Prólogo
¿Qué nos está pasando?
Mientras respiramos aliviados por haber sobrevivido a una pandemia, nos hundimos en otra: la de la salud mental. Una cuarta parte de los adultos del planeta sufre algún trastorno, y solo uno de cada tres recibe los tratamientos debidos. Una persona se suicida cada cuarenta segundos. Trescientos millones hoy padecen trastornos de ansiedad. Y esta ansiedad globalizada se ha convertido en una sigilosa pandemia.
Una de las fuerzas que la nutre es la percepción de que vienen grandes cambios, que esos cambios nos afectarán a todos, y que no sabemos cómo, dónde ni cuándo viviremos las consecuencias de las nuevas realidades que se nos avecinan. Sabemos que serán importantes, y que se van a manifestar en todas partes y en todos los ámbitos sociales. Algunos de ellos serán bienvenidos y otros maldecidos.
Ya comenzamos a tener los primeros indicios de algunos de los más serios: la crisis climática, la feroz polarización reflejada en el aumento de la conflictividad social, los enfrentamientos entre las superpotencias, la corrupción que ha penetrado en muchas sociedades y la revolución digital y, concretamente, la inteligencia artificial y su amplio menú de impactos sobre la forma en que hemos vivido hasta ahora.
La lista de amenazas que dificultará mantener nuestra vida es variada y se manifiesta de diferentes maneras en distintas partes del mundo. Pero en todas partes se traduce en un boom de la ansiedad que no respeta fronteras y que afecta a nuestras conductas, aspiraciones, trabajo, educación y comunidad; en fin, a cada uno de nosotros.
¿De dónde viene tanta ansiedad? De no saber bien qué es lo que nos está pasando.
En los años treinta del siglo pasado, el respetado pensador español José Ortega y Gasset, preocupado por la situación de conflictividad que se vivía en Europa, escribió en uno de sus libros: «No sabemos lo que nos pasa, y eso es precisamente lo que nos pasa, el hecho de no saber lo que nos pasa… Esa es siempre la sensación vital que asedia al hombre en periodos de crisis históricas».
No hay duda de que muchos de los elementos que detectó Ortega y Gasset en el siglo pasado se encuentran hoy con nosotros, y están cargados de amenazas. Es por lo tanto urgente entender qué es lo que nos está pasando, y qué hacer al respecto.
Esta no pretende ser mi propuesta de soluciones a los grandes problemas de estos tiempos. Mi meta es menos ambiciosa: identificar los elementos soterrados que crean las amenazas a las que nos enfrentamos, nombrarlos y arrojar luz sobre ellos. No es más que un primer intento de descifrar los cambios que se avecinan y sus posibles consecuencias.
Así pues, este libro representa mi intento de comprender qué es lo que nos está pasando como países, sociedades e individuos. He tenido el enorme privilegio de poder desarrollar estas reflexiones en público, a través de un artículo semanal que aparece en un buen número de publicaciones alrededor del mundo. En sus manos está el resultado de ese ejercicio: una colección de columnas escritas entre 2016 y 2023. Se reproducen aquí tal como fueron publicadas.
Se trata de la segunda entrega luego de Repensar el mundo. 111 sorpresas del siglo XXI, publicado en 2016. En estas columnas voy deshilachando, semana tras semana, los eventos que siembran tanta ansiedad en nuestros tiempos.
Mi trabajo como analista y escritor también me llevó a publicar varios libros que, a mi juicio, ayudan a entender facetas importantes de lo que nos está pasando. En Ilícito. Cómo traficantes, contrabandistas y piratas están cambiando el mundo explico que la criminalidad ya no es lo que un día fue: ahora es global, cibernética y, sobre todo, política. En los comienzos del siglo XXI, esta se ha apoderado de países enteros y se ha convertido en una fuerza transnacional. El crimen organizado ha tomado gobiernos y se ha atrincherado en ellos, afectando las relaciones internacionales de maneras que no habíamos visto antes. Y aquellos gobiernos que no han sido tomados por grupos criminales están haciendo lo que pueden para contener su asalto con muy poco éxito.
¿Por qué no lo logran?
Esa es la pregunta que me animó a escribir El fin del poder. Empresas que se hunden, militares derrotados, papas que renuncian y gobiernos impotentes: cómo el poder ya no es lo que era. El mensaje central de ese libro es que el debilitamiento del poder es un fenómeno mundial y generalizado, y lo encontramos tanto en el Pentágono como en el Vaticano, así como en gobiernos, empresas, sindicatos, en el mundo de la educación, la ciencia y la cultura, en bancos de inversión y organizaciones no gubernamentales, entre tantas otras esferas. En todas ellas, el poder se ha hecho más fácil de obtener, más difícil de usar y más fácil de perder.
Pero ese debilitamiento no ha sido unidireccional. Quienes aspiran a ejercer el poder sin límites se han adaptado a las nuevas condiciones del siglo XXI. Así como existen fuerzas centrífugas que dispersan el poder, hay otras centrípetas que lo concentran. Estas se manifiestan en nuevas tácticas y estrategias que han sido explotadas por los autócratas y quienes aspiran a serlo. Por eso, en La revancha de los poderosos explico cómo el populismo, la polarización y la posverdad —las 3P— se han convertido en las herramientas preferidas de una nueva camada de autócratas que amenazan a la democracia en el mundo. Imitan a los demócratas, pero son autócratas en sus actuaciones.
En cada uno de estos libros he querido revelar nuevas tendencias y realidades que cambiarán al mundo. Pero procuro no olvidar nunca la célebre frase de Rose Bertin, modista de María Antonieta y pionera de la alta costura francesa del siglo XVIII: «De nuevo no hay sino lo que hemos olvidado». Sé, como Bertin, que el mundo está lleno de lo que parece nuevo mas no lo es, así como de cosas olvidadas por viejas que de un momento a otro recobran vida y sacuden a la sociedad.
Sortear ese juego de espejismos entre lo nuevo, lo viejo, lo olvidado y lo mal recordado es la esencia del quehacer del columnista.
¿Por qué? Porque todos los días aparecen noticias e interpretaciones sobre eventos que, según se nos dice, cambiarán la trayectoria de la humanidad. Pocas veces resulta cierto. Tal como decía el renombrado cantante de salsa Héctor Lavoe en su canción «Periódico de ayer», la trayectoria natural de la noticia pasa de ser
Sensacional cuando salió en la madrugada,
a mediodía ya noticia confirmada
y en la tarde materia olvidada.
También es verdad que algunas veces —pocas— aparecen noticias que tocan temas que lucen transitorios, pero en pocos años terminan provocando cambios profundos e inusitados. El trabajo remoto o la educación a distancia son buenos ejemplos de actividades humanas fundamentales cuyos cambios parecían transitorios pero que —ahora lo sabemos— son mucho más permanentes de lo que suponíamos. Y lo curioso es que esos datos pasan casi desapercibidos. Nos llegan enterrados en las páginas interiores, a menudo colocados hacia el final de un artículo que muy pocos leerán.
Basta pensar en la declaración que emitieron los jefes de Estado y de Gobierno de la OTAN al concluir una lejanísima cumbre en Bucarest, Rumanía, en los primeros días de abril de 2008. Un lector hubiese tenido que llegar al párrafo veintitrés de aquel texto denso y burocrático firmado por George W. Bush, Nicolas Sarkozy, Angela Merkel y José Luis Rodríguez Zapatero, entre otros, para enterarse del detalle que acabaría llevando a Europa a su peor guerra en ocho décadas: la declaración oficial que abría las negociaciones con Ucrania para que se uniera a la alianza. Pocos medios se detuvieron en ese hecho en su momento, y ninguno lo interpretó correctamente. Al contrario: una nota de Reuters sobre la cumbre llevaba como título, sencillamente, «Putin a la OTAN: “Seamos amigos”».
Lo nuevo en aquel momento era lo olvidado: que desde hacía más de mil años los rusos consideraban a Ucrania una pieza fundamental de su imperio y, por ende, aquel recóndito párrafo veintitrés habría de convulsionar la historia.
Siempre recuerdo esto cuando reflexiono sobre lo que debo escribir en la columna del próximo domingo. Tengo la convicción de que en alguna parte del mundo se produce un párrafo veintitrés de algún tipo casi todos los días. El reto es identificarlo.
Lamentablemente, en el mundo de los medios de comunicación sociales es común redundar sobre lo ya sabido. Mientras la esfera pública se dedica a cubrir unos pocos hechos vistosos, las fuerzas reales de la historia siguen adelante su camino sin que nadie repare mucho en ellas. Es así como cada sociedad se va formando sus puntos ciegos, que la dejan luego indefensa ante los vaivenes del mundo.
Las columnas que aquí se compaginan son el resultado de mi insatisfacción con esta situación. Responden a mi convicción de que ante el estruendo de la primera página lo que perdemos es lo más importante: la sensibilidad ante las señales débiles que indican la inminencia de un cambio telúrico.
Estas páginas presentan aspectos significativos de una historia alternativa de los últimos años. Mi meta es ir al encuentro del detalle fugaz que acabará por poner al mundo de cabeza, la tendencia soterrada que gradualmente invierte las certidumbres, el pie de página olvidado que al final nos transforma la vida a todos. O reinterpretar lo ya sabido para hacer visibles sus implicaciones en ámbitos aparentemente inconexos.
A veces, los detalles pueden parecer banales. Por ejemplo, la escasez mundial de bicicletas que se manifestó unos meses después de declarada la pandemia de covid-19 luce como un dato aislado y sin importancia. El daño cognitivo que sufrieron los italianos que crecieron viendo los programas de televisión chatarra producidos por Mediaset —la empresa de medios de Silvio Berlusconi— puede ser interpretado como un problema meramente italiano. La creciente disposición de los dictadores a organizar simulacros de elecciones es tratada como una práctica común.
No lo son. Si estos son los datos y las circunstancias a los que regresa una y otra vez mi análisis es porque intuyo que llevan dentro el germen de grandes transformaciones. Demuestran, en un momento incipiente, las temáticas que dominarán nuestro futuro: nuevas tecnologías —desde la inteligencia artificial hasta la manipulación de genes—, el conflicto dentro de una sociedad o entre países, el deterioro de la esfera pública y el auge de nuevas formas de autoritarismo disimulado.
Por supuesto, los cambios telúricos no son fáciles de avistar: en eso precisamente consiste que sean telúricos. La corteza terrestre se desplaza solo una vez que las fuerzas soterradas que la impulsan llegan a un nivel crítico, suficiente para vencer la resistencia que genera la inercia. Pero las fuerzas que la ponen en movimiento están ahí en todo momento, acumulándose sigilosamente hasta que un día una catástrofe las revela en toda su potencia. Son fuerzas que pasan de invisibles a inocultables en un instante. Por ello, no es sorprendente que los geólogos se obsesionen con la búsqueda del menor indicio que las delate antes de que causen un terremoto.
Lo mismo me pasa a mí. Ando siempre a la búsqueda —con cuánto éxito, deberá juzgarlo usted— de la señal leve que apenas se percibe, del detalle que lleva a lo olvidado a convertirse en lo nuevo. Y los busco porque creo que son la llave que abre el cerrojo de lo que nos está pasando.
No es poca cosa. Entender qué es lo que nos está pasando es una labor vital, el primer paso en un plan profiláctico contra la ansiedad paralizante que define a nuestra era.
MOISÉS NAÍM
Washington, D. C.
2023
Un mundo sin precedentes
Esto es nuevo. Nunca había pasado algo así. Después del espanto, el dolor y la indignación, esta fue la reacción instintiva —y correcta— que muchos tuvimos ante la barbarie desplegada por Hamás.
A pesar de las incontables tragedias que ha sufrido Israel en sus setenta y cinco años de historia, de ataques sorpresa y atentados terroristas, nunca había vivido un asalto de corte militar en contra de su población civil a esta escala.
Las escenas que muestran terroristas deambulando tranquilos por las calles y asesinando o secuestrando indiscriminadamente a sus víctimas son tanto crueles como inéditas. Nunca antes el terrorismo había golpeado tan ferozmente al corazón de la sociedad israelí.
El horror que nos produce la barbarie de Hamás no debe, sin embargo, nublar la visión de otras situaciones inéditas que se están dando en la política israelí. Ya antes del ataque, el país estaba enfrascado en una crisis política sin precedentes. La polarización en Israel es tan profunda que, para formar gobierno, el primer ministro, Benjamin Netanyahu, ha estado dispuesto a aceptar las radicales condiciones exigidas por minúsculos grupos políticos.
Nunca se había incluido en un gobierno israelí a los políticos más virulentos de la ultraderecha de ese país o a los religiosos ultraortodoxos. Estas minorías logran imponer políticas extremistas que afectan al resto de la población. Hasta ahora Israel no había tenido que ir a la guerra con una sociedad tan dividida.
Pero no es solo en Oriente Próximo donde reina el «nunca antes». Lo mismo está sucediendo en Estados Unidos. Un minúsculo grupo de congresistas republicanos de extrema derecha allí también logró sacar de su escaño al jefe de la bancada republicana, Kevin McCarthy, a mitad de su periodo; cosa que tampoco había sucedido antes. En España, y en otras democracias, la tiranía de las minorías genera regularmente situaciones nuevas.
Las situaciones sin precedentes no solo tienen que ver con la política, la guerra o la economía. La más importante que hoy vive el mundo es el cambio climático. Nunca antes la temperatura del planeta había aumentado al ritmo que lo hace hoy. Los científicos están tocando todas las alarmas ante el avance del fenómeno, que nos lleva a escenarios absolutamente novedosos.
Tampoco habíamos visto una crisis migratoria de la envergadura de la que se está viendo en la frontera sur de Estados Unidos o en la cuenca mediterránea de Europa. Y apenas empezamos a descubrir el modo en que la depredación ambiental fomenta flujos migratorios nunca vistos.
No obstante, en el terreno de lo inédito no todo es malo. Nunca antes las personas —al menos las privilegiadas por el acceso a la tecnología— habían podido trabajar desde su casa. Los números de quienes ahora trabajan de manera remota son enormes y sus consecuencias del todo nuevas. La cantidad de oficinas vacías en Londres o Estados Unidos ha alcanzado su punto más alto en veinte años. Lo mismo está sucediendo con la educación a distancia o la prestación de servicios de salud. Nunca antes la distancia física había sido tan intrascendente para la vida de tanta gente.
Y, en el campo científico, los «nunca antes» se multiplican cada vez más vertiginosamente. Nunca antes la humanidad había tenido la capacidad de editar con precisión el código genético de los organismos, tal y como lo permiten innovadoras tecnologías como CRISPR/Cas9, que permite alterar el ADN de cualquier organismo.
Por otro lado, nunca antes nuestra capacidad para alterar el código genético había sido lo suficientemente sutil para permitir la manipulación del ARN mensajero con fines terapéuticos. Esto lo logró Katalin Karikó, la ganadora del Premio Nobel de Medicina de 2023, por las investigaciones que permitieron desarrollar las vacunas modernas contra la covid-19. Y ya comienza a entenderse que la inteligencia artificial no es tan solo un software más, sino que constituye en sí un histórico «nunca antes» que puede acabar con la civilización tal como la hemos conocido.
En este mundo sin precedentes ocurre más de todo, y más rápido. Una geopolítica fragmentada y un ecosistema global vapuleado dan pie a riesgos existenciales para el género humano, al tiempo que los avances de la ciencia y la tecnología nos empoderan de maneras inimaginables. Esto tendemos a celebrarlo, pero tiene su lado oscuro: Hamás, por ejemplo, cometió sus crímenes combinando tácticas medievales con tecnologías actuales.
Y para quienes nos toca vivir estos tiempos, todo ello hace mucho más difícil pensar a futuro. Porque, como seres humanos, nuestra tendencia es siempre tratar de predecir lo que viene con base en lo que ya ha sucedido. Pero cuando tantas cosas que pasan son nuevas, esa táctica suele fallar.
Mientras nos quedamos viendo por el espejo retrovisor, el futuro se nos escapa.
15 de octubre de 2023
La recesión encubierta
Mucho se ha dicho que el mundo vive una «recesión democrática», con la democracia retrocediendo en muchas partes. Pero hay otra recesión soterrada, que va de la mano de la primera, pero la rebasa: la del Estado de derecho a escala global.
¿Qué es el Estado de derecho? Una serie de instituciones que garantizan que la sociedad funciona con base en normas explícitas que se hacen cumplir imparcialmente. Este concepto abarca muchas cuestiones: los límites al poder gubernamental; el control de la corrupción; la transparencia en las decisiones del Gobierno; la protección de los derechos civiles fundamentales, el orden público y la seguridad ciudadana; el cumplimiento de normas y reglamentos y, en general, el buen funcionamiento de la justicia.
La democracia sin Estado de derecho es hueca. Uno puede vivir en un país donde el Gobierno se escoge en unas elecciones, pero si ese Gobierno viola una y otra vez los límites a su poder, es corrupto, opaco y transgrede derechos fundamentales del individuo, difícilmente se puede decir que uno vive en libertad. Donde no hay orden, los reglamentos no se cumplen y los tribunales están amañados, de poco sirve celebrar unos comicios cada tantos años.
De ahí lo grave del enorme estudio que acaba de publicarse y que se resume en el «Índice del Estado de derecho» del World Justice Project (WJP), en el que se recogen las percepciones y experiencias en 142 países, basándose en encuestas a unos 149.000 hogares y a más de 3.400 expertos.
Lo que descubren es preocupante. El Estado de derecho está en retroceso. «Nuestros datos muestran que, en el último año, el Estado de derecho ha empeorado en 82 países, o 59 por ciento de los incluidos en el índice», dice Daniela Barba, investigadora del WJP. «En América Latina y el Caribe, vemos que 18 de los 32 países de la región vivieron una degradación de este», añade. Y estos no son datos aislados. Dicha degradación es un fenómeno mundial. Por sexto año consecutivo, hay más países empeorando que mejorando su puntuación.
A nadie le sorprenderá que los países del mundo donde el Estado de derecho es más fuerte son los que brindan una excelente calidad de vida a sus ciudadanos: sobresalen los escandinavos, con Dinamarca, Noruega, Finlandia y Suecia en los cuatro primeros puestos, y con naciones como Alemania, Nueva Zelanda, Países Bajos e Irlanda también en los diez primeros.
Del otro extremo encontramos una serie de países devastados por el conflicto y la corrupción. Entre los diez con peor puntuación están Camerún, Egipto, Nicaragua, Haití y Camboya, pero todos ellos superan a mi querida y malograda Venezuela, que aparece en el último lugar del ranking mundial, pues el poder del Gobierno no tiene límites y sus tribunales no funcionan en lo más mínimo.
Uruguay, Costa Rica y Chile encabezan el índice en América Latina, todos ellos colocándose por encima del 60 por ciento de la puntuación ideal (Dinamarca llega al 90 por ciento). Pero en casi toda la región las cifras muestran un descenso: en Nicaragua, El Salvador, Ecuador y México se han producido fuertes caídas este año en la fortaleza del Estado de derecho. Honduras muestra la mayor mejora en la región, aunque con una puntuación que asciende al 41 por ciento.
No obstante, Estado de derecho no es lo mismo que democracia, y no hay que confundirlos. Hay países, como Singapur, donde es casi imposible cambiar el Gobierno a través del voto, pero donde sí hay Estado de derecho. Efectivamente, Singapur queda en el puesto 17 del índice global, por delante incluso de democracias consolidadas como Francia, España e incluso Estados Unidos.
Pero es la excepción. Mucho más comunes son los casos donde poco a poco va menguando el Estado de derecho y luego se derrumba la democracia, que ya no tiene cómo defenderse. Es por ello que resulta tan preocupante la tendencia sostenida en el tiempo que constata el World Justice Project. Porque a medida que el primero va perdiendo vigencia en más y más países, la segunda se va haciendo cada vez más endeble y vulnerable.
Casos como el de Argentina, que pasó de ocupar el puesto 46 en 2019 al 63 este año, son muy preocupantes. Esto también es válido para Colombia, que bajó del puesto 71 al 94 en siete años; Perú, que descendió del 60 al 88, y de México, que bajó del puesto 79 al 116. En todos estos países la erosión de las bases institucionales de la democracia ha sido gradual e imperceptible. Pero sus consecuencias a largo plazo son inestimables.
Y quizá es debido a esto que los casos de países en vías de democratización se han vuelto tan excepcionales últimamente. Porque transitar el camino a la democracia donde el Estado de derecho no tiene vigencia es mucho más difícil que hacerlo donde cumplir las normas es ya un hábito establecido.
29 de octubre de 2023
Modi: de primer ministro a rey de Bharat
Un rey se baña tranquilamente en uno de sus ríos cuando se acerca una cierva malherida que está a punto de dar a luz. Sobrecogido por la compasión, el rey adopta al venadito que nace de ella. Lo convierte en su mascota y se apega a él con tal pasión que, muchos años después, al momento de su muerte, su última sensación es el ilimitado afecto que siente por el animal. Por eso, el legendario rey Bharata, el primer soberano que logró unir a toda la India bajo su mando, habría de reencarnarse en venado. Estamos aquí en el mundo del mito y de la leyenda. También de la realidad. Bharata, el nombre de este rey, deriva de Bharat, el nombre de la India en Sánscrito, que significa «las tierras del rey Bharata».
Bharat es el nombre que el primer ministro de la India, Narendra Modi, le quisiera dar a su país. Hay muchas formas de practicar el populismo y una de ellas es esta. Sirve para demostrar poder, para nutrir las narrativas que demonizan el pasado reciente de la nación y conmemorar el siempre glorioso pasado lejano. También sirve para crear debates que distraen a la opinión pública de los fracasos cotidianos que suelen sufrir los gobiernos. Así, Persia se convirtió en Irán, Birmania en Myanmar, Venezuela en República Bolivariana de Venezuela y pare usted de contar.
Cabe notar que el nombre del partido político de Modi es Bharatiya Janata (BJP), el Partido del Pueblo de Bharat, o, lo que es lo mismo, el Partido Popular Indio. Y es que toda esta familia de palabras —Bharata, Bharat, Bharatiya— tiene un mismo origen religioso: sale de las escrituras sagradas del hinduismo, empezando por el Mahabharata, algo así como el Antiguo Testamento de esa religión, que no es otra cosa que la épica del reino de Bharat.
Y he aquí el problema: la India de hoy, el país más poblado del mundo, es una nación mucho más diversa de lo que lo fue en los tiempos de la leyenda. Contiene el impresionante número de 950 millones de hinduistas que constituyen la base de apoyo al nacionalismo hinduista de Modi. Pero también es el hogar de 170 millones de musulmanes —más que los que hay en Irán y Arabia Saudí juntos—, así como 28 millones de cristianos, 20 millones de sijs, 8 millones de budistas y múltiples grupos más pequeños. Tratar de imponer un término meramente religioso como Bharat para designar al país entero es un agresivo acto de populismo chovinista. Ignorar la identidad nacional de más de 200 millones de ciudadanos de la India que no son hindúes es una peligrosa provocación.
Y no es de extrañarse, porque el chovinismo religioso ha sido moneda de curso para Modi desde que empezó su carrera. En 2002, cuando una serie de disturbios entre comunidades religiosas sacudió al estado de Gujarat, el entonces gobernador Modi se quedó de brazos cruzados mientras más de mil musulmanes eran asesinados por hordas de hindúes enardecidos. El aprendizaje que extrajo Modi de esta tragedia se manifestó en su conducta política: mientras más cruel se mostrase ante la minoría musulmana, mayores victorias electorales cosecharía.
El Gobierno del BJP que lidera Modi nunca ha dejado de inflamar las tensiones religiosas como método de aferrarse al poder. A través de una gigantesca maquinaria de redes sociales, el BJP y sus organizaciones afines se dedican a azuzar la animadversión entre comunidades cada vez que se avecina un periodo de elecciones. En cadenas de WhatsApp corren rumores explosivos sobre abusos sexuales perpetrados por pederastas musulmanes contra niñas hindúes, y por supuesto subrayan el voraz apetito de los musulmanes hacia la vaca, considerada sagrada por el hinduismo.
El revanchismo hinduista no solo ataca al islam. En junio, agentes secretos de la India asesinaron a plena luz del día a Hardeep Singh Nijjar, un reconocido líder de la comunidad sij, en un apacible suburbio de Vancouver, en Canadá. Las acusaciones del Gobierno canadiense ante este ultraje crearon un incidente diplomático global, lo que provocó unas tensiones sin precedentes entre la India y países occidentales que poco tiempo atrás eran amigos.
Modi ha perfeccionado las técnicas del populismo, la polarización y la posverdad, y continúa utilizándolas para aferrarse al poder. Pretender cambiar el nombre a la India por un término meramente hinduista como Bharat encaja perfectamente en este patrón de comportamiento que está poniendo en peligro el legado democrático que dejó Gandhi. Y todo esto a nombre del rey Bharata, que solo quería cuidar a un venadito.
30 de septiembre de 2023
Dictadores sin salida
Uno de los grandes debates de nuestro tiempo es cómo tratar a los dictadores. En decenas de países hay un choque frontal entre quienes solo aceptan la salida incondicional y el eventual enjuiciamiento y condena del dictador y sus secuaces y quienes están dispuestos a aceptar horribles concesiones con tal de establecer una democracia.
Es un tema cuya urgencia se ha hecho imposible de ignorar desde la criminal invasión que lanzó el dictador ruso contra el vecino democrático en su frontera. Pero no es solo un problema ruso: desde los campos de concentración que mantiene el Gobierno chino en Xinjiang hasta el férreo control sobre la disidencia que mantiene desde 1979 Teodoro Obiang en Guinea Ecuatorial, en el mundo hoy gobiernan no menos de 39 dictadores (sin contar los ocho reyes, emires y sultanes que gobiernan unipersonalmente).
De esos 39 dictadores hoy en el poder, 20 de ellos ejercen su poder sin límites en África, 14 más en Asia, 3 en América Latina y 2 en Europa. Tres dictadores comandan arsenales nucleares —Vladímir Putin, Xi Jinping y Kim Jong-un—. Otros tiranizan países de gran peso geoestratégico como Egipto, Cuba y Vietnam. Y entre ellos se encuentran los jefes de muchos de los países más pobres del mundo: Burundi, Laos, Nicaragua y otros tantos más cuya miseria se deriva en muchos casos del liderazgo incompetente y corrupto del dictador.
Salir hoy de un dictador es mucho más difícil de lo que era hace un par de generaciones. La solución clásica era el exilio. Figuras como Idi Amin, en Uganda, o Baby Doc Duvalier en Haití supieron que, llegado el momento, podían eximirse de sus responsabilidades abordando con discreción un avión con maletas llenas de dinero y jubilándose en una lujosa mansión, preferiblemente en el sur de Francia. Esas cosas ya no pasan.
El 10 de octubre de 1998, el general Augusto Pinochet fue arrestado en nombre de la jurisdicción universal durante una estadía en Londres, ante cargos de genocidio y tortura durante su régimen (1973-1990). Aunque finalmente fue liberado por razones de salud y regresó a Chile, su arresto marcó el principio del fin del exilio como solución para sacar a dictadores atrincherados en el poder. Años después, en 2006, el expresidente yugoslavo Slobodan Milosevic moría en una celda en La Haya mientras esperaba el veredicto en su juicio internacional por crímenes contra la humanidad, genocidio y crímenes de guerra.
Las intenciones sin duda fueron muy buenas, pero las consecuencias de estas decisiones siguen reverberando hasta el sol de hoy. Al aumentar de manera sustancial el costo para un dictador de entregar su poder, estos casos paradójicamente entorpecieron todos los intentos posteriores para remover a uno de ellos.
Cuando la alternativa al poder absoluto es morir en la cárcel y perder el acceso a las enormes fortunas que los dictadores, sus familiares y testaferros acumularon, no debe sorprender que los tiranos se aferren al poder como sea. En parte por esto, el proceso que se dio en algunos países en los que los dictadores dejaban el poder en manos de líderes democráticos ahora ocurre muy poco.
De los últimos cinco países en deshacerse de sus dictadores, solo uno —Armenia— parece haber tenido cierto éxito transitando el camino a la democracia. Los demás han visto su proceso de democratización retroceder (Túnez), o colapsar (Myanmar, Egipto) o degenerar en una guerra civil (Sudán). En este último caso hay una guerra abierta entre facciones militares que se lleva a cabo mientras el exdictador, Omar al Bashir, se encuentra en prisión esperando un juicio que lo podría llevar a la pena de muerte.
Son contados los casos en los cuales las protestas callejeras combinadas con el apoyo de las fuerzas armadas y partes de la comunidad internacional logran desalojar al dictador. Y esto pasa cada vez con menor frecuencia. Mucho más común es la experiencia de países como Bielorrusia, Camerún, Cuba, Hong Kong, Irán, Tailandia o Nicaragua, en los que amplios movimientos de protesta han sido derrotados por sus dictadores, en la mayoría de los casos brutalmente, a través de la violencia y la represión.
El mundo ha perdido la capacidad de erradicar a sus dictadores. La falta de opciones atractivas y riesgos tolerables que resultan de la pérdida del poder los ha llevado a redoblar sus esfuerzos para repeler los intentos de sacarlos. Así, los dictadores de hoy son derrocados con menos frecuencia que los de ayer y, cuando se van, dejan un caos difícil de gobernar.
El mundo tiene que volver a aprender el arte y la ciencia de salir de un dictador. O prepararse para que el tipo más común de gobierno en el mundo actual sea la dictadura o la anarquía.
10 de junio de 2023
El otro boom: la conquista del espacio
Mientras el mundo anda preocupado por las guerras, el cambio climático y la inteligencia artificial, otro fenómeno profundamente transformador está en pleno apogeo: la exploración del espacio. Hay aspectos de esta exploración con una larga historia. En 1957, el programa espacial de la Unión Soviética lanzó al espacio un cohete que transportaba una esfera de metal pulido de 58 centímetros de diámetro, 84 kilos de peso y tres antenas. Este primer satélite artificial, el Sputnik, disparó una feroz competencia entre Estados Unidos y la Unión Soviética por alcanzar el dominio tecnológico en el espacio. Pero desde entonces mucho ha cambiado.
Solo durante la semana pasada, por ejemplo, SpaceX, la firma aeroespacial de Elon Musk, llevó a cuatro pasajeros en uno de sus cohetes a pasar unos días en la Estación Espacial Internacional. Al mismo tiempo que esto sucedía, Blue Origin, la empresa de Jeff Bezos, concretaba con la NASA un contrato de 3.400 millones de dólares para desarrollar una nave espacial capaz de transportar pasajeros a la luna. Y Virgin Galactic, de Richard Branson, mandó un cohete con una tripulación de seis empleados de la empresa.
Estos son solo tres de los audaces, costosos y continuos esfuerzos por alcanzar roles definitorios en la exploración del espacio. Antes, los principales contrincantes en la carrera espacial eran las dos superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética. Ahora son una multitud de empresas privadas. Además de la privatización y comercialización, la carrera por el espacio también está influida por la militarización, la contaminación causada por los miles de satélites inoperativos que flotan sin control y la pasión innata del ser humano por la exploración.
Las empresas privadas están tomando la delantera en la exploración espacial y el desarrollo de las nuevas tecnologías necesarias para conquistar ese mercado. El negocio espacial ascendió a 469.000 millones de dólares en 2021. SpaceX y Blue Origin son los principales competidores. Pero estos gigantes no están solos: se apoyan en un vasto ecosistema compuesto por unas diez mil empresas pequeñas y medianas en lo que se conoce como el sector del New Space. Esta constelación abarca desde la producción de componentes para satélites y sistemas de control terrestre hasta el diseño y la fabricación de cohetes, así como la naciente promesa del turismo espacial.
Otra importante tendencia es la militarización del espacio. Las grandes potencias mundiales están desarrollando sistemas militares espaciales y, al mismo tiempo, sistemas de defensa contra ese tipo de ataque. Las armas antisatélite y los sistemas de vigilancia son solo algunos ejemplos de cómo el espacio se está convirtiendo en un teatro de conflictos geopolíticos. De manera incipiente, algo de esto ya está ocurriendo.
El sorprendente éxito de la resistencia ucrania ante la invasión rusa le debe mucho a su acceso a tecnologías satelitales para dominar el campo de batalla, apuntar sus armamentos con precisión milimétrica, y atacar las líneas de abastecimiento del enemigo. Y aunque aún no hemos presenciado el primer conflicto bélico a gran escala donde se ataca directamente la infraestructura orbital del adversario, es inevitable que ese día llegue. Y cuando lo haga, el sistema internacional podría verse seriamente desestabilizado.
Un tercer elemento de este boom espacial es la creciente contaminación por la chatarra espacial. Estos son los desechos de lanzamientos previos de satélites que ya no cumplen función alguna, pero siguen orbitando sin control en el espacio. Esto ha creado una tupida capa de escombros que nadie sabe cómo retirar. Es un problema creciente, porque muchas de las nuevas tecnologías para funcionar requieren de una gran cantidad de satélites. Propuestas como la de la empresa OneWeb, dirigida por el emprendedor Greg Weiler, que tiene planes de lanzar cien mil satélites al espacio antes de 2030, dan pie a grandes preocupaciones. Como la misma OneWeb ha reconocido, hay ya casi un millón de pedazos de chatarra orbital transitando a 27.000 kilómetros por hora alrededor de la Tierra, y las tecnologías para recoger escombros están en pañales. Aunque estos satélites son pequeños, sus cantidades son enormes, y cuando salgan de servicio seguirán en órbita, poniendo en riesgo a sistemas que vendrán después.
¿Por qué está ocurriendo todo esto? Dos motivos: el lucro y la curiosidad. Muchas tecnologías, como los sistemas de posicionamiento global por satélite (GPS) y proyectos como el Starlink de Elon Musk, solo pueden comercializarse con una vasta presencia espacial.
En Silicon Valley, todos intuyen que hay grandes fortunas que se ganarán en el cosmos, y eso está alimentando esta nueva fiebre del oro. Por otro lado, el ser humano es curioso por naturaleza. El espacio representa un horizonte desconocido, un desafío irresistible para nuestra especie. Nuestro deseo de descubrir, de explorar fronteras desconocidas, continuará impulsando el interés en el espacio como mercado y como campo de batalla.
Cuentan que cuando se le preguntó al gran explorador británico George Mallory por qué quería escalar el Everest, respondió: «Porque está ahí». Suena tonto, pero el desafío de lo que está ahí y que aún no hemos logrado conquistar siempre tendrá un encanto especial para los humanos. La sed por ser el primero en superar un reto nos define como especie. Y el espacio… está ahí.
27 de mayo de 2023
Malas palabras
Los nuevos tiempos les dan renovada presencia a algunas palabras mientras que marginan a otras o les cambian el significado. «Plataforma» es un buen ejemplo de esto. Antes, esta palabra se utilizaba primordialmente para referir —según el Diccionario de la lengua española— a «una superficie horizontal, descubierta y elevada sobre el suelo donde se colocan personas o cosas». Ya no. Ahora Twitter, Instagram, YouTube o Facebook (que se cambió de nombre a Meta) son llamadas «plataformas». También lo son los miles de nuevos emprendedores que, invariablemente, describen su empresa como una «plataforma».
Así es, las «plataformas» están in y las empresas están un poco out. Pero resulta que las plataformas son empresas que prefieren maquillar —o borrar— su descripción como tales. La realidad es que detrás de la gran mayoría de las plataformas hay una empresa con fines de lucro.
Una de las razones por las cuales esta palabra es tan popular es que, con frecuencia, las plataformas hacen dinero alterando drásticamente su forma de trabajar, modificando los productos que venden, introduciendo otros nuevos o haciendo más eficiente la forma de producirlos. Los teléfonos móviles e inteligentes son un ejemplo de esta innovación disruptiva, ya que alteraron drásticamente la industria de la telefonía y muchos otros «espacios adyacentes». Claro que, por cada éxito de esta envergadura, hay cientos de miles de plataformas basadas en alguna presunta o real innovación disruptiva que fracasan.
Pero, sin duda, es un concepto exitoso que se ha hecho muy popular. Hoy en día, la «innovación disruptiva» es una expresión que no puede faltar en cualquier presentación que busque promover una inversión, reformar una organización, adoptar una nueva tecnología, despedir empleados o lanzar un nuevo producto —que, claro, ya no se llama producto sino «solución»—. Estas soluciones son preferiblemente «verdes» y «sostenibles», y operan dentro de un «espacio» (antes conocido como «mercado»).
El éxito de empresas que a través de una «transformación digital» repotencian su competitividad es explicado como el resultado de un crecimiento «orgánico». Esto suele significar el aumento de las ventas o la disminución de costos que se originan desde dentro de la organización. Todo ello, por supuesto, ocurre gracias al «equipo», el grupo de personas que antes se conocía como «los empleados». Las noticias sobre cómo van las cosas en la plataforma —tanto las buenas como las malas— suelen ser comunicadas en nombre del «equipo». En principio, el rol del jefe ya no es mandar sino evangelizar, educar, persuadir, e incentivar al equipo para que sus integrantes estén «alineados» con la plataforma. De hecho, hay directivos que reemplazan el nombre de su cargo para referirse a sí mismos como «Evangelista en Jefe». Según indeed.com, una empresa que a través de internet busca conectar a empleados con empleadores, los evangelistas en Jefe «son activos embajadores de un negocio, producto o servicio. Divulgan un mensaje positivo acerca de una marca y buscan estimular a otros para que usen ese servicio o producto. […] Si bien los clientes pueden ser efectivos evangelistas de una marca, contratar a alguien para que haga este trabajo a tiempo completo puede generar más ventas. Por eso es mejor que las marcas empleen a evangelistas dedicados a promover sus productos».
Toda esta actividad debe «generar sinergia», «catalizar cambios» y «alinear» el tamaño y la cultura de la organización a su misión y a las realidades financieras de la plataforma. También debe fomentar la resiliencia de la plataforma y de quienes trabajan en ella. La resiliencia es la capacidad de recuperarse de una desgracia y de ajustarse a la nueva situación. Algunos árboles que sobreviven fuertes ráfagas de viento son un buen ejemplo. Se doblan, pero no se rompen. De un tiempo a esta parte ha proliferado el uso de la resiliencia para referirse a la capacidad tanto de las organizaciones como de los seres humanos para recuperarse de eventos negativos.
Todo lo anterior está fuertemente imbuido por el culto al cambio. Así, el cambio que inspira y justifica todas las palabras anteriores debe ser inédito, o promovido como tal. Sabemos sin embargo que, con frecuencia, los cambios que no tienen precedentes son poco frecuentes. Rose Bertin, la costurera de la reina María Antonieta, explicó en la década de 1770 que «no hay nada nuevo, excepto lo que se nos ha olvidado».
Nuestro lenguaje sigue evolucionando, como siempre lo ha hecho, y esto sirve para expresar nuevos valores a través de otras frases y textos. Esto, por supuesto, no tiene nada de novedoso. Hoy vemos que la alergia a la autoridad y a la jerarquía nos lleva a esconder relaciones de poder detrás de una serie de eufemismos que oscurecen más de lo que iluminan. Y seguirá siendo así, ¡hasta que nos salve alguna nueva plataforma disruptiva en el espacio lingüístico catalizada por un equipo resiliente que logre obtener sinergias orgánicas!
14 de mayo de 2023
Esta vez sí es distinto
Los descubrimientos científicos y las innovaciones tecnológicas con frecuencia se presentan como avances inéditos o como la fuente de enormes cambios. Pocas, sin embargo, cumplen su promesa. Son desbordadas por nuevos conocimientos o tecnologías que superan lo que se había anunciado como un indeleble aporte histórico.
Lo aconsejable es ser escéptico con respecto a nuevas tecnologías que «lo cambiarán todo». Por lo general, la hipérbole y la exageración no dejan más que un montón de promesas incumplidas. Algunas veces —muy pocas— aparece una nueva tecnología que provoca cambios profundos y permanentes en la vida de miles de millones de personas. Hoy la humanidad se encuentra frente a esta circunstancia. Y esta vez el impacto del cambio tecnológico sí es distinto.
Las recientes innovaciones en el campo de la inteligencia artificial (IA) no son una moda transitoria cuyas consecuencias se están exagerando. Son tecnologías transformadoras con las que la humanidad va a convivir por mucho tiempo. Esta ola de innovación cambiará al mundo, afectará a ricos y pobres, demócratas y autócratas, políticos y empresarios, científicos y analfabetos, así como a cantantes escritores y periodistas, y a todo tipo de actividades, profesiones y estilos de vida.
Los llamados Large Language Models —que no se limitan al célebre ChatGPT de la empresa OpenAI— son un tipo de inteligencia artificial que se utiliza para entender y generar lenguaje humano, así como para automatizar funciones que hasta ahora han requerido de la supervisión y el manejo por parte de seres humanos. Otros tipos de IA aprenden a identificar y convertir enormes volúmenes de textos, imágenes, sonidos, voces y videos en imitaciones perfectas. Pueden producir oraciones completas, respuestas a cualquier tipo de preguntas, así como reproducir a la perfección versiones que resultan imposibles de detectar como imitaciones. También son capaces de aprender la voz de una persona y usarla en una conversación con otro individuo que no sabe que está hablando con un agente informático creado con IA.
Estos modelos tienen una infinidad de aplicaciones prácticas. La lucha contra el cambio climático, el diagnóstico y el tratamiento de graves problemas de salud, están siendo atacados más eficazmente gracias al uso de IA.
Todo esto está pasando muy rápido. Un informe del banco UBS reporta que ChatGPT llegó a tener más de cien millones de usuarios activos solo dos meses después de su lanzamiento. TikTok tardó nueve meses en alcanzar esa cifra, mientras que a Instagram le costó dos años y medio. El ChatGPT es la tecnología de más rápida adopción en la historia.
Como todas las nuevas tecnologías, la IA es un arma de doble filo: tiene un ángulo positivo y otro negativo. Toda tecnología es dual: la imprenta de Gutenberg se usó para imprimir tanto la Biblia como Mi lucha, el panfleto que hizo célebre a Hitler.
En muy poco tiempo, dictadores, terroristas, timadores y criminales estarán usando toda su creatividad para explotar la IA con consecuencias nefastas para la humanidad. Contenerlos no va a ser fácil.
Quienes prueban estas tecnologías quedan fascinados con sus inmensas posibilidades. Pero aquellos que las conocen de cerca y entienden los riesgos que conllevan ven con claridad el caos mundial que podrían engendrar. Los científicos, los empresarios y las agencias de seguridad que están íntimamente involucradas en el uso de la IA no esconden su alarma ante la diseminación de las tecnologías basadas en esta innovación. En una reciente entrevista que hizo Alan Murray, de Fortune, a Tom Siebel, jefe de uno de los principales grupos de IA, este calificó repetidamente el riesgo asociado a estas tecnologías como «aterrador». Elon Musk ha dicho que la IA puede llevarnos a la «destrucción de la civilización».
La historia nos muestra que los esfuerzos por contener la diseminación y mala utilización de nuevas tecnologías no tienen éxito. Las armas nucleares, por ejemplo, siguen regándose por el mundo a pesar de los enormes esfuerzos que se han hecho para limitar su proliferación.
Una vez que una nueva tecnología tan poderosa entra en la caja de herramientas de nuestra especie, no hay manera de librarse de ella. La iniciativa reciente de un muy notable grupo de expertos que propuso imponer una moratoria en la investigación y desarrollo de la inteligencia artificial demuestra que incluso los mayores expertos comparten la intuición que muchos tienen: no estamos listos.
Ciertamente, nuestras sociedades no están listas para lo que se nos viene encima como resultado de las aplicaciones de la inteligencia artificial. Más vale que aprendamos rápido, porque estas innovaciones no tienen marcha atrás.
29 de abril de 2023
Superpotencias sin gente
¿Puede una superpotencia militar mantener su influencia global, aunque su población esté disminuyendo? ¿O esté envejeciendo? Estas no son situaciones hipotéticas; ya están ocurriendo. Rusia se está despoblando y los chino
