tan intenso. A los siete años me fascinaba el modo en que la capa se enroscaba en sus sandalias, como agua bañando delicadamente la proa de un barco. Siendo una niña creía que ella era la mujer más hermosa que llegaría a ver y esta noche pude comprobar que aún estaba en lo cierto. Aun cuando nos habíamos sentado a la misma mesa desde que tengo memoria, no podía recordar un solo instante en el que se hubiera dirigido a mí. Suspiré.

—Lo dudo.

—Bueno, no te preocupes, Nefer. —Asha dio unas palmaditas sobre mi hombro, del modo en que un hermano mayor lo haría—. Estoy seguro de que harás amigos.

Atravesó el salón y lo vi saludar a su padre, que se encontraba a la mesa de los generales. Pronto, pensé, él será uno de ellos, con el cabello trenzado recogido en un pequeño bucle sobre el cuello, yendo a todas partes con una espada. Cuando Asha dijo algo que hizo reír a su padre, recordé a mi madre, la reina Mutnedjemet. Si hubiese vivido, esta hubiese sido su corte, llena de sus amigos, visires y príncipes. Las mujeres jamás se atreverían a rumorear sobre mí, puesto que en lugar de ser una princesa de reserva, sería la princesa.

Ocupé mi lugar junto a Woserit y un príncipe proveniente de Hatti me sonrió desde el otro lado de la mesa. Las tres largas trenzas propias solo de los hititas le caían sobre la espalda. En su condición de invitado de honor, le habían sentado a la derecha de Henutmire, sin embargo nadie había recordado la costumbre hitita de ofrecer el pan en primer lugar al invitado de mayor jerarquía. Tomé el pan intacto y se lo alcancé.

Estaba a punto de darme las gracias cuando Henutmire le puso su fina mano en el brazo y anunció al resto de la mesa:

—La corte de Egipto tiene el honor de recibir al príncipe de Hatti como invitado a la coronación de mi sobrino.

Los visires, junto al resto de quienes se hallaban sentados a la mesa, alzaron las copas y cuando el invitado pronunció una lenta respuesta en el idioma de Hatti, Henutmire sonrió, pero lo que el príncipe acababa de decir no daba motivo para sonreír. Con la mirada buscó asistencia entre los presentes y cuando nadie salió en su ayuda, sus ojos se posaron sobre mí.

—Dice que, aunque se trata de un día de celebración —traduje—, espera que el faraón Seti viva por muchos años más y que el trono del Bajo Egipto no le sea legado a Ramsés demasiado pronto.

Henutmire palideció y de inmediato supe que había cometido un error.

—Una chica inteligente —dijo el príncipe con dificultad en egipcio.

Pero Henutmire entornó la mirada.

—¿Inteligente? Incluso un loro es capaz de aprender por imitación.

—Admítalo, sacerdotisa. Nefertari es bastante lista —repuso el visir Anemro—. Nadie más se ha acordado de ofrecerle pan al príncipe cuando se ha sentado a la mesa.

—Ya lo creo que se ha acordado —dijo Henutmire con dureza—. Lo aprendió de su tía, seguro. Si mal no recuerdo, a la reina hereje le gustaban tanto los hititas que los invitó a Amarna y estos trajeron consigo la plaga. Me sorprende incluso que nuestro hermano le permita sentarse a nuestra mesa.

Woserit frunció el entrecejo.

—Aquello ocurrió mucho tiempo atrás. Nefertari no puede evitar que su tía haya sido quien fue. —Se volvió hacia mí—. No tiene importancia —dijo amablemente.

—¿De veras? —se relamió Henutmire—. Entonces, ¿por qué otro motivo consideraría Ramsés desposar a Iset y no a nuestra princesa? —Apoyé mi copa en la mesa y ella continuó—: Desde luego, desconozco cuál será el destino de Nefertari si no ha de convertirse en la esposa de Ramsés. Tal vez, Woserit, tú podrías encargarte de ella. —Henutmire miró a su hermana menor, la suma sacerdotisa de la diosa vaca Hathor—. He escuchado que tu templo necesita algunas buenas vaquillas.

Algunos de los cortesanos sentados a nuestra mesa rieron por lo bajo y Henutmire me miró del modo en el que una serpiente observa a su presa.

Woserit se aclaró la garganta.

—No sé por qué nuestro hermano se molesta en soportarte.

Henutmire ofreció su mano al príncipe de Hatti y, aunque este parecía perplejo, ambos se pusieron de pie para unirse al baile. Cuando la música comenzó a sonar, Woserit se inclinó hacia mí.

—De ahora en adelante, debes cuidarte de mi hermana. Henutmire tiene muchos amigos influyentes dentro del palacio y puede arruinarte en Tebas si ese es su deseo.

—¿Porque traduje las palabras del príncipe?

—Porque tiene interés en ver a Iset convertida en la gran esposa real y han corrido rumores de que ese es un lugar que Ramsés querría pedirte que ocuparas. Debido a tu pasado, yo diría que es algo improbable, pero, aun así, mi hermana estaría más que complacida de verte desaparecer. Si deseas sobrevivir dentro de este palacio, Nefertari, te sugiero que pienses cuál será tu lugar en él. La niñez de Ramsés ha terminado esta noche y tu amigo Asha pronto se incorporará al ejército. ¿Qué harás tú? Naciste princesa y tu madre fue una reina, pero cuando ella murió, también lo hizo tu posición dentro de esta corte. No tienes quién te guíe y es por ello que se te permite correr libremente por aquí, cazar junto con los chicos y tirarle del pelo a Ramsés.

Me sonrojé. Había supuesto que Woserit estaba de mi parte.

—Oh, al faraón Seti le resultas una monada —admitió—. Y lo eres. Pero en dos años más esa clase de comportamiento ya no será tan encantador. ¿Y qué será de ti cuando cumplas veinte? ¿O incluso treinta? Cuando se haya acabado el oro que has heredado, ¿quién te mantendrá? ¿Paser nunca te ha hablado de estas cosas?

Me mordí el labio para contener el llanto.

—No.

Woserit alzó las cejas.

—¿Ninguno de tus tutores?

Negué con la cabeza.

—De ser así, aún te queda mucho por aprender, independientemente de lo fluido que hables la lengua de Hatti.

 

 

Esa noche, mientras me desvestía para acostarme, mi aya reparó en mi inusual silencio.

—¿Qué ocurre? ¿No practicarás idiomas hoy, mi señora? —Vertió agua tibia en una vasija con un cántaro y me alcanzó un lienzo para que pudiera lavarme el rostro.

—¿Cuál es el propósito de seguir haciéndolo? ¿Cuándo tendré oportunidad de usarlos? Los visires aprenden idiomas, ellos, no las princesas segundonas. Y puesto que una mujer no puede convertirse en visir...

Merit arrimó una banqueta y se sentó junto a mí. Examinó mi rostro en el bronce pulido. Ninguna nodriza podría haber sido más diferente de la persona a su cuidado. Sus huesos eran largos en tanto que los míos eran pequeños, y a Ramsés le gustaba decir que, cuando se enojaba, el cuello se le hinchaba debajo de la barbilla como el buche de un pelícano gordo. Sus caderas y sus pechos eran voluptuosos, en tanto yo carecía tanto de caderas como de pechos. Era mi nodriza desde los tiempos en que mi madre muriera dándome a luz y la amaba como si fuese mi propia mawat. Su mirada se suavizó al intuir mis pesares.

—Ah —suspiró profundamente—. Estás así porque Ramsés se casará con Iset.

La miré a través del espejo.

—Entonces, ¿es verdad?

Se encogió de hombros.

—Ha habido rumores en el palacio —admitió, al tiempo que se acomodaba sobre la banqueta, haciendo sonar las ajorcas de fayenza de sus tobillos—. Desde luego tenía esperanzas de que se casara contigo.

—¿Conmigo? —Recordé las palabras de Woserit y la miré fijamente—. ¿Por qué conmigo?

Tomó mi lienzo y lo escurrió sobre la vasija.

—Porque eres la hija de una reina, sin importar tu relación con el hereje y su esposa. —Se refería a Nefertiti y a su esposo, Amenhotep, quienes habían proscrito a los dioses egipcios provocando la ira de Amón. Sus nombres jamás eran mencionado en Tebas. Se los mencionaba simplemente como «los herejes» e incluso antes de que pudiera entender lo que aquella palabra significaba, supe que expresaba algo malo. Entonces, intenté imaginar a Ramsés mirándome con sus grandes ojos azules, ofreciéndome matrimonio, y una cálida sensación me recorrió el cuerpo. Merit prosiguió—: Tu madre hubiese esperado verte casada con un rey.

—¿Y si no llego a casarme? Después de todo, ¿y si Ramsés no me considera adecuada como esposa?

—En tal caso te convertirás en una sacerdotisa, pero tú visitas el templo de Amón a diario y has visto cómo viven las sacerdotisas —me dijo con tono de advertencia, haciéndome un ademán para que me ponga de pie junto con ella—. No habrá elegantes corceles ni carros.

Alcé los brazos y Merit me quitó el vestido bordado.

—¿Ni aunque me convirtiera en la suma sacerdotisa?

Merit rio.

—¿Acaso ya estas planeando la muerte de Henutmire?

Me sonrojé.

—Desde luego que no.

—Bueno, tienes trece años, ya casi catorce. Es hora de que decidas cuál será tu sitio dentro de este palacio.

—¿Por qué será que esta noche todos me dicen lo mismo?

—Porque la coronación de un rey lo altera todo.

Me puse un vestido limpio y cuando ya estuve dentro de la cama, Merit me miró.

—Tienes los ojos de Tefer —me dijo con ternura—. Prácticamente brillan a la luz de la lámpara.

Mi miw manchado se hizo un ovillo cerca de mí y, al vernos juntos, Merit sonrió y dijo:

—Un par de bellezas de ojos verdes.

—No tan bella como Iset.

Merit se sentó al borde de mi cama.

—Eres tan bella como cualquier muchacha del palacio.

Puse los ojos en blanco y aparté el rostro.

—No tienes que fingir. Sé que no me parezco a Iset.

—Ella es tres años mayor que tú. En uno o dos años serás una mujer y tu cuerpo se habrá desarrollado.

—Asha dice que nunca creceré y que a mis veinte años seré tan baja como los enanos de Seti.

Merit presionó su mentón hacia dentro y su buche de pelícano se movió provocado por el enojo.

—¿Y qué es lo que cree saber Asha sobre los enanos de Seti? ¡Un día serás tan esbelta y hermosa como Isis! Y si no llegas a ser tan alta —agregó con cautela—, entonces al menos igualmente bella. ¿Qué otra chica del palacio tiene tus ojos? Son tan hermosos como los de tu madre. Y tienes la sonrisa de tu tía.

—No me parezco en nada a mi tía —repliqué con ira.

Pero entonces pensé que Merit había crecido en la corte de Nefertiti y Amenhotep y sabría si esto era verdad. Su padre había sido un importante visir y Merit se había convertido en la nodriza de los hijos de Nefertiti. Durante la terrible plaga que azotó Amarna, el aya perdió a su familia y a dos hijas de Nefertiti a su cuidado. Pero ella nunca me había mencionado aquello y yo sabía que prefería olvidar lo que había ocurrido veinte años atrás. Del mismo modo, estaba segura de que Paser nos había enseñado que el sumo sacerdote Rahotep, el del ojo color rojo sangre, también había estado al servicio de mi tía, pero me atemorizaba demasiado confirmar este aspecto con Merit. Esto representaba mi pasado: ojos entornados, murmullos e incertidumbre. Sacudí la cabeza y murmuré:

—No me parezco en nada a mi tía.

Merit alzó sus cejas.

—Tal vez haya sido una hereje —me susurró—, pero fue la belleza más radiante que pisara Egipto alguna vez.

—¿Más bella que Henutmire? —la desafié.

—Henutmire es apenas un bronce de poco valor en comparación con el oro que era tu tía.

Intenté imaginar un rostro más bello que el de Henutmire, pero me fue imposible. Secretamente, deseé que hubiese sobrevivido alguna imagen de Nefertiti en Tebas.

—¿Crees que Ramsés elegirá a Iset como esposa suya porque estoy emparentada con la reina hereje?

Merit me cubrió con la manta, provocando la protesta de Tefer.

—Creo que Ramsés elegirá a Iset porque tú tienes trece y él diecisiete. Pero pronto, mi señora, serás una mujer preparada para enfrentar cualquier futuro que decidas para ti.

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2

Tres líneas cuneiformes

 

 

 

CADA MAÑANA, durante los últimos siete años, había caminado desde mi habitación, que daba al patio real, hasta el pequeño templo de Amón ubicado junto al palacio. Y allí, debajo de las columnas de piedra caliza, bromeé con los otros estudiantes de la edduba mientras el tutor Oba subía por el sendero arrastrando los pies y usando el bastón como una espada con la que apartaba a quien se interpusiera en su camino. Dentro del templo, los sacerdotes nos perfumaban las ropas con kyphi sagrado y nos retirábamos con aquel aroma que era la bendición diaria de Amón. Ramsés y Asha solían echarme carreras hasta la escuela de paredes encaladas, ubicada detrás del templo, pero la coronación de ayer lo cambiaba todo. Ahora, Ramsés se iría y Asha se sentiría demasiado avergonzado para jugar. Me diría que ya era mayorcita para andarme con tales juegos. Y pronto él también me dejaría.

Al ver a Merit, la seguí desanimada hasta mi vestidor, y levanté los brazos para que pudiera colocarme la faja de lino que me sujetaba la falda.

—¿Qué será hoy, mi señora?, ¿mirto o alholva?

Me encogí de hombros.

—Me da igual.

Frunció el entrecejo y trajo la crema de mirto. Abrió el jarro de alabastro con un giro de muñeca y esparció la gruesa crema sobre mis mejillas.

—Deja ya de poner esa cara —me reprendió.

—¿Qué cara?

—Como la de Bes.

Contuve la risa. Bes era el dios enano de los nacimientos y su mueca espantosa asustaba a Anubis, impidiéndole llevarse a los recién nacidos al Más Allá.

—No comprendo por qué estás enfadada —dijo Merit—. No estarás sola. La edduba está repleta de estudiantes.

—Que solo son amables conmigo por causa de Ramsés. Asha y Ramsés son mis verdaderos amigos. Ninguna de las otras chicas irá a cazar o a nadar conmigo.

—En ese caso, es una suerte que Asha aún asista a la edduba.

—Por ahora.

A regañadientes, tomé la bolsa escolar y al verme Merit salir de mi habitación me dijo:

—¡Frunciendo el entrecejo como Bes solo lograrás que se marche antes!

Pero yo no estaba de humor para sus bromas. Tomé el camino más largo para llegar a la edduba, a través del pasaje oriental, dentro de los ensombrecidos patios de la parte trasera del palacio, para seguir luego a lo largo de la creciente hilera de templos y barracones que separaban el palacio de Malkata de las colinas aledañas. A menudo oía que comparaban al palacio con una perla, perfectamente protegido dentro de su concha. De un lado, los acantilados de piedra caliza, y del otro el lago, que había sido dragado por mi akhu para permitir la navegación de los botes desde el Nilo hasta las mismísimas escalinatas de la sala de audiencias. Amenhotep III lo construyó para su esposa, la reina Tiye. Cuando sus arquitectos le dijeron que tal empresa no era posible, entonces lo diseñó él mismo. Con su legado ante mí, caminé lentamente bordeando el lago, atravesé los barracones con su hilera de polvorientos terrenos y luego, por debajo de los cuartos de los sirvientes, cuyas construcciones se volvían más bajas detrás del barranco, en dirección al oeste. Al llegar a la orilla del lago, me acerqué a la superficie del agua para observar mi reflejo.

No me parezco en nada a Bes, pensé. En primer lugar, él tiene una nariz mucha más grande que la mía. Reproduje la mueca que todos los artistas esculpían en las estatuas de Bes y alguien rio detrás de mí.

—¿Estás admirando tus dientes? —gritó Asha—. ¿Y qué clase de mueca es esa?

Le fulminé con mi mirada.

—Merit dice que mi expresión es como la de Bes.

Asha dio un paso hacia atrás para escudriñar mi rostro.

—Sí, puedo ver el parecido. Ambos tenéis grandes mejillas y eres más bien baja.

—¡Ya basta!

—¡No he sido yo el de la mueca! —Continuábamos nuestro camino hacia el templo cuando Asha me preguntó—: ¿Así que anoche Merit te ha contado las novedades que dicen que posiblemente Ramsés contraiga matrimonio con Iset?

Aparté mi mirada y no respondí. En el calor de Thot, el sol proyectaba sus rayos en el lago como si se tratase de la red dorada de un pescador.

—Si Ramsés ha de casarse —dije finalmente—, ¿por qué no nos lo iba a decir directamente?

—Tal vez no esté seguro. Después de todo, la decisión final es del faraón Seti.

—Pero ¡ella no es en nada apropiada para Ramsés! ¡No caza, no sabe nadar ni jugar al senet! ¡Ni siquiera es capaz de leer hitita!

El tutor Oba nos fulminó con la mirada al tiempo que nos aproximamos al patio y Asha me susurró:

—Prepárate.

—¡Qué amable de vuestra parte reunirse con nosotros! —exclamó Oba. Doscientos rostros se volvieron en nuestra dirección y Oba golpeó a Asha con su bastón—: ¡Ponte en fila!

El golpe cayó en la parte trasera de la pierna de Asha y ambos nos apresuramos a reunirnos con los demás estudiantes.

—¿Acaso creen ustedes que Ra hace su aparición en su barca solar cuando le apetece? ¡Desde luego que no! Es puntual. ¡Cada uno de sus rayos lo es!

Asha miró por encima del hombro en mi dirección, mientras seguíamos al tutor Oba en fila hacia el santuario. Habían repartido sobre el suelo tapetes de tela para nosotros y al tiempo que ocupábamos nuestros lugares, a la espera de los sacerdotes, le susurré a Asha:

—Apuesto a que Ramsés está ahora mismo sentado en la sala de audiencias, deseando estar con nosotros.

—No estoy tan seguro. Está a salvo del tutor Oba.

Me reí por lo bajo y entonces me dio tos. Los siete sacerdotes se hicieron presentes balanceando los incensarios y entonando los himnos matinales a Amón.

 

Alabado seas, Amón-Ra, señor de los tronos terrenales, creador de toda vida, antiguo habitante de los cielos, sostén de todas las cosas.

Dios de los dioses, señor de la verdad, creador de todo cuanto existe en el cielo y en la tierra.

¡Alabado seas!

 

El incienso que llenaba la cámara provocó la tos de un estudiante. El tutor Oba se volvió y lo miró con ferocidad. Codeé a Asha en un costado, curvé los labios en una mueca de malicia y enojo e imité el gruñido de Oba. Uno de los estudiantes se rio fuerte. El tutor se dio la vuelta.

—¡Asha y princesa Nefertari! —dijo con brusquedad.

Asha me miró y yo rompí en una risita tonta. Pero una vez fuera del templo no me atreví a pedirle a Asha que echase conmigo una carrera hasta la edduba.

—No sé por qué los sacerdotes no nos echaron —dijo.

Sonreí.

—Porque somos de la realeza.

—Tú eres de la realeza —replicó Asha—. Yo soy el hijo de un soldado.

—Querrás decir el hijo de un general.

—Aun así, no soy como tú. No poseo un aposento en palacio ni un sirviente personal. Debo tener más cuidado.

—Pero fue divertido —le provoqué.

—Un poco —admitió Asha al aproximarnos a las bajas paredes blancas de la edduba real.

La vista de la escuela desde las colinas se achaparraba como un ganso gordo, y Asha aminoró su paso a medida que nos aproximábamos a sus puertas abiertas.

—¿Y qué crees que estudiaremos hoy? —preguntó.

—Posiblemente escritura cuneiforme.

Suspiró profundamente.

—No puedo permitirme llevarle otra vez malos resultados a mi padre.

—Siéntate en la estera próxima a la mía y yo escribiré lo suficientemente grande como para que puedas leerlo.

Dentro de los pasillos de la edduba de paredes encaladas, los estudiantes se llamaban unos a otros a través de los corredores abovedados, riendo e intercambiando historias hasta que las trompetas llamaron a clase. Paser se mantuvo de pie a la entrada de nuestro salón, observando aquel caos, pero cuando Iset se hizo presente, el silencio se apoderó por entero del salón. Ella se movía entre los estudiantes, que se echaban a un lado ante su presencia, como apartados por una mano gigante. Se sentó frente a mí, cruzando sus largas piernas sobre la estera del modo en que siempre lo había hecho, aunque esta vez, cuando se echó a un lado su oscuro cabello, sus dedos me resultaron fascinantes. Eran largos y afilados. En la corte, solo Henutmire tocaba el arpa con más habilidad que Iset. ¿Había sido ese el motivo por el que el faraón Seti había supuesto que sería una buena esposa?

—Ya podemos dejar de mirarla fijamente —dijo Paser—. Saquemos nuestra tinta. Hoy, traduciremos dos de las cartas que el emperador hitita le envió al faraón Seti. Como ya sabéis, la escritura del lenguaje hitita es cuneiforme, lo que significa que debéis transcribir cada carácter cuneiforme en jeroglíficos.

Saqué varias plumas hechas de junco y la tinta de mi bolso. Cuando la canasta con papiros en blanco llegó hasta mí, tomé el más liso de toda la pila. Fuera de la edduba, la trompeta volvió a sonar, acallando el barullo proveniente de los otros salones de clases. Paser nos entregó copias de la primera carta del emperador Muwatallis y, en el calor de las primeras horas del día, el sonido de las plumas frotando los papiros se posó sobre la habitación. El aire se espesó y gotas de sudor se formaron detrás de mis rodillas al sentarme con las piernas cruzadas. Dos mozos del palacio enfriaban el salón con dos largas paletas y, al remover el aire, esparcían el perfume de Iset por toda la cámara, provocándome picazón en la nariz. Ella había dicho a los estudia

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