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La edad de la duda (Comisario Montalbano 18)

Andrea Camilleri

Fragmento

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2

Su despacho era inaccesible; el agua caía del techo como de una decena de cañerías reventadas. Puesto que esa mañana Mimì Augello no tenía que ir, tomó posesión de su despacho.

Hacia la una, cuando se disponía a ir a comer, sonó el teléfono.

—Dottori, está al tilífono la Capitanía. Pero ándese con ojo que el que habla no es un capitán, sino un tiniente que se llama... ¡maldita sea, se me ha olvidado!

—Catarè, en Capitanía no tienen que ser todos forzosamente capitanes.

—¿Ah, no? ¿Y entonces por qué se llama así?

—Después te lo explico. Pásamelo.

—Buenos días, comisario. Soy el teniente Matticca.

—Buenos días.

—Acabamos de tener noticias del Vanna. Estarán dentro de poco en aguas del puerto. Pero en vista de que continúa haciendo mal tiempo, estiman que podrán atracar hacia las diecisiete horas, porque deben alejarse de nuevo de la costa y hacer una ruta que...

—Gracias.

—También nos han dicho otra cosa.

—¿Qué?

—Verá, había muchas interferencias y no lo hemos entendido bien, pero por lo visto llevan un muerto a bordo.

—¿Alguien de la tripulación?

—No, no. Cuando nos han llamado acababan de rescatarlo de una zódiac que milagrosamente no se había hundido.

—Quizá se trate de un náufrago.

—Creemos haber entendido que no... Pero será mejor esperar a que atraquen, ¿no le parece?

¡Ya lo creo que le parecía!

Pero casi seguro —pondría incluso la mano en el fuego— que se trataba de un desdichado que había muerto de hambre y sed tras un puñado de días de agonía. Siempre expiran sin llegar a ver el humo de un vapor o la simple silueta de un pesquero.

Mejor no pensar en esas cosas, porque lo que contaban los pescadores era terrible; a menudo recogían en las redes cadáveres o trozos de cadáveres que arrojaban de nuevo al mar. Restos de cientos y cientos de hombres, mujeres y niños que habían esperado llegar, después de un viaje infernal a través de desiertos y lugares miserables que habían acabado con ellos, a un país donde podrían ganarse un mendrugo de pan.

Para realizar ese viaje se deshacían de sus pertenencias, lo vendían todo, alma y cuerpo, para así pagar por adelantado a los negreros que comerciaban con carne humana y que no vacilaban en dejarlos morir, echándolos al agua a la menor señal de peligro. Y a los supervivientes que conseguían tocar tierra, ¡menudo recibimiento les dispensaban en el país! Los metían en centros de acogida; así los llamaban, cuando en muchos casos eran auténticos campos de concentración.

Y había personas, llamadas vete tú a saber por qué honorables, que, no contentas con eso, querrían verlos muertos; decían que nuestros marinos deberían emprenderla a cañonazos contra sus barcas porque, según ellos, todos eran delincuentes, holgazanes, y trasmitían enfermedades. Exactamente lo mismo que les había sucedido a los italianos en América. Pero ahora todo el mundo había olvidado eso.

Cuando pensaba en ello, Montalbano estaba más que seguro de que, con la ley Cozzi-Pini y gilipolleces parecidas, allí nadie habría ayudado a san José y la Virgen María a llegar al portal.

Fue a informar a la chica de la llamada.

—Han telefoneado de Capitanía; dicen que el Vanna estará en el puerto hacia las cinco.

—Paciencia. ¿Puedo seguir esperando aquí? —Acompañó la pregunta con un gesto esperanzado de la mano, como si pidiera limosna.

A un perro mojado no puedes echarlo de un refugio provisional.

—Claro que sí.

Ella le dirigió una sonrisa de agradecimiento, y a Montalbano le dio tanta pena que las palabras le salieron solas:

—¿Quiere comer conmigo?

Vanna aceptó de inmediato. Los acompañó Gallo en coche porque seguía lloviendo, aunque con menos intensidad.

Daba gusto ver comer a la chica. Parecía llevar dos días de ayuno. El comisario no le dijo nada del cadáver del Vanna; le habría estropeado el sabor de los crujientes salmonetes fritos que engullía con evidente placer.

Cuando salieron de la trattoria ya no llovía. Mirando el cielo, el comisario llegó a la conclusión de que no se trataba de una pausa momentánea, sino de que el tiempo empezaba a mejorar. No era cuestión de telefonear a Gallo para que fuese a buscarlos; volvieron a pie pese a que la calle era más barro y agua que asfalto.

Nada más llegar a comisaría, encontraron a Gallo esperándolos.

—Han tendido un puente provisional. Hay que ir enseguida a retirar los vehículos.

Tardaron una hora, pero al final Vanna y Montalbano pudieron regresar a Vigàta cada uno en su propio coche.

—¡Ah, dottori! ¡Acaban de llamar de Capitanía! ¡Dicen que la tal Silvana está entrando!

Montalbano miró el reloj: las cuatro y media.

—¿Sabe cómo llegar al puerto? —le preguntó a la chica.

—Sí, no se preocupe. Muchísimas gracias por su exquisita cortesía, comisario. —Sacó la novela de la bolsa y se la tendió.

—¿Ha terminado de leerla?

—Me faltan unas diez páginas.

—Quédesela.

—Gracias —dijo Vanna, ofreciéndole la mano.

El comisario se la estrechó. Ella se quedó parada un momento mirándolo; luego, siguiendo un impulso, le rodeó el cuello con los brazos y le dio un beso.

Fuera no llovía, pero dentro del despacho sí. Todavía chorreaba agua del techo; la cámara de aire debía de haberse convertido en una cisterna con varios escapes. Montalbano se instaló de nuevo en el despacho de Augello. Al cabo de un momento llamaron a la puerta. Era Fazio.

—Los albañiles vendrán mañana por la mañana a reparar el tejado. Después vendrán también las mujeres de la limpieza. He mirado los papeles que había encima de su mesa. Están para la basura.

—Pues tíralos.

—Dottore, pero ¿cómo nos las arreglaremos después?

—¿Para qué?

—Son documentos a los que había que dar respuesta, pero ahora ya no sabemos cuáles eran las preguntas.

—¿Y a ti qué más te da?

—A mí, nada. Pero ¿qué va a contarle usted al jefe superior cuando empiece a preguntarle por qué no tramita los expedientes?

Era verdad.

—Oye, ¿han quedado expedientes intactos?

—Sí, señor.

—¿Cuántos?

—Unos treinta.

—Cógelos, ponlos debajo de un grifo y deja correr el agua un par de horas.

—¡Dottore, pero se estropearán!

—Eso es lo que quiero. Cuando estén bien empapados, los colocas junto con los ya inservibles. Y sobre todo, no los tires; los necesitamos como prueba de los daños que hemos sufrido. No debemos desaprovechar esta ocasión.

—Pero...

—Espera; no he acabado. Después coges una silla, te subes y echas veinte cubos de agua encima del archivador, pero sin abrirlo.

—¿De manera que dé la impresión de que el agua ha caído del techo?

—Exacto.

—Dottore, el archivador es de hierro. No entra ni una gota.

Montalbano pareció desilusionado.

—¡Qué le vamos a hacer! Olvidemos el archivador.

Fazio lo miró con cara de lelo.

—¿Me explica la razón de todo esto?

—Pero, hombre, está claro: antes de que consigan averiguar qué expedientes han quedado destruidos y los instruyan de nuevo, pasará, tirando por lo bajo, un mes. ¿No te parece una suerte estar un mes sin estampar firmas en documentos tan atrasados como inútiles?

—Si usía lo dice... —repuso Fazio, saliendo.

—Catarè, llama al dottor Lattes.

Le contaría que tenían que desplazarse en bote por la comisaría y que todos los papeles habían quedado ilegibles. Y aprovecharía para exponerle también una duda: un aguacero semejante, ¿no sería la señal de un inminente diluvio universal? Al oír sus palabras, a un burócrata y beato como Lattes igual le daba un síncope.

—Dottori, disculpe, pero ¿es posible que alguien se llame de apellido Maricca?

—Hombre, no creo.

—Pues hay un tiniente de Capitanía al teléfono que dice que se llama exactamente así, Maricca. A lo mejor es extranjero.

—¿Por qué?

—Porque igual en el extranjero no comprenden el significado de esa palabrota, dottori.

—Tranquilo, Catarè. El teniente se llama Matticca, con doble te.

—¡Virgen santísima, qué preocupación que me quita de encima!

—¿Por qué te preocupaba?

—Me daba virgüenza llamar marica a un tiniente.

—Pásamelo.

—¿Comisario Montalbano? Soy Matticca.

—Dígame, teniente.

—Tenemos un problema: el muerto.

Dicen que en muchos casos la muerte es una liberación. Para quien muere, naturalmente, porque para quien sigue vivo casi siempre es una complicación de cojones.

—Explíquese.

—El doctor Raccuglia nos ha aconsejado vivamente que le pidamos que se acerque hasta aquí.

Raccuglia era el médico de los servicios portuarios, una persona seria y apreciada. Además, al comisario le caía bien. Lo cual era un motivo para acceder a la petición del teniente.

—De acuerdo, ahora voy.

Nada más salir advirtió que el cielo estaba absolutamente sereno; sólo los charcos de agua reluciente que constelaban la calle atestiguaban lo sucedido unas horas antes. El sol empezaba a ponerse, pero era suficiente para dar calor. «Ahora resulta que estamos como en una isla tropical —pensó el comisario—, donde en un mismo día llueve y deja de llover sin solución de continuidad. Con la diferencia de que en esos sitios, a juzgar por lo que se ve en las películas americanas, comen, viven y se ponen el mundo por montera, mientras que aquí comemos lo que nos permite el médico, vivimos lo que nos permite el hígado y siempre hay alguien que nos toca los cojones. ¡Y no es poca diferencia!»

La barca era un velero bastante grande y elegante; había atracado en el embarcadero central. Llevaba bandera, cómo no, panameña. Al pie de la escalerilla lo esperaban un teniente de la Marina, que resultó ser Matticca, y el doctor Raccuglia.

A poca distancia, un marinero de Capitanía montaba guardia junto a un bote hinchable que descansaba en tierra firme.

A bordo del velero no se veía a nadie. La propietaria y la tripulación debían de estar bajo la cubierta.

—¿Qué ocurre, doctor?

—He tenido que molestarlo antes de que llegue la ambulancia que trasladará el cadáver a Montelusa para practicar la autopsia. Querría que usted lo viese.

—¿Por qué?

—Porque el cadáver presenta...

—Doctor, no me he explicado bien. ¿Por qué cree que el caso es de mi competencia? El cuerpo no ha sido encontrado en aguas...

El teniente lo interrumpió:

—El bote con el cadáver ha sido interceptado prácticamente en la bocana del puerto, no en aguas extraterritoriales.

—¡Ah! —Montalbano había intentado librarse de la investigación y le había salido mal la jugada, pero aún podía tratar de alejar el amargo cáliz... ¡Joder con las frases hechas!—. Pero es posible que el bote, arrastrado por las corrientes, muy fuertes dadas las condiciones del...

Matticca sonrió ante esa última y penosa tentativa.

—Comisario, es una faena, lo entiendo, pero no cabe duda de que el bote, precisamente a causa de esas corrientes, apenas había salido de este puerto —replicó, recalcando la palabra «este»—, ¿me explico?

Montalbano izó la bandera blanca.

—Bien, veamos. ¿Dónde está?

—Sígame —contestó el teniente—. Por aquí.

En la cubierta no había ni un alma. Bajaron a la sala común. El cadáver estaba encima de la mesa, situada en el centro y cubierta con un hule.

Montalbano se lo había imaginado distinto, pero se encontró delante de un tío cuarentón y musculoso, completamente desnudo. Dejando aparte la cara, la parte frontal del cuerpo no presentaba he

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