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El paseo marítimo
Aquí sopla un aire gélido. Ya hacía un día de perros viniendo de Manhattan, pero nada que ver con esto. Aquí reina la desolación más absoluta. La hora pasada en el tren ha sido una hora a resguardo del viento, y ahora es casi mediodía y parece que no tardará en nevar.
Michael y Caitlin avanzan deprisa, hombro con hombro, la cabeza gacha, la espalda encorvada. Salvo por una pareja de borrachos que se pelean por una botella en un portal —el viento silencia sus voces— y, un poco más allá de la Nathan’s, en Surf Avenue, un anciano negro atado a un perro ridículamente pequeño por una cuerda de tender naranja, las calles parecen desiertas, cerradas a cal y canto. La mayoría de los comercios de la avenida también han bajado la persiana, algunos para lo que queda de temporada, otros dando el día por perdido, como una mala deuda. El trasiego de clientes, como la temperatura, ha caído en picado. Los pocos locales que se empeñan en seguir abiertos —una licorería, un 7-Eleven, una especie de tienda benéfica con libros de bolsillo desvencijados que se apilan en cestos de mimbre sobre el antepecho de las ventanas y, alineados en la acera, sacos de plástico verde repletos de ropa de segunda mano— lo hacen más por cabezonería que por sentido del deber. Aparte del 7-Eleven, que seguramente permanece abierto por obligación contractual, ninguno de estos comercios está por la labor de derrochar electricidad. Esta tarde Coney Island parece el fin del mundo, el último bastión que se alza al filo de un profundo abismo, un lugar por el que vagan los condenados esperando su turno para desvanecerse en la nada.
En la medida de lo posible, avanzan a resguardo de los edificios. Las palabras salen entre dientes, sibilantes y operísticas, pero sólo respirar ya resulta doloroso, y hablar es peor aún. Con una mano, Caitlin se ciñe el cuello del abrigo en torno a la garganta. El viento sopla con tanta fuerza que se le saltan las lágrimas. Los azota y se arremolina en torno a ellos, levantándole el abrigo a Caitlin, que se alegra de haberse puesto bufanda, aunque tampoco le sobrarían unos guantes. Los bolsillos del abrigo son profundos, pero apenas alcanzan a templarle las manos.
Se anuncia una gran nevada, una tormenta en toda regla que descargará con fuerza, pero de momento el día aguanta, salvo por alguna que otra ráfaga de lluvia que duele como un puñado de piedras y deja magulladuras imaginarias en el aire y la piel. El cielo parece un lodazal, una amenazadora mole gris que engulle todo detalle y definición. Caitlin se arrima a Michael y aprietan el paso, correteando a trompicones. Porque no pueden hacer otra cosa, ahora que han tomado esa dirección.
Éste es el peor tramo, justo aquí, donde cruzan la calle desierta a la carrera, porque hacerlo los obliga a meterse de cabeza en el ojo de la tormenta. Avanzan casi abrazados, y el viento aúlla con tanta fuerza en sus oídos que ahoga hasta el sonido jadeante de su propia respiración. Y cuando por fin dejan atrás el paseo marítimo y salen al muelle, el viento sopla con renovada saña y los zarandea, azotándoles la cara y la ropa, alborotándoles el pelo en un revuelo. No les queda más remedio que correr hacia las casetas, los puestos que bordean el paseo marítimo, cerrados y abandonados hasta la siguiente temporada. Un refugio en el que buscar cobijo, un escondite.
—¡Santo cielo! —exclama Caitlin casi sin aliento, y en su risa resuena algo parecido al pánico—. Parece una escena del Apocalipsis.
Sobresaltado al oírla verbalizar sus propios pensamientos casi con exactitud, Michael la rodea con un brazo y la atrae hacia sí. La necesita así de cerca. Ella inclina la cabeza hacia atrás para mirarlo. El rostro de Caitlin ha tomado el color de la harina, la palidez elevada a su máxima expresión. Se adivina un rastro de carmín en sus labios, un rojo cereza que lleva desde hace horas, pero tiene la boca pequeña y la cierra con fuerza a causa del frío, de modo que apenas se percibe su contorno aunque sonría. Michael piensa en las geishas; tiernas y delicadas muñecas enfundadas en kimonos azul celeste, el rostro empolvado de blanco y un diminuto capullo de rosa pintado sobre los labios, afectando un mohín. Arregladas para parecer aniñadas y modosas, pero dueñas de un fuego secreto que anida bajo la superficie o en lo más profundo de su ser, la clase de incendio imparable, devastador, que con una sola llamarada reduce los huesos a papilla. Atrapado en la mirada de Caitlin, que lo observa fijamente con ojos de animal asustado, hipnotizado por su expresión exhausta, Michael vislumbra por primera vez en lo que va de día un leve atisbo de quién es ella en el fondo, o tal vez sea, o podría llegar a ser. Una mujer nacida para el engaño, comprende de pronto. Una apariencia angelical que desmiente las terribles mentiras subyacentes. Y ése es uno de los detalles que más le gustan de ella.
—El fin del mundo no será así —repone Michael, con la boca lo bastante cerca para saborear su aliento, y para que ella saboree el suyo—. Cuando llegue, ni siquiera nos enteraremos. Estaremos vivos y una millonésima de segundo después no quedará nada de nosotros. Ni polvo seremos.
—¿Estás borracho? —pregunta ella.
Él niega con la cabeza y sonríe.
—Me siento demasiado feliz para estar borracho.
—¿Feliz?
—Desde luego. Cuesta creerlo, lo sé, pero eso es lo que siento. Porque mira dónde estamos. Mira con quién estoy.
Caitlin le pone una mano sobre el pecho, le da una palmada cariñosa. Él vence la corta distancia que los separa y la besa. Puesto que no hay nadie mirando, se demoran, cediéndose la iniciativa por turnos. Ella busca la lengua de Michael y la guía delicadamente con la punta de la suya, presionando la parte carnosa contra el borde de sus propios dientes superiores. Él se deja hacer de buena gana. La boca de Caitlin tiene el calor del té. Ella exhala a través de él, y él a través de ella. Es el toma y daca perfecto, como el vaivén de las olas, algo así como la esencia del sexo. Al cabo, se apartan dulcemente. Es ella quien incita la separación cerrando los labios de un modo sutil. Pero es una pausa temporal, concebida tan sólo para que pueda acurrucarse mejor junto a él. Michael apoya la espalda contra una caseta tapiada con tablones, un largo y estrecho cobertizo pintado de verde salvia con una emulsión resistente a la intemperie que, no obstante, acusa los estragos del tiempo, y ella se acomoda de nuevo entre sus brazos. Cuando él desliza una mano hacia abajo y abarca la discreta curva de su culo, nota cómo los labios de Caitlin dibujan una sonrisa, arrastrando los suyos hacia la carcajada, y cuando ambos cierran los ojos son como niños que juegan a estar enamorados. Ciertos recuerdos anidan justo por debajo de la piel, donde los cambios no pueden alcanzarlos.
Hacia abajo y a mano izquierda, la franja blanca se extiende sin solución de continuidad hacia el norte, como si enmarcara la gran atracción, el plano general, la inmensa extensión del océano que, visto de cerca, se revuelve y agita sin cesar. Pequeñas cabrillas de espuma salpican una superficie rasa como el plomo mientras grandes olas de agua turbia golpean con fuerza la orilla. Mar adentro reina una peculiar sensación de calma, por lo menos a simple vista, una sutil triquiñuela de la distancia aliada a las perpetuas estriaciones condensadas del crepúsculo.
Pegados el uno al otro, oyen con una secreta y placentera punzada de terror el estruendo de las olas que embisten los pilotes del embarcadero y el feroz, lastimero, gimoteo del viento.
—Barb tiene cáncer —dice Michael en tono quedo, casi ausente.
Por un instante Caitlin se convence de que no ha oído bien, aunque percibe en su ademán el peso de la noticia. Escruta el rostro de Michael, que no la mira a ella, sino hacia el horizonte.
—¿Qué?
—De riñón. Hace tiempo que lo tiene, pero ya sabes cómo es. De las que no dicen esta boca es mía hasta que empiezan a mear de color negro.
Michael se estremece y frunce los labios, como si las palabras en sí resultaran dolorosas.
—Santo cielo.
Sólo entonces repara Caitlin en lo frágil que él parece de pronto. La piel de su rostro tiene el tono magullado y la textura de la masilla, y cuelga de sus facciones más fuertes, engrosando la nariz y lastrando las mejillas, que le dan un aire sensiblero. La boca también parece estar desvaneciéndose, sucumbiendo por fin al esfuerzo sostenido durante años de reprimir las cosas que piden a gritos salir a la luz. Michael acaba de cumplir cuarenta y ocho años. El 6 de enero. Cuarenta y ocho ya no es una edad respetable, no como era antes, pero la falta de sueño, sumada a muchos otros factores, le dan un aspecto avejentado. Además, le sobran unos veinte kilos, y, por más que tenga una constitución robusta y una estatura de metro ochenta, ésa es la clase de lastre que acaba pasando factura. Cojea un poco al andar, como si sus articulaciones acusaran la primera punzada estacional de ciática. Anda cabizbajo, y de un tiempo a esta parte sus anchos hombros se ven más redondos y cargados. Caitlin sabe que el tiempo no pasa en balde, y que sus efectos salen a la luz de la manera más inesperada, pero lo que hace que todo resulte tan difícil de aceptar es que, para sus adentros, Michael sigue siendo un joven pletórico, el mismo hombre fuerte y afectuoso que se le acercó en un bar hace muchos años y le robó el corazón para siempre. De eso hace décadas. La particular naturaleza de su relación fomenta esa ilusión, claro está, porque sólo se ven una vez al mes pero todos los meses, el primer martes sin falta. Mantener en suspenso una parte tan importante de sus vidas ha permitido —e incluso propiciado— que la realidad se vuelva frágil.
Cuando ya no puede seguir eludiendo la mirada escrutadora de Caitlin sin sentirse incómodo, Michael la mira a los ojos y exhala una bocanada de aire, un profundo suspiro de cansancio. Y de pronto ella lo reconoce. En la forma de entornar los ojos, en el afilado contorno de los labios, en la sonrisa que siempre aflora de un modo tímido pero luego se desborda, iluminándolo todo. Ahí está. Así es él, su irlandés grandullón y desgarbado. Caitlin apoya la cabeza en la curva de su cuello. Ese suspiro es para ella, lo sabe. Todo lo hace para ella. Con cada estremecimiento, Michael se desprende del mundo que lo retiene para liberarse total y absolutamente, aunque sólo sea durante unas horas.
—De momento, le han sacado litros de sangre y le han hecho un montón de pruebas. Ya va por la segunda biopsia, y ahora quieren echarle un vistazo al hígado. La lleva un tal doctor Wylie, se supone que es toda una eminencia en lo suyo. Parece un tipo decente. Por lo menos te mira a los ojos cuando habla, que es más de lo que hace la mayoría.
El corazón de Caitlin late desbocado, su martilleo sube como una oleada desde el pecho, anegándole la mente, y por unos instantes no sabe muy bien qué hacer, si apartarse de él o aferrarse a su cuerpo con más fuerza. Pero la presión del brazo de Michael sobre la parte baja de su espalda le ahorra esa decisión, así que vuelve a encajar el rostro en la curva de su cuello y cierra los ojos, como si eso bastara para dejar al mundo fuera y mantenerse a salvo. Tiene un nudo en la garganta y le resulta imposible hablar como no sea en susurros.
—Santo cielo —repite—. Qué horror. Lo siento.
—Lo sé —repone él—. Sé que lo sientes. Yo también lo siento. Pero con eso no basta. Wylie hace lo que puede, pero el pronóstico no es bueno. Creo que se teme lo peor. En un primer momento habló de operarla, pero las pruebas han sacado a la luz más cosas de las que esperaba. No lo dice a las claras, aunque va dejando caer palabras como «agresivo» y «metástasis», que no contribuyen precisamente a tranquilizarnos. Y de aquí en adelante sólo irá a peor. Le han programado cincuenta y cinco ciclos de quimioterapia, y no puedo ni imaginar lo mal que lo pasará. Lo más probable es que se quede calva, y nos han dicho que seguramente tendrá fuertes ataques de náuseas y mucha fatiga. He estado leyendo sobre el tema. La quimio se lo carga todo, las células buenas y las malas por igual. Así funciona. Es puro veneno para el cuerpo, lo que en mi opinión no tiene pies ni cabeza. Ella por ahora lo lleva bastante bien, pero creo que es porque sigue en estado de shock.
Las palabras brotan de sus labios sin la menor inflexión, y su mirada se ha quedado atrapada en algún paraje u objeto lejano, como el trance contemplativo de un boxeador al que han golpeado en la cabeza más veces de la cuenta, o de un borracho que ha desistido de fingir sobriedad. Entonces Michael acaricia la columna de Caitlin en un movimiento ascendente hasta rodearle delicadamente la nuca y le planta un beso en la cabeza que, más que sentir, ella oye. El viento está por todas partes, inabarcable. Hasta la caseta tapiada que tienen a su espalda gime y temblequea. Caitlin lo estrecha con más fuerza, pegándose a él. En respuesta, Michael la ciñe con los brazos.
—Es culpa mía. Wylie nos dijo que el cáncer lleva ahí desde hace más de un año. Ésas fueron sus palabras textuales. Y me miró al decirlo. Como de costumbre, Barb me lo ocultó sin demasiado esfuerzo, pero después de tantos años juntos tendría que haber sospechado algo. No sé cómo no vi las señales, porque las tenía delante de las narices. A veces me despertaba a media noche y me daba cuenta de que se había levantado de la cama, y estos últimos meses ha perdido tanto peso que ya ni siquiera puede sentarse cómodamente. Se le empiezan a marcar los huesos bajo la piel.
Cuando Caitlin y Michael empezaron a verse, él tenía un segundo trabajo, cubriendo el turno del fin de semana en el taller mecánico de Jerry, un primo de Barbara. Sin embargo, entonces, como ahora, se ganaba la vida como agente comercial, la clase de trabajo que muchos envidiaban porque implicaba pasar la mayor parte del día sentado en una silla y hacía del traje algo obligatorio, parte del uniforme. Pero aquellas chapuzas de los fines de semana satisfacían una necesidad diferente. Era una actividad puramente física, propia de la mano de obra ilegal y escasamente cualificada. Michael era poco menos que una nulidad en todo lo relacionado con la mecánica, pero tenía dos buenos brazos y no se arredraba ante la idea de sudar. Le pagaban, claro está, y no poco, veinticinco o cincuenta dólares al día, o lo que quiera que pasara entonces por una retribución aceptable. Pero en realidad no lo hacía por el dinero.
Lealtades familiares aparte, Jerry era un buen tipo y andaba muy necesitado de ayuda. No es que el hombre escurriera el bulto; trabajaba muchas horas y arrimaba el hombro como el que más, pero era la clase de persona que necesitaba tener a alguien a su lado, alguien que le echara una mano cuando sucumbía al pánico y se sentía desbordado. Era incapaz de llevar los libros, y los negocios no eran lo suyo. La solución al problema llegó finalmente de la mano de Wanda, una mujer que, con la treintena ya en el punto de mira, nunca había perdido cierto aire de niña. Era alta y delgada, de complexión enjuta, con un cuerpo terso y esbelto por el que cualquier bailarina, ya fuera exótica o de Broadway, se hubiese endeudado hasta las cejas. Mascaba chicle, lucía el pelo caoba muy rizado gracias a las permanentes y vestía pantalones cortos o minifaldas, alternando entre el vinilo negro y el rojo escarlata más lujurioso todos los días del año excepto en Navidad. Hablaba de béisbol como si le fuera la vida en ello y conocía palabrotas reservadas a los profesionales del bate. Además, como el amor no atiende a razones, tenía una profunda debilidad por Jerry. Más que competente en todos los sentidos, tomó las riendas del negocio, asumió el control de los ingresos, puso orden en el inventario y los libros contables, organizó los pedidos y la facturación y se encargó ella solita de transformar a Jerry en alguien medianamente digno de admiración como hombre y como mecánico. También se acostaba con él, le cocinaba y le limpiaba, le hacía la colada y, al cabo de un tiempo, se casó con él. Pero cuando Jerry empezó a venirse abajo aún quedaba todo un año para que Wanda entrara en su vida, así que el ingrato deber de socorrer a su primo político y mantenerlo a flote recayó sobre Michael.
La situación se deterioraba por momentos. Jerry se había hecho cargo del taller —contra toda lógica y a costa de hipotecarse de por vida— unos dieciocho meses antes, y durante un tiempo se las había apañado a base de créditos y entusiasmo. Es imposible echar a rodar un negocio sin algo de capital, así que no le quedó más remedio que pedirlo prestado al banco: para comprar materiales, para pagar los salarios, para costear los frascos de café instantáneo y los bollitos Twinkies preenvasados que deglutía encorvado bajo algún capó abierto, saltándose el almuerzo en un intento de ahorrar tiempo y dinero. Fueron esos créditos los que, a la larga, lo pusieron contra las cuerdas. Y cuando la magnitud de la deuda acumulada salió a la luz, Jerry empezó a beber a morro de la clase de botellas envueltas en bolsas de papel que había que sostener con ambas manos, y bajo los efectos del whisky o lo que fuera estaba de un humor de perros y perdía los estribos a la menor provocación. Cuando todos a su alrededor huyeron en desbandada, lo que necesitaba, sobre todo los fines de semana, era alguien que lo conociera y le aguantara el mal genio, a ser posible alguien que supiera usar un gato, cambiar una rueda y manejar un torno sin que hubiese que chillarle o controlarlo de cerca, y que además se abstuviera de monsergas sobre las pausas para comer, ir al lavabo o salir a fumar, la tarifa de las horas extra o la paga doble de los domingos.
Michael cumplía de buen grado esas condiciones.
Seis meses después de haber enterrado al único hijo que tendría con Barb —su pequeño, James Matthew—, el mundo material había cambiado. Unos segundos de alegría y luego catorce semanas, dos días y cinco horas a la espera del inevitable final que meses y aun años más tarde seguía resultando tan devastador como un choque de trenes. Cada cual se enfrenta a su manera a semejante prueba. Los hay que abrazan la fe; otros, la psicoterapia. La manera de Michael consistía en escabullirse de la asfixiante dependencia emocional de Barb para volcarse de lleno en el trabajo físico. Se sentía culpable por hacerlo, pero había tantas cosas que lo hacían sentir mal que, al cabo de unas semanas, ésa no era sino una más de su larga lista de faltas. Lo que necesitaba era trabajar como una bestia y sin pensar, y en el taller no había límites. Podía deslomarse hasta caer rendido, podía continuar dale que te pego hasta que le dolieran los brazos y la espalda amenazara con romperse en dos, y aun así seguir adelante, regodeándose en ese dolor, deseando sufrir de todas las maneras que sí alcanzaba a comprender. Era un dolor físico y viril, redentor en cierto sentido. Y después, cuando Jerry y él salían derrengados del taller, bien entrada la noche, y echaban el cierre a otro buen domingo, acostumbraban a dejarse caer por algún bar, la clase de local donde echaban algún partido por la tele, o bien, según su estado de ánimo, algún garito con iluminación tenue y jazz ambiental, el tipo de notas melancólicas que sólo se oyen en bares que dan a oscuros callejones o en locales sin licencia, de los que evocan el ambiente clandestino de una época en que el consumo de alcohol se regía por otras reglas. Una trompeta estridente, el lamento de un saxo que se abre paso hasta ese rincón situado más allá de las lágrimas donde la pena tiene cuatro muros sólidos, un techo y un suelo, allí donde el sonido puede crecer, desbordarse y rebotar.
Fue en uno de esos locales donde vio a Caitlin por primera vez. Por entonces ella era una cría de veintidós años y poseía una frescura que se había desvanecido hacía mucho de la vida de Michael. Ya estaba casada pero conservaba cierto aire juvenil, la levedad de quien todavía siente curiosidad por conocer los límites del mundo y una ternura irresistible. El estampado de flores amarillas y moradas de su vestido veraniego no pegaba demasiado con esa noche ventosa y otoñal, pero tenía el corte perfecto para lucirlo en un bar, pues la humilde tela de algodón se ceñía a sus caderas, cintura y senos de un modo que acentuaba la delicadeza de sus curvas y se adaptaba al contorno de su culo como dos manos ahuecadas, algo que Michael comprobó cuando ella cogió las copas de la barra y cruzó el local para volver al reservado donde su amiga Sally la esperaba jugueteando con un mechero de plástico verde. Caitlin había pedido un brisa marina y un mojito, y a juzgar por cómo sonrió cuando lo sorprendió repasándola desde la barra, aquélla no era la primera ronda de la noche. La cabeza un poco gacha, pero la mirada directa y descarada, haciéndose la tímida sólo por coquetería. Una hora después, más o menos, cuando ella volvió a la barra, Michael había despachado suficientes cervezas y chupitos como para apearse del taburete, acercarse como si tal cosa y preguntarle si podía invitarla a una copa. Aún hoy recuerda el tono plateado de esos ojos inmensos, como el agua del mar un día de calima. Su piel parecía resplandecer incluso en la penumbra del bar y se esforzaba por mantener los labios cerrados, tratando de no sonreír, hasta que algo le hizo bajar la guardia. Ninguno de los dos recuerda qué contestó a las insinuaciones de Michael, ni siquiera qué palabras mágicas pronunció él para que ella decidiese darle una oportunidad, pero la imagen del rostro de Caitlin tal como era esa noche, esa noche de domingo, permanece grabada a fuego en su mente. Cuando por fin ella habló, lo hizo con voz grave y sensual, y mientras Coltrane, Parker, Ornette Coleman o quienquiera que fuese se dejaba el alma y luego el espíritu en un lamento agudo que traspasaba el techo del bar, Michael no pudo evitar inclinarse hacia delante para captar lo que aquella mujer le ofrecía, para beber sus palabras y respirar el aire que exhalaba.
Cerca ya de la medianoche, cuando habían ganado la confianza necesaria y esperado lo bastante, se conformaron con un baile allí mismo, en medio del bar. En brazos el uno del otro, bailaban sin apenas moverse, o moviéndose como una telaraña mecida por un soplo de brisa nocturna, mientras las melodías se iban encadenando una tras otra. Michael notó el tacto caliente y húmedo de la sien de Caitlin contra su mejilla, inclinó la cabeza y le dijo en susurros cosas que nunca había compartido con nadie. Juntos se sentían completos. No es que saltaran chispas. Lo suyo fue nada más y nada menos que una fusión. Y poco después, cuando llegó el momento de separarse, Michael garabateó en un papel el número de teléfono del despacho y pidió a Caitlin que lo llamara al día siguiente, por la mañana, si podía. Ella no dijo nada; se limitó a leer el número con aire concentrado, dobló el papel en dos, volvió a doblarlo y lo guardó en el bolsillito del monedero. Se besaron una sola vez, un breve y casi somero roce de los labios, y luego ella asintió a modo de despedida, se desasió como si se le escurriera entre los dedos y corrió a reunirse con su amiga, que la esperaba al otro lado del bar. Él se quedó donde ella lo había dejado y la vio subir por la escalera adosada a la pared sin mirar atrás una sola vez, convencido de que no volvería a verla ni a saber nada de ella. En ese instante algo se revolvió en su interior y sintió un pánico atroz ante la perspectiva de verse obligado a pasar el resto de su vida lejos de esa mujer. Algo ridículo, teniendo en cuenta que acababan de conocerse, pero no por ello menos cierto.
—Hablemos de otra cosa —dice Caitlin ahora, en un susurro—. Por favor.
—¿Como qué?
—Lo que sea. Háblame del trabajo.
—¿Del trabajo?
Michael repite la palabra antes de comprender por qué lo dice. El trabajo es un tema seguro, como el tiempo o la política, o lo que quiera que esté pasando en el plano económico, terreno abonado para charlas intrascendentes y reconfortantes que nunca llegan a rozar ninguna fibra sensible. A partir de los cuarenta, la naturaleza del deseo cambia y se recrea más en la comodidad que en la búsqueda de emociones intensas.
Michael esboza una media sonrisa.
—El trabajo va bien. Las pilas de papeleo habituales, los clientes que intentan apretarte las clavijas cuando toca renovar un pedido, el despacho lleno a rebosar de cantamañanas, traidores y ladrones. Lo de siempre. Estos días contratamos a grandes delincuentes recién salidos de los reformatorios de la Ivy League, con su acento de flauta nasal y su afición a esnifar mil dólares de coca a la semana. Pero te restriegan el diploma del máster o doctorado de turno como si fuera la mayor garantía de paz en los tiempos que corren, y lo usan nada menos que como una patente de corso. Últimamente apenas transcurren diez minutos de mi jornada laboral sin que me plantee mandarlo todo al carajo y largarme mientras aún me quedan fuerzas.
—Pero no lo haces.
Michael vuelve a mirarla, niega con la cabeza.
—No, supongo que no. Los hay que se levantan un buen día y se lían la manta a la cabeza, y algunos hasta se largan a la otra punta del mundo, como Gauguin, Brando o el Marco Polo de los huevos. Pero eso sólo se lo puede plantear un hombre joven. Cuando eres joven y el horizonte se extiende ante tus ojos, corres riesgos que más adelante se vuelven inasumibles. El tiempo nos vuelve temerosos. A lo mejor lo que pasa es que vamos cogiendo lastre por el camino. Yo tengo sueños, como todo el mundo, pero cuando era un chaval creía que un hombre de cuarenta años era un vejestorio. Ahora voy camino de los cincuenta y noto cómo los años se me han echado encima de golpe. La verdad es que no soy un hombre valiente. Estúpido quizá, pero no valiente.
Caitlin se libera de su abrazo y se coloca a su izquierda. Con la espalda apoyada contra las casetas que los protegen, ambos tienden la vista hacia el mar. La línea del horizonte se ha difuminado y no hay nada, aparte de la vaga lógica de la sugestión, que permita distinguir el agua del cielo. A lo lejos, todo parece soluble.
Toma la mano de Michael, la estrecha entre las suyas y recorre delicadamente sus nudillos con las yemas de los dedos. Los huesos del dorso de la mano de Michael se abren como un abanico a ras de la superficie y las venas asoman, sarmentosas y azuladas, a través de la piel opaca. Es la mano de un hombre mayor cuyas fuerzas empiezan a menguar. Mechones de vello asoman por el puño de la manga, desmadejados y rebeldes, oscuros como tinta derramada. En respuesta a algún cambio sutil en las caricias de Caitlin, él abre y separa los dedos de la mano para atraer la de ella, apremiante. Se quedan así un rato, limitándose a contemplar el mar cogidos de la mano. Ella sonríe para sus adentros, él lo intuye de algún modo, y entonces se acercan y vuelven a besarse. Este beso cuenta más que el primero. Dura cinco o diez segundos, un instante de calidez que la oscuridad de los párpados cerrados transforma en otra cosa. Caitlin entreabre los labios y, tras una mínima vacilación que espolea su deseo, nota la delicada caricia de la lengua de Michael.
—Vámonos a la cama —le dice, atrayéndola de nuevo.
Se pregunta si ella alcanza a notar su excitación bajo tantas capas de ropa. La besa en las mejillas, despacio, y en los ojos cuando ella los cierra. Caitlin tiene la piel helada por el azote del viento, pero suspira con lo que parece satisfacción, y hasta cierto punto él comparte ese sentimiento. Allí fuera, a resguardo de la tormenta, casi se puede creer que el mundo existe única y exclusivamente para ellos, y que nada tiene la menor importancia más allá de su felicidad.
—No sabes pensar en otra cosa —le dice ella—, ¿te das cuenta?
—Pues sí —concede él—, pero no me va mal del todo.
—Te lo tienes bastante creído.
—Motivos no me faltan.
—Cuánta humildad.
—Ya lo creo. Pero sabes que lo digo pensando en ti, cariño. No está el tiempo como para andar paseando. Me limito a sugerir una forma de conseguir que nuestros viejos huesos entren en calor.
—Lo de viejos lo dirás por ti.
La mano que reposa sobre la parte inferior de la espalda de Caitlin se desliza unos centímetros más hacia abajo y allí se planta.
—Ya sabes lo que dicen —repone él—. El buen vino mejora con los años.
—Y tú te consideras un gran reserva, ¿no?
—Bueno, hasta ahora no he tenido quejas.
Caitlin ladea la cabeza, fingiendo que duda, aunque por supuesto no hay nada que decidir. Él la observa, divertido, y siente que vuelve a enamorarse de ella como el primer día. Su expresión es la de una mujer joven, completamente inocente. Caitlin se lleva un dedo a la comisura de la boca con gesto pensativo, entorna un poco los ojos, y en ese instante él comprende que el tiempo no significa nada, que la edad no significa nada.
—A la cama.
—A la cama.
La risa de ella brota, súbita y recatada, un gorjeo alegre que estalla como una llamarada y se desvanece en el acto, pero cuya forma permanece en los labios, que dejan entrever los dientes y la punta de la lengua. Así son ellos. En aquel bar, tantos años atrás, con el lamento del jazz rezumando por los altavoces, habían bailado de un modo parecido, no peor pero tampoco mejor que ahora. Ahí fuera, el aire que los envuelve les proporciona suficiente movimiento, y no necesitan más jazz que el silbido del viento enredado en la barandilla del embarcadero.
—Primero acabemos nuestro paseo —dice ella apartándose de él pero sin soltarle la mano—. Y luego ya veremos.
Todos los chiringuitos y las casetas de feria están cerrados, pero la triste realidad es que, incluso en temporada alta, ya sólo funcionan a medio gas. Y eso en el mejor de los casos. Porque Coney Island parece condenada al olvido. La decadencia se ha adueñado de todo. Y, sin embargo, en un día como ése todavía apetece estar allí, en ese lugar tan hecho a las cosas rotas que se ha convertido en su refugio. Es verdad que ha visto días mejores, pero conserva un aura romántica, y además conformarse es cuestión de voluntad. Les gusta porque está lo bastante apartado de donde se supone que deberían estar. Allí, lejos de la vasta claustrofobia de Manhattan, aún es posible aspirar a un trozo de cielo.
E incluso en tardes tan desoladas como ésta, tan desgarradas por el viento que sopla embarrado con la amenaza de nieve, los recuerdos del paseo marítimo en su época de máximo esplendor parecen
