A mi mamá, mi papá, José y Elías,
por su apoyo incondicional.
Por un presente y un futuro en que todos los seres humanos puedan acceder, con libertad e igualdad, a un sistema de salud y educación de calidad.
Son las 2.07 de la madrugada y los gatos se pe-lean. En realidad, no se pelean, al Chino se le ha metido entre ceja y ceja montarse a Lola. Aunque los dos están castrados, cada cierto tiempo se lunan y les da la locura. Se montan, se lamen, se maúllan. Es imposible dormir con toda esta acti-vidad alrededor. Solo escucho miaus y tengo imá-genes. Imágenes que dan vueltas en mi cabeza. Una teta mutilada, una cicatriz, una teta sin pezón.
De pronto un buen día te operan y te levantas con una rodilla en el pecho. Nadie te dice eso cuando te diagnostican cáncer de mama. Nadie te prepara para tu muñón, tu cuerpo mutilado, tu #newnormal. Que te digan que todo va a estar bien no ayuda. Te pone más nerviosa. Yo quiero que me digan la verdad. No me gusta que me hueveen, ni que me traten como si fuese una adolescente. Mis papás y el doctor piensan que soy una adolescente, pero soy una mujer de treintaiséis años y nadie, nadie más que yo debería de tener control sobre lo que hago con mi cuerpo o lo que dejo de hacer con él.
Al comienzo, todo fue muy confuso. Mi mamá va de cero a cien. Cuando se le mete algo en la cabeza es como un caballo de carrera, con fundas a los lados, solo va hacia adelante, como una locomotora, como yo.
—Vamos a hablar con el doctor Vigil. Él es la eminencia en cirugía oncológica.
—¡Pero, mamá, aún no tengo ningún resultado! —reclamo ofuscada.
—¡Es para que nos diga qué hacer! —me contesta tan asustada como yo.
—¡Pero qué carajos va a opinar si él tampoco sabe! —no fue mi mejor momento, lo confieso.
—¡Anahí, por favor!
Esa fue la discusión que perdí. Terminé en el consultorio del doctor más pres-tigioso de cirugía oncológica de mama. Entonces, para mis padres, dado que el médico viene altamente recomendado, desde que lo conocieron, lo que dice él es la ley.
—Está muy bien. Es reactivo al estrógeno, no es HER2, el otro tampoco… estamos bien.
Mi mamá me soba la espalda y me dice:
—Bien, reina, muy bien, es el mejor resultado.
Yo solo espero salir de ese cuarto sofocante.
—Soy de la idea de preservar la mama, usted es una jovencita —dijo el doctor—. Creo que podríamos sacar el tumor y preservar la mama.
Por un breve momento pude respirar.
—Pero hay otra opción. Está la posibilidad de que el ganglio centinela esté malo; eso no lo sabré hasta que te saque el ganglio.
—Ok...
—Y con la prótesis no se puede hacer radiación.
—¿Entonces hay que sacar la prótesis para hacer la radiación? —pregunto.
—Sí. Y después de eso, durante la operación, tengo que ver si el ganglio está tomado. Es un examen rápido que determina si vas a necesitar quimioterapia.
—¡No entiendo! ¿No era que no iba a necesitar quimio?
—No lo sabremos hasta que veamos el tumor.
—Eso no fue lo que me dijeron en un comienzo.
—Lo que yo recomiendo es una mastectomía radical.
¿En qué momento pasamos de sacarme el tumor y preservar la mama a una mastectomía radical? No sé en qué momento perdí la custodia de mi cuerpo. No sé en qué momento me volví propiedad pública.
Nos fuimos de cero a cien en tres segundos. Me empiezo a ir. Pienso en el trabajo que voy a tener que dejar. Tengo dos películas que cuentan conmi-go. ¿Cómo me voy a operar la teta y hacer las películas al mismo tiempo?
Quizás suene estúpido, pero mi termómetro de vida es mi trabajo. Y si no puedo cumplir con mi trabajo, me entra una angustia que me paraliza. Si no logro trabajar, el cáncer es real. Todo lo que me habían dicho en la última semana se volvía verdadero. Entraba al grupo C. Al grupo de los cancerosos. Todo, como lo conocía, iba a cambiar.
Mi vida ha cambiado. Hoy me levanté sana y me fui a dormir con cáncer.
—Me parece un poco apresurada una mastecto-mía si no sabes si la necesitas. Yo creo que ha-bría que hablar con un oncólogo y que vea tus exámenes porque acá hacemos las cosas dife-rente. Las pacientes jóvenes normalmente reci-ben quimioterapia antes de operarse, entonces quizás sea bueno buscar una segunda opinión antes de que te operes —comenta Jaime—: el tío de Elías. Es radiólogo oncólogo.
Yo ya había hecho mi tarea y había sacado una cita con Henry Gómez, eminencia en oncología; especialidad: todos los cánceres del mundo.
—Veré a Henry el lunes —le dije a Jaime.
—Te paso el número de mi amigo Miko que es oncólogo, también está en Lima.
—Gracias, Jaime, te lo agradezco.
Cuelgo.
Todo está pasando tan rápido. Lo importante es que el doctor Vigil me dijo que si esperaba un mes para operarme no iba a ocurrir nada. O por lo menos eso pensé.
La angustia de mis padres había contagiado al cirujano y querían operarme el jueves de la se-mana próxima.
—La paciente soy yo, mierda.
(El mierda no lo dije)
—Pero los padres se preocupan por sus hijos.
—Sí, doctor, pero la enferma soy yo.
El doctor mira a mis papás...
—¡Pero la decisión es mía!
Empieza la discusión.
—¡Hjita, por favor, de lo que estamos hablando es de tu vida, no es un juego!
—¡En qué momento dije que esto era un juego! —contesto.
—Una película, por el amor de Dios —mi papá reza.
—¿Son dos películas, papá, sabes lo difícil que es cambiar todo cuando estás en preproducción? —claramente no lo saben, Anahí, ni les interesa, pienso—. ¡El doctor ha dicho que si nos vamos fuera a operarme me darían cita en un mes!
El doctor nos mira. Debe pensar que somos la familia Adams. Mis papás miran al doctor esperando una respuesta. Interrumpo:
—Este es mi cuerpo y yo decido cuándo me opero.
Qué ilusa.
No siento el brazo. Me toco el brazo y no lo sien-to, el pecho tampoco. Tengo un fuerte dolor en el omóplato y solo puedo pensar que podría es-tar con neumonía.
Pum, pum pum. Late. Me sacude un dolor intenso.
—Es posible que esté con neumonía —le digo a la enfermera.
La enfermera me mira con ternura. Probablemen-te en ese momento me drogaron. No recuerdo más. Me hicieron una mastectomía. Después de una ecografía, que luego se confirmó en la opera-ción: el ganglio estaba sano, decidimos no ir por la quimioterapia, sino por la mastectomía. Deci-dimos, digo, porque fue una decisión colectiva. Porque cuando a uno le da cáncer en realidad les da a todos. De pronto yo se vuelve nosotros. Cada uno libra su propia batalla. Mi mamá ansio-sa. Mi papá sufriendo por mí. Mi novio, hermético como una concha en el fondo del mar, y yo no siento mi cuerpo porque me lo acaban de cortar.
Todo fue muy rápido porque si no eres violento con el cáncer entonces él es violento contigo, y no quiero morirme. Quizás cuatro cabezas pien-sen mejor que una. No podría haber escogido mejores compañeros de batalla. Una vez me pre-guntaron con quién me quedaría en un apocalip-sis zombi y solo pude pensar en mí. Ahora sabría a quién llevar. Mi mamá, mi papá, Elías. Los cuatro mosqueteros. Agregaría a más personas, como mi hermano y mi cuñada Daniela, pero el núcleo de The Walking Dead seríamos nosotros. Yo sería Rick, obviamente.
Dicen que cuando tienes una tenia en el cuerpo te hacen ayunar y luego sentarte sobre un plato con leche. La tenia, muerta de hambre, sacará la cabeza por tu ano y tratará de tomar la leche. Ahí el médico le agarrará la cabeza con unas pinzas y la jalará hacia afuera. Por el ano. Toda esa te-nia, de sabe Dios cuántos metros. Pero si la tenia se parte, en algún momento del proceso, volve-rá a entrar por tu recto y crecerá, nuevamente.
Me contaron esa historia cuando tenía doce años y me causó mucha impresión. Ese relato aparece en mi mente, con esa voz tan vívida, como la de la niña que lo contaba hace tanto tiempo mien-tras van jalando los drenes de mi cuerpo.
Quizás así es el cáncer, como esa tenia.
Respira.
El doctor jala. No duele, incomoda. No sabía que había tanto plástico dentro de mí. Respiro varias veces y el doctor va jalando, poco a poco, como quince centímetros de plástico tubular. Un arte-facto que antes había utilizado para hacer ejer-cicios vocales en temporada de teatro musical ahora estaba saliendo de mi cuerpo, cual tenia por el ano.
Ahora va la segunda. Esta duele un poquito más y los segundos son eternos.
9/6 de presión, se me va la sangre a los pies.
Alcohol.
Me echo.
—¿No van a poner puntos, doctor?
—No.
Mi gato no estará tuerto. Solo chuzado.
Una pequeña victoria.
Tengo un tatuaje de un gato en honor a mi hijo Apache. Cuando me dieron la noticia de que habían entrado por el tatuaje, entré en trompo.
«Me jodieron el tatuaje», pensé. No había ma-nera de que yo encontrara algo positivo en ese momento. Cada noticia llegaba como un marti-llazo. Como un golpe que me hundía más y más. Esas son las cosas que omites en las redes. Pa-rece bastante tonto, ahora. En el momento no te das cuenta de que todo es de vida o muerte. Un tatuaje, ahora, en retrospectiva, se siente como algo totalmente estúpido.
No te juzgues, Anahí. No seas tan dura contigo.
Me cambian el vendaje.
—Tu cuerpo se está portando muy bien —dice el doctor López, contento con su trabajo.
Mi cuerpo está cortado, pienso con rabia.
Me paré frente al espejo y me vi desigual. Sentí rabia. La rabia era una emoción predominante. Durante mucho tiempo tuve mucha rabia. Aún tengo rabia, a veces.
Me tomó un buen tiempo mirarme nuevamente al espejo. Al comienzo, Elías no me podía mirar. Lo veía esquivar la mirada.
Debo estar horrible, pienso con furia.
No, no estás horrible, Anahí. Me repetía como un mantra.
Lo bueno de la rabia es que te moviliza. Yo aga-rré toda la rabia que sentía y la volqué en mi trabajo. Vamos a hacer algo útil con este senti-miento. A ver adónde me lleva.
Basta que te quiten una parte del cuerpo para que te des cuenta de lo que tenías. He dicho esto tantas veces en tantas entrevistas que ya me suena hasta trillado, pero yo odiaba mis te-tas. Odiaba mis pezones. Los veía imperfectos, chuecos, poco estéticos. Absorta por las imáge-nes de mujeres perfectas en revistas, pasarelas, pornos, películas, me comparaba. Es increíble con la poca amabilidad con la que nos miramos en el espejo. Juiciosamente vas analizando to-das aquellas cosas, formas, rollos, arrugas, ángu-los que no están dentro de tus críticos y duros estándares de belleza, solo para darte cuenta, cuando pierdes una parte del cuerpo, de que era perfecto tal y como estaba.
El mío es un cuerpo mutilado, pero de alguna manera u otra voy a tener que empezar a quererlo. Pero si antes me costaba quererlo cuando esta-ba entero, ¿ahora cómo voy a quererlo a medias?
Me pasé la mitad de mi vida tomando valor para pararme de la toalla en el verano, caminando con cautela para que la celulitis no se note. Pen-sando dos veces antes de ponerme un short porque cuando me miraba en el espejo lo único que podía hacer era verme las estrías y la celulitis en las piernas. Por más que haya sido modelo y quizás para muchos sea incongruente, siempre tuve problemas con el espejo. La imagen que me miraba desde el otro lado no era la que yo quería ver.
Puedo hacer una lista de todo lo que no me gustaba, pero ahora prefiero enumerar las cosas que sí me gustan.
La primera operación que me hice fue a los quince años. Mis papás y mis abuelos bromeaban en la mesa y me preguntaban cuándo me iba a «cortar» la nariz. Se opinaba de esa parte de mi cuerpo como si fuese de dominio público. Yo la empecé a odiar. Un día, un amigo en la playa hizo que todos comparásemos narices. Cuando yo me puse de perfil para mostrar la mía, dijo de manera burlona:
—No, Anahí, tú ni te compares que tu nariz es igualita a la del Negro Canebo.
Golpe bajo. Negro Canebo, así le decían a mi amigo con la nariz más grande entre todas.
Entonces, le dije a mi mamá que quería operarme. Y luego le dije a todo el mundo que me habían operado porque me había estrellado contra una ven-tana de vidrio. El drama no podía faltar en mi relato. Mi nariz quedó bastante bien salvo por la hendidura que me hice por sobármela post operación. No estaba perfecta, tenía un pequeño montículo aún y obsesivamente me lo sobaba para que bajase. Me lo sobé tanto que se me desplazó el tabique. No conozco a nadie que se haya autosaboteado su propia operación. Eso probablemente es algo que nadie sabe de mí. Tomó tiempo para que mi cuerpo se adecuara a este nuevo integrante, pasó por etapas, pero se lleva-ron bien y la relación fluyó, al fin y al cabo. Ya no me sentía como un tucán. Es gracioso porque hoy el chico que comentó acerca de mi nariz probable-mente ni se acuerde de lo que dijo. A mí me cambió la vida.
La medicina estética nos dice que si algo no nos gusta o no está en sinto-nía con lo que queremos, lo podemos cambiar. No tengo nada en contra de la cirugía estética, vamos, me he operado la nariz, las tetas, me pongo bótox y ácido hialurónico de vez en cuando. Yo soy medicina estética. Pero en ningún lado nos enseñan a querernos como somos. Vivimos en la era del retoque. Si algo no te gusta, te bajas una app, lo arreglas y le pones un filtro. Simple.
En toda época hay una imagen aspiracional, un estándar de belleza y está bien. Está todo bien. Uno puede hacer de su capa un sayo y de su totorrete un papagayo, como decía mi abuelo. Pero al mismo tiempo, no está bien porque en la era de la individualidad, las personas prefieren parecerse más al filtro que usan en Instagram que a sí mismas. Y yo no soy ajena a eso. Seamos sinceros, si pudiese levantarme con esa piel lozana del filtro «summer days» de mi Instagram, no estaría llorando des-consolada. Pero es el efecto pantalla. Pasamos tanto tiempo mirando el celular, tomando selfies, que eventualmente vamos a empezar a vernos hasta lo que no existe. El reflejo es voraz y jugar con filtros finalmente termina por cagarnos la cabeza, llevándonos a juzgar nuestra apariencia duramente. De pronto esos surcos se ven más grandes, esas pecas más oscuras y esa boca muy delgada.
Cuando yo tenía quince años era más parecida a un hermano Hanson que a una niña. Con mi cevichera y mis zapatillas Vans me sentía la más cool del mundo. No había celulares ni pantallas táctiles que nos pusieran a vista y paciencia de todo el mundo y la única relación con el extranjero era a través de algún viaje, el cable o alguna película o revista de moda. Estas dictaban la belleza. Pasamos en los ochenta de las supermodelos curvilíneas como Cindy Crawford, a los noventa y la era del heroine chic de Kate Moss. Desató desórdenes de alimentación por todo el mundo. Modelos que parecían espárragos desfilaban por las pasarelas, ninguna con más de cuarenta y ocho kilos. Ya ni recuerdo qué estaba de moda en el dos mil ni lo que vino después, más que Britney Spears y los pantalo-nes a la cadera. Dejé de seguir a la moda. Entré en la edad del pedo. No sé en qué momento aparecieron las Kardashian y compañía, lo cierto es que ahora somos como el mar, llenos de plástico.
Es medianoche y no pue-do dormir. Echada en mi cama leo mensajes del Instagram. Nunca en mi vida había recibido tan-tos mensajes de apoyo. Gente que no conozco me dice que está rezan-do por mí; me hablan so-bre mi fortaleza, mis ga-nas de vivir y mi fuerza.
Quizá algún día las personas que me escribieron lean esto y descubran que su apoyo y sus rezos eran gasolina para mis ganas de salir adelante. Fue por ese motivo que empecé a escribir. Por-que por más ganas que le ponga, siempre está la sombra y necesito una manera
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