Un espectro de belleza

Diego Tosar

Fragmento

Era muy poca, o casi nula, la información que tenía al respecto cuando a los 18 meses de nacido Joaquín, mi hijo menor, llegó a nosotros una sospecha de que algo en su comportamiento era distinto a cómo lo esperaba. A esa altura Guadalupe, su hermana mayor, tenía 5 años y un desarrollo intelectual que era aplaudido por familia, amigos y también en la escuela. Ella se había anticipado al momento esperado para decir sus primeras palabras, para dar sus primeros pasos y dibujar la primera figura humana. Joaco en cambio se comportaba de manera no esperada y no alcanzaba los “logros” pautados para los estándares de su edad, evitaba el contacto visual, giraba sobre su eje y caminaba en puntitas de pie. Demoró un tiempo más en llegar esa palabra que cambiaría la vida de todo su entorno: “Autismo”.

Con el tiempo entendí que la realidad del autismo estaba muy alejada de los preconceptos e ideas primarias que tenía y sentí la necesidad de comprender qué le estaba pasando a mi hijo. Fue así que comencé a interesarme por algunos textos y esos me condujeron a otros, para que el tema de a poco se fuera convirtiendo en una de mis pasiones. Encontré en el autismo un mundo de investigación y a medida que iba transitando el duelo1, comencé a hacerme algunas preguntas, entre ellas:

¿Viven mis dos hijos de igual manera el entorno que los rodea?

¿Cuánto influye en el comportamiento de un

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