¡A cerebrar!

Raquel Mascaraque

Fragmento

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¿Alguna vez has perdido las llaves, las has buscado por toda la casa y al final resulta que las tenías en la mano? Pues algo parecido nos ha pasado a los seres humanos con el cerebro. Hemos ido a buscar vida a Marte, pero realmente tenemos el universo más cercano y desconocido dentro de nuestro cráneo y solo lo llevamos estudiando —en vivo y en movimiento— doscientos años. ¿Sabéis lo que son doscientos años en la historia de la humanidad? Efectivamente, un pedo de neandertal. Pero déjame decirte que, aunque parezca poco, en este tiempo hemos descubierto que tiene cualidades y capacidades increíbles.

¿POR QUÉ TENEMOS CEREBRO?

Si nos preguntamos por qué tenemos cerebro, la respuesta más obvia podría ser: para pensar. Tendemos a suponer que nuestros cerebros son más grandes porque tenemos que guardar más ideas dentro. La capacidad de pensar, de alguna manera, es el superpoder del ser humano y nos hace distintos al resto de los animales, ¿no? Pues no. La verdad es un poco menos glamurosa: nuestro cerebro no evolucionó para que tú ganes un Goya o un premio Eficacia. Evolucionó, sencillamente, para sobrevivir.

Y es que, cuando en la prehistoria nuestros antepasados empezaron a cazar, de alguna manera lo cambiaron todo. Como describe la psicóloga Lisa Feldman en su libro Siete lecciones y media del cerebro, «una criatura pudo percibir a otra y se la zampó. Y no es que los animales no se comiesen antes, es que la caza implica la premeditación, y ahí es donde está la clave».

Ir dando un paseo por la selva encontrarte con un animal y comértelo porque eres más fuerte no requiere de cerebro, requiere de músculo. Pero la premeditación que implica la caza hace necesario planificar una estrategia, organizar la información, entender al contrario. Ahí está la diferencia y la pertinencia de un cerebro que te ayude a gestionarlo todo.

Y ya te puedes imaginar que cuando los animales comenzaron a premeditar su forma de cazar, la jungla de repente se convirtió en un lugar mucho más competitivo y peligroso. O evolucionabas y aprendías a percibir y entender bien tu entorno o eras carne de cañón, como suele decirse. Y esa evolución no solo consistió en mirar con los ojos muy abiertos a tu alrededor y correr mucho, sino en aprender a moverse de forma eficaz.

Por ejemplo, imagina que eres un lince y estás persiguiendo a una presa. Si no mides bien la distancia, otro depredador puede adelantarse y comérsela. Hoy no cenas. Si, por el contrario, tienes miedo de ser tú la presa de otro animal y te pasas todo el día huyendo de una amenaza inexistente, cuando realmente necesites los recursos para escapar de una amenaza real o para cazar, puede que ya los hayas gastado y te conviertas, esta vez sí, en la cena de alguien. Vamos, que tampoco cenas. Por eso, podemos decir que ser eficaz energéticamente fue clave para la supervivencia.

La psicóloga Lisa Feldman compara la capacidad de administrar un cerebro con la de administrar un presupuesto. Y es una metáfora bastante clara de cómo funciona todo. Por ejemplo, piensa que tienes cien monedas —o barritas de energía para el cerebro— y debes valorar la manera más eficaz de gastarlas para no desperdiciar nada de nada y poder pagar el alquiler, la comida, la luz, la wifi, el gas, la comida de la gata o del perro, el seguro del coche, el coche… y un sinfín de cosas que te hacen estar en movimiento continuo. ¿Cuál sería la mejor manera de ajustar bien un presupuesto? Cualquier persona experta en ahorros te diría que consiste en adelantarse a pequeñas sorpresitas que podamos tener, ¿no? Como operar de urgencia a tu perro porque se ha tragado un calcetín.

Con el cuerpo pasa un poco lo mismo. La predicción gana a la reacción. Saber exactamente cuándo tienes que correr antes de que el depredador vaya a por ti y no estar huyendo todo el rato te puede dar muchas más posibilidades de sobrevivir. Científicamente, esa capacidad de predecir y prepararse automáticamente para cubrir y satisfacer las necesidades del cuerpo antes de que estas ocurran se denomina alostasis.

Pero, volvamos a la actualidad. A este cerebro desarrollado y tan maravilloso que tenemos dentro.

¿CUÁLES SON SUS FUNCIONES BÁSICAS EN EL DÍA A DÍA?

El cerebro supervisa de manera eficiente más de 600 músculos en movimiento, equilibra docenas de hormonas distintas, bombea sangre a un ritmo de 7.600 litros diarios, regula la energía de miles de millones de células, digiere alimentos y hace que se evacúen los desechos, combate enfermedades… y todo ello de manera ininterrumpida durante aproximadamente ¿90 años?

LISA FELDMAN

Si tuviéramos que medir todas estas tareas que enumera Feldman, en presupuesto corporal sería como llevar miles de cuentas financieras en una gigantesca corporación multinacional. Y todo esto lo hace tu cerebro de 1,4 kilos y consume solo el 20 % de la energía corporal.

Entonces, si volvemos a la pregunta «¿por qué evolucionó el cerebro hasta convertirse en uno como el nuestro?», realmente no hay una causa contundente ni única, pero lo que sí sabemos es que la función más importante del cerebro no es la racionalidad ni la emoción ni la imaginación o creatividad, ni siquiera la empatía, sino gestionar nuestro cuerpo y predecir nuestras necesidades energéticas para poder así sobrevivir. Vamos, que su responsabilidad esencial es la de que ahorremos energía.

¿ES CIERTO QUE USAMOS SOLO EL 10 % DE NUESTRO CEREBRO?

Dime que no sería increíble pensar que aún podemos llegar a desarrollar en un 90 % nuestras habilidades y tener superpoderes tipo los de las pelis de Matrix o Lucy.

Entonces ¿es verdad? A ver, es verdad que podría parecer que algunas personas solo utilizan el 10 % de su capacidad cerebral, ¡eso sí te lo compro! Pero siempre que hablamos del cerebro nada es tan sencillo ni tan tajante como nos gustaría. Para empezar, el cerebro no funciona por bloques (no puedes encender la vista, apagar el gusto, encender el recuerdo de cuando mi prima me tiró por una cuesta con una bici sin frenos para recordárselo cada Navidad o apagar el dolor…), sino que funciona mediante conexiones entre las neuronas que lo componen.

Para que te hagas una idea: imagínate que te levantas por la mañana y te vas a tomar un café. Parece simple, ¿no? Vas a la cocina, coges el vaso, preparas la cafetera, echas el café en el vaso y le pones leche o bebida vegetal. Pues en esa tarea tan rutinaria que seguramente hagas todos los días sin darte cuenta, ya han participado, entre otras áreas, el lóbulo occipital (para controlar la vista), el lóbulo parietal, que integra la entrada de los sentidos, las cortezas sensorial y motora para procesar la información táctil y las funciones motoras voluntarias, los ganglios basales para iniciar e integrar el movimiento, el cerebelo para manejar el equilibrio y los lóbulos frontales como directores ejecutivos del cerebro. Una tormenta eléctrica de actividad neuronal ha ocurrido en el lapso de unos segundos dentro de tu cabeza, y tú todavía sigues teniendo las legañas pegadas al ojo.

¿Me explico? Lo que quiero decir es que el cerebro funciona con impulsos eléctricos que conectan las neuronas entre sí y permanece ocupado incluso cuando pensamos que no estamos haciendo nada. ¿Cómo piensas sino que respiras o te late el corazón? Aunque sean procesos inconscientes, nuestro cerebro sigue trabajando discretamente día y noche para que sean posibles.

Tenemos gran variedad de neuronas en el cerebro (aproximadamente cien mil millones).

La mayoría tienen una especie de ramas en la parte superior que se llaman dendritas y una estructura parecida a una colita en la parte inferior llamada axón. Cada axón de una neurona está conectado con las dendritas de otra, y así es como van formando estas conexiones llamadas sinapsis y se genera la magia. El axón envía una señal eléctrica liberando neurotransmisores (serotonina, dopamina, glutamato…) y las dendritas de la otra neurona lo recogen. Estos neurotransmisores inhiben o excitan a la otra neurona cambiando su activación. Una sola neurona puede influir en miles de neuronas, y miles de neuronas pueden influir en una sola, todo a la vez.

El neurocientífico Sebastian Seung denomina a la neurona de forma cómica como célula poliamorosa, ya que «desde su redondo cuerpo o soma extiende un abundante conjunto de ramificaciones con las que abraza a otros miles de neuronas».

Volviendo al mito del 10 %, como ya te imaginarás, este es un porcentaje muy específico para el complejo funcionamiento del cerebro, así que no es real. Eso sí, creo que podemos tomarlo como una especie de metáfora sobre lo poco que sabemos del cerebro. Sin embargo, no pierdas la esperanza, porque tu cerebro no es un músculo, pero funciona como tal en el sentido de que, si lo entrenas, puedes desarrollar habilidades que ni te imaginas. Además, cada persona vive y tiene experiencias diferentes, y esto hace que cada cerebro sea único, debido a la sinaptogénesis, que es la capacidad que tenemos de adaptarnos a nuevos desafíos creando conexiones entre neuronas.

CEREDATO

Retomemos ese cafecito que nos bebemos cada mañana, ¿no te pasa que antes te bebías uno y tenías la energía de un niño que se ha comido una bolsa entera de chuches y que, a medida que pasa el tiempo, ahora necesitas un par para saber quién eres por las mañanas? Cuando te acostumbras a beber café tienes que cargarlo cada vez más o beber mayor cantidad para que te haga el mismo efecto. Vamos, que, de alguna manera, podemos decir que generamos cierta tolerancia.

Esto pasa porque la cafeína se une a los receptores de la adenosina, que es una molécula que tenemos en el cerebro y que es la encargada de mandarnos a dormir. La adenosina se va acumulando en el cerebro a lo largo del día y nos dice cuándo es hora de irse a la cama, pero la cafeína que tomamos bloquea la adenosina, y por eso cuando te tomas un café no sientes esa sensación de cansancio.

Pero, claro, el cerebro no es tonto y sabe que necesitamos dormir para estar sanos, así que, cuando ve que la adenosina está siendo bloqueada un día tras otro, crea más receptores de adenosina. Y por eso cada vez tenemos que beber más cantidad de café para bloquear esos nuevos receptores.

TU CEREBRO EN CONTINUO CAMBIO

Como he comentado antes, el verdadero superpoder del cerebro es el de adaptarse a nuevos desafíos mediante la sinaptogénesis, es decir, mediante las nuevas conexiones neuronales.

Hay un famoso estudio que se hizo a más de dos mil taxistas de Londres antes y después de presentarse al examen para obtener su licencia. Tenían que estudiarse las más de mil calles de la ciudad para aprobar, y, como te podrás imaginar, efectivamente, algo cambió en sus cerebros cuando lo hicieron. Su hipocampo, el área del cerebro encargada, entre otras cosas, de almacenar y recuperar los recuerdos, se hizo más grande porque necesitaba adaptarse a nuevos desafíos, en este caso a esa tarea ingente de conocer cada calle de la ciudad. Es de película, ¿verdad?

Otro buen ejemplo es lo que sucede en el cerebro de los músicos, que también es alucinante. Tocar un instrumento involucra a casi todas las áreas del cerebro a la vez, y eso hace que todos tengan un mayor volumen y capacidad del cuerpo calloso. ¿El cuerpo qué? Te cuento: imagina que tu cerebro está dividido en dos ciudades: Hemisferio Izquierdo y Hemisferio Derecho. Los habitantes de Hemisferio Izquierdo hablan y escriben muchísimo, tienen una habilidad científica y numérica brutal y más dominio de la mano derecha que el mejor jugador de pádel. Y los habitantes de Hemisferio Derecho tienen muchísima intuición e imaginación, tienen una percepción tridimensional increíble y dominan con arte y salero la mano izquierda. Bueno, pues el cuerpo calloso es como el puente que une ambas ciudades. Vamos, como si construyeran una autovía en un pueblo de Galicia y ya no tuvieras que ir a 30 km por hora por una carretera de curvas, sino que de repente fueras en línea recta a toda velocidad. Tu vida mejora mucho. El cuerpo calloso permite que la información vaya más rápido por todo el cerebro a través de tus hemisferios, así que los músicos tienen esa gran ventaja.

Pero ya que hablamos del tema de los hemisferios, aprovecho y aclaro otro mito bastante extendido acerca del cerebro. No usamos solo un hemisferio, como si fuésemos de ciencias o de letras. Nuestro cerebro funciona de forma bihemisférica, es decir, utiliza ambos, y, aunque para entender su funcionamiento mejor sea más sencillo dividirlo y hablar de él en bloques, como hemos hecho antes, su gran éxito reside en las conexiones neuronales y en la capacidad que tienen todas esas partes de comunicarse y trabajar juntas.

Este descubrimiento de la interrelación de las partes del cerebro lo cambió todo. Antes creíamos que nuestra capacidad de aprendizaje era como una barra de carga que se iba llenando, pero, al descubrir la neuroplasticidad cerebral, sabemos que, con las conexiones neuronales, nuestras posibilidades de aprendizaje son prácticamente ilimitadas. Y ya como guinda del pastel te diré que el cerebro no solo tiene la capacidad de crear nuevas redes neuronales, sino de reorganizar sus rutas neuronales ya existentes. Para que lo entendamos, Marta Romo, en su libro Entrena tu cerebro, lo explica con un ejemplo que a mí me parece muy claro: «Estas redes neuronales son como surcos que hace la rueda de un coche, cuantas más veces pasas por el mismo sitio, más hondo se hace ese surco. Estos surcos los podemos asemejar a las creencias, y lo que hace que estas creencias sean duraderas es la mielina, que es un aislador neuronal para que los impulsos eléctricos vayan más rápido». Por tanto, cuando tenemos redes neuronales o rutas neuronales muy marcadas, con surcos profundos, tenemos una gran ventaja, y es que esas creencias o hábitos están muy arraigados en nosotros, y por tanto pondremos todo nuestro ahínco en potenciarlos y mantenerlos. Aunque esto también puede ser un hándicap porque, si esos hábitos o creencias son malos o erróneos, nos costará mucho cambiarlos.

Einstein decía que es más fácil romper un átomo que una creencia. Las creencias son muy difíciles de romper, pero eso no implica que sea imposible.

SESGOS Y HEURÍSTICAS: LOS ERRORES MÁS COMUNES DEL CEREBRO

Como ya sabes, el principal objetivo de tu cerebro es el de ahorrar energía de forma eficiente, y tomar decisiones es algo muy complicado, así que el cerebro inventó una manera de ser más eficaz en este trabajo tan duro. El neurocientífico Antonio Damasio acuñó un término para este funcionamiento low cost de nuestro cerebro: marcadores somáticos. Estos son atajos para ahorrar energía basados en nuestras experiencias previas. Todo lo que vivimos hace que almacenemos en nuestra memoria una serie de sensaciones y emociones que son agradables o desagradables cuando pensamos en ellas. La relación entre el estímulo o el recuerdo de esa experiencia y la emoción que asociamos a ello es el marcador somático.

Por ejemplo, si un día de invierno un niño pequeño toca un radiador caliente y se quema, probablemente nunca más lo haga, o, al menos, no tan a la ligera. El cerebro aprende que la experiencia de tocar un radiador caliente le hace daño y la próxima vez no caerá en la trampa y decidirá automáticamente no hacerlo. Y así ahorra energía.

Pero, como ya te imaginarás, es un plan con alguna fisura que otra porque, de tanto querer ahorrar energía, tu cerebro a veces se equivoca, toma demasiados atajos y esto puede llevarnos a cometer errores.

Cuando los marcadores somáticos nos son realmente útiles se convierten en heurísticas (atajos para ahorrar energía) y cuando nos llevan a cometer errores sistemáticos los llamamos sesgos. A continuación, te voy a presentar algunos de los más populares y estudiados:

• Sesgo de representatividad: es la tendencia que tiene nuestro cerebro a dar más probabilidades a lo que es más representativo en nuestra mente. Por ejemplo, si yo te digo que ayer estuve visitando un monumento de París, ¿qué piensas? Lo más probable es que hayas pensado en la torre Eiffel porque es un símbolo muy representativo de Francia y cuando pensamos en Francia siempre pensamos en ella. Pero hay otros muchos, como Moulin Rouge, Montmartre o el Arco del Triunfo en los que no pensaríamos tan rápido.

Martin Schleicher, profesor de la IAE Business School, ponía otro ejemplo muy interesante: si yo te digo que Pablo es una persona introvertida, poco sociable, muy ordenado y detallista. ¿Dirías que es granjero, piloto o bibliotecario? La mayoría de la gente pensará que es bibliotecario por las características que te he enumerado (un prejuicio en toda regla creado por la industria del cine), pero lo cierto es que hay muchísimos más granjeros que bibliotecarios, así que por estadística sería más probable que fuese granjero. ¿Entiendes por dónde van los tiros?

• Sesgo de disponibilidad: se da cuando creemos que es más probable un evento o información que nos sea fácil recordar o esté más disponible en nuestro cerebro. La lógica de tu cerebro es que si lo recordamos es porque debe ser importante, ¿no? Los medios de comunicación tienen mucho que ver en la heurística de disponibilidad, ya que cuando repiten algo mucho por la tele creemos que es más probable que suceda, puesto que se queda grabado en nuestra mente. Si hay un accidente de avión, sale en las noticias durante varios días, y si justo vas a coger un vuelo puede que se te pase por la cabeza la idea de cancelarlo por miedo a volar. Pero, realmente, hay muchísimos más accidentes de coche y no por ello dejamos de ir a trabajar en coche todas las mañanas. Lo que sucede es que no tenemos disponibilidad de ejemplos porque no salen en las noticias con tanta frecuencia e insistencia.

• Sesgo de anclaje: es el precio que fija nuestro cerebro desde el principio cuando hacemos una negociación de cualquier cosa. Son los mínimos y máximos con los que negocias. En Marruecos lo vemos a menudo con el comúnmente conocido regateo. Si te dicen que un collar vale cincuenta ­euros, no se te ocurre decirle te doy cinco, porque la diferencia entre ambos precios sería muy grande, sino que negociarías en un marco más cercano, de diez o veinte euros menos. Ten en cuenta este sesgo cuando vayas a pedir un aumento de sueldo para que no te anclen en una cifra más baja. Si puedes marcar tú la cantidad, mejor que sea más alta de lo que esperas.

Otro ejemplo de Martin Schleicher para el efecto ancla: si te preguntan si sabes si el agua hierve a una temperatura mayor o menor de diez grados en la cumbre del Everest, ¿a cuántos grados pensarías que hierve? No tienes por qué saber la respuesta, simplemente di el primer número que se te venga a la cabeza. La respuesta correcta es a unos setenta grados, pero la mayoría de las veces tu cerebro suele pensar en un número que está cerca de los límites que le has marcado y posiblemente se ha equivocado por ahorrar energía. Sin embargo, si la pregunta hubiese sido si hierve a más o menos de doscientos grados, la respuesta seguro que hubiese sido también diferente. Así razonamos la mayoría de los seres humanos. Y llevando esto al mundo del marketing, esta heurística funciona también mucho en las rebajas. Si ves una camiseta que estaba a setenta y dos euros y la han bajado a treinta y dos, piensas: buahhh qué maravilla, qué ofertón, no puedo dejar pasar esta oportunidad, COMPRO.

• Sesgo efecto sopa de rana: es un nombre basado en algo cruel que, por favor, pido que nadie experimente en su casa. Dicho esto, imagina que metes una rana en una olla hirviendo. La rana saltaría de la olla inmediatamente. Pero si la metes en agua templada y luego la pones a hervir lentamente, la rana se quedaría ahí, tan a gusto, y cuando el agua empiece a estar muy caliente la rana ya no tendría escapatoria porque sus músculos están demasiado contraídos para saltar, y ¿qué pasa? Efectivamente, todo acaba en una sopa de rana. Pues esto nos pasa también a los humanos con la vida. Cuando te vas a comprar una casa y te dicen doscientos cincuenta mil euros en un solo pago, saltas inmediatamente y dices que no en la mayoría de los casos. Pero si te dicen que puedes pagar en cómodos plazos durante el resto de tu vida, es otra cosa. El ser humano no suele aceptar bien los cambios bruscos, así que nuestro cerebro prefiere los que le permiten adaptarse poco a poco.

• Efecto halo: es la tendencia que tenemos los seres humanos a generalizar a partir de un solo atributo. Por ejemplo, entras en un trabajo nuevo, vas a la cocina a hacerte un café y te cruzas con un compañero que te sonríe. Tu cerebro va a creer que esa persona es más amable y te ayudará con más ganas que otra persona que no te haya sonreído. Y puede que esa persona sea la mayor arpía de la empresa, pero le acaban de subir el sueldo y está contento. Tendemos a crear nuestra opinión de alguien o algo en función de la primera impresión que te haya causado.

De hecho, cuando vemos a alguien guapo, exitoso y amable, no podemos evitar pensar que esa persona es buena, porque generalmente las personas atractivas se perciben como más inteligentes, con más habilidades sociales, más altruistas, con mejor salud física y mental… De hecho, el efecto halo puede nublar tanto nuestro juicio que incluso puedes llegar a justificar un acto atroz como el de un delito si la persona es guapa, pensando que quizá esa persona se vio en la obligación, no tuvo otra opción… Algo que nos costaría mucho más pensar de una persona con un aspecto de delincuente al uso.

El abogado Rod Hollier hizo veintisiete estudios sobre el sesgo del atractivo físico en el sistema legal y afirma que «los efectos del atractivo físico en los jueces fueron tan influyentes que multaron a los delincuentes poco atractivos un 304,88 % más que a los delincuentes atractivos». Todos fueron condenados, pero los más guapos tuvieron mejores sentencias.

Por último, otro estudio muy curioso de la universidad de Singapur dice que las personas altamente atractivas cobran un 20 % más y son más recomendadas para promocionar. ¡Es muy fuerte! Aunque nada es blanco o negro, porque, según un estudio hecho a más de veinte mil jóvenes sobre su experiencia laboral a lo largo de diez años, si eres extremadamente guapo puedes llegar a intimidar, o si eres extre

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