INTRODUCCIÓN
¿Por qué existe un mundo y por qué este mundo? No está mal para empezar. Esta pregunta nos catapulta al laberinto que fue el pensamiento de Gottfried Wilhelm Leibniz. Entre el infinito número de mundos posibles hay uno que es el mejor, tal fue la respuesta de Leibniz. Si no lo fuese, Dios no habría decidido crear un mundo. Y si hubiera uno mejor que este, Dios lo habría creado. Con estas palabras nos encontramos, antes de que nos demos cuenta, en un mundo de razones imperiosas y rigurosa racionalidad que parece someter no solo al hombre, sino también a Dios, a las férreas leyes de las verdades necesarias. Hablar del mundo de este modo se nos ha vuelto extraño hoy en día. Por un lado, porque con la crítica kantiana de la razón, si no antes, tales afirmaciones se han considerado un rebasamiento inadmisible del límite de la «ratio» humana, y por otro lado, porque nadie es capaz de abarcar todas las ciencias y, al mismo tiempo, alcanzar la excelencia en muchos dominios científicos. Esto nos hace volver la vista con mayor fascinación hacia una época en la que tal cosa aún parecía posible, y hacia las personas que se atrevieron a intentarlo. Una de ellas fue Leibniz, genio universal —como muchos piensan— y quizá uno de los últimos de su género; en cualquier caso, notorio representante de una época desaparecida: la del despunte de la Ilustración europea en el Barroco. Una época, pues, que representaba un optimismo fundado en la razón y la fe en el progreso, en la esperanza de que la humanidad avanzaría hacia un futuro brillante sobre la base de una religión racional impulsada por los logros de la ciencia y la técnica. Hoy en día, una visión crítica del progreso y el desarrollo, la secularización y la neta diferenciación de las ciencias parece imposibilitar toda vinculación con el mundo de los pensamientos y las ideas del polímata barroco.
¿Por qué entonces un mundo y, de todos, este en particular? La respuesta de Leibniz se conoce hoy ante todo por el relato de Voltaire Cándido, de 1759, que casi la oscurece por completo. Y es que hablar del mejor de los mundos posibles solo parece viable si se critica y rechaza esa afirmación, y además se la ridiculiza y escarnece. En la actualidad se discute que la crítica de Voltaire a Leibniz sea acertada. Para comprender el mundo de Leibniz, su visión de las cosas y la época que produjo tal visión del mundo, es necesario remontarse a un tiempo anterior al de esa crítica. Conocer a Leibniz en su vida cotidiana, observarlo en el despliegue diario de su pensamiento y su obra, no solo promete un apasionante viaje a una época fascinante. También permite una comprensión más profunda de su filosofía, sus matemáticas y sus empresas científicas universales. De pronto, Leibniz ya no parece tan ajeno a nosotros; en muchos aspectos puede resultar extrañamente familiar, ya que muchos de sus interrogantes y problemas se plantean también a diario en el mundo de hoy. La peluca allongé y la casaca ya no aparecen como expresión de determinadas características de una figura inaccesible de un tiempo pasado. Simplemente son una envoltura exterior. Si las dejamos a un lado, se nos descubre una persona que guarda un parecido con el yo del presente, en permanente comunicación y, al mismo tiempo, retraída y aislada.
Las desgracias y los sufrimientos, los seres humanos que se atormentan unos a otros y, para más inri, las terribles catástrofes naturales, como el devastador terremoto de Lisboa de 1755 —Voltaire hace que Cándido, espantado, sangrando y tembloroso, se diga a sí mismo: «Si este es el mejor de los mundos posibles, ¡cómo serán los demás!»—[1] son problemas que Leibniz considera desde otro ángulo. No podemos cambiar retroactivamente lo que ha sido, pero podemos intentar mejorar lo que es. Leibniz ve el mundo desde sus posibilidades. No todo lo que es posible podrá alguna vez ser realidad. Pero, al menos algo de ello sí podrá serlo, quizá más de lo que a veces nos parece. Si todo en el mundo sucediera por necesidad, no podría hacerse al hombre responsable de sus actos; no habría moral ni libertad. No solo Dios fue libre de elegir entre diferentes mundos posibles, sino que también, y sobre todo, el hombre es libre de cambiar el mundo, de conformarlo.
Durante mucho tiempo se interpretó este razonamiento tan solo como una reflexión abstracta de cuño estrictamente racionalista. Sin embargo, Leibniz no fue en absoluto, como a menudo se afirma, un racionalista adusto, con la mente siempre en las nubes, que despreciaba la experiencia. Más bien se mantuvo con los pies bien puestos sobre el suelo de la realidad, en su caso la realidad del Estado principesco del Barroco. No solo buscó el apoyo de los poderosos para sus ambiciosos planes de mejorar el mundo, sino también la independencia necesaria para seguir siendo un científico libre. La libertad puede apreciarse de forma muy concreta en Leibniz. No solo absorto en su escritorio, sino también en sus viajes entre los principados a los que sirvió, se le abría un deseable espacio de libertad. Aprovechaba sus desplazamientos por trabajo a Brunswick y Wolfenbüttel para hacer excursiones a Ermsleben, una pequeña villa al sur de Halberstadt, para visitar allí durante unos días al pastor y teólogo Jakob Friedrich Reimmann. Leibniz disfrutaba del tiempo libre. Cenó allí en la mesa familiar, contentándose con la comida casera, para luego entablar largas conversaciones eruditas en el despacho de Reimmann. Leibniz, escribió el pastor recordándolo, «a veces se sentaba conmigo hasta las doce y la una de la noche, y hablaba sin cesar».[2]
Departía con él sobre Dios y el mundo hasta bien entrada la noche, como si no existiera un mañana. Ni siquiera Leibniz podía cambiar el hecho de que cada día llega a su fin antes de que comience uno nuevo. Acompañarlo en su vida cotidiana, observarlo durante siete días en diferentes fases de su vida y en diferentes lugares, nos brinda la posibilidad de comprender mejor sus pensamientos y sus actos, de tener un conocimiento más claro de la conexión entre su experiencia del mundo y su visión de él. En cada uno de esos días podemos ver a Leibniz desde una perspectiva distinta, como siguiendo su filosofía, que exige cambiar constantemente de punto de vista y adoptar otra perspectiva. Es cierto que los días aquí seleccionados solo pueden ofrecer pequeños fragmentos. Algunas cosas únicamente pueden ser reveladoras en ciertos momentos. Pero muestran cómo Leibniz consiguió una y otra vez conectar campos del conocimiento que se hallaban muy alejados. A veces, su dictum de que todo está conectado con todo tiene que servir de excusa para justificar la vastedad de sus estudios, que a menudo le impiden concluir nada. Un erudito universal sencillamente no puede permitirse descuidar ningún área del conocimiento. No solo se mejora el mundo en las cosas grandes, sino también en las pequeñas. Por ejemplo, diseñando un clavo de tal forma que, cuando se intenta extraerlo de una pared o una tabla se asegura con más firmeza en ella; una suerte de espiche que a Leibniz se le ocurre inventar y que hoy mantiene literalmente unido nuestro mundo en las cosas pequeñas.[3]
¿Hasta qué punto puede ser —o llegar a ser— concreta una filosofía? Sin el café y el chocolate, difícilmente habría considerado Leibniz —como veremos— el mundo como el mejor posible. En cualquier caso, son precisamente los ejemplos concretos los que mejor ilustran las opiniones de Leibniz. Por ejemplo, Dios decidió crear a los leones, aunque fueran peligrosos para los hombres, porque sin leones el mundo habría sido menos perfecto. Ya antes de Leibniz, la variedad o diversidad era un aspecto en el que los teólogos de la escolástica española tardía del siglo XVII, por lo demás bastante áridos y farragosos en sus argumentaciones, podían llegar a ser asombrosamente objetivos. Según el jesuita español Antonio Pérez, un mundo compuesto solamente de moscas, por ejemplo, sería impensable incluso si Dios no se hubiera sentido obligado a crear el mundo óptimo.[4] Y a propósito de la mosca: esta no desempeña un papel importante en la filosofía de Leibniz, pero sí uno menor. De ahí que aparezca de forma ocasional en el presente libro: en un inicio ficticia, se aleja zumbando para de vez en cuando volver a aparecer súbitamente como objeto del pensamiento de Leibniz, y como una especie de alter ego metafísico del alemán.
Leibniz tenía en común con las moscas una obstinada despreocupación. Tampoco él dejaba que nadie se librara de su presencia, molestando a poderosos príncipes en sus intentos de ganarlos para sus planes de progreso humano. Pero Leibniz nunca permitió que las pequeñas pelmazas y sus zumbidos le impidieran escribir durante largo tiempo. De todas maneras, es difícilmente comprensible que alguien para quien toda distracción era bienvenida, que aceptaba inmediatamente toda sugerencia, que no posponía nada, sino que quería hacerlo todo a la vez, fuese al mismo tiempo capaz de concentrarse en la lectura y la escritura en cualquier lugar y situación. Ningún ruido, ningún olor, ningún bache en sus viajes en carruaje, ninguna preocupación,
