PRÓLOGO
El azimut y el meandro
A principios del año 2021 podíamos movernos más o menos libremente por el territorio europeo siempre que demostráramos a la Administración un buen estado de salud física. Convencí a mi amigo Olivier Frébourg para emprender un viaje de cuatro días que repitiera a pie la fuga de Arthur Rimbaud en octubre de 1870. Un lunes nos subimos al tren de las ocho y veinte, de París a Charleville-Mézières. Después de hacernos la PCR en un laboratorio del centro, bastaba con que nos dirigiéramos a Bruselas por Charleroi basándonos en los pocos elementos biográficos de que disponíamos. Rimbaud viajó en tren a Fumay, luego pasó por Givet, cruzó la frontera discretamente, se detuvo en Charleroi y caminó hacia Bruselas. Teníamos poca información, pero con eso nos bastaba.
Leer a Rimbaud te condena a echar a andar un buen día. En el poeta de Iluminaciones y Una temporada en el infierno, toda la vida es puro movimiento. Huye de la Ardena, se escapa a la noche parisina, corre en pos del amor en Bélgica, se pasea por Londres y luego se aventura a muerte por los caminos de África.
La poesía es el movimiento de las cosas. Rimbaud se desplaza sin descanso, cambia de punto de vista. Sus poemas son proyectiles. Ciento cincuenta años después todavía nos alcanzan. Cuando el mundo se para es la muerte. Ninguna poesía sobrevive al formol. No hay más que ver las cuarentenas sanitarias.
Frébourg y yo, haciendo un esfuerzo de logística, habíamos metido algunas cosas en nuestras mochilas: habanos, dos paraguas. Y cada uno llevaba unos libros: él, de Verlaine, Pirotte y Cliff; yo, de Rimbaud y Lord Byron. Con las latas de sardinas y una linterna frontal sería suficiente para ciento treinta kilómetros.
Qué alegría caminar con un acompañante en plena congelación tecnosanitaria. Salimos por la mañana, caminamos sin detenernos, conversamos todo el día, comimos en un terraplén contemplando las aves zancudas, pasamos revista a los paisajes como si fueran cuadros de un museo y, al llegar la noche, habíamos descontado cuarenta kilómetros con la sensación de haber hecho algo. Entonces llegó el momento de parar en un hotel de una o dos estrellas, en la plaza de un pueblo. Tomamos un té en la habitación (llevar un hornillo) mientras escribíamos en un cuaderno los recuerdos del día. Es un placer modesto y total, alcanzable en todas partes, pues no importa la ruta que se haya seguido. ¡Lo raro es que todo el mundo no eche a andar por los caminos!
Al principio, para llegar a la frontera belga en Givet, seguimos el camino de sirga. Encontramos algunas referencias que recordaban a Arthur Rimbaud. En la estación, este cartel disparatado: «Rimbaud Tech, incubadora de empresas»; más allá, su retrato en la fachada del Hôtel de Paris; un poco más allá, una tasca con su efigie. Es legítimo, se menciona al ídolo para impulsar el negocio.
El primer día caminamos como condenados. Rimbaud:
Esperaba baños de sol, paseos infinitos, descanso, viajes, aventuras; en fin, cosas de bohemios.
Era un buen plan. Era lo que hacíamos nosotros.
El Mosa estaba caqui y las vertientes salpicadas de placas negras: afloramientos de esquisto. Yo, tan dado a los chistes malos, le decía a Frébourg: «La Ardena nos va a apuntar en la pizarra», y él, que es buen compañero de viaje, me reía la gracia. El Mosa se enroscaba entre las vertientes empinadas, salpicadas de abetos pelados. Había excavado la montaña y descansaba del esfuerzo en amplias curvas perezosas. «Mosa arrullador», había dicho Péguy (río arriba). «Mosa aburridor», pensó Rimbaud.
Era invierno. Nos adentrábamos en el paisaje de la infancia profunda. Los lugares esculpen a los hombres y yo estaba encantado de infiltrarme en ese campo frío. Explicaba al niño Rimbaud. Aquí, a comienzos de los años 1870, Arthur deambuló y compuso sus primeros versos, poemas de la escapada del colegio: Mi bohemia, Sensación. El sol brillaba.
Las fábricas en ruinas y las aldeas zombis pasaban de largo. A veces una granja fortificada, de cuando vivir consistía en defender tus posiciones, dominaba el desfiladero. Unas garzas lúgubres alzaban el vuelo desplegando su sotana sobre las cañas. En todo el camino no nos cruzamos con un alma. Un siglo había pasado por esas vaguadas. La industria estaba muerta, deslocalizada hacia pueblos más sufridos, en Polonia, en China. El virus había acabado de encerrar a la gente en su casa. Era el sueño del global network, de plantar a la humanidad delante de la pantalla, alimentada dos veces diarias a domicilio (además del café con leche en las tazas). Era la transición a una humanidad que funcionaba con batería. Qué tiempos aquellos de las posadas de carretera, en que unos colegiales escapados podían tomar una cerveza mientras sonreían a las valonas (dos poemas de Rimbaud sobre la alegría de las paradas en los mesones: La tunanta y Au Cabaret-Vert).
Al principio, a Arthur Rimbaud le gustaba perderse por el campo. Luego huyó de allí, el Mosa era demasiado apacible, la vida demasiado lenta en «este agujero». De modo que la huida prodigiosa no cesó. El Mosa es una cinta de sombra, él buscaba el sol. El río corre por una garganta, él soñó con los horizontes de África. Aquí los inviernos se abaten como un ejército de conquista, él fue a tostarse a la orilla del mar Rojo.
El Mosa se arrastraba, nosotros apretábamos el paso. Cuando pronunciábamos su nombre (Meuse) recalcando la primera sílaba, sonaba como un mugido. Caía la tarde y, en el mapa IGN de 1:25 000 que desplegamos sobre un banco de madera, nos dimos cuenta, Frébourg y yo, de que no podíamos llegar a Fumay antes de la noche. Los meandros del río casi se enrollan sobre sí mismos. El Mosa ya fluía antes de que apareciera la Ardena, en la era terciaria. Cuando el macizo se alzó, el curso de agua surcó el levantamiento hundiéndose en su masa, lentamente, hasta formar unas serpentinas desmedidas. Para el caminante es desalentador. Si sigue los meandros del curso de agua, después de recorrer diez kilómetros ¡vuelve a estar casi en el punto de partida!
—Si queremos avanzar —le dije a Frébourg—, tenemos que atajar por la ladera. Subimos doscientos metros de desnivel por ella y volvemos a bajar a la orilla por la otra vertiente. Si lo hacemos así, ganaremos doce kilómetros.
De modo que, poco antes del pueblo de Joigny, echamos a andar cuesta arriba, monte a través o, como se dice en la Legión Extranjera, al azimut brutal.[1] Nos enredábamos en las zarzas, tropezábamos con las ramas y resbalábamos en la nieve. Resoplábamos como focas. ¡Ah! Lejos de las sutilezas de Mi bohemia, nada nos asemejaba a los vagabundos románticos de finales del siglo XIX. Pero teníamos que ganar nuestra carrera contra las circunvoluciones del río herciniano.
La vida de Rimbaud se parece a la dialéctica del meandro y el azimut. Habría podido seguir el curso de una vida de literato, racional, aplicada, eficaz, totalmente consagrada a su posteridad. Verlaine lo habría apoyado, se habría codeado con sus pares, habría aquilatado su obra, habría conocido la gloria. Y, de meandro en meandro, habría pasado noches estudiosas, días serios, esculpiendo su estatua. Una vida como el Mosa: poderosa, lenta, profunda; útil, en definitiva.
Pero Rimbaud optó por cortar el camino y la lengua. Bruselas, Londres, París, Java, África: vida de escapada, correría por la poesía. Resultado: dos libros de poemas como explosiones, un silencio atronador, una vida como un reguero de pólvora y la muerte a los treinta y siete años con una pierna cortada y un nudo en la garganta.
La poesía de Rimbaud lanza bengalas. De ella no se extraen enseñanzas sobre la vida, la muerte, el amor ni el arte. Pinta imágenes, arroja sus visiones, que son secretos de iniciado. Es violento, nuevo, infranqueable. El Verbo es un enigma. Lo único que uno puede hacer es tratar de desvelar sus misterios. Los versos rasgan la niebla y revelan secretos nuevos. Son sublimes. Sin explicaciones, sin informaciones.
Rimbaud no alcanza nunca su meta porque siempre la está cruzando. Su vida no es un viejo río que socava lentamente la montaña.
Rimbaud, azimut brutal hacia la eternidad.
EL CANTO DE LA AURORA
COMO UN REGUERO DE PÓLVORA
Arthur Rimbaud nace el 20 de octubre de 1854 en Charleville-Mézières. En la frontera belga, la Ardena alza su masa surcada de valles lentos.
Los veranos son cortos; los inviernos, repelentes. En esta montaña (margas y calizas sobre sustrato granítico y afloramientos esquistosos) asoma a menudo el enemigo. En medio de una geografía golpeada por la Historia, Arthur empieza su vida, blitzkrieg sin victoria. De momento, el estudiante arrambla con los primeros premios, se ciñe los laureles de todas las humanidades. Cuando se quiere ser «absolutamente moderno» no hay nada como la formación clásica. En esta época, los pedagogos aún no habían explicado a los pequeños colegiales que debían sacudirse todas las herencias para desarrollar su «creatividad». Había grandes poetas porque habían sido grandes alumnos clásicos.
Es 1854, pues. Napoleón III reina sobre su Segundo Imperio. Victor Hugo, en el exilio, cree en la perfectibilidad del hombre y compone odas al progreso. Chateaubriand ha abandonado este mundo contando con las generaciones venideras para la próxima revolución. Se ha lanzado el primer dirigible, se prepara la excavación del canal de Suez, pronto el alumbrado público será eléctrico. En resumen, se acerca el paso de la sombra a la luz. El hombre cree en la salvación por la Ciencia. El siglo XIX no sabe que está gestando el monstruo que se llamará el XX, cuyas fechorías expiará el XXI. Arthur desembarca en ese estúpido siglo XIX. No se unirá al coro de las esperanzas tecnohumanistas. No quiere contribuir al progreso de la condición humana, ese camelo. ¿Su deseo? Volver a inventarlo todo, a vivirlo todo, a decirlo todo. Y antes, derribarlo todo. En la carta enviada desde Charleville el 15 de mayo de 1871 a Paul Demeny expone su programa de Fausto del Verbo: «El poeta definiría qué cantidad de lo desconocido se despierta, en su época, en el alma universal: ¡daría algo más que la fórmula de su pensamiento, que la notación de su marcha hacia el Progreso! Enormidad convertida en norma, absorbida por todos, ¡el poeta sería realmente un multiplicador de progreso!».
El Arthur colegial sabe lo que hay en él, lo que es, lo que quiere. Será poeta.
Envía sus primeros sonetos a varios literatos que viven en París. Busca un mentor, no ha tenido padre. Recepción educada. Los astrónomos no ven el cometa. A los quince años Rimbaud compone versos que nosotros recitamos siglo y medio después. Sus profesores sospechan vagamente que están delante de una anomalía. Su familia no lo entiende. «Esa gente», como se dice más al norte, en Bélgica, prefiere la tierra. La madre de Rimbaud será el escrúpulo eterno bajo la suela de viento de su hijo. Sin embargo, la mother, denostada por los admiradores de Arthur, lo quiere. Pero ¡que no le hablen de «pieles rojas chillones»!
Todo va deprisa. El genio es un reguero de pólvora. Solo Hugo logró ser Hugo hasta el final de sus días. En Rimbaud la nitroglicerina explota y se volatiliza. No durará, se hundirá en sí mismo. ¡Supernova!
A los dieciséis años se fuga a París. Es la Comuna. Las barricadas las ve de lejos. Los historiadores de las letras sacarán este episodio de quicio, porque Francia venera la idea de Revolución y quiere ver un Gavroche en cualquier chico majo. Lee a Verlaine, le escribe, lo conoce. Declama El barco ebrio delante de los hombres de letras parisinos, poetas serios y periodistas reconocidos. Cunde el estupor entre esos señores con monóculo. Pero el chico es maleducado, nadie tiene ganas de apoyarlo. Descubren al genio, desconfían del diablo. Verlaine ha descubierto la perla del siglo. Es tóxica.
Ni Rimbaud ni Verlaine tienen paciencia para la amistad. La mezcla de admiración y amor se llama pasión. Deambulan por París, Londres, Bruselas. Tras ellos, un rastro de escándalo. Se aman, se odian, se reencuentran. Verlaine deja a su mujer. Verlaine le pega un tiro a Rimbaud. Verlaine va a la cárcel. Los amores escandalosos no son muy tiernos. El amor a muerte no da buenos frutos. Rimbaud despacha a su cerdo[2] y publica Una temporada en el infierno. Nadie lo sabe. Escribe las Iluminaciones, nadie las publica. Luego se acabó. Ya lo ha dicho todo entre los quince y los diecinueve años, nadie lo ha oído.
Los dos títulos trazan un recorrido de la sombra a la luz: Una temporada en el infierno e Iluminaciones. Cada verso es, a la vez, un misterio y la clave que lo explica. Cada uno rasga el velo de la lengua francesa y se asoma a visiones nuevas.
La obra completa —poemas y correspondencia— cabe en un solo volumen de la Pléiade (1.101 páginas). Se puede comprar (cuesta menos de la mitad de los 135 euros de multa que impone el nuevo orden cibersanitario) para meterlo en el bolsillo y vagabundear con él por las orillas del Mosa, viático más provechoso que una guía de viaje. El precio de la belleza no se mide en peso. Los versos de Rimbaud no son muchos, pero electrocutaron el Verbo. Para las letras marcan «un antes y un después», como se dice hoy en el gran hospicio occidental. Rimbaud es el virus del Verbo. Su obra cierra el ciclo de cierta idea de la escritura en que las palabras se ponían clásicamente al servicio del pensamiento. Después de él se escribirá sobre los escombros de una catedral que él contribuyó a dinamitar.
Para la lengua abre una temporada en el infierno. En vida, pocos l
