Revolución

David Van Reybrouck

Fragmento

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INTRODUCCIÓN

 

 

 

 

No hay marejada ni cabrillas ni olas espumosas. En las tranquilas aguas del mar de Java, la luna se refleja en miles de fragmentos de luz perlada que se mecen lánguidamente en las aguas nocturnas. Una brisa del noroeste trae algo de frescor, pero, como sucede siempre cuando los vientos monzones cambian de dirección, el calor se mantiene también después de medianoche, incluso en alta mar. Millones de estrellas centellean en el firmamento, la Vía Láctea es un rastro de tiza sobre una vieja pizarra.

A lo lejos, se entreoye una leve vibración que, al principio, apenas resulta audible; sin embargo, el sonido crece, se acerca, se transforma en un claro golpeteo cada vez más fuerte hasta convertirse en un potente y regular traqueteo. Y a la luz de la luna surgen los inconfundibles contornos de un barco de vapor, una majestuosa mole blanca con una proa recta que surca las aguas. Los mástiles, los botalones y las cubiertas delatan que se trata de un paquebote que transporta carga y pasajeros. Una voluta de humo horizontal ondea en la ancha chimenea, como si de un estandarte se tratara. De vez en cuando, el tubo expulsa un vuelo de chispas rojas: señal de que los fogoneros atizan las brasas en la sala de máquinas. No obstante, las chispas no tardan en extinguirse al entrar en contacto con el aire exterior y el paquebote sigue deslizándose por el agua azul grisácea de la noche.

El barco escora ligeramente hacia estribor, no mucho, solo porque va muy cargado. Sin embargo, poco a poco, el grado de inclinación aumenta y el buque se va escorando cada vez más. En las cubiertas inferiores, los pasajeros miran alarmados a su alrededor. Se oye el sonido de una sirena. Seis toques breves y uno largo: la señal de alarma. Y otra vez, y otra. A partir de ese momento, todo sucede con suma rapidez. En la cubierta aparecen algunos pasajeros del salón; no todos llevan puesto un chaleco salvavidas, intentan congregarse, aunque no es fácil hacerlo en una cubierta que se ha convertido en una rampa. Los fogoneros y los paleros trepan hacia arriba por las empinadas escaleras de mano, pero ¿qué es arriba? Las personas que han conseguido salir se aferran a tubos, cables, cadenas y cabos. Cuando se ven obligadas a soltarlos, resbalan por la cubierta hasta golpearse contra la borda y acaban en el mar. Se oyen gritos, chillidos, crujidos y chapoteos.

Unos minutos más tarde, el barco vuelca y la chimenea choca contra las olas emitiendo un rugido. Se ahoga, escupe agua, vuelve a tomar aliento y acaba asfixiándose entre estertores y atrapada en un remolino de vapor, hollín, carbón y sal. La gran hélice de bronce que sobresale del mar se detiene sin pena ni gloria, mientras que la majestuosa bandera, que ondeaba con orgullo en la popa, flota ahora en el oscuro oleaje.

El buque otrora tan soberbio reposa volcado en las aguas entre los náufragos. Debido a que la dinamo se encuentra a babor, en el costado que ahora está arriba, la iluminación eléctrica de la cubierta permanece encendida en muchos lugares hasta que el barco acaba por fin sumergiéndose hasta el lecho marino. Bombillas resplandecientes en un buque que se hunde. Cubiertas iluminadas, racimos mojados, el crepitar de cortocircuitos. Y después: solo burbujas de aire.

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CAPÍTULO 1

«¿ACASO NO ES VERDAD?»

Por qué Indonesia escribió la historia del mundo

 

 

 

 

En toda mi vida no había oído una explosión como aquella. Me encontraba trabajando en mi habitación de hotel en la jalan (calle) Wahid Hasyim. Sonó como si hubiera caído un enorme trueno cerca, pese a que el cielo matutino estaba tan azul como en los días anteriores. ¿Habría estallado un camión? ¿Un depósito de gas? Desde mi ventana no podía percibir el humo por ningún lado, pero el modesto hotelito solo tenía vistas a un rincón de la ciudad. Con sus diez millones de habitantes, Yakarta es una extensa megalópolis de casi setecientos kilómetros cuadrados que, con las ciudades satélite que la rodean, cobija nada menos que a treinta millones de personas. Cinco minutos más tarde me llamó Jeanne, presa de un pánico impropio de ella. La había conocido medio año antes durante un curso de idiomas en Yogyakarta. Aquella joven francesa, que trabajaba como periodista independiente, era una de las viajeras más serenas que había visto nunca. Había elegido Yakarta como destino y precisamente en aquel momento se dirigía hacia mi hotel. Ese día, como ya habíamos hecho antes, teníamos previsto ir a visitar algunas residencias de ancianos en barrios apartados en busca de testigos oculares, y ella volvería a ejercer de intérprete. Sin embargo, en aquel momento lloraba. «¡Ha habido un atentado! ¡He tenido que correr para esquivar las balas y ahora estoy escondida en el centro comercial que hay al lado de tu hotel!».

Salí a la calle. Vi a cientos y cientos de personas en un lugar donde normalmente se apiñan los coches y donde las bocinas suenan sin cesar. Cientos de brazos sostenían en alto los móviles para filmar la escena. Cuatrocientos metros más allá, en el cruce de mi calle con la jalan Thamrin, el gran eje viario del centro de Yakarta, había un cadáver. Un hombre que acababa de morir yacía de espaldas. Sus pies apuntaban hacia arriba de una forma extraña. Los agentes de policía y los militares apartaban a la muchedumbre. La situación todavía no estaba controlada. Advertí que Jeanne se acercaba por la acera izquierda. Observamos la escena, incrédulos, nos abrazamos y después regresamos a toda prisa a mi habitación de hotel. Aquel día no íbamos a poder hablar de los años treinta y cuarenta.

Los atentados del 14 de enero de 2016 eran los primeros que se producían en Yakarta desde hacía siete años. Los miembros de una organización musulmana extremista se habían dirigido en motocicleta a un puesto de policía y habían abierto fuego. Cerca del Burger King y de una cafetería Starbucks había explotado una bomba —esa era la detonación que yo había oído—, después dos de los terroristas activaron sus bombas suicidas en un aparcamiento; las imágenes todavía pueden verse en internet. A pesar de que cerca de allí había embajadas, hoteles de lujo y unas importantes oficinas de las Naciones Unidas, ninguno de esos emplazamientos resultó ser un objetivo directo. El atentado causó ocho víctimas mortales, entre ellas los cuatro asaltantes, y veinticuatro heridos.

Una vez recuperada del susto, Jeanne se puso enseguida manos a la obra. Escribió comunicados de prensa para un montón de periódicos y sitios web franceses mientras seguía los informativos en mi televisor, para poder enviar datos actualizados a París. Navegamos por internet en todos los idiomas que conocíamos. Entretanto, yo había colgado algunas noticias en las redes sociales, y los primeros periódicos y emisoras de radio empezaron a llamar para pedirme información y entrevistas. El resto del día, mi habitación de hotel se convirtió en un centro neurálgico desde el cual abastecía a medios de comunicación franceses, belgas, suizos y, en menor medida, holandeses (puesto que los Países Bajos siguen teniendo algunos corresponsales propios en el lugar). Recuerdo que, en un determinado momento, Jeanne fue a sentarse en la moqueta del pasillo del hotel para conceder una entrevista radiofónica a France Inter, mientras yo mantenía una conversación en directo por Skype con una cadena de televisión flamenca. No paramos en todo el día hasta que por la tarde nos entró un enorme dolor de cabeza y decidimos irnos a comer algo.

Al día siguiente, todo había acabado.

El interés internacional cesó en cuanto se puso de manifiesto que aquel no era un nuevo atentado como el de Bali en 2002 (doscientos muertos, sobre todo occidentales) ni un nuevo tsunami como el de Aceh en 2004 (ciento treinta y un mil muertos). Indonesia volvió a convertirse en el gigante tranquilo del que se oye hablar poco o nada fuera del sudeste asiático. En realidad, es algo de lo más curioso, puesto que, en lo que respecta al número de habitantes, se trata de uno de los tres países más grandes del mundo, después de China, la India y Estados Unidos, que son siempre un constante foco de atención. Indonesia cuenta con la mayor comunidad musulmana de la Tierra. Su economía es la más importante del sudeste asiático y abastece de aceite de palma, caucho y estaño a grandes partes del planeta. No obstante, sigue despertando escaso interés internacional. Y así es desde hace años. Si usted entra en una buena librería de París, Beijing o Nueva York y busca en los estantes dedicados a Asia, encontrará más fácilmente libros sobre Birmania, Afganistán, Corea o incluso Armenia (países que tienen, como mucho, algunas decenas de millones de habitantes) que sobre Indonesia, que cuenta con 268 millones de habitantes. Pese a que uno de cada veintisiete terrícolas es indonesio, al resto del mundo le cuesta muchísimo mencionar aunque sea a un solo ciudadano de dicho país. O como dice el clásico chiste de expatriados: «¿Alguien tiene idea de dónde está Indonesia?». «Estooo..., la verdad es que no. ¿Cerca de Bali?».

 

 

Repasemos por un instante el atlas escolar. Indonesia es tan marginal en nuestra visión del mundo como lo es en el mapamundi: ese pegote abajo a la derecha, esas manchas que parecen escupidas por el continente entre el océano Pacífico y el Índico, eso, por lo visto, es Indonesia. Está muy alejada de la compacta Europa occidental y de la enorme América del Norte que se encuentra arriba, lo cual, por supuesto, es una convención histórica: la Tierra no tiene centro y el Universo no tiene parte superior. En cambio, si inclinamos la perspectiva y colocamos Indonesia en medio, nos daremos cuenta de que no es un rincón del mundo, sino un archipiélago ubicado en un lugar estratégico, en una extensa zona marítima entre la India y China. Para los navegantes de otras épocas, sus islas constituían una fantástica hilera de escalones entre Oriente y Occidente, y encima eran una doble hilera de islas que iban disminuyendo de tamaño cuanto más situadas al este estaban. La península de Malasia roza la colosal Sumatra, y después se van sucediendo las islas de Java, Bali, Lombok, Sumbawa, Flores, etcétera. Al norte se encuentra la hilera de Borneo, Célebes y las islas Molucas: la primera enorme, las siguientes con formas caprichosas y las últimas dispersas. Ambas cadenas de islas confluyen cerca de Nueva Guinea.

Indonesia es el mayor Estado insular del mundo. Según cifras oficiales, el archipiélago cuenta con 13.466 islas, pero también podrían ser 16.056 o 18.203. Nadie lo sabe con exactitud. La actividad volcánica, los terremotos y las mareas gravitacionales modifican de forma continua las líneas costeras y con marea alta el número de islas aumenta. En una ocasión pude verlo con mis propios ojos: la parte central de una isla tropical desapareció durante seis horas bajo el agua. ¿Cuántas islas había ahora: una o dos? Según la definición de Naciones Unidas, dos, aunque sus habitantes tenían un solo nombre para ella. Únicamente algunas miles de esas incontables islas están habitadas. Si bien la mayoría son muy pequeñas, cinco de las trece más grandes del mundo se encuentran en territorio indonesio: Nueva Guinea, Borneo, Sumatra, Célebes y Java.

 

 

Indonesia comparte las dos primeras con Papúa-Nueva Guinea y Malasia; la última es la isla con mayor población del mundo. Java tiene cerca de mil kilómetros de longitud y entre cien y doscientos kilómetros de ancho, su superficie es tan solo el 7 por ciento del territorio total, pero sus 141 millones de habitantes representan más de la mitad de toda la población del país. No es de extrañar que muchos acontecimientos históricos cruciales tuvieran su origen allí. Sin embargo, Indonesia es más que solo Java. El archipiélago tropical al completo se extiende sobre más de 45 grados de longitud, una octava parte del globo terráqueo, con tres husos horarios y más de cinco mil kilómetros de longitud a lo largo del ecuador. Si pudiésemos seleccionar Indonesia y arrastrarla hasta el mapa de Europa, empezaría en Irlanda y acabaría en algún lugar de Kazajistán. Y, si la ponemos encima de un mapa de Estados Unidos, sobresale a ambos lados casi mil kilómetros. En ese inmenso territorio se distinguen casi trescientos grupos étnicos y se hablan setecientos idiomas, aunque la lengua oficial es el bahasa indonesio, un idioma joven, derivado del malayo con numerosos rastros de árabe, portugués, neerlandés e inglés.

Sin embargo, no son solo los superlativos demográficos y geográficos los que deben despertar nuestro interés. La historia indonesia contiene una primicia de importancia mundial: fue el primer país en proclamar su independencia en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial. El momento llegó apenas dos días después de la capitulación de Japón. Tras casi tres siglos y medio de presencia holandesa (1600-1942) y tres años y medio de ocupación japonesa (1942-1945), algunos líderes locales manifestaron su intención de seguir adelante como Estado soberano. Fue la primera pieza del dominó en caer cuando grandes partes de Asia, África y el mundo árabe estaban aún en manos de unos cuantos estados de la Europa occidental, como Gran Bretaña, Francia, los Países Bajos, Bélgica y Portugal.

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Mapa 1: La Indonesia actual (2020)

 

Aquella proclamación no solo fue precoz, sino también juvenil. La apoyaba y defendía toda una generación de personas de entre quince y veinticinco años, dispuestas a morir por su libertad. La revolusi de 1945 fue en todos los sentidos la revolución de la juventud. Si se tiene en cuenta que los jóvenes de hoy no pueden marcar la diferencia en la lucha contra el calentamiento global y la pérdida de biodiversidad, se comprenderá lo urgente que es profundizar en la historia indonesia: el tercer país del mundo en cuanto a tamaño jamás habría surgido sin el apoyo de adolescentes y veinteañeros, aunque espero que los jóvenes activistas medioambientales empleen tácticas menos violentas.

No obstante, el motivo principal por el cual la revolusi indonesia es tan excepcionalmente apasionante es la enorme repercusión que tuvo en el resto de la humanidad: no solo en las descolonizaciones en otros lugares, sino aún más en la cooperación entre todos esos nuevos países. En las fotos del atentado de Yakarta se ve un larguísimo cartel colgando sobre un puente peatonal que cruza la jalan Thamrin, que reza: «Asian African Conference Commemoration», y debajo: «Advancing South-South Cooperation».(1) El contraste con el humo y el pánico de abajo era enorme. El cartel hacía referencia a un reciente congreso internacional celebrado en 2015 que conmemoraba el hecho de que, sesenta años antes, Indonesia había tendido la mano a países que acababan de conseguir su independencia. Unos años después del definitivo traspaso de poder por parte de los Países Bajos, en la animada ciudad javanesa de Bandung se celebró la legendaria Conferencia Afroasiática, la primera cumbre de líderes mundiales sin emisarios de Occidente. Estos representaban a mil quinientos millones de personas, más de la mitad de la población mundial de aquel entonces. En palabras de Richard Wright —el autor afroamericano que participó en la que se conocería como «Conferencia de Bandung»—, esta se convirtió en «el momento decisivo en la toma de conciencia del 65 por ciento de la especie humana». Lo que allí sucedió determinaría «la totalidad de la vida humana en la Tierra».[1] Por muy pretencioso que sonara, no estaba muy equivocado, puesto que en los siguientes años todos los continentes fueron tocados por la revolusi: no solo grandes partes de Asia, el mundo árabe, África y Latinoamérica, sino también Estados Unidos y Europa. En gran medida, el movimiento estadounidense por los derechos civiles y la unificación de Europa surgieron, cada uno a su manera, como reacción a Bandung. Fue un hito en la creación del mundo moderno. Un estudio francés llevado a cabo en 1965 no se andaba con rodeos: Bandung fue ni más ni menos que «el segundo 14 de julio de la historia: un 14 de julio a escala planetaria».[2]

 

 

Los días siguientes al atentado con bomba, Jeanne y yo volvimos a viajar de una residencia de ancianos a otra. La semana anterior ya habíamos registrado historias preciosas y era una delicia volver a encontrar testigos y darles la palabra. Si bien ninguno de los dos era holandés o indonesio, los relatos sobre sus vidas nos fascinaban tremendamente. Nos narraban una historia universal de esperanza, miedo y anhelo. Una historia que hablaba también de nosotros, de la actualidad.

La revolusi hizo historia mundial en su momento —el mundo se inmiscuyó y cambió con ella—, aunque por desgracia esa dimensión global ha quedado casi del todo olvidada. En los Países Bajos tuve que justificarme cientos de veces sobre por qué yo, «que encima era belga», escribía sobre Indonesia. «¡Porque ya no es vuestra!», les contestaba yo riéndome. A veces añadía que Bélgica también había estado bajo el yugo holandés, que me había vuelto experto por experiencia, etcétera. Aunque, en realidad, lo que quería decirles era que todos tendríamos que sentir pasión por el tercer país más grande del mundo. Si consideramos importantes a los Padres Fundadores de Estados Unidos, a Mao y a Gandhi, ¿por qué no a los pioneros en la lucha de Indonesia por la libertad? Pero no todo el mundo opinaba como yo. Después de que hablara de mi investigación en una revista, el PVV, el partido neerlandés de ultraderecha de Geert Wilders, reaccionó irritado en Facebook: «Creo que ese idiota debería escribir un libro sobre el rey Leopoldo y el Congo belga, antes de decir nada».[3] No tenía intención alguna de volver a hacerlo.

Los procesos de descolonización se reducen a menudo a una lucha nacional entre el colonizador y la colonia —Francia y Argelia, Bélgica y el Congo, Alemania y Namibia, Portugal y Angola, Gran Bretaña y la India y los Países Bajos e Indonesia—, a veces parece que exista algún tipo de código de barras. Sin embargo, además de este componente vertical también intervienen muchos procesos horizontales —países vecinos, aliados, milicias locales, agentes regionales, organizaciones internacionales, etcétera— que no pueden eliminarse de la ecuación. Si lo hacemos, seguiremos utilizando como marco de referencia el Estado nación occidental y sus fronteras coloniales, y, por consiguiente, estaremos actuando como en el siglo XIX. Si solo miramos a través de las aspilleras del pasado, quizá no veamos todo el paisaje. Ha llegado el momento de abandonar ese punto de vista nacional y avistar la dimensión global del proceso de descolonización. Sí, exige un esfuerzo considerable. Resulta más difícil desenredar una maraña que entender un esquema con dos bandos, pero la realidad histórica no es esquemática. Y lo mismo puede decirse, sin duda alguna, de la historia indonesia.

Como ya he dicho, el mundo se había inmiscuido y eso lo cambió. En la actualidad, solo hay dos países que conmemoren la revolusi como parte de su historia nacional. En Indonesia, esta es considerada desde hace décadas como el inquebrantable mito fundacional del vasto y muy diverso Estado. En muchas de las islas en las que aterricé, el aeropuerto local había sido bautizado con el nombre de un paladín de la libertad. Los nombres de las calles y las estatuas eran invariablemente un homenaje a la revolusi. Y, en las ciudades, los museos ofrecían dioramas con representaciones ilustrativas y canonizadas de una historia primigenia, como las vidrieras de las catedrales medievales, aunque en este caso de la nación. El relato tiene por objeto mantener unido al archipiélago frente a posibles tendencias separatistas, como la de los musulmanes fundamentalistas en la provincia de Aceh, en el extremo occidental del país, y de los papúas de Nueva Guinea en el extremo oriental. Por muy diferentes que hayan sido los sucesivos jefes de Estado desde el punto de vista ideológico, en lo que respecta a la conciencia histórica todos han bebido de la misma fuente: la heroica perang kemerdekaan, la lucha por la independencia frente al colonizador. Así se puede ver también en los libros de texto de historia para estudiantes de secundaria. Un nuevo libro de historia publicado en 2014, Sejarah Indonesia dari Proklamasi sampai Orde Reformasi [«Historia indonesia desde la declaración de independencia hasta la época posterior a Suharto»], dedica toda la primera mitad de sus 230 páginas al breve periodo de 1945 a 1949 y despacha, en la segunda parte de la obra, el largo periodo entre 1950 y 2008.[4] Una joven generación de historiadores indonesios se ha pronunciado en los últimos años en contra de un enfoque demasiado indonesiasentris, «indonesiocentrista», y se opone con rotundidad a lo que considera la tirani Sejarah Nasional, la tiranía de la historia nacional. Aun así, para el público en general, la revolusi sigue siendo, ante todo, algo genuinamente indonesio.[5]

En los Países Bajos, la forma en que se aborda la descolonización de Indonesia está empezando a cambiar. Esto se aprecia en los títulos de importantes obras de referencia. Mientras que la generación anterior de libros centraba su atención en la pérdida que ello supuso para los Países Bajos —con títulos como: El último siglo de las Indias, Adiós a las Indias, Despedida de las colonias, La retirada—, en los últimos años han ido apareciendo cada vez más títulos que otorgan un lugar central a la violencia ejercida por los Países Bajos: La carga de la guerra, Soldado en Indonesia, El Estado depredador, Guerras coloniales en Indonesia y Los kampongs en llamas del General Spoor.[6] En paralelo, una nueva generación de periodistas y activistas presta atención expresa a los aspectos menos agradables de esta historia, que muchas veces se han ocultado. No obstante, tantos años de amplia y, a menudo, excelente historiografía parecen haber tenido relativamente poco impacto en la percepción del público. Extraordinarias historias diplomáticas, minuciosas biografías políticas, algunas brillantes tesis doctorales y sublimes obras de divulgación no han podido evitar que los conocimientos coloniales y poscoloniales sean muy escasos. En diciembre de 2019, cuando la firma de investigación británica YouGov preguntó qué país europeo se vanagloriaba más de su pasado colonial, Holanda superó con creces al resto. Hasta el 50 por ciento de los encuestados declaró estar orgulloso del antiguo imperio, frente al 32 por ciento de los británicos, el 26 por ciento de los franceses y el 23 por ciento de los belgas. Aún más llamativo fue el escaso número de encuestados holandeses que se avergonzaba del colonialismo: el 6 por ciento, frente al 14 por ciento de franceses, el 19 por ciento de británicos y el 23 por ciento de belgas. Más de una cuarta parte de los holandeses encuestados (el 26 por ciento) habría querido que su país siguiera teniendo un imperio en ultramar.[7]

¿Qué explica esta singular postura? ¿Acaso el colonialismo neerlandés era mucho mejor que el de otros países europeos y en consecuencia existían, objetivamente, más motivos para el orgullo? ¿O se trataba de que la transmisión de nueva información era más difícil? Esto último parece ser el caso, pues la bibliografía existente no da motivos para la autocomplacencia nacional. Los conocimientos obtenidos tras décadas de sólida investigación histórica obligan más al escrúpulo que a la jactancia, pero eso apenas ha calado. ¿A qué se debe? ¿No se suponía que la historia que se enseñaba en las escuelas holandesas se había vuelto más empírica después del año 2000? ¿No se había recuperado acaso el interés por la cronología y el conocimiento de los hechos básicos, tras algunas décadas de exagerada atención a las competencias históricas y al trabajo basado en proyectos? Bien es cierto que, en 2001, una comisión dirigida por el historiador Piet de Rooij presentó un marco didáctico para los profesores de historia que dividía el pasado en diez épocas claras y cronológicas. Sin embargo, la propuesta tenía dos inconvenientes: a pesar de que la sociedad era cada vez más diversa, el marco didáctico seguía siendo muy eurocentrista («griegos y romanos», «monjes y caballeros», «pelucas y revoluciones», etcétera) y no revertía las decisiones tomadas en la década de 1990, cuando se optó por reducir la cantidad de horas destinadas a impartir historia en las escuelas.[8] Desde hace algunos decenios, en los Países Bajos, la asignatura de historia solo es obligatoria para los alumnos de doce a quince años, que la estudian durante dos o tres años; después pasa a ser una materia optativa de dos o tres años más.[9] Por ello, la conciencia histórica es bastante escasa.

Aun así, tras los atentados contra el World Trade Center, y contra Pim Fortuyn y Theo van Gogh, la sociedad holandesa sintió una fuerte necesidad de definir con mayor precisión su identidad. El Canon de los Países Bajos, presentado en 2006 bajo la dirección de Frits van Oostrom, ofrecía cincuenta ventanas al pasado, un paquete histórico básico de lo que «todo holandés debería saber». No obstante, ese canon, que entretanto goza de un estatus semioficial en la enseñanza primaria, calzaba la conciencia histórica por completo en la horma nacional.[10] Además, por mucho cuidado que se pusiera a la hora de escogerlas, diez épocas y cincuenta ventanas no pueden llenar la laguna que se abrió en los años noventa, ni siquiera con la reciente actualización del canon. De poco sirven las ventanas si no hay horas de clase. Las ventanas solo son interesantes cuando se dispone de suficiente tiempo para mirar a través de ellas. Si, además, los nuevos libros de texto de historia para secundaria —o las reediciones de los antiguos— siguen repitiendo los mantras de «libertad» y «tolerancia» como rasgos esenciales de la sociedad holandesa —tal como analizó hace poco una tesis doctoral—, no es de extrañar que incluso los estudiantes de primer año de formación del profesorado de historia en Ámsterdam consideren sumamente positivo el pasado nacional.[11] Según un estudio, para ellos, la historia de los Países Bajos se reduce sobre todo a la lucha contra el dominador español en el siglo XVI, la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales (VOC, por sus siglas en neerlandés) y la prosperidad del siglo XVII, los inicios de la democracia parlamentaria en el siglo XIX y la resistencia contra la ocupación alemana en el XX. El colaboracionismo, la esclavitud y la descolonización apenas tienen relevancia para estos futuros profesores.[12] De esta manera, la historia holandesa sigue siendo muy «patria». Conviene saber que la cátedra de «Historia Patria» de la Universidad de Leiden cambió de nombre recién en la primavera de 2020.

Por otro lado, también algunas grandes entidades públicas nacionales desaprovecharon su oportunidad. En 2013, cuando el Rijksmuseum de Ámsterdam volvió a abrir sus puertas tras una importante reforma, resultó que solo una de sus sesenta y tres salas remodeladas estaba dedicada a la historia colonial: la sala 1.5 se llama desde entonces «Los Países Bajos de ultramar». Eso es muy poco para un museo nacional de un país que llegó a administrar el tercer imperio mundial y que durante más de tres siglos tuvo una presencia activa en los tres continentes del hemisferio sur. «Aprende tu historia en un precioso edificio», reza el sitio web del museo, pero ¿qué historia se enseña aquí? Desde la renovación, quince millones de visitantes han salido del museo con la idea de que el imperialismo debió de ser un aspecto marginal y poco significativo de la historia holandesa. Por fortuna, desde hace algunos años se está produciendo un cambio.[13]

El Museo Marítimo de Ámsterdam incluye desde 2017 una atracción de realidad virtual a bordo de su espléndida réplica de un buque de la VOC del siglo XVII. Los visitantes que se pongan unas gafas digitales flotarán sobre los astilleros y los barrios marineros del Ámsterdam de la época. Si bien el resultado es impresionante, no existe programa alguno de realidad virtual sobre la pregunta de adónde navegaban esos buques y cómo comerciaban. De este modo, el heroísmo permanece intacto, por supuesto.

Hace años que admiro el extraordinario Bosatlas van de geschiedenis van Nederland, el atlas de la historia de los Países Bajos, aunque como lector echo en falta algo cuando advierto que, de los quinientos sesenta mapas de la edición más reciente (2011), solo treinta y uno están consagrados al imperialismo neerlandés. Lo que sí se incluye es excelente, pero he buscado en vano mapas que ilustraran la gran guerra de Java, el gobierno y la oposición en la época colonial, la alfabetización y la asistencia sanitaria, la violencia revolucionaria del denominado periodo Bersiap, los campos de internamiento de civiles de la República, la guerrilla y la contraguerrilla tras la primera y la segunda Acción Policial, los crímenes de guerra y la violencia masiva, la campaña de Westerling en Célebes, los acuerdos diplomáticos de Linggadjati, Renville y Roem-Van Roijen, a pesar de que todos ellos son hitos históricos con un fuerte componente cartográfico. Esperemos a que se publique una nueva edición.

También la cultura popular está encuadrada en marcos. El soldado de Orange, el musical más popular de todos los tiempos en los Países Bajos, cuenta la historia de un héroe de la resistencia, Erik Hazelhoff Roelfzema, durante la Segunda Guerra Mundial. En noviembre de 2019, el espectáculo dio la bienvenida a su visitante número tres millones. Pero en ningún momento se explica que este héroe procedía de las Indias Neerlandesas y que siempre se había considerado a sí mismo como un «indo».[14] Y casi nadie sabe que después de la contienda desempeñó un papel muy cuestionable en la descolonización y estuvo dispuesto a recurrir a la violencia física en los Países Bajos para impedir la independencia de Indonesia.[15]

Por supuesto, un atlas debe realizar una selección y un musical tiene también sus limitaciones, pero nos hallamos ante un problema si ni siquiera una detallada biografía del rey Guillermo I, publicada en 2013, presta atención a la política colonial del monarca, pese a que este dejó su impronta como ningún otro en la historia de las Indias Neerlandesas. A pesar de que durante el reinado de Guillermo I tuvo lugar la más mortífera de todas las guerras coloniales: la guerra de Java que se prolongó entre 1825 y 1830 —el mayor conflicto bélico que han librado nunca los Países Bajos— y en la que murieron más personas que en la guerra de descolonización, la biografía solo le dedica cuatro frases. Durante el reinado de Guillermo I también se lanzó el «régimen de cultivos», un régimen económico de terror que dislocó profundamente grandes zonas de Java y enriqueció en gran medida a los Países Bajos. La biografía del rey, de setecientas páginas, zanja la cuestión en poco más de media página.[16] Es una lástima tratándose de un estudio tan elaborado y prestigioso, aunque en obras recientes, el autor haya prestado más atención a los aspectos coloniales de la monarquía del siglo XIX.[17]

Sospecho que con frecuencia se trata más de puntos ciegos que de mala voluntad. Tal vez les suceda a más holandeses lo que explicó, en una reciente entrevista, Harm Stevens, conservador del siglo XX del Rijksmuseum. A la pregunta de por qué hacía tan solo unos años que le prestaba atención al imperialismo, respondió: «Siempre lo he bloqueado, porque me resultaba demasiado indonesio. No me sentía cómodo con el tema; era un temor injustificado. Es una negación, no muy consciente, pero, aun así, negación».[18] Uno no puede arrepentirse de lo que no sabe. No obstante, los numerosos puntos ciegos causan la impresión de que las anteojeras del eurocentrismo son cómodas, hasta en tiempos de globalización. Incluso podría decirse que se prefiere no saber. Esto último puede aplicarse sobre todo a las autoridades nacionales. Desde 1969 llevan prometiendo una investigación profunda sobre los posibles comportamientos inadecuados de militares holandeses durante la guerra de la independencia. Sin embargo, tras un primer inventario provisional —el «Informe sobre los excesos» publicado en 1969—, se mantuvo un sepulcral silencio. Y ese silencio duró hasta... 2016, después de que una tesis doctoral —que encima era suiza y no holandesa— demostrase de forma concluyente lo terrible que fue.[19] Solo entonces llegó el dinero.

En resumidas cuentas, quizá no deba extrañarnos la llamativa deficiencia de conocimientos coloniales en los Países Bajos. Teniendo en cuenta que incluso en 2006, en una Cámara Baja repleta, durante el debate sobre los planes del Gobierno para aquel año —el debate más importante del curso político—, un primer ministro, para más inri un historiador, fue capaz de pedir más entusiasmo y orgullo a los diputados nacionales remitiendo exultante a «¡esa mentalidad de la VOC!», no puede reprocharse a amplios sectores de los Países Bajos que se hayan quedado con una opinión demasiado positiva de la histórica aventura en ultramar. Alerta de spoiler: la VOC fue responsable de como mínimo un genocidio. Eso ya se sabía sobradamente en 2006; de hecho, lo sabemos desde 1621. Las indignadas protestas de algunos diputados hicieron que el primer ministro Balkenende añadiera apresurado: «¿acaso no es verdad?».

 

 

El presente libro trata de ese «¿acaso no es verdad?». De orgullo y vergüenza. De emancipación y humillación. De esperanza y violencia. Quiere recopilar lo que han averiguado muchos historiadores muy experimentados, pero cuyos descubrimientos no siempre han llegado hasta el gran público. Se basa en lo que han puesto de relieve otros autores, periodistas y artistas tanto dentro como fuera del país. Sin embargo, consulta sobre todo a los que lo han vivido en primera persona: los últimos testigos de la revolusi. Soy un firme defensor de la historia oral. Los testimonios que he recopilado bien valían pasarme horas montado en el portaequipajes de una motocicleta, sufrir el calor a veces abrasador y la palpable contaminación atmosférica en las ciudades, los cientos de picaduras de mosquito tras dormir una noche en la cubierta de popa de un ferry y el estrés de un atentado con bomba a la vuelta de la esquina. La gente común tiene muchísimas cosas que contar. Poder escuchar sus historias ha sido un privilegio en todos los sentidos.

En el periodo entre julio de 2015 y julio de 2019, realicé cerca de un año de trabajo de campo, del cual ocho meses fueron en Asia. Visité innumerables islas y hablé con cientos de personas. Con ciento ochenta y cinco de ellas mantuve entrevistas formales de al menos media hora, aunque lo habitual era que duraran una hora y media. Con frecuencia, se prolongaban mucho más o regresaba para efectuar una segunda entrevista. A todos los posibles candidatos, les explicaba que trabajaba en un libro sobre la historia de la independencia de Indonesia y les pedía permiso para entrevistarlos y compartir su testimonio. Cuando digo que las entrevistas eran formales, me refiero a que siempre les preguntaba si podía apuntar su nombre y su edad, hacía un repaso cronológico de la historia de su vida, tomaba notas de forma visible e ininterrumpida, les consultaba sobre determinados aspectos y en algunos casos las grababa o fotografiaba, siempre con permiso. Si las personas no estaban dispuestas a compartir determinados recuerdos, yo no insistía. Prefiero trabajar desde el respeto y la confianza. Algunos testigos me pidieron poder leer lo que había escrito si los citaba y alguno escogió permanecer en el anonimato. Por supuesto, siempre respeté esos deseos. Si bien las conversaciones se desarrollaban en un ambiente tranquilo, solían ser emotivas. En ellas se mezclaban la cólera, la tristeza y el rencor, aunque también había nostalgia, arrepentimiento y pesar, junto a humor, frustración y resignación. Hubo risas, llantos y silencios. La mayoría de los encuestados eran ancianos, pero muchos de ellos me asombraron con sus recuerdos. Si algo he aprendido de escuchar a las personas mayores es que el recuerdo del hoy se desvanece antes que el de la infancia, sobre todo si esta fue dramática. Aun cuando todo ha acabado, en el desierto de la memoria sigue sonando una canción infantil. O un trauma. Algunas rocas son inamovibles.

Las entrevistas se realizaron en casi veinte idiomas distintos: indonesio, javanés, sondanés, batak, balinés, menadonés, togianés, toraja, buginés, mandarés, ambonés, morotai, japonés, nepalés, inglés, francés y neerlandés. Si a ello se le añaden unos cuantos dialectos, uno acaba teniendo la impresión de encontrarse frente a un reto babilónico. Si bien al cabo de un tiempo dominaba lo suficiente el indonesio para mantener una conversación sencilla, durante las entrevistas siempre conté con la ayuda de intérpretes, aunque solo fuera porque muchas personas mayores ni siquiera hablaban el indonesio moderno que yo conocía. Los intérpretes traducían al inglés, francés, alemán o neerlandés. Muy de vez en cuando era necesario recurrir a dos idiomas de interpretación, siendo el indonesio la lengua intermedia. Dado que los traductores y los intérpretes son los héroes silenciosos de la globalización, he mencionado a cada uno de ellos de forma expresa en las notas al final del libro. Sin ellos, mi labor habría sido imposible.

Encontré la pista de los testigos preguntando sin parar: a un imán, a la directora de una residencia de ancianos, a un joven militar, ¿acaso conocían ellos a alguien que pudiera ayudarme? Les expliqué a todas las personas con las que me encontraba que estaba realizando esta investigación; eso me proporcionó buenos contactos. Las redes sociales se hicieron eco de mi búsqueda, CouchSurfing me permitió conocer a personas maravillosas. En Indonesia y en Japón, incluso di con algunos testigos a través de Tinder: sin importar si era hombre o mujer, joven o viejo, ni si estaba lejos o cerca, yo siempre deslizaba el ratón a la derecha y aceptaba a todo el mundo. De esta manera pude contactar con cientos de desconocidos a los que nunca me habría atrevido a abordar en la calle. De vez en cuando, tenía que remitirlos al texto de mi perfil que aclaraba que los que me interesaban de verdad eran sus abuelos. Y funcionó.

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Mapa 2: La expansión del Homo erectus (hace ± 1 millón de años)

 

 

Sin embargo, al indonesio más viejo que vi no lo encontré a través de una aplicación de citas. Fue durante una pausa para el almuerzo en la ciudad holandesa de Leiden, mientras investigaba para mi doctorado. Desde la facultad de arqueología me dirigí en bicicleta hasta el museo de historia natural, donde admiré su potente dentadura, su sólida constitución y su hermosa cabeza. El conservador de paleontología sacó los restos de una cámara de seguridad y los fue colocando uno tras otro sobre un tapete de fieltro. Aquí estaban, el diente, el fémur y el cráneo del «hombre de Java», el primer Homo erectus jamás desenterrado. El médico y naturalista holandés Eugène Dubois lo descubrió en 1891 en Java. Se trataba del hallazgo que le daba la razón a Darwin: el primer eslabón intermedio entre ser humano y animal.[20] En la actualidad se ha datado en un millón de años. El Homo erectus llegó procedente de África hasta Java, que entonces todavía no era una isla, sino que estaba unida al resto de Asia junto con Sumatra, Borneo y Bali. Eso explica que allí también haya elefantes, rinocerontes, tigres, orangutanes y otras especies del continente. Las islas más orientales tienen un reino animal muy distinto, más «australiano»: vombátidos, walabíes, demonios de Tasmania y otros marsupiales. Una línea biológica divide el archipiélago en dos, la Línea de Wallace, llamada así en honor de Alfred Russel Wallace, el genial pero olvidado codescubridor de la teoría de la evolución. Un millón de años es mucho. El Homo erectus llegó a Europa medio millón de años más tarde y ambas Américas fueron habitadas por primera vez solo hace unos doce mil años: eran los confines del mundo. En cambio, Indonesia fue una de las primeras zonas de expansión de los establecimientos humanos más antiguos. ¿Evolución humana? No solo eso, sino también algo similar a la Conferencia de Bandung.

 

 

Eso puede decirse sin lugar a duda de la expansión del Homo sapiens. Si cada mil años equivale a un swipe en Tinder, tendríamos que hacer ese gesto novecientas veinticinco veces antes de ver llegar al Homo erectus desde África. Hace unos setenta y cinco mil años, los primeros grupos de hombres modernos se instalaron en el archipiélago procedentes del continente; por aquel entonces, en Europa todavía vivían los neandertales.[21] Seguramente se trataba de tipos melanesios de piel oscura, pelo crespo y ojos redondos, antepasados lejanos de los papúas de Nueva Guinea y de los aborígenes de Australia. Cruzaron la línea de Wallace —no sabemos con qué tipo de embarcaciones— e incluso llegaron a Tasmania. Por supuesto eran cazadores y recolectores, el estilo de vida que ha determinado más del 99 por ciento de la historia humana. Sin embargo, en torno a siete mil años antes de nuestra era (sesenta y ocho swipes más tarde), en el interior de Nueva Guinea empezaron a cultivar tubérculos como el taro y el ñame, además de la palma sagú y los bananos.[22] Por esa época, en China, los humanos también se pusieron a experimentar con los suministros alimentarios. En lugar de recolectar arroz salvaje sin más, se dedicaron a cultivarlo ellos mismos. Con el paso del tiempo les fue tan bien que propició un aumento de la población y la migración, incluso allende los mares.[23] Esta denominada «expansión austronesia» llevó a personas con rasgos asiáticos clásicos —piel más clara, pelo lacio y ojos almendrados— hasta Taiwán, Filipinas, Borneo, Célebes y Java, donde llegaron unos dos mil años antes de nuestra era (cinco swipes más tarde). Navegaban en canoas equipadas con «batangas», unos armazones de cañas que les daban estabilidad a ambos lados y que todavía son frecuentes en el archipiélago. En todas partes empezaban a cultivar arroz. Criaban gallinas y cerdos, y sembraban mijo, taro, sagú, ñame, cocos y bananas. Elaboraban piezas de loza y aprendieron a trabajar el metal. Su estilo de vida era sedentario, sus chozas de madera se levantaban sobre pilotes y tenían elegantes tejados arqueados. Para conmemorar a sus antepasados, levantaban monumentos y menhires, como siguen haciendo los toraya en Célebes Meridional.

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Mapa 3: La expansión del Homo sapiens (hasta hace ± cincuenta mil años)

 

Un milenio más tarde (del 2000 antes de nuestra era al 1200 después), sus hábitos se habían expandido sobre un territorio gigantesco: desde Madagascar hasta la Isla de Pascua y Hawái. Los idiomas que surgieron pertenecen al grupo de lenguas austronesias, la familia lingüística más extensa del mundo antes de la colonización. Estos pueblos fueron, sin duda alguna, «los mejores navegantes a vela de la historia hasta el siglo XV».[24]

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Mapa 4: La expansión austronesia (± 3.000 antes ± 1.200 después)

 

En las aguas del sudeste asiático, iban además, literalmente, viento en popa, pues de noviembre a marzo soplan los alisios del nordeste, ideales para viajar de China a la India; mientras que de mayo a septiembre sopla el monzón desde el sudoeste, idóneo para hacer la travesía de vuelta. Con una fuerza eólica media de entre cuatro y cinco en la escala de Beaufort, podían navegar cómodamente con vela y casi nunca tenían que enfrentarse a grandes olas o fuertes tempestades.[25] Solo en la costa sur hay olas altas —que vienen de la Antártida— y por ello los contactos con Australia fueron escasos hasta la llegada de los barcos de vapor.

El cultivo del arroz dio lugar a sociedades mucho más complejas. Su cultivo por inundación aportaba más que el de secano, pero exigía una organización mayor. Si bien los primeros arrozales eran diminutos, con posterioridad grandes llanuras se reconvirtieron en resplandecientes sawas.(2) En las laderas surgieron incluso impresionantes terrazas con arrozales. Quien haya podido admirar alguna vez sus ingeniosos sistemas de regadío, se habrá dado cuenta de que estos no pueden ser obra de un único campesino, de una familia o ni siquiera de una generación. Es necesaria una autoridad central y duradera para garantizar el mantenimiento de todos esos pequeños diques, canales y esclusas. Los jefes se transformaron en líderes, los cultivos aumentaron y los pueblos crecieron hasta convertirse en ciudades. Una sociedad agrícola que produzca excedentes puede comerciar: no solo con arroz, hortalizas, cestas, cerámica, sino también con artículos de lujo. Ya en los últimos siglos antes de nuestra era se vendían tambores, puñales y hachas de bronce desde Vietnam hasta la China Meridional e Indonesia.[26] Las comunidades locales habían acabado formando parte de reinos regionales.

Una encrucijada de civilizaciones, eso era el archipiélago. En los puertos no solo entraban las mercancías, sino también los dioses. Ya en el siglo V, un príncipe de Borneo agasajó a unos sacerdotes brahmánicos itinerantes procedentes de la India, precursores del hinduismo, con «agua, mantequilla clarificada, vacas marrones, semillas de sésamo y once toros»,[27] según rezan las palabras cinceladas en una estela, el texto más antiguo de Indonesia que ha llegado hasta nuestros días. Dos siglos más tarde, un budista chino escribía entusiasmado sobre el archipiélago: «En la ciudad fortificada de Fo-Qi [la actual Palembang] hay más de mil monjes budistas, sus mentes están orientadas al estudio y a las buenas obras. Leen y estudian todos los temas igual que en la India; los rituales y las ceremonias son idénticos. Si un monje chino quiere ir a la India para escuchar y leer los textos budistas, es preferible que permanezca uno o dos años aquí para poner en práctica las enseñanzas antes de viajar a la India».[28]

La actual ciudad de Palembang en Sumatra Meridional fue la capital de un poderoso reino budista, Srivijaya. Durante seis siglos, controló el comercio y las rutas marítimas entre China y la India. El malayo se convirtió en la lengua habitual de los marineros. Las religiones hindúes también echaron raíces en Java, llegando incluso hasta las zonas más al interior. A cuarenta kilómetros al noroeste de la actual Yogyakarta se alzó en torno al año 800 el Borobudur, la mayor construcción budista del mundo. La impresionante pirámide escalonada se adornó con miles de bajorrelieves y decenas de estatuas de Buda. Cincuenta kilómetros más allá, se inició en el año 900 la construcción del Prambanan, un santuario como mínimo igual de espectacular, aunque en esta ocasión de firma hinduista. Allí está la estatua de bovino más hermosa que he visto jamás.

 

 

El hinduismo y el budismo coexistían de forma pacífica.[29] ¡En Java y Bali surgió una mezcla única en la que se veneraba al Buda histórico junto con deidades hindúes como Brahma, Visnú y Shiva!

El punto culminante de aquella fusión cultural fue el Imperio Majapahit, cuyo centro se encontraba en Java y que, en el siglo XIV, abarcaba todo el archipiélago desde Malasia hasta Nueva Guinea. Aunque el Majapahit no estaba unido como el Imperio romano —desde la capital, el soberano establecía lazos de cooperación con los vasallos locales—, se convirtió en la referencia cultural por excelencia de los independentistas del siglo XX, como prueba de que en otros tiempos hubo un reino glorioso de cosecha propia. De ese reino se tomó la bandera rojiblanca y estos siguen siendo todavía los colores nacionales. La arquitectura, la xilografía, las labores de batik, las danzas y la lengua javanesa alcanzaron un nivel de sofisticación sin precedentes. En las cortes, se dio la típica forma javanesa a viejos poemas épicos hindúes como el Majabhárata y el Ramayana, convirtiéndolos en el maravilloso teatro de sombras con marionetas wayang. Las representaciones duraban toda la noche. El titiritero permanecía con las piernas cruzadas mientras contaba y representaba viejas historias y una lámpara de aceite se encargaba de proyectar sobre un telón las muy expresivas siluetas de las marionetas hechas con cuero de búfalo. Eran representaciones mágicas, heroicas, sorprendentes, violentas y, de vez en cuando, graciosas.

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Mapa 5: La propagación del hinduismo y del budismo

 

 

El teatro contaba con el acompañamiento de los sonidos suaves y embriagadores de la orquesta gamelán, la inimitable música polirrítmica que siglos más tarde influenciaría a compositores occidentales como Claude Debussy, Erik Satie y John Cage.

El elemento chino también adquirió fuerza. A partir de 1405, zarparon desde China siete enormes expediciones comandadas por el almirante eunuco Zheng He. Los barcos pasaban por el archipiélago indonesio antes de emprender rumbo a Ceilán, la India, Arabia y alcanzar la costa oriental de África. Algunos de los miembros de la expedición se quedaron atrás y de este modo sentaron las bases para la diáspora china. En ocasiones, Zheng He viajaba con más de trescientos barcos y veintisiete mil marineros. Algunos de sus buques tenían ciento veinte metros de eslora. Para que nos entendamos: esto sucedía más o menos un siglo antes de que Cristóbal Colón zarpara con sus tres carabelas de veinticinco metros y noventa hombres. A la sazón, Portugal, la mayor nación marítima de Europa, no osaba navegar más allá de Marruecos.[30] Indonesia no necesitaba a Europa para desarrollarse.

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Mapa 6: El auge del Imperio Majapahit (1293-1401)

 

Todos aquellos contactos comerciales se encargaron asimismo de que la joven religión que había surgido allí, en algún punto del oeste, pudiera difundirse. Los más interesados en ello eran los comerciantes. El feudalismo javanés era muy jerárquico; en cambio, la nueva fe ordenaba tanto al noble como al pobre ser humilde y arrodillarse cinco veces al día. Además, debía donar parte de sus posesiones a los pobres.

 

 

En los siglos XV y XVI, el islam se propagó a través de las ciudades portuarias de Indonesia. No sucedió a raíz de una inmigración, una conquista o una coacción a gran escala: el islam consiguió extenderse porque su carácter igualitario gustó. Las primeras mezquitas se levantaron según el estilo hindú-budista. Poco a poco, todo el archipiélago se convirtió al islam, a excepción de Bali y Papúa (que siguieron siendo hindú-budistas y animistas). A partir de entonces, en otros lugares, los reyes se hicieron llamar «sultanes», los principados se convirtieron en sultanatos, pero siguió representándose el teatro de wayang y se mantuvo la creencia tradicional en los antepasados y los espíritus. Incluso hasta la actualidad. En las playas sureñas de Java, me dieron en una ocasión el consejo de que no llevara bañador verde, pues de lo contrario me arriesgaba a ser engullido por Ratu Kidul, diosa de los océanos. Tras catorce siglos de hinduismo y budismo y cinco siglos de islam esa creencia sigue bien viva.[31]

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Mapa 7: La difusión del islam (hasta ± 1650)

 

 

«¡Java, menudo batiburrillo!», me dijo Djajeng Pratomo, de ciento dos años de edad, con expresión divertida. En efecto, se merecía ese nombre. Estábamos sentados en su habitación de la residencia de ancianos en la localidad de Callantsoog, en el extremo septentrional de la provincia de Holanda del Norte. Era un lluvioso día de verano, a las cuatro de la tarde. El chaparrón oscurecía las dunas, mientras la playa aparecía desierta y el mar picado. En su cuarto hacía un calor sofocante: a Pratomo le gustaba estar calentito. Una cuidadora le había traído un auténtico postre holandés: poffertjes, tortitas espolvoreadas con azúcar glas. Aquel hombre diminuto se reía en una butaca que le quedaba demasiado grande. «Indonesia es un asunto muy complejo —me dijo mientras se sacudía los restos de azúcar del pantalón— ¡todo resulta tan desconcertante!». Escuchar a Pratomo era remontarse en el tiempo. Aparte de algunos alumnos de secundaria, nadie le había entrevistado en los últimos treinta años.[32] La primera vez que oí hablar de él fue en Yakarta, me dijeron que vivía «en algún lugar de los Países Bajos» y nadie tenía muy claro cómo se escribía su nombre. Después de husmear por internet, encontré su nombre, después un trabajo escolar y luego a dos chicos que me pusieron en contacto con su profesor. Ese profesor me remitió a su hija y ella se mostró encantada de acompañarme hasta Callantsoog. Y por fin di con él. Pratomo acababa de convertirse en el habitante más anciano del pueblo y había salido en el periódico local. Le hacía mucha gracia que, siendo javanés, ahora fuera el decano de un pueblecito de Holanda del Norte. «Venga, cómase otra poffertje».[33]

Mientras masticaba la tortita tibia, caí en la cuenta de que la aventura colonial holandesa no había empezado con un hambre de tierras, sino con un apetito de sabores. Los Países Bajos no invadieron un país existente para dominarlo; en un principio no invadieron nada y no tenían la menor intención de conquistar nada. Se limitaron a requisarle algo, concretamente especias. Durante siglos, las especias asiáticas fueron muy apreciadas en Europa. El único libro de cocina que se ha conservado de la época romana, De re coquinaria de Apicio, ya ponía de manifiesto que para la elaboración de tres cuartas partes de los platos se necesitaban grandes cantidades de pimienta.[34] ¿Le apetecía un pullus tractogalatus, pollo con leche y miel? Estupendo, pero para eso necesitaba un ingrediente que venía de un lugar a miles de kilómetros de distancia. ¿Dulcia con huevos y piñones? Sin pimienta de la lejana Asia resultaba insípida. A los barcos romanos no les importaba navegar una milla más o menos. Desde la costa oriental de Egipto zarpaban rumbo al África Oriental en busca de marfil y a Arabia para conseguir incienso; sin embargo, lo más lejos que iban era a la India a por la pimienta.[35] «La India» venía a ser casi todo el territorio al oeste de la península arábiga. Por vía terrestre, aquel temprano comercio se extendía incluso hasta la China. Por la ruta de la seda se transportaban valiosas mercancías: pintura, oro, plata, azúcar, azafrán, canela.[36] En Siria, los arqueólogos encontraron esqueletos de la época romana, envueltos en seda procedente de los talleres imperiales chinos.[37] En la India, las excavaciones han sacado a la luz ánforas, lámparas de aceite y pequeñas estatuas romanas. Y hasta en Tailandia se han encontrado monedas romanas. ¡En Tailandia![38]

El amor por las especias no se desvaneció pronto. La cocina medieval en Europa era mucho más condimentada y azucarada que la gastronomía moderna. La costumbre de reservar el dulce para el postre surgió recién en la cocina francesa de finales del siglo XVII.[39] Los cocineros de la Edad Media echaban pasas, higos y cardamomo a sus salsas, unas combinaciones que recuerdan más a la cocina árabe o hindú. Las especias asiáticas no tenían nada que ver con las hierbas que podían recolectarse en los campos, bosques o huertos monásticos europeos, como el cebollino, la salvia, la acedera, el perejil o el romero. La pimienta, la nuez moscada, el cardamomo, el clavo y la canela eran duras, leñosas y podían conservarse durante muchísimo tiempo. Nadie en Europa sabía de qué plantas procedían exactamente, y solo liberaban sus increíbles aromas una vez molidas. Y estos eran tan deliciosos que diversos autores medievales se apresuraron a situar el paraíso terrenal en algún lugar de esa mítica «India». Además de ser muy sabrosas, aquellas especias eran tenidas por muy sanas y medicinales. Todo aquel que sufriera un desequilibrio en los cuatro humores corporales (sangre, bilis amarilla, bilis negra y flema) debía consumir especias. La nuez moscada se consideraba picante y seca; el jengibre, picante y húmedo; la pimienta, muy caliente y seca, y el clavo era bueno para el dolor de muelas. Los europeos estaban dispuestos a pagar un buen dinero para hacerse con aquellos aromas mágicos. Mientras que, en torno a 1450, un artesano de Londres ganaba cerca de ocho peniques al día, una libra [± 453 gramos] de pimienta o de jengibre costaba cerca de dos jornales. ¿Una libra de canela? Tres jornales. ¿Y una libra de clavo? Cuatro jornales y medio. ¿Y una libra de azafrán? Para eso había que trabajar un mes entero.[40]

El precio de los productos de lujo siguió siendo prohibitivo durante siglos, no solo porque estos venían de muy lejos (como el clavo y la nuez moscada, que procedían de las islas Molucas), exigían mucha mano de obra (como el azafrán sacado de las flores de los crocos) o eran extremadamente raros (como el ámbar gris, procedente del intestino de un cachalote), sino también porque en su producción y comercialización participaban muchos intermediarios. En torno al año 1500, la nuez moscada que la sirvienta de un patricio de Brujas rallaba sobre la coliflor de su amo había pasado por las manos de docenas de intermediarios a lo largo de su viaje alrededor del mundo. Para empezar, un recolector había recogido y secado la nuez en las islas de Banda, el minúsculo archipiélago de Indonesia Oriental que, en aquella época, era el único lugar del mundo donde crecía el árbol de la nuez moscada.

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Mapa 8: Las expediciones y el comercio de especias

 

Acto seguido, el jefe del poblado se la vendía a un comerciante javanés o malayo que la revendía en un puerto de Sumatra Oriental o de la península de Malasia a marineros indios que la llevaban a Ceilán. Allí, es posible que la nuez fuera comprada por guyaratíes, persas o árabes, que, a su vez, la transportaban hasta la costa meridional de la península arábiga. Si la mercancía cruzaba el golfo Pérsico, acababa, a través de los mercados de Bagdad y los puertos de Siria, en el entorno comercial mediterráneo. En cambio, si viajaba por el mar Rojo, pasaba por El Cairo y Alejandría hasta caer en manos de marineros genoveses o venecianos, que se la llevaban a la península italiana; estos serían los primeros cristianos, después de una sucesión de animistas, budistas, indios, musulmanes, jainistas y zoroastristas, que se encontrarían por el camino. Y, entonces, aquella pequeña joya todavía tenía que seguir navegando por las costas, por vía fluvial y terrestre hasta llegar a Brujas. Por supuesto, el precio aumentaba con cada transferencia y en cada puerto había que pagar impuestos especiales y costes de trasbordo. Las consecuencias no son difíciles de adivinar. Un puñado de clavo que llegaba a Venecia en torno al 1500 costaba fácilmente cien veces más que en las islas Molucas.[41] ¿No podía conseguirse más barato?

Pues sí, pensaron los portugueses, se podía conseguir más barato. Doscientos años antes, Marco Polo había sido el primer europeo en llegar a Sumatra y había averiguado en qué islas crecían las especias. ¿Y si nos olvidásemos del mar Mediterráneo y navegásemos nosotros mismos circunvalando África? Al fin y al cabo, aquel «país» no podía ser tan grande, ¿verdad? Se llevaron una decepción. En 1430, los navegantes portugueses empezaron a timonear hacia el sur con la esperanza de poner cuanto antes rumbo al este, pero el continente africano resultó ser más alargado de lo que creían. Solo en 1498, setenta años después de iniciar la aventura, consiguieron bordear por primera vez el Cabo de Buena Esperanza y Vasco de Gama logró navegar a vela hasta la costa oeste de la India. Allí se enteró de que, para conseguir las mejores especias, debía viajar aún más lejos: a Ceilán para la canela, a Sumatra y Java para la pimienta, y más lejos todavía, a las islas Molucas para el clavo, la nuez moscada y la macis (la olorosa membrana que recubre la nuez moscada). Hacia 1525, los portugueses habían creado una modesta red comercial en toda la región y habían establecido puntos de apoyo en Ormuz, en la entrada al golfo Pérsico; en Goa, al noroeste de la India; en Colombo, en Ceilán; en Malaca, en la península de Malasia; en Ambon, en las islas Molucas; y más tarde también en Macao, en la costa meridional de China. En Ambon construyeron un fuerte, el primer asentamiento occidental en lo que más tarde se llamaría «Indonesia». Enriquecieron el malayo con palabras como bendera (de bandeira, «bandera»), gereja (de igreja, «iglesia»), sekolah (de escola, «escuela») y minggu («semana», de domingo). La isla de Ambon disponía de una excelente bahía y se encontraba a medio camino entre las islas volcánicas de Ternate y Tidore, desde donde se controlaba el comercio del clavo, y las pequeñas islas de Banda donde crecía el árbol de la nuez moscada. En adelante, Europa podría abastecerse en la fuente. O al menos: en adelante, Portugal podría abastecerse en la fuente y luego revender su botín —diez toneladas de nuez moscada y treinta toneladas de clavo anuales— en Europa con pingües beneficios.[42]

¿No podía conseguirse más barato? Eso mismo se preguntaron también los españoles. Sin embargo, en lugar de navegar en dirección sur, zigzagueando en contra del viento, ellos pusieron rumbo al oeste. Al fin y al cabo, el océano Atlántico no podía ser tan grande, ¿verdad? Si la tierra era redonda, las islas de las especias les estarían esperando al otro lado, ¿no? Cuando Cristóbal Colón llegó a Cuba en 1492, pensó que estaba en Japón. «O no, espera —se dijo más tarde al llegar a Haití—, esto debe de ser Japón».[43] El resto del territorio era sin duda la India. De acuerdo, había menos especias de lo esperado, pero ¿no se debía eso a que era invierno? Empezó llamando «indios» a los habitantes. Una generación después de él, Fernando de Magallanes descubrió que, en efecto, se podía navegar hasta la India en dirección oeste, pero para ello primero había que torcer hacia el sur, viajar casi hasta la Antártida, para cruzar por debajo de la punta de Sudamérica e iniciar la travesía del océano Pacífico. El mundo era mucho más grande de lo que se había creído hasta entonces. Al final de su viaje, Magallanes encontró un grupo de islas a las que bautizó con el nombre del rey español, Filipinas. Aunque el navegante fue asesinado por la población local, su tripulación consiguió llegar a las codiciadas islas Molucas.

Si era tan difícil ir en dirección sur y en dirección oeste, pensaron los holandeses, intentémoslo hacia el norte. Al fin y al cabo, Rusia no podía ser tan grande, ¿verdad? Willem Barents lo intentó en tres ocasiones a partir de 1594, pero su última expedición encalló en la barrera de hielo de un mar sin nombre que desde entonces lleva el suyo. Después del duro invierno que pasaron en la isla de Nueva Zembla en el polo norte, aquella ruta septentrional ya no parecía un plan tan estupendo. Unos arqueólogos amigos míos que en los años noventa del pasado siglo excavaron la cabaña de madera en la que Barents y su tripulación pasaron el invierno me contaron que todas las noches se veían obligados a hacer guardia con bengalas para protegerse de los osos polares. Para Barents, debió de ser una extraña sorpresa: esperaba encontrarse con especias tropicales y en cambio tuvo que enfrentarse a osos polares. No quedaba otra que seguir la ruta portuguesa bordeando África. Cornelis de Houtman, procedente de Gouda, fue el primer holandés que consiguió completar la tarea. Con mapas y conocimientos que había robado en parte en el puerto de Lisboa, arribó en 1596 a la costa occidental de Java, donde además de a portugueses y chinos también encontró pimienta.[44] Los holandeses no eran los primeros ni los más ricos mercaderes. De Houtman siguió navegando hasta Bali, logró hacer acopio de especias de diversas partes, dejando tras de sí una estela de destrucción —al igual que los portugueses, dicho sea de paso—, y regresó dos años más tarde a Ámsterdam. Aunque aquel viaje histórico produjo solo ganancias suficientes para cubrir los gastos, abrió el camino hacia «Oriente».

Los años que vinieron después son conocidos como los de la «navegación salvaje», en la que se enrolaron multitud de navegantes de las provincias de Holanda y Zelanda. No lo hacían por el rey y por la patria, como los portugueses, sencillamente porque no tenían rey y, de hecho, tampoco patria. En 1588, los Países Bajos eran el primer país del noroeste de Europa sin un rey y su república no era un Estado clásico, con un gobierno centralizado, sino una cooperación entre siete provincias o estados bastante autónomos —lo cual explica el plural que se sigue utilizando en muchos idiomas europeos para referirse a él (los Países Bajos, the Netherlands, les Pays-Bas, die Niederlande, i Paesi Bassi, etcétera). Aquella estructura confederativa estimulaba sin duda el espíritu comercial de unos y otros, pero también provocaba una feroz competencia. En 1602, los Estados Generales, el órgano consultivo global de las provincias neerlandesas, consideraron que era más sensato aunar fuerzas. Todas las compañías navieras debían integrarse en una única empresa, la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, que obtuvo el monopolio del comercio con Oriente. Aquella legendaria organización prolongó su existencia durante dos siglos y sigue siendo única por dos razones. En primer lugar, era una firma privada con extensas funciones públicas. La VOC podía celebrar acuerdos y tratados internacionales, administrar justicia, construir fuertes y reclutar soldados, todo en nombre de la república. Por consiguiente, tenía amplias competencias diplomáticas, jurídicas y militares. En segundo lugar, era la primera empresa del mundo que trabajaba con acciones negociables: los copropietarios podían vender su participación en cualquier momento. Sin embargo, debido a ello, sus miembros eran mucho menos leales que los de una empresa familiar tradicional. Los que poseían acciones querían beneficios y, a ser posible, rápido. La consecuencia de esas dos características era por supuesto que la VOC debía obtener beneficios a toda costa para los inversores privados y, a tal fin, estaba dotada de todos los recursos posibles del poder público. Aquello no podía salir bien.

Tampoco ayudaba su tripulación. Los que se enrolaban en la VOC no eran precisamente la flor y nata de la nación. Si bien tan solo naufragó el 4 por ciento de los casi cinco mil viajes emprendidos entre 1595 y 1795, el escorbuto, la disentería, la fiebre amarilla, la fiebre de aguas negras y las peleas se cobraron muchas víctimas. La travesía duraba un año y medio, y dos de cada tres marineros no volvían a casa. Así que, antes de que un buque de la VOC zarpara, había que pasarse por las tabernas más turbias de Ámsterdam para conseguir trescientos borrachos, bravucones y demás tipos de dudosa procedencia. O por miserables hospicios donde se reclutaba a indigentes, necesitados, huérfanos y muertos de hambre. Además de holandeses, había muchos alemanes y escandinavos.[45] Despojos humanos que habían ido a parar a los Wallen(3) y que tenían poco que perder. ¡Cualquiera se iba con ellos a Oriente! La VOC lo hacía.

Los rudos marineros que desembarcaban en el archipiélago no eran considerados seres superiores por la población local. Tenían los cuerpos demacrados y les sangraban las encías debido al escorbuto. Habían sobrevivido a la travesía a base de pan ácimo y cerveza. Por su parte, durante el viaje, los oficiales de la VOC, con sus elegantes pantalones bombachos y sus anchos cuellos, bebían vino y comían hortalizas frescas —pues para ellos se había instalado un huerto en la cubierta de popa e incluso un corral con cerdos y gallinas—, pero cuando llegaban a tierra su aspecto suscitaba recelo. Las crónicas javanesas y malayas los describen como tipos jadeantes, sudorosos y ruidosos, que besaban abiertamente a las mujeres en plena calle.[46] En las marionetas y las esculturas se los representaba como patosos gigantes de ojos saltones, grandes narices, mejillas rojas, pelo raro, pies enormes y —para horror de la refinada cultura javanesa— dientes visibles.[47] Uno de los capitanes fue descrito como «un furioso demonio de gestos bruscos y voz desapacible», de cuya «boca abierta» se escapaba «sin parar la baba» y que despedía «un insoportable olor a sudor».[48]

No hay que olvidar que, en un principio, a los capitanes de la VOC les traía sin cuidado conquistar tierras. Ellos habrían preferido fondear en la bahía o cala de alguna isla tropical y quedarse allí meciéndose, mientras se subían a bordo los sacos de especias y en la cabina se cerraba la venta con un vaso de aguardiente, siempre que el negociador local bebiera alcohol. Pero pocas veces la cosa resultaba tan simple. Los portugueses se entrometían, los españoles se cruzaban en su camino y la población local resultó estar integrada por astutos comerciantes. Por ello, los holandeses nunca podían estar seguros de conseguir un lote de clavo y tampoco del precio que pagarían por él. Así que se veían obligados a desembarcar. Y, para asegurarse un acceso permanente y fiable a la mercancía, tenían que dejar en tierra a miembros del personal. En 1605, la VOC, ayudada por la población local, tomó el fuerte portugués de Ambon. No era grande, como mucho unas cuantas hectáreas, pero se convirtió en el primer pedazo de los Países Bajos en el sudeste asiático.

Mientras disfrutaba de las vistas sobre la hermosa bahía, comprendí de pronto por qué los portugueses y los holandeses lucharon por ella. La naturaleza no podría haberla hecho mejor estratégicamente: era un perfecto puerto interior. Al otro lado de la ensenada divisé Kota Ambon, la ciudad que había crecido alrededor del fuerte. Unos cuantos buques mercantes estaban atracados, algunos barcos más pequeños iban y venían. El fuerte en sí mismo no se podía visitar: seguía utilizándose con fines militares. Desde hacía ya cuatrocientos años.

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CAPÍTULO 2

ARMAR EL ROMPECABEZAS

La expansión holandesa en el sudeste asiático, 1605-1914

 

 

 

 

Después de haberme comido dos poffertjes, le pregunté a Pratomo cuándo había nacido exactamente. «En 1914, en Sumatra». Eso me venía de perlas. No solo porque era el testigo más viejo con el que podía hablar, sino porque además había nacido en el año en que se completó el imperio colonial. A menudo se oye decir que los Países Bajos gobernaron Indonesia durante «trescientos cincuenta años», desde más o menos 1600 hasta 1942, pero se trata de un anacronismo que les gusta utilizar no solo a los colonialistas melancólicos («¡Y pensar que estuvimos allí tanto tiempo!»), sino también a los rabiosos anticolonialistas («¡Y pensar que aquella agonía duró tanto tiempo!»). La verdad se encuentra en un punto intermedio: aunque es cierto que los Países Bajos estuvieron presentes en el archipiélago desde 1600, durante mucho tiempo no controlaron el territorio ni tuvieron la ambición de hacerlo. La idea de que los holandeses lo conquistaron y colonizaron desde el primer día es errónea. Además, en el año 1600 Indonesia no era un territorio interconectado, no se trataba de un grupo de islas que se manifestara como una unidad política. El archipiélago existía como entidad geográfica, pero no estatal. Incluso una misma ínsula podía contener varios reinos. La conquista y la fusión de las numerosas islas hasta formar la colonia de las Indias Neerlandesas se produjo de forma muy lenta.

El Estado insular podría considerarse como un rompecabezas que se fue completando a lo largo de un periodo de más de trescientos años. En 1605, el fuerte de Ambon pasó a ser la primera y minúscula pieza de aquel rompecabezas en posesión de los Países Bajos, y el final de la guerra de Aceh en 1914 completó el territorio. El historiador indonesio Mochtar Lubis lo expresó con agudeza: «En realidad, la colonia holandesa que se llamaba las Indias Orientales Neerlandesas (toda Indonesia) no existió más de treinta o treinta y cinco años».[49] Esto es cierto si nos referimos al territorio en su totalidad. Ambon estuvo trescientos treinta y siete años en manos holandesas, mientras que Aceh solo veintiocho. Sin embargo, eso no significa que la historia colonial se iniciara en una fecha tan tardía como 1914. Empezó mucho antes y podemos distinguir en ella cinco fases.

 

 

La primera fase del rompecabezas se prolongó desde cerca de 1600 hasta 1700. Durante este primer siglo, el lema de la VOC era: cuanto menos territorio, mejor. Un asentamiento in situ era caro y solo se consideraba esa posibilidad si resultaba absolutamente necesaria para el comercio. Dos años después de la conquista de Fort Ambon (1605), los Países Bajos se establecieron en Ternate y Banda Neira (1607), otras dos islas de las Molucas. Lo hicieron por motivos comerciales evidentes: Ternate y la vecina Tidore eran las únicas dos fuentes mundiales de clavo; Banda era un diminuto archipiélago a ochocientos kilómetros al sur, el único lugar donde crecía la nuez moscada. Los clavos son los botones florales secos del árbol del clavo; frescos tienen un color verde intenso y su textura es suave y carnosa. La nuez moscada es el hueso de un fruto verde. El nombre viene de nuces moschatae, nueces que huelen a almizcle.

Si se viaja allí en avión, se ve lo pequeños que son estos territorios. Ternate y Tidore son dos islas volcánicas redondas de como mucho unos cuantos kilómetros de diámetro, que relucen como dos gemelos de color verde esmeralda sobre la manga del océano Pacífico. Sus fértiles colinas están cubiertas de árboles de mango, cocoteros y árboles del clavo por entre los que vuelan las aves del paraíso.

«Los holandeses desembarcaron en Ternate. No pasaron por Yakarta, que todavía no existía, ni empezaron conquistando Java. Su contacto con Indonesia comenzó aquí. Llegaron después de los portugueses». Husain Syah hablaba el indonesio más hermoso que he oído jamás. Y es que era el sultán de Tidore, uno de los últimos príncipes tradicionales de Indonesia. Aunque el poder político real de los príncipes es más bien simbólico, la República reconoce su posición y gozan de gran prestigio entre la población. Nuestra conversación tuvo lugar en el imponente salón del palacio con un suelo de mármol blanco. Un ujier nos trajo té con bizcocho. El sultán Husain resultó ser un hombre entrañable e inteligente, y un apasionado de la historia. «A veces nos olvidamos de que nuestra existencia se deriva del pasado y de que la historia es la madre que nos ha dado la vida. Debemos cuidarla». Me contó cómo los portugueses, españoles, británicos y holandeses intentaron afianzarse aquí. El fuerte que los holandeses construyeron en 1607 en Ternate incluso sirvió durante algún tiempo como oficina central de toda la VOC.[50] «Se asentaron aquí y fue desde este lugar que establecieron su centro administrativo en Batavia, lo que en la actualidad conocemos como Yakarta».[51]

El sultán estaba en lo cierto. Los fuertes permitían comprar y almacenar las materias primas, pero estaban muy alejados de las principales rutas comerciales. En 1619, Jan Pieterszoon Coen, jefe de las operaciones holandesas en Asia, decidió trasladar el cuartel general de la VOC desde las islas Molucas hasta Java Occidental, más de tres mil kilómetros en dirección oeste. La apacible bahía de «Jayakarta» en la costa norte le pareció adecuada. Se encontraba en un cruce de rutas marítimas, disponía de un buen puerto y tenía agua potable y madera en abundancia: ideal para reparar los buques, almacenar las mercancías, ofrecer reposo a los hombres y organizar nuevas salidas.[52] Coen echó de allí a los británicos que poseían un puesto comercial y redujo a cenizas el asentamiento local. Así nació Batavia. Coen no tenía intención de conquistar Java desde allí, bien al contrario: él contemplaba el mar y vivía de espaldas a la isla. Deseaba mantenerse lo más alejado posible de los dos sultanatos locales: Banten en Java Occidental y Mataram en Java Central y Oriental. Ni siquiera permitían a los javaneses establecerse en Batavia, por temor a las rebeliones.

¿Cómo podía conseguirse que aquellos escombros vacíos, carbonizados y humeantes se convirtieran en un floreciente centro logístico para el comercio mundial? La respuesta era simple: importando esclavos, miles de esclavos. Se equivocará quien asocie la esclavitud solo con el comercio entre África y América. Los mercados de esclavos de Asia eran una práctica ancestral que la VOC aprovechó con creces.[53] A finales del siglo XVI, un esclavo costaba cerca de nueve florines.[54] Se estima que, entre 1600 y 1900, se traficó allí con seiscientas mil personas, una cifra no muy inferior a la contribución holandesa en el comercio de esclavos transatlántico.[55] Una cuarta parte de ellos procedía de Bali, el resto de otros lugares del archipiélago, de Filipinas, la India, Madagascar o incluso del continente africano. Los compraban, secuestraban, robaban o capturaban después de guerras, o de catástrofes naturales: las erupciones volcánicas, los ciclones y los tsunamis asolaban con gran regularidad el archipiélago. Otros eran apresados por no poder pagar sus deudas. A diferencia de lo que sucedía en América, entre ellos había muchas más mujeres y el destino final de todos ellos eran sobre todo las ciudades y no tanto las plantaciones.[56] En el calor húmedo y sofocante de Batavia, los esclavos cavaban canales, construían almacenes de madera, embreaban los barcos o levantaban fuertes. Las esclavas realizaban el trabajo doméstico o vivían como concubinas. Algunos empleados de la VOC tenían hasta trescientos esclavos y se jactaban de ello abiertamente. Hacia el final del denominado «Siglo de Oro neerlandés» vivían veintisiete mil personas en Batavia; la mitad de ellas eran esclavos.[57] ¿Sabrían ellos que su ciudad se llamaba así por los bátavos, los ancestros holandeses de la época romana, famosos por su amor a la libertad?

Batavia recibió el apelativo de «reina de Oriente». Con sus canales, sus molinos de viento y sus puentes levadizos, la urbe parecía en efecto una versión tropical de Ámsterdam. A pesar de ello, no estaba destinada a ser la capital de las Indias Neerlandesas —algo que todavía no existía—, sino el nodo central de un imperio comercial oriental que se extendía desde Ciudad del Cabo hasta Nagasaki. A mediados del siglo XVII, la VOC, la «Loable Compañía», poseía la mayor flota comercial de Europa. Tenía decenas de factorías y fuertes en el África meridional, en el océano Índico, en la península arábiga, a lo largo del golfo Pérsico, en las costas de la India y Sri Lanka, en todo el sudeste asiático, a lo largo del litoral meridional de China pasando por Taiwán hasta Japón, pero no se trataba de un territorio interconectado. En la Colonia del Cabo, fundada por Jan van Riebeeck en 1652, los buques de la VOC podían proveerse de limones y hortalizas frescas para reducir el riesgo de escorbuto. En Japón, los Países Bajos fueron durante dos siglos los únicos socios comerciales extranjeros admitidos. Entre esos dos polos, la Compañía comerciaba en todas direcciones con especias, estaño, plata, sándalo, alcanfor, algodón, seda, arroz, conchas, opio y esclavos. En el archipiélago, recurría a innumerables comerciantes chinos. Batavia tenía el mercado de esclavos más grande de todo el sudeste asiático.[58]

Largas rutas comerciales, pequeñas fortificaciones. Sin embargo, de vez en cuando había que intervenir, pues el éxito de la VOC dependía de su capacidad de monopolizar el comercio de especias, si era preciso recurriendo a la violencia. Los cultivadores de las islas Molucas tenían prohibido vender sus especias a ningún otro socio que no fuera la VOC que, además, había fijado un precio máximo. Unas condiciones poco atractivas para la población local. Entre 1619 y 1629, Coen dirigió el negocio como gobernador general desde Batavia. En 1621, cuando se descubrió que Banda, en contra de lo acordado, seguía suministrando nuez moscada a otros países y compañías, el gobernador general envió una expedición de castigo a la isla provocando una masacre en la que perecieron entre diez mil y quince mil personas; las tierras que quedaron libres fueron adjudicadas a empleados de la VOC, que las hicieron labrar por miles de esclavos recién importados. Hoy existe una palabra para eso: genocidio. El exterminio del pueblo de Banda marcó la transición de un proyecto puramente mercantil a uno más territorial. Era la primera vez que la VOC no tomaba posesión de un puesto comercial, sino de tierras de cultivo.

Coen ejercía su cargo sin piedad. En 1623, la VOC no tuvo reparos en torturar y asesinar en Ambon a una decena de ingleses que le estorbaban. En 1625, cuando se evidenció que la vecina isla de Seram había empezado a cultivar clavos y a venderlos a terceras partes, ordenó talar todos los árboles del clavo, en total treinta y cinco mil: un nuevo árbol tarda doce años en dar frutos. Hemos de comprender, les escribió a sus jefes en Ámsterdam, «que es imposible mantener el comercio sin guerras ni las guerras sin comercio».[59] Su enfoque cosechó a la sazón duras críticas. Su predecesor Laurens Reael condenó «todos los medios injustos y bárbaros» a los que la VOC creía tener que recurrir. «En un mar vacío, en países vacíos y con personas muertas no se puede sacar beneficio alguno».[60] E incluso los propios directivos de la VOC en Ámsterdam, diecisiete caballeros provistos de pipas, cuellos blancos y lenguaje barroco, habrían preferido que los monopolios se conquistaran con menos derramamiento de sangre, pero aun así siguieron apoyando sin reservas a Coen, porque aquel hombre era bueno para los beneficios.

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Mapa 9: Factorías y asentamientos de la VOC en el siglo XVII

 

Poco a poco, la VOC empezó a manejar más hachas que velas. Después de 1650, la Compañía ordenó talar nada menos que las tres cuartas partes de todos los árboles del clavo en todas las Molucas, para que ningún rival pudiera aprovecharse de ello. Las islas y los poblados que seguían plantando fueron incendiados y destruidos de manera implacable. En Java, la Compañía consiguió anexionar la franja costera septentrional con algunos puertos excelentes. También combatió por los de Malaca y Sumatra. El hambre de tierras adquirió formas extrañas. En 1667, tras años de agotadoras luchas, los ingleses se mostraron por fin dispuestos a cambiar Run, una diminuta isla de nuez moscada en el archipiélago de Banda de apenas cuatro kilómetros cuadrados, por otro territorio de propiedad holandesa: Nueva-Ámsterdam, ¡el futuro Manhattan! Los Países Bajos se apresuraron a aprovechar la oportunidad. Poco les importaba que aquella isla en la costa oeste del océano Atlántico fuera dieciséis veces más grande: era un pedazo de tierra pantanosa y allí no crecían especias. Entonces no podían saberlo, pero cambiaron el lugar donde hoy se encuentran los metros cuadrados más caros del mundo por unos cuantos árboles de nuez moscada en una minúscula y aislada isla tropical en el mar de Banda.

 

 

Después de 1700 se inició una nueva fase. En aquella época, la VOC gobernaba el archipiélago como principal operador europeo. Había echado a la competencia, salvaguardado el monopolio y ampliado la red de puertos, contaba con la ayuda de intermediarios chinos y el volumen de negocios era muy satisfactorio. No obstante, entonces sucedió algo que nadie había previsto: las especias dejaron de estar de moda. En París surgió una nouvelle cuisine française, una manera de cocinar que apostaba por sabores puros y naturales, para conseguir una experiencia más sutil y una digestión más ligera. ¿Otra vez un plato de caza bañado en clavo, nuez moscada y canela? No, déjelo. «En nuestros días, en Francia están prohibidas las especias, el azúcar y el azafrán», rezaba el Nouveau dictionnaire de 1776.[61] Aparecieron las trufas, las ostras, las langostas, las mollejas y el foie, y se inventó el champán: unos novedosos y sofisticados manjares que no era cuestión de echar a perder con un pesado adobo de especias. La aristocracia de toda Europa siguió el ejemplo. La VOC había luchado durante un siglo por lucrativos monopolios comerciales, y ahora que por fin los había logrado resultaba que las especias ya no se consideraban exquisitas, sino vulgares.

¿No había otros productos? Los holandeses tuvieron suerte. Junto con la nouvelle cuisine, en Europa creció el interés por otros novedosos productos coloniales de lujo: café, té, azúcar, tabaco y cacao. Al principio eran solo los aristócratas quienes, con el meñique levantado, degustaban las nuevas bebidas calientes y esnifaban (fumar era para la plebe) los selectos tabacos en los delicados salones de estilo rococó; no obstante, la clase media urbana no tardó en sumarse a ellos.[62] En todas las ciudades europeas se abrieron cafeterías. En sus menús figuraban innovadoras bebidas, como el café, el té y el chocolate caliente, y dulces elaborados a base de azúcar y cacao: había nacido la pastelería moderna. El cacao procedía de Centroamérica, pero lo demás crecía en el sudeste asiático. En 1707, la VOC empezó a cultivar café y té en Java Occidental y en veinte años se había convertido en el mayor productor de café del mundo, más importante que la península arábiga. A partir de 1725, los holandeses tenían en sus manos entre la mitad y las tres cuartas partes del comercio mundial de café. Entretanto, los chinos que habían emigrado a Batavia se dedicaban al cultivo de azúcar en los alrededores. También ellos cosechaban grandes beneficios. El centro de gravedad económico se trasladó de las islas Molucas a Java y Sumatra.

Sin embargo, aquellos nuevos cultivos exigían suelo, mucho suelo. Ahora ya no se trataba de tener puertos y huertos, sino de acaparar extensas zonas agrícolas. Se empezó a cultivar toda la comarca alrededor de Batavia; en tierras privadas se plantó arroz, algodón y caña de azúcar. En el interior, la VOC arrebataba partes cada vez más extensas del entorno natural a los gobernantes locales. Hacia 1750, la Compañía se había hecho con la mitad de Java. También ocupó zonas de Sumatra, Borneo y Célebes, además de islas más pequeñas como Madura, Sumbawa y Sumba. Aunque obtuvo la soberanía de algunos territorios, la mayor parte siguió en manos de príncipes nativos que se sometían a la administración holandesa a cambio de una contribución. Se había celebrado el matrimonio de conveniencia entre la nobleza local y el potentado holandés, y este duraría siglos.

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Mapa 10: Ampliación de la VOC en el siglo XVIII

 

Batavia creció hasta convertirse en una ciudad de ciento veinte mil habitantes, de los cuales solo siete mil eran europeos. No todo iba a pedir de boca. A partir de 1733, miles de habitantes murieron víctimas de fiebres inexplicables. Al año de llegar a las Indias, más de la mitad de los empleados de la VOC fallecía, en total unos ochenta y cinco mil hacia finales de siglo. La Compañía se veía obligada a renovar continuamente su personal, lo que significaba un gasto enorme. Las grandiosas ganancias de antaño se convertían en deudas. Nadie sabía cuál era la causa, pero Batavia adquirió la fama de ser la ciudad más insalubre del mundo. Solo en el siglo XX se averiguó qué ocasionaba aquellas muertes: la construcción de estanques de peces en las tierras pantanosas al norte de la ciudad había creado el caldo de cultivo ideal para el mosquito de la malaria.[63]

Cuando también se desplomó el mercado internacional del azúcar debido a la competencia del Caribe y Brasil, aumentó la agitación entre los numerosos trabajadores chinos en las plantaciones de caña de azúcar que se hallaban en las inmediaciones de la ciudad. En Batavia se acrecentó el temor a que se produjera una rebelión china, exacerbado en parte por la VOC. Tras algunas escaramuzas, en 1740 los holandeses mataron en tres días a la práctica totalidad de personas chinas que había en Batavia, sin tener en cuenta si se trataba de criados infiltrados procedentes de las zonas rurales o de inocentes comerciantes y artesanos del centro urbano. Entre ellos había herreros, ebanistas y propietarios de casas de té. Las estimaciones varían entre los cuatro mil y los doce mil muertos; fue la mayor masacre desde el exterminio de Banda en 1621 y, por desgracia, no iba a ser la última vez que la población china se convirtiera en cabeza de turco. Esta comunidad, que formaba la clase media situada entre la administración europea y la población nativa, estaba atrapada de forma estructural entre la desconfianza de los de arriba y la envidia de los de abajo.

Administrar aquel territorio en expansión se convirtió en una tarea cada vez más pesada y costosa, a lo que había que sumar todas aquellas muertes por malaria. La VOC se veía obligada a destinar y a distribuir cada vez más personal en el archipiélago, y en 1750 llegaron a ser treinta y cinco mil hombres.[64] Los gastos no hacían más que subir, mientras que la deuda crecía y la corrupción aumentaba de forma aterradora año tras año. ¿Quién podía controlar a todos aquellos empleados en las tierras del interior y en aquellos lejanos puestos de avanzada? Además, en 1770, el botánico francés Pierre Poivre se llevó de contrabando brotes del árbol de la nuez moscada a Mauricio, por lo que la VOC también perdió ese antiguo monopolio. Y, para colmo de males, en 1780, los británicos volvieron a declarar la guerra a los Países Bajos y bloquearon el tráfico marítimo desde Batavia y hacia la ciudad. La quiebra resultaba inevitable: el 31 de diciembre de 1799 se disolvió la otrora tan rentable Compañía. El Estado neerlandés se hizo cargo de la empresa, y de su déficit, que ascendía a ciento treinta y cuatro millones de florines, una cuarta parte de la deuda nacional. El Estado neerlandés era desde hacía poco la «República Bátava». La vieja República de los Siete Países Bajos Unidos, liderada por la cuasi monarquía de los Orange, acababa de convertirse en un Estado unitario inspirado por la Revolución francesa. Se había acabado una era.

Por muy atractivo que pareciera equipar a una empresa comercial como la VOC con recursos políticos y militares a fin de imponer lucrativos monopolios, en la práctica esto resultó insostenible: si todos los buques debían llevar a bordo cañones y soldados, si todos los depósitos tenían que ser una fortaleza, si había que pelear por cada puerto, si de pronto resultaba que los monopolios conseguidos con tanto esfuerzo no valían nada, si era necesario cultivar cada vez más y más productos, si la mitad del personal moría enseguida y la otra mitad era corrupta, entonces la tan «loable» compañía comercial iba a acabar siendo un negocio muy costoso.

Si bien el siglo XVIII, el segundo siglo de la VOC, empezó con una muy prometedora reactivación —el café era el nuevo clavo—, nunca pudo equipararse al viejo éxito. Debido a ello, en el archipiélago surgió un vacío de poder que otros intentaron llenar: británicos, árabes, piratas, comerciantes bugis de Célebes, aunque sobre todo chinos, que en la segunda mitad del siglo XVIII fueron adquiriendo cada vez más importancia.[65] Los Países Bajos apenas habían completado una cuarta parte del rompecabezas cuando este volvió a descomponerse.

 

 

La tercera fase del montaje del rompecabezas no duró mucho (de 1800 a 1816), pero fue de suma importancia. Por primera vez, un antiguo imperio comercial se transformaba en algo que empezaba a parecerse a una clásica colonia, al menos sobre el papel. Sin embargo, comenzó con algunas migajas. Debido a que, en 1804, la República Bátava se había convertido en un Estado vasallo de Francia, pasó a ser de repente el enemigo de Gran Bretaña y perdió muchas de sus factorías en ultramar: el Cabo, Ceilán, Malaca, las costas de la India y numerosas islas del archipiélago. Mirándolo bien, los Países Bajos solo conservaron Java y algunos puntos de apoyo exteriores en el sudeste asiático. Hasta 1806 no sucedió gran cosa más, pero entonces Napoleón empezó a involucrarse directamente: convirtió la República Bátava en el reino de Holanda y colocó en el trono a su hermano Luis Napoleón. Para poner las cosas en orden en Java, y sobre todo con miras a un posible ataque de los ingleses, el rey envió a Herman Willem Daendels a Batavia. La elección resultaba evidente, puesto que Daendels era quizá el mayor francófilo de los Países Bajos: doctor en Derecho, admirador de la Ilustración y ardiente patriota. Tras un fallido intento de desalojar a los Orange del trono, había huido a París, donde presenció la Revolución francesa desde la primera fila. Ascendió en el ejército revolucionario francés y en 1795 marchó, como general, hacia los Países Bajos para establecer allí la República Bátava. Más leal, imposible.

El 1 de enero de 1808, Daendels llegó a Batavia e hizo justo lo que se esperaba de él: reconvertir lo que quedaba del aparato de la VOC, unos nueve mil hombres, en un formidable ejército de veinte mil efectivos, con nuevos soldados procedentes de Java, Bali, Célebes y Ambon. Hizo edificar cuarteles, polvorines, arsenales y hospitales, fortificó el puerto de Surabaya y desplazó el centro de Batavia varios kilómetros tierra adentro, hacia un entorno más saludable. Pero no se detuvo ahí. Del mismo modo que Napoleón había implementado carreteras y vías navegables en el continente europeo para sortear el bloqueo marítimo británico, Daendels hizo construir una carretera en Java de este a oeste, paralela a la costa, para poder trasladar más rápido las noticias y las tropas: el Gran Camino Postal. Las obras de esa impresionante vía de mil kilómetros de longitud se completaron en un año. Se estima que doce mil trabajadores forzados perdieron la vida durante su construcción.[66] El viaje de Batavia a Semarang, por ejemplo, se redujo de al menos diez a tres o cuatro días. Hasta el día de hoy, esa carretera sigue siendo la principal arteria de Java.

¿Que Napoleón había dividido Francia en departamentos y prefecturas? Pues Daendels dividía Java en nueve prefecturas. ¿Que Napoleón se veía como el heredero de la liberté, égalité, fraternité? Pues Daendels mejoraba el sino de los esclavos. ¿Que Napoleón consideraba importante la enseñanza? Pues Daendels opinaba que los niños javaneses debían ir a la escuela. ¿Que Napoleón odiaba el feudalismo del Antiguo Régimen? Pues Daendels ajustaba cuentas con los sultanes y otros miembros de la nobleza de la isla. ¿Que Napoleón abogaba por una gestión racional de la economía nacional? Pues Daendels saneaba la agricultura, la silvicultura y la gestión de los recursos hídricos: llegó a realizar incluso una inspección general de las plantaciones de café. Lo llamaban el «Napoleón de Batavia» debido a sus inclinaciones tanto revolucionarias como dictatoriales.

 

 

Lo que introdujo Daendels en Java fue nada más y nada menos que la idea de Estado moderno. Un elemento crucial para ello era su convicción de que todas las tierras pertenecían, en principio, al Estado.[67] Así pues consideraba que los principados javaneses aún existentes, con sus sultanes y príncipes, representaban anacronismos que oprimían al pueblo y frenaban la modernidad. Daendels quebrantó el poder de la nobleza en Cirebon y Banten. Incluso llegó hasta Surakarta (una urbe conocida también por el nombre de Solo, como se desprenderá de algunas citas) y Yogyakarta, las dos ciudades de Java Central que habían surgido del otrora tan poderoso sultanato de Mataram y donde los príncipes locales seguían gozando de una generosa contribución de la administración holandesa. En una carta dirigida a Napoleón, escribió lo siguiente sobre el sultán de Yogyakarta: «Le he quitado la corona y he confiado el gobierno a uno de sus hijos. [...] He aprovechado esta circunstancia para anexionar a nuestras provincias algunos de los distritos que más nos convenían y he abolido una especie de tributo de diez mil piastras que la Gobernación le pagaba cada año. Algo parecido le abonaban también al rey de Solo (el susuhunan de Surakarta) y también lo he suprimido. Por último, he entablado relaciones comerciales y políticas con el nuevo sultán sobre una base que, confío, nos aporte grandes ventajas».[68]

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Mapa 11: El Gran Camino Postal y la anexión de las tierras principescas (1800-1830)

 

En resumidas cuentas, Daendels no perdía el tiempo. No obstante, todo su trabajo no pudo impedir que, en 1809, los británicos establecieran un bloqueo marítimo alrededor de Java. Un año más tarde, Napoleón anexionaba todos los Países Bajos a Francia. A partir de aquel momento, Java pasó a ser oficialmente una colonia francesa. «Habitantes de la isla de Java —proclamó Napoleón—, vuestros intereses se han convertido en los intereses del Imperio francés. Mi primera preocupación al acogeros entre mis súbditos es el de preservar esta floreciente colonia contra la devastación que la amenaza a causa de la envidia de Inglaterra. Los franceses, de quienes hoy sois hermanos, vendrán a reunirse con vosotros para la defensa de vuestras posesiones. Vuestros amigos, vuestros aliados se han convertido en vuestros compatriotas. [...] Príncipes y pueblos de Java, vuestra religión, vuestras propiedades, vuestras leyes y vuestras costumbres serán respetadas. [...] Queremos amigos, no esclavos. [...] Confirmo todos los tratados que Holanda ha celebrado con vosotros. Armaos contra vuestros enemigos, sed leales y valientes. Seré para vosotros un generoso protector».[69]

Después de estas animosas palabras, Daendels pudo izar la tricolor francesa. A pesar de que era idéntica a la bandera neerlandesa —eso sí, girada un cuarto de vuelta—, el cambio no sentó bien a muchos holandeses. Pero lo peor fue que, en 1811, los británicos desembarcaron en Java y tomaron toda la isla con un ejército de doce mil hombres. Los ingleses llevaban tiempo deseando sacarse la espina del «afrancesamiento» de Java. Las tropas de Daendels no tuvieron oportunidad alguna contra ellos. El nuevo gobernante se llamaba Thomas Stamford Raffles y, aunque se trataba de un británico, compartía con Daendels el entusiasmo por los ideales de la Ilustración y puede que fuera incluso más intrépido. La región de ultramar debía ser territorial, delimitada y lo más interconectada posible; la gestión, centralizada. Raffles sig

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