El cambiazo

Xaquín López García

Fragmento

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Prólogo

Una estancia repleta de cientos de expedientes clínicos archivados de pacientes con problemas de alcoholismo u otras conductas adictivas. ¡Qué mejor escenario para el primer encuentro que tuve en su día con el periodista Xaquín López, el autor de este libro! Cada una de esas carpetas que conservamos en la UTACA, la unidad asistencial en la que yo ejerzo como psicólogo clínico en A Coruña, contiene varias historias de vida: la de la persona que acude a pedir ayuda, claro está, pero también las de todas las personas que la rodean y la quieren: amigos, familia, compañeros. Quería saber mi opinión profesional sobre diversos asuntos en torno a un documental que estaba elaborando para TVE, pero en aquella charla, intensa y agradable en ese lugar que almacena mis tareas profesionales, trascendieron otras cuestiones de las que, en parte, se profundiza en este libro. Espero que su lectura sea tan placentera como aquella conversación lo fue para mí.

Hablamos sobre las personas que acuden a nuestro centro, que en convenio con el Sergas se ocupa del tratamiento biopsicosocial del alcoholismo, tabaquismo, ludopatía y todo el espectro de acciones de conducta. Muchas de ellas lo hacen por iniciativa propia, y algunas por presión familiar o de otros miembros del entorno (amigos, compañeros, jefes…). También llegan, cada vez más, atendiendo a las recomendaciones de otros órganos oficiales (atención primaria, especializada, servicios sociales o incluso judiciales). Pero casi todos comparten algunas emociones la primera vez que vienen: el miedo, la vergüenza, la culpabilidad y la incertidumbre que suelen sentir ante la expectativa de tener que hablar, con un desconocido, de problemas que son tan dolorosos, personales e íntimos.

Uno de los asuntos en los que se centró la conversación fue el potencial adictivo que encierran ciertas sustancias (alcohol, tabaco e incluso determinados medicamentos) que, aun siendo legales, apuntan hacia un peligro con difícil marcha atrás si se consumen de forma excesiva o irresponsable. Lo mismo ocurre con el abuso de los juegos de azar. Y, desde luego, con el de las tecnologías de la información o de la comunicación, que se han apoderado de nuestras vidas casi siempre bajo la inofensiva apariencia de un teléfono móvil. Porque, y eso se lo recalqué, legal no es igual a ino­fensivo: solo significa que no te van a perseguir o a sancionar por su uso de ello, lo cual no aleja el peligro que esconde. Por eso no hablamos de drogas duras o blandas y sí de drogas más o menos peligrosas. La necesidad de la existencia de unidades como la mía es buena prueba de lo que digo.

Me alegra mucho que Xaquín tenga el valor de hacer un libro como éste, que intente poner de relieve cuestiones que en ocasiones desconocemos y que en otras no queremos sacar a la luz. De hablar, con valentía, de esos «elefantes en la habitación» que solemos ignorar, o a los que no les damos la importancia que se merecen. Porque, digámoslo claramente, estamos ante un gran negocio. El alcohol, el tabaco, los juegos de azar, entre otros, producen enormes beneficios. Y no solo a las empresas productoras y gestoras, también a las administraciones. El hecho de que sean legales implica asimismo que están reguladas y fiscalizadas por el Estado y por las administraciones autonómicas. Todos se llevan una enorme porción del pastel. Ahí están los datos: en 2021, Loterías y Apuestas del Estado declaró un beneficio económico de dos mil quinientos noventa millones de euros. Cifras igual de asombrosas se recaudan con los impuestos especiales a las bebidas alcohólicas, y aún mucho más en el caso del tabaco. A eso habría que añadir los enormes beneficios de las empresas productoras, distribuidoras y expendedoras. Muchas personas viven de estos negocios. Por eso, una vez conocidas estas ingentes cantidades de dinero generadas por sustancias o conductas potencialmente adictivas, toda esa enorme fortuna, surge la pregunta: ¿Cuánto dinero se dedica a reparar los daños causados por el alcohol, el tabaco o el juego? Una cantidad ínfima, ridícula, si me permiten mi opinión.

Las personas con problemas derivados de las adicciones legales han de ser responsables de las consecuencias de su conducta, es cierto, pero también han de serlo las organizaciones, empresas y administraciones que las permiten y se benefician de ellas. Los adictos no son culpables, son víctimas. Es necesario que todos, administraciones, industria del alcohol, del juego, del tabaco, se pregunten cuál es su responsabilidad en la generación del sufrimiento de las personas que pierden el control voluntario de su vida, se alejan de sus familiares y amigos… y hasta dónde debe llegar su responsabilidad corporativa a la hora de reparar el daño causado. Y deberían preguntarse si están cumpliendo con ésta o todavía se encuentran muy lejos de equilibrar la balanza.

Espero y deseo que este libro, que tengo el honor de prologar, consiga mejorar la visión de los problemas causados por las adicciones legales, y en particular por los juegos de apuestas. No siempre, pero sí en ocasiones, los medios de comunicación pueden hacer más por una causa en un minuto de lo que quizá pueda haber conseguido alguien como yo en años. Quizá Xaquín lo consiga, y logre incomodar las conciencias de quienes tienen la oportunidad de reparar o resarcir los daños causados por estas adicciones, y poder disponer de los recursos humanos y materiales necesarios para satisfacer con dignidad la demanda de ayuda de las personas que, desgraciadamente para ellas, son víctimas de las sustancias o de las conductas adictivas.

MANUEL ARTURO LAGE MUÍÑO

Doctor especialista en Psicología

Clínica Aplicada a la Salud

Director Médico de UTACA/A Coruña

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Introducción

Dar el cambiazo:

«Sustituir una cosa por otra fraudulentamente».

No voy a ser yo quien corrija a María Moliner. Para ejecutarlo, el estafador precisa sangre fría y manos rápidas, y el estafado, un despiste supino.

Recurro a una metáfora literaria para titular el libro, y los investigadores del caso habrían hecho lo mismo si no fuera porque los atestados policiales casan mal con las figuras retóricas, y ya no digamos los autos judiciales y los escritos fiscales.

Sirva como referencia lo que dice la fiscal del caso en su escrito de acusación contra el lotero: «Conocedor del alto importe del premio al tratarse de primera categoría; se lo quedó para sí […] y no comunicó al apostante dicho extremo ni tampoco le devolvió el resguardo […] convenciendo así a su poseedor que no había obtenido premio alguno».

La decisión final estará en manos de tres magistrados de la Audiencia Provincial de A Coruña, pero con el juicio en puertas, el sumario del boleto de la primitiva es un muestrario de unos cuantos delitos penales, entre los que destacan la estafa y el blanqueo de capitales.

Todo empezó en 2019 cuando el azar me llevó a elaborar una noticia para el Telediario de TVE sobre este caso. A partir de ese momento, se convirtió en un asunto prioritario en mi agenda. En 2023, el documental «El misterio del boleto millonario» del programa En portada de TVE fue la lanza térmica para descerrajar puertas blindadas.

El cambiazo es una deuda pendiente por todo lo que no se pudo contar en cuarenta minutos de televisión y se puede pormenorizar en algo más de cincuenta mil palabras de no ficción. El papel de Loterías del Estado; la vinculación de la familia Reija; el problema de la ludopatía; la picaresca del alrededor de trescientos cincuenta reclamantes; las claves judiciales del caso y el broche final del descubrimiento del más que posible y ansiado propietario del boleto son asuntos importantes, algunos de los cuales quedaron orillados, y otros directamente al margen de la producción audiovisual.

Este libro tiene un índice de 28 capítulos de investigación periodística y uno, el número 26, producto de ficción del autor. Un burofax de los abogados de la familia del probable agraciado tiene la culpa. Se nos ha prohibido incluir fotos y datos de la vida privada de esta persona y esa línea roja abre un apasionante debate sobre los límites del derecho a la información, que me temo que en esta democracia posdictatorial les interesa a muy pocos ciudadanos.

¿Pueden una viuda y su hija impedir que se hable de la persona que durante más de once años ha permanecido oculta a la vista de la opinión pública de A Coruña y España, y cuya adversidad es de notorio interés informativo? ¿Puede un despacho de abogados litigantes cavar una trinchera que constriña el artículo 20 de la Constitución? Deberían ser los jueces quienes respondieran a esa pregunta, para subir un escalón más en los derechos constitucionales de este país, de los que tan necesitados estamos.

Las demandas abusivas civiles contra periodistas, las famosas SLAPPS, están diseñadas para censurar, silenciar e intimidar a los profesionales que pretendemos ejercer este oficio con libertad y rigor.

He consultado a jueces, fiscales, asociaciones profesionales de periodistas y colegas, y en todos he encontrado apoyo y consideración, pero he preferido evitar disputas que desvirtúen la calidad del relato. Por ello he decidido tirar por el camino de la ficción, para sortear el fraude de ley, a sabiendas de que en el capítulo 26 se esconden muchas claves del laberinto del boleto.

La verdad es la cualidad de un ser supremo. Es una ilusión de la justicia, una declaración de intenciones de amantes imberbes o la cara falsa de una mentira hipócrita. Solo existe como concepto ideológico. El cambiazo no aspira a instaurar ese tipo de verdad suprema de lo ocurrido en A Coruña en 2012 y en años posteriores, pero sí se acerca lo más posible a los hechos, que son, junto con los números, la dupla de un reinado justo.

Una procesión de cientos de reclamantes de un premio que no es suyo constituye un titular que ha avergonzado a la ciudad de A Coruña durante años, pero este escándalo podría haber ocurrido en cualquier otra ciudad de España, porque lo que subyace en todo ello es la picaresca, la ludopatía y el nepotismo, una herencia, esta última, de prácticas corruptas enraizadas en el entramado institucional, que nos impiden crecer como democracia de primer nivel.

Que A Coruña es una de las ciudades más bonitas de España lo sabe todo el mundo, incluidos los coruñeses, pero sin el Manhattan y el señorío de Suso, las playas de Riazor y el Orzán, Cidade Vella, el barrio de Monte Alto, el Playa Club y la tasca de Claudia, el cementerio de San Amaro, los juzgados de Monforte de Lemos y la praza do Humor, San Agustín mercado y San Nicolás iglesia, la pastelería de César Blanco y el milquinientos de Eusebio, el campo de Marte y los hermanos Reija, sin todo eso, ¿qué sería de A Coruña?

El cambiazo es un ejercicio a mitad de camino entre el periodismo de investigación y la antropología. He realizado unas cincuenta entrevistas, la mayoría cara a cara, otras en el documental y las menos por teléfono, cuando ha sido imprescindible. Muchos protagonistas, que nunca se habían atrevido a hablar del tema, se han sincerado conmigo, y solo espero no decepcionarlos. He recreado conversaciones e incluso pensamientos ficticios, para poder ilustrar episodios importantes de esta compleja historia inaccesibles al escritor, pero no a su imaginación.

El principal reto del libro es ser fiel a un sumario de cientos de folios procesales y a un laberinto judicial sin caer en el tedio. Para ello he recurrido a la retranca, al humor afilado, a la sorna descarnada, en algunos casos, pero siempre con el rigor y la fidelidad a los hechos y la humildad y la comprensión ante la desgracia ajena.

Sirva lo que sigue como reflexión sobre la miseria humana y admiración ante la adversidad de lo inevitable, y en nombre de todo ello, te deseo, avispado lector, que tengas unas gloriosas lunas.

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«Dimos una primitiva de cinco millones»

Uno de los programas con una de las audiencias más paupérrimas de la televisión en España en prime time es el que retransmite el sorteo de la lotería primitiva. Lleva más de diez años en antena, lo que lo convierte en un clásico de la parrilla. Su patrocinio es importante para una televisión estatal a la que el Gobierno de Rodríguez Zapatero, en 2009, le quitó la publicidad de la noche a la mañana.

A principios de siglo, un directivo de la cadena tuvo la ocurrencia de largarle el sorteo a La 2. Era un iluso porque no sabía con quién se jugaba los cuartos. Cuando fue a planteárselo a la cúpula de Loterías del Estado (por sus siglas SELAE), volvió a Prado del Rey cariacontecido. «El presidente de Loterías es un tipo duro para negociar», argumentaba a modo de excusa. Lo que nadie le había dicho al recién llegado, cuando tomó posesión del cargo, era algo que todo el mundo ya sabía, que Loterías no se toca porque es uno de los principales patrocinadores de la cadena. A partir de aquel momento quedó claro, incluso para el directivo, que, si pones la pasta, mandas en la parrilla. Fue muy comentado en los pasillos de TVE que esa osadía le costó el puesto.

El programa informa de todos los sorteos que se celebran a lo largo de la semana. Su realización se ha quedado anclada en un estilo retro, a mitad de camino entre la moda vintage y la televisión de los pioneros de los cincuenta. El presentador aparece trajeado, da unos pasitos y anuncia «una noche memorable de sábado» mientras recita los números de la apuesta ganadora en un plató de tonos azules, inspirado en la estación del AVE de Cuenca, aunque en realidad imita el vestíbulo de una clínica de cirugía estética de la Costa del Sol.

Lo cierto es que el espacio patrocinado no interesa al espectador, pero lo más preocupante es que ni tan siquiera atrapa a los loteros.

—Era un sábado, pasadas las diez de la noche. Yo estaba en un bar, en Matogrande, un barrio moderno a la entrada de A Coruña. Ahí solíamos parar casi todos los días, y me llama mi mujer, Mercedes. Estaba nerviosa.

—Mira, que me han llamado para decirme que dimos una primitiva de seis aciertos.

—¿Cómo, cómo?

—Sí, me acaba de llamar Miguel, el delegado de apuestas de A Coruña. Me acaba de llamar para decirme que dimos un premio de seis aciertos.

Antonio Regueira y su mujer, Mercedes Rey, llevan jubilados desde 2015, pero los apodos trascienden a las personas. Cierras la panadería de la esquina por edad, pero sigues siendo toda la vida el panadero del barrio. Por esa regla de tres, ellos han sido, son y serán los loteros del Carrefour, aunque no siempre haya sido así.

La gran superficie está entrando en la ciudad a mano izquierda. En 2012, cuando dieron el premio, pertenecía a la cadena de alimentación francesa Continente. El gerente les había animado, a finales de los noventa, a arrendar un local en el centro comercial. Sus conocimientos de la lotería eran los mismos que los de todo hijo de vecino que compra un décimo del Gordo por Navidad, o sea, poco y nada. De lo que sí sabían, y mucho, era del negocio comercial, de comprar y vender, de atender a la clientela detrás de un mostrador con amabilidad y buen talante.

La administración, que no tenía cartel ni marca comercial, iba tan bien que incluso Mercedes se dio un capricho: había quedado libre un local, frente al suyo, en el mismo pasillo de entrada al híper, y se animaron a abrir una tienda de perfumes. Era su debilidad. Las colonias y productos de maquillaje no tenían secretos para ella. «Quien se lleve cien euros en una bonoloto, seguro que no regatea con un buen perfume para su mujer», le decía Mercedes a su marido para convencerlo, sin saber que él ya estaba más que convencido.

Cuando terminó de hablar por teléfono con su mujer, el sábado, 30 de junio de 2012, Antonio tenía claro que esa ronda en el café Ca Marea corría de su cuenta y no iban a ser unos viños do país, él iba a pedir una botella de rioja crianza para anunciarles la gran noticia a sus amigos. Tenía motivos, porque buena parte de su negocio vive de los premios que da. El primer brindis fue por el desconocido propietario del boleto. «¿Y tú no sospechas de quién puede ser?», le preguntaban ansiosos los de la peña. «No tengo ni idea. ¿No ves que por allí pasan cientos de personas cada semana? Espero que sea alguien conocido. Ojalá fuera un cliente de los de toda la vida», contestaba Antonio, nervioso ante la insistencia de sus colegas de barra.

—¿La repercusión de un premio se nota enseguida?

—Eso se nota ya, no sé, en las ventas. La gente, como sepa que das un premio en este sitio… —responde rápida Mercedes Rey, que acompaña a su marido en la entrevista, realizada en 2023 en la terraza del Playa Club, con el arenal de Riazor de decorado.

—Como estábamos en un sitio conocido, en un centro comercial, ¿qué ocurría? Venía gente de los pueblos, de las aldeas, de las zonas residenciales —explica Antonio.

—¿Es el efecto llamada?

—Claro, la gente venía allí, por ejemplo, de la aldea. Cuando algún vecino iba al Carrefour, le decían «oye, tráeme un décimo de lotería del Carrefour», «oye, tráeme una primitiva del Carrefour» —cuenta Antonio—. Pero es que por allí pasaba muchísima gente; mira, cuando fue lo de la primitiva, a mí me llamaban de Madrid, gente de Sevilla… de todas partes. ¿Por qué? Porque en verano suele venir mucha gente de vacaciones, y pasan por el Carrefour y sellan —explica Mercedes.

—Si das premios, hay ventas, si no se dan premios, hay pocas ventas —sentencia su marido.

—Hay gente que cree que nosotros nos llevamos comisión del premio, pero nunca hay comisión ninguna. —Mercedes ha vivido una experiencia traumática con el premio de la primitiva y no tolera la más mínima sospecha.

Antonio y Mercedes forman una pareja adorable. Se los ve siempre juntos paseando por A Coruña. Pasan el día entre chequeos médicos rutinarios; encargos de las hijas casadas, que les han dado ya tres nietos, o una escapada a Betanzos para visitar a unos amigos. Lo cierto es que no paran quietos. Se han retirado con salud, y eso es lo que transmiten a primera vista. Hacen lo mismo que muchos jubilados del norte de España que han trabajado toda la vida y ahora tienen una cuenta bancaria saneada. Cuando las olas se encrespan contra el baluarte de la playa del Orzán anunciando la llegada del duro invierno, ellos hacen las maletas y se van lo más al sur posible, a Canarias, y todo el tiempo que pueden. No perdonan los meses de enero y febrero en Tenerife.

La administración del Carrefour no se llamaba «La favorita», «La esquina afortunada», «El filón de oro», ni tan siquiera «Fortunata y Jacinta». Por no tener, no tenía ni un cartel con una marca comercial sugerente. No hacía falta. Ése no era el estilo de Mercedes y Antonio. Al otro lado de la mampara siempre estaba uno de los dos, o Ana, la dependienta de confianza, atendiendo al cliente con una sonrisa.

—El de los cuatro millones setecientos mil euros. Sí, ése fue el más importante de todos. Después tuvimos… —Antonio hace memoria, pero Mercedes está al quite.

—… quinielas de fútbol, muchos de lotería. Yo, claro, ahora no me acuerdo.

—Dos quintos premios en Navidad. Un tercero en Navidad, que aún me acuerdo del número, el 15.092. Hace años —zanja Antonio.

En la provincia de A Coruña hay unos trescientos puestos de apuestas, entre administraciones de Loterías y locales mixtos. Ese fin de semana, a caballo entre junio y julio, muchos loteros durmieron intranquilos. La ansiedad es enemiga del sueño y aliada de la vigilia. Todos saben que el lunes es un día de comprobaciones de apuestas, y eso quiere decir que el agraciado podría entrar por la puerta con el boleto premiado en la cartera. Ya se ha dicho que la publicidad del negocio es para el que sella el cupón premiado, pero nunca hay que descartar la generosidad de quien se hace millonario al segundo y les deja una buena tajada a los heraldos de la fortuna, es decir, a quienes le anuncian que le ha tocado.

Entre tanto lotero desvelado, seguro que habría alguno en modo vaca rumiante, repitiendo con insistencia «¿quién lo habrá pillado?». Los sueños son traicioneros y ese lotero insomne jugaba a dos bandas porque sabía que, si pillaba al agraciado, a lo mejor también pillaba premio.

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Lunes de comprobar y sellar

Hay dos tipos de jugadores, los que apuestan como un auto de fe, igual que van a misa de doce o ayunan los viernes, y después están los que no saben cómo se rellena una primitiva y siguen creyendo que en las administraciones de lotería venden estampitas de Navidad y cartas a los Reyes Magos. Estos últimos no se llaman jugadores, se autodenominan «participantes», porque la suegra los llama cada puente de la Constitución para decirles que ya ha comprado el décimo del Gordo que repartirá con toda la familia.

Para los primeros, el lunes es el día grande de la semana. No solo porque acuden puntuales a comprobar si llevan algún cupón premiado en la cartera, sino porque, además, muchos de ellos vuelven a apostar para el próximo sorteo. Es raro que esos eurillos que les paga el lotero por un premio menor vayan al bolsillo. Es un camino de ida y vuelta: boleto con premio de tres euros, pues tres euros que cubren una nueva apuesta.

«El que juega de forma manual suele sellar los lunes. Yo tengo un montón de clientes que no fallan. Además, la gente suele aprovechar el lunes para comprobar los premios de la semana anterior. Aquí los lunes por la mañana no paro de trabajar. Es un abarrote», explica desde el otro lado de la mampara María Concepción, Concha, como prefiere que la llamen, una lotera de toda la vida con establecimiento en el barrio coruñés de Eirís.

La de Concha es una de las treinta y nueve administraciones de lotería abiertas al público en la ciudad de A Coruña; en toda la provincia, ciento trece. Si seguimos sumando llegamos a trecientas, porque también hay que contar los llamados «puntos de venta mixtos», es decir, los bares y cafeterías que tienen máquina expendedora para sellar y comprobar apuestas.

Nunca lo reconocerán, pero más de un lotero coruñés, el lunes, 2 de julio de 2012, levantó la persiana del establecimiento con una corazonada: «El agraciado de la primitiva millonaria va a entrar por la puerta». Podía ser un cliente habitual, un conocido del barrio o alguien de

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