1
Pasó por delante de la gran casa blanca dos veces; a la tercera detuvo el coche en la calle.
La lujosa villa, de techo a dos aguas, estaba situada tras una valla blanca de madera y un seto de hojarasca, rodeado de viejos árboles de ramas abiertas. Las ventanas con cuadrículas no desvelaban más que la oscuridad del interior.
Era más grande de lo que recordaba; en realidad, demasiado grande para ella.
Habían transcurrido diecinueve años desde la última vez que la visitó. Y, en aquella ocasión, se prometió que nunca regresaría. Sin embargo, iba a mudarse a esa casa.
Cogió el sobre que estaba sobre el asiento del copiloto y dejó caer la llave que guardaba en su interior. Estaba marcada con una pequeña etiqueta de plástico, en la que los abogados habían escrito el nombre de su abuelo por un lado y la dirección por el otro: FRANK MANDT. CALLE JOHAN OHLSEN, STAVERN.
No podía dejar de pensar en que él había sostenido esa misma llave, la había llevado en el bolsillo, había jugueteado con ella, cerrado la mano a su alrededor.
No le gustaba pensar en él como en su abuelo (no utilizaba ese término), sino como en el Viejo. Así era como lo recordaba, como un hombre viejo, a pesar de que no tendría mucho más de cincuenta años la última vez que lo vio. Era grande, fuerte, de ojos oscuros y hundidos, con un espeso cabello gris y un pequeño bigote blanco.
Una de las últimas veces que lo había visto fue durante la celebración de la fiesta nacional, el 17 de mayo. Pasó por delante de la casa junto al desfile infantil, y el Viejo estaba en la terraza acristalada con las manos a la espalda, observando con los labios tensos. Ella lo saludó, pero él se dio la vuelta y se dirigió hacia el interior de la casa.
Soltó la llave y miró de nuevo hacia la vivienda. Incluso en un cálido día de julio como aquel, tenía la sensación de que el lugar desprendía un aire helado.
Unos gemidos procedentes de la sillita infantil hicieron que se volviera.
–¿Estás despierta, mi pequeña Maja? –preguntó sonriendo, al tiempo que se inclinaba hacia su hija–. Ya hemos llegado.
La niña dejó escapar unos gorjeos, sonrió y parpadeó varias veces seguidas. Por suerte no se parecía a su padre; tenía el mismo cabello y ojos oscuros que ella, pensó.
–Y mis hoyuelos –dijo, haciendo cosquillas a su hija debajo de la barbilla en un intento de que estos aparecieran.
Las dos saldrían adelante. En el pasado, solo estaban su madre y ella; ahora estarían su hija y ella únicamente.
Se volvió hacia el volante, metió la marcha y condujo hasta la parte trasera de la casa, frente al garaje. Luego agarró la llave, salió del coche y sacó a su hija de la silla infantil.
La entrada, con sus columnas y la fachada ornamentada, tenía ese aire distinguido tan característico de hacía cien años.
La llave giró suavemente en la cerradura. Del interior se desprendía un olor limpio y fresco; no olía a cerrado, como había temido.
El abogado había hecho lo que ella le pidió: habían retirado todos los muebles, enseres domésticos y efectos personales; todo aquello que pudiera recordarle algo, recordarle el pasado.
Fue a la cocina y luego al salón. Sus pasos retumbaban entre las paredes desnudas.
La luz del sol se filtraba pálida por las ventanas y se expandía por el suelo.
«Esto puede resultar acogedor», pensó, mirando hacia el pequeño parque del otro lado de la calle. Esa casa tan grande podría ser un buen comienzo para una nueva vida.
La amplia escalera que llevaba al segundo piso crujió bajo sus pies. Se cambió a Maja de lado y se dirigió a la que había sido la habitación de su madre. Se quedó allí un rato, sin experimentar grandes emociones, hasta que miró el reloj: eran las diez menos cuarto. El camión de la mudanza aparecería en cualquier momento.
Se apresuró a recorrer las otras habitaciones, luego bajó de nuevo la escalera e inspeccionó el resto de la casa.
Se quedó un momento junto a la puerta que daba a la escalera del sótano y después la abrió. Encendió la luz y descendió unos pasos por los escalones desgastados.
Ahí abajo fue donde lo encontraron, un día de enero. Debía de haberse caído desde donde estaba ella ahora. Sobre el suelo de cemento gris, percibió una mancha más oscura sobre la superficie clara. Estimaban que había permanecido allí tirado unos tres días hasta que uno de sus amigos lo encontró.
Ella era su único pariente vivo, pero no asistió al funeral ni ayudó con los preparativos. En aquel momento no pensó en que era la única heredera de una mansión valorada en un millón de coronas y del dinero de la cuenta bancaria. Cuando lo supo, en un primer momento quiso renunciar a la herencia. Sentía que era dinero sucio; preferiría no tener nada que ver con él, pero luego pensó: «¿Por qué no?». Era una locura renunciar a tanto dinero.
Bajó al sótano con su hija en brazos. Allí, el aire era más pesado que en el resto de la casa. Un olor empalagoso, como a fruta pasada o a flores que llevan demasiado tiempo en un jarrón.
En una de las habitaciones del sótano habían instalado un baño con sauna y, en lo que debía de ser una especie de gimnasio, se veía una espaldera sujeta al muro.
En la habitación del fondo encontró la caja fuerte. El abogado la había informado de que seguía allí. No solo era grande y pesada sino que, probablemente, estaba sujeta al suelo con pernos interiores. Los encargados de vaciar la casa tenían la esperanza de dar con la llave, pero esta había desaparecido. Confiaba plenamente en ellos: en un armario de la cocina le habían dejado un sobre con cerca de treinta mil coronas que habían encontrado en la casa. Era probable que hubiesen hallado más dinero y que no le hubieran dicho nada, pero confiaba en que no hubieran encontrado la llave de la caja fuerte y la hubiesen abierto.
Pasó la mano por encima; el acero, frío y gris, le produjo escalofríos.
Después se agachó, desplazó la pequeña placa metálica que colgaba ante el ojo de la cerradura e intentó mirar en el interior.
Le irritaba que la llave hubiera desaparecido. La caja fuerte estaba en medio de la estancia y ocupaba mucho sitio. No podría disfrutar de ese espacio, si algún día decidía darle un uso.
En la calle se oyó una bocina. Miró el reloj. Las diez. La gente de la mudanza era puntual.
Salió a recibirlos. Mientras daban marcha atrás con el camión, abrió el maletero de su coche, sacó una caja y cogió la placa para la puerta de la entrada que había encargado en Oslo. Se la llevó y la colgó de un clavo junto a la puerta.
SOFIE Y MAJA LUND.
En la casa de al lado, una mujer miró a través de las cortinas de cuadros de la cocina. Sofie la saludó con la mano, pero ella no le devolvió el saludo.
2
William Wisting estaba ante la puerta del dormitorio contemplando a la mujer que dormía en su cama. Finos haces de luz se colaban entre las persianas venecianas y se posaban sobre su rostro, sin que eso perturbara su sueño profundo.
Había trabajado con Christine Thiis algo más de dos años. Tenía quince años menos que él y dos hijos adolescentes. Después de divorciarse, había dejado atrás un trabajo bien pagado como abogada defensora en Oslo y se había mudado a Larvik con los niños.
Era fácil trabajar con ella: buscaba soluciones, era decidida y tomaba las decisiones correctas en el momento adecuado.
Siempre hablaban de trabajo. Ella era poco comunicativa en cuanto a su vida privada. Cuando asistían juntos a congresos, siempre se iba a casa en cuanto terminaban, o se retiraba a la habitación del hotel tan pronto finalizaba la parte de contenido profesional. Nunca acompañaba a los demás si alguien proponía tomar una cerveza después del trabajo, y nunca había participado en una cena de Navidad. Por ese motivo, Wisting se había sorprendido cuando ella aceptó ir a la fiesta de verano que él daba en su casa.
Unos leves movimientos en su rostro desvelaban que percibía su presencia en la habitación. Wisting cerró la puerta con cuidado y bajó al salón. Necesitaba dormir. Era Nils Hammer quien la había llevado a la cama. Para entonces ella se estaba terminando su segunda botella de vino. Los demás se habían quedado hasta que amaneció y los primeros pájaros empezaron a cantar.
Una mosca subía y bajaba por el interior de uno de los vasos de la mesa del salón. Zumbó mientras se ahogaba en el resto de vino que quedaba.
Wisting se acercó al sofá, dobló la manta con la que se había tapado y enderezó los cojines del sofá. Luego recogió los vasos y los llevó a la cocina, llenó el lavavajillas y se acercó a la ventana, donde se quedó mirando la casa de color marrón, situada en la curva de la calle, donde vivía Line.
A pesar de que se sentía molesto debido al motivo por el que Line había regresado a Stavern desde Oslo, se alegraba de tenerla cerca. Pero no le había gustado que comprara precisamente esa casa. Tenía la sensación de que llevaba la muerte incrustada en las paredes. El hombre que antes vivía allí se llamaba Viggo Hansen. Ocho meses atrás había aparecido muerto sentado en una butaca del salón. Pasó cuatro meses allí sentado sin que nadie del vecindario se diera cuenta de ello.
La idea del hombre muerto no parecía preocupar a Line. En realidad era típico de ella. No tenía miedo y sí un gran sentido práctico. Además, había sido una buena compra. Debido a lo sucedido, la casa se había vendido por mucho menos de su valor real y, cuando él estuvo allí el día anterior, apenas quedaba algo que recordara a cómo había sido anteriormente. Lo habían derribado todo. La cocina, el baño y uno de los dormitorios ya habían sido reformados. Ahora le tocaba el turno al salón.
Su móvil sonó en algún lugar de la casa. Lo encontró sobre la mesa del salón, pero no tuvo tiempo de responder.
Era Suzanne, cuyo número de teléfono había conservado. Hacía meses que no hablaba con ella y sintió que algo se removía en su interior al ver su nombre. Durante un tiempo estuvieron muy unidos; ella se había ido a vivir con él. La relación duró unos años, hasta que ella decidió seguir adelante sin él. Todavía sentía el peso de su ausencia, aunque no tanto como la de Ingrid, la madre de Line y su hermano gemelo, Thomas. Ingrid se había ido para siempre, y Suzanne no estaba muy lejos. Llevaba una galería de arte que disponía también de un café, en Stavern, y vivía en un apartamento en el piso de arriba.
Dio un respingo cuando el teléfono volvió a sonar. Era Suzanne, que lo intentaba de nuevo.
–Hola –respondió él, dándose cuenta de que tenía la boca seca.
–Hola –saludó ella–. Soy Suzanne.
–Hola –dijo él otra vez, y tragó saliva–. ¿Cómo te va?
–¿Estás en casa? –preguntó ella sin responder a la pregunta.
Wisting miró a su alrededor. Alguien había volcado un cuenco de cacahuetes. Espen Mortensen había extendido varias capas de papel de baño por la alfombra en un intento de absorber una cerveza derramada. El bolso de Christine Thiis estaba tirado debajo de una silla y parte del contenido se había desparramado por el suelo.
–¿Por qué? –preguntó él.
–Necesito hablar contigo de algo, y no quiero comentarlo por teléfono. Se trata del caso Hummel.
–¿El caso Hummel? –repitió Wisting, pero sabía muy bien de qué se trataba.
Jens Hummel era taxista. Tanto él como su vehículo desaparecieron la noche del viernes 6 de enero. Fue visto por última vez por un cliente a quien dejó frente al Grand Hotel en la calle principal de Larvik, Stor, a la 01.23. De eso hacía más de medio año. El caso seguía siendo un misterio.
–Podría pasarme por tu casa esta mañana, antes de que se llene demasiado el café –propuso Suzanne.
Wisting oyó pasos en el piso de arriba. Christine Thiis se había despertado.
–Estaba saliendo en este momento –dio él deprisa–. Puedo pasarme yo.
–¿Te dará tiempo antes de la una?
Miró el reloj e intentó calcular cuánto tiempo hacía que se había tomado la última copa.
–Puedo estar allí dentro de una hora, más o menos –respondió, y, por el tono de voz de ella al darle las gracias, supo que Suzanne estaba sonriendo.
Oyó el sonido del agua corriendo en el cuarto de baño de la planta de arriba.
Wisting regresó a la cocina, cogió dos tazas del armario y un par de cápsulas de café.
La escalera del primer piso crujió. La cafetera zumbaba bajito al tiempo que echaba vapor caliente cuando Christine Thiis entró en la habitación.
–Hola –dijo con voz ronca. Su cabello castaño seguía enredado, aunque había intentado arreglárselo, como pudo apreciar Wisting–. Lo siento…
Wisting la interrumpió:
–¿Café?
Ella asintió.
–Eso estaría muy bien.
Se sentaron uno a cada lado de la mesa de la cocina.
–Lo siento –repitió–. Nunca me había pasado antes… Normalmente soy capaz de volver a casa sola. –Tomó un sorbo de café y se aclaró la garganta–. Quiero decir que no suelo salir. No tengo costumbre de beber.
–Entonces lo necesitabas –dijo Wisting, notando lo incómoda que se sentía ella vestida aún con la ropa de la noche anterior–.Necesitabas relajarte de verdad –prosiguió él–, desconectar del todo y olvidarte por un momento de los niños y del trabajo.
–Pero tendría que haberme ido a casa.
–No había nada esperándote allí –dijo Wisting sonriendo.
Rodeó la taza de café con las manos, sintiendo lo agradable que era tener a alguien con quien compartir el desayuno.
–Puedo llevarte a casa luego –se ofreció.
Ella negó con la cabeza.
–Puedo coger un taxi.
Wisting levantó la palma de la mano hacia ella para indicarle que no era ninguna molestia.
–Tengo que salir de todos modos –dijo–. Ha surgido algo nuevo en el caso Hummel.
La mirada de ella cambió; de pronto ya no se sentía incómoda, sino en un estado de alerta.
–¿Jens Hummel? Pero si repasamos todo el caso la semana pasada y acordamos archivarlo temporalmente. ¿Ha surgido algo nuevo?
–Todavía no lo sé. He quedado luego con alguien que quiere hablarme de él.
Christine Thiis se inclinó sobre la mesa.
–Lo que dijo la prensa fue muy injusto –comentó ella–. Hicimos todo lo que pudimos en este caso.
Wisting apartó la mirada. Christine Thiis se refería a un artículo de la semana anterior. El misterio de la desaparición había generado algunos titulares también en enero, pero suscitó un escaso interés público. Jens Hummel no tenía familiares cercanos en los que pudieran centrarse la policía o la prensa; únicamente una abuela que se ha quedado sola con su pena.
Cuando los medios de comunicación volvieron a interesarse por el caso, Wisting había colaborado con ellos con la esperanza de que pudiera proporcionar nuevos datos para la investigación. El paso del tiempo no tenía por qué perjudicar necesariamente la investigación. Al contrario, los rumores y chismes podían extenderse a círculos cada vez más amplios y llegar a alguien que estuviera dispuesto a hablar con la policía. En casos como ese, una renovada atención por parte de los medios de comunicación podía ejercer de factor desencadenante.
Cuando se publicó el artículo, este se mostró extremadamente crítico con la policía en general y contra Wisting, como responsable de la investigación, en particular. No especificaba qué podría haber hecho la policía de manera distinta, pero sí daba una mala imagen de esta, afirmando que había mostrado un escaso interés por el caso y llevado a cabo una investigación defectuosa. La falta de resultados era evidente. La policía ni siquiera había sido capaz de encontrar el coche de Hummel. Las estadísticas semestrales publicadas recientemente señalaban un aumento del 20 por ciento de los controles de tráfico frente al año anterior, lo cual demostraba que la policía cometía errores de juicio y que sus prioridades no eran las correctas. Por lo que las simpatías, en este caso, no estaban con la policía, que se enfrentaba a una tarea compleja, sino con la abuela, que había perdido a su único nieto.
Wisting estaba acostumbrado a las críticas, de modo que estas no le afectaban. Sin embargo, esta vez lo había vivido de manera algo distinta. Era un recordatorio de que no habían tenido éxito. Y, desde un principio, el caso Hummel le había provocado cierta inquietud, una sensación constante de no estar a la altura.
–La expresión «desaparecido sin dejar rastro» pocas veces ha sido tan apropiada como en este caso –prosiguió Christine Thiis–. Con los datos del teléfono móvil, los peajes, el taxímetro y el ordenador de a bordo deberíamos encontrar algo que pudiera decirnos dónde están él y su coche, pero no tenemos nada.
Wisting asintió. Pensó en los innumerables días que habían dedicado a la investigación del caso Hummel, y todo ese tiempo se le aparecía vacío de contenido. Habían establecido una cronología exhaustiva de las últimas veinticuatro horas antes de la desaparición del hombre, pero no encontraron nada que pudiera señalar su paradero actual. Asimismo, habían intentado hacerse una idea de quién era Jens Hummel. Apenas sabían nada sobre él. Tenía treinta y cuatro años y vivía solo. Había tenido varios trabajos eventuales hasta que a los veinticinco años empezó a conducir un taxi. Cinco años atrás, había conseguido la licencia y su propio coche. Pasar casi diez años al volante le había proporcionado una amplia red de contactos con personas muy distintas entre ellas. La policía había hablado con la mayoría, pero nadie pudo contarle nada que arrojara luz sobre lo ocurrido.
Los casos de desapariciones siempre resultaban complejos, y no solo porque no había una escena del crimen, sino también porque era difícil coordinar una investigación tan dispersa.
Se quedaron sentados tomando café y comentando algunas de las teorías más interesantes. Una de ellas señalaba un ajuste de cuentas por un tema de drogas. Se decía que Hummel había hecho de mensajero local, utilizando el taxi para transportar drogas. Durante un tiempo, parece ser que se había dedicado a traer y llevar a prostitutas y, aunque habían conseguido confirmar más o menos esa información, no los había conducido a ninguna parte.
Wisting miró el reloj. Tenía que ponerse en marcha.
En el coche la conversación versó sobre otros asuntos, como el verano y qué harían durante las vacaciones.
–Yo no me marcho a ninguna parte –explicó Christine Thiis–. ¿Y tú?
–Le he prometido a Line que la ayudaría con la reforma de la casa. Según ella, se me da bien empapelar.
Christine Thiis sonrió; luego su expresión se volvió pensativa.
–Mis hijos van a pasar cuatro semanas con su padre. Será raro estar sola tanto tiempo.
Wisting detuvo el coche frente a la casa de ella.
–Gracias por traerme. Y disculpa de nuevo que me quedara en tu casa anoche.
–No pasa nada –aseguró él.
–Llámame –le rogó ella, y puso la mano sobre el brazo de él.
Wisting le sostuvo la mirada. Ella parpadeó varias veces antes de retirar la mano.
–Si es que sacas algo en limpio, quiero decir. Si consigues averiguar qué le ha pasado a Jens Hummel.
3
Hacía un calor sofocante ese día y no corría una gota de viento. Wisting encontró sitio para aparcar junto al antiguo muelle de barcos de vapor y salió del coche. Dos chavales estaban al borde del embarcadero con sendas cañas de pescar. Sobre ellos, volaban unas gaviotas trazando círculos somnolientos.
La calle estaba atestada de gente. Wisting saludaba aquí y allá, con un movimiento de cabeza, a los transeúntes que conocía.
En La paz dorada, gran parte de las mesas de la terraza estaban ocupadas. Wisting empujó la puerta, entró y se quedó en el umbral esperando a que sus ojos se acostumbraran a la escasa luz del interior.
Suzanne estaba sentada a una mesa al fondo del local y lo llamó con la mano. Llevaba puesto un vestido blanco de verano y el cabello negro recogido en una coleta.
Wisting saludó con la cabeza y fue hasta allí. Ella se levantó y le dio un beso en la mejilla. Pequeñas arrugas surcaron sus ojos cuando ella le sonrió.
–¿Te apetece algo? –le preguntó Suzanne mirando hacia el mostrador–. ¿Café?
Wisting se sentía algo aturdido.
–Me tomaría un agua con gas –dijo con voz ronca.
Suzanne fue tras el mostrador y reapareció con una botella y un vaso con cubitos de hielo.
–No sabía con quién más podría hablar –dijo ella, sentándose.
Wisting llenó el vaso.
–Dijiste que se trataba de Jens Hummel.
–No sé si tiene importancia –señaló ella–, pero últimamente, por las noches, aparece por aquí un hombre que se sienta junto a la barra, lee los periódicos y no dice gran cosa, pero creo que ha vivido una temporada en el extranjero y ahora ha vuelto a la ciudad.
Suzanne cambió de sitio un sobre sin dirección que había sobre la mesa, y luego prosiguió:
–La semana pasada dijiste en el periódico que ibais a cerrar el caso Hummel.
–Archivarlo por un tiempo –la corrigió Wisting.
–¿Hay alguna diferencia?
Wisting se encogió de hombros.
–En cualquier caso –continuó ella–, en relación con el resumen del caso se publicó, entre otras cosas, una foto del taxi de Jens Hummel.
Wisting asintió. Una vez más recordó su fallida estrategia con los medios.
–Esa noche esto estaba muy tranquilo. Me fijé en que el hombre tuvo una reacción muy extraña al leerlo.
–¿Qué tipo de reacción?
Suzanne bajó la voz, a pesar de que no había nadie cerca que pudiera oírlos.
–Se puso muy nervioso –explicó–. Levantó la vista del periódico y miró a su alrededor antes de seguir leyendo. Luego se levantó, salió un rato fuera, regresó y leyó de nuevo el artículo.
Wisting bebió un trago de agua.
–Me acerqué a él para recoger unos vasos vacíos –prosiguió Suzanne–. Entonces dijo una cosa extraña.
–¿Qué?
–Yo hice un comentario sobre el artículo que estaba leyendo en el periódico. Comenté que se trataba de un caso especial, y entonces él me miró y dijo: «Está en el granero».
–¿«Está en el granero»? –repitió Wisting.
Suzanne asintió.
–No tuve tiempo de preguntarle, porque enseguida añadió, señalando la foto del coche: «Un día apareció allí», y no dijo nada más. Luego dobló el periódico y se lo llevó con él.
–¿A qué granero se refería? –preguntó Wisting, sabiendo que no obtendría ninguna respuesta.
–Solo sé lo que te he contado, pero no podía dejar de pensar en ello, así que creí que debía llamarte. Ese hombre sabe algo.
Wisting miró al resto de los clientes.
–¿Ha vuelto por aquí desde entonces?
Ella negó con la cabeza.
–¿Alguna vez estuvo aquí con alguien? –siguió preguntando Wisting, en un intento de averiguar algo que pudiera conducirlo hasta ese hombre.
–No; he preguntado al personal, pero nadie sabe quién es.
Wisting siguió haciendo preguntas sobre el aspecto del hombre: lo que llevaba puesto, qué dialecto hablaba o si tenía algún rasgo característico.
Suzanne cogió el sobre que tenía delante, lo abrió y sacó un papel.
–Esa noche pagó con tarjeta de crédito –dijo ella, y volvió a meter el papel en el sobre–. Comprobé la caja para saber la hora en que pago. Probablemente podáis utilizar el registro de la transacción para descubrir quién es.
Wisting sonrió y cogió el sobre que ella le tendía. Tal vez contenía algún dato que serviría de punto de inflexión en el caso Hummel. Entre los investigadores habían circulado distintas teorías sobre dónde podría encontrarse el coche. Algunos opinaban que Jens Hummel había salido voluntariamente de la ciudad; otros, que el vehículo estaba en algún terraplén tras sufrir un accidente o porque lo habían abandonado allí. Sin embargo, Wisting, al igual que otros, creía que lo habían ocultado en un garaje o en un lugar similar y que Jens Hummel había sido víctima de un crimen.
Las patrullas policiales habían recorrido todas las carreteras secundarias del distrito; un helicóptero había buscado en zonas cada vez más extensas; los buceadores habían revisado las inmediaciones de los embarcaderos y puertos; habían rastreado en aparcamientos, pero las búsquedas resultaron infructuosas, por lo que no era del todo improbable que estuviera en un granero.
Suzanne se puso en pie.
–Me toca trabajar –dijo–. ¿Cómo está Line?
–Bien –respondió Wisting con voz ronca–. Creo que le va muy bien.
Por un momento, pareció que Suzanne iba a añadir algo más, pero no lo hizo. Wisting se lo agradeció. No le resultaba fácil hablar de lo que le había ocurrido a Line.
Suzanne dio unos pasos hacia el mostrador.
–Suerte –dijo–. Con todo. Dale recuerdos de mi parte.
Wisting asintió.
–Llámame si ese hombre vuelve a aparecer por aquí –le pidió él, y se quedó sentado a la mesa.
Abrió el sobre y sacó el papelito. Las cifras del registro de la terminal de pago no le decían nada. Tendrían que preguntar a la empresa de la tarjeta de crédito para descubrir la identidad de la persona que se encontraba tras esa combinación de números. Había esperado mucho tiempo para obtener nuevos datos sobre el caso Hummel; sin embargo, no le quedaba más remedio que esperar hasta el lunes.
4
A las siete menos cuarto de la mañana del lunes Wisting ya estaba abriendo la puerta de la comisaría. Tenía las manos manchadas de pintura blanca después de haber ayudado a Line a pintar unos marcos la noche anterior.
De camino a la sección de delitos violentos, saludó a unos cansados agentes, inclinados sobre los ordenadores, redactando los últimos informes del turno de noche.
Mientras esperaba a que llegaran los otros investigadores, revisó de nuevo el caso Hummel. Al tiempo que leía, intentó quitarse con las uñas las manchas de pintura blanca de las manos.
Sabía que un nuevo dato tal vez le ayudaría a ver el caso desde otro ángulo. Lo que antes le había parecido insignificante podía ser, a la luz de una nueva hipótesis, muy importante. Ojeó los documentos relativos al caso buscando detalles que llamaran su atención, hechos que no se habían resuelto, sucesos fortuitos que quizá ocultaban conexiones relevantes.
Algo que destacaba en este caso eran los trayectos de larga distancia que había realizado Jens Hummel con el taxi. Al menos una vez a la semana, este hacía recorridos de más de una hora a Kristiansand o a Oslo. Podría ser una casualidad, por supuesto; al fin y al cabo, no eran más que estadísticas. Pero lo que llamaba la atención en esos servicios era que se abonaban al contado y no se pedían a través de la centralita de taxis. Ante sus colegas, Hummel había bromeado con el hecho de que debía de llevar a una anciana rica a visitar a su familia de Sørlandet. Nadie la había visto nunca y tampoco la policía la había localizado.
Wisting no encontró nada que llamara su atención, tampoco esta vez. Una búsqueda en el registro electrónico de posibles indicios no dio ningún resultado al introducir «granero» o «el granero».
La puerta de su despacho estaba abierta, por lo que cada vez que alguien entraba en la sección Wisting lo oía. A las ocho menos diez reconoció los pasos de Nils Hammer; oyó como este arrastraba los pies hacia su despacho, al final del pasillo.
Hammer se había convertido en un experto en la búsqueda y en el seguimiento de rastros electrónicos, sobre todo porque tenía una gran capacidad de adaptación. Métodos de investigación y nuevas tecnologías que no existían cuando ellos empezaron en la policía eran ahora determinantes.
Wisting se levantó de su mesa y fue a hablar con él. El corpulento oficial de policía se había traído un café del puesto de guardia y daba sorbos mientras entraba en el sistema de datos.
Wisting dejó el resguardo del datáfono sobre la mesa, delante de Nils Hammer.
–¿Cuánto puedes tardar en averiguar quién ha pagado con esta tarjeta? –preguntó Wisting.
Hammer dejó el café, cogió el papel y le echó una mirada rápida.
–¿Corre mucha prisa? –preguntó.
–Quien utilizó esta tarjeta tal vez sepa dónde está Jens Hummel –respondió Wisting.
Nils Hammer se enderezó sobre la silla.
–Dame un par de horas –dijo, y apuró el resto del café.
Wisting se dio la vuelta para volver a su despacho.
–¿Cómo le fue a ella, por cierto? –preguntó Hammer a su espalda.
–¿A quién? –quiso saber Hammer, dudando de si se referiría a Line.
–A nuestra jurista –aclaró Hammer sonriendo entre dientes–. Cayó desmayada.
–Le fue bien –le aseguró Wisting–. Supongo que necesitaba cogerse una buena.
Fue hacia su despacho sonriendo para sí al pensar en el café que había compartido con Christine Thiis el día anterior.
Las labores rutinarias le esperaban. Repasó el montón de informes y denuncias del fin de semana. Parecía que la tranquilidad veraniega también surgía efecto en las estadísticas de actos delictivos. Salvo por algún altercado en un restaurante, unos conductores borrachos y un incendio en un barco, había poco que destacar.
Christine Thiis apareció cuando se disponía a examinar el último informe.
–Gracias de nuevo –dijo con mirada tímida–, por haberme llevado a casa.
Wisting le restó importancia.
–¿Has averiguado algo más sobre el caso Hummel? –preguntó ella al sentarse.
–Aún no lo sé.
Le habló del datáfono y de la reacción del desconocido ante lo que habían publicado en el periódico, pero sin mencionar el nombre de Suzanne. Christine Thiis no le había pedido que la mantuviera fuera del caso, pero, al no haberle dicho antes con quién había quedado, no vio motivo para hacerlo ahora tampoco.
Christine Thiis se puso en pie.
–Tienes una mancha blanca ahí –dijo, y le señaló la mejilla.
Wisting se llevó la mano a la cara.
–Pintura –explicó, al tiempo que le mostraba las manos–. Seguramente, durante las próximas semanas seguirá estando ahí.
Ella sonrió y cerró la puerta del despacho al salir.
Wisting volvió con los informes. Pasaron casi dos horas antes de que la puerta se abriera de nuevo. Hammer entró con unas hojas impresas en la mano y se sentó.
–El titular de la tarjeta es un tal Aron Heisel –dijo mostrándole un impreso donde aparecía ese nombre.
Wisting cogió la hoja. Además del número de cuenta bancaria estaba la fecha de nacimientos, pero ninguna dirección. Calculó que Aron Heisel debía de tener unos cuarenta y ocho años.
–¿Quién es Aron Heisel? –preguntó mirando de soslayo los papeles que Hammer tenía sobre el regazo.
Este le mostró una foto del registro policial, tomada de frente y de lado. Era una versión más joven del hombre que Suzanne le había descrito. Tenía los hombros estrechos, la nariz chata, un principio de ojeras bajo los ojos grises y los incisivos centrales separados.
Con un movimiento de cabeza, Wisting instó a Hammer a que le contara por qué aquel hombre figuraba en los registros de la policía.
–Fue condenado por dirigir una gran fábrica clandestina de alcohol en las afueras de Drammen en mil novecientos noventa y siete. Luego, en dos mil dos, fue arrestado y condenado de nuevo por contrabando de alcohol, y hace tres años fue sospechoso en un caso en Østfold, pero no fue condenado.
–¿Dónde está ahora?
–Último domicilio conocido en las afueras de Marbella, en España.
Wisting asintió. Conocía esa ciudad; había ido en una ocasión por trabajo con Torunn Borg.
–Pero ahora está en Noruega –prosiguió Hammer, y dejó sobre la mesa una larga lista de transacciones que Aron Heisel había realizado.
–Ha utilizado la tarjeta en distintos lugares de España –dijo bajando por la lista con el dedo índice–. La última vez en el aeropuerto de Málaga, el doce de julio. Luego, como ves, ya está en Noruega.
Wisting miró la hoja impresa con los ojos entrecerrados. Habían usado la tarjeta el día anterior, en el supermercado REMA 1000 en Holmejordet. La tienda se encontraba en el acceso a Stavern. Wisting solía ir allí para hacer la compra a la vuelta del trabajo.
Miró a su alrededor buscando las gafas, pero no las encontró. Siguió estudiando la lista con los ojos entrecerrados. Aron Heisel había hecho unas compras en un almacén de materiales de construcción, había comido en un restaurante del puerto Indre, y había gastado una suma importante en la tienda de electrónica Elkjøp. Vio que había hecho unas cuantas visitas más a Suzanne, en La paz dorada. Salvo en la última ocasión, siempre había pagado poco antes de la medianoche, y la siguiente transacción era, sistemáticamente, un cargo de Vestfold Taxi.
Wisting levantó la vista, entusiasmado.
–Podemos dar con él –dijo señalando la línea en la que figuraba uno de sus recorridos en taxi–. Alguien lo ha llevado a casa.
5
Hammer tardó tres horas en localizar a un taxista que recordara haber llevado a Aron Heisel. Los dos primeros con los que habló no se acordaban ni del pasajero ni del viaje, pero el tercero lo reconoció por la foto y les contó que lo había llevado dos noches seguidas. En ambas ocasiones, lo había dejado en Huken.
Desde la comisaría, tardaron diez minutos en llegar en coche. Para Wisting, Huken no era más que un nombre en el mapa, situado junto a la carretera comarcal interior que serpenteaba hacia Helgeroa.
Hammer redujo la velocidad cuando se aproximaron. Wisting se echó hacia delante, sobre el asiento, y estudió el entorno. Las hojas de los patatales se elevaban a ambos lados de la carretera. Primero llegaron a una vivienda de arquitectura moderna que parecían haber construido en un antiguo terreno de cultivo. En el jardín, unos niños saltaban sobre una cama elástica, mientras que dos adolescentes arreglaban un ciclomotor. Junto a la carretera había un viejo taller o tal vez era un garaje para camiones y, detrás, algo más alejadas, unas dependencias de color rojo. Pero no había ningún granero.
–Sigue adelante –pidió Wisting.
Pasaron un cercado en el que pastaban unos caballos. Un hombre estaba subido a una escalera, pintando la pared de la cuadra. En un patio abierto había un tractor con una máquina de cortar leña montada encima, colocado junto a una pila de troncos de madera. Un poco más allá, el sol se reflejaba en los cristales que quedaban de un antiguo invernadero. En un desvío, vieron un viejo cobertizo de recogida de leche y una señal azul que indicaba que era una parada de autobús.
–Aquí –dijo Hammer señalando–. Lo dejó en este lugar.
Tras un pequeño muro de piedra, un estrecho sendero, prácticamente cubierto de maleza, se adentraba en el bosque.
Hammer giró el coche en dirección al sendero. Una bandada de pájaros elevó el vuelo desde un árbol frondoso, como un enjambre de insectos. El coche avanzó despacio, columpiándose, sobre boquetes y tocones de hierba. Por el lado izquierdo del camino discurría una ancha cuneta llena de agua estancada, cubierta de fango de un verde ácido. Solo a ratos, Wisting pudo distinguir manchas de agua negra.
El bosque se hizo más denso a su alrededor, antes de que el paisaje volviera a abrirse. El camino desembocaba en una pequeña granja abandonada. Un granero medio en ruinas estaba pegado al lindero del bosque. Faltaban la mitad de las tejas, por lo que la construcción recordaba a un cadáver del que los buitres se hubieran comido la mitad de la carne.
Hammer condujo hasta la casa principal y detuvo el coche. Entre la casa y el granero había dos casetas con el techo de uralita. A su alrededor, crecían escaramujo y dedaleras de color púrpura.
Wisting bajó del coche y cerró la puerta. Hammer dejó la suya abierta. Lo único que se oía era el zumbido veraniego de los insectos que daban vueltas sobre la hierba alta.
En algún momento la casa principal había estado pintada de blanco. Ahora era de color gris y se veía muy deteriorada. Los canalones colgaban a trozos en las esquinas de la casa, no había cortinas y una ventana rota había sido reemplazada por una tabla de madera.
Wisting se acercó a la puerta y llamó con los nudillos. Sin esperar respuesta, se acercó a la ventana más próxima, puso las manos sobre el cristal y miró en el interior. Una cocina pintada de azul. Platos, tazas y vasos apilados en el fregadero. Bolsas de plástico, envases de botellas, cajas vacías de pizzas sobre la encimera. Pudo distinguir una fila de hormigas que iba desde una de esas cajas hasta las molduras de la pared. En la mesa de la cocina había un periódico junto a una taza de café.
–¿Hay alguien en la casa? –preguntó Hammer tras él.
–No, pero aquí vive gente –respondió Wisting. Golpeó el cristal con la mano y gritó antes de regresar hacia la puerta y tirar del picaporte–. Cerrado –confirmó, volviéndose hacia el granero de techo casi hundido–. Vamos a ver si podemos entrar ahí.
Caminaron entre la hierba alta hasta la doble puerta en mitad de la pared del granero. Un trozo de tablón estaba inclinado sobre el suelo, lo que mantenía la puerta cerrada. Hammer lo apartó con el pie. Las puertas se abrieron unos centímetros, pero una traviesa las cerraba por dentro.
Una puerta situada un poco más adelante, en la misma pared, también estaba cerrada. A cada lado había unas ventanas de cuadraditos. La mayor parte de la masilla se había secado y deshecho, pero los cristales se sujetaban con unas tachuelas dobladas hacia el cristal.
–No podemos irnos de aquí sin haberlo comprobado antes –comentó Hammer, y hurgó en el borde con los dedos.
Wisting asintió y permaneció en silencio mientras Hammer volvía al coche en busca de un rascador de hielo. Lo introdujo bajo las tachuelas y las hizo saltar. Entonces quitó uno de los cristales, metió la mano y descolgó la falleba.
Wisting sostuvo la ventana abierta mientras Hammer se levantaba a pulso y entraba. Desde el exterior, oyó a Hammer soltar un taco y algo que raspaba la pared antes de impactar contra el suelo. Luego apartaron la traviesa y las puertas se abrieron. Wisting las abrió del todo y miró en el interior del enorme granero. El olor a hierba seca les llegaba a oleadas. Haces de luz se abrían paso entre las juntas de los tablones. Poco a poco se fueron acostumbrando a la oscuridad y la habitación tomó forma. Dos puertas en la pared más pequeña; a la izquierda, un remolque de carga con dos ejes y cuatro ruedas. Detrás se veían un montón de pacas de paja apiladas y un palé con bidones de plástico blancos. Por las paredes colgaban bieldos, palas, rastrillos, una hoz y otras herramientas. Varios accesorios de tractor estaban tirados en la otra esquina, junto a viejas lecheras.
En medio de la estancia había un vehículo cubierto con una lona que no llegaba hasta el suelo.
Wisting se dirigió hacia allí. Al caminar, sus pies levantaban un fino polvo que le picaba en la nariz.
Hammer agarró la lona y tiró de ella. Era un Volvo V60 negro con un letrero luminoso de taxi en el techo. El número de licencia era Z-1086. El coche de Jens Hummel.
Wisting se inclinó sobre el parabrisas delantero y miró en el interior, sin tocar nada.
Estaba vacío.
Su mirada fue de un lado a otro. La llave estaba metida en el contacto. En la consola central había una botella medio vacía de Coca-Cola; en el asiento del copiloto, un par de guantes de piel y parte de una baguette, reseca y mohosa, envuelta en plástico.
Hammer retiró la lona del todo, fue a la parte trasera y abrió el maletero.
–Vacío –informó, y volvió junto a Wisting–. Completamente vacío.
