Escandalosa (Juego de damas 1)

F. Jenner

Fragmento

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Prólogo

Hampshire, 1863

—Y tendré un caballo. —Una sonrisa deslumbrante apareció en el rostro de la joven rubia que acababa de hablar.

La lamparita que iluminaba el habitáculo del carruaje arrancó matices rojizos del cabello de la dama que la acompañaba, quien, con un suspiro, negó con la cabeza e hizo una mueca.

—Annie, lord Liverpool está prácticamente comprometido con lady Meredith Ainsworth. Además, ¿no crees que es demasiado viejo para ti?

La otra joven negó, categórica.

—Eso no importa, Kate —dijo con fastidio—. Lord Liverpool pronto será primer ministro y su fortuna es más que considerable. La mujer que se convierta en su esposa será un referente en Inglaterra, asistirá a los eventos sociales más importantes y gozará de una posición privilegiada. ¡Será el ejemplo para la mayoría de las mujeres del país!

Kate emitió un ligero bufido mientras sus ojos verdes volvían al libro que había estado leyendo minutos antes. Para ser tan joven, su prima tenía bastante claro lo que buscaba en un matrimonio. Resultaba irónico cómo ella, lady Katherine Mary Hamilton, condesa de Ashford por derecho propio, había antepuesto siempre, para eterno disgusto de su padre, el aspecto sentimental del matrimonio a la obligación; mientras que Annie parecía dispuesta a unirse a cualquiera que pudiera proporcionarle el estilo de vida que ansiaba.

—Yo soy más hermosa que lady Meredith. —Ajena a sus cavilaciones, Annie proseguía con su discurso—. Y más joven. Esta es su tercera temporada, mientras que yo acabo de llegar y ya me han bautizado como «la incomparable».

Kate asumió que, llegado ese punto de la conversación, ya no le sería posible proseguir con la lectura, por lo que cerró el libro marcando con cuidado la página donde se había quedado.

—Annie —comenzó tratando de mostrar una actitud paciente, aun cuando sabía que, como solía suceder con todas las conversaciones que mantenía con su prima, esta acabaría por sacarla de quicio—, es innegable que eres, muy probablemente, la debutante más hermosa que frecuenta los salones de baile ahora mismo. Pese al lastre que supone mi compañía, has recibido varias propuestas de matrimonio que dejan claro que tu apariencia compensa el escándalo que les acarreará el emparentarse conmigo. Aun así, lord Liverpool jamás ha mostrado el menor interés por ti. Y tal vez sea mejor así. Lady Meredith tiene muchas cosas en común con él. Ambos disfrutan de la vida al aire libre y se interesan por los aspectos políticos...

—Pamplinas —interrumpió Annie—, yo también disfruto de la naturaleza.

Katie se frotó las sienes con cansancio.

—Hacer pícnics junto al Serpentine difícilmente se puede considerar disfrutar de la naturaleza.

—¡Me encantan los caballos!

—No —negó Kate—, te encanta que te admiren mientras montas por Hyde Park.

Annie la miró con el ceño fruncido.

—¿Qué te pasa? Mamá te encargó que me ayudaras a encontrar un marido, no que me convirtieras en una solterona como tú.

La mención de lady Oxley no impresionó a Kate y la acusación de Annie le hizo más gracia que daño. Había asumido su soltería con agrado en el momento en que el único hombre con el que habría aceptado casarse le había dado el «sí, quiero» a otra mujer. Tampoco es que hubiera tenido ninguna oportunidad con él antes de aquello, pero, al menos, su matrimonio parecía una excusa más trascendental que el hecho de que él nunca le hubiera prestado la menor atención.

Analizándolo en retrospectiva, lo cierto era que Kate no había necesitado utilizar ese pretexto en ningún momento. Días después del apresurado matrimonio de aquel caballero, ella solita se las había ingeniado para caer en desgracia y del modo más ridículo y estúpido posible.

En cuanto a lady Oxley, el hecho de que hubiera elegido a Kate como chaperona de su hija dejaba claro el poco interés que le suponía. Tras la muerte de su esposo, la dama se había sumido en tal estado de melancolía que enviar a su única hija a la ciudad en compañía de la escandalosa lady non merci no era más que otra muestra de su absoluta apatía por el mundo.

Con un suspiro de resignación, Kate observó el paisaje que pasaba velozmente ante la ventana del habitáculo. Estaba oscureciendo y eso la ponía nerviosa. Esperaba que James, el cochero, cumpliera su palabra y llegaran a la posada antes de que anocheciera. Tratando de distraerse, volvió a abrir el libro que había dejado abandonado en el asiento y se acercó a la lámpara que colgaba junto a la puerta. A esas alturas había asumido que discutir con su prima sobre determinados temas era como hablar con una piedra con tirabuzones.

Antes de que pudiese encontrar el párrafo donde se había quedado, el grito del cochero la asustó y la obligó a levantar la vista de nuevo. Sin que tuviera tiempo de descubrir qué sucedía, el carruaje frenó bruscamente y ella salió despedida hacia el asiento opuesto, donde su prima la observaba con la misma confusión que ella sentía. Sin nada a lo que agarrarse, Kate solo fue consciente de su cabeza golpeando contra uno de los laterales del coche y de un dolor insoportable en sus sienes. Cuando el vehículo dejó de moverse, trató de levantarse con cuidado, pero apenas se había erguido unos centímetros cuando el mundo se volvió gris y perdió la consciencia.

Andrew observó, confuso, el espectáculo que tenía lugar ante sus ojos. Su caballo pastaba tranquilamente a un lado del camino, como si no hubiera estado a punto de provocar un accidente, mientras que sus adversarios equinos resoplaban tras el esfuerzo de detener el carruaje a tiempo. El chófer, un hombre sorprendentemente joven y fuerte, permanecía sentado en el pescante con el ceño fruncido y una iracunda expresión en su rostro. Mientras tanto, los caballeros que lo habían acompañado durante las últimas horas —o días, pues era difícil saberlo—, mientras daba buena cuenta de las bebidas espirituosas del local de madame Carlyle, sonreían de oreja a oreja abrazados a una mujer que, por su exceso de maquillaje y escasez de ropa, podría deducirse que procedía del local en cuestión.

Masajeándose la nuca con cansancio, Andrew trató de poner orden en sus pensamientos. Hasta hacía escasos instantes le resultaba imposible recordar incluso dónde vivía, pero los últimos acontecimientos parecían haber arrojado un poco de lucidez sobre su alcoholizado cerebro.

Entrecerrando los ojos, identificó a los hombres que lo acompañaban, como lord Sebastian Lawrence Sinclair, el séptimo marqués de Stratford y su mejor amigo en el mundo, y Alexander William Lonsdale, primo ilegítimo del marqués, del que solo recordaba que no debía dejarlo a solas con ninguna dama bajo su tutela, incluyendo a su madre.

—¡Ayuda! —Un agudo chillido femenino procedente del interior del carruaje lo arrancó de sus cavilaciones.

—¿Qué demonios...? —murmuró el cochero mientras saltaba de su asiento y abría la puerta.

Andrew tampoco tardó en reaccionar. El grito de la dama parecía haberle devuelto completamente la lucidez y, con decisión, se acercó al vehículo.

El sol se había puesto casi por completo y en el interior, iluminado por la tenue luz de una única lámpara, apenas se distinguían las siluetas de dos damas. Una de ellas, de cabello dorado como el champán y enormes ojos azules, lo miró asustada, mas con sorprendente celeridad su expresión angustiada fue sustituida por una sonrisa coqueta.

—Excelencia —saludó mientras le ofrecía su mano para que la ayudara a apearse.

En cuanto sus pies tocaron la calzada, bajó la mirada a sus manos con una timidez que Andrew no tardó en comprender que era completamente falsa. Dado que jamás había sentido interés por las jóvenes debutantes y sus estudiadas artimañas de seducción, la atención de Andrew regresó al interior del carruaje.

Otra mujer permanecía semitumbada en una extraña posición. De su sien manaba un hilillo de sangre que recorría su mejilla y se deslizaba por su mentón, goteando sobre la piel color crema del asiento. No obstante, no fue la sangre lo que asustó a Andrew, sino el ángulo antinatural que dibujaba su brazo izquierdo.

—Joder —maldijo mientras apartaba al chófer y se introducía en el vehículo. Con cuidado, acercó sus dedos al cuello de la dama y, tras comprobar que tenía pulso, suspiró—. Hay que buscar un médico.

En el exterior, nadie se movió. La dama rubia lo miraba aparentemente agraviada por el poco interés que le había mostrado. Sus amigos, aunque habían perdido la sonrisa, permanecían completamente ajenos a todo lo que sucedía y la mujer que los acompañaba parecía estar a punto de salir corriendo. Andrew fijó su mirada en la que, al parecer, era la única persona cuerda presente.

—Coja mi caballo —dijo al cochero— y vaya al pueblo en busca del doctor.

El hombre lo observó con desconfianza, poco dispuesto a seguir sus órdenes.

—Maldición —estalló Andrew—, soy el duque de Brighton, no voy a violar a la dama ni a huir con su carruaje.

Aunque no pareció impresionado por su título, el hombre asintió y se alejó hacia su caballo.

La atención de Andrew volvió a la dama herida. Era joven. No debía tener más de veintidós o veintitrés años y, pese a lo magullado de su rostro, resultaba evidente que era muy hermosa. Frunció el ceño. Aquella mujer le resultaba vagamente familiar.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó a la joven rubia, que seguía fulminándolo con la mirada.

Al percatarse de que le prestaba atención de nuevo, ella esbozó una angelical sonrisa. Sin embargo, un gemido de dolor interrumpió su respuesta.

Ambos miraron a la mujer que permanecía tumbada en el carruaje y Andrew se sorprendió observando los ojos más verdes que había visto nunca.

—¡Espere! —gritó tratando de evitar que ella moviera el brazo. Demasiado tarde. Un aullido de dolor resonó en el bosque, provocando la huida en estampida de las aves que se escondían en las ramas más cercanas... Y de los dos individuos que habían acompañado a Andrew.

«Valientes amigos», pensó, pero su atención no tardó en regresar a la joven que, en ese momento, apretaba los dientes con fuerza mientras su rostro iba adquiriendo un tono ceniciento.

—Ya han ido a buscar un médico —murmuró acercándose a ella. Con cuidado de no mover el brazo herido, la ayudó a recostarse en una postura más cómoda.

Ella ni se inmutó ante su contacto, lo que lo sorprendió. Era evidente que era una dama y ninguna permitiría que un caballero al que no conocía la tocara. Protestarían, se apartarían o balbucearían alguna de esas estupideces sobre decoro que se les enseñaba desde la cuna y que obviaban cualquier principio del sentido común.

Andrew la observó con más atención. ¿Se habría equivocado con esas dos mujeres?

—¿Dónde estoy?

La voz de la joven lo devolvió a la realidad.

—Hampshire —respondió—. Han sufrido un pequeño accidente.

La mujer miró su brazo y la sangre que, a esas alturas, había destrozado el asiento del carruaje.

—Creo que no compartimos la definición de «pequeño».

—Mi caballo se atravesó y usted debió golpearse cuando el carruaje frenó de golpe para evitar la colisión —explicó tratando de justificarse. Omitió completamente el hecho de que él hubiera estado tan borracho que hubiera sido su caballo quien lo había estado guiando a casa como un pelele sin voluntad.

Cuando volvió su vista hacia la joven se dio cuenta de que ella ya no le prestaba atención. En lugar de eso, su mirada vagaba por el interior del vehículo y arrugaba el entrecejo.

—¿Qué ocurre?

Ella lo miró de nuevo y él percibió el miedo en sus ojos.

—¿Dónde estoy? —susurró tan bajo que Andrew apenas la escuchó.

Andrew frunció el ceño.

—Acabo de decirle que está en Hampshire.

Ella asintió y se tocó la cabeza. Una mueca de dolor cruzó su rostro cuando se palpó la herida de su sien.

—Dios mío —murmuró cuando vio la sangre que manchaba sus dedos—. ¿Qué ha pasado?

—¿Me está tomando el pelo? —El tono cortante del duque hizo que ella fijara su asustada mirada en la suya.

Andrew suspiró y se mesó el cabello. Era evidente que no estaba jugando con él. Estaba asustada de verdad.

—Ha tenido un accidente —respondió con la esperanza de que ella retuviera la información esa vez.

La joven asintió y cerró los ojos.

—No puedo recordar qué pasó.

—El médico llegará en cualquier momento —la consoló—. Estará bien.

Ella solo se quedó callada, con los ojos cerrados y la mandíbula tensa.

—¿Cómo se llama? —Andrew trató de distraerla.

Los ojos de la muchacha se abrieron de golpe y trató de enderezarse en el asiento. En cuanto movió su brazo izquierdo volvió a aullar de dolor.

Él se acercó de nuevo y la sujetó.

—¡No se mueva! —exigió—. Me temo que se ha roto el brazo.

Tal afirmación no pareció afectarla. Ni siquiera miró hacia la extremidad en cuestión. Se quedó callada, frunciendo el ceño como si estuviera realizando un gran esfuerzo. Él la observó, en silencio, sin saber qué decir.

Finalmente, los ojos de la mujer comenzaron a llenarse de lágrimas.

—No sé quién demonios soy —murmuró, más para sí misma que para Andrew.

El duque no se movió. Había oído hablar de personas que perdían la memoria de repente, pero siempre había pensado que se trataba de una excusa conveniente que algunos utilizaban cuando eran sorprendidos in flagranti delicto. O cuando querían huir de una vida que ya no les satisfacía.

Buscó con la mirada a la otra dama, pero no la encontró.

—Quédese aquí. —Sin esperar respuesta, salió del coche.

La joven rubia se había alejado unos pasos del carruaje y permanecía junto al camino, con los brazos cruzados y una extraña expresión en el rostro. En cuanto lo vio, una sonrisa transformó su cara.

—Excelencia —dijo con suavidad—. ¿Cómo está mi prima?

—¿Quiénes son? —exigió Andrew, ignorando su pregunta—. Su prima no recuerda nada.

Annie observó al apuesto hombre que tenía ante ella. El duque de Brighton, que había desaparecido de la escena social años atrás. Tras ser uno de los seductores favoritos de las damas de la aristocracia y haber provocado los suspiros de mujeres casadas y solteras por igual, se había esfumado del panorama de la noche a la mañana. Durante meses nadie había sabido nada de él hasta que, un día, Londres se había despertado con una increíble, y dramática, noticia. Andrew Mathew Thomas Buxton, el decimocuarto duque de Brighton, se había enamorado perdidamente de una joven desconocida con la que había huido a Gretna Green y con la que había engendrado una hermosa niña. Lamentablemente, su flamante esposa no había logrado sobrevivir al parto.

Nadie había vuelto a verlo desde entonces. Se decía que se refugiaba en su casa de campo, junto con su madre, cuya singular honestidad había sido el azote de la flor y nata de la sociedad durante años, y su escandalosa hermana.

Annie sonrió para sus adentros. Aunque era poco más que una niña cuando todo aquello había sucedido, se había sentido igual de fascinada que todas las demás por aquel hombre. Debido a su corta edad y a que ella únicamente visitaba Londres en las contadas ocasiones en las que sus tíos la invitaban, solo lo había visto una vez, cuando salía de una sombrerería de Bond Street, pero había sido suficiente. Desde entonces, había leído con avidez cada noticia que se publicaba sobre él, impresionada tanto por su físico como por su título. Era alto, moreno y su cuerpo atlético, sin ser excesivamente musculoso, constituía la percha perfecta para los elegantes trajes que vestía. Lejos del recargado estilo de los dandis que se paseaban por Londres como pavos reales, el estilo del duque era discreto y austero. Su personalidad un tanto esquiva completaba un cuadro al que resultaba muy difícil resistirse. Por lo visto, el tiempo no había hecho más que intensificar su atractivo.

Y he aquí que el destino había querido que ella fuese a tener su oportunidad con aquel hombre. Al parecer, el accidente de carruaje había sido una maravillosa coincidencia.

—¿No recuerda nada? —preguntó tratando de imprimir a sus palabras una preocupación un tanto fingida.

Nunca había simpatizado especialmente con su prima. Kate representaba todo lo que ella no era. Aristócrata por derecho. Rica e influyente. Y la muy idiota lo había arruinado todo.

—No.

Annie abrió la boca, pero, de repente, dudó. Al duque jamás le habían interesado las debutantes, ni siquiera en su juventud. Ahora que había renegado también de la aristocracia, mucho se temía que su identidad no la ayudaría a acercarse a él. Sin embargo...

—Yo soy lady Katherine Mary Hamilton, condesa de Ashford. —Tal vez el escándalo que arrastraba su prima la ayudaría esta vez—. Y ella es mi prima, la honorable Annie Louise Campbell, hija del difunto barón Oxley.

Solo por un instante, pudo percibir la sorpresa en el rostro de Andrew. No obstante, él no tardó en ocultarla. En su lugar, la recorrió con la mirada y apretó la mandíbula. Sin más, se dio la vuelta y se dirigió de nuevo hacia el carruaje.

—¡Una debutante! —gritó Annie.

Andrew la miró de nuevo.

—¿Qué ha dicho?

—Mi prima —explicó ella en un desesperado intento por retener la atención del duque y que él se apartara de Kate—. Es una debutante.

Él no dijo nada más. Solo negó con la cabeza y se alejó.

Andrew comenzaba a impacientarse y eso nunca había sido una buena señal. Siempre que el duque se inquietaba ocurría algún desastre. Como aquella vez en la que, al no encontrar el libro que buscaba, se había colgado de la estantería de su biblioteca —en lugar de optar por la razonable opción de buscar una escalera—. Evidentemente, la estantería en cuestión no había soportado su peso y se había venido abajo, arrastrando con ella todo lo que había encontrado a su paso, Andrew incluido. Aunque el incidente no había tenido graves consecuencias, había permanecido atrapado durante horas bajo un montón de libros sobre técnicas agrarias. Y él odiaba la agricultura.

Así lo había hallado su mayordomo cuando había acudido a la biblioteca para anunciar la visita de lady Penélope, su prima. Y así lo había visto ella cuando, en lugar de observar las normas de etiqueta y esperar a que el sirviente la invitara a pasar, lo había seguido sin invitación —lo que era habitual en ella— y había entrado en la estancia. Obviamente, la joven no había podido evitar reírse ante lo absurdo de la situación.

¡El todopoderoso duque de Brighton atrapado bajo una pila de libros!

Por supuesto, ella había tenido que sujetarse, entre risueños espasmos, al trozo de estantería que había permanecido en pie. Inevitablemente, dada la inusual tendencia de la dama a los accidentes, había logrado acabar con la buena suerte de Andrew. Si bien había logrado salir casi ileso del derrumbe de una estantería completa de tratados agrícolas, no consiguió salir indemne del desprendimiento que provocó su prima. Desde el último estante del mueble en que ella se apoyaba, un pesado libro cayó sobre su cara.

Andrew recordaría siempre el instante en el que la Odisea le destrozó el tabique nasal. Sobra decir que ninguno de los presentes se atrevió jamás a mencionar lo ocurrido. Y, por supuesto, nadie investigó qué demonios hacía aquel clásico griego en medio de sus libros sobre cultivo.

Volviendo al presente, Andrew apretó los puños. La situación se estaba volviendo intolerable. No le gustaba que se burlaran de él y, en ese momento, todo lo que estaba ocurriendo le parecía una burla.

—Una debutante —escupió.

Aquella mujer era una completa imbécil. La dama del carruaje era demasiado mayor para eso. Pero, además, en el mismo instante en que ella había pronunciado aquel título, él la había recordado.

Había conocido a lady Ashford en Ascot durante la temporada de su debut. Aunque, por aquel entonces, él evitaba a toda costa los bailes y eventos destinados a exhibir jovencitas casaderas, ni siquiera un duque podía rechazar la invitación personal de Su Majestad. Sin olvidar que él adoraba los caballos. Así, se había visto atrapado durante años en el recinto real. Afortunadamente, su huida y posterior viudez habían servido para enfriar el interés de la monarca sobre su persona. No obstante, mucho antes de aquello, la reina le había presentado a una jovencita de cabello rojizo e increíbles ojos verdes. Pese a su innegable belleza, Andrew no le había dedicado una segunda mirada.

El sonido de unos cascos lo arrancó de sus pensamientos justo en el instante en que Prince Charles apareció ante él seguido de una mula que resoplaba pesadamente. Un anciano enjuto y espigado desmontó de ella con dificultad.

—El doctor —dijo con una mueca el chófer mientras se apeaba de Prince Charles y le acariciaba la cabeza.

Andrew observó al otro hombre. Su cabello era gris y una espesa barba ocultaba parcialmente un rostro surcado por profundas arrugas. Su largo bigote se rizaba en las puntas y, bajo sus pequeños ojos, unas marcadas ojeras atestiguaban su falta de descanso. Al observarlo, Andrew no pudo evitar pensar en aquel ingenioso hidalgo cuyas locas aventuras lo habían mantenido despierto muchas noches.

Ajeno a su escrutinio, el hombrecillo examinó el entorno y se dirigió con decisión hacia el carruaje abandonado a la orilla del camino.

Andrew se maldijo mientras lo seguía. Hacía rato que había dejado sola a una mujer que parecía no recordar nada.

—¿Dónde está? —preguntó el doctor desde la puerta.

—Ahí dentro —afirmó el duque.

El hombre lo miró como si fuera tonto.

—¿Cree que si estuviera aquí dentro le preguntaría dónde está?

Kate estaba asustada. Después de que aquel hombre se fuera, había tratado con todas sus fuerzas de recordar algo. Cualquier cosa. No había tenido éxito. No obstante, conforme pasaban los minutos y la noche caía, se había sentido más angustiada. Y, de repente, un miedo atroz se había apoderado de ella. Sin ningún motivo, había salido huyendo del carruaje y se había adentrado en el bosque. Había corrido sin rumbo durante lo que parecía una eternidad, tratando de ignorar el terrible dolor que se apoderaba de ella cada vez que movía el brazo izquierdo.

Finalmente, exhausta, se había acurrucado junto al tronco de un árbol. Hecha un ovillo, había tratado, de nuevo, de entender qué sucedía. No había logrado recordar nada, pero la oscuridad de la noche la había angustiado cada vez más. De cuando en cuando, el dolor de su brazo la sobresaltaba y, aunque trataba de mantenerlo inmóvil contra su costado, notaba que iba en aumento. La hemorragia de su cabeza había perdido intensidad, pero las gotas de sangre todavía se deslizaban por su sien y caían sobre las pestañas de su ojo izquierdo. Poco a poco, los sonidos de su alrededor se fueron extinguiendo y una agradable sensación de ingravidez se apoderó de ella al mismo tiempo que el mundo se apagaba ante sus ojos.

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Capítulo 1

Annie se deslizó sigilosamente por una de las puertas que daban a la terraza trasera y salió. A pesar de lo elegante y cómoda que era la habitación que le habían asignado, se sentía incapaz de pegar ojo. No sabía en qué demonios había estado pensando cuando se le ocurrió identificarse como lady Ashford. Deseaba tanto llamar la atención del duque que, ante su evidente indiferencia, había actuado por impulso. Había sido un impulso estúpido. Ahora, aquella treta estaba a punto de estallarle en la cara. Las circunstancias habían querido que se librase de reunirse con la duquesa viuda al llegar a la mansión. El mayordomo les había informado de que se había retirado temprano aquejada de una terrible jaqueca. Pero, al día siguiente, no tendría tanta suerte. Y, si bien había tenido la fortuna de que el duque no descubriera su engaño, dudaba que esta se extendiera al encuentro con su madre. La duquesa había sido visitante habitual de los salones londinenses y Annie dudaba mucho de que no recordara a Kate. Su prima era una mujer llamativa, con su belleza pelirroja y sus ojos verdes. Y poseía fortuna propia. Seguramente, sería la candidata ideal para pescar a un duque. Y la madre de uno, sin duda, habría reparado en ello.

Así pues, tal y como lo veía ahora, solo tenía dos opciones, ambas igual de desagradables. Podía confesar la verdad antes de reunirse con la anciana dama, o podía esperar a que fuera la duquesa quien la desenmascarara. En ambos casos, el resultado sería el mismo. Quedaría como una mentirosa y no tendría la menor posibilidad de acercarse al duque. Eso si no la echaban a patadas por haber tratado de engañar a su excelencia.

Farfullando una maldición, descendió los escalones que conducían a los jardines traseros. Era una imbécil. ¿Qué mosca le había picado para tratar de llevar a cabo una artimaña tan mediocre? En realidad, lo sabía. Pese a su éxito, no había recibido ninguna petición de matrimonio adecuada. Los tres caballeros que habían pedido su mano eran mucho mayores que ella y, si bien había afirmado ante su prima que se casaría con cualquiera que le proporcionase la vida de respetabilidad y lujos que ansiaba, la realidad era que no podía evitar sentirse como una yegua de cría cada vez que alguno de aquellos caballeros la cortejaba. El duque, sin embargo, era todo lo que una mujer pudiese desear en un esposo. Era atractivo e inteligente y poseía una considerable fortuna. Además, su título estaba entre los más antiguos y respetados de Inglaterra, por lo que, pese a los errores pasados y a su estrambótica familia, no tendría dificultad alguna cuando decidiese recuperar su posición en sociedad. Y Annie estaba segura de que lograría hacer que regresase a los salones de baile y a la vida social si conseguía que se fijase en ella.

Frunció el ceño. Aquello parecía muy poco probable si descubrían su penosa estratagema. Había sido una soberana estupidez darle el nombre de su prima.

Con impaciencia, recorrió el sendero que rodeaba la casa. No era tan descuidada como para alejarse de la mansión a esas horas de la noche, ni siquiera aunque los jardines estuvieran rodeados por una tapia tan alta que resultara prácticamente imposible saltarla. Pese a su juventud, Annie siempre había tenido mucho cuidado con su reputación. Siendo la única hija de un barón encantador pero imperdonablemente pobre, había sabido que esta, junto a su belleza, eran sus únicas armas para lograr un buen futuro. Así pues, jamás se había escabullido con un pretendiente, ni permitido que ningún joven, adecuado o no, le robara un beso. Nunca había mirado con descaro u observado más tiempo del adecuado

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