Gente de la Edad Media

Robert Fossier

Fragmento

Prólogo Primera Parte

PRIMERA PARTE

EL HOMBRE Y EL MUNDO

Estamos, pues, ante un ser animado, que vive normalmente en un medio aéreo, que se compone en esencia de oxígeno, nitrógeno e hidrógeno. Pertenece al orden de los vertebrados y es un mamífero con un ciclo reproductivo regular, por lo general asegurado por la unión de dos sexos. Conocer su origen y las etapas de su evolución sería indispensable para rastrear las vías que ha utilizado su «pensamiento» para dominar poco a poco una parte, muy pequeña, de la Creación. Hoy en día, incluso aquellos seres humanos que cuentan con la modestia o humildad necesarias para intentar abordar esta cuestión dudan y se pelean: se enfrentan, blandiendo mandíbulas y coxis, en una profunda noche que oscurece cualquier descubrimiento nuevo, y a lo largo de centenares de millones de años, para intentar comprender cómo hemos pasado de ser un chimpancé marginal a Sigmund Freud.

Los hombres de la Edad Media no se plantearon cuestiones de este tipo, ni los de los siglos posteriores hasta casi nuestros días: el hombre era una creación deseada por el Ser supremo al finalizar la formación del mundo, como modo de coronar su obra, y realizada a su imagen. La mujer apareció poco después, como una especie de corrección a lo que, sin embargo, al principio, debería haber sido perfecto. Según esta concepción, el origen del hombre no plantea problema alguno, de modo que cabe preguntarse si lo que tiene de fastidioso no podría ser simplemente un castigo de Dios debido a algún pecado original. ¡Está por ver!

1. El hombre desnudo

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EL HOMBRE DESNUDO

Pido al lector que ahora se abstraiga por un momento —reconozco que es un ejercicio difícil— de los esquemas tradicionales, y que intente describir y evaluar al ser humano.

UNA CRIATURA FRÁGIL

Un ser poco agraciado

No cabe duda de que este título resultará extraño; pero es fruto de observaciones arqueológicas, textuales, físicas, e incluso diría zoológicas: cuerpos encontrados sobrecogidos e intactos en el hielo o la turba, momias de santos o grandes personajes, esqueletos, completos o no, que proporcionan las necrópolis, reliquias de ropas o utensilios; los lugares, fechas y condiciones de conservación sólo son meros detalles anecdóticos. La única diferencia que se puede establecer entre la iconografía, pintada o esculpida, y estos restos indiscutibles es el deseo de resaltar un detalle: gestos, estaturas, miradas. Lógicamente, las diferencias con nuestros contemporáneos son insignificantes: quizá entonces tuvieran una estatura más pequeña, a juzgar por el equipamiento para la vida cotidiana, pero contaban con una fuerza muscular mucho mayor, como indican las sorprendentes hazañas del guerrero o el leñador. ¿Se trata de una cuestión relacionada con la alimentación? ¿O quizá con el tipo de vida? Y, además, en el cementerio, ¿quién puede distinguir la tibia de un siervo vigoroso de la de un señor enfermo?

Dejemos, pues, de contemplarnos embelesados desde hace milenios, y al sexo femenino incluso más que al otro, y digamos rotundamente que el hombre es un ser feo y débil. Es cierto que podemos conceder cierta gracia a las curvas o redondeces, al menos según nuestros criterios de belleza, naturalmente; pero qué cantidad de elementos corporales carentes de gracia, incluso ridículos: ¡nuestros pies y sus dedos inútiles, nuestras orejas encogidas e inmóviles, esa cabeza demasiado pequeña en proporción con el resto del cuerpo (hecho que los escultores griegos, tan amantes de la armonía, intentaban corregir), el sexo del hombre o los senos de la mujer! ¿Una pura cuestión de estética? Pero hay cosas peores: bípedo y plantígrado, el hombre camina, corre y salta mucho peor que los cuadrúpedos; sus miembros anteriores están muy atrofiados y son tan débiles que harían reír a cualquier animal carnicero; sus uñas no sirven para nada, y tampoco lo que queda de su dentadura; su vellosidad mediocre no le protege de ninguno de los caprichos del cielo; la copulación le obliga a adoptar posturas grotescas, que comparte, es verdad, con muchos otros mamíferos; a medida que avanza su edad, se encorva, sus carnes se vuelven flácidas y sus órganos le fallan. Y lo que es más grave, sus sentidos son abrumadoramente débiles; no ve a demasiada distancia y en absoluto por la noche; sólo es capaz de percibir una parte muy pequeña de los ruidos y las ondas sonoras que lo rodean; su olfato es nulo por completo y su sentido del tacto de lo más mediocre. También se dice que su carne es insípida y demasiado salada, su olor repugnante; pero éste es el punto de vista de otros animales, precisamente aquellos cuya gracia, agilidad, mirada y percepción nos asombran y encantan: el pájaro que planea, el pez que sigue la corriente, el felino listo para saltar. Si dejáramos de admirarnos, podríamos entender la cuestión: el hombre es una criatura desfavorecida por la Creación. Y sin embargo…

Y sin embargo, ¿cómo negar que ha dejado una huella profunda en la parte emergida del planeta? Desde luego debía de tener alguna peculiaridad que compensara ese bagaje mediocre de partida. Si admitimos que se trata de una criatura excepcional fruto de la voluntad del Ser supremo, no necesitamos explicación alguna; y la Edad Media no se planteaba en absoluto preguntas al respecto: que en el mundo hay blancos, negros, amarillos, pequeños, grandes, buenos, malos, genios y tontos, e incluso cristianos, judíos y musulmanes, todo esto procedía de un designio superior cuya finalidad escapaba al hombre de Aquí Abajo, y que quizá le sería revelado Allá Arriba. De modo que no hay indicios en estos siglos de que se hayan buscado, y con mayor razón encontrado, los dos criterios —uno positivo y otro negativo— que convierten al hombre en un caso zoológico excepcional; hoy en día hay muy pocos hombres, aunque tengan una profunda convicción espiritual, que no estén de acuerdo con ello. El ser humano es el único mamífero que puede oponer, en el extremo de sus miembros anteriores, sus pulgares al resto de los dedos de las manos, condición única e indispensable para agarrar, transformar y usar herramientas o el fuego, el sílex o el ordenador, fundamento indiscutible de su superioridad frente a los demás animales. Capaz de dominar el fuego y los objetos, también es, en cambio, el único mamífero, si no el único de todos los seres animados, que destruye y mata por odio o placer, sin verse impulsado a ello por el miedo, el hambre o alguna pulsión sexual; es el predador más temible y despiadado de todos.

Bastante satisfecho consigo mismo

Convencidos, como estaban, de ser lo que Dios había querido, los hombres de los siglos medievales no tenían más remedio que atribuir la fealdad y los fallos que veían a su alrededor a esta misma voluntad, que alteraba su obra primigenia. Las imperfecciones físicas o morales conllevaban el estigma del descontento divino: si se tenía un alma vil, el cuerpo enfermo o la conciencia intranquila, era porque se había pecado e, inevitablemente, se era «feo» o tullido, y como tal se sería descrito o pintado. La iconografía y la literatura profana no dejan lugar a dudas: judíos, «sarracenos» y lisiados eran, por principio, «feos»: caras que hacen muecas, envergaduras deformes, miembros desproporcionados, lesiones cutáneas repugnantes, vellosidad o pigmentación exageradas, nariz, ojos y orejas anormales o inquietantes. Como consecuencia, sus rasgos sólo podían desalentar la caridad o la comprensión. El mundo medieval apenas sentía piedad hacia el desgraciado, en el sentido pleno de la palabra: se reían de las equivocaciones cometidas por los ciegos, se excluía a los enfermos y se despreciaba a los débiles; no se intentaba comprender ni al judío ni al infiel: en el mejor de los casos, se les tenía miedo y se huía de ellos; en el peor, se exterminaban, «clavándoles la espada en el vientre lo más adentro que pueda penetrar», como decía el rey san Luis. No es que no pudieran verse acciones de ayuda mutua, a cargo de la Iglesia, sobre todo; pero era raro que la caridad incluyese el reconocimiento del otro: en el mejor de los casos, se trataba de un poco de piedad o indulgencia que se daban a modo de limosna. Lo que sucedía era que estos signos modestos de apertura al otro siempre aparecían oscurecidos por algún castigo o incluso remordimiento, pues estas víctimas de la furia divina eran, en realidad, culpables: culpables de no ver cuál es la verdadera fe o culpables de haberla escarnecido. La salvación no se alcanzaba por esta vía, sino por una vía absolutamente personal de la fe y la esperanza; era mejor ceder una viña a la Iglesia que darle un beso a un leproso. No se trataba de un rechazo únicamente moral, sino también social. Puesto que la obra, escrita o pintada, se dirigía a «la gente bien», es decir, sólo a la aristocracia hasta fines del siglo XII y más tarde también a los «burgueses», el caballero cobarde, el clérigo perverso o el campesino grosero aparecían como «feos» o, en el mejor de los casos, ridículos.

Las ideas del Bien y el Mal, de lo Bello y lo Feo no son en absoluto universales. Si el hombre no es consciente de este hecho, corre el riesgo de enfrentarse a muchas decepciones, y más hoy en día, pues nos encontramos frente a frente con otras culturas y otros sistemas de pensamiento. Estas escalas de valores diferentes nos exponen, y sin duda a los demás también, a graves errores de apreciación, condenas precipitadas y desórdenes temibles. Puede que para los cristianos del Occidente medieval, recluidos durante mucho tiempo dentro de un marco geográfico cerrado y bastante homogéneo, correspondiente a poblaciones de origen indoeuropeo, celtas, germánicas y mediterráneas, el concepto de lo Bello fuera uniforme: los diferentes matices existentes entre el caballero celta y el legionario romano, la Afrodita griega y la Virgen germánica, no eran sino una mera cuestión de detalle; los cánones de Praxíteles o de Apeles se parecen mucho a los de los pintores de la época prerrenacentista o del gótico de Amiens: estatura inferior en total a 1,75 metros en el caso del hombre, tamaño de la cabeza de una séptima parte del cuerpo, rostro ovalado y órbitas profundas, nariz prominente pero labios finos, piel clara tirando más a rosa que a morena, dedos afilados, vellosidad media pero cabellera abundante. Por supuesto, sé perfectamente que en el norte la gente es más grande que en el sur del continente, más morena en el sur que en el norte, que hay más cráneos redondos en el oeste y el sur que hacia el este y el norte; pero considero que estos matices «étnicos» son variaciones poco relevantes frente a los semitas, asiáticos y los negros de todo tipo. Sorprende constatar que los prototipos a los que cantaban los poetas de la lengua de oc y los romanceros de oíl, o reflejados en los frescos y miniaturas, poseen estos mismos rasgos; hasta el punto de que, despreciando a veces la realidad, se aplican de manera indiferente a modelos que, sin embargo, son específicos, pero que nos empeñamos en no ver.

Puesto que la Belleza era como Dios quería y Dios creó al hombre a su imagen, este último poseía sus presuntos rasgos físicos: los ángeles, el Bautista y Jesús se parecían entre sí, de la misma manera que las Vírgenes a lo largo de los siglos. De modo que llegamos a una curiosa contradicción: nadie ignoraba que, según las Escrituras, fue entre los judíos donde el Padre quiso encarnarse, y que los Profetas, Apóstoles y el propio san Pablo eran judíos, es decir, «feos» según los criterios occidentales; pero ninguna de las representaciones que se hacía de ellos incluía rasgos semitas, no en el caso de Cristo, ni de los Doce Apóstoles, ni los Arcángeles o los Precursores. Los modelos locales desdibujaban la realidad; a no ser que admitamos que dejaron de ser judíos y feos porque supieron reconocer al Mesías.

Pero, no obstante, ¿ve los matices?

Si salía de su universo de cristiano de piel blanca, el hombre de esa época perdía su espíritu crítico de inmediato. No se trata de que no consiguiera, a veces, hallar alguna virtud en alguien como Saladino o Avicena o incluso en un rabino erudito; pero sólo era capaz de ver rasgos morales. Vistos desde fuera, todos eran «negros», porque el negro representaba la noche, lo desconocido, el peligro: turcos, sarracenos y mongoles tenían la piel negra; pero los judíos no, porque sellaron una alianza con Dios, por muy deicidas que fueran. No obstante, todos tenían apariencia humana. Pero, más allá de esto, los seres que esculpía el artista de Vézelay, que imaginaba Mandeville en su estudio londinense o que encontraron Plan Carpin o Marco Polo en los caminos de Asia central eran monstruosos y constituían un verdadero bestiario humano: seres deformes con partes de su cuerpo hipertrofiadas o desconcertantes, piel, cuernos, orejas, pies, caras «sobrenaturales», fruto de una mezcla de fantasmas occidentales y leyendas persas, indias o chinas.

De vuelta al mundo que le era familiar, el cristiano que describía a los hombres no ignoraba los matices a los que me he referido, ni se dejaba cegar por los prototipos; pero sus observaciones pocas veces eran descriptivas y físicas. El poeta de oc, el romancero de oíl, el guerrero de las sagas o el de las «gestas» se interesaban por la altura, la cabellera o el color del cuerpo; pero difícilmente conseguían evitar los topoi: la barba era florida, el cabello de oro, los labios escarlatas, el rostro rosa, los músculos flexibles, el cuerpo espigado; y cuando el joven saltaba a caballo o la dulce doncella ofrecía una flor a su amante, el círculo admirador de «amigos» no se sorprendía y se regocijaba ruidosamente. Es evidente que, como nunca se describe al campesino labrando o al tejedor tejiendo, el historiador, como suele ser habitual, no dice nada al respecto. Para despertar la curiosidad se necesita algo excepcional, como las hazañas fabulosas de los compañeros de Roldán o los buscadores del Grial, que sobrepasaban cualquier verosimilitud, aunque poseyeran un vigor deportivo extraordinario. Pero, quizá, estas «proezas», que sin duda hacían vibrar de emoción a la juventud guerrera, sólo tenían por objetivo instruir y no describir.

Por último, era más bien el comportamiento general del individuo lo que parecía llamar la atención. Si la expresión no resulta abusiva, diríamos que era una visión sociológica y no fisiológica. Por ejemplo, si se hacía referencia a la obesidad de un rey y se deploraba, no era para aludir a su régimen alimentario desequilibrado, o porque preocupara su salud, sino porque escarnecía su función, pública, y su actividad, ecuestre y guerrera, y porque la obesidad entonces era un pecado, una falta, una «desgracia». En este sentido, se prestaba mucha atención a la mirada, que era el espejo del alma; daba muestra de los sentimientos que animan al hombre que se describía o representaba, más que los gestos o la forma de vestir. Es cierto que las contingencias de una época pueden influir sobre el artista: se ha observado que nadie aparece riendo en los frescos o las esculturas del románico, como si pesara sobre la época una angustia por el presente; a menudo el ojo aparece exorbitado, con expresión de miedo, como una especie de reflejo ante el antiguo «terror ante el año mil» que ahora se intenta tan forzadamente negar o tergiversar. En cambio, se lee paz en los rasgos reposados del «Bello Dios» o en los rostros sonrientes de las miniaturas del siglo XIII. La «sonrisa de Reims» no es un golpe de cincel genial de un artista inspirado: es la sonrisa de sus modelos.

Sin embargo, era preciso que un cronista deseoso de «ubicar» a sus héroes les encontrara cierta especificidad. Como la forma no era algo que le llamase demasiado la atención, buscaba un comportamiento en el cual lo físico apoyara o ilustrase lo moral. Y, aunque no siempre lo supiera, se aproximaba a Galeno o Hipócrates: el ser humano poseía un «temperamento», un «humor», fruto de la combinación desigual en su cuerpo de los cuatro principios vitales que reconocía la medicina antigua y luego árabe: era flemático, melancólico, colérico o sanguíneo. El poeta dejaba a los médicos, a los physici, que se encargasen de buscar las causas, y él se interesaba por los efectos en la vida cotidiana o las relaciones sociales: alimentación, actividades, reacciones morales o físicas, un abanico completo de virtudes o defectos.

Un último ámbito, hoy muy dominado, era la sangre. Poco importa el que se haya derramado en estos siglos tanto o más que en nuestros días. En cambio, ante su derramamiento, el espectador de entonces parecía permanecer impávido. El artista multiplicaba las cabezas cortadas de las que brotaba la sangre, las llagas abiertas de Cristo, los miembros cercenados en los campos de batalla de los que manaba una marea roja, las corazas que dejaban escapar fuentes sangrantes; el poeta no descansaba: cráneos hendidos, brazos cortados, vientres abiertos, y me quedo corto. ¿Se trataba de ignorancia, al menos parcial, del papel que desempeña la sangre en la vida? ¿De una menor sensibilidad al dolor que producen las heridas? ¿Resignación ante un final cercano, probable e inevitable? Desde luego nada que se parezca a la emoción que provoca hoy el derramamiento de sangre, al menos en algunas partes del mundo, afortunadamente aquellas en las que vivimos nosotros, porque en otros lugares… La sangre no era algo indiferente para los hombres de aquella época, sino que la consideraban más bien como un elemento de transmisión de la vida, incluso de las virtudes. Puede que fuera una mera invención por parte de un cronista trastornado la costumbre germánica de beberse la sangre del caballo de guerra derribado, con el fin de absorber sus cualidades de valentía y fuerza. En cambio, resulta evidente la importancia que se atribuía a los ciclos menstruales de la mujer: en los hogares se conservaba la sangre de la primera regla, anuncio solemne de las bendiciones posteriores al parto o prohibiciones sexuales durante las reglas.

La serología ha hecho en la actualidad bastantes avances como para que los biólogos busquen vínculos entre un grupo sanguíneo y la respuesta de los individuos que lo poseen ante las agresiones microbianas o virales. En la época medieval eran conscientes de que ciertos hombres —¡sólo de alto rango, por desgracia!— presentaban signos de afecciones desconocidas para sus vecinos; en momentos de epidemias, estos hechos resultaban aún más visibles: dentro de un hogar contaminado, algunos grupos parecían quedar indemnes y sin que existiera una razón. En este sentido, el caso de las pandemias de peste de los siglos XIV y XV, a las que me volveré a referir, es impresionante: «gotas» sanas en medio de un océano de contagio. Por desgracia para el historiador, estas observaciones pocas veces eran precisas o se cuantificaban; no obstante, quizá es aquí donde reside la razón de esa indiscutible diversidad de estimaciones que encontramos en los investigadores en cuanto al volumen de pérdidas humanas por este motivo. Como nosotros mismos durante mucho tiempo, entonces no se sabía, por ejemplo, que los individuos pertenecientes al grupo B no son vulnerables al bacilo de la peste y que, donde este grupo era mayoritario, en Hungría por ejemplo, la plaga no causó estragos o apenas lo hizo. La mezcla de grupos sanguíneos ha sido tan amplia desde aquellos siglos lejanos que hace poco probable una estimación satisfactoria de cómo se distribuían los grupos sanguíneos en la Edad Media; sin embargo, no han faltado hipótesis, desde luego aventuradas, como las que se esbozaron en Gran Bretaña para explicar por esta vía los movimientos de la población sajona, sus condiciones y etapas, en el archipiélago.

PERO UNA CRIATURA AMENAZADA

¿Se conocían de verdad?

Aquellas de entre nuestras sociedades que se consideran «evolucionadas» han caído en la actualidad en una especie de culto al cuerpo, de pánico ante la edad y de reverencia hacia remedios que llenan los armarios de los cuartos de baño, hacen rebosar los lugares para «ponerse en forma» y, en su caso, llevan ante los tribunales a los médicos cuyas habilidades no han cumplido las promesas que se esperaba de ellos. El mundo mediterráneo, tanto el de la Antigüedad como el nuestro, es muy dado a ello, más que cualquier otro. Pero en la actualidad disponemos de un caudal de conocimientos sobre patología y de un personal sanitario muy valioso que, en principio, disipan nuestros temores e ignorancia. Los historiadores, arrastrados desde hace más o menos un siglo por esta ola de nosología, han multiplicado los estudios sobre el cuerpo medieval, buscado las huellas de enfermedades, sondeado sus efectos psicológicos, elevado incluso algunas de ellas, como la peste evidentemente, a la categoría de factores —en principio demográficos y económicos, pero también sociales— de la evolución de los siglos medievales. De este modo se ha arrojado luz en gran medida sobre las enfermedades de los grandes personajes de este mundo, las epidemias masivas, las ciencias judeogriega y árabe; han catalogado los síntomas, escritos o no, aportado diagnósticos serios y bosquejado evoluciones. Y todo este trabajo es admirable.

Admirable, pero superficial; pues en esa época, como en la actualidad, aunque estemos «estresados» (¡la palabra con este significado data de 1953!), seamos víctimas de la peste o del avance brutal del sida —lo mismo da—, en realidad no sabemos nada de un callo en el pie, una nariz que gotea o un intestino perezoso, esas «pequeñas miserias» que también destruyen la armonía corporal. No puedo dar respuesta, en lo que a nuestra época se refiere, a la pregunta con la que abro este apartado, pero en el caso de la Edad Media la respuesta es categóricamente negativa. Además, ¿cómo habrían podido acceder estos hombres, antes del siglo XII, a los tratados de medicina que llegaban, se escribían o se traducían en Córdoba, Palermo, Salerno o Montpellier enseguida? Ni siquiera estamos seguros de que los monjes, después de Pedro el Venerable a mediados del siglo XII, o los príncipes a los que aconsejaban los physici fueran realmente conscientes de las exigencias y flaquezas de sus cuerpos. En cuanto a los demás, ¿cómo se iban a atrever a preguntarse por aquello que provenía, evidentemente, del designio divino: los niños que nacían muertos, el lisiado de nacimiento, el enfermo crónico, pero también los sordos, ciegos o mudos? Eran el precio a pagar por su ira: en efecto, todos eran objeto de un castigo por algún pecado que habían cometido ellos o sus progenitores, ya que la culpa se heredaba del mismo modo que se heredaba la mácula de la servidumbre. Para esto no cabía remedio ni apelación. En cuanto a la muerte violenta en combate, en un rincón del bosque o por accidente, conllevaba una condena infamante: la ausencia de confesión y, por lo tanto, de salvación.

Sin embargo, este doble o nada del dogma era algo que el cristiano admitía bastante mal: buscaba recursos sin hacer demasiado alarde de rencor hacia la posible arbitrariedad venida del Cielo. En primer lugar, había intermediarios a mano para ablandar el rigor del Juez. La veneración de reliquias o las peregrinaciones a los lugares santos se desarrollaron al mismo tiempo que la influencia de la Iglesia. Como solía ser común, al menos en Europa occidental, esta última sabía muy bien cómo captar las devociones interesadas, muchas de las cuales eran anteriores a ella: el pequeño dios sanador, la recogida de piedras o fuentes taumatúrgicas bajo los auspicios de un santo, real o inventado, cuyas virtudes tenían fama de curar; cada uno contaba con su «especialidad», que ilustraban los detalles de su vida o su martirio: uno curaba los granos, otro la fiebre o el dolor, y lo hacían por medio de milagros que se buscaban ávidamente. También nos hemos preguntado por la recuperación de estos cultos paralelos en el siglo XI y posteriormente: ¿podemos ver en ellos la incidencia de alguna enfermedad en concreto? En cualquier caso, los milagros que se obraban, y que describen de manera complaciente unos textos que por una vez son numerosos, ofrecen una panoplia de afecciones de lo más corriente: encontramos más enfermedades debidas a una alimentación insuficiente que a heridas o ataques orgánicos. En lo que a la Virgen se refiere, cuyo culto floreció después de 1150 con el acicate cisterciense, intervenía más bien en la curación del alma que en la del cuerpo: se rogaba a ella más como madre que como taumaturga. Es cierto que la Iglesia nunca se atrevió a dejar que el culto evolucionara hasta convertirse en el propio de una diosamadre, una Cibeles cristiana, pues era virgen y, por lo tanto, no podía ser símbolo de fecundidad.

La peregrinación y la ofrenda eran obras pías; y los monjes se alegraban de ellas. Pero ¿eran eficaces sus oraciones? ¿No hubiera sido mejor dirigirse —aunque en secreto, por supuesto— a fuerzas expertas en el arte de interrogar a los astros, lo cual sólo podía tener un efecto intemporal, o más bien dedicarse a elaborar remedios en los límites de una etiología infernal? Magos y brujas cuentan en la actualidad con una atención especial por parte de todos los historiadores que presumen de incorporar la antropología o la sociología; efectivamente, este mundo «invertido» encanta a todos los discípulos, cercanos o no, de Freud, Mauss o Lévi-Strauss. Además, los innumerables juicios que se hicieron, entre los siglos XV y XIX, a los poseedores de fuerzas «maléficas» proporcionan material para múltiples comentarios; es cierto que, en general, sólo contamos con los informes de la acusación. Pero en el siglo XIII los exempla de los dominicos, que los condenaban, por supuesto, muestran que su papel, en el seno del mundo rural al menos, se reconocía y se consideraba clave: prácticas gestuales y quiromasaje, fórmulas e invocaciones repetitivas, ritos basados en lo vegetal o en las virtudes del agua. Los cuidados que se daban al cuerpo predominaban sobre los que tenían que ver con el alma, y la Iglesia no admitía que estas prácticas alterasen la voluntad divina: por lo tanto, tenían que condenar e incluso quemar a quienes pretendían sustituir a Dios luchando contra los males que éste desencadenaba. Si era preciso, una acusación de herejía podía justificar mandar a la hoguera a las brujas; en realidad, se quemaba a ensalmadores más que a malos espíritus.

Los exempla dominicos y las trovas[1] también atribuyen a las mujeres, sobre todo a las ancianas, el papel de intermediarias entre este mundo negro y las debilidades del cuerpo: efectivamente, son ellas quienes parecen ser más sensibles a estas prácticas que durante tanto tiempo han hecho reír a las mentes «científicas» tan agudas de esa época que denominamos «moderna». Pero en la actualidad, disfrazados de «medicina natural», fitoterapia, curas de rejuvenecimiento y otros semejantes, estos remedios «naturales» gozan de gran éxito: cremas, ungüentos, infusiones, purgantes, masajes o manipulaciones de kinesiterapia rivalizan con la «ayuda psicológica» y los «grupos de autoayuda» que apelan, hasta llegar a lo grotesco, a nuestros egos enloquecidos. Se meten incluso en regímenes alimenticios o en las virtudes de las plantas; además, desde la Edad Media, la mayoría de las recetas de cocina pueden encontrarse en tratados de medicina.

Aunque las mujeres destacaban porque Eva era medio bruja y porque cualquier madre conocía las recetas para curar a sus hijos, los hombres, más observadores que apegados a las tradiciones, aportaron la experiencia que les ofrecían sus rebaños y, en casos más raros, sus viajes. Sin embargo, los judíos eran la excepción. Iban de aldea en aldea, de calle en calle, llevando saquitos, frascos y amuletos; sabían examinar la orina, purgar y hacer sangrías, entablillar correctamente, poner ventosas y tomar el pulso. Acumularon esta ciencia, estas prácticas, a través de su contacto más que milenario con las culturas mediterráneas u orientales. Adoptaron las hipótesis sintéticas de la medicina grecorromana, la experiencia analítica de los doctores hindúes e iraníes y, a través del islam, transmitieron sus conocimientos de comunidad en comunidad. Los más eruditos tradujeron a Avicena y Galeno y comentaron a Constantino el Africano; eran seguidores de Maimónides y enseñaban los conocimientos de Averroes. Los judíos eran quienes curaban, modestos practicantes de la ciencia. Es cierto que enseguida tuvieron que pagar un precio por ello: puesto que tenían conocimientos y se les consultaba en cuanto se presentaba la ocasión, su suerte iba vinculada al éxito que obtuvieran; si fracasaban ante una epidemia, puesto que la conocían, se afirmaba que habían sido ellos quienes la habían desencadenado.

Para curar con otras armas que no fuesen «remedios caseros» había que saber de qué está hecho el cuerpo. Algo que no tenía sentido esperar entre la gente corriente: el soldado veía vientres abiertos y heridas sangrantes; el campesino poseía algunas ideas sobre los esqueletos de los animales que despiezaba; todas las mujeres eran ginecólogas. Pero ninguno tenía una visión de conjunto; quizá ni siquiera sobre el papel que desempeñan el corazón y el cerebro. En el caso de las epidemias, tampoco se comprendía ni se combatía el contagio, ni por lo tanto el agente transmisor. Además, esta ignorancia, que sólo logró vencer la medicina popular del siglo XIX, no era completa, pues —por experiencia o intuición, como se prefiera— había prácticas terapéuticas acertadas: trepanación, cauterización con fuego, reducción de fracturas, cataplasmas, opiáceos, torniquetes, ventosas o revulsivos que conseguían sus fines y dan prueba de algunas observaciones exactas en cuanto a la sangre, los huesos o la piel. Es cierto que a menudo hacía falta la intervención de un physicus, de un «mire» o médico de pueblo. Éstos eran más académicos; incluso llegaron a conseguir que se avalaran listas de plantas medicinales en un capitulario de 800. Pero permanecieron durante mucho tiempo en el nivel de la teoría de los humores de Hipócrates, Galeno y Oribasio. La aportación persa, a través de Salerno o Montpellier, acerca de la armonía de las funciones orgánicas, la circulación sanguínea, el papel de la médula espinal e incluso la idea de los criterios hereditarios, procedía de España y las Baleares a fines del siglo XII, pero tropezó con las prohibiciones de la Iglesia, como en el caso de Troyes en 1163 o Letrán en 1215. Se condenaba la idea de usar el escalpelo en el cuerpo humano; se equiparaba a la «magia negra», cuando incluso el despiece de cadáveres de animales no era sólo una labor de carnicería, sino también investigación científica. ¿De cuándo datan las autopsias humanas? Las clandestinas, efectuadas a cuerpos inhumados, datan de 1190 o 1230 en Venecia; en el caso de cadáveres de ejecutados, de un poco más tarde, ¿y siempre en Italia? El emperador Federico II, como siempre tan innovador, las aconsejó y las hizo practicar en Sicilia a partir de 1240; después de 1290 se autorizó la disección en Bolonia o Padua. Los académicos, seducidos, se lanzaron a los placeres de la ciencia experimental, sobre todo en el norte de Europa (lo cual merecería algún comentario): Alberto el Grande, Neckham, Cantimpré o Bacon. Esta ruptura con el empirismo a la antigua supuso un capítulo nuevo en la historia del pensamiento; en los siglos XIV y XV nació una medicina científica. Pero ¿dónde está la gente corriente en todo esto?

Contra el hombre, ataques «anormales»

Abrumados por la jerga médica, que nos permite hacernos la ilusión de que sabemos, perdemos de vista la forma primitiva de la enfermedad. En nuestras sociedades desaforadas, el diagnóstico popular echa la culpa de todo, por ejemplo, a la alergia; el estrés es una excusa práctica para cualquier tipo de desorden y el virus mutante sirve de excusa cuando se dan por vencidos quienes poseen el conocimiento. Pero, en nuestra vida cotidiana, lo habitual es el reúma, los cólicos, los pruritos, el «dolor de riñones» o de cabeza. Es algo de lo que no hablamos; ¿cómo iba a hacerlo la gente de antaño, en una sociedad más acostumbrada que la nuestra a los reveses del destino? «Flujo de vientre», «catarros», «decaimiento», «pestilencia», «fiebres» no contaban con un significado médico seguro. Las enfermedades de nacimiento o contraídas no se curaban ni se discutían: el bastón para el inválido, la mano en la oreja en el caso del sordo y la burla ante las gesticulaciones del mudo. En lo que respecta a los ciegos, no cabe duda de que la luz vacilante de la chimenea o de las velas aumentó su número; pero sus confusiones causaban risa y no se hizo nada por ayudar al miope entre la amatista de Nerón y la lupa de Bacon en el siglo XIII.

Las anomalías del comportamiento impresionaban más: se podían observar en los grandes personajes del mundo, pero no se buscaba remedio para ellas. ¡Cuántos obesos estigmatizados aparecen en las crónicas y de quienes se burlaban por su incapacidad para montar a caballo, pero no de la gula! Y mostraban de manera complaciente la conciencia vana que tenían de ello, como Luis VI y su enemigo el Conquistador que se burlaban el uno del otro a este respecto. La embriaguez, si cabe, era de la misma índole: ya se tratara de gente humilde o no, muchos bebían demasiado y perdían el sentido. Lo que sabemos sobre el volumen de vino y otros alcoholes que ingerían los adultos de ambos sexos, y de todos los estratos sociales y todas las edades, lo explica todo: entre un litro y litro y medio de manera cotidiana; es cierto que ignoramos la graduación del alcohol. Por lo demás, en los países vitícolas, se contempló la embriaguez con indulgencia siempre que no desembocara en conducta deshonrosa: sabemos que Juan sin Tierra bebía demasiado, como su enemigo Felipe Augusto, y que el diagnóstico de cirrosis del hígado no admite dudas si tenemos en cuenta su comportamiento; o que más tarde Carlos el Temerario, que se emborrachaba un día sí y otro también, encontró de ese modo una muerte absurda. En lo que se refiere a san Luis, piadoso y austero, y que hizo cerrar y vaciar a la fuerza las tabernas de París por la tarde, ¿acaso fue obedecido?

Comer y beber en exceso conllevaba desarreglos que se atribuían a debilidades de carácter y que se lamentaban, pero con una sonrisa. Las actitudes o las prácticas sexuales, sobre las que volveré a hablar, también provocaban problemas que fomentaban el abuso de productos afrodisiacos. Pero, como en el caso de los excesos en la alimentación, sus efectos tampoco se consideraban enfermedades. En cambio, había dos comportamientos que desde aquella época, y teniendo en cuenta explicaciones psicosomáticas actuales, ponían en peligro la armonía hipocrática. En realidad, uno de ellos se ha convertido en la actualidad en plaga social: la droga, con sus efectos físicos, nerviosos y orgánicos. Desgraciadamente, la falta de control de uno mismo que conlleva la drogadicción se parecía, en aquellos tiempos lejanos, a una sumisión a fuerzas maléficas; por eso se identificaba más bien con el pecado o el vicio, ocultos, que con una adicción física contra la cual luchar; puesto que no se denunciaba, no aparece descrita y escapa en buena medida a la investigación. Sin embargo, su presencia era obvia. En los estados francos de Oriente, o en las tierras cercanas del islam, se masticaba o inhalaba cáñamo indio no sólo en el seno de las sectas musulmanas del Líbano o el Atlas. Incluso en Europa, los polvos de adormidera, cosechados en Asia, eran típicos de Italia antes de 1200 o 1250, y pasaron de ser fardos de «especias» a frascos medicinales. Las visiones extrañas, las impresiones psicodélicas o las desviaciones cerebrales que conlleva este consumo escapaban a la descripción que podría hacer un individuo indulgente; pero, si hubiera tenido un pincel, podría haber pintado las visiones fantásticas de El Bosco. Esta droga podía absorberse sin pretender conseguir una iluminación interior confusa. En la actualidad se cree que debemos identificar el ergotismo con la droga involuntaria: en este caso nuestras fuentes tienen mucho que decir; pues, aunque entonces no conocieran el origen de la enfermedad ni sus remedios, el carácter epidémico del «mal de los ardientes», del «fuego de san Antonio» impresionaba enormemente a la plebe y conmovía a los cronistas. Esta dolencia, de la que se tienen referencias desde 872 en el norte de Europa, en el siglo X en la Francia media, a fines del siglo XI y de manera muy amplia en la Francia meridional, no cabe duda de que procedía de los efectos alucinógenos del cornezuelo, un hongo microscópico del tipo morilla que no se puede observar a simple vista y que se introduce en la espiga de los cereales, sobre todo en el centeno, llegando a contaminar campos enteros; todo aquel que lo consumía se veía aquejado y la opinión pública veía en ello un contagio maléfico: vértigos, confusión, delirio, más tarde ardores y fiebre intensos que daban la impresión de una droga y una epidemia. En todas partes el ergotismo, no siempre mortal, disminuyó al mismo tiempo que se reducía el cultivo del centeno a fines de la Edad Media y desapareció con los abonos nítricos.

Del mismo modo que se consideraba al ergotismo una plaga epidémica y al consumo de hachís una práctica delictiva, también se equivocaban en cuanto al origen de la astenia cerebral, ese complejo de angustia, parálisis, frustración y cansancio del que se quejan casi todos nuestros contemporáneos, bajo el nombre de «tensión» nerviosa (estrés). Los términos utilizados en la época medieval muestran que les preocupaba más la actitud de abatimiento del enfermo que su sobreexcitación anormal: se hablaba de langor, stupor, indolentia. Por supuesto, desde nuestra perspectiva consideramos el ruido, la agitación y el trabajo excesivo motivos suficientes para alterar los nervios; en los siglos medievales, puesto que su incidencia era evidentemente menor, se preguntaban más bien por el origen del abatimiento vinculado al carácter. La persona inactiva sólo podía ser un inútil; además, no existían vacaciones, ni ocio, ni casas de reposo. Era algo que se rechazaba, que incluso se despreciaba, por lo que no se veía como una enfermedad que debía ser curada, una debilidad que requería cuidado. La ociosidad era un lujo para el poderoso o una vocación en el caso del monje.

La enfermedad que acecha

Sin embargo, todos estos hombres no estaban cojos, borrachos, drogados o abatidos, sino que sufrían enfermedades, como nosotros, o, más bien, no tenían las mismas que nosotros. Resulta extraño que el cáncer, que atormenta nuestro subconsciente, si no nuestros órganos, nunca se mencione; no obstante, el principio en que se basa, la alteración de la vida celular, por lo tanto, un ataque directo a los principios de la armonía mantenidos desde la Antigüedad, debería haber impactado a los eruditos y a la gente en general: ¡silencio! Es evidente que algunos de los indicios que nos proporcionan podrían ser, son, desde luego, signos cancerosos; las palabras «tumor» y «cáncer» aparecen, pero en el sentido de hinchazón, incluso de pústulas. En lo que se refiere al contagio, a la metástasis, como decimos nosotros, entre distintos órganos, es algo que se negaba, del mismo modo que la corrupción de un cuerpo por otro; quizá, los doctos encuentren a Aristóteles detrás de esto. Nada de cáncer y, lo que resulta no menos curioso, ninguna alusión a las vías respiratorias, pues el catarro podía ser cualquier cosa. Sin embargo, el pañuelo es un «invento» medieval; pero en esta época la gente no se sonaba, ni esputaba, ni tosía, o al menos no nos dicen que lo hicieran.

En definitiva, parece que el hombre vulgar sólo prestaba atención a lo que veía: la piel; a aquello que le inquietaba: el vientre; a lo que consideraba un signo precursor de algún mal que pudiera sufrir: la fiebre. El «flujo de vientre» era una de las causas más habituales a las que se recurría para explicar la muerte de una persona mayor, pero sin duda también de un niño. ¿Qué abarcaba? ¿Simples desarreglos intestinales o gástricos? En el siglo XV se hablaba de purgantes, cataplasmas, aceites para beber y, en cierta forma con arreglo a la realidad, de haber bebido aguas contaminadas y del aire viciado de las calles. Pero eran conscientes de que podían aparecer formas graves que entonces se consideraban a veces contagiosas: ¿distinguían entre disentería, tifus e incluso escorbuto? Se daban perfecta cuenta de la fiebre intensa, las diarreas, la sed, los dolores «malignos» y los atribuían, con bastante acierto, a los insectos y a la ingestión de sustancias sucias y líquidos impuros o al simple contacto con ellos. Como consecuencia, creían que se trataba de una enfermedad contagiosa porque atacaba a grupos enteros que vivían sin higiene, a la gente pobre de las ciudades, los soldados en los campos de batalla y los campesinos hambrientos. Llegaron incluso a hablar de epidemias: se observó en gran medida en el siglo VI y en el XII en los ejércitos de Italia, Aquitania o donde el hambre hacía estragos: ¿30.000 muertos en Inglaterra en 1406? Pero la enorme magnitud de estas cifras, u otras, refleja más el miedo del cronista que la verdadera extensión del mal. Realizaban sangrías y purgas, lo cual agravaba más la enfermedad; usaban ungüentos y hierbas machacadas, que eran mejores, pero no consiguieron salvar ni a san Luis ni a Juan XXII.

La fiebre no es más que un síntoma que enseguida se nota en los enfermos. Pero cuando se manifiesta de manera intensa, crónica, como fuente de dolores o vómitos, tenía que verse como síntoma de un mal específico: fiebre amarilla, cuartanas, sarpullido, sudores febriles, todas esas manifestaciones, que la ciencia médica actual sabe distinguir, entonces sólo se consideraban variantes de la «peste de las marismas», la malaria, el paludismo de los países cálidos, húmedos y malsanos. Es probable que establecieran la vinculación entre estas diversas modalidades y las picaduras de insectos venenosos; pero el carácter recurrente de los accesos de fiebre o las deficiencias hepáticas sólo conllevaban curas superficiales: compresas o pociones hechas con opiáceos, de modo que se morían como tantos cruzados en Oriente o campesinos a orillas de los litorales. En cambio, la gripe, de origen vírico, que se caracteriza por la tos, la cefalea y el carácter especialmente agudo del contagio, no se reconocía bien como algo distinto: se han registrado momentos terribles en 972, dos o tres más en el siglo XII, más en el siglo XIV; pero nada que indique que hayan sabido distinguirla de una fiebre «clásica», o de los ataques de tos del «catarro». Incluso el «hipo», del que se quejaba el «Burgués de París» hacia 1420 porque interrumpía los sermones, seguramente era tos ferina.

Un ser humano puede disimular los dolores o calmar su fiebre, pero no puede ocultar las lesiones de la piel. Ya me he referido más arriba a la importancia, aunque sea simbólica, de esta envoltura carnal que era, y sigue siéndolo y cada vez más, el reflejo de buena salud, riqueza, belleza física e incluso moral. Polvos y cremas deben hacer desaparecer los estragos de la edad o la imperfección de los rasgos. En este sentido, la publicidad delirante de hoy en día puede dar pocas lecciones de cosmética a la Edad Media. Por desgracia, hacer desaparecer las arrugas y avivar el color de la cara no sirve de nada cuando la enfermedad golpea a la vista de todo el mundo. Ni las espinillas, ni las pústulas, ni las manchas rojas escaparon a la pintura, y no sólo en el siglo XV, cuando el gusto por el realismo dirigía el pincel. Pero lo que sigue siendo el símbolo de la Edad Media en el subconsciente popular es la lepra. Qué de imágenes comentadas, relatos repetidos sobre enfermos cubiertos de costras repugnantes, de escamas (lepra en griego) innobles, andrajosos, meneando una campanilla y forzados a refugiarse sólo en una morada infecta, alejados de la vida en comunidad: entre el 2 y el 3 por ciento de la población, aseguran doctamente los historiadores; más de 4.000 asilos para acogerlos, hacia 1300 —lazaretos, enfermerías, leproserías, hospicios— sólo en la Francia de la época; e innumerables prescripciones a partir del siglo IX para aislar a las personas sospechosas de sufrir el mal, quemando su casa, su ropa y todos los bienes muebles que hubieran tocado. Sin embargo, en la actualidad se tienen dudas al respecto, porque esta enfermedad siempre castigó a Asia y porque se conocen mejor sus distintas facetas: estas personas contagiosas iban a la ciudad, aparecían como testigos en actas, recibían y administraban bienes; algunos prestaban servicios en la corte o en el comercio, incluso llegaron a ser reyes de Jerusalén, como Balduino IV. De repente la lepra se borró: quizá cedió ante el bacilo de la tuberculosis, incompatible con ella; y, efectivamente, nadie parece hablar de este último antes de finales del siglo XIV. Hasta el siglo XVII siguieron existiendo cagots[2] intratables, pero que eran proscritos más que enfermos. ¿Qué podemos pensar de todo esto? Los síntomas de la lepra son muy conocidos: defectos de la piel en forma de placas, bubones y ganglios, nódulos que destruyen las articulaciones y los cartílagos de las manos o la nariz, accesos de fiebre e incluso parálisis progresiva. Pero no siempre se daban testimonios de estos síntomas, que podían conducir a la muerte: ¿acaso no se confundía entonces la lepra con afecciones dérmicas espectaculares —como la erisipela o el eccema generalizados, falta de higiene, psoriasis, nevus— que no son contagiosas? Cabe preguntarse, por lo tanto, si la reputación desastrosa de la lepra no se basaba en buena medida en su significación psicológica: los leprosos, seres repulsivos, sometidos a pulsiones sexuales incontroladas (¿no pensaban entregarles a Isolda?), que llevaban su probable culpa pintada en el rostro, a quienes se acusaba de envenenar los pozos, los cereales e incluso a los animales, eran los «intocables» del Occidente cristiano, símbolo del Mal, del Pecado y lo Impuro. Por lo tanto, era necesario excluirlos, apartarlos de los fieles.

De todas esas dolencias, queda una a la cual los antiguos y los hombres de la Edad Media sólo aludían en voz baja, y que nos resulta impactante por su carácter sobrenatural. Un hombre, o una mujer, lo mismo da, hablaba y se movía con normalidad en medio de los demás; de repente se ponía rígido, palidecía, se desplomaba y súbitamente las convulsiones se apoderaban de él, para caer después en una especie de coma. Al cabo de una o dos horas, se levantaba y no recordaba nada de la crisis: era evidente que había estado «poseído» por el Espíritu. Se trataba de la «epilepsia», el «mal sagrado» que identificaba a la víctima como depositaria durante unos instantes de un poder sobrehumano. Hasta los avances de las ciencias médicas del siglo XIX en lo referente al sistema nervioso, la epilepsia se consideró como señal de favor divino y al enfermo, como mensajero del Más Allá. No se compadecían de él, ni lo curaban; lo respetaban y lo temían, ya se tratara del mismo César o de un pobre labriego.

La muerte negra

En nuestra época, en la que la vida humana vale menos cuando se trata de los pobres o «subdesarrollados», reaccionamos de manera diferente ante la magnitud de un desastre demográfico. Además, nuestros medios de información se toman muchas molestias para que nos demos cuenta: dos soldados muertos por sorpresa, 200 muertos en un atentado o 2.000 personas aplastadas en una torre que se ha derrumbado son cosas que impactan profundamente al mundo «evolucionado»; pero que 700 «indígenas» se maten entre ellos con nuestras armas o que perezcan miles en un terremoto, apenas nos afecta; es algo que pasa tan lejos de nosotros. Deberíamos juzgar con el mismo rasero y usar con prudencia palabras impactantes, entre las que «genocidio» destaca por ser la más trillada. Las dos atroces y estúpidas guerras mundiales de la primera mitad del siglo XX produjeron, en cinco años, de 50 a 60 millones de muertos más o menos; son pocos, en suma, frente a los 120 millones de indios masacrados a fuerza de alcohol y del bacilo de la viruela por los gloriosos conquistadores de México y América del Sur. Es cierto que se suponía que los primeros estaban defendiendo un país o una idea y quienes quedaron de los otros recibieron la verdadera Fe. Pero qué decir de los fallecidos por la «muerte negra»: esos 20 o 25 millones de cristianos que yacían en las calles, llenos de bubones negruzcos, no habían pedido ni recibido nada…

Desde luego, debemos detenernos en la peste. Se ha reflexionado, estudiado y escrito tanto sobre la plaga que no puedo pretender decir nada nuevo. Sobre ella sabemos casi todo lo que contienen nuestras fuentes. De modo que sólo resaltaré algunos aspectos secundarios. En primer lugar, en lo que respecta al carácter de la plaga. La persistencia de focos de peste incluso en la actualidad, en Asia central u oriental, ha permitido, desde Yersin a fines del siglo XIX, realizar un estudio preciso del mal; sus dos formas contagiosas —la pulmonar, que es mortal en el 100 por ciento de los casos, y la bubónica, donde uno de cada cuatro enfermos puede tener esperanzas de salvarse al cabo de cuatro días— no tienen la misma gravedad ni los mismos síntomas externos. La primera modalidad es la que predominó en la epidemia del siglo XIV, pero no en el caso de sus recurrencias, de ahí el terror que inspiraba su proximidad, que no perdonaba y con pocos días u horas de incubación. Sin embargo, en la medida en que los contemporáneos de aquella época observaron tales matices, era la peste «negra» (la palabra pertenece sólo al siglo XVI), la que se caracteriza por los bubones inflamados, menos temible, y que además inmunizaba a los enfermos que se curaban, la que se ha descrito más a menudo y la que más se temía. También fue ésta la que estuvo reapareciendo hasta fines del siglo XV, pero dejando cada vez más supervivientes tras ella.

Por otra parte, tenemos las condiciones del contagio. Estaban convencidos de que, del mi

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