El lado b de la cultura Vol.2

Julia Santibáñez

Fragmento

Título

Prólogo

Imagínate una fiesta que está “de bote en bote”, a la que llegó en pleno la muchitud de la cultura, cada una y uno de disciplinas, caracteres y códigos postales muy ajenos. En un salón de la casa de Luis Barragán, por decir algo, chance Rosario Castellanos se refine una cerveza fría al calor de la conversa con Cantinflas y Luis Buñuel luzca cariacontencido al escuchar a la oscura Patricia Highsmith. Por allá, Frida Kahlo tal vez se encarcajee con Blue Demon y Rita Hayworth, mientras Gabriela Mistral ronque unos versos ante la paciencia de John Lennon, todo animado por el temple agudo de Paquita, la del Barrio, con su “¿Me estás oyendo, inútil?”. Aquella fiesta improbable cabe en este volumen 2 de El lado B de la cultura, suerte de continuación del tomo 1, si bien no necesita de aquél para tejer historias reales, ocurridas entre los años veinte y los setenta del siglo XX, sin ficción pero con bonche de atrevimiento. De humor.

Tal vez alguno encuentre incómodo el tono de choteo y qué bien. Es hora de acercarnos a las figuras de bronce de nuestra historia cultural, rascar el terminado para encontrar piel, defectos, sangre, ego. Como decía el escritor Gerardo de la Torre: “No me hables de usted, van a pensar que soy decente”. Pues eso. Capítulo a capítulo juego a hablarles de tú a los circunstantes: me interesa aterrizar en su desfachatez a las mujeres de bravura, conocer las actitudes remilgosas de sus pares, saberlas a ellas en chambas inconcebibles cuando empezaron, leer cursis a los creadores notables, dolerme con quienes fueron zarandeadas por la fortuna. Apuesto que el ejercicio abona a entender la humanidad, el trabajo de seres fascinantes pero aun así como nosotros, de harta carne y poco hueso.

Viene al caso apuntar que una muy fea costumbre del siglo XX fue hacer menos a las mujeres, de modo que si no se pone cuidado en el análisis pareciera que la literatura, el cine, el muralismo, la música y en general las artes fueron obra exclusiva de hombres: son los que destacan, los más premiados, de quienes se habla en todos los libros. Pues no. Como queda claro en las páginas que siguen, Leonora Carrington, Elena Garro, Matilde Landeta, Concha Michel, Aurora Reyes, Lupe Marín, Gloria Schoemann, Amparo Dávila, Remedios Varo y María Luisa Elío, por mencionar diez, contribuyeron con ovarios a levantar nuestro soberbio edificio cultural, el que nos sigue marcando hoy, en el país y el extranjero.

Como adelanté en el volumen 1, si bien en ambos libros aparecen figuras indispensables, faltan muchos nombres. En aquel momento me comprometí a “resanar huecos si las hadas y los hados permiten un volumen dos”. Y aquí estoy, añadiendo tanto personajes nacionales como otros venidos de extranjia (de Cuba, Texas, Francia, España y Ucrania, entre otros). Por jalado de los pelos que suene, todos tuvieron un vínculo con México y aquí dejaron parte de su obra, lo que enriqueció nuestro aire, ya fosforescente de creatividad.

Sí, El lado B de la cultura empezó como un juego y sigue siéndolo. Ojalá luego venga una parte 3 para cantar con nuestra Paquita: la primera fue por coraje, la segunda por capricho, la tercera por placer. Saludes varios.

Título

1.
Avándaro, drogas, la encuerada = contracultura

“No confíes en nadie de más de treinta años”, sentenció Jerry Rubin en los sesenta. Y dijo también cosas como que los adultos te llenan de prohibiciones que de pronto encuentras naturales: te dicen “haz dinero, trabaja, estudia, no tengas sexo, no te drogues”, pero debes hacer exactamente lo que te prohíben. Antes y después de Woodstock (1969), ése era el estado del tiempo en buena parte de Occidente. Incluido México.

La revolución psicodélica y los jipis gringos se aculturaron en nuestro país a fines de esa década: acá se llamaron jipitecas (jipis + aztecas), porque rescataron tanto el mundo indígena de ese momento (por ejemplo, la búsqueda espiritual a través de hongos), como el pasado prehispánico. Implicó una novedad esta reivindicación del discurso de los pueblos originarios; desde el muralismo de los años treinta no se veía algo así, e incluso entonces no fueron grandes grupos sino la élite de intelectuales y artistas. Aunque los había de clase media, la mayor parte de los jipitecas eran de zonas populares. Vestían huipiles, jorongos y huaraches, collares de flores; llevaban el pelo en perpetua enemistad con el cepillo. Para divertirse iban a cafés cantantes o a oír el rock de Javier Bátiz en clubes nocturnos, cuenta José Agustín en La contracultura en México.

Un rasgo encomiable de aquellos jóvenes es su modo de hablar; hoy podemos atestiguarlo en la distancia, pasado por el tamiz de las letras. Tal como habían empezado a hacer Tin Tan y Piporro en los cincuenta [ver El lado B de la cultura vol. 1, cap. 40], los chicos incorporan palabras del espanglish como díler (dealer) y estar jai (to be high). Acuñan giros juguetones, del tipo azotarse, hijín y maestro, estar en un clinch, agarrar el patín, alivianarse. En el volumen de relatos El rey criollo, Parménides García Saldaña, autor de la Onda, une palabras por escrito para remedar la oralidad: mevalemadrestodo o elimbecilquesiemprenofalta; transcribe tal cual frases del inglés: Yiu los dat lobin filin. En Se está haciendo tarde (final en la laguna), los personajes de José Agustín, el ondero mayor, dicen estar camaroneando al mojo de ajo, juegan con ¿qué vas a querétaro? en vez de “qué vas a querer” y le llegan al hongaje. La regla no escrita es divertirse con las palabras, convertirlas en juguete propio, de manera que también hablan al revés (al vesre), en acertijo, como el lunfardo de muchos tangos: dicen topu en vez de puto o gadachin en vez de chingada.

A inicios del movimiento del 68, los jipitecas no se interesaban por las demandas estudiantiles ni a la inversa. Para los alumnos de la UNAM y del Poli, la rebelión pacífica de aquellos estaba lejos de su planteamiento revolucionario, de su izquierda informada. Tras la represión del 2 de octubre se acercaron ambos polos enojados, vulnerables: señala José Agustín que entonces se empezó a hablar de chavos de la Onda, ya no de jipis.

En septiembre de 1971 ocurrió el segundo gran momento de las juventudes del país: el primero fue político, el 68 [ver cap. 39], y el segundo, cultural: el Festival de Avándaro, en el Estado de México. Se planteaba como el Woodstock nacional, que culminaría con una carrera de autos. Propuesto como una noche de rock con asistencia de unos pocos miles, se transmitiría por radio. La casi nula organización y el lamentable sistema de sonido corrieron a cargo de los bien conectados Luis de Llano, Justino Compeán, Eduardo López Negrete, entre otros, con la venia del gobernador, Carlos Hank González. Nadie esperó que aparecieran entre doscientos cincuenta y trescientos mil chavos de toda clase, de alguna manera unidos por la música. Eso ya fue un escándalo para las familias bien.

Tocaron Los Dug Dug’s, Three Souls in My Mind (hoy, el Tri), La División del Norte y Tinta Blanca, hasta un total de once grupos. Y sí, roló droga de todos los credos, como enseñaron los maestros beats [ver cap. 5, volumen 1]: alucinógenas (“mariguana, LSD, hongos, peyote, psilocibina, mescalina”, enlista José Agustín), estimulantes (“alcohol, cocaína, anfetaminas”) y depresivas (“barbitúricos”, cierra el narrador), más chemo, de los sectores bajos. Figuró la irreprochable encuerada, de unos dieciséis años, quien luego dijo en una falsa entrevista en Piedra Rodante estar “hasta el gorro, bien cruzada” entre pastas, toques, tequila y cuanto más.

Para ser tanta gente y haber exceso de sustancia en el aire, la reunión fue más que inocua, pero el régimen, en su histeria antijuvenil, se dejó caer en reprobación: presentaron el festival como una orgía de sexo y drogas, que sólo ocurrió en los diarios. Aquí va el titular de Alarma!, que es una carcajada en sí mismo: “El infierno en Avándaro, ¡asquerosa orgía hippie! Encueramiento, mariguaniza, degenere sexual, mugre, pelos, sangre, muerte…”. Según Federico Rubli Kaiser, investigador del rock, el desprestigio se orquestó desde el poder. Hipotetiza que el secretario de Gobernación, Mario Moya Palencia, quiso echarle toda la tierra a su rival hacia la presidencia: Hank González. Lo cierto es que gente de izquierda, pensadores, padres y empresarios se unieron para condenar a los destrampados. Con la estigmatización del rock cerraron por una década los espacios de tocadas y conciertos; así surgieron los hoyos fonqui que funcionaron durante los setenta.

Volviendo a Avándaro, señala José Agustín que “el que no se midió fue Carlos Monsiváis, quien, desde Essex, Inglaterra, envió una indignada carta al periódico Excélsior” para quejarse por lo que llamó “uno de los grandes momentos del colonialismo mental en el Tercer Mundo”. Quiso ver una raigambre servil y extranjera en aquella soberbia manifestación contracultural mexicana. Perdón, pero ahí al treintañero Monsiváis se le barrió la lectura.

Título

2.
Revistas y suplementos: genialidad con desbarajuste

“De una manera o de otra me está llevando la chingada. No tengo ni un centavo. El S. NOB se vino abajo y estoy sin trabajo y sin ninguna perspectiva. No sé qué voy a hacer. Mañana tenemos que reunirnos para ver si podemos seguir haciendo el S. NOB. Estoy pasando una de las épocas más pinches de mi vida” [ver cap. 3, volumen 1], escribió Salvador Elizondo en su diario el 5 de agosto de 1962. En efecto, a S. NOB se la cargó aquella señora soez: solamente aparecieron siete números de la revista que Elizondo hacía con Juan García Ponce y Emilio García Riera [ver cap. 20]. En ella escribieron, por decir algo, Leonora Carrington, Álvaro Mutis, José Luis Cuevas y Alejandro Jodorowsky.

Quince años después, en 1977, Elizondo se quejaba de nuevo en su diario en estos términos: “Trabajé prácticamente todo el día en mi colaboración para Vuelta. Estoy un poco cansado de todo eso. De ese profesionalismo intelectual”. Un mundo de cosas había pasado en esos tres lustros. En octubre de 1971, Octavio Paz y su equipo habían lanzado Plural. Crítica, Arte, Literatura, revista mensual que se distribuía con Excélsior, entonces bajo la dirección de Julio Scherer. Circuló durante cinco años, hasta que vino el golpe de censura del echeverrismo contra el periódico, en julio de 1976, y la consecuente salida tanto de Scherer como de sus colaboradores. Lo que el gobierno quiso difuntear más bien cobró nueva fuerza: en diciembre de ese mismo año nacía la nueva revista de Paz, llamada Vuelta. Ambos medios del escritor se alinearon con la tradición luminosa de revistas literarias de épocas previas, como El Renacimiento (1869), de Ignacio Manuel Altamirano. Tanto Plural como Vuelta (ésta, de algún modo concebida como continuación de aquélla) fueron marco para la creación, al mismo tiempo que foro de intercambio crítico y análisis de la realidad. Al menos otras dos publicaciones surgidas a consecuencia del descalabrote a Excélsior abonaron a la crítica social, política y cultural: Proceso, revista dirigida por Scherer (nació en noviembre de 1976) y unomásuno, periódico de Manuel Becerra Acosta (noviembre de 1977).

Paz, no sólo ineludible como poeta sino también en su faceta de lector y traductor de poesía, la privilegió en las páginas de Vuelta. En esto hubo un gesto consciente de ponderación a favor de lo que no vende mucho, pero nos revela que podemos alcanzar la verdad a través de la palabra y ofrece una forma de conocimiento pleno, porque el poema en gran parte nos dice lo que ya sabemos, como decía en El arco y la lira el nacido en Mixcoac. El pre-Nobel y su equipo (ahí figuraba el joven secretario de redacción, Aurelio Asiain, poeta que no precisa muleta) también supieron reconocer a las autoras que merecían lectores despabilados. En un homenaje a Paz celebrado en Bellas Artes en 2014, por el centenario de su nacimiento, Fabienne Bradu lo recordó como un tipo chapado a la antigua que, sin embargo, dio espacio en sus revistas a Julieta Campos y a ella misma. Añado a otras dos escritoras notables que destacaron en Vuelta: Luce López-Baralt y Ulalume González de León. Ya que mencioné a Asiain, cuando éste tenía diecisiete años se puso a hacer la revista Guernica con Diego García Elío, amigo del colegio Luis Vives, más Juan García de Oteyza, del Colegio Alexander Bain. Al final invitaron a Marta Ferreyra y a Benito Taibo. Jugo de cerebros.

Vuelvo atrás, a 1955: Emmanuel Carballo y Carlos Fuentes fundan la Revista Mexicana de Literatura (RML), misma que luego dirigieron Juan García Ponce y Tomás Segovia hasta su cierre, en 1965. Inés Arredondo, entonces casada con Segovia, no únicamente escribió ahí: fue pieza clave de su engranaje, aunque se le obviara. “Siempre estuve metida en la revista, pero como sombra: las reuniones eran en casa de Tomás y mía, yo votaba y todo, pero mi nombre no aparecía [en el directorio]”, dijo [ver cap. 10, volumen 1]. Será estupendo conocer la historia de publicaciones culturales hechas por mujeres, así como nombres y obra de las hoy invisibles, que participaron al parejo en revistas y suplementos dirigidos por señores.

Ahora me adelanto unos años, a 1961: Fernando Benítez y treinta colaboradores suyos salen, también por trabucos de los del poder, de México en la Cultura, suplemento de Novedades, con trece años de circulación. Su papel había sido axial en la difusión de autores y la formación de lectores, que en sus páginas descubrirían, como bien apunta Víctor Manuel Camposeco, Pedro Páramo, de Rulfo; La región más transparente, de Fuentes; El libro vacío, de Vicens [ver cap. 50, volumen 1] y El laberinto de la soledad, de Paz, por mencionar cimas muy visibles. A Benítez & Co. los recibe la revista Siempre! de José Pagés Llergo. Ahí lanzan la continuación de México en la Cultura: la llaman La Cultura en México (se rompieron la cabeza). Este nuevo suplemento fue como el Facebook de los sesenta: se encontraban tanto a leerse como a destazarse autoras y autores de buen talante literario.

Por otro lado, en 1962 se lanza El Corno Emplumado, revista donde Margaret Randall y Sergio Mondragón más Robert Cohen exponían traducciones de poesía de los beats: ahí los mexicanos se acercaron a versos recién exprimidos de Allen Ginsberg y Lawrence Ferlinghetti. Y aunque no tenga espacio para desarrollar este otro punto, señalo que en el arco de tiempo que abarca este libro también hubo revistas de las otras, las que cultivan la hormona por sobre la neurona, vaya, las sexosas. Federico Campbell recuerda Vea y Vodevil, que tenían en sus páginas “a María Antonieta Pons, Meche Barba, Ninón Sevilla”. Cada una quizá fue el “amor prohibido, murmuran por la calle” de algunas joyas literarias del país.

Título

3.
Mexicanismos, la mera médula de la lengua

¿Qué es un chingaputamadrazo? Aunque nunca la hayas oído sabes interpretar esa palabrota (lo digo por lo larga, no por su calidad moral): está en tu ADN lingüístico. Es un decir.

La abundante presencia de la ch, sonoro latigazo que otorga un gesto propio al español de nuestro país, se explica en parte por la fuerza del sustrato lingüístico prehispánico. De acuerdo con el Diccionario del náhuatl en el español de México, de Carlos Montemayor, las voces con esa raíz figuran a pasto en la comida (chile, chocolate, guachinango, chayote, huitlacoche, chipotle), en expresiones de cariño o emoción (estar chípil, apapachar, dar chichi) y frases coloquiales del tipo caer el chahuiscle (venir una desgracia), tener de chile, dulce y manteca (un desorden o mezcla de cosas), dar para los chicles (entregar una propina), andar enchilado (enojado) o agarrarse del chongo (pelear, discutir). La lengua náhuatl vibraría también en chingar, verbo que nos define, según apuntaba Octavio Paz en El laberinto de la soledad, de 1950. Según Montemayor viene de tzintli, “culo, ano” y comprende la idea de violencia sexual. El mexicano es el hijo de la Chingada, “el engendro de la violación, del rapto o de la burla. […] Si la Chingada es representación de la Madre violada, no me parece forzado asociarla a la Conquista, que fue también una violación, no solamente en el sentido histórico, sino en la carne misma de las indias”, desarrollaba Paz.

Tengo un amasiato de años con los mexicanismos [ver cap. 3, volumen 1], modos de hablar que inventamos o a los que conferimos un uso peculiar, que transparentan garnacheramente nuestra identidad. Me pierde su cualidad sonora y afectiva. Cómo al elegirlos revelamos creencias, estados de ánimo, visión del mundo y grado de cercanía con el interlocutor, porque a mayor familiaridad los localismos brincan más. Van algunos espléndidos.

Entre los casi quinientos millones de personas en el mundo que tienen el español como lengua materna, los mexicanos decimos que el jeringón es una persona molesta [ver cap. 9], buscamos cocowashear al vecino para persuadirlo, soltamos cámara si estamos de acuerdo, somos robustamente creativos con el ahorita, descansamos echándonos un coyotito y nos inconformamos haciendo un pancho. Muchas frases nuestras resultan oscuras para otros hispanohablantes: cuando se trata de señalar a alguien como muy sensible a la crítica lo llamamos jarrito de Tlaquepaque; si queremos ser irónicos sobre nuestra incredulidad respecto de algo aplicamos será el sereno peeero…; nos ponemos los moños si somos muy exigentes, mientras decimos que en el vocabulario y la conducta se muestra el código postal [ver cap. 46, volumen 1]. Encima nos encanta sumar modismos a un mismo referente. Satisface más al paladar mexicano señalar que alguien cayó en el bote o en cana que decir se fue a la cárcel. En la novela Salvar el fuego, Guillermo Arriaga añade otros: “el botellón, el bote, la chirona, la sombra, la jaula, el zoológico, el hueco, el te-llevo-tus-cigarros, la galera, la perrera, el gallinero, la mazmorra, la nunca-sales, el cajón, el hoyo, el clóset, el corral, la tumba, la caponera”. De igual forma, morir suena más divertido si lo nombras petatearse, colgar los tenis, difuntearse, chupar faros o enfriarse.

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