Prólogo
Londres, 1872
Frances se había tumbado sobre el suelo de la biblioteca. Sus ojos verdes permanecían clavados en el techo. Más que nerviosa, estaba expectante. Animada por sus hermanas, quienes le habían insistido hasta la saciedad, estaba recopilando sus poemas en resmas de papel que doblaba por la mitad, dándoles la apariencia de un libro. En su primera página se podía leer el título Volver al corazón.
Hasta hacía media hora, Frances había estado acompañada por Anna y por Rhys. El pequeño, al que le restaba tan solo un mes para cumplir su primer año, había comenzado a dar sus primeros pasos, y Anna y Frances habían estado caminando detrás de él con la intención de evitar que se pudiera lastimar en alguna de sus caídas.
Cada día, Frances le leía a su sobrino un fragmento del libro Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas, del escritor inglés Lewis Carroll. Él, sentado sobre el regazo de su madre, la miraba embobado, como si pudiera entender todo cuanto su tía le contaba. Catherine también acostumbraba a compartir esos momentos tan íntimos con ellos.
―Rhys no puede entenderlo aún ―dijo Anna―, pero hay tanto de verdad en este libro.
―Yo estaba pensando lo mismo ―manifestó Catherine.
―Por ejemplo, yo también creo que no tiene ninguna utilidad volver al ayer, porque entonces era una persona distinta ―declaró Anna.
―Hablas de Gowin… ―musitó Frances antes de añadir―: Sigues pensando en él.
―Nunca voy a dejar de hacerlo… Mi corazón lo eligió hace mucho tiempo, y nada ha cambiado en él. Hace más de un año y medio que se marchó, y yo no consigo ser completamente feliz pese a tenerlo a él. ―Esbozó una triste sonrisa Anna al tiempo que revolvía el cabello rojizo de su hijo.
―Ay, mi dulce Anna. ―Catherine se sentó a su lado y pasó uno de sus brazos por sus hombros―. Siempre he pensado que el final de tu historia con Gowin aún no se ha escrito, ¿verdad, Frances?
―Verdad… Un amor como el vuestro es indestructible ―afirmó Frances.
―Anda, parad ya, por favor… No me hagáis mantener falsas esperanzas ―les pidió Anna.
―Tu padre era un hombre extraordinario, Rhys, y muy guapo, como lo vas a ser tú.
Frances lo tomó en brazos y comenzó a darle vueltas. El pequeño, quien con cada día que pasaba, les recordaba más a Gowin, se reía y pataleaba. El gesto de Frances hizo que Anna se volviera a relajar. Ella y Catherine sonreían.
***
En el mes de noviembre del año anterior, Bella dio a luz a una niña a la que habían bautizado con el nombre de Ada. Bella había llorado al cargarla por primera vez en sus brazos y Thomas tampoco había podido contener la emoción. El duque abrazó a su esposa y besó a su hija antes de dejar que las lágrimas también bañaran su faz. Como Alice le prometiera, Anthony y ella estuvieron a su lado el día del nacimiento de su pequeña. También se sintieron arropados por los Atwood al completo, así como por Lorraine y Juliet Radcliffe.
―Es tan hermosa como tú, mi amor ―le dijo Thomas a Bella una vez que se hubieron quedado a solas.
―Yo iba a decirte que es tan guapa como lo eres tú. ―Le sonrió Bella.
―Entonces, ¿a quién se parece más, a ti o a mí? ―La miró con dudas Thomas.
―Pues… lo cierto es que no sabría decírtelo. Rhys nació con una mata de pelo cobrizo sobre su cabeza… Ada apenas tiene algo de pelusa ―manifestó Bella.
―Yo creo que va a tener el cabello claro, como tú.
―¿Te gustaría que así fuera?
―Me encantaría ―le respondió Thomas.
El duque se inclinó sobre ella y la besó en los labios con dulzura.
***
El marqués de Dumfries se había hecho en propiedad con una de las viviendas más destacadas del barrio de Mayfair. A medio camino entre la mansión de los Atwood y Riderland House, Alice pensó que la ubicación no podía haber sido más acertada. Anthony lo había hecho pensando en ella. Alice era una amante de su familia y su esposo no permanecía ajeno a ese detalle. A Alice no le pesaba vivir en Dumfries. Su lugar estaba al lado de Anthony, ya se lo había dicho a él. Su relación con Josephine era muy similar a la que tenía con su propia madre, e incluso con lady McLaine se sentía más libre para hablar de determinados temas de lo que se había sentido con Eliza. En los últimos meses, Arthur y ella habían mantenido largas conversaciones. El hermano pequeño de Anthony trataba de cambiar, pero no le estaba resultando nada sencillo.
―Me gustan demasiado los líos de faldas, Alice ―le había confesado sin reparos.
―Creo que raro es el hombre al que no le gustan, Arthur ―había tratado de mostrarse comprensiva Alice―. Eres un hombre soltero, no tienes deber alguno… Lo censurable sería que lo siguieras haciendo después de comprometerte.
―¿Puedo confesarte algo, Alice?
―Puedes confiar en mí ―le dio su palabra Alice.
―Verás… Desde que conocí a Juliet Radcliffe no he conseguido dejar de pensar en ella, Alice. Es posible que me haya enamorado ―le confesó sus sentimientos.
―¿Solo lo crees posible?
―Nunca he sentido algo parecido a esto, Alice… No sabría cómo calificarlo.
―Yo tampoco sabía cómo llamar a lo que Anthony me hacía sentir… Era algo desconocido para mí, pero sabía que era un sentimiento diferente a todos los demás. Era fuerte, era hermoso y, también, aterrador ―le dijo Alice.
―A mí me acongoja ser rechazado por Juliet. Me atrevería a asegurar que no tiene muy buen concepto de mí. ―Apretó los labios Arthur esgrimiendo una pesarosa sonrisa.
―En tus manos está que ella pueda cambiar esa opinión, Arthur.
―Aunque eso fuera posible, Thomas nunca me aceptará… Él me odia.
―No, Thomas no te odia, Arthur. Él tan solo trata de proteger a su hermana. Juliet es una joven que siempre ha estado al abrigo de su familia… Y, bueno, es posible que a él no le guste tu libertinaje ―añadió Alice.
―Él era igual o peor que yo, y cambió ―señaló Arthur.
―Demuéstrale que tú también estás dispuesto a hacerlo. ―Lo miró a los ojos Alice―. Pero, para eso, debes querer, y he de decirte que no he visto cambio alguno en ti, Arthur.
―Como te he dicho, me gustan demasiado los líos de faldas ―le repitió el menor de los McLaine.
―Debes ver hacia qué lado se inclina la balanza, Arthur… Si hacia Juliet o hacia la tentación que te supone compartir cama con tantas mujeres.
―Alice, espera. ―La detuvo cuando se disponía a ponerse de pie para abandonar el salón―. ¿Puedes convencer a Anthony para que me deje viajar con vosotros a Londres?
―Lo puedo intentar, pero no te puedo prometer nada ―le dijo Alice antes de dejarlo a solas.
***
Alice supo que estaba embarazada al día siguiente de haber mantenido esa conversación con el hermano de su esposo. Corría el mes de febrero y Anthony y ella acogieron la noticia con entusiasmo. La misma felicidad provocó en Josephine y en Arthur. La familia Atwood se enteró de la buena nueva por medio de una misiva que los marqueses de Dumfries les enviaron.
―Niñas, vuestra hermana Alice están encinta ―les anunció Eliza.
―¿Lo dice en serio, madre? ―La miró con asombro Frances.
―Lo digo muy serio, Frances… Lo puedes leer tú misma.
Frances tomó aquella resma de papel y la leyó en voz alta:
Querida familia:
Nos complacer haceros partícipes de una noticia que ha traído la felicidad plena a nuestras vidas:
Alice está esperando nuestro primer hijo.
Lo celebraremos como se merece a nuestro regreso a Londres.
Anthony y Alice McLaine, marqueses de Dumfries.
―Es maravilloso ―sonó emocionada Anna antes de añadir―: Tu tía Alice te va a dar otro primo o prima.
Rhys esbozó una adorable sonrisa.
―Lo ha entendido ―afirmó Cath―. Este niño va a ser muy inteligente.
―Ya lo es ―la rectificó Frances―. Le vamos a inculcar el amor por los libros y por los caballos; aunque es posible que esto último sea innato en él.
A Anna le gustó que Frances añadiera aquella última frase en clara alusión a Gowin.
Bella y Thomas recibieron una misiva igual a la enviada a la mansión Atwood y también celebraron aquel bendito acontecimiento.
***
La idea de Alice y de Anthony siempre había sido pasar una temporada en Dumfries y otra en Londres, viviendo a caballo entre ambas ciudades. Tras la marcha de los Atwood y de los Radcliffe, después de la boda, se marcharon durante un mes y medio a París, recalando en Londres a su regreso para acompañar a Bella y a Thomas en el día del alumbramiento de Ada. Fue en esos días en los que Alice y Anthony escogieron entre las dos mansiones que Richard y el propio Thomas habían seleccionado para ellos. Los marqueses de Dumfries pasaron sus primeras fiestas navideñas con Josephine y con Arthur, y se trasladarían a Londres en el mes de mayo con motivo del baile que tenían previsto organizar Bella y Thomas en Riderland House.
―A Arthur le gustaría viajar con nosotros a Londres, Anthony ―le dijo Alice a su esposo.
Se encontraban en su recámara, completamente desnudos. Acababan de hacer el amor.
―No es buena idea, Alice.
―¿Por qué no?
Alice giró todo su cuerpo, apoyó la cabeza sobre una de sus manos, y buscó la mirada añil de su esposo, que encontró. Anthony había adoptado la misma postura.
―Mi hermano es un vividor, y Thomas no lo quiere cerca de Juliet, lo sabes tan bien como yo.
―Arthur es un hombre adulto, Anthony. Es libre para viajar. Si no lo hace con nosotros lo acabará haciendo por su cuenta.
―Es posible… ¿Te ha hablado de Juliet? ―quiso saber Anthony.
―Sí. ―Sonrió Alice―. Arthur alberga sentimientos hacia ella… Recuerdo que en una ocasión dijiste que nadie debía haber interferido en el amor de Anna y de Gowin. ¿Por qué no lo ves igual en el caso de Arthur?
—No sabemos si Arthur ama o no a Juliet, y también desconocemos si ella siente algo hacia mi hermano.
—De ser así, ¿te interpondrías entre ellos?
—No, claro que no; pero…
—Thomas no pensaría lo mismo… Es eso lo que ibas a decir, ¿verdad?
—Así es —le respondió Anthony.
—¿Dejarás que nos acompañe a Londres? —Lo miró suplicante Alice.
—¿Es tu deseo que se lo permita? —le respondió formulándole otra pregunta.
—Sí —fue escueta en su respuesta.
—En ese caso, puede venir.
Alice le sonrió y lo besó apasionadamente.
—Sabía que acabarías aceptando, mi amor —manifestó una Alice satisfecha y agradecida.
—Sé que esto me va a provocar más de un dolor de cabeza con Thomas, pero no puedo negarte nada… Mi hermano sabe muy bien que eres mi punto débil, amor mío, y ha sabido jugar muy bien sus cartas. —Torció una sonrisa Anthony antes de volver a unir sus labios a los de su esposa.
Arthur acogió el permiso de Anthony para acompañarles a Londres con júbilo. Besó a Alice en las mejillas y abrazó a su hermano.
—No hagas que me arrepienta, Arthur —le dijo Anthony con semblante serio.
—Haré que te sientas orgulloso de mí, hermano.
Desde que Thomas y el propio Anthony lo trataran con cierto desaire delante de Richard, justo antes de la boda de los marqueses de Dumfries, Arthur se había mostrado más distante con su hermano. El duque y él lo habían ridiculizado, y el joven McLaine no podía evitar sentir que no lo tenían en cuenta para nada.
***
Juliet, en ocasiones, había pensado en Arthur. Tenerle a él delante era como ver a una versión más joven del propio Anthony, menos espigada, pero igual de perfecta. La hermana de Thomas había estado recordando aquel baile. Arthur había tenido todo el cuidado que ella le había pedido, sin movimientos bruscos, sin giros inapropiados. Tan solo se habían movido hacia ambos lados y sus cuerpos se habían dejado llevar. Arthur le había sonreído sin parar y ella lo había dispensado con desdén. Juliet le había recriminado su comportamiento a Thomas tantas veces que le sería imposible recordarlas todas. Arthur no era menos libertino de lo que en su día fuera su hermano, y ella nunca estuvo dispuesta a dejarse embaucar por un ladino, por muy guapo que el mismo pudiera ser.
—¿Piensas en Arthur McLaine, Juliet? —le había preguntado Frances una de esas tardes en las que quedaban a tomar té.
Ese día, Frances, Catherine y Juliet se habían reunido en la biblioteca. Anna, junto a Rhys, se les habían unido después de que el pequeño se despertara. Era usual que tras la comida, Rhys se quedara dormido en los brazos de su madre. Anna lo llevaba hasta su recámara y lo dejaba dormir sobre su cama. Anna permanecía a su lado, observándolo, hasta que el sueño también la acababa venciendo a ella.
—No —le respondió rápidamente.
—No sabes mentir, Juliet —le dijo Catherine.
—Bueno… yo… es posible que haya pensado en él alguna vez. —Se ruborizó Juliet.
—No tiene nada de malo —manifestó Anna—. Si él está interesado en ti, vendrá a buscarte.
—Arthur McLaine es un libertino, y yo no quiero a un hombre así a mi lado —les hizo saber Juliet.
—Thomas y Anthony también lo fueron y, ahora, se desviven por nuestras hermanas —señaló Frances.
—Tienes razón; aun así, no quiero pensar en ello. —Juliet la miró directo a los ojos—. ¿Qué hay de ti, Frances? Acabas de cumplir diecinueve años y nunca me has hablado de ningún hombre… ¿Acaso no estás interesada en el amor?
Frances permanecería pensativa durante unos segundos antes de responderle.
—Lo cierto es que tengo otras prioridades, Juliet.
—¿Escribir?, ¿publicar tus poemas?, ¿llegar a ser una escritora famosa? —fue enlazando preguntas Juliet.
—No creo que llegue a ser conocida, pero sí me gustaría poder divulgar mis versos… Anna y Cath me han convencido para que los agrupe... Si el resultado no es demasiado desastroso, es posible que me anime a llevarlos a una imprenta. —Terminó sonriendo Frances.
—El resultado será maravilloso —le dijo Anna.
—Yo creo en ti, hermana —declaró Catherine antes de añadir—: pero antes de que eso ocurra, nos tienes que prometer que nos recitarás al menos uno de tus poemas.
—Me da vergüenza.
—Vamos, Frances, prométenos que lo harás —volvió a pedirle su hermana menor.
—A Rhys le encantará escucharte —la presionó aún más Anna.
—Él no me va a entender.
—Tampoco te entiende cuando le lees Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas, pero a él le gusta mirarte, disfruta haciéndolo… ¿Le vas a negar algo así a tu sobrino?
—Anna, ¿tratas de coaccionarme…? Veréis, es que mis versos hablan de amor. —Se sintió avergonzada Frances.
—Razón de más para que los compartas con nosotras, y con mi hijo… Él siempre sabrá lo mucho que su padre y yo nos amábamos.
—Está bien, me habéis convencido… Algún día, no os prometo cuándo, os recitaré uno de mis poemas.
—¿Te gustaría enamorarte, Frances? —interpeló Juliet.
—Es posible, pero solo si no se me nubla el juicio —acabó admitiendo Frances.
Como escribiera Lewis Carroll en su libro Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas… Solo unos pocos encuentran el camino, otros no lo reconocen cuando lo encuentran, otros ni siquiera quieren encontrarlo…
Alice y Bella habían descubierto el suyo y lo habían seguido. Anna supo reconocerlo en Gowin, pero el destino había decidido trazar una bifurcación entre ellos. Juliet se movía entre la duda y la negación. Catherine no se había planteado desplazarse de la casilla de salida. En cuanto a Frances… Ella se movía en línea recta, sin curvaturas, sin baches, y era muy probable que no entrara en sus planes tropezarse con alguien que la hiciera vibrar y que la llevara a salirse del sendero marcado.
Capítulo 1
Alice y Anthony llegaron a Londres el día ocho de mayo, miércoles. Arthur había viajado con ellos. Bella y Thomas sabían de su inminente llegada, con lo que no contaban era con la venida del joven McLaine. En realidad, nadie estaba al tanto de su visita.
La mansión de los marqueses de Dumfries en Mayfair constaba de una vivienda de granito gris, con tres pisos de altura y dos torreones a cada lado, y había sido edificada en un vasto terreno ajardinado. Un magnífico pasillo de doble altura, en la planta baja, conducía a varias salas de recepción. De él nacían varios corredores más que llevaban a las habitaciones destinadas al servicio y a la cocina. Las recámaras de los marqueses de Dumfries y de Arthur se ubicaban en la primera planta. Tanto las paredes como los techos estaban decorados con molduras doradas. Amplios ventanales hacían que la luz se colase por cada rincón.
Alice fue recibida entre besos, arrumacos y enhorabuenas. Ella y Anthony se habían dejado caer por la mansión Atwood tan solo unas horas después de llegar a la ciudad. Arthur había declinado acompañarlos.
—¿Dónde está mi adorado sobrino? —elevó la voz Alice.
—Aquí. —Le sonrió Anna, quien acababa de aparecer por el hall. Portaba a Rhys en brazos.
—Pero cuánto ha crecido. —Se emocionó Alice.
—No, no, no… espera un momento.
Anna la detuvo cuando Alice se disponía a caminar hacia ellos para cogerlo. En su lugar, hizo que el pequeño posara sus pies sobre el suelo y él no tardó en echar a andar.
—Oh, Dios mío, ¿no es maravilloso?
Alice miró a Anthony y este le sonrió.
Rhys se fue acercando a Alice. Ella se agachó y abrió sus brazos. Su sobrino se dejó caer sobre ella y Alice lo rodeó.
—No sabes cuánto te he extrañado, pequeño mío.
Alice lo besó y lo apretó contra su cuerpo. Anthony también le hizo arrumacos a los que Rhys respondió diciendo palabra ininteligibles que lo hicieron sonreír.
Eliza los invitó a pasar a una de las salas y les pidió a las criadas que les sirvieran té.
Con apenas unos minutos de diferencia respecto a los marqueses de Dumfries, alcanzaron la mansión Atwood los duques de Riderland. Ada había cumplido seis meses y su cabello, tal y como había vaticinado Thomas, era de color dorado, como el de Bella, de quien también había heredado el matiz azulado de sus ojos.
Alice también portó a Ada en sus brazos y la colmó de atenciones, pero sería Rhys quien no se despegaría de su prima en ningún momento. El pequeño, apoyado sobre las piernas de Bella, acariciaba el rostro de Ada y trataba de conversar con ella, quien respondía con balbuceos.
—Son tan adorables —repitió una y otra vez Catherine.
Richard se interesó por el progreso de la fundición. Tanto Thomas como Anthony estaban muy satisfechos. Aún no había cumplido un año de vida y ya les estaba reportando generosos beneficios.
—¿Habéis encontrado la casa a vuestro gusto, hija? —le preguntó Eliza a Alice.
—Sí, madre. Gracias por su dedicación —reconoció su buen hacer Alice.
Richard y Thomas se habían encargado de buscarla y de llevar a cabo los trámites necesarios para que Anthony la adquiriese. Eliza, por su parte, había seleccionado al personal del servicio y había procurado que todo estuviera en orden a su llegada.
Richard les sirvió sendas copas de coñac a sus yernos. El señor Atwood tenía previsto viajar a Tyneside en la semana siguiente. Había pospuesto su partida ante la inminente llegada de Alice y de Anthony, y también para asistir al baile que organizaban Bella y Thomas.
—Eliza me comentó que debían preparar dos recámaras, Anthony —le dijo Richard.
—Así es —manifestó Anthony.
—¿Ya estáis así? —Lo miró sorprendido Thomas.
—Alice y yo seguimos durmiendo juntos, Thomas. Siempre será así —le dejó claras sus intenciones el marqués.
—¿Entonces…? —Thomas apretó los labios y los ojos—. No, no me lo digas.
—Arthur ha viajado con nosotros.
La mirada de Anthony recaló en Richard en lugar de hacerlo sobre Thomas.
—Te he dicho que no me lo dijeras… ¿Por qué, Anthony?
—¿Cómo le prohíbo a mi hermano viajar a Londres, Thomas? —inquirió Anthony.
—Prohibiéndoselo, así de simple —le respondió Thomas antes de añadir—: ¿Crees que está interesado en Juliet?
—No me lo ha comentado —le dijo Anthony.
—¿Y a Alice?
—No que yo sepa —le mintió—. Vamos, Thomas, no te pongas melodramático. Si mi hermano y tu hermana deciden estar juntos ni tú ni yo se lo podremos impedir.
—Habla por ti, Anthony… No te ofendas, pero quiero algo mejor para Juliet.
—Arthur no es peor de lo que fuimos tú o yo, Thomas.
—Puede ser, pero se trata de mi hermana.
—Siempre se trata de la hermana de alguien. —Apretó una sonrisa Anthony.
Thomas le dio un trago a su copa de coñac y resopló.
—Trata de llevarlo lo mejor posible, Thomas —le aconsejó Richard. Había sido expreso deseo del señor Atwood dejar a un lado el trato de cortesía—. Recuerdo a Bella mandando quemar la nota que le enviaste con aquel ramo de rosas rojas que regaló al servicio. Mi hija se negaba a tener nada que ver contigo. Digamos que las referencias que le habían llegado no eran las más propicias… Lo que quiero decirte con esto es que todo el mundo merece tener una oportunidad.
—Intentaré relajarme —terminó accediendo Thomas antes de girarse hacia Anthony—. Sigo pensando que debiste decírme
