La caída del Leviatán (The Expanse 9)

James S.A. Corey

Fragmento

g-1

Prólogo

Al principio, había un hombre llamado Winston Duarte. Y luego dejó de haberlo.

El último momento había sido banal. Se encontraba en su despacho privado, en el centro del Edificio Gubernamental, sentado en su diván. Su escritorio, de madera de Laconia y con vetas que lo hacían parecer de roca sedimentaria, tenía una pantalla integrada en la que se mostraban los miles de informes diferentes que necesitaban de su atención. El mecanismo de relojería que era el territorio del imperio avanzaba poco a poco, y cada revolución lo engrasaba y mejoraba su precisión. Había estado revisando los informes de seguridad de Auberon, donde el gobernador había empezado a reclutar a los lugareños para las fuerzas de seguridad del sistema, como respuesta a la violencia separatista. Teresa, su hija, se encontraba en una de sus aventuras ilícitas fuera del edificio. Los paseos solitarios por la naturaleza, que ella creía que le eran ajenos a la seguridad de Laconia, eran necesarios para su desarrollo personal, y a Duarte no solo le provocaban satisfacción, sino orgullo.

Hacía poco tiempo que le había contado su ambición: que se uniese a él como segunda paciente de Paolo Cortázar, para ampliar e intensificar su consciencia, como había hecho él, para vivir no para siempre, pero sí indefinidamente. Dentro de cien años, seguirían a la cabeza del imperio de la humanidad. Dentro de mil. Dentro de diez mil años.

Era una incógnita.

Ese era el problema y la terrible presión que sentía. Lo sobrecogedora que le resultaba esa incógnita. La incógnita de saber si sería capaz de rechazar la autocomplacencia propia de la humanidad. La incógnita de saber si sería capaz de convencer a la masa vasta e incoherente que era dicha humanidad para ponerse manos a la obra y evitar el destino de sus predecesores. De si iban a hacer lo necesario para comprender y derrotar a la oscuridad en ese lugar ajeno más allá de la puerta anular o si iban a morir a manos de lo que hubiera allí.

Los experimentos del sistema Tecoma habían sido como todos esos momentos importantes que habían tenido lugar a lo largo de la historia de la humanidad, como cuando el primer mamífero había decidido alzarse sobre las dos patas traseras para mirar por encima de la hierba. Si funcionaba, volvería a cambiarlo todo. Todo cambiaba todo lo que se había establecido antes. Era algo muy poco sorprendente, en realidad.

En esos últimos momentos, Duarte había extendido el brazo para agarrar la taza de té, pero, por obra de uno de esos sentidos nuevos y extraños que había conseguido gracias al doctor Cortázar, se dio cuenta de que la tetera ya se había enfriado. Ser consciente de la vibración molecular era análogo a la sensación física de calor, medía la misma realidad material, pero en comparación el sentido humano era como un niño tocando un silbato. Para Duarte era una consciencia vasta y sinfónica.

Y así llegó el último instante.

Justo tras decidir que iba a llamar al servicio para pedir una tetera nueva y antes de que extendiese el brazo hacia los controles del sistema de comunicación, la mente de Winston Duarte salió despedida como un fardo de paja en un huracán.

Sintió dolor, muchísimo dolor, y luego miedo. Pero ya no quedaba en él persona alguna para sentir nada, por lo que no tardó en desaparecer. No había consciencia, ni patrón mental, no había nadie para discurrir esos pensamientos agitados. De ser algo más delicado, más agraciado y más sofisticado, habría muerto. La sucesión narrativa que pensaba en sí misma como Winston Duarte quedó destrozada, pero ese no fue el caso de la carne que lo albergaba. Los sutiles flujos de energía de su cuerpo quedaron sumidos en una tormenta turbulenta e invisible que le arrebató la cohesión. Y luego, sin que nadie fuese consciente de ello, empezó a amainar hasta detenerse.

Sus treinta billones de células seguían usando el oxígeno de ese fluido complejo que era su sangre. Las estructuras que eran sus neuronas se convirtieron en colegas de borrachera que empinaban el codo en sincronía perfecta. Pasó a convertirse en algo que no era antes. Un patrón mental que ocupó el lugar del espacio vacío que había quedado en él. Había pasado de ser el bailarín a convertirse en el baile. De ser el agua a convertirse en un remolino. Había dejado de ser una persona. Una mente. Se había convertido en algo diferente.

Cuando recuperó la consciencia, lo primero que vio fueron colores. Azul, pero sin palabras para describirlo. Luego rojo. Después un blanco que también significaba algo. El fragmento de una idea. Nieve.

Sintió alegría, una que duró más que el miedo de antes. Un sentido de la maravilla intenso y efervescente que no provenía de ninguna parte. Patrones que se conformaron para luego desaparecer, que se crearon para luego venirse abajo. A veces, algunos desaparecían más despacio que otros y se relacionaban entre sí, lo que hacía que en ocasiones durasen más.

Se sentía como un bebé que empezaba a comprender el tacto y la vista, uno cuya cinestesia se estaba conformando. Trazas de consciencia rozaron su universo y algo parecido a la comprensión comenzó a formarse. Algo sintió su carácter físico, tosco y pesado, e impulsó la química a través de los grandes huecos que había entre las células. Sintió la vibración vasta y descarnada que rodeaba las puertas anulares que conectaban los mundos, algo que le recordó a llagas y a úlceras. Sintió algo. Pensó en algo. Recordó cómo recordar y luego lo olvidó.

Había una razón. Un objetivo. Algo había justificado las atrocidades para evitar otras peores. Había traicionado a su nación. Había conspirado contra miles de millones. Había condenado a personas que le eran leales hasta la muerte. Todo por una razón. La recordó. La olvidó. Volvió a descubrir el maravilloso resplandor del amarillo y se dedicó en cuerpo y alma a experimentarlo.

Oyó voces que parecían sinfonías. Le parecieron graznidos. Se sorprendió al descubrir que existía un «él» y de que era su persona. Se suponía que tenía que hacer algo. Salvar a la humanidad. Algo similar, de una grandeza absurda.

Lo olvidó.

«Vuelve. Papá, vuelve conmigo».

Como cuando la niña aún era un bebé y él había dormido junto a ella. Volvió a centrarse en ella, por pura costumbre. Su hija gimoteó, y él se levantó para que no tuviera que hacerlo su mujer. Le puso la mano encima. Ella dijo algo. Fue incapaz de recordar las palabras, por lo que volvió a aquel momento en el tiempo en el que las había pronunciado.

«¿Va a matarme el doctor Cortázar? Creo que va a matarme».

No le pareció bien. No sabía por qué. La tormenta de aquel otro lugar era ensordecedora y plácida y ensordecedora. Estaba relacionada. Se suponía que era él quien tenía que salvarla de las cosas que había en esa tormenta, de las cosas que eran esa tormenta. O de su naturaleza demasiado humana. Pero su hija estaba allí y era interesante. Duarte vio cómo la angustia fluía a través del cerebro de la niña, a través de su cuerpo. El dolor de su sangre perfumó el aire a su alrededor, y él ansió. Ansió tranquilizarla y reconfortarla. Solucionar todos los problemas que pudiese tener. Pero, más interesante aún y por primera vez, quiso hacerlo.

La extraña sensación de sentir todo aquello le hizo perder la atención y dejó de estar centrado. Agarró la mano de Teresa y deambuló. Cuando regresó en sí, aún sostenía una mano, pero era la de otra persona.

«Necesitamos escanearlo, señor. No le va a doler».

Recordó al doctor Cortázar. «Va a matarme». Apartó a Cortázar y empujó los espacios vacíos entre las pequeñas motas que lo convertían en algo físico, hasta que se esparció como polvo. Listo. Problema resuelto. Pero el esfuerzo lo había dejado agotado y empezó a dolerle el cuerpo. Se permitió dejarse llevar, pero se percató de que cada vez le pasaba menos. Su sistema nervioso estaba destrozado, pero no dejaba de recomponerse. Su cuerpo insistía en continuar aunque no pudiese hacerlo. Admiró esa terca negativa a morir, una que no parecía venir de sí mismo. Era un auténtico impulso físico y mecánico de seguir adelante, la determinación de todas sus células para continuar, una necesidad obstinada de seguir existiendo que no requería voluntad alguna. Todo aquello era significativo. Era importante. Él solo tenía que recordar cómo. Estaba relacionado con su hija. Estaba relacionado con hacer que estuviese bien y segura.

Recordó. Recordó ser un hombre que amaba a su hija, por lo que también recordó ser un hombre. Y eso se convirtió en un asidero más resistente que la ambición con la que había creado el imperio. Recordó que se había convertido en algo diferente a un humano. Algo mejor. Y luego comprendió que esa fuerza alienígena también lo había debilitado. Comprendió que la arcilla tosca y sin remordimientos que era su cuerpo había evitado su muerte. La espada que había acabado con miles de millones de ángeles no era más que un estorbo para los primates en sus burbujas de aire y metal. Y que un hombre llamado Winston Duarte, a caballo entre ángeles y primates, había quedado destrozado, pero no había muerto. Los pedazos habían encontrado la manera de sobrevivir.

También había alguien más. Un hombre con cauces de río secos en su mente. Alguien que también había cambiado. James Holden, el enemigo con el que compartía enemigo cuando Winston Duarte se había roto y dado paso a algo diferente.

Con un esfuerzo y una cautela infinitas, detuvo la vastedad y la complejidad inabarcables de su consciencia, una y otra y otra vez, hasta quedar condensado en lo que había sido en el pasado. El azul desapareció hasta convertirse en el color que conocía cuando era un hombre. La tormenta que había al otro lado, la violencia y la amenaza amainaron. Sintió la calidez y el olor metálico de la carne de su mano, que ahora no sostenía nada. Abrió los ojos, encendió los controles de comunicación y abrió un canal.

—Kelly, ¿podrías traerme otra tetera?

La pausa fue más corta de lo que esperaba en tales circunstancias.

—Sí, señor —respondió Kelly.

—Gracias.

Duarte cerró el canal.

Habían dejado una camilla médica en su despacho, con un colchón especial para evitar las escaras, pero ahora estaba sentado en su escritorio, como si nunca se hubiese levantado de él. Evaluó su cuerpo y se percató de lo débil que estaba. De la delgadez de sus músculos. Se puso en pie y entrelazó las manos detrás de la espalda para luego dirigirse a la ventana y comprobar si veía algo. Y lo vio.

En el exterior, caía una llovizna ligera. Había charcos en los caminos, y la hierba brillaba limpia. Intentó encontrar a Teresa y lo consiguió. No estaba cerca, pero tampoco estaba en peligro. Era como volver a verla deambular por el exterior, sin las lentes artificiales de las cámaras. El amor y la satisfacción que sentía por ella eran enormes. Pelágicos. Pero no apremiantes. La verdadera expresión de su amor era su trabajo, por lo que se centró en él como si aquel fuese un día cualquiera.

Duarte abrió el informe ejecutivo, tal y como hacía cada mañana. Normalmente, ocupaban una página, pero aquel parecía un libro entero. Lo ordenó por categoría y lo abrió por la parte en la que se hablaba del estado del tráfico en el espacio anular.

Las cosas no habían ido nada bien en su ausencia, por no decir algo peor. Informes científicos de la pérdida de la estación Medina y de la Tifón. Análisis militares del asedio a Laconia, la pérdida de las plataformas de construcción. Dosieres de inteligencia sobre la oposición cada vez más feroz en los sistemas de toda la humanidad, y también de los intentos del almirante Trejo por mantener el imperio en pie sin él.

Tras la muerte de su madre, Teresa se había dedicado a prepararle el desayuno todas las mañanas. Era muy joven e incompetente, tanto que no había sabido hacerlo. Duarte recordó la corteza de pan hasta arriba de mermelada y una plasta de mantequilla sin derretir sobre ella. La combinación de ambición, de cariño y de patetismo había sido muy bonita a su manera. Era el típico recuerdo que seguía ahí porque el amor y la vergüenza se complementaban a la perfección. Pues ahora sentía lo mismo.

Tenía una consciencia plena del espacio anular. Oía los ecos en el tejido de la realidad, como si pegase la oreja a la cubierta de la nave para saber el estado del motor. Notaba la rabia del enemigo, como si oyera sus voces. Aullidos que hendían un aire que no era aire en un tiempo que no era tiempo.

—Almirante Trejo —dijo, y Anton se sobresaltó.

Trejo llevaba quince semanas compaginando una gira de prensa y la reconquista del Sistema Solar. Estaba sentado en su camarote, agotado tras un día muy largo lleno de sonrisas y discursos con los líderes locales y los oficiales. Era la cara visible de un imperio al borde de la destrucción y tenía que asegurarse de que nadie se percatase de lo cerca que estaban de perderlo todo. Después de las largas semanas de acelerón desde Laconia, aquello le resultaba agotador. Lo único que quería era beber algo fuerte y pasarse ocho horas en la cama. O veinte. Pero, en lugar de eso, estaba en una videollamada con el secretario general Duchet y su homólogo marciano, ambos en la Luna y lo bastante cerca como para que el retraso luz no interfiriese. Los políticos mentían a través de sus mentiras. Trejo amenazaba a través de la suya.

—Claro que comprendemos la necesidad de disponer de los astilleros orbitales y ponerlos en funcionamiento lo antes posible. Reconstruir nuestras defensas compartidas es una prioridad —dijo Duchet—. Pero debido a la rebeldía a la que nos hemos enfrentado últimamente tras el ataque a Laconia, nuestra preocupación principal es la seguridad de las instalaciones. Tiene que garantizarnos de alguna manera que sus naves serán capaces de proteger estos efectivos tan valiosos. No queremos convertirnos en un objetivo para los bajos fondos.

«Le acaban de dar para el pelo, han destruidos sus fábricas, ha perdido dos de sus acorazados más potentes y a duras penas es capaz de mantener unido el imperio. ¿De verdad cree que tiene naves suficientes para obligarnos a trabajar para usted?».

—Es cierto que hemos tenido algunos contratiempos —dijo Trejo a regañadientes, como hacía a veces cuando estaba enfadado—. Pero no hay razón para preocuparse. Tenemos destructores de clase Pulsar más que suficientes para asegurar por completo el Sistema Solar.

«Acabo de reconquistar este lugar con dos docenas de esas naves y tengo muchas más si las necesito, por lo que más les vale hacer lo que les ordeno».

—Me alegra oír algo así —dijo el primer ministro marciano—. Por favor, hágale saber al cónsul general que no escatimaremos en esfuerzos para cumplir con la cuota de producción que ha solicitado.

«No bombardee nuestras ciudades, por favor».

—Se lo comunicaré —respondió Trejo—. El cónsul general valora mucho su apoyo y lealtad.

«Duarte se ha convertido en un imbécil babeante, pero si me dan las naves para mantener unido el imperio, no me veré obligado a destruir sus malditos planetas. Y puede que todos salgamos ganando».

Trejo se desconectó y se reclinó en la silla. Sintió la llamada en voz baja de la botella de whisky que tenía en el armario. La de la cama recién hecha era mucho más intensa. Pero no tenía tiempo para ninguna de las dos. Los bajos fondos seguían ar­man­do revuelo en los mil trescientos sistemas. Y ese solo era el problema con los humanos. También tenía que lidiar con las puertas y lo que quiera que hubiese en el interior apagando las mentes de sistemas enteros con el objetivo de exterminar a la humanidad.

No hay paz para los malvados. Y tampoco para los buenos.

—Solicito una llamada con la representante de la Asociación de Mundos en el Sistema Solar. No recuerdo su nombre —dijo. La única que lo oyó fue la nave.

La palabra CONECTANDO relució en la pantalla. Había llegado el momento de contar más mentiras sonrientes. De hacer más amenazas veladas. De más diplomacia, una palabra que usaba como insulto.

—Almirante Trejo —dijo una voz detrás de él.

Le resultaba familiar, pero era tan inesperada que su mente se esforzó por ubicarla. Tuvo la impresión, breve e irracional, de que su agregado se había estado ocultado en su habitación todo este tiempo para revelar ahora su presencia.

—Anton —dijo la voz, baja e íntima como la de un amigo. Trejo se dio la vuelta para encarar el camarote. Winston Duarte se encontraba junto a los pies de su cama, con las manos detrás de la espalda. Llevaba una camisa informal y holgada con unos pantalones negros. Iba descalzo. Tenía el pelo alborotado, como si acabara de despertarse. Parecía estar ahí de verdad.

—Alerta de seguridad —dijo Trejo—. En esta habitación. Peina la zona.

Aquello pareció afectar a Duarte.

—Anton —repitió.

En milisegundos, la nave había revisado hasta el último centímetro de su camarote en busca de alguien o de algo que se suponía que no tenía que estar ahí. La pantalla le informó de que no había dispositivos de escucha, ni productos químicos peligrosos ni tecnología no autorizada. También de que él era la única persona del interior. La nave le preguntó si quería que enviase personal de seguridad armado.

—¿Estoy teniendo un derrame cerebral? —preguntó a la aparición.

—No —dijo Duarte—. Aunque sí que deberías dormir más. —El fantasma de la estancia se encogió de hombros, en un gesto casi de disculpa—. Mira, Anton. Has hecho todo lo que has podido para mantener en pie el imperio. He visto los informes. Sé que ha sido un trabajo muy difícil.

—No estás aquí —dijo Trejo, que pronunció en voz alta la única realidad posible contra las mentiras a las que lo sometían sus sentidos.

—«Aquí» se ha convertido en una palabra extrañamente flexible para mí —convino Duarte—. Aprecio mucho el trabajo que has hecho, pero ya puedes dejarlo.

—No, no se ha acabado. Tengo que seguir para que el imperio no se venga abajo.

—Y te lo agradezco. Pero estábamos equivocados. Necesitaba un poco de silencio para pensarlo, pero ahora lo veo todo mucho más claro. Todo saldrá bien.

La necesidad de oír esas palabras, de creerlas, impactó a Trejo como una ola gigantesca. La primera vez que alguien lo había besado se había sentido menos sobrecogido.

Duarte le dedicó una sonrisa cargada de júbilo, pero también melancólica.

—Tú y yo creamos un imperio que se extendió por la galaxia. ¿Quién habría imaginado que éramos tan cortos de miras?

La imagen, la ilusión, la proyección, lo que quiera que fuese, desapareció de forma tan repentina que fue como si faltase el fotograma de una película.

—Joder —dijo Trejo a la nada. La alerta de seguridad no había dejado de relucir en la pantalla del escritorio. Golpeó el enlace de comunicaciones con el puño.

—Señor —dijo el oficial de servicio—. Tenemos una alerta activa en sus aposentos. ¿Quiere que…?

—Tienen cinco minutos para prepararse para una aceleración a máxima potencia en dirección al anillo.

—¿Señor?

—Haga sonar la alarma —dijo Trejo—. Y que todo el mundo vuelva a sus asientos. Tenemos que regresar a Laconia. Ya.

g-2

1

Jim

—Nos escanean —dijo Alex. Su voz sonaba como un sonsonete animado, lo que significaba que estaban bien jodidos.

Jim, sentado en el centro de mando con un mapa táctico del sistema Cronos en la pantalla y con el corazón latiéndole al doble de velocidad de lo normal, intentó calmar los ánimos.

—Que haya tocado a la puerta no significa que sepa quién está en casa. Intentemos hacer como si nada.

La Rocinante se estaba haciendo pasar por un pequeño carguero, un tipo de nave muy común en el sistema. Naomi había configurado el motor Epstein para cambiar la firma del motor y que no generase demasiado calor adicional. También había soldado algunas placas adicionales al casco en un astillero clandestino del sistema Harris para alterar la silueta de la nave. Un ligero goteo de hidrógeno líquido recorría la parte superior de la nave para cambiar el perfil térmico. Cuando Naomi había repasado el plan para añadir esa capa de camuflaje, le había parecido un cambio muy completo. Pero la amenaza de la violencia hacía que Jim se sintiese expuesto.

La fragata enemiga se llamaba la Cometa Negra. Era más pequeña que un destructor de clase Tormenta, pero estaba bien armada y tenía ese casco exterior que se reparaba solo que hacía que los navíos de Laconia fuesen difíciles de destruir. Formaba parte de un grupo de caza que peinaba todos los sistemas deshabitados para encontrar a Teresa Duarte, la hija fugada del cónsul general Winston Duarte, princesa heredera de su imperio y, en aquellos momentos, aprendiz de mecánica en la Rocinante.

Aquella no era la primera vez que los habían visto.

—¿Alguna novedad? —preguntó Jim.

—No. Solo la comprobación con el radar láser —respondió Alex—. Creo que deberíamos calentar la cerbatana. Por si acaso.

«Sí, hagámoslo», estuvo a punto de decir Jim. Pero, en ese momento, Naomi respondió en su lugar.

—No. Tenemos pruebas de que su batería de sensores de última generación podría reconocer los condensadores del cañón de riel.

—No me parece justo —dijo Jim—. Lo que una tripulación haga con sus condensadores del cañón de riel en la intimidad de su nave debería ser solo cosa de ellos.

Oyó la sonrisa en la voz de Naomi.

—Estoy de acuerdo, pero mantengamos las armas desconectadas hasta que las necesitemos.

—Recibido —dijo Alex.

—¿Seguimos sin noticias? —preguntó Jim, a pesar de que tenía acceso a los mismos datos que Alex. Alex los comprobó de igual manera.

—Nada por el sistema de comunicaciones.

Cronos no era un sistema muerto, pero casi. La estrella del lugar era grande y variable. Había habido un planeta apto para la vida en la zona de habitabilidad, en algún momento, al menos lo suficiente para que la protomolécula se hubiese apropiado de bastante biomasa para crear la puerta anular. Pero, a lo largo de los extraños eones que habían pasado desde la formación de la puerta y el encuentro de la humanidad con las ruinas alienígenas, dicha zona de habitabilidad se había movido. El planeta que albergaba vida en el pasado aún no había sido engullido por la estrella, pero sus océanos habían bullido hasta desaparecer y había perdido la atmósfera. La única vida oriunda de Cronos se encontraba en la luna húmeda de un gigante gaseoso lejano, y era poco más que un moho limoso del tamaño de un continente que competía entre sí con ferocidad.

Los habitantes humanos de Cronos eran alrededor de unos diez mil mineros que trabajaban en setecientas treinta y dos minas activas. Las empresas, los grupos de presión patrocinados por el gobierno, las saltarrocas independientes y una mezcla infame y legal de los tres se dedicaban a extraer paladio de asteroides bien surtidos, para luego enviarlo a cualquiera que aún construyese recicladores de aire o trabajase en proyectos de ajuste de terraformación.

O sea, a todo el mundo.

Cronos había estado en los límites del alcance de la Unión de Transportes en el pasado, después había pasado a convertirse en la última frontera del imperio de Laconia y ahora nadie sabía muy bien lo que era. Había cientos de sistemas iguales a lo largo de toda la red de puertas: lugares que aún no eran autosuficientes o que no tenían pensado serlo, más centrados en extraer aquella especialidad económica que en cualquier tipo de coalición. Eran el tipo de lugares donde solían esconderse los integrantes de los bajos fondos para reparar las naves y planear los siguientes pasos. En el mapa táctico, los asteroides marcados con una órbita, el estado general, la composición y el propietario legal se agitaban alrededor de la estrella iracunda, una masa tupida como el polen en primavera. Eran muchas las naves que se arremolinaban alrededor de las excavaciones y los equipos de inspección, y la mayoría iban de un puesto a otro en viajes solitarios o hacían pequeños encargos para conseguir agua que usar como masa de reacción y para protegerse de la radiación.

La Cometa Negra había atravesado la puerta anular hacía tres días, para luego disparar al repetidor de radio de los bajos fondos que había en la superficie de la puerta y acelerar con suavidad para quedarse allí como el portero de una discoteca pretenciosa. Las puertas anulares no orbitaban las estrellas, sino que se quedaban fijas en el lugar como si estuviesen colgadas de unos ganchos en el vacío. Y eso no era lo más extraño de ellas. Jim tenía la esperanza de que la nave se iba a limitar a destruir el transmisor pirata de los bajos fondos, que iba a llevar a cabo aquel acto de vandalismo para luego marcharse a tomar viento en pos de cortar los metafóricos cables telegráficos de otro sistema.

Pero se había quedado allí, escaneando el lugar. Buscándolos. Buscando a Teresa. A Naomi, la líder en funciones de los bajos fondos. Y buscándolo a él.

La pantalla de comunicaciones se iluminó con el verde de un mensaje entrante, y Jim sintió un nudo en el estómago. A la distancia a la que se encontraban, faltarían horas para la batalla, pero la adrenalina le recorrió la sangre como si alguien hubiese disparado un arma. El miedo estaba tan presente y era tan apabullante que no notó nada raro.

—Mensaje —dijo Alex por el sistema de comunicaciones de la nave, desde la cubierta que estaba sobre Jim—. Es raro, pero no es un mensaje láser… No creo que estén hablando con nosotros.

Jim abrió el canal.

La voz de la mujer tenía la formalidad cortante e indolente propia del ejército de Laconia.

—… una acción ofensiva y se tratará como tal. Repito. Aquí la Cometa Negra al carguero registrado Cosecha Perecedera. Por orden de las fuerzas de seguridad de Laconia, les ordenamos apagar el motor y prepararse para el abordaje y la inspección. Negarse será considerado una acción ofensiva y se tratará como tal. Repito…

Jim filtró el mapa táctico. La Cosecha Perecedera orbitaba a unos treinta grados de la Roci y aceleraba en dirección hacia aquel sol grande e iracundo. Si habían recibido el mensaje, estaba claro que aún no le habían hecho caso.

—¿Esa es de las nuestras? —preguntó Jim.

—Qué va —respondió Naomi—. Aquí dice que es propiedad de David Calrassi de Bara Gaon. No me suena de nada.

Debido al retraso luz, tendrían que haber recibido la orden de la Cometa Negra unos diez minutos antes que la Rocinante. Jim se imaginó a otra tripulación que acababa de entrar en pánico al recibir el mensaje que ellos tanto temían. Pasara lo que pasase a continuación, la Rocinante no estaba en el punto de mira, por el momento. Ojalá eso lo hubiese hecho sentir más aliviado.

Jim se desabrochó del asiento de colisión y empezó a moverse. Los cardanes sisearon bajo su peso.

—Voy a bajar un momento a la cocina —dijo.

—Hazme un café a mí también.

—Ah, no. No voy a hacerme un café. Puede que me prepare una infusión de camomila o que caliente un poco de leche. Algo reconfortante y nada agresivo.

—Muy bien —dijo Alex—. Cuando cambies de opinión y te hagas un café, tráeme otro.

Ya en el ascensor, Jim se apoyó en la pared y esperó a que el corazón dejase de latirle desbocado. Así era como a uno le daban infartos, ¿no? Se aceleraba el pulso y no paraba hasta que hacía estallar algo muy importante. Era probable que no fuese así, pero era lo que le daba la impresión de que iba a pasar. Siempre se sentía así.

Estaba mejorando. Poco a poco. El automédico había sido capaz de supervisar la regeneración del diente que había perdido. Aparte de lo humillante que era el hecho de que hubiesen tenido que dormirle las encías como si fuese un bebé, no había ido nada mal. Las pesadillas ya eran viejas conocidas para él. Había empezado a tenerlas en Laconia, mientras seguía prisionero del cónsul general Duarte. Esperaba que desapareciesen tras conseguir la libertad, pero habían empeorado. En la más reciente, lo enterraban vivo. Pero en una de las más habituales mataban a uno de sus seres queridos en la estancia contigua y él no era capaz de introducir el código de la puerta lo bastante rápido para salvar a esa persona. Otra era que tenía un parásito que vivía debajo de su piel e intentaba encontrar la manera de salir. O que los guardias de Laconia venían para darle una paliza y le volvían a romper el diente. Tal y como habían hecho.

Lo bueno era que ya no tenía esas en las que se olvidaba de ponerse la ropa o de estudiar para un examen. Podría decirse que la vida onírica y vengativa que experimentaba ahora no estaba tan mal.

Había días en los que era incapaz de obviar la sensación de amenaza. A veces, una parte de su mente quedaba atrapada en la certeza infundada e irracional de que el equipo de tortura de Laconia estaba a punto de encontrarlo otra vez. En otras ocasiones, sentía un miedo menos irracional por las cosas que había más allá de las puertas. El apocalipsis que había destruido a los creadores de la protomolécula y que estaba a punto de hacer lo propio con la humanidad.

Visto así, puede que sentirse de esa forma no dependiese de él. Puede que la situación fuese lo bastante mala como para que sentirse cuerdo y a gusto, como estaba antes de que lo encerrasen en Laconia, fuese una señal de que estaba loco. No obstante, quería saber si aquel estremecimiento que notaba era por lo que le habían hecho al motor de la Roci para pasar desapercibidos o si era cosa suya.

El ascensor se detuvo y salió para luego girar hacia la cocina. El golpeteo suave y rítmico de la cola de un perro contra la cubierta le indicó que Teresa y Almizclera ya estaban allí. Amos, de ojos negros, piel gris y resucitado, también, sentado en la mesa con la misma sonrisa anodina que tenía siempre en el gesto. Jim no había visto cómo le pegaban un tiro en la cabeza en Laconia, pero sabía que había drones capaces de coger partes de carne humana para recomponerla. Naomi seguía dudando de si esa cosa que se llamaba a sí misma Amos era en realidad el mecánico con el que había viajado tanto tiempo, o si se había convertido en un mecanismo alienígena que creía que era Amos porque tenía partes de su cuerpo y de su cerebro. Jim había decidido que, aunque tuviese un aspecto diferente y a veces supiese cosas que parecían retazos de un mundo antiguo y alienígena, Amos era Amos. No tenía energía suficiente para ponerse a reflexionar al respecto.

Además, le caía bien a la perra. No era un indicador perfecto, pero sí que era el menos imperfecto que tenían.

Almizclera, sentada a los pies de Teresa, alzó la vista y miró a Jim con ojos esperanzados mientras volvía a agitar la cola contra la cubierta.

—No tengo salchichas —dijo Jim a esos ojos marrones y expresivos—. Tendrás que conformarte con pienso, como el resto.

—Ya le has chafado el día —dijo Teresa—. Nunca te lo perdonará.

—Espero que chafarle el día a perros y a niñas me permita seguir yendo al cielo —dijo Jim, que luego se dirigió al dispensador. Sin pensar, tocó el botón de la burbuja de café. Después, tras darse cuenta de lo que acababa de hacer, pidió otro para Alex.

Teresa Duarte se encogió de hombros y volvió a centrar su atención en el tubo de setas, condimentos y fibra digestiva que hacía las veces de desayuno. Tenía el pelo recogido en una coleta oscura y en su boca había un ligero fruncimiento permanente que bien podría haberse tratado de una peculiaridad de su fisiología o de su carácter. Jim la había visto crecer y pasar de ser una niña precoz a una adolescente rebelde dentro del Edificio Gubernamental de Laconia. Ahora tenía quince años, y lo tranquilizaba pensar cómo había sido él con esa edad: un chico delgado de pelo oscuro de Montana sin ambición alguna que sabía que, si no le quedaba otra, podía unirse a la armada. Teresa parecía mayor de lo que lo había parecido el Jim adolescente, conocía mejor el universo y también estaba más enfada con él. Puede que ambas cosas fuesen inseparables.

Teresa le tenía miedo cuando había sido prisionero de su padre. Ahora que se había unido a la tripulación de Jim, el miedo parecía haberse evaporado. En aquella época él era el enemigo, pero ahora no tenía claro que fuese su amigo. La complejidad emocional de una adolescente que había crecido aislada seguro que era mayor de lo que podría llegar a comprender jamás.

El dispensador terminó su burbuja y la de Alex, momento en el que Jim las cogió y notó la agradable calidez en las palmas de las manos. El estremecimiento casi había desaparecido, y el amargor del café le resultaba más reconfortante de lo que podría haber sido el té.

—Vamos a tener que reabastecernos pronto —dijo Amos.

—¿En serio?

—Vamos bien de agua, pero no queda mucho para que tengamos que conseguir bolas de combustible. Y los recicladores ya no son lo que eran.

—¿Cuánto?

—Pues tenemos para unas pocas semanas —dijo Amos.

Jim asintió. Su primer impulso fue dejarlo como un problema para otro momento. Pero eso no estaba bien. Ignorar las cosas porque no estaban ocurriendo en ese instante era una forma terrible de pensar y, si no lo abordaba, terminaría por ser peor en el futuro.

—Hablaré con Naomi —dijo—. Pensaremos en algo.

«Si los de Laconia no nos encuentran. Si las entidades de las puertas no acaban con nosotros. Si alguno de los otros miles de catástrofes en las que ni siquiera he pensado no nos mata antes de que eso llegue a importar».

Le dio otro sorbo al café.

—¿Cómo estás, capi? —preguntó Amos—. Pareces un poco inquieto.

—Estoy bien —aseguró Jim—. Intento olvidar un pánico casi constante con un poco de humor, como todos.

Amos se quedó espeluznantemente quieto durante unos instantes, una de las características de su nuevo yo, y luego ensanchó un poco la sonrisa.

—Vale.

Alex los interrumpió por el canal de comunicaciones de la nave.

—Ha pasado algo.

—¿Algo bueno?

—Algo —repitió Alex—. La Cosecha Perecedera acaba de ex­pulsar una especie de líquido y ha espoleado los motores al máximo en dirección a la gran estación de comercio en el Cinturón exterior.

—Recibido —dijo Naomi, también por el canal. Lo pronunció con esa voz inconexa que Jim había identificado como la de la comandante Nagata—. Confirmado.

—¿Y la Cometa Negra? —preguntó Jim a la pared.

Alex y Naomi se quedaron un momento en silencio. Luego Alex dijo:

—Parecen que se han puesto a seguirla.

—¿Se alejan de la puerta anular?

—Eso es —comentó Alex, con un placer inconfundible en la voz.

Jim sintió una punzada de alivio, pero solo le duró unos segundos. Ya se había puesto a pensar en todas las maneras en las que aquello podía tratarse de una trampa. Si la Roci viraba hacia el anillo demasiado pronto, llamaría la atención de la nave. Incluso aunque fuesen capaces de evitar a la Cometa Negra, podría haber otra nave de Laconia arriesgándose a la espera dentro del espacio anular, lista para interceptar cualquier navío que saliese del sistema.

—¿Por qué han acelerado? —preguntó Teresa—. No creerán que van a conseguir escapar, ¿verdad? Porque sería muy estúpido.

—No intentan salvar la nave —dijo Amos. Tenía el mismo tono paciente y casi filosófico que cuando le explicaba cómo soldar en microgravedad o cómo comprobar los sellos de una cañería. Era la voz de un profesor que daba una lección de cómo funcionaba el mundo a una estudiante—. Tenían algo en esa nave que ha molestado a Laconia y no pueden esconderlo. No en un sistema tan pequeño como este. Y no pueden perderlos de vista y cambiar de transpondedor, por lo que están bien jodidos. La estación de comercio es lo bastante grande como para separar a la tripulación y colarla en otras naves. O fingir que llevan tiempo en la estación.

—Escapan hacia donde pueden esconderse —dijo Teresa.

—Y cuanta más ventaja saquen, más oportunidades tendrán de encontrar un buen sitio para hacerlo —explicó Amos.

«Podríamos haber sido nosotros —pensó Jim—. Si la Cometa Negra hubiese decidido que parecíamos algo más sospechosos que la Cosecha Perecedera, hubiésemos tenido que sacrificar a la Roci con la esperanza de pasar desapercibidos».

Pero las cosas no eran así. No había lugar donde esconderse en el sistema Cronos ni lugar lo bastante pequeño como para que Laconia no buscase en él. Esconderse a simple vista era la mejor opción, porque el plan B siempre era indicativo de vio­lencia.

No le dio la impresión de haber dicho nada de eso en voz alta ni de haber hecho algún ruido que demostrase su angustia, pero era probable que sí, porque Teresa lo miró con un gesto a caballo entre la irritación y la compasión.

—Sabes que no permitiré que te hagan daño.

—Aún soy la hija del cónsul general —dijo ella—. No es la primera vez que te saco las castañas del fuego.

—No me gustaría tener que depender de algo así —dijo Jim, con más brusquedad de la que pretendía.

Almizclera se agitó, se levantó y empezó a mirar a Jim y a Teresa, acongojada. La joven entornó los ojos.

—Creo que lo que el capitán quiere decir es que usarte como escudo humano no le resulta nada cómodo —explicó Amos—. Sabemos que lo harías, porque ya lo has hecho. Pero no conocemos a los que están al otro lado del arma. Puede que no sean muy de fiar, por lo que tenemos que intentar no depender de ellos.

Teresa frunció el ceño, pero un poco menos.

—Sí —dijo Jim—. Eso ha sido más elocuente que lo que he dicho yo.

—A veces se me da bien —dijo Amos. Bien podría haber sido un chiste, o no—. ¿Quieres que preparemos la nave para darle vidilla? Tenemos masa de reacción suficiente para un buen acelerón.

—Creía que necesitábamos bolas de combustible.

—Y las necesitamos, pero podemos gastarlas para salir de Cronos, poner el agua en la lista de la compra y listo. Los recicladores sí que van a ser nuestro cuello de botella.

La idea lo atraía más que la gravedad. Encender el motor, virar en dirección a la puerta anular y salir pitando de allí antes de que el enemigo los atrapase. Jim soltó sin querer las burbujas.

—Naomi. ¿Qué opinas?

Un instante de silencio. Luego respondió:

—Perdón, no estaba escuchando. ¿Cuál era la pregunta?

—¿Deberíamos preparar la Roci para acelerar a máxima potencia y salir de aquí? Cuando la Cometa Negra empiece a acelerar, podríamos escapar.

—No —dijo, de esa manera en la que solo ella sabía hacerlo—. No nos han identificado. Si nos vamos demasiado pronto, los pondrá bajo sospecha. Será mejor que nos quedemos por aquí, como mirones. ¿Alex? Traza una ruta de intercepción con la Roble Blanco. Es el gran carguero de hielo que hay en el segundo gigante gaseoso.

—La tengo —dijo Alex.

Amos se movió en el asiento.

—¿Capitán?

—Todo bien.

—Si tenemos que escapar, lo haremos —dijo Naomi.

«Siempre tendremos que escapar. Nunca podremos descansar», pensó Jim. No tenía sentido decirlo en voz alta.

g-3

2

Tanaka

Aliana pulsó el botón del vapeador y respiró hondo. El aerosol sabía a vainilla y se le propagó por los pulmones como una nube suave y cálida. Era nicotina y tetrahidrocannabinol mezclados con una pizca de algo más exótico. Algo que atemperaba la somnolencia provocada por el THC con una hiperconsciencia muy vívida. Las sombras de la estancia eran profundas, pero la luz iluminaba el polvo y lo convertía en partículas del color del arcoíris. Movió una pierna y las sábanas de seda la acariciaron como si de mil pequeños amantes se tratara.

Tristan estaba dormido junto a ella y tenía su pequeño culo musculoso presionado contra el muslo. Roncaba con suavidad mientras dormía, aparte de hacer algún movimiento y soltar algún suspiro ocasional. Aliana sabía que aquel ruido le parecía encantador y dulce porque estaba colocada y acababan de hacer el amor. Cuando los ronquidos empezaban a molestarla, le daba la impresión de que Tristan había pasado demasiado tiempo a su lado.

La experiencia le había demostrado que había dos maneras de sobrevivir en un régimen autoritario. La primera, la que más ansiaba la gente, era ser lo que la autoridad quería que fueses. Marte había querido soldados leales y los había producido con la misma facilidad con la que imprimían partes para maquinaria. Ella lo sabía porque era lo bastante mayor para haber sido una de ellos. Había visto a sus compañeros intentar cercenar o eliminar de sus almas colectivas todo lo que no era lo bastante marciano, y a veces lo habían conseguido.

La otra manera de sobrevivir era que te gustase tener secretos. Disfrutar del poder de parecer algo aunque fueses otra cosa. Y que se te diera bien. Era una especie de perversión sexual, incluso cuando incluía follarse a los oficiales de menor rango que ella. La emoción de saber que una palabra equivocada o un desliz inesperado podría hacerla acabar con una bala en la cabeza era más importante para ella que el sexo.

Una sociedad permisiva y abierta donde podría haber hecho lo mismo sin miedo a las consecuencias la habría vuelto loca. Le encantaba formar parte de ese experimento de Laconia, desde el principio, porque la visión de Duarte, que primero había sido una ofensa imperdonable contra Marte y luego se había convertido en una locomotora en peligro constante, servía para saciar sus manías. No le daba vergüenza admitirlo. Sabía quién era.

—Despierta —dijo, al tiempo que le daba unos empujoncitos con los dedos en la espalda al joven.

—Estoy durmiendo —dijo Tristan con voz somnolienta.

—Lo sé. Y ahora te vas a despertar.

Volvió a empujarlo. Se pasaba diez horas a la semana boxeando y luchando. Cuando quería, podía hacer que sus dedos fuesen como barras de metal.

—Joder —dijo Tristan mientras rodaba en la cama.

Le dedicó una sonrisa medio dormido. El pelo rubio y alborotado y el rostro recién afeitado con esos hoyuelos profundos le daban el aspecto de un querubín en un cuadro clásico, como si fuese uno de los putti de Rafael.

Aliana volvió a usar el vapeador y se lo ofreció. Él negó con la cabeza.

—¿Por qué me has despertado?

La mujer se estiró con lujuria debajo de las sábanas suaves, y estuvieron a punto de salírsele los pies por debajo de la enorme cama.

—Estoy colocada. Quiero follar.

Tristan se puso bocarriba y soltó un suspiro exagerado.

—Allie, casi no me quedan fluidos en el cuerpo.

—Pues vete a beber un vaso de agua, tómate una pastilla de sodio y vuelve a meter el culo en mi cama.

—A sus órdenes, coronel —dijo Tristan, entre risas.

La risa terminó con un «uf» repentino cuando la mujer rodó para ponerse sobre él y le aplastó el estómago, para luego ceñirle los muslos contra la cama con los tobillos y los pies y agarrarle las muñecas con las manos. Él alzó la vista y la miró sorprendido. Pensó que formaba parte de los preliminares y empezó a hacer como que quería zafarse. Tenía el pecho y las extremidades bien formados pero blandos, más parecidos a los de un adolescente saludable que a un hombre de veintitantos. Los brazos eran estrechos y fibrosos, con los músculos de un corredor de largas distancias, reducidos a su mínima expresión debido al uso afanoso y constante. También eran fuertes como muelles de acero. Cuando intentó moverse, ella volvió a empujarlo hacia abajo con facilidad, hasta que le estallaron las muñecas y soltó un gritito.

—Allie, estás… —comenzó a decir, pero ella se las apretó más y lo hizo callar. Se dio cuenta de que estaba enfadada. Le gustaba que él la viese así.

—En esta habitación soy Aliana. Y tú eres Tristan —dijo, hablando despacio para asegurarse de que la droga no le hacía arrastrar las palabras—. Fuera de esa puerta, eres el cabo Reeves y yo soy la coronel Tanaka. Son cosas que debemos tener muy claras.

—Lo sé —dijo Tristan—. Era broma.

—Nada de bromas. Nada de chistecitos. Nada de deslices. Si cometes un error, si te olvidas de la disciplina estricta que nos permite vivir así, como mínimo me juzgará un consejo de guerra.

—Nunca haría…

—Y no —continuó Aliana como si él no hubiese hablado— te gustará la versión de mí que verás después de que ocurra algo así.

Bajó la vista para mirarlo durante unos instantes, a la espera de que su miedo repentino pasara a convertirse en entendimiento. Después le soltó las muñecas y se bajó de él para luego tumbarse bocarriba en su lado de la cama.

—Tráeme un poco de agua a mí también —dijo.

Tristan no respondió, sino que se limitó a levantarse y dejó la estancia. Aliana miró cómo se marchaba y disfrutó del culo y los muslos musculosos al salir, la ligera V que formaban su espalda y sus hombros. Era guapísimo. Cuando aquello que tenían terminase, que era lo que tenía que pasar, iba a echarlo de menos. Pero eso no cambiaba el hecho de que habría un final. Esas cosas siempre acababan. Era parte de la diversión.

Unos momentos después, Tristan regresó con dos vasos de agua. Hizo una pausa delante de la cama y la miró, inseguro. Aliana le dio unas palmaditas a las sábanas junto a ella.

—Siento si te he hecho daño —dijo.

—No pasa nada —respondió él antes de darle el vaso de agua y de sentarse junto a ella—. Perdón por el desliz. ¿Aún quieres follar?

—Dame un minuto —dijo. Ambos bebieron agua durante un rato.

—¿Volveré a verte? —terminó por preguntar Tristan.

El tono esperanzado de su voz hizo que Aliana se sintiese muy bien.

—En esta ocasión tengo que quedarme un tiempo en Laconia —respondió ella—. Yo también quiero volver a verte, pero tenemos que tener cuidado.

—Lo entiendo —dijo él. Y ella sabía que era cierto. Le gustaba que sus juguetes fuesen mucho más jóvenes y de mucho menos rango. Hacía que todo le resultara mucho más sencillo. Pero no quería desperdiciar el tiempo con hombres imbéciles.

Cuando sació su sed, el calor de su entrepierna empezó a expandírsele por la parte baja del vientre de una manera muy placentera. Extendió la mano y la colocó sobre el muslo de Tristan.

—Creo que deberíamos…

El terminal portátil de la mesilla de noche emitió un ruido. Lo había puesto en no molestar, lo que significaba que el dispositivo creía que la llamada era lo bastante importante como para no poder ignorarla. Lo tenía desde hacía mucho tiempo y lo había configurado bien, por lo que seguro que estaba en lo cierto. Se levantó para comprobar la solicitud de llamada. Era del Edificio Gubernamental. La aceptó sin vídeo.

—Aquí la coronel Tanaka.

Tristan salió de la cama y fue a buscar los pantalones.

—Buenas tardes, coronel. Aquí el teniente Sanchez de planificación y logística. Tiene una reunión informativa en el Edificio Gubernamental dentro de dos horas.

—Pues primera noticia —dijo ella, que extendió la mano hacia la mesilla en busca de los medicamentos para la sobriedad—. ¿Puede decirme el orden del día?

—Lo siento, coronel. No tengo acceso. El almirante Milan fue quien la añadió a la reunión.

Se había acabado la fiesta.

Caía una ligera llovizna cuando llegó al Edificio Gubernamental. Las gotitas hacían que el pavimento se oscureciese y brillase al mismo tiempo. La montaña baja que había en la lejanía parecía sacada de un grabado Ukiyo-e. De Yoshitoshi o de Hiroshige. Un ayudante de la Junta Directiva Científica la esperaba con una taza de café y un paraguas. Rechazó ambas cosas.

Tanaka sabía cómo desenvolverse en el Edificio Gubernamental. La mayoría de sus misiones eran fuera del lugar, pero ha­bía hecho amigos y contactos profesionales suficientes entre los altos rangos para pasar bastante tiempo por allí cuando estaba en Laconia. No había estado en el lugar durante el asedio, la destruc­ción de las plataformas de construcción y el más que probable secuestro o puede que emancipación de Teresa Duarte. No había cambios a nivel físico en el edificio. El hormigón estaba tan sólido como siempre y las flores de las macetas estaban igual de saludables. Los guardias de uniforme ceñido tenían aspecto tranquilo e imperturbable. Pero todo le daba la impresión de ser frágil.

El ayudante la guio hasta un despacho en el que había estado antes. Unas paredes amarillas de madera del planeta con el sello azul de Laconia incrustado, y dos sillones austeros. El almirante Milan, que era el comandante general de facto mientras el cónsul general estaba de retiro y el almirante Trejo se encontraba en el Sistema Solar, se encontraba sentado detrás de un escritorio amplio. Era un hombre de complexión ancha, con rostro serio y pelo canoso, bien rapado. También era un viejo marinero irascible de la época de Marte, impaciente con las estupideces y temperamental como un tejón. A Tanaka le caía muy bien.

En uno de los sillones había un teniente con una insignia del departamento de inteligencia y el uniforme azul estándar de Laconia, que se levantó justo en ese momento. Junto a él, el doctor Ochida de la Junta Directiva Científica estaba sentado con las manos sobre las rodillas y los dedos entrelazados. El silencio pareció propio de la incomodidad de una interrupción.

El almirante Milan fue el primero en decir algo.

—Se nos ha hecho un poco tarde, coronel. Siéntese. No tardaremos mucho más.

—Sí, señor —respondió Tanaka, que tomó asiento en el otro sillón.

El almirante Milan miró al teniente que se había puesto en pie, Rossif según su chapa identificativa, y dibujó un círculo en el aire con la punta del dedo. «Continúa».

—El sistema Gedara. La población es de algo menos de doscientos mil. Hay una gran concentración de material fisionable en la corteza superior, por lo que han intentado llevar a cabo operaciones mineras para excavar a más profundidad desde hace años. Tienen agricultura, pero aún les queda una década para conseguir ser autosuficientes.

—¿Y la incursión? —preguntó Milan.

—Veintitrés minutos y once segundos —respondió Rossif—. Una pérdida total de consciencia. Algunos accidentes mortales y algunos daños a las infraestructuras. La mayoría al chocar ve­hículos o al caerse cosas. Y los registros indican que, unos segundos antes de la incursión, dos cargueros pesados que no estaban programados atravesaron el anillo y desaparecieron.

El doctor Ochida carraspeó.

—En esta ocasión ha ocurrido algo extraño.

—¿Más extraño que el hecho de que se le haya apagado el cerebro a todo el mundo durante veinte minutos? —preguntó Milan.

—Sí, almirante —respondió Ochida—. Al revisar los dispositivos durante el acontecimiento, hemos captado otra pérdida de tiempo diferente.

—Explíquese.

—La versión corta: ha aumentado la velocidad de la luz —dijo Ochida.

El almirante Milan se rascó el cuello.

—¿Acaso la palabra «explíquese» ha cambiado de significado y nadie me lo ha comentado?

Tanaka reprimió una sonrisa.

—En pocas palabras, la velocidad de la luz es una de las propiedades básicas del universo. Es lo más rápido que puede despla­zarse la causalidad por el vacío —explicó Ochida—. Pues, durante esos veinticuatro minutos, en el sistema Gedara la naturaleza del espacio-tiempo cambió tanto que llegó a alterar la velocidad de la luz. Hizo que se acelerara. El retraso luz de las naves que estaban en el anillo de Gedara y hablaban con el planeta fue ligeramente inferior a cuarenta minutos. Los registros muestran que, durante la incursión, se redujo en casi cuatro mil nanosegundos.

—Cuatro mil nanosegundos —repitió Milan.

—La naturaleza del espacio-tiempo cambió en el sistema durante veinticuatro minutos —insistió Ochida; después aguardó una reacción propia de oír algo así. Parecía decaído.

—Bueno —dijo Milan—. Tendré que pensar más al respecto. Gracias por la información, teniente. Doctor. Pueden marcharse. Quédese, coronel.

—Sí, señor —dijo Tanaka.

Cuando se marcharon, Milan se reclinó en el asiento.

—¿Una bebida? Tengo agua, café, bourbon y el asqueroso té de hierbas de mis maridos. Sabe a hierba recién cortada.

—¿Estoy de servicio?

—No se preocupe por infringir el protocolo, si es eso a lo que se refiere.

—Pues el bourbon no estaría mal, señor —dijo Tanaka.

El almirante Milan pasó un minuto ajetreado en su escritorio y luego volvió con un vaso de cristal tallado lleno con dos dedos de un líquido marrón y ahumado que se agitaba en el interior.

—A su salud —dijo Tanaka, que le dio un sorbo.

—Bueno —dijo Milan, que se sentó con el gruñido inconsciente de un anciano con muchas articulaciones malogradas—. ¿Qué cree que significa esa tontería de la velocidad de la luz?

—No tengo ni idea, señor. Yo soy militar, no una lumbreras.

—Esa es la razón por la que siempre me ha gustado —dijo, para luego volver a reclinarse en la silla y unir la punta de los dedos de ambas manos. El silencio era diferente en esta ocasión, aunque ella no estaba segura de su significado—. Entre usted y yo, de un viejo marinero a otra. ¿Hay algo que quiera decirme?

Tanaka sintió cómo la adrenalina se apoderaba de su flujo sanguíneo. Intentó que no se le notara. Tenía mucha práctica haciéndolo.

—No sé a qué se refiere.

El almirante ladeó la cabeza y suspiró.

—Yo tampoco. Todo esto me resulta muy misterioso. Y no se me da tan bien contener la curiosidad como cuando era joven.

—Sigo sin tener claro de qué estamos hablando. ¿Alguien tenía que decirme sobre qué iba a tratar esta reunión?

—No fui yo quien la mandó llamar, sino Trejo, y también me ha hecho hacer algo de papeleo en su nombre.

Sacó una carpeta de papel rojo con un cordel plateado que hacía las veces de cierre. Se la pasó. Parecía algo fuera de lugar, como si le acabase de dar una tablilla de piedra. Tanaka se bebió el resto del bourbon de un trago antes de cogerla. Era más ligera de lo que esperaba, y el cordel se abría con facilidad. En el interior había una única hoja de seguridad de tres capas, y los circuitos de verificación del documento estaban bien definidos en la superficie. Había una foto de ella, con su perfil biométrico, su nombre, su rango y su número de identificación en el registro. Era un salvoconducto que le daba grado omega en la Junta Directiva de Inteligencia, a petición personal del departamento del cónsul general.

Una cabeza cercenada la hubiese sorprendido igual.

—¿Esto es…? —empezó a decir.

—No, no es una broma. El almirante Trejo me ha pedido que le de las llaves del reino. Autoridad para tomar el control de cualquier misión. Acceso a toda la información, independientemente de la seguridad. Inmunidad a desaprobaciones y acusaciones durante lo que dure el despliegue. Está genial. ¿Me está diciendo que no tiene ni idea de a qué viene esto?

—¿Supongo que van a encargarme una misión?

—Es probable, pero no tengo permiso para saber de qué se trata. No se levante. Me marcho ahora mismo.

Cuando el almirante Milan cerró la puerta al salir, el sistema del despacho abrió un mensaje de comunicaciones en la pantalla de pared. El almirante Trejo apareció un momento después. Era la persona que conocía desde hacía más tiempo. Seguía teniendo los ojos de ese tono verde insólito, pero ahora tenía unas bolsas oscuras debajo de ellos. El pelo le escaseaba y la piel tenía un brillo ceroso nada saludable. Parecía poseído.

«Coronel Tanaka —dijo—. Me pongo en contacto con usted para que lleve a cabo una misión muy importante para el imperio. En estos momentos, estoy tomando un descanso en mitad de un acelerón desde el Sistema Solar. Si esto pudiese esperar hasta mi llegada a Laconia, se lo habría dicho en persona. Pero no es el caso, así que esto es lo que tiene que hacer».

La mujer se quedó mirando el vaso de bourbon. Estaba vacío y la botella se encontraba a unos pocos metros, pero se le quitaron las ganas de repente. Sintió que se le aguzaban los sentidos.

«Estoy seguro de que usted, al igual que todos los habitantes del imperio, se estará preguntando qué ha estado haciendo el cónsul general durante su aislamiento, cómo ha estado dirigiendo los enfrentamientos contra las fuerzas que nos amenazan desde el interior de las puertas. Sé que se especula al respecto, que se dice que está herido o incapacitado. No me andaré con chiquitas: cuando me marché en dirección al Sistema Solar, el cónsul general era un imbécil babeante descerebrado que no podía alimentarse a sí mismo ni limpiarse el culo. Lleva así desde el ataque que destruyó la Tifón y la estación Medina».

Tanaka respiró hondo y soltó el aire entre los dientes.

«El doctor Cortázar alteró de manera considerable la biología del cónsul general usando tecnología modificada de la protomolécula. Eso le granjeó ciertas… capacidades que no están del todo documentadas ni se han llegado a analizar bien antes de la muerte del doctor. De hecho, fue Duarte quien lo mató. Agitó una mano e hizo que ese cabrón desquiciado estallase y salpicase media habitación. Nunca he visto nada igual. Ahora mismo, los únicos que saben esto somos usted, yo, la doctora Okoye de la Junta Directiva Científica y Teresa Duarte, que escapó durante el asalto de los bajos fondos después de que nos diesen para el pelo. Así que podría decirse que ahora también lo sabe el enemigo.

»Con estos antecedentes, supongo que comprenderá lo confuso que me quedé cuando el cónsul general apareció frente a mí hace ochenta… ochenta y cinco horas, en mi despacho del Sistema Solar. Los sensores no lo registraron. Y tampoco interactuó con ningún objeto físico ni dejó prueba alguna de su presencia que pudiese verificarse por un observador externo. Pero estuvo allí. Y antes de que se alegre por pensar que Anton Trejo ha tenido un brote psicótico, sí que hay pruebas, pero no están en el Sistema Solar.

»Poco después de experimentar lo que le acabo de contar, Duarte desapareció del Edificio Gubernamental. No se esfumó sin más, sino que se puso los pantalones, una camisa limpia, se tomó una taza de té y tuvo una conversación agradable con su sirviente para luego salir de allí. Todos los sensores planetarios han estado peinando el terreno desde ese momento. Nadie lo ha vuelto a ver.

»Tenemos más de mil sistemas coloniales preguntándose si queda alguien en el gobierno del imperio. Unos enemigos extradimensionales que experimentan para encontrar la manera de destruirnos. Y estoy convencido de que la respuesta a ambos problemas es Winston Duarte, o en lo que quiera que se haya convertido. La conozco desde hace mucho tiempo y confío en usted. Su misión es encontrarlo y traerlo de vuelta. Habrá oído que tiene carta blanca, pero le prometo que nunca ha existido una tan blanca. Me da igual lo que gaste, en dinero, en equipamiento o en vidas, mientras traiga de vuelta a Winston Duarte desde el lugar en el que se encuentre. Si no quiere regresar, convénzalo con amabilidad si puede. Pero esto solo terminará cuando vuelva a estar bajo custodia.

»Buena caza, coronel».

El mensaje terminó. Tanaka se reclinó en el sillón y estiró los brazos a ambos lados, como un ave que extendiese las alas. Ya había comenzado a darle vueltas a todo. Era extraño, unas revelaciones impactantes y amenazadoras. Sentía que empezaban a apoderarse de ella. Lo notaba. Pero también notó la calma propia de un trabajo por hacer y el placer, más intenso de lo que hubiese creído, que le granjeaba el poder que le acababan de conceder.

La puerta se abrió despacio, y el almirante Milan volvió a entrar.

—¿Todo bien? —preguntó.

Tanaka rio.

—Ni de coña.

g-4

3

Naomi

Esperaron hasta que la Cometa Negra estaba tan lejos de la puerta anular que hubiese sido difícil, si no imposible, interceptarlos con un acelerón. Después esperaron un poco más para que no sospechasen de ellos por cruzarla en el primer momento posible desde lo ocurrido. Y luego Naomi se hartó de esperar.

Tres horas después, la fragata de Laconia les envió un mensaje láser en el que exigían con tono serio y brusco información sobre quiénes eran y adónde creían que iban.

—Aquí la Vincent Soo, carguero independiente contratado por Atmosphäre de Responsabilidad Compartida, de la Tierra. Llevamos muestras de mineral para una prueba de calidad. Os adjuntamos nuestros contratos públicos y permisos. Repito.

La voz se había creado con muestras de diez hombres diferentes, para después ser mezclada por el sistema de la Roci para que ni siquiera los de Laconia se diesen cuenta de que el mensaje era falso. No habrían sido capaces de rastrear a nadie con los patrones de una voz así, ya que no existía dicha persona. La Vincent Soo. Era una nave real con una firma de motor y un contorno similares a los de la versión modificada actual de la Roci, aunque no viajaba fuera del Sistema Solar. Los contratos del mensaje darían el pego como reales, a menos que alguien empezase a ahondar mucho en ellos. Era el mejor disfraz que Naomi había podido conseguir.

—No responden —dijo Alex.

Ambos se encontraban en el centro de mando. La iluminación estaba baja, aunque Naomi se había dado cuenta de que Alex había empezado a darle algo más de intensidad a la configuración baja que cuando ambos eran más jóvenes.

—Podría ser bueno. O podría ser malo —dijo Naomi.

—Ojalá saberlo.

—Si empiezan a perseguirnos sin dejar de disparar, es que ha sido malo.

Alex asintió.

—Sí. Tiene sentido. Ojalá dijeran algo en plan: «Oye, hemos decidido no perseguiros ni mataros». Aunque fuese solo por educación.

—A esta distancia, tendremos mucho tiempo para ver cómo una muerte violenta se abalanza hacia nosotros. No nos perderemos nada.

—Vaya. Gracias por recordármelo.

Cada minuto que la Cometa Negra pasaba sin responder y no encendía los motores para perseguirlos, Naomi sentía cómo el miedo a que los capturasen o los destruyesen se relajaba un poco. A cambio, aumentaba el miedo por cruzar la puerta. Era difícil creer que había habido una época en la que la vida no iba de trauma en trauma como si caminase sobre las piedras de un jardín ornamental. Había habido décadas enteras en las que cruzar una puerta anular no había provocado más que cierta incomodidad. Sí, si había mucho tráfico las naves podían llegar a perderse, a desaparecer en silencio a saber dónde o en ningún lugar. Pero era una amenaza como cualquier otra. También podían recibir el impacto de un micrometeoro que les rompiese el motor. O la botella magnética podía fallar y soltar una reacción de fusión dentro de la nave. También podía darle un ictus.

En el pasado había reglas para usar las puertas. Reglas humanas para controlar el tráfico que las cruzaba. Reglas inhumanas que indicaban cuánta materia y energía podía atravesarlas en un periodo de tiempo determinado sin hacer enfadar a esos dioses oscuros que comían naves.

Ahora no quedaba nada de eso.

—¿Cuántas naves crees que nos estarán buscando? —preguntó Alex.

—¿Te refieres a cuántas naves tienen o a cuántas naves están en el grupo de caza específico que intenta encontrarnos?

Alex se quedó en silencio, después emitió un breve chasquido con la lengua.

—Es probable que no te vaya a gustar ninguna de las dos respuestas, ¿no crees?

—¿Cuánto tiempo falta para llegar a la puerta?

—Si no desaceleramos antes de cruzarla, unas dieciocho horas.

Naomi se desabrochó del asiento de colisión y se puso en pie. La cubierta se movió debajo de ella. La gravedad de la aceleración solo alcanzaba el medio g.

—Voy a descansar un poco. Llámame si alguien decide matarnos.

—Eso haré —respondió Alex mientras ella se dirigía hacia el ascensor. Después dijo—: ¿Cómo está Jim?

Naomi echó la vista atrás. Alex tenía el rostro azul a causa de la luz de la pantalla. La mancha blanca de pelo rapado que tenía a un lado de la cabeza le recordó a fotografías de nieve sobre tierra fértil, y la amabilidad de los ojos del piloto le indicó que la pregunta no había sido tal en realidad.

—Sí, lo sé —respondió—. Pero ¿qué le vamos a hacer?

Bajó a la cubierta de tripulación mientras oía el zumbido tranquilizador de la nave a su alrededor. Después de tantos años en compañía de la Roci, era capaz de juzgar el estado de la nave por sus sonidos. Aunque no supiese que estaban apurando el motor un poquito más de lo que deberían, lo habría sabido por la manera en la que las cubiertas murmuraban y chirriaban.

Cuando Jim había estado prisionero en Laconia, Naomi había lamentado su muerte. Había lamentado la muerte de la versión de ella que estaba con él. Cuando más tarde había vuelto contra todo pronóstico, ella no estaba lista en realidad. Era algo por lo que no se había permitido tener esperanza, algo que no había pensado bien cómo sería.

El asiento de colisión estaba preparado para ser compartido por ambos. Para los acelerones largos, uno de los dos tenía que usar uno de los camarotes vacíos o, lo que hacían más a menudo, uno de los asientos del puesto de mando. El asiento doble no estaba fabricado para funcionar a la perfección, sino para ser cómodo en el día a día, por el placer de despertar junto a alguien, por la intimidad de ver dormir a ese alguien, por sentirlo respirar, por saber a nivel celular que no estaba sola.

Jim dormía cuando entró en la estancia. Aún estaba más delgado de lo que lo recordaba antes del tiempo que había pasado en prisión. Antes del tiempo que ella se había autoexiliado. Puede que fuese por las canas que tenía en el pelo, pero la piel de sus párpados parecía estar más oscura que antes, como si tuviese un moretón que no iba a sanar jamás. Incluso en sueños, su cuerpo tenía cierta rigidez, como si estuviese preparado para un ataque.

Naomi se dijo a sí misma que aún se estaba recuperando, y probablemente fuese cierto. Sentía cómo el pasar de los días y de las semanas también la cambiaba a ella, cómo la dejaba cada vez más cerca de un lugar al que no hubiese sido capaz de llegar cuando estaban separados. Aun así, era diferente. Bobbie había muerto. Clarissa había muerto. Amos se había transformado de una manera que hacía que se le erizase la piel si pensaba demasiado en ello. Y Teresa y su perra estaban allí, mitad pasajeras permanentes y mitad amenaza. Sin embargo, aquello era más parecido a su vida anterior de lo que creía que se merecía. Una versión de familia, unida. A veces, pensar en ello la reconfortaba. A veces, hacía que sintiese más nostalgia por las cosas que habían cambiado.

Si pudiesen parar, recuperarse y relajarse, ¿quién sabe qué más podrían haber sido capaces de recuperar? Pero no era el caso.

Se tumbó junto a él, con la cabeza apoyada en un brazo doblado. Jim se movió, bostezó y abrió un ojo. Tenía la misma sonrisa: juvenil, radiante y encantado de verla.

«Este momento es un regalo», pensó Naomi. Y le devolvió la sonrisa.

—Hola, guapa —dijo Jim—. ¿Me he perdido algo?

«Unos años —pensó Naomi—. Hemos perdido unos años».

En vez de decir la verdad, sonrió.

—Nada importante —respondió.

—Creo de verdad que lo mejor sería desacelerar —comentó Alex.

Naomi estaba en la cocina, metiendo los restos de la comida en el reciclador. Había dejado de acelerar y el chirrido del vacío al succionar los restos de comida hacia el sistema sonó casi tan estruendoso como la voz de Alex por el canal de comunicaciones. En la pantalla de pared, la puerta anular de Cronos colgaba sobre una amplia extensión de estrellas, con la masa retorcida y oscura de su borde visible solo gracias a la mejora de imagen de la Roci. A cada segundo que pasaba, la ampliación de dicha imagen era menos necesaria. El anillo tenía mil klicks de diámetro, y a ellos les quedaban menos de doce minutos para cruzarlo. Con todo, no habrían sido capaces de verlo a simple vista.

—Puedes desacelerar si quieres —dijo Naomi—, pero si hay enemigos en el espacio anular, será más fácil que nos disparen.

—Quiero cargar el cañón de riel —añadió Alex—. Pero no me dejas, así que de algún modo tengo que compensarlo.

—Podrías ponerte a revisar los torpedos y los CDP.

—Lo están haciendo Amos y Teresa. No quiero que dé la impresión de que no confío en ellos.

—Pues podrías poner los explosivos en las planchas del casco y prepararte para hacerlas volar y deshacernos del disfraz.

Alex se quedó un instante en silencio. Al otro lado de la pequeña estancia, Jim levantó los pulgares para indicarle que lo había hecho bien.

—Sí, eso es lo que haré —dijo Alex—. Pero lo que quería era preparar el cañón de riel.

—Cuando estemos al otro lado, podrás cargarlo todo lo que quieras —dijo Naomi.

—Promesas, promesas.

Un chasquido indicó que Alex había desconectado la llamada. El anillo seguía acercándose en las imágenes. Naomi abrió una pequeña ventana integrada a un lado. El ruido del cono del motor hacía que la imagen estuviese un poco borrosa, granulosa y que no fuese tan nítida, pero aun así fue capaz de ver que la Cometa Negra no avanzaba hacia ellos.

—No veo un repetidor —dijo Jim—. Han destruido el nuestro,

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