Encadenado a ti

Encarna Magín

Fragmento

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Prólogo

Cuenta la leyenda que, en el condado de Headow, existe un hermoso roble, tan grande como la torre de un castillo, cuyas ramas un día fueron encadenadas. Todo sucedió una mañana de otoño, cuando el conde del lugar, montado sobre su semental gris y negro, y de regreso a su castillo después de cobrar las rentas de los campesinos de la aldea, se topó con una anciana ataviada con una capa raída y sucia, de la que salían mechones de cabellos blancos. Su rostro arrugado y enjuto mostraba las penurias por las que había pasado. Estaba famélica y miró al noble con ojos suplicantes.

—Por favor, señor —rogó alargando la mano—, tenga misericordia de una pobre anciana, solo necesito una moneda para comprar pan y un trozo de queso.

El noble se llevó la mano a los saquitos de terciopelo que llevaba colgados de su cinturón, con las rentas de los campesinos que labraban sus tierras. Había conocido a bandidos de todas las calañas, que utilizaban a ancianos, niños y mujeres como cebo. Su cuerpo se tensó y miró a su alrededor en busca de alguna señal que le advirtiera de que había ladrones escondidos, al tiempo que agarraba las riendas de su montura y se preparaba para espolear al animal. Sin embargo, no observó nada fuera de lo común. No había hierba pisada por hombres o caballos, ni ramas rotas, ni rastro alguno que le avisara de que una banda de malhechores se preparaba para emboscarlo.

—¡Estas monedas me pertenecen! —exclamó, rindiendo homenaje a su codicia.

El conde irguió la espalda. El brillo dorado de esos tesoros llenaba su corazón de felicidad y provocaba que cada día ansiara aumentar su fortuna. En su castillo tenía cofres llenos de monedas y su gran pasión era pasar horas observando su dinero. De todos era sabido que no había nadie a varios quilómetros a la redonda con una fortuna como la suya.

—Si no quiere desprenderse de ninguna moneda, lléveme con usted al castillo y deme algo de comer.

El conde negó con la cabeza, prefería que le arrancaran una muela antes que compartir lo que consideraba que era suyo.

—¡No! —gritó con tanto ímpetu que ese «no» resonó en el bosque y silenció las bellas melodías de los pájaros. Pero la miró de arriba abajo y se apiadó de ella, con el dedo señaló el camino por el cual se accedía al poblado—. Siga andado por aquí, encontrará una aldea y, a cambio de unas horas de trabajo, le darán comida y ropa nueva.

La anciana se acercó a él, el caballo se agitó, pero no la asustó. Posó su huesuda mano en la rodilla del noble.

—Mi señor, soy muy mayor y estoy demasiado débil para trabajar. Un hombre justo siempre es generoso, ¿acaso no es usted un hombre justo? Tenga piedad de esta anciana.

El conde se removió sobre su caballo ante las palabras de la desconocida. Lo cierto era que tenía fama de ser un hombre justo, nunca había sido un tirano. Su condado se extendía más allá de donde alcanzaba su mirada. No era muy grande, sin embargo, sus tierras eran fértiles y los aldeanos que las cultivaban prosperaban a cada cosecha; y nunca había echado a nadie si se retrasaba en los pagos. Pero solo de pensar en compartir su mesa y sus monedas con esa anciana descuidada que no había visto nunca, su mal humor afloraba. Le sobrevinieron arcadas en cuanto un aroma pestilente a agua estancada inundó sus fosas nasales. Se dio cuenta de que era la desconocida que emanaba ese hedor tan insoportable.

—¡Dejadme en paz, maloliente ser! —exclamó colérico, harto de perder el tiempo.

El conde agitó las riendas e instó a su caballo a que se encabritara, lo que provocó que la anciana cayera al suelo. El noble abrió los ojos, impactado por su pérdida de control. No había sido su intención derribarla, aun así, no desmotó para ayudarla a levantarse del suelo. Se mantuvo sobre su caballo, con la espalda erguida, y se esforzó en recuperar el control. Solo quería llegar al castillo cuanto antes y contar las monedas. Bufó de alivio cuando vio que la desconocida se ponía de rodillas y, con esfuerzo, se alzaba poco a poco. Estaba a punto de ordenar a su montura que siguiera el camino, cuando lo que pasó a continuación lo dejó mudo y quieto en el lugar.

Cuentan que el cielo se cubrió de nubes negras con una rapidez pasmosa, un aire gélido cubrió el lugar espantando a todo ser vivo. Se oyeron las carreras de los ciervos y los gritos de urracas escapando de allí a toda prisa. Un halo de luz blanca y morada rodeó la silueta de la anciana. De pronto, sus ropajes estaban limpios y su aspecto era joven y hermoso, y su mirada cristalina rebosaba vida. Ya no apestaba, en el aire flotaba el aroma de un sinfín de flores. El conde era incapaz de creerse la transformación y se restregó los ojos mientras su corazón latía desenfrenado.

—No has querido ayudarme y juro que tu avaricia será tu perdición —sentenció tratándolo con indiferencia y con la superioridad que le daba su poder. Con su dedo esbelto señaló el hermoso roble, su capa ondeaba al compás de un agitado viento y chasqueaba como si fuera un látigo—. ¡Yo te maldigo a ti y te condeno a perder un ser querido por cada rama que este roble pierda! ¡Nunca más el condado de Headow tendrá un señor, y tu estirpe estará maldita para toda la eternidad!

La copa del árbol se zarandeó como si tuviera vida propia y quisiera salir corriendo; el conde temió que se derrumbara y obligó a su montura a retroceder. Poco a poco, el cielo quedó limpio de nubes, el viento dejó de soplar y todo volvió a la normalidad. El noble giró la cabeza en dirección a la mujer, pero ella ya no estaba. Cabeceó incrédulo y pensó que todo había sido fruto de su imaginación, por lo que se obligó a no darle importancia.

Sin nada más que lo retuviera, regresó a su hogar junto a su esposa y cuatro vástagos: tres niñas y un niño. No contó a nadie lo acontecido por temor a que lo tomaron por loco, por lo que se olvidó de la anciana y de su maldición al cabo de unas horas. Se encerró y empezó a contar las monedas, en sus pupilas brillaba el dorado que desprendían aquellos círculos perfectos mientras su boca sonreía.

Pero esa misma noche, en el condado de Headow, estalló tal tormenta que nadie recordaba haber visto una peor. Del roble cayó una rama y al día siguiente su esposa falleció de golpe. Sin embargo, el conde lo atribuyó a una casualidad, seguía sin darle importancia a la maldición de la anciana.

Pasó una semana y otra tormenta se fraguó sobre el condado. Un rayo provocó que otra rama cayera del roble y, al cabo de una hora, el senescal, que había servido a la familia con lealtad y estima, y que se había ganado un lugar en sus corazones, se desplomó en el suelo y murió al instante sin ningún motivo aparente que advirtiera de su final. Aun así, el noble no quiso relacionar el suceso con el árbol.

Y la vida siguió en el castillo. Pero no tardó en llegar otra tormenta, y fue tan feroz como la anterior. Un rayo provocó que cayera otra rama del roble, y antes del amanecer una de las tres hijas del noble perdió la vida. El conde ya no pudo negar que estaba maldito, y la gente que habitaba el castillo empezó a tener miedo. Sin embargo, el conde había hecho mucho por ellos, les había proporcionado unas vidas dignas, y se quedaron junto a él y a su familia por la lealtad que le profesaban.

Pero llegó otra tormenta que azotó el roble sin piedad y provocó que otra rama cayera. Y un caballero, amigo del noble, compañero de caza y de charlas, falleció al instante cuando afilaba su espada. El pánico se apoderó de los sirvientes del castillo y se marcharon, a pesar de ser de noche. No quisieron pasar ni un segundo más por temor a que la maldición los atrapara.

El noble y lo que quedaba de su familia se quedaron solos en un castillo enorme, donde el eco del silencio resonaba en cada rincón. El conde no sabía qué hacer, en un acto desesperado pidió clemencia arrodillado frente al majestuoso árbol. Sin embargo, sus rezos de nada sirvieron, porque en la siguiente tormenta otra rama cayó, y otra hija él perdió.

La culpabilidad empezó a atormentar al conde día y noche. Ya no prestaba atención a sus tesoros, nada le importaba, salvo mantener vivos a la hija y al hijo que le quedaban. Estaba tan desesperado que depositó todas sus monedas de oro a los pies del árbol. Volvió a suplicar, a rezar, incluso pidió perdón por no socorrer a la anciana.

Pero tampoco de nada sirvió. Otra tormenta llegó al condado, y otra rama cayó al suelo. Su última hija falleció al día siguiente. El conde se maldijo, su avaricia había sido su perdición, tal como la anciana le había dicho. ¿De qué le servían sus riquezas si no podía salvar a los que más amaba? Comprendió demasiado tarde que su familia era su verdadero tesoro, pero una maldición se los estaba arrebatando. Solo le quedaba su hijo y se negaba a perderlo en la próxima tormenta.

Preso de una locura sin igual, pidió al herrero del condado que le hiciera unas cadenas cuyos eslabones fueran tan fuertes que nada ni nadie pudiera romper jamás. Cuando las tuvo, fue al roble y con ella encadenó todas las ramas. Esa misma noche estalló otra tormenta, el conde temblaba de arriba abajo, en un gesto instintivo cogió a su hijo en brazos. Temía perderlo, estaba asustado como nunca y lo abrazaba con fuerza, como si ese gesto lo pudiera mantener a salvo de la maldición.

—Padre, ¿por qué lloras? —le preguntó el niño con inocencia mientras los truenos y relámpagos rompían el cielo.

—Porque eres mi mayor tesoro y no quiero perderte.

La tormenta cesó y el conde, junto a su hijo, al que no dejaba por temor a que siguiera el mismo camino que su esposa y sus tres hijas, fue a ver el roble. En su mano llevaba una antorcha y con ella lo iluminó. Todas las ramas seguían en su lugar gracias a las cadenas. El noble suspiró aliviado, se arrodilló delante de su hijo, posó la mano libre sobre el hombro infantil y le dijo:

—Hijo, no se te ocurra enamorarte nunca. —Miró el roble, sus hojas goteaban, las cadenas brillaban debido a la luz de la antorcha—. Tu destino es vivir solo, porque los condes de Headow están malditos.

Dicen que el conde, a cada tormenta que estallaba en su condado, acudía a comprobar las cadenas que sujetaban las ramas del roble. Se llevaba a su hijo consigo y siempre le hacía la misma advertencia: «No te enamores nunca, tu destino es vivir solo».

Capítulo 1

Liam estaba sentando frente a una mesa situada cerca de la chimenea, en la biblioteca del castillo, en la torre del homenaje, degustando su cena: una trucha —que había pescado esa tarde en el río que cruzaba el condado de Headow— y una jarra de cerveza clara de cebada malteada. La luz de las velas iluminaba la estancia cuando, de pronto, escuchó un trueno en la lejanía. La ventana estaba a su espalda, por lo que se giró en la silla y miró el exterior. Los últimos rayos de sol iluminaban un cielo que empezaba a cubrirse de unas nubes oscuras, que viajaban a toda velocidad. Torció la boca en una mueca al comprender que una tormenta de principios de otoño se estaba fraguando en el exterior.

Sin embargo, siguió con su cena antes de que se le enfriara. La trucha especiada con eneldo desprendía un aroma sabroso y le supo a poco. Se prometió tener paciencia la próxima ocasión y pescar dos. El viento, poco a poco, incrementó su fuerza y agitaba las contraventanas, al tiempo que los truenos se escuchaban más cerca. Se levantó con la jarra de cerámica pintada y esmaltada en su mano y se acercó a la ventana. Los rayos se sucedían uno tras otro e iluminaban los ojos verdes de hombre, otorgándole un brillo penetrante. Las gotas que caían eran grandes como puños. Dio un sorbo a su bebida y dejó la jarra sobre el escritorio que había bajo la ventana, y se dispuso a cerrar las contraventanas para que dejaran de golpearse. Las tormentas no le traían buenos recuerdos, ya que se le hacía difícil borrar de su mente la desesperación de su padre, fallecido diez años atrás, cada vez que llegaba al condado una bestia hecha de truenos y relámpagos.

Se arrodilló frente a la chimenea y colocó varios troncos, que prendieron con rapidez debido a los secos que estaban. Con el candelabro en la mano, se acercó a una pequeña escala de madera a la que le faltaba algún peldaño, que se hallaba delante de una enorme estantería descolorida y desgastada, donde había libros de todos los tamaños y grosores. Se ayudó de la mano libre para agarrarse y trepar por los peldaños; se tomó su tiempo para escoger un volumen, que se colocó bajo la axila a fin de poder descender con seguridad.

Una vez con los pies en un suelo cubierto por una alfombra raída, se dispuso a sentarse en la butaca, tapizada de un terciopelo granate deslucido por el tiempo, qu

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