Prólogo
JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
A medio camino entre las Vidas paralelas de Plutarco y las Vidas imaginarias de Marcel Schwob, Alfredo Iriarte nos regala en este libro delicioso ––delicioso y sabio, como todos los suyos–– una suma de muertes legendarias que van desde la «aventura equinoccial» de Lope de Aguirre hasta la heroica y desastrada vida, y el ingrato destino, de Blas de Lezo, defensor de Cartagena de Indias cuando la Armada británica, al comando del almirante Vernon, trató de conquistarla como parte de ese plan descomunal y maquiavélico de adueñarse del mundo que la Corona inglesa emprendió en 1739, y que además del asedio en el Caribe incluía la llegada, por el Pacífico, de la flota de George Anson, la cual se demoró un par de años más en completar su ruta, lo que impidió que la casa de Hannover apuntalara su dominio global, que ya era enorme. Pero el gran héroe de ese fracaso inglés, su mayor símbolo, sí fue don Blas de Lezo, cuya muerte se narra aquí junto con la del Gran Mariscal de Ayacucho, la madre Francisca Josefa del Castillo, el caricaturista Ricardo Rendón, el malhadado candidato presidencial Gabriel Turbay, el bienhadado candidato presidencial Rafael Núñez, y muchos más personajes de la historia que se nos revelan en su momento final. Allí, en ese instante, parece estar la clave de toda su vida: el sello de todas sus cosas, el cumplimiento de un destino.
Era lo que decía Javier Marías en un artículo de 1989: la muerte resuelve la vida de una persona, la completa y la decanta, le otorga a cada momento que la constituye un valor definitivo e insustituible. Mientras el tiempo siga corriendo, todo parece estar en obra negra, como un boceto o un ensayo, un intento inacabado y aún por definirse; pero cuando el reloj se detiene con su tajo implacable e inapelable, cada segundo de la vida adquiere un sentido, una razón de ser que la explica en sus triunfos y miserias, sus ascensos, sus caídas, sus vacíos. Por eso hay no sólo un velo solemne y tétrico en torno a la muerte, faltaría más que no fuera así, sino también una especie de misterio y fascinación en lo que tiene que ver con sus pormenores y su relato detallado y morboso que tanto nos intriga, como si en él descubriéramos algo sobre la biografía de esa persona que ya no está y en cuya desaparición reconocemos siempre un suceso literario, algo que se puede y se debe contar. Porque además la muerte, incluso cuando es prevista y esperada, es un azar, un hecho a veces digno pero a veces también grotesco, incomprensible en sus procedimientos y designios, épico o ridículo, sin importar nunca quién, triste o festivo o enternecedor. Recuerdo la muerte de Ödön von Horváth, el gran escritor, quien salió feliz una tarde de un verano parisino justo después de firmar un gran contrato para un libro, y camino de su casa, en los Campos Elíseos, lo sorprendió una tormenta. El pobre se guareció bajo un árbol, con tan mala suerte que allí mismo cayó un rayo que lo partió; el árbol le cayó encima, a Horváth, y lo mató. ¿Qué explicación tiene semejante tragedia que nos suscita al tiempo tanta ternura y un incontenible ataque de risa nerviosa? Ninguna, por suerte ninguna.
En este libro magnífico esa parece ser la consigna: más que la explicación de la muerte de estos personajes de la historia en sus ribetes trágicos o absurdos y sin duda inevitables, lo que importa es su vida narrada y contenida en su último aliento. Por eso todas son «muertes legendarias», porque en ellas hay una dimensión épica que coincide con la grandeza y la importancia de quienes las protagonizan. Y lo fundamental no es el hecho de esas muertes en sí mismo sino ver cómo cobra vida, por decirlo de una manera paradójica, en la prosa magistral y exuberante de Alfredo Iriarte, quien siempre se sirvió de la historia para ejercer su vocación literaria y para dejar algunas de las mejores páginas de la literatura en nuestra lengua, de la cual era no sólo un profundo conocedor y un gran cultor sino además un atizador erudito, festivo, voraz, insaciable, de allí que señalara cuando se lo preguntaban que quizás sus influencias mayores en las letras eran las de don Francisco de Quevedo y François Rabelais, dos portentos del arte de escribir y sobre todo del gozo de hacerlo y hacerlo bien, con gracia, con encanto, con una sonrisa en la punta de la pluma. Lo curioso es que Iriarte no se consideraba un escritor profesional sino una especie de diletante, un «autor de domingos y festivos», como él mismo decía, hasta que un día unos amigos le increparon que con semejante talento no se dedicara en serio a la disciplina que iba a producir, sin ninguna duda, una de las obras más importantes y felices de la literatura colombiana.
Dentro de esa obra que tiene toda clase de registros y géneros, desde crónicas hasta ensayos filológicos y sociológicos, desde perfiles históricos hasta evocaciones por encargo de la vieja Bogotá, eso por no mencionar las estupendas novelas que Alfredo Iriarte escribió al final de su vida, y es una lástima que no hubiera tenido más tiempo para seguir por ese camino deslumbrante y consagratorio que igual dejó frutos de suyo extraordinarios, dentro de esa obra estas Muertes legendarias son como una verdadera síntesis de la grandeza y la importancia de su autor, de sus méritos estilísticos y sus obsesiones, del rigor y el desparpajo y el brillo de los que era capaz cuando juntaba sus dos grandes pasiones en la vida, la historia y la literatura. Esa parece ser otra de las enseñanzas y conquistas que sobresalen en los textos de Alfredo Iriarte, la demostración de que se puede ser a la vez riguroso y serio, profundo en el conocimiento del pasado y sus protagonistas y conflictos, y también amable y elocuente a la hora de narrarlo, explicarlo, contarlo y revelarlo con una riqueza y un sentido del humor y la belleza que hacen de tod
