Sábado, 7 de julio de 2018,
5.53 de la mañana
EL JEFE
Una llamada de teléfono antes de las seis de la mañana de un sábado nunca trae nada bueno, aunque tampoco es tan raro en un puente festivo. Ed Kapenash, jefe del Departamento de Policía de Nantucket, ha visto demasiadas veces cómo las fiestas del Cuatro de Julio terminan torciéndose. El accidente más común es que alguna persona se vuele un dedo al encender fuegos artificiales. A veces son cosas más graves. Un año murió un nadador por la corriente de resaca; otro año, un hombre, que se bebió diez chupitos de Patrón Añejo y luego se tiró del tejado del Allserve dando una voltereta hacia atrás, cayó al agua de tal forma que se partió el cuello. Por lo general, hay suficientes borrachos y alborotadores como para llenar un autobús turístico, y también docenas de peleas a puñetazos, algunas tan graves que tiene que intervenir la policía.
Cuando suena el teléfono, Andrea y los chicos están profundamente dormidos. Chloe y Finn tienen dieciséis años, una edad que el Jefe sabe ahora que pudo sortear con facilidad en el caso de sus propios hijos. En realidad, Chloe y Finn son hijos de una prima de Andrea y su marido, Tess y Greg, que murieron en un accidente de barco hace nueve años. Los chavales están resultando ser todo un desafío. Finn se ha echado una novia que se llama Lola Budd, y su amor juvenil está poniendo la casa del revés. Chloe, hermana melliza de Finn, tiene un trabajo de verano con Siobhan Crispin en Island Fare, la empresa de catering más demandada de Nantucket.
El Jefe y Andrea se han repartido a partes iguales la preocupación por los mellizos. A Andrea le inquieta que Finn deje embarazada a Lola Budd (aunque el Jefe le ha hecho a Finn un incómodo regalo que contenía una caja gigante de condones y una orden severa: «Úsalos. Siempre»). Al Jefe le preocupa que a Chloe le dé por las drogas y el alcohol. Ha visto demasiadas veces cómo el sector de la restauración hace caer en la tentación a sus incautos empleados. La isla de Nantucket tiene más de cien establecimientos con licencia para vender bebidas alcohólicas; otras ciudades de Massachusetts de tamaño similar tienen una media de doce. Por su condición de destino turístico estival, existe en la isla una cultura de celebración, frivolidad y excesos. El Jefe se encarga siempre de impartir la charla anual sobre abuso de sustancias tóxicas la semana antes del baile de graduación del instituto; este año han asistido tanto Finn como Chloe, y después ninguno de los dos se atrevía a mirarle.
A menudo se siente demasiado viejo para la enorme responsabilidad de tener que criar a unos adolescentes. Y, desde luego, lo de impresionarlos le queda muy lejos.
El Jefe sale a coger la llamada en la terraza de atrás, que da al oeste, a los humedales protegidos. Aquí sus conversaciones son privadas y solo las pueden oír los tordos alirrojos y los ratones de campo. La casa tiene unas vistas estupendas de los atardeceres, pero, lamentablemente, no del agua.
La llamada es del sargento Dickson, uno de los mejores del departamento.
—Ed, tenemos una ahogada —anuncia.
El Jefe cierra los ojos. Fue Dickson quien lo avisó, en su día, de la muerte de Tess y Greg. Al sargento no le cuesta nada ser portador de noticias traumáticas; de hecho, parece disfrutar con ello.
—Adelante —dice el Jefe.
—Mujer caucásica, de nombre Merritt Monaco. Veintinueve años, de Nueva York, había venido a Nantucket para una boda. La han encontrado flotando boca abajo junto a la orilla, delante del 333 de Monomoy Road, donde se iba a celebrar la boda. Parece que la causa de la muerte ha sido el ahogamiento. Roger Pelton ha dado el aviso. ¿Conoces a Roger? ¿El que se dedica a las bodas caras?
—Sí —responde el Jefe. Él y Roger Pelton pertenecen al Rotary Club.
—Roger me ha contado que siempre supervisa a primera hora de la mañana los lugares donde se van a celebrar —le explica Dickson—. Dice que cuando ha llegado aquí ha oído voces. Resulta que la novia acababa de sacar el cuerpo del agua. Roger ha intentado hacerle la reanimación cardiopulmonar, pero dice que la chica estaba muerta. Según él, parece que llevaba muerta varias horas.
—Eso lo determinará la médica forense —dice el Jefe—. ¿Has dicho que era el 333 de Monomoy Road?
—Es un complejo residencial —contesta Dickson—. Casa principal, dos cabañas para invitados y otra en la piscina. La finca se llama Summerland.
Summerland. El Jefe ha visto el cartel, aunque nunca ha estado en la casa. Esa parte de Monomoy Road es el barrio de los millonarios. Por lo general, la gente que vive en ahí no tiene problemas que requieran la presencia de la policía. Las casas cuentan con sofisticados sistemas de seguridad y sus residentes recurren a la discreción para mantener en secreto cualquier problema.
—¿Han avisado a alguien más? —pregunta el Jefe—. ¿A la policía estatal? ¿A la forense?
—Afirmativo —responde Dickson—. El Griego viene de camino. Estaba anoche en la isla, por suerte para nosotros. Pero tanto Cash como Elsonhurst están de vacaciones hasta el lunes y yo estoy terminando un turno doble, así que no sé a quién más quieres llamar. Los demás están un poco verdes…
—Me ocuparé de eso en un minuto —dice el Jefe—. ¿Hay que avisar a algún familiar de la chica?
—No estoy seguro —contesta Dickson—. La novia estaba tan afectada que le he dicho a los de la ambulancia que se la llevaran al hospital. Necesitaba un tranquilizante con urgencia. Apenas podía respirar y, mucho menos, hablar.
—El periódico tendrá que mantenerse al margen hasta que se lo notifiquemos a los familiares —dice el Jefe.
Lo cual supone una buena noticia; lo último que desea ahora mismo es a Jordan Randolph, del Nantucket Standard, husmeando por el lugar de los hechos. Al Jefe le cuesta creer que se le haya pasado la llamada de emergencias en el escáner. A lo largo de los años ha desarrollado un filtro extraordinario en lo que se refiere al escáner; incluso estando dormido, sabe qué cosas merecen su atención y cuáles puede dejar pasar. Pero ahora tiene un cadáver.
Por ley, tienen que suponer que se trata de un crimen, aunque aquí en Nantucket son poco comunes los delitos de sangre. El Jefe lleva casi treinta años trabajando en esta isla y en todo ese tiempo solo ha visto tres homicidios. Uno por década.
Ha sido Roger Pelton quien ha dado el aviso. El Jefe ha oído hace poco el nombre de Roger. Hace muy poco, es decir, en algún momento de los últimos dos días. Y una finca de Monomoy… Eso también le suena de algo. Pero ¿por qué?
Oye un leve toque en la ventana y, al otro lado de la corredera de cristal, ve a Andrea con su camisón de dormir, sosteniendo en alto una taza de café. Chloe se está moviendo por la cocina detrás de ella, vestida con una camisa blanca y unos pantalones negros, su uniforme de catering.
«¿Ya se ha despertado Chloe?», piensa el Jefe. ¿A las seis de la mañana? ¿O llegó anoche a casa tan tarde que se ha acostado vestida?
«Sí», piensa. Anoche tenía una cena de ensayo. Entonces cae en la cuenta: Chloe le dijo que la cena de ensayo y la boda se iban a celebrar en Monomoy y que Roger era el coordinador de la boda. Es la misma boda. El Jefe menea la cabeza, aunque sabe mejor que nadie lo pequeña que es la isla.
—¿La mujer a la que habéis encontrado se alojaba en la finca donde se va a celebrar hoy la boda? —pregunta el Jefe.
—Afirmativo —contesta Dickson—. Era la dama de honor, Jefe. Creo que ya no va a haber ninguna boda.
Andrea, posiblemente al reconocer la expresión en el rostro del Jefe, sale a la terraza, le da a Ed su café y desaparece en el interior. Chloe ya no está. Quizá haya subido a ducharse para irse al trabajo, aunque ahora se lo cancelarán. Este tipo de noticias suelen volar; el Jefe se espera la llamada de Siobhan Crispin en cualquier momento.
¿Qué más dijo Chloe de la boda? Una de las familias es británica, la madre era famosa por algo… ¿Una actriz? ¿Una actriz de teatro? ¿Una dramaturga? Algo así.
El Jefe da el primer sorbo a su café.
—Sigues en el lugar de los hechos, ¿no, Dickson? ¿Has hablado con alguien aparte de la novia y Roger?
—Sí, he hablado con el novio —contesta Dickson—. Quería ir con la novia al hospital. Pero antes ha entrado en una de las cabañas de invitados para coger la cartera y el móvil y ha salido enseguida para decirme que el padrino no está.
—¿No está? —repite el Jefe—. ¿Es posible que tengamos dos muertos?
—He mirado con los prismáticos en el agua y por la playa a unos cientos de metros, en ambas direcciones —dice Dickson—. Estaba todo limpio. Pero ahora mismo yo diría que cualquier cosa es posible.
—Dile al Griego que me espere, por favor —dice el Jefe—. Voy para allá.
Viernes, 6 de julio de 2018,
9.15 de la mañana
GREER
A Greer Garrison Winbury le fascinan la tradición, el protocolo y el decoro. Sin embargo, con motivo de la boda de su hijo pequeño, está feliz de tirar las tres cosas por la ventana. Aunque es costumbre que los padres de la novia organicen y paguen las nupcias de la hija, si ese hubiera sido el caso con Benji y Celeste, la boda habría tenido lugar en la iglesia de un centro comercial y el banquete posterior, en un TGI Fridays.
«Eres de lo más esnob, Greer», suele decirle Tag, su marido. Greer teme que sea verdad. Pero tratándose de la boda de Benji, tenía que intervenir. Ya había soportado bastante cuando Thomas se casó con Abigail Freeman: aquella boda en Texas, con el fastuoso y grotesco despliegue del dinero del petróleo del señor Freeman… Hubo una «fiesta de bienvenida» a la que asistieron trescientas personas en un lugar llamado Salt Lick BBQ. Greer nunca había imaginado que tendría que vivir la experiencia de acudir a un sitio con ese nombre, donde el código de vestimenta que se sugería era «rural informal». Cuando le había preguntado a Thomas qué quería decir eso, él le había respondido: «Ve con vaqueros, mamá».
¿Ir con vaqueros a la celebración de la boda de su hijo mayor? Greer había optado por unos pantalones anchos de color marfil y unos Ferragamo con tacón de efecto madera. Lo del tono marfil había resultado una mala elección, pues se esperaba que los invitados a esa fiesta de bienvenida comieran costillas de cerdo con los dedos. Se oyeron aullidos de alegría cuando apareció por sorpresa un cantante de country que se llamaba George Strait, al que todos llamaban «el Rey del Country». Greer sigue sin poder imaginar cuánto debió de costarle al señor Freeman contratar al Rey del Country, y encima para una fiesta que estaba fuera del programa nupcial en sí.
Va cantando al compás de la radio mientras conduce el Defender 90 (Tag lo mandó arreglar y traer desde Inglaterra) para ir a recoger a los padres de Celeste, Bruce y Karen Otis, que llegan en el ferry de Hy-Line. Suena «Hooked on a Feeling», de B. J. Thomas.
Este fin de semana Greer es, a todos los efectos, tanto la madre de la novia como la del novio, pues ella se encarga de todo al cien por cien. No se ha encontrado ni una pizca de resistencia por parte de nadie, ni siquiera de la misma Celeste, que está respondiendo a todas las sugerencias de Greer exactamente con el mismo mensaje: «Me parece bien». (A Greer no le gustan nada los mensajes de texto, pero para comunicarse con millennials no queda más remedio que deshacerse de costumbres anticuadas, como la de hablar por teléfono). Tiene que admitir que ha resultado mucho más fácil de lo que se esperaba salirse con la suya en cuestiones como la gama de colores, las invitaciones, las flores o la empresa de catering. Es como si se tratara de su propia boda, treinta y dos años después…, solo que sin sus autoritarias madre y abuela, que se empeñaron en un banquete de tarde en el sofocante jardín de Swallowcroft, y sin un novio que se empeñó en celebrar una fiesta de despedida de soltero la noche anterior a la boda. Tag había llegado a casa a las siete de la mañana oliendo a whisky Bushmills y a Chanel N.º 9. Cuando Greer empezó a llorar y a exigir que le contara si de verdad había tenido el descaro de acostarse con otra mujer «la noche antes de su boda», la madre de Greer se la llevó aparte para decirle que el talento más importante que exigía el matrimonio era el de saber escoger qué batallas librar.
«Asegúrate de que son las que puedes ganar», le había dicho su madre.
Greer ha tratado de mantenerse alerta en lo referente a la fidelidad de Tag, aunque ha resultado agotador con un hombre tan carismático como él. No ha encontrado nunca pruebas sólidas de ninguna indiscreción, aunque sí ha tenido sospechas, desde luego. Las tiene en este mismo instante sobre una mujer llamada Featherleigh Dale, que va a llegar a Nantucket desde Londres en pocas horas. Si Featherleigh es lo suficientemente tonta y descuidada como para ponerse el anillo de filigrana de plata con los zafiros rosas, amarillos y azules (¡Greer sabe perfectamente cómo es el anillo porque Jessica Hicks, la joyera, le enseñó una foto!), las sospechas de Greer quedarán confirmadas.
Greer se encuentra con mucho tráfico en Union Street. Debería haber salido antes; no puede llegar tarde a recoger a los Otis. No conoce todavía en persona a los padres de Celeste y le gustaría causar una buena impresión y no dejarlos solos deambulando por Straight Wharf, siendo este su primer viaje a la isla. A Greer le preocupaba celebrar una boda estando tan cerca la fiesta del Cuatro de Julio, pero era el único fin de semana que venía bien en todo el verano, y no podían aplazarlo hasta el otoño porque Karen, la madre de Celeste, tiene un cáncer de pecho en estadio 4. Nadie sabe cuánto tiempo le queda.
La canción termina, el tráfico se detiene del todo y el mal presentimiento que Greer ha conseguido mantener a raya hasta ahora invade el coche como un olor nauseabundo. Normalmente, solo le inquietan dos cosas: su marido y sus libros, y los libros siempre terminan saliendo bien (dejando aparte las ventas, pues la labor de Greer es escribir historias de misterio, no venderlas). Pero ahora lo que le preocupa… Bueno, si tuviera que precisar el punto exacto que le genera angustia, diría que es Celeste. La facilidad con la que Greer ha podido hacerse con el control de esta boda le parece, de repente, sospechosa. Como solía decir su madre: «Las cosas que parecen demasiado buenas para ser verdad normalmente lo son».
Es como si a Celeste no le importara la boda. Nada en absoluto. ¿Cómo no ha contemplado esta posibilidad durante cuatro meses? Llegó a la conclusión de que Celeste, en un acto de sensatez, había cedido al gusto impecable de Greer (o confiaba plenamente en ella). O que la única preocupación de Celeste era que la boda se organizara de la forma más conveniente posible debido a la enfermedad de su madre.
Pero ahora Greer empieza a prestar atención a otros factores, como el tartamudeo que Celeste desarrolló poco después de que fijaran la fecha. Empezó repitiendo determinadas palabras o expresiones cortas, pero se ha ido convirtiendo en algo más serio, incluso debilitante: se traba con las erres, las emes y las pes hasta ponerse colorada.
Greer le preguntó a Benji si el tartamudeo le estaba causando problemas a Celeste en el trabajo. Es la subdirectora del Zoo del Bronx y a veces tiene que dar charlas a los visitantes —en su mayoría escolares, entre semana, y extranjeros los fines de semana—, de modo que necesita hablar despacio y con claridad. Benji le contestó que Celeste rara vez tartamudeaba en el trabajo. Le pasaba sobre todo en casa o cuando salía a socializar.
Eso había dado que pensar a Greer. Desarrollar un tartamudeo a los veintiocho años podría atribuirse a… ¿qué? ¿Era una señal de algo? Greer se había apresurado a usarlo en la novela que estaba escribiendo: el asesino se vuelve tartamudo como consecuencia de su sentimiento de culpa, lo cual llama la atención de la señorita Dolly Hardaway, la detective solterona que protagoniza las veintiuna novelas de misterio que ya ha escrito Greer. A ella, que tiende a aprovechar cada encuentro o experiencia nuevos para su obra, le vino muy bien lo del tartamudeo, pero ¿y en la vida real, en el caso de Celeste? ¿Qué está pasando? Greer tiene la sensación de que la tartamudez está relacionada de algún modo con la inminente boda de Celeste y Benji.
No hay tiempo para seguir dándole vueltas porque, de repente, el tráfico avanza y Greer no solo se adentra rápidamente en la ciudad, sino que encuentra un aparcamiento justo enfrente del muelle del ferry. Aún le sobran dos minutos. ¡Qué grandísima suerte! Sus dudas se disipan. Ahora lo ve claro: esta boda, esta unión de dos familias en el fin de semana más festivo del verano, está destinada a celebrarse.
KAREN
Vista desde cierta distancia, la isla de Nantucket es todo lo que Karen Otis había soñado que sería: elegante, encantadora, marinera, clásica. El ferry se acerca a un muelle de piedra y Karen aprieta la mano de Bruce para hacerle saber que le gustaría levantarse y recorrer la poca distancia que hay hasta la barandilla. Bruce le pasa un brazo por la espalda y la ayuda a ponerse de pie. No es un hombre grande, pero sí fuerte. Fue campeón de lucha de peso ligero del estado de Pennsylvania en 1984. Karen se fijó por primera vez en él en la grada de la piscina del instituto de Easton. Ella estaba nadando el tramo de mariposa con el equipo de relevos del instituto, que entrenaba durante la hora del almuerzo, y al salir del agua lo vio, vestido con pantalón de chándal y una sudadera con capucha, mirando fijamente una naranja que tenía en las manos.
—¿Qué está haciendo ese chico? —había preguntado Karen en voz alta.
—Es Bruce Otis —le respondió Tracy, la nadadora de espalda—, el capitán del equipo de lucha. Tienen una competición esta tarde y está tratando de dar el peso.
Karen se envolvió una toalla alrededor de la cintura y subió las escaleras para presentarse. Bien dotada pese a ser una estudiante de segundo año, estaba bastante segura de que su imagen en bañador haría que Bruce Otis se olvidara de la naranja, de su peso y de cualquier otra cosa.
Bruce sostiene a Karen y juntos se acercan a la barandilla. La gente los ve acercarse, se fijan en el pañuelo con el que Karen se cubre la cabeza —no ha sido capaz de usar pelucas— y se apartan un poco para dejarle un espacio de cortesía.
Karen se agarra a la barandilla con las dos manos. Incluso algo así le supone un esfuerzo, pero quiere tener una buena vista de su llegada. Las casas que bordean el agua son todas enormes, diez veces más grandes que el bungalow de Derhammer Street en el pueblo de Forks, Pennsylvania, donde viven Karen y Bruce. Todas estas casas son de fachada de tablilla gris de cedro, con molduras de un blanco inmaculado. Algunas tienen terrazas curvas, en otras se ven varias terrazas a distintas alturas, formando elegantes ángulos, en plan juego del Jenga. Las hay que lucen un exuberante césped, solo separado de la estrecha franja de playa por un muro de piedra. Todas tienen izada la bandera estadounidense y están impecablemente conservadas; no hay entre ellas ninguna que se vea achaparrada ni descuidada.
«Dinero», piensa Karen. ¿De dónde viene todo ese dinero? Tiene suficiente experiencia como para saber que con el dinero no se compra la felicidad —y, desde luego, tampoco la salud—, pero sigue resultándole fascinante pensar cuánto deben de tener los propietarios de estas casas. Para empezar, se trata de segundas residencias, así que hay que tener en cuenta cómo será la primera —un adosado de piedra rojiza en Manhattan, una mansión colonial en Georgetown, una finca en el Main Line de Filadelfia o una propiedad con caballos en Virginia— y, luego, el precio del suelo en la zona costera de esta isla tan prestigiosa. A continuación, Karen piensa en todos los enseres que deben de contener esas casas: las alfombras, los sofás, las mesas y sillas, las lámparas, las camas con dosel, las sábanas belgas de nueve mil hilos, los cojines de adorno, las bañeras con jacuzzi, las velas aromáticas junto a las bañeras con jacuzzi. (Celeste ha descubierto a Karen el mundo que hay más allá de las velas de Yankee Candle; al parecer, las hay que se venden por más de cuatrocientos dólares. Abby, la futura cuñada de Celeste, la obsequió con una de ese estilo como regalo de compromiso. Cuando Celeste le contó que una vela de pino y eucalipto de Jo Malone costaba cuatrocientos setenta dólares, Karen soltó una carcajada. ¡Era casi lo mismo que había pagado Bruce por su primer coche, un Chevy Nova de 1969!).
Luego, claro está, hay que pagar al personal: jardineros, limpiadoras, vigilantes, niñeras… Y están los coches: Range Rover, Jaguar, BMW. Habrá también clases de navegación y de tenis, vestidos mil rayas con monograma, lazos de gorgorán para el pelo, un par de náuticos cada temporada. ¿Y la comida que habrá en esas casas? Fuentes de melocotones y ciruelas, cajas de fresas y arándanos, pan recién hecho, ensalada de quinoa, aguacates maduros, huevos ecológicos, filetes veteados con grasa y humeantes langostas de color escarlata. Y mantequilla. Montones y montones de mantequilla.
Karen tiene en cuenta también todas esas cosas aburridas en las que nadie quiere pensar: seguros, impuestos, electricidad, televisión por cable, abogados.
Cada una de estas familias debe de tener un patrimonio de unos cincuenta millones de dólares, concluye Karen. Por lo menos. ¿Y cómo consigue alguien, quien sea, ganar esa cantidad de dinero? Le preguntaría a Bruce, pero no quiere que se sienta cohibido. Es decir, no quiere hacer que se sienta más cohibido; sabe que ya es bastante susceptible con el tema del dinero, porque no lo tienen. A pesar de ello, Bruce será el hombre mejor vestido de la boda, de eso Karen está segura. Su marido trabaja en la sección de trajes de Neiman Marcus, en el centro comercial King of Prussia. Le hacen un treinta por ciento de descuento en la ropa, además de los arreglos gratis. Ha conseguido mantener su físico de luchador, con hombros fuertes y cintura estrecha (¡nada de barriga cervecera!), por lo que luce una silueta impresionante. Una vez, un subdirector del centro comercial le dijo que, si fuese cinco centímetros más alto, podría trabajar de modelo.
Bruce es casi como las mujeres en su forma de apreciar la ropa elegante. Cuando trae algo nuevo a casa (lo cual sucede con bastante frecuencia, cosa que antes confundía a Karen, pues lo cierto es que no tienen dinero para ropa nueva ni para ir a ningún sitio donde pueda lucirla), le gusta hacerle a Karen un desfile de moda. Ella se sienta en el borde de la cama —últimamente, suele estar dentro de ella— mientras Bruce se viste en el baño y después sale con una mano en la cintura y se contonea por la habitación como si fuese una pasarela. Karen siempre se parte de risa. Ha llegado a entender que esa es la razón por la que compra trajes, camisas, corbatas, pantalones y calcetines nuevos, para divertir a Karen.
Y porque le gusta tener buen aspecto. Hoy, para su llegada, se ha puesto unos vaqueros negros planchados de G-Star y una camisa con estampado de cachemira negro y turquesa de Robert Graham con puños verde hoja, unos calcetines con rayas de cebra y unos mocasines negros de ante de Gucci. Hace calor al sol. Incluso Karen, que siempre tiene frío por culpa de la quimio, tiene calor. Bruce debe de estar asándose.
Aparece ante ellos un faro envuelto en una bandera estadounidense y, a continuación, Karen ve dos torres de iglesia, una con un chapitel blanco y la otra con un reloj y una cúpula dorada. El puerto está lleno de veleros de todos los tamaños, yates de pesca deportiva, lanchas rápidas y yates con cabina.
—Es como un plató de cine —dice Karen, pero sus palabras se las lleva la brisa del mar y Bruce no la oye.
Por la expresión de su cara, Karen ve que está tan fascinado como ella. Probablemente esté pensando en que no han estado en un lugar tan encantador como este desde su luna de miel, treinta y dos años atrás. Ella tenía entonces dieciocho años, recién salida del instituto, y, después de los gastos de la ropa de la boda y de una ceremonia en el juzgado, les quedaban doscientos ochenta dólares para una escapada de una semana. Compraron una caja de vino con sabor a frutas (ahora no se lleva pero, ay, cómo le gustaba en aquel entonces a Karen un Bartles and Jaymes de frambuesa frío) y un montón de comida para picar —Bugles, Doritos Cool Ranch, aritos de cebolla—, se subieron al Chevy Nova de Bruce, metieron el cartucho de ocho pistas del álbum Bat Out of Hell en el radiocasete y salieron en dirección a la costa, los dos cantando a todo pulmón.
Llegaron enseguida al final de la costa de New Jersey, pero ninguno de los dos tenía ganas de parar. Esas playas habían sido las de su juventud —excursiones escolares, vacaciones familiares en Wildwood cada verano—, así que continuaron en dirección norte, hacia Nueva Inglaterra.
Karen recuerda ahora que Nueva Inglaterra le sonaba entonces a algo muy exótico.
Se quedaron sin gasolina en un lugar llamado Madison, Connecticut, en la salida 61 de la I-95. La ciudad tenía una calle principal arbolada y llena de tiendas, y parecía salida de una telecomedia de los años cincuenta. Cuando Karen se bajó del coche para estirar las piernas en la gasolinera, notó el aire salado.
—Creo que estamos cerca del agua —dijo.
Preguntaron al dependiente de la gasolinera qué podían ver en Madison, Connecticut, y él les indicó un restaurante que se llamaba Lobster Deck y tenía unas vistas panorámicas del estrecho de Long Island. Siguiendo calle abajo desde el Lobster Deck, al otro lado de una reserva natural con una playa, estaba el motel Sandbar; la habitación costaba ciento cinco dólares la semana.
Karen sabe que no tiene mucho mundo. Nunca ha estado en París ni en las Bermudas, ni siquiera en la Costa Oeste. Bruce y ella llevaban a Celeste a las Montañas Pocono de vacaciones. Esquiaban en Camelback en invierno y, en verano, iban al parque acuático Great Wolf Lodge. El resto del dinero lo ahorraban para que Celeste fuera a la universidad. Había mostrado interés por los animales desde muy pequeña y tanto Bruce como Karen esperaban que se hiciera veterinaria. Pero cuando Celeste se inclinó por la zoología, también les pareció bien. Le ofrecieron una beca parcial en la Universidad Miami de Ohio, que tenía la mejor facultad de Zoología del país. Lo de la «beca parcial» dejaba todavía muchas otras cosas que había que pagar —algunas clases, habitación, comida, libros, dinero de bolsillo, billetes de autobús para volver a casa—, por lo que quedaba bastante poco para viajar.
De ahí que aquel viaje a Nueva Inglaterra siguiera siendo sagrado para Karen y Bruce. Ahora el agujero se les ha agrandado aún más —una deuda de casi cien mil dólares por culpa de las facturas médicas de Karen—, pero de ninguna manera se iban a perder este viaje a Nantucket. Cuando vuelvan a casa, una vez que Celeste y Benji salgan sin percance hacia su luna de miel en Grecia, harán una parada en Madison, Connecticut, para lo que Karen llama en la intimidad el Broche de Oro. El motel Sandbar desapareció hace tiempo, así que, en su lugar, Bruce ha reservado una suite con vistas al mar en el hotel Madison Beach. Pertenece a la cadena Hilton. Bruce le ha contado a Karen que se la han dado gratis con los puntos Hilton Honors que le ha regalado el director general de la tienda, el señor Allen. Karen sabe que todos los compañeros de trabajo de Bruce han buscado la forma de ayudar a su empleado favorito, Bruce el de Trajes, a cuya mujer le han diagnosticado un cáncer terminal, y, aunque resulta ligeramente vergonzoso, sí que valora la preocupación y, sobre todo, el generoso ofrecimiento del señor Allen de pagarles el hotel. Madison, Connecticut, ha adquirido las cualidades paradisiacas de un Shangri-La. Karen quiere comer langosta —con mantequilla, con muchísima mantequilla— y quiere ver el caramelo de miel del sol descendiendo hacia el horizonte en el estrecho de Long Island. Quiere quedarse dormida en los brazos de Bruce mientras escucha el batir de las olas en la orilla, con su hija felizmente casada.
El Broche de Oro.
En agosto del año anterior, Karen se enteró de que tenía un tumor en la vértebra L3. El cáncer de pecho que creía superado se le había metastatizado en los huesos. Su oncólogo, el doctor Edman, le había dado dieciocho meses. Karen calcula que le quedará, por lo menos, hasta finales de verano, lo cual supone una inmensa bendición, especialmente teniendo en cuenta toda la gente que a lo largo de la historia ha muerto sin previo aviso. De hecho, Karen podría estar cruzando Northampton Street a la altura de la rotonda del centro de Easton y morir atropellada por un coche, lo que haría que el diagnóstico de cáncer careciera de importancia.
Celeste se había quedado destrozada con la noticia. Acababa de prometerse con Benji, pero dijo que quería posponer la boda, dejar Nueva York y volver a Easton para cuidar de Karen. Esto era justo lo contrario de lo que Karen deseaba. Animó a Celeste a adelantar la boda en lugar de posponerla.
Celeste, siempre obediente, hizo precisamente eso.
Cuando el doctor Edman llamó la semana pasada para decirle que, al parecer, el cáncer se había extendido al estómago y el hígado, Karen y Bruce decidieron ocultarle la noticia a Celeste. Cuando Karen se marche el lunes por la mañana, se despedirá de Celeste como si no pasara nada.
Lo único que tiene que hacer es superar los siguientes tres días.
Karen puede caminar todavía con un bastón, pero Bruce ha dispuesto que tenga una silla de ruedas para deslizarla elegantemente por la rampa hasta el muelle. Se supone que Greer Garrison Winbury —o, mejor dicho, Greer Garrison; poca gente la llama por su apellido de casada, según Celeste— los estará esperando. Ni Karen ni Bruce conocen a Greer, pero Karen ha leído dos de sus libros: el más reciente, Muerte en Dubái, y la novela que lanzó a Greer a la fama a principios de los noventa, El asesino de Khao San Road. Karen no es muy buena crítica literaria —se salió de tres grupos de lectura porque las novelas que escogían le resultaban lúgubres y deprimentes—, pero sí que puede decir que El asesino de Khao San Road era vertiginosa y entretenida. (Karen no tenía ni idea de dónde se encontraba Khao San Road; resultó que estaba en Bangkok y salían todo tipo de datos sobre esa ciudad —los templos, el mercado de flores, la ensalada de papaya verde con cacahuetes tostados— que hacían que el libro le resultara igual de evocador que ver el canal de viajes en la televisión). Sin embargo, Muerte en Dubái era poco original, y predecible. Karen adivinó quién era el asesino en la página catorce: el tipo calvo con el bigote tatuado. La propia Karen podría haber escrito una novela con más suspense tomando como base CSI: Miami. Se pregunta si Greer Garrison, la reconocida escritora de novelas de misterio a la que siempre se nombra en la misma categoría que Sue Grafton y Louise Penny, estará simplemente dejándose llevar, ahora que ha llegado a la mediana edad.
Karen ha estudiado con atención la foto de Greer; los dos libros que ha leído muestran la misma, a pesar del lapso de casi veinticinco años entre las fechas de publicación. Greer luce una pamela de paja y de fondo se ve un frondoso jardín inglés. Aparenta unos treinta años. El pelo es de un rubio claro; la piel, pálida e impoluta; los ojos, de un bonito marrón oscuro, y el cuello, largo y precioso. No es una mujer manifiestamente guapa, pero desprende clase, elegancia, majestuosidad incluso, y Karen puede entender por qué no ha querido nunca actualizar su fotografía. ¿Quién quiere ver los efectos de la edad en una mujer? Nadie. Así que le toca a ella imaginar cuál puede ser ahora el aspecto de Greer, con arrugas, cierta tensión en el cuello, posiblemente un toque gris en la raya que le parte el pelo.
Hay una aglomeración de personas en el muelle: los que desembarcan, los que van a recoger a sus huéspedes, turistas que pasean por las tiendas, parejas hambrientas en busca del almuerzo. Como el cáncer le ha invadido el estómago, rara vez tiene hambre, pero ahora se le ha despertado el apetito ante la perspectiva de comer langosta. Le preguntó a Celeste si la servirán durante el fin de semana de la boda.
«Sí, Betty —había respondido Celeste, y oír a su hija decir su apodo le había hecho sonreír—. Habrá langosta en abundancia».
—¿Karen? —grita una voz—. ¿Bruce?
Karen mira entre la multitud y ve a una mujer —rubia, delgada y que sonríe como una loca, o quizá es que la sonrisa le parece de loca debido al estiramiento facial— acercándose a ellos con los brazos muy abiertos.
Greer Garrison. Sí, ahí está. Su pelo es del mismo rubio claro y lleva unas gafas de sol que parecen caras —¿Tom Ford?— apoyadas en lo alto de la cabeza. Viste unos pantalones capri blancos y una blusa larga y blanca de lino, que Karen supone que resultará muy chic y veraniega, aunque ella siempre prefiere los colores en la ropa, consecuencia de haber trabajado tantos años en la tienda de regalos de la fábrica de ceras Crayola de Easton. En su opinión, el aspecto de Greer resultaría más interesante si la blusa fuera de color magenta o de un amarillo dorado.
Greer se lanza a abrazarla en su silla de ruedas, sin esperar a confirmar que de verdad se trata de ella,
