Abrió la puerta, me besó la mano y, sin pronunciar palabra, me guió hasta una estancia muy amplia.
Vivía en el quinto piso de un edificio de reciente construcción a orillas del Danubio. Todo era nuevo, cómodo y moderno en aquella casa. Lo único pasado de moda era el mobiliario del piso, antiguo y provinciano. Miré alrededor y me quedé profundamente sorprendida. Me sentía confusa y agitada; sin embargo, empecé a fijarme en los detalles de la decoración, porque a veces las personas somos así de paradójicas. Creo que incluso cuando nos llevan al patíbulo nos fijamos en los detalles más banales, como un pájaro posado en una rama o una fea verruga en la barbilla del procurador que está leyendo la sentencia de muerte. Aquel piso... Me parecía que me había equivocado de puerta al tocar el timbre. En secreto, en lo más profundo de mi alma, yo había tratado de imaginar cientos de veces el piso de Lázár; qué sé yo, me lo esperaba lleno de muebles indios, o como un tipi, con muchísimos libros y con las cabelleras cortadas de competidores y de mujeres hermosas. Pero no vi nada parecido. Sólo vi los típicos muebles de cerezo del siglo pasado adornados con bordados blancos, de los que puedes encontrar en el recibidor de una casa provinciana, ya sabes, silloncitos incomodísimos con el respaldo en forma de laúd, vitrinas abarrotadas de baratijas pequeñoburguesas, como cristalería de Marienbad o cerámica de Holics... El salón se parecía al de un abogado de honorarios modestos recién llegado del pueblo que aún no hubiera tenido modo de renovar el mobiliario, aportado por su señora como dote. Pero allí no había huella de ninguna señora y, que yo supiera, Lázár era rico.
A mí no me invitó a pasar a la habitación con «muchos libros» donde había recibido a Judit. Me trató con la cortesía y la atención tortuosa de un médico durante la primera consulta de un paciente. Me pidió que me sentara; por supuesto, no me ofreció nada. Todo el tiempo mantuvo la misma actitud de prudencia atenta y reservada, como el que ya ha vivido situaciones similares y sabe que este tipo de conversaciones no vale para nada, que no hay esperanza, o como el médico que sabe que no existe medicina eficaz para el paciente pues su enfermedad es incurable, pero a pesar de ello escucha sus quejas, asiente con la cabeza y prescribe algunos polvos o algún jarabe... ¿Qué sabía? Simplemente, que en los asuntos del corazón no hay consejo que valga. Yo también lo percibía vagamente y, mientras estaba sentada frente a él, sentí con desilusión que el viaje había sido inútil. No hay ningún «consejo» que de verdad sirva de algo en la vida. Ocurre lo que tiene que ocurrir y eso es todo.
—¿La encontró? —me preguntó sin rodeos.
—Sí —respondí, porque con aquel hombre no era preciso andarse con rodeos.
—¿Ya está más tranquila?
—No mucho. Precisamente he venido a preguntarle qué va a suceder ahora.
—No puedo contestar a eso —dijo con calma—. Puede que no ocurra nada. Si mal no recuerdo, le dije que era mejor que no hurgara en la herida. Ya estaba casi coagulada, o cicatrizada, por usar una expresión médica. Pero claro, usted ha metido los dedos y la ha abierto un poco.
No me sorprendió que usara símiles médicos. De hecho, yo me sentía como una paciente en la sala de espera de la consulta de un médico. ¿Sabes?, no había nada «literario» en aquel lugar, nada que se pareciese a la imagen que podemos crearnos del piso de un gran escritor... ¡Era todo tan burgués, incluso pequeñoburgués, tan humilde y ordenado! Lázár se percató de mi mirada curiosa —normalmente me sentía incómoda cuando estaba sentada frente a él porque no se le escapaba nada y tenía la sensación de que tarde o temprano pondría las cartas sobre la mesa y escribiría todo lo que sabía sobre las personas que nos cruzábamos en su vida—, y me dijo con mucha calma:
—Necesito esta armonía burguesa. La vida interior de las personas ya es bastante aventurada y tormentosa. De cara al exterior es mejor vivir como un funcionario del registro de la propiedad. El orden es una necesidad vital, de otro modo no podría concentrarme…
No explicó en qué no podría concentrarse de otro modo; es probable que se refiriese a todo, a la vida en su conjunto, al mundo exterior y al mundo secreto en el que ondean al viento las cintas moradas.
—Tuve que jurar que no diría nada a mi esposo —dije.
—Ya —contestó—. Lo va a saber de todos modos.
—¿De quién?
—De usted. Algo así no se puede ocultar. No callamos o hablamos sólo con la boca sino también con el alma. Su marido lo sabrá todo muy pronto... —Se quedó callado un momento y luego preguntó en actitud seca, casi maleducada—: ¿Qué desea de mí?
—Quiero una respuesta sincera y exacta —respondí con calma, y me sorprendió la precisión y la claridad de mis palabras—. Usted tenía razón, ha estallado algo. No sé si ha estallado por mi culpa o ha sido una casualidad, pero eso ya no importa. Además, no creo en las casualidades. Mi matrimonio no ha salido bien. He luchado como una posesa, he sacrificado mi vida. No sabía cuál era mi pecado... Ahora he encontrado una pista, unos indicios, he hablado con alguien que afirma haber tenido con mi marido un vínculo más fuerte que yo.
Él se apoyó en la mesa en silencio, fumando.
—Lázár, ¿de verdad cree usted que esa mujer ha dejado una huella tan profunda en el corazón y en el alma de mi marido? ¿Es posible algo así? ¿Qué es el amor?
—Por favor —dijo amablemente, con una pizca de burla—, yo sólo soy un escritor, un hombre. No puedo responder a preguntas tan difíciles.
—¿Cree que es posible que un amor se ensanche tanto en el alma que después no permita amar a nadie más?
—Tal vez —respondió con cautela, muy concienzudamente, como el buen médico que ha visto muchas cosas y no quiere hacer un diagnóstico precipitado—. ¿Lo he oído alguna vez? Sí... ¿A menudo? No.
—¿Qué ocurre en el alma cuando nos enamoramos? —pregunté, como una colegiala.
—En el alma no ocurre nada —dijo en tono didáctico—. Los sentimientos no se manifiestan en el alma. Siguen otro camino. Pero pueden atravesar el alma como el río desbordado atraviesa las zonas inundadas.
—¿Y una persona inteligente y sensata puede detener esa inundación?
—Querida señora —dijo con expresión animosa—, ésa es una pregunta muy interesante. Yo le he dado muchas vueltas. Tengo que responder que hasta cierto punto es posible. Quiero decir que... la razón no puede iniciar ni detener los sentimientos. Pero puede disciplinarlos. Los sentimientos, cuando se vuelven peligrosos para uno mismo y para los demás, se pueden enjaular.
—¿Como un puma? —pregunté sin querer.
—Como un puma —confirmó, y se encogió de hombros—. En la jaula, el pobre sentimiento empieza dando vueltas, rugiendo, enseñando los dientes, mordiendo los barrotes... pero termina agotado y al final envejece, se le caen el pelo y los dientes, se vuelve manso y triste. Eso se puede hacer... Lo he visto. Gracias a la razón, los sentimientos se pueden amansar y domesticar. Pero, claro —dijo con prudencia—, no es bueno abrir la puerta de la jaula antes de tiempo. Porque el puma escaparía y, si aún no está domado del todo, podría causar graves problemas.
—Sea más claro —le pedí.
—Ya no puedo ser más claro —replicó con paciencia—. Usted quiere que yo le diga si se pueden aniquilar los sentimientos con la ayuda de la razón. La respuesta es un no rotundo. Pero, si le sirve de consuelo, puedo decirle que a veces, en los casos más afortunados, los sentimientos se pueden domar y mortificar. Míreme a mí. Yo he sobrevivido.
No puedo describir lo que sentí en aquel momento: sólo sé que no era capaz de mirarlo a los ojos. De pronto me acordé de la noche en que lo conocí y me sonrojé al recordar el juego extraño... Me sentí tan confusa como una adolescente. Él tampoco me miraba, estaba de pie frente a mí, apoyado en la mesa con los brazos cruzados, mirando por la ventana como si quisiera estudiar la fachada de la casa de enfrente. Aquel estado de turbación mutua duró un buen rato. Fue uno de los momentos más incómodos de mi vida.
—Usted, en aquella época —balbuceé de forma atropellada, como si intentase de repente cambiar de tema—, ¿no aconsejó a Péter que contrajera matrimonio con esa muchacha?
—Puse todo mi empeño en impedir que se casara con ella —dijo—. En aquella época yo aún tenía cierto poder sobre él.
—¿Ahora ya no lo tiene?
—No, no lo tengo.
—¿Ahora es ella la que tiene más poder?
—¿Ella? —preguntó e inclinó la cabeza hacia atrás, moviendo los labios en silencio como si estuviera calculando mentalmente los valores de las relaciones de poder—. Creo que sí.
—¿Mi suegra la ayudó, entonces?
Él meneó la cabeza muy serio, como quien evoca un recuerdo desagradable.
—No mucho.
—¿Está insinuando —pregunté, indignada— que esa buena mujer, esa señora orgullosa, noble y distinguida aprobaba semejante locura?
—Yo no insinúo nada —dijo prudentemente—. Sólo sé que esa señora orgullosa, noble y distinguida ha pasado toda su larga vida en una frialdad y una austeridad tan absolutas que cualquiera diría que ha vivido en una cámara frigorífica más que en una casa. Las personas que son tan frías notan antes que los demás que alguien está buscando un poco de calor.
—¿Y usted por qué no permitió que Péter... como usted dice... encontrase un poco de calor apoyando su extravagante atracción?
—Porque no me gustan las situaciones tan tórridas —respondió con paciencia, de nuevo en ese tono marcadamente didáctico—. Corre uno el riesgo de asarse vivo.
—¿Tan peligrosa cree que es Judit?
—¿La persona? Es difícil decirlo... La situación que se habría generado, sí, muy peligrosa.
—Y la situación que se ha generado después, ¿es menos peligrosa? —pregunté, poniendo mucho cuidado en mantener la voz baja y medir mis palabras.
—Al menos, se atiene a las reglas —dijo.
Eso no lo comprendí. Me quedé callada, mirándolo.
—Señora —dijo—, usted no creería lo chapado a la antigua, conservador y respetuoso con las leyes que soy. Tal vez nosotros, los escritores, somos los únicos que aún sentimos verdadero respeto por las leyes. El burgués es un ser más aventurero, sí, mucho más rebelde de lo que se piensa en general. No es una casualidad que los abanderados de todas las grandes revoluciones hayan sido precisamente burgueses descarriados. Pero los escritores no podemos permitirnos el lujo de ser rebeldes. Somos los guardianes. Es mucho más difícil conservar que crear o destruir. No puedo permitir que la gente se rebele contra las leyes que están impresas en los libros y en los corazones. Tengo que asegurarme de estar ahí, en ese mundo en que todos quieren destruir lo antiguo y crear algo nuevo, para salvaguardar las convenciones no escritas entre las personas, cuyo sentido último es el orden y la armonía de la sociedad. Vivo rodeado de cazadores furtivos y yo soy el guardabosques. Mi situación es peligrosa... ¡Un mundo nuevo! —exclamó, con un desdén tan decepcionado y amargo que no pude evitar quedarme mirándolo con los ojos desorbitados—. Como si la gente fuese capaz de renovarse y cambiar…
—¿Por eso no permitió que Péter se casara con Judit?
—No, es evidente que no sólo por eso. Péter es un burgués. Un burgués muy valioso... Quedan pocos como él. Él custodia una cultura que es para mí de vital importancia. Una vez me dijo en broma que yo era su testigo... Respondí en el mismo tono lúdico, pero tal vez más en serio de lo que habría podido parecer, que debía cuidar de él por puro interés profesional, porque tenía que salvarlo a él, al lector. Y por supuesto, no me refería a la tirada de mis libros sino a esas pocas almas en las que todavía pervive el sentido de la responsabilidad de mi mundo. Escribo para ellos... Sin ellos, mi trabajo no tendría ningún sentido. Péter es uno de esos pocos. No quedan muchos, ni aquí ni en el resto del mundo... Los demás no me interesan. Pero no fue ésta la verdadera razón o, mejor dicho, no fue la única razón. Sólo quería protegerlo de ella porque lo quería. No me gusta entregarme a los sentimientos... pero el sentimiento de la amistad es mucho más complicado y delicado que el amor. Es el sentimiento humano más fuerte... es realmente desinteresado. Las mujeres no lo conocen.
—¿De qué tenía miedo? ¿Por qué quería proteger a Péter de esa mujer? —insistí. Escuchaba cada palabra con atención y, sin embargo, tenía la clara sensación de que evitaba responder a mis preguntas.
—Porque no me gustan los héroes sentimentales —dijo al fin con resignación, como quien se da cuenta de que no tiene más remedio que decir la verdad—. Para empezar, me gusta ver todo y a todos en el sitio que les corresponde en la vida. Y no sólo me asustaba la diferencia de clases. Las mujeres aprenden deprisa, compensan en un instante siglos de atraso en la evolución... No dudo que al lado de Péter esa mujer habría aprendido las lecciones con la velocidad de un rayo y se habría comportado anoche en la fiesta de forma tan impecable y adecuada como usted o como yo... Las mujeres, por regla general, están muy por encima de los hombres de su misma clase en lo que a gustos y comportamientos se refiere. Pero, a pesar de todo, Péter se habría sentido un héroe, un héroe de la mañana a la noche, por cargar frente a su mundo con una situación que es muy humana y absolutamente legítima a los ojos de Dios, pero a pesar de eso sigue siendo una carga. Y había algo más. Esa mujer... Esa mujer nunca perdonó a Péter su condición de burgués.
—No puedo creerlo —dije titubeando.
—Lo sé con seguridad —respondió en tono severo—, pero eso no es determinante: porque lo que estaba en juego en esta historia era el destino de un sentimiento. ¿Qué significaba ese sentimiento para Péter? ¿Qué deseos, qué emociones? Lo ignoro... Pero asistí al terremoto en su momento más peligroso. Todo lo que había en el alma de un ser humano se tambaleaba: la clase a la que pertenecía, los fundamentos sobre los que había construido su existencia y las formas que conllevaban. Y ese estilo de vida no es sólo una cuestión personal. Si un hombre que conserva y representa el significado de una cultura se hunde, se hundirá con él parte de un mundo en el que merece la pena vivir... Yo observé a conciencia a aquella mujer. El problema no era la diferencia de clases. De hecho, quizá lo mejor que puede pasar en el mundo es que los hijos de clases distintas se mezclen en el torbellino de una gran pasión... No, en la personalidad de aquella mujer había algo que yo percibía con intensidad y que me mantenía intranquilo, algo hacia cuyos brazos me daba miedo empujar a Péter. Como una voluntad salvaje, una energía bárbara... ¿Usted no lo ha notado?
Sus ojos soñolientos y cansados se iluminaron de pronto cuando se giró hacia mí. Prosiguió vacilando, como buscando las palabras adecuadas:
—Hay personas que consiguen, con una fuerza misteriosa, primitiva y salvaje, absorber toda la vida de su entorno, como ciertas plantas trepadoras de la jungla que extraen de los grandes árboles que las rodean la humedad y los nutrientes del suelo. Está en su naturaleza, es su peculiaridad. No son malas, simplemente son así... Con una persona malvada se puede hablar, incluso es posible calmar su rabia, disolver en su alma lo que le causa sufrimiento y la empuja a vengarse de los demás o de la vida. Ésos son los más afortunados. Y luego están los otros, los que parecen plantas trepadoras, que no tienen malas intenciones, pero abrazan con una sed obstinada y mortal lo que encuentran a su alrededor y lo vacían de su fuerza vital. Su destino es bárbaro y primitivo. Rara vez son hombres... Entre las mujeres es más frecuente. Emanan una fuerza capaz de anular incluso las conciencias más resistentes, como Péter. ¿No la ha sentido al hablar con ella? Es como el siroco, o como una vorágine.
—Yo sólo he hablado con una mujer —dije suspirando—. Una mujer que posee una gran fuerza.
—Bueno, es cierto, las mujeres tienen otro modo de percibirse unas a otras —dijo afablemente—. Yo respeto esa fuerza y la temo. Y ahora, empiece usted a demostrar un poco de respeto por Péter. Trate de imaginar la resistencia que ha debido oponer durante todos estos años, la fuerza que ha necesitado para desprenderse del abrazo de ese peligroso e invisible poder. Porque ésa lo quiere todo, ¿sabe? Ésa no se conforma con el backstreet, el pisito de dos habitaciones en una calleja apartada, con el zorro plateado y las vacaciones de tres semanas de vez en cuando, en secreto, con el amante... Ésa lo quiere todo porque no es una mujer falsa, es una mujer de verdad. ¿No lo ha notado?
—Sí —dije—. Prefiere ayunar por él.
—¿Que prefiere qué? —preguntó. Esta vez le tocaba a él sorprenderse.
—Ayunar por él —repetí—. Me lo dijo ella. Es una artimaña cruel y estúpida. Alguien deja de comer, ayuna hasta que consigue lo que quiere de otra persona.
—¿Eso dijo? —preguntó, estirando las palabras—. En Oriente hacen algo parecido. Es una forma de dominio de la voluntad ajena. —Soltó una risa nerviosa, irritada—. Pues claro, Judit pertenece a la especie más peligrosa. Porque hay mujeres a las que se puede llevar a cenar a restaurantes de lujo donde sirven marisco y champán; ésas son inofensivas. Y luego están las que prefieren ayunar... Ésas son las peligrosas. Pero sigo pensando que no debió usted remover el asunto. Estaba empezando a cansarse... Hace años que la vi por última vez y entonces sentí que los astros ya giraban en sentido contrario sobre el destino de ustedes, que todo el asunto empezaba a estancarse y a cubrirse de moho... Porque en la vida no sólo hay inundaciones y fuerzas bárbaras... Hay otras cosas. También reina en el mundo la ley de la inercia. Respétela.
—Yo no respeto nada —dije—, porque no quiero vivir así. No sé nada de Judit, no soy capaz de juzgar lo que significó para mi marido ni lo que puede significar ahora, ni lo peligrosa que puede llegar a ser... No creo que haya pasiones que se pasen toda la vida reprimidas, ardiendo en el alma de una persona como un fuego subterráneo o el incendio de una mina... Puede que existan; pero estoy convencida de que semejantes llamas termina por apagarlas la vida misma. ¿No lo cree así?
—Sí, sí —dijo, demasiado deprisa, mirando la punta incandescente de su cigarrillo.
—Veo que no es de la misma opinión —proseguí—. Bueno, quizá esté equivocada. Quizá hay sentimientos más fuertes que la propia vida, que la razón, que el tiempo. ¿Pueden abrasarlo, quemarlo todo? Tal vez... Pero, entonces, que sean fuertes de verdad. Que no se agazapen en el alma, que exploten libremente. No me gusta tener que construir una casa para mi familia a los pies del Estrómboli. Quiero paz, tranquilidad. Por eso no me arrepiento de lo que ha pasado. Mi vida así es un completo fracaso, es insoportable. Yo también soy fuerte, también sé esperar y querer, no sólo Judit Áldozó, y sin necesidad de ayunar por nada ni por nadie, cenando pollo frío con mayonesa y ensalada... Este duelo mudo tiene que acabar. Sólo acudo a usted porque ha sido uno de los padrinos del duelo. ¿Cree que Péter aún tiene algo que ver con esa mujer?
—Sí —dijo llanamente.
—Entonces no hay nada que lo ate del todo a mí —dije con calma, en voz alta—. Pues que haga algo, que se case con ella o que no se case, que se arruine la vida con ella o que sea feliz, pero que encuentre la paz. Yo no quiero esta vida, así no. Le he jurado a esa mujer que callaría ante Péter y mantendré mi juramento. Pero no tendría nada en contra de que usted, alguna vez... en los próximos días... con cautela, o incluso sin tanta cautela... empiece a hablar con él. ¿Lo hará?
—Si así lo desea... —asintió con desgana.
—Le estaría muy agradecida —dije mientras me levantaba y empezaba a ponerme los guantes—. Intuyo que le gustaría preguntarme qué será de mí... La respuesta es que cargaré con las consecuencias de mi elección. No me gustan los dramas silenciosos que duran décadas, con enemigos invisibles, cargados de tensiones agotadas y exangües. Si ha de ser un drama, que sea fragoroso, que tenga gritos, peleas, muertos, que se oigan tantos aplausos como silbidos. Quiero saber quién soy y lo que vale mi intervención en este drama. Si he fracasado, me iré. Luego, que suceda lo que tenga que suceder, el destino de Péter y Judit ya no será cosa mía.
—No es cierto —dijo con calma.
—Claro que sí. Es precisamente lo que pienso hacer. Si él no ha sabido tomar una decisión en doce años, la tomaré yo por él en mucho menos tiempo. Si él no sabe encontrar a la mujer justa, la encontraré yo por él.
—¿Y quién es? —preguntó entonces con repentino interés, con una atención viva y lúcida que nunca había demostrado hasta entonces. Parecía que había escuchado una expresión particularmente extraña o divertida—. ¿A quién quiere encontrar?
—Ya se lo he dicho... —respondí, y me sentí un poco desconcertada—. ¿Por qué me mira con esa sonrisa incrédula? Mi suegra me dijo una vez que siempre existe la persona justa en algún lugar. Puede que sea Judit o que sea yo, o quizá sea otra. Pero la pienso encontrar si él no lo hace.
—Sí —dijo.
Bajó la mirada hasta la alfombra con la actitud de quien no tiene ganas de discutir. Luego me acompañó a la puerta sin decir nada. Me besó la mano, todavía con aquella sonrisa extraña. Abrió la puerta con gesto lento y realizó una profunda inclinación.
Bueno, tenemos que pagar, que aquí están cerrando de verdad. Camarera, ¿me cobra dos tés y dos helados de pistacho? No, querida, hoy te invito yo. No protestes. Y no te aflijas por mí. Estamos a final de mes, pero esta humilde invitación no me arruinará. Llevo una vida independiente, no tengo que preocuparme por nada, recibo puntualmente la pensión de mantenimiento el día uno de cada mes, y es bastante más dinero del que necesito. Vaya, que no me va tan mal.
Pero piensas que mi vida no tiene sentido, ¿verdad? Eso no es cierto. Hay muchas cosas en la vida. Hace un rato, cuando venía hacia aquí para verte, iba por una calle del centro y de pronto ha empezado a nevar. ¡He sentido una alegría tan pura y hermosa! La primera nevada... Antes no era capaz de disfrutar de la vida de esta forma. Tenía otras cosas que hacer, mi interés estaba en otro lado. Estaba tan concentrada en un hombre que no me quedaba tiempo para ocuparme del mundo. Luego perdí al hombre y a cambio hallé el mundo. ¿Un canje poco ventajoso, dices? No lo sé... Quizá tengas razón.
No me queda mucho que contar. El resto de la historia ya lo conoces. Me divorcié de mi marido y vivo sola. Él también vivió solo durante un tiempo y luego se casó con Judit. Pero ésa es otra historia.
Claro que todo aquello no pasó tan deprisa como había imaginado en casa de Lázár. Después de aquella conversación conviví dos años más con mi marido. Parece que en la vida todo ocurre al ritmo de un cronómetro invisible: no se puede «decidir» nada ni siquiera un segundo antes de que las cosas y las situaciones hayan decidido por sí mismas... Actuar de cualquier otra forma es insensato, forzado, inhumano, puede que hasta inmoral. La vida se encarga de tomar las decisiones de una forma maravillosa y sorprendente... y entonces todo resulta sencillo y natural.
Salí del piso de Lázár, volví a casa y no dije ni una palabra de Judit a mi marido. El pobre ya lo sabía todo, aunque seguía sin saber lo más importante. Y yo no podía decírselo porque entonces tampoco lo sabía, no lo supe hasta mucho tiempo después... Sólo lo sabía Lázár. Sí, y en el momento de la despedida, cuando se encerró en aquel extraño silencio, estaba pensando en eso. Pero él tampoco dijo nada porque lo más importante no se puede decir, cada uno tiene que aprenderlo por su cuenta.
¿Que qué es lo más importante? Mira... no quiero hacerte daño. Me parece que estás un poco enamorada de ese profesor sueco, ¿verdad? Está bien, no me digas nada. Pero permíteme que yo también calle porque no quiero estropear un sentimiento tan hermoso, tan grande. No quiero herirte.
No sé cuándo habló Lázár con mi marido, si lo hizo al día siguiente o semanas más tarde, y tampoco sé lo que hablaron... Pero todo ocurrió exactamente como Lázár había predicho. Mi marido lo supo todo, supo que yo había encontrado la cinta morada y a la persona que la llevaba, y que había hablado con Judit, quien en efecto se marchó de casa de mi suegra a primeros del mes siguiente. Durante los dos años siguientes nadie supo nada de ella. Mi marido contrató a unos detectives privados para que la buscaran, pero luego se cansó, cayó enfermo y dejó de buscarla. ¿Sabes lo que hizo mi marido durante los dos años en que Judit Áldozó estuvo desaparecida?
Esperar.
Yo no había imaginado que alguien pudiese esperar de ese modo. Es como estar condenado a trabajos forzados, como picar piedra en la galería de una mina. Esperaba con un esfuerzo y una disciplina enormes, con convicción y desesperación absolutas. Y para entonces ya no podía ayudarlo nadie, ni siquiera yo... Si tengo que confesar la verdad en mi lecho de muerte, diré que ya ni siquiera quería ayudarlo. Mi corazón se había contagiado de su amargura y su desesperanza. Contemplé el esfuerzo tremendo que hizo durante dos años, la muda pelea que mantuvo con algo o con alguien... Él seguía sonriente, silencioso y cortés, pero cada vez más pálido y taciturno... Sus gestos eran los de alguien que mira en vano cada mañana el buzón del correo, los del adicto a un narcótico que, al estirar la mano hacia la redoma, advierte que está vacía y la mano se detiene en el aire... El movimiento de la cabeza cuando suena el teléfono. La sacudida de hombros cuando llaman a la puerta. La ojeada de rastreador en el patio de butacas de un teatro o en el salón de un restaurante. La mirada del que busca algo eternamente. Vivimos así dos años. Y a Judit Áldozó se la había tragado la tierra.
Más tarde supimos que se había marchado al extranjero: trabajaba de criada en la casa de un médico de Liverpool. En aquellos años, los criados húngaros eran muy apreciados en Inglaterra.
Ni su familia ni mi suegra sabían nada de ella. En aquellos dos años yo fui mucho a su casa, pasaba con ella las tardes enteras. Su salud había empeorado, pobre mujer, sufrió una trombosis que la mantuvo meses enteros en la cama, sin poder moverse. Y yo s
