Desenmascarando al embustero (Con armas de mujer 3)

Ana Álvarez

Fragmento

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Prólogo

Iris entró en la fiesta cuando esta se encontraba ya en su apogeo. Acudir a eventos sociales era importante en su profesión como decoradora de interiores, pues la mayoría de los encargos particulares se gestaban en cócteles y reuniones informales. También trabajaba con una agencia a la que había enviado algunos de sus mejores trabajos y que le enviaba encargos con regularidad.

Lo primero que hizo al entrar —por deformación profesional— fue contemplar la decoración del salón, situado en uno de los hoteles más lujosos de Madrid. Demasiado recargado para su gusto: exceso de dorados y espejos, colores fuertes aunque bien combinados, sillones y sillas, repartidos por la estancia como al descuido y casi todos ocupados en aquel momento. Una mesa con un bufé frío y abundante en una de las paredes, y mucha elegancia entre los asistentes. Podría hacer buenos contactos para futuros clientes.

Sus diseños eran en extremo minimalistas, con la cantidad justa de muebles y adornos sobrios. Empleaba tonos neutros, nada de colores fuertes, de eso ya tenía bastante en el salón privado de su madre, a la que le encantaba mezclar colores. Puesto que su padre y ella eran de gustos más austeros, le habían cedido la buhardilla para que creara un espacio propio acorde a su estilo: almohadones de infinidad de tonos, mantas para el sofá y alfombras con los colores del arcoíris era la decoración dominante en aquella estancia.

Se acercó a una pareja de antiguos clientes que quedaron muy satisfechos con su trabajo y que no dudaba que la recomendarían a sus conocidos. No tenía ningún encargo en aquel momento y, aunque no tuviera urgencia económica, no le gustaba estar sin trabajar.

Entabló con ellos una charla informal, a la que pronto se unieron otras personas formando un nutrido y animado grupo. Era extrovertida y no le costaba relacionarse, lo que facilitaba mucho su trabajo, porque este no solo consistía en preparar un proyecto, sino también en vendérselo al cliente como la mejor opción, o al menos la que mejor se adaptaba a sus gustos y su presupuesto.

Llevaba en la fiesta una hora y dos copas cuando sintió en la nuca el hormigueo de una mirada intensa. Se giró con cautela para descubrir a un hombre joven, castaño, con el pelo algo más largo de lo habitual, aunque no podría calificarse de melena, que la observaba desde una esquina del salón. No desvió la mirada cuando se cruzó con la suya, sino que continuó bebiendo pequeños sorbos de un vaso largo.

Tampoco ella la apartó, no era tímida, y se limitó a saludarlo con un leve gesto de la cabeza, como si se conocieran. Él le guiñó un ojo y siguió mirándola en la distancia.

—Creo que has hecho una conquista, Iris —le dijo su antigua cliente.

—¿Quién es? ¿Lo conoces? —preguntó con curiosidad.

—No, no tengo el gusto. Y ya me encantaría, está cañón.

—Para hacerlo padre en una esquina —comentó otra mujer de bastante edad, en absoluto inmune al encanto del desconocido.

Tenía que reconocer que era muy atractivo, que poseía ese aire del hombre que solía traer problemas si una no andaba con cuidado. El tipo que los padres deseaban lejos de sus hijas.

Se volvió a seguir conversando, ignorando sus miradas, y uno de los hombres que integraban el grupo, al conocer su profesión, le comentó que deseaba redecorar su despacho y la sala de juntas de su oficina. Iris le pidió el teléfono móvil y tecleó su número en él para que la llamase si se decidía.

Durante todo el rato continuaba sintiendo los ojos del desconocido en su espalda, que le producían un cosquilleo en absoluto desagradable. Le gustaba que los hombres la miraran.

Al fin el grupo en el que estaba se disolvió y se acercó a soltar su copa en una de las mesas habilitadas para ello. Cogió un plato y se acercó al bufé donde se sirvió unos canapés, demorándose un poco. No tenía dudas de que el desconocido se acercaría en cuanto se quedara sola, no era de los que se limitaban a mirar de lejos. Era más bien de distancias cortas.

—No cojas ese. Está malísimo. —Escuchó una voz a su lado, y no tuvo dudas de a quién pertenecía.

—¿Cómo lo sabes? ¿Lo has probado?

—Hace un rato. El hojaldre no está lo bastante crujiente.

—De modo que eres un sibarita de la comida.

—Soy un sibarita de todo.

—Entonces ¿cuál me recomiendas?

—Esos de ahí están bien. Aunque esta fiesta no es de las que mejor catering ofrecen. Los organizadores no han debido gastarse mucho dinero en alimentar a sus invitados.

—¿Sabes de catering?

—Sé de comida.

Cogió uno de los canapés que le indicaba.

—No está mal. A mí me gusta.

—En ese caso… Pero si quieres comer bien, te invito a cenar.

—¿Y qué te hace suponer que aceptaría?

—No tienes pinta de ser una de esas mujeres que se mueren de hambre, y aquí mucha comida no hay.

No se equivocaba. Le gustaba disfrutar de la buena mesa y tenía la suerte de que su físico no se resentía de ello. Era delgada y alta como su padre, pero tenía las curvas de su madre y unos pechos generosos sin ser exagerados.

—No lo soy. Pero no puedo irme aún, estoy trabajando.

—¿Trabajando en una fiesta? ¡No estarás buscando clientes! He visto como le dabas tu teléfono a ese tío.

—Debería ofenderme por tus palabras, pero no soy una mojigata. He venido a hacer clientes, sí, aunque no es mi cuerpo lo que vendo.

Se habían apartado del bufé dejando espacio para otros comensales. Iris se retiró a un sillón apartado para comer el contenido del plato que había llenado. El desconocido la siguió y se sentó a su lado sin pedir permiso.

—¿Qué es lo que vendes?

—Diseño. Ese señor al que he pasado mi número está interesado en que le decore el despacho.

—Seguro que es eso.

—¿Y tú qué haces en la fiesta? Divertirte no, porque no te gusta la comida y, por lo que parece, has venido solo.

—Me he colado.

—¿Te has colado? ¿Cómo? Es por rigurosa invitación.

—Tengo mis métodos.

—Ahora que te miro, es cierto que no vas vestido para la ocasión. —El pantalón y la camisa que vestía, aunque de buena calidad, distaban mucho de los trajes que llevaba el resto de los asistentes—. ¿Cómo te han dejado entrar? Me muero de curiosidad por saberlo.

—¿Me creerías si te digo que el hotel es mío?

—No.

—En ese caso, piensa en otra forma de colarme.

—No se me ocurre ninguna.

—Del brazo de aquella señora que lleva joyas hasta en el carné de identidad —afirmó señalando a una mujer mayor cubierta de diamantes y esmeraldas de la cabeza a los pies—. Le he dicho que tenía hambre, que llevaba sin comer dos días y que si podía entrar con ella para llenar el estómago. He debido darle pena porque me ha dicho que sí.

—Me estás contando una trola.

Él se encogió de hombros con gesto displicente.

—Piensa lo que quieras. Por cierto, me llamo Nico.

—Yo Iris.

—Un nombre precioso.

—Aunque me llamara Gumersinda te lo parecería, ¿verdad?

—Probablemente.

—No has contestado a mi pregunta. Es evidente que no has venido a comer —afirmó viendo que él ignoraba el contenido de su plato, que le había ofrecido compartir—. ¿Para qué te has colado en la fiesta, si es que lo has hecho?

—A veces se encuentran personas interesantes en este tipo de eventos.

—O sea, que has venido a ligar.

—Si quieres llamarlo así…

—Y estás tratando de hacerlo conmigo.

—¿Lo he conseguido?

Le gustaba el desparpajo de aquel hombre, su mirada pícara y el carisma y la seguridad en sí mismo que desprendía. También su cuerpo delgado, su barba de varios días y las manos de dedos largos y finos.

—Quizás —respondió.

Sin duda era un ejemplar nada desdeñable para echar un polvete, un placer que hacía ya bastante que no se daba. Tenía la certeza de que, si se iba a la cama con él, no la dejaría a medias, como le había ocurrido en otras ocasiones. Los buenos amantes escaseaban.

—En ese caso, deja que te invite a cenar como Dios manda y tal vez termine de convencerte.

—¿Por qué no? Si no lo logras, al menos me habré llevado una buena comida.

Abandonaron la fiesta. Ya tenía un posible cliente, por lo que el evento había cumplido su finalidad, y no siempre se presentaba la oportunidad de un revolcón con un ejemplar masculino como aquel. Al que nunca más volvería a ver.

—¿Dónde me llevas a cenar?

—El restaurante del hotel es muy bueno.

—Creí que no te gustaba la comida de aquí.

—El catering que han servido en la fiesta es lo que los organizadores han querido pagar. El restaurante es otra cosa.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque como en él cada día.

—¿Puedes permitírtelo? No estoy dispuesta a fregar los platos ni a pagar la mitad. Recuerda que me has invitado.

—Puedo permitírmelo. De hecho, vivo en el hotel. Si logro convencerte, solo tendríamos que subir a las habitaciones después de la cena.

—¿Vives en un hotel? ¿No tienes casa?

—Aún no. Viajo mucho, y entre viaje y viaje me alojo en hoteles, me sale más barato que mantener una casa para pasar en ella unas pocas semanas al año. Aunque estoy planteándome comprar algo y establecer mi residencia fija en Madrid. ¿Quién sabe? Aún no lo tengo decidido. Vayamos a cenar.

—¿Y si después de pagarme la cena no logras convencerme para que suba contigo a la habitación?

—Correré el riesgo y, al menos, habré cenado en buena compañía.

Salieron del salón y se dirigieron al restaurante. Dejaría que la agasajara para convencerla, pero ya había decidido que pasaría la noche con aquel hombre carismático que tenía pinta de dejar a una mujer más que satisfecha en la cama.

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Capítulo 1

Dos meses después

Iris conducía para reunirse con su mejor amiga Paula. Su amistad comenzó años atrás cuando coincidieron en una estación de tren, ambas de Interrail por Europa. Se cayeron bien al instante y decidieron continuar juntas su periplo de un país a otro. Aventuras, desventuras, de todo hubo, incluso un enamoramiento apasionado y efímero por dos hermanos en Múnich, que ambas dejaron atrás sin que el corazón se resintiera lo más mínimo. Pero aquel viaje las marcó creando una amistad indisoluble a pesar de la distancia, pues Paula residía en Asturias y ella en Madrid. Sin embargo, aunque sus vidas las mantenían separadas, todos los veranos reservaban una semana de sus vacaciones para pasarla juntas, rememorando aquel viaje mítico e inolvidable. Ese año sería Lisboa el destino elegido.

Cuando llegó, dispuesta a disfrutar de sus merecidas vacaciones, Paula la esperaba en la habitación del hotel y ambas se fundieron en un abrazo y se contemplaron una a la otra, apreciando los cambios.

—¡Te has cortado el pelo! —exclamó al ver la melena de rizos de su amiga, que normalmente le caía hasta media espalda, bastante más reducida con un corte tipo Bob.

Hacía un par de meses que no hacían una videollamada, ambas muy ocupadas con sus respectivos trabajos y su rutina en general. No eran de esas amigas que se veían o se llamaban a diario, la vida, a veces, las mantenía sin contacto continuado, pero la primera semana de julio era sagrada para ellas y ni trabajo, ni familia ni amigos impedían que se encontraran, cada vez en una ciudad diferente, dispuestas a revivir aquella experiencia maravillosa que las unió.

—Hace unos pocos días —admitió Paula—. Es muy engorroso mantener una melena como la mía, y este verano voy a hacer una ruta en moto por toda España. Debo reconocer que es muy cómodo este peinado.

—Y te sienta muy bien, pero ¿qué es eso de que te vas en moto?

—¿No te lo he dicho? La verdad es que hace tiempo que apenas hablamos. Ahora soy motera, tengo una Harley. De segunda mano, ¿eh? No puedo permitirme una nueva, al menos de momento.

—¿En serio? Nunca te han interesado los vehículos de dos ruedas.

—Mi chico me ha metido el gusanillo en el cuerpo.

—¿Tu chico? Otra sorpresa. ¿Sales con alguien?

—Desde hace seis meses.

—¡Seis meses! Eso es algo serio.

Paula era como ella, muy selectiva con los hombres a la hora de mantener una relación. Otra cosa era un rollete pasajero como los que habían tenido en Múnich o darle una alegría al cuerpo de vez en cuando. O un alegrón, como le había pasado con Nico, el hombre que conoció en la fiesta del hotel y con el que había echado dos polvos de los que no se olvidan con facilidad.

—Para mí, sí. Podría decirse que es mi primer «novio», esa palabra de la que he huido toda mi vida. Pero estoy muy enamorada de Daniel. Los dos lo estamos.

—De modo que Daniel, ¿eh? Tiene un bonito nombre.

—Y unos preciosos ojos castaños y una sonrisa que me vuelve loca. Espera, que te enseño una foto.

Cogió el móvil y buscó en la galería hasta mostrarle una foto de los dos, ante sendas motos, un poco de lejos.

«¡Joder! Nico».

—¿A que es guapo?

—No se le ve muy bien la cara —comentó deseando equivocarse—. ¿No tienes otra más de cerca?

—Claro. Mira, en esta se ve mejor.

Respiró hondo. No había duda, el tal Daniel era el mismo Nico con el que ella se había enrollado dos meses antes. Con el pelo un poco más corto y la barba de apenas un par de días, pero era el mismo hombre.

—¿Dices que estáis juntos desde hace seis meses? ¿De forma oficial o lo habéis formalizado hace poco?

—De forma oficial. Fue un flechazo y desde el primer momento ambos supimos que era algo serio.

«¡Mierda, mierda, mierda! ¿Qué hago

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