Introducción
Cuando escribimos una novela histórica describimos parte de un mundo que ya no existe, que poco a poco ha desaparecido para dejar lugar a otra cosa. Algún día nosotros también seremos historia, sacudidos por el impetuoso viento del tiempo. Las imágenes grabadas en nuestras pupilas, la suma de emociones y las experiencias que todos representamos desaparecerán para siempre. Esa futilidad de la vida nos convierte en gigantes y al mismo tiempo en pigmeos, como si la única forma de seguir existiendo consistiera en encaramarnos a la generación que nos sucederá y susurrarles algunas frases al oído. En el fondo eso es la literatura: el susurro de gente que ya no está. Pero ¿por qué es tan importante y necesario que los libros nos sigan bisbiseando?
Lucien Lazare, un resistente y escritor judío de origen francés, en su magistral libro Le Livre des Justes nos narra cómo la salvación de un bebé en las orillas del río cambió el curso de la historia. El faraón había ordenado el exterminio de todos los hebreos, y una de las pobres madres, que no quería ver morir a su hijo, decidió meterlo en una cesta y depositarla sobre las peligrosas aguas del Nilo. Su destino parecía inevitable, pero aquel día había salido a bañarse la hija del faraón, uno de los mayores genocidas de niños de la historia; la mujer salvó al niño y con aquella hazaña anónima permitió que el futuro legislador y libertador Moisés lograra vivir.
La memoria de la mayoría de los llamados «justos», de los hombres y mujeres no judíos que arriesgaron su vida para salvar a sus vecinos, amigos, compañeros de trabajo o simplemente desconocidos, ha desaparecido en el inevitable fluir del tiempo. Héroes anónimos cuyo único propósito era hacer el bien y actuar según su conciencia. De los algo más de mil «justos» reconocidos por la comunidad internacional en Francia, se calcula que representan como mucho el diez por ciento de todos los que hicieron algo por su prójimo y lo salvaron de una muerte segura. Gracias a estos «justos desconocidos», la mitad de los judíos que había en Francia tras la ocupación no fallecieron. La mayoría de ellos eran niños.
Las vidas perdidas es la historia de un acto heroico sin precedentes en la Europa ocupada por los nazis. Un grupo de instituciones y personas de diferentes ideologías y creencias se unieron para acometer la mayor operación de rescate organizada durante la guerra. El cardenal Gerlier, Charles Lederman, monseñor Salège, el médico Joseph Weill, el pastor protestante Boegner, el padre Chaillet, las trabajadoras sociales Elisabeth Hirsch y Hélène Lévy y Maribel Semprún, entre otros, salvaron a ciento ocho niños del campo de concentración de Vénissieux, a las afueras de Lyon. Esta novela cuenta su experiencia, pero también la de la historiadora francesa Valérie Portheret, que a sus veintitrés años emprendió una emocionante investigación sobre el rescate de los niños de Vénissieux, y la búsqueda, durante más de veinticinco años, de esos niños perdidos, tras descubrir una caja con las fichas de los pequeños y tomar la decisión de devolverles la identidad.
Descubrí la historia de Valérie Portheret cuando investigaba para mi anterior novela La casa de los niños, en un artículo de Le Monde. Desde el primer momento, al igual que Valérie dedicó veinticinco años de su vida en recorrer Europa, Israel y América para restituir la identidad de esos niños, sentí la necesidad de mantener viva esa cadena que es la memoria y que si se rompe nos dejará a todos sin nombre.
En el verano de 2022, mientras paseaba por las calles de Lyon y me acercaba al Centro de Historia de la Resistencia y la Deportación, abierto en la École du service de Santé des armées de Lyon-Bron, antigua sede de la Gestapo y donde el famoso oficial de las SS Klaus Barbie torturó a cientos de personas, me imaginé el miedo y la desesperanza de todos los que lucharon por la libertad en aquellas horas oscuras.
En la cuesta de los Carmelitas, donde ocultaron a los niños, me paré ante la fachada imponente del convento, el mismo lugar en el que los gendarmes franceses esperaban agazapados para asaltar el edificio y capturar a ciento ocho niños inocentes, e intenté visualizar cómo el horror había sido en otro tiempo el amo y señor de esta ciudad de aspecto decadente. Después visité el sitio en el que hace unos años se colocó la placa del campo de Vénissieux, el único vestigio que queda de aquel campo de concentración francés. El tiempo parecía haber borrado las huellas de tanto dolor, todavía hoy, si te concentras un poco, se pueden oír los lloros ahogados de las madres que debían separarse de sus hijos para siempre, los gritos de los niños que con sus manos extendidas veían a sus familias alejarse en la más oscura de las noches del alma. Sirva este libro como homenaje a todos ellos.
Madrid, 15 de septiembre de 2022
Prólogo
Alba-la-Romaine, 10 de abril de 1942
Rachel llevaba colgado a la espalda el violín; la funda se encontraba desgastada y la piel negra comenzaba a ajarse como las manos de su abuela, a la que no veía desde que tenía poco más de tres años. El instrumento la había acompañado en su largo viaje desde Polonia, Alemania, Bélgica y, más tarde, París. Su casa en Charleroi parecía tan lejana como aquella mañana en la que un oficial belga llamó a su puerta y le dijo a su padre que era mejor que escaparan y lo dejaran todo atrás, antes de que comenzaran las detenciones y deportaciones de judíos a Alemania. Aquel mismo día, Zelman tomó a su exmujer Chaja, a su nueva esposa Fany y a la niña para huir de allí. Lograron subir en el último camión que salía hacia la frontera en dirección a Francia. Después de un largo y tortuoso camino llegaron a París, y aquella ciudad tan hermosa y hostil al mismo tiempo, donde uno se sentía tan insignificante y pequeño, se convirtió en su hogar.
Su padre encontró una pequeña buhardilla y sobrevivieron con su trabajo de peluquero hasta que dieron por perdida la guerra. Escaparon por las abarrotadas carreteras que llevaban hasta el sur, como cientos de miles de franceses; la mayoría de aquellos refugiados se dirigía a Burdeos, pero su familia cambió de rumbo hacia Valence y desde allí llegó a la pequeña y provinciana Alba-la-Romaine. La villa había sido fundada por los romanos y aún presumía del imponente puente sobre el río Escoutay y su teatro romano, uno de los mejor conservados en Francia. Rachel amaba la soledad de las ruinas romanas a las afueras de la ciudad, en especial el teatro, un lugar que había visto tantas alegrías y tristezas a lo largo de los siglos.
Aquella mañana la niña se sentía especialmente triste: unos gendarmes habían ido a primera hora de la mañana a por su padre. Las cosas se habían torcido con rapidez en los últimos meses. Primero le habían impedido atender a clientes no judíos y desde entonces Zelman se pasaba los días llamando a las puertas de los vecinos para ver si alguien quería un corte de pelo. Después le prohibieron salir de la localidad y, por último, se lo habían llevado a la fuerza con el fin de que trabajara para los nazis. Aquel invierno había sido muy duro para la familia; sin dinero para comprar leña o carbón, se pasaban el tiempo metidos en la cama, cubiertos con varias mantas, combatiendo así el frío.
El rostro de su padre mientras se lo llevaban no podía mostrar más desolación: los ojos hundidos por el miedo, la cara cubierta por aquella barba negra donde las canas poco a poco habían endulzado su rostro, las arrugas que en los últimos años le habían cubierto la frente y empequeñecido los ojos negros y expresivos. Aún resonaban en su mente sus últimas palabras:
«No pierdas el violín y sigue tocando. Cada vez que lo hagas sentirás que yo estoy cerca».
Rachel se sentía muy sola. Las compañeras de clase ya no le hablaban, ni siquiera Ana, su amiga del alma, con la que había soñado tantas veces convertirse en una famosa concertista.
La niña sacó el violín, que aún le quedaba algo grande a pesar de haber cumplido los ocho años, lo apoyó en su barbilla, se puso de pie en las gradas del teatro, donde hacía centenares de años se habían representado obras y escuchado el sonido apacible de las arpas y el estruendoso retumbar de los tambores. Después cerró los ojos y dejó que la música la transportase a otro lugar, en el que nadie pudiese hacerle daño, como si aquellas notas arrojadas al viento pudieran convertirse en una oración, un ruego por su padre, por todos los padres que habían tenido que dejar a sus familias, con el deseo de que regresaran pronto a casa.
Mientras la música robaba al canto de los pájaros su magia, los párpados cerrados de Rachel no pudieron impedir que las lágrimas los rebosasen. Su madre le dijo una vez que los que un día sembraron el mundo con sus lágrimas las segarán con júbilo y regresarán con gritos de alegría. Que hay un dolor que produce gozo, que nos convierte en seres más fuertes y capaces de ponernos en el lugar de los que sufren. Pero ella en aquel momento lo único que sentía era una tristeza infinita y un profundo temor.
PRIMERA PARTE
Un pequeño infierno
1
Tesis
Lyon, 20 de septiembre de 1992
Habían pasado cinco años del sonado juicio de Klaus Barbie, al que muchos conocían como el «carnicero de Lyon», y Francia quería olvidar. El mundo se transformaba rápidamente, el telón de acero había caído unos años antes y la vieja prisión en la que el oficial nazi había cumplido condena ahora descansaba de su molesto invitado. Barbie había muerto un año antes y muchos viejos colaboracionistas respiraron tranquilos: el pasado regresaba de nuevo al lugar del que jamás debía haber salido, el olvido.
Valérie se dirigió a la Universidad de Jean Moulin Lyon III, la imponente fachada estaba ensombrecida por el hollín que cubría sus formas monumentales. La Facultad de Derecho ostentaba el nombre de uno de los héroes de la Resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial, pero todo el mundo sabía que era un bastión de la extrema derecha y el antisemitismo. La joven estudiante tenía la intención de investigar sobre las deportaciones de judíos de la ciudad. Aún guardaba en la memoria las sesiones televisadas del juicio de Barbie y sentía que debía hacer algo por recuperar la memoria de los judíos lioneses expulsados a Alemania.
Había quedado en el edificio con Jean-Dominique Durand, profesor de Historia contemporánea en la universidad y un decidido defensor de la recuperación de la memoria histórica de los judíos franceses.
Valérie saludó al profesor y se sentó a la mesa de la cafetería de la facultad.
—Muchas gracias por recibirme, profesor. Estoy muy interesada en el estudio de los judíos en Francia, pero no encuentro a nadie que quiera ayudarme con la tesis.
Jean-Dominique miró a un lado y al otro, nunca se sabía quién podía estar escuchando. La extrema derecha crecía cada vez más y aquella facultad era un verdadero nido de fascistas.
—Intentaré apoyarla en todo lo que necesite.
La joven se encogió de hombros y sonrió. Su rostro era bello, los ojos negros reflejaban una energía especial y su cuerpo delgado apenas se intuía a través de la ropa holgada que llevaba.
—¿Por dónde puedo empezar?
—El tema es muy amplio. Primero debería concretar un poco.
La estudiante se quedó pensativa. Al principio le había atraído investigar sobre la figura de Klaus Barbie y su papel en la deportación de los judíos de Lyon, pero ahora, tras algunas semanas leyendo sobre el tema, cada vez se inclinaba más por investigar cómo habían sufrido los niños judíos a causa de las deportaciones.
—Los niños —se atrevió a musitar.
El profesor frunció el ceño, como si no la entendiese.
—¿Qué niños?
—Los niños judíos, ellos son los que realmente me interesan. No entiendo cómo cualquier régimen es capaz de plantearse el exterminio de niños inocentes.
El profesor se encogió de hombros.
—La barbarie es el estado más primitivo del ser humano. Hegel y otros filósofos creían que la humanidad se dirigía a una época de bienestar y que el progreso era imparable. Marx y Darwin también se unieron a esta visión positiva del progreso, pero tras dos guerras mundiales, varias pandemias y crisis económicas, hoy no podemos decir que la humanidad avance decidida hacia ningún progreso. La narrativa que nació en la Ilustración ya no se sostiene, y el comunismo soviético y el nazismo son la mejor prueba de ello.
—Lo tengo claro: me gustaría investigar qué sucedió con los niños de Lyon.
—Entonces le recomendaría que comenzara por Le Centre de Documentation sur la Déportation des Enfants juifs de Lyon. El archivo se creó en mil novecientos ochenta y siete, durante el juicio a Klaus Barbie, para recopilar todos los datos posibles sobre los niños deportados de Lyon entre los años mil novecientos cuarenta y dos y mil novecientos cuarenta y cuatro.
Valérie apuntó el nombre del centro. No era mucho para comenzar, pero intentaría recabar más información en la asociación. Sabía que el camino no sería sencillo; muchos querían olvidar una de las épocas más ignominiosas de la historia de Francia, pero ella estaba dispuesta a sacrificarlo todo para que la memoria de esos niños no quedara en el olvido.
2
Una mañana perfecta
Vichy, 2 de julio de 1942
Louis Darquier de Pellepoix dio un puñetazo sobre la mesa; su frente amplia se arrugó y sus ojos fríos se encendieron unos instantes. A sus cuarenta y cinco años, aquel furibundo antisemita había sido nombrado director de la Oficina de Asuntos Judíos y estaba impaciente por echar a todos los judíos de Francia. Pierre Laval, que acababa de recuperar su cargo como primer ministro, no estaba tan seguro de que fuera buena idea entregar los judíos franceses a los alemanes.
—Debemos contar con el apoyo de la Iglesia. Varios obispos se han mostrado contrarios a la deportación de los judíos, también algunos pastores protestantes, y el mariscal Pétain no quiere desagradar al cardenal Gerlier: son amigos de toda la vida.
Darquier empezó a maldecir, dejando que perdigones de saliva mancharan las órdenes que tenía encima de la mesa. Estaba tan furioso que el resto del gabinete lo miraba con cierto temor.
—Pues que expulsen primero a los que no son franceses. Esa escoria judía lleva desde mil novecientos treinta y tres disfrutando del estatuto de refugiados en nuestro país. Si los judíos franceses, con sus literatos libertinos y pintores decadentes, ya habían destruido la cultura centenaria de nuestra amada nación, esos extranjeros degenerados han acelerado el proceso de descomposición de la sociedad.
—También debemos contar con la policía. Puede que algunos gendarmes aleguen objeción de conciencia.
Pierre Laval, cuyo aspecto se asemejaba más a un argelino o siciliano que a un ario, se mesó el bigote mientras los miembros de su gabinete dirimían cuál era la mejor forma de actuar con los judíos de Francia. Sabía que tenía que andar con pies de plomo: ya había perdido en una ocasión la confianza de Pétain y solo la presión de los nazis le había permitido recuperar su puesto. Aquellos dos años de políticas erráticas y mojigaterías habían permitido que los curas criticaran al Gobierno; aunque él era oficialmente católico, lo único que conservaba de su etapa en la Sección Francesa de la Internacional Obrera eran sus ideas ateas y anticlericales. Por supuesto, se reservaba dichas opiniones: el mariscal era un beato y creía que todas las soluciones de Francia pasaban por la cristianización del país.
—Hay que ponerse en marcha, antes de que termine el mes debemos enviar una partida de judíos a Alemania, pero por ahora no toquemos a los que sean franceses. Debemos actuar con astucia: si los alemanes ven que no podemos controlar la Francia Libre no dudarán en ocupar el resto del país.
Laval dio por zanjada la conversación y todos los ministros abandonaron la sala menos Darquier, que se acercó a él con los puños apretados.
—Los nazis se van a enfadar, quieren terminar con el problema judío lo antes posible.
—No se preocupe, Darquier. Todo a su debido tiempo; si perseguimos a todas las ratas, se esconderán y será mucho más difícil exterminarlas. Todo a su debido tiempo...
El primer ministro salió a los hermosos jardines de Vichy. El calor comenzaba a golpear con fuerza aquella mañana, pero al lado de las fuentes y bajo los árboles centenarios, se respiraba frescura y vida. Se secó la frente con un pañuelo blanco y se aflojó un poco el cuello de la camisa. Su pueblo, Châteldon, donde su padre tenía unos modestos cafetales, viñedos y algunos caballos, no se encontraba muy lejos de Vichy. Pierre se sentía en aquella tierra como un pequeño señor feudal; a veces creía que el destino le había colocado en una época que no le correspondía. Se dirigió a su residencia, donde su querida esposa Jeanne le esperaba para tomar café. Un dulce día más para disfrutar de la vida y mirar al futuro con optimismo, se dijo mientras caminaba bajo las sombras de los imponentes árboles y trataba de olvidar los trasuntos de la política y la pesada carga de su puesto. Sin duda, era muy difícil salvar a Francia, pero él estaba dispuesto a sacrificarse por su amado país.
3
La sombra de la muerte
Alba-la-Romaine, 26 de agosto de 1942
El día anterior había sido un día feliz, algo que no solía sucederle a menudo. Había podido ver a su padre por unos instantes y charlar con él. Rachel echaba mucho de menos a Zelman, que seguía encerrado; llevaba meses condenado a realizar trabajos forzados, aunque su único delito era ser judío y extranjero. Chaja, su madre, había desaparecido unas semanas después de que encerrasen a su padre y ahora ella vivía sola con Fany. Cada vez les costaba más subsistir: su madrastra hacía algunos pequeños trabajos, pero apenas podían comer una vez al día.
Rachel recordaba las últimas palabras de su padre antes de que regresaran a casa: «No volváis al pueblo, se está preparando una redada y esta vez no se conformarán con los hombres». Fany le había contestado que era imposible que los gendarmes franceses capturasen a mujeres y niños inocentes.
Oyeron los golpes en la puerta, eran poco más de las cinco de la mañana y las dos estaban profundamente dormidas. Fany miró a su hijastra y percibió el brillo de los ojos de la niña en medio de la oscuridad. Desde que habían capturado a su padre, dormían en la misma cama.
—Tranquila, tiene que tratarse de un error —dijo para tranquilizar a la pequeña. Se puso la bata y se dirigió descalza hacia la puerta.
—¿Quién es?
—¡Policía! ¡Abra de inmediato!
La voz ronca y fuerte le hizo terminar de despertarse.
—Espere un momento.
—¡Abra de inmediato o tiraremos la puerta abajo!
El corazón de Fany se aceleró, se quedó bloqueada unos instantes, pero al final abrió la puerta. Dos gendarmes la observaron desde el rellano, llevaban la porra en la mano y un papel que le pusieron delante de los ojos.
—¡Usted y todos los miembros de la casa tienen que acompañarnos ahora mismo!
—No hemos hecho nada malo.
El gendarme más mayor miró al pasillo totalmente a oscuras y, como si por un instante pareciera compadecerse de la mujer, le dijo:
—Tome sus cosas, la esperaremos. Ya le explicarán todo en el destino. Es un asunto burocrático.
Las palabras del policía lograron calmarla un poco. Se dirigió a la habitación. Rachel estaba sentada en la cama y se frotaba los ojos, como si no se creyera lo que estaba sucediendo.
—Tenemos que acompañar a los gendarmes.
—¿A dónde?
—No lo sé, pero ya nos informarán cuando lleguemos.
Rachel temblaba de miedo, pero Fany la abrazó y por unos segundos sintió que se tranquilizaba un poco. Después guardaron algo de ropa y comida en una maleta y se dirigieron a la entrada. Estaban despeinadas, con los botones de la chaqueta mal abrochados y unas ojeras profundas que reflejaban su angustia.
Cuando llegaron a la calle, en penumbra y completamente vacía, sintieron el frío de la madrugada a pesar de que estuvieran a finales de agosto. Les hicieron caminar hasta un autobús. El conductor frunció el ceño al verlas entrar.
—Siéntense donde quieran —comentó el gendarme.
Los dos policías se acomodaron en la parte delantera.
Fany y Rachel caminaron por el pasillo, apenas había unos pocos asientos ocupados. La gente agachaba la cabeza al verlas pasar, como si se avergonzasen de formar parte de aquel convoy macabro. Se sentaron en una de las últimas filas después de colocar la maleta sobre el asiento.
—Tengo miedo —susurró la niña.
—Todo va a salir bien —contestó Fany sin mucho convencimiento; temía que las encerrasen en algún campo como habían hecho con su marido y las enviaran a Alemania.
Rachel se acurrucó en el regazo de la mujer e intentó descansar un poco, aún era de noche y las únicas luces que se proyectaban en el interior eran las de las farolas de la calle.
Salieron del pueblo, el ruido del motor terminó por relajar a las dos mujeres, que cayeron en un profundo sueño. Cuando el vehículo paró en el pueblo vecino y los gendarmes descendieron, todos se despertaron de nuevo.
Un chico que estaba cerca del conductor tiró de la palanca de apertura de la puerta y salió corriendo. Los gendarmes, que apenas se habían alejado unos metros del autobús, se dieron la vuelta y comenzaron a perseguirlo. Rachel miró con angustia al chico que corría hacia el bosque, pero el gendarme más joven logró darle alcance y, tras golpearle varias veces en la cara, lo llevó de vuelta.
El conductor abrió la puerta y el gendarme empujó al muchacho.
—¡Controle esa maldita puerta o acabará en el mismo campo que estos judíos!
La amenaza pareció surtir efecto. El hombre se puso de pie y se quedó enfrente de la puerta para impedir el paso.
El muchacho caminó con dificultad hasta su asiento y se derrumbó en él. Rachel cruzó una mirada con el chico: tenía varios golpes en la cara y le sangraba una ceja.
Los gendarmes regresaron con cinco personas y las hicieron entrar en el autobús. Repitieron la misma operación cinco veces, hasta que el vehículo estuvo lleno, pero aún les quedaba un largo viaje hasta Lyon.
4
Alexandre Glasberg
Lyon, 26 de agosto de 1942
El padre Alexandre Glasberg había recibido la visita de Gilbert Lesage veinte días antes para advertirle de lo que el Gobierno de Vichy estaba a punto de consentir. Gilbert era el jefe del Servicio Social para Extranjeros, pero también uno de los protestantes más conocidos de la ciudad. En los años treinta había viajado con los cuáqueros a Alemania para ayudar a niños judíos que sufrían en sus carnes las discriminaciones de las famosas Leyes de Núremberg, por lo que su espíritu combativo contra los nazis había nacido antes de que estos ocuparan el país. Había estudiado Arquitectura de joven, pero optó por dedicar su vida a los más desfavorecidos. Era un pacifista convencido, a quien le horrorizaba lo que estaba sucediendo por toda Europa y estaba decidido a no quedarse de brazos cruzados.
Gilbert había acudido a la vicaría para solicitar la ayuda del sacerdote, pues sabía que este era de origen judío, un emigrante ucraniano que había sufrido en sus carnes las persecuciones de los soviéticos en su país.
Alexandre y Gilbert habían puesto en alerta a un grupo de personas destacadas de la ciudad que se oponían a la ocupación alemana y al colaboracionismo de Vichy, sobre todo desde el regreso del primer ministro Laval al Gobierno.
Aquella mañana, conscientes de que en unas horas miles de judíos serían apresados en todo el departamento, Alexandre Glasberg tenía una reunión urgente con Gilbert y otros simpatizantes de la causa. Los dos hombres sabían que Alexandre Angeli, el prefecto de la región, estaba dispuesto a contentar al secretario general de la policía, René Bousquet, aunque eso supusiera la detención ilegal de miles de personas.
Gilbert llamó a la puerta del número 17 de la rue de Marselle, donde Alexandre tenía su oficina, y subió hasta su despacho. El sacerdote le esperaba sin disimular su nerviosismo.
—Ya han empezado las redadas —le adelantó Gilbert, quien había visto las órdenes con sus propios ojos.
—Es el primero en llegar, pero en cuanto estemos todos veremos qué podemos hacer —dijo el sacerdote.
—No quiero ser pesimista, pero cuando en julio se obligó a trece mil judíos adultos a ingresar en las partidas de trabajo, nadie movió un dedo.
Alexandre Glasberg conocía muy bien lo sucedido: había pedido a varios obispos que se opusieran a la medida, pero ninguno lo había hecho, al menos públicamente. Aquellos pobres diablos eran extranjeros y judíos, gente prescindible que no interesaba a la Iglesia católica, que en esos momentos estaba más preocupada por recuperar sus privilegios tras la llegada del mariscal Pétain al poder.
—Ahora se trata de niños, mujeres y ancianos. No podrán mirar hacia otro lado —dijo el sacerdote a sabiendas de que no siempre se cumplía la lógica humana, sobre todo cuando oponerse al invasor podía suponer la detención o, peor, la muerte.
Oyeron la puerta y vieron entrar a Pierre Chaillet, un jesuita que se había mostrado muy activo en la defensa de los niños. Chaillet se había unido a otros hermanos para combatir al invasor, tenía colaboradores como el padre Lubac y el padre Bockel. Era profesor de Teología en la Universidad de Lyon, lo que le permitía mantener numerosos contactos con alumnos y profesores. Dirigía una revista que fomentaba el enfrentamiento y la resistencia contra los nazis. De hecho, aquel mismo año había fundado Amistad Cristiana, una asociación en la que participaban protestantes, católicos y judíos proporcionando ayuda a niños refugiados.
—Siento la tardanza, pero hay muchos controles en las calles, se huele en el ambiente que los gendarmes están actuando contra los judíos.
—No se preocupe —contestó el padre Glasberg.
—El alcalde y el pastor Boegner no vendrán, pero están de nuestro lado.
—El cardenal Gerlier también nos apoya y todos saben lo amigo que es del mariscal Pétain.
Llegaron a la oficina Marcelle Trillat y Denise Grunwald, responsables del Servicio Social de Extranjería. Un minuto más tarde entraron los últimos componentes de la reunión, el matrimonio Garel.
—Ya estamos todos —comentó Glasberg.
—Esta es la tercera reunión que tenemos y ya no podemos postergarlo mucho más. Sabemos que hoy llegarán la mayoría de los extranjeros judíos al campo de Vénissieux —empezó Gilbert, que no soportaba la actitud burocrática de algunos miembros de aquel comité de urgencia.
—Hemos comprobado que según la ley hay una lista de exenciones. No se puede deportar a ancianos, enfermos, mujeres embarazadas y menores no acompañados. Tampoco a héroes de guerra que hayan luchado en el ejército francés. Necesitaremos obtener el mayor número de informes y documentos en un tiempo récord. No creo que los nazis tarden mucho en llevarse a todos los judíos —dijo Marcelle.
—Lo primero que necesitamos es que una parte del equipo vaya al campo de Vénissieux, hay que conseguir el registro completo de los prisioneros; después intentaremos trabajar de forma coordinada con los archivos y las embajadas. Tenemos que salvar al mayor número de personas posible —añadió Pierre.
—No será fácil, el prefecto y el jefe de la policía harán todo lo posible por completar sus cuotas de refugiados. A veces tengo la sensación de que esa gente no tiene alma —dijo Denise.
—Será mejor que cada uno ocupe su puesto, cada minuto cuenta —comentó el padre Glasberg poniéndose de pie—. ¡Que Dios nos ayude!
5
La llegada
Campo de Vénissieux, 26 de agosto de 1942
Las horas se hicieron interminables, la sed comenzaba a hacer estragos entre los refugiados. El autobús se encontraba atestado, el calor asfixiante había deshidratado a un par de bebés y hecho perder el conocimiento a varios ancianos. Algunas mujeres se esforzaban en abanicar a los más déb
