Amante Vengado (La Hermandad de la Daga Negra 7)

J.R. Ward

Fragmento

 indice

Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Agradecimientos

Cita

Glosario de términos y nombres propios

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Capítulo 69

Capítulo 70

Capítulo 71

Capítulo 72

Capítulo 73

Capítulo 74

Notas

Sobre la autora

La Hermandad de la Daga Negra

Créditos

Grupo Santillana

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DEDICADO A TI.
LAS PALABRAS BUENO Y MALO NUNCA HAN

SIDO TAN RELATIVAS COMO CUANDO

SE APLICAN A PERSONAS COMO TÚ

PERO YO ESTOY DE ACUERDO CON ELLA.

PARA MÍ, TÚ SIEMPRE HAS SIDO UN HÉROE.

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Agradecimientos

 

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INMENSA GRATITUD PARA LOS LECTORES
DE LA SAGA DE LA HERMANDAD DE LA DAGA NEGRA
Y UN SALUDO A LOS CELLIES.

MUCHAS GRACIAS A STEVEN AXELROD,
KARA CESARE, CLAIRE ZION, KARA WELSH Y LESLIE GELBMAN.
GRACIAS A LU Y OPAL, ASÍ COMO A NUESTROS MODS
Y A TODOS NUESTROS HALL MONITORS, POR TODO
LO QUE HACEN GRACIAS A LA BONDAD DE SU CORAZÓN.

COMO SIEMPRE, MUCHAS GRACIAS A MI COMITÉ EJECUTIVO:

SUE GRAFTON, DOCTORA JESSICA ANDERSEN
Y BETSEY VAUGHAN. Y MIS RESPETOS A LA INCOMPARABLE
SUZANNE BROCKMANN Y
A LA SIEMPRE FABULOSA CHRISTINE FEEHAN (Y FAMILIA).

A DLB: DECIR QUE TE ADMIRO SERÍA MÁS QUE OBVIO,
PERO DE TODAS MANERAS LO DIGO.
TE QUIERO, MAMÁ.

A NTM: QUIEN SIEMPRE TIENE RAZÓN Y TODAVÍA
LOGRA QUE TODOS LO QUERAMOS.

A LEELLA SCOTT: QUIEN LO TIENE, QUERIDA,
SÍ, CLARO QUE LO TIENE.

A LA BEBÉ KAYLIE Y SU MAMÁ, PORQUE LAS QUIERO MUCHO.
NADA DE ESTO SERÍA POSIBLE SIN:
MI ADORADO ESPOSO, QUIEN CUIDA DE MÍ
Y ES MI CONSEJERO Y UN GRAN VISIONARIO;
MI MARAVILLOSA MADRE, QUE ME HA DADO TANTO AMOR

QUE NUNCA PODRÉ RETRIBUÍRSELO; MI FAMILIA
(TANTO LA PROPIA COMO LA ADOPTADA)
Y MIS QUERIDOS AMIGOS.

AH, Y COMO SIEMPRE, MI AMOR PARA LA MEJOR
MITAD DE WRITERDOG.

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TODOS LOS REYES SON CIEGOS.
LOS BUENOS LO SABEN Y USAN MÁS QUE
SUS OJOS PARA GOBERNAR.

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GLOSARIO DE TÉRMINOS Y NOMBRES PROPIOS

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ahstrux nohtrum (n.). Guardia privado con licencia para matar. Sólo puede ser nombrado por el rey.

 

ahvenge(n.). Acto de retribución mortal, ejecutado por lo general por un amante masculino.

 

chrih (n.). Símbolo de una muerte honorable, en Lengua Antigua.

 

cohntehst (n.). Conflicto entre dos machos que compiten por el derecho a aparearse con una hembra.

 

Dhunhd (n. pr.). El Infierno.

 

doggen (n.). Miembro de la clase servil del mundo de los vampiros. Los doggen conservan antiguas tradiciones para el servicio a sus superiores. Tienen vestimentas y comportamientos muy formales. Pueden salir durante el día, pero envejecen relativamente rápido. Su expectativa de vida es de aproximadamente quinientos años.

 

las Elegidas (n.). Vampiresas criadas para servir a la Virgen Escribana. Se consideran miembros de la aristocracia, aunque sus intereses son más espirituales que temporales. Tienen poca, o ninguna, relación con los machos, pero pueden aparearse con miembros de la Hermandad, si así lo dictamina la Virgen Escribana, a fin de propagar su clase. Algunas tienen la habilidad de vaticinar el futuro. En el pasado se usaban para satisfacer las necesidades de sangre de miembros solteros de la Hermandad y, después de un periodo en que los hermanos la abandonaron, esta práctica ha vuelto a cobrar vigencia.

 

Ehros (n.). Elegidas entrenadas en las artes amatorias.

 

esclavo de sangre (n.). Vampiro hembra o macho que ha sido subyugado para satisfacer las necesidades de sangre de otros vampiros. La práctica de mantener esclavos de sangre ha sido prohibida recientemente.

 

exhile dhoble (n.). Gemelo malvado o maldito, el que nace en segundo lugar.

 

ghardian (n.). El que vigila a un individuo. Hay distintas clases de ghardians, pero la más poderosa es la de los que cuidan a un hembra sehcluded.

 

glymera (n.). Núcleo de la aristocracia equivalente, en líneas generales, a la flor y nata de la sociedad inglesa de los tiempos de la Regencia.

 

hellren (n.). Vampiro macho que se ha apareado con una hembra y la ha tomado por compañera. Los machos pueden tomar varias hembras como compañeras.

 

Hermandad de la Daga Negra (n. pr.). Guerreros vampiros muy bien entrenados que protegen a su especie contra la Sociedad Restrictiva. Como resultado de una cría selectiva en el interior de la raza, los hermanos poseen inmensa fuerza física y mental, así como la facultad de curarse rápidamente. En su mayor parte no son hermanos de sangre, y son iniciados en la hermandad por nominación de los hermanos. Agresivos, autosuficientes y reservados por naturaleza, viven apartados de los humanos. Tienen poco contacto con miembros de otras clases de seres, excepto cuando necesitan alimentarse. Son protagonistas de leyendas y objeto de reverencia dentro del mundo de los vampiros. Sólo se les puede matar infligiéndoles heridas graves, como disparos o puñaladas en el corazón y lesiones similares.

 

leahdyre (n.). Persona poderosa y con influencias.

 

leelan (n.). Palabra cariñosa que se puede traducir como «querido/a».

 

lewlhen (n.). Regalo.

 

lheage (n). Apelativo respetuoso usado por un esclavo sexual para referirse a su amo o ama.

 

mahmen (n.). Madre. Es al mismo tiempo una manera de decir «madre» y un término cariñoso.

 

mhis (n.). Especie de niebla con la que se envuelve un determinado entorno físico; produce un campo de ilusión.

 

nalla o nallum (n.). Palabra cariñosa que significa «amada» o «amado».

 

newling (n.). Muchacha virgen.

 

el Ocaso (n. pr.). Reino intemporal, donde los muertos se reúnen con sus seres queridos para pasar la eternidad.

 

el Omega (n. pr.). Malévola figura mística que busca la extinción de los vampiros debido a una animadversión contra la Virgen Escribana. Vive en un reino intemporal y posee enormes poderes, aunque no tiene el poder de la creación.

 

periodo de fertilidad. (n). Momento de fertilidad de las vampiresas. Por lo general dura dos días y viene acompañado de intensas ansias sexuales. Se presenta aproximadamente cinco años después de la «transición» de una hembra y de ahí en adelante tiene lugar una vez cada década. Todos los machos tienden a sentir la necesidad de aparearse, si se encuentran cerca de una hembra que esté en su periodo de fertilidad. Puede ser una época peligrosa, pues suelen estallar múltiples conflictos y luchas entre los machos contendientes, particularmente si la hembra no tiene compañero.

 

phearsom (n.). Término referente a la potencia de los órganos sexuales de un macho. La traducción literal sería algo como «digno de penetrar a una hembra».

 

Primera Familia (n. pr.). El rey y la reina de los vampiros y todos los hijos nacidos de esa unión.

 

princeps (n.). Nivel superior de la aristocracia de los vampiros, superado solamente por los miembros de la Primera Familia o las Elegidas de la Virgen Escribana. Se debe nacer con el título; no puede ser otorgado.

 

pyrocant (n.). Se refiere a una debilidad crítica en un individuo. Dicha debilidad puede ser interna, como una adicción, o externa, como un amante.

 

restrictor (n.). Miembro de la Sociedad Restrictiva, humano sin alma que persigue a los vampiros para exterminarlos. A los restrictores se les debe apuñalar en el pecho para matarlos; de lo contrario, son eternos. No comen ni beben y son impotentes. Con el tiempo, su cabello, su piel y el iris de los ojos pierden pigmentación, hasta que acaban siendo rubios, pálidos y de ojos incoloros. Huelen a talco para bebé. Tras ser iniciados en la sociedad por el Omega, conservan su corazón extirpado en un frasco de cerámica.

 

rythe (n.). Forma ritual de salvar el honor, concedida por alguien que ha ofendido a otro. Si es aceptado, el ofendido elige un arma y ataca al ofensor u ofensora, quien se presenta sin defensas.

 

sehclusion (n.). Estatus conferido por el rey a una hembra de la aristocracia, como resultado de una solicitud de la familia de la hembra. Coloca a la hembra bajo la dirección exclusiva de su ghardian, que por lo general es el macho más viejo de la familia. El ghardian tiene el derecho legal de determinar todos los aspectos de la vida de la hembra y puede restringir a voluntad toda relación que ella tenga con el mundo.

 

shellan (n.). Vampiresa que ha elegido compañero. Por lo general las hembras no toman más de un compañero, debido a la naturaleza fuertemente territorial de los machos que han elegido compañera.

 

Sociedad Restrictiva (n. pr.). Orden de cazavampiros convocados por el Omega, con el propósito de erradicar la especie de los vampiros.

 

symphath (n.). Subespecie de la raza de los vampiros que se caracteriza, entre otros rasgos, por la capacidad y el deseo de manipular las emociones de los demás (con el propósito de realizar un intercambio de energía). Históricamente han sido discriminados y durante ciertas épocas han sido víctimas de la cacería de los vampiros. Están en vías de extinción.

 

trahyner (n.). Palabra que denota el respeto y cariño mutuo que existe entre dos vampiros. Se podría traducir como «mi querido amigo».

 

transición (n.). Momento crítico en la vida de un vampiro, cuando él, o ella, se convierten en adultos. De ahí en adelante deben beber la sangre del sexo opuesto para sobrevivir y no pueden soportar la luz del sol. Generalmente, ocurre a los veinticinco años. Algunos vampiros no sobreviven a su transición, en particular los machos. Antes de la transición, los vampiros son físicamente débiles, no tienen conciencia ni impulsos sexuales y tampoco pueden desmaterializarse.

 

la Tumba (n. pr.). Cripta sagrada de la Hermandad de la Daga Negra. Se usa como sede ceremonial y también para guardar los frascos de los restrictores. Entre las ceremonias realizadas allí están las iniciaciones, los funerales y las acciones disciplinarias contra miembros de la Hermandad. Sólo pueden entrar los miembros de la Hermandad, la Virgen Escribana y los candidatos a ser iniciados.

 

vampiro (n.). Miembro de una especie distinta del Homo sapiens. Los vampiros tienen que beber sangre del sexo opuesto para sobrevivir. La sangre humana los mantiene vivos, pero la fuerza no dura mucho tiempo. Tras la transición, que ocurre a los veinticinco años, no pueden salir a la luz del día y deben alimentarse de la vena regularmente. Los vampiros no pueden «convertir» a los humanos por medio de un mordisco o una transfusión sanguínea, aunque en algunos casos raros son capaces de procrear con otras especies. Los vampiros pueden desmaterializarse a voluntad, aunque deben ser capaces de calmarse y concentrarse para hacerlo, y no pueden llevar consigo nada pesado. Tienen la capacidad de borrar los recuerdos de los humanos, siempre que tales recuerdos sean de corto plazo. Algunos vampiros pueden leer la mente. Su expectativa de vida es superior a mil años y, en algunos casos, incluso más.

 

la Virgen Escribana (n. pr.). Fuerza mística que hace las veces de consejera del rey, guardiana de los archivos de los vampiros y dispensadora de privilegios. Vive en un reino intemporal y tiene enormes poderes. Capaz de un único acto de creación, que empleó para dar existencia a los vampiros.

 

rahlman. (n.). Salvador.

 

wahlker (n.). Individuo que ha muerto y ha regresado al mundo de los vivos desde el Ocaso. Son muy respetados y reverenciados por sus tribulaciones.

 

whard (n.). Equivalente al padrino o la madrina de un individuo.

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Capítulo
1

 

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El rey debe morir.

Cuatro sencillas palabras. Una a una no eran muy especiales. Pero ¿juntas? Invocaban todo tipo de cosas malas: asesinato, traición, deslealtad.

Muerte.

En los momentos de tensión que siguieron al instante en que fueron pronunciadas, Rehvenge guardó silencio y dejó que el cuarteto flotara en el aire sofocante del estudio como los cuatro puntos de una brújula maligna y siniestra.

—¿Tienes algo que contestarme? —dijo Montrag, hijo de Rehm.

—No.

Montrag parpadeó y jugueteó con la corbata de seda que llevaba al cuello. Como la mayor parte de los miembros de la glymera, tenía los dos pies enfundados en zapatillas de terciopelo pero sólidamente plantados en esa tierra yerma y seca en la que habitaban los de su clase. Lo cual significaba, sencilla y claramente, que era un pretencioso desde cualquier punto de vista. Vestido con su bata de terciopelo y sus perfectos pantalones de raya de tiza y… mierda, ¿acaso llevaba puestas unas polainas?… parecía salido directamente de las páginas de Vanity Fair… De un número de unos cien años antes. Y a juzgar por esa actitud de superioridad y sus brillantes ideas, en lo que se refería a la política era como un Kissinger sin presidente: todo análisis, pero nada de autoridad.

Lo cual explicaba esa reunión.

—No te detengas ahora —dijo Rehv—. Ya has saltado al vacío. Así que el aterrizaje no se va a volver más suave.

Montrag frunció el ceño.

—Me resulta imposible ver este asunto con la misma ligereza que tú.

—¿Y quién se está riendo?

Un golpecito en la puerta del estudio hizo que Montrag volviera la cabeza; tenía el perfil de un setter irlandés: todo nariz.

—Pase.

La doggen que respondió a la orden entró luchando con el peso del juego de té de plata que llevaba en las manos, elegantemente dispuesto sobre una bandeja de ébano del tamaño de una puerta. Encorvada sobre la bandeja, comenzó a atravesar la habitación.

Hasta que levantó la cabeza y vio a Rehv.

Enseguida se quedó paralizada como si fuera una estatua.

—Tomaremos el té aquí —dijo Montrag y señaló la mesita que estaba entre los dos sofás tapizados en seda sobre los que estaban sentados—. Aquí.

Pero la doggen no se movió, sólo se quedó mirando la cara de Rehv.

—¿Qué sucede? —preguntó Montrag, al tiempo que las tazas de té empezaban a temblar sobre la bandeja, produciendo un tintineo—. Pon el té aquí, ahora.

La doggen inclinó la cabeza, balbuceó algo y se acercó lentamente, poniendo un pie delante del otro, como si se estuviera acercando a una serpiente venenosa. Permaneció lo más alejada de Rehv que pudo, y después de colocar la bandeja sobre la mesa comenzó a poner las tazas sobre los platos con manos temblorosas.

Cuando tomó la tetera, era evidente que iba a derramar el líquido por todas partes.

—Déjeme hacerlo —dijo Rehv y estiró la mano.

Al hacer un movimiento brusco para apartarse de él, la doggen terminó soltando el asa de la tetera y ésta salió volando.

Por fortuna, Rehv logró atraparla en el aire, no sin que se derramara sobre sus manos una buena parte del líquido hirviente.

—¡Mira lo que has hecho! —dijo Montrag, al tiempo que saltaba del sofá.

La doggen se llevó las manos a la cara.

—Lo siento, amo. De verdad, estoy…

—Ah, cállate y tráenos un poco de hielo…

—No es culpa suya —dijo Rehv, mientras agarraba tranquilamente la tetera del asa y comenzaba a servir el té—. Estoy perfectamente bien.

Los dos se quedaron mirándolo, como si estuvieran esperando que empezara a saltar y sacudirse mientras gritaba ay-ay-ay.

Entonces Rehv dejó la tetera sobre la mesa y clavó la mirada en los pálidos ojos de Montrag.

—¿Un terrón de azúcar? ¿O dos?

—¿Puedo… puedo ofrecerte algo para la quemadura?

Rehv sonrió y le mostró fugazmente los colmillos a su anfitrión.

—Estoy perfectamente bien.

Montrag parecía sentirse ofendido al no poder hacer nada y volcó su insatisfacción sobre la criada.

—Eres un absoluto desastre. Déjanos solos.

Rehv miró a la doggen de reojo. Para él, las emociones de la mujer eran como una estructura tridimensional de miedo, vergüenza y pánico, una malla que la rodeaba por todos lados, tan sólida como sus huesos, sus músculos y su piel.

«Tranquila», le dijo Rehv mentalmente. «Y puedes estar segura de que arreglaré este asunto».

De repente, una expresión de sorpresa cruzó por la cara de la doggen, pero la tensión abandonó sus hombros, y cuando se dio la vuelta para marcharse parecía mucho más tranquila.

Después de que salió, Montrag se aclaró la garganta y volvió a recostarse sobre el respaldo del sofá.

—No creo que dure mucho tiempo en esta casa. Es absolutamente incompetente.

—¿Por qué no empezamos con un terrón de azúcar? —dijo Rehv y dejó caer un terrón de azúcar entre el té—. Pruébalo y ya me dirás si quieres otro.

Entonces le tendió la taza, pero sin acercársela mucho, de modo que Montrag tuvo que levantarse otra vez del sofá e inclinarse sobre la mesa.

—Gracias.

Rehv retuvo la taza, mientras introducía en la mente de su anfitrión un cambio de parecer.

—Yo pongo nerviosas a las hembras. No ha sido culpa suya.

Luego soltó repentinamente la taza y Montrag casi suelta el precioso juego Royal Doulton.

—Cuidado. No vayas a derramar el té —dijo Rehv, mientras se recostaba contra el respaldo del sofá—. Sería una lástima manchar esta hermosa alfombra. Aubusson, ¿no?

—Ah… sí. —Montrag se volvió a sentar y frunció el ceño, como si no entendiera por qué había cambiado de opinión con respecto a la criada—. Eh… sí, así es. Mi padre la compró hace muchos años. Papá tenía un gusto exquisito, ¿verdad? Construimos esta habitación para la alfombra, pues es muy grande, y el color de las paredes fue elegido específicamente para resaltar los tonos melocotón.

Montrag miró alrededor del estudio y sonrió para sí mismo, mientras le daba sorbos a su té, con el dedo meñique levantado, como si fuera una bandera.

—¿Cómo está tu té?

—Perfecto, pero ¿tú no vas a tomar?

—No tomo té. —Rehv esperó hasta que su interlocutor tuvo el borde de la taza contra los labios—. Entonces, ¿estabas hablando de asesinar a Wrath?

Montrag se atragantó con el té y una lluvia de gotas de Earl Grey terminó manchando la parte delantera de su bata rojo sangre y la alfombra color melocotón de papi.

Mientras su anfitrión luchaba con las manchas con una mano frágil, Rehv le ofreció una servilleta.

—Toma, usa esto.

Montrag tomó el cuadrado de damasco y primero se secó con torpeza el pecho y luego limpió la alfombra, sin que ninguna de las dos acciones produjera un resultado significativo. Era evidente que se trataba de la clase de hombres que viven haciendo desastres, pero nunca los limpian.

—Decías… —murmuró Rehv.

Montrag arrojó la servilleta sobre la bandeja y se levantó, dejando el té sobre la mesa, mientras comenzaba a pasearse. Se detuvo frente a una pintura que representaba un paisaje dominado por una montaña inmensa y pareció admirar la escena dramática en la que aparecía un soldado de la época de la colonia, que rezaba con los ojos elevados al Cielo.

Entonces le habló a la pintura:

—Sabes muy bien que muchos de nuestros hermanos de sangre han sido asesinados en los ataques de los restrictores.

—Y pensar que yo creí que me habían nombrado leahdyre del Consejo gracias a mi arrolladora personalidad.

Montrag miró con odio por encima del hombro, con la barbilla inclinada hacia arriba, en un gesto clásico de la aristocracia.

—Perdí a mi padre y a mi madre y a todos mis primos hermanos. Los enterré a todos. ¿Acaso crees que eso es agradable?

—Mis disculpas. —Rehv se llevó la palma de la mano derecha al corazón e inclinó la cabeza, aunque le importaba un bledo. No se iba a dejar manipular por la enumeración de toda la gente que había perdido ese tipo. En especial cuando sabía que las emociones de su anfitrión giraban únicamente alrededor de la codicia y no del dolor.

Montrag le dio la espalda al cuadro, de manera que su cabeza reemplazó a la montaña sobre la que estaba el soldado… y ahora parecía que el hombrecillo del uniforme rojo estuviera tratando de escalar su oreja.

—La glymera ha sufrido un número de pérdidas inaudito a causa de los ataques. Y no sólo de vidas, sino también de propiedades. Casas saqueadas, antigüedades y obras de arte robadas, cuentas bancarias que desaparecen. Y ¿qué ha hecho Wrath? Nada. No ha dado ninguna respuesta a las repetidas solicitudes para que explique cómo encontraron las residencias de esas familias… por qué la Hermandad no impidió los ataques… adónde fueron a parar todos esos objetos de valor. No hay ningún plan para asegurarnos de que eso nunca vuelva a suceder. Ninguna garantía de que, si los pocos miembros de la aristocracia que quedan deciden regresar algún día a Caldwell, todos estén debidamente protegidos. —Montrag realmente parecía entusiasmado con su discurso y su voz subía y rebotaba contra la corona de yeso que adornaba el cielo raso con adornos dorados—. Nuestra raza está agonizando y necesitamos un liderazgo de verdad. Por ley, sin embargo, mientras el corazón de Wrath siga latiendo en su pecho, él será el rey. ¿Acaso la vida de uno solo es más importante que la vida de muchos? Busca la respuesta en tu corazón.

Ah, eso era exactamente lo que Rehv estaba haciendo, claro, observando ese músculo negro y perverso.

—¿Y luego qué?

—Tomamos el control y hacemos lo correcto. Durante su mandato, Wrath ha reestructurado cosas… Mira lo que han hecho con las Elegidas. Ahora se les permite buscar pareja en este lado… ¡Inaudito! Y ha sido abolida la esclavitud, así como la tradición de la sehclusion para las hembras. Querida Virgen Escribana, lo próximo que veremos será a alguien que lleve faldas en la Hermandad. Nosotros podemos rectificar lo que él ha hecho y reformar las leyes de manera apropiada para preservar las viejas tradiciones. Podemos organizar una nueva ofensiva contra la Sociedad Restrictiva. Podemos triunfar.

—Estás hablando siempre de nosotros, pero la verdad es que no creo que sea eso exactamente lo que estás pensando. No creo que quieras que esos jefes seamos nosotros.

—Bueno, desde luego, siempre se necesita que haya un individuo que esté por encima de sus iguales. —Montrag se alisó las solapas de la bata y levantó la cabeza como si estuviera posando para una estatua de bronce o, tal vez, un billete de dólar—. Un elegido que sea digno y esté a la altura.

—¿Y de qué manera se va a elegir a ese dechado de virtudes?

—Vamos a evolucionar hacia la democracia. Una democracia largamente esperada, que reemplazará al sistema injusto, basado en las desigualdades, de la monarquía…

Mientras su anfitrión pronunciaba ese absurdo discurso, Rehv se recostó en el sofá, cruzó las piernas a la altura de los tobillos y levantó las manos a la altura del pecho, uniendo las yemas de los dedos. Mientras reposaba en el mullido sofá de Montrag, las dos partes de él, una mitad vampiro y la otra symphath, libraban una batalla.

Lo único bueno era que el griterío interno de su mente ahogaba el sonido de aquel aburrido discurso nasal de yo-lo-sé-todo.

La oportunidad era evidente: deshacerse del rey y tomar el control de la raza.

La oportunidad era impensable: matar a un macho digno y valeroso, a un buen líder y… a una especie de amigo.

—… y elegiremos a la persona que nos lidere. Y que le rinda cuentas al Consejo. Nos aseguraremos de que nuestras preocupaciones sean atendidas. —Montrag regresó al sofá, se sentó de nuevo y se acomodó, como si pudiera seguir discurriendo acerca del futuro durante horas enteras—. La monarquía no está funcionando y la democracia es la única manera…

Pero Rehv lo interrumpió:

—Por lo general, la democracia significa que todo el mundo tiene derecho a votar. Por si acaso no estás familiarizado con la definición.

—Y así sería. Todos los miembros del Consejo formaríamos parte del comité electoral. Todo el mundo tendría derecho a votar.

—Para tu información, la expresión «todo el mundo» comprende a mucha más gente más allá de «todos los que son como nosotros».

Montrag lo miró con cara de pocos amigos.

—¿De verdad le confiarías el futuro de la raza a las clases bajas?

—No depende de mí.

—Podría ser. —Montrag se llevó la taza de té a la boca y miró a Rehv por encima del borde de la taza con ojos penetrantes—. Claro que podría ser. Tú eres nuestro leahdyre.

Mientras observaba a su anfitrión, Rehv vio el camino con tanta claridad como si fuera una carretera pavimentada e iluminada con reflectores: si Wrath era asesinado, su linaje real terminaría allí, pues todavía no había tenido hijos. Las sociedades, en particular las que están en guerra, como ocurría con los vampiros, aborrecían los vacíos de poder, así que un cambio radical de la monarquía a la «democracia» no sería tan impensable como podría haberlo sido en otras épocas, más respetuosas con la tradición.

La glymera podía estar fuera de Caldwell, escondida en sus casas de seguridad a lo largo de toda Nueva Inglaterra, pero esa manada de sinvergüenzas y afeminados tenían dinero e influencia, y siempre habían querido ejercer el poder. Con este plan, podían disfrazar sus ambiciones bajo la apariencia de una democracia y hacer como si estuvieran preocupándose por el pueblo.

La naturaleza perversa de Rehv se sacudió, como un criminal encarcelado que está impaciente por obtener la libertad bajo palabra: las intrigas de poder y las maniobras siniestras eran una compulsión natural de los miembros de la raza de su padre y parte de él quería ceder a la tentación… y aprovecharse de las circunstancias.

Así que interrumpió la cháchara presuntuosa de Montrag:

—Ahórrame la propaganda. ¿Qué es exactamente lo que estás sugiriendo?

El hombre puso la taza de té sobre la mesa con estudiado cuidado, como si quisiera dar la impresión de que estaba pensando muy bien sus palabras. Mentiras. Rehv estaba seguro de que su anfitrión sabía perfectamente lo que iba a decir. Una propuesta así no se la saca uno de la manga como por arte de magia, requiere elaboración; además, debía de haber más gente involucrada. Tenía que haber más gente involucrada.

—Como bien sabes, el Consejo debe reunirse dentro de un par de días en Caldwell, donde tendremos una audiencia con el rey. Wrath llegará y… ocurrirá un accidente fatal.

—Él siempre anda con la Hermandad. Y esos tipos no son exactamente fáciles de dominar.

—La muerte utiliza muchas máscaras. Y puede presentarse en muchos escenarios distintos.

—¿Y cuál es mi cometido? —preguntó Rehv, aunque ya lo sabía.

Los ojos pálidos de Montrag parecían hechos de hielo, luminosos y fríos.

—Yo sé qué clase de macho eres. Así que sé exactamente de lo que eres capaz.

Eso no era ninguna sorpresa. Rehv llevaba veinticinco años dominando el comercio de drogas de la ciudad, y aunque no había publicitado su oficio entre la aristocracia, muchos vampiros asistían regularmente a sus clubes y varios de ellos eran clientes de sus productos químicos.

Los únicos que sabían de su naturaleza symphath eran los hermanos y, la verdad, de haber tenido opción, también les habría ocultado ese detalle. Llevaba dos décadas pagando un costoso chantaje para asegurarse de que su secreto no se supiera.

—Ésa es la razón por la que acudo a ti —dijo Montrag—. Tú sabrás cómo encargarte de esta tarea.

—Cierto.

—Como leahdyre del Consejo, quedarías en una posición de gran poder. Y aunque no salgas elegido presidente, el Consejo no va a ir a ninguna parte. Y déjame tranquilizarte acerca del futuro de la Hermandad de la Daga Negra. Sé que tu hermana está emparejada con uno de ellos. Los hermanos no se verán afectados por esto.

—¿No crees que esto los pondrá furiosos? Wrath no sólo es su rey. Es su hermano de sangre.

—Su obligación principal es proteger a la raza. Ellos tienen que ir a donde nosotros vayamos. Y debes saber que hay muchas personas que sienten que su trabajo ha dejado mucho que desear últimamente. No soy yo el único que opina que tal vez necesitan mejor dirección.

—La tuya. Claro. Por supuesto.

Eso sería como poner a un decorador de interiores a dirigir una compañía de marines: la cosa sería un auténtico fracaso. El plan era perfecto. Sí.

Y, sin embargo… ¿dónde estaba escrito que Montrag tenía que ser el elegido? Si a los reyes les podían ocurrir accidentes… también a los aristócratas.

—Debo decirte —continuó Montrag— lo mismo que siempre me decía mi padre: la clave está en hacer las cosas en el momento oportuno. Necesitamos proceder con rapidez. ¿Podemos confiar en ti, amigo mío?

Rehv se puso de pie y su cuerpo inmenso se cernió sobre su anfitrión. Después de estirarse los puños de su chaqueta, se arregló su traje de Tom Ford y empuñó su bastón. No sentía ni el cuerpo, ni la ropa que llevaba encima, ni el peso que pasaba del trasero a las plantas de sus pies, ni el mango del bastón contra la palma de la mano que se había quemado. Ese adormecimiento de las sensaciones era el efecto secundario de la droga que utilizaba para ocultar su lado perverso y evitar que se manifestara cuando estaba en compañía de otras razas, la prisión en la que encerraba sus impulsos de sociópata.

Sin embargo, lo único que necesitaba para que sus instintos salieran a flote era saltarse una dosis. Una hora después, la maldad que habitaba en él se apoderaba de su cuerpo y estaba lista para entrar en acción.

—¿Qué dices? —insistió Montrag.

Vaya pregunta.

Hay momentos en la vida en los que, en medio del millón de decisiones prosaicas que tomamos diariamente, como qué comer o dónde dormir o cómo vestirse, aparece una verdadera encrucijada. En esos momentos, cuando la niebla de la irrelevancia relativa desaparece y el destino nos exige una decisión, sólo se puede ir a la derecha o a la izquierda, no es posible pasar agachado por debajo de los árboles, ni negociar con la disyuntiva que se nos presenta.

Hay que hacerle frente a la situación y tomar una decisión. Y no hay marcha atrás.

Rehv había tenido que aprender por sí mismo a sortear dilemas morales para encajar dentro de la sociedad de los vampiros. Mal que bien, había logrado salir airoso de las situaciones difíciles… Sí, había aprendido muchas cosas, pero aún había ocasiones en que no sabía qué hacer, ni cómo controlar su lado oscuro.

Y las drogas sólo funcionaban provisionalmente.

De repente, la cara pálida de Montrag adquirió un extraño color rosa, su pelo oscuro se volvió magenta y su bata se tiñó del color de la salsa de tomate. Mientras que todo lo que veía se cubría de rojo, el campo visual de Rehv se aplanó como si fuera una pantalla de cine a través de la cual veía el mundo.

Lo cual, tal vez, explicaba por qué a los symphaths les resultaba tan fácil usar a la gente. Cuando su lado perverso tomaba el control, el universo adquiría la profundidad de un tablero de ajedrez y la gente que había en él se convertía tan sólo en peones al servicio de su mano omnipotente. Cada persona. Enemigos… y amigos.

—Me encargaré del asunto —anunció Rehv—. Como tú has dicho, sé qué hacer.

—Acepto tu palabra. —Montrag le tendió una mano delicada—. Tu palabra de que esto se llevará a cabo de manera discreta y silenciosa.

Rehv dejó a su anfitrión con la mano en el aire, pero sonrió y volvió a mostrar los colmillos.

—Confía en mí.

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Capítulo
2

 

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Mientras Wrath, hijo de Wrath, corría a lo largo de uno de los callejones de Caldwell, iba sangrando por dos partes. Tenía una herida en el hombro izquierdo, hecha por un cuchillo de sierra, y una herida en el muslo, causada por el borde oxidado de un contenedor de basuras. El restrictor de pelo blanco y ridículo olor a niñita que corría delante de él, el que estaba a punto de destripar como a un pez, no había sido responsable de ninguna de las dos lesiones: los responsables habían sido los dos amiguitos del pobre desgraciado.

Justo antes de quedar reducidos a un par de bolsas de abono para plantas, a trescientos metros de allí, hacía tres minutos.

Pero el verdadero objetivo era el maldito que corría delante de él.

El restrictor iba corriendo como un loco, pero Wrath era más rápido, no sólo porque tenía las piernas más largas, y a pesar de que estaba goteando como una cisterna oxidada. No había duda de que el tercero también iba a morir.

Era una cuestión de voluntad.

El restrictor había tomado el camino equivocado esa noche; aunque había tenido razón al elegir ese callejón en particular. Eso era lo único correcto que el desgraciado había hecho en décadas, pues la privacidad era importante para el combate. Lo último que necesitaban los hermanos y la Sociedad Restrictiva era que la policía humana se involucrara en su guerra.

No, la equivocación del maldito había sido matar a un macho civil hacía cerca de quince minutos. Con una sonrisa en el rostro. Frente a Wrath.

El rey había descubierto al trío de asesinos alertado por el olor a sangre de vampiro fresca; siguiendo el rastro del olor, había llegado al callejón donde esos tres estaban secuestrando a uno de sus súbditos. Al verlo, los asesinos debieron de darse cuenta enseguida de que Wrath era alguien importante, un miembro de la Hermandad: así que el asesino que corría delante de él había matado al civil para que él y sus amigos pudieran concentrarse en la pelea sin tener que preocuparse por un rehén.

Lo triste era que, aunque la llegada de Wrath le había ahorrado al civil una muerte larga y lenta a manos de los torturadores de uno de los campos de persuasión de la Sociedad, Wrath todavía hervía de la rabia al ver cómo un aterrorizado inocente era asesinado y arrojado al pavimento helado, como si fuera un envase desechable.

Así que ese desgraciado que corría delante de él iba a tener que morir.

Ojo por ojo, así eran las cosas.

Al final del callejón, el asesino giró sobre los talones, se plantó bien sobre el suelo y se preparó para el combate, sacando su cuchillo. Wrath no redujo el paso. En medio de la carrera, sacó una de sus hira shuriken y la lanzó con un movimiento rápido de la mano, haciendo toda una demostración de destreza.

A veces quieres que tu oponente sepa lo que le espera.

El restrictor siguió la coreografía perfectamente, cambiando de posición y perdiendo el equilibrio. Cuando Wrath acortó más la distancia, arrojó otra estrella mortal y otra más, hasta reducir al asesino a un bulto agazapado.

Entonces el Rey Ciego se desmaterializó justo frente al desgraciado y atacó desde arriba, clavando sus colmillos desnudos en la nuca del asesino. La penetrante dulzura de la sangre del restrictor le dio una prueba del triunfo y el coro de la victoria tampoco tardó en llegar, cuando Wrath agarró al desgraciado de los brazos.

La recompensa fue entonces un chasquido. O, mejor, dos.

El asesino gritó cuando sus huesos se rompieron, pero el alarido no duró mucho, pues Wrath le tapó la boca con la mano.

—Esto sólo es el calentamiento —siseó Wrath—. Es importante relajar los músculos antes de hacer ejercicio.

El rey le dio la vuelta al asesino y lo miró directamente a los ojos. Tras sus gafas oscuras, sus débiles ojos parecían más aguzados que de costumbre; aparentemente, la adrenalina que recorría sus venas aumentaba su agudeza visual. Lo cual era bueno. Pues Wrath necesitaba ver lo que estaba matando, pero no porque necesitara asegurarse de la precisión de sus golpes mortales.

Mientras que el asesino luchaba por respirar, la piel de su cara adquirió un brillo irreal, casi plástico, como si la estructura ósea estuviese recubierta por el material con el que se hacen las bolsas, y los ojos se le salieron de las órbitas mientras que el hedor dulzón del desgraciado parecía el de un animal atropellado en la carretera en una noche calurosa.

Wrath soltó la cadena que colgaba del hombro de su chaqueta de motero y desenrolló los eslabones brillantes por debajo de su brazo. Sosteniendo el peso de la cadena con la mano derecha, se envolvió el puño en ella, ampliando la envergadura de sus nudillos para volverlos más duros.

—Di «whisky».

Wrath golpeó al asesino en el ojo. Una. Dos. Tres veces. Su puño era como un ariete y la órbita ocular que golpeaba fue cediendo como si no fuera más que una puerta de juguete. Con cada golpe, un chorro de sangre negra brotaba derramándose por todas partes, cayendo sobre la cara, la chaqueta y las gafas de Wrath, que podía sentir las salpicaduras, aun a través de la ropa de cuero que llevaba. Y quería más.

Era un glotón cuando se trataba de este tipo de banquetes.

Con una sonrisa amarga, Wrath dejó que la cadena se desenrollara de su puño; cuando golpeó el asfalto sucio, la cadena soltó una carcajada metálica, como si hubiese disfrutado la paliza tanto como su dueño. A sus pies, el restrictor no estaba muerto. Aunque sin duda debía de estar desarrollando inmensos hematomas en la parte frontal y posterior de la cabeza; seguiría viviendo porque sólo había dos maneras de matar a un restrictor. Una era apuñalarlo en el pecho con las dagas negras que los hermanos llevaban fajadas al pecho. Eso enviaba al desgraciado de regreso a su creador, el Omega, pero sólo era una muerte temporal, porque el maligno podía usar esa esencia para convertir a otro humano en una máquina de matar. Eso no era muerte sino postergación del daño.

La otra manera sí era permanente.

Wrath sacó su teléfono móvil y marcó. Cuando contestó una voz masculina profunda y con marcado acento de Boston, el rey dijo:

—Octava y Comercio. Tres caídos.

Butch O’Neal, alias el Destructor, descendiente de Wrath, hijo de Wrath, respondió de manera particularmente exaltada. Poco conciliadora. Intolerante. Sin dejar mucho espacio a la interpretación:

—Ay, demonios. ¿Estás bromeando? Wrath, tienes que dejar esas mariconadas. Ahora eres el rey. Ya no eres un Herma…

Wrath cerró el teléfono.

Sí. La otra manera de deshacerse de estos hijos de puta, la forma permanente, estaría allí en cinco minutos. Lleno de recriminaciones, lamentablemente.

Wrath se acurrucó sobre los talones, recogió la cadena, se la puso de nuevo en el hombro y miró hacia el cuadrado de cielo nocturno que se podía ver entre los techos. A medida que el nivel de su adrenalina bajaba, apenas podía distinguir las siluetas de los edificios contra el plano de la galaxia y aun así tenía que hacer un esfuerzo.

«Ya no eres un hermano».

Claro que sí. No le importaba lo que dijera la ley. Su raza necesitaba que él fuera algo más que un burócrata.

Mientras maldecía en Lengua Antigua, retomó su tarea y comenzó a revisar los bolsillos del asesino en busca de una identificación. En un bolsillo de los pantalones encontró una cartera que contenía un carné de conducir y dos dólares…

—Ustedes pensaban… qué él era uno de ustedes…

La voz del asesino resonó con un tono agudo y malicioso y esa voz de película de terror volvió a disparar los instintos agresivos de Wrath. En unos segundos, su visión se hizo más nítida y pudo enfocar más o menos al asesino.

—¿Qué has dicho?

El asesino sonrió débilmente, al parecer sin notar que la mitad de su cara parecía una tortilla francesa.

—Siempre fue… uno de los nuestros.

—¿De qué diablos estás hablando?

—¿Cómo… crees que… —el asesino tomó aire y se estremeció— encontramos… todas esas casas durante el verano…?

La llegada de un vehículo interrumpió sus palabras y Wrath se volvió a mirar. Gracias a Dios se trataba del Escalade negro que estaba esperando y no de algún humano con un móvil pegado a la oreja y marcando al número de emergencias.

Butch O’Neal se bajó del puesto del conductor, con el arma en la mano.

—¿Es que no tienes cerebro? ¿Qué vamos a hacer contigo? Tú nos vas a dar…

Mientras que el policía recitaba su diatriba, Wrath volvió a mirar al asesino.

—¿Cómo las encontraron? ¿Cómo encontraron las casas?

El asesino comenzó a reírse, con esa risita sibilante que se les oye a los locos.

—Porque él había estado en todas ellas… así fue como lo hicimos.

El maldito se desmayó y no sirvió de nada sacudirlo. Tampoco abofetearlo un par de veces.

Wrath se puso en pie movido por la frustración.

—Haz lo tuyo, policía. Los otros dos están un poco más abajo, detrás del contenedor de basura.

El policía sólo se quedó mirándolo.

—Se supone que tú no debes combatir.

—Soy el rey. Puedo hacer lo que me dé la gana.

Wrath comenzó a alejarse, pero Butch lo agarró del brazo.

—¿Sabe Beth dónde estás? ¿Sabe lo que estás haciendo? ¿Se lo has contado? ¿O yo soy el único al que le has pedido que guarde el secreto?

—Preocúpate por eso —dijo Wrath y señaló al restrictor—. No por mí y mi shellan.

Cuando Wrath se soltó, Butch le dijo:

—¿Adónde vas?

Wrath se paró frente al policía.

—Pensé que podía ir a recoger el cadáver de un civil y traerlo al Escalade. ¿Tienes algún problema con eso, hijo?

Butch se mantuvo firme. Ése era otro de los rasgos comunes a los dos hombres, que no podían negar que compartían la misma sangre.

—Si te perdemos como rey, toda la raza quedará jodida.

—Y sólo nos quedan cuatro hermanos en el campo de batalla. ¿Te gusta esa cifra? A mí no.

—Pero…

—Ocúpate de tus asuntos, Butch. Y no te inmiscuyas en los míos.

Wrath caminó unos trescientos metros, hasta donde había comenzado la pelea. Los restrictores abatidos estaban justo donde los había dejado: quejándose en el suelo, con las extremidades dobladas de manera extraña y un chorro de sangre negra brotando de su cuerpo y formando un charco grasiento. Sin embargo, ellos ya no le importaban. Se dirigió hasta donde se encontraba el cadáver del civil; cuando lo vio, durante unos segundos le costó trabajo seguir respirando.

Se arrodilló y retiró con cuidado el pelo que cubría la cara golpeada del macho. Era evidente que había tratado de pelear y había recibido una buena cantidad de golpes antes de que lo apuñalaran en el corazón. Un chico valiente.

Wrath pasó una mano por debajo de la nuca del chico, deslizó el otro brazo por debajo de las rodillas y se levantó lentamente. El peso del muerto era mayor que los kilos que sumaba su cuerpo. Mientras se alejaba del basurero y comenzaba a caminar hacia el Escalade, Wrath sintió que llevaba en sus brazos a toda la raza y se alegró de tener que usar gafas oscuras para proteger sus débiles ojos.

Los cristales oscuros de sus gafas ocultaban el brillo de las lágrimas.

Pasó junto a Butch, mientras el policía corría hacia los otros asesinos para hacer lo suyo. Después de oír que los pasos de Butch se detenían, Wrath oyó una inhalación larga y profunda que parecía como el siseo de un globo que se está desinflando. La arcada que siguió resonó con más fuerza.

Cuando se oyó otra vez una inhalación y una arcada, Wrath puso el cadáver en la parte trasera de la camioneta y le revisó los bolsillos. No había nada… ni cartera, ni teléfono, ni siquiera la envoltura de una goma de mascar.

—Mierda. —Wrath dio media vuelta y se sentó en el parachoques trasero de la camioneta. Uno de los asesinos debía de haberle quitado la documentación antes de que él llegara… y eso significaba que, como todos los asesinos ya habían pasado a mejor vida, la identificación del civil ya debía de estar hecha cenizas.

Cuando Butch comenzó a acercarse por el callejón hacia el Escalade, iba tambaleándose como un borracho y ya no olía a Acqua di Parma. Apestaba a restrictor, como si hubiese limpiado su ropa con toallitas de suavizante Downy, se hubiese metido un par de ambientadores de coche con olor a vainilla debajo de las axilas y se hubiera revolcado sobre un pez muerto.

Wrath se levantó y cerró la puerta trasera del Escalade.

—¿Estás seguro de que puedes conducir? —preguntó, mientras Butch se acomodaba detrás del volante y parecía a punto de vomitar.

—Sí. Estoy bien.

Wrath sacudió la cabeza y le echó un vistazo al callejón. Los edificios que lo formaban no tenían ventanas; podía llamar a Vishous para que fuera a ayudar al policía, pero entre los distintos enfrentamientos y la labor de limpieza ya había pasado más de media hora; no podían quedarse más tiempo en ese lugar. Tenían que marcharse.

La idea original de Wrath era tomarle una foto a la identificación del asesino con la cámara de su móvil, ampliarla hasta que pudiera leer la dirección e irse a recoger el frasco del maldito. Pero no podía dejar solo a Butch.

El policía pareció sorprenderse cuando Wrath se sentó en el puesto del copiloto.

—¿Qué estás…?

—Llevaremos el cadáver a la clínica. V puede encontrarse contigo ahí y encargarse de ti.

—Wrath…

—Discutamos mientras vamos andando, ¿quieres, primo?

Butch arrancó la camioneta y recorrió el callejón marcha atrás hasta que encontró una salida. Cuando llegaron a la calle del Comercio, se hizo a la izquierda y se dirigió a los puentes que cruzaban el río Hudson. Mientras conducía, agarraba el volante con fuerza, pero no porque estuviera asustado, sino porque sin duda debía de estar tratando de contener la bilis que luchaba por salir de sus entrañas.

—No puedo seguir mintiendo de esta forma —susurró Butch cuando llegaron al otro lado de Caldwell y luego tosió para aliviar una pequeña arcada.

—Sí, claro que puedes.

El policía miró a Wrath.

—Esto me está matando. Beth tiene que saberlo.

—No quiero que ella se preocupe.

—Eso lo entiendo… —Butch pareció ahogarse por un momento—. Espera.

El policía aparcó, abrió la puerta de par en par y trató de vomitar como si su hígado hubiese recibido órdenes del colon de evacuar.

Wrath dejó caer la cabeza hacia atrás, mientras sentía un dolor agudo que se instalaba detrás de los ojos. El dolor no era ninguna sorpresa. Últimamente tenía migrañas con la frecuencia con la que estornudan los alérgicos.

Butch estiró una mano hacia atrás, como si estuviera buscando algo a tientas, mientras todavía tenía todo el tronco arqueado por fuera de la camioneta.

—¿Quieres el agua? —preguntó Wrath.

—Ss… —Una nueva arcada interrumpió la respuesta.

Wrath tomó una botella de agua, la abrió y se la puso en la mano.

Cuando dejó de vomitar, el policía tomó un poco de agua, pero no pudo retenerla.

Wrath sacó su teléfono.

—Voy a llamar a V.

—Sólo dame un minuto.

Le tomó más de diez, pero después de un rato el policía volvió a acomodarse en el coche y arrancó. Avanzaron en silencio durante un par de kilómetros, mientras que a Wrath le daba vueltas la cabeza y su dolor empeoraba.

Ya no eres un hermano.

Ya no eres un hermano.

Pero tenía que serlo. Su raza lo necesitaba.

Wrath se aclaró la garganta.

—Cuando V llegue a la morgue, le dirás que te topaste con los restrictores cuando acababan de matar al civil.

—Él querrá saber por qué estás conmigo.

—Le diremos que yo estaba con Rehvenge en ZeroSum, y que sentí que necesitabas ayuda. —Wrath se inclinó hacia un lado y puso una mano sobre el brazo de Butch—. Nadie lo sabrá, ¿entiendes?

—Esto no es buena idea. En absoluto.

—A la mierda; sí que lo es.

Cuando se quedaron callados, las luces de los coches que venían en sentido contrario hacían que Wrath apretara los ojos, aunque tenía los párpados cerrados y las gafas puestas. Para evitar el resplandor, volvió la cara hacia un lado como si estuviera mirando por la ventana.

—V sospecha que está pasando algo —musitó Butch después de un rato.

—Y puede seguir sospechando. Necesito salir al campo de batalla.

—¿Y qué va a pasar si te hieren?

Wrath se puso el antebrazo sobre la cara con la esperanza de bloquear esas malditas luces. Joder, ahora era él el que tenía náuseas.

—No me van a herir. No te preocupes.

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Capítulo
3

 

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Te llevo el zumo, padre?

Al ver que no había respuesta, Ehlena, hija de sangre de Alyne, dejó de abotonarse el uniforme.

—¿Padre?

Desde el otro extremo del corredor escuchó por encima de las dulces notas de Chopin, un par de pantuflas que se arrastraban sobre las tablas de madera del suelo y una suave cascada de palabras, que caían como una baraja de cartas.

Eso era una buena señal. Se había levantado por su cuenta.

Ehlena se agarró el pelo, lo enroscó y se puso una banda blanca para mantener el moño en su sitio. Sin embargo, seguramente después de unas cuantas horas de estar de turno, tendría que rehacerse el moño. Havers, el médico de la raza, exigía que sus enfermeras siempre estuvieran tan impecables y bien presentadas como todas las cosas de la clínica.

Siempre decía que era fundamental mantener el orden y la disciplina.

Al salir de su habitación, Ehlena agarró un bolso negro que había comprado en Target. Le había costado diecinueve dólares. Una estafa. En él llevaba la minifalda y el jersey imitación Polo que se iba a poner cerca de dos horas antes de que amaneciera.

Una cita. La verdad era que tenía una cita.

El viaje hasta la cocina implicaba subir sólo un piso y lo primero que hizo al subir del sótano fue dirigirse al anticuado refrigerador. Dentro había dieciocho botellas pequeñas de zumo de frutos rojos Ocean Spray, en tres paquetes de a seis. Sacó una de las de delante y luego movió cuidadosamente las otras hacia el frente para que todas quedaran alineadas.

Las píldoras estaban detrás del montón de libros de cocina cubiertos de polvo. Sacó una pastilla de trifluoperazina y dos de loxapina y las puso en una taza blanca. La cuchara de acero inoxidable que utilizó para macerarlas estaba ligeramente torcida, al igual que todas las demás.

Ya llevaba casi dos años macerando píldoras de esa manera.

Cuando el zumo cayó sobre el fino polvo blanco, lo disolvió enseguida, pero para asegurarse de que no se notara el sabor, Ehlena agregó dos cubitos de hielo. Cuanto más frío, mejor.

—Padre, tu zumo está listo. —Ehlena puso la taza sobre la mesita, justo sobre un círculo marcado con cinta que limitaba el lugar donde había que ponerlo.

Los seis armaritos que había al otro lado estaban tan ordenados y relativamente vacíos como el refrigerador; Ehlena sacó una caja de cereales de uno de ellos, al tiempo que de otro sacaba una taza. Después de servirse cereales en la taza, sacó un cartón de leche de la nevera para añadirla a los cereales. Cuando terminó, volvió a ponerlo en su sitio: al lado de otras dos cajas iguales, con la etiqueta bien visible.

Miró su reloj de reojo y comenzó a hablar en Lengua Antigua:

—¿Padre? Debo marcharme ya.

El sol ya se había puesto, y eso significaba que su turno, que empezaba quince minutos después del anochecer, estaba a punto de empezar.

Ehlena miró hacia la ventana que había sobre el lavaplatos de la cocina, aunque la verdad es que eso no la ayudaría a saber si ya había anochecido completamente porque los cristales estaban tapados con láminas de papel de aluminio pegadas al marco con cinta americana.

Aunque su padre y ella no fueran vampiros y pudieran tolerar la luz del sol, todas las ventanas de la casa habrían tenido que estar cubiertas con papel de aluminio de todas maneras, pues ésas eran las persianas con las que se protegían del resto del mundo, aislándose de manera que esa desvencijada casa de alquiler estuviera protegida… de las amenazas que sólo su padre podía percibir.

Cuando terminó con el Desayuno de los Campeones, Ehlena lavó y secó su taza con toallitas de papel, porque las bayetas y los paños de cocina estaban prohibidos en la casa, y puso la cuchara que había usado en su sitio.

—¿Padre mío?

Ehlena apoyó la cadera contra la encimera y esperó, tratando de no mirar con mucha atención las grietas del papel de la pared y el destrozado suelo de linóleo.

La casa era apenas un poco más que una covacha, pero era lo único que ella podía pagar. Entre las consultas médicas de su padre, las medicinas y la enfermera que iba a cuidarlo, apenas quedaba algo de su salario, y hacía mucho tiempo que había gastado lo que quedaba del dinero, la plata, las antigüedades y las joyas de la familia.

Apenas se mantenían a flote.

Y sin embargo, cuando su padre apareció en la puerta del sótano, ella tuvo que sonreír. El fino cabello gris que se proyectaba de su cabeza formaba una especie de halo que hacía que se pareciera a Beethoven, y sus ojos penetrantes y ligeramente bizcos también le daban el aire de un genio loco. No obstante, parecía estar mejor de lo que había estado en mucho tiempo. Para empezar, tenía bien puestos la bata de satén y el pijama de seda, todo limpio, bien combinado y con el cinturón a juego. También él estaba muy limpio, recién bañado, y olía a loción para después del afeitado.

Era una contradicción tan grande: necesitaba que todo a su alrededor estuviera impecable y cuidadosamente ordenado, pero su higiene personal y lo que se ponía no le importaban en absoluto. Aunque tal vez todo eso tenía sentido. Atrapado en sus pensamientos, estaba demasiado distraído con sus alucinaciones para ser consciente de sí mismo.

Las medicinas estaban cumpliendo su cometido, claro, y eso se notaba en que cuando la miraba a los ojos, realmente la estaba viendo.

—Hija mía —dijo el padre en Lengua Antigua—, ¿cómo te encuentras esta noche?

Ella respondió tal como a él le gustaba, en su lengua materna.

—Bien, padre mío. ¿Y tú?

El padre hizo una venia con la gracia del aristócrata que era por su linaje y por la posición que había llegado a tener.

—Como siempre, encantado de saludarte. Ah, sí, la doggen me ha servido el zumo. Qué amabilidad.

Su padre se sentó en medio de un ruido de ropas y luego agarró la taza de cerámica como si fuera la porcelana más fina.

—¿Adónde te diriges?

—A trabajar. Voy a trabajar.

Su padre frunció el ceño mientras le daba sorbos al zumo.

—Sabes muy bien que no apruebo que trabajes fuera de casa. Una dama de tu alcurnia no debería malgastar su tiempo de esa manera. No es correcto, con tu posición…

—Lo sé, padre mío. Pero es lo que me hace feliz.

La cara del padre se suavizó.

—Bueno, eso es distinto. Caramba, no entiendo a las nuevas generaciones. Tu madre dirigía a los criados, llevaba la casa y cuidaba de los jardines, y con eso le bastaba; nunca la vi ociosa, siempre tenía cosas que hacer.

Ehlena bajó la vista, al pensar que su madre se pondría a llorar si viera adónde habían ido a parar.

—Lo sé.

—Harás lo que desees, en todo caso, y yo te amaré aún más.

Ella sonrió al oír esas palabras que había oído toda su vida. Y a propósito…

—¿Padre?

Él bajó la taza.

—¿Sí?

—Es posible que esta noche regrese un poco tarde.

—¿De verdad? ¿Por qué razón?

—Voy a tomarme un café con un macho…

—¿Qué es eso?

El cambio en el tono de voz de su padre hizo que Ehlena levantara la cabeza y mirara a su alrededor para ver qué…

—Ay, no…

—Nada, Padre, de verdad, no es nada. —Ehlena se acercó rápidamente para recoger la cuchara que había usado para machacar las pastillas, la tomó y corrió con ella al lavaplatos como si acabara de quemarse y necesitara echarse agua fría.

La voz de su padre tembló.

—¿Qué… qué estaba haciendo eso ahí? Yo….

Ehlena secó rápidamente la cuchara y la deslizó dentro del cajón.

—¿Ves? Ya no hay nada. ¿Ves? —dijo y señaló hacia el lugar donde estaba—. La encimera está limpia. No hay nada ahí.

—Pero estaba ahí… Yo la vi. Los objetos metálicos no se deben dejar… No es seguro… ¿Quién la dejó… ¿Quién la dejó ahí? ¿Quién dejó la cuchara…?

—La criada.

—¡La criada! ¡Otra vez! Hay que despedirla. Le he dicho… que no se debe dejar nada metálico, no se debe dejar nada metálico, no se debe dejar nada metálico, ellos-están-observando-yvanacastigaralosquedesobedezcanestánmáscercadeloquesabemosy…

Al principio, cuando comenzaron los ataques de su padre, Ehlena solía tocarlo cuando se agitaba, pensando que una palmadita en el hombro o un abrazo podían ayudarle. Pero ahora sabía que eso no se debía hacer. Cuantos menos impulsos sensoriales recibiera su cerebro, más pronto se calmaría el ataque de histeria; siguiendo el consejo de la enfermera que lo cuidaba, Ehlena sólo le señalaba la realidad una vez y luego se quedaba quieta, sin moverse ni hablar.

Era difícil, claro, verlo sufrir sin poder hacer nada para ayudarlo. En especial cuando había sido culpa de ella.

Su padre comenzó a mover la cabeza hacia un lado y hacia el otro y la agitación le alborotó el pelo hasta convertirlo en una peluca erizada, mientras la mano le temblaba tanto que el zumo salió volando de la taza y se regó sobre la mano llena de venas, la manga de la bata y la descascarillada encimera. De sus labios temblorosos, brotaba una retahíla incomprensible y cada vez más rápida, como si alguien hubiese puesto su disco interno a más revoluciones, al tiempo que el arrebato de la locura subía por su columna hasta la garganta y le encendía las mejillas.

Ehlena rogó que no se tratara de un ataque grave. Cuando se producían, los ataques variaban en intensidad y duración y las drogas ayudaban a controlar el nivel de las dos cosas. Pero a veces la enfermedad era más fuerte que la química y las medicinas no servían.

Cuando las palabras de su padre se volvieron totalmente incomprensibles y dejó caer la taza al suelo, lo único que Ehlena pudo hacer fue esperar y pedirle a la Virgen Escribana que el ataque pasara pronto. Mientras se obligaba a mantener los pies pegados al suelo desgastado, cerró los ojos y se abrazó con fuerza.

Si sólo se hubiese acordado de poner la cuchara en su sitio. Si sólo…

Cuando sintió que la silla en la que estaba sentado su padre se corría hacia atrás y se estrellaba contra el suelo, supo que iba a llegar tarde al trabajo. Otra vez.

 

* * *

 

En realidad los humanos eran como ganado, pensó Xhex, mientras miraba desde arriba las cabezas y los hombros de todas las personas que se agolpaban en el bar público de ZeroSum.

Era como si un granjero acabara de echar un saco de avena en el comedero y todas las vacas estuvieran luchando por meter el hocico.

Aunque las características bovinas del Homo sapiens no eran en realidad una mala cosa. Desde el punto de vista de la seguridad, la mentalidad de manada era más fácil de manejar y, en cierto sentido, uno se podía alimentar de los humanos así como se alimentaba de las vacas: esa agitación alrededor de las botellas no era más que una purga de billeteras, y el flujo sólo circulaba en un sentido: hacia las arcas del club.

Las ventas de licor eran buenas. Pero las drogas y el sexo dejaban un margen de ganancia aún más alto.

Xhex se paseó lentamente por el borde exterior de la barra, extinguiendo las ardientes especulaciones de los hombres heterosexuales y las mujeres homosexuales con su fría mirada. Joder, la verdad era que no lo entendía. Nunca lo había entendido. Para ser una hembra que no usaba más que camisetas sin mangas y pantalones de cuero y que llevaba el pelo cortado al rape, como el de un soldado, atraía tanta atención como la que atraían las prostitutas a medio vestir que se mantenían en la sección VIP.

Pero, claro, por esos días estaba de moda el sexo duro y la gente que quería prestarse a prácticas como la autoasfixia erótica, los latigazos y las orgías con esposas abundaba tanto como las ratas del alcantarillado de Caldwell. Y todos salían de noche. Lo cual producía más de la tercera parte de las ganancias mensuales del club.

Muchas gracias.

Sin embargo, a diferencia de las chicas del club, Xhex nunca aceptaba dinero a cambio de sexo. En realidad nunca practicaba el sexo. Excepto aquella vez con Butch O’Neal, ese policía. Bueno, ese policía y…

Xhex llegó hasta la cuerda de terciopelo que separaba la sección VIP y le echó un vistazo a la parte exclusiva del club.

Mierda. Él estaba ahí.

Justo lo que necesitaba esa noche.

El dulce favorito de su libido estaba sentado en la mesa de la Hermandad, al fondo, flanqueado por sus dos amigos, que lo estaban protegiendo de las tres chicas que también se apretujaban contra la mesa. Maldición, era inmenso, vestido con una camiseta de Affliction y una chaqueta de cuero negra, medio de motorista.

Se veía que llevaba armas debajo de la chaqueta. Pistolas. Cuchillos.

Cómo habían cambiado las cosas. La primera vez que había aparecido por allí tenía la estatura de una butaca de la barra y apenas suficientes músculos para partir un palillo. Pero ya no era así.

Al tiempo que ella le hacía una señal al gorila que vigilaba la entrada y subía los tres escalones, John Matthew levantó la mirada de su cerveza. A pesar de la penumbra, sus ojos azul profundo brillaron cuando la vio, destellando como un par de zafiros.

Joder, le daban ganas de arrancárselos. El hijo de puta acababa de pasar por la transición. El rey era su whard. Vivía con la Hermandad. Y era un maldito mudo.

Por Dios. ¿Y realmente creía que lo que sucedió con Murdher había sido malo? Creía que había aprendido la lección hacía dos décadas… Pero noooooo…

La cosa era que, mientras miraba al chico, lo único en lo que podía pensar era en la imagen de él acostado desnudo en una cama, con la polla dura y gruesa en la mano y la palma subiendo y bajando… hasta que él pronunciaba su nombre en un gruñido sordo y eyaculaba sobre sus perfectos abdominales.

Lo trágico era que eso que ella veía no era una fantasía. Toda esa gimnasia realmente había ocurrido. De hecho, ocurría con frecuencia. Y ¿cómo lo sabía? Porque, como una imbécil, le había leído la mente y había visto las imágenes que tenía guardadas en la memoria, con la nitidez de una representación en directo.

Harta de su idiotez, Xhex se adentró en la sección VIP y se mantuvo lejos de él, mientras hablaba con la supervisora de las chicas del piso. Marie-Terese era una morena de piernas largas y pinta de ser muy cara. Al ser una de las que más ganaba, era toda una profesional y, por eso, era exactamente el tipo de puta que querías tener a cargo: nunca se dejaba enredar en majaderías, siempre se presentaba a trabajar a tiempo y nunca traía al trabajo sus problemas personales. Era una buena mujer haciendo un trabajo horrible y haciendo dinero a manos llenas por una buena razón.

—¿Cómo vamos? —preguntó Xhex—. ¿Necesitas algo de mí o de mis chicos?

Marie-Terese echó un vistazo a su alrededor para mirar a las otras chicas, y sus pómulos salientes atraparon la luz haciendo que pareciera no sólo sexualmente atractiva sino realmente hermosa.

—Por ahora estamos bien. De momento hay dos en el fondo. El negocio progresa normalmente, excepto por el hecho de que nuestra amiga no está.

Xhex frunció el ceño.

—¿Otra vez Chrissy?

Marie-Terese inclinó la cabeza y agitó ese pelo largo, negro y adorable.

—Vamos a tener que hacer algo con ese caballero que la ronda.

—Ya se hizo algo, pero por lo visto no fue suficiente. Y si ése es un caballero, yo soy Estée Lauder. —Xhex cerró los puños—. Ese hijo de puta…

—¿Jefa?

Xhex miró por encima del hombro. Por detrás del gorila inmenso que estaba tratando de decirle algo, alcanzó a ver a John Matthew, que seguía observándola.

—¿Jefa?

Xhex se concentró.

—¿Sí?

—Hay un policía que quiere hablar con usted.

Xhex no quitó los ojos del gorila.

—Marie-Terese, diles a las chicas que se tomen un descanso.

—Entendido.

La puta a cargo se movió con premura, a pesar de que sólo parecía estar paseándose sobre sus tacones. Se acercó, una a una, a todas las chicas y les dio un golpecito en el hombro izquierdo y luego golpeó una vez en cada uno de los baños privados que había en el corredor de la derecha.

Cuando no quedó ninguna prostituta en el lugar, Xhex dijo:

—¿Quién es y por qué quiere verme?

—Es detective de homicidios. —El gorila le entregó una tarjeta—. Dice que se llamaba José de la Cruz.

Xhex tomó la tarjeta y enseguida supo la razón por la que ese policía se encontraba allí. Mientras que Chrissy no estaba.

—Hazlo pasar a mi oficina. Estaré allí en dos minutos.

—Entendido.

Xhex se llevó el reloj de pulsera a los labios.

—¿Trez? ¿iAm? Tenemos un incendio en casa. Decidles a los corredores de apuestas que se tomen un descanso y a Rally que detenga las ruletas.

Cuando recibió confirmación a través del audífono que llevaba en la oreja, volvió a revisar que todas las chicas se hubiesen marchado; luego se dirigió a la parte abierta del club.

Mientras salía de la sección VIP, pudo sentir la mirada de John Matthew sobre ella y trató de no pensar en lo que había hecho hacía dos días al llegar a casa de madrugada… y en lo que probablemente volvería a hacer al final de esa noche, cuando estuviera a solas.

Maldito John Matthew. Desde que había irrumpido en su mente y había visto lo que él había estado haciendo cada vez que pensaba en ella… ella había comenzado a hacer lo mismo.

Maldito. John Matthew.

Como si ella necesitara esa mierda.

Ahora, mientras atravesaba la manada humana, avanzaba con paso feroz, sin preocuparse de no dar codazos a los que estaban bailando. En realidad casi albergaba la esperanza de que alguno se quejara, para poder darle una patada en el culo.

La oficina de Xhex estaba ubicada al fondo, lo más lejos posible del lugar donde estaban las chicas que ofrecían sexo y del lugar donde se producían las discusiones, a veces violentas, y se hacían los negocios, en el espacio privado de Rehvenge. Como jefe de seguridad, ella era la interlocutora directa de la policía y no había razón para que los polis se acercaran a la acción más de lo necesario.

La posibilidad de borrar los recuerdos de la memoria humana era una herramienta útil, pero tenía sus complicaciones.

La puerta estaba abierta y ella pudo evaluar al detective desde atrás. No era demasiado alto, pero tenía un cuerpo musculoso que a Xhex le pareció aceptable. Llevaba una chaqueta deportiva de Men’s Wearhouse y zapatos Florsheim. El reloj que se asomaba debajo del puño de la camisa era Seiko.

Cuando se dio la vuelta para mirarla, sus ojos oscuros parecían los de todo un Sherlock. Es posible que no fuera un detective muy famoso, pero no era ningún tonto.

—Detective —dijo Xhex, al tiempo que cerraba la puerta y pasaba junto a él para sentarse detrás del escritorio.

La oficina no tenía nada. Ni cuadros. Ni plantas. Ni siquiera un teléfono o un ordenador. Los documentos que estaban guardados en los tres archivadores cerrados y a prueba de balas pertenecían sólo a la parte legítima del negocio y la papelera era una trituradora de papel.

Lo cual significaba que el detective De la Cruz no había podido averiguar nada en los ciento veinte segundos que había pasado solo en la oficina.

De la Cruz sacó su insignia y la mostró.

—Estoy aquí por una de sus empleadas.

Xhex hizo el gesto de inclinarse y mirar la placa, pero no necesitaba ver la identificación. Su lado symphath ya le había dicho todo lo que necesitaba saber: las emociones del detective eran la mezcla correcta de sospecha, preocupación, decisión y molestia. Era un hombre que tomaba en serio su trabajo y estaba allí por un asunto profesional.

—¿Qué empleada? —preguntó Xhex.

—Chrissy Andrews.

Xhex se recostó en la silla.

—¿Cuándo la mataron?

—¿Cómo sabe que está muerta?

—No juegue conmigo, detective. ¿Por qué otra razón estaría preguntando por ella alguien de Homicidios?

—Lo siento, esto no es un interrogatorio. —El policía se volvió a guardar la placa en el bolsillo del pecho y se sentó en la silla de respaldo de madera que había frente a ella—. El inquilino que vive debajo de su apartamento se despertó al ver una mancha de sangre en el techo y llamó a la policía. Ninguno de los habitantes del edificio dice conocer a la señorita Andrews y no parece tener ningún pariente que podamos localizar. Mientras revisábamos el apartamento, sin embargo, encontramos recibos de impuestos que registraban este club como su sitio de trabajo. La conclusión es que necesitamos a alguien que identifique el cuerpo y…

Xhex se puso de pie, mientras que la expresión «hijo de puta» le retumbaba en la cabeza.

—Yo lo haré. Permítame organizar a mi gente para poder irme.

De la Cruz parpadeó, como si le sorprendiera la rapidez con que ella había reaccionado.

—Usted… Eh, ¿quiere que la lleve a la morgue?

—¿Del St. Francis?

—Sí.

—Conozco el camino. Lo veré allí dentro de veinte minutos.

De la Cruz se puso de pie lentamente, con los ojos fijos en la cara de Xhex, como si estuviera buscando señales de nerviosismo.

—Supongo que tenemos una cita.

—No se preocupe, detective. No me voy a desmayar al ver un cadáver.

El hombre la miró de arriba abajo.

—¿Sabe? La verdad es que por alguna razón eso no me preocupa.

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Capítulo
4

 

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Cuando Rehvenge atravesó los límites de la ciudad de Caldwell, pensó en cuánto le gustaría poder irse directamente a ZeroSum. Sin embargo, sabía que no debía hacerlo. La verdad era que tenía un problema muy gordo.

Desde el momento en que salió de la casa de seguridad de Montrag, en Connecticut, había tenido que parar dos veces a un lado de la carretera para inyectarse dopamina. Sin embargo, su droga milagrosa le estaba fallando otra vez. Si hubiese tenido más dopamina en el coche, habría llenado otra jeringa, pero ya se le había agotado.

No le pasó inadvertido lo ridículo que resultaba el hecho de que él, un importante traficante de drogas, tuviera que correr a toda prisa a buscar a su camello, y era una verdadera pena que el mercado negro no tuviera más demanda por ese neurotransmisor. Tal como estaban las cosas en este momento, la única forma de conseguir la droga era a través de medios legítimos, pero pronto iba a tener que arreglar eso. Si era lo suficientemente inteligente para distribuir X, cocaína, yerba, metanfetamina, oxicontin y heroína a través de sus dos clubes, seguramente podría encontrar la manera de conseguir sus propios frascos de dopamina.

—Ah, vamos, muévete. Sólo es una rampa de salida. Seguramente ya habías visto alguna.

No había tenido ningún problema mientras circulaba por la autopista, pero en la ciudad el tráfico era muy lento, y no sólo porque había atasco. Además, él debía conducir con mucho cuidado pues, al carecer de visión en profundidad, le resultaba difícil juzgar la distancia que lo separaba de los otros coches, de manera que debía conducir con más precaución de lo que le hubiera gustado.

Y además estaba este maldito idiota, en ese coche que debía de tener como cien años, al que le encantaba frenar todo el tiempo.

—No… no… por lo que más quieras, no te cambies de carril. Ni siquiera puedes ver por el retrovisor…

Rehv tuvo que frenar de improviso porque el señor Tímido realmente pensaba que debía andar por el carril rápido y parecía creer que la manera de incorporarse a él era detenerse completamente.

Por lo general, a Rehv le encantaba conducir. Incluso prefería conducir a desmaterializarse, porque, cuando estaba medicado, era el único momento en que se sentía como él mismo: rápido, ágil, poderoso. Conducía un Bentley no sólo porque fuera sofisticado y porque podía pagarse uno, sino por los seiscientos caballos de potencia que tenía bajo el capó. El hecho de permanecer con el cuerpo adormecido y tener que apoyarse en un bastón para mantener el equilibrio hacía que la mayor parte del tiempo se sintiera como si fuera un macho viejo y disminuido, y le encantaba tener la oportunidad de parecer… normal.

Desde luego, el hecho de no sentir el dolor también tenía sus ventajas. Por ejemplo, cuando se golpeara la frente contra el volante en un par de minutos, lo único que iba a pasarle era que iba a ver estrellitas. Pero el dolor de cabeza no sería problema.

La clínica provisional de la raza vampira estaba a unos quince minutos del puente al que se disponía entrar y las instalaciones no eran suficientes para las necesidades de sus pacientes, pues apenas era un poco más que un refugio convertido en hospital de guerra. Sin embargo, esa solución provisional era lo único que la raza tenía por el momento, como cuando un jugador suplente entra en el campo porque el quarterback se ha partido la pierna por la mitad.

Después de los ataques del verano, Wrath estaba trabajando con el médico de la raza para construir un nuevo establecimiento permanente, pero, como todo, iba a llevar su tiempo. En la medida en que la Sociedad Restrictiva había saqueado tantos lugares, nadie pensaba que fuera buena idea usar propiedades que la raza tuviera actualmente, porque sólo Dios sabía cuántas direcciones más tendrían los asesinos. El rey estaba buscando la posibilidad de comprar otro lugar, pero tenía que ser un sitio retirado y…

Rehv pensó en Montrag.

¿Realmente la guerra había llegado al punto de matar a Wrath?

El discurso moralista de su lado vampiro, que había heredado de su madre, resonó momentáneamente en su cabeza, pero no despertó ninguna emoción. En ese momento sus pensamientos sólo obedecían al cálculo de sus intereses. Un cálculo libre de las trabas de la moralidad. La conclusión a la que había llegado cuando dejó la casa de Montrag era inflexible, y ahora sólo se sentía más decidido.

—Gracias, querida Virgen Escribana —musitó Rehv, cuando vio que el coche viejo se apartaba de su camino y, milagrosamente, aparecía su salida, cuyo cartel verde le pareció un regalo que llevara su nombre.

¿Verde?

Rehv miró a su alrededor. El color rojo había comenzado a desaparecer de su visión, mientras que los otros colores del mundo volvían a aparecer a través de aquella niebla bidimensional. Respiró con alivio. No quería llegar a la clínica en tan mal estado.

Como si estuviera previsto, al instante comenzó a sentir frío, aunque sin duda el Bentley debía de estar a una agradable temperatura, así que enseguida se inclinó y puso la calefacción. A pesar de que eran una molestia, los escalofríos eran otra señal de que la medicación estaba comenzando a funcionar.

Durante toda su vida, Rehv había tenido que guardar el secreto de lo que era. Los devoradores de pecados como él tenían dos opciones: o bien fingían ser normales, o bien terminaban siendo enviados a la colonia que había al norte del estado, deportados de la sociedad que los consideraba un desperdicio tóxico. El hecho de que él fuera un mestizo no importaba. Si tenías en tu naturaleza un rasgo de symphath, eras considerado uno de ellos, y con razón. El problema con los symphaths era que les gustaba demasiado la maldad que llevaban en sus entrañas como para poder confiar en ellos.

Por Dios santo, sólo había que ver lo que había pasado esa noche. ¡Lo que estaba dispuesto a hacer! Una sola conversación y él ya estaba apretando el gatillo; y no sólo porque tuviera que hacerlo, sino porque quería hacerlo. En realidad, porque necesitaba hacerlo. Las intrigas de poder eran como el oxígeno para su lado perverso, eran algo que necesitaba y a lo que no se podía negar. Y las razones que apoyaban su decisión eran típicamente symphath: buscaba sólo su provecho y el de nadie más, ni siquiera el beneficio del rey, a quien consideraba como una especie de amigo.

Ésa era la razón por la cual si un vampiro común y corriente sabía de un devorador de pecados que anduviera por ahí, mezclado con la población general, por ley tenía que informar para que el sujeto fuera deportado o sufriría todo el peso de la ley: encerrar a los sociópatas en lugares convenidos para ello y mantenerlos alejados de las personas decentes y respetuosas de la ley era un sano instinto de supervivencia en cualquier sociedad.

Veinte minutos después, Rehv llegó frente a una reja de hierro que, a las claras, tenía un propósito exclusivamente funcional. Totalmente carente de gracia, estaba formada por un conjunto de barras sólidas soldadas entre sí y coronadas por un rollo de alambre de púas. A la izquierda había un intercomunicador y cuando Rehv bajó la ventanilla para llamar al timbre, las cámaras de seguridad se enfocaron en la parte delantera del coche, el parabrisas y la puerta del lado del conductor.

Así que no se sorprendió al oír el tono de tensión de la voz femenina que contestó.

—Señor… No sabía que tenía usted una cita.

—No la tengo.

Pausa.

—Como no se trata de una emergencia, el tiempo de espera puede ser más bien largo. Tal vez quiera programar una…

Rehv miró con odio hacia la cámara más cercana.

—Déjeme entrar. Ahora. Tengo que ver a Havers. Y sí, es una emergencia.

Tenía que regresar al club y hacer acto de presencia en su oficina cuanto antes. Las cuatro horas que ya había estado ausente esa noche eran toda una vida cuando se trataba de administrar lugares como ZeroSum y Iron Mask. Allí no sólo pasaban cosas de vez en cuando, las situaciones difíciles eran el pan de cada día y él era el último eslabón de la cadena.

Después de un momento, esas horribles rejas se abrieron y Rehv no perdió ni un segundo en entrar.

Cuando salió de la última curva, la granja que tenía frente a sus ojos no parecía justificar toda la seguridad que la rodeaba, al menos no a simple vista. La estructura de dos pisos era de un estilo colonial y carecía de todo detalle. No tenía portones. Ni postigos. Ni chimeneas. Ni plantas.

Comparada con la antigua casa de Havers y con la clínica vieja, esa casa parecía apenas un cobertizo.

Rehv estacionó frente a la estructura separada que albergaba los garajes y donde estaban las ambulancias y se bajó. El hecho de que la fría noche decembrina lo hiciera estremecer era otra buena señal, así que se inclinó para sacar del asiento trasero del Bentley su bastón y uno de sus muchos abrigos de piel. Junto con la sensación de entumecimiento general, otro de los efectos secundarios de su escudo químico era una disminución de la temperatura corporal que convertía sus venas en conductos de aire acondicionado. Vivir todos los días dentro de un cuerpo que no podía sentir ni calentarse no era ninguna fiesta, pero tampoco tenía opción.

Si su madre y su hermana no hubieran sido normales, tal vez él habría podido ceder a la tentación, como Darth Vader, y entregarse a su lado malo para pasar las horas jodiendo a sus camaradas e induciéndoles al mal. Pero Rehv se había puesto en la situación de ser cabeza de su familia y eso lo mantenía entre la espada y la pared.

Rehv rodeó el edificio, mientras se cerraba el abrigo de piel sobre la garganta. Cuando llegó a una puerta insignificante, oprimió el botón que estaba empotrado en el marco de aluminio y miró hacia el ojo electrónico. Un momento después, se oyó cómo se abría la cerradura con un siseo y empujó la puerta para entrar a una habitación blanca del tamaño de un armario. Después de mirar fijamente al ojo de la cámara, oyó cómo se abría otra cerradura y un panel oculto se deslizaba sobre un riel; Rehv descendió por unas escaleras. Otro punto de control. Otra puerta. Y finalmente estaba dentro.

El área de la recepción era como la sala de espera de cualquier clínica familiar, con filas de asientos y revistas apiladas sobre pequeñas mesas, una televisión y un par de plantas. Era más pequeña que la de la clínica vieja, pero estaba limpia y ordenada. Las dos hembras que estaban sentadas allí se pusieron muy tensas cuando lo vieron.

—Por aquí, señor.

Rehv le sonrió a la enfermera que salió de detrás del mostrador de la recepción. Cuando se trataba de él, si la espera iba a ser larga siempre lo llevaban a una sala de reconocimiento. A las enfermeras no les gustaba que Rehv asustara a la gente que estaba en la sala de espera, y tampoco les gustaba tenerlo cerca de ellas. Lo cual resultaba perfecto para él. No era un tipo muy sociable.

La sala de reconocimiento a la que lo llevaron estaba en la zona de consulta externa, lejos de las urgencias, y se trataba de una sala que ya conocía. La verdad era que ya había estado en todas las salas de reconocimiento.

—El doctor está en cirugía y el resto del personal está con otros pacientes, pero le pediré a una enfermera que venga a hacerle un reconocimiento. —La enfermera se alejó como si alguien acabara de entrar en paro al otro lado del corredor y ella fuera la única que pudiera revivirlo.

Rehv se sentó sobre la mesa de reconocimiento con el abrigo puesto y el bastón en la mano. Para pasar el tiempo, cerró los ojos y dejó que las emociones que flotaban en el lugar penetraran en él como si se tratara de una película: las paredes del sótano se disolvieron y la estructura emocional de cada individuo fue brotando de la oscuridad, mientras un conjunto de vulnerabilidades, ansiedades y debilidades quedaban expuestas frente a su lado symphath.

Rehv las controlaba todas e instintivamente sabía qué botones debía oprimir para manipular a la enfermera que se encontraba en la sala de al lado y que estaba preocupada porque su hellren ya no se sentía atraído hacia ella… pero que de todas maneras no había perdido el apetito. Y al macho al que estaba tratando la enfermera, que se había caído por las escaleras y se había cortado el brazo… porque estaba borracho. Y al farmacéutico que estaba al otro lado del corredor, que hasta hacía poco se había dedicado a robar pastillas de Xanax para su uso personal… hasta que descubrió las cámaras escondidas que habían instalado para atraparlo.

Los instintos autodestructivos de los demás eran el mejor espectáculo que podía ver un symphath, y era todavía más especial cuando uno era el productor. Y aunque su visión había vuelto a ser «normal» y su cuerpo estaba adormecido y frío, lo que tenía en el fondo del corazón estaba sólo contenido, no había desaparecido.

Porque para la clase de espectáculos que él podía montar, siempre habría fuentes de inspiración y financiación.

 

* * *

 

—Mierda.

Cuando Butch estacionó el Escalade frente a los garajes de la clínica, Wrath comenzó a maldecir. Bajo la luz de los faroles de la camioneta, apareció la silueta de Vishous como si fuera la de una chica de calendario, acostada sobre el capó de un Bentley muy conocido.

Wrath se quitó el cinturón de seguridad y abrió la puerta.

—Sorpresa, señor —dijo V, al tiempo que se enderezaba y daba unos golpecitos sobre la capota del coche—. La reunión en el centro con nuestro amigo Rehvenge debió de ser realmente breve, ¿no te parece? A menos que ese tío haya descubierto cómo estar en dos lugares a la vez. En cuyo caso, yo debería conocer su secreto, ¿no crees?

Maldito. Desgraciado.

Wrath se bajó de la camioneta y decidió que lo mejor que podía hacer era hacer caso omiso del hermano. Las otras opciones eran tratar de justificar razonablemente su mentira, lo cual sería un desastre debido a que, a pesar de todos los defectos que V coleccionaba, ninguno tenía que ver con su capacidad intelectual; o, tal vez, iniciar una pelea a puñetazos, lo cual sería apenas una distracción temporal y sólo constituiría una pérdida de tiempo cuando los dos tuvieran que recuperarse.

Después de rodear la camioneta, Wrath abrió la puerta trasera del Escalade.

—Cura a tu amigo. Yo me encargaré del cadáver.

Cuando Wrath levantó el peso muerto del civil y se volvió, la mirada de V se posó en un rostro que resultaba irreconocible a causa de los golpes.

—Maldición —dijo V entre dientes.

En ese momento, Butch se bajó de la camioneta; tenía muy mal aspecto. Cuando el olor a talco de bebé inundó el ambiente, sus rodillas parecieron ceder y apenas pudo agarrarse a la puerta para mantenerse en pie.

Vishous corrió en su ayuda y tomó al policía entre sus brazos con fuerza.

—Mierda, hermano, ¿cómo estás?

—Listo… para lo que sea. —Butch se agarró a su mejor amigo—. Sólo necesito ponerme debajo de la lámpara un rato.

—Cúralo —dijo Wrath, al tiempo que comenzaba a avanzar hacia la clínica—. Yo voy a entrar.

Después de que Wrath se alejara, las puertas del Escalade se cerraron una detrás de otra y luego se vio un resplandor, como si las nubes hubiesen destapado súbitamente la luna. Wrath sabía lo que los dos hermanos estaban haciendo dentro de la camioneta, porque había visto la rutina una o dos veces: estaban abrazados el uno al otro, mientras la luz blanca de la mano de V los envolvía, para que la maldad que Butch había inhalado penetrara en V y poder destruirla.

Gracias a Dios tenían una forma de sacar esa mierda del policía. Y el hecho de poder sanar a su amigo también era bueno para V.

Wrath llegó hasta la primera puerta de la clínica y simplemente se quedó mirando la cámara de seguridad. Enseguida lo dejaron entrar; en cuanto se abrió la primera cerradura, el panel que ocultaba las escaleras apareció ante él. Sólo tardó unos segundos en encontrarse en la clínica.

Nadie quería detener al rey de la raza, y menos cuando llevaba un cadáver en los brazos.

Wrath se detuvo en el rellano, mientras que se abría la última puerta, y mirando directamente a la cámara, dijo:

—Traigan una camilla y una sábana enseguida.

—Ahora mismo, señor —dijo una vocecilla tímida.

Un segundo después, dos enfermeras abrieron la puerta y mientras una convertía la sábana en una cortina que garantizara la privacidad, la otra empujó una camilla hasta el pie de las escaleras. Wrath depositó el cuerpo del civil con decisión, pero con tanta delicadeza como si el macho todavía estuviera vivo y tuviera fracturados todos los huesos del cuerpo; luego la enfermera que había llevado la camilla extendió otra sábana, pero Wrath la detuvo antes de que envolviera el cuerpo.

—Yo lo haré —dijo, y le quitó la sábana de las manos.

La enfermera le entregó la sábana e hizo una venia.

Mientras recitaba palabras sagradas en Lengua Antigua, Wrath convirtió la humilde sábana de algodón en un sudario. Después de terminar de rezar por el alma del macho y desearle un viaje libre y fluido hasta el Ocaso, las enfermeras y él guardaron hicieron un minuto de silencio antes de comenzar a envolver el cuerpo.

—No encontramos ninguna identificación —dijo Wrath en voz baja, mientras que acariciaba el borde de la sábana—. ¿Alguna de ustedes reconoce su ropa? ¿El reloj? ¿Alguna cosa?

Las dos enfermeras negaron con la cabeza y una de ellas murmuró:

—Lo llevaremos a la morgue y esperaremos. Es lo único que podemos hacer. Su familia seguramente vendrá a buscarlo.

Wrath retrocedió y se quedó observando mientras se llevaban el cuerpo. Por casualidad notó que la llanta delantera de la camilla vibraba un poco, como si fuera nueva y tuviera miedo de no hacer bien su trabajo… aunque no lo notó porque viera la llanta con claridad, sino por el silbido que producía.

Parecía no encajar bien. No ser capaz de resistir el peso.

Y Wrath se sintió identificado con esa sensación.

Esa maldita guerra con la Sociedad Restrictiva estaba durando demasiado, y a pesar de todo el poder que él tenía y de toda la determinación que animaba su corazón, la raza no la estaba ganando: aguantar con firmeza los ataques del enemigo era sólo una forma de perder gradualmente, porque seguían muriendo inocentes.

Entonces dio media vuelta hacia las escaleras y olió el miedo y el respeto que irradiaban las dos hembras que estaban sentadas en las sillas de plástico de la sala de espera. En un gesto inesperado, se levantaron y le hicieron una reverencia y esa deferencia resonó en sus entrañas como una patada en las pelotas. Ahí estaba él, entregando a la víctima más reciente de esta lucha, pero ni de lejos la última, y esas dos todavía querían rendirle sus respetos.

Wrath les devolvió la venia, pero no fue capaz de pronunciar palabra. El único vocabulario del que disponía por el momento se componía de insultos e imprecaciones, todas dirigidas contra él mismo.

La enfermera que había estado sosteniendo la sábana que hizo las veces de cortina terminó de doblarla y dijo:

—Milord, tal vez tenga usted un minuto para ver a Havers. Saldrá de cirugía en un cuarto de hora, más o menos. Parece que está usted herido.

—Tengo que regresar al… —Wrath se detuvo antes de que se le escapara la expresión «campo de batalla»—. Tengo que irme. Por favor avísenme cuando aparezca la familia de ese macho, ¿está bien? Me gustaría reunirme con ellos.

La enfermera se inclinó y se quedó en esa posición porque quería besar el inmenso diamante negro que reposaba en el dedo anular de la mano derecha del rey.

Wrath apretó los ojos y le extendió el objeto de veneración que ella quería honrar.

Entonces percibió el contacto de unos dedos fríos y ligeros y un aliento delicado que rozó apenas su piel. Y, sin embargo, se sintió como si lo despellejaran.

Cuando la enfermera se incorporó, dijo con reverencia, en Lengua Antigua:

—Que tenga usted una buena noche, milord.

—Tú también, leal súbdita.

Wrath dio media vuelta y subió las escaleras corriendo, pues sentía que necesitaba más oxígeno del que había en la clínica. Justo cuando llegó a la última puerta, se tropezó con una enfermera que estaba entrando con tanta prisa como él estaba saliendo. El impacto fue tan fuerte que a ella se le cayó el bolso negro que llevaba colgado del hombro y él apenas tuvo tiempo de agarrarla para que toda ella no fuera a parar también al suelo.

—Ay, mierda —gritó Wrath, al tiempo que se arrodillaba para recoger las cosas de la hembra—. Lo siento.

—¡Milord! —La enfermera le hizo una reverencia y luego se dio cuenta de que él estaba recogiendo sus cosas—. Usted no tiene por qué hacer eso. Por favor, p

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