México secreto

Francisco Martín Moreno

Fragmento

Título

Prólogo

Poco se ha dicho en torno al papel que desempeñó México como detonador de la Primera Guerra Mundial. La información, rica y genuina, ha quedado en poder de especialistas y curiosos de la materia histórica. El descubrimiento del «Telegrama Zimmermann», enviado por el emperador Guillermo II a Venustiano Carranza en enero de 1917, dejó al descubierto una compleja intriga internacional que produjo, entre otros efectos, el estallido de la Primera Guerra Mundial en abril del mismo año. No debe perderse de vista que Europa entera se convirtió en astillas un mes después del asesinato del archiduque Francisco Fernando y de su esposa Sofía, en junio de 1914, pero es hasta que Arthur Zimmermann, en su carácter de ministro de Asuntos Exteriores del Imperio alemán, envía el citado telegrama al presidente mexicano cuando la conflagración europea adquiere, de golpe, dimensiones planetarias.

México secreto comienza en la oficina presidencial del Castillo de Chapultepec, precisamente el día en que Cándido Aguilar, secretario de Relaciones Exteriores y yerno del presidente Carranza, le informa de la invitación hecha por el káiser alemán de formar una triple alianza Japón-Alemania-México para declararle conjuntamente la guerra a Estados Unidos. Como desde luego las hostilidades coronarían las frentes de los emperadores de Japón y Alemania, así como la del presidente Venustiano Carranza, Alemania se comprometía a devolverle a México los territorios de Texas, Arizona y Nuevo México que le habían sido arrebatados durante una de las catastróficas gestiones de Antonio López de Santa Anna en 1847-1848. A los japoneses se les entregaría como botín de guerra nada menos que California y el Canal de Panamá.

Ni duda cabe de las tendencias germanófilas de don Venustiano, que pueden ser probadas de diferentes maneras y con diversas herramientas que proporciona la historia. El presidente mexicano desde luego llegó a pensar que Alemania, con su poder submarino y su armada educada en el estricto rigor militar prusiano, podía ganar la guerra para después entendérselas con los Estados Unidos y hacerse así del mundo entero. En la soledad del despacho presidencial imaginó una y otra vez la suerte que correría el orbe si Alemania llegaba a ganar la guerra. Sus reflexiones, sin embargo, no le permitían ignorar el destino de México en caso de que Francia, Inglaterra y Estados Unidos fueran los vencedores: la frontera norteamericana bien podría recorrerse hasta el río Suchiate.

Mientras Carranza basculaba las posibilidades de éxito y analizaba la respuesta que daría al representante diplomático del káiser, en Inglaterra, en el interior del llamado Cuarto 40, un selecto grupo de criptólogos ingleses descifraba y traducía el texto recientemente enviado por Alemania a través de tres diferentes conductos trasatlánticos a Estados Unidos y posteriormente a México. ¡Qué lejos estaban el emperador alemán y su canciller, su alto mando y el ministro de Asuntos Exteriores de siquiera suponer que el telegrama ultrasecreto, encriptado y doblemente codificado iba a ser traducido por los enemigos acérrimos de Alemania!

Cuando Inglaterra decide poner en manos del presidente Woodrow Wilson el texto íntegro del «Telegrama Zimmermann», cuidando que no pareciera una nueva conjura británica más para obligar a Estados Unidos a entrar en la guerra y, asimismo, evitando que Alemania supusiera que la Gran Bretaña ya podía descifrar sus mensajes aéreos, el jefe de la Casa Blanca, presa de una furia tan repentina como justificada, ordenó que el telegrama fuera publicado en todos los periódicos de la Unión Americana y, por ende, del mundo entero.

El escándalo fue mayúsculo. Los estados norteamericanos fronterizos, de hecho, declararon una guerra racial en contra de los mexicanos, alegando que jamás permitirían volver a ser gobernados por una «cáfila de cavernícolas, retrógradas, huarachudos, calzonudos y empenachados que no harían sino regresar a Texas, Arizona y Nuevo México a un periodo primitivo de pastoreo y nomadismo del que nadie quería volver a acordarse». La agresión adquiere proporciones dramáticas cuando un grupo nutrido de texanos rocía con gasolina a mexicanos con el propósito de «despiojarlos» antes de privarlos de la vida.

Después de tres días de sospechoso silencio de las autoridades alemanas, el propio ministro Zimmermann confesó la autenticidad del telegrama, manifestando ante un representante de la prensa norteamericana que, efectivamente, él lo había enviado y que el plan era cierto.

Si algo le había costado trabajo al presidente Wilson había sido evitar inmiscuir a su país en la guerra europea; tan es así que su campaña por la reelección la había fundado en el eslogan: He kept us out of war. El descubrimiento del «Telegrama Zimmermann» puso a los Estados Unidos de pie, como un solo hombre, en contra de Alemania. Las divergencias de opinión concluyeron con un único movimiento de batuta: Congreso, ­prensa y ­electorado coincidieron en la necesidad de declarar la guerra al país germano en términos irrevocables e inaplazables. En un discurso de abril de 1917, en el que declara la guerra al Imperio alemán, Wilson menciona el «Telegrama Zimmermann», aduciendo la imposibilidad de mantener la neutralidad, dado que era insostenible que Alemania invitara al propio vecino de Estados Unidos a iniciar un conflicto armado en su contra.

Debe resaltarse que el «Telegrama Zimmermann» fue el último intento del káiser Guillermo II de provocar una guerra México-Estados Unidos. El alto mando alemán, de alguna manera temeroso de que Estados Unidos pudiera entrar al rescate de Francia e Inglaterra, confiaba en que, de estallar un conflicto armado entre Estados Unidos y México, aquellos tendrían que enviar por lo menos un millón de hombres para aplastar a sus vecinos del sur, soldados que lógicamente no podrían llegar al frente occidental en Europa. De esta suerte, localizó al expresidente mexicano, Victoriano Huerta, en Barcelona, España, para convencerlo de las posibilidades de encabezar un movimiento militar orientado a derrocar a Venustiano Carranza, de tal manera que el conocido Chacal, una vez ungido nuevamente como presidente de la República, le declarara la guerra a su vecino del norte. La conjura alemana fue descubierta oportunamente tanto por los espías contratados por Carranza para seguir cada uno de los pasos de Huerta en Barcelona como por la inteligencia inglesa y la norteamericana. Aproximadamente seis meses después de que Huerta fuera aprehendido por la policía norteamericana falleció en 1916 en Texas, con lo cual tanto Félix Díaz como un nutrido grupo de exhuertistas, exvillistas y exporfiristas vieron cómo se desplomaban todas sus esperanzas. Guillermo II había perdido más de un millón de marcos en oro, además de un tiempo precioso.

Ansiosa de lograr el enfrentamiento militar entre los dos países vecinos, Alemania recurrió a Pancho Villa, un general resentido con los norteamericanos porque estos habían reconocido diplomáticamente al gobierno de Carranza y además le habían permitido a Álvaro Obregón entrar por Arizona para sorprender por la espalda a sus ya menguadas huestes en la batalla de Agua Prieta, en donde se le asestó un golpe definitivo en la nuca al movimiento villista. El káiser, especialmente hábil en el aprovechamiento de los vacíos de poder, supo utilizar el coraje de Villa para animarlo a atacar a un grupo desarmado de casi 20 mineros estadounidenses en Santa Isabel, México. Los fusiló a uno por uno tan pronto descendían del tren que los transportaba. En Washington estalló un movimiento político y militar decidido a vengar esta infamia. Wilson no cayó en esta nueva trampa, alegando que era un problema de competencia estrictamente mexicana, dado que los hechos no se habían producido en territorio norteamericano. El siguiente golpe del káiser, entonces, tenía que darse precisamente en los dominios del Tío Sam, para lo cual Villa, con el apoyo alemán, ­incursionó en Estados Unidos para asesinar a un grupo de civiles y militares norteamericanos en Columbus. ¿Se produjo la ansiada declaración de guerra? No. El presidente Wilson solo autorizó una expedición punitiva encabezada por Pershing para atrapar a Villa en suelo mexicano y llevarlo ante la justicia norteamericana. Si bien es cierto que la expedición se llevó a cabo, Villa jamás fue localizado. El káiser golpeaba sus botas de charol negro con un fuete confeccionado con verga de buey bávaro.

Mientras tanto, el alto mando alemán invertía cuantiosas cantidades de marcos para financiar el traslado de Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, de tal forma que pudiera abandonar su exilio en Suiza, regresara a su país e hiciera estallar la revolución rusa. Esta finalmente sacudió al otrora Imperio zarista en octubre de 1917. Los planes del alto mando alemán se producían con rigor matemático: la rendición inmediata de Rusia se hizo realidad. La frontera de Alemania se extendió de hecho casi hasta Moscú, siendo que, en la realidad, bien podría haber llegado hasta los linderos de Rusia con el océano Pacífico.

Con la rendición del Imperio ruso, el alto mando alemán movió a sus tropas hasta el frente occidental con el ánimo de precipitar el derrumbe de la resistencia inglesa y francesa, sin que se hubiera logrado todavía la declaración de guerra tan ansiada entre los dos vecinos americanos. La inteligencia inglesa advirtió a Estados Unidos que en cualquier conflicto militar o diplomático con México invariablemente debería buscar la mano oculta del servicio de espionaje alemán. La Casa Blanca no cayó en ninguna de las trampas tendidas desde la Wilhelmstrasse en Berlín ni permitió que le atara las manos para una intervención masiva en México.

La guerra submarina indiscriminada declarada por Alemania a cualquier barco de cualquier bandera que se dirigiera en cualquier momento a territorio inglés fue otra de las razones que ocasionaron el ingreso de Estados Unidos en la conflagración europea.

Otra vertiente de la trama de esta novela la protagonizan María Bernstoff Sánchez y Félix Sommerfeld. La primera, una chiapaneca de singular belleza a sus deslumbrantes 25 años, hija de alemán afincado en el sureste mexicano, se desempeñaba como agente alemán en Estados Unidos; el segundo había sido en la realidad jefe de la policía secreta de Madero en los Estados Unidos y posteriormente agente alemán al servicio de Villa, de Carranza y al mismo tiempo de las compañías petroleras norteamericanas y, por supuesto, del káiser.

En México secreto no solo queda revelada la red de espionaje tejida por las potencias alrededor de nuestro país, en donde agentes de todas las nacionalidades estaban decididos a inclinar la balanza de la guerra, de las intervenciones o de las revoluciones al lado del imperio o al país al que servían, sino que se cuenta con rigor científico las razones por las cuales Venustiano Carranza no se levanta en armas inmediatamente en contra de Victoriano Huerta, el usurpador y asesino de Madero y Pino Suárez, ya que negociaba con el tirano la cartera de Gobernación. Por otro lado, se insiste en la decisión del propio don Venustiano de no promulgar una nueva Constitución como la de 1917, sino simplemente adecuar ciertas reformas a la vigente desde 1857. La corriente constitucionalista abanderada por Carranza deja mucho que desear.

En México secreto se encuentran las acciones que tomó Inglaterra para hacerse de los códigos secretos alemanes y descifrar sus mensajes aéreos, traduciéndolos en ocasiones más rápido que sus receptores directos y secretos.

El cambio de escenarios de Washington a México y de Berlín y Londres y Japón hace de México secreto una novela obligatoria para quienes quieren conocer los esfuerzos alemanes por ganar la Primera Guerra Mundial, en cuyo estallido México jugó un papel preponderante. La lucha de inteligencias internacionales atrapa al lector desde la primera línea.

Dentro de este contexto histórico he situado una narración de política e intriga internacional, de política e intriga erótica, poblada por los personajes más sobresalientes y menos conocidos de una época apasionante. Espero que el lector comparta conmigo la emoción que sentí al escribir esta novela.

FRANCISCO MARTÍN MORENO

Título

Personajes principales

VENUSTIANO CARRANZA, jefe del Estado mexicano a partir del derrocamiento de Victoriano Huerta hasta su asesinato en mayo de 1920. Fue el presidente de la República durante la Primera Guerra Mundial.

CÁNDIDO AGUILAR, yerno y secretario de Relaciones Exteriores de Carranza.

ERNESTINA GARZA HERNÁNDEZ, amante de don Venustiano, la mujer ante la cual sentía verdadera debilidad.

FEDERICO GUILLERMO VÍCTOR ALBERTO VON HOHENZOLLERN, más tarde Guillermo II, fue emperador de Alemania de 1888 a 1918 y, sin duda, uno de los más destacados protagonistas durante la así llamada Gran Guerra.

ARTHUR ZIMMERMANN, ministro de Relaciones Exteriores del Imperio alemán, uno de los creadores del famoso telegrama que lleva su nombre, y cuyo envío e intercepción produjo la detonación del primer gran conflicto armado del siglo XX.

WILLIAM MONTGOMERY y NIGEL DE GREY, distinguidos criptógrafos de la inteligencia británica que lograron traducir el texto del telegrama enviado por Zimmermann.

DOROTEO ARANGO (PANCHO VILLA), general de la División del Norte, uno de los autores intelectuales de las masacres de Santa Isabel y Columbus.

VICTORIANO HUERTA, presidente de la República y posteriormente agente alemán contratado para lograr el derrocamiento de Carranza y declarar, acto seguido, la guerra a Estados Unidos.

JAMES B. LANSING, secretario de Estado estadounidense.

WILLIAM REGINALD HALL, director de Inteligencia Naval de Gran Bretaña, interceptó y descifró, junto con un destacado equipo de criptógrafos, el telegrama enviado por Zimmermann desde Berlín, en el que este invitaba a México y a Japón a trabar una alianza militar en contra de Estados Unidos.

THOMAS WOODROW WILSON, presidente de los Estados Unidos de 1913 a 1920.

JOHANN HEINRICH ANDREAS HERMANN ALBRECHT, conde Von Bernstorff, embajador del Imperio alemán ante Washington hasta 1917.

NICOLÁS II, zar de Rusia hasta 1917.

WINSTON CHURCHILL, primer lord del almirantazgo hasta mediados de la guerra.

JORGE V, rey de Inglaterra.

FÉLIX SOMMERFELD, agente alemán radicado en México, destacado espía imperial que logró trabajar bajo las órdenes de Madero, Carranza y del propio Villa.

MICHAEL BALFOUR, secretario de Estado británico.

WALTER PAGE, embajador de Estados Unidos ante la Gran Bretaña.

HEINRICH VON ECKARDT, embajador del Imperio alemán en México durante los años de la guerra.

Y no podía faltar: MARÍA BERNSTORFF SÁNCHEZ, un amor ficticio y frustrado del autor… ¡Ay! María, María, María…

Título

Primera parte

El eje Chapultepec-Berlín-Tokio

Título

1. Carranza

En el hermetismo de la oficina presidencial del Castillo de Chapultepec, lejos de todas las miradas, apartado de todos los curiosos e inaccesible a los ojos escrutadores de las figuras de su gabinete, aun de sus familiares y de sus colaboradores más dignos de confianza, Venustiano Carranza apoyó la cabeza desmayada, como si fuera víctima de un repentino vahído, sobre el enorme respaldo de la silla tapizada con terciopelo verde, a cuyo lado derecho se encontraba, bordada con hilo de oro, un águila devorando una serpiente.

Sintiéndose dueño de toda su intimidad, los picaportes cerrados y solo las ventanas abiertas desde las que se podía contemplar la majestuosidad del Valle de México, tal vez sin percatarse dejó caer los brazos abandonados a ambos lados de la silla, deteniendo escasamente con la mano izquierda las breves gafas que, hacía unos instantes, se había retirado del rostro. Inmóvil, encerrado en su mutismo, agotado en apariencia, el presidente únicamente escuchaba el ritmo de su respiración. Su frente arrugada y sus párpados crispados delataban la magnitud de sus preocupaciones.

«¿Será posible —­se cuestionó, sepultado en un críptico silencio—­ que ahora mismo, en febrero de 1917, aprovechando la guerra europea podamos recuperar nuestra Tejas, sí, así, con jota, como se debe escribir, además de Arizona, Nuevo México y tal vez hasta la mismísima California…? ¿Esos territorios no se los habían robado para siempre los malditos gringos desde 1848? ¿No…?» Hizo entonces una larga pausa. Arreglaba sus ideas. Medía fuerzas. «¿Y si esos estados volvieran a ser nuestros gracias a mí…?»

Acostumbrado a ocultar sus emociones tras su abundante barba blanca, el presidente reflexionaba como siempre, lenta y metódicamente: «¿Y si se trataba de una celada más, otra emboscada diseñada por el káiser alemán desde la Wilhelmstrasse para volver a utilizar a México como señuelo de cara a Estados Unidos…? ¿Wilson y Guillermo II me verán como a un imbécil con quien pueden jugar a su antojo para someterme a sus caprichos…? Ya deberían conocerme…»

Su mente escéptica producía una auténtica catarata de ideas. Al pensar en una nueva zancadilla se le petrificó el rostro. Semejante duda era del todo válida. ¿Acaso no cabía la posibilidad de que alguien le hubiera ­tendido otra trampa? Alemania, según él, contaba con la capacidad para ganar la guerra. La alianza propuesta por el emperador teutón bien podía ser auténtica. ¿Por qué mejor no evaluar esa alternativa…? Bien sabía el presidente de la República que Inglaterra, Francia y Rusia, la Entente Cordiale en pleno, estaban al borde del colapso. Dichas potencias podían derrumbarse en cualquier momento ante el poder de la armada y de la flota submarina del káiser… ¡Cuánto peligro! ¡Qué juego tan temerario…!

Carranza, invariablemente sobrio y protocolario, tal y como correspondía a la imagen pública del máximo líder de la revolución, disfrutaba como nunca su soledad tratando de ordenar sus pensamientos después de una de las entrevistas más álgidas de su existencia. De ser verídica y exitosa la propuesta que le habían revelado hacía tan solo unos minutos, él, Venustiano Carranza, le arrebataría a Cuauhtémoc, el recio emperador azteca, el lugar indiscutible con que la historia lo había distinguido. Superaría con creces a Hidalgo, el Padre de la Patria, a Morelos, el Siervo de la Nación y lúcido promotor de la Constitución de Apatzingán, y al propio Juárez, el mismísimo Benemérito de las Américas, el político duro y genial, el autor ignorado de la verdadera independencia de México. Tal vez nunca se llegaría a saldar la cuenta que México entero había contraído con ese formidable indio zapoteca. ¿Y Porfirio Díaz…? Su obra faraónica solo sería reconocida, por otros conceptos, después de varias centurias…

«¿Cuándo aceptaremos —­pensaba don Venustiano—­ que México siempre ha reclamado, reclama y reclamará la presencia de un gobernante fuerte, como lo fue don Porfirio o lo he sido yo, para que el país no vuelva a perderse irreparablemente en el caos…?»

De prosperar la alianza secreta sugerida por el propio Guillermo II y si don Venustiano llegara a recuperar esos inmensos territorios y ricas planicies, el exjefe del Ejército Constitucionalista sería distinguido, sin duda, con el lugar más luminoso en la gloria eterna de México… ¿Quién podría discutírselo…? Si el maestro José María Velasco no hubiera muerto cinco años antes, durante el breve gobierno de Madero, por supuesto que el presidente le hubiera encargado un inmenso óleo, con el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl al fondo, pintados desde el cerro de Ocotlán, Tlaxcala. Carranza aparecería en un primer plano, regiamente sentado sobre un trono de nubes, rodeado de ángeles y querubines, en el momento mismo de iniciar su lento ascenso hacia un cielo inmortalizado por Tiépolo, mientras un arcángel de luz estaría coronando sus sienes con unas breves ramas de laurel de oro en su vaporoso peregrinaje hacia la eternidad.

El presidente, encerrado en sus reflexiones, gozando el silencio y el aroma de las azaleas cuando florecen en el invierno, no dejaba de analizar, presa de una ansiedad creciente, las oportunidades históricas que la guerra europea pudiera poner en sus manos… No ignoraba que las crisis son oportunidades para lucrar y también, claro está, para perderlo todo…

«¿Se tratará de una trampa o de una nueva conjura internacional?», se cuestionaba una y otra vez el jefe del Estado mexicano ante la estremecedora realidad contenida en el mensaje proveniente de Alemania, revelado por Heinrich von Eckardt, el embajador del Imperio, a Cándido Aguilar, secretario de Relaciones Exteriores y, además, yerno de Carranza.

Ambos funcionarios habían ponderado, esa misma mañana, la audaz propuesta proveniente del Imperio teutón durante una interminable visita del diplomático alemán a la cancillería mexicana. En la tarde el propio Cándido había enviado un telegrama a Querétaro, donde el presidente continuaba celebrando la promulgación de la Constitución de 1917. Por ese medio le solicitó al jefe de la nación una entrevista personalísima para informarle, con verdadera urgencia, de la iniciativa suscrita por Zimmermann, el ministro de Asuntos Extranjeros del Reich. Resultaba inaplazable bascular los riesgos y alcances de una novedosa alianza Chapultepec-Berlín.

Un par de días después, en la tarde, sentados a los lados del imponente escritorio de caoba perfectamente barnizado —­otrora utilizado por don Benito Juárez García—­, Carranza y Aguilar habían discutido, por momentos airada y en otras ocasiones serenamente, las implicaciones del texto revelado por Von Eckardt, a quien nunca, en su nerviosismo, se le había visto quitarse tantas veces el monóculo para volvérselo a colocar torpemente después de humedecerlo con vaho y limpiarlo con su conocido pañuelo de seda gris.

Carranza, una vez a solas, vestido como siempre con el chaquetín de gabardina sin insignias militares y con botones dorados de general del ejército, dudando de la autenticidad del mensaje del káiser alemán, detuvo de pronto la mirada en uno de los brillantes del candil que iluminaba un gigantesco cuadro atribuido a Leandro Izaguirre, quien consagrara como nadie en la tela el triunfo mexicano de la batalla de Puebla, precisamente el día en el que las «armas nacionales se habían cubierto de gloria». Ahí, inmóvil y acosado por el escepticismo, repasó en silencio la lista de sus enemigos que podrían haberle tendido otra zancadilla más en un México lleno de espías y de agentes camuflados de origen británico, alemán y norteamericano: ¿y si el telegrama que dice haber recibido Von Eckardt lo hubieran enviado el barbaján de Villa y sus secuaces?, ¡claro que sí, secuaces…!, ¿cuáles dorados?, si no son sino una cáfila de asesinos robavacas que jamás han comido caliente en su vida… Asesinar a inocentes en Santa Isabel o en Columbus como corresponde a un cobarde, eso sí, solo que una ­propuesta como la alemana no estaba, desde luego, a la altura de la inteligencia de esos salvajes…

«Por ahí definitivamente no —­se dijo, acomodándose en el asiento—­. Esta vez Villa parecía ser inocente… ¿Y Zapata…? Ese otro truhán no tenía la imaginación necesaria. Además, ya muy pronto le echaría el guante…

»¿No podrían estar entonces los ingleses detrás de todo esto? Ellos, tarde o temprano, intentarían una venganza por haberles expropiado sus ferrocarriles y sus bancos. En la Foreign Office hilaban muy fino… ¡Que si lo sabía él…! No se arrepentía de haber pasado una y otra vez a cuchillo a esos perfumaditos… ¿Cómo se atrevieron a apoyar a Huerta…? Se merecían eso y mucho más… Hoy mismo volvería a nacionalizar hasta el último clavo de los durmientes, así como todas sus malditas cajas registradoras…»

Carranza buscaba la respuesta puntual, precisa, y, sin embargo, no daba con ella. Deseaba sentirla en las vísceras, experimentar, tal vez, un vacío en el estómago, percibir en la temperatura de la sangre y en los poros de la piel la verdadera identidad de los autores del temerario plan. «No, no —­negaba mecánicamente con la cabeza insistiendo en su búsqueda silenciosa—­, los ingleses tampoco parecen estar ocultos en esta trama. ¿Y Wilson…?, ¿qué tal Wilson? —­se cuestionó de inmediato como si de pronto se animara—­: ¿y si fuera un nuevo ardid fraguado por el presidente de Estados Unidos y su caterva de asesores especializados en materia de sedición? Esos miserables deben estar pensando que mi política de neutralidad en la guerra europea es el paso previo para suscribir una alianza México-Alemania, sobre todo después de que Pershing nos volvió a invadir… Desconfían de mí… Temen una represalia… ¿Cómo pudo un monje presbiteriano llegar a la Casa Blanca…?»

El México posrevolucionario estaba congestionado de espías disfrazados de periodistas, o de secretarios de Estado, o de importadores extranjeros de todo tipo de productos o bien de operadores de compañías telegráficas. Imposible saber con quién se estaba hablando, cuál era la verdadera identidad de los interlocutores. Igual se daban agentes secretos vestidos de madres de la caridad que banqueros camuflados de sacerdotes o petroleros de legisladores o curas de revolucionarios dispuestos a defender con las armas sus bienes y privilegios, en lugar de dedicarse a la lectura del evangelio… Trampas, paredes que oyen y hablan, traidores agazapados en las esquinas, supuestos turistas extraviados en la Secretaría de Guerra, espías internacionales apostados en la puerta de honor de Palacio Nacional como vendedores de globos, conjuras urdidas por los grupos más insospechados… ¿Cómo desentrañar la verdad oculta en cada movimiento de sus adversarios?

Carranza masticaba sus ideas tratando de no descuidar a ninguno de sus enemigos, entre los que podrían encontrarse los huertistas resentidos o los miembros del Partido Republicano de Estados Unidos opuestos también al pastor demócrata y capaces de todo con tal de desprestigiarlo, además de los petroleros ingleses y norteamericanos afectados por su política fiscal o hasta el clero mutilado, entre otros tantos más…

No podía, sin embargo, dejar de ponderar la autenticidad del telegrama originado en la propia Secretaría de Asuntos Extranjeros del káiser Guillermo II de Alemania, en cuyo caso, de ser genuino, debería apresurarse a descifrar los verdaderos propósitos del alto mando alemán, tomando todas las precauciones políticas, diplomáticas y militares sin perder de vista el desarrollo de la guerra europea a casi tres años de su estallido…

«Si fueran ganando las potencias centrales no me necesitarían… o tal vez me necesitan junto con Japón para amarrar su triunfo sobre los aliados…»

Para todo efecto, don Venustiano percibía el sello de la Wilhelmstrasse… ¿El propio embajador Von Eckardt no había pasado dos días antes, toda una mañana, manifestándole a Cándido Aguilar el sinnúmero de ventajas de la alianza México-Alemania-Japón? El telegrama, según Von Eckardt, ¿no había sido firmado por el propio Zimmermann, el ministro de Asuntos Extranjeros del Imperio alemán? ¿Por qué titubear todavía ante la evidencia? ¡Qué audacia la teutona…! ¿Qué interés podía tener el káiser para apuntar otra vez políticamente hacia México? ¿Qué ganaría el emperador si nosotros recuperáramos los territorios que nos arrebataron en la guerra del 47? ¿Qué…? Cuidado con el káiser alemán: dos años atrás recurrió a cuanta maniobra pudo concebir con tal de volver a instalar a Victoriano Huerta en la presidencia de la República para que el Chacal le declarara la guerra a Estados Unidos… Lo conozco, lo conozco de sobra…

Ahora el emperador de Alemania volvía a la carga con una invitación sospechosa. Carranza estaba obligado a analizarla con una lupa de gran poder… Las palabras con las que el embajador Von Eckardt se había dirigido dos días antes a Cándido Aguilar rebotaban una y otra vez en la cabeza del presidente. Este ya podía repetir, palabras más, palabras menos, el mensaje enviado por Zimmermann:

Alemania iniciará el primero de febrero una guerra submarina indiscriminada… Debemos esforzarnos para que Estados Unidos se mantenga neutral. Si Wilson llegara a declararle la guerra al Imperio alemán, le proponemos a México una alianza en contra de Estados Unidos, además de un generoso apoyo financiero y ­nuestro ­compromiso para que al final de la guerra México reconquiste los territorios perdidos de Texas, Nuevo México y Arizona… Carranza debe invitar a Japón a unirse a la alianza y al mismo tiempo mediar entre Japón y nosotros. El uso despiadado de los submarinos alemanes obligará a Inglaterra a firmar la paz en unos meses.

—­¿Y lo firmaba Zimmermann, Cándido? ¿Zimmermann, Zimmermann, Zimmermann…?

—­Desde luego, señor presidente. Eso mismo me lo confirmó Von Eckardt.

—­¿El propio ministro de Asuntos Exteriores de Alemania? —­volvió a preguntar Carranza para confirmar el origen del telegrama. Imposible digerir en una primera instancia una noticia de semejante envergadura. Las dudas lo agitaban como quien se ve sepultado bajo una intensa lluvia de granizo.

—­De sobra sabe usted que los alemanes no bromean y menos, señor, con una maniobra de esta naturaleza… Si ya es audaz proponerla, resultaría suicida jugar en medio de la guerra con un planteamiento falso. Además, señor presidente —­agregó Aguilar convencido de la autenticidad del mensaje—­, el embajador del Imperio jamás se prestaría a algo que no fuera estrictamente ortodoxo. Usted y yo lo conocemos…

Carranza se peinaba la barba de atrás para adelante recordando detalles aislados de una de las audiencias más estremecedoras de su existencia. Apoyaba en ocasiones el mentón sobre la mano derecha mientras medía los peligros, trataba de desenmascarar a los involucrados, evaluaba las consecuencias y palpaba los terrenos para tomar la decisión más conveniente.

«¿Qué pretenderán quienes están detrás de todo esto?», se interrogaba el presidente de la República1 apretando firmemente las mandíbulas en aquel febrero de 1917. «¿No es suficiente la devastación y la masacre que sufrimos? ¿Nunca acabaremos de pacificar a este país? —­se preguntó mientras golpeaba con el puño la cubierta de su escritorio—­. La revolución hizo retroceder por lo menos 50 años los relojes de la historia mexicana. ¡Mira nada más cómo quedamos! —­se dijo, poniéndose pesadamente de pie y dirigiéndose con las manos cruzadas en la espalda a uno de los ventanales del castillo—­: acabamos hechos trizas. La industria paralizada, destruida o quebrada, al igual que el gobierno y la mayoría de las empresas del país; la carestía, incontrolable; el peso mexicano, a la deriva; el crédito doméstico o foráneo, inaccesible o inexistente; el desempleo, galopante; la producción nacional y las exportaciones mexicanas, por los suelos; el campo desangrándose y abandonado; las familias, enlutadas; la moral social, despedazada, y agotada la confianza entre nosotros mismos para ya ni hablar de nuestra imagen exterior… Pobre México… ¿No basta? ¿Nada es suficiente…? ¡Carajo!», agregó en su soledad echando mano de términos que él se daba el lujo de pronunciar en voz baja y absolutamente a solas.

A lo largo de su breve estancia en el gobierno, las arcas nacionales estaban igual de vacías que como las había encontrado el emperador Iturbide el primer día de gobierno después de la consumación de la Independencia. El tesoro público de hecho nunca había existido. Todo parecía indicar que la quiebra económica y educativa acompañaría a México como una sombra maligna a lo largo de su historia. ¿Cuál capacidad para generar ahorro? ¿Cuál eficiencia pública y privada? ¿Cuál ética? Éramos una nación de improvisados y todavía nos quejábamos de las consecuencias. «¿Cómo manejar un país sin convicciones comunitarias? ¿Cómo suscribir un pacto social que quien lo llegara a firmar desde luego no lo cumpliría? La ley de los mexicanos no va más allá de un sálvese el que pueda», se dijo Carranza con la impotencia de quien ve reducido el resultado de su esfuerzo al tiempo que tarda en desaparecer una raya en el agua… ¿En quién creen los mexicanos? ¿A quién finalmente respetan? ¿A quién temen? ¿A la muerte? ¡Bah…! Seguimos las leyes sangrientas de nuestra raza: jamás hemos respetado ni mostrado consideración alguna por la vida humana. Yo pude ver cómo miles de colgados de los postes de telégrafos hacían una línea inmensa en el horizonte… A otro perro con ese hueso… Yo conozco a mi gente… En las noches, cada mexicano se ve reflejado en el espejo negro de Tezcatlipoca…

El escepticismo y la fatiga de la ciudadanía eran patéticos; la inversión extranjera regresaba precavida como las aves merodean cautelosas sus nidos después de haber sido espantadas con detonaciones de escopeta. De ahí que cualquier decisión debía ser bien sopesada antes de ejecutarla, porque quienes habían resultado perdedores en la revolución, los afectados por sus decisiones económicas o legales y los interesados en utilizar a México como carnada, estaban, como siempre, a la espera de capitalizar cualquier error para provocar su derrocamiento.

En cada azotea había un francotirador. En cada esquina, un verdugo con el dogal en la mano. Siendo ya presidente debería esperar con serenidad, tino y perspicacia el momento para ser votado en términos de la Constitución apenas promulgada días atrás. Faltaba ya tan solo un par de meses para la celebración de los sufragios presidenciales de 1917. Serían ­eternos para el Varón de Cuatro Ciénegas… No le era suficiente, desde luego, haber resultado vencedor indiscutible en la contienda armada: don Venustiano deseaba ser ratificado por su pueblo como jefe del Estado mexicano y presidir el Poder Ejecutivo de acuerdo con la voluntad ­popular y en ­términos de la ley. Ya veríamos después… Finalmente había llegado la hora del imperio de la norma. Sin embargo, el peligro era inminente. Las zancadillas políticas, cotidianas. Caminaba sobre una superficie de hielo frágil y quebradiza. Un paso en falso y se hundiría irremediablemente, y con él, todo el país. A diario se ejecutaban atentados encubiertos, diseñados sagazmente por quienes no podían ser señalados por propios o extraños. ¿Cuántos poderosos capitanes de industria extranjeros con derechos de picaporte en sus respectivos palacios de gobierno, además de políticos, militares y religiosos, ya estaban tramando sabotajes, represalias o conjuras para impedir la aplicación de la Constitución de 1917? ¿Cuántos industriales insaciables estarían dispuestos a invertir una buena parte de su fortuna en la derogación de la Carta Magna de todos los mexicanos recurriendo a cuanto instrumento lícito o ilícito tuvieran a su alcance? ¿Cuántos…? Los enemigos domésticos o foráneos estaban emboscados en los lugares más insospechados con el rifle al hombro dispuestos a ejecutar un tiro de alta precisión…

Don Venustiano regresó a su escritorio mientras se colocaba las gafas. No podía salir de su asombro. De pie, recargando las piernas contra el mueble, se cruzó de brazos. Su mirada dio entonces paradójicamente con un busto vaciado en bronce con el rostro impasible del Benemérito de las Américas. ¡Qué alcance tan dramático tienen las decisiones de un jefe de Estado! ¡Qué inmenso compromiso implica el hecho de tener que tomarlas en la soledad sin compartir con alguien las razones, las justificaciones y los motivos…! Sí, sí, solo que ante la realidad del «Telegrama Zimmermann» no había tiempo que perder: deseaba extraer una luz, una señal, una advertencia, una conclusión, medir todos los riesgos, adelantarse a los acontecimientos arrancándoles las máscaras a los protagonistas. Hermoso juego de inteligencias, este de la política…

El presidente Carranza se confesó a sí mismo: «Si México pudiera trabar una alianza con Japón y Alemania para declarar la guerra conjunta a Estados Unidos y, una vez derrotados, recuperáramos Tejas, nuestra amadísima Tejas, y además, pudiéramos volver a hacernos de las magníficas planicies de Arizona y Nuevo México y quién sabe si no hasta de parte de la propia California, hasta el más humilde de todos los pueblos mexicanos del presente y del futuro llevaría mi nombre en la avenida principal, sin que pudiera encontrarse ciudad alguna de importancia que no exhibiera orgullosa, en la plaza mayor, una estatua ecuestre con la pata izquierda de mi caballo levantada en señal de victoria, mientras yo, a mi vez, exhibiría orgulloso mi Constitución en la mano izquierda. ¿Qué libro de historia patria, qué enciclopedia nacional o extranjera no contendría mi retrato como el máximo líder mexicano de todos los tiempos…?»

Carranza se retiró a caminar de un lado al otro de la histórica habitación. ¡Qué trabajo le había costado llegar a ocupar su posición política actual! Primero había tenido que sacar a punta de bayonetazos a Victoriano Huerta y, más tarde, en lugar de la paz, las ambiciones desatadas del Centauro del Norte provocaron el estallido de otra revolución sangrienta y devastadora. «¿Centauro, dije…? ¡Qué centauro ni qué centauro, solo es un vulgar cuatrero! —­se apresuró a responderse a sí mismo—­. Villa siempre se negó a reconocer mi autoridad política: maldito traidor… ¿No era yo el jefe del Ejército Constitucionalista? ¿No me debía respeto y sumisión el hijo de la gran puta…? Además, ¿qué clase de forajido no será este malviviente que estuvo de acuerdo con la última invasión yanqui en Veracruz…? ¡Mil veces bastardo!»

Las imágenes y los recuerdos se le agolpaban en la garganta y en la mente aquella, una de las últimas tardes de invierno y, sin embargo, el telegrama enviado por Zimmermann volvía a ocupar compulsivamente toda su atención: «Si llegara yo a recuperar nuestros antiguos territorios —­continuaba Carranza jugueteando con su imaginación—­, ahora sí los explotaríamos espléndidamente, poblándolos de inmediato con una adecuada política migratoria y protegiéndolos militarmente para no repetir los mismos errores cometidos por los virreyes españoles, así como por los gobernantes del México independiente. Prohibiríamos el uso y enseñanza del idioma inglés. El español sería obligatorio. Seríamos el principal productor de vegetales y hortalizas del orbe, además de una potencia industrial, para ya ni hablar de las posibilidades de exportación de carne o de ganado bovino al mundo entero», reflexionaba como poderoso exhacendado coahuilense.

«Nuestra riqueza sería inmensa, sin imaginar lo que se podría encontrar en el subsuelo de Arizona o Tejas», pensaba con coraje y nostalgia al recordar el descubrimiento de las riquísimas minas de oro en California en 1852, las de la época de El Dorado, de donde se habían extraído miles de toneladas de oro a tan solo cuatro años de perpetuado el despojo de la mitad de nuestro país. «¿Por qué Dios no nos permitió descubrir el oro californiano cuando menos 10 años antes de 1847? ¿Por qué…? ¿Por qué…? ¿Por qué…?»

La mente de Carranza se había convertido en una voluminosa y espléndida catarata: sí, sí, señor, al ser el granero del planeta, exportar materias primas, tener una poderosa industria, explotar la riqueza de nuestras minas y de nuestros yacimientos petrolíferos, tendríamos un fisco fuerte para fabricar nuestros propios armamentos, los mismos que necesitaríamos para enfrentar a los gringos a la hora de la revancha militar. ¿Gases mortales como los que ya hoy lanza el káiser en las trincheras de los aliados? Sí, claro que gases venenosos como el mostaza, el cloro, el fosgeno y lo que sea con tal de defender lo que nunca deberíamos haber perdido… Yo gasearía hasta el último yanqui que se opusiera a la reconquista de una Tejas otra vez mexicana… Con los submarinos alemanes hundiríamos todos los acorazados norteamericanos en el Golfo de México… Además, ¿qué harían los ingleses sin nuestro petróleo? ¿Qué…?

En Carranza estallaba al unísono un sinnúmero de sentimientos largamente retenidos. Volvió entonces a la ventana como si buscara instintivamente oxígeno. Pocas veces había sido víctima de tanta ansiedad. Desde ahí pudo comprobar que los jardineros del Castillo de Chapultepec habían cambiado los geranios por azaleas y las habían colocado en enormes macetones poblanos a los lados del Patio de Honor, donde a diario los cadetes del Colegio Militar rendían los debidos honores a la bandera. ¡Qué colorido tan exuberante el de las flores mexicanas! ¡Qué tierra tan fértil y generosa y, sin embargo, a pesar de ser un país tan rico, continuaba sepultado en la pobreza…!

El jefe de la nación no dejaba de evaluar sus recursos defensivos ni ignoraba el poder avasallador de los submarinos alemanes que ya habían echado a pique, en el Mar del Norte, cientos de miles de toneladas de barcos propiedad de los aliados. Por supuesto que también aceptaríamos las armas y la tecnología teutonas. Ahí está, a nuestro servicio, la soberbia academia militar prusiana que continuará capacitando al ejército mexicano para ayudarnos a retener en nuestro poder los antiguos estados norteños. ¡Jamás volverán a ser yanquis…! ¡Eso jamás! ¡Lo juro por la virgen de Guadalupe! Sabremos retenerlos, ahora sí, al precio que sea…

Sin retirarse de aquel imponente ventanal y entusiasmado por la búsqueda de grandes efemérides que lo convencieran de la capacidad ofensiva de Alemania, para él un país de aguerridos triunfadores, Carranza recordó la victoria visigoda en Adrianópolis. ¿Esta no había supuesto el inicio de la caída del Imperio romano? Tenían que haber sido precisamente los godos, los ancestros de los alemanes de nuestros días, los que concluyeran con la hegemonía de Roma. ¿Y qué tal el Sacro Imperio Romano Germánico…? ¿Por qué razón otra vez «germánico»? Será por algo, ¿no…?, se dijo, sintiéndose cada vez más seguro de la fortaleza de quienes podían llegar a ser sus aliados. La cadena de éxitos militares teutones lo animaba a estudiar la idea de Zimmermann antes de rechazarla estúpidamente por prejuicios. El gabinete, el gobierno en general y la prensa estaban llenos de adivinos a quienes ni se debería escuchar…

Nadie supera a un mexicano en su infinita capacidad para adivinar el futuro. Envueltos en sus turbantes tricolores son espléndidos pitonisos para predecir la presencia de catástrofes, solo que por lo general se equivocan… Por esa razón no deciden nada hasta que la parálisis y el estancamiento los hacen recurrir a la violencia, la única opción para confirmar sus pronósticos…

¿Riesgos…? La vida misma es riesgo… ¿A dónde hubiera ido Carlos V, nada de que Carlos I de España, claro que otra vez de Alemania, sin sus famosos banqueros Függer y Welser? ¿No era claro, clarísimo, con qué nombre había pasado a la historia? ¿Acaso la ejecución de su gigantesco proyecto imperial hubiera sido posible sin el apoyo financiero otra vez alemán, siempre alemán, evidentemente alemán? ¿No ganó también la misma Alemania la Guerra de los Siete Años convirtiéndose en la reina de Europa ya de siglos atrás?

En la biblioteca de la casa de don Venustiano en Cuatro Ciénegas aparecían diversos ejemplares con las bibliografías de Julio César, Napoleón Bonaparte, Cromwell, Juárez y Porfirio Díaz, otras tantas redactadas por Plutarco, así como las memorias de Maximiliano, además de abundantes volúmenes relativos a la historia de Europa, a la que él había dedicado largas noches de estudio. Destacaban cuadros y efigies de Juárez, Hidalgo, Jefferson y nuevamente de Napoleón, así como una colección de los grandes clásicos encuadernada en piel roja. En aquellas veladas, encerrado con sus protagonistas favoritos y soñando con ellos, había aprendido, en especial de Proudhon, que quien hace la revolución a medias cava su propia tumba. Lo anterior era tan cierto que Madero mismo había terminado sus días con un tiro en la nuca… «Yo mismo se lo advertí a ese pobre idiota… Un verdadero enano en lo físico, en lo político y en lo mental…»

Carranza no podía ocultar la admiración que sentía por la historia militar y financiera de Alemania. ¿No había ganado esta última la guerra a Francia en 1870, derrotando a Napoleón III? ¿En 1871 no se coronó Guillermo I con toda la fastuosidad de las óperas wagnerianas nada menos que en el salón de los espejos del palacio de Versalles, dejando de ser simplemente el rey de Prusia para convertirse en el emperador de Alemania…?

¡Cómo olvidar un esplendor nunca visto en ese palacio en los últimos 50 años! Don Venustiano imaginaba la escena en un Versalles caído y humillado. Podía ver a los altos oficiales alemanes uniformados de gala, con condecoraciones, ostentando la altivez prusiana al desplazarse por los pasillos, con la mano izquierda enguantada de blanco colocada en el puño de la espada y los cascos emplumados de plata refulgente sostenidos con la derecha. La esencia de la aristocracia reinante de Alemania, además de lo más selecto del Reichstag, estaba reunida a un lado de París para testimoniar la proclamación del último imperio europeo. ¿Se podía humillar más gravemente al pueblo francés?

Ahora mismo, en febrero de 1917, en plena guerra europea, ¿Alemania no tenía abiertos simultáneamente dos frentes y peleaba contra la propia Francia, además de Inglaterra y Rusia, con la posibilidad nada remota de poder aplastar a los tres países juntos? ¿No era notable? Nicolás II, el zar ruso, Jorge V y Raymond Poincaré, ¿no están temblando ante la perspectiva de una derrota a manos de Alemania? ¿Los submarinos germanos no tienen loco al almirantazgo inglés aun cuando los británicos cuentan con la marina de guerra más poderosa del mundo? ¿Estados Unidos no teme también en el fondo a Alemania y a su penetración encubierta en México porque no les conviene tener a un enemigo de semejante fuerza y talento al sur de su frontera? ¿No…? Capitalicemos el miedo de los gringos. Lucremos políticamente con sus debilidades…

Carranza, un hombre terco, ampliamente conocido por su manifiesta incapacidad de aceptar nuevos conceptos, intolerante, dolido como todos los mexicanos por el episodio traumático de la guerra contra Estados Unidos, fantaseaba con la posibilidad de convencer a los japoneses respecto de las ventajas de una alianza con México y Alemania. «Tal vez el káiser les está ofreciendo California a los orientales para hacerles más atractiva la oferta… Tentador, ¿no?», se dijo el jefe de las instituciones nacionales proyectando una expresión traviesa en el rostro, mientras el día se apagaba entre parpadeos y las luces distantes de Tlalpan empezaban a aparecer a un lado de las faldas del Ajusco.

De golpe espejeó en el vidrio de la ventana la figura del Quince Uñas, la de Antonio López de Santa Anna, la de Su Alteza Serenísima, la imagen misma del traidor, del vendepatrias, del irresponsable que se había quedado dormido en San Jacinto y que los soldados yanquis habían llevado preso, esposado y sometido con grilletes hasta Washington, en su carácter de ­presidente de la República, para que Jackson, el jefe de la Casa Blanca, conociera de cerca a este espécimen mexicano. ¡Menuda humillación!

—­¿Estos comen lo que nosotros? —­preguntó el presidente de los ­Estados Unidos al contemplar al asesino de los soldados «texanos» que custodiaban El Álamo…

«Santa Anna, maldito cojo que vendiste a tu país por unos dólares: ¿te acuerdas cuando en tu lecho de muerte gritaste que ‘el mundo no ignorará mi nombre…’?2 ¿Te acuerdas…? Pues escúchame muy bien: si llego a tener éxito en mi alianza con el káiser, la patria ceñirá, desde luego, sus sienes con guirnaldas de oliva, pero yo y solo yo, descansaré en un sepulcro de honor, para mí serán los laureles de la victoria y todos los recuerdos de gloria… ¡Miserable Quince Uñas, mil veces miserable…!», repetía en su interior don Venustiano…

Carranza movía imperceptiblemente la cabeza de un lado al otro de aquel ventanal por el que había desfilado todo género de personajes de la historia de México desde finales del siglo XVIII. ¡Qué privilegio poder ocupar esa oficina, la más importante de México, la del Castillo de Chapultepec! ¿Cuándo, cualquiera de los habitantes descalzos de Cuatro Ciénegas, un pueblucho analfabeto y miserable sin siquiera una calle adoquinada, permanentemente cubierto de polvo, iba a soñar siquiera con alcanzar esas alturas? ¿Qué parte de la formación política del presidente de la República se debía al hecho de haber nacido el 29 de diciembre de 1859, a mitad del estallido de la guerra de Reforma, en el ojo mismo del huracán, a 11 años de distancia de haberse producido la invasión norteamericana y cinco antes de la llegada de Maximiliano y de la consolidación de la Intervención francesa en México? ¿Hasta qué punto los acontecimientos marcan el destino de los hombres con independencia de sus deseos personales?

Sin apartarse de la ventana y sin retirar la mirada de la puerta principal, imaginó el arribo del emperador Agustín de Iturbide, acompañado por su esposa Ana. Lo contempló llegando triunfalmente a las puertas del castillo después de su fastuosa coronación en la Catedral de la Ciudad de México. A ambos los vio sonreír cuando recibieron el primer saludo de honor del ordenanza imperial, mientras descendían del carruaje abierto jalado por seis briosos corceles blancos decorados con bridas y pretales negros, además de grandes plumeros de diversos colores colocados a los lados de las cabezas de las bestias. El vestido de encaje de la emperatriz, importado de Brujas, estaba cubierto de claveles rojos que el pueblo le había arrojado a su paso por la calle de Plateros, mientras la Güera Rodríguez, la amante de su marido, respiraba por las heridas al haber fracasado en sus esfuerzos por ascender a cualquier precio al primer trono del México ya independiente. El alto clero y los prelados integrantes del tribunal de la Santa Inquisición le habían negado la autorización para contraer nupcias con quien anteriormente fungiera como jefe del Ejército de las Tres Garantías.

—­Jamás permitiremos el matrimonio de un emperador divorciado. ¿Lo has entendido? ¡Jamás! —­fue la sentencia divina que escuchó la famosa güera cuando un poderoso coro de siniestros purpurados le notificó con una sonora voz de ultratumba la respuesta irrevocable a todas sus solicitudes inmorales: nos condenaríamos todos a la hoguera… Herejía, herejía, herejía… gritaban persignándose y exhibiendo al cielo la sagrada cruz, olvidando que varios obispos integrantes del mismo tribunal habían pasado veladas inolvidables, por supuesto después de elevar las oraciones de rigor, en el cálido lecho de María Ignacia, la Güera Rodríguez, antes de que esta cayera en desgracia y fuera candidata a la excomunión y a la lapidación…

Claro que con sus conocimientos de historia Carranza podía observar a Guadalupe Victoria apeándose de su caballo para conducirlo a beber agua de la fuente central labrada en cantera por artesanos de Querétaro. ¡Era tan sencillo el primer presidente de la República…! ¿Cómo habría logrado subsistir, oculto en una cueva, por más de seis meses? Después recordó al presidente Vicente Guerrero caminando de un lado al otro de la explanada principal, desde la que era posible contemplar el sur de la Ciudad de México. Lo percibía con los brazos cruzados en la espalda, lanzando maldiciones a diestra y siniestra por haber sido víctima del engaño de sus colaboradores, quienes, abusando de su incapacidad para leer y escribir, lo habían timado una vez más al hacerlo firmar un decreto diferente del acordado. ¡Cabrones, mil veces cabrones!, no dejaría de repetir… Hacerle esto a un analfabeto… Es como conducir de la mano a un ciego en dirección a un precipicio…

Don Venustiano apretó instintivamente las mandíbulas. «¿Y los Niños Héroes…? ¿Cómo no escuchar desde aquí los tiros asesinos de los soldados americanos al tomar cada cuarto del castillo a bayoneta calada para luego constatar que habían matado a tan solo unos muchachos, a unos niños cadetes que se habían defendido más que un batallón completo de valientes?»

Todos los rincones, los muros y las paredes estaban cargados de historia. Aquí mismo, en estas precisas habitaciones, Comonfort habría urdido los últimos detalles del golpe de Estado que finalmente propiciaría la sangrienta guerra de Reforma. ¡Grandísimo traidor…! ¡Cuánto daño…! Imaginaba la figura de Melchor Ocampo, la de Guillermo Prieto, la de Sebastián Lerdo de Tejada y la de Juan Álvarez. Escuchaba las álgidas discusiones entre los liberales. Ahí, en ese rincón, se habrían firmado las iniciativas de las Leyes de Reforma. Aquí, tan solo 50 años atrás, Juárez bien podría haber sido visto entre penumbras, sentado en su escritorio, escribiéndole una carta a Abraham Lincoln, a mediados de 1861, lamentándose por el estallido de la guerra de Secesión… ¡Cuántos momentos habría pasado el mismo indio de San Pablo Guelatao frente a esa ventana en los días siguientes a la restauración de la República, sobre todo cuando Porfirio Díaz se levantó en armas en contra de su reelección! ¡Cuánta soledad! ¡Cuánta incomprensión padecían siempre los jefes de Estado…!

El presidente volvió entonces a su escritorio. Estaba cansado, sin embargo, las ideas se atropellaban las unas a las otras. Sentado y fatigado, se apoyó en el respaldo de la silla aterciopelada. Echó la cabeza para atrás y, al empezar a recorrer con la vista el artesonado, lo asaltaron las imágenes de la Intervención francesa. ¿Y Maximiliano, no habría podido discutir con Carlota y Miramón, en esta misma estancia, las posibilidades de fuga cuando todavía podía hacerlo, a sabiendas de que sería ejecutado tan pronto dieran con él? ¡Un emperador no huye…! ¿No fue ahí donde Carlota y Maximiliano se despidieron antes de que ella viajara a Europa para tratar de convencer a Napoleón III de las fatales consecuencias de retirar las tropas francesas de México? Son unos asesinos: Ils fusilleront à mon mari, son Excellence*

De lo alto de Chapultepec se habría visto la última salida de Madero montando a caballo y celosamente custodiado por los cadetes del Histórico Colegio Militar rumbo a Palacio Nacional en los días negros de la Decena Trágica. El descubrimiento de la conjura precipitaría el asesinato del apóstol. Días antes Gustavo Madero había conducido a un Victoriano Huerta, ya desarmado, ante la presencia de su hermano Francisco, después de descubrir que el Chacal, el general medio hombre y medio bestia, era un consumado traidor, es un traidor, Pancho, «es un traidor, ¿no lo ves…?»

El presidente respondió devolviéndole la espada a su futuro verdugo y exigiéndole ilusamente que le garantizara con su palabra su adhesión a la elevada causa de la democracia a quien más tarde lo haría asesinar.

—­General: tiene usted 24 horas para demostrar su lealtad a la Re­­pública…

Madero, Madero, ¡ay, Madero…!

En esta misma estancia, concluyó Carranza, el capitán Cárdenas habría informado a Victoriano Huerta y a Aureliano Blanquet, antes de que ambos agotaran las reservas de Hennessy Extra Old del castillo, que Madero había recibido un tiro a quemarropa en la nuca y se había desplomado sin decir ni pío… ¿Oíste que el muy pendejo no dijo ni pío, mi general…?

¿Y el propio Huerta? ¿No habría pasado en abril de 1914 pavorosas noches de insomnio, aquí, en esta misma habitación, cuando el presidente Wilson dispuso la invasión naval en Tampico y en Veracruz con el ánimo de derrocarlo de una buena vez por todas y para siempre? Él también, como todos los jefes de Estado mexicanos, espurios o no, habría amanecido viendo al fondo, desde esa ventana, el esplendor del Popocatépetl y del Iztaccíhuatl.

Título

2. El káiser Guillermo II

El Palacio de Neuschwanstein, al sur de Bavieria, era un auténtico avispero a principios de 1917. En nada se parecía en aquellos tiempos a la paz y tranquilidad que se respiraba en sus jardines, terrazas, salones y habitaciones cuando, el 27 de enero de 1859, Federico Guillermo Víctor Alberto von Hohenzollern, más tarde Guillermo II, vio por primera vez la luz en una cuna de madera tallada por artesanos de Oberammergau, en la que crecería cubierto con sábanas de seda bordadas y rematadas con holanes de Brujas. ¡Cuánta alegría la de su abuelo, el rey de Prusia, y también la de sus padres Federico, Fritz, el príncipe heredero, y Victoria, Vicky, al saber que había nacido un varón que garantizaría nuevamente la sucesión…! Otra generación masculina de Hohenzollern…

A lo largo del siglo XIX la historia iba colocando pieza por pieza sobre el tablero del ajedrez internacional. Uno por uno los protagonistas irían apareciendo sobre la cuadrícula blanquinegra mundial para representar, en su debido momento, un papel vital en la suerte y en el destino de la humanidad: Francisco José, emperador de Austria y rey de Hungría, había nacido en 1830; el káiser Federico Guillermo II, en Berlín, y Venustiano Carranza, en Cuatro Ciénegas, Coahuila, México, ambos en 1859; ­Thomas ­Woodrow Wilson, en Staunton, Virginia, Estados Unidos, en 1856; Johann Heinrich Andreas Hermann Albrecht, conde de Bernstorff, en Londres, Inglaterra, en 1862; Nicolás II, cerca de San Petersburgo, Rusia, en 1868; Arthur Zimmermann, en Marggrabowa, Prusia del este, en 1864; William Reginald Hall, en Wiltshire, Inglaterra, y Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, en Simbirsk, Rusia, ambos en 1870; Winston Churchill en Blenheim Palace en Oxfordshire, Inglaterra, en 1874, y Jorge V, en Malborough House, Londres, Inglaterra, el 3 de junio de 1865.

Escondidas entre alfiles, torres, reinas y caballos, la maldad, la vesania, la inquina y la ambición también jugaban la partida en silencio. Cada movimiento, cada jugada implicaría una amenaza, un desafío, un reto, una trampa, un grave peligro, cuya oportuna detección dependería de la imaginación y de la sagacidad de los contrincantes, en este caso de los beligerantes en la Primera Guerra Mundial.

Uno de los jugadores, a 29 años de haber sido ungido emperador de Alemania, vestido con unos pantalones de cuero negro y sombrero propios del Tirol, se sentó en cuclillas a la vera del camino para contemplar los enormes pastizales cubiertos por la nieve del invierno de 1917. Realizaba grandes esfuerzos por enfrentarse a él mismo, en tanto arrojaba pequeñas ramas secas a un lado y a otro, para que sus queridos sabuesos se las disputaran entre gruñidos, mordidas y ladridos antes de tener el privilegio de regresarlas a la mano de su amo: se trataba, sin duda, de Guillermo II. Al soberano más poderoso de Europa le gustaba, en ocasiones, aislarse a pensar, a evocar, a soñar y a imaginar otros escenarios distintos al de la guerra. Sin embargo, tarde o temprano caía de nueva cuenta en la masacre y en el terror. Su historia personal lo acosaba tan pronto se sentía solo:

«Cuando llegué a ser káiser de Alemania a los 28 años me irritaban profundamente las comparaciones de mis enemigos con Napoleón I: él asestó el golpe de Estado del 18 Brumario con apenas 30 años cumplidos.» «Él llegó a ser cónsul y posteriormente cónsul vitalicio gracias a su talento, a su propio esfuerzo, determinación y sensibilidad política.» «Él conocía a sus semejantes y a su medio, y por eso logró coronarse.» «Él, él, él es el hombre de la verdadera personalidad, a triste diferencia mía, que heredé un imperio de mi abuelo y de mi padre…

»Yo no di, según mis opositores, un golpe de Estado, sino un golpe de suerte, y todavía me despojan de mi Linaje Divino, alegando que de ninguna manera constituye una constancia de capacidad para gobernar. Soy emperador de Alemania simplemente por apellidarme Hohenzollern: un obsequio del cielo que me cayó a mí por casualidad, como le pudo haber caído a cualquier otro imbécil… ¿Cuál astucia, cuál habilidad, cuál sensibilidad política…? ¿Cuáles merecimientos…?»

A ratos caminaba o se detenía abruptamente. Clavaba la mirada en el cielo. Se cruzaba de manos en la espalda y posteriormente continuaba la marcha como si hubiera entendido repentinamente un pasaje de su existencia.

«Mis enemigos han tratado invariablemente de disminuirme a sus justos tamaños con tal de escapar temporalmente a sus miserias. Los mueve la envidia. Se saben enanos al compararse conmigo. Lo son. ¿Acaso Rodolfo, el hijo del emperador austriaco, no amaneció muerto una mañana por una sobredosis de alcohol después de haber sostenido que bajo mi gobierno ‘Austria y Alemania se hundirían en un baño de sangre…’?3 Se debe ser valiente o suicida para contemplar su triste realidad frente al espejo y todavía atreverse a vivir…»

Cuando a lo largo del invierno, al atardecer, el káiser hacía recorridos en sus cotos de caza, muchas veces lo acosaban recuerdos de su niñez, de su infancia, de su adolescencia y de los años siguientes a su entronización como emperador de Alemania. Las confrontaciones con sus voces internas, después de rehuirlas una y otra vez, terminaban por dejarlo ­extenuado.

—­No me importan Federico III ni Napoleón ni Francisco José ni su hijo Rodolfo. De lo que aquí se trata es de saber por qué prescindiste de Bismarck y decidiste saltar al vacío…

«Jamás salté al vacío, es una calumnia, Bismarck ya había cumplido con su cometido», se contestó siempre en silencio al recordar al Canciller de Hierro sentado en su jardín con un traje oscuro y rodeado de sus temidos dóberman, allá en el año de 1897. Fue la última vez que lo vio.

«Mi abuelo, todo un Hohenzollern, y él unificaron Alemania. Vaya para ellos el agradecimiento de la patria. Sea la eternidad quien corone su frente con laureles… Que el cielo los colme de parabienes hasta la eternidad.»

Después volvieron a aflorar los mismos resabios mientras se acomodaba instintivamente sobre una pequeña piedra y jugaba a hacer un ramo de edelweiss, sus flores silvestres favoritas:

«¿Cómo se atrevió Bismarck a enfrentar a ‘Su’ emperador cuando propuse generosos incrementos salariales a los trabajadores alemanes, mientras él, asociado a los grandes capitales, se negaba, desde el oscurantismo, a elevar el nivel de vida de la población? ¡Traidor…!»

—­¿No separaste del cargo al «Padre de Alemania» utilizando todo tu poder imperial porque llegó a tus manos un diario supuestamente escrito por el propio Bismarck? Mira cómo te dejaba:

Siempre me pregunté si las inclinaciones monstruosas de este sujeto llamado a ser el káiser de Alemania no se debían a los angustiosos momentos en que el pequeño lactante no pudo respirar después del alumbramiento. Esos desesperados instantes fueron suficientes para ocasionarle, por lo visto, un daño cerebral irreversible…

Baste imaginar cuando, a tres días de nacido, su madre descubrió que el pequeño Guillermo no movía su brazo izquierdo ni siquiera por reflejos… Es muy difícil suponer el castigo que significaba para una aristocracia altiva y arrogante el que nada menos su futuro emperador fuera un paralítico. ¿Los miembros de la realeza no eran hechos a imagen y semejanza de Dios y por ende perfectos? ¿Cómo explicar entonces las deformaciones inconfesables del pequeño príncipe…? Nunca olvidaré cuando al infante Guillermo empezaron a darle toques eléctricos en su brazo izquierdo y a bañarlo en sangre fresca de liebre.4 Por supuesto que degollaban a los infelices animales en la misma tina… ¿No era un horror…?

La tragedia no se redujo al dolor de los padres y a las privaciones del infante, sino al ridículo que la familia real tendría que padecer ante la corte y el pueblo, más aún cuando se supo que una debilidad muscular, conocida como perlesía, lo atacaba junto con otras infecciones de la garganta y del oído, que habrían de afectarle indefinidamente, rompiendo el precario equilibrio emocional, del que todavía disfrutaba el futuro emperador.

Su hiperactividad y sus severos desequilibrios nerviosos, sus arranques de furia, sus agudas depresiones, similares a las de su padre, que le impedían levantarse de la cama y correr las gruesas cortinas de las habitaciones reales, su negativa a ver la luz, su tendencia al llanto, su fragilidad e inseguridad personal, constituían señales ominosas particularmente graves con respecto a quien capitanearía un imperio como el que yo construí. ¿A dónde puede llegar este joven e inexperto emperador con tanto poder económico, tecnológico y militar en sus manos, si es un auténtico narcisista incapaz de administrar sus emociones?

Yo no podía ignorar que tarde o temprano tendría que vérmelas con quien fuera el producto de tantas desviaciones, complejos y, tal vez, hasta venganzas de la naturaleza.

Casi siempre, al ver al joven príncipe, venían a mi mente los parlamentos de Shakespeare referidos a Ricardo III:

—­Yo, privado de la bella proporción, desprovisto de todo encanto de la pérfida naturaleza; deforme, mal fraguado, enviado antes de tiempo a este lamentable mundo; acabado a medias, y eso tan imperfectamente y fuera de moda, que los perros me ladran cuando ante ellos me detengo…

Más tarde concluiría:

—­Entonces, ¡que vuestros ojos testifiquen el mal que se me ha hecho! ¡Ved cómo estoy embrujado! ¡Mirad mi brazo, seco como un retoño marchito por la escarcha!

¿Qué puede esperar nuestra Alemania de una persona así? ¿Una tragedia histórica como la que padeció Inglaterra…?

Bismarck continuaba su narración:

El Hohenzollern, heredero del trono, caminaba con enormes esfuerzos con la cabeza inclinada al lado derecho sin disimular los dolores de una terrible tortícolis. Los médicos tuvieron que colocarle un aparato que se apoyaba en la cintura y corría a lo largo de la es­­pina para obligarlo a mantener la cabeza derecha. Pocos podían imaginar los alcances de la tortura física y psicológica a la que era sometido diariamente el menor.

Y Vicky, su madre,5 no escribía a la reina Victoria, quejándose de que «mi hijo no es como los otros niños, mamá: se disminuye ante ellos porque no puede correr ni montar ni escalar. Su tutor tiene razón al decir que estos males lo lastimarán en su vida adulta porque siempre lo harán sentir inferior a los demás. ¡No es posible que el heredero al trono de Prusia no pueda ni montar a caballo! Para los Hohenzollern, especialmente para el príncipe Federico Carlos, un hombre de un solo brazo no puede ser rey de Prusia… Mi hijo Federico Guillermo, tu nieto, es una pena confesarlo, se ve vestido en uniforme como el changuito del organillero».

Era evidente que un pueblo amante de la perfección se resistiría a tener un emperador deforme. Conozco los trastornos psicológicos de los mutilados, de los lisiados y de los minusválidos. Por su abuelo supe que el lado izquierdo del cuerpo del menor estaba también semiparalizado: no podría valerse solo para comer, para bañarse ni para vestirse… En una persona del vulgo estas desventajas físicas, congénitas, son un problema menor en el seno de una familia, pero cuando se va a ser emperador de uno de los países más poderosos de la tierra, las malformaciones, también del carácter, se magnifican ­hasta adquirir dimensiones dramáticas, sobre todo cuando al derramarse los males domésticos se causan daños regionales, continentales y hasta mundiales…

—­¿Verdad que la siguiente escena ya hablaba de lo que serías en la vida adulta como emperador de Alemania?

¡Jamás olvidaré cuando fui invitado al décimo cumpleaños del futuro káiser y su madre le negó un permiso a quien sentía ser merecedor de todo: el futuro Guillermo II se tiró entonces al piso presa de un ataque de rabia! Lloró y lloró hasta empezar a ponerse morado de la cara mientras sus labios violáceos adquirían una tonalidad blancuzca. A pesar de los golpes en la espalda el menor no podía volver a respirar. Los padres contemplaban la escena horrorizados, sin poder hacer nada, en tanto su hijo primogénito permanecía largos instantes con la boca abierta y los ojos crispados, antes de que, transcurridos inenarrables instantes de angustia, pudiera volver a inhalar solo para seguir pateando el suelo y lanzando escandalosos gritos acompañados de insultos soeces y maldiciones irrepetibles que nos alarmaban y agredían a todos por igual. Lo mismo, exactamente lo mismo que Federico Guillermo IV, su tío abuelo, otro maniático depresivo… ¿Y qué tal sus tatarabuelos, Jorge III y el zar Pablo? ¿Guillermo II no era una calca de sus ancestros? ¡Ay!, la realeza…

Continuaba narrando Bismarck sus recuerdos:

En el caso de los gobernantes, las taras físicas y las carencias afectivas las paga la población, y a veces no solo la nacional… ¿Cómo comunicarse con quien se siente titular de la verdad absoluta y pierde toda la compostura cuando se le replica? Y, sin embargo, es el Hohenzollern más brillante que he conocido. Posee una mente inquisidora, una memoria ciertamente privilegiada y una inteligencia por arriba de lo normal sin llegar a ser un fenómeno, solo que por lo general se trata de una inteligencia al servicio de sus emociones. La egolatría y el esnobismo, heredados de su madre, le impiden entender los puntos de vista ajenos. Lo he visto detectar con una sorprendente claridad las flaquezas y debilidades ajenas. Sabe dónde golpear a sus opositores y aprovechar sus diferencias en beneficio de su proyecto político. En muchas ocasiones le he escuchado argumentos deslumbrantes y en otras tantas lo he visto tomar decisiones suicidas simplemente porque no se puede dar el lujo de dudar ante los demás. Un día, presa de uno de sus prontos, podría hundir a Alemania…

¡Qué bueno que nuestro país tiene un régimen parlamentario porque de otra suerte, cuando Federico Guillermo se ciña la corona, podría convertirse en un déspota mil veces peor que Federico el Grande!

No bastan los enemigos externos, no, claro que no, también tenía que cuidarme de los traidores y saboteadores domésticos como ­Vicky, su madre, entre otros tantos más. Ella trabajó siempre en contra de Prusia y más tarde de Alemania porque jamás dejó de ser inglesa, y de ahí que siempre tratara de hacer de sus hijos anglófilos, y fracasara estruendosamente porque Federico Guillermo se forjó, muy a pesar de ella, como un fanático prusiano enamorado de su patria.

—­Bismarck veía con claridad meridiana que una alianza, querido Guillermo, entre Inglaterra y Alemania garantizaría la paz en Europa, ¿verdad?

Nunca en su historia Alemania tuvo tres emperadores en tres meses: Guillermo I falleció en marzo de 1888; su hijo Federico III en mayo, por lo que solo pudo reinar tres meses hasta perecer víctima de cáncer en la garganta. Fritz y Vicky hubieran logrado sin duda una alianza con Inglaterra. La reina Victoria, suegra y madre, la hubiera suscrito de inmediato…

Yo, por mi parte, a partir de junio de 1888, tuve que vérmelas con un loco que vivía instantes de genial lucidez… Un sujeto rencoroso, fatuo y arrogante dueño de una inteligencia sin sabiduría… Un hombre repentinamente violento, depresivo, incapaz de soportar el peso de sus decisiones. Un emperador volátil e irascible que desconfía de quien no lo adula y todavía insiste en su origen divino. ¿Cómo dejar el Imperio en sus manos?

«Calumnias, mentiras, embustes y, sin embargo, no le exigí su renuncia de inmediato. ¿No era una prueba de madurez?», se cuestionó Guillermo II al tratar de sacudirse los cargos hechos por su antig

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