Las noches de la peste

Orhan Pamuk

Fragmento

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INTRODUCCIÓN

Esta es tanto una novela histórica como una historia escrita en forma de novela. Cuando trataba de narrar los seis meses más intensos y agitados de la vida de la isla de Minguer, la perla del Mediterráneo oriental, añadí a mi relato numerosos acontecimientos de la historia de este país al que tanto amo.

Estaba investigando los hechos que se sucedieron en la isla tras la epidemia de peste de 1901 cuando sentí que la ciencia histórica no bastaría para explicar la subjetiva determinación de los héroes de este breve y dramático periodo y que mejoraría su comprensión con la ayuda del arte de la novela, así que he tratado de unir estas dos disciplinas.

No crean los lectores, por favor, que mi punto de partida son estos elevados problemas literarios. Primero llegaron a mis manos unas cartas cuya riqueza he intentado plasmar en el libro. Se me pidió la anotación y edición de las ciento trece cartas que Pakize Sultan, la tercera hija del trigésimo tercer sultán otomano, Murat V, escribió a su hermana mayor, Hatice Sultan, entre 1901 y 1913. El primer capítulo del libro que se disponen a leer consiste en un «prólogo del editor».

El prólogo se hizo más largo, se enriqueció a medida que investigaba y se convirtió en el libro que tienen en sus manos. Antes que nada, debo confesar que me hechizaron la inteligencia y el encantador y en extremo sensible estilo de Pakize Sultan. Tenía poco de la avidez por la narración propia del historiador o del novelista, del interés por el detalle o del talento para la descripción. Yo soy una mujer que durante años se ha leído, en archivos ingleses y franceses, todos los informes que los embajadores redactaron en las ciudades portuarias del Imperio otomano, les dediqué mi doctorado y he publicado sesudos tratados. Ningún embajador ha llegado a relatar los mismos acontecimientos, los días del cólera o de la peste, con esa profundidad y belleza, ninguno de ellos percibe el ambiente de las ciudades portuarias otomanas ni los colores de sus mercados y bazares, ni oye los graznidos de las gaviotas ni el traqueteo de las ruedas de los coches de caballos. Puede que fuera la narración de Pakize Sultan, plena de vida, que se me hacía presente con una intensa sensibilidad hacia las personas, las cosas y los acontecimientos, lo que me sugirió que convirtiera el prólogo del editor en novela.

Mientras leía las cartas me hice la siguiente pregunta: ¿sería su condición de «mujer» el motivo de que Pakize Sultan pudiera describir los mismos hechos con más colorido y «minuciosidad» que los historiadores y embajadores? ¡No olvidemos que, durante los días de la epidemia, la redactora de esas cartas prácticamente no salía nunca de su habitación en las dependencias de invitados de la sede de la gobernación, y que solo se enteraba de lo que ocurría en la ciudad por lo que su marido médico le contaba! Al describir en sus cartas todo este mundo de hombres políticos, burócratas y médicos, Pakize Sultan logró identificarse con ellos. Yo también he intentado, tanto como he podido, darle vida a ese mundo en mi novela-historia. Y, por supuesto, es muy difícil estar a la altura de Pakize Sultan en claridad, brillantez y ansia de vivir.

Otro motivo de mi entusiasmo por estas magníficas misivas, que ocuparán por lo menos seiscientas páginas cuando se pu­bliquen, es que, naturalmente, yo también soy hija de la isla de Minguer. Cuando era niña me solía topar con Pakize Sultan en los libros de texto, en artículos de periódicos y, sobre todo, en revistas infantiles nacionales (Lecciones Isleñas, Ciencia Histórica) en las que con periodicidad semanal se publicaban gestas de héroes históricos y novelas ilustradas. De hecho, sentía una especial cercanía con ella. De igual modo que la isla de Minguer pudiera resultar a los demás un lugar fabuloso, como salido de un cuento, Pakize Sultan era para mí una heroína mítica. Gracias a esas cartas que en un momento dado cayeron en mis manos, me encontré con un héroe fabuloso, el sultán, que consiguió cautivarme con sus problemas cotidianos, sus verdaderos sentimientos y, lo que es más importante, su fuerte personalidad y gran franqueza. Mis pacientes lectores también comprobarán al final del libro cómo he llegado a conocerla en persona.

He podido verificar la autenticidad del mundo descrito en estas cartas mediante mis trabajos en Estambul, en Minguer y en archivos de Inglaterra y Francia, así como con la revisión de las memorias y documentos de ese periodo. Sin embargo, mientras escribía mi novela histórica no pude evitar identificarme en parte con Pakize Sultan, como si sintiera que estaba escribiendo mi propia historia personal.

El arte de la novela se basa en la habilidad para escribir el relato de nuestras propias vivencias como si fueran las de otros y para escribir el relato de las vivencias de otros como si fueran las nuestras. Por ello no me ha costado nada creer que me comportaba como novelista al sentirme hija de un sultán o como sultán mismo. Sin embargo, me ha costado identificarme con generales y médicos, hombres que ostentaban el poder y que dirigían sus esfuerzos hacia la cuarentena y contra la peste.

Resulta más apropiado que la novela se cuente desde muy diversos puntos de vista para que, en los aspectos espiritual y formal, se parezca más a la historia de todos antes que a una historia personal. Por otro lado, estoy de acuerdo con la opinión del gran novelista Henry James, el más femenino de todos los escritores varones, según la cual para que una novela resulte convincente deberá juntar todos los detalles, todas las cosas, bajo la perspectiva de una sola persona.

Sin embargo, al mismo tiempo, he incumplido muchas veces la regla de la «perspectiva de una sola persona», anulándola incluso, para redactar un libro de historia. Así pues, he proporcionado al lector, en los momentos más sentimentales, datos y números, incluso le he explicado la historia de algunas instituciones. También, al describir los más sutiles sentimientos de uno de los personajes, velozmente y sin pensármelo, he pasado a las reflexiones de otro protagonista completamente diferente y que el primero no podría conocer. O, a pesar de que sinceramente estoy convencida de que al sultán Abdülaziz lo asesinaron tras deponerlo del trono, también he escrito que, en opinión de algunos, se suicidó. Es decir, mi libro ha resultado ser un poco más histórico debido a mi intento de ver a través de los ojos de otros testigos presentes en ese colorido universo que Pakize Sultan retrata en sus cartas.

Cómo llegaron hasta mí las cartas, cuánta credibilidad le di al relato policiaco, por qué no he podido publicar antes las cartas, preguntas como estas me las llevan haciendo a menudo desde hace años y solo responderé aquí a la segunda de ellas. En realidad, los colegas académicos con los que comenté los crímenes que aparecen en las cartas y el encanto novelesco de Abdülhamit apoyaron la idea de la novela. También me estimuló el hecho de que una editorial tan prestigiosa como Cambridge University Press se interesara por una novela policiaca y valorara la historia de la pequeña isla de Minguer. Los secretos y el significado de este maravilloso mundo que durante años no me he cansado de documentar representan, por supuesto, un tema distinto y mucho más profundo que el de esclarecer quién fue el asesino. La identidad del asesino podría ser, como mucho, un indicio más. En palabras de Tolstói, el más grande autor de novela histórica y una de cuyas citas encabeza esta introducción, la curiosidad criminal hará que todo el libro se convierta en un mar de indicios.

Algunos me han criticado con el argumento de que discuto demasiado con historiadores oficiales y populares (no daré nombres). Puede que tengan razón. Así ha sido porque nos tomamos en serio los libros de historia populares.

En el prólogo de todos los libros de historia de Oriente y del Levante, o de Oriente y del Mediterráneo oriental, se tratan los problemas de transliteración y se explica cómo se han trasladado las antiguas escrituras locales al alfabeto latino. Me alegro de no haber escrito uno más de esos aburridos libros. ¡Y es que el alfabeto y la lengua de Minguer no son compatibles con ninguna otra cosa! Los nombres locales los he mencionado, unas veces, como se escriben, y otras, como se pronuncian. En Georgia es bastante común que el nombre de una ciudad coincida con el de otra que se escribe de forma parecida. Pero en mi libro no es coincidencia que muchas cosas, como recuerdos a punto de olvidarse, le resulten familiares al lector. Se trata de algo premeditado.

MÎNA MINGUERLI,

Estambul, 2017

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La chimenea de un barco de vapor arrojaba una columna de humo negro como el carbón cuatro días después de su partida de Estambul rumbo al sur. Sus pasajeros, tras dejar atrás la isla de Rodas y a media jornada más en dirección a Alejandría a través de las peligrosas y tempestuosas aguas meridionales, ya podían divisar las elegantes torres del castillo de Arkaz, en la isla de Minguer. Muchos de los pasajeros del barco que cubría la línea Estambul-Alejandría contemplaban desde la lejanía, con admiración y curiosidad, la silueta del castillo y su misteriosa sombra. En cuanto aparecía sobre el horizonte su imagen magnífica, a la que alude Homero en la Ilíada como «verde diamante de rosada piedra», algunos capitanes de espíritu refinado invitaban a los viajeros a cubierta para que disfrutaran del panorama sobre Minguer, romántico paisaje que los pintores que se dirigían a Oriente guiados por un impulso representaban con un fondo de nubes negras de tormenta.

Solo algunos de esos barcos hacían escala en la isla de Minguer, por aquellos días llegaba a la isla uno a la semana y solo tres de ellos cubrían la ruta de manera regular: de la empresa Messageries Maritimes, el Saghalien, cuya estridente sirena conocía todo el mundo en Arkaz, y el Equateur, de más grave silbido; y de la compañía cretense Pantaleon, el frágil Zeus, que solo a veces tocaba brevemente su silbato. De modo que un vapor que se acercaba de manera inesperada a la isla de Minguer un par de horas antes de la medianoche del 22 de abril de 1901, con lo que comienza nuestra historia, señalaba la existencia de alguna circunstancia extraordinaria.

Esta embarcación de proa puntiaguda y chimenea blanca y delgada que se aproximaba sigilosamente a la isla desde el norte, como un barco espía, era el Aziziye, de bandera otomana. Transportaba una distinguida delegación otomana desde Estambul hacia China, con una misión muy especial ordenada por el sultán Abdülhamit II. Pakize Sultan, sobrina de Abdülhamit, y su flamante marido, el damat doctor Nuri Bey (que recibió el título de damat o «yerno» al casarse con la hija de un sultán), se unieron en el último momento a los diecisiete miembros de la delegación, compuesta por mulás, militares, traductores y burócratas, cada uno con su fez, turbante o sombrero. No se les desveló el motivo por el que estos felices, emocionados y quizá todavía un poco irreflexivos recién casados habían sido enrolados en la delegación de China, y hablaban mucho sobre el asunto entre ellos.

Pakize Sultan, a quien, como a sus hermanas, no le gustaba su tío el sultán, estaba segura de que Abdülhamit los había reclutado en la delegación, a ella y a su marido, por pura maldad, aunque aún no había podido descubrir el verdadero motivo. Por aquellos días, algunos chismosos de palacio aseguraban que esta perversión consistía en alejar de Estambul a los recién casados para dejarlos morir en tierras asiáticas asoladas por la fiebre amarilla o en los desiertos árabes plagados de cólera, mientras que otros recordaban que las intenciones de Abdülhamit no se solían comprender sino una vez finalizada la jugada. El damat doctor Nuri Bey, por su parte, era más optimista. A sus treinta y ocho años era un próspero y laborioso médico especialista en cuarentenas. Había representado al estado otomano en varias conferencias internacionales de salud. Sus éxitos despertaron el interés de Abdülhamit, a quien llegó a conocer, y comprobó algo que ya sabían bastantes especialistas en cuarentenas: que al sultán le interesaban tanto los avances de la medicina europea como las novelas policiacas. El monarca estaba al corriente de los adelantos sobre microbios, laboratorios y vacunas y deseaba llevar a Estambul y a todas las tierras otomanas los más recientes descubrimientos médicos. El doctor Nuri podía atestiguar que el sultán sabía que desde Asia y desde China llegaban a Occidente nuevas enfermedades epidémicas y que esto le alarmaba.

El barco de recreo del sultán, el Aziziye, avanzaba más rápido de lo esperado pese a la falta de vientos en el Mediterráneo oriental. Poco antes había hecho escala en el puerto de Esmirna, a pesar de que no constaba en la ruta declarada. Cuando se acercaba al muelle de esa ciudad, sumido en la neblina, la mitad de los miembros de la delegación subieron por la estrecha escalerilla hasta la cabina del capitán para pedir explicaciones y allí se les hizo saber que un misterioso pasajero subiría a bordo. Relataron que ni siquiera el capitán ruso conocía su identidad.

El pasajero misterioso del Aziziye era el célebre inspector jefe de sanidad del Imperio otomano, el químico y farmacólogo Bonkowski Pachá. Este hombre de unos sesenta años, cansado pero activo, era el químico jefe del sultán y el fundador de la farmacología otomana moderna. Había sido un empresario de relativo éxito y antiguo propietario de varias compañías dedicadas a la elaboración de agua de rosas y perfumes, al embotellado de agua mineral o a la producción de fármacos. Desde hacía diez años se había consagrado en exclusiva al cargo de inspector jefe de sanidad del estado otomano; igual redactaba informes para el sultán sobre las epidemias de cólera y de peste que corría de epidemia en epidemia, de puerto en puerto, de ciudad en ciudad, para inspeccionar, en nombre del sultán, las cuarentenas y las medidas sanitarias que se tomaban.

El químico y farmacólogo Bonkowski Pachá también había representado muchas veces al Estado otomano en congresos internacionales sobre cuarentenas. Cuatro años antes ya había escrito un «memorándum» para el sultán Abdülhamit sobre las medidas que el Estado otomano debía tomar ante la enfermedad de la peste que estaba llegando desde Oriente. Se le encomendó específicamente que detuviera el brote que se estaba extendiendo por los barrios rums de Esmirna. ¡Tras toda una serie de epidemias de cólera, desde Oriente finalmente había llegado al Estado otomano el nuevo microbio de la peste, que a veces aumentaba y a veces disminuía su capacidad para hacer enfermar, o virulence, como la calificaban los especialistas!

Después de seis semanas, Bonkowski Pachá detuvo la epidemia de peste en Esmirna, el mayor puerto otomano del Mediterráneo oriental. Lo consiguió gracias a que la población se sometió a los confinamientos domiciliarios, respetó los cordones sanitarios, cumplió de buena gana con todas las prohibi­ciones y colaboró con el Ayuntamiento y la policía en la caza de ratas. Los bomberos fumigaron toda la ciudad con desinfectante. No solo los periódicos de Esmirna, como Ahenk y Amaltheia, o los de Estambul, como Tercüman-ı Hakikat o İkdam, también los periódicos franceses e ingleses, que seguían puerto a puerto la llegada de la peste desde Oriente, abrían sus columnas con el éxito de la Dirección Otomana de Cuarentenas: para los europeos, el químico de origen polaco pero nacido en Estambul, Bonkowski Pachá, era una figura conocida y respetada. Sofocó con éxito el brote de peste en Esmirna tras la muerte de diecisiete personas; se abrieron de nuevo el puerto, los muelles, las aduanas, las tiendas y los mercados, y en las escuelas se reanudó la actividad en las aulas.

Los distinguidos pasajeros del Aziziye, todos observando desde las ventanillas de sus camarotes y desde la cubierta la subida a bordo del reputado químico y su ayudante, sabían del éxito de la cuarentena y de su política sanitaria. Cinco años antes, Abdülhamit había concedido al viejo químico jefe el título de pachá. Stanislaw Bonkowski vestía una gabardina de color indefinible en la oscuridad y una chaqueta que dejaba ver su largo cuello y una ligera chepa. En la mano, un maletín grisáceo del que nunca se separaba y que sus discípulos le habían visto desde hacía treinta años. Su ayudante, el doctor İlias, lo seguía adondequiera que fuese cargando una caja que contenía un laboratorio portátil ideado para identificar los microbios del cólera o de la peste, distinguir el agua contaminada del agua potable y, con esa excusa, testar y probar todas las aguas del Imperio. Bonkowski y su ayudante subieron a sus camarotes sin ni siquiera saludar a los intrigados pasajeros del Aziziye.

El mutismo y la actitud distante de los dos nuevos viajeros aumentaron aún más la inquietud de los miembros del Consejo Consultivo. ¿Qué objeto tenía tanto secretismo? ¿Por qué razón enviaba su majestad el sultán en el mismo barco a China a los dos expertos (el damat doctor Nuri Pachá era el otro) en peste y epidemias más importantes del Estado otomano? Poco después, sin embargo, supieron los miembros de la delegación que Bonkowski Pachá y su asistente no se dirigían a China, sino que desembarcarían en la isla de Minguer, en la ruta hacia Ale­jandría, con lo que todos volvieron a sus asuntos. Aún tenían por delante tres semanas para discutir cómo les explicarían el islam a los musulmanes de China.

El otro experto en cuarentenas del Aziziye, el damat doctor Nuri Pachá, se enteró por su mujer de que Bonkowski Pachá había embarcado en Esmirna y de que iba a desembarcar en Minguer. Los recién casados se congratularon porque ambos, cada uno debido a su propio pasado, conocían y apreciaban al ilustre químico. El damat doctor había participado en la última Conferencia sobre Salud de Venecia junto a Bonkowski Pachá, que era unos veintitantos años mayor que él. Además, había sido profesor de química del joven estudiante en la Escuela de Medicina del Cuartel de Demirkapı, en Sirkeci. El joven Nuri, como muchos otros estudiantes, era un incondicional de las clases de química aplicada que Bonkowski Bey, formado en París, impartía en el laboratorio, y más tarde también de sus clases de química orgánica e inorgánica. Tenía a todos los estudiantes de medicina fascinados por sus bromas, por su curiosidad por multitud de temas propia de un hombre del Renacimiento, y por su capacidad para comunicarse con fluidez en tres idiomas europeos que hablaba como si fueran sus lenguas maternas, así como en el turco vernacular de la calle. Stanislaw Bonkowski nació en Estambul, hijo de uno de los muchos oficiales del ejército polaco que, tras su derrota ante los rusos, se exiliaron y se enrolaron en el ejército otomano.

La esposa del damat doctor, Pakize Sultan, rememoró con regocijo sus recuerdos de infancia y juventud. El verano de hacía once años, al extenderse una devastadora enfermedad por el palacio donde estaban confinadas, su tío Abdülhamit dejó encerradas a su madre y a las demás mujeres del harén consumiéndose por la fiebre y, convencido de que había un microbio que estaba causando una epidemia, les envió a su químico jefe para que tomara muestras. En otra ocasión, Abdülhamit le encargó a Bonkowski Pachá que analizara el agua que Pakize Sultan y su familia bebían a diario en el palacio Çırağan. Abdülhamit mantenía recluido allí a su hermano mayor, el anterior sultán Murat V, y controlaba cada uno de sus movimientos, pero en cuanto alguien enfermaba enviaba a los mejores médicos. En su infancia, Pakize Sultan vio muy a menudo por las estancias del palacio y del harén al griego de negra barba Marko Pachá, el médico principal del tío de su padre, el asesinado sultán Abdülaziz, así como al galeno del propio Abdülhamit, Mavroyeni Pachá.

—Años después volví a ver en cierta ocasión a Bonkowski Pachá en el palacio de Yıldız —dijo Pakize Sultan—. Estaba analizando las aguas del palacio para escribir un nuevo informe. Qué lástima que solo pudo sonreírnos a mí y a mis hermanas desde lejos y no pudo gastarnos las dulces bromas ni contarnos los cuentos que solía relatarnos en nuestra infancia.

Los recuerdos del damat doctor Nuri Pachá con el químico del sultán eran mucho más formales. En la Conferencia de Venecia, donde juntos representaron al Estado otomano, se ganó el respeto del químico por su capacidad de trabajo y su experiencia. Le explicó a su esposa Pakize Sultan que seguramente Bon­kowski Pachá había sido uno de los primeros en elogiarlo como especialista en cuarentenas ante Abdülhamit, ya que sus caminos se habían cruzado con anterioridad en numerosas ocasiones, no solo tras su salida de la escuela de medicina, sino también después de graduarse como médico. Una vez investigaron juntos por orden del alcalde, Blacque Bey, las condiciones sanitarias de los mataderos que descuartizaban animales en medio de las calles de Estambul. En otra ocasión, cuando el ilustre químico estaba elaborando un informe sobre las características topográficas y geológicas del lago Terkos, así como sobre los análisis microbiológicos de sus aguas, se unió a él junto con varios estudiantes y médicos y, de nuevo, se quedó impresionado por su inteligencia, su trabajo y su disciplina. Con la excitación de estos dulces recuerdos, ambos sentían el deseo de encontrarse de nuevo con el químico e inspector jefe.

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El damat doctor envió una nota con un camarero a Bonkowski Pachá. El capitán les ofrecía una cena en el llamado «salón de invitados». Pakize Sultan, que nunca se presentaba ante los mulás y hacía todas sus comidas en su camarote, también se uniría a esa cena sin alcohol. Debemos recordar que por aquellos años era muy inusual que una mujer se sentase a la mesa junto a los hombres, ni siquiera tratándose de una princesa. Hoy lo sabemos todo acerca de esa histórica cena porque Pakize Sultan, sentada a un extremo de la mesa, le escribió más tarde a su hermana refiriéndole todo lo que vio y escuchó allí.

Bonkowski Pachá, con su pálido rostro y su nariz pequeña, poseía unos enormes ojos azules inolvidables para cualquiera que los viese. Abrazó a su alumno, el damat doctor, nada más verlo. A Pakize Sultan, en cambio, la saludó con una ceremoniosa reverencia como si se hallara ante una princesa en un palacio europeo, aunque evitó tocarle la mano para no hacerla sentir incómoda.

El químico jefe, quien gustaba de seguir la corrección y la etiqueta europeas, llevaba la medalla de oro del privilegio otomano de la que estaba tan orgulloso, así como la condecoración de San Estanislao que le concediera el último zar de Rusia.

—Querido maestro, querría expresarle mi admiración por su éxito en Esmirna —dijo el damat doctor.

Desde que la prensa publicara la noticia sobre la erradicación de la epidemia de peste en Esmirna, Bonkowski Pachá aceptaba las felicitaciones con una modesta sonrisa.

—¡Yo también lo felicito a usted! —contestó mirándolo fijamente a los ojos.

El doctor Nuri sonrió al comprender que esos parabienes no le llegaban por sus trabajos como estudiante para la Dirección de Cuarentenas del Hiyaz, ni por haber representado más tarde al Estado otomano, sino por haberse casado con una princesa, con un miembro de la dinastía Otomana, con la hija de un sultán. Abdülhamit lo casó con su sobrina porque era un médico brillante y de éxito, pero, tras la boda, toda la brillantez y los éxitos del doctor Nuri cayeron en el olvido y pasó a ser mucho más conocido como marido de la princesa.

Sin embargo, el damat doctor Nuri se había acostumbrado muy rápidamente a esta situación. Era tan feliz con su esposa que no ponía ningún reparo por ello. Además, le tenía un gran respeto a Bonkowski Pachá, su «disciplinado» y «metódico» maestro (nuevas palabras estas recién importadas al turco desde el francés y que tanto gustaban entre los intelectuales otomanos). Quiso corresponderle con un sincero halago:

—¡Su contención de la epidemia en Esmirna ha demostrado ante el mundo la fortaleza de la Dirección Otomana de Cuarentenas! —exclamó—. Así ha dado usted una merecida respuesta a los que señalan al Imperio otomano como el «hombre enfermo de Europa». No hemos podido acabar con el cólera, pero hace ya ochenta años que no se da en tierras otomanas una epidemia grave de peste. Antes decían: «¡La línea de civilización que durante doscientos años ha separado Europa del Imperio otomano no es el Danubio, sino que en realidad es la peste!». Pero ahora, gracias a usted, esa línea ha desaparecido en el campo de la medicina y las cuarentenas.

—Por desgracia, la peste ha vuelto a detectarse en la isla de Minguer —repuso Bonkowski Pachá—. Y con una extraordinaria virulencia.

—¿Cómo?

—La peste se ha extendido por los barrios musulmanes de Minguer, mi querido damat pachá. Es natural que usted, inmerso en los preparativos de su boda, no haya tenido noticia de esto y que ahora le coja por sorpresa, porque lo han ocultado. No pudimos asistir a la ceremonia, pero es que teníamos motivos. ¡Me encontraba en Esmirna!

—He estado siguiendo de cerca los efectos de la epidemia en Hong Kong o en Bombay, y leyendo los últimos informes al respecto.

—La situación es mucho peor de lo que se escribe —añadió Bonkowski Pachá con aire de autoridad—. Es el mismo microbio, la misma cepa que ha matado a miles de personas en la India y China. Y la misma que llegó a Esmirna.

—La gente se está muriendo en la India…, pero usted consiguió detener la epidemia en Esmirna.

—¡Solo porque la gente y los periódicos de Esmirna contribuyeron en gran medida a lograrlo! —contestó Bonkowski Pachá, haciendo una pausa para indicar que iba a decir algo importante—. En Esmirna la enfermedad se localizó en el barrio rum, y es sabido que la población de la ciudad es muy culta y civilizada. ¡Pero en Minguer la enfermedad se concentra mucho más en los barrios musulmanes, y de momento han muerto quince personas! Allí nuestra tarea será más difícil.

El doctor Nuri sabía por experiencia que a los musulmanes les costaba más que a los cristianos respetar las condiciones de una cuarentena. Y también le exasperaban las exageradas quejas al respecto de los especialistas cristianos como Bonkowski Pachá. Decidió no discutir. El silencio se prolongaba, así que, para llenarlo, y a modo de explicación para Pakize Sultan y el capitán del barco, exclamó:

—¡Una polémica interminable, este asunto!

—¡Ya conoce la historia del pobre doctor Jean-Pierre! —dijo Bonkowski Pachá con su burlona sonrisa de profesor—. Tanto desde palacio como el gobernador Sami Pachá me han insistido en que Su Majestad cree que la declaración de epidemia de peste en Minguer es una cuestión política y, por tanto, que es necesario que se oculte a todos el propósito de mi visita a la isla. ¡Sami Pachá, el gobernador de Minguer, es conocido mío desde los viejos tiempos en que era prefecto y jefe de otras provincias y distritos!

—¡Quince muertos es un número muy alto para esa isla tan pequeña! —exclamó el doctor Nuri.

—¡Tengo prohibido hablar de ese tema, incluso con usted, querido pachá! —respondió Bonkowski Pachá, señalando a Pakize Sultan, sentada al final de la mesa, con un irónico ademán como diciendo: «¡Tenemos un espía, por Dios!».

Luego se dirigió a ella con las maneras de un afable tío, como lo hacía cuando las occidentalizadas princesas eran todavía pequeñas y coincidía con ellas en el teatro del palacio Yıldız o, aunque fuera de lejos, en las ceremonias con motivo de la visita del káiser Guillermo.

—¡Es la primera vez en mi vida que veo que permiten salir de Estambul a una hija de un sultán, a una princesa! —proclamó exagerando su asombro—. ¡El Estado otomano se europeíza dando libertad a las mujeres!

Los lectores de las cartas que estamos publicando comprobarán que Pakize Sultan intuía que estas palabras habían sido pronunciadas con «ironía», incluso con sarcasmo. Al igual que su padre, Murat V, Pakize Sultan era una persona inteligente y sensible.

—Querido Pachá, en realidad yo no quería ir a China, sino a Venecia —le contestó al químico jefe, y la conversación derivó hacia la ciudad veneciana, que los dos hombres ya habían visitado con motivo de las citadas conferencias internacionales sobre salud—. ¿Es verdad, señor, que allí también se va en barca de orilla a orilla, como en el Bósforo, y que las barcas llegan hasta el interior de las casas? —preguntó Pakize Sultan.

Después siguieron hablando un rato sobre la velocidad y la potencia del Aziziye, así como sobre lo confortables que eran sus camarotes. Treinta años y dos sultanes atrás, Abdülaziz (del que toma su nombre el barco) gastó mucho dinero en el fortalecimiento de la flota otomana ‒a diferencia de su sobrino Abdülhamit‒, y, después de endeudar al Estado, se hizo construir este ostentoso barco. El camarote del sultán, una magnífica estancia con revestimientos de caoba, barniz dorado, marcos y espejos, era una réplica exacta del que había en el acorazado Mahmudiye. El capitán ruso departió sobre las excelentes prestaciones del barco: podía acoger hasta ciento cincuenta pasajeros y alcanzar las 14 millas por hora, pero, por desgracia, desde hacía años Su Majestad Imperial no disponía del tiempo necesario para dar ni siquiera un paseo por el Bósforo en el Aziziye. Lo cierto era que Abdülhamit se mantenía alejado de toda clase de embarcaciones a causa de su temor a un atentado, y aunque todos los comensales sentados a la mesa lo sabían, evitaron cautelosamente tocar el tema.

El capitán informó de que solo quedaban seis horas de travesía hasta alcanzar la isla, lo que aprovechó Bonkowski Pachá para preguntarle al damat doctor si alguna vez había visitado Minguer.

—Como nunca ha habido ningún brote de cólera, de fiebre amarilla ni nada, ¡nunca he estado allí! —respondió el doctor Nuri.

—Yo tampoco, por desgracia —prosiguió Bonkowski Pachá—. Pero en su momento estudié la isla con interés. Plinio, en su Historia natural, repasa al detalle la muy sui generis variedad de especies vegetales de la isla, sus plantas, sus árboles, sus flores, su muy escarpada montaña volcánica y las ensenadas rocosas que se encuentran al norte. El clima también es diferente. Hace años escribí un informe para Su Majestad, vuestro tío, sobre la posibilidad de cultivar rosas en esta isla, a la que nunca tuve la ocasión de ir.

—¿Y qué pasó entonces, querido Pachá? —preguntó Pakize Sultan.

Bonkowski Pachá sonrió con aire pensativo. Pakize Sultan llegó a la conclusión de que incluso el químico jefe debía de haber sufrido en algún momento las consecuencias de los temores y castigos del aprensivo sultán, así que sacó un tema sobre el que ya había hablado varias veces con su marido: ¿podía ser casualidad que los dos especialistas en cuarentenas más renombrados del Estado otomano se encontrasen en el barco privado del sultán, en plena noche, en alta mar cerca de Creta?

—¡Le aseguro que es casualidad! —respondió Bonkowski Pachá—. Porque nadie, ni siquiera el gobernador de Esmirna, Kıbrıslı Kâmil Pachá, tenía noticia alguna de que el barco más cercano que se dirigía a la isla era el Aziziye. Por supuesto que yo también desearía acompañarlos y predicar entre los musulmanes de China que es fundamental su respeto de las cuarentenas y demás obligaciones y prohibiciones modernas. Aceptar una cuarentena significa aceptar la occidentalización, algo que, cuanto más avanzamos hacia el Oriente, más complicado resulta. Pero que no se entristezca nuestra princesa. Yo le aseguro que en China existen los mismos canales que en Venecia, incluso de más anchura y longitud, y que, igual que en el Bósforo, también hay elegantes barcas que pueden penetrar hasta el interior de casas y palacios.

La admiración de los recién casados se acrecentó por toda la información que el honorable químico poseía sobre China, igual que sobre Minguer, sin haber estado allí nunca. Pero la cena no se prolongó demasiado y, una vez finalizada, el matrimonio subió a su camarote que, con sus mesitas, relojes, espejos y lámparas traídos desde Francia e Italia, hacía recordar a la estancia de un palacio.

—Me temo que algo te ha molestado —dijo Pakize Sultan—. Lo veo en tu cara.

El doctor Nuri había percibido cierto desdén cada vez que Bonkowski Pachá lo llamaba «¡Querido Pachá! ¡Querido Pachá!». Tal como dictaba la tradición, Abdülhamit le había otorgado ese título al casarse con una princesa, aunque hasta el momento se había librado de utilizarlo. Pero ahora, cuando los verdaderos pachás, especialmente los de cierta edad, alta jerarquía y prestigio, se dirigían a él como «¡Querido Pachá! ¡Querido Pachá!», se sentía inquieto, como si no tuviera derecho a ese tratamiento. Sin embargo, ambos decidieron que Bonkowski Pachá no era el tipo de persona que utilizaría esa clase de ironía mezquina y pronto olvidaron el tema.

Llevaban treinta días de casados. Los dos habían soñado durante mucho tiempo con casarse con la persona adecuada, pero hacía ya bastante que habían abandonado la esperanza de encontrar a alguien así. Abdülhamit, con una repentina e intuitiva decisión, los presentó y los casó en un plazo de dos meses, y, tras su boda, la prueba de que serían muy felices fue cuánto disfrutaban de su amor y de su sexualidad, más de lo que ambos habían esperado. Desde que partieron de Estambul habían pasado la mayor parte del tiempo en la cama de su camarote, algo que a ambos les parecía ya de lo más natural.

Los cónyuges se despertaron de madrugada cuando el sonido del barco, semejante a un gemido, empezó a atenuarse. Fuera reinaba aún una completa oscuridad. Al aproximarse a Arkaz, la ciudad de mayor tamaño y centro administrativo de Minguer, el Aziziye avanzó en paralelo a los montes Eldost, cuyas altas y afiladas cumbres se extendían de norte a sur de la isla, y en cuanto comenzó a divisarse a simple vista la pálida luz del Faro Árabe, el timón cambió su rumbo al oeste, directamente hacia el puerto. Gracias a la intensa luz de la luna y al plateado resplandor sobre el mar, los pasajeros ya podían contemplar desde sus camarotes, como un espectro sumido en la oscuridad justo a espaldas del castillo de Arkaz, el Monte Blanco, conocido como la más misteriosa de las cumbres volcánicas que se elevan en el Mediterráneo.

Más tarde, al ver los puntiagudos conos de las torres del majestuoso castillo de Arkaz, ambos subieron a cubierta para contemplar mejor el panorama bajo la luz de la luna. Había niebla, pero era fina. Un dulce olor a yodo, algas y almendras venía del mar. Arkaz, como muchas otras pequeñas ciudades costeras del Imperio otomano, no disponía de un puerto, ni de un muelle de grandes dimensiones, por lo que, en las aguas más profundas situadas frente al castillo, el capitán ordenó dar marcha atrás a las máquinas y se dispuso a esperar.

Se produjo un extraño y profundo silencio. La pareja se estremeció ante la magia del rico universo que tenían delante. El misterioso paisaje, las montañas bajo la luz de la luna y el silencio poseían una profundidad sobrecogedora. Era como si, además de la plateada luz de la luna, hubiera también otra fuente luminosa y ellos, atrapados por su embrujo, la buscasen. Los recién casados dedicaron bastante tiempo a contemplar el resplandor de ese maravilloso paisaje que daba la sensación de ser la verdadera razón de su felicidad. Entonces comenzaron a divisar en la oscuridad el fanal de un bote de remos, luego percibieron el pesado y rítmico movimiento de los remeros. Bonkowski Pachá y su asistente aparecieron en la cubierta inferior junto a la escalerilla. Parecían estar muy lejos, como en un sueño. El enorme bote negro enviado por el gobernador se arrimó al costado del Aziziye. Se oía hablar en rum y en la lengua de Min­guer, además del ajetreo de los pasos. El bote recogió a Bon­kowski Pachá y a su ayudante y se perdió de nuevo en la oscuridad.

Los recién casados, al igual que otros muchos pasajeros desde la cubierta y la cabina del capitán, continuaron admirando durante un buen rato las magníficas montañas de la isla de Minguer y el castillo de Arkaz, en una imagen de cuento que aún sigue emocionando a los escritores de viajes románticos. Si mirasen con un poco de atención hacia una ventana de una de las torres situadas al sudoeste del castillo, verían que allí ardía encendido un fanal. Algunas partes de la gran fortificación de piedra databan de la época de los cruzados, otras de los periodos de dominio veneciano, bizantino, árabe y otomano. Y, desde hacía siglos, una de esas secciones se había utilizado como mazmorras. En esos momentos, en una celda vacía dos plantas por debajo de la habitación en la que ardía el fanal, un guardián —o, utilizando el moderno galicismo, un gardien— llamado Bayram Efendi, una de las figuras prominentes de esa parte del gran castillo, luchaba por su vida.

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3

Bayram Efendi no había prestado atención a los primeros síntomas de la enfermedad cuando los notó, cinco días antes. Le subió la fiebre, se le aceleró el corazón y sintió como escalofríos. ¡Pero es que aquella mañana estuvo de acá para allá por los patios y las ventosas torres del castillo y cogió frío! Al día siguiente, después del mediodía, además de la fiebre se sintió cansado y perdió el apetito, y cuando caminaba por un patio de piedra se sentó un momento en el suelo y se tumbó. Al contemplar el cielo pensó que podría morirse. Como si alguien le estuviera clavando un clavo en la frente.

Desde hacía veinticinco años trabajaba de guardián en la mazmorra del célebre castillo de Arkaz de la isla de Minguer. Vigilaba a los viejos presos encadenados y olvidados en sus celdas, las filas de reclusos con grilletes en las muñecas mientras tomaban el aire en el patio, y a los presos políticos encerrados por Abdülhamit hacía quince años. Recordaba cómo eran las arcaicas y primitivas condiciones de la mazmorra en aquellos días (que en realidad aún lo eran), y su espíritu bienintencionado le llevaba a creer y a apoyar el afán modernizador y los recientes esfuerzos por convertir las mazmorras en una prisión, en un correccional incluso. Y a pesar de que a veces no llegaba el dinero desde Estambul y pasaba largas temporadas sin poder cobrar su sueldo, no descansaba si no estaba presente cada tarde en la mazmorra durante el recuento.

Al día siguiente, cuando recorría uno de los angostos pasillos de la mazmorra, sintió de nuevo aquella tremenda fatiga y de­cidió no volver a casa. Esta vez el corazón le latía de una ma­nera desaforada. Se metió en una celda vacía, se echó sobre el montón de paja del rincón y comenzó a retorcerse de dolor. Además, temblaba y le dolía la cabeza de una manera insoportable. Tenía el dolor alojado en la parte delantera de la cabeza, en la frente. Quería gritar, pero apretaba los dientes porque consideraba que si no decía nada se le pasaría aquel extraño dolor. Las prensas y las abrazaderas le oprimían la cabeza.

El guardián se quedó esa noche en el castillo. Su esposa y su hija Zeynep no se inquietaron por él, dado que a veces, o bien porque tenía guardia, o bien porque había que sofocar alguna pequeña revuelta o trifulca, no volvía a casa, que se encontraba a diez minutos en coche de caballos. En su casa había peleas y enfados todas las noches a causa de los preparativos y negociaciones para el inminente casamiento de su hija, y su mujer o Zeynep siempre acababan llorando.

Al despertarse por la mañana en la celda y examinarse el cuerpo, se vio un forúnculo de color blanco, del tamaño del dedo meñique, en la parte superior izquierda de la entrepierna, en la ingle. Tenía la forma de un pequeño pepino. Al apretarlo con el índice se aclaraba de color como si estuviera repleto de pus, y al quitar el dedo volvía de nuevo a su estado anterior. El bubón no le dolía a menos que se lo tocara. Pero, por algún extraño motivo, Bayram Efendi se sentía culpable. Conservaba la suficiente lucidez como para saber que ese forúnculo tenía que ver con el agotamiento, los temblores y los delirios que estaba experimentando.

¿Qué debía hacer? En una situación así, un cristiano, un funcionario, un soldado o un pachá acudirían a un médico o irían a un hospital, si lo hubiera. Cuando estalla un brote de diarrea o de alguna enfermedad febril en un barracón, este se pone en cuarentena. Pero en ocasiones, un jefe de barracón se rebelaba contra las medidas del confinamiento y muchos de sus compañeros presos sufrían las consecuencias. Esto no le era ajeno a Bayram Efendi, quien, en el cuarto de siglo que llevaba en el castillo, ya había visto cómo algunas viejas construcciones y patios venecianos de los que daban al mar se habían utilizado no como mazmorra o prisión, sino como aduana y dependencias para cuarentena (conocidas antiguamente como «casas de protección»). Sin embargo, también era consciente de que ninguna medida de confinamiento podría protegerlo ahora. Consciente de que se encontraba en las garras de un poder extraño, se sintió atenazado por el miedo y durmió largo tiempo entre delirios. Pero cuando más tarde le vinieron nuevas oleadas de dolor, entendió con pesar que ese poder era mucho mayor que él mismo.

Al día siguiente se encontró un poco mejor durante un rato. Se dirigió a la mezquita de Mehmet Pachá el Ciego y cumplió con la oración de mediodía entre la multitud. Saludó y abrazó con familiaridad a dos funcionarios. Hizo un gran esfuerzo y oyó el sermón, aunque no se enteró de mucho. La cabeza le daba vueltas, sentía náuseas y a duras penas conseguía mantenerse en pie. El predicador no mencionó la enfermedad en ningún momento, solo repetía una y otra vez que todo pasaba por voluntad de Dios. Al dispersarse la muchedumbre, Bayram Efendi pensó que podría tumbarse sobre las alfombras y los kílims para descansar un poco, y entonces reparó en que estaba perdiendo la conciencia, en que se estaba desmayando. Hubo quien acudió para reanimarlo, y él, haciendo acopio de todas sus fuerzas, ocultó que se encontraba enfermo (aunque puede que algunos se dieran cuenta).

Para entonces ya intuía que se estaba muriendo, y lloraba, pues lo consideraba una injusticia, ansiaba saber por qué había sido elegido para morir. Después de salir de la mezquita, fue al barrio de Germe a buscar a un religioso que escribía papeles de oración y hacía amuletos, y de quien se decía que hablaba abiertamente de la epidemia y del momento de la muerte. Pero aquel hombre gordo cuyo nombre había olvidado no se encontraba allí. Entonces un joven con el fez ladeado y cara sonriente entregó a Bayram Efendi (y a otras dos personas que, como él, habían acudido a la mezquita) un amuleto bendecido y un papelito con una oración. Bayram Efendi trató de leerla, pero no podía. Se sintió culpable por ello y se alteró aún más, consciente de que sería el responsable de su propia muerte.

Cuando por fin llegó el jeque, Bayram Efendi recordó haberlo visto poco antes en la oración de mediodía. Era bastante gordinflón y tenía una barba tan blanca y larga como sus cabellos. Le dedicó una dulce sonrisa a Bayram Efendi y luego comenzó a explicarle cómo debían leerse las plegarias de los papelitos: de noche, en la oscuridad, cuando se manifieste el yinn de la epidemia, deberán repetirse treinta y tres veces cada una de las palabras «Recep», «Muktedik» y «Baki», tres de los nombres de Dios. Si se sostienen el papelito y el amuleto directamente hacia el yinn, incluso con solo diecinueve repeticiones se podrá ahuyentar la desgracia. El jeque se dio cuenta de que Bayram Efendi estaba gravemente enfermo y se apartó un poco de él. Este gesto no se le escapó al guardián. Le explicó que, si no tenía tiempo para recitar los nombres de Dios, también podría obtener buenos resultados colgándose del cuello el amuleto que le había dado y tocándolo con el dedo índice de la mano derecha. Si tenía el bubón en el lado izquierdo del cuerpo, debía utilizar el índice de la mano derecha, y si lo tenía en el lado derecho, el de la mano izquierda. Si comenzaba a balbucir, debía agarrar el amuleto con las dos manos, pero para entonces Bayram Efendi ya no era capaz de comprender muy bien todas esas reglas y decidió marcharse a su casa, que no quedaba muy lejos. Su bella hija Zeynep no estaba. Al ver lo enfermo que se encontraba, su esposa se echó a llorar. Sacó sábanas limpias del armario para hacer la cama y Bayram Efendi se acostó. Temblaba sin control y, cuando trató de decir algo, ni una sola palabra salió de su boca reseca.

Una tormenta estallaba dentro de su cabeza. El hombre se agitaba con movimientos bruscos y repentinos, como si alguien lo persiguiese, como si estuviera atemorizado y nervioso. Emine, su mujer, lloraba aún más fuerte al ver esas extrañas sacudidas, y Bayram Efendi, al ver el llanto de su esposa, comprendía que estaba a punto de morir.

Ya por la tarde, su hija Zeynep regresó a casa y Bayram Efendi pareció volver por un momento en sí. Dijo que el amuleto del cuello le protegía y, entre delirios, se quedó de nuevo dormido. Tuvo sueños extravagantes y pesadillas. ¡Ahora subía y bajaba entre el oleaje de un mar agitado! ¡Había leones alados, peces que hablaban y hordas de perros que corrían a través del fuego! De repente, las llamas se infestaban de ratas, demonios ardientes que roían y destrozaban los rosales con sus dientes. La polea de un pozo, un molino, no dejan de girar, una puerta abierta no deja de batir, el mundo se encoge. Como si goteara sudor desde el sol hasta su rostro. Se ahogaba por dentro, deseaba correr y escapar, su cabeza lo mismo se aceleraba que se detenía. Más terrorífico aún, las turbas de ratas que dos semanas antes habían hecho retumbar con sus chillidos la prisión, el castillo y todo Minguer, que habían asaltado las cocinas y se habían comido las esteras, los paños y los maderos, ahora lo perseguían a él por los pasillos de la mazmorra. Bayram Efendi huía de ellas porque tenía miedo de leerles la oración equivocada. Pasó las últimas horas de su vida gritando con todas sus fuerzas para que oyesen todo lo que aparecía en su sueño, pero apenas sonó su voz. Su hija Zeynep se arrodilló ante él, observándolo mientras trataba de contener el llanto.

Más tarde, al igual que otras muchas víctimas de la plaga, volvió en sí durante un momento. Su mujer le puso en las manos una escudilla de sopa calentita que olía de maravilla. Era una sopa de tarhana con pimiento rojo, muy popular en las aldeas de Minguer. (Bayram Efendi solo había salido de la isla una vez en su vida). Se tomó la sopa a sorbos, como si fuera un elixir, mientras recitaba las oraciones que le había aconsejado el jeque gordinflón, tras lo cual se sintió mejor.

No quería que esa tarde se cometiera ningún error en el recuento de los barracones. Iría y volvería en un santiamén. Esto lo dijo como hablando para sí mismo, y salió por última vez de su casa sin despedirse de su mujer ni de su hija, como si fuera al jardín o al baño. Su mujer y su hija no creían que estuviera mejorando y lloraron al verlo marchar.

Bayram Efendi bajó en dirección a la playa a la hora de la oración de la tarde. Vio a porteros y a señores con sombreros esperando los coches de caballos a las puertas de los hoteles Splendid y Majestic. Pasó por delante de las oficinas de las compañías navieras que operaban las líneas hacia Esmirna, La Canea y Estambul, y por detrás del edificio de aduanas. Al llegar al puente Hamidiye se le agotaron las fuerzas. De repente cayó al suelo y supuso que iba a morir. A esa hora del día, la más colorida y bulliciosa, entre palmeras y plátanos, calles soleadas y gente amistosa, la vida era realmente bella. Bajo el puente fluía el arroyo de Arkaz, sus aguas de un verde salido del paraíso; por detrás, el antiguo mercado y el puente Viejo, y enfrente, el castillo, cuyos calabozos había custodiado toda su vida. Sollozó un rato en silencio, hasta que se sintió demasiado cansado para seguir llorando. La luz anaranjada del sol hacía que el castillo pareciera aún más rosado de lo que era.

Con un último esfuerzo, bajó de nuevo hacia la playa por la polvorienta calle de la antigua oficina de telégrafos, bajo las palmeras y los plátanos. Pasó por delante de los edificios que se remontaban a la época de los venecianos y por las sinuosas calles de la ciudad vieja, y entró en el castillo. Más tarde, los testigos dirían que esa noche lo vieron acudir a la puerta del Segundo Barracón para el recuento, y que luego se tomó una taza de tila en la sala de guardias.

Nadie volvió a verlo después de oscurecer. Más o menos a la hora en que el Aziziye se acercaba al puerto, un joven guardián oyó gritos y llantos que provenían de una celda de más abajo, pero en el profundo silencio que siguió los olvidó por completo.

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4

Tras dejar al químico jefe de Abdülhamit, Bonkowski Pachá, y a su médico asistente en la isla de Minguer, la nave imperial Aziziye prosiguió su ruta directamente hacia Alejandría. La misión de la delegación otomana que viajaba en el barco consistía en aconsejar a la airada comunidad musulmana de China para impedir que se sumaran a las crecientes revueltas populares en contra de Occidente.

En 1894, Japón atacó China y el occidentalizado ejército nipón asestó una sorpresiva y rápida derrota al ejército chino, anclado aún en métodos de guerra tradicionales. Desesperada ante la victoria de los japoneses y sus demandas, la emperatriz china pidió ayuda a las potencias occidentales, al igual que había hecho el emperador otomano Abdülhamit II unos veinte años antes cuando, de forma muy parecida, sufrió una dura derrota a manos del más moderno ejército ruso. Ingleses, franceses y alemanes protegieron a China. Pero esta vez se dispusieron a dividir el país en zonas de influencia con grandes privilegios legales y comerciales (los franceses, en la China meridional; los británicos, en Hong Kong y el Tíbet; y los alemanes, en el norte), y a enviar misioneros para incrementar su ascendente político y espiritual.

Esto hizo que el empobrecido pueblo chino se rebelase, en particular los conservadores y los religiosos. Comenzaron los levantamientos contra el gobierno manchú y los «extranjeros», especialmente contra cristianos y europeos. Prendieron fuego a los establecimientos propiedad de occidentales, bancos, oficinas de correos, clubes, restaurantes, tiendas e iglesias. Empezaron a matar por las calles, uno por uno, a los misioneros y a los chinos conversos al cristianismo. Detrás de esta revuelta popular, que se extendía con rapidez, se encontraba una secta a la que los occidentales se referían como los bóxers y que obtenía su fuerza mística de la magia tradicional y los rituales con espadas que practicaban. El Estado chino, dividido entre los conservadores y los liberales tolerantes, tampoco podía reprimir a los insurrectos, hasta el punto de que el ejército poco a poco fue pasándose a las filas de la sublevación. Al final, la misma emperatriz se unió a la rebelión contra los extranjeros. Ya en el año 1900, los soldados chinos sitiaron las embajadas en Pekín y muchedumbres furiosas comenzaron a atacar en las calles a los cristianos y a asesinar a los extranjeros. Las potencias occidentales organizaron un ejército aliado para combatir con todas sus fuerzas la rebelión en las calles. Fue allí donde cayó el embajador alemán Von Ketteler, partidario de una política especialmente beligerante.

El káiser Guillermo II, emperador de Alemania, reaccionó muy duramente y envió nuevos batallones a China para aplastar a los rebeldes de Pekín. Al despedir a sus soldados en Bremerhaven, les ordenó que se mostraran «duros» como «Atila, el rey de los hunos» y que no hicieran prisioneros. Los periódicos occidentales aparecían repletos de noticias que señalaban el salvajismo, el primitivismo y los crímenes que cometían los rebeldes bóxers y los musulmanes que se les habían unido.

Por esos mismos días, el káiser Guillermo II despachó varios telegramas a Estambul solicitando la ayuda de Abdülhamit, ya que los soldados que habían matado al embajador alemán en Pekín eran musulmanes provenientes de la región china de Kansu. En su opinión, el emperador otomano Abdülhamit, califa de todos los musulmanes del mundo, debía hacer algo para apaciguar a los fanáticos soldados musulmanes que atacaban ciegamente a los cristianos. Tal vez podría aportar efectivos a los ejércitos occidentales enviados para acabar con la rebelión.

A Abdülhamit no le resultaba fácil decir que no a los ingleses que lo habían apoyado frente al ejército ruso, ni a los franceses que eran los aliados de los británicos en China, ni a los alemanes y su káiser Guillermo II, que le había rendido una visita personal en Estambul y que siempre se había comportado afectuosamente con él. Si estas grandes potencias decidieran ponerse de acuerdo entre ellas, podrían engullir fácilmente al Imperio otomano —«el hombre enfermo de Europa», en palabras del zar ruso Nicolás—, y el sultán era muy consciente de que podrían repartirse sus tierras y facilitar la formación de pequeños estados que hablaran cada uno una lengua diferente.

Abdülhamit había observado con sentimientos encontrados las insurrecciones de musulmanes contra las denominadas Düvel-i Muazzama, es decir, las grandes potencias occidentales. A través de lo que se contaba en los informes que recibía, seguía con interés las numerosas insurrecciones de musulmanes en China, así como la sublevación contra los ingleses liderada por Mirza Gulâm Ahmed en la India. También se mostraba complaciente con la rebelión del Mulá Loco de Somalia y con otras revueltas islamistas contra Occidente que estaban teniendo lugar en África y Asia. El sultán había enviado agregados militares especiales para que hicieran un seguimiento de algunos de estos levantamientos contra Occidente y la cristiandad, y en ocasiones había ayudado subrepticiamente a los rebeldes sin levantar siquiera sospechas en su propio gobierno ni entre sus propios cuadros burocráticos (había espías por todas partes). A medida que el Imperio otomano se desintegraba, y de ese modo perdía a las poblaciones ortodoxas de los Balcanes y de las islas del Mediterráneo, el sultán Abdülhamit empezó a acariciar la idea de que, si apoyaba abiertamente el islam (tal como sugería la nueva demografía del Imperio), podría poner de su parte a todas las naciones y comunidades musulmanas del mundo en contra de Occidente, para así, al menos, poder intimidar a las Düvel-i Muazzama. En otras palabras, el sultán estaba descubriendo por sí mismo lo que hoy día conocemos como «islam político».

Sin embargo, el sultán Abdülhamit, a quien le encantaban la ópera y las novelas policiacas, no era exactamente un yihadista islamista sincero y coherente. Desde el primer día comprendió que el levantamiento contra Occidente de Arabi Pachá en Egipto no solo se dirigía contra los ingleses, sino que además era una insurrección nacionalista contra todos los extranjeros, o sea, también contra los otomanos, por lo que odiaba a ese pachá islamista y deseaba en secreto que los ingleses lo aplastaran. Y, presionado por el embajador inglés en Estambul, Abdülhamit se puso del lado de los ingleses frente al movimiento del Mahdi en Sudán, que consideraba una «sublevación de la chusma», pero que combatió duramente contra los ingleses y que terminó con la muerte del general Charles Gordon, muy apreciado entre los musulmanes y al que llamaban afectuosamente Gordon Pachá.

No enfurecer a las grandes potencias occidentales y mostrarse al mundo como califa y líder de todos los musulmanes, dos deseos contrapuestos para los que Abdülhamit encontró una solución intermedia e inofensiva: no enviaría soldado otomano alguno para matar a musulmanes ni para combatir a los insurrectos. Pero sí enviaría a los musulmanes chinos, en calidad de califa del islam, una delegación con el mensaje: «¡No luchéis contra los occidentales!».

Abdülhamit eligió en persona al jefe de esta delegación, un experimentado general de brigada a quien en esos momentos le costaba conciliar el sueño en su camarote, junto a quien también puso a dos expertos a los que, como al primero, apreciaba y conocía personalmente: uno, de barba negra, un profesor de historia del islam; el otro, de barba blanca, un renombrado y perspicaz redactor de fetuas. Estos dos expertos se pasaban el día sentados frente a un enorme mapa del Imperio otomano que colgaba de la pared en la gran sala común del Aziziye, mientras discutían sobre los argumentos que deberían convencer a los musulmanes chinos. Uno de ellos, el historiador, afirmaba que su principal misión no era apaciguar a estos musulmanes, sino darles a conocer la fuerza de Abdülhamit, califa del islam y también suyo. Por su parte, el más prudente redactor de fetuas, con su blanca barba, mantenía que la yihad solo sería «yihad» con la participación del rey o del sultán de aquel país, y alegaba que, de hecho, la emperatriz de China ya había cambiado de opinión y había renunciado a apoyar a los insurrectos. A veces se unían a sus debates otros miembros de la delegación, como intérpretes y militares.

El Aziziye proseguía su ruta hacia Alejandría en mitad de la noche, bajo la luz de la luna, cuando el damat doctor Nuri vio que estaban encendidas las luces del gran salón, así que llevó allí a su esposa y se plantaron delante del mapa que colgaba de la pared. Reflejaba la situación actual del Imperio otomano, fundado hacía seiscientos años por los tatarabuelos de Pakize Sultan. Abdülhamit mandó hacer ese mapa en el otoño de 1880 —cuatro años después de acceder al trono a la edad de treinta y cuatro años—, cuando, tras el Congreso de Berlín, recuperó, con ayuda de los ingleses, parte de los territorios que había perdido a favor de Rusia. El Estado otomano sufrió la pérdida de amplios territorios y países (Serbia, Tesalia, Montenegro, Rumanía, Bulgaria, Kars o Ardahan) en una guerra que se declaró nada más ocupar el trono. Después de tan gran quebranto, Abdülhamit estaba francamente convencido de que el Imperio otomano ya no perdería más tierras e hizo llegar por tren, coche de caballos, camello y barco a todos los rincones del estado, hasta las más remotas guarniciones, sedes gubernamentales y embajadas, ese mapa cuyo encargo realizó pleno de optimismo. Los miembros del Consejo Consultivo ya habían visto decenas de veces ese mapa por todos los rincones del Imperio, desde Damasco hasta Ioánina, de Mosul a Tesalónica y de Estambul al Hiyaz, y siempre les causó admiración y respeto la amplitud de los territorios que abarcaba el Imperio, solo para recordar que, por desgracia, el verda­dero mapa seguía encogiéndose a un ritmo cada vez más rápido.

A propósito de esto, haré referencia aquí a un rumor que Pakize Sultan oyó en el palacio Yıldız respecto a este mapa, y que más tarde contó a su marido y refirió a su hermana en una carta. Según esta historia, Abdülhamit entró sin anunciarse en la habitación de su amado hijo mayor, el príncipe Selim, cuando este contaba diez u once años, y descubrió que estaba mirando una versión más pequeña del mismo mapa que había encargado por su cuenta, con lo que quedó muy complacido. Se acercó más y reparó en que algunos territorios estaban pintados de negro, como hacen los niños en los libros para colorear. Abdülhamit miró con más atención y comprobó que los territorios que su hijo había coloreado de negro eran los que había perdido estando él en el trono o que, aunque mantenían la bandera, había entregado sin luchar a los enemigos (pero que en el mapa seguían apareciendo como otomanos), y en ese momento comenzó a aborrecer a ese hijo traidor que hacía responsable a su padre del progresivo empequeñecimiento, hasta su desaparición, del Imperio otomano. Pakize Sultan, que despreciaba con la misma intensidad a su tío, añadió en su carta que, diez años más tarde, el odio que el padre sentía por el hijo se intensificó por el hecho de que una odalisca a la que Abdülhamit le había echado el ojo se hubiera enamorado de su primo Selim Efendi.

Pakize Sultan oyó a menudo hablar en su infancia de estos desastres, de todas estas pérdidas de territorios y provincias, que comenzaron en los años que siguieron al destronamiento de su padre Murat V. En los días en que, con sus uniformes verdes y azules, los soldados rusos llegaron a San Stefano, a solo cuatro horas de distancia del palacio de Abdülhamit, las plazas, jardines y descampados de Estambul se llenaron con las tiendas de campaña cedidas por el ejército para los musulmanes de los Balcanes, de tez clara y ojos azules, que lo perdieron todo de la noche a la mañana al escapar de las tropas rusas: en los Balcanes, el Estado otomano perdió en catorce meses gran parte de las tierras que le habían pertenecido desde hacía cuatrocientos años.

Más tarde, los recién casados rememoraron juntos, sin derramar una lágrima, los demás desastres de los que se hablaba durante su infancia: Chipre, situado al este de la isla de Minguer que acababan de dejar atrás, con sus fragantes huertos de naranjos, sus densos olivares y sus minas de cobre, pasó a estar bajo control inglés en 1878, antes incluso de que finalizara el Congreso de Berlín. Al contrario de lo que mostraba el mapa, hacía ya mucho que Egipto no era tierra otomana. Los ingleses, con la excusa de que los cristianos de Alejandría estaban amenazados durante el levantamiento antioccidental de Arabi Pachá, bombardearon los barrios de la ciudad desde sus buques de guerra y, en 1882, ocuparon el Egipto que aún aparecía como posesión otomana en el mapa. (En los momentos en los que las aprensiones del inteligente Abdülhamit rayaban en la paranoia, llegó a sospechar que esa revuelta la habían iniciado los ingleses como pretexto para poder apoderarse de Egipto). Los franceses, por su parte, tomaron Túnez bajo su control en 1881. Tal como había vaticinado el zar de Rusia cuarenta y siete años atrás, solo hacía falta que las grandes potencias se pusieran de acuerdo entre ellas para repartirse la herencia del «hombre enfermo».

Pero lo que más inquietaba a los miembros del Consejo Consultivo que se sentaban cada día ante el viejo mapa de Abdül­ha­mit, era algo que ni siquiera aparecía reflejado en él: los países occidentales que apoyaban las revueltas de los nacionalistas­-­secesionistas cristianos de nacionalidad otomana, que se rebe­la­ban continuamente contra la autoridad estatal, eran mucho más poderosos que ellos no solo militarmente, sino también en cuanto a su economía, administración y población. En 1901, el estado otomano contaba en toda su amplia geografía con una población de diecinueve millones de personas. De ellos, cinco millones no eran musulmanes y, aunque pagaban muchos más impuestos, seguían siendo tratados como ciudadanos de inferior categoría, lo que les llevó a reclamar «justicia», «igualdad» y «reformas» y a pedir ayuda y protección a los países occidentales. Al norte, la población de Rusia, con la que los otomanos estaban siempre en guerra, era de setenta millones; y la de Alemania, con la que el estado otomano había establecido relaciones de amistad, rozaba los cincuenta y cinco millones. La producción económica de los países europeos, con el Imperio británico a la cabeza, era veinticinco veces mayor que la débil producción de la que eran capaces los otomanos. Es más, la población musulmana, que soportaba la carga militar y administrativa del Imperio, se debilitaba cada vez más a medida que prosperaban las clases comerciantes rum y armenia en las provincias. Los dirigentes de las provincias otomanas no podían ofrecer respuesta a las peticiones de libertad de esta nueva clase de burguesía no musulmana en ascenso. Frente a las revueltas de los cristianos griegos y armenios, que deseaban administrar sus propios territorios y pagar como mucho los mismos impuestos que los musulmanes, los gobernadores provinciales otomanos no eran capaces de reaccionar sino con devastación, asesinatos, torturas y destierro.

—¡Ya tienes otra vez ese demonio malvado dentro! —le dijo Pakize Sultan a su marido cuando regresaron a su camarote—. ¿En qué estás pensando?

—¡En que es bueno que nos vayamos a China y dejemos todo esto atrás por un tiempo! —respondió Damat Nuri.

Pero su esposa pudo leer en su rostro que estaba pensando en la epidemia de Minguer y en Bonkowski Pachá.

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5

Conforme se acercaba a la orilla, la tradicional barca minguerense de madera de pino y proa puntiaguda que transportaba a Bonkowski Pachá y a su asistente, el doctor İlias, bordeó los altos muros y las escolleras del castillo. No se oía sino el crujir de los remos y el suave chapoteo de las olas contra las colosales rocas sobre las que se alzaba el castillo desde hacía casi setecientos años. No había más luz que la de los pocos fanales que ardían en algunas ventanas, pero bajo el mágico resplandor de la luna, Arkaz, la mayor ciudad y centro de la prefectura de Minguer, se mostraba como una blanca y rosada aparición. A pesar de ser un positivista que no creía en supercherías, Bonkowski Pachá experimentó una sensación siniestra ante ese panorama. Era su primera visita a la isla, aunque años antes había obtenido de Abdülhamit la concesión para el cultivo de rosas allí. Durante años había imaginado que este primer viaje sería una ocasión divertida, alegre y ceremoniosa. Nunca habría pensado que se adentraría en el puerto envuelto en la oscuridad, escondiéndose como un ladrón en mitad de la noche.

El remero aminoró la marcha cuando el bote entró en una pequeña cala. Desde la playa soplaba un viento húmedo mezclado con el olor de los tilos y las algas secas. La embarcación no se acercó al muelle aduanero donde atracaban los botes con pasajeros, sino que sobrepasó el Faro Árabe, un vestigio de los tiempos en que los árabes ocuparon la isla, para llegar hasta el viejo muelle de los Pescadores. Era un lugar más oscuro, más sombrío aún. El gobernador Sami Pachá, que había preparado esta visita secreta de Bonkowski Pachá y su ayudante a la isla por orden del sultán, eligió este muelle no solo por ser un lugar solitario, sino también por encontrarse alejado del edificio de la sede de la gobernación.

Lo primero que hizo fue entregarles sus maletas y sus pertenencias a los dos secretarios de negras chaquetas de la oficina de gobernación que los esperaban, y luego, aferrándose a los cabos que les largaron desde el embarcadero, subieron hasta el muelle. Nadie los vio montarse en el carruaje que les había enviado el gobernador. Se trataba del landó blindado especial que el gobernador Sami Pachá utilizaba en las ceremonias y cuando deseaba mantenerse alejado de la gente. Su obeso y aprensivo predecesor en el cargo se tomó muy en serio las cartas de amenaza enviadas por los románticos anarquistas griegos que perseguían separar la isla del Imperio otomano, así como la afición al lanzamiento de bombas que tenían por aquel entonces, por lo que encargó unas planchas metálicas a Kudret el Barbilampiño, el herrero más reputado de Arkaz, cuyo importe sufragó el siempre deficitario presupuesto de la gobernación.

Zekeriya, el cochero, condujo el landó blindado a lo largo del muelle, pasando por delante de los hoteles de luces apagadas y de los edificios aduaneros, para luego torcer a la izquierda y adentrarse por los callejones para evitar la avenida Estambul, la cuesta más famosa de la isla. El químico jefe y su ayudante percibían el aroma de las madreselvas y los pinos a través de las ventanillas del carruaje, por las que veían pasar viejos muros de piedra cubiertos de musgo y casas de ladrillo rosa con puertas de madera y ventanas cerradas. El carruaje subió traqueteando las cuestas hasta llegar a la plaza Hamidiye, donde vieron la torre de reloj a medio terminar porque, por desgracia, no se llegó a tiempo para el vigésimo quinto aniversario de la subida al trono de Su Majestad, el último día del pasado agosto. Advirtieron que las farolas estaban encendidas delante de la Escuela Secundaria Rum y de la oficina de correos, antiguamente llamada oficina de telégrafos, y repararon en los centinelas que el gobernador Sami Pachá había apostado en cada esquina después de que se propagaran los rumores de una epidemia de peste.

—Su excelencia el gobernador es un personaje peculiar —comentó Bonkowski Pachá a su asistente cuando se quedaron a solas en la casa de huéspedes—. Pero debo decir que no esperaba encontrarme la ciudad tan inmaculada, tan tranquila y serena. Si no se nos ha escapado algo en la oscuridad, esto también es un logro suyo.

El doctor İlias, rum de Estambul, llevaba nueve años ejerciendo de «asistente» del químico jefe del sultán. Juntos habían re­corrido todos los rincones del Imperio para sofocar las epidemias y habían pernoctado en habitaciones de hotel, en casas de huéspedes de sedes municipales y hospitales, y en guarniciones militares. Cinco años atrás desinfectaron y salvaron Trebisonda del cólera rociando toda la ciudad con un producto que habían transportado por barco. En otra ocasión, en 1894, recorrieron pueblo por pueblo toda la región de Izmit y Bursa para detener el cólera que se estaba extendiendo por la zona, durmiendo por las noches en tiendas de campaña militares. Bonkowski Pachá había llegado a depositar toda su confianza en este ayudante que le proporcionaron por pura casualidad desde Estambul, y se había acostumbrado a compartir con él todo lo que le pasaba por la mente. El químico jefe y su asistente viajaban de ciudad en ciudad y de puerto en puerto por todo el territorio otomano combatiendo las epidemias, y gracias a sus éxitos y a sus amplios conocimientos en la materia eran conocidos entre los burócratas y las organizaciones sanitarias como «los científicos salvadores».

—Hace veinte años, cuando Sami Pachá era gobernador en Dedeağaç, Su Majestad me encargó la misión de acabar con la epidemia de cólera que se había declarado allí. Nos recibió con actitud desdeñosa, a mí y a los jóvenes médicos epidemiólogos que había llevado desde Estambul, y comprendió que en mi informe haría saber al sultán que su dilación en el asunto había ocasionado una pérdida aún mayor de vidas. Puede que ahora muestre un comportamiento hostil hacia nosotros.

Bonkowski Pachá dijo aquello en un turco cultivado, muy parecido al lenguaje escrito actual, y que era el que prefería utilizar al referirse a asuntos oficiales. Pero, a veces, como ambos habían estudiado en París, él Química y el doctor İlias Medicina, hablaban entre ellos en francés. Y así, mientras en la oscuridad de sus habitaciones de la casa de huéspedes trataba de distinguir qué era una sombra y qué era un mueble, o dónde estaban las ventanas, el químico sesentón exclamó en francés, como si hablara en sueños:

—¡Me llega un olor a fatalidad!

Más tarde, por la noche, se desvelaron al escuchar unos sonidos similares a los ruidillos que hacían las ratas. La lucha contra la peste en Esmirna se había convertido en una especie de lucha contra las ratas. A su llegada, se habían sorprendido de que no hubieran colocado ratoneras en la casa de huéspedes en la que estaban alojados bajo la supervisión del gobernador de la isla de Minguer. Habían telegrafiado en incontables ocasiones, tanto desde la capital como desde las provincias, para informar a las autoridades sanitarias de que la peste se transmitía por las ratas y por las picaduras de las pulgas que vivían en ellas.

Por la mañana llegaron a la conclusión de que los ruidos que habían oído en mitad de la noche habían sido causados por las gaviotas que se posaban y emprendían el vuelo desde el tejado de aquel edificio de madera medio en ruinas. Para ocultar su presencia a los entrometidos periodistas de Arkaz, a los tenderos cotillas y a los malévolos cónsules, el gobernador Sami Pachá había decidido instalarlos no en la gran hospedería del nuevo edificio de la sede de la gobernación, sino en aquel desierto palacete de madera de la Dirección de Fundaciones Piadosas, que había sido acondicionado en un solo día y donde les proporcionaron guardias y sirvientes.

Esa misma mañana, el gobernador se presentó sin anunciar en el palacete para disculparse ante sus huéspedes secretos por las condiciones del edificio. Al verlo por primera vez después de tantos años, Bonkowski Pachá sintió por un momento que podría confiar en Sami Pachá. El gobernador daba una impresión de fuerza y resistencia que se desprendía de su imponente y robusta figura, de sus barbas aún sin blanquear, de sus espesas cejas y de su amplia nariz.

Pero poco después, Bonkowski Pachá y su asistente comprobaron consternados que Sami Pachá mostraba la misma actitud con la que reaccionaban todos los gobernadores y prefectos en cualquier parte del mundo ante el comienzo de una epidemia.

—¡Por supuesto que no hay una epidemia en nuestra ciudad! —comenzó Sami Pachá—. Y mucho menos la peste, Dios no lo quiera. Aun así, les hemos hecho traer este desayuno desde la guarnición militar. Ellos ni siquiera se comen el pan recién hecho si no se desinfecta antes el horno.

Bonkowski Pachá reparó en una bandeja dispuesta en la habitación de al lado con aceitunas, granadas, nueces, queso de cabra y pan de munición, y sonrió al gobernador.

—Aquí a todo el mundo, tanto musulmanes como rums, le gustan mucho los cotilleos —dijo el gobernador Sami Pachá mientras un sirviente con fez servía en las tazas el café que había llevado de la cocina—. Se propagan toda clase de bulos, se dice que «hay un brote» cuando no lo hay, y se asegura que «no hay un brote» cuando sí lo hay. Luego les cuentan a los periódicos que «lo ha dicho Bonkowski Pachá», solo para ponerlos a ustedes en una difícil tesitura, como ya hicieron en Esmirna. Su intención, por supuesto, es provocar conflictos entre musulmanes y cristianos, alborotar esta pacífica isla y arrebatársela a los otomanos, como ya hicieron con Creta.

Recordemos en este punto que cuatro años antes, a consecuencia de los choques entre musulmanes y cristianos en la vecina isla de Creta, las potencias internacionales arrebataron la isla al Imperio otomano con la excusa de poner fin a esas disputas.

—¡Como la gente de Minguer no es pendenciera, aquí se han inventado la historia esa de la epidemia! —afirmó el gobernador, sacando abiertamente el tema.

—Pero, querido pachá, ¡durante la epidemia de Esmirna a nadie le importaba si eras rum, ortodoxo, musulmán o cristiano! —respondió Bonkowski Pachá al gobernador, que era seis años menor que él—. Tanto el periódico rum Amaltheia como el periódico otomano Ahenk, e incluso los mercaderes que comerciaban con Grecia, todos se tomaron muy en serio las medidas preventivas y acataron la cuarentena. Y fue gracias a su buena disposición como logramos atajar la epidemia.

—Bueno —repuso el gobernador—, aunque fuera con un poco de retraso, también aquí nos llegaron la prensa y las noticias de Esmirna en el barco de Messageries. Y puedo afirmar sin excederme que no fue exactamente así, mi querido inspector jefe. Para empezar, todos los cónsules, especialmente el griego y el francés, se estuvieron quejando todos los días por las medidas que se tomaron durante la cuarentena en Esmirna, y sembraron la discordia haciendo que los periódicos publicaran sus objeciones. Yo no voy a permitir que ese tipo de noticias subversivas se difundan aquí en los periódicos de Minguer.

—Al contrario, en cuanto la gente de Esmirna entendió que la cuarentena era inevitable y beneficiosa, su colaboración con la Oficina del Gobernador y con el Comité de Cuarentena resultó impecable. Por cierto, el gobernador de Esmirna, su excelencia Kıbrıslı Kâmil Pachá, le envía sus más cordiales saludos. Por supuesto, él también está al tanto de mi presencia aquí.

—Yo fui su ministro de Fundaciones cuando era gran visir, hace quince años —dijo el gobernador Sami Pachá recordando con cierta añoranza sus extraordinarios éxitos de juventud—. Su excelencia Kâmil Pachá es un hombre hábil y distinguido, de una inteligencia superior.

—Su excelencia Kâmil Pachá permitió a los periódicos que difundieran las noticias sobre la epidemia, e hizo bien —replicó Bonkowski Pachá—. ¿Acaso no sería mejor que las noticias sobre la enfermedad se publicaran también en los periódicos de Minguer? La gente debe alarmarse, los dueños de las tiendas tienen que mostrar temor ante la muerte, así obedecerán de buen grado las prohibiciones de la cuarentena en cuanto esta comience.

—Llevo cinco años como gobernador aquí y le aseguro que puede estar tranquilo. Las gentes de Minguer, ortodoxos, católicos e incluso musulmanes, son tan civilizadas como las de Esmirna. Acatarán cualquier cosa que les exijan las autoridades. Pero declarar una epidemia de peste cuando oficialmente no la hay causaría un pánico innecesario.

—En ese caso, haga que se publiquen todas las noticias sobre la peste, la epidemia, la cuarentena y los fallecidos. Así la población hará más caso —prosiguió pacientemente Bonkowski Pachá—. Usted sabe muy bien, mi querido gobernador, que sin la ayuda de los periódicos resulta mucho más difícil gobernar el Imperio otomano.

—¡Minguer no es Esmirna! —exclamó el gobernador—. Aquí no existe la enfermedad. Por esa razón Su Majestad, nuestro sultán, ha mantenido en secreto vuestra visita aquí. Por supuesto, también manifestó su voluntad de que, si realmente se declarara la enfermedad aquí, entonces debería aplicar las medidas de cuarentena como ya hizo en Esmirna para detener la epidemia. Pero Su Majestad recela de las maquinaciones de los cónsules extranjeros y sospecha que los médicos rums que forman parte del Comité de Cuarentena, y que fueron los primeros en declarar aquí el brote epidémico, sean partidarios de Grecia, así que ha prohibido que usted se reúna con el Comité de Cuarentena de Minguer.

—Estamos informados de ello, gobernador.

—Son esos viejos médicos rums los que han lanzado los rumores sobre la epidemia, y los que se han apresurado a transmitir las noticias a sus amigos de la prensa de Estambul. Son muchos los que, instigados por los consulados, desearían que nuestra isla acabara como la de Creta y nos la arrebataran de un día para otro. No me corresponde a mí decirlo, pero los ojos de todo el mundo están puestos sobre nosotros, así que, mi querido pachá, ¡ándese con mucho cuidado!

¿Era una amenaza lo que había en esas palabras? Por un momento, los tres funcionarios otomanos, uno musulmán, otro católico y el tercero ortodoxo, se miraron en silencio.

—En cualquier caso, tal vez sea más conveniente que no sea usted quien tome la decisión sobre quién escribirá qué en los periódicos de Minguer, inspector jefe, sino yo, que soy el gobernador de la isla —exclamó Sami Pachá, de nuevo envalentonado—. Y yo, por mi parte, no ejerceré ninguna influencia sobre los hechos que usted escriba en su informe desde un punto de vista puramente médico y químico. Antes de que zarpe esta tarde el buque Bagdad de la compañía Maritimes, podrá reconocer a tres enfermos, dos musulmanes y un ortodoxo, a fin de recoger muestras para enviarlas a Esmirna. Por cierto, anoche falleció uno de nuestros carceleros más veteranos, aunque ni siquiera nos habíamos dado cuenta de que estaba enfermo. Con su permiso, les proporcionaré a ambos unos guardias para realizar las visitas de hoy.

—¿Y para qué vamos a necesitarlos?

—Este es un lugar pequeño y, por mucho que traten de pasar inadvertidos, van a visitar a unos pacientes en calidad de médicos y su presencia despertará rumores —contestó el gobernador—. Eso desalienta a la gente, resulta desmoralizador. Nadie quiere oír que hay una epidemia. Todo el mundo sabe que una cuarentena conlleva el cierre de tiendas, soldados y médicos entrando en las casas, la paralización de las actividades comerciales. Usted sabe mejor que yo que a un médico cristiano que intenta entrar custodiado por militares en las casas del barrio musulmán no suele acompañarle la fortuna. Si insisten en afirmar que hay peste, los comerciantes cuyos negocios se vean afectados los acusarán de difundir calumnias y no tardarán en asegurar que han sido ustedes los que han traído la enfermedad. En realidad no somos tantos en esta isla, pero aquí cada cual tiene su punto de vista sobre las cosas y no tiene miedo de expresarlo.

—¿Cuál es la población exactamente?

—Unos ochenta mil habitantes según el censo de 1897, de los que veinticinco mil residen en Arkaz. La proporción entre musulmanes y no musulmanes es aproximadamente la misma. De hecho, tras la llegada de los musulmanes procedentes de Creta en los tres últimos años, podría decirse que ahora son mayoría, aunque yo no me atrevería a dar una cifra porque enseguida saldría alguien para rebatirla.

—¿Cuántos muertos ha habido hasta ahora?

—Algunos dicen que quince, otros que más. Hay quienes ocultan a sus muertos por temor a que los oficiales de cuarentenas clausuren sus casas y sus negocios y quemen todas sus pertenencias. Y hay quienes dicen que todos los fallecidos recientemente han muerto por la peste. Aquí tenemos todos los veranos una epidemia de diarrea, y nuestro jefe de cuarentenas, un anciano llamado Nikos, insiste siempre en enviar un telegrama a Estambul diciendo que hay cólera. Yo le paro los pies y le digo que espere. Y él, con su bomba pulverizadora, desinfecta el mercado, las alcantarillas que corren por el centro de las calles, los barrios pobres y las fuentes, hasta que lo que él asegura que es cólera un buen día desaparece. Si se informa a Estambul de que tenemos muertes por cólera, entonces lo llaman una «epidemia» y los cónsules y embajadores se meten de por medio; en cambio, si se informa de que se trata de una «diarrea de verano», se olvidan enseguida y ni siquiera le prestan atención.

—La población de Esmirna es ocho veces la de Arkaz, querido pachá, pero el número de muertos aquí supera ya a los de Esmirna.

—Entonces le corresponde a usted averiguar el motivo —repuso el gobernador con aire enigmático.

—He visto ratas muertas por todas partes. Y contra ellas tuvimos que luchar en Esmirna.

—¡Nuestras ratas no son como las de Esmirna! —dijo el gobernador con un deje de orgullo patriótico—. Las ratas de las montañas de nuestra isla son mucho más salvajes. Hace dos semanas el hambre las empujó a bajar a las ciudades y a las aldeas, y asaltaron las casas y las cocinas. Y donde no había comida, acabaron con todo lo que encontraron a su paso: camas, jabón, esteras, tejidos de lana y lino, alfombras… Hasta la madera se comieron. Aterrorizaron a todos los isleños. Entonces la ira de Dios se abatió sobre ellas y fueron exterminadas. Pero las ratas no trajeron esa epidemia de la que ustedes hablan.

—¿Y quién la trajo, pachá?

—¡Oficialmente, no hay ninguna epidemia en este momento! —insistió el gobernador.

—Estimado pachá, en Esmirna las ratas también fueron las primeras en morir. Como usted sabe, se ha demostrado científica y médicamente que la peste se propaga por medio de las ratas y sus pulgas. Así que hicimos que nos trajeran trampas desde Estambul y ofrecimos un premio de una mecidiye de plata a todo el que trajera diez ratas muertas. Pedimos ayuda al Club de Caza de Esmirna. La gente cazaba ratas por las calles. Incluso el doctor İlias y yo nos unimos a ellos, y así fue como acabamos con la epidemia.

—Resulta que hará unos cuatro años, varios miembros de las dos familias más antiguas y adineradas de nuestra isla, los Mavroyenis y los Karkavitsas, acudieron a mí a fin de pedirme ayuda para abrir un casino en la ciudad siguiendo las últimas modas de Londres, un club privado como el que ya existe en Tesalónica. Pero este es un lugar pequeño, y simplemente no pudo ser… En cuanto a un club de caza, por supuesto que no tenemos en nuestra modesta isla. ¡Pero tal vez ustedes puedan enseñarnos al menos a cazar esas ratas suyas y librarnos así de la peste!

La actitud displicente del gobernador alarmó a los dos epidemiólogos, pero procuraron ocultar su inquietud. Acto seguido informaron al gobernador sobre los últimos descubrimientos de la ciencia médica acerca de la peste y el microbio que la causaba: durante la epidemia de 1894, Alexandre Yersin descubrió que el microbio que mataba a las ratas era el mismo patógeno que mataba a las personas. Yersin fue uno de la serie de médicos y bacteriólogos que, a partir de los descubrimientos sobre microbiología de Louis Pasteur, consiguieron unos resultados extraordinarios en su lucha contra las enfermedades infecciosas en los hospitales de las colonias francesas y en las grandes ciudades asoladas por la miseria fuera de Occidente. Poco después, los esfuerzos del médico alemán Robert Koch y de otros investigadores europeos llevarían al descubrimiento de los microbios que provocaban otras muchas enfermedades —tifus, difteria, lepra, rabia, gonorrea, sífilis o tétanos—, así como de las vacunas para combatirlas.

Dos años atrás, Émile Rouvier, otro de los innovadores médicos que continuamente estaban logrando nuevos avances en el Instituto Pasteur, fue invitado por Abdülhamit a venir a Estambul para compartir sus conocimientos sobre la difteria y el cólera. El bacteriólogo le presentó al sultán una caja que había llevado desde París y que contenía un suero contra la difteria, y tras dejar maravillados a Abdülhamit y la gente de palacio con una breve pero fascinante conferencia sobre microbios y enfermedades contagiosas, instaló una serie de novedosos instrumentos en los laboratorios de Nişantaşı para producir el suero contra la difteria con menos costes y en mayor cantidad. Al percatarse de que toda aquella información estaba inquietando al gobernador, el químico jefe adoptó un tono algo más sombrío.

—Como usted sabe, querido pachá, se han descubierto vacunas para muchos microbios y gran parte de ellas pueden fabricarse muy rápidamente en laboratorios otomanos, pero, a pesar de ello, a día de hoy aún no disponemos de una vacuna contra la peste —prosiguió, dando así clara respuesta a la cuestión más importante—. Ni los franceses ni los chinos han conseguido la vacuna todavía. Nosotros vencimos a la peste en Esmirna re­curriendo a los anticuados cordones sanitarios, aislamientos y trampas para ratas. ¡Las únicas medicinas contra la peste son la cuarentena y el aislamiento! Normalmente, los esfuerzos de los médicos en los hospitales no es salvar vidas, sino tan solo aliviar el sufrimiento de aquellos que van a morir. Pero ni siquiera de eso estamos seguros. Pachá, ¿está preparada la población de esta isla para seguir las medidas de una cuarentena? Esta es una cuestión de vida o muerte, no solo para los habitantes de Minguer, sino también para todo el Estado otomano.

—¡Si ustedes se ganan su favor y su confianza, las gentes de Minguer, tanto rums como musulmanes, se convertirán en el pueblo más dócil y colaborador del mundo! —exclamó el gobernador.

Y, mientras sostenía en la mano una taza de café que le había vuelto a llenar un sirviente, se puso en pie con un gesto ampuloso que venía a significar que había dicho su última palabra. Se acercó a la única ventana de la casa de huéspedes, que daba al castillo y a la ciudad, para contemplar las hermosas vistas y el mar, cuyo radiante azul inundaba la habitación de una felicidad extática.

—Que Dios nos proteja a todos, a nuestra isla y a su gente —dijo—. Pero antes que a los habitantes de la isla y al resto del Imperio, primero debemos protegerlos a ustedes para mantenerlos a salvo.

—¿Y de quién tendrán que protegernos? —preguntó Bon­kowski Pachá.

—¡El inspector jefe Mazhar Efendi se lo explicará! —contestó el gobernador.

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6

El inspector jefe Mazhar Efendi dirigía la rica y compleja red de espías, soplones y policías de paisano del gobernador. Ante la presión de las potencias occidentales, había sido enviado desde Estambul quince años atrás con una misión completamente diferente: transformar la anticuada institución de la policía militar en una gendarmería moderna con una fuerza policial organizada. Mientras aplicaba con éxito todas estas reformas (como abrir expedientes individuales ordenados alfabéticamente para cada delincuente), se casó con la hija de Hacı Fehmi Efendi, perteneciente a una de las familias musulmanas más antiguas de Minguer, y, como muchos de los que se asentaban en la isla cumplidos ya los treinta, quedó enamorado de su gente, de su clima y de todo lo demás. En los primeros años de su matrimonio organizó excursiones para recorrer la isla junto a otros apasionados del lugar, y se propuso aprender la antigua lengua de la población nativa. Más adelante, cuando el receloso gobernador que encargó el blindaje de su landó creó el servicio de inteligencia (algo que no existía en ninguna otra provincia otomana), Mazhar Efendi empezó a ampliar su ya extensa red de informadores y aprovechó las relaciones que había establecido en sus primeros años en la isla para perseguir, fichar y encarcelar a los nacionalistas separatistas.

Cuando Mazhar Efendi se presentó poco después, el químico jefe y su ayudante encontraron su porte y actitud mucho más comedidos que los del gobernador. Con su chaqueta gastada, su bigote a cepillo y su mirada afable, era la quintaesencia del burócrata. Y, con su mejor voz burocrática, les explicó sin ambages que se encargaba de seguir y controlar las actividades de los diversos grupos de la isla, religiosos, políticos, comerciales o nacionalistas, gracias a los espías que había infiltrado en ellos. En su opinión, había diversas facciones —entre ellas, los cónsules extranjeros, los nacionalistas griegos y turcos, y algunos elementos inspirados por el hecho de que Creta hubiera sido arrebatada al dominio otomano— que deseaban que todo este embrollo de la peste y de la cuarentena se hiciera mayor y adquiriera una dimensión internacional. Además, Mazhar Efendi aseguraba que había varias sectas locales de fanáticos religiosos dispuestas a provocar incidentes para vengarse del gobernador por un antiguo acontecimiento que había llegado a conocerse como el Motín del Barco de Peregrinos.

—A causa de todos estos peligros, deberán ir a visitar a los enfermos en el landó blindado.

—¿No llamaremos más la atención así?

—Pues sí. A los niños de la isla les encanta perseguir el landó y meterse con Zekeriya, el cochero. Pero no hay otra alternativa. Aun así, no deben preocuparse: cada casa y cada edificio en los que entren estarán estrechamente vigilados por agentes municipales, espías disfrazados de vendedores y algunos de nuestros hombres. Solo les rogaría una cosa: no protesten por todos los guardias que se encontrarán. Por mucho que les fastidien, no intenten escapar de ellos… Aunque no lo conseguirían, pues nuestros avezados detectives los atraparían enseguida… Y tampoco hagan el menor caso a aquellos que los llamen diciéndoles: «¡Honorable pachá, excelencia, en nuestra casa también hay enfermos, vengan, por piedad!».

El landó blindado del gobernador recogió al inspector jefe de sanidad y a su asistente como si fueran unos curiosos viajeros europeos a los que sacar de paseo, pero los llevó en primer lugar a la mazmorra del castillo, tan famosa como la isla misma. El gobernador le había dicho al director de la prisión que los misteriosos visitantes eran los nuevos inspectores de sanidad estatales (uno de ellos también médico), para mantenerles así alejados de los doctores de cuarentena. El director procuró ocultar a Bonkowski Pachá y al doctor İlias de las miradas de los presos, que atisbaban a través de los agujeritos horadados en los gruesos muros de la fortaleza. Recorrieron varios pasadizos y oscuros patios para luego subir a los torreones. Después bajaron por unas peligrosas escaleras de piedra que daban a los acantilados rocosos, con las gaviotas revoloteando sobre sus cabezas, y entraron en una húmeda y oscura celda.

En cuanto el numeroso grupo se apartó de la puerta y pudo entrar en ella la luz suficiente, Bonkowski Pachá y su ayudante comprendieron que el carcelero Bayram había muerto por la peste. La misma lividez extrema en la piel, esas mejillas hundidas hasta el hueso, los ojos asombrosamente abiertos y desorbitados, los dedos aferrándose al borde de la camisa, como queriendo librarse del dolor…, todo esto ya lo habían visto al menos en otros tres fallecidos en Esmirna. Al igual que las manchas de vómito y sangre, hasta el mismo extraño hedor que inundaba la estancia. El médico desabrochó con cuidado los botones de la camisa del guardián y se la quitó. No tenía bubones en el cuello ni en las axilas. Pero en cuanto retiraron la ropa del abdomen y las piernas del muerto, descubrieron el bubón de la peste en la ingle izquierda. Era tan grande y prominente que no dejaba lugar a duda. Al presionarlo suavemente con la punta de los dedos, comprobaron que había perdido su firmeza inicial, lo que significaba que llevaba muerto al menos tres días y que había expirado entre terribles sufrimientos.

Bonkowski Pachá se encargó de dispersar al grupo que obstruía la puerta mientras el doctor İlias limpiaba con un líquido desinfectante la jeringa y el escalpelo que había sacado de su maletín. Si el enfermo hubiera estado aún con vida, le habría sajado el bubón para extraerle el pus y así podría haberle aliviado un poco el dolor. El médico asistente hundió la aguja de la jeringa en el bubón y extrajo de su interior unas gotas de un líquido amarillento y gelatinoso. A continuación, extendió cuidadosamente el líquido sobre unas láminas de cristal tintado para tomar muestras y, con igual cuidado, las introdujo en el estuche protector. Luego lo metió en su maletín, con lo que su labor en aquella gran mazmorra quedó finalizada. Estaba claro que lo que había acabado con la vida de aquel hombre era la peste, no el cólera, por lo que tenían que enviar cuanto antes las muestras a Esmirna.

Bonkowski Pachá dio orden de quemar todas las pertenencias del enfermo y, cuando nadie miraba, cortó con el escalpelo el cordón del pequeño amuleto que el carcelero llevaba colgado al cuello. Lo desinfectó y se lo guardó en el bolsillo para examinarlo más tarde; acto seguido salió de la celda a la luz del día. Después de haber visto el cadáver del guardián, comprendió que la epidemia se extendería con rapidez por la isla y que muchísimas más personas iban a morir. Esta constatación le oprimió tanto el pecho que sintió como un terrible dolor irradiaba desde la garganta hasta el estómago.

Mientras Bonkowski Pachá y su ayudante avanzaban en el landó por el tortuoso laberinto de callejuelas de la ciudad vieja, comprobaron que a esas horas de la mañana las tiendas de los caldereros ya estaban abiertas, que los herreros y los carpinteros estaban comenzando su actividad, y que la vida de la ciudad proseguía como si no pasara nada. Incluso uno de los mesones que daban servicio a los comerciantes había abierto sus puertas sin dar importancia a los rumores. Al ver que la farmacia de Kocias Efendi (que parecía mucho más una tienda de especias) también estaba abierta, el químico jefe hizo detener el carruaje. Se apeó y entró en el establecimiento.

—¿Tienen acide arsénieux? —le preguntó imperturbable al dueño del negocio.

—No nos queda arsénico —contestó Kocias, propietario de la Farmacia Kocias, y se tensó al percatarse de que tenía delante a una persona importante.

Bonkowski Pachá se fijó en que el farmacéutico, además de vender todo tipo de especias, tintes, semillas, café y hierbas para infusiones, se dedicaba a preparar emplastos, ungüentos y remedios de abuelas. Durante aquella atribulada etapa en que se dedicaba a recorrer todos los rincones del Imperio en calidad de inspector jefe de sanidad, en ningún momento había olvidado que era, ante todo, químico y farmacéutico. Observó que en las estanterías y sobre las mesas de aquella botica había también algunos preparados de las más renombradas farmacias de Estambul y Esmirna. En sus años de juventud había echado más de un discurso a los farmacéuticos de provincias que vendían remedios tradicionales, tratando de iluminarlos sobre los beneficios de la farmacopea moderna. Pero ese no era el momento.

En la pequeña ensenada del puerto, en los hoteles y tabernas de la playa, en los coloridos tenderetes y las terrazas de los restaurantes, por todos lados se veía gente feliz. Atravesando callejas que olían a tilo, el landó pasó por delante de las lujosas mansiones rums de la parte alta para subir hasta la avenida Hamidiye. Los melocotoneros estaban en flor y un singular pero agradable aroma a rosas inundaba el aire. Se cruzaron con señores con fez y con sombrero, y con lugareños con alpargatas de cuero caminando bajo los plátanos y las acacias de la amplia avenida Hamidiye. Contemplaron casi con incredulidad las casas alineadas a lo largo del arroyo en dirección al mercado, los almacenes, los hoteles, los coches de caballos y sus conductores medio adormilados, la vida, en fin, que fluía a lo largo de la avenida Estambul en su bajada hasta el puerto y la aduana. Vieron que habían comenzado las clases en la Escuela Secundaria Rum, y que las agencias de viaje habían colocado avisos y anuncios de las compañías de ferris en los escaparates de sus establecimientos. Cuando pararon delante del hotel Majestic, contemplando el paisaje de la ciudad dominado por los tonos de rosa, amarillo y naranja, a Bonkowski Pachá lo golpeó tan duramente el sentimiento de culpa por saber que toda esa bella, preciosa vida acabaría en breve, que se planteó que quizá estuviera equivocado.

Sin embargo, no tardó en comprender que no se equivocaba. Se había dispuesto que Bonkowski Pachá y el doctor İlias visitaran en primer lugar una casa de piedra rodeada de olivos en el barrio de Hagia Triada. Allí encontraron a un cochero llamado Vasili, que llevaba quince años recorriendo con su coche de caballos las calles de la ciudad, tendido en un colchón en el suelo, semiinconsciente y aturdido por el dolor, con un enorme bubón sobresaliendo de su cuello. En Esmirna, Bonkowski Pachá ya había presenciado en numerosas ocasiones cómo el microbio de la peste producía ese estado de embotamiento, de aturdimiento, de total extenuación, que en apenas unos días incapacitaba al enfermo para hablar… tan solo para emitir un ligero balbuceo. Los que alcanzaban este estado morían en un breve plazo, y eran muy pocos los que sobrevivían.

Cuando, con ojos llorosos, la mujer del enfermo le sacudió ligeramente el brazo, Vasili se despertó. Por un momento recobró el sentido y trató de decir algo. Pero su boca reseca no conseguía abrirse y, cuando lo hizo, no pudo sino balbucear.

—Pero ¿qué dice? —preguntó Bonkowski Pachá.

—Está hablando en minguerense —contestó el doctor İlias.

La esposa del cochero rompió a llorar. El doctor İlias intentó aplicarle el tratamiento que solía emplear en Esmirna con los enfermos que llegaban a esa fase. Con mucho cuidado, realizó una incisión con el escalpelo en el aún duro y reciente bubón, y pacientemente limpió con un algodón el nacarado y amarillento pus que brotaba hasta que consiguió vaciarlo. De repente, el enfermo se sacudió con un brusco movimiento y una de las placas de vidrio para recoger muestras cayó al suelo y se contaminó. Aunque ya estaban seguros de que se trataba de la peste, el doctor İlias procedió minuciosamente a recoger todas las muestras posibles para enviarlas a los laboratorios de Esmirna.

—Que beba mucha agua hervida, también agua con azúcar, y, si se ve con fuerzas para comer algo, dele yogur —dijo Bonkowski Pachá mientras se disponía a marcharse, no sin antes abrir la pequeña ventana y la puerta del oscuro dormitorio—. Y lo más importante: mantenga ventilada la habitación y lave toda su ropa en agua hirviendo. Que no haga esfuerzos y que duerma mucho.

Mucho se temía Bonkowski Pachá que estas palabras, que tantas veces había dirigido a sus pacientes en Esmirna, comerciantes rums con más posibles que el pobre cochero, no iban a ser de mucha ayuda en este caso. Sin embargo, a pesar de todos los avances logrados en los últimos diez años en Europa en lo relativo a las bacterias infecciosas, él seguía creyendo que el aire puro, un ambiente sosegado y una disposición optimista y esperan­zada proporcionaban «un poco» de ayuda para superar la enfermedad.

El landó blindado dejó atrás el Embarcadero de Piedra, tan apreciado por los pintores románticos (con las escarpadas montañas blancas y negras al fondo), se adentró en el barrio de Taşçılar y se detuvo frente a la puerta del jardín de una vivienda situada en una larga hilera de humildes casas. El guía-secretario asignado por Mazhar Efendi informó a Bonkowski Pachá y a su médico ayudante de que aquella era la zona donde se habían instalado los musulmanes jóvenes que huyeron de Creta tras los incidentes ocurridos en la isla hacía tres años. En aquella casa en concreto vivían tres muchachos que se dedicaban a trabajar en lo que podían, haciendo de porteadores y merodeando por el puerto, aunque por desgracia, según el guía, seguían causando problemas al gobernador que con tanta generosidad los había acogido.

Uno de los muchachos había fallecido tres días atrás. El último en caer enfermo se retorcía por el dolor de cabeza entre grandes sufrimientos, pero su cuerpo se resistía con repentinos y bruscos espasmos. En Esmirna morían dos de cada cinco infectados por el microbio. Y también había quienes se contagiaban, pero que no se ponían enfermos ni notaban nada. El doctor İlias pensó que podría salvar a este joven, así que entró para tratarlo.

Le puso una inyección para bajarle la fiebre. Luego, con la ayuda de un hombre al que los chicos llamaban «tío», le quitaron la ropa de un color amarillo desvaído. El doctor İlias no encontró ningún bubón en las axilas, en las ingles ni en la parte posterior de las piernas, y eso que lo examinó a conciencia. Mojándose repetidamente los dedos en agua con desinfectante, hizo una exploración palpando con fuerza, pero no descubrió ningún endurecimiento ni ninguna zona sensible en las axilas ni alrededor de los ganglios linfáticos del cuello. Un médico que no tuviera noticia de que había un brote de peste jamás habría diagnosticado la enfermedad basándose en el pulso acelerado del paciente, la piel considerablemente deshidratada por la fiebre, los ojos sanguinolentos y su discurso errático e incoherente.

Bonkowski Pachá se fijó en que los demás habitantes de la casa observaban al médico con extrema atención, y podía leer en sus rostros que, tras la muerte de su compañero, todos eran presa de un justificado miedo a morir, aunque eso no le preocupó porque sabía que ese miedo era lo único que haría que obedecieran las órdenes de los médicos de la cuarentena. Lo que no comprendía era cómo aquellos dos jóvenes, que tan de­sesperadamente necesitaban las atenciones de un doctor, seguían utilizando las pertenencias de su compañero muerto.

En realidad, ya solo quedaba un único mensaje que dar a los ocupantes de esa casa y a todos los habitantes de la isla. Bon­kowski Pachá deseaba gritarles: «¡Huyan, aléjense de aquí!». Él ya había oído contar a algunos médicos europeos cómo en China la enfermedad había matado a decenas de miles de personas, cómo en algunos lugares había aniquilado a familias, pueblos, tribus enteras, antes de que comprendieran siquiera qué les estaba pasando. Y ahora temía que esa calamidad y ese horror destruyeran aquella tranquila y preciosa isla.

Era consciente de que el microbio se había «infiltrado» hasta lo más hondo de Arkaz, que se estaba expandiendo sin ser detectado, y que de nada serviría desinfectar con bombas pulverizadoras una vivienda como aquella. Lo que había que hacer era evacuar las casas contaminadas por la enfermedad y, si sus residentes ofrecían resistencia, había que recurrir a medidas despiadadas como las utilizadas siglos atrás: encerrarlos en ellas con todas sus cosas y clavetear las puertas con listones de madera. En las zonas especialmente afectadas por la enfermedad y donde todo el mundo estuviera contagiado, otra vieja y efectiva solución era quemar las casas con todo lo que hubiera dentro.

Pasado el mediodía, fueron a visitar a un aprendiz de barbero de catorce años en una casa del barrio de Çite. El muchacho presentaba forúnculos en el cuello y en las ingles, y, con cada ataque de dolor de cabeza, se retorcía y gritaba de tal manera que su madre se echaba a llorar y su padre salía impotente al patio trasero, pero no podía soportarlo y volvía a entrar de inmediato. Solo mucho después se percataron de que el abuelo, echado en un diván en la habitación contigua, también estaba enfermo. Pero nadie prestaba atención al viejo.

El doctor İlias sajó el bubón, duro pero aún no hinchado, del cuello del muchacho y limpió la herida con una solución desinfectante. Mientras lo hacía, vio cómo el padre se acercaba llevando en la mano un papelito con una oración escrita y señaló con él hacia el cuerpo de su hijo. Bonkowski Pachá ya había presenciado muchas veces cómo, durante las epidemias, la gente se dejaba llevar por la desesperación y buscaba algún tipo de ayuda en esas hojitas de oración. Los cristianos también acudían a los sacerdotes, siempre dispuestos a entregarles talismanes similares con supuestos beneficios curativos. Cuando salieron de la casa, Bonkowski Pachá le preguntó al funcionario asignado por el director del servicio de inteligencia quién repartía esos papeles bendecidos.

—El religioso en cuyas plegarias y bendiciones confía toda la isla, y que tiene el poder más fuerte para sanar, es sin duda el jeque de la hermandad Halifiye, Hamdullah Efendi —respondió el secretario—. Pero él no es como esos otros jeques sin escrúpulos que escriben amuletos para todo el que llega a su puerta ofreciéndoles dinero. Hay muchos que se dedican a intentar copiar lo que él hace. Y estas hojillas deben de ser de estos últimos.

—Eso significa que hay quien sabe del desastre de la plaga y está tomando precauciones.

—Saben que hay una epidemia, pero no son del todo conscientes de lo terrible de la situación —continuó el secretario—. Hay quien aún encarga las oraciones por cuestiones de amor, otros para que desaparezca su tartamudez o para protegerse del mal de ojo… Los informadores del gobernador vigilan a todos los jeques, desde el más eficaz hasta el más deshonesto de los religiosos que reparten amuletos, igual que a los curas que hacen algo parecido en los monasterios. Les envía a gente que se hace pasar por clientes o seguidores, incluso por místicos. Y también extrae información de sus verdaderos discípulos.

—¿Y dónde vive el jeque Hamdullah? Me gustaría visitar ese barrio.

—Si van ustedes por allí, comenzarán los rumores —objetó el secretario—. En realidad, el jeque no se prodiga mucho.

—Pues si comienzan los rumores, que comiencen, será el menor de nuestros problemas —dijo Bonkowski Pachá—. No cabe la menor duda de que la peste ha llegado a la ciudad, y todo el mundo lo tiene que saber.

Bonkowski Pachá y el doctor İlias entregaron personalmente las muestras en el barco de la compañía Messageries Maritimes que partía hacia Esmirna, el Bagdad, y enviaron también dos tele

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