Surrender

Bono

Fragmento

bono-epub-5

1

Lights of Home

I shouldnt be here cause I should be dead

I can see the lights in front of me

I believe my best days are ahead

I can see the lights in front of me.[1]

001_Bono_9780307269003_art_r3

Una visión bicúspide del mundo empieza mucho antes. / Me dicen que tengo un corazón excéntrico…

Nací con un corazón excéntrico. En una de las habitaciones de mi corazón, donde la mayor parte de las personas tienen tres puertas, yo tengo dos. Dos puertas batientes que, en la Navidad de 2016, estuvieron a punto de salirse de los goznes. La aorta es la arteria principal, la cuerda de salvamento de una persona, que lleva la sangre oxigenada a los pulmones y se convierte en vida. Pero hemos descubierto que mi aorta se ha estresado con el tiempo y le ha salido una ampolla. Una ampolla que está a punto de explotar, algo que me llevaría al otro mundo antes de que me diera tiempo de llamar a urgencias. Antes de que pudiera despedirme de esta vida.

Así pues, aquí estoy. Hospital Mount Sinai. Nueva York.

Me observo desde arriba con los arcos voltaicos reflejados en el acero inoxidable. Pienso que la luz es más dura que la camilla metálica en la que estoy tumbado. Noto el cuerpo separado de mí. Reducido a carne blanda y duro hueso.

No es un sueño ni una visión, pero siento como si un mago me cortara por la mitad con una sierra.

El corazón excéntrico está congelado.

Es preciso realizar algún tipo de reajuste, aparte de toda esta sangre dando vueltas y poniéndolo todo perdido, como suele hacer la sangre cuando no se dedica a mantenernos con vida.

Sangre y aire.

Sangre y entrañas.

Sangre y cerebro es lo que se necesita ahora mismo, si tengo que continuar cantando a mi vida y viviéndola. Mi sangre.

El cerebro y las manos del mago que está encima de mí y puede convertir un día pésimo en otro fantástico con la estrategia y la pericia adecuadas.

Nervios de acero y cuchillas de acero.

Ahora ese hombre se sube literalmente encima de mi pecho, hinca el bisturí con las fuerzas combinadas de la ciencia y la carnicería. Las fuerzas que se precisan para romper la caja torácica y entrar en el corazón de alguien. La magia que es la medicina.

Sé que no me parecerá un buen día cuando me despierte tras estas ocho horas de cirugía, pero también sé que despertarme es mejor que la alternativa.

Aunque no pueda respirar y sienta que me ahogo. Aunque intente por todos los medios tomar una bocanada de aire y no pueda.

Aunque tenga alucinaciones, porque ahora veo visiones y todo está adoptando un cariz a lo William Blake.

Tengo mucho frío. Necesito estar a tu lado, necesito tu calor, necesito tu cariño. Voy vestido de invierno. Llevo unas botas enormes, aunque estoy tumbado en la cama, pero me congelo, me muero de frío.

Empiezo a soñar.

Me encuentro en una escena de una película en la que al actor principal se le agota la vida. En los últimos momentos vitales, se irrita e interpela a su gran amor.

—¿Por qué te vas? ¡No me dejes!

—Estoy aquí, a tu lado —le recuerda su amada—. No me he movido.

—¿Qué? ¿No eres tú la que se marcha? ¿Soy yo el que se aleja? ¿Por qué me alejo? No quiero dejarte. Por favor, no permitas que me vaya.

Hay algunos secretillos sucios relacionados con el éxito que ahora empiezo a ver con claridad. Y de los que me estoy despertando.

El éxito como una consecuencia de la disfunción, una excusa para las tendencias obsesivo-compulsivas.

El éxito como recompensa al trabajo tenaz, muy tenaz, tanto que podría estar ocultando algún tipo de neurosis.

El éxito debería llegar con una advertencia para la salud: para el adicto al trabajo y para quienes lo rodean.

El éxito puede verse impulsado por alguna ventaja o circunstancia injusta. Si no por un privilegio, sí al menos por un don, un talento u otra forma de riqueza heredada.

Pero el trabajo arduo también se esconde detrás de esas puertas.

Siempre había pensado que mi don era saber encontrar la nota aguda, no solo en la música, sino en la política, en el comercio y en el mundo de las ideas en general.

Donde otras personas apreciaban la armonía o el contrapunto, a mí se me daba mejor encontrar la nota aguda, el gancho, el pensamiento claro. Probablemente porque tenía que cantarlo o venderlo.

Sin embargo, ahora veo que mi ventaja era algo más prosaico, más básico. Mi ventaja no era genética, era el don del… aire.

Eso es.

Aire.

—Su marido tiene una potencia de fuego increíble dentro de ese pecho de guerra.

Eso le dijo el hombre que me había serrado la caja torácica a mi esposa y a mi alma gemela, Ali, después de la operación.

—Ha hecho falta un hilo extrafuerte para coserlo. Diría que está a un ciento treinta por ciento de la capacidad pulmonar normal para su edad.

No emplea la expresión «bicho raro», pero Ali me cuenta que ha empezado a considerarme «el hombre de la Atlántida», el personaje de aquella serie de ciencia ficción de la década de 1970 sobre un detective anfibio.

David Adams, el hombre a quien le debo la vida, el cirujano-­mago, habla con un deje sureño, y en mi estado blakeano aumentado empiezo a confundirlo con el demente villano de La matanza de Texas. De fondo, lo oigo preguntarle a Ali por los tenores, que no suelen ser famosos por pasearse por el escenario cantando notas agudas.

—¿No se supone que los tenores tienen que quedarse quietos, con las piernas separadas, bien enraizadas en el suelo, antes de plantearse siquiera hacer un do de pecho?

—Sí —digo, sin abrir la boca y antes de que se me pase el efecto de los fármacos—. Un tenor debe convertir la cabeza en un amplificador y su cuerpo en un fuelle para hacer que se rompan los cristales.

Yo, por el contrario, me he pasado tres décadas dando vueltas por anfiteatros y corriendo por los estadios mientras cantaba «Pride (In the Name of Love)», en un la alto o en un si alto, según el año.

En la década de 1980, el estiloso cantante inglés Robert Palmer paró un momento a Adam Clayton para suplicarle: «¿Por qué no convences a Bono para que cante en un tono más bajo? Así su vida sería más fácil y también la de los que tenemos que escucharlo».

El aire es fortaleza.

El aire es tener confianza para asumir grandes retos o enfrentarse a grandes contrincantes.

El aire no es la voluntad de conquistar el Everest de la vida de cada cual, sino la capacidad de aguantar el duro ascenso.

El aire es lo que hace falta para subir cualquier cara norte.

Y aquí estoy yo ahora sin él, por primera vez.

En la sala de urgencias de un hospital, sin aire.

Sin aliento.

Los nombres que damos a Dios.

Puro aliento.

Jehovááááá.

Alááááá.

Yeshúaaaa.

Sin aire… Sin darse aires… Sin un aria.

Estoy aterrado porque, por primera vez en la vida, busco la fe y no la encuentro.

Sin aire.

Sin plegaria.

Soy un tenor que canta bajo el agua. Noto que los pulmones se me encharcan. Me ahogo.

Tengo alucinaciones. Tengo una visión de mi padre en una cama de hospital y de mí mismo durmiendo a su lado, en un colchón puesto en el suelo. Hospital Beaumont, Dublín, verano de 2001. Toma aire con profundidad, pero su respiración se vuelve cada vez más superficial, como si tuviera la tumba metida en el pecho. Grita mi nombre, pero me confunde con mi hermano, o al revés.

—Paul. Norman. Paul…

—Papá.

Me levanto de un brinco y llamo a una enfermera.

—¿Estás bien, Bob? —le susurra al oído a mi padre.

Estamos en un mundo de susurros animados y percutores, un mundo de sibilancias, su voz de tenor sale ahora en cortas espiraciones metálicas, se oye una s detrás de cada exhalación.

—Sí ssssss, ssssss.

La enfermedad de Parkinson le ha robado la sonoridad.

—Quiero ir a casa ssssss. Quiero marcharme de aquí ssssss.

—Dilo otra vez, papá.

Al igual que la enfermera, me he inclinado sobre él, con la oreja cerca de su boca.

Silencio.

Seguido de otro silencio.

Seguido de:

—¡A LA MIERDA!

Hay algo perfectamente imperfecto en la salida de mi padre de este mundo. No creo que nos estuviera diciendo a mí o a la enfermera siempre vigilante que nos fuéramos a la mierda. Me gustaría creer que se dirigía al mono que había llevado a cuestas, en el hombro, durante buena parte de su vida.

Durante aquellos últimos días me contó que, mientras aceptaba sus distintos cánceres, había perdido la fe, pero también me dijo que yo no debía perderla. Que era lo más interesante de mí.

Envalentonado, le leí parte de un salmo del rey David, el salmo 32.

El propio David estaba en un gran embrollo. Mi padre no es­taba de humor para sermones y vi que desviaba la mirada hacia arriba, pero no parecía que mirase el cielo.

Mientras callé, se envejecieron mis huesos

en mi gemir todo el día,

porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano;

se volvió mi verdor en sequedades de verano. […]

Por esto orará a ti todo santo

en el tiempo en que puedas ser hallado;

ciertamente en la inundación de muchas aguas

no llegarán estas a él.

Tú eres mi refugio;

me guardarás de la angustia;

con cánticos de liberación me rodearás. 

¿Esto era para mí, o para él?

Mi padre confesó su admiración ante lo que parecía una «conversación en ambos sentidos con el hombre de arriba» por mi parte.

—Mis conversaciones con Dios siempre son en un sentido, pero ahora vete, anda. Intento encontrar un poco de paz aquí.

Bueno, aquí no la encontró, pero quiero creer que allá sí.

¿Dónde es allá?

El hogar.

No sé si sé qué es eso.

Me despido, respiro hondo y me marcho en busca del hogar.

Primavera de 2015.

Más luz blanca y fría de fluorescente. Acero y cristal.

Náuseas.

Esta vez no es un asunto de vida o muerte. Me miro al espejo en el cuarto de baño adyacente al camerino, bajo un campo de hockey sobre hielo en Vancouver (Canadá). Es la primera noche del Innocence + Experience Tour.

De joven nunca fui vanidoso. Evitaba ponerme delante del espejo. Pero aquí estoy, en el baño de baldosas blancas, observando con atención mi cara, para ver si, mirando otra vez, puede volverse más atractiva.

Ya oigo el rumor de la multitud a través de las paredes, cantando «Cars»(2) a coro con Gary Numan: «Here in my car / I feel safest of all / I can lock all my doors / It’s the only way to live / In cars».[2]

Estoy en el futuro con el que soñé la primera vez que oí esa canción de sintetizador a finales de los setenta. No puedo creer que ahora, con cincuenta y cinco cumplidos, haya optado por el peróxido del rubio de bote casero de aquella época. El color de las alas de pollo, como diría más adelante un crítico de música español. El retumbar del estadio no hace más que aumentar el escalofrío de emoción que siento. Vuelvo a entrar en el camerino, que es una cápsula de tiempo, y me quejo de que se parece al que tuvimos en la última gira. Me dicen que es el mismo desde hace veinte años. Arpillera verde, guirnaldas de luces, sofá de piel color tabaco. Después de todo este tiempo, ¿por qué siento los nervios tan a flor de piel al disponerme a salir al escenario delante de 18.474 de nuestros amigos más cercanos? Es el estreno de nuestra gira mundial, pero, como siempre, no estoy solo.

Larry tiene un aura angelical, el aspecto de alguien que ha visto lo que hay al otro lado. Creo que podría ser verdad, dado que enterró a su padre ayer mismo. Adam parece el protagonista de una película de cine independiente. Sereno. Edge está tenso y es intenso, pero parece capaz de ocultarlo.

Como hacemos antes de todos los conciertos, rezamos.

A veces puede dar la sensación de que somos desconocidos que rezan para encontrar la complicidad de una banda que esta noche pueda ser útil para nuestro público. ¿Útil? Para la música. Para un fin más elevado. De algún modo extrañamente familiar, nos transformamos. Empezamos a orar como camaradas; terminamos como amigos que encuentran una imagen distinta de sí mismos, al igual que el público que estamos a punto de conocer nos transformará de nuevo.

Rezar para ser útil es una curiosa plegaria. Nada romántica. Incluso un poco aburrida, pero constituye la esencia de quiénes somos y por qué continuamos juntos en esta banda. Hombres que se conocieron de niños. Hombres que han roto la promesa que en el fondo esconde el rock’n’roll: que puedes tener el mundo, pero a cambio el mundo te tendrá a ti. Puedes tener complejo de mesías, pero debes morir en una cruz a los treinta y tres años, o todos pueden exigir que les devuelvan el dinero. En ese sentido, les hemos fallado. De momento.

Somos hombres que soportan algún tejido cicatrizado fruto de nuestras diversas peleas con el mundo, pero cuyos ojos tienen una mirada asombrosamente limpia tras las vicisitudes y el surrealismo de una vida tocando en estadios durante treinta y cinco años.

Ahora, a través de las paredes, oigo a Patti Smith cantar «People Have the Power», la señal de que nos quedan cinco minutos y diez se­gundos antes de que empiece el espectáculo, cinco minutos y diez segundos antes de que descubramos si todavía tenemos lo que la gente espera encontrar, para lo que ha venido, que no es solo nuestra música, sino también nuestra amistad. Lo que ofrecemos es nuestra banda como un juego de química, una reacción química entre el público y nosotros. Eso es lo que hace que una buena banda sea genial.

El rugido de la multitud aumenta conforme recorremos el pasillo desde el camerino, un rugido que transforma a este ratón en un león. Elevo el puño en el aire cuando subo al escenario y me preparo para entrar en la canción. A lo largo de las siguientes páginas trataré de transmitir qué significa eso. Pero, tras cuarenta años dedicados a la música, sé que, si consigo mantenerme dentro de las canciones, estas me cantarán a mí y la noche dejará de ser trabajo para convertirse en placer.

Casi veinte mil personas cantan a coro el estribillo de «The Miracle (Of Joey Ramone)» y, mientras Edge, Larry y Adam se desplazan hasta la parte delantera del escenario, yo avanzo en solitario desde el otro extremo del estadio para encontrarme con ellos. Camino entre el público, entre el ruido. Por dentro tengo diecisiete años, acabo de salir de mi casa en la parte norte de Dublín y recorro toda Cedarwood Road, rumbo a los ensayos compartidos con estos hombres, pero hace un millón de años, cuando ellos también eran muchachos.

Salgo del hogar para encontrar el hogar. Y canto.

2

Out of Control

Monday morning

Eighteen years of dawning

I said how long

Said how long.[3]

002_Bono_9780307269003_art_r2

El milagro de Joey Ramone.

Doy saltos por la sala de estar del número 10 de Cedarwood Road al ritmo de «Glad to See You Go»,(3) del álbum Leave Home de los Ramones.

You gotta go go go go goodbye

Glad to see you go go go go goodbye[4]

Estamos en 1978, el día en que cumplo dieciocho años.

Esas canciones son muy sencillas, pero a la vez encierran una complejidad que resulta mucho más relevante para mi vida que Crimen y castigo, de Dostoievski. Un libro que acabo de terminar. Y que he tardado tres semanas y media en leer. Este álbum requiere solo veintinueve minutos y cincuenta y siete segundos. Son canciones tan sencillas que incluso yo puedo tocarlas con la guitarra. Y no sé tocar la guitarra.

Son canciones tan sencillas que incluso yo podría ser capaz de escribir una. Sería una especie de revolución personal, cuyos retumbos podrían notarse hasta en el piso de arriba, hasta en la habitación vacía de mi hermano mayor, Norman. O, algo todavía más importante, por todo el pasillo hasta la cocina, donde está mi padre.

Mi padre, que quiere hablar conmigo sobre la posibilidad de que me busque un trabajo.

¡Trabajo!

Un trabajo es un sitio donde haces algo que, en el fondo, no te gusta durante unas ocho horas al día cinco o seis días a la semana a cambio de dinero que te permita hacer el fin de semana las cosas que te gustaría hacer todo el tiempo.

Sé que me gustaría no trabajar. Sé que, si pudiera hacer lo que me encanta, no tendría que volver a trabajar ni un solo día de mi vida. Pero hay un problema. Incluso en mi odiosa adolescencia llena de granos sé que es poco probable que ocurra si no soy genial en algo.

Y no soy genial en algo.

No soy genial en nada.

Bueno, sí, se me da bastante bien imitar a la gente. Mi amigo Reggie Manuel dice que la razón por la que me fui con su novia Zandra se reduce a mi imitación de Ian Paisley. Se me da bastante bien canalizar la belicosa vociferación del reverendo Ian Paisley, líder de los unionistas en el norte.

—¡No nos rrrrendirrrreeeeemos! —berreaba el pastor.

Mi versión de Ian Paisley hace reír tanto a Zandra que me digo que es vulnerable a mis avances, pero también sé que puede dejarme por Keith no sé qué más, pues no basta con ser divertido. También hay que ser listo, y yo soy lo bastante listo para saber que no soy listo. O no tanto.

Hasta hace poco, me iba bien en el colegio, pero desde hace un tiempo no puedo concentrarme en nada, salvo en las chicas y en la música. Y soy lo bastante listo para advertir la correlación.

Pinto bastante bien, pero no tanto como mi mejor amigo, Gug­gi. Escribo historias bastante bien, pero no tanto como ese sabelotodo tan dotado, Neil McCormick, que escribe para la revista del colegio. Me he planteado hacerme periodista, he fantaseado con ser corresponsal en el extranjero, con cubrir noticias en zonas bélicas. Pero para ser periodista tienes que sacar buenas notas, y los exámenes no son mi fuerte. Me cuesta quedarme quieto en el pupitre y hacerlos.

Y, además, hay otra zona bélica en la que estoy metido.

En nuestra calle, en mi casa, en mi mente.

¿Para qué desplazarme hasta el lejano Tombuctú como corresponsal de guerra cuando hay tanto material de primera debajo de mi cama? Los miedos y fantasmas que tengo allí son las razones por las que a veces no quiero levantarme. Todavía no sé que el rock’n’roll (y, en especial, el punk rock) demostrará ser mi liberación.

Que terminará con la ocupación.

De mi cama.

Tenemos un sofá de piel sintética en la sala de estar del número 10 de Cedarwood Road. Una moqueta anaranjada y negra descolorida por el sol que va de una pared a otra y que nos abraza los pies descalzos en invierno. Acaban de ponernos la calefacción central, de modo que por primera vez el frío no nos persigue por las mañanas desde la habitación hasta el cuarto de baño.

Somos ricos.

Tan ricos que mi padre conduce un Hillman Avenger rojo metalizado. Tan ricos que nos compramos una tele en color antes que nuestros amigos. Una tele en color son palabras mayores. En nuestra casa consigue que la vida real parezca menos real y, en mis años de adolescencia, la vida de papá, la de Norman y la mía necesitan parecer con frecuencia un poco menos reales.

Durante la década de 1970, la tele en color hace que el verde de los campos de fútbol de Old Trafford, Anfield o Highbury se vea mucho más verde en el programa Match of the Day que cualquier campo de hierba que pueda haber detrás de nuestro complejo de edificios. Las camisas rojas de George Best y Charlie George parecen llamas ardiendo. Aunque Malcolm Macdonald no cambia mucho. ¿Qué sentido tiene ser hincha del Newcastle United, con sus vestimentas monocromas, cuando el blanco y negro ha pasado a la historia?

Mi padre dice que la realeza también debería pasar a la historia, pero está de acuerdo con mi madre en que la reina se ve estupenda en color. Todos los años, mis padres discuten entre risas si nosotros, los irlandeses, deberíamos interrumpir la comida navideña para ver el discurso que Su Majestad da el día de Navidad por televisión a las tres en punto. Parece como si todo el mundo sintiera debilidad por la fanfarria y la ostentación, por la pompa y el boato de la realeza. Pero la guerra es en blanco y negro, incluso cuando es a todo color. Unas partes de nuestro país están en guerra con otras partes de nuestro país. Nuestro vecino de al lado, Gran Bretaña, se ha cebado con nosotros y nos hemos hartado. La sangre es de color carmín en las noticias. Cada vez hay más banderas en nuestra calle que ocupan el espacio público con la historia de la división de Irlanda e Inglaterra, pero eso no nos impide pararnos a contemplar el Desfile de los Colores el día del cumpleaños de la reina. Todo cobra vida en una tele en color.

No obstante, incluso teniendo en cuenta el punk rock de Gran Bretaña, para un adolescente de Dublín Inglaterra nunca podrá estar tan llena de vitalidad como Estados Unidos. Los «cowboys» introducen una gama totalmente distinta (John Wayne, Robert Redford, Paul Newman) y lo mismo hacen los «indios», aunque estos no eligieron qué imagen se daba de ellos. El retrato de los apaches, los pawnees, los mohicanos influirá en la estética punk. Luego están los agentes de la ley urbanos como Clint Eastwood en el papel de Harry el Sucio, Peter Falk interpretando a Colombo o Telly Savalas en Kojak.

Pero la ficción no puede competir con la auténtica vida americana. No es nada en comparación con la impactante misión espacial Apolo, la más visionaria de todas las visiones.

Qué locos están los estadounidenses para pensar que podían mandar a un hombre a la Luna, la clase de locura en la que a los irlandeses nos gusta participar. Y ¿acaso no fue uno de los miembros de nuestra particular familia real, John Fitzgerald Kennedy, quien primero concibió la idea de mandar al hombre a la Luna? Eso es lo que dice mi padre.

Como adolescente dublinés de los setenta, me tomo en serio la tarea de convertir el mundo en blanco y negro que se ve por las ventanas con las repisas abarrotadas de adornos de Cedarwood Road en el tipo de color que tenemos en ese televisor Murphy. Y no solo quiero ver la vida de otra forma, también quiero oírla de otra forma. Salir del monotono de la impotente adolescencia para entrar en los sonidos más ricos y redondos de otro objet d’art del salón.

Nuestro estéreo.

Tenemos un estéreo genial. No es un simple tocadiscos que llene la casa con las óperas de mi padre. También tiene una grabadora de casetes de doble pletina que va a darle la vuelta a mi vida como si fuese una cinta. Los Ramones, los Clash y Patti Smith redibujarán el mundo exterior, pero el cambio ya había empezado con los Who y Bob Dylan y la particular obsesión que sentí por David Bowie, quien, al principio, me imaginaba como una mitad de un dúo. Creía que Hunky Dory era el nombre de su otra mitad, en lugar de ser el nombre de su cuarto álbum.

10 DE MAYO DE 1978

Un gran día para un aprendiz de estrella del rock de 1,75 metros que jura que mide 1,78. Que hoy cumpla dieciocho años es lo de menos. En nuestra familia casi nunca celebramos los cumpleaños. Bueno, claro, es fabuloso que mi padre me dé un billete de cinco libras, pero eso no es lo que hace que hoy sea especial.

Hoy es el día en el que aprenderé un gran truco de escapismo a lo Houdini. Mejor que cualquier truco de cuerda indio, lograré que mi vida en blanco y negro desaparezca y luego reaparezca en color. Hoy es el día en que escribiré mi primera canción de rock’n’roll en condiciones y el primer single de U2. Y tengo que darle las gracias al milagro de Joey Ramone. Y a sus milagrosos hermanos. Pero sin Edge, Adam y Larry (mis propios hermanos milagrosos) nadie la habría oído jamás.

Monday morning

Eighteen years of dawning

I said how long.

Said how long.

It was one dull morning

I woke the world with bawling

I was so sad

They were so glad.

I had the feeling it was out of control

I was of the opinion it was out of control.[5]

Titulé la canción «Out of Control»[6] porque llegué a la convicción —y puede que Fiódor Dostoievski tuviera algo que ver— de que los seres humanos influimos poco o nada en los dos momentos más importantes de nuestra vida. Nacer y morir. Me pareció que era la clase de actitud tipo «a la mierda el universo» que requiere una gran canción de punk rock.

3

Iris (Hold Me Close)

The star,

that gives us light

Has been gone a while

But it’s not an illusion

The ache

In my heart

Is so much a part of who I am

Something in your eyes

Took a thousand years to get here

Something in your eyes

Took a thousand years, a thousand years.[7]

003_Bono_9780307269003_art_r2

Imaginemos a un hombre de cincuenta y cinco años cantándole a su madre delante de veinte mil personas noche tras noche.

—«A ver, ¿se puede saber qué pasa?».

Desde luego, es duro perder a tu madre a los catorce años, pero, a estas alturas, ese hombre ya debería haberlo superado, ¿no? En serio.

Como vocalista de la banda U2, recibo un buen montón de críticas. Sea justo o injusto, forma parte de la descripción del puesto y a menudo me resulta casi divertido. Ninguna de esas pullas puede compararse con el tipo de reproches que yo mismo me hago, sobre todo encima del escenario, cuando me asaltan infinidad de rollos psicológicos y psicodélicos. Hay una increíble cantidad de interferencias cuando estoy en el escenario y ante la multitud.

«¿Se puede saber qué pasa?».

¿La pregunta anterior? Un ejemplo de las acusaciones más inú­ti­les que oigo en mi mente justo antes de empezar a cantar «Iris». Parece como si tuviera a mi propio satán subido al hombro, sembrando la duda a cada paso. Ese diablillo pintarrajea grafitis emocionales por todas las paredes de mi autoestima. Pero el diablillo soy yo, así que ¿por qué me empeño en hacerme pasar por este mal trago?

Alguien ha comparado la oración con estar en un mar agitado en una barca sin remos. Lo único que tienes es una cuerda que, en algún lugar remoto, está amarrada al puerto. Puedes ir tirando de esa cuerda para acercarte más a Dios.

Las canciones son mis rezos.

RIZOS NEGROS Y CARCAJADAS COMO CAMPANAS

Tengo muy pocos recuerdos de mi madre, Iris. Mi hermano Norman tampoco tiene. La explicación más sencilla es que, cuando murió, en nuestra casa no volvimos a hablar de ella.

En realidad, temo que ocurriera algo peor. Apenas volvimos a pensar en Iris.

Éramos tres varones irlandeses y evitamos el dolor que sabíamos que afloraría al pensar y hablar de ella.

En 2014, en Songs of Innocence, me había dado permiso para mirar atrás, para levantar las piedras bajo las que sabía que correteaban unas inquietantes hormigas. Intenté entrelazar los retazos de recuerdos que me quedaban de mi madre y plasmarlos en la canción «Iris».

Me ofrecería a ella convertido en canción.

La encontraría.

Tres días antes del lanzamiento del disco, me entró el pánico. Había dejado de gustarme la idea de que «Iris» saliera al éter de los lanzamientos musicales, de que saliera al mundo esa canción escrita por un hombre de cincuenta y cuatro años que llama a gritos a su difunta madre. En el último momento, «Iris» me pareció desmedida en todos los sentidos: demasiado blanda, demasiado histriónica, demasiado expuesta, un capricho excesivo para que una banda tuviera que aguantárselo a su cantante. Como en un principio iba a ser un lanzamiento exclusivamente digital para quinientos millones de personas (esa es otra historia, luego la contaré), intenté sacar la canción del álbum. No era como si tuviésemos que tirar a la basura un millón de CD o de vinilos. Pero también el mundo digital tiene sus fechas límite y la mía ya había pasado. Apple había cargado el álbum en infinidad de sistemas virtuales y quitar esa pista implicaría hacer estallar el mundo.

O algo igual de malo.

Me quedé mirando la pared mientras me preguntaba por qué el dolor aún era tan crudo, por qué pensar en Iris me dolía tanto pasados todos esos años. ¿Cuántos exactamente habían transcurrido? Estábamos en 2014, cuarenta años después de su muerte. Y en septiembre: cuarenta años en el mes exacto.

¿En serio? ¿Y en qué fecha concreta? No me acordaba. Mandé un mensaje a mi hermano. Tampoco se acordaba. Llamé a mi tío, pero el tío Jack tampoco se acordaba, aunque sí recordaba que enterraron a «Gangs» Rankin, mi abuelo, el 9 de septiembre porque fue la última vez que vio a su hermana Iris.

El 9 de septiembre era el lanzamiento del disco. Aunque nadie lo supiera, Songs of Innocence llegó al mundo en la misma fecha en que hablé con mi madre por última vez. ¿A qué se deben esos hallazgos fortuitos? ¿Son mera coincidencia? Atesoro el misterio de cualquier señal cósmica, así que hallé cierto consuelo en pensar que era un indicio de que hacía lo correcto.

Free yourself to be yourself

If only you could see yourself.[8]

Esa frase se convirtió en mi mantra («Libérate para ser tú mismo») y los recuerdos comenzaron a fluir.

La risa de Iris. Su sentido del humor, negro como sus rizos morenos. La risa inoportuna era su debilidad. Una vez, Bob, mi padre, criado en el centro de Dublín, había llevado a mi madre y a Ruth, su hermana, al ballet, pero luego se murió de vergüenza con los ataques de risa contenida de mi madre ante las protecciones genitales tan abultadas que llevaban los bailarines debajo de las mallas.

Recuerdo que cuando tenía siete u ocho años era muy travieso.

Iris me perseguía mientras blandía una vara larga que le había dado una amiga con la promesa de que eso me haría entrar en vereda. Yo estaba muerto de miedo mientras Iris me perseguía por el jardín. Pero, cuando me atreví a mirar atrás, vi que se partía de risa, ni un ápice de ella creía en aquel castigo medieval ni en la maldad del muchacho.

Recuerdo estar en la cocina, viendo cómo Iris planchaba el uniforme del colegio de mi hermano, con el leve zumbido del taladro eléctrico procedente del piso de arriba, donde el manitas de mi padre estaba colgando una estantería que él había hecho.

De pronto, un grito. Un sonido inhumano, un alarido animal.

—¡Iris! ¡Iris! ¡Llama a una ambulancia!

Corrimos hasta el pie de las escaleras y nos lo encontramos en el descansillo de arriba, con la herramienta eléctrica en la mano. Al parecer, se había taladrado la entrepierna. Se le había resbalado la broca y ahora estaba tieso de miedo porque no sabía si se le volvería a poner tiesa.

—¡Me he castrado! —gritó.

Yo también me quedé en estado de shock al ver a mi padre, el gigante del número 10 de Cedarwood Road, como un árbol caído. Y, además, no sabía qué significaba eso. Iris sí lo sabía, y también se quedó de piedra, pero la expresión de su cara no indicaba alarma. No, la expresión de su cara era la de una mujer hermosa que intentaba contener la risa, seguida de la expresión de una mujer hermosa que no pudo seguir conteniendo la risa. Carcajadas de una chica atrevida cuyos esfuerzos por no cometer un sacrilegio solo consiguen provocar un estallido aún más escandaloso cuando por fin explota.

Iris se acercó al teléfono, pero no conseguía serenarse para marcar el número de urgencias; se retorcía de risa. Papá superó la herida física. Su matrimonio superó el incidente. El recuerdo quedó fijado en nuestro hogar.

Iris era una mujer práctica. Sí, también ella era una manitas. Sabía cambiar el enchufe de la hervidora de agua y sabía coser: ¡vaya si sabía coser! Empezó a trabajar a media jornada como modista cuando mi padre no le permitió trabajar de mujer de la limpieza para Aer Lingus, junto con sus mejores amigas de Cedarwood Road. Tuvieron un buen enfrentamiento por este asunto, la única pelea en toda regla que recuerdo. Estaba en mi cuarto escuchando a escondidas cuando mi madre contraatacó con un «tú no me mandas» en su defensa. Y, seamos sinceros, él no mandaba. La súplica tuvo éxito donde la orden había fracasado, y mi madre dejó pasar la oportunidad de trabajar con sus amigas en el aeropuerto de Dublín. Años después, cada vez que volvía a casa después de una gira, sentía una punzada de dolor al encontrarme con sus buenas amigas Onagh y Winnie en la zona de llegadas. Iris ya no estaba entre nosotros, pero a veces me la imaginaba de pie junto a ellas.

DOMINGO POR LA MAÑANA
EN LAS DOS IGLESIAS DE ST. CANICE

Hold me close, hold me close and don’t let me go.

Hold me close like I’m someone that you might know

Hold me close the darkness just lets us see

Who we are

I’ve got your light inside of me.[9]

Bob era católico, Iris era protestante. Su matrimonio había escapado al sectarismo de la Irlanda en la época. Y, como Bob creía que la madre debía tener el voto decisivo en la instrucción religiosa de los hijos, los domingos por la mañana nos dejaba a mi hermano y a mí con nuestra madre en la iglesia protestante de St. Canice, en Finglas. Después, mi padre escuchaba misa en la misma calle, pero en la iglesia católica, que también se llamaba St. Canice. ¿Confuso? ¡Sí!

Había apenas un kilómetro y medio entre las dos iglesias, pero en la Irlanda de los sesenta un kilómetro y medio era una distancia enorme. En aquella época, los protestantes tenían las mejores melodías y los católicos, la mejor puesta en escena. Gavin Friday, mi colega desde un principio de Cedarwood Road, solía decir que «el catolicismo es el glam rock de la religión», con sus velas y colores psicodélicos (los azules, los escarlatas y los morados de los cardenales), sus bombas de humo hechas de incienso y el tintineo de la campanilla. A los protestantes se les daban mejor las campanas grandes, porque, tal como decía Gavin, «¡podían permitírselo!». Para una gran parte de la población de Irlanda, protestantismo y riqueza iban de la mano. Poseer cualquiera de las dos cosas implicaba haber colaborado con el enemigo: es decir, Gran Bretaña. Ese era el pensamiento bastante deformado de las décadas de 1960 y 1970. En realidad, la Iglesia de Irlanda había proporcionado a muchos de los insurgentes irlandeses más famosos y, al sur de la frontera, su congregación era en su mayoría modesta en todos los sentidos. Gente muy modesta, muy simpática. Es más, lejos de la intolerancia, de lo único que podías quejarte era del exceso de simpatía. Sus fiestas en el jardín y sus mercadillos de trueque eran una especie de muerte por empalagamiento. ¡La Iglesia de Irlanda podía matarte con tanta simpatía!

Mi padre era muy respetuoso con la comunidad eclesiástica de su esposa, de modo que, tras rendir culto a solas en una punta de la calle, regresaba desde su iglesia de St. Canice para esperar a la puerta de la otra St. Canice a que salieran su esposa y sus hijos. Luego nos llevaba a todos a casa.

Iris y Bob se habían criado en la ciudad de Dublín, alrededor del paso de Oxmantown Road, una zona conocida como Cowtown porque la feria se celebraba allí todos los miércoles. Estaba junto a Phoenix Park, que, según los lugareños, era el mayor parque urbano de Europa, y por el que a Bob y a Iris les encantaba pasear y observar los ciervos que corrían libres. Cosa rara para un dublinés, Bob jugaba al críquet en el parque y su madre, la abuela Hewson, escuchaba los resultados de la selección inglesa de críquet por la BBC. En Irlanda ese deporte no era un juego de la clase obrera. Si a eso le sumamos que mi padre ahorraba para comprar discos de sus óperas favoritas, que llevó a su mujer y a la hermana de esta al ballet (y que después no dejó que Iris se convirtiera en una «doña Fregona», como decía él, aunque sus amigas sí lo fueran), es fácil hacerse una idea de que quizá Bob fuese un pelín esnob. Sus intereses, desde luego, no eran los más habituales en el barrio. En realidad, es posible que toda la familia fuera un poco diferente. Mi padre y su hermano Leslie ni siquiera hablaban con un acento dublinés muy marcado. Era como si siempre usaran la misma voz formal que ponían cuando respondían al teléfono.

El apellido de mi familia paterna también es extraño, en el sentido de que puede ser tanto protestante como católico. Durante una gira por el Reino Unido, vi una vez en un pub muy pijo un estatuto para la decapitación de Carlos I, y había un tal John Hewson entre los siete signatarios. ¿Un republicano? Bien. ¿Uno de los partidarios de Cromwell? Mal.

De niño me daba cuenta de que los Hewson tendían a vivir en un universo mental, mientras que los Rankin estaban más a gusto con su cuerpo. A veces los Hewson pensaban demasiado. Mi padre, por ejemplo, no iba a visitar a sus propios hermanos sin avisar por si no querían verlo. Hacía falta que lo invitaran. Mi madre (una Rankin) le decía que se pasara por su casa sin más. Sus familiares siempre se hacían visitas improvisadas. ¿Dónde está el problema? Somos una familia. Los Rankin se pasan el día riendo y, si bien los Hewson no podemos hacer lo mismo, digamos que tenemos un temperamento propio con el que entretenernos. Un temperamento fuerte.

Puede que yo haya heredado un poco de cada.

Hay otra diferencia. La familia Rankin es susceptible al aneurisma cerebral. De las cinco hermanas Rankin, tres murieron de aneurisma. Entre ellas, Iris.

¡JESÚS, IRIS Y JOSÉ!

Mi madre solo llegó a oírme cantar en público una vez. Interpreté al Faraón en el musical de Andrew Lloyd Webber Joseph and the Amazing Technicolor Dreamcoat. En realidad, se trataba del papel de un imitador de Elvis, así que eso es lo que hice. Vestido igual que él, torcía el labio y hacía temblar las paredes. Iris se reía sin parar. Parecía sorprendida de que supiera cantar, de que tuviera una vena musical, lo cual me extrañó, pues lo había dejado entrever muchas veces con mi actitud.

Desde que era muy pequeño, cuando apenas llegaba a la altura del teclado, me quedaba embobado con el piano. En nuestra iglesia había uno y cualquier rato que consiguiera pasar a solas con ese instrumento lo consideraba sagrado. Me pasé siglos tratando de averiguar qué sonido hacían las teclas o qué ocurría si apretaba uno de los pedales con el pie. No sabía qué era la reverberación; no podía creer que una acción tan sencilla pudiera convertir nuestra modesta capilla en una catedral. Recuerdo que, cuando encontraba una nota con la mano, enseguida buscaba otra nota con la que entonara. Y otra. Había nacido con melodías en la cabeza y estaba buscando la manera de oírlas en el mundo.

Iris no buscaba ese tipo de señales, así que no las veía.

Iris no era romántica; era práctica. Una mujer frugal que se hacía la ropa. Cuando mi abuela decidió vender el piano, mis indirectas sobre lo bien que quedaría en nuestra casa no podrían haber sido más directas.

—No seas bobo. ¿Dónde lo vamos a meter?

Ni hablar de piano en nuestra casa. No había sitio.

Iris tuvo una segunda oportunidad de enmendarlo. Cuando cumplí los once años, mis padres me mandaron a la St. Patrick’s Cathedral Grammar School, en el centro, un colegio famoso por su coro masculino. En la entrevista, el señor Horner, el director, me preguntó si me interesaría formar parte del coro. Me dio un vuelco el corazón, pero sentí el nerviosismo propio de un muchacho de once años que alega tener un talento que todavía no ha demostrado. Iris, que debió de percibir mi azoramiento, respondió por mí.

—En absoluto. A Paul no le gusta cantar.

Para una criatura tan comprometida con la música, el comportamiento de mi madre podría parecer un poco raro, como si apenas conociera a su segundo hijo. Pero dudo de que fuera así. Iris se dedicaba a resolver problemas, no a crearlos. Como tantas veces, estaba siendo práctica, nada más.

DE CATEDRAL A TEMPLO

Once we are born, we begin to forget

The very reason we came

But you I’m sure I’ve met

Long before the night the stars went out

We’re meeting up again.[10]

En septiembre de 1972, tenía doce años y estaba en mi primer curso en Mount Temple. La St. Patrick’s Cathedral Grammar School había sido una desdicha para mí y para ellos. La gota que colmó el vaso fue una profesora de español a la que llamábamos Biddy («Vieja Urraca») y de la que estoy convencido de que tachaba mis deberes sin siquiera mirarlos. Me sentía humillado, pero lo que empezó como una mofa a mi costa acabó por convertirme en un gamberro. Cuando hacía buen tiempo, Biddy sacaba la comida de un táper de plástico transparente y se sentaba a tomarla en un banco del parque a la sombra de la imponente catedral de St. Patrick, la más grande del país. A los alumnos de la escuela no nos permitían salir al parque a la hora de comer, pero yo había averiguado la manera de saltar la verja y, un día, con un par de cómplices, logramos meter excrementos de perro en su táper. Fue nuestra venganza por cagarse en nuestros trabajos. Es posible que se le manchara el pelo de mierda y fue bochornoso. No es de extrañar que, al acabar el trimestre, Biddy quisiera quitarse parte de esa mierda del pelo y la dirección del centro me insinuara que yo sería más feliz en otro sitio.

Entra en escena la Mount Temple Comprehensive School.

Mount Temple fue la liberación.

Era un experimento coeducativo y aconfesional, admirable para la época en la conservadora Irlanda. En lugar de una clase A, una clase B y otra clase C, las seis clases de primer curso llevaban las letras D, U, B, L, I y N. Nos animaban a ser nosotros mismos, a ser creativos, a llevar la ropa que quisiéramos. Y había chicas. Que también llevaban la ropa que querían.

El reto eran los dos autobuses que había que coger para llegar hasta allí, el trayecto hasta el centro desde la parte noroeste de la ciudad y el que iba de ahí al noreste. Salvo que fueras en bicicleta, que es lo que empezamos a hacer mi amigo Reggie Manuel y yo. El colegio estaba en una pendiente interminable de una colina en la que aprendimos a agarrarnos de la furgoneta de la leche, y creo que jamás me he sentido tan libre como en aquellos días en los que íbamos al colegio pedaleando con Reggie. Es cierto que el tiempo no siempre permitía que fuésemos en bicicleta y nos condenaba al pesadísimo trayecto en autobús, pero, a cambio, los viernes teníamos la recompensa de estar en el centro de la ciudad después de clase y de tener la oportunidad de ir a la Dolphin Discs, en Talbot Street. La oportunidad de contemplar embelesados carátulas de discos como Raw Power, de los Stooges, o Ziggy Stardust, de David Bowie.

LOS HOMBRES Y LAS MUJERES QUE CAYERON
SOBRE LA TIERRA

La única razón por la que no estaba en Dolphin Discs a las 17.30 h del 17 de mayo de 1974 es que hubo huelga de autobuses y tuvimos que ir en bicicleta a clase. Ya estábamos en casa cuando las calles que rodeaban Dolphin Discs saltaron por los aires a causa de un coche bomba en Talbot Street, otra bomba estalló en Parnell Street y otra más en South Leinster Street, todas en cuestión de minutos, un ataque coordinado que llevó a cabo un grupo extremista unionista de Úlster que quería que el sur supiera cómo era el terrorismo. Una cuarta explosión estalló en Monaghan, y el número total de muertos ascendió a treinta y tres personas, entre ellas una joven madre embarazada, la familia O’Brien al completo y una mujer francesa cuya familia había sobrevivido al Holocausto.

Aquel día no esquivé una bala, esquivé una masacre. El hermano de once años de Guggi, Andrew Rowen, al que apodábamos Guck Pants Delaney («Delaney Calzón Sucio»), no pudo esquivarla. Su padre, Robbie Rowen, y él habían aparcado en Parnell Street cuando estalló la detonación. Su padre encerró a Andrew en la furgoneta familiar, mientras él se dedicaba a intentar rescatar a distintas personas de los estragos. Andrew observó horrorizado los inertes cuerpos desmembrados que lo rodeaban. Años después lo llamé para preguntarle si le importaría que escribiera acerca de ese día en una canción titulada «Raised by Wolves». «Espera un segundo», me dijo, y, cuando volvió al teléfono, me comentó que tenía en la mano un resto de metralla auténtica del coche bomba. Había guardado ese pedazo de la bomba durante cuarenta años, prueba de un trauma que se había llevado una parte de él. Sus palabras. Cuando tenía quince años apareció en los periódicos por disparar a un ladrón que había entrado en la tienda de bicicletas en la que trabajaba. A los veinte años era adicto a la heroína y dormía al raso en las calles de Londres. Nuestra canción «Bad» está dedicada a Andrew.

El dalái lama dice que solo se puede empezar una auténtica meditación sobre la vida con una meditación sobre la muerte. Suena a historia gótica, pero da que pensar. La finitud y la infinitud son los dos polos de la experiencia humana. Todo lo que hacemos, pensamos, sentimos, imaginamos y debatimos está enmarcado en la noción de si nuestra muerte es el final o el principio de algo. Se precisa una gran fe para no tener fe. Una gran fortaleza de carácter para resistirse a los textos antiguos que insinúan la existencia de otra vida.

A los catorce años, nada de todo esto era abstracto.

SECUENCIA ONÍRICA ESTANDO DESPIERTO

El lunes 9 de septiembre de 1974 tengo catorce años. Mi padre lleva a mi madre en brazos a través de una multitud que se desperdiga como una bola blanca de billar que golpea un triángulo de color. Tiene prisa por ir al hospital. Iris se ha desplomado junto a la tumba mientras bajaban el féretro de su padre y lo metían en la tierra.

—Iris se ha desmayado. Iris se ha desmayado.

Mis tías, mis primos. Sus voces resuenan como la brisa entre las hojas.

—Se pondrá bien, se pondrá bien. Se ha desmayado, nada más.

Se… se… se… Susurra el viento. Ha… ha… ha… des… des… desmayado. Irisssss ssssse ha desssssmayado. Antes de que yo, o cualquier otro, pudiera pensar o parpadear siquiera, mi padre ya había metido a Iris en el asiento trasero del Hillman Avenger, con mi hermano Norman al volante, a sus veintiún años, conduciendo el coche de la huida. Pero aquel día fue imposible huir de la tragedia. Me quedé con mis primas para dar el último adiós a mi abuelo y luego, casi por inercia, volvimos arrastrando los pies a la casa de mi abuela, en el número 8 de Cowper Street, donde la diminuta cocina se convirtió en una fábrica de sándwiches, galletas y té. Esta casita pequeña con dos habitaciones en cada una de las dos plantas y un baño exterior parece contener a miles de personas, todas ellas alimentadas casi por milagro.

Hace apenas tres noches, mi abuelo había bailado y cantado el reel de Michael Finegan en su cincuenta aniversario de bodas. Se lo pasó tan bien que sus hijos temían que se despertara por la noche y no lograra llegar al baño. Dejaron un orinal junto a la cama. Mi abuelo abandonó esta vida dándole una patada a ese orinal. Sí, sí, le dio una patada al orinal en un espasmo por un grave ataque al corazón la noche de sus bodas de oro.

Hoy todas las hermanas, los hermanos y los sobrinos de la familia Rankin estamos apretujados en esta reducida casita de ladrillo rojo, y, aunque es el funeral del abuelo, y, aunque Iris se ha desmayado, somos niños, así que corremos y nos reímos con los primos. Hasta que una puerta se abre de sopetón. Ruth, la hermana menor de mi madre y su mejor amiga, irrumpe en la sala con su marido, Teddy, que está llorando.

—Iris se muere, Iris se muere —repite—. Ha tenido una embolia.

El tío Ted se deshace en llanto, pero todo el mundo quiere enterarse de lo ocurrido y se arremolina alrededor de la pareja para conocer a fondo la noticia.

Iris es una de los ocho hijos del número 8. Tiene cuatro hermanas (Ruth, Stella, Pat y Olive) y tres hermanos: el mayor Claude, el segundo Alex, y Jack, que está casado con Barbara, una pareja que se ha convertido en mi otra familia más cercana, con los que compartimos una caravana para vacaciones. Jack y Barbara se apiñan junto a Ruth y Teddy. Levanto la vista hacia Barbara, que en tantos sentidos ocupará el lugar de mi madre a lo largo de los años, y veo el peso del duelo. Es como si la gravedad se doblara. Barbara se esfuerza por mantenerse en pie. Ruth, la más próxima en edad, y en muchos aspectos más, a mi madre, ocupa de inmediato el papel de la hermana mayor y empieza a organizarse.

Todo esto sucede en el momento previo a que alguien se percate de que yo también estoy aquí, el hijo menor de Iris. Quizá no sea necesario que sepa esta noticia, o no así, y justo ahora. Pero la oigo. Tengo catorce años y mantengo una extraña calma. Les digo a las hermanas y a los hermanos de mi madre que todo acabará bien. Pero nada va bien. Y nada acabará bien.

Todo será diferente.

Tres días más tarde, nos llevan a Norman y a mí al hospital para despedirnos de mi madre. Aún está viva, pero por poco. El pastor del barrio, Sydney Laing, con cuya hija salgo en esa época, está allí. Ruth está junto a la puerta de la habitación del hospital, hecha un mar de lágrimas. Y Barbara. Y mi padre, cuyos ojos parecen tener menos vida que los de mi madre. Norman y yo entramos en la sala de urgencias en guerra con el universo, pero Iris parece en paz. Cuesta hacerse a la idea de que la mayor parte de ella ya no esté con nosotros. Me recuerdan que con una fe del tamaño de un grano de mostaza se pueden mover montañas. Pero esta montaña es la mortalidad de mi madre y no se aparta de mi camino. La cogemos de la mano y le decimos adiós. Se produce un clic, pero mi hermano y yo no lo oímos. El sonido de un interruptor. La máquina que mantenía caliente a Iris se apaga. La electricidad. La luz y la vida se apagan. Se acabó.

The stars are bright but do they know

The universe is beautiful but cold.[11]

A veces, dice el clásico espiritual, me siento como un niño huérfano de madre. ¿Qué hay detrás de una pérdida así? ¿Acaso una parte del niño siente que la madre eligió marcharse? Probablemente el abandono sea la raíz de la paranoia. John Lennon, Paul McCartney, Bob Geldof, John Lydon, hay muchos cantantes de rock’n’roll que perdieron muy pronto a su madre. Algo debe de significar esto. Un amigo me habla de un abandono similar en el hip-hop. En ese caso, se trata del abandono del padre.

VERSOS DE UNA CANCIÓN: DE IRIS A ALI

Grandes redobles de tambor, grandes temas, grandes emociones. Siempre me ha gustado la música a lo grande. Las canciones son mis rezos. Las canciones también son donde vivo, y, si habitas en tus canciones, quieres asegurarte de que hay sitio de sobra. El tamaño de una canción es importante. Tu vida emocional debe caber dentro, y muchas de las emociones que no podía expresar de adolescente en el número 10 de Cedarwood Road han encontrado espacio desde entonces en las canciones de U2.

Esas canciones se convirtieron en mi hogar.

Mientras escribía el tema «Iris» me encontré sin querer deambulando entre una canción dedicada a mi madre y una canción dedicada a Ali, algo comprensible, pero imperdonable. Un hombre nunca debería convertir a su madre en su amante. Es un truco en el que puede caer una chica protectora y que puede explotar un chico egoísta, pero en ese momento me ocurrió a mí. Estaba cantando para Iris y, de repente, dejé de hacerlo.

You took me by the hand

I thought that I was leading you

But it was you made me your man

Machine

I dream

Where you are

Iris standing in the hall

She tells me I can do it all.[12]

El álbum The Man-Machine de Kraftwerk fue el primer regalo que hice a Ali, quien hasta entonces parecía escuchar sobre todo la colección de discos de cantantes melódicos de su padre. Entonces yo no lo sabía, pero Ali se convertiría en la persona que iba a creer en mí ahora que mi madre ya no podía hacerlo. Entonces yo no lo sabía, pero, años después, cuando mi padre falleció, Ali me contó que en cierto modo yo lo había culpado por la muerte de Iris y que la rabia que tenía dentro, la rabia que todavía me supera a veces, tenía su origen ahí.

Iris playing on the strand

She buries the boy beneath the sand,

Iris says that I will be the death of her

It was not me.[13]

La rabia que es el rock’n’roll.

Toda la rabia que te aleja de la página y te lleva al escenario. Noche tras noche cantas metiéndote en ella y cantas a través de esa rabia.

No la maté yo, la mataste tú, por no hacerle caso.

¡A mí me harás caso!

Iris.

Dejas de cantar la canción; la canción te canta a ti.

El viaje que aleja de la autoconsciencia es el viaje más importante que cualquier artista puede hacer; es el viaje más duro. Pero, cuando aciertas, el escenario se convierte en el lugar en el que por fin te sientes plenamente en casa, donde, de un modo extraño, eres plenamente tú.

Yeats lo captó.

Oh, cuerpo mecido con la música. Oh, brillante estampa,

¿cómo distinguir al bailarín del son que baila?

4

Cedarwood Road

I was running down the road

The fear was all I knew

I was looking for a soul that’s real

Then I ran into you

And that cherry blossom tree

Was a gateway to the sun

And friendship once it’s won

It’s won… it’s won.[14]

004_Bono_9780307269003_art_r2

Casa de Bono, «un barítono que se cree tenor», y Bob Hewson, un auténtico tenor.

Mi padre era tenor, un tenor excelente, de verdad. Era capaz de conmover a la gente con su canto y, para conmover a los demás con la música, primero tienes que sentir tú esa emoción.

Veo a mi padre plantado en el salón de Cedarwood Road, delante del estéreo con dos de las agujas de tejer de mi madre. Es el director de orquesta. Dirige a Beethoven, a Mozart y a Elisabeth Schwarz­kopf cuando canta Las cuatro últimas canciones de Richard Strauss.

Ahora mismo escucha La Traviata, con los ojos cerrados, perdido en el ensueño.

La música lo embarga, ya no está aquí. No es del todo consciente de la historia que La Traviata narra, pero la percibe. Un padre y un hijo enfrentados, unos amantes desterrados que regresan. Percibe la injusticia del corazón humano. La música lo destroza. No se da cuenta de que estoy en la sala, mirándolo. Tardaré muchos años en saber qué ópera era la que se desarrollaba en su mente, pero sin duda la música era su única válvula de escape. Apenas se percata de nada más.

Hay un número reducido de vías para convertir a un niño pequeño en un cantante capaz de llenar estadios. Puedes decirle a ese niño que es magnífico, que el mundo necesita oír su voz, que no debe «ocultar su talento». O simplemente puedes hacerle caso omiso. Quizá eso sea más eficaz. La falta de interés de mi padre, el tenor, en la voz de su hijo no es fácil de explicar, pero tal vez fuese crucial.

Tras el fallecimiento de mi madre, Cedarwood Road empieza a gestar su propia ópera. Me veo encerrado en una casa de tres varones acostumbrados a gritar al televisor que ahora se gritan unos a otros. Vivimos en la rabia y la melancolía; vivimos en el misterio y el melodrama.

El tema de esta ópera es la ausencia de una mujer llamada Iris y la música se va intensificando para indicar el silencio que envuelve la casa cada vez que se menciona su nombre. Algo que no ocurre nunca, porque así es como estos hombres tratan de lidiar con el duelo. Fingiendo que no existe.

Igual que Iris ya no existe entre ellos.

Tres varones que superan el dolor omitiendo toda mención a él. Uno de ellos es apenas un muchacho que, en consecuencia, incluso ahora tiene escasísimos recuerdos de su madre que poder recuperar del río de silencio que buscaba ahogarla. Un río de silencio en el que nuestro héroe está a punto de ahogarse también, hasta que su hermano mayor le arroja una cuerda que le salvará la vida.

Lo sube a una balsa de madera que lo llevará a la orilla. La balsa es una guitarra, tanto cuerda de salvamento como arma.

Mi hermano, Norman, siempre ha sido un reparador de la forma más práctica, un ingeniero, un mecánico del mundo alrededor de él que era capaz de desmontar los objetos y volverlos a montar. Lo que fuera. El motor de la motocicleta, un reloj, una radio, un estéreo. A Norman le encantaba la tecnología y le encantaba la música, y ambas se unieron en un enorme reproductor de casetes con grabadora de doble pletina Sony en color cromado que ocupaba el centro de la mesa, en un lugar de honor de la «habitación buena». Norman tenía tanto olfato para los negocios que se percató de que contar con una grabadora significaba no tener que seguir comprando música. Si un amigo le prestaba una cinta una hora, ya era suya para siempre. Su inmensa colección de canciones y álbumes ocupó la mayor parte de mi vida interior a principios de los setenta. Desde los Beatles hasta Bowie, pasando por los Rolling Stones, por los Who y hasta por cantantes de folk como Bob Dylan, Leonard Cohen o Neil Young.

Como Norman, que tenía siete años más que yo, ya trabajaba cuando yo iba a Mount Temple, el radiocasete de doble pletina era mi única compañía cuando llegaba a casa después de clase. Algunas tardes entraba con un hambre voraz, pero me olvidaba de quién era y de dónde estaba. Me plantaba delante del estéreo, al igual que mi padre, y dejaba que la casa ardiera mientras escuchaba ópera. Tommy, de los Who. Una ópera rock. El humo del carbón llenaba la cocina y se colaba en la sala de estar.

Norman me enseñó a tocar la guitarra. Me enseñó el acorde de do, el acorde de sol y, algo mucho más difícil, el acorde de fa, para el que tenías que pisar dos cuerdas con un mismo dedo.

Especialmente complicado cuando las cuerdas están muy separadas de los trastes, como ocurría con la guitarra de Norman, no muy cara. Pero gracias a sus indicaciones aprendí a tocar «If I Had a Hammer» y «Blowin’ in the Wind». Mi hermano tenía un cancionero de los Beatles con el que progresé aún más. No eran solo acordes y partituras; el libro estaba lleno de cuadros surrealistas inspirados en sus temas. Mientras mi amigo Guggi intentaba copiar las imágenes, yo me concentraba en tocar «I Want to Hold Your Hand», «Dear Prudence» o «Here Comes the Sun» en la guitarra de mi hermano.

Norman y yo nos peleábamos mucho. Él tenía mal genio, pero era un chico inteligente que, al igual que su padre, debería haber ido a la universidad. Había conseguido una beca para una institución con buena fama denominada simplemente The High School, un centro de enseñanza secundaria protestante de renombre que potenciaba sobre todo las matemáticas y la física, pero que era famosa por haber sido la alma máter de William Butler Yeats. Sin embargo, Norman nunca se sintió demasiado integrado allí con su uniforme de segunda mano, sus libros de segunda mano y la religión de segunda mano de su padre católico. Se sentía inferior a los chicos protestantes del sur de la ciudad.

Norman tenía un carácter alegre, salvo cuando lo embargaba la melancolía. Entonces, se apoderaba de él por completo. Había estado muy unido a Iris y de vez en cuando lo oía hablar con ella sobre las chicas que le gustaban y lo mucho que le costaba acercarse a ellas. Y recuerdo que Iris le daba consejos para el acné. Como Norman, Iris también era mecánica, una mecánica del corazón.

UN CRACK DEL AJEDREZ

No recuerdo con exactitud cuándo aprendí a jugar al ajedrez, pero lo más probable es que fuera en verano, en el pueblo costero de Rush, a las afueras de Dublín en la costa norte. El abuelo Rankin (el padre de mi madre) tenía un vagón de tren antiguo que había reconvertido en casita de vacaciones. No había mucho que hacer en «la cabaña». Podíamos jugar a las cartas, pero ni siquiera de niño me atraían demasiado los juegos que dependían de la suerte. Me interesaba más mi padre, así que, cuando no estaba jugando al golf, o leyendo, o pasando el rato con sus cuñados, yo intentaba llamar su atención por todos los medios. Anhelaba su afecto. Recuerdo los paseos por el espigón y el calor de su mano en el cuello. Cuando tenía unos ocho o nueve años, me enseñó a jugar al ajedrez, y enseguida capté la lógica de las permutaciones y combinaciones; empecé a dar forma a mis propias aperturas antes de estudiar las ya demostradas.

Al principio creía que me dejaba ganar, pero al final me di cuenta de que no era así. Había encontrado el modo de desviar su atención de cualquier cosa en la que estuviera pensando para ponerla en mí. ¡El placer de ganarle, de derrotarlo! A Bob no le gustaba perder y quizá fuera así como descubrí que a mí tampoco. Mientras jugaba, llegué a aprender una de las lecciones más importantes de mi vida: que el ajedrez no era un juego de azar, sino de estrategia, y que a menudo la estrategia vence a la suerte. Incluso a la mala suerte.

Mucho antes de que mi vida de adolescente se viera demolida y elevada por las dos grandes fuerzas de las chicas y la música, tuve una vida secreta con los jugadores de ajedrez del barrio. Niall Byrne, que vivía dos puertas más arriba, y Joseph Marks, de Cedarwood Park, dos chicos geniales. Y muy divertidos. Conforme mejorábamos la técnica, nos costaba más encontrar buenos contrincantes, así que empezamos a jugar en torneos de ajedrez para adultos. No es necesario ser un genio de la psicología para darse cuenta de que machacar a un adulto en el tablero era una emoción superior a cualquier otra. Me encantaba competir contra personas adultas que empezaban la partida mientras leían despreocupadamente el periódico, pensando que jugar contra niños era rebajarse. El ajedrez relámpago era de mis favoritos. Sentarme ahí con diez años, enfrentarme a personas que tenían cinco veces mi edad, perseguirlas por el tablero de ajedrez. Era una diversión de otro nivel.

Empezaba a darme cuenta de que, aunque sabía hacer con facilidad cosas que mucha gente consideraba difíciles, al mismo tiempo me resultaba difícil hacer cosas que otros consideraban fáciles. No estoy seguro de que fuera dislexia, porque nunca me había costado leer, pero, aunque todavía me iba bien en el colegio, cada vez me ponía más ansioso al pensar que no destacaría. Mis resultados habían mejorado cuando entré en Mount Temple, me iba mejor en clase que en la época del St. Patrick, pero, cuando Iris murió, perdí por completo la concentración.

Los profesores lamentaban que tuviera una letra tan desastrosa, cuando las cartas que les escribía mi padre sobre mí mostraban una caligrafía tan hermosa. Se preguntaban por qué me había saltado sin darme cuenta párrafos enteros de una redacción o por qué era capaz de hacer cálculos matemáticos complejos, pero no sencillos. Yo tampoco sabía cómo explicarlo.

Me encantaban la poesía y la historia, pero no me consideraba tan listo como mis amigos. Empecé a sentirme tonto y, a raíz de eso, me entró rabia. En lo más hondo de mi ser, temía ser mediocre. No me daba cuenta de que toda mi vida sería una lucha continua contra la idea de que todo el mundo es mediocre. «Ningún hombre tiene por qué ser una mediocridad si se acepta tal como Dios lo hizo», en palabras del poeta Patrick Kavanagh.

Estaba perdiendo la confianza en mí mismo en todos los sentidos. Dejé de jugar al ajedrez, no porque no me encantara, sino porque empecé a pensar que era «poco cool» y no tenía una madre que me dijera que nada cool era «cool».

Alejados del tablero de ajedrez, Bob y yo competíamos con las palabras pues, aunque yo no era muy descarado, le contestaba lo suficiente para que mi padre de vez en cuando se encendiera. Antes de que Iris muriera ya discutíamos mucho, pero después lo hacíamos todavía más. Mucho más. Nuestros altercados eran en su mayoría verbales, y solo en alguna ocasión llegaba a decirme que tenía que contenerse para no darme una tunda. A decir verdad, desde que cumplí los catorce años, mi padre sabía que, de haberse peleado conmigo a puñetazos, él no habría salido bien parado. Era imprevisible cómo podían estallar las cosas. A veces lo provocaba Norman. Volvía del trabajo y yo estaba en casa viendo la tele en lugar de estar haciendo los deberes, y no había preparado la cena. Me echaba la bronca o me soltaba un guantazo. Yo se lo devolvía. Norman podía acabar en el suelo. Bob me dio algún golpe que otro, pero yo nunca pegué a mi padre, aunque un par de veces lo agarré para pararlo.

Sleepwalking down the road

I’m not waking from these dreams

Alive or dead they’re in my head

It was a warzone in my teens

I’m still standing on that street

Still need an enemy

The worst ones I can’t see

You can… you can.[15]

Sin embargo, hay algo entre el padre y el hijo. Una pesadez en el ambiente, una especie de muro de aire que, si el hijo pincha dándole un golpe a su padre, provoca que las cosas nunca vuelvan a ser como antes.

Norman estaba furioso.

Bob estaba furioso.

Yo estaba furioso.

Parte de mi rabia surgía de saber que tenía algo, pero no ser capaz de desvelarlo. Saber que era listo, pero no ser capaz de demostrarlo en clase.

Sin embargo, también sentía rabia por mi madre. Había confiado en que saldría adelante y no lo hizo. Le dije a su hermana que iba a curarse. Consolé a mis tías, les dije que todos íbamos a salir adelante.

Pero las oraciones no siempre reciben la respuesta que uno quiere. Entonces no lo sabía.

De ahí surgía parte de mi rabia, e incluso una especie de reproche salvaje e irracional hacia mi padre, como si él, el cabeza de familia, fuera responsable de su destrucción.

«Si todos estamos en este aprieto, es por su culpa».

BOB CONVERTIDO EN ÓPERA

Aunque Bob Hewson estaba comprometido con la música, se hizo eco de su esposa y tampoco sugirió que compráramos un piano. Ni siquiera me preguntaba cómo me iba en la música. Le encantaba hablar de ópera, pero no con sus hijos. Leía a Shakespeare; pintaba y actuaba. Para ser un dublinés de clase obrera, no era inaudito, pero sí poco común. Tenía un gusto refinado.

Sin embargo, la música era su gran pasión. Durante años, después de la muerte de Iris, era capaz de hacer llorar a mares en una sala llena de amigos y familiares entonando «For the Good Times», de Kris Kristofferson.(4) Todavía me pregunto si la cantaba desde el punto de vista de mi madre: «I’ll get along; you’ll find another»,[16] etcétera. Como buen manipulador, podía partir en dos un corazón como si fuese un huevo hervido con voz de falsetto alto. Hay que reconocer que era un buen tenor y una vez me dijo que yo era «un barítono que se cree tenor». Fue un jarro de agua fría, pero bastante acertado.

Soy un barítono que se cree tenor.

Cuando pienso en la ópera y en mi padre, no me limito a visualizarlo perdido en La Traviata o en Tosca, o, más adelante, subido al escenario con la Coolock Musical Society, con la cara cubierta de maquillaje anaranjado, cantando cualquier cosa, desde El Mikado

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos