¿Y si nos conocemos?

Anna Vibes

Fragmento

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Prólogo

Hugo

No podía creer que se marchase. No únicamente por dejarme solo en medio de la calle sin parar de gritar una y otra vez su nombre y cuánto la amaba, sino también por irse de Madrid, mientras dejaba atrás a todas las personas que se preocupaban por ella. Al principio fue jodido, no podía pensar en otra cosa que no fuera ir a buscarla y rogarle para que se quedase conmigo. Pero poco a poco fui aceptando que no volvería. Me acostumbré a llorar en silencio por las noches, a no comer por el dolor que me causaba su ausencia, a escribirle miles de mensajes que nunca le envié. Iba a trabajar al pub como si no pasara nada. Como un robot. Pero su recuerdo me hacía sufrir, su imagen reaparecía en mis pensamientos. Las palabras «no creeré más en el amor» se clavaban en mi corazón como una puñalada. Me di cuenta de que nuestro intenso cariño no fue nada más que una simple ilusión. Una de tantas que tuve... En aquel momento me juré a mí mismo que jamás volvería a enamorarme, solo ella tendría las llaves de mi corazón. Porque los temas del corazón eran así de incomprensibles y dolorosos. Porque ella fue especial, no porque fuese mejor que el resto, sino porque ninguna otra era ella.

Mía

Se trataba de mi nuevo comienzo. Tomé una decisión. Era el momento de cambiar de aires y dejar atrás mis malas acciones. Me fui a vivir a Londres, aunque eso significase abandonar todo lo demás. Enseguida descubrí que la distancia no es un impedimento para estar con las personas que amas. Estábamos un poco más desconectados que en el pasado, pero eso no me quitaba el sueño. Quería olvidar los problemas para poder concentrarme en mi trabajo y en la nueva oportunidad que me habían ofrecido. Por fin, mi vida se estabilizaba y podía dedicarme a mí misma.

Porque, a veces, perderse era la mejor manera de encontrarse a uno mismo. Porque, cuando una persona no sabe qué camino escoger y siente que se ha olvidado de ella misma, de sus principios y de su esencia, esta es la mejor manera de recuperarse. Porque, me tomó un tiempo darme cuenta de que, a veces, no necesitas saber a dónde vas; solo tienes que confiar en ti misma y avanzar despacio. Porque aprendí que, a veces, simplemente, era cuestión de dejarse llevar por la corriente, abandonar el pasado, aceptar que cometí errores y centrarme en el futuro. Porque era lo que necesitaba, llegar a un punto en el que poder elegir de nuevo y sin equivocaciones.

Mis días eran muy ocupados y mis noches libres las dedicaba a ver películas y series y a leer libros. Parecía una vida aburrida y sin objetivos, pero a mí me encantaba. Los fines de semana me perdía en la ciudad conociendo nuevos lugares mientras experimentaba distintas sensaciones. Mi intención era volver a Madrid en unos meses, pero la verdad es que no tenía prisa por regresar. Porque ahora quería más que nunca regresar y mostrar a todos que había cambiado. Sobre todo, a él. Porque solo entonces nuestro amor merecería una segunda oportunidad.

Existía una razón por la que todo sucedía. Una razón por la que el destino me trajo hasta ese momento.

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Capítulo 1

MÍA

Sabía que mi trabajo no era el más querido por la sociedad.

¿Que cómo llegué a esta conclusión? Muy sencillo, podía basarme en mi experiencia.

Era teleoperadora desde hacía tres años y había comprobado que una de cada cinco llamadas terminaba con algún grito o algún insulto en mi contra.

Era consciente de que alguna vez había despertado a alguien de la siesta o había insistido más de la cuenta. Pero creo que las personas deberían ponerse en mi lugar. Sabía que se debía a falta de conocimiento, pues ellas desconocían nuestro día a día. Estaba casi segura de que, si lo hicieran, seguramente serían más amables y comprensibles con nosotros.

—¡Hola, Mía! ¡Buenos días! —me saludó Iván muy efusivo.

—¡Menudo susto me has pegado! ¿Se puede saber de qué vas disfrazado hoy?

Uno de los poquísimos lujos que teníamos los teleoperadores era que no se nos exigía ningún uniforme. E Iván se lo tomaba al pie de la letra sacándole el máximo partido y trayéndonos alegría a la oficina, apareciendo como ese día, disfrazado de algún superhéroe con un superdesayuno para todos.

Iván era mi héroe particular, uno de mis mejores compañeros. Tenía ya sus años y me cuidaba como a esa hija que nunca pudo tener.

—¿No lo adivinas? Pensaba que eras una chica más lista… ¡Fíjate en esto! —me dijo alzando un martillo enorme y posicionándose en modo de ataque.

—¿De verdad? ¿Thor? Aún te falta un poco… como diría… de tonificación para parecerte a mi queridísimo Chris Hemsworth —le dije mientras le daba un mordisco al croissant que le había robado hacía un momento de la bolsa.

—Me acabas de romper el corazoncito, Mía. Qué mala llegas a ser a veces. ¿Se puede saber cómo y cuándo me lo has cogido? —Señaló la pasta que me metí en la boca mientras terminaba con el ultimo bocado, me encantaba.

—Ahhh… Magia —le respondí con una mueca divertida.

—Pues te has dejado lo mejor de la mañana, princesita: la bebida. Aquí tienes, tu café latte sin azúcar —la dejó Iván encima de mi mesa.

—La verdad es que no sé qué haría sin ti… —le lancé un beso mientras se dirigía a su puesto.

Si es que esta clase de compañeros, que rompían al extremo lo monótono que podía llegar a ser nuestro trabajo, valían oro.

Porque sí, para los que no lo supieran, todas las llamadas que realizábamos durante el día tenían un guion que debíamos seguir a rajatabla y que nos convertía en teléfonos automáticos con piernas.

Ya me gustaría ver a más de uno haciendo nuestro trabajo.

Regla número uno para un teleoperador: todas las frases que salían de nuestra boca debían ser positivas. Las frases negativas habían sido exterminadas de nuestro vocabulario. Porque, según nuestros jefes, si hablábamos en negativo a nuestros clientes, dábamos pie a que rechazasen el producto que les ofrecíamos.

En realidad, tenía toda la lógica del mundo.

Regla número dos: debíamos hablar sin prisa, pero sin pausa, y sobre todo, debíamos tener mucha, muchísima labia.

Regla número tres: ¡si nos rechazaban una vez, teníamos la obligación de insistir hasta que el cliente lo hiciese tres veces! Eso sí, con mucha sutileza. Sin agobiar al personal.

Y, por último, nos obligaban siempre a exhibir lo que yo llamo «sonrisa telefónica». ¿Para qué? Pues ni idea, porque vernos, no nos veían.

A los jefes les daba igual si habías tenido un mal día, si habías discutido con tu novio o si llevabas más de diez horas en un cubículo minúsculo con miles de pantallas y compañeros hablando a tu alrededor.

Y os preguntareis por qué no podíamos salirnos del guion y no podíamos sorprender a nuestros clientes con un saludo original o, simplemente, cantando una canción. ¿Os lo imagináis? Me habría quedado con más de uno seguro. ¿Y por qué no lo hacía? Fácil. Porque todas las conversaciones quedaban registradas.

Y aún no había llegado a la mejor parte: trabajábamos por objetivos y, si en algún momento no los alcanzábamos, los «jefazos» nos amenazaban con el despido.

—Mía Sánchez, pase por mi despacho, por favor —dijo Eduardo, mi jefe, sacando la cabeza por la puerta, con su característica cara de amargado.

«Hablando del rey de Roma, por la puerta asoma», pensé. «A ver qué mosca le ha picado hoy».

Iván me observó sorprendido y yo le respondí encogiéndome de hombros, restándole importancia. Llevábamos tantos años juntos que, con una simple mirada o un simple gesto, ya sabíamos lo que nos queríamos decir.

Retiré mi silla y me encaminé hacia el despacho del director. Antes de entrar, llamé un par de veces para que me diese paso. La buena educación, ante todo.

—Adelante —contestó Eduardo con voz irritada.

Me adentré en su oficina con paso firme. Eduardo estaba en su silla de piel, con la cabeza echada hacia atrás, dejando caer su largo pelo rubio y apretándose el puente de la nariz con los dedos. Una imagen que se me quedaría gravada en la retina, una imagen de lo más sensual.

Si teníais en vuestra imaginación el típico hombre de cincuenta años, con su barriga cervecera y bajo como un tapón, estabais totalmente equivocados.

Eduardo era un tipo atractivo, un tipo bastante atractivo diría yo. Su cara era tan perfecta que parecía sacada del casting de las estrellas de Hollywood. Era alto, delgado y con unos abdominales bien marcados. Se notaba a leguas que se cuidaba. Tenía unos ojos verdes que te quitaban el hipo. Era muy, pero que muy guapo. Pero todo lo que tenía de bello por fuera, lo tenía de bestia por dentro. Era un hombre malo, sin escrúpulos. Un hombre que, para salvar su culo —puedo llegar a ser una autentica malhablada en según qué ocasiones—, haría lo que fuese necesario. Aunque implicase destruirte. Porque Eduardo era un verdadero capullo egocéntrico. Pero, para colmo, era un capullo con mucho poder. Y eso era lo más peligroso.

Todos los que trabajábamos en el call center le temíamos, y no era para menos, te hacía sentir impotente.

Y, hoy, parecía ser un mal día para él. Miedito me daba.

—Siéntate, Mía —dijo reincorporándose, frotando sus manos sobre la mesa mientras me miraba con recelo.

—Buenos días, Eduardo. Como siempre, un placer verte —le respondí con sorna sentándome delante de él, cruzando las piernas.

Se pasó una mano por el pelo y estuvo unos segundos en silencio, pensativo.

—Señor Rodríguez… —continué, pero su siseo me mandó callar, después chasqueó la lengua a modo de negación.

Se levantó de su asiento y comenzó a rodearme, escrutándome de una manera fría e impenetrable. Me estremecí, no por el frío, sino por la sensación de mal presagio que emanaba de su persona.

—Mía, Mía, Mía, Mía… ¿Qué voy a hacer contigo? —preguntó mientras clavaba su mirada en la mía—. El mes pasado ya te di un toque, y este mes vuelves a estar en la misma situación. —Se paró frente a mi rostro—. Tus ventas vuelven a estar por debajo de los objetivos establecidos por la compañía.

No paraba de dar vueltas a mi alrededor, como un león a la espera para cazar a su presa. Me sentía intimidada, violada, ultrajada.

—Señor Rodríguez… —traté de reivindicarme.

—¡Cierra el pico y déjame terminar! —me interrumpió lanzándome una mirada fulminante—. Cuando yo hablo, tú te callas. Así de sencillo —dijo con un tono furioso, mientas se le hinchaba la vena de su cuello.

—Claro… Perdone.

Enderecé la cabeza, estiré la columna y saqué pecho. No me iba a empequeñecer delante de tal escoria. Al verme empezó a sonreír; era una sonrisa maliciosa que servía para intimidar a sus presas, una sonrisa de poder.

—Aunque hay una manera de que pueda hacer la vista gorda, una manera de que no llegue a los superiores —empezó a decirme mientras deslizaba su mano entre mis piernas.

Sentí como me subía una arcada, no podía creer lo que me estaba sucediendo.

—Deténgase, por favor —susurré a punto de llorar, el pánico me estaba matando y me temblaba la voz.

—Venga, Mía, ahora me dirás que no te has dado cuenta de cómo te miro, no solo yo, sino todos los hombres de la empresa… Eres una chica muy guapa… —dijo dejando escasos centímetros de separación entre su cara y la mía—. Te estoy dando una oportunidad, una oportunidad de oro. Solo tienes que ser un poco amable conmigo y todos tus problemas se arreglarán. ¿Qué te parece?

Finalmente acortó la distancia entre nuestros labios hasta que nos rozamos. Continuó subiendo su otra mano hasta llegar al encaje de mis medias.

¿Qué me estaba pasando? Tenía que actuar ya. Yo no era así. Sí, necesitaba el trabajo para seguir pagando las facturas, pero eso era la gota que colmaba el vaso.

«Mía, piensa rápido».

Me acerqué a él de forma cariñosa, actuando, haciendo ver que me sentía tremendamente excitada. Le cogí la mano con mucho esfuerzo y se la llevé a uno de mis pechos incitándole a que lo tocara. Su reacción no tardó en florecer y su gemido inundó la sala.

Qué asco me estaba dando, pero debía salir de allí como fuera… Solo un poquito más.

Acerqué mis labios a los suyos y lo besé. No profundicé el beso más de lo necesario, solo necesitaba que el estuviese distraído. Cuando lo tuve más cerca y fuera de control por la pasión, no lo pensé dos veces: levanté mi rodilla con la máxima fuerza que pude, y golpeé donde más dolía a los hombres.

—¡Hija de puta! —gritó Eduardo tumbado en el suelo muerto de dolor.

—Que te quede una cosa muy clara, Eduardo —le amenacé mientras le lanzaba una última mirada de repugnancia y me dirigía a la salida—: me das asco. No soy una muñeca a la cual puedas manejar chantajeando con el trabajo. Me importa muy poco. Y no me echas tú, me voy a ir yo —dije sacando fuerzas que ya no tenía—. Porque tengo principios. Pudríos tú y tu empresa.

No me corté ni un poquito; ya que me iba, lo haría a lo grande. Escuché su queja mientras salía del despacho. Pero no importaba porque había ganado yo.

Me fui corriendo de la oficina. No me detendría hasta verme fuera, en la calle; me dejé todas mis cosas, pero me daba igual, necesitaba aire. La sensación de libertad mientras me alejaba fue algo increíble. Bajé los escalones de tres en tres, aun no sé cómo no me maté. Unos pasos más y ya estaría.

Cuando llegué, respiré aliviada, estaba a salvo. De pronto, noté como una mano agarraba mi muñeca. Era Iván.

—Mía, ¿qué narices ha pasado ahí dentro? —señaló tremendamente enfadado, entregándome mi bolso y mi chaqueta, que había olvidado en la oficina.

—Iván, me voy. No aguanto más. Me ha dicho que si quería seguir en la empresa debía acostarme con él —le expliqué al borde del llanto.

Iván me colocó una mano en el hombro y empezó a acariciarme mientras me calmaba.

—¿Vas a ir a la policía? —me preguntó preocupado.

—No. No tengo pruebas suficientes. Además, ya le he dado su merecido. Y me he despedido —añadí—. Ya no tiene ningún tipo de poder sobre mí.

—Mía… —Me abrazó—. Has hecho muy bien. Ya sabes que, cuando una puerta se cierra, se abre una ventana. No sufras, eres joven, lista y guapa. Yo, si pudiera, también lo haría. Pero ¿quién querría a un cincuentón? Es más difícil.

Tenía razón, ahora que me había desquitado y había hecho algo por mí misma, el futuro sería mucho más prometedor. Me alegraba mucho que Iván estuviese a mi lado en esos momentos, era mi ángel de la guarda.

—Gracias, Iván —dije separándome de su cálido abrazo.

—Mi niña, tienes mi número de teléfono. Llámame cuando quieras y necesites algo. Ya sabes que Sonia y yo te apreciamos y te queremos.

—Lo sé. Claro que te llamaré.

Me despedí de él con una cálida sonrisa y dos besos y empecé a andar en dirección a mi apartamento.

Tenía mucho en que pensar y trabajo nuevo que buscar.

***

Necesitaba hablar con Sara, mi mejor amiga. Lo que había pasado ahí dentro había marcado un antes y un después en mi vida, y sentía la necesidad imperiosa de hablarlo con ella.

Mientras cruzaba El Retiro, me dirigí a un banco desocupado para poder sentarme unos minutos y relajarme. Debía poner orden a mi vida. Rebusqué el móvil dentro de mi bolso y llamé a Sara.

Sonaron un par de tonos antes de que descolgara.

—Mía, qué sorpresa. ¿Sucede algo?

Sara sabía que una de las reglas más estrictas de mi trabajo era no efectuar llamadas personales en mi horario laboral.

—Lo que tenía que haber pasado hace tiempo…

Se lo conté todo mientras emprendía la marcha rumbo a mi casa cruzando el parque y, no sé aún cómo, vi algo que me llamó la atención en un tablero de anuncios.

—Sara, perdona, pero debo colgar, tengo muchas cosas que hacer. Como encontrar un nuevo trabajo.

—Claro, tranquila, esta noche nos vemos en tu piso y celebramos el pedazo mujer que estas hecha, ¿vale? Llevaré litros y litros de cerveza… total, mañana no debes madrugar y a mí no me han puesto ningún ensayo ni ninguna audición.

—Sara, no le digas nada a Héctor, no sé de lo que sería capaz —susurré entrecerrando los ojos.

—No sufras, hace unos días que no veo a tu hermano, no sé qué le debe pasar, siento que me ignora. Parece que vivo sola últimamente. Ni en casa nos encontramos…

—Algo estará tramando seguro, no te preocupes, ya aparecerá —me carcajeé.

La quería un montón. Sara es la típica persona que, con el tiempo y con muchos golpes del destino, aprendió a ver la vida de otra manera, y aunque estuviera hundida hasta el cuello, siempre intentaba ver el vaso medio lleno.

Finalicé la llamada con las energías renovadas, algo que, sin entender el porqué, ella siempre provocaba en mí. Fijé la vista de nuevo en el tablón de anuncios hasta que di con el que, segundos antes, me había llamado la atención.

«Se busca chica para probar juguetes sexuales por treinta mil euros».

Me acerqué a leerlo con más detenimiento. Mi curiosidad y mi necesidad de encontrar trabajo eran mayores que mi miedo. Me atreví a rozarlo con las yemas de mis dedos y lo arranqué para seguir leyendo la oferta.

Se busca probadora de juguetes sexuales.

La nueva compañía española, Love Experience, busca chica abierta de mente, que deberá probar todo tipo de artículos sexuales y lencería y relatar su experiencia mediante reseñas.

Si está interesada, no dude en llamar al número de teléfono que dejamos a continuación. Accederá a información más detallada sobre el trabajo y el proceso de selección solo al llamar a la oficina.

Jugué con el papel entre mis dedos, sin atreverme a coger el teléfono y marcar el número. Pero en mi mente, la idea de ganar tanto dinero como para poder salir adelante se me antojaba cada vez más tentadora.

Por supuesto que mi primera opción era seguir esperando que el viento soplara a mi favor y que alguien me ofreciera un trabajo; una parte de mí decía que ese tipo de empleo iba en contra de mis principios, pero la otra me decía que parecía una oferta difícil de rechazar. Además, debía ser práctica: por hacer una llamada tampoco perdía nada, el no ya lo tenía, y así también obtendría algo más de información sobre este puesto del que no había oído hablar en mi vida.

Llegué a mi casa en tiempo récord y dejé el bolso en la entrada. Estaba nerviosa y me sudaban las manos. Como tenía que mentalizarme antes de realizar esa llamada, me dirigí a la cocina para tomar un vaso de agua bien fresquita. Aunque estuviésemos a principios de noviembre, soy de esas chicas que comen helados y beben agua fría durante todo el año.

A lo que iba. Me senté en la mesa del comedor con el vaso de agua en una mano y el teléfono en la otra, y dejé el anuncio encima. Finalmente, me armé de valor y marqué el número con las manos temblorosas. Me dio señal, un tono, dos…

—Buenos días, le atiende Aitana, de Love Experience. ¿En qué podría ayudarle? —contestó una suave y relajante voz.

—Hola, buenos días, llamo para pedir más información sobre el anuncio del puesto de trabajo de probador de juguetes sexuales.

No sé si eran los nervios, pero no pude evitar que la voz me temblara.

—Sí, claro. Ahora mismo le paso con el departamento de Recursos Humanos y le facilitarán toda la información necesaria.

—Muchas gracias —dije ya más relajada.

—¡De nada, y que tenga mucha suerte! —me deseó con alegría.

Parecía una chica muy agradable. Ya me sentía mucho más tranquila. Empezó a sonar la típica música de llamada en espera y, cuando me contestaron, me dijeron que debía acudir para una valoración inicial en la que me presentarían el puesto de trabajo y resolverían mis dudas al momento. También debía enviar mi currículo a un email que me facilitaron.

Quedé en que me reuniría con Maika, la directiva de Love Experience, la mañana siguiente a las nueve para la entrevista, y así cerramos la llamada telefónica.

***

Sonó el timbre justo en el momento en el que salía de la ducha, miré el reloj y vi que eran las ocho y media de la tarde; debía de ser Sara. Agarré la toalla y me cubrí. Volvió a sonar el timbre una y otra vez, sin parar.

—¡Ya va! Mira que llegas a ser impaciente, chica —grité mientras salía del baño empapando todo en mi camino.

Abrí la puerta y me encontré a una Sara totalmente empapada con un montón de bolsas en las manos.

—Por fin, me estoy congelando, no sé si llegaré a acostumbrarme al frío algún día… Ya sabes que amo el calor, la playa y todo lo que el verano conlleva —dijo mientras se abría paso, dejando las bolsas en el suelo y desprendiéndose de su abrigo para colgarlo en la entrada.

—No menciones el verano o acabaré llorando… —le sonreí.

—¡Ups! Mía, ¿qué haces así? Vete a vestir, a ver si vas a coger una pulmonía...

Sara fue en dirección a la cocina a dejar las bolsas de la compra mientras yo cerraba la puerta con el cerrojo.

—Vale, mientras me pongo algo de ropa y me seco el pelo, ve preparando la cena, anda, que llevo un día de mil demonios —le informé mientras me encaminaba hacia mi dormitorio para vestirme.

—Sin problema —me respondió con una encantadora sonrisa—. ¡Mía! ¿Has hablado con Marcos? ¿Cómo está? ¿Sabe lo que te ha pasado hoy? Sé que no se lo quieres contar a tu hermano por lo que pueda hacer, pero Marcos debería saberlo.

Llegué al lavabo, lo había dejado todo tirado por el medio y lo empecé a recoger.

—No, le he llamado un par de veces, pero no me contesta. No debe tener conexión, y la diferencia horaria tampoco ayuda… —le contesté mientras me desenredaba el pelo y encendía el secador.

Marcos era mi pareja desde hacía dos años. Nos conocimos en el instituto y nos enamoramos perdidamente el uno del otro, pero no llegamos a salir hasta que él terminó sus estudios de Medicina. Por la falta de tiempo y la distancia no quisimos empezar algo que no sabíamos si podríamos sobrellevar.

—Entiéndelo, por favor —susurró Marcos llevándose las manos a la cabeza suspirando hondo—. ¿Por qué crees que me he esforzado tanto? Necesito irme, no quiero quedarme anclado aquí en Madrid. Tengo muchos planes ahora mismo y una vida que construir...

—Pero podemos estar juntos igual. No te molestaré para nada. Solo son unos años. Esperaré a que termines la carrera y vuelvas —le rogué.

—Dios… Es que no lo entiendes. No pretendo que me esperes. Son unos cuantos años, y más si me cogen en Medicina y si quiero realizar algún erasmus.

—Pero… ¿tú me quieres? —pregunté desesperada.

Marcos se calmó durante unos segundos bajando la vista al suelo, para luego alzarla muy despacio y mirarme fijamente a los ojos. Se veía confusión en su mirada cristalina, mezclada con algo de tristeza.

—Te lo digo porque te quiero. Te quiero de verdad. Pero ahora mismo no tenemos los mismos planes de vida y no encajamos. Si quieres esperar a que vuelva, eso ya es asunto tuyo. Pero no podría prometerte nada. Ojalá las cosas fuesen distintas. Vive la vida, Mía. No pienses en mí. Y, si cuando vuelva aún quieres estar conmigo, y aún sentimos lo mismo, te juro que será nuestro momento.

—Está bien, si es lo que quieres, así haremos —asentí mientras me limpiaba las lágrimas con torpeza.

Mi mundo se desmoronó. Vale que éramos solo amigos, pero los sentimientos existían y yo quería luchar por ellos. Así que hice lo que él me pidió y viví mi vida, empecé la carrera de Gestión de Empresas y, ese mismo año, Sara apareció en mi camino; poco después, se unió mi hermano.

Salíamos de fiesta, conocíamos a gente nueva casi cada fin de semana… Aun así, no tuve muchas relaciones sentimentales, ni tampoco las busqué. Me había vuelto muy selectiva y la mayoría de los chicos que se cruzaban en mi camino no me parecían para nada interesantes, ya que mi corazón siempre estaba a la espera de él. De Marcos. Porque él era todo lo que podía desear en un chico: guapo, divertido, cariñoso, inteligente, rico... Y las comparaciones siempre estaban presentes. Quizá por eso, en el periodo de tiempo que estuvimos separados, solo conocí a dos personas.

El primero, Santi, un compañero que estudiaba conmigo en la universidad. Un día se me acercó y me propuso acompañarme hasta casa. Me gustó que fuera tan directo, no tenía pelos en la lengua. Era simple y agradable. Y cuando salíamos nos lo pasábamos en grande. Un día pidió prestado el coche a su padre para irnos a dar una vuelta. Y en la parte trasera de ese coche perdí la virginidad. Como dos adolescentes que éramos. No fue nada del otro mundo, pero puedo asegurar que fue muy cuidadoso y se preocupó todo el rato de que estuviese bien y de no hacerme daño. Duró poco, la verdad. Era consciente de que no podría enamorarme de él. En mi mente solo había lugar para Marcos, así que rompimos a los pocos meses de conocernos.

El segundo fue Ricardo, Richy para los amigos. Lo conocí una noche que salí de fiesta con Sara y mi hermano. Era el chico de la barra, siempre me estaba invitando a las bebidas, aprovechando cada vez que me servía una copa nueva para rozar nuestras manos. Así que, al final, siguiendo los consejos de Sara y Héctor, me lancé y le pregunté a qué hora acababa su turno y si le apetecía que nos viésemos cuando terminase de trabajar. Él aceptó con una gran sonrisa en los labios.

El sexo con él era intenso, un estallido de fuegos artificiales. Y para mí, en ese momento, era más que suficiente. Pero al paso de dos meses, la llama se extinguió con tanta fuerza como había llegado. Así que decidí terminar con esa situación que solo me traía dolores de cabeza.

Marcos y yo no perdimos el contacto en todo ese tiempo, ante todo éramos muy buenos amigos. Y una vez finalizó su carrera y volvió a Madrid, se plantó en casa de mis padres con un ramo de margaritas, mis preferidas, para pedirme, de manera oficial, que saliéramos juntos.

Aún me emociono cuando lo recuerdo.

Había pasado bastante tiempo. Y yo no le pude olvidar.

Al volver, Marcos estuvo un año entero en Madrid, le contrataron en el hospital Doce de octubre, nos fuimos a vivir juntos porque yo ya llevaba un tiempo trabajando como teleoperadora y era nuestro momento. Teníamos una vida sencilla y feliz.

Pero ahora, hacía casi treinta días que Marcos se encontraba en un voluntariado en la guerra de Afganistán con Médicos Sin Fronteras.

Una mañana se despertó sobresaltado diciendo que le faltaba algo, que necesitaba más, y me contó que quería ir allí a formarse y a ayudar a toda esa gente que se hallaba en aquella situación de desaliento. Era su sueño y yo le animé a que lo hiciera. Aunque me doliera en el alma que se encontrara tan lejos y en un lugar tan peligroso que incluso podría perder la vida. Esa vez no me dejó de lado, nuestra relación cada vez era más sólida y nos dimos ese merecido voto de confianza.

Esperaba noticias de él cada día por las mañanas y cada noche antes de irme a dormir. Igual que las demás familias de los voluntarios que estaban allí, temíamos recibir de un momento a otro la llamada del Ejército español para saber si nuestro amor estaba herido, si aún seguía a salvo o si lo habían perdido.

Desde que se fue, habíamos hablado realmente poco, una vez por semana y pocos minutos, ya que la cobertura telefónica allí era precaria. Y también porque tenía que hablar con sus padres para que no se preocupasen.

Pero lo más duro ya había pasado, le faltaba poco para volver y yo le esperaría con mucha,

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