El horizonte que nos prometimos

Fragmento

1. Elena

1

Elena

La belleza está en los pequeños detalles, en la primera luz de la mañana en el horizonte, en el preciso instante en que una flor se abre y empieza la primavera, o en el roce de una caricia en tu mejilla. Mi mayor don era el de admirar la belleza de los momentos sencillos, esos que casi nadie percibe ni valora, pero que, sin duda, son los que llenan de magia los días corrientes y los que construyen las historias que están hechas para durar. Sin embargo, cuando pasó lo que pasó, yo me volví ciega, era incapaz de apreciar lo bonito de la vida como antes. Sentí como si de repente alguien hubiese apagado la luz y todas las flores se tornasen grises. Y por eso decidí recorrer medio mundo para llegar a un lugar lejano y desconocido que me recordase que, en alguna parte del planeta, el color y la belleza seguían existiendo; un lugar donde la vida todavía latiese y que me invitase a volver a latir con ella.

Cuando era pequeña, mi abuela Mila se convirtió en mi persona favorita. Ella fue quien me enseñó la importancia de apreciar el instante como un tesoro prácticamente inaudito que, si lo escuchas con atención, es capaz de llevarte a mundos nuevos y descubrir el significado real de la vida. «Las pequeñeces —decía— se anclan en nosotros y transforman un gesto en un saludo o un beso en una declaración». Tuve la suerte de criarme en Pacífico, un barrio de clase media de Madrid muy cercano al parque del Retiro y al Real Jardín Botánico, y fue allí donde pasé gran parte de mi infancia y adolescencia. Mi abuela aprovechaba nuestros paseos dominicales para ilustrarme con conceptos tan abstractos para una niña como el tiempo, la humildad o la belleza a través de las flores. En ellos me demostraba que, aunque los árboles, los arbustos y las plantas siguieran siempre en el mismo lugar, si conseguía fijarme bien, cada día eran diferentes. La luz que iluminaba sus colores, como plumajes de aves selváticas, se modulaba constantemente y nunca coincidía con la del día anterior, por mucho que acudiéramos a la misma hora y al mismo sitio.

Además de enseñarme la importancia de la luz, también me mostró los cambios de cada estación, la disciplina de las podas y, sobre todo, los secretos de la floración gracias a la que un jardín puede convertirse en un paraíso.

—Mira, Elena, fíjate en el crisantemo, está a punto de florecer. ¿Ves cómo empuja?

De ella aprendí que el arte de vivir consiste en valorar que nunca nada permanece en el mismo lugar y que, por mucho que las prisas nos los oculten, somos fotogramas de instantes efímeros. Solo diferenciándolos y valorándolos seremos capaces de percibir lo que los demás no ven.

Decía que nadie nos enseña a mirar, que todo el mundo se empeña en que aprendamos a caminar, a correr y a avanzar cuando deberían enseñarnos a detenernos y a observar con propiedad. Mi abuela insistía a menudo en que todo es cuestión de práctica y que nunca se acaba de aprender, porque el mundo siempre tiene diferentes versiones que mostrarnos y que, por mucho que vivamos, jamás podremos contemplarlas todas.

Esa manera de percibir la cotidianidad me hizo entender que las cosas más sencillas eran la puerta a un mundo mágico al que pocos teníamos acceso. Empecé a obsesionarme con las dobleces de los gestos, con las aristas de los objetos y con los rincones de los lugares para aprender a mirar como ella. La belleza humilde pero universal de las flores y su esencia efímera se convirtieron en mi pasión. Recuerdo mi infancia rodeada de ellas: en los garabatos, en los estampados de mis vestidos y, más tarde, en una selección de botánica casera en la que había colaborado activamente toda mi familia y que se convirtió en mi gran colección. Secábamos las flores entre las páginas de los libros y las aplastábamos con la enciclopedia de mi padre. Una vez que estaban listas, las colocábamos en una cartulina blanca en la que escribíamos su nombre común, su nombre en latín y su origen, y las plastificábamos. Llegué a tener más de cien fichas y me entretenía horas mirándolas. Me las sabía de memoria. Cuando mi abuela murió yo ya era una adolescente y me gustaba pensar que la mayor herencia que podría haberme dejado fue su forma de entender el mundo. Decidí continuar con su legado y pasear por los lugares que frecuentábamos, porque así no la echaba tanto de menos. Lo hacía sobre todo a partir de abril, cuando empezaban a salir las lilas, las peonías, los tulipanes o los lirios, y los jardines se llenaban de colores imposibles. Pero también en verano, cuando florecían los rosales y las dalias, mis favoritas, y la naturaleza nos regalaba su esplendor. Como siempre me había dicho que era cuestión de práctica y atención, me esforcé en aprender a mirar como ella. Fue en un museo, sin embargo, donde me di cuenta de que por fin lo había conseguido.

Estábamos estudiando el Barroco en Bachillerato y fuimos con el colegio a ver la colección permanente de Velázquez del Museo del Prado. Noté que mis amigas se paraban ante los cuadros, les prestaban atención e, incluso, había algunos que les gustaban, pero su mirada únicamente pasaba por describirlos como nos habían enseñado a hacer en clase y decidir si eran o no meritorios de presidir el salón de la casa de sus sueños. Me acuerdo, en especial, del lienzo de Las hilanderas.

—¿Qué veis? —les pregunté.

—Las hilanderas o fábula de Aracne —leyó una de ellas del rótulo explicativo.

—Yo veo a unas mujeres tejiendo, ¿no? —dijo otra convencida—. ¿Qué ves tú, Elena?

—Luz y belleza —le contesté sin apartar la mirada del cuadro, y las demás se echaron a reír.

—Pues a mí no me gusta, me parece demasiado recargado —concluyó otra yendo hacia el siguiente.

No dije nada, pero me quedé embobada mirando aquel cuadro enorme del pintor sevillano. Sentía la profundidad, los trazos imprecisos, los detalles del tapiz del fondo, los rostros intencionadamente emborronados de las hilanderas, el movimiento de la rueca, cuyos radios desaparecían por el impulso y, sobre todo, la luz. La luz se proyectaba a través de los personajes y te dirigía hacia el interior de la escena, donde Velázquez había pintado a la diosa Palas y a Aracne discutiendo. De hecho, eso fue lo que más me impresionó, que el pintor ensalzara el oficio y la artesanía de las hilanderas por delante de cualquier dios. Por aquel entonces, yo era tan solo una estudiante de Bachillerato Humanístico, pero quizá por eso pensaba que cualquier vida era lo bastante valiosa como para considerarla el fruto divino de un milagro. Y ese cuadro me pareció la mejor manera de explicar que una escena sin importancia puede convertirse en algo para recordar. Probablemente, ese fue el momento exacto en que descubrí mi pasión por la pintura y decidí que estudiaría Historia del Arte, aunque no tuviera ni idea de en qué trabajaría después.

Esa forma de mirar la vida desde los rincones también tenía un punto negativo, y es que sentía que cada momento poseía tantos matices que el mundo siempre era un poco más grande para mí que para el resto. Y eso hacía que no desease mucho más de lo que tenía. Era tan feliz rodeada de todo lo que me obsesionaba y de los míos que ofrecía una resistencia feroz al cambio. Había entendido que ese era mi lugar en el mundo. Y mi mundo, hasta hacía bien poco, me gustaba.

Como siempre había estado en el mismo colegio, pensaba que la universidad supondría el gran cambio de mi vida y eso me inquietaba, pero pronto descubrí que no iba a ser así. Al seguir viviendo en casa de mis padres, mi rutina, para bien o para mal, se mantuvo prácticamente igual. Mis amigas estudiaron Turismo, Derecho, ADE y Telecomunicaciones, y, a pesar de estar en distintas facultades, seguimos viéndonos casi cada día durante los primeros años. Éramos ya universitarias, pero hacíamos lo mismo que de adolescentes. Cuando el tiempo era bueno, nos sentábamos en un banco del Retiro a reírnos de nosotras mismas y, en invierno, íbamos al bar de siempre, en el que ya nos conocían por nuestros respectivos nombres. Sin embargo, la etapa universitaria fue avanzando y las chicas empezaron a aburrirse, o quizá, simplemente, crecieron. Así que, poco a poco, se fueron borrando de los planes «de siempre» para seguir con su camino. La que solía renegar de nuestro colegio de monjas hizo otro grupo en la universidad, la más fiestera se convirtió en una adicta a la noche madrileña y empezó a salir sin control tanto los festivos como entre semana; y la que soñaba con ser madre desde pequeña encontró pareja y empezó a proyectar un futuro con marido e hijos. Así que, el último año de universidad, solo Ainhoa, mi mejor amiga, y yo seguíamos rigurosamente con nuestros hábitos. Una de esas tardes, Ainhoa quiso convencerme para que me fuera a vivir con ella a un piso de Chamberí.

—Las chicas que se van son compañeras de la uni. Hice un trabajo con ellas hace tiempo y estuve en el piso. Está supercerca del metro y sus habitaciones son las más grandes. Si te vienes, te dejo la que tiene balcón.

—¿Y por qué lo dejan?

—Ya te lo he dicho, van a hacer un Erasmus y luego ya no se quedan en Madrid. Venga, tía, ¡que es una ganga!

—Joder, Ainhoa, yo es que vivo muy bien.

—¡Venga ya! Tenemos que salir del barrio y de casa de nuestros padres. Ya toca.

—Puede que sí, a este paso vendrán los de la tele a hacernos una entrevista. —Puse voz de locutora aguantándome la risa—: Aquí España directo. En nuestro país, los jóvenes se emancipan cada vez más tarde. Pero hoy les vamos a mostrar un caso de estudio. Ainhoa y Elena, dos jóvenes octogenarias, se resisten a abandonar la casa de sus padres alegando que todavía no se ven preparadas para dar el paso. —No pude continuar, estallé en una carcajada.

—¿Te imaginas? —dijo Ainhoa sin poder parar de reír.

—Aunque qué pereza, ¿no? Comer de tupper, convivir con desconocidos… ¡Hacer una mudanza!

—¡Pero si te cabe todo en una maleta! Además, ¿y lo guay que será vivir juntas? ¿Te acuerdas de cuando lo imaginábamos de pequeñas?

—Bueno, pero me dejas la habita con balcón, ¿eh?

—¿¡Eso es un sí!? —exclamó tirándose hacia mí y zarandeándome en un fuerte abrazo.

—Tendré que empezar a buscar curro, mis padres no me van a pagar el capricho… Por cierto, ¿sabes algo de tu entrevista?

—Me lo estaba reservando para el final… ¡Me han cogido!

Ainhoa empezó a trabajar en una agencia de viajes en cuanto acabó Turismo y yo, que todavía estaba estudiando el último curso cuando nos mudamos, encontré un chollo de curro como camarera con horario de lunes a viernes en una cafetería de Tres Cantos. Empecé trabajando días sueltos y, cuando acabé la carrera, se convirtió en algo estable. Juraba que era temporal y que estaba buscando «de lo mío», pero nunca llegaba el momento de dejarlo. Y, a pesar de que me quedaba muy lejos de casa, el lugar era agradable; mi jefe, atento, y el trabajo de camarera con horario de oficina merecía el paseo hasta allí.

Irnos a vivir juntas significó salir del barrio, convivir con gente nueva y, a fin de cuentas, subsistir como entes separados de nuestros padres. Vivimos aquella primera experiencia adulta juntas y lo recuerdo como un periodo increíble en el que confirmamos lo fácil que nos resultaba llevarnos bien y que nuestro apoyo era incondicional e invencible. Además, nos sirvió para hacernos amigas de las otras dos compañeras de piso, que, sin lugar a dudas, también nos lo pusieron muy fácil. Aunque todo iba según el plan, los tuppers compartidos, las conversaciones hasta las tantas y las pelis románticas llorando juntas a moco tendido en el sofá duraron muy poco. Al cabo de apenas medio año, Ainhoa dejó el piso. Sus padres tenían alquilado un pequeño apartamento en Ciudad Lineal, que habían comprado cuando eran jóvenes y no tenían hijos. El inquilino lo dejó y Ainhoa y su hermano decidieron mudarse allí y así ahorrar el dinero de la habitación. Lo entendí, pero creo que ese fue el inicio de las malas noticias.

Cuando menos te lo esperas, te despiertan con una noticia horrible. Sientes un golpe duro y seco en el pecho y una grieta profunda e irreparable empieza a fisurar tu mundo convirtiéndolo en un lugar complicado e inhóspito. Acto seguido, la tristeza se te mete dentro, se instala muy rápido y parece que no exista nada capaz de sacarla. Y, poco a poco, se expande, se ramifica y se queda atrapada entre la piel y el alma. Cada día gana un poco más de espacio, hasta que empiezas a sentirla en la boca del estómago o en la parte baja del corazón. Al final, la tristeza lo llena todo y se come la energía de los lunes, rechaza los planes de los fines de semana y se transforma en una cara sin maquillaje y en un moño en el pelo. Desde que me confirmaron lo peor, hiciera lo que hiciese siempre me acompañaba una sensación de ahogo terrible, una mezcla de soledad y de miedo que me había quitado las ganas de todo y expulsado de esa vida humilde y bonita que, durante años, había tratado de cuidar y mantener.

Sentía que me habían empujado a un callejón oscuro y mugriento desde donde no iba a ser capaz de recuperar todos los colores que habían llenado mi infancia. Iba del trabajo a casa y de casa al trabajo, siempre haciendo el mismo recorrido, tratando de sobrellevar lo sucedido de la mejor manera, aunque lo único que me mantenía en pie eran las ganas de que acabara el día para volver a la cama. Por primera vez en mi vida, buscaba que algo de esa rutina que tanto amaba cambiase, pero eso no solo implicaba hacer algo completamente nuevo, algo a lo que durante siglos me había estado resistiendo, sino que también me resultaba muy doloroso, porque significaba empezar a pasar página.

Tras un par de meses completamente inmóvil, una tarde de febrero, cuando volvía del trabajo, el metro no funcionaba, hacía frío y tomé el autobús. Cuando éramos adolescentes, solía empujar a Ainhoa a coger buses que nos llevasen a ninguna parte. Aparecía uno en una esquina y la hacía correr hasta la parada. Ella siempre estaba dispuesta, le encantaba hacer eso, pero nunca tomaba la iniciativa; me decía que era yo la que tenía buen ojo para perderse. Y seguramente tenía razón. Me encantaba viajar en autobús, tanto que, muchas veces, ya de mayor, había emprendido esa pequeña aventura sola. Me relajaba sentarme y mirar por la ventana, descubrir barrios, bibliotecas, colegios o parques nuevos. Fijarme en la gente que caminaba por las aceras e inventar historias sin final. También me gustaba escuchar las conversaciones de los pasajeros e imaginar sus problemas y sus ilusiones. Esos pequeños viajes eran la forma de cambiar los escenarios a los que estaba acostumbrada y entrar sutilmente en vidas ajenas que nunca se volverían a cruzar conmigo. Ese día, volví de casualidad a esa tradición que había olvidado y pude mirar la ciudad de nuevo como antes. Era tarde y Madrid ya estaba iluminada por farolas de luz naranja, escaparates y neones de colores. Desde el interior del bus se notaba el invierno, pero la ciudad desprendía una actividad frenética. Nos detuvimos en uno de los múltiples semáforos rojos que hay entre plaza Castilla y Chamberí, y, de repente, volví a sentirlo. De nuevo, un gesto mínimo y afable volvió a despertar mi interés. En el paso de cebra, pendidos de la intermitencia del verde al rojo, una pareja de ancianos se cogió con dulzura de la mano. El gesto fue tan sencillo y cotidiano que estoy segura de que nadie más se percató de él. La mujer recibió el gesto con una mirada hacia él, que le respondió con una dulce sonrisa. Me pareció que ambos suspiraban a la vez y se detuvieron para esperar a que el tránsito se calmara. Los seguí con la mirada hasta que el vehículo pasó por delante de ellos y los dejó allí, solos, esperando su turno para seguir. Me imaginé su historia y la importancia de tener a alguien que te sujete ante el peligro. La mayor victoria de la vejez es haber podido compartir toda una historia de vida con alguien. Quizá esta había estado llena de dramas y desencuentros, tal vez nada hubiera sido fácil, pero no lo parecía aquella tarde, pues allí seguían, acompañándose y, sobre todo, agarrándose fuerte. Aquel gesto me devolvió una parte de mí que había olvidado y me iluminó como antes. Estaba claro: algo tenía que cambiar. Al llegar a mi barrio, volví a la floristería en la que solía comprar cada mes y me hice con un ramo de narcisos. Sentí de nuevo que quedaba luz en alguna parte, pero Madrid me recordaba demasiado al dolor y la pena. Tenía que escapar de allí y solo había un destino con el que soñaba desde hacía años.

Al llegar a casa, anuncié la idea a mis compañeras de piso, tres chicas muy majas que todavía estudiaban, una el doctorado y las otras dos, un poco más jóvenes que yo, la carrera. Las tres aplaudieron enseguida mi decisión y me animaron a hacerlo. Creo que quisieron asegurarse de que compraba los billetes esa misma noche, pues me rodearon y me ayudaron a escoger los vuelos. La mejor opción era junio. Cuando tenía todos los datos introducidos y el cursor encima del botón de compra, me eché atrás; quizá no era capaz de montar esa revolución. Por un segundo pensé en todas las horas extra que tendría que hacer a la vuelta para recuperarme económicamente, en el vértigo que suponía viajar sola por primera vez o en la mala suerte que parecía que había cogido el gusto a acompañarme. Cuando me giré hacia ellas para comentarles mis miedos, sin que apenas pudiera reaccionar, la estudiante de doctorado, que siempre había sido la más decidida de las cuatro y también la que tenía más mala leche, puso rápidamente la mano sobre la mía, presionó mi dedo índice y compró los billetes.

—¡Ya está! —exclamó victoriosa.

La más joven y la más dulce soltó un grito suave y se tapó la boca con las manos mientras me miraba.

—¿Qué has hecho? —susurré mirando fijamente la pantalla.

—Un favor. Te mereces ese viaje —me animó poniéndome la mano sobre el hombro.

Un relámpago de terror me sacudió. Me acababa de gastar parte de mis ahorros y ya no había vuelta atrás. Pero entonces entendí que las grandes decisiones deben tener siempre un punto de arrebato.

2

2

—A mí no me gusta un tatuaje que se vea tanto, Ainhoa.

—Joder, pero si te haces un tatuaje es para que se vea, ¿no? —Y añadió—: ¡Pues tú te lo pones en el tobillo y yo en el antebrazo, y listos!

—De eso nada, nos lo tenemos que hacer en el mismo sitio las dos; si no, no tiene gracia.

—A este paso no nos lo haremos nunca…

—Nah… Estoy esperando a que seas un poco mayor para que me des la razón. En unos años, tú tampoco querrás un tatuaje en el brazo, estoy convencida.

—¡Eres una clásica!

—No, pero ya sabes lo que pienso…

—Que menos es mááás… —dijo resignada.

—Exacto. El Barroco y el Impresionismo para los lienzos, y el minimalismo para la vida.

—Estás fatal.

Tanto a Ainhoa como a mí nos encantaban los elefantes y juramos que nos tatuaríamos la silueta de uno con la trompa hacia arriba, símbolo de la buena suerte en la cultura asiática, y, para nosotras, de la amistad. Esos animales eran nuestro punto en común. No es que fuésemos polos opuestos, pero sí que nos complementábamos. Nos unían las ganas de pasárnoslo bien; ella tenía un punto más alocado, yo más introspectivo, y juntas formábamos un combo imbatible en el patio cuando organizábamos juegos; en el parque cuando nos pasábamos horas y horas arreglando el mundo entre bolsas de pipas y golosinas; en la biblioteca cuando nos entraba la risa floja y nos invitaban a marcharnos; y en la noche cuando recorríamos todas las discotecas de Madrid diluyéndonos entre copas hasta el amanecer. Nadie podía con nuestra energía. Nos habíamos empujado y acompañado en todos los grandes hitos de nuestra vida y, cada vez que nos sentíamos perdidas o que necesitábamos un consejo sincero, éramos para la otra el primer número de teléfono que marcar. Fuimos amigas inseparables, psicólogas, animadoras profesionales, profesoras y, sin duda, estrellas polares. Si Ainhoa tenía el don de saber siempre cuándo era un buen momento para hacer una cosa u otra, yo era el freno necesario antes de la acción. Ella era la carrerilla, yo el impulso, y juntas el salto hacia el infinito.

Nos hicimos inseparables desde el día en que nos conocimos en preescolar. Obviamente tengo recuerdos borrosos de aquella época, pero todavía conservo una imagen en la que la profesora propuso una actividad que consistía en que nos ensuciáramos las manos con pintura para luego plasmarlas en un lienzo en blanco. Todos los niños escogieron un color; en cambio, ella le preguntó a la profe si podía pintarse las manos de muchos colores. A mí aquello me pareció una idea fantástica, así que la imité. Ainhoa empezó a plasmar huellas con las manos y acabó haciendo un manchurrón enorme en el que costaba distinguir los colores. En cambio, yo cogí su idea e intenté trazar un arcoíris con los dedos. Recuerdo que me miró, volvió decepcionada a contemplar su cuadro y entonces fue ella la que intentó salvar su obra trazando arcoíris en los espacios que le quedaban todavía en blanco. En ese instante, supimos que debíamos tenernos cerca porque formábamos el equipo perfecto. Ella era el Sol y yo la Luna, dos astros que no tienen ninguna relación, pero que siempre aparecen como complementarios e indivisibles, fruto del mismo origen y de la misma trayectoria. Fuimos creciendo y, mirase donde mirase, en todos mis recuerdos importantes aparecía ella a mi lado.

Nuestra locura compartida por los elefantes empezó con un peluche llamado Bobón. No sé de quién de las dos era ni qué día apareció en el colegio, porque acabó siendo de ambas por igual y sus orígenes se perdieron en algún lugar remoto de nuestra memoria. Medía un palmo y medio y lo que amábamos es que tenía la forma de un elefante sentado, muy realista. No era como el resto de nuestros peluches, que tenían mofletes, ojos amorosos o, incluso, pajaritas. Él era como un elefante de verdad, pero lo podíamos achuchar y, sobre todo, cogerlo. Cuando jugábamos, lo colocábamos de observador; cuando dibujábamos, él era el protagonista de nuestro arte, y cada fin de semana se lo quedaba una de nosotras para cuidarlo y para dormir con él. Lo llamamos Bobón porque nunca entendía nuestros chistes y menos aún nuestros juegos; siempre se quedaba callado, mirando al infinito y protegiéndonos a su manera. La historia del final de Bobón, como la de todos los finales, es triste y abrupta. Siempre nos lo llevábamos con nosotras de excursión y en una de ellas, a principios de la Primaria, lo olvidamos en unas mesas de pícnic en las que nos habíamos sentado con nuestras fiambreras infantiles y cantimploras para comer. El autobús estaba esperando y la profesora nos metió tanta prisa para que recogiéramos que ninguna de las dos se acordó de él. Cuando nos dimos cuenta, ya en el autocar, le suplicamos que nos dejara volver, pero el tiempo apremiaba y ella nos dijo que era imposible. Ainhoa y yo nos pasamos la tarde llorando y, seguramente, nos hicimos un poquito más mayores.

Bobón propulsó nuestra obsesión por los elefantes y tras él esta no dejó de aumentar. Recuerdo con exactitud el día que vimos juntas Dumbo y cómo lloramos cuando los payasos ridiculizaban al pequeño animalito. A todas las niñas les gustaba la Sirenita o Blancanieves, pero nosotras éramos las de Dumbo, dos pequeñas rebeldes que siempre tenían un discurso preparado a favor del bienestar animal. Los elefantes eran nuestro lugar compartido, ese vínculo íntimo que conecta a las personas con las cosas y las encierra en ellas para siempre. Nos definíamos como elefantas atrapadas en Madrid en una pequeña manada de dos.

Era, pues, mucho más que un animal o que un juego; era el acceso a nuestro club privado, nuestra manera de diferenciarnos del resto, y formaba parte de nuestra mitología personal. Aquella adoración infantil hacia Bobón y Dumbo fue evolucionando hasta convertir al elefante en el símbolo de nuestro tipo de amistad e incluso de nosotras mismas. Lo que más nos gustaba de ellos eran las contradicciones que los rodeaban y que, en cierto modo, nos recordaban a nosotras. Los elefantes nos parecían seres inverosímiles, animales majestuosos capaces de demostrar al ser humano lo pequeñísimo que puede llegar a ser; en cambio, están acostumbrados a vivir amenazados. Ellos simbolizaban todo lo que éramos: fieles, astutas y terriblemente pastelonas y sensibles, una debilidad que escondíamos detrás de una piel gruesa y de una apariencia fuerte. Como los elefantes, nuestra misión era pasárnoslo bien, cuidarnos ante cualquier llamada de auxilio, correspondernos y echarnos de menos.

Hubo una vez que nuestras madres se compincharon para sorprendernos con unas entradas a un circo con elefantes de verdad. Fue en un circo que llegó a la ciudad a finales de los años noventa. Estábamos emocionadísimas por aquello, tanto que nos pusimos de acuerdo en ponernos nuestra camiseta preferida y decidimos que aquel sería el mejor día de nuestra vida. No nos llevaron a la función completa, porque a nosotras nos aterraban los payasos y no queríamos de ninguna manera coincidir con ninguno, así que solo fuimos a ver a los animales que descansaban entre función y función. Había pavos reales, perros saltarines y hasta un león. Cuando llegamos al elefante, nos pusimos a llorar. Y no lloramos de emoción ni de miedo; lloramos de pena, de la angustia de ver a nuestro animal preferido con los ojos llenos de legañas y la pata magullada por el grillete que lo mantenía atado a una gruesa cadena. Nuestras madres no entendieron a qué se debía aquella escena, pero nosotras hicimos un pacto: no volveríamos a ningún circo que permitiese tener elefantes, y así lo hicimos. Por suerte, años más tarde los prohibieron, pero por aquel entonces nosotras éramos ya mayores, así que mantuvimos nuestro pacto hasta el final. La próxima vez que viéramos a un elefante sería en libertad, porque esa era la única manera en que los queríamos ver.

—Tía, si no puedo ir yo, ve tú.

—¡Qué va! Yo no voy a ir sin ti, ya lo sabes. Ese era el trato.

—No es verdad. Ambas nos juramos que, cuando volviéramos a ver elefantes, sería en libertad. Lo importante, tanto para ti como para mí, era conseguirlo. Así que, si yo no puedo ir y a ti te surge la oportunidad, ve sola, no seas tonta. Eso sí, me traes uno de recuerdo.

—Sí, claro y lo cargo a hombros o lo meto dobladito en la maleta. ¡A ver si me lo dejan pasar por el control! —Y las dos nos echamos a reír.

Recuerdo el primer día que Ainhoa mencionó que podríamos viajar en busca de elefantes en libertad. Todavía estábamos cursando cuarto de la ESO y todo lo que me contó entonces me sonó tan lejano que tampoco le presté mucha atención. Ella siempre compraba revistas de viajes, le encantaba curiosear destinos remotos, y fue a raíz de su pasión por lo desconocido cuando empezó a proyectarse como agente de viajes y decidió estudiar Turismo.

—¿Sabías que no es solo el mamífero más grande de la Tierra, sino que también tiene el embarazo más largo? Veintidós meses, ¡flipa! Y como solo pueden tener un hijo cada cuatro o cinco años, una vez que los cachorros nacen, pasan años con la madre.

—¡Pero qué monada! ¿De dónde has sacado todo eso?

—Ten —dijo alargándome la National Geographic—. Hay un reportaje entero. Yo ya me lo he leído, puedes quedártela.

Cada cierto tiempo aparecía con un catálogo nuevo: Tanzania, India, Tailandia, Zimbabue, Sudáfrica o Sri Lanka. Yo me entusiasmaba solo de escucharla hablar de rutas y planes; abría el catálogo con las dos manos, trazaba viajes por carretera o vuelos internos con el dedo índice y nos hacía soñar a las dos. De todos ellos, siempre apostaba por Sri Lanka; decía que era la mejor opción a nivel económico, la más segura por si pensábamos ir solas y la que ofrecía una experiencia más auténtica. Poco a poco, empecé a convencerme de que al final conseguiríamos hacer realidad ese sueño compartido. Y yo, motivada por su manera de contar los lugares en los que no había estado, una vez que empecé a trabajar en la cafetería, decidí ponerme en serio a ahorrar. Nunca se lo dije, pero comencé a guardar lo que ganaba de las propinas, aunque no fuera mucho, porque quería que ese viaje fuera una realidad para las dos. Ainhoa estaba convencida de que el mejor momento sería cuando acabáramos la carrera, y proponía que invirtiéramos nuestro primer sueldo en un viaje de esa envergadura. Sin embargo, yo nunca tuve un trabajo decente, y ella, al ver mi limitación económica, una vez que entró a trabajar en la agencia de viajes empezó a recorrer el mundo por motivos laborales hacia otros destinos.

—En serio, aprovecha y ve tú —insistió—. Yo lo haría.

—Que no, Ainhoa.

—Es verdad, mejor que no, a ver si te vas a enamorar de un esrilanqués y no vuelves —dijo con sorna.

Me daba mucha pena hacer sola ese viaje, pero, de todos modos, hacía ya muchos meses que me sentía aislada en Madrid a pesar de estar rodeada de gente. No conseguía animarme con nada ni con nadie. De hecho, las palabras de consuelo de mis padres y mis amigos todavía me hacían sentir más desdichada. Emprender un viaje en solitario me aterraba, pero también era una liberación, ya que significaba estar realmente sola, por fuera y por dentro, y no sentirme culpable por ver el esfuerzo que hacían los demás cada vez que intentaban hacerme feliz.

Ojalá siempre pudiéramos ser fuertes y mantener los sueños de la infancia. Ainhoa, esa vez, no pudo acompañarme.

3

3

Dicen que para empezar algo tienes que perder una parte de lo que eres. A veces se habla de hacer hueco para dejar entrar recuerdos nuevos; otras el propio camino y las circunstancias te obligan a dejar at

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos