2
Describir el trabajo de un médico de cabecera es fácil. No tiene que curar a nadie, sólo asegurarse de impedir un flujo masivo de gente hacia los especialistas y hospitales. Su consulta es como un puesto avanzado. Cuanta más gente logre retener, mejor es el médico en su trabajo. Es un cálculo simple: si los médicos de cabecera enviásemos a todo el que se presenta con un escozor, una manchita o una tosecilla a un especialista o al hospital, el sistema entero se vendría abajo. Estrepitosamente. En realidad, este cálculo ya se hizo; la conclusión fue que el sistema se colapsaría aunque no pasasen todos los pacientes. Si todos los médicos de cabecera enviaran a más de un tercio de sus pacientes a la consulta del especialista, el sistema apenas tardaría dos días en empezar a tambalearse. En una semana se colapsaría. El médico de cabecera debe defender el puesto avanzado. «Es un simple resfriado —dice—; una semana de paciencia y si no se le pasa vuelva a venir.» Tres noches más tarde el paciente se ha ahogado en sus propios mocos. «Son cosas que pasan —dices—. Una inusual combinación de factores, un caso que se da como mucho en uno de cada diez mil pacientes.»
Los pacientes desaprovechan su mayoría numérica. Se dejan llamar de uno en uno a mi despacho, donde dedico veinte minutos a convencerlos de que no tienen nada. Paso consulta de las ocho y media a la una. Tres pacientes por hora, doce o trece al día. Soy el médico de cabecera ideal para el sistema. Los que creen que con la mitad de tiempo por paciente les basta, llegan a veinticuatro por día; con veinticuatro pacientes hay más posibilidades de que alguno se cuele que con doce. También se da un elemento subjetivo; un paciente que sólo dispone de diez minutos con el médico tiene más la sensación de que se lo han quitado de encima que un paciente a quien le largas el mismo discurso pero en veinte minutos. Este segundo paciente cree que te tomas en serio sus problemas, y tiende a insistir menos en que se le hagan más análisis.
Claro que se cometen errores. Sin errores, este sistema no podría existir. Un sistema como el nuestro depende justamente de sus errores. Al fin y al cabo, incluso un diagnóstico equivocado puede conducir al resultado deseado. Pero a menudo ni siquiera se requiere un diagnóstico equivocado. El arma más importante de que disponemos los médicos de cabecera es la lista de espera. Normalmente, con nombrarla ya basta: «Para esta prueba hay una lista de espera de entre seis y ocho meses», digo. «Con esta intervención, su estado podría mejorar ligeramente, pero el caso es que hay lista de espera...» La mitad de los pacientes ya se rinde sólo con oír nombrar la lista de espera. El alivio se les pinta en el rostro. «Dejemos para mañana lo que no sea indispensable hacer hoy», piensan. Nadie quiere que le metan una sonda gruesa como una manguera por la laringe. «No es una prueba agradable —les digo—; también podemos esperar, por si se le pasa con una combinación de reposo y medicamentos. Y dentro de seis meses volvemos a verlo.»
Uno se podría preguntar cómo es posible que en un país tan rico como el nuestro existan las listas de espera. Cuando me lo planteo, siempre me viene a la mente la reserva de gas. Holanda posee un enorme yacimiento de gas natural. Alguna vez he sacado el tema en reuniones informales con colegas.
—¿Cuántos metros cúbicos de gas tendríamos que vender para eliminar la lista de espera de las operaciones de cadera en una semana? —pregunté en una ocasión—. ¿Cómo demonios es posible que en un país civilizado como el nuestro haya gente que se muera antes de llegar a los primeros puestos de la lista de espera?
—No puedes verlo así —dijeron mis colegas—, no podemos renunciar a la reserva de gas sólo para no posponer operaciones de cadera.
La reserva de gas es inmensa, hasta las predicciones más pesimistas dicen que bastaría para los próximos sesenta años. ¡Sesenta años! Es más que las reservas de petróleo del golfo Pérsico. Somos un país rico. Tan rico como Arabia Saudí, Kuwait, Qatar... y sin embargo aquí sigue muriendo gente porque tuvieron que esperar demasiado tiempo un riñón, mueren recién nacidos porque la ambulancia que ha de llevarlos a toda prisa al hospital se queda atascada en el tráfico, las vidas de las madres corren un grave peligro porque nosotros, los médicos de cabecera, las hemos convencido de que parir en casa es seguro. Cuando en realidad lo que deberíamos decirles es que es más barato, eso es todo; aquí también se aplica lo de que si todas las madres ejerciesen su derecho a parir en un hospital, el sistema se vendría abajo en una semana. Ahora el riesgo de muerte de bebés, o de que sufran daños cerebrales porque en los partos en casa no se puede administrar oxígeno, simplemente forma parte de la ecuación. Muy de vez en cuando aparece un artículo en alguna revista médica, a veces algún fragmento de esos artículos llega al periódico, pero es suficiente para saber que en los Países Bajos la tasa de mortalidad entre los recién nacidos es la más alta de Europa y del resto del mundo occidental. Pero hasta ahora nadie ha sacado conclusiones de estas cifras.
En realidad, un médico de cabecera es impotente ante todo esto. Puede tranquilizar a un paciente. En todo caso, puede conseguir que no acuda a un especialista por el momento. Puede convencer a una mujer de que no corre ningún riesgo pariendo en casa, que es todo mucho «más natural», aunque solamente sea más natural en el sentido de que morirse también es natural. Podemos recetar pomadas o somníferos, quemar pecas con ácido, tratar uñas encarnadas. A menudo, trabajillos asquerosos. Recogemos la cocina, eliminamos con un estropajo los restos pegados entre los fogones.
Algunas noches pienso en la reserva de gas y no me deja pegar ojo. Hay días que la imagino como una burbuja de esas que salen cuando haces pompas de jabón; a poca profundidad bajo la corteza terrestre, sólo hay que hacerle un agujerito y se vacía, o explota. Otras veces imagino que se extiende por debajo de una superficie mucho más grande. Oculta bajo la tierra suelta. Las moléculas de gas se mezclan invisibles con las partículas de tierra. Son inodoras. Les acercas una llama y explotan. La llama se convierte en un fogonazo que se propaga en pocos segundos por un área de centenares de kilómetros cuadrados. Bajo tierra. La capa superior del suelo se desprende, deja de sostener puentes y edificios, no hay suficiente tierra firme bajo los pies y patas de personas y animales, ciudades enteras se hunden en el sustrato ardiente. Estoy tumbado en la oscuridad con los ojos abiertos.
A veces, la debacle de nuestro país se me antoja un documental. Un documental de National Geographic, con gráficas y animaciones informáticas, el tipo de documental que tan bien se les da: presas de contención que se desbordan, tsunamis, aludes y avalanchas de lodo que entierran pueblos y ciudades; una ladera volcánica que se suelta de una isla, se hunde en el mar y provoca una gran ola que, ocho horas más tarde y a miles de kilómetros de distancia, alcanza una altura de mil doscientos metros. The Disappearance of a Country, mañana a las 21.30, en este canal. Nuestro país. Nuestro país engullido por su propia reserva de gas.
De vez en cuando, si estoy despierto por la noche, pienso en Ralph Meier. En su papel de emperador Augusto en la serie de televisión homónima, por ejemplo. Le va que ni pintado, en eso coinciden amigos y enemigos. En primer lugar, por supuesto, por su complexión, la envergadura cultivada a lo largo de los años. Una envergadura que sólo alcanzas a base de comilonas sistemáticas en restaurantes con una o más estrellas Michelin. Con barbacoas copiosas en el jardín de casa: salchichas alemanas, jamones de Bulgaria, corderos enteros de Texel asados en un espetón giratorio. Recuerdo esas barbacoas como si fuera ayer: su figura gigantesca tras el fuego humeante, dando la vuelta él mismo a las hamburguesas, bistecs y muslos de pollo. Su rostro enrojecido, sin afeitar; las pinzas de la barbacoa en una mano, una lata de medio litro de cerveza Jupiler en la otra. Una voz que parecía una bocina. Una voz con la que podría haber orientado a petroleros y cargueros que se acercaran a brazos de mar lejanos y puertos desconocidos. Ni siquiera hace tanto de la última barbacoa; unos cinco meses, diría yo. Por aquel entonces ya estaba enfermo. Seguía siendo el encargado de dar la vuelta a la carne, pero había cogido una silla de plástico de jardín; tenía que hacerlo sentado. Siempre es un espectáculo fascinante ver cómo una enfermedad (una enfermedad como la suya) ataca el cuerpo humano. Cómo lo consume lentamente. Es una guerra. Las células malas se vuelven contra las buenas. Primero atacan el cuerpo indirectamente, por los flancos. Es un ataque pequeño y controlable, una provocación con el único objetivo de distraer al grueso del ejército. Crees que has ganado; al fin y al cabo has repelido la primera ofensiva. Pero el grueso del enemigo aún se mantiene oculto, en las profundidades del cuerpo, en un recoveco oscuro donde los rayos X, las ecografías y las resonancias no pueden encontrarlo. El enemigo es paciente. Esperará hasta que haya reunido todas sus fuerzas. Hasta que esté seguro de su victoria.
Ayer por la noche emitieron el capítulo tres. El emperador consolida su poder. Cambia de nombre, de Cayo Octaviano a Augusto, y desarticula el Senado. Todavía quedan diez episodios. No se ha dicho nada de cancelar o posponer la emisión de Augusto debido a la defunción del protagonista. Ralph Meier borda su papel. Es el único actor neerlandés en un elenco formado sólo por italianos, americanos e ingleses, pero capta toda la atención.
Creo que ayer por la noche fui el único que vio la serie de otro modo. O mejor dicho, con otros ojos. Ojos de médico.
—¿Puedo ir? —me había preguntado en aquella ocasión—. Son dos meses de rodaje. Si tengo que dejarlo a medias, será un desastre para todo el mundo.
—Ningún problema —había dicho yo—, no te preocupes. La mayoría de las veces estas cosas no son nada. Esperaremos tranquilamente los resultados. Cuando vuelvas ya tendremos tiempo de ocuparnos de ello.
Miré al emperador Augusto, que se dirigía al Senado. Era una coproducción italoamericana en la que no habían escatimado dinero ni esfuerzos. Miles de soldados romanos, legiones enteras dando gritos de júbilo en las colinas que rodean Roma, decenas de miles de espadas, escudos y lanzas alzadas hacia el cielo, flotas de centenares de barcos ante el puerto de Alejandría, carreras de cuadrigas, combates de gladiadores, leones rugientes y cristianos desmembrados. Ralph Meier padecía la variante más agresiva de la enfermedad. Había que actuar enseguida, de lo contrario sería demasiado tarde. Una intervención drástica: un first strike, un bombardeo de saturación que noquease las células malignas a la primera. Observé su rostro, su cuerpo. Con toda probabilidad, por aquel entonces en el interior de ese cuerpo el grueso del enemigo ya se había puesto en marcha.
«¡Senadores! A partir de este día soy vuestro emperador. El emperador... Augusto.»
Su voz llegaba tan lejos como siempre; eso en aquel momento aún no había cambiado. Si le ocurría algo, no lo demostraba. Ralph Meier era bueno en su trabajo. Si era necesario, fingía que podía con todo y con cualquiera. Incluso con una enfermedad mortal.
3
A lo largo de los años, las personas normales han ido desapareciendo de una en una de mi consulta. Me refiero a la gente con trabajo de oficina. Aún conservo un abogado y el dueño de un gimnasio, pero la mayoría trabaja en lo que se conoce como artes liberales. Sin contar a las viudas, que tengo bastantes. Se puede hablar tranquilamente de un superávit de viudas. Viudas de escritores, actores, pintores... Las mujeres aguantan más que los hombres, están hechas de otra pasta, una pasta más recia. Se puede llegar a muy vieja con una existencia en la sombra. Toda la vida preparando café y comprando vino al por mayor para los genios que no salen de su taller. Salmón fresco de Noruega para los escritores encerrados en despachos donde siempre hay que andar de puntillas. Parece duro, pero en realidad sólo es un pequeño esfuerzo. Las viudas se hacen viejas. Viejísimas. A menudo conocen un breve período de esplendor cuando su marido acaba de morir. Lo he visto en mi consulta. Están tristes, se llevan un pañuelito a los ojos, pero también se sienten aliviadas. El alivio es una emoción difícil de ocultar. Yo las observo con ojos de médico. He aprendido a ver más allá de las lágrimas. Una enfermedad larga no es algo agradable. Una cirrosis hepática es lenta y dolorosa. Muchas veces, el paciente no consigue llegar; agarra el cubo que tiene al lado de la cama, pero la sangre ya sale a chorros. Cambiar la cama tres veces al día, sábanas y mantas pesadas de vómito y heces, agota mucho más que preparar café y asegurarse de que siempre haya suficiente ginebra en casa. «¿Cuánto más va a durar esto? —se pregunta la futura viuda—. ¿Aguantaré hasta el entierro?»
Pero el día acaba llegando por fin. Hace buen tiempo, cielo despejado con nubes blancas, los pájaros cantan en las ramas de los árboles, el aire huele a flores frescas. Por primera vez en su vida, la viuda es el centro de atención. Lleva gafas de sol para que nadie pueda verle las lágrimas; eso es lo que piensa todo el mundo. Pero en realidad el objetivo de los cristales oscuros es ocultar su alivio. Los mejores amigos cargan con el ataúd hasta la tumba. Se pronuncian discursos. Y corre el alcohol. Mucho alcohol. Nada de café en el funeral de un artista, sino vino blanco, vodka y ginebra. Nada de bizcocho o galletas de mantequilla para el té, sino ostras, caballa ahumada y croquetitas. Después la comitiva al completo se desplaza hasta el bar de siempre.
—¡Que te vaya bien, chaval, estés donde estés! ¡Maldito cabroncete! ¡Viejo canalla!
Se brinda, se vierte vodka en el suelo. La viuda se ha quitado las gafas de sol. Ríe. Resplandece. Las sábanas manchadas de vómito siguen en la cesta de la ropa sucia, pero mañana van a ir a la lavadora por última vez. La viuda cree que a partir de ahora su vida siempre será así. Que los amigos seguirán brindando durante meses (¡años!). Que brindarán por ella, el nuevo centro de atención. Todavía no sabe que tras un par de visitas de cortesía, todo habrá acabado. Que el silencio siguiente es el silencio que siempre viene después de una vida en la sombra.
Así es como suele ocurrir, pero hay excepciones. La ira afea a las viudas. Esta mañana, de repente se ha producido un alboroto en la puerta de mi consulta. Todavía era temprano, acababa de hacer pasar a mi primer paciente.
—¡Doctor! ¡Doctor! —exclamó mi asistenta—. ¡Doctor!
Se oyó el ruido de una silla volcada con violencia, y a continuación otra voz, chillando:
—¿Dónde estás, cabrón? ¡Da la cara si te atreves!
Sonreí a mi paciente.
—¿Me disculpa un momento?
Me puse en pie. Desde la puerta de entrada de la consulta hasta mi despacho hay un pasillo; primero hay que pasar por delante de una mesita, donde está mi asistenta, y después cruzar la sala de espera. Aunque más que una sala de espera, es como un vestíbulo; no hay puerta que lo separe del pasillo.
Eché un vistazo a un lado. Como ya he dicho, era primera hora, pero aun así ya tenía a tres pacientes hojeando números atrasados de revistas femeninas y del National Geographic. Sin embargo, en ese momento ya no hojeaban nada, habían dejado caer las revistas sobre el regazo y observaban a Judith Meier. La muerte de su marido no la había hecho embellecer precisamente, por no decir lo contrario. Tenía el rostro irregularmente enrojecido, como si la piel se le hubiese llenado de manchas. Tras ella venía mi asistenta, gesticulando para hacerme saber que no había podido evitarlo. Más atrás, cerca de la puerta de entrada, había una silla volcada.
—¡Judith! —exclamé, abriendo los brazos como si me alegrara de verla—. ¿Qué puedo hacer por ti?
Por un par de segundos pareció que mi saludo la desarmaba, pero no duró más que un instante.
—¡Asesino! —me espetó.
Miré a los pacientes de la sala de espera. Los conocía de vista a los tres. Un director de cine con almorranas, un galerista con problemas de erección, una actriz ya no tan joven que esperaba su primer bebé, que no era del actor rubio, fornido y sempiternamente mal afeitado con quien se había casado siete meses antes en un castillo de la Toscana, todo a cuenta del programa del corazón de una cadena privada que emitió íntegramente la ceremonia y la fiesta posterior. Me encogí de hombros y les hice un guiño. Es una emergencia, quería decirles con ese encogimiento de hombros y ese guiño. Un típico caso de histeria aguda. Alcohol o drogas, o ambas cosas. Para asegurarme de que lo veían, repetí el guiño.
—Judith, ¿me harías el favor de pasar? —dije con la mayor calma posible—. Así veremos en qué puedo ayudarte.
Antes de que pudiese responder, me di la vuelta para dirigirme con paso firme a mi despacho. Una vez dentro, apoyé las manos en los hombros de mi paciente.
—¿Le importaría volver un momento a la sala de espera? Mientras tanto, mi asistenta le extenderá una receta.
4
Miré el rostro de Judith Meier, al otro lado del escritorio. Las manchas seguían ahí. Era difícil discernir si me encontraba ante un rostro blanco con manchas rojas o uno rojo con manchas blancas.
—Estás acabado —dijo—. Ya puedes ir cerrando el chiringuito. —Al pronunciar estas últimas palabras echó la cabeza atrás, en dirección a la puerta de la consulta, detrás de la cual se encuentra la sala de espera.
Apoyé los codos sobre la mesa, uniendo la yema de los dedos, y me incliné un poco hacia delante.
—Judith... —empecé, pero no supe cómo continuar—. ¿No es un poco pronto para sacar conclusiones tan drásticas? Tal vez me equivoqué en el diagnóstico inicial de Ralph. Ya lo admití. Mañana también saldrá a colación ante el tribunal disciplinario. Pero nunca hice conscientemente...
—Ya veremos cómo reacciona el tribunal disciplinario cuando les explique toda la historia.
Me quedé observándola. Intenté sonreír, pero tenía la misma sensación en la boca que aquella vez que me rompí la mandíbula al caerme de la bici. Un agujero en la carretera. Obras. Habían puesto una valla para advertir a los ciclistas, pero algún gamberro la había quitado. En urgencias me cosieron ambas mandíbulas con hilo de sutura; me pasé seis semanas sin poder hablar y comiendo solamente con pajita.
—¿Piensas asistir? —pregunté lo más tranquilo posible—. No es muy habitual...
—No, ya me lo dijeron. Pero el asunto les pareció lo bastante serio para hacer una excepción en este caso.
Llegados a este punto sí que sonreí. O al menos logré estirar los labios hasta conseguir algo similar a una sonrisa. Pero me sentía como si estuviese abriendo la boca por primera vez tras varios días de silencio.
—Voy a hablar un momento con mi asistenta —dije, levantándome—. Traeré todos los resultados e informes.
Entonces Judith también hizo ademán de levantarse.
—No te molestes. No tenemos nada más que decirnos. Te veo mañana en el tribunal.
—Será sólo un segundo. Vuelvo enseguida. Hay algo que te interesará, una cosa que no sabes.
Ya estaba medio incorporada. Me miró. Yo intentaba respirar con normalidad. Se sentó otra vez.
—Un segundo —repetí.
Sin dedicar siquiera una ojeada a los pacientes de la sala de espera, me dirigí a mi asistenta. Estaba al teléfono.
—¿Sólo la pomada o también la crema? —preguntaba al auricular.
—Liesbeth, ¿podrías...?
—Un momento, por favor —dijo ella a su interlocutor, y tapó el auricular con la mano.
—¿Podrías enviar a todos los pacientes a casa? Y anular el resto de las visitas. Invéntate algo, da igual. Y luego te vas tú también. Tómate el día libre. Tengo a Judith... Será mejor que le dedique algo más de...
—¿Has oído lo que te ha llamado? No puedes...
—No estoy sordo, Liesbeth. Judith está completamente desquiciada. No sabe lo que dice. Tal vez infravaloré la gravedad de la enfermedad de Ralph; eso ya es bastante malo. Primero voy a... voy a hacer algo con ella, saldremos un rato, tomaremos un café en la terraza de algún bar. Necesita un poco más de atención. Es muy comprensible. Pero no quiero que los pacientes me vean salir con ella, así que mándalos a casa lo más rápidamente posible.
Cuando volví a mi despacho, Judith Meier seguía sentada en la silla delante del escritorio.
Se volvió hacia mí. Al ver mis manos vacías, me dirigió una mirada interrogativa.
—El informe ese debe de estar por aquí —dije.
5
La consulta de un médico de cabecera como la mía tiene sus inconvenientes. Por ejemplo, te invitan continuamente a todas partes. Les parece que en cierto modo tienes que estar, aunque sea «en cierto modo». Inauguraciones, presentaciones de libros, estrenos de películas y obras de teatro... No pasa un día sin que te encuentres una invitación en el buzón. No existe la opción de no asistir. Si es un libro, aún puedes mentir y decir que vas por la mitad, que no quieres opinar hasta acabarlo. Pero el estreno de una obra de teatro es el estreno de una obra de teatro. Cuando se acaba tienes que decir algo. Es lo que se espera de ti, que digas algo. Nunca que digas lo que te ha parecido: eso jamás de los jamases. Lo que te ha parecido te lo guardas sabiamente para ti. Durante un tiempo lo intenté con clichés; clichés del tipo «Algunas cosas estaban bien», o «Y a vosotros, ¿qué os ha parecido?». Pero con clichés no se conforman. Tienes que decir que te ha encantado, que les agradeces que te hayan brindado la posibilidad de presenciar ese estreno histórico. Los estrenos de películas suelen ser los lunes por la noche, pero aun así nunca puedes irte enseguida. Tienen que haberte visto. Tú no quieres volver tarde a casa, te sientes como un bicho raro: eres el único excéntrico que a la mañana siguiente ha de estar en su trabajo a una hora normal. Te plantas delante del protagonista o el director y dices que te ha encantado. Una buena segunda opción es decir «conmovedor» acerca del final de la película. Con una copa de champán en la mano, clavas la mirada en los ojos del protagonista o el director. Ya se te ha olvidado el final de la película; o mejor dicho, has conseguido que no se te grabe en la memoria. Pones cara seria. «Me ha resultado conmovedor», dices. Entonces puedes irte a casa.
No sé qué es peor, si la película o la obra de teatro en sí, o que luego no haya manera de irse. Sé por experiencia que durante una película es más fácil pensar en otras cosas que durante una representación teatral. En una obra de teatro eres más consciente de tu propia presencia. De tu propia presencia y del transcurrir del tiempo. De tu reloj. Me compré un reloj con agujas fluorescentes expresamente para los estrenos de teatro. Durante una representación teatral, al tiempo le ocurre algo, algo para lo que aún no he sabido encontrar explicación. No es que se detenga, no: se cuaja. Miras a los actores y actrices, sigues sus movimientos, escuchas las frases que salen de sus labios, y es como si removieras con una cuchara una sustancia que se solidifica rápidamente. Llega un momento en que la cuchara se para. Se queda vertical en medio de la sustancia. No se puede seguir removiendo. Miro el reloj por primera vez. Lo más discretamente posible, por supuesto. Nadie quiere que lo pillen mirando el reloj durante una representación teatral. Con cuidado, retiro un poco la manga de la chaqueta. Me rasco la muñeca como si me picara. A continuación lanzo una mirada fugaz a las agujas luminosas. La hora que indican es siempre una prueba fehaciente de que el tiempo real y el tiempo del teatro son dos magnitudes distintas. O mejor dicho: tiempos de dos dimensiones diferentes que discurren una junto a otra. Crees que ya habrá pasado media hora (esperas, ruegas, que haya pasado); pero las agujas del reloj te dicen que las luces de la sala apenas llevan doce minutos apagadas. No puedes gemir ni suspirar durante una representación teatral; si gimes o suspiras, llamas innecesariamente la atención. Un gemido o un suspiro demasiado alto desconcentran a los actores. Pero no es factible estar sin gemir ni suspirar. Y ahí mismo radica ya la principal diferencia con una película: uno no puede irse. Durante una película, puedes escabullirte en la oscuridad sin que nadie se dé cuenta. Hasta en un estreno. «Ése va al servicio», piensan los demás, y se olvidan de ti. No les llama la atención que ya no vuelvas. Se puede hacer. Es posible. Yo mismo lo he hecho en más de una ocasión en estrenos de películas. Las primeras veces hasta iba al servicio de verdad y me pasaba la última hora de la película sentado en la tapa de la taza del váter, con la cabeza entre las manos, gimiendo, plañendo, soltando tacos. Pero al mismo tiempo contento. Contento y aliviado. Cualquier cosa antes que la película. Con el tiempo, fui volviéndome más hábil en las desapariciones inadvertidas. Me iba hacia la salida como si nada, con las manos en los bolsillos. A tomar un poco el aire, decía si me encontraba con alguien. Un instante más tarde ya estaba fuera. La calle, tranvías, motos, gente. Personas con caras normales, con voces normales. Personas que se dicen cosas normales. «¿Nos tomamos otra o quieres irte a casa ya?» Nada de: «Maldita sea, Martha, debemos asegurarnos de que la herencia de nuestro padre no caiga en malas manos.» ¿Cuántas frases de éstas se pueden soportar en una hora y media? «¡Ninguna hija mía irá por ahí vestida como una puta! ¡O ya no será mi hija!» En una película hay banda sonora. Cada año que pasa ponen el sonido más fuerte. Puedes gemir y suspirar sin que nadie se dé cuenta. Pero es como con el dolor: cada vez respiras más hondo. Un perro que siente dolor jadea con la lengua fuera. Oxígeno. Lo importante es dirigir el máximo de oxígeno hacia el foco del dolor. El oxígeno es, incluso hoy en día, el mejor analgésico que hay. Me quedo de pie en la calle. Veo a la gente. Inspiro el aire exterior. En una representación teatral, todo esto es imposible. No hay cláusula de evasión. Tienes que salir un momentito antes de que empiece la representación. Es indispensable, pero también peligroso. Una vez en la calle te asaltan pensamientos tentadores. «No vuelvas.» Ése es el más tentador. «Vete a casa, te quitas los zapatos, pones los pies sobre el sofá, en la tele repiten una película de serie B que ya has visto cinco veces.» Cualquier cosa antes que la obra.
También influye mi profesión. En mi profesión, conseguir relajarse de verdad es una condición irrenunciable. Me paso el día viendo y oyendo cosas, cosas que por la noche tienes que quitarte de la cabeza. Hongos. Verrugas sangrientas. Pliegues de piel entre los cuales la temperatura sube demasiado. Una mujer de ciento cincuenta kilos a la que tienes que examinar en un lugar al cual jamás irías voluntariamente. Durante una representación teatral no deberías pensar en ninguna de estas cosas, pero apenas se han apagado las luces de la sala ya aprovechan su oportunidad. «Está oscuro —piensan—, ¡a por él!» Ahora, la única luz es la del escenario. Y las agujas luminosas de tu reloj. Empieza el tiempo interminable. El tiempo que se cuaja. Durante un día de trabajo, me anima pensar que me espera una noche sin planes. Una cena. Una cervecita o una copa de vino. Las noticias en la tele. La película de serie B o un partido de fútbol. Una jornada de trabajo así va bien desde el principio, es una jornada laboral con perspectivas. Mejor dicho, con un horizonte. Un paisaje ondulante, con colinas y más colinas y, más allá, el mar brillante. Pero un día que va a acabarse con una representación teatral es como una habitación de hotel con vistas a una pared ciega. En un día así no corre el aire. Falta oxígeno, pero la ventana se encalla y no puedes abrirla. Ya empiezo a gemir a las ocho y media de la mañana, cuando pienso en el teatro por primera vez. Normalmente sólo escucho a mis pacientes a medias, pero si la jornada laboral va a acabar en el teatro, no escucho en absoluto. Sopeso decenas de posibilidades de escabullirme. Encontrarme mal. Gripe. Indigestión. Que un pariente se ha tirado a la vía del tren. Pienso en la escena de Misery en que Kathy Bates se carga el tobillo de James Caan con una pica de minero. Podría hacerme algo. Durante la batalla de Stalingrado, soldados de ambos bandos se disparaban en la mano o el pie para que no los enviaran al frente. Si los descubrían, iban al paredón. Mi paciente parlotea sobre un dolor impreciso en la parte baja de la espalda, pero yo sólo puedo pensar en las heridas de bala. En México, los escuadrones de la muerte de los cárteles de la droga hacen muescas en la punta de la bala para que gire más lentamente. Una bala que gira lentamente provoca más daños dentro del cuerpo. O no sale por el otro lado. Pienso en medidas drásticas. Nada de quedarse a medias. Si tienes un meñique roto, aún puedes presentarte a un estreno con el brazo en cabestrillo. Treinta y nueve de fiebre se interpreta como una huida cobarde. No; sopeso otras posibilidades. La de un cuchillo de abrir ostras que se escapa y te atraviesa la palma de la mano. La punta del filo sobresale por el dorso, al otro lado. La herida no empieza a sangrar hasta que sacas el cuchillo.
Lo peor son las obras de «teatro de improvisación». Se murmura mucho. Hay retazos sueltos de diálogo «sacados de la vida misma». Actores y actrices llevan ropa confeccionada con sus propias manos. Las obras de improvisación suelen ser más breves que las que tienen guión, pero ocurre como con la temperatura de sensación: te puede parecer que hace mucho más calor o mucho más frío que la temperatura que indica el termómetro. Observas el vestuario que ellos mismos se han hecho. Tienes la impresión de que ya llevas ahí media hora, pero las agujas del reloj no mienten. Te lo acercas al oído; a lo mejor se ha parado. Pero lleva una pila de litio que dura un año y medio. El tiempo transcurre en silencio. Tienes que contar hasta sesenta y mirar otra vez.
Con un cuchillo de abrir ostras corres riesgo de sepsis. Lo mejor que puede hacer la gente normal es acudir a primeros auxilios. Pero yo en casa tengo de todo. Tétanos. Fiebre amarilla. Hepatitis A. Tengo frasquitos de líquidos que con una gota te dejan medio día inconsciente. Otra gota y no recuperas la conciencia jamás. A perros y gatos les ponemos una inyección, pero las personas pueden tomarse el vasito de veneno por sí mismas. Es un vasito de nada. Un chupito. Agua y colorantes en un noventa por ciento. Puedes despedirte dignamente de parientes y personas queridas. Hasta puedes gastar una última bromita. Lo he visto un montón de veces. La mayoría de los moribundos no dejan pasar esa oportunidad de decir algo chistoso, aunque sean gente que en toda su vida no haya bromeado jamás. En la mayoría de los casos te das cuenta de que lo han meditado mucho tiempo, como si quisieran que los recordaran así. Unas últimas palabras. Unas últimas palabras frívolas. La cercanía de la muerte requiere cierta frivolidad, piensan. Pero la muerte no requiere nada. La muerte viene a buscarte. La muerte quiere que vayas con ella, preferiblemente sin ofrecer mucha resistencia. «La próxima ronda corre de mi cuenta», dicen, y apuran el vaso de un trago. Un minuto más tarde cierran los ojos; otro minuto y ya están muertos. Pocas veces hay lágrimas en ese último trago. Nunca he visto que nadie le diga a su mujer: «Eres la persona a quien más he querido en toda mi vida. Voy a echarte de menos. Y tú a mí seguramente también.» Nunca. Frivolidad. Una ocurrencia ingeniosa. Lo mismo sucede en los funerales. También es importante que sean «alegres». Un funeral aburguesado es la peor pesadilla de un artista. «Así es exactamente como lo habría querido Henk», dicen los asistentes mientras rompen botellas de whisky contra el ataúd. «Él quería que estuviésemos contentos. Nada de un valle de lágrimas, maldita sea.» Creo que el tema de los entierros alegres empezó hará unos quince años. Ataúdes rosa o de madera blanca, ataúdes decorados con dibujos de dragones y dientes de tiburón, ataúdes de ikea, de plástico o envueltos en bolsas de basura. Siempre me parece especialmente dramático para los niños. Ya es bastante malo que haya niños de por medio, pero si encima el muerto es un artista, se obliga a los niños a pasarlo bien. Tienen que poner pegatinas o poesías en el ataúd de papá, meter dentro su taza del desayuno favorita con el lema Fuck you! Para más adelante. Para el más allá. Para el destino de su largo viaje. Que allí donde vaya pueda seguir bebiendo café en su taza favorita con el lema Fuck you! Sobre todo, que los niños no lloren. Les pintan la cara y les dan globos y pitos y les ponen sombreros de fiesta. Porque eso es lo que habría deseado papá: que sus hijos se lo pasaran bien en su funeral. Que jugasen al escondite entre las lápidas. Que después del servicio se sirviese una tarta y una enorme bandeja de bombones, Snickers y Mars.
Todos quieren ir al mismo cementerio, el cementerio del meandro del río. Hay lista de espera. Las personas normales con un trabajo de oficina ni siquiera pueden apuntarse. Como el cementerio está a orillas del río, al menos cuatro veces al año hay funerales a los que el difunto llega en barco. Así tienes más posibilidades de salir en el periódico al día siguiente. El barco zarpa del centro de la ciudad y navega por debajo de los puentes, muy fotogénico. Siempre lleva decoración festiva, flores y coronas, y todos los pasajeros van con túnicas de colores y gorritos puntiagudos. Mujeres con alas de mariposa a la espalda, hombres con el bigote teñido de verde o de rojo. Sobre el talamete, cuatro músicos de la Banda de Trompetistas Felices vestidos de payaso tocan una cancioncilla alegre. A estas alturas, cuantos van en ese barco y en los del cortejo fúnebre ya están borrachos. La gente normal los observa desde la orilla, pero los parientes y amigos borrachos del fallecido no dedican ni una mirada a la gente normal.
Hay que reconocerle a Ralph Meier (aunque tal vez fuera más bien cosa de Judith) el mérito de que su funeral fue relativamente normal. No llegó en barco, sino en un simple coche fúnebre. Debía de haber unas mil personas, por lo menos. Había equipos de cámaras de varios canales. Cuando el coche que llevaba el ataúd avanzó por el camino de grava, sólo tuve que retroceder un par de pasos para que la familia no me descubriese enseguida. Judith llevaba unas grandes gafas de sol y un pañuelo negro con topos blancos en la cabeza. Seguramente fue por el pañuelo por lo que ese día me recordó aún más de lo normal a Jacqueline Kennedy, aunque a ésta no me la imagino escupiendo en la cara de un asistente indeseado en un funeral ante la mirada de mil personas.
Después del incidente, no abandoné el cementerio enseguida. Primero volví hacia la valla, y después caminé un poco más, hasta la orilla del río. Pasaba una barca de remos; un ciclista la seguía por la orilla, dando instrucciones a los remeros con un megáfono. Los dos cisnes con varias crías tras su estela intensificaban la sensación de que «la vida continúa», como suele decirse. Estuve allí unos minutos, y luego regresé al cementerio.
Como en el velatorio no cabían mil personas, los discursos se estaban haciendo al aire libre. Hablaron el alcalde y alguien del Ministerio de Cultura. Actores y directores que habían trabajado con Ralph compartieron recuerdos y contaron anécdotas jugosas. De vez en cuando se oían risas. Me quedé al final de todo, medio escondido entre los matorrales, a un par de metros del camino de grava. Un cómico estaba pronunciando un discurso protagonizado por él mismo; más que unas exequias, parecía un ensayo de su próximo espectáculo. La gente reía, pero eran carcajadas incómodas, como si a los asistentes les pareciese más patético que gracioso. Pensé en los últimos instantes de Ralph Meier en el hospital, hacía menos de una semana. El vaso con la mezcla mortal estaba en una mesilla con ruedas junto a su cama. También había un yogur de fruta a medio comer, todavía con la cuchara dentro, el periódico de aquella mañana y una biografía de William Shakespeare que había estado leyendo las últimas semanas. Un marcador sobresalía entre las páginas; no había llegado ni a la mitad. Acababa de pedirles a Judith y a sus dos hijos que saliesen un momento de la habitación.
En cuanto estuvieron fuera, me indicó con un gesto que me acercara.
—Marc —dijo; me cogió la mano, tiró hacia la manta y la cubrió con su otra mano—. Quería decirte que lo siento.
Observé su rostro. Tenía un aspecto relativamente sano, aunque un poco delgado. Sólo si sabías lo orondo y lleno que había sido ese rostro hasta apenas un par de meses atrás, comprendías que era por la enfermedad. Tenía la mirada lúcida.
Resultaba sorprendente cada vez. Yo ya tenía experiencia. La gente elegía una determinada fecha para morir, pero, llegado ese día, de repente revivían. Hablaban y reían más de lo normal, casi como si esperasen que alguien les impidiera hacerlo. Que alguien dijera que en realidad era una tontería poner punto final.
—Yo nunca... no debería... —dijo Ralph Meier—. Lo siento. Esto es lo que quería decirte.
No respondí. Con los medicamentos adecuados y un par de tratamientos extraordinariamente desagradables, tal vez habría podido alargar su vida un mes más. Pero había elegido el trago. Una despedida digna. Con el trago no cargas a quienes dejas atrás con recuerdos difíciles de borrar.
Pero sigue siendo raro lo de elegir la propia muerte. Elegir el día. Tirar la toalla. ¿Por qué no mañana? ¿Por qué no dentro de una semana, o ayer?
—¿Cómo está...? —preguntó. Vi que vacilaba, que conseguía reprimir su nombre justo en el último momento. No sé qué habría hecho si Ralph Meier hubiera llegado a pronunciarlo en voz alta.
Me encogí de hombros. Pensé en aquellas vacaciones de hacía más de un año. En la casa de verano.
—Marc —dijo. Sentí la presión de su mano sobre la mía. Intentó agarrarme con firmeza, pero apenas le quedaban fuerzas—. ¿Podrías decirle... de mi parte... podrías decirle lo que acabo de decirte?
Aparté la mirada. Liberé mi mano sin dificultad de entre las suyas, aquellas manos que habían tenido fuerza para obligar a otras personas a hacer cosas que no querían. Cosas en contra de su voluntad.
—No —respondí.
6
Ocurrió media hora más tarde. Yo estaba en el pasillo, los chicos tenían hambre y se habían ido a la cafetería. Judith Meier volvió del baño, donde se había pintado los labios y se había retocado el maquillaje de los ojos.
—Me alegro de que hayas estado —dijo.
Asentí.
—Se ha ido tranquilo —dije. Son las cosas que se dicen en situaciones así. Te salen sin querer. Es como decir que una obra de teatro te ha parecido fantástica. O conmovedor el final de una película.
Se nos acercó un hombre, un hombre con bata blanca. Se detuvo delante de nosotros y le tendió la mano a Judith.
—¿Señora Meier?
—¿Sí? —Ella le estrechó la mano.
—Soy Maasland. El doctor Maasland. ¿Tiene un momento?
Llevaba una carpeta marrón bajo el brazo. En la esquina superior izquierda había una pegatina donde se leía, escrito con rotulador, «R. Meier», y debajo, en letras de imprenta más pequeñas, el nombre del hospital.
—¿Y quién es usted? —preguntó Maasland—. ¿Un familiar?
—Soy el médico de cabecera —dije, y le tendí la mano—. Marc Schlosser.
Maasland pa
