MIA
Nací con una fecha de caducidad corta. Imagino que esa es la razón por la que mi madre se marchó dos días después de mi nacimiento. Y como morir antes de saberlo no es una opción que esté dispuesta a considerar, no me queda más remedio que preguntárselo yo misma… aunque eso signifique cruzar el Atlántico y convertirme en una especie de fugitiva.
En cuanto oigo el repiquetear de los tacones de Katelyn, mi madre de acogida, alejándose por el pasillo y el chirrido de la puerta de entrada al abrirse y cerrarse, corro a mi habitación y busco debajo de mi cama. Sí, aquí sigue, mi maleta vintage, la que compré en un mercadillo hace un año. Las banderas que esconde su desgastado cuero verde me hablan de lugares increíbles que ni siquiera puedo pronunciar, lugares que nunca podré visitar. Pongo la maleta sobre la cama y, después de saquear mi mitad del armario, coloco en ella todas mis posesiones: dos pantalones, tres camisetas, mi chaqueta de la suerte y dos jerséis; algo de ropa interior, mis tres diarios, los rotuladores y mi más preciada posesión: la cámara. Me levanto y cojo la bufanda de lana rosa que tengo colgada detrás de la puerta como si fuese un adorno de Navidad. Me acaricio la mejilla con su suave tejido y, aunque sé que ya estamos en primavera y que nunca más la volveré a usar, me resulta imposible dejarla aquí, sola, abandonada. En cuanto la descuelgo de la puerta, noto que una sombra se desplaza por la habitación. Me vuelvo de golpe y me topo con mi aterrado reflejo mirándome desde el cristal de la ventana. Primero grito como una histérica y después me echo a reír aliviada. Se nota que soy nueva en esto del «fugitivismo».
Me gusta pensar que mi corazón eligió ser original, diferente de los demás, y que por eso nací con tres cardiopatías congénitas. Antes no me importaba, porque tenía un plan. Era un plan perfecto: en exactamente un año y dos días, al cumplir los dieciocho, viajaría a España y encontraría a mi madre. Un amigo de mi clase de fotografía, Noah, iba a acompañarme. Pero ahora, mi plan se ha vuelto totalmente impracticable.
Esta vez me han tenido en el hospital dos semanas enteras. Los médicos me han dicho que no puedo seguir retrasando la operación, pero yo no estoy de acuerdo, nunca lo estaré. No lo entienden, pero tampoco se lo explico. Supongo que forma parte de haber nacido con una fecha de caducidad corta, no temo a la muerte. Solo temo a las operaciones, a las intervenciones en las que te abren el corazón, sin tener a nadie a quien le importes a tu lado, sin tener a nadie a quien le importe que tengas el corazón roto en primer lugar. Lo siento, pero eso no es para mí.
Los Rothwell nunca me permitirían viajar y mucho menos a otro continente, lo que significa que en el momento en que me suba a ese avión el domingo, me convertiré en una especie de fugitiva. Además, solo me quedan dos días para encontrar alguien que quiera y pueda acompañarme. Mi corazón empieza a golpearme las costillas con fuerza. Y aunque en el hospital me han advertido que solo debo tomarme las nuevas pastillas en casos de emergencia, me trago una a toda prisa. No puedo arriesgarme a sufrir una nueva recaída, ahora no. Cierro la maleta y repaso mentalmente la lista de documentos que debo llevar: la autorización parental para viajar sola (falsificada): en la mochila; el certificado de nacimiento: en el bolsillo de la chaqueta; el pasaporte falso: escondido en el forro de la maleta; el pasaporte de verdad… ¡El pasaporte! Madre mía, casi lo olvido.
Me subo a la silla y desde allí paso al enclenque escritorio mientras rezo para que no se destartale del todo. Estiro el brazo y rebusco por encima del armario. Noah, que según el plan inicial iba a acompañarme en el viaje, lo escondió aquí para que mi familia no me lo pudiese confiscar. De puntillas, estiro el brazo aún más y voy palpando la parte alta del armario: nada, aparte de pelusas de polvo de un tamaño que asustan. Vale, me agacho sobre el escritorio y hago una montaña con mis libros de bachillerato que ya no necesitaré. Me subo en ellos con cuidado y estiro el brazo hacia el fondo. Cuando por fin empiezo a sentir la rugosidad del pasaporte en la punta de mis dedos, la puerta de la entrada chirría y luego se cierra dando un gran portazo. ¡Madre mía! Cojo el pasaporte a toda prisa y hago el recorrido en el orden inverso: libros, escritorio, silla, suelo. Unos pasos ruidosos avanzan a toda prisa. No logro identificar a quién pertenecen. Cierro la maleta y la tiro al suelo. Mientras la empujo bajo la cama con los pies, la puerta se abre de sopetón.
—¡Mia, Mia, no te vas a creer lo que ha pasado en el colegio! —grita Becca mientras irrumpe en la habitación como una exhalación. Becca no es solo mi hermana de acogida más pequeña y mi compañera de habitación, sino también mi persona favorita del mundo.
—Becca, me has dado un susto de muerte —digo, y respiro aliviada.
Tras tirar su mochila al suelo, cierra la puerta con el talón y se dirige hacia mí a toda prisa.
—Me he saltado la clase de recuperación. Tenía que contártelo todo. —Y empieza a hablar como si no hubiese un mañana—. ¿Te acuerdas de ese niña, la que me llamó tonta en cuarto? Pues hoy ha suspendido un examen de Lengua. Y…—Se queda petrificada al ver el pasaporte en mi mano. Me mira con sus pequeños ojos grises cargados de súplica y me pregunta—: ¿Vas a irte?
—Ya lo hemos hablado —le digo en el tono más tranquilo que logro fingir—, ¿recuerdas?
Niega con la cabeza y el brillo húmedo de sus ojos me deja claro que no, que no recuerda nada. Becca nació con un problema cognitivo y algunas cosas simplemente se le escapan. Supongo que por eso compartimos esta habitación en esta familia que no es la nuestra. Sus padres decidieron deshacerse de ella cuando su problema comenzó a notarse demasiado. Solo tenía cinco años. Cojo su suave y pecosa carita entre mis manos y le sonrío. Eso siempre la tranquiliza.
—Me voy a fotografiar las auroras boreales, ¿recuerdas? Es nuestro gran secreto, no se lo puedes contar a nadie, jamás.
Y entonces cruzo los dedos, me los llevo a los labios y asiento, nuestra señal, la que aprendí en St. Jerome, el centro de acogida en el que crecí. Becca sonríe, tan emocionada que me duele mentirle, pero hace años que entendí que algunos secretos solo están seguros si no son pronunciados. Además, ¿cómo decirle que no voy a volver? Pero supongo que da un poco igual, porque la atención de Becca ya está enfocada en otra parte: la calle.
—¡Mira! —dice mirando a través de la ventana—. ¡Es ese chico, el del equipo de fútbol! ¡El que mató a Noah!
Sus palabras despiertan unas lágrimas que logro reprimir.
—Becca, no digas eso —le digo frunciendo el ceño. No es la muerte de Noah lo que me entristece, sino el sufrimiento de los que nunca le olvidarán—. Fue un accidente. —Me pongo a su lado y veo al chico saliendo de la casa de enfrente. No puedo ni imaginarme cómo debe de sentirse. En realidad sí puedo, pues no he dejado de pensar en ello desde que ocurrió. ¿Cómo logrará vivir con ese peso?
Se llama Kyle y, aunque era el mejor amigo de Noah, no nos conocemos. Mis padres de acogida solo me permiten salir para las visitas médicas, ir a la iglesia, las clases de fotografía y algún paseo matutino. Josh, el chico que vive en la casa, también iba en el coche ese día. Dicen que no ha salido muy bien parado.
Miro a Kyle ahí, inmóvil, con la mirada en ninguna parte, como si el tiempo se hubiese detenido solo para él y trato de imaginarme lo que han hablado, lo que puede haber pasado entre ellos.
—¿Qué hace? —me pregunta Becca tirándome de la manga—. ¿Por qué se queda ahí?
Si no estuviera tan lejos aseguraría que está a punto de llorar. Mira lentamente hacia la derecha, en dirección al pueblo; luego hacia la izquierda, hacia el bosque. Se gira hacia allí como un autómata y comienza a caminar con la mirada aún perdida al frente y su mochila al hombro. Parece que cojea un poco.
—¿Adónde va, Mia? ¿Qué va a hacer? ¿A qué ha venido?
Antes de que me pueda inventar una respuesta convincente para sus preguntas, un autobús se adentra en nuestra pequeña calle, pasa por delante de casa y se para justo ante él. Por un instante no logramos verle. Y cuando el autobús por fin se aleja, la acera está desierta. Becca me mira extrañada.
—¿Se ha subido al autobús? Mia, ¿para qué ha cogido ese autobús? Esa línea solo va a las cascadas. Nadie va allí a estas horas.
A no ser que piense hacer lo que espero que no piense hacer. Eso no se lo digo a Becca, claro, pero algo en mi interior comienza a temblar. Parecía tan desesperado… No, parecía más que desesperado. He visto esa mirada antes, en Urgencias, acompañando muñecas vendadas y estómagos vaciados. Tengo que asegurarme de que esté bien, he de hacerlo por Noah. Él no querría que le pasase nada. Me pego a la ventana y veo al autobús alejarse.
—¿Mia, jugamos un Scrabble?
La mente de Becca ya está en otra parte, pero la mía busca la forma de salir de casa sin ser vista. La puerta de la entrada no es una opción, así que abro la ventana y me subo a la repisa.
—¿Adónde vas? —dice Becca dando saltitos emocionada—. ¡Yo también quiero ir! ¡Quiero ir contigo!
Le vuelvo a sujetar la cara y la miro fijamente a los ojos.
—Becca, escúchame con atención: si no he vuelto para cenar, necesito que le digas al señor Rothwell que me han llamado del médico para hacerme unos exámenes y que no sé cuánto tardaré, ¿de acuerdo? Yo tengo que hablar con ese chico.
Becca asiente con aire solemne y frunce un poco el ceño, señal de que sí lo ha entendido y de que con un poco de suerte lo retendrá el tiempo suficiente para cubrirme las espaldas. Cruzo los dedos y le hago nuestra señal.
—Cuida del fuerte, ¿vale?
Becca asiente y en su cara se dibuja una sonrisa de satisfacción. En cuanto pongo los pies sobre el césped, cierra la ventana desde dentro y levanta el pulgar encantada. Yo estudio mentalmente mis opciones: no tengo coche y robar uno no me llevaría muy lejos, pues no sé conducir; caminando tardaría más de dos horas y el autobús solo pasa tres veces al día. Así que la bicicleta de Disney de Becca tirada sobre el césped parece ser mi mejor y única opción. Si alguien de la familia me ve persiguiendo un autobús en el bosque en una bicicleta con banderitas rosas y una canasta portamuñecas enviarán a todos los trabajadores sociales del estado para que me aten a la cama de un hospital, así que rezo por hacerme invisible. Levanto la bici del suelo, me subo y pedaleo sin volver la vista atrás ni un instante.
El autobús, que avanza muy por delante de mí, se pierde en una curva. Pedaleo aún más rápido, tanto como puedo, y le pido a mi roto corazón que aguante un poco más, solo un poco más. Le pido que me permita hacer algo realmente bueno, algo por lo que merezca la pena haber vivido antes de dar su último latido en este planeta.
Al final, va a ser que esto del «fugitivismo» no se me da tan mal.
KYLE
Soy el cabrón que mató a su mejor amigo hace un mes y dejó inválido a su segundo mejor amigo. Por cierto, de lo de Josh acabo de enterarme. Hace una semana que salió del hospital. Hasta hoy no había ido a verle (sí, lo sé, soy un auténtico capullo, pero en serio, no podía mirarlo a la cara). Su madre me acaba de decir que quizá no vuelva a caminar. Él todavía no lo sabe.
Supongo que eso explica por qué estoy ahora en este autobús: no puedo volver a casa.
Ni de coña puedo contárselo a mi madre. Esto terminaría de romperla. Además, no puedo seguir como si nada cuando he robado una vida y destrozado otra. Eso, simplemente, no funciona así.
Un bache me saca de mis apestosos pensamientos y me trae de vuelta aquí: al último asiento de la última fila de este autobús destartalado. Mi corazón vuelve a amenazar con estallar. Después de asegurarme, por quinta vez, de que el cinturón de seguridad de mi asiento funciona, intento convencer a mis dedos de que dejen de aferrarse al asiento con tanta fuerza.
Asomo la cabeza por el pasillo e intento ver hacia dónde nos dirigimos, pero en lugar de eso pillo al conductor mirándome por el espejo retrovisor. Sus ojos saltones bajo esas cejas superfruncidas no dejan de lanzarme miradas furtivas. Supongo que ser el único pasajero de todo el autobús, junto a los moratones y las cicatrices, no ayudan mucho a pasar desapercibido, pero vaya, que el hombre no se corta ni un pelo.
Me hundo en el asiento tratando de hacerme invisible y miro la hora en el móvil: son las cinco y media de la tarde. Hace exactamente treinta y un días, doce horas y veinticinco minutos que provoqué el maldito accidente. Mi antiguo yo odiaba las mates, pero ahora, en serio, no puedo dejar de hacer cálculos: cada segundo, cada minuto y cada hora que pasa es un segundo, un minuto y una hora que le he robado a Noah, y ahora también que Josh no volverá a caminar. Daría cualquier cosa por cambiar mi lugar con el de Noah. Y cuando la náusea vuelve a ensañarse con mi estómago, el móvil comienza a vibrar entre mis manos. Es Judith, otra vez, pero dejo que salte el contestador. No puedo hablar con ella, ahora no. Sé que suena a tarado, pero tendría la sensación de estar traicionando a mi antiguo yo, al antiguo Kyle. Judith era su chica, no la mía.
Tengo que hacer algo, necesito hacer algo para frenar la espiral de mi mente. Saco mi bloc de la mochila y dibujo un paria sentado en un autobús. Y así paso, no sé, cinco o seis minutos en los que logro mantener mis pensamientos a raya. El dibujo no es bueno, pero casi he logrado sentirme normal. Y cuando deseo, pido, ruego que este autobús siga avanzando para siempre, que nunca se pare, el conductor coge un desvío y comienza a decelerar. Últimamente, todos mis deseos se cumplen, solo que al revés. (Nota para mí mismo: buscar en internet maldición, mal de ojo, lámpara de Aladino a la inversa).
El autobús se para justo delante de uno de esos grandes carteles de madera que anuncia la entrada al parque que tantas veces he visitado: Black Creek Falls. Cojo mi mochila, meto el cuaderno y avanzo por el largo pasillo. El conductor, que solo ha abierto la puerta delantera, me mira fijamente sin ningún intento de parecer discreto. Consigue que me suden hasta las manos. Paso a su lado con la vista fija en las escaleras de bajada, pero él no parece tener la misma prisa en dejarme marchar.
—Eh, chico, ¿adónde vas a estas horas? ¿Van a venir a recogerte?
Le miro en plan «¿a qué viene tanta pregunta?».
—Es el último autobús del día. —Sus cejas superfruncidas logran juntarse aún un poco más y me dice—: ¿No lo sabías?
Hago un esfuerzo para parecer normal, aunque me siento como un alienígena en mi propia piel, y contesto:
—Ah, eso… No, no se preocupe, he quedado con unos colegas del equipo de fútbol. —Señalo mi mochila con una media sonrisa—. Vamos a dormir aquí.
Le señalo los puntos de sutura en mi ceja y le digo con una sonrisa bromista que pertenece al antiguo Kyle:
—Pero esta vez lo hemos pillado. Se acabó lo de pelear con osos con nuestras propias manos. Lección aprendida, tío.
El rostro del hombre permanece inmutable, congelado, serio, tanto que me da escalofríos. Vale, lo capto: no le ha hecho gracia. Noah y Josh se hubiesen reído. Nos hubiésemos partido. Eso es lo que hacíamos. Pero ya no lo haremos más. Noah ya no lo hará más. La náusea vuelve a dar volteretas en mi estómago.
Bajo las escaleras tan rápido como me lo permite la venda que aprisiona mi rodilla. En cuanto pongo los pies en el suelo y oigo el rugir de las cascadas a lo lejos, una lucidez increíble me invade, una lucidez desconocida. De repente lo veo todo claro, de repente sé que una fuerza invisible me ha guiado hoy hasta aquí para que pueda pagar por lo que he hecho. Por primera vez desde hace mucho tiempo siento que mis pulmones se llenan de aire nuevamente. Un pequeño cartel de madera anuncia: «Cascadas: 500 metros». Sigo la dirección de la flecha y comienzo a adentrarme en la parte más frondosa del bosque. El motor del autobús sigue allí, detrás, presente, al acecho. Pasa casi un minuto hasta que oigo el rumor de las ruedas al avanzar sobre la arena y por fin alejarse por la carretera.
Me abrocho la chaqueta de cuero. Para ser primavera, el aire es aún demasiado frío en Alabama, o quizá sea yo. Levanto la mirada. Los árboles que me rodean parecen mirarme, como si todos me señalasen con sus ramas, como si disfrutasen siendo los únicos testigos de mi condena. El rugido incesante de las cascadas me atrae como Magneto con sus superpoderes. Es curioso, pero a cada paso que doy me siento más decidido, pero también anestesiado, como si algo en mi interior ya hubiera muerto. Todo parece revelarse, como un puzle al que solo le faltaba una pieza para mostrar sus secretos más vergonzosos. Los brotes de hierba tiernos asoman bajo las ramas caídas y la hojarasca. Una vida empieza y otra acaba. Pienso en los que voy a dejar atrás. Josh lo entenderá, él haría lo mismo. Judith encontrará a alguien que vuelva a hacerle reír, alguien mejor que yo. Y mis padres…, bueno, al menos ya no tendrán que vivir cada día viendo la palabra «culpable» tatuada en cada centímetro de mi piel; aunque sé que ellos no estarían de acuerdo con mi veredicto. Ya no tendrán que llevarme a doscientos psicólogos que pretendan inútilmente que deje de sentirme como el mierda que soy. Es como intentar convencer a una pulga coja de que es un superhéroe, simplemente no funciona así. Soy un mierda y punto, lo demás es una pura mentira.
En el fondo sé que les voy a liberar. Además:
Quizá vea a Noah.
Quizá pueda pedirle perdón.
Quizá, si me ve allí, pueda perdonarme.
MIA
No sé cuánto tiempo llevo pedaleando, pero los rayos del sol ya bajo aún se filtran entre los troncos de los arces cuando por fin llego a la entrada del parque. Ya he estado aquí antes, en otoño, en un pícnic con los Rothwell. La trabajadora social decidió que nos vendría bien hacer ese tipo de «cosas en familia». Fue un auténtico desastre: los gemelos se metieron en una pelea, Becca se perdió y mientras todos la buscábamos, unos jabalíes acabaron con todas nuestras provisiones para el día. Pero, al menos, las dos horas que pasé buscándola me sirvieron para conocer el parque como la palma de mi mano. Dejo la bicicleta junto al cartel que indica la dirección hacia las cascadas y avanzo tan deprisa como puedo. Me tiemblan las piernas por el esfuerzo, la falta de costumbre y sobre todo el miedo.
Mientras camino, miro en todas direcciones, pero no hay ni rastro de Kyle. Le pido a mi corazón que se tranquilice un poco, pero no cesa de golpearme las costillas.
—¡Kyle! —grito con todas mis fuerzas y en todas direcciones.
Pero lo único que oigo por respuesta es el agua saltando en la lejanía. ¿Y si solo ha venido a dar un paseo? ¿Y si solo quería estar solo? ¿Y si ha venido a recoger espárragos silvestres? La señora Rothwell llegó hace unos días con un buen manojo. ¿Y si me ve aquí gritando su nombre como una loca y mañana salgo en los periódicos locales? Buf, cuando estoy nerviosa pienso demasiado, a veces hasta me canso a mí misma. Sigo avanzando. Me falta el aliento cuando el chillido estridente de un aguilucho me hace levantar la cabeza. Pasa por encima de mí, como avisándome de algo, como trayéndome un mal presagio. Una sensación de peligro que conozco bien me recorre desde los pies. Tengo un mal presentimiento y aunque correr es una de esas cosas que tengo total y absolutamente prohibidas, sobre todo después de la última visita al hospital, no puedo evitarlo. Rezando para que las nuevas pastillas hagan su efecto, empiezo a correr y grito su nombre una y otra vez.
—¡Kyle! ¡Kyle! ¡Kyleee!
Seguramente ni siquiera me oye. El estruendo de las cascadas es cada vez más intenso. Y entonces dejo de pensar y solo corro y corro hasta que por fin distingo el enorme salto de agua entre dos enormes hayas a lo lejos. Oh, Dios mío. Kyle está allí, inclinado en el borde, mirando al agua que cae, sujetándose solo con una mano a una enclenque valla. «No, no, no, por favor, no lo hagas». Me falta el aire. Me paro y cojo todo el que cabe en mis acelerados pulmones.
—¡No! —grito, pero no parece oírme.
Dios mío. Vuelvo a correr, pero temo no llegar a tiempo o simplemente no poder llegar. Tengo que hacer algo, algo radical, así que me paro, cojo aire y le pido al viento, a los árboles, al bosque entero que me ayuden, que lleven mi ruego hasta él, y entonces grito, grito como nunca lo he hecho, como nunca lo ha hecho ningún ser humano.
KYLE
Todo el mundo dice que el tiempo lo cura todo, pero lo que nadie te cuenta es qué pasa cuando el tiempo decide pararse, cuando hace que cada segundo dure horas y cada hora parece una vida entera. Miro hacia abajo. A treinta metros bajo mis deportivas, el agua aporrea las rocas con furia, como si quisiese convertirlas en arenisca. Su rugido ensordecedor se mezcla con el de mis pensamientos. Estoy temblando y no es del frío. Dios, ni siquiera sé qué me aterra más: convertirme yo también en arenisca o seguir vivo.
Mis pensamientos giran y giran a una velocidad vertiginosa; unos me gritan que lo haga, que me deje ir; otros me insultan y me llaman cobarde; otros me animan a pagar por lo que he hecho; pero mi mano debe de estar sorda, porque se empeña en seguir aferrándose a la valla de acero a mis espaldas. Y entonces pienso en todos a los que he destrozado. Noah, para siempre bajo tierra. Josh, en una puta silla de ruedas. Sus padres, los míos. Pienso en todos a los que ya no puedo mirar a la cara y comienzo a aflojar los dedos, lentamente, muy lentamente. Primero el meñique. Si existe un Dios le pido que me perdone. No, ¿qué digo?, si existiese un Dios le digo que se jubile. Dedo anular. Lo de crear mundos no se le da nada bien, o al menos mundos medianamente decentes. Levanto el dedo medio. Puedo oír el entrechocar de mis dientes. Y solo me queda separar las yemas del índice y el pulgar, solo eso y todo habrá acabado. Adelanto un pie, dispuesto a entregarme a la fuerza de la gravedad, y…
—¡Socorro!
Un grito desgarrador se mezcla con el estruendo de las cascadas. ¿Soy yo el que ha gritado? Mi mirada sigue clavada en el abismo bajo mis pies. Y entonces lo vuelvo a oír:
—¡Ayuda, por favor!
Las palabras me golpean como una bofetada y me sacan del túnel hipnótico en el que me había metido; me traen de vuelta aquí, al borde de este gigantesca cascada de la que solo me separan dos simples dedos. Pero ¿qué coño estoy haciendo? Mi mano vuelve a aferrarse a la valla. La otra se le une. Reculo hasta pegar la espalda contra ella y me doy la vuelta en busca del origen de la voz. A lo lejos, en un claro entre dos árboles, una chica se desvanece. Salto por encima de la valla y corro hacia ella tan rápido como me lo permiten mis temblorosas piernas.
Según me acerco la veo tirada en el suelo, con los brazos en cruz y las rodillas dobladas a un lado. Debe de tener mi edad, quizá un poco menos. Me agacho a su lado. El pelo cobrizo y brillante le cubre parte de la cara. Parece tan frágil.
—Eh… —le susurro, como si una palabra demasiado fuerte pudiera romperla en mil pedazos.
No reacciona. Le retiro el pelo de la cara y veo que aún respira. Lleva un pequeño colgante de oro en el cuello y su piel es tan pálida que casi parece irreal. Sus facciones son delicadas. De hecho, todo en ella es delicado, fino, frágil. Si sus orejas fueran puntiagudas, sería igualita a Arwen, la princesa elfo.
—Eh, oye… —vuelvo a susurrar—. ¿Puedes oírme?
No puede, pero tampoco me atrevo a tocarla. Solo le aparto el mechón de pelo que barre su frente. Inspira con dificultad y se encoge de dolor. Sus párpados comienzan a temblar y a levantarse lentamente, pero ella aún parece estar en otra parte. Mira hacia los lados confundida. Luego su mirada me traviesa como si pudiera ver a través de mí, como si aún no se hubiese percatado de que estoy a su lado.
—Eh —susurro de nuevo—, ¿estás bien?
Sus ojos superabiertos se encuentran con los míos. Parece confusa, yo diría que incluso se asusta un poco.
—Tranquila, tranquila, no pasa nada. Solo te has desmayado. Dime, ¿estás bien?
La elfo asiente.
—Vale, ¿puedes levantarte?
Tras apoyar un codo sobre la tierra y la hojarasca, trata de levantarse, sin éxito.
—Espera, déjame ayudarte.
Le paso el brazo por debajo de la nuca y, mientras la levanto con cuidado, sus ojos me evitan. Se mira la mano derecha que tiene apoyada en el suelo y de repente, así sin más, se pone de pie de un salto. Recula y da saltitos sacudiéndose la mano y gritando como una loca.
—Ah, quítamelo, por favor, quítamelo de encima.
Tengo que fijarme un par de veces para ver lo que le pasa: una lagartija aún más asustada que ella corretea por su brazo. El pobre bicho termina cayéndose al suelo y huye despavorido. La chica se queda muy quieta un instante y me mira como si no supiese qué hacer o decir.
—Lo siento, por lo general no soy tan histérica, pero es que cuando era muy pequeña una lagartija se metió en mi cama y… Bueno, ya sé que contado así parece una tontería, pero créeme, cuando tienes cinco años, de verdad, puede ser una experiencia aterradora y… —¿Cómo puede hablar tan rápido? Se lleva la mano al corazón como si le doliese—. No me siento muy bien, y por aquí no parece haber mucha gente a la que pedir ayuda, así que no me queda más remedio que pedirte que me acompañes hasta mi casa.
¿De qué va? Algo me huele a chamusquina.
—Te has recuperado un poco rápido, ¿no crees?
—Tienes toda la razón, seguro que por eso ahora me siento tan mareada.
—La gente no grita cuando se va a desmayar —le digo.
—¿No?
—No.
—Ya, bueno, es que tengo… epilepsia. —Increíble, se lo está inventado sobre la marcha, se ve a la legua—. Y siempre tengo un presentimiento justo antes de desmayarme, y como me da mucho miedo y eso, pues grito. Imagínate si no me hubieses encontrado, hubiese estado horas aquí tirada. Seguro que habría sido devorada por algún bicho salvaje. En el cartel de la entrada del parque pone que por aquí hay coyotes, gatos monteses, y hasta lobos y caimanes.
Mi abuela siempre dice que cuando no tienes nada agradable que decir es mejor no decir nada, así que me limito a mirarla con cara de pocos amigos.
—Por favor, no te lo pediría si tuviera otra solución, por remota que fuera. Además, no te conozco de nada y quizá seas un asesino en serie o algo, pero he venido en bicicleta y no puedo volver yo sola.
Si se llamase Pinocho su nariz ahora mismo habría tomado proporciones descomunales.
—Pues llama a tus padres —le digo tratando de mantener una calma que no siento.
—No puedo… Son muy pobres y no tienen teléfono.
Nunca he visto a nadie mentir tan mal, pero el caso es que su vieja cazadora y sus pantalones sí que parecen salidos de alguna asociación de beneficencia, y no creo que lo de que se vean sus calcetines a través de los agujeros de sus deportivos sea por moda.
—Llamaré a una ambulancia. Ellos te llevarán a casa.
—No, no por favor. —Parece aterrada—. Una ambulancia cuesta muchísimo dinero.
De nuevo, solo la miro.
—Por favor, solo hasta la entrada del pueblo, después le pediré ayuda a otra persona.
¿Qué narices quiere de mí? Estoy empezando a preguntarme si esta tía es real o algún tipo de ente extraño de esos que vagan por los bosques. Se le escapa una risita.
—¿En serio te parezco un fantasma?
Mierda, o la elfo esta es vidente o yo estaba pensando en voz alta.
La pillo mirando de reojo hacia las cascadas y me doy cuenta de que el punto exacto en el que se ha «desmayado» es el único sitio, en metros a la redonda, desde el que se ve la catarata. Bueno, para ser más preciso, es el único sitio desde el que se ve el lugar donde yo estaba hace un instante. Se da cuenta de que me he dado cuenta y se muerde el labio. Ya no me molesto en disimular mi cabreo. En serio, admiro su imaginación y supongo que su intención es buena, pero en estos momentos lo último que quiero es compañía.
—Hazte un favor. Vete a casa.
—¡No!
—Vale —digo, y echo a andar hacia las cascadas—, por mí puedes hacer lo que quieras, pero olvídate de que existo.
Necesito estar solo. Aún no tengo ni idea de lo que voy a hacer, ni adónde iré, pero lo que sí tengo claro es que regresar al pueblo no es una opción. Y cuando lo único que quiero es escuchar mis propios pensamientos, oigo sus pasos apresurados a mis espaldas.
—Espera, por favor.
Está empezando a cabrearme seriamente.
—¿Nadie te ha enseñado a meterte en tus asuntos?
—Tú eres mi asunto. ¿No lo entiendes? Si te dejase hacer lo que creo que estabas a punto de hacer, nunca podría perdonarme.
—Vete a casa.
La aparto y vuelvo a caminar. Soy bastante más alto que ella y no me resulta difícil dejarla atrás. Y cuando por segunda vez creo haberme librado de la elfa, me adelanta corriendo, se pone delante y me habla mientras camina de espaldas:
—Te lo advierto: si saltas, yo también saltaré. Y tú serás el principal responsable de todo el sufrimiento que les cause a mis siete hermanitos y a mis pobres padres.
Eso ha sido un golpe rastrero.
—Lárgate —le digo, ahora con desprecio— y tómate tus pastillas.
La aparto nuevamente de mi camino y sigo avanzando. La cascada está a solo unos pocos metros. Y así, de repente, la princesa elfo convertida en pesadilla se lanza a correr hacia ella.
Me quedo tan flipado que lo único que consigo hacer es pararme y mirarla.
MIA
Oh, Dios mío, pero ¿qué estoy haciendo? He corrido más esta tarde de lo que lo he hecho en toda mi vida. Según llego junto a la valla que separa el bosque del peligroso límite de la cascada, tengo serios problemas para respirar, como si dos enormes manos se empeñasen en estrujar mis pulmones. Miro hacia atrás y veo a Kyle inmóvil en el lugar donde lo dejé. Pero su mirada confusa y furiosa me dice que aún es pronto para cantar victoria. Si decidiese saltar, solo tardaría unos segundos en llegar a mi lado.
Vale, no me queda otra que seguir adelante, si no no me tomará en serio, así que me subo a la valla y me deslizo al otro lado. Me agarro al metal a mis espaldas con tanta fuerza que me duelen las manos. ¡Madre mía! La vista es tan espectacular como espeluznante: el agua cae con fuerza desde rocas de distintas alturas y se junta en un gigantesco multisalto justo enfrente de mí. El suelo a mis pies es muy estrecho, demasiado para mi gusto. Me bastaría un paso para caer al vacío.
Levanto la vista, solo un instante, pero me basta para descifrar su mirada. Sus ojos muy abiertos trasmiten ese extraño vacío propio de quien ya no ve salida a su desesperación, el mismo que he observado tantas veces en el hospital, cuando anuncian a unos padres que sus hijos no volverán a despertarse. ¿Quién sabe lo que puede estar pensando? Nada bueno, eso es seguro.
Lo miro desafiante, tratando de disimular el temblor que me sacude las piernas.
—¡Aléjate! —le grito, y mi voz queda atenuada por el rugir de la cascada.
Kyle niega con la cabeza, con el ceño muy fruncido y empieza a caminar en mi dirección.
—¡Para! —chillo, ahora con todas mis fuerzas—. ¡Si das un solo paso más saltaré!
Y es así; de repente, el suelo comienza a deslizarse bajo mis pies. Miro hacia abajo. El gran pedrusco sobre el que estoy apoyada comienza a ceder. Ay, Dios mío. Antes de que pueda echarme a un lado, el suelo entero desaparece, arrastrándome irremediablemente hacia el vacío.
—¡Aaah!
Me aferro tan fuerte como puedo a la valla, pero la caída me retuerce hacia un lado y mi mano derecha se desprende. Estoy colgando de un solo brazo.
—¡Socorro! —grito hasta desgarrarme la garganta.
Pero el rugido del agua hace que casi ni yo misma pueda oírme. No veo a Kyle, no veo nada, solo el agua y las rocas bajo mis pies. Mis pulmones amenazan con volverse a parar, así que aprieto mucho los ojos y rezo. Un grito ensordecedor brota de mi interior cuando pienso en mi madre, a la que nunca conoceré; en Becca, y estoy a punto de echarme a llorar cuando
