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El mundo de los validos

John H. Elliott
Laurence Brockliss

Fragmento

Introducción

INTRODUCCIÓN

John Elliott

Los favoritos no han gozado de buena prensa en la historia. Lord Macaulay, escribiendo en 1844 sobre el conde de Bute, elegido primer ministro por el joven Jorge III, se mostraba característicamente desdeñoso: “Era un favorito; y los favoritos siempre han sido odiosos en este país. Ningún simple favorito había dirigido el gobierno desde que el puñal de Felton llegara al corazón del duque de Buckingham”[1].

Las críticas de Macaulay a Buckingham y Bute le sitúan claramente en una ancestral tradición de enemiga hacia el súbdito omnipotente que había ascendido a una preeminencia deslumbrante y (se suponía) injustificada a través de su artera habilidad para ganarse y conservar el favor de su príncipe. Piers Gaveston en la Inglaterra de Eduardo II; Álvaro de Luna en la Castilla del siglo XV; y Olivier Le Daim, barbero de Luis XI, en Francia, provocaron los tres tales pasiones en su época que se ganaron un lugar perdurable en la demonología nacional de sus respectivos países. El dramatismo que acompañó sus vidas quedó intensificado por el drama de sus muertes. La espada o el verdugo se convirtieron en instrumento de divina retribución por su codicia, su orgullo y su tiránico abuso del poder, digno desenlace de unas vidas que servirían de advertencia ejemplar a los coetáneos y a futuras generaciones.

La aparición de la palabra favori en Francia a comienzos del siglo XVI puede quizá ilustrar algo del impacto que tuvo el espectacular ascenso y caída de Olivier Le Daim en la conciencia colectiva francesa[2]. La palabra equivalente en español era “privado” o “valido”, aplicada a la persona que, como Álvaro de Luna, gozaba del favor real, o “privanza”, o era apreciada y protegida por el monarca de cuyo “valimiento” gozaba. Hacia comienzos del siglo XVII, la palabra “privado”, que alternaba con private, se había introducido en la lengua inglesa, aunque de modo algo vacilante. “Las lenguas modernas”, escribió Francis Bacon en su ensayo “Sobre la amistad”, “dan a tales personas el nombre de favourites o privadoes…”[3]. “A un Favorito se le llama Privado”, explicaba el historiador boloñés Virgilio Malvezzi, apologista del conde-duque de Olivares, privado español coetáneo, “porque será partícipe Privado de su voluntad, de todos sus afectos, de todas sus pasiones, y sólo transformado en servicio de Dios y su Señor”[4]. Pero en inglés la palabra favourite terminó predominando sobre private o “privado”, y en 1715 Michael Geddes, en una biografía de don Álvaro de Luna, describía al privado español quintaesencial como “el máximo Favorito con el que jamás he topado en la Historia”[5].

Ahora bien, la palabra exacta elegida es de menor importancia que el hecho de que, en el transcurso de los siglos XVI y XVII, el fenómeno del privado incidiera en la conciencia de los europeos con fuerza suficiente para crear una terminología propia. Pero el fenómeno en sí no era precisamente nuevo. Totalmente aparte de ejemplos históricos más o menos recientes, como Gaveston y Álvaro de Luna, tanto la Biblia como los clásicos nos ofrecen un buen muestrario de favoritos, algunos buenos, como José al servicio del Faraón, otros malos, como Haman, el esbirro del rey Ahasuerus, o Sejano, que explotó el favor del emperador Tiberio para dominar en la Roma imperial.

En realidad, la recuperación de las obras de Tácito en el periodo renacentista pudo en sí mismo haber sido responsable, al menos parcialmente, de la preocupación que suscitó la figura del favorito en los siglos XVI y XVII. Es difícil considerar una coincidencia que el secretario del rey, Antonio Pérez, que se llevó consigo los secretos de la corte de Felipe II cuando marchó al exilio en Francia e Inglaterra, se proclamara autoridad en favoritos y fuera simultáneamente uno de los mayores entusiastas de Tácito de fines del siglo XVI[6]. Durante su estancia en Londres, Pérez se movía en el círculo del conde de Essex, otro aficionado a Tácito, a quien Ben Jonson probablemente retratara en la figura de Sejano en su obra dramática de 1603.

Tácito, en su descripción de Sejano, legó un personaje histórico con el cual podían comparar los coetáneos a sus propios súbditos todopoderosos, como hizo Georg Acacius Enenkel von Hoheneck en su tratado sobre Sejano publicado en Estrasburgo en 1620[7]. Dos años antes, el historiador y publicista francés Pierre Matthieu había publicado dos obras, una de ellas —La Conjuration de Conchine— sobre el valido de María de Médicis, recientemente asesinado, y la otra una biografía de Sejano. La traducción clandestina al inglés de esta biografía, con el título de The Powerful Favorite (El poderoso favorito), se publicó en 1628, dos años después del famoso discurso de sir John Eliot en la Cámara de los Comunes en que comparó a Buckingham con Sejano —un discurso que provocó el indignado comentario de Carlos I: “De manera implícita, debe tenerme a mí por un Tiberio”[8]. En ciertos aspectos, por tanto, el privado o ministro-privado del siglo XVII puede considerarse un constructo tacitista.

Sin embargo, es difícil creer que la figura de Sejano pudiera haber ocupado un lugar tan predominante a comienzos del siglo XVII, o que obras dramáticas como el Eduardo II de Marlowe y las dos comedias de Mira de Amescua sobre la Próspera y adversa fortuna de Don Álvaro de Luna tuvieran tan gran resonancia, de no haber estado convencidos los dramaturgos, los espectadores y los lectores de que también ellos vivían en una edad de privados omnipotentes. A fin de cuentas, no tenían más que mirar a su alrededor para ver hombres que habían adquirido enorme poderío y riqueza a consecuencia del favor regio: el duque de Lerma en España, Concini y el duque de Luynes en Francia, el cardenal Klesl en la corte del emperador, George Villiers en Inglaterra. De modo natural, miraron hacia la historia clásica y su propia memoria nacional para situar a esta clase de figuras en contexto.

Posteriores generaciones iban a refrendar una perspectiva que, aunque cada vez más extendida a fines del siglo XVI, parece haber adquirido nueva intensidad en la primera mitad del XVII. En 1715 Lesage ambientó sus Aventuras de Gil Blas en la España de comienzos del siglo XVII, relatando la historia de un pícaro que se las ingenia para convertirse sucesivamente en favorito de los dos grandes validos reales, Lerma y Olivares. La adulación, las intrigas cortesanas y las formas de clientelismo descritos por Lesage en su vida de Gil Blas eran tan característicos de la época del propio Lesage como de la de su héroe de ficción[9], pero él había situado su narración en un periodo y un territorio que habían dado a Europa la palabra “privado”, y que quedarían permanentemente asociados a la figura del favorito.

Los novelistas románticos del siglo XIX siguieron los pasos de Lesage, y Scott, Dumas y Balzac recrearon un mundo cada vez más remoto en que los cortesanos se disputaban el poder, y maquiavélicos ministros-privados tejían complicadas redes de intriga y convertían a hombres más débiles en agentes de sus grandes designios. Pero en Francia al menos, la época del ministro-privado era percibida como punto de arranque del ascenso de la nación a la gloria, y los papeles de Richelieu y Mazarino, primorosamente editados por Avenel y Chéruel, se convirtieron en monumentos a los hombres que se consideraba habían puesto los cimientos del moderno Estado francés[10].

Comprensiblemente, era el aspecto ministerial de la vida de Richelieu y Mazarino lo que atraía la atención de los historiadores cuando pretendían evaluar su contribución a la creación del Estado moderno. Dados los matices peyorativos que había adquirido la palabra “favorito”, ésta no se consideraba aplicable a los ministros de su categoría, aun cuando los coetáneos —generalmente, pero no siempre, sus críticos y contrarios— no habían vacilado en emplearla para ambos[11]. De igual modo, la reputación histórica del conde de Strafford se benefició en cierta medida de las connotaciones negativas de la palabra, dado que ni su carácter ni la índole de su relación con el rey se prestaban fácilmente a la imagen convencional del favorito. A ojos de los contemporáneos podía ser “libidinoso como Tiberio, cruel como Nerón, codicioso como Creso el rico, tan terrible como Falaris y tan pícaro como Sejano”[12], pero para Macaulay merecía un lugar junto a Falkland, Clarendon, Shaftesbury, Sunderland y otras figuras prominentes de la Inglaterra de los Estuardo que, “cualesquiera que fueran sus defectos, eran todos ellos hombres de capacidad reconocida. No debían éstos su eminencia meramente al favor del soberano. Por el contrario, debían el favor del soberano a su eminencia”[13].

Fue, por consiguiente, como constructores de Estados, o al menos constructores de Estados embrionarios, como los ministros-privados del siglo XVII que no eran incurablemente frívolos o irremediablemente corruptos entraron en la historiografía del siglo XX. Ellos habían desempeñado un papel en la creación del Estado-nación soberano y centralizado que se consideró culminación lógica de mil años de historia europea. Pero en la historiografía, en el siglo XX tanto como en el XIX, tendieron a quedar confinados a sus propias demarcaciones nacionales. Pese a que sus coetáneos pudieran establecer paralelismos entre ellos, había escasa inclinación entre los historiadores a considerar el grado en que las circunstancias que les elevaron al poder y el posterior estilo de ejercerlo pudieran reflejar una situación y unos supuestos que trascendían los límites nacionales.

En 1974, sin embargo, el historiador francés Jean Bérenger publicó un importante artículo en el que sugería que los historiadores del siglo XVII se enfrentaban a un “fenómeno europeo”. No había sido coincidencia, sostenía él, que surgieran poderosos ministros —Richelieu, Buckingham y Olivares— más o menos simultáneamente en los tres principales Estados europeos, iniciando con ello una época de gobierno primer-ministerial en Europa. Pero a partir de 1660 la figura del ministro único y omnipotente desapareció de la escena, aunque siguió proyectando su sombra sobre el mundo político europeo hasta el fin de siglo y aun después.

Al buscar una posible causa de este “fenómeno europeo”, Bérenger rechazaba lo que él denominaba las “explicaciones psicológicas superficiales de la historia política tradicional”, con su fuerte énfasis en las deficiencias personales de un Luis XIII, un Carlos I o un Felipe IV. Él apuntaba, por el contrario, hacia la progresiva complejidad del Estado moderno incipiente, que impuso imperativos cada vez más gravosos a los monarcas. Algunos soberanos, como Felipe II de España, se agotaron en el ejercicio de sus obligaciones gubernamentales; otros, como el emperador Rodolfo II, fueron patentemente incapaces de cumplirlas; y todos los soberanos se vieron cada vez más forzados a delegar sus poderes en alguna forma de premier ministre. La consecuencia de esta delegación de poderes fue una creciente contradicción entre el ideal humanista del príncipe, los ideales sociales de la nobleza y las exigencias prácticas de la realeza. Dicha contradicción fue fuente de gran preocupación para la aristocracia europea, que se consideraba la clase gobernante por naturaleza, y desaprobaba la aparición de ministros todopoderosos entre ella y el monarca. Con el tiempo, esta preocupación se manifestó en forma de una potente reacción adversa que desembocó en el eclipse del ministro-privado en la época de Luis XIV. Pero Bérenger proponía estas explicaciones de manera sólo tentativa, y creía que el fenómeno de la aparición del premier ministre era suficientemente importante para justificar una investigación sistemática a escala internacional de “sus orígenes, sus manifestaciones, su evolución y las violentas críticas que suscitó”[14].

Su llamamiento no tuvo respuesta en su momento, y la investigación histórica sistemática por la que abogaba no se ha emprendido todavía. Pero veintidós años después su petición seguía resultando lo bastante convincente para animarnos a Laurence Brockliss y a mí a organizar un coloquio internacional en el Magdalen College de Oxford, en torno a “El mundo del favorito, 1550-1700”. Los trabajos presentados en este coloquio constituyen la sustancia de este libro.

En muchos sentidos, el clima histórico es hoy más propicio para la índole de indagación que Bérenger pedía de lo que era cuando él hizo su llamamiento en 1974. La historia política y la institucional, que no estaban entonces de moda, han recuperado el favor, y la formación del Estado en la Europa moderna ha atraído renovada atención histórica en un momento en que la soberanía del Estado está siendo erosionada por organizaciones supranacionales[15]. La biografía, que durante mucho tiempo ha quedado a la sombra, ha vuelto a emerger a la luz como algo historiográficamente respetable[16]. Además, años recientes han presenciado una reconsideración de las posibilidades inherentes a la historia comparativa, una forma de historia que trasciende los límites nacionales[17].

Estos cambios de moda histórica se han plasmado en —y en ocasiones han sido alentados por— una serie de obras dedicadas al estudio de los ministros y privados de los siglos XVI y XVII y al mundo político en el que operaban. Dada la importancia del privado en la historia de la España de los Austrias, es natural que la teoría y la práctica de la privanza española hayan sido objeto de particular atención histórica. Ya en 1963 el historiador español del derecho y las instituciones Francisco Tomás y Valiente, asesinado por terroristas en febrero de 1996, había publicado lo que se reveló como un estudio precursor sobre la institucionalización del cargo de valido en España, y la teoría política que se generó en torno a dicho cargo y sus funciones[18]. En mi propia investigación sobre la trayectoria ministerial del conde-duque de Olivares figuraba una biografía política y una valoración comparativa entre él y su archienemigo, el cardenal Richelieu[19]. El predecesor del conde-duque, el duque de Lerma, ha empezado a atraer cada vez mayor atención[20], mientras que James M. Boyden, cuyo ensayo sobre los comienzos históricos de la privanza española aparece en este volumen, ha estudiado la vida de un privado del siglo XVI, el príncipe de Éboli[21].

Aunque el interés en el cardenal Richelieu no ha decaído nunca, y siguen publicándose biografías suyas[22], los estudios sobre esta figura han tomado nuevos rumbos. Joseph Bergin ha iluminado aspectos desconocidos de sus finanzas personales y su elevación al poder, y ha sido reconsiderada la relación entre el cardenal y el rey[23]. En la Francia de la segunda mitad del siglo XVI, la vieja caricatura de la corte de Enrique III y sus mignons (véase ilustración 1) está siendo sustituida por una valoración más lúcida de la realidad política, social y cultural[24]. Del lado inglés del Canal, el duque de Buckingham ha sido objeto de una biografía a gran escala, y recientes debates históricos en torno a la política de los Estuardo han generado nuevo interés por la vida y hechos del conde de Strafford[25]. También los favoritos de la reina Isabel I están siendo sometidos a nuevo escrutinio, parcialmente en respuesta al creciente interés que suscita la corte real como fenómeno sociológico y cultural[26].

La relación entre los privados y sus príncipes es un tema que se presta de modo natural a la interpretación psicoanalítica, pero, en general, los historiadores parecen haber considerado el contexto específico de la corte y la cultura cortesana más revelador como explicación del fenómeno del favorito que las pautas supuestamente recurrentes de relaciones interpersonales[27]. La nueva perspectiva sobre la función de la corte en la estructura de poder y en las relaciones sociales en los comienzos del Estado moderno ha contribuido en gran medida a devolver al valido al centro de atención.

Esta nueva visión del papel de la corte forma parte de una reconsideración más amplia del carácter y función del Estado moderno temprano. El cuadro tradicional de un Estado centralizado “absolutista” ha llegado a resultar desfasado porque los historiadores han señalado su carácter esencialmente “compuesto” y han dedicado gran esfuerzo a la paciente reconstrucción de las redes de patronazgo y los sistemas de clientelismo que tanto contribuyeron a definir los límites en los que podía operar el poder regio[28].

Si los siglos XVI y XVII fueron notables por desarrollar formas nuevas y más complejas de organización burocrática, se ha visto con progresiva claridad que el funcionamiento eficaz de las instituciones gubernamentales, antiguas y nuevas, dependía en gran medida de la capacidad de los príncipes y sus ministros para manipular en beneficio de la corona un sistema de relaciones sociales ensamblado por lealtades familiares y personales, e informado por un fuerte sentido de la jerarquía de la autoridad. El cardenal Richelieu, como demostró Orest Ranum en su obra Richelieu and the Councillors of Louis XIII, recurría a sus créatures para hacer cumplir sus mandatos; y también Olivares dependía de parientes y subordinados conocidos por el nombre de “hechuras”; y en Roma, donde un secretario de Estado dirigía la administración papal, los papas seguían nombrando cardenales a sobrinos suyos que podían actuar como agentes directos y eran utilizados en provecho de los intereses de la familia[29].

El funcionamiento de estas redes familiares y sistemas clientelistas, que se extendían desde la corte por todas las provincias, está siendo cada vez mejor estudiado[30], al igual que la corte misma como centro de patronazgo político[31]. Pero a la par que las cortes europeas van observándose bajo el microscopio, empieza a verse con claridad que no pueden estudiarse simplemente como organismos sociales y políticos autónomos. Estaban inscritas en un entorno cultural más amplio, en el que a su vez ejercían una fuerte influencia, configurado por valores y supuestos que exigen un examen detenido. La corte, por ejemplo, constituía el centro de una cultura del regalo, en que los límites entre reciprocidad y la esperada contraprestación de favores, por una parte, y la “corrupción” por otra, no eran fácilmente definibles[32]. Era éste un lenguaje de lealtad, amistad y dependencia con hondas raíces clásicas y cristianas, y que estaba dotado de sutiles matices de significado[33]. Ante todo, como morada del príncipe, la corte hablaba el lenguaje del poder que irradiaba a todo el Estado, un lenguaje de tintes sacros y místicos que apuntaba a esenciales cuestiones sobre la naturaleza del “consejo” y el grado en que el monarca podía delegar una autoridad de la que Dios le había hecho depositario.

“Los príncipes más prudentes”, escribió Bacon, “no deben considerar menoscabo alguno de su grandeza, o derogación de su suficiencia, el recurrir a consejo. El propio Dios no carece de él, pues que lo hizo uno de los grandes nombres de su bendito Hijo: El Consejero”[34]. La cuestión del consejo preocupó de manera central a las monarquías de comienzos de la edad moderna. ¿Qué cualidades adornaban al buen consejero y cuáles debían ser sus obligaciones? ¿Cómo debían ser elegidos los consejeros del príncipe? ¿Debía tener uno solo o muchos? Los diversos discursos sobre el favorito se insertaban en este discurso general sobre el consejo, que era en efecto un discurso sobre las competencias y limitaciones de la autoridad regia y la justificación del gobierno ministerial (o incluso primer-ministerial)[35].

Los discursos sobre el privado, los ataques a éste y sus apologías surgían de la percepción de una disyunción entre el concepto de monarquía ideal y las inquietantes realidades de un mundo en el que con excesiva frecuencia los monarcas parecían incapaces, por una razón u otra, de ejercer su real autoridad plenamente, y entregaban una parte sustancial de la misma a un solo individuo que podía o no estar capacitado para la tarea. Lo estuviera o no, como ha apuntado Jean Bérenger, ello significaba la interposición de un tercero entre el soberano y el súbdito[36]. Ésta era, inevitablemente, una situación que originaba violentas polémicas y generaba enérgicos intentos, bien para legitimar, bien para deslegitimar al ministro-privado. Este debate se desarrollaba tanto verbal como visualmente y está todavía a la espera de un análisis sistemático. Pero los trabajos realizados en años recientes sobre el lenguaje y la imaginería visual del poder en la Europa moderna nos sitúan en una mejor posición que en 1974 para responder a la exhortación de Bérenger de que la indagación histórica que él proponía abarcara no sólo los “orígenes” y “evolución” de este “fenómeno europeo”, sino también sus “manifestaciones” y las “violentas críticas que suscitó”[37].

El libro que sigue tiene el fin de explorar y desarrollar algunas de las cuestiones planteadas por el artículo de Bérenger, sirviéndonos de trabajos sobre la política, la cultura y la sociedad europeas de la era moderna realizados en los años transcurridos desde la publicación de dicho artículo. No pretende ser un estudio exhaustivo del favorito y su mundo, y tampoco, claro está, pretende examinar individualmente a todos los grandes privados o ministros-privados de los siglos XVI y XVII. Aunque se trata con algún detalle la trayectoria de uno o dos validos de los menos conocidos, como Concini, Enzlin y Griffenfeld, el enfoque adoptado para esta obra es esencialmente temático. No tiene mucho sentido, por ejemplo, publicar otra exposición breve sobre la carrera de una figura tan estudiada como Richelieu, pero un análisis de su vocabulario, como el aportado aquí por Orest Ranum, nos permite observarle desde un ángulo poco convencional, mientras se explora el tema general de las opciones lingüísticas posibles para los que ejercían la autoridad en la Francia del siglo XVII.

Como se verá, el libro está dividido en cuatro partes generales. La primera, “El surgimiento del ministro-favorito”, tiene la finalidad de iluminar los orígenes de lo que Bérenger denominó “fenómeno europeo” ilustrando, mediante casos individuales y el análisis de la situación institucional, política y social, la índole de entorno que propició la aparición del privado, y el que éstos adquirieran funciones ministeriales o primer-ministeriales. La segunda parte, “Favoritos en ejercicio”, ilustra algunos de los retos a los que se enfrentaba el valido o el valido en ciernes, y las dificultades inherentes a intentar diferenciar “privado” y “ministro”. La tercera parte, “Representaciones del favorito”, está dedicada a los temas de la creación y proyección de la imagen del valido en las artes visuales y la palabra escrita y hablada, y del lugar que ocupaba en el discurso público de teoría política y en el más personal de la amistad. En la cuarta parte se considera la cuestión de la decadencia del privado en tanto que fenómeno institucional.

Inevitablemente, un libro de esta naturaleza plantea más preguntas de las que responde. Puesto que versa sobre un continente entero y cubre un siglo y medio, omite por fuerza muchos ejemplos individuales que podrían haber figurado en él. No fue posible, por ejemplo, incluir los principados italianos y los Estados papales, o examinar la figura del favorito en Rusia, donde su edad dorada surge en el siglo XVIII con el gobierno de las emperatrices[38]. Aunque en este volumen se examinan los privados de monarcas femeninos, la decisión de poner el énfasis esencialmente en los aspectos ministeriales del favorito real significa que se ha prescindido del papel de las mujeres como privados, aunque éste es evidentemente un tema que merece mayor atención de la que hasta ahora se le ha concedido.

El propósito primordial de este volumen, así como del coloquio que lo ha precedido, es sugerir la importancia del favor y el favorito en la vida europea de los siglos XVI y XVII, y alentar nuevas perspectivas e investigaciones en torno a este fenómeno de dimensiones europeas. Podría ocurrir sin duda, como algunos de los capítulos de este libro parecen indicar, que las diferencias nacionales fueran tan marcadas que resulte imposible una definición del ministro-privado y su papel en la política y la sociedad que trascienda las fronteras nacionales. Por otra parte, una lectura de estos ensayos probablemente sugiera que, aunque la vida y las imágenes de estos favoritos parecen haberse ajustado a pautas característicamente nacionales, hubo también un fuerte elemento de imitación internacional. El espectacular ascenso del duque de Lerma, por ejemplo, ejerció una clara influencia que rebasó con mucho su España natal. En éste, como en muchos otros casos, sería fructífero realizar nuevos estudios sobre el papel de la influencia mutua y de la moda internacional en un sistema competitivo de Estado.

“No acaso”, observó el teórico de la política Diego Saavedra Fajardo en los años 1640, “está en manos de validos el manejo de Europa”[39]. Tenemos la esperanza de que el lector de este libro comprenda mejor por qué no es por casualidad, aunque su forma de entender el fenómeno sea distinta a la de Saavedra, que veía la mano de la Providencia en acción. Mucho tiempo partidario de Olivares, cuya hechura había sido, Saavedra Fajardo se inclinó después a achacar los padecimientos de una Europa desgarrada por la guerra a la alienación de una autoridad que tendría que haber ejercido el rey. En este sentido, refleja el cambio de talante que se estaba produciendo en Europa a mediados del siglo XVII y que anunciaba el eclipse o semieclipse del ministro-privado en la época de Luis XIV.

Mientras Saavedra escribía, estaban ya apagándose las luces del escenario en que se había representado incesantemente, durante buena parte de un siglo, el ascenso y la caída de favoritos en una amplia diversidad de decorados. Pero las reposiciones siempre fueron posibles y perduró la memoria del drama. Por qué fue en un escenario europeo donde se representó dicho drama, y qué significó éste para los contemporáneos, es el tema de este libro.

Primera parte. El surgimiento del ministro-favorito

PRIMERA PARTE

EL SURGIMIENTO DEL MINISTRO-FAVORITO

1. El contexto institucional de la aparición del ministro-favorito

1.

EL CONTEXTO INSTITUCIONAL DE LA APARICIÓN DEL MINISTRO-FAVORITO

I. A. A. Thompson

En enero de 1647, en una carta privada a su confidente, la monja sor María de Ágreda, Felipe IV de España (véase ilustración 25) trataba de justificar por qué, después de la caída de Olivares, había considerado necesario tomar otro valido:

Habréis entendido de la prudencia y satisfacción con que el rey don Felipe segundo, mi agüelo, gobernó esta Monarquía, el cual en todos tiempos tuvo criados o ministros de quien hizo más confianza, y de quien se valió más para todos los negocios… Este modo de gobierno ha corrido en todas cuantas Monarquías, así antiguas como modernas, ha habido en todos tiempos, pues en ninguna ha dejado de haber un ministro principal o criado confidente, de quien se valen más sus dueños, porque ellos no pueden por sí solos obrar todo lo necesario[1].

Naturalmente, Felipe IV tenía razón. Habían existido favoritos en el pasado (amantes de ambos sexos); había habido ministros en el pasado, había habido ministros-favoritos en el pasado y habría ministros-favoritos en el futuro[2]. ¿Está justificado hablar de una época del ministro-favorito? Si es así, ¿cuál? ¿Y cómo identificarla? Obviamente, es decisivo delinear claramente el periodo elegido para centrar la discusión del contexto institucional o político en el que situar el fenómeno del ministro-favorito.

El problema planteado originalmente por Jean Bérenger en 1974 se centraba en 1600-1660[3], y se inspiraba en lo que parece ser una agrupación excepcional de ministros todopoderosos que dominaron la política durante largos periodos en los grandes Estados de Europa occidental: Lerma, Olivares y Haro en España; Sully, Richelieu y Mazarino en Francia; Oxenstierna en Suecia; Cecil y Buckingham en Inglaterra. Y lo que quizá no sea menos relevante, parecía imposible prescindir de epígonos, favoritos secundarios para llenar los vacíos: Uceda entre Lerma y Olivares; Nithard y Valenzuela después de Haro; Concini, De Luynes, Sillery, La Vieuville entre Sully y Richelieu; Carr entre Cecil y Buckingham: lo que sugiere que el “favoritismo” no era una mera cuestión superficial de individuos excepcionales, sino una característica profundamente arraigada de la época[4].

Es cierto que cada vez se pone más en tela de juicio que, en este aspecto, la primera mitad del siglo XVII tuviera un carácter peculiar. Actualmente, se ha enfatizado mucho la continuidad entre los favoritos de comienzos del siglo XVII y sus antecedentes en el siglo XVI[5]. Parte de la dificultad se refiere a las definiciones. El lenguaje del “favoritismo” es impreciso y proteico, cubre diferentes relaciones y roles —Wolsey, Leicester, Essex, Cecil, Carr; Ruy Gómez, Olivares, Valenzuela; Epernon, Sully, Concini, Richelieu. En una monarquía personal, todo ministro debe gozar en cierto sentido del “favor” del monarca, hasta el punto de que su posición depende del beneplácito, confianza o aceptación más que de su papel institucional per se. El énfasis que han puesto algunos historiadores en la combinación de lo personal y lo ministerial como peculiaridad del siglo XVII temprano no es, por tanto, del todo útil. Las connotaciones afectivas, por no decir sexuales del “favorito” pueden, verdaderamente, distraernos. Puede existir un fuerte elemento afectivo en la relación entre el rey y el ministro (Buckingham) o puede no haberla (Richelieu); la estrecha amistad era en ocasiones la fuente (Haro), en ocasiones la consecuencia (Oxenstierna) del poder ministerial. Hubo favoritos y factotums; favoritos personales, favoritos políticos, ministros-favoritos, favoritos hegemónicos y ministros plenipotenciarios, hombres como Oxenstierna o don Juan José de Austria, por ejemplo, cuya posición no tuvo en absoluto su origen en la elección real[6]. Por estas razones, me parece que los términos españoles “valido” y “valimiento” deben preferirse al de “ministro-favorito”, tanto por tener una carga menor como por ser neologismos contemporáneos que expresan semánticamente el sentimiento de la época de que el valido era en cierto modo diferente de los privados del pasado.

Estaba claro que los validos de comienzos del siglo XVII no eran idénticos entre sí; sin embargo, todos ellos tenían funciones similares en el gobierno y todos eran la respuesta, de un tipo u otro, a un conjunto común de problemas políticos e institucionales.

Quisiera llamar la atención sobre cuatro rasgos interrelacionados que, aunque tomados individualmente, quizá no sean únicos; en conjunto podría afirmarse que fueron característicos del valido del XVII y definieron el espectro de sus funciones políticas e institucionales.

El primero es que los validos operaron en las áreas del poder y del clientelismo, de “gobierno y gracia”, en el consejo y en la corte, y fueron predominantes, si no monopolistas, en ambas áreas. En efecto, era común denunciar al valido en la época por usurpar el oficio del rey (o usurparlo en apariencia) y algunos historiadores han llegado al punto de hablar de una completa entrega del poder[7]. Esa opinión es, qué duda cabe, exagerada. El predominio del valido nunca fue total ni ininterrumpido y, ciertamente, nunca fue tan total como imaginaron los contemporáneos.

Dicho esto, y aunque algunos privados del XVI también se vieron de forma hasta cierto punto similar, sigue pareciéndome que, en conjunto, la influencia determinante de la que disfrutaron (o se creyó que disfrutaban) Richelieu, Mazarino, Lerma y Olivares, tanto en el ámbito de la política como en el del patronazgo durante la totalidad de sus prolongados gobiernos, y quizá Buckingham durante un tiempo más breve, los distingue de un Ruy Gómez, un Leicester, un don Cristóbal de Moura o un Sully, que, por influyentes que fueran, compartieron su ascendiente o rivalizaron continuamente por ella con otros líderes de facciones o consejeros cercanos al rey (Alba, Burghley, Idiáquez, Chinchón, Villeroy).

En segundo lugar, operaron fuera (o al lado) de los canales institucionales establecidos, muchas veces sin tener ningún rango ministerial formal. El valido se diferenciaba de un secretario privado o consejero áulico en que interfería en los procesos normales del funcionamiento de los consejos, interrumpiendo, en expresión de Álamos de Barrientos, la “corriente ordinaria” y desviando a través de sí el flujo normal de acceso y de información al rey[8].

En tercer lugar, estaban en el centro de una red nacional de clientelismo, red que no se restringía a la corte ni a un interés local específico, sino que era el medio de integrar la corte y el país en un frente amplio.

En cuarto lugar, eran “políticos” y no solamente en el nivel básico de la gestión, actuando como una especie de jefe de filas de su facción, engatusando o disciplinando (la brutal reprimenda de Olivares a Lisón y Viedma es un ejemplo clásico), sino que, y esto es más importante, utilizaron su influencia con un objetivo político y no meramente privado, promoviendo una “política”, un programa de reforma gubernamental o constitucional o simplemente un medio fiscal concebido para reforzar la autoridad y la reputación del Estado.

No todos los validos encajan en estos esquemas, o encajan de formas diversas. Sin embargo, éstas son las características clave que pueden relacionarse con desarrollos institucionales y políticos de mayor alcance que, al final del siglo XVII, crearon las condiciones en las que la aparición del valido fue una respuesta inteligible si no del todo inevitable.

EL MINISTRO-FAVORITO Y LA EXPANSIÓN DEL GOBIERNO

Si el auge del ministro-favorito es un fenómeno general de comienzos del siglo XVII, es indudable que se requiere alguna explicación que vaya más allá del viejo tópico de repertorio, una pandemia de abulia e incapacidad entre los príncipes de la Europa de comienzos del siglo XVII; explicación tanto más necesaria porque, dejando a un lado los accidentes de las minorías de edad reales y las regencias femeninas, la concepción que relacionaba el auge del valido al acceso al trono de una serie de rois fainéants (reyes indolentes) se ha hecho cada vez más insostenible. Indudablemente, Jacobo I, Luis XIII y Felipe IV ya no se consideran así[9].

Una explicación más seria ha contemplado al valido como respuesta a una crisis de crecimiento del gobierno. La creciente complejidad del Estado que, con la expansión de sus esferas de intervención, estaba desbordando los métodos personales de gobierno, había acumulado una carga demasiado pesada para un solo hombre, y especialmente para un príncipe educado para la corte, no para el despacho. Al mismo tiempo, el creciente énfasis en la majestad de la monarquía hizo que pareciera inapropiado para el rey que se implicara en las minucias del detalle administrativo, despachando negocios y tratando con el vulgo cazador de cargos[10].

Indudablemente, el gobierno estaba creciendo, especialmente en el último cuarto del siglo XVI, aunque quizá no más que en las décadas de 1520 o 1530. Históricamente, el papel del ministro ganaba en relevancia en tales periodos de reforma administrativa (Gattinara, Thomas Cromwell, Cobos) y la necesidad de que el rey compartiera las cargas del gobierno era la justificación contemporánea estándar del valido. Pero los reyes no eran incapaces de desempeñar un papel de coordinación por sí mismos (Luis XIV) y no carecían de secretarios y ayudantes que les asistieran. Tampoco es cierto que los reyes pensaran necesariamente que las tareas esenciales del gobierno no merecían su atención inmediata: Luis XIII se embarcó en un intento de gobernar personalmente en 1622 y Felipe IV, evidentemente, no estaba avergonzado de sus propios esfuerzos en esa dirección[11].

Felipe IV, en la misma carta a sor María de Ágreda citada arriba, explicaba algunas de las cosas que no se juzgaba apropiado que hiciera un rey:

A éste [el ministro principal] se suele encargar el oír a ministros y negociantes para informar a la cabeza de sus pretensiones; también el solicitar los negocios más graves, y que se ejecute con puntualidad lo que se resuelve, cosa tan necesaria en todos tiempos, y particularmente en los presentes, en que tanto importa la brevedad de las ejecuciones de lo que está resuelto. Esto difícilmente puede correr por la mano del rey, pues no es lícito de su dignidad andar de casa en casa de ministros y secretarios a ver si ejecutan con puntualidad lo que les ordena; y por estas noticias que recibe por medio de los ministros o criados de mayor confianza, puede ordenar lo que debe hacer y saber lo que se hace[12].

Éstas eran funciones importantes, con una influencia potencial enorme, pero eran funciones que ningún rey del siglo XVI hubiera desempeñado personalmente, incluso Felipe II, cuyo problema no fue que tuviera demasiado que hacer, sino que hacía demasiadas cosas que no era necesario que hiciera en persona.

El núcleo del problema era separar la toma de decisiones sobre cuestiones rutinarias de las cuestiones políticas, permitiendo que las instituciones establecidas trataran directamente los temas rutinarios de la administración y del gobierno. El Consejo Privado (Privy Council) inglés fue quizá el ejemplo supremo, pero también en España los consejos y las “audiencias” tenían áreas de autonomía administrativa efectiva, si bien mucho más limitada. En otras palabras, existían modelos de soluciones a los problemas del crecimiento administrativo y gubernamental que no implicaban la concentración de poder en un ministro, lo que, en cualquier caso, más bien era una solución al problema de la dignidad real que al de la excesiva carga de trabajo. Así, incluso en España, donde, dado el volumen y la estructura administrativa múltiple de la monarquía, la expansión de las tareas de gobierno tuvo un impacto mucho mayor que en Estados más pequeños o más uniformes, no estoy seguro de que el crecimiento del gobierno por sí solo fuera el motivo principal de la aparición del valido.

Fue más pertinente la naturaleza de los desarrollos institucionales a los que dio lugar el crecimiento del gobierno. Las instituciones de gobierno de España tenían un carácter marcadamente diferente al de las de Francia e Inglaterra. En parte por razones jurisdiccionales, las instituciones centrales de España eran más numerosas y estaban más formalizadas y diferenciadas. Los presidentes y secretarios de los consejos estaban más departamentalizados que los ministros y secretarios de Estado en Francia, y en España no había una institución madre con competencias de carácter abierto semejante al Consejo Privado inglés. Pero este elevado grado de institucionalización y especialización conllevaba los problemas asociados de rutina burocrática, rivalidad institucional y corporativismo. El gobierno estaba obligado, legal y procedimentalmente, a trabajar mediante un sistema administrativo y judicial que en gran parte había logrado autorregularse y cuyos elementos integrantes se encontraban en conflicto jurisdiccional sistemático entre sí. Sus funcionarios permanentes se cooptaban entre una camarilla profesional restringida y, protegidos por la ley y por sus ordenanzas, trabajaban en un agenda establecida según principios judicialistas e intereses colegiales, que en modo alguno coincidía siempre con la del rey o sus ministros. Era muy probable que esto representara un problema especial para un nuevo rey, entorpecido por una administración dirigida por los instrumentos del reinado anterior, especialmente si ese reinado había sido largo.

La búsqueda de un mecanismo efectivo para coordinar, controlar e imponer la obediencia a los organismos centrales del gobierno en España había sido una preocupación de primer orden al menos a partir de la década de 1540, preocupación que se había agudizado a partir de comienzos de la década de 1580 por la combinación de sobrecarga administrativa y la progresiva debilidad del rey. De este modo, en los años 1590-1600 apareció el valido como una solución a un prolongado problema de control; era una más entre una serie de soluciones propuestas que se remontaba a los grandes secretarios ministeriales de las décadas previas a 1560 (Cobos, Vázquez de Molina, Eraso), al presidente ministerial (Espinosa), al secretario privado (Mateo Váquez), al gabinete privado (junta de noche) de los últimos años de Felipe II y al antiguo valido o cuasivalido del anterior rey, don Cristóbal de Moura. En relación con esto, Feros acierta, por tanto, al señalar los elementos de continuidad entre Lerma y el pasado inmediato, continuidad que refuerza la idea de que la aparición del valimiento a gran escala en el siglo XVII no fue el resultado de cambios en la personalidad y circunstancias, sino que se derivó de las mayores necesidades del gobierno[13].

Allí donde, como en Francia e Inglaterra, no se produjo semejante desarrollo administrativo, complejo e institucionalizado, o maduró más lentamente, dejando más expedito el camino a las consideraciones políticas en el desempeño gubernamental, no fue tan necesario imponer un control externo, desde la corte, a la administración. Y, por consiguiente, era más probable que el favor personal y el ministériat siguieran siendo esferas independientes (Essex, Cinq Mars). Mientras que en España el valido provenía de la propia casa del rey, en Francia e Inglaterra era más probable que el ministro principal emergiera del consejo o de la secretaría (Villeroy, Cecil, Richelieu). Así, el nombramiento de Robert Carr en 1612 como secretario de Estado en funciones, encajando al favorito en un papel gubernamental ya existente, es interesante como una especie de “eslabón perdido” en la evolución del valimiento.

El ascenso del valido fue, evidentemente, la contrapartida de la decadencia del secretario, muchos de cuyos deberes en el gabinete privado del rey y como secretario de Estado pasaron a manos del valido[14]. Hasta los años 1560-1570 los secretarios de Castilla habían tenido una evolución muy similar a la de los secretarios de Estado de Inglaterra y Francia. Hombres como Francisco de los Cobos, Juan Vázquez de Molina o Francisco de Eraso eran pluriempleados departamentales que supervisaban múltiples áreas de trabajo y tenían una importancia en el gobierno muy superior a la de su cargo individual. Esta evolución fue quebrada por la progresiva especialización y separación de departamentos y la multiplicación y burocratización de las secretarías[15]. Aunque era un indicio innegable del mayor volumen de trabajo, el efecto fue el de fragmentar y debilitar la autoridad de los secretarios. El espacio que se abrió entre el rey y las instituciones de gobierno por la degradación de los secretarios, y aquellas funciones de coordinación, admonición y patronazgo, cruciales para el control político de la corte y de los consejos, que un mero secretario no podía desempeñar apropiadamente, fueron entonces ocupados, de forma diversa, por ministros, comités del gabinete o validos. El secretario y el valido, e incluso el valido y el comité del gabinete como sugiere la repetida alternancia entre ellos, fueron resultados competitivos de grupos de intereses concretos. Cuál fuera la solución idónea dependía tanto de factores sociales y políticos como gubernamentales.

El valido surgió, pues, en un momento determinado en el desarrollo de la administración central. Fue también un momento que presentaba oportunidades peculiarmente favorables al patronazgo en la burocracia lega castellana (lega en oposición a la burocracia jurista de los consejos, que siempre había disfrutado de una evolución institucional más precoz). El periodo que va desde la década de 1580 hasta el reinado de Felipe IV fue precisamente la época, con respecto a los gabinetes secretariales, en que los “criados” del secretario se fueron transformando primero en “oficiales reales” y después en “oficiales de las secretarías”. Durante treinta o cuarenta años se abrió una ventana al patronazgo; a finales del reinado de Felipe IV, los oficiales reales, nombrados ad lib, se habían convertido en una burocracia departamental cuya promoción estaba regida por la ley y la antigüedad, y esa ventana se volvió a cerrar[16].

El valido actuaba no sólo insertando a sus clientes en puestos clave de los consejos, interrumpiendo las vías normales de promoción burocrática —promoción “por saltos”, no “por grados”, como lamentaba Bermúdez de Pedraza[17]—, sino también desviando asuntos esenciales de los canales formales, institucionalizados, la “vía ordinaria”, hacia juntas o comisiones informales y designadas a dedo. Por tanto, no funcionaba como un mero canal cuasi secretarial entre los consejos y el rey, sino que también controlaba el flujo de información y la gestión de los asuntos y resoluciones. El valido, por consiguiente, en cierto sentido devolvía el gobierno a la corte. El proceso se presenta de la forma más obvia en España, pero parece que tiene paralelismos en otros sitios: quizá en la restauración por parte de Jacobo I de los favoritos de casa y cámara, que, como sugiere Cuddy, también era un modo de evitar la esclerosis administrativa en la ejecución de nuevas políticas[18].

Considerado, pues, como un sistema de gobierno, el valimiento puede contemplarse como una forma de desinstitucionalización, de politización; el instrumento de la corona para retomar el control del gobierno de una administración que se considera ineficaz, corrupta, obstruccionista e inamovible e imponerle una dirección política, ausente de las consideraciones habituales en materia de nombramientos y promoción. De hecho, la fuerza (y la debilidad) del valimiento estribaba precisamente en el hecho de que (a diferencia de la realeza) no era un cargo, siendo por ello extralegal, no regulado por normas y ordenanzas, sino gobernado por un principio rector que no era la justicia distributiva, sino la razón de Estado[19]. La coincidencia de la era del valido con el desarrollo de la doctrina de la razón de Estado no es, por tanto, accidental. El valido era la persona política del “príncipe cristiano”, la identidad negativa de un rey que no podía hacer el mal; era un amortiguador, un pararrayos o, en el peor de los casos, una lente ustoria interpuesta entre el rey y el pueblo en un momento en el que no podía confiarse en el consenso moral respecto a la política gubernamental[20].

EL MINISTRO-FAVORITO Y LA CORTE

El valido tenía otro público: la corte y la nobleza cortesana que volvieron la vista hacia los nuevos regímenes en 1598, 1603 y 1610 para invertir lo que consideraban su exclusión del gobierno y del favor bajo Felipe II, Isabel I y Enrique IV. Rituales cortesanos cerrados, monarcas notoriamente ahorradores, consejos de Estado cada vez más restringidos, la profesionalización del gobierno y, más aún, de la guerra y el monopolio de la influencia por juntas secretas de gabinete, ministros e incluso secretarios bloqueaban los canales del patronazgo de magnates del que dependía toda la nobleza. Y todo ello en un momento en el que por razones económicas, demográficas, políticas y culturales era irresistible el apremio de la nobleza por poner las manos de una u otra forma sobre los recursos del Estado, que absorbía una proporción cada vez mayor de la riqueza de la comunidad. El desplazamiento del equilibrio de recursos entre la aristocracia y el Estado con la crisis de las finanzas nobiliarias a finales del largo ciclo ascendente del siglo XVI fue espectacular[21]. Pero no fue menos importante la creciente centralización de los honores y el desplazamiento de la base de la clientela desde el poderío local a la influencia en la corte relacionada con esa centralización. La pertenencia a la corte y el patronazgo cortesano fueron adquiriendo inevitablemente una importancia creciente a medida que se iban angostando las vías alternativas de promoción social y enriquecimiento, entre las que no eran las menos importantes las oportunidades ofrecidas por la guerra.

Los nuevos regímenes —viendo suficientes indicios que advertían del descontento—, en parte como respuesta al cuello de botella del patronazgo de finales del siglo XVI, en parte para ganarse la lealtad de la nobleza y en parte para crear nuevas clientelas gubernamentales, adoptaron estrategias adaptativas: abrieron los consejos a la gran nobleza, derrocharon dinero en la corte, abrieron el acceso a los cargos administrativos. En este proceso el valido desempeñó un papel clave: representante de la reacción aristocrática al “gobierno de secretarios” (Oxenstierna, Lerma) o expresión de una reacción frente al refortalecimiento de la aristocracia en la corte (Concini); voz de la nobleza inferior frente a la superior (De Luynes) o promotor de una nueva nobleza frente a la antigua (Griffenfeld); cabeza de una facción aristocrática frente a otra (Buckingham) o instrumento para salvar el faccionalismo de los consejos rearistocratizados (Lerma); nexo entre el rey y la nobleza (Carr) o campeón de la autoridad real sobre los grandes (Olivares, Richelieu).

Como ha señalado Asch, lo más importante fue que constituyó el instrumento utilizado por el monarca para controlar la corte, el gestor del patronazgo real[22]. La explosión del patronazgo requería una gestión cuidadosa si tenía que servir a un fin político o simplemente evitar el conflicto interno en la corte. Pero el papel del valido como gestor del patronazgo también daba respuesta a una demanda desde abajo, estableciendo una sola fila de distribución, en expresión de Peck[23], y servía tanto a los intereses del patrón como del cliente, siendo quizá esta la razón por la que Lerma fue descrito en una ocasión como “Protector General y Abogado de Todos”[24].

EL MINISTRO-FAVORITO Y LAS ENTIDADES LOCALES

También se ha de considerar el valimiento como la expresión de una nueva relación entre la corona y las entidades locales, vinculada con los dos desarrollos políticos clave de finales del siglo XVI: la mayor necesidad de cooperación de las élites locales y la estructura cambiante del poder en las provincias.

Las presiones sobre el gobierno y las finanzas en la década de 1590 fueron inmensas y, aunque hubo algunos lugares en los que se mitigaron un tanto después de 1600, se redoblaron en la década de 1620. Los gobiernos se veían cada vez más abocados a buscar subsidios parlamentarios y servicios transaccionales. Junto a las exacciones tradicionales y de nuevo cuño, la fiscalidad en la primera mitad del siglo XVII se caracterizó por ayudas e impuestos voluntarios, benevolences, dons gratuits, donativos, alienaciones y ventas, todos los cuales requerían negociación, persuasión y estímulo. En estas circunstancias, era más necesaria que nunca la cooperación de las entidades locales con la política real. La necesidad de conseguir la obediencia era un ejercicio continuo, no en último término debido a que el consenso político de finales del siglo XVI se estaba quebrando y la política real ya no obtenía un respaldo sin reservas.

Sin embargo, la forma de negociación con las entidades locales estaba determinada por la decadencia de la influencia aristocrática directa en las provincias y por la creciente patrimonialización y venalidad de los cargos, que aumentaba la autonomía de las élites políticas locales, tanto respecto a la corona como respecto al magnate local, lo que tuvo como consecuencia una significativa expansión de la nación política; como observó Bacon, “hoy en día… no hay vulgo, todos son estadistas”[25].

El instrumento estándar del siglo XVI para influir en las decisiones locales, confiar en los buenos oficios del gran magnate local o despachar como enviados a cortesanos y funcionarios reales a sus regiones de origen parecía cada vez más ineficaz o inadecuado. Tengo la impresión de que ciertamente en Castilla no sólo se empleaba cada vez menos a los grandes para resolver problemas en las ciudades, sino que además su intervención frecuentemente era rechazada por las oligarquías de la ciudad y muchas veces era contraproductiva. Esta fragmentación de la influencia local tuvo el efecto de multiplicar los contactos directos entre el gobierno y el municipio, haciendo necesario, por tanto, un nivel de gestión mucho más coordinado dentro de las propias provincias, cuyo lubricante era el acceso del valido al patronazgo de la corona[26].

En Castilla esto era palpablemente diferente a lo que había venido ocurriendo en el siglo XVI, lo que no quiere decir que durante el siglo XVI las relaciones entre las entidades locales y la corte no fueran importantes, ni que los cortesanos no tuvieran una clientela local, sino que fueron personales y asistemáticas, sociales y no políticas. Bajo Felipe II no parece haber existido ninguna política coherente para extender la influencia de la corte en los municipios; es más, los intentos individuales de hacerlo podían ser fácilmente bloqueados por una facción cortesana rival[27]. Sin embargo, en el siglo XVII hubo un programa consciente de infiltración en las oligarquías de las ciudades, que era claramente nuevo y que estaba relacionado de forma directa con la nueva importancia política de las Cortes de Castilla a partir de 1590. El régimen de Lerma contempla la primera implicación importante de ministros de la corona de primer rango en las propias Cortes (incluido Lerma, que ejerció de procurador en dos ocasiones) y los comienzos de un programa sistemático de patronazgo dirigido a las oligarquías que controlaban las ciudades con voto en las Cortes. El valido era el centro de una red de patronazgo y clientelismo que se extendió por todo el reino de Castilla. El propio Lerma tenía cargos en ocho ciudades con voto en las Cortes; a Olivares se le concedieron cargos en cada una de las 19 ciudades representadas en las Cortes; todos ellos, por supuesto, desempeñados por sustitutos. No conozco ningún caso paralelo entre los ministros del siglo XVI[28].

Mutatis mutandis, este tipo de intervención en las provincias, que quizá solo fuera posible —o al menos se viera facilitado— por el debilitamiento del poder del magnate, era una característica común del modus operandi del valido. El patronazgo ejercido por la corte y el clientelismo local quedaron integrados en un único sistema de control. También se fueron politizando, ya que el patronazgo ministerial era capaz de imponer un carácter prescriptivo que el propio rey no podía exigir legítimamente, atrapado en una retórica del “servicio” demasiado flexible como para garantizar una obediencia incuestionada a las demandas reales.

Aunque en este aspecto son importantes los lazos de parentesco y dependencia, también lo es el patronazgo puro. Fue el patronazgo, más que ninguna otra cosa, lo que proporcionó al valido una clientela que generalizó su influencia política en regiones que previamente constituían esferas independientes de influencia de magnates individuales, proceso que, al tiempo que promovía la cohesión política, contribuyó a transformar el patronazgo de una relación social privada en una de tipo más prescriptivo políticamente[29].

Por tanto, los validos formaron parte de un proceso de transformación social del poder en las provincias. La constitución de clientelas locales redujo la influencia local de les grands. En el siglo XVII las funciones de intermediación serán asumidas por un estrato social más modesto[30]. La integración de las élites locales en la corte a través del patronazgo centralizado del valido también desplazó las fidelidades dentro de la sociedad local desde las lealtades de clan hasta las relaciones clientelares asociativas, lo que formaba parte de un proceso tanto de centralización de la política como de su politización.

EL MINISTRO-FAVORITO Y EL ESTADO

Finalmente, ¿no es posible considerar la aparición del valido una respuesta a lo que, cómodamente resumido, podríamos denominar “la crisis de 1590-1600”? Pienso en este momento en las observaciones que John Elliott hizo en la contribución con que concluye el volumen de Peter Clark, un ensayo titulado con inequívoco hastío: “Yet Another Crisis?” (“¿Una crisis más?”)[31]. Lo que diferenciaba a los principales validos de la década de 1620 fue que eran hombres con una renovada convicción en que sí era posible hacer algo para remediar los males del gobierno y de la sociedad y que ellos eran quienes podían hacerlo. Los validos eran reformistas, hombres de proyectos, arbitristas. Enfrentados con demandas que forzaban las capacidades del Estado hasta el punto de ruptura, iban a ser el instrumento que permitiría extender el poder del Estado. El valido era el instrumento para la supresión de las facciones y la unificación de la corte, para la coordinación de la maquinaria de gobierno, la articulación entre el centro y los organismos locales, la movilización de todos los recursos de la comunidad en apoyo de la política real, el abogado de los programas para la regeneración del Estado y la armonización de los reinos[32].

¿Hemos de considerar al valido, por tanto, como una fase específica en el desarrollo del Estado, al igual que el intermediario del patronazgo del que, al menos en parte, constituía un tipo particular? [33] En contraste con don Álvaro de Luna a mediados del siglo XV, que podía reunir lo que prácticamente era un ejército privado, el valido ejercía el poder en total dependencia del favor del príncipe y de los recursos del Estado. Su poder, y la misma fugacidad de ese poder, era en sí mismo una afirmación de la preeminencia de la gracia real y una expresión del cambio en el equilibrio de poder y de recursos dentro del cuerpo político[34]. Inevitablemente (aunque las culturas políticas de España, Inglaterra y Francia diferían en este aspecto)[35], era frecuente que el valimiento se considerara como una subversión de la Constitución, un instrumento de tiranía, el heraldo del absolutismo. Pero, al mismo tiempo, el Estado se enfrentaba con demandas en el límite de su capacidad que no podía abordar sin la cooperación de poderes locales e intermedios cada vez más fragmentados[36]. El valido, por consiguiente, tenía que emplear la zanahoria tanto como (y quizá más eficazmente que) el palo. El clientelismo suponía compromiso; implicaba trabajar con estructuras políticas existentes en vez de atacar su autonomía. La manipulación de los Estados de Bretaña por parte de Richelieu es particularmente ilustrativa de aquellas circunstancias en las que no siempre era aconsejable imponer soluciones denominadas absolutistas y de los beneficios recíprocos, tanto para la corona como para la provincia, que podían obtenerse de la mutua adaptación[37]. En Bretaña, como en otros lugares, el valido era el intermediario entre la lealtad a la comunidad local y la lealtad a los intereses del Estado.

Institucionalmente, el valido surgió en la fase de transición entre una burocracia privada y una burocracia pública, entre una concepción judicialista e instrumentalista del gobierno, entre el Rechtsstaat y el Verwaltungsstaat, entre la Respublica Christiana y la raison d’état. La pregunta a responder es: ¿en qué medida fue eficaz el valido como instrumento de esa transición?

2. “De tu resplandor, te ha privado la fortuna”: los validos y sus destinos en la España de los sigl

2.

“DE TU RESPLANDOR, TE HA PRIVADO LA FORTUNA”: LOS VALIDOS Y SUS DESTINOS EN LA ESPAÑA DE LOS SIGLOS XV Y XVI

James M. Boyden

De camino hacia su retiro en Yuste, el emperador Carlos V pasó por Pancorbo, un pueblecito serrano al nordeste de Burgos, en el otoño de 1556. Los lugareños acogieron a Carlos V y su séquito con jubilosos fastos y le ofrecieron un espléndido presente. Cuando cesaron las ceremonias de bienvenida, las autoridades municipales elevaron al emperador la petición de que les fuera otorgada cierta jurisdicción menor. Carlos V respondió agradeciéndoles su hospitalidad y su presente, pero explicó que, habiendo renunciado a sus reinos, no detentaba ya poder alguno para intervenir en asuntos jurisdiccionales. Los concejales, asimilando la mala noticia, respondieron que “si es assí, besamos humillemente las manos de Vuestra Majestad por su buena voluntad, y bolverémos nuestro presente”[1].

Los atractivos de este episodio son diversos, y en su mayoría obvios. Hoy, como muy probablemente entonces, resulta divertido: pinta a los aldeanos al estilo entre adulador y burlón que conocemos por algunas comedias de la época; son a un tiempo astutos pero torpemente calculadores, francos pero groseros, no se sienten intimidados pero se muestran lisonjeros. Para el hombre que registró esta anécdota, sin embargo, su significado era más serio. En su Miscelánea, compilada a fines del siglo XVI, Luis Zapata utilizó este relato para ilustrar los temas de “Desengaño del Mundo” y la “Ynfidilidad Humana”. De manera quizá sorprendente, la condena de la inconstancia de los aldeanos no es la única, o siquiera la principal, moral resaltada por Zapata; por el contrario, este apartado terminaba con una comparación entre el emperador y un río que, cuando está crecido, hace temblar las cuadernas de los mayores bajeles, pero en la posterior estación seca es vadeado sin dificultad por “animales chicos”[2].

Esta anécdota imperial se nos presenta, pues, como una narración sobre “cómo caen los poderosos”. Posiblemente siempre y en todas partes haya habido apetito popular por este tipo de historias, aunque actualmente puede que el público espere no tanto ver a las grandes figuras caídas como descubrir que su grandeza es puro fraude. Sin embargo, es cosa sobradamente conocida que los reveses de la fortuna eran tema predilecto de la literatura y la filosofía de la edad moderna. Los escritores de este periodo parecen recurrir a menudo a la narración biográfica meramente como escenario esquematizado del desenlace previsible de la privación de poder, prosperidad o gracia que acaece al sujeto. Juan de Mariana suministra un ejemplo especialmente rotundo de este planteamiento en su Historia general de España cuando introduce la figura de Bartolomé de Carranza en el momento de su elevación a la sede arzobispal de Toledo. Con la mirada claramente dirigida hacia la prolongada ordalía de Carranza con la Inquisición, Mariana comenta: “Parece subió tan alto [sólo] para que la caída fuese tan grave”[3].

Esta atmósfera es particularmente omnipresente en la literatura del periodo que versa sobre los privados de los reyes españoles. El estado de privanza es presentado en general como algo inherentemente inestable, transitorio. El favor consume a aquellos a los que se otorga, o, en palabras de un observador del siglo XVI: “Las grandes confianças [entre el regio señor y el favorito] tienen grandes caydas”[4]. Existen una serie de razones que explican esta actitud generalizada. Una de las más notables se desprende de una breve consideración de la vida de don Álvaro de Luna, el más grande de los validos castellanos, al menos antes de los albores del siglo XVII (véase ilustración 2). Nacido en la década de 1380, hijo bastardo de una prominente familia y sobrino del antipapa Benedicto XIII, don Álvaro de Luna llegó a la corte de Castilla en 1408 y dos años después se convirtió en paje del rey niño, Juan II. Como tantas veces antes y después, la privanza de esta índole nacía del servicio personal de un joven noble a un príncipe menor de edad; en 1419, cuando Juan II alcanzó la mayoría de edad a los catorce años, Álvaro de Luna era el favorito indiscutido[5].

Durante los tres decenios siguientes y aun después, don Álvaro se mantuvo como privado del rey y fue la figura principal del gobierno de Juan II. En agradecimiento a sus servicios fue nombrado condestable de Castilla y maestre de la Orden de Santiago. Los regalos del rey y la propia avidez de don Álvaro le convirtier

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