En el país de los espías (Serie Slow Horses 6)

Mick Herron

Fragmento

Capítulo 1

1

La lechuza salió volando del granero entre chillidos con las puntas de las alas en llamas. Durante un momento, recortada contra el vacío del cielo, semejó un ángel moribundo chamuscado por su propia divinidad, pero un instante después ya no era más que un cascarón requemado que caía a plomo sobre los árboles próximos. El hombre se preguntó si aquel pájaro iba a provocar un incendio en el bosque, pero los árboles estaban cubiertos por una gruesa capa de nieve, y cualquier chispa que sobreviviese a la caída se extinguiría de inmediato. Se volvió hacia el granero otra vez justo en el momento en que el techo se venía abajo en medio de una nube de polvo. A su manera, era un hermoso espectáculo, al menos si te gustaban ese tipo de cosas. Probablemente, un pirómano se habría entusiasmado.

Pero él no era un pirómano; tan sólo estaba siguiendo instrucciones. Había pegado fuego al granero para borrar su presencia reciente, y ni a él ni a su compañero se les había ocurrido pensar que el incendio supondría un exterminio, que dentro habría una lechuza y un montón de ratones, ratas, arañas y quién sabe qué más. Tampoco importaba mucho, pero debería haberlo previsto; así no se habría llevado una tremenda impresión cuando aquel pájaro de fuego surgió de entre las llamas dando caza con desespero a los últimos segundos de su existencia.

Unos últimos segundos que terminó por encontrar allí arriba, en el vasto cielo grisáceo, mientras las llamas transformaban milagrosamente su antiguo hogar en una informe masa humeante.

Algo se desplomó con estrépito y levantando chispas a su alrededor, lo que suponía una señal de que era hora de largarse.

—¿Estamos listos? —preguntó.

—No tanto como el pajarraco de hace un momento. ¿Qué era? ¿Un pollo o algo por el estilo?

—Eso mismo: un pollo.

«Madre mía.»

Comprobó que las correas de su mochila estaban bien aseguradas, se ajustó los puños de la chaqueta acolchada, se cubrió con la capucha y se encaminó hacia el sendero seguido por su colega. A sus espaldas, el humo se enroscaba hacia lo alto mientras la nieve caía cada vez más pesadamente y aplanaba los colores del paisaje hasta dejar uno solo. El granero que acababan de incendiar estaba en desuso desde hacía tiempo y se hallaba a kilómetros de distancia del lugar más cercano. Sin duda, la columna de humo acabaría llamando la atención, pero antes de que llegaran los profesionales ellos se habrían volatilizado sin dejar huella. Por lo demás, en esas zonas rurales dejadas de la mano de Dios siempre podía contarse con un chivo expiatorio de lo más conveniente: los chavales y sus cosas. La vida en el campo no se reducía a conducir el tractor y a palear mierda con una sonrisa en los labios, seguro que había chavales por la zona que se ponían ciegos de metanfetamina, que se hinchaban a beber sidra de alta graduación y que, de vez en cuando, disfrutaban prendiéndole fuego a un viejo granero. Él mismo lo habría hecho si lo hubieran forzado a pasar su juventud en un lugar como éste.

Cuando encontraran los cadáveres se montaría un verdadero circo, claro, pero eso no pasaría hasta que las llamas se apagasen y, para entonces, los bomberos ya lo habrían pisoteado todo, mezclando la sangre y la nieve hasta formar una masa lodosa e indiscernible.

El puño derecho de la chaqueta le apretaba, así que volvió a ajustarse el cierre de velcro. Mejor. Era una prenda de buena calidad que te aislaba de la lluvia y el frío. La muerta llevaba una similar; parecía nueva, pero debía de habérsela desgarrado al encaramarse por una valla o algo así, porque tenía un roto en el pecho derecho por el que asomaban el relleno esponjoso y un triángulo de tela que colgaba flácido debajo. En cuanto al muerto, no iba bien equipado para el frío: habría acabado muriéndose aunque ellos no hubieran intervenido.

El sendero abandonó la protección de los árboles, de modo que volvieron a encontrarse a cielo abierto una vez más. La tormenta llegaba de la costa y se dirigían hacia ella. Por el camino llamaría al jefe para concertar un punto de encuentro. Con suerte, habría encontrado y matado al chaval esa misma mañana, pero, si no, de todas formas estaban preparados para lo que hiciera falta. Los encargos como ése a veces salían mal, no había que darle más vueltas. A veces había compañeros que la palmaban, y cuando eso pasaba aprendías la lección y procurabas no pensar mucho en el tema. Te ibas a casa y esperabas a que sanaran las heridas.

Su compañero apareció de pronto a su lado.

—Me muero por echar un trago.

—Nada de eso hasta que veamos luces de nuevo.

Hasta que estuvieran de vuelta en Inglaterra, quería decir. Tal vez en Gales también hubiera luces, pero quién sabe, a lo mejor las generaban unos hámsteres con sus norias.

Una sombra cruzó por lo alto a toda velocidad: un pájaro que volvía a su hogar. De nuevo pensó en la lechuza y en la forma en que las llamas la iban consumiendo tras huir volando del granero. Las lechuzas le traían recuerdos. Presagiaban algo, ¿no? La muerte, sin duda; la mayoría de los presagios tenían que ver con la muerte, al menos si uno se atenía a las películas de terror.

Se topó con un cercado y salvó la escalerilla que permitía franquearlo. A sus espaldas había dejado unas cuantas jornadas complicadas y una negra espiral de humo que dibujaba un ideograma en el cielo.

Ante él se extendía un paisaje cada vez más blanco que llegaba hasta el mar. Mientras avanzaba en esa dirección, pensó que la lechuza había acertado de lleno, aunque su vaticinio llegara tarde: la muerte había visitado aquel lugar y se había cobrado su tributo. El trabajo había sido más difícil de lo esperado, teniendo en cuenta que sus oponentes pertenecían a los fracasados de la... ¿cómo la llamaban? ¿La Casa de la Luciérnaga? No, no, no: la Casa de la Ciénaga, eso era... El jefe les había dicho que los llamaban los «caballos lentos», pero el trabajito había resultado más peliagudo de lo previsto.

Aunque eso ya no importaba mucho.

El hombre estaba muerto, la mujer estaba muerta.

Y en la Casa de la Ciénaga iban a necesitar unos caballos lentos de repuesto.

PRIMERA PARTE

Viejas glorias

2

Las ciudades duermen con las luces encendidas, como si tuvieran miedo a la oscuridad. Calle arriba, calle abajo, agolpándose en los cruces, las farolas tejen guirnaldas que iluminan las aceras y esconden las estrellas. Es posible que, desde arriba (desde la perspectiva de un astronauta, pongamos por caso, o la de un lector), esas guirnaldas llevaran a pensar en las redes neuronales y el sistema nervioso de una ciudad, y la imagen sería acertada, pues una ciudad está hecha de recuerdos, de reminiscencias almacenadas en cajones de piedra y de metal, de ladrillo y de cristal; y cuanto más brilla la luz de las vías nerviosas, más fuertes son esos recuerdos y reminiscencias. Los rastros de los acontecimientos grandiosos (desfiles de la realeza, concentraciones de masas en tiempos de guerra, celebraciones de victorias...) perduran en las arterias más anchas y concurridas, mientras que en las plazas donde confluyen muchas calles se conservan las sombras de sucesos menos felices, como los disturbios, linchamientos y ejecuciones públicas. En las orillas de los ríos pasean algunos momentos más tranquilos (compromisos de boda, adulterios) y en el brillo cegador de las terminales de transporte se guarda el recuerdo de mil millones de llegadas y otras tantas partidas. Algunos de esos recuerdos han dejado auténticas cicatrices en la memoria; otras, apenas rasguños, pero todas aportan al conjunto porque eso es, precisamente, lo que conforma una ciudad: la lenta acumulación de historia, de un número casi infinito de acontecimientos en una red de calles que se iluminan por la noche.

Los recuerdos más notables justifican placas y estatuas; los de carácter más privado se mantienen fuera de la vista o, si acaso, tan a la vista de todos que, de hecho, nadie repara en ellos. Un ejemplo lo encontramos en Aldersgate Street, en el barrio londinense de Finsbury, donde se asienta, como un enorme sapo, la mole del Barbican. Incluso siendo una arteria principal es tan mediocre, con sus tiendas y sus oficinas en adocenada sucesión, que apenas inspira recuerdos, ya no digamos nostalgia. Esas brillantes conexiones que se activan iluminando la noche son más débiles allí que en ningún otro lugar. Aun así, no lejos del acceso al metro se halla un bloque de cuatro pisos (aunque dé la impresión de ser más chato) que los destellos iluminan fugazmente de tanto en tanto. Al nivel de la acera, el frente consiste en poco más que una polvorienta y descuidada puerta negra encajonada entre un restaurante chino y un comercio en el que se venden periódicos, revistas, refrescos, chocolatinas y demás. La fachada está en muy mal estado, los canalones están hechos un desastre y las palomas han dejado aquí y allá sus tradicionales muestras de desprecio. Lo único que le presta algo de respetabilidad (la leyenda W. W. HENDERSON, ABOGADO Y FEDATARIO PÚBLICO, escrita en letras doradas en una ventana del segundo piso) lleva largo tiempo descascarillándose, y las ventanas sin leyenda situadas por encima y por debajo están grisáceas y sucias. El edificio es un diente cariado en una boca hecha polvo. «Aquí no ha pasado nada; no hay nada que ver. Por favor, circulen.»

Es como tiene que ser, pues esto es la Casa de la Ciénaga, y la Casa de la Ciénaga no merece atención alguna. Si una historiadora tratara un día de introducirse en sus secretos, primero tendría que vérselas con una puerta trasera que insiste en atascarse haga frío o calor; a continuación, debería enfrentarse con unas escaleras cuyos crujidos sugieren el colapso inminente y, una vez superado esto, no encontraría mucho que anotar en su cuaderno: apenas una sucesión de despachos equipados para afrontar los años noventa, unas paredes desconchadas que se caen a pedazos y unas ventanas cuyos marcos están astillados y medio podridos. El aire está viciado por el olor metálico de un hervidor eléctrico utilizado hasta la saciedad y las esporas de moho se congregan en los rincones de los techos agrietados. La mujer bien podría ir de un despacho a otro sin hacer ruido, circulando por una moqueta tan gastada y fina como las sábanas de un motel, y posar la mano con efímera esperanza en unos radiadores que no pasan de ser unos mazacotes de metal inactivos, sin encontrar más historia que la que tiene lugar por la simple fuerza de la costumbre. De modo que nuestra historiadora volverá a guardar el bolígrafo y descenderá de nuevo por la desvencijada escalera para cruzar una vez más el mohoso patio habitado por los contenedores de basura, salir al callejón, luego a la calle y después a Londres, más allá. Hay mucha historia en otros lugares, en el mundo se acuñan recuerdos a cada minuto que pasa, no hay motivo para perder el tiempo en un sitio como ése.

Y una vez que se ha ido, un suspiro de alivio atraviesa el edificio de punta a punta, un suspiro apenas perceptible que agita los papeles y estremece las puertas... la Casa de la Ciénaga tiene la certeza de que sus secretos van a seguir intactos, porque, como cualquier edificio de cualquier ciudad, la Casa de la Ciénaga tiene sus secretos: es una neurona inscrita en un hipocampo urbano y retiene el eco de todo cuanto ha visto y oído. Los recuerdos han manchado sus paredes y rezumado por la escalera; apestan a fracaso, y alguien se ha encargado de borrarlos de los archivos públicos, pero persisten, aunque se ocultan a los ojos de los intrusos. En lo más recóndito de la osamenta de ese edificio pervive la conciencia de que algunos de sus despachos antes ocupados por dos personas hoy tan sólo alojan a una. Aquellas impresiones antaño familiares (el peso de una sombra en una pared, la presión de la planta de un pie en uno de sus peldaños) ya no tienen lugar, y en esto consiste el recuerdo: en la constatación de que algunas cosas se han evaporado para siempre, y en esto consiste la conciencia: en el entendimiento de que van a darse nuevas ausencias.

Pasa el tiempo y las luces de la ciudad bizquean y se apagan mientras la urbe se levanta trabajosamente. Los recuerdos, espoleados por el sueño, se apagan con el amanecer. La nieve hará acto de presencia antes del final de la semana, pero hoy sólo reina una fría y gris normalidad. Los caballos lentos pronto llegarán, uno tras otro, y se enfrentarán a sus tediosos trabajos, sumiéndose en un paisaje indistinguible carente de puntos de interés. Con semejantes tareas a mano, el verdadero desafío consiste en recordar por qué se molestan en hacerlas.

Y mientras se molestan en hacerlas, la Casa de la Ciénaga se sume en la rutinaria labor de todos los días: esforzarse en olvidar.

Lo que había que recordar de Roderick Ho (recordaba él) era que volvía a ser un espía, un pedazo de espía, un agente secreto. Que estaba de nuevo en el juego.

Y ése era el motivo por el que en ese momento revolvía en el interior de una papelera ajena.

Era verdad que el último año había dejado mucho que desear. Kim, su novia, al final resultó no serlo, y si bien este pedrusco en particular hacía ya tiempo que había caído en el pozo, él no iba a olvidar su chapoteo final así como así. Se había sentido traicionado, herido. Y no sólo eso: también se había puesto muy nervioso cuando le hicieron saber que su comportamiento y sus acciones habían estado muy cerca de la alta traición. Menos mal que Lamb no estaba dispuesto a quedarse de brazos cruzados mientras le daban un patadón en el culo a su lugarteniente de confianza. Pero ahora que las aguas se habían calmado un poco, dos cosas eran seguras: Kim, su novia, ya era historia, y él, Roddy el Rodillo, continuaba siendo el cerebro pensante en la Casa de la Ciénaga.

«Mientras prosigue la investigación de las acusaciones relacionadas con su comportamiento, seguirá usted asignado a...»

Durante un tiempo, había estado hecho polvo. Se había dejado crecer la barba hasta que pasó de ser un detalle estiloso a convertirse en un hirsuto barbón de hípster. Había sido expulsado de TerraWar VII en el nivel dos, por lo que sabía perfectamente cómo debía de haberse sentido Andy Murray al coger el primer autobús a casa después de la derrota en Wimbledon. Y apenas se había ocupado de mostrar su indignación cuando se enteró de que el nuevo jefazo iba a ser una mujer: que otros se encargaran de plantar cara; RodMan había colgado su capa de superhéroe.

«Hasta que este departamento haya completado la investigación como es debido, se abstendrá usted de mantener contacto con los colegas del trabajo...»

Además, esperaba que alguien (probablemente Louisa, aunque se hubiera conformado con Catherine) hiciera un aparte con él para susurrarle palabras de aliento y comprensión, pero eso tampoco había sucedido, lo que, bien mirado, tenía su lógica: si había un león herido en la manada (el rey de la selva, un auténtico macho alfa), más valía no acercarse mucho mientras se lamía las heridas. Lo mejor era esperar a que estuviera otra vez fuerte y en plena forma.

Así que Roderick Ho exhaló un leve suspiro de alivio ahora que todo cuadraba de nuevo. Lo sucedido en los últimos tiempos por fin se explicaba: un simple y tranquilo período de recuperación que todos se habían cuidado mucho de respetar, un período que se había acabado, pues otra vez se había sumado al juego.

«Su salario y prestaciones quedan congelados en su nivel actual...»

Las mujeres podían herirte, de acuerdo, pero lo que no podían era acabar contigo y, si no, que se lo pregunten a Batman. El camino del guerrero era solitario. Y a estas alturas, con la ayuda de papá internet, cualquiera podía echar un polvo (o al menos acceder a innumerables y vívidas imágenes de lo que era echar un polvo), de manera que habría podido ser mucho peor.

Y lo que estaba haciendo (como parte de su recuperación, podríamos decir) era retomar el control de su entorno. Porque, por mucho que un guerrero caminara solo, a él le habían asignado un compañero de establo: Alec Wicinski, se llamaba, o Leck. ¿«Lek»? El nombre parecía salido de La guerra de las galaxias, ¿no? El fulano apenas llevaba dos días allí y ya le había venido con el rollo de que moviera sus cosas «a su propio lado del despacho», aunque no se olvidó de murmurar que tan sólo estaba ocupando ese escritorio «por el momento». Ya, claro. Saltaba a la vista que a ese tipo había que enseñarle a respetar a los que estaban por encima, motivo por el que él se había volcado en aquello que hacía mejor: montar en la silla, recorrer al galope los confines de la Wild Web y descubrir quién era ese tal Wicinski y qué había hecho para que lo metieran de okupa en su mansión.

La información contenida en los archivos del servicio estaba fuera del alcance de los usuarios normales y corrientes, pero no había cortafuegos en el mundo que resistiera la destreza de RodMan... Aunque resultó que dicha información no constaba en ningún sitio... y no estamos hablando de los típicos párrafos tachados para ocultar los despropósitos que el tipo hubiera podido cometer en Regent’s Park, sino de todo lo demás: cualquiera habría dicho que Alec (¿Lech?) Wicinski no existía, o cuando menos que no había existido antes de entrar por la puerta de la Ciénaga. No había fecha de contratación ni descripción de sus funciones, ni siquiera una foto; nada de nada.

Lo cual era curioso, y a él no le gustaban las cosas curiosas.

Lo que a él le gustaba era que todo fuese como tenía que ser.

En cualquier caso, a Wicinski le habían estado llegando cartas, lo que permitía suponer que había gente que pensaba que sí existía. Las leía sentado ante el otro escritorio del despacho, frunciendo el ceño como si no se tratara de simples malas noticias sino algo mucho peor, y después las hacía trizas y las tiraba en su papelera.

Roddy había sonreído con suficiencia: estaba claro que no hacía falta ser Sherlock Holmes.

Tras esperar a que Wicinski se marchara del trabajo por la tarde, había recogido las mencionadas trizas y las había juntado, tarea que no le había llevado más de cuarenta minutos y, a cambio, le había deparado una prueba que no dejaba lugar a dudas: una carta de Recursos Humanos donde se ordenaba al payasete que no volviera a poner los pies en Regent’s Park ni a contactar con sus colegas, y se mencionaba cierta «investigación en curso» y unas «acusaciones»... Esa mierda parecía muy seria, aunque no había pistas sobre la naturaleza concreta de los pecados cometidos por el tipo.

De manera que la cosa seguía resultando curiosa: todavía no llegaba a ser como tenía que ser.

En todo caso, él había devuelto los fragmentos a la papelera (no todos, pero sí la mayoría) dispuesto a meterse a fondo en la investigación de ese caso. Ahora que había vuelto a formar parte del juego, nadie iba a parar al Rodillo.

De todos modos, eso había sucedido el día anterior. Esa mañana, Wicinski se había dedicado a beber té negro con cara de pocos amigos mientras leía y releía una nueva carta de varias páginas de extensión. Daba lástima, si eras propenso a ese tipo de sentimientos, aunque había dejado de darla cuando estrujó los papeles, los tiró a la papelera (encestando limpiamente, eso había que reconocérselo) y se largó del despacho sin decir palabra y dando un portazo, como un chimpancé con un berrinche de mil demonios.

Roddy no había dicho nada, simplemente había esperado a ver si volvía, pero no lo hizo. Pasado un tiempo prudencial, y todavía pensando en la patética estampa que había ofrecido el tal Lech al marcharse de aquella manera («Lo mínimo es respetarse a uno mismo, mantener cierta dignidad»), se arrodilló junto a la papelera y se puso a revolver en la basura.

Sacó la primera página, hecha una bola. La abrió.

Estaba en blanco.

«Qué cosa más rara.»

Sacó una segunda e hizo otro tanto.

En blanco.

¿Quién era ese Wicinski, una especie de chiflado del origami? ¿Por eso lo habían despachado a la Casa de la Ciénaga, por malgastar papel a mansalva? En la vida había de todo, y eso él lo tenía claro, pero esa mierda era muy rara y no le gustaba un pelo.

Otro papel más.

En blanco.

Y el siguiente también. Por fin, al llegar al séptimo papel, encontró unas palabras escritas. Al verlas dio un respingo; luego le costó asimilarlas:

«Ahora te jodes por ser un fisgón de tres al cuarto.»

¿Y eso qué diablos quería decir?

Pero, antes de ponerse a descifrar el mensaje en clave, había otras páginas que abrir. Metió la mano en la papelera otra vez, tocó algo sólido y... ¡clac!

Lanzó un grito de dolor al notar que algo atenazaba sus dedos. ¡Por Dios, ¿qué había pasado...?! Sacó la mano palpitante de la papelera y, al entrever entre una cortina de lágrimas lo que de ella pendía, un nuevo misterio se sumó al del críptico mensaje que acababa de encontrar.

¿Cómo diablos se explicaba que aquel puto imbécil hubiera tirado a la papelera una ratonera en perfecto estado?

Más tarde, Louisa Guy cayó en la cuenta: tenía su gracia que a estas alturas el ruido de un teléfono casi le resultara extraño. No el de un móvil, claro, sino el de un fijo, cuyo limitado repertorio lo hacía parecer salido de una película en blanco y negro y lo convertía en una recia y voluminosa obra de arte, con su disco para marcar, su aparatoso auricular negro... Los dos que había en su despacho no eran exactamente así, sino grises y con teclado, pero igualmente hacía meses que el de su mesa no sonaba, y menos aún el que descansaba en el desocupado escritorio de al lado. Ése no esperaba oírlo sonar ni por asomo, entre otras cosas porque aquel escritorio era el de un hombre que había muerto.

Un hombre llamado Min Harper.

La jornada aún no había llegado a su ecuador y ya había deparado unas cuantas sorpresas. De todos modos, cuando en la Casa de la Ciénaga sucedían cosas nuevas siempre daban la impresión de ser viejas. Había recibido un mensaje de texto de River con malas noticias, unas malas noticias que llevaban cierto tiempo llegando sin que sus respuestas, fueran las que fuesen, pudieran evitarlo. Y luego estaba el chico nuevo en la Ciénaga, ese tal Lech (¿Alec?), con el que poco antes se había tropezado en la cocina. El tipo tenía el aspecto habitual de los caballos lentos recién llegados, como si lo hubieran abofeteado con una pala. La semana pasada se encontraba en Regent’s Park y ahora, de pronto, estaba en la Casa de la Ciénaga. Y la distancia entre uno y otro lugar era uno de esos recorridos que te dejan con la boca abierta y los ojos como platos. Ella no podía hacer nada al respecto, incluso si hubiera querido (había razones más que suficientes para mostrarse cautelosa con los nuevos), pero su incapacidad para ayudar a River Cartwright tal vez la había ablandado un poco, lo suficiente como para darle algún que otro consejo al recién llegado, y no porque el nuevo estuviera a punto de encontrarse con la mierda hasta el cuello, sino porque allí hasta la mierda más superficial llegaba a todas partes si no te andabas con cuidado.

Así que le había dicho:

—No, ése no.

—¿Eh?

—Ese tazón no.

El nuevo había optado por el tazón decorado con la cara de Clint Eastwood y, si Roderick Ho se enteraba, nadie iba a estar contento ese día.

—A tu compañero de despacho no le gusta que la gente use sus cosas —había explicado ella.

—¿En serio?

—Es famoso por ello.

—Ya veo, anal a más no poder.

—Si quieres. Pero déjame darte otro consejo: mejor que no uses esa palabra delante de Jackson Lamb, se lo tomaría como una invitación.

Lo cual era más que suficiente para el primer día. Tampoco era cuestión de venirle con spoilers, así que simplemente añadió: «Buena suerte», y se fue con el café a su escritorio. Por el camino oyó un aullido procedente del despacho de Ho y se preguntó qué podría ser, pero prefirió no intentar averiguarlo.

Y veinte minutos después, el teléfono sonó de pronto.

Durante unos segundos (cinco timbrazos) se quedó mirando el obsoleto aparato cuyos ring, ring agitaban el aire del despacho. ¿Alguien que se equivocaba de número? Eso esperaba. Su cerebro reptiliano le decía claramente que no podía esperarse nada bueno de aquella llamada, pero una voz llegó de lo alto en el tono irritado de costumbre:

—¿Alguien va a responder al puto teléfono de una vez?

Así que ella terminó por levantarse, se acercó al otro escritorio y cogió el auricular.

—Henderson y asociados —dijo.

—Eh... ¿es la oficina donde trabaja Min Harper...?

Louisa notó que algo se desenroscaba y temblaba en su interior.

—¿Hola?

—El señor Harper ya no trabaja aquí —contestó finalmente. Sus palabras parecían envueltas en un negro velo de crepé.

—Lo sé, lo sé... yo sólo...

Louisa se mantuvo a la espera. Era la voz de una mujer más o menos de su misma edad, o eso parecía, y de una mujer que no las tenía todas consigo. Min llevaba mucho tiempo muerto y ella lo había superado, pero sólo como quien supera una dolencia de la niñez: una parte de ti siempre queda un tanto debilitada, aunque nunca más volverás a enfermar del mismo modo, al menos en teoría. Y aunque esa teoría fuera falsa, lo que estaba claro era que Min no iba a volver.

—¿Podría decirme el motivo de su llamada? —Louisa advirtió que acababa de coger el bolígrafo mecánicamente, como haría cualquier otra persona en cualquier otra oficina del mundo. Un bolígrafo, un cuaderno... las herramientas acostumbradas—. Empecemos por su nombre.

—Me llamo Clare Addison... Es mi nombre de ahora... El de antes era Clare Harper.

El bolígrafo seguía sin rozar el papel.

—Min era mi marido —aclaró la mujer.

Con el poder llega la responsabilidad, así como la oportunidad de dar por saco a quienes te irritaron en tu ascenso a lo más alto. Diana Taverner no era tan torpe como para haber redactado una lista formal, pero, como todo responsable competente de la Primera Mesa, tenía garabateados bastantes nombres y apellidos en un rincón de su mente.

La Primera Mesa... Le bastaba con pensarlo para sonreír.

Cuando Claude Whelan optó por la jubilación en lugar de las demás alternativas disponibles (por ejemplo, que se lo llevasen y le pegasen un tiro), resultó que no había un sucesor claro, o al menos ninguno que hubiera sobrevivido al duro proceso de evaluación de Diana Taverner, que en un caso concreto había estado más cerca de ser un procedimiento quirúrgico que de la simple verificación de antecedentes que requería el protocolo. El asunto podría haberse complicado, pero por suerte el individuo de marras había estudiado en su día en el mismo internado de élite que Oliver Nash (a quien por dos veces intentó meter cabeza abajo en el retrete por chivato, por imbécil y por gilipollas) y, como Nash estaba al frente de la Comisión de Supervisión y era el responsable de presentar al primer ministro un listado de potenciales aspirantes al cargo de director del servicio secreto, la cosa acabó convirtiéndose en uno de esos rarísimos casos en que una mujer salía beneficiada de la típicamente masculina red de contactos que suele establecerse en los colegios de pago. Hasta podría haberse hablado de que los tiempos estaban cambiando por fin... si el asunto volviera a tocarse, cosa que, desde luego, no iba a suceder.

Sea como fuere, todo había salido a pedir de boca para los peces gordos implicados, o sea, la propia Taverner y Oliver Nash: la Comisión propuso a Lady Di como única candidata disponible en vista de las circunstancias, y la recién nombrada primera ministra (que también había alcanzado su puesto simplemente porque no había una opción mejor, aunque ella parecía ser la única en no darse cuenta) dio su bendición, de modo que ahora Lady Di detentaba el cargo al que siempre había aspirado, un cargo que habría ocupado mucho antes si ciertos elementos menos brillantes que ella no le hubiesen cerrado el paso mediante conjuras de pasillos. Y sí, por supuesto que tenía una lista mental de los individuos de los que era preciso desquitarse, y si el desquite resultaba imposible por el momento en algún que otro caso, ya habría tiempo más adelante. Por ahora había que contentarse con los que estaban más a mano. De ahí que esa mañana estuviera tan contenta, pues estaba reunida con Emma Flyte, la jefa de los Perros.

—Supongo que todo esto no te pilla por sorpresa.

Flyte ni siquiera pestañeó.

Se encontraban en Regent’s Park, no muy lejos de la Casa de la Ciénaga a vuelo de pájaro, aunque, si se optaba por cualquier otra metáfora, uno se daba cuenta de que estaba a toda una vida de distancia. Regent’s era el cuartel general del servicio, allí donde los aprendices de espía mamaban el abecé del oficio, el lugar al que los agentes asignados a otros puntos del globo volvían una vez terminadas sus misiones y también el lugar al que no podías volver ni de visita si daba la casualidad de que te habían desterrado a la Casa de la Ciénaga. Una vez consumado ese destierro, Regent’s Park era como la Tierra de Oz para el sujeto en cuestión, sin zapatos de rubíes incluidos.

—Esta... esta reevaluación de tu rendimiento...

—En la última evaluación estipularon que mi rendimiento estaba muy por encima de lo satisfactorio.

—Sí, ya: mi predecesor en el cargo te admiraba lo suyo.

Lady Di hizo una pausa y dejó que aquellas palabras calaran. Claude Whelan admiraba a muchas personas, pero, si de poner nota se trataba, tan sólo Emma Flyte se habría llevado un diez sobre diez. Había otra chica del Centro en la que Whelan también se había fijado (Josie, se llamaba), pero no pasaba de sacar buena nota en cercanía física por aquellas camisetas ceñidas que llevaba. Sí, Claude Whelan era un hombre valioso, pero gracias a Dios tenía sus puntos débiles, de lo contrario todavía tendría el timón de la nave.

—Te admiraba tanto que es posible que te mirase con cierto... sesgo.

—Y usted se ha propuesto corregir esa situación.

—Nuestros procedimientos han de ser imparciales y transparentes —dijo Taverner—, siempre y cuando no estemos hablando de material clasificado, claro está.

—A mí me llamaron porque la Primera Mesa estaba utilizando a los Perros para sus guerras particulares —recordó Flyte—, algo que se acabó en cuanto accedí a cargo. ¿Está segura de eso que dice sobre la imparcialidad y la transparencia?

Su negativa a permitir que los Perros se convirtieran en los caniches de Taverner estaba en el centro del antagonismo entre ambas mujeres; eso y el hecho de que fuera más joven. La sororidad femenina era poderosa, pero la cuestión de los años era una mala bestia.

—Ahora no es el momento de entrar en detalles —señaló Taverner—. Cada Primera Mesa tiene su librillo, no hace falta decirlo, y las cualidades que me interesan en la dirección del Departamento de Seguridad Interna no tienen por qué ser las que tanto encandilaban al pobre Claude, eso es todo.

—O sea que quiere librarse de mí. ¿Por qué motivos, exactamente?

«Con la belleza tendría que bastar», se dijo Taverner. Que ninguna normativa prohibiera contar con un físico como el de Flyte no se justificaba, porque en el mejor de los casos suponía una distracción... y en el peor podía llevar a duelos con pistola y derramamiento de sangre. Era verdad que Flyte nunca había tratado de sacarle partido a su apariencia, pero un elefante tampoco se esforzaba en capitalizar su tamaño, y eso no le impedía echar árboles abajo cada dos por tres.

—Nadie está hablando de librarse de ti.

—Pero se ha propuesto reevaluar mi rendimiento.

—Teniendo en cuenta los últimos acontecimientos...

—¿Y cuáles son esos acontecimientos exactamente?

Que ahora estoy al frente de la jodida Primera Mesa. ¿Acaso Flyte quería oírlo en voz alta?

Taverner miró a su alrededor: no había cambiado de despacho desde el ascenso, de modo que seguía abajo, en el centro de control, con sus paredes de cristal. Sus predecesores solían ocupar un despacho del piso de arriba con vistas al parque: veían luz del sol, jardines... y una interminable procesión de niñeras y au pairs que se desesperaban para que los niños no se les perdieran. Allí abajo, sin embargo, a través de su pared de cristal podía observar a los muchachos y muchachas (lo de «muchachos y muchachas» era la expresión al uso en el edificio) que monitorizaban los focos de conflicto y hacían lo posible para que el mundo no descarrilase. Allí era donde se hacía el trabajo de verdad. Y ahora, parte del trabajo consistía en consolidar su propia posición, y no porque pensara sólo en mezquinas venganzas, sino para asegurarse de que, cuando fuese preciso tomar decisiones difíciles, pudiera tomarlas sin un coro de disidentes a sus espaldas... y también por las mezquinas venganzas, desde luego, porque sería una tontería privarse de la satisfacción que brindaban.

Al final, resultaba que no era necesario decir nada en voz alta: la expresión en su cara era respuesta más que suficiente para Emma Flyte.

—Quizá lo más indicado es que saque mis cosas de la taquilla.

—No, por Dios —replicó ella—. Nadie está hablando de despedirte, sencillamente estaba pensando en un papel más acorde con tus aptitudes. Lo que no significa que vayas a asumir un cargo inferior. Digamos que se trata de una reasignación... lateral.

La mirada de Flyte al comprender lo que le estaba sugiriendo le produjo más placer que un par de zapatos nuevos.

—Lo dirá en broma —murmuró.

—Me temo que no, querida. Creo que, en vista de las circunstancias, la Casa de la Ciénaga es el lugar perfecto para ti.

Y Lady Di aún disfrutó más al ser consciente de que la expresión de su rostro no revelaba el menor indicio de este triunfo definitivo.

Su abrigo se había desteñido y ahora tenía el color del polvo. Envuelto en él, Catherine Standish bien podía desaparecer en la escalera de la Casa de la Ciénaga y volverse invisible entre las paredes ajadas por el tiempo y la sufrida moqueta. ¿Eso le pasaba a todo el mundo o sólo a las mujeres?

«Rioja, cabernet, merlot, syrah...»

También llevaba puesto un sombrero, algo no muy habitual en esos días. Era de un color violeta apagado... apagado por el tiempo, porque cuando se lo compró daba la impresión de ser de una tonalidad más profunda y vibrante. Aunque quizá eran sus ojos los que lo difuminaban y diluían todo, convirtiendo cualquier cosa que mirara en un frágil espectro de lo que era en realidad. Sí, quizá estaba equivocada en lo tocante a su sombrero y su abrigo; quizá, de hecho, lucía deslumbrante y simplemente no se daba cuenta. La idea casi le provocó un ataque de risa, impulso que sofocó con facilidad justamente porque se hallaba en aquella escalera que habría oído de todo menos risas, al menos no frecuentemente.

«Borgoña, barolo, beaujolais...»

(Ésos no eran colores, desde luego; aunque de hecho sí: distintos rojos, del color de la sangre.)

En todo caso, sus guantes y sus zapatos seguían siendo impecablemente negros: no todo se desteñía con el tiempo. Pero sus cabellos habían sido rubios... y, aunque al examinarlos uno a uno quizá seguían pareciéndolo, cuando se miraba al espejo tenían una clara tonalidad gris. No necesitaba más pruebas. Además, había pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien que no fuese su propio reflejo se acercara tanto a ella.

«Todos mis colores», pensó Catherine, «los colores sólidos que salpicaban mi vida hasta empaparla han quedado reducidos al negro de mis guantes y mis zapatos. Todo lo demás se ha ido apagando...».

Por fin llegó a su despacho en la buhardilla. Hacía frío, aunque el artrítico resollar de las tuberías indicaba que, técnicamente hablando, la calefacción estaba encendida. A su radiador le hacía falta una buena sangría... y ahí estaba la sangre de nuevo, por mucho que la eventual sangría del radiador apenas ofrecería algo más que un sucedáneo acuoso y oxidado.

Fuera el sombrero y el abrigo, ordenador en marcha.

Tenía que evaluar los informes que Louisa Guy y River Cartwright le habían enviado: el de Louisa sería exiguo e incompleto (estaba recopilando los nombres de las personas que habían tomado en préstamo «libros sospechosos» de las bibliotecas públicas), pero fiable en general; el de River, en cambio... En fin, River parecía haberse embarcado en una obra de ficción, por mucho que el resultado no pasara de ser un listado de direcciones. Su encargo era identificar propiedades que podían albergar pisos francos potencialmente hostiles cotejando pagos del impuesto municipal y formularios del censo, aunque, en la práctica, simplemente descargaba una vez por semana un puñado de direcciones aleatorias y luego las mezclaba un poco para que parecieran una lista auténtica. Lamb se daría cuenta tarde o temprano.

Y luego estaba el nuevo, Lech Wicinski, también conocido como Alec. A saber qué soporífera tarea encontraría Lamb para él; ni siquiera valía la pena preguntárselo...

Llevaba ya varias semanas haciendo un alto en el viaje de regreso a su piso de Saint John’s Wood. Pese al frío, bajaba del metro una parada antes y hacía el resto del trayecto a pie. Se anunciaban nevadas y las aceras estaban duras como el hierro; a cada paso los huesos se le cimbraban. Eso hace Londres cada vez que el clima le recuerda que nada dura para siempre: se encoge y se encierra en sí misma. Cuando eso sucede, la gente sensata hace lo posible por acortar los trayectos a pie, pero Catherine se bajaba una parada antes de lo necesario y se enfrentaba al frío noche tras noche porque así podía entrar en la tienda de vinos Citadel y comprar una botella.

«Sangiovese, pinot noir, syrah, zinfandel...»

En realidad, si lo pensaba mejor, el color tampoco importaba mucho.

Hacía años que no disfrutaba de esa libertad que se les permitía a casi todos los demás, y el carácter aparentemente trivial de la transacción le encantaba. Escogía una botella y pagaba con la tarjeta. La gente lo hacía todos los días, y algunos más de una vez al día. Ella lo había hecho incontables veces en los viejos tiempos dorados. Por entonces estaba en Regent’s Park, desempeñándose primero como una alcohólica funcional, luego, durante un período más bien corto, como una alcohólica disfuncional y finalmente, después de que la pusieran a secar en un sanatorio del servicio, por cortesía de su jefe, Charles Partner, como una alcohólica en recuperación. Y entonces, ese mismo jefe, que ocupaba la Primera Mesa en Regent’s Park, se había volado la tapa de los sesos en la bañera.

O eso se dijo en su momento.

Pero, al igual que una mancha de vino tinto, aquella historia no desaparecía así como así, y cada vez que ella la frotaba un poco, por así decirlo, resurgía con un aspecto diferente. Porque resultaba que Charles Partner, su jefe, había sido un traidor. El director del servicio, el hombre que la había rescatado de su vertiginoso descenso en espiral, se había pasado un decenio cometiendo traición, lo que visto desde la distancia del presente resultaba chocante, pero también confirmaba algo que ella siempre había sabido: que todo el mundo acaba mostrando el cobre, aunque, en el caso de su jefe, más que de cobre se trataba del montón de oro que le había dado el enemigo.

Lo que había tardado más tiempo en salir a la luz había sido otra cosa: que Partner la había mantenido a su lado por lo que ella era, y no por quién era. Ella se veía como una secretaria devota y eficiente cuya vida podía ser un desastre, pero que se aseguraba de que la de él discurriera en línea recta; al final, sin embargo, resultó que su principal cualidad, a ojos de Charles, era que fuera una borracha y, por tanto, incapaz de ver lo que estaba pasando delante de sus propias narices. Todos y cada uno de los secretos que él había vendido habían pasado por su escritorio y, por tanto, sus huellas dactilares estaban presentes en todos y cada uno de los crímenes cometidos por su jefe. Si hubieran llegado a juzgarlo, ella habría tenido que comparecer a su lado, y su incipiente sobriedad se habría volatilizado.

Pero Charles se había suicidado y ella había ido a parar a la Casa de la Ciénaga. Y lo que para los demás inquilinos resultaba una tortura, para ella era una penitencia. El alcoholismo formaba parte de su vida desde la adolescencia, pero aun así odiaba haber hecho la imbécil, e incluso el trabajo más monótono y carente de sentido era preferible a volver a correr ese riesgo. Hasta Jackson Lamb era mejor que eso, a pesar de su grosería sin límites y sus costumbres animalescas.

Pero, entonces, la mancha había vuelto a cambiar de forma.

«Amarone, bardolino, montepulciano...»

«Hay algo que tienes que saber», le había dicho Lady Di, a quien había que reconocerle el mérito de que, si te revelaba algo, siempre se las arreglaba para que ese algo resultara increíblemente doloroso. «¿De veras pensabas que Charles se mató? Pensaba que, con el tiempo, ya habrías deducido lo que pasó realmente...»

Y sí, claro que había acabado deduciéndolo: hacía años que lo sabía, aunque nunca había permitido que esa certidumbre se afianzara y echara raíces.

Jackson Lamb, que había sido uno de los «joe country» de Charles Partner, uno de sus agentes de campo, lo había matado; sin importarle que hubiera sido el organillero a cuyo son bailaba y también su mentor, lo había matado a tiros en la bañera de su casa, donde ella lo había encontrado. Por eso no había habido juicio y los tabloides se habían quedado con las ganas de montar un nuevo escándalo.

Un suicidio más en el servicio, unas palabras murmuradas y directo al rincón del camposanto reservado a los espías. Y como pago o como castigo, eso ella no lo sabía, habían puesto a Jackson Lamb a dirigir la Ciénaga, donde seguía instalado desde entonces, como sombrío amo y señor de los fracasados del servicio, como jefe y organillero de aquellos cuyas carreras profesionales no habían culminado en un balazo en la bañera, pero sí en una definitiva vía muerta. Y ahí estaba ella también, día tras día, llevándole informes al escritorio, preparándole tazas de té, a veces sentada a su lado en las horas oscuras por razones que nunca había llegado a comprender. Lamb no le caía nada bien, pero estaba pegada a él: a su monstruo personal y ocasional salvador, al hombre que, según había descubierto recientemente, había asesinado a su antiguo jefe. ¿Cómo se suponía que debía sentirse al respecto?

Se suponía que tenía que seguir en la brecha, tenía que seguir avanzando día tras día sin pensar en el mañana.

Así que se puso a revisar los informes de Louisa y de River. Los puliría un poco, los imprimiría, los graparía con pulcritud y los metería en una carpeta para que, más tarde o más temprano, fueran a parar a Regent’s Park, donde lo más seguro era que los pasaran por la trituradora sin haberlos leído: ésa era otra de tantas cosas que escapaban a su control.

Pero más tarde, de camino a casa, compraría una botella.

En los viejos tiempos solía decirse que, si te gustaba la escuela, te encantaría trabajar y, pensó Shirley Dander, era cierto que lo primero era un buen adiestramiento para lo segundo: si conseguías manejarte con los berrinches, la malicia y las colas para ir al baño en la oficina, significaba que la escuela te había servido de algo.

J. K. Coe, sin embargo, era un caso aparte.

Si le hubiesen pedido su opinión, no habría dudado en afirmar que Coe era un psicópata en ciernes, y los hechos documentado

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